Safe Creative #0908210038007 Todos los textos publicados en este blog estan registrados en propiedad intelectual. Ni se te ocurra plagiarme.

sábado, 12 de abril de 2014

Cuarto Oscuro; capítulo tres

                                                                    Raíces



El departamento de Ariel era lindo, pequeño y acogedor. Nada más entrar al recibidor lo primero que se veía era la sala de estar, pintada de lila y repleta de muebles. En el centro se hallaba un sillón de tres color tierra con dos taburetes a cada lado: uno tenía un florero con jazmines y en el otro había un teléfono negro junto a una pequeña agenda. El sillón estaba justo delante de una mesa ratona y en la pared opuesta había un mueble con puertas de vidrio, donde se guardaba un anticuado VHS y algunas cintas, sobre el cual había una televisión común y corriente. En la pared de la izquierda podía verse un librero repleto de distintos tomos y volúmenes de diferente encuadernación y grosor, fotografías y unos cuantos cuadros paisajísticos que parecían pintados a mano junto a unos a lo que en un principio creyó que eran mapas, pero no. Eran carpetas con ilustraciones algo vetustas de unas ciudades italianas que conocía sólo por haberlas oído nombrar en películas o en las noticias: Sicilia y Calabria. La primera, la conocía gracias a “El padrino” y el volcán Etna, la segunda, gracias a que en ese lugar solía ir su padre de vacaciones y al bosque de la Scila.
La pared opuesta a donde estaba Mad, justo al lado de la entrada, albergaba un lindo barguero con muchos cajones y puertas, repleto de fotografías, estatuillas con formas de gato, unas cuantas esferas de nieve, peluches, y una vitrina en la parte central repleta de platos de porcelana y un jarrón azul. Además, había macetas con flores o plantas en casi cualquier rincón del salón. Si bien a Mad no le gustaban los ambientes cargados, en esa casa se veía todo tan hogareño y agradable que podría haberse quedado allí por horas, tal vez porque era el total opuesto de la casa en la que había crecido: llena de colores oscuros, duros, fríos, con muebles toscos y nada de vida natural. Jean Claude supuso que el departamento no sería mucho más grande que eso pero no pudo evitar preguntarse cómo sería el resto de la vivienda de Ariel.

—Siéntete como en tu casa —dijo el chico cerrando la puerta con pestillo y llave—. ¿Quieres algo de té o café? También hay capuchino.

—¿Eh? —la verdad es que estaba tan embobado mirando la casa que apenas sí le había oído—. Oh, un capuchino estaría bien, ¿te ayudo a prepararlo?

Ariel le dedicó una sonrisa, invitándole a sentarse en donde quisiera con un gesto de la mano antes de atarse el cabello en una coleta.

Gracie, pero el invitado sólo debe sentarse y dejar que le sirvan. Así me educaron, así que te quedas sentado mientras que yo te sirvo, ¿d’accordo? —Mad asintió con una sonrisa condescendiente, haciéndole una reverencia al dueño de casa, quien se rio al verlo como si estuviera tratando con un loco—. Ah, ah, ah. No hagas eso. Si tratas de hacerme sentir culpable o algo así,  no lo lograrás. ¿Lo quieres con cafeína o sin ella?

—Con cafeína estará bien, debo mantenerme despierto por muchas horas —cayó en la cuenta de que seguía parado ahí junto al recibidor y que Ariel le miraba a medio paso de distancia con la vista hacia arriba.

Se sentía algo atontado, como si esa fuera la primera vez que estuviera en casa de alguien.

Carraspeó, a ver si pasaba el momento incómodo e inmediatamente trató de disimular yendo a zancadas hasta la pared más cercana, donde las fotos, cuadros, carpetas y pinturas se lucían en todo su esplendor. De reojo vio a Ariel irse por la pequeña puerta blanca que estaba junto al modular, la cual daba a un pasillo de seis pasos de anchura, e iba hacia una de las dos puertas de la izquierda, había una más opuesta a esas con un cartelito que recitaba “Baño” y, en el fondo, una más de color marrón con un cartel que llevaba escrito en cursiva y a pulso el nombre de Ariel. Asumiendo que la puerta restante era el cuarto del hermano menor, tuvo que hacer tripas corazón y encerrar a su curiosidad en lo más profundo de su mente para no terminar metiéndose en el cuarto de su anfitrión. Debía repetirse que la idea era conocerlo mejor, no invadir su vida privada. Ahora que estaba solo, aprovechó para cerrar los ojos e inspirar profundamente por la boca. Tenía que serenarse. No era un adolescente revolucionado por las hormonas, ni estaba en la casa de su primer noviecita de la secundaria en el día que “de casualidad” sus papás se habían ido a pasar el fin de semana al extranjero, por ende no tenía motivos para estar nervioso. Cuando se convenció a sí mismo de que todo estaba bien, se concentró en las pequeñas obras de arte frente a sus ojos. Todas estaban firmadas por el dibujo de una pequeña rosa con seis espinas cada una y el apellido “D’cciano”. Le dieron algo de envidia, pues expresaban muy bien distintas emociones entremezcladas pese a ser sólo paisajes y los óleos estaban hechos con trazos fuertes, firmes, que le recordaron un poco a Van Gogh. Inmensidad, soledad, la avaricia del hombre moderno, e incluso el antiguo amor por la naturaleza eran unas de las tantas impresiones que podía sacar de esas pinturas. Pero él no era ningún experto en esa clase de arte, asique se abstubo de hacer algún juicio y se limitó a empaparse con los bellos colores.

Giró los ojos hacía el  librero atestado, parecía que cada hilera estaba dividida por temas,, así que tenía una fila de libros de autoayuda, otra de metafísica, una de grandes autores, una de misterio, otra de clásicos. Así se encontraba con autores entremezclados como: Homero, Maquiavelo, Agatha Christie, Isabel Allende, Leslie Walter, Carlos Waisman, Anne Rice, Platón, Robin Cook, Paulo Coelho, Marx y varios más. Si bien se había esperado libros, ya que Ariel era un chico bastante maduro para su edad, no se imaginó que encontraría tantos en un solo lugar En su mente, miles de preguntas se formulaban y no encontraba la forma de preguntarlas sin lucir como un lunático acosador o alguien demasiado entrometido en la vida ajena. Moría por saber si los habría leído todos, si le gustaban o, quizás, eran de sus padres. Pensando en ello, también quería saber sobre sus padres. Si quería que Ariel fuera su modelo, necesitaba de su aprobación y llevarse bien con ellos. No creía que los padres del chico vieran con buenos ojos que se hiciera amigo de alguien mucho mayor, asique tal vez debería cambiar su forma de acercarse a él. Darse cuenta de lo que pensaba le hizo sacudir la cabeza, pues parecía estar armando una estrategia o algo así. Y él no era de ésos. No necesitaba estrategías.

"Sólo quiero un modelo", eso se repetía a sí mismo tratando de encontrar algo con qué distraerse.

Volvió la vista hacia la puerta cuando el sonido de los pasos de Ariel lo sacó de su ensimismamiento. Éste apareció con una charola cubierta con dos tazas, una de té negro y otra de capuchino, un plato con galletas de chocolate y otro con pastelitos de vainilla.

—Aquí está, un capuchino cargado con mucha espuma para el señor fotógrafo —dijo, siempre con una sonrisa pintada en los labios al tiempo que dejaba la charola de madera sobre la mesa ratona y se sentaba en el sillón—. ¿Te gustan los libros? Si hay alguno que te interese, puedo prestártelo.

Merci, querido —respondió Mad, batallando mentalmente para ver dónde dirigía sus ojos, a los hermosos cuadros, libros y fotos o a la presencia magnética de su "casi futuro" modelo—. Son muchos libros, y algunos tienen pinta de ser complicados. ¿Te los has leído todos?

—La mayoría sí —abrió la pequeña azucarera que llevó consigo en la charola, echando en su té, para sorpresa de Jean Claude, cinco cucharadas llenas—. Algunos aún no he podido mirarlos, especialmente los que no me gustan. Pero quiero leerlos todos, desafié a mi hermano con que podía lograrlo en menos de un año.

—¿Y crees que podrás?

Ariel se encogió de hombros.

—No sé. Pero si pierdo, tendré que hacerle las tareas o comprarle helado por un año.

Mad no pudo sino reírse, yendo definitivamente a su lado en el sofá para poder tomar su dosis de cafeína acompañada por uno de los ricos pastelitos. Tenían un gusto casero indescriptible.

Ces’t Magnifique. Esto está delicioso, tienes que decirme dónde los compraste.

Por toda respuesta, Ariel enarcó las cejas y se carcajeó con cierto aire de superioridad.

—No los compré, los hice yo. ¿Te gustan?

—¿Bromeas? ¿Los hiciste tú? Dame la receta y me casaré contigo —el chico soltó una carcajada y él también lo hizo, impresionado por haber tenido el valor para hacer esa broma—. Es en serio, si de veras cocinas tan bien te propondré matrimonio.

—No digas eso o tendrás que proponérmelo de verdad, Mad. Cocino desde los ocho años, mi mamá y mi nonna me enseñaron. Una de las cosas que solíamos hacer los tres juntos era cocinar desde muy temprano, especialmente en las fechas patrias y las celebraciones. Para Navidad preparábamos mucha comida porque los amigos de mi madre y mis abuelos venían a cenar con nosotros, incluso se acercaban algunos vecinos, y para las fechas patrias en nuestro pueblo se hacen todavía fiestas que duran tres días en la plaza central. Todos los vecinos tienen que llevar mucha comida y bebida, por tradición.

—Eso suena encantador. Apuesto a que tu pueblo era la típica aldea histórica con tradiciones muy antiguas, ¿cierto?

—Bastante. Está la fiesta de todos los santos, la tradición de Pascuas, la de Navidad, las fiestas tradicionales que se hacen cuando se casa una pareja joven… Hay muchas celebraciones. ¡Ah! Y también se celebran los nacimientos, claro. Por eso, y porque a mi mamá y a la abuela les gustaba mucho cocinar, me enseñaron también a mí. Angelo intentó aprender, pero no era muy bueno. En cuanto vuelva a casa trataré de enseñarle, le hará bien para cuando tenga que vivir solo.

—¿Y te gusta? Yo soy un desastre para cocinar nada fuera de lo normal, excepto comida japonesa. La última vez que intenté hacer algo muy complicado casi quemo la casa.

La imagen mental fue todo lo que Ariel necesitó para reírse en su fuero interno. Pero no quería que Mad se sintiera mal por su total ineptitud culinaria, asique intentó no demostrarlo demasiado.

-No te ofendas, pero por alguna razón eso no me extraña en la absoluto. Tienes pinta de no poder cocinar nada. En casa todos cocinabamos, hasta el abuelo. Hacía las mejores focaccias. Yo amo cocinar —dijo, sorbiendo un poco de té antes de masticar con ganas una galleta de chocolate—. No sé muy bien por qué, pero, es algo que me relaja mucho. Mamá decía que mezclar los ingredientes con sus diferentes combinaciones de sabores era un arte y al mismo tiempo una ciencia. Pero mamá a veces decía cosas un poco... Hippies. A mi simplemente me gusta cocinar, no importa si es una ciencia, un arte o lo que sea. Me gusta cuando la gente come lo que yo cocino, es todo.

—Estoy de acuerdo con ella. No por nada para mí un libro de cocina es igual que uno de química cuántica—Ariel no pudo contener más la risa y se carcajeó por lo bajo, dándole valor para continuar la charla—. Y dime, ¿de quién son esas pinturas y las fotos? Son encantadoras, de veras.

—Ah, ¿ésas? Son de mi mamá, las fotos las tomó de joven, antes de que yo naciera y empezó a pintar cuando yo tenía ocho años. Siempre le gustaron mucho las artes y tenía etapas en las que hacía una cosa o la otra. Era multitareas.

—Son todas muy lindas, por cierto —ahora se sentía más envalentonado y tenía verdaderas ganas de preguntar. Echó azúcar en el café, tomando mientras tanto una galleta de chocolate para remojarla y masticarla—. ¿Y cómo se llama tu mamá?

—Rosetta —respondió, observando fijamente las pinturas con un aire distinto—. En mi lengua eso significa “pequeña y delicada rosa”.

—Ahora entiendo por qué firmaba con ese dibujo. Hasta le hizo las espinas a la rosa y todo.

—Las espinas representan cada una de las personas que apreciaba y a las que le dedicaba su obra de arte. Éramos el abuelo, la abuela, mi hermano, mi madrina, mi primo y yo. Una espina por cada uno de nosotros, o eso me dijo ella cuando se lo pregunté. Ya te dije que mi madre era algo particular.

Y eso se lo había preguntado hacía ya mucho tiempo, Ariel lo recordaba perfectamente. Fue a los ocho años, cuando Rosetta estaba pintando un retrato del paisaje del Belvedere, un hermoso paraje en Niscemi donde podía verse un largo llano que llevaba a los pueblos vecinos y la vio firmar con aquella rosa. La había visto antes, en sus pinturas más antiguas, pero en aquella ocasión Ariel contó una espina más de las que solía tener, y su madre le explicó que esa espina extra lo representaba a él.
 
“Tu sei il mio tesoro, Ariel”. Le dijo su madre, abrazándolo. “Nunca te alejes de mí, ¿sí querido?”

“Nunca, mamá”, le respondió él, acariciándole la cabeza. Sabía que su mamá lloraba por las noches y se sentía sola, también la escuchaba hablar por teléfono con alguien a quien ella llamaba “Caro Eros” y le decía que lo extrañaba pero, cada vez que cortaba el teléfono, lloraba más fuerte. “Yo siempre voy a estar contigo. Ti voglio bene, mamma”.

Al final, fue ella quien terminó yéndose primero. Ariel tuvo que hacer grandes esfuerzos para salir de la bruma de sus memorias, tan exactas y reales que a veces lo asustaban, para recordarse a sí mismo que estaba tomando el té junto a Mad sentado en el sillón de su nueva casa, en otro tiempo, mirando los cuadros de su difunta madre en un país completamente distinto al suyo.

Y a Mad, aunque le costó notarlo, le causó un poco de aprensión la mirada de Ariel, ahora turbia e ida. Se le ocurrió pensar que sus ojos se veían como el mar cuando había tormenta, como el mar que casi lo mató aquella vez que fue a pescar con su padre y los atrapó una tormenta terrible, oscura, con olas que rompían con fuerza amenazando con volcar la embarcación, rayos, truenos y una lluvia tan fuerte que no se distinguía arriba de abajo. "

"¿Qué cosas estará pensando?"

 Tal vez se sentía solo en esa casa donde nadie lo esperaba, teniendo a su hermano en el hospital, y decidió preguntar lo primero que le vino a la mente para alejarlo de lo que fuera que viajara por esa cabeza.

—Tiene mucho talento. Apuesto a que lo has heredado y de ella y por eso dibujas tan bien.
Funcionó, porque Ariel le sonrió y desvió la vista de la pared para enfocarla en él, cosa que le complació, y bebió un poco más de té.

—Un poco, la verdad. No me gusta mucho pintar, solamente dibujo joyas. Sé hacerlo, porque ella me enseñó, pero si tengo que elegir me quedo con el diseño de joyas y la música. No tengo paciencia para pintar. Además, nunca me salen bien las proporciones, ni el sombreado, ni ninguna de esas técnicas que requieren de mucho tiempo. El carbón es más fácil.

—¿En serio? ¿Y sacar fotos? —preguntó, contento de verlo más alegre, terminándose el café de una vez—. ¿No te gustaría ser fotógrafo, como yo?

—Eso no está tan mal, me gusta —Ariel sonrió, y Mad se derritió por dentro—. Pero me encanta sacar fotos a los paisajes, no a la gente. No sé por qué… ¿Seré más raro de lo que pensaba?

—Nah —respondió, haciendo gestos con la mano para restarle importancia al asunto—. Eres un chico sensible que capta la hermosura de la madre naturaleza, es todo. Yo a tu edad pensaba más en los videojuegos que en esa clase de cosas, ¿te han dicho que eres muy, pero muy maduro? Solo falta que sepas tocar algún instrumento súper complicado —el niño sonrió pícaramente, acariciando el borde de la taza con un dedo. Mad abrió mucho los ojos, deteniéndose antes de morder lo que le quedaba de pastelito y le habló demasiado sorprendido como para ocultarlo—. ¿Lo haces?

Ariel asintió con la cabeza, dejando la taza de té en la charola de madera. Todo el mundo se ponía así cuando se enteraban de las cosas que él sabía hacer pero, si hubieran conocido a su madre y su abuela, estaba seguro de que no les sorprendería tanto. No por nada para su tía y su primo todo lo que él hacía, decía o sabía hacer era perfectamente normal.

—Así es. Sé tocar el piano. Mi mamá y mi abuela me enseñaron, aunque no tuvieron que insistir mucho para que yo aprendiera. Pero sólo puedo tocar ése, si intento con algun otro instrumento soy un desastre. Y no sé cantar. Canto horrible. Pero creo que es bastante con saber tocar el piano, ¿no? Mamá decía que a ella le había costado horrores aprender, que prefería la flauta. A mi no me costó tanto.

—¿Porque te gustaba mucho?

—Por eso —dijo y tomó una galleta, comiéndosela—, y porque tengo memoria fotográfica.

Si Ariel lo había sorprendido antes, ahora lo había dejado completamente tieso. Ése chico era una caja de sorpresas que parecía haber sido criada en una casa de artistas bohemios. Casi hasta le daba envidia.

—¿De verdad? ¿O sea que recuerdas cualquier cosa que hayas vivido?

— Vivido, visto, oído, leído, escuchado, probado, olfateado, saboreado. Sí. Aunque sea por un instante, yo recuerdo absolutamente todo. ¿No es genial?

—¿Bromeas? -rodó los ojos sólo de imaginar cuánto le ayudaría una memoria así-. Ya daría yo mi brazo derecho por tener esa memoria. Entonces recuerdas todo lo que ves en la escuela, ¿no? Los exámenes deben ser una papa.

—Leo los manuales una sola vez, por eso no los compro —presumía, orgulloso de su memoria fotográfica—, y nunca tengo que estudiar. Si pudiera, daría los exámenes para saltearme varios cursos, pero no puedo hacerlo de momento así que estoy clavado en el horrendo primer año.

Como ya se habían acabado las galletas y todo lo demás, Ariel tomó la charola con todo lo que llevaba dentro y, luego de hacer un gesto de la cabeza, se puso de pie cargándola. Ahí Mad se dio cuenta de que había estado usando una taza de Sarah Kay, hecha en porcelana con dibujos de gatitos, rositas y demás cosas de chicas.

—Bonita taza —pensó en voz alta. Demasiado alta, en realidad, porque Ariel le escuchó y se ruborizó de punta a punta.

—M-mamá la compró. Siempre fue fanática de Sarah Kay y compraba esas tonterías cuando podía. No me di cuenta que te había dado esa, perdón.

—No te preocupes, es linda. Ahora entiendo por qué la tienes.

Se quedó mirando la taza con la figura de una niña con un gatito antes de dársela a Ariel y seguirlo en su camino a la cocina. El pasillo estaba a oscuras pero por suerte no iba a chocarse con nada porque la puerta de la cocina, que estaba a dos pasos, estaba abierta. La cocina no era ni muy amplia ni muy pequeña, tenía una alacena y el mesón con fregadero incluido, hecho en madera y mármol, estaba colocado en la pared a la derecha de la entrada, debajo de una pequeña ventana con rejas y cortinas color ocre. Ahí también estaban el horno, la placa y el extractor, y en la pared opuesta a la puerta, estaba el refrigerador justo delante de una pequeña mesa redonda con sus sillas.

La mesita le cayó simpática, pues le recordó a la que su hermana mayor había puesto en el primer departamento que alquiló junto con una amiga durante su curso en la escuela de diseño, esa mesita redonda que se tambaleaba y en la que ella se sentaba para hablar con él horas y horas tomando café, contándole sobre sus diseños mientras le preguntaba por la salud de su padre y le ordenaba que comiera mejor o se volvería tan pálido como un cadáver. Mad no pudo evitar el sonreír, yendo a sentarse frente aquella mesa a cuadros rojos y blancos, viendo a Ariel lavar las tacitas con suma rapidez. Mirando a su alrededor descubrió un par de plantas en una esquina, algunos platos colgados en las paredes y una escoba junto a un pequeño mueble blanco, donde debían estar guardados los productos de limpieza.

No estaba tan cargada como la sala de estar, pero le gustaba. Cuando Ariel abrió la alacena superior en busca de vasos, vio además de latas, galletas y cereales, muchos frascos de conservas de todo tipo. Lo mismo vio cuando abrió el refrigerador, bastante lleno de comida y la puerta estaba llena de más latas de conserva ya abiertas.

—¿Quieres agua, jugo o gaseosa? —preguntó Ariel, manteniendo la puerta abierta mientras buscaba.

—Agua está bien —dijo, pero Ariel no parecía creerse que no quería nada más.

—Oh, vamos. Puedes pedirme lo que quieras, estás en confianza —para complacerlo, le pidió jugo—. ¿Te gusta el de naranja? —Mad asintió, todavía mirando la cantidad de cosas que rellenaban ése refrigerador y comparándolo con el suyo, casi vacío—. Bene —tomó la botella de jugo, sirviendo los dos vasos de vidrio que había sacado y los llevó a la mesa dándole el suyo a Mad—. Toma, aquí tienes.

—Gracias, Ariel. Tu casa es realmente bonita, hasta la cocina me encanta.

—No debe ser tan grande como la que hay en tu casa.

—Créeme, la uso tan poco que ya ni la recuerdo. Pero la tuya es más acogedora.

—Bueno, gracias —se sentó junto a Mad, dandole un tago ligero al jugo mientras intentaba imaginar cómo sería la casa de un arquitecto adinerado—. Antes había un lavarropas incluso, pero se rompió y el ruido molestaba a mi hermano, así que lo saqué. Ahora lavo la ropa en la tintorería o a mano.

—¿Lavas a mano?

—Ajá. No es difícil, aprendí cuando mi abuela se enfermó en una ocasión y no había nadie que lavara la ropa. No teníamos dinero para comprar un aparato  y no quedaba otra opción, porque mamá estaba embarazada de Angelo y estaba algo delicada y el abuelo siempre estaba trabajando. Por eso, le pedí a la abuela que me enseñara. De todos modos, lo odio. Así que solo lavo cosas pequeñas, nada que cueste demasiado.

Si bien Ariel hablaba como si no le diera importancia al asunto, Mad no podía imaginarse a sí mismo lavando los montones de ropa que solía usar a mano, por su cuenta.

—¿Y te encargas tú solo de las cosas de la casa?

—Antes nos turnábamos Angelo y yo, ahora lo hago yo sólo. ¿Por qué? —preguntó de golpe, aterrado de que algo estuviera sucio o fuera de lugar—. ¿Está todo muy desordenado?

—¡No, no! —exclamó al instante, negándole con la cabeza—. Te juro que está mucho más limpia que mi despacho. ¡Es que me sorprende! Yo no vivo sin la tintorería, el lavavajillas y la mucama que limpia mi casa todos los días por cuatro horas.

—Por eso te vas a convertir en un vago que no sabe hacer nada. Lo mejor es estar bien preparado para vivir solo, por eso siempre me enseñaron a hacer muchas cosas por mi cuenta. Como planchar, cocinar, limpiar… Y, aunque no supiera, no tienes más oociones cuando vives solo y no te da el cuero para pagarle a una mucama.

Si bien tendría que haberse ofendido un poco por ésas palabras a pesar de que no fueron dichas en tono hiriente, hubo algo mas que le llamó la atención. Y era el hecho de que Ariel decía estar viviendo solo.

—¿Vives solo? O sea, ¿solo, solo, de verdad? —dijo y Ariel se preguntó si uno podía vivir solo de mentira.

—Sí, no hay nadie aquí más que mi hermano y ahora él está en el hospital. Vivo solo.

—Pero… pero, ¿qué hay de tus papás y tus abuelos?

Pudo ver cómo la expresión de Ariel cambiaba. Por un instante, ésta se turbó por algo que pudo definir como tristeza, pero se recuperó tan rápido que no estaba seguro. Al instante, la comprensión y la condescendencia se hicieron notar en su cara, esbozando una débil sonrisa.

—Lo siento —su voz estaba cargada de arrepentimiento y pena—, creí que Alex o Laura ya te lo habrían dicho. Estoy en esta ciudad porque mi mamá y mis abuelos fallecieron hace un tiempo y no tengo parientes cercanos que puedan cuidarme. Mi madrina se encarga de mí ahora y ella me pagó esta casa. Soy huérfano.

Uno nunca se espera la verdad tan cruda en ninguna situación y Mad no fue la excepción, esa era una confesión que no se esperó en ningún momento y a la cual no sabía cómo reaccionar debidamente. Pese a su éxito, pese a su edad, Jean Claude no era un sabio de las psiquis humana y no tenía ni la más pálida idea de qué debía decirle. Todas esas palabras dichas tan naturalmente, le hicieron retroceder unos años atrás al día de la muerte de su único familiar además de su hermana: su padre. Recordando lo vacío que se había sentido en esa ocasión, trató de figurarse cómo debía de sentirse el pequeño estando completamente solo en esa casa, con su único familiar en el hospital.

—Lo… —siquiera se sentía capaz de terminar la frase, que le costó tres intentos más el poder decirla—. Lo siento mucho, Ariel. No lo sabía… y yo estaba preguntándote todas esas cosas sin pensar, de verdad lo lamento.

Si en algún momento de su vida tuvo ganas de tirarse debajo de un tren, ese se ganó el premio por encima de todos los demás. O eso pensaba hasta que la mano de Ariel, tibia y pequeña comparadas con las suyas, se posó sobre su mano derecha, apretándole de forma conciliadora. El joven le sonreía. Se veía tan grande con esa mirada, aunque en el fondo el leve dejo de tristeza que había en ella le indicaba que, en realidad, no lo era. No era tan grande. Era un adolescente que había pasado y pasaba por una mala situación. Mad se atrevió a posar su otra mano sobre la ajena, acariciándole el dorso con los dedos para consolarle. Ariel asintió con la cabeza, haciéndole saber que aceptaba sus disculpas.

—No te disculpes, no sabías nada —y ahí estaba, no sólo actuaba como un adulto sino que se expresaba como tal. Una parte de Mad se sintió dolida al pensar que, probablemente, todo eso era una fachada para poder mantenerse en pie. Seguía siendo un jovencito, por más maduro que fuera, todo debía estar afectándole de un modo u otro. Sólo que aún no podía verse-. No puedes disculparte por algo que desconocías, y a mí no me molesta. Al contrario, adoro hablar de mi familia, que me preguntes me hace sentir bien.

—¿En serio? ¿No te pone triste? —quiso saber, pues él había estado todo un año sin hablar de su padre luego de su muerte.

—Un poco, sí —se atrevió a confesar Ariel, encogiéndose levemente de hombros. Sí que lo entristecía y los primeros días no había dejado de llorar. Pero ahora ya había asumido que no podía hacer mucho por cambiarlo y, antes de llorar constantemente, prefería recordar las cosas buenas de su familia perdida—. Pero es mejor hablar de ellos. Si nadie aparte de mí o mi hermano los recordara, cuando nosotros estiremos la pata no habrá nadie más que lo haga. Será como si nunca hubieran existido, por eso prefiero contarle a todo el que me lo pregunta… Pero Alex y Laura evitan decir nada respecto a ellos, creo que tienen miedo de que me deprima.

—¿Y de verdad no te deprime? —seguía acariciándole la mano, disfrutando de su apretón.

—A veces. Pero me hace bien hablar un poco con alguien de los buenos viejos tiempos, aunque no todo en un solo día. Mamá solía decir que si uno no sabe de dónde viene no puede saber adónde va... Ella siempre decía cosas así. Creo que mamá preferiría que recuerde las cosas buenas aunque a veces me sienta tan mal que me dan ganas de llorar, pero la mayor parte del tiempo me ayuda hablar de ellos. Así que no te preocupes, ¿okay?—e hizo un guiño para tranquilizar a Jean Claude.

Él estaba tan nervioso que la sonrisa le salió torcida.

—Entonces… —carraspeó, y ahora pudo sonreír con más franqueza. Que el chico no estuviera deprimido estaba bien, pero algo le decía que en el fondo se sentía solo. Y quería hacer todo lo posible para que no fuera así—. Si alguna vez necesitas alguien con quien hablar, no dudes en llamarme, ¿de acuerdo? Me encantaría hablar contigo, sin importar cuántas horas sean.

El menor le dejó oír su carcajada que fluía como una cascada de agua cristalina.

-Muchas gracias, Mad. Lo tendré muy en cuenta -respondió Ariel, más agradecido de lo que dejaba ver.

Estaba feliz de tener alguien más con quien charlar. Amigos de su edad hubiera sido mejor, pero a caballo regalado no se le miran los dientes. Además, Jean Claude era un buen tipo y se le notaba lo afligido que estaba por su situación. Al menos no lo miraba como a un pobre niño desvalido y eso era más que suficiente para que Ariel quisiera pasar tiempo con él. Estaba, por supuesto, el tema del modelaje. Mad podía darle trabajo en un futuro, pero de momento prefirió no pensar en eso y concentrarse en su agradable compañía.

Permanecieron ahí sentados un rato hablando de diferentes cosas, algunas mundanas, otras no y ambos se dieron cuenta de que tenían mucho en común: A los dos les gustaban las películas antiguas, sentían cierto recelo por los libros de autoayuda y les gustaba caminar en silencio por lugares tranquilos. Aunque a Mad le encantaban los autos y Ariel prefería las motos, eso no evitaba que éste tuviera su marca de auto predilecta. A Ariel le gustaban los juegos de vértigo, aunque padecía de claustrofobia (razón por la cual no le gustaban los autos) y Mad los detestaba porque le temía a las alturas. Mad prefería el calor y el menor el frío, pero a ambos les encantaba el otoño y la nieve. Así pasaron las horas hasta que se hizo tarde y muy a su pesar, ambos debían dormir para atender sus asuntos al día siguiente.

—¿Seguro que no quieres quedarte a cenar? —preguntó Ariel, entregándole su saco a Jean Claude frente a la puerta—. Tengo arroz ya hecho y traje carne de la carnicería ayer, puedo preparar rissotto de carne y mostaza, o cualquier condimento que quieras.

La verdad era que Jean Claude deseaba quedarse más que nada en el mundo, pero tenía una pila de formularios que ver y llenar antes de irse a dormir. Tuvo que repetirse aquel argumento en su mente un par de veces mientras se ponía el saco, para poder decírselo al jovencito sin sentirse culpable. Si tenía que ser honesto, Mad no entendía por qué se sentía culpable. Ariel parecía muy capaz de arreglárselas solo. Pero eso era lo que sentía y escuchar las risas de su otro yo en lo más hondo de su cabeza cada vez que pensaba en eso, no era de gran ayuda. De todas maneras, aunque quería no podía.

—Me encantaría, mon cher, pero tengo mucho trabajo por hacer y tú tienes que ir a la escuela mañana —miró un instante más la casa. Ahora que se iba, el sitio se veía algo grande y solitario, demasiado peligroso para un pequeño a esas horas de la noche. Perfecta para cualquier criminal desesperado, aunque la ventana tuviera rejas y la puerta cerrojo y pestillo—. Cierra bien la puerta y las ventanas, no le abras a nadie. ¿Oui? Últimamente todo está muy peligroso.

—Quédate tranquilo, no le abro nunca a nadie —respondió Ariel tomando las llaves de su casa—. Me sé el número de la policía, el hospital, los bomberos, tu celular, el de Alex y el de Laura. Estaré bien.

—¡Per-fecto! —dividió la palabra en dos, como lo haría un adolescente, sintiéndose un poco más tranquilo pero, por alguna razón, el gusanillo del miedo le picaneaba—. ¿Tienes algo con qué anotar?

—Claro, aguarda un minuto —dirigiéndose a la mesita con el teléfono negro, tomó la agenda que se hallaba junto a este y se la entregó a Mad con lapicera y todo—. Aquí tienes, ¿olvidaste algo?

—Una cosa —dijo, garabateando un número telefónico en una de las hojas  antes de entregárselo—. Toma, es el número de mi casa. No dudes en llamarme por cualquier cosa, aunque sea sólo para hablar. También puedes mandarme mensajes, así sé cómo estás.

—¿En serio? ¿No es como mucho?

Se dio cuenta de que sí era mucho y pensó rápido en la primer excusa que se le ocurrió.

-Sí, ya sé, pero es que a veces olvido el móvil en cualquier lado. O no lo cargo. O simplemente no le atiendo porque puede ser alguna persona molesta. El número de mi casa sólo lo tienen personas cercanas y es para emergencias. Asique no te preocupes.

Por fortuna, Ariel se lo creyó.

-Ah, ya veo. Entonces, ¡gracias! —sonrió y Mad se sintió capaz de dominar el mundo con el poder que le daba aquella sonrisa.

—¿Para eso están los amigos, no?

 Ariel miró medio segundo la hoja y luego anotó otra cosa, arrancando el papel en el que escribió para dárselo a Jean Claude y ponérselo en el bolsillo superior.

—Así es. Por eso, ahí tienes tú el número de mi casa. Tú también puedes llamarme cuando quieras, ¿d’accordo?

Únicamente después de jurarle que lo llamaría, y tras asegurarse de que el número de Ariel realmente estaba en su bolsillo y que no lo había soñado todo, emprendió el camino a su casa sintiéndose medio en el aire, feliz cual quinceañera enamorada que recibía el llamado de su primer pretendiente y al mismo tiempo algo triste por el muchacho que ahora debía de estar cenando solo en esa casa. Tendría que haberse quedado con él. Si le hubiera dicho que sí, seguramente ahora no estaría tan solitario en el departamento, esperando a su hermano. Pero no podía hacer más, inmiscuírse demasiado podría traer problemas.. Mientras cruzaba las calles que lo llevarían a su casa permanecía ido en sus pensamientos. No entendía porqué su hermana no le había dicho nada. Es decir, era algo importante. Bien podía haber dicho algo que ofendiera a Ariel y terminar teniendo una pelea. Podrían haber pasado muchas cosas.

Más tarde intentaría hablarlo con su hermana, de momento agradecía  no haberlo hecho enfardarse o llorar, porque ahí se hubiera querido morir. No hubiera sabido qué hacer con un muchacho deprimido, llorando a los cuatro vientos. Del mismo modo que no hubiera sabido qué hacer con cualquier ser humano en un ataque de lágrimas e diez kilómetros a la redonda. Dejando de lado su total incapacidad para atender a la gente en medio del llanto, no podia negar que admiraba mucho la madurez de Ariel. En ningún momento dejó de sonreír y, pese a que tal vez el propio Ariel no lo sabía, siempre ponía una expresión risueña cuando hablaba de su familia. Era bastante agradable ver lo orgulloso que estaba de ellos, ver el amor que les profesaba e imaginárselos a todos juntos como una gran familia unida salida de una serie de televisión.

Hasta le daba ternura.

Por su parte, él no podía hablar de su padre, no desde que había fallecido. Tampoco de su madre, porque no la recordaba. No sabía qué era lo que el resto del mundo conocía de sus padres ni de su familia en sí y, hasta ahora, nunca le había importado. Ahora sentía una imperante curiosidad bullendo desde lo más hondo de su ser.

-Si uno no sabe de dónde viene, no sabe adónde va. Éso fue lo que dijo Ariel... -musitó en voz alta, rumeando miles de cosas en su interior.

Apenas llegó a su casa y luego de guardar el auto en el garaje, se echó en el sofá de su sala de estar y se quedó ahí mirando el techo. Tenía muchas cosas en la mente: Momentos, recuerdos, preguntas sin respuesta, viejas fotos que ya no estaban pero que aún perduraban en su memoria. Tal vez, pensaba Mad todavía algo trastocado, era hora de revolver el pasado y averiguar más de su famlia. Quizás no de su padre, pero sí de su madre. Siempre había querido saber cosas de ella, pero su papá jamás quizo hablarle ni darle ningún indicio de cómo había sido su mamá. Quizás era hora de visitar la vieja casa de su famlia y escarbar entre lo que allí quedaba. Aunque también era muy probable que tuviera que revisar páginas de internet, archivos en la librería. Iba a ser un trabajo tedioso. Y él apenas sí sabía usar la computadora a pesar de vivir en los tiempos modernos donde todo se hacía con máquinas, pues era uno de los pocos arquitectos que aún se manejaba con métodos de la vieja escuela. Y aunque nunca lo admitiera en voz alta, odiaba las computadoras. Así pues,  iba a necesitar ayuda.

Sintiendo como si el papel en el bolsillo de su pecho saltara, Mad lo tomó y marcó el número en su celular rogando porque Ariel no estuviera dormido.

—¿Pronto qui parla? —se oyó la voz de Ariel del otro lado del tubo, acompañada por el sonido de la tele y el típico ruido de algo cocinándose. Mad se mordió el labio, imaginándose qué estarían cocinando esas lindas manos.

—Ariel, soy Mad.

—¡Hola, Mad! —casi al instante el volumen de la tele bajó—. Qué bueno que llamaste, estaba a punto de marcar tu número para ver si habías llegado bien a casa. ¿Pasa algo?

—Gracias, mon petit ange, eres todo un amor. Perdona que te llame a estas horas, pero tenía una consulta. ¿Eres un chico moderno, cierto?

—Lo soy y no, no me molesta que me llames. Normalmente voy a dormir mucho más tarde.

—Eso no está bien, Ariel. ¿Sabes? Te regañaría si no necesitara de tu consejo.

—Aguarda un segundo que tengo que servir el rissotto.

“¿Al final sí hizo rissotto?” pensó Mad, deseando haber comido algo. Él no tenía ganas de cocinar y si no había algo ya preparado en el refri, lo más probable era que pidiera comida a domicilio.

—Ya, ¿me decías Mad?

—Quiero averiguar sobre una persona en particular, pero no sé cómo hacerlo. No soy muy dado para estas cosas, ¿sabes?

—Ohh… -el ruido de los cubiertos moviéndose y chocando entre ellos llegó al otro lado del teléfono-. ¿Y sobre quién quieres averiguar?

—Un arquitecto famoso y su esposa -no podía decirle que eran sus padres, no aún-. Es muy moderno, no creo que aparezca en los ficheros de la biblioteca.

—En ese caso, si tienes una computadora… -la voz le dudó por un momento, pensando bien en lo que iba a decir para no sonar ofensivo-. Esto, ¿tienes una computadora, verdad?

—Casi ni la uso, pero sí la tengo. ¿Una portátil es lo mismo?

—Claro que sí. ¿Tiene Internet?

—Tampoco lo uso mucho, pero lo tengo.

—¿Para qué lo tienes si no lo usas? Ah, ya quisiera yo tener todo ese dinero y no tener que languidecer cada vez que pago la línea —oyó el suspiro irritado del joven, no pudiendo evitar el imaginárselo enojado. Apostaba a que se veía adorable—. Okay, toma la laptop y conéctate a Internet. Puedes googlearlo desde ahí.

Jean Claude frunció la frente, pidiéndole que esperara mientras iba al despacho y se sentaba allí frente a la computadora que sólo usaba para enviar y recibir e-mails o imprimir archivos recibidos. Cada tanto usaba el Messenger o el Word para sus trabajos, pero la mayoría de las cosas las hacía por los medios clásicos, como su padre le enseñó.

—¿Googlearlo? —preguntó, al instante de prender el aparato que estaba junto al fax y conectarse a Internet—. ¿Cómo hago eso?

—¿Tienes Firefox o Internet Explorer, verdad? Si tienes Firefox, usa  ése. Suele ser más rápido —y suponiendo que Mad no sabía cómo usarlo, agregó—. Tienes que clickearlo dos veces con el botón derecho del Mouse.

—O-okay —hizo lo que le pedía, viendo cómo la página se abría enseguida mostrando el famoso “Google"—¿Ahora qué?

—¿Te apareció el buscador? —Mad respondió con un sonido de asentimiento—. Pues, pon el nombre de la persona que buscas en el buscador y luego das clic al botón de “Buscar en la Web”. Y ahí te aparecen las diferentes páginas web con la información que pides, recuerda que para que se vean tienes que clickear los vínculos dos veces.

—Bien, creo que lo tengo. Muchas gracias, Ariel, eres un sol.

Ni ende, Mad. No quiero ser malo pero, ¿de verdad no sabías cómo usar Internet?

—La verdad, no. Sólo uso la casilla de correo y el Messenger cada tanto, el resto de los programas que manejo son sólo los de Office.

El ruido que sonó en su oreja a través del tubo le indicó que Ariel estaba aguantándose la risa.

—Puedes reírte de mí si quieres, Ariel —al instante, esa carcajada que tanto le gustaba lleno su oído. No le importaba que estuviera riéndose de él.

—¿Lo dices en serio? ¿No sabes?

—No. Virgen y muy orgulloso de serlo.

—Eso es algo que de verdad no puedo creerte, Mad. Te aprecio, pero todo tiene su límite.

—¡Epa! Yo estaba hablando de Internet, ¿qué andabas pensando, pequeño travieso? —no supo de dónde sacó valor para hacer esa clase de bromas, por un instante pensó que Ariel lo tomaría a mal, pero el otro simplemente se rió.

—Absolutamente nada de nada. Oye, si quieres yo puedo enseñarte a usar la computadora. Es un verdadero desperdicio que la tengas y no la utilices, en verdad.

Pegó un salto, pero para sus adentros, no fuera cosa que Ariel se diera cuenta de lo feliz que estaba. Tenía una excusa para verlo más seguido, y de paso aprendía a usar la computadora. Dos pájaros de un solo tiro. No obstante, fingió que lo pensaba un instante, escuchando el ruido de cajones y puertas abrirse y cerrarse del otro lado del aparato, sumado al de una silla correrse. Al día siguiente tendría que pagar una enormidad para recargar el crédito del celular por esa llamada, pero ya le daba igual.

—Hum… —rumió, escuchando cómo Ariel llenaba un vaso con líquido—. Está bien, sería genial. Pero hácelo saber a tu madrina y a Alex, no sea que piensen que andas con un loco.

—Tú estás loco.

—Eso no es nada nuevo, petit. Te agradezco por todo. ¿Qué te parece si otro día arreglamos las clases particulares de informática?

—Bien.  Por cierto, ¿dijiste que tienes Messenger, no?

—Aja, ¿por?

—¿Te gustaría agregarme? Lo tengo, pero no hablo con mucha gente salvo algunos conocidos de Niscemi o chicos que conocí por foros. Me gustaría tenerte agregado y poder chatear contigo, siempre que quieras.

—Por supuesto —no lo dudó ni un instante—. ¿Cuál es tu correo?

—Promete que no te reirás cuando lo diga —lo prometió, y entonces Ariel suspiró diciéndole—: arielangel_jewelry@mail.com -aunque lo prometió, Jean Claude no pudo evitar reírse y terminó haciendo que Ariel soltara un sonido ofuscado-. ¡Oye, que lo hice cuando tenía trece años! ¡Es obvio que es un correo horrible!

— Ya, ya, perdón. Es bonito, te sienta bien. Se nota que tienes en claro tu futuro si a esa edad le pusiste "jewelry" a tu correo electrónico por las joyas.

—Si, sí, trata de arreglarlo... Mira, me conecto todos los días a las siete, cuando vuelvo del trabajo, los viernes y sábados me conecto a partir de las diez de la noche y me quedo hasta tarde. Cualquier cosa, si quieres chatear conmigo puedes mandarme un mensaje primero.

—¿Para qué chatear si puedo hablarte por teléfono? —de nuevo, Ariel se rió de él.

—Cuando comiences a hacerlo vas a entenderlo. ¿Es todo lo que necesitabas?

Oui. Muchas gracias, Ariel.

—De nada, espero haberte ayudado. Bonna notte, Mad.

—Buenas noches, que duermas bien.

Ciao. Ci vediamo presto.

Apenas Ariel colgó, lo primero que hizo fue agregarlo al Msn y después regresó a la página de Google donde clickeó los nombres que buscaba: Julian Labadie y Angelina McGregor.
No fue a dormir hasta terminar de leerse las primeras quince páginas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mavya, muchas gracias por seguir con la historia y por reescribirla!! Pero tengo una duda, al decir Ariel "ni ende" quiere decir nada o de nada? porque si es así la palabra correcta en italiano sería niente, todo junto y con t en lugar de d.

Angelica nuñez dijo...

Me encanta te amo gracias por reeditar

I Love... (My stamps)


href="http://s220.photobucket.com/albums/dd319/mavyangel/blogs%20icons/?action=view&current=tarotcafe.jpg">Photobucket PhotobucketI s2 Vampires Pictures, Images and Photos Photobucket PhotobucketPhotobucket Photobucket anti Pictures, Images and Photos Photobucket Anti Twilight Pictures, Images and Photos Photobucket Photobucket PhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucketPhotobucket
anti Pictures, Images and PhotosPhotobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket