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viernes, 7 de marzo de 2014

Cuarto Oscuro; capítulo dos



Estamos invitados a tomar el té




Ariel despertó luego de haber tenido ese horrible sueño otra vez. El eco de su grito, segundos antes de despertar, aún resonaba entre las paredes de su pequeña y solitaria habitación, en su pequeño y solitario apartamento. Como todos los días desde que comenzó a tener esos sueños, Angelo no estaba ahí, cuando normalmente él siempre que le escuchaba gritar acudía desesperado a su cuarto para ver si estaba bien.

Pero Angelo no estaba, debía de hallarse en la cama del hospital con una intravenosa clavada en su brazo, agotado por la quimioterapia.

Suspirando, se sentó sobre su cama y se acarició la cabeza. Estaba empapado en sudor, todavía sentía el corazón golpearle contra el pecho de tal forma que hasta le dolía y hubiera ido a un médico de no estar acostumbrado. Al fijarse en el reloj, se dio cuenta de que eran las seis de la mañana y se maldijo por tener esos sueños detestables que lo atacaban casi todas las noches, y lo peor no era soñar, sino tener memoria fotográfica y recordar cada pulgada del maldito sueño: veía cómo se llevaban a Angelo sin poder hacer nada para evitarlo, luego de golpe se encontraba en un espacio vacío y negro.

Y en ese espacio donde solamente escuchaba el eco de su voz, toda esa profundidad comenzaba a tragárselo.

Mientras se daba la primer ducha del día se puso a pensar en porqué tenía ese sueño. Comenzó a pasarle cuando Angelo entró al hospital, por razones obvias y eso explicaba la primer parte del sueño pero no el resto, cosa que lo perturbaba. No podía dejar de preguntarse si era una advertencia o algo similar, pues su nonna le había enseñado que en los sueños siempre hay advertencias sobre el futuro. Le hubiera gustado que su abuela o su madre estuvieran allí con él, ellas hubieran podido decirle que significaba el sueño, pues siempre habían sido buenas para esas cosas y recordaba lo mucho que la gente de su pueblo respetaba cada una de sus palabras, aunque ellas fueran medio extranjeras.

Tras salir de la ducha no pudo evitar hacer lo de siempre y mirarse al espejo. La verdad que la madre naturaleza podría haber sido más justa con él, en vez de darle ese aspecto tan raro y esos genes anormales que formaban su pequeño cuerpo. Lo único que le gustaba era ser muy alto y con los rasgos de la familia de su madre, pero el resto, la verdad, que podrían habérselo ahorrado. Su piel, tan blanca que pasaba por albina y le hacía daño el sol, era como la de un bebé de cuatro meses, porque toda la familia por parte del abuelo materno, el querido y difunto nonno, sufrieron de falta de pigmentación en la piel y por eso a todos les salían manchas albinas que se ponían rojas bajo el sol o les coloreaba el pelo del cuerpo poniéndolo blanco. Gracias al cielo, ni Angelo ni él mismo heredaron eso.

“O es posible que toda mi piel este manchada desde que nací” Se preguntó Ariel. “Bah, eso no es posible”.

Si así fuera, su cabello, sus cejas, y el poco vello púbico que tenía deberían ser blancos o tener manchar blancas, aunque él no tenía mucho pelo en cualquier otra parte de su cuerpo que no fuera la cabeza, cosa número uno que lo distinguía de los chicos "normales".

Ariel era alto y muy delgado, a pesar de que comía por tres. Todo su cuerpo estaba recubierto de piel suave y tersa, sin rastro alguno de vello. Sus piernas, demasiado largas, eran torneadas y delicadas al igual que sus brazos. Cintura estrecha, de avispa, y rasgos bastante femeninos, a los ojos de cualquiera pasaba por una chica sin desarrollar del todo, tanto que Ariel estaba convencido que sólo le faltaba tener unos pechos para poder vivir cómodamente complaciendo a los hombres por la zona roja.

“Maldita sea” gruñía para sus adentros cada vez que contemplaba su cara. Y no podía dejar de maldecirse, no cuando parecía una mujer. “La puta naturaleza tuvo que hacerme así, más raro imposible”, se decía una y otra vez. Su rostro con forma de corazón, llamaba la atención y no le costaba saber por qué: era muy afeminado, y sus largas pestañas, negras cual carbón podían robarle el aliento a cualquiera. Pero eso no era nada comparado con sus ojos: eran muy grandes, de un azul muy profundo, más oscuro que el de su madre pero no tanto como el de su abuela. Por alguna razón no podía mirar fijamente al reflejo de sus ojos en el espejo por mucho tiempo, porque le embargaba una sensación extraña. Quizás eran imaginaciones suyas.

Tenía una nariz respingona y chiquita, labios carnosos y rosados. Así no era de extrañar que casi todo el mundo le confundiera con una mujer, todo por un problema genético que no se detectó al nacer. XXY. Esas letras le perseguían constantemente, la naturaleza, la genética de su cuerpo estaba marcada con esa cifra desde el momento en que se formaron los cromosomas. Más raro, imposible.

O más gay, así le decían sus compañeros del colegio. Cómo odiaba el Instituto. Si no fuera porque debía pagar para hacer los exámenes antes de tiempo, hubiera adelantado varios cursos, sabía bien que podía hacerlo gracias a su memoria fotográfica y a que era aplicado en los estudios, pero no tenía el dinero suficiente como para solventar los gastos. Bastante tenía ya con los impuestos, la cuota de la escuela, la comida, y pagar aunque fuera una parte de la hospitalización de Angelo, pese a que su madrina se había negado rotundamente a la idea de que él pusiera parte de su dinero. Comprendía que ella no quisiera que él pagara, pero bastante tenía ella con pagarle el alquiler del departamento y haberle permitido mudarse desde Niscemi hasta allí para dejarla gastar su dinero en Angelo.

Él era responsabilidad suya, de nadie más. Era él quien debía ayudarlo y lo haría mientras pudiera, antes que "ellos" se lo arrancaran de las manos.

Puso la tetera a hervir para prepararse un té, recordando que su abuela le había dicho que parecía un señorito inglés. Tenía afición por el té, lo tomaba siempre que podía y cada vez que iba a la tienda compraba una caja nueva. Un cuarto de la alacena estaba ocupado con distintas marcas de té en diferentes presentaciones y sabores, incluyendo el de hebras. El ruido de la tetera a medio hervir era uno de los pocos sonidos que se oían en su casa, además del tic-tac del reloj, el ruido pesado del yogurt caer contra el cuenco de cereales y del tostador calentando el pan, lo único que le hacía pensar que esa casa no era una tumba o que él no estaba muerto. Angelo no estaba ahí para llenar el hueco con sus pláticas y Ariel no podía hablar consigo mismo.

Decidió prender la radio en su estación predilecta. La M590 hablaba mucho de política pero tenía sketches interesantes de humor inteligente, a excepción de los programas deportivos. La R&R también era buena y además pasaba música entretenida, sumado a más dosis de humor. Se había levantado lo suficientemente temprano para escuchar las noticias mientras masticaba su tostada con manteca y escuchó su show preferido, conocido como "La siesta Inolvidable", tanto humor ácido le impidió comerse los cereales por un buen rato porque se reía sin parar.

Siguió matando el tiempo de diferentes maneras por lo que leyó parte "La Tercera Palabra", libro que ya se había leído cinco veces, hasta aburrirse. Empezaba a sospechar que los relojes confabulaban en su contra y funcionaban más lento de lo normal porque el tiempo pasaba cada vez más lento. Cuando prendió la tele e hizo algo de zapping, se convenció de que durante las mañanas la televisión era una mierda y decidió que lo mejor para mantener su salud mental era ir temprano a la escuela y encerrarse en la biblioteca. Era una de las ventajas de ser el delegado de la clase.



*



Al otro lado de la ciudad Mad sufría el mismo problema, se había acostado tan temprano y tuvo un sueño tan estrafalario que apenas eran las ocho de la mañana, pero ya estaba despierto y sin posibilidad alguna de volver a conciliar el sueño. Suponía que nadie iba a culparlo por despertarse de un sueño, pero no de ése sueño, especialmente cuando podía traerle problemas si alguien se enteraba de que soñaba con un bello par de ojos azules y situaciones sugerentes que, por alguna razón, involucraba vestidos con encajes a lo gothic lolita, medias de lycra, lencería y algunas otras cosas que no podía recordar sin ruborizarse.

"Jean Claude, basta", se reprendió a sí mismo, lavándose la cara para poder alejar esos pensamientos tan turbios. "No eres un pederasta, por todos los cielos".

Ya era la tercera vez que soñaba algo así desde que lo había visto. Si seguía así, tal vez terminara cometiendo alguna locura pero, por extrañas fuerzas de la naturaleza, no dejaba de pensar en él pese a que sólo se sabía su nombre y su edad. Su edad era el gran dilema, nunca se había creído tan degenerado como para fantasear con un chico joven. Demasiado joven.

Un baño bien frío y un café fuerte era lo que necesitaba para despejarse la cabeza y luego saldría a caminar por el centro. Abandonar la casa y respirar aire fresco mientras dejaba atrás las copias de todas las fotos del chico de los ojos azules, o de su elfo, como a él le gustaba llamarle ya que “hada” era algo afeminado, le ayudaría a recobrar la compostura. Estaba bien que le gustaran los hombres, de hecho siempre había tenido la fantasía de acostarse con un modelo, pensaba mientras se metía en la bañera medio tibia, y lo hizo en un par de ocasiones, por supuesto. Pero un adolescente era algo diferente. No lograba comprender por qué no podía dejar de pensar en esos ojos, en ese rostro, cuando se trataba de un púber. Quizás había algo malo en él, en su mente, tal vez estuviera mal de la cabeza porque aquellos sueños y cualquier sentimiento más allá del trabajo profesional o del afecto amistoso eran incorrectos. El problema era que no podía dejar de pensar en él.

Tomó la esponja naranja, esa que tenía unas protuberancias que supuestamente ayudaban a la piel y la relajación, y la frotó contra el jabón rojo de glicerina antes de pasársela por el cuerpo. Era muy meticuloso en el aseo. Mientras tallaba cada pulgada de su cuerpo seguía buscándole alguna explicación psicológica, física o quizás patológica al porqué de sus sueños eróticos en los que se había visto a sí mismo tocando a Ariel de formas no muy correctas.

 No entendía qué le ocurría. El chico le gustaba y le caía simpático, eso era todo. Trataba de convencerse a sí mismo de todo eso mientras se lavaba el cabello, una y otra vez. Seguramente debía de ser alguna tontería por la cual soñaba con Ariel. Tal vez su inconsciente trataba de decirle que había hallado a su musa inspiradora, porque todos los artistas tienen su musa inspiradora y tal vez Ariel era la suya.

“Sí, claro”, dijo el Mad interno, su Doppelgänger como él lo llamaba, que aparecía de nuevo con sus verdades. “Ningún artista sueña con su musa usando un conjunto negro de lencería o vestidos con holanes".

—Ya cállate, maldita sea. Eso no es cierto.

“Soñaste eso”.

—Debe ser el estrés. He estado pensando en muchas cosas últimamente.

“Sí, en él”.

—No, en los trabajos como fotógrafo. Guarda silencio, intento darme un baño. Sabes que quizás no le volvamos a ver.

“Mientes”, replicó su otro yo, dentro del oscuro y hondo espacio en su cabeza donde su voz hacía eco y sólo una silla donde se sentaba de piernas cruzadas le acompañaba. “Trabaja para tu hermana, sabes perfectamente que volverás a verlo. Alexandre te llama a ti cada vez que realiza fotos”.

—Es Alexandra, imbécil —bufó, quitándose el acondicionador del pelo mientras se echaba un poco hacia atrás, apoyándose en el frió respaldo de mármol de la bañera—. ¿Y qué si lo vuelvo a ver? Seré amable con él y volveré tranquilo a casa. De seguro se me pasa el interés cuando lo vea de nuevo, es sólo un niño.

“Deja ya de mentir, que sea joven no es impedimento para que te guste. Ni él ni nadie deben enterarse. ¿Te doy un ejemplo de que mientes? Tiemblas cuando recuerdas su acento”.

 Jean Claude pestañeo varias veces. No se había dado cuenta de ello.

Ah, no te esperabas eso, ¿verdad? D'accordo Mad”, el Mad interno imitó a la perfección las palabras de Ariel y Mad tembló de pies a cabeza como si el cuerpo no le perteneciera.

—Me cago en la...

“¿Lo ves?”.

—Eso no significa nada.

“¿Y los sueños?”.

Eso ya era otra cosa. Bien podía controlarse a sí mismo, negarle al Doppelgänger una y otra vez las cosas o intentar convencerse, pero nada podía hacer contra los sueños que venía teniendo desde el día en que le vio. Recordó a la perfección que esa noche se durmió mirando la foto que le había sacado junto al alfeizar de la ventana y que había hecho copias de todas las tomas que le había hecho. Esa vez soñó con que el muchacho se le aparecía del otro lado del sofá usando una de sus camisas.

Y solamente la camisa.

No recordaba bien haber visto el cuerpo de Ariel, la camisa era demasiado grande y holgada para eso, pero en medio del sueño y mientras él se le acercaba a gatas, mirándolo fijo, no pudo evitar fantasear con la idea de arrancársela con los dientes. Ariel se le había acercado hasta estar sobre él a cuatro patas, agachando lentamente la cabeza con una sonrisa tímida y rozaba su boca con los labios. Ahí comenzaba la locura de esos sueños en los que se imaginaba recorriendo con sus manos el cuerpo ajeno, sacándole jadeos y expresiones excitantes.

Antes de recordarse a sí mismo que lo que pensaba no estaba bien, se dio cuenta de que tenía una erección.

— ¡Pero la puta! —se indignó, saliendo del agua para cerciorarse de que estaba "así"—. ¿Y ahora qué hago yo con esto?

“Mira qué pregunta tan estúpida ¡Sabes perfectamente qué hay que hacer!”.

—No, no lo haré. No lo haré y es mi última palabra.

“Díselo a tu mano, me parece que no se ha enterado”.

En efecto, su mano derecha estaba acariciándole el interior de los muslos. Jadeó solo de sentir los leves roces cerca de su entrepierna. "Carajo", pensaba mientras se rendía a su propia calentura, y no tardó en tocar aquel macizo de carne dura en toda su extensión. Hacía tiempo que no se excitaba así por nadie. Empezó primero a acariciarse con las yemas de los dedos, maravillándose con su dureza, luego la apretó entre sus dedos y comenzó a mover la mano de arriba abajo. El agua chapoteaba, salpicándolo todo, y escuchaba perfectamente el sonido de la piel cada vez que subía y bajaba. Cerró los ojos, sintiéndose de maravilla, mientras se concentraba en las adorables imágenes de su cabeza que pasaban rápidamente, apretándose más duro.

—Ariel...

Siguió apretando, jalando, sin dejar de imaginar escenas y colores, sonidos provenientes de los labios carnosos que recordaba pero que nunca había tocado, hasta acabar en su propia mano manchando el agua clara de la tina. Tuvo que darse unos minutos para reponerse del calentón antes de lograr salir de la tina y limpiar la bañera con expresión culpable.

“¿Seguirás mintiendo después de esto?”.

—No significa nada, ¿oíste? Sal ya de mi cabeza.

“Soy parte de ti, no puedo irme. Y además, ahora sí que estás mintiendo”.

Dio gracias al cielo por que no tenía un arma de fuego o se hubiera pegado un tiro sólo para callar la maldita voz que nunca lo abandonaba. Dar vueltas en la casa no iba a solucionar nada, no estaba de ánimo para revisar "el paquete" (lugar donde guardaba todos sus futuros proyectos arquitectónicos o los que estaban sin terminar), y tampoco tenía muchos lugares a donde ir. Se vistió con unos típicos jeans gastados y una playera negra mientras pensaba qué podía hacer. Después de mucho pensarlo, decidió jugar con la suerte e ir a ver a su hermana.



*



Y en la escuela, donde Ariel era torturado con lecciones de Trigonometría, decidió hacer exactamente lo mismo, pues se sentía demasiado solo en aquel departamento vacío y su madrina no estaba en casa para ir a visitarla. No había mejor lugar donde pasar algunas horas que la tienda de Alex. Tal vez ella o Laura se apiadaran del pobre huérfano y les dejara ir a su casa sólo para hacerles compañía.

No le venía nada mal en realidad, estar en su propio apartamento vacío le provocaba un hueco en el centro de su pecho y le cerraba la garganta cada vez que quería respirar. Por eso, cuando sonó el timbre que indicaba el final de la jornada de clases, que para él era un bendito sonido de esperanza, huyó a toda máquina al depósito de bicicletas para no ser víctima de alguna broma pesada por parte de sus compañeros; tomó su pequeña bicicleta roja e inmediatamente comenzó a andar a toda máquina. Tuvo que esquivar bolas de papel y tapas de lapiceros mientras huía de los lindes de la escuela, rehusándose a mirar atrás hasta llegar a sitio seguro.

No tardó mucho en llegar, se sabía de memoria todos los atajos hasta Alchemy por lo que el viaje no le costaba más de veinte minutos y menos si iba a toda velocidad, pero luego de huir de la escuela aligeró el ritmo. La verdad es que pensaba bien si aparecer de golpe o avisarle por el celular, Alex nunca se quejaba pero quizás era una molestia y no quería decírselo. Después de todo, Alex era buena y sabía bien cómo él se sentía por todo lo que había pasado, pero eso no la obligaba a hacerse cargo de él todo el tiempo. Supuso que siempre podía preguntarle si le dejaba quedarse, caso contrario se volvería a su hogar. Al llegar dejó la bicicleta en la calle asegurándola bien e ingresó a la tienda saludando a las dependientas para luego subir las escaleritas marrones que le separaban del atelier.



Toc-toc.

 

No hubo respuesta pero tampoco la necesitaba, Ariel ingresó al salón encontrándose con una ocupada Alex que cosía y descosía un vestido muy sobrio, Laura ensimismada haciendo llamadas y a Mad sentado en la mesa mirándole.

Aquello último le llamó la atención, tanto que tuvo que pestañear un par de veces para asegurarse de que era cierto y se acercó a los tres en silencio, dedicándoles una sonrisa y dejó la mochila en la silla donde el fotógrafo no estaba apoyando los pies. A Mad esa sonrisa le cayó como el golpe de gracia luego de verlo ahí, de pie, frente al taller de su hermana. Sabía que había posibilidades de encontrarse con él pero no creyó que ocurriría todo en el mismo día. Enrojecieron sus mejillas de recordar los sucesos del baño e intentó corresponderle la sonrisa aunque le salió desviada.

"Mon Dieu, ¿es que los dioses están en mi contra?".

“Te lo dije”.


Ariel se sentó y sacó de su mochila un estuche y hojas artísticas para dibujar, a la vez que le preguntaba a Laura, la señorita "no-suelto-el-teléfono-ni-por-casualidad", si podía quedarse. Ella miró a Alex, quien deliberaba si agregarle mangas o no al vestido y tardó unos minutos en decir: "Claro que puedes, querido". Mad se dedicó a observar los movimientos que hacían esas manos suaves cual terciopelo, admirando la forma en que tomaban el estuche y lo abrían, esa manera en que movía las manos al hablar y el movimiento de su cabello cuando se agachó para dejar la mochila en el piso. Que alguien fuera tan lindo era, para él, casi inhumano.

Escuchó vagamente la conversación entre Ariel y las dos mujeres, sin dejar de taladrarle con la mirada para poder memorizar cada gesto intentando plasmarlo en una fotografía mental.

— ¿... sión de fotos hoy, Mad?

— ¿Perdón?

Se le había quedado mirando y cuando el chico le habló terminó por perderse la mitad de lo que le dijo. Se insultó en su propia mente por su estupidez, pero Ariel repitió educadamente palabra por palabra, sin mosquearse por la cara de tonto de Mad, a la vez que jugaba con uno de los tantos mechones de su cabello negro.

—Si has tenido una sesión de fotos hoy. ¿O viniste de visita?

—Lo segundo —esta vez pudo sonreírle como correspondía, pues un elfo se merecía una sonrisa de verdad—. Estaba muy aburrido y decidí ver que tal estaban las cosas por aquí.

—Entiendo —dijo, y parecía entenderlo de verdad—. Estamos iguales, yo vine por la misma razón. Y además quería saber cómo quedaron las fotos.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ignorar la mirada de pena que le dirigieron las mujeres. Les agradecía de corazón su preocupación pero él estaba bien. Solo, pero bien. Las miradas de pena no servían de ayuda. Decidió concentrarse en otra cosa, como la cámara que Mad llevaba y que antes no había notado, mientras las dos mujeres se concentraban en su tarea. Ariel no necesitaba que le prestaran atención, podía permanecer ahí quieto y en silencio por horas sin que le dirigieran la palabra, cosa que ellas ya sabían, y supuso que en cierta forma les agradaba. Le bastaba con sentir la presencia de otros seres humanos para sentirse feliz.

Mad notó el escrutinio hacia su pequeño aparato, que le acompañaba a todas partes, además del remolino que se gestaba debajo de esos ojazos azules. Unos ojos tan profundos que parecían no tener fondo, cual pozos de agua clara y sintió el deseo irrefrenable por conocer todos sus secretos por más estúpido que aquello sonara.

— ¿Siempre la llevas contigo? —le dijo el niño, lo que le obligó a tomar el aire que había retenido mientras miraba sus ojos disimuladamente y responderle.

—Sí, porque siempre hay algo que fotografiar.

— ¿Cómo qué? ¿Un paisaje, una pareja, niños jugando?

—Todo. Una mujer leyendo en el banco de una plaza, una pareja de ancianos, las hojas cayendo de los árboles… ¿Nunca has visto una escena así, que te hace ver cierta luz dentro de lo que fotografías? El brillo inexplicable que está ahí, que te da paz, tanto que quieres plasmarlo de alguna manera.

El modelo se le quedó mirando por unos minutos, esbozando una sonrisa comprensiva. Claro que entendía, a él le pasaba lo mismo. Abrió su block de hojas y pasó las páginas hasta hallar la que buscaba y se la mostró al mayor, sonriendo en todo momento.

— ¿Algo así?

Jean Claude tomó el cuaderno, acercándoselo a la cara. No podía ser verdad. Miró fijamente la hoja blanca interrumpida con líneas negras de carbonilla, allí frente a él se encontraba un dibujo precioso de una joven mujer, bastante bonita, con anteojos, rodete y traje, con una expresión risueña mientras escribía algo en papel. La verdad es que era una imagen muy linda, bastante luminosa, era la palabra más exacta. Una de esas escenas que a él le hubiera gustado fotografiar. El dibujo debía mejorar un poco, pero no estaba nada mal. En especial cuando se logra captar la esencia de lo que se dibuja a pesar de carecer de la técnica. Se notaba que aquél dibujo, aunque inexperto, estaba hecho con cariño.

—Es precioso. Tú... —su voz flaqueó y tuvo que aclararse la garganta—, ¿tú lo hiciste?

—Sí. Me gusta mucho dibujar, sé que no es como sacar fotos pero...

—No, no. Está perfecto. Es justo lo que estaba tratando de decir —fue pasando página por página descubriendo dibujos igual de preciosos e interesantes. Muchos de ellos eran medallones, anillos, diseños de varias joyas que se le antojaban encantadores. No sólo porque le agradaba el chico, sino que de verdad eran muy buenos, mejores incluso que los dibujos de flores o personas que encontraba entre hoja y hoja. Ése era el tipo de diseño de alguien que sabía moldear metal y tenía ojo artístico para ello—. Estos diseños son hermosos, ¿cómo se te ocurrieron? Oh, ¿sabes? Yo también dibujo. Y debo decirte que los tuyos son mejores que los míos.

El muchachito le dedicó una enorme sonrisa y una risa alegre que lo ruborizó.

— ¡No es para tanto!

Mad nunca creyó que podría alegrarse tanto de que esas otras dos estuvieran tan ocupadas en su propio mundo. Simplemente era demasiado perfecto, pudo sentarse junto al chico, que le mostraba cada uno de sus dibujos y le explicaba cómo o porqué los había hecho. Le contaba de la técnica que usaba, que llevaba ese cuaderno y el estuche con carbonilla a todos lados, y él escuchaba su voz melodiosa que fluía como miel tibia, maravillándose de lo agradable que era. Observaba cada uno de sus gestos, pues Ariel movía mucho las manos al hablar, saboreaba el acento tan tierno de su voz y se estremecía con cada "D'accordo" o "E questo è...". No pudo evitar inclinarse un poco cuando él le mostraba los bocetos de un anillo de diamantes y aspirar el perfume de las hebras negras tan largas que caían sobre su brazo.

"Manzanilla... Huele a manzanilla".

— ¿Por qué dibujas tantas joyas? –quiso saber, admirando un diseño de un anillo de plata que se cruzaba sobre el dedo, el cual engarzaba un aguamarina con forma de corazón rodeada por triángulos de cristal brillante que iban desde el mismo engarce hasta el resto del anillo, girando y siguiendo la forma de la plata.

—Quiero ser joyero. Mi abuelo era herrero y me enseñó todo lo que había que saber sobre el metal y cómo moldearlo, ya fuera plata, metal, oro, lo que fuera. Él era muy respetado en su campo, el mejor del pueblo. No había nada que no pudiera moldear —al hablar, sus ojos brillaban de orgullo. Se notaba que, a diferencia de la mayoría de los chicos de su edad, él tenía un gran respeto por los adultos, las tradiciones y por su familia, a la cual parecía admirar mucho. A Mad le asombró que aún hubiera chicos como él en el mundo y estaba convencido de que no podía haber nacido y crecido en esa ciudad—. Mi abuelo fue el séptimo de la camada de herreros que trajo al mundo mi familia —decía Ariel con orgullo, rememorando a su abuelo con una sonrisa. Siempre había sido un hombre dulce y tierno, severo cuando debía, muy responsable y muy profundo, a su manera campesina—. Aunque no terminó sus estudios era alguien muy sabio. Me enseñó muchas cosas sobre la profesión familiar para que las aplicara o se las enseñara a Angelo, pero como yo no tengo maña para ser herrero, decidí aplicar sus conocimientos en joyas. Un día simplemente apareció un diseño en mi cabeza y comencé a dibujar. ¿No es increíble?

—Sí que lo es, eres muy joven y ya tienes tantos diseños. Estoy seguro —le dijo en voz baja, sonriéndole—, que serás el mejor joyero —el modelo le devolvió la sonrisa—. ¿Quién es Angelo?

Esa pregunta hizo explotar la pequeña burbuja de alegría distractora en la que se había sumido el chico, sacándolo a patadas del mundo privado que se había creado al hablar con Mad sobre temas profundos alejados a las fibras sensibles de su alma. Tuvo que pestañear varias veces y hacer un esfuerzo por activar su memoria fotográfica, recordando así su vida dentro de las puertas de la casa junto con lo que debía responder.

—Mi hermano menor.

Eso ya despertaba la curiosidad del fotógrafo. Y como Alex y Laura estaban en su mundo,  pues a preguntar se ha dicho.

—Oh, ¿tienes muchos hermanos? ¿Se parecen a ti?

—No... —musitó, haciendo esfuerzos por no demostrar ni decir nada. Buscó su celular entre los rincones de la mochila y se lo mostró. De fondo de pantalla había una foto suya con un niño de pelo oscuro igual que él pero más regordete y de piel más oscura. Este niño, a diferencia de su hermano mayor, tenía sus rasgos masculinos y extranjeros muy bien definidos, cualquiera hubiera dudado de su parecido de no ser por el color idéntico de su pelo y ojos—. Es él, es mi hermano Angelo.

Mad sonrió al ver la foto.

—Es muy tierno, se le nota tanto que no es de aquí —rió, tomando la foto luego de pedirle permiso para poder mirarla más de cerca—. Se ven encantadores juntos. Ay, yo siempre quise tener un hermano menor y en lugar de eso me tocó ese adefesio de hermana mayor.

— ¡Ya te oí, Mad!

El gritó de Alex los tomó por sorpresa. Permanecieron en silencio, estáticos, mirándose fijamente por unos segundos antes de echarse a reír a carcajadas.

—Dios, ten, toma tu celular. Tu hermano Ángelo es adorable.

Ariel sonrió.

—No se pronuncia así. Es An-iie-llo, sin acento ni nada, es un nombre italiano.

—Oh... De acuerdo, Angelo —esta vez lo había pronunciado como correspondía—. ¿Y tu nombre es muy popular en tu país?

—No, mi nombre no existe allí. Mi madre era mestiza: mitad inglesa, mitad italiana, así que fue la primera y la única en llamar "Ariel" a un niño. Como si ya no tuvieran bastantes motivos para mirarme raro, ¿no crees?

A Mad se le había antojado un nombre precioso, pero supuso que, si apareciera frente a él alguien con un nombre que jamás había escuchado, quizás reaccionaria igual. No si ése alguien fuese Ariel, de eso estaba seguro. Él podía darle su nombre sin que se ofendiera.

Su nombre, su dirección, el teléfono de su casa, su ropa, y más cosas prohibidas para menores de 18, ¿verdad Mad?”.

Mad juró a todos los santos que si algún día no lograba callar a esa voz, compraría un arma y se pegaría un tiro en la sien. Pero por otra parte, si no se volaba la sesera tendría más ocasiones para preguntar y obtener información primordial. Tal vez no pudiera cumplir aquél juramento por un buen tiempo.

—No me lo puedo creer, ¿entonces de dónde eres? Ya sé que de Italia pero, ¿de qué parte?

—De Niscemi, en el campo —respondió como si nada y Mad rodó los ojos. Eso explicaba todo. Ahora era comprensible por qué Ariel parecía tan fuera de este mundo, tan extraño dentro de la ciudad—. Es un pequeño pueblo de Sicilia. La isla que está en la punta de la bota.

—Muy distinto a esta ciudad, ¿cómo te acostumbraste?

Debo admitirlo... No estás resultando tan obvio como me esperaba, Mad”.

“¡Que te calles, maldición!”.

—Bueno, io non sono ancora completamente abituato… Quiero decir, aún no me acostumbro del todo, estoy aquí desde hace un año ya, y aún me cuesta hacerme entender o mezclo las palabras. Pero mamá me enseñó castellano y estudié mucho para poder manejarme bien con el idioma.

—Y teniendo un trabajo con gente conocida aquí debe ser un poco más sencillo — Ariel sonrió, logrando que Mad se sintiera cada vez más a gusto.

Se pasaron la tarde hablando de distintas cosas: libros, política, las costumbres de Niscemi, los distintos lugares de la ciudad que ambos conocían y desconocían. Ariel le preguntó sobre su trabajo como fotógrafo y también como arquitecto, porque Alex le había contado cosas sobre él; a lo que Jean Claude respondió con sus vivencias, sus emociones, hablando más de una hora él solo, con el chico escuchándole atentamente. Era curioso, podía pasar mucho tiempo hablando con Ariel de cosas bastante adultas y algo le decía que él lo escuchaba sin perderse un solo detalle. Se sorprendió al ver lo maduro que era para su edad, era muy responsable al punto de parecer mayor de lo que en realidad era.

Y Ariel por su parte la pasó de maravilla charlando con alguien inteligente con quien debatir, alguien que parecía entenderlo bastante bien. En su escuela todos le evitaban y la verdad era que nunca se había llevado bien con la gente de su edad, exceptuando a su primo. Lo pasaba tan bien hablando con Mad, que albergó la posibilidad de convertirse en su amigo y hasta le pidió el celular para avisarle en caso de haber otra sesión de fotos y estuviese llegando tarde, cosa que nunca antes se habría animado a hacer por respeto a los adultos, pero es que estaba tan contento de estar hablando con alguien que no lo mirara como si fuera un monstruo salido de la tienda de fenómenos que no lo pensó bien. Al final, Alex y Laura se unieron a la charla y los cuatro se pasaron la tarde mezclando charlas, comiendo sándwiches y té hasta que se hizo demasiado de noche para volver en bicicleta.

Mad no dudó en ofrecerse a llevarlo a su casa, aprovechando que Alex se quedaba y que Laura tenía el coche casi repleto de maquetas, modelos y varios vestidos. Sin embargo, Ariel se negó.

—No es necesario, puedo irme solo.

—A estas horas de la noche, ¿estás loco? La calle es muy peligrosa, podría pasarte cualquier cosa.

No se esforzó en negar aquello, porque era imposible.

—Bueno, eso es verdad, pero no me gusta imponerme. Además, tarde o temprano tengo que andar solo por la calle, ¿no?

—Ve con él, no pasa nada —dijo Laura y, por primera vez desde que la conocía, Mad quiso besarla—. Nos llamas a Alex y a mí apenas llegas a casa, ¿qué te parece?

Jean Claude estaba tan feliz que podría bailar tap arriba de un mástil, pero no dijo ni dejó ver nada con tal de que nadie sospechara algo. Ni siquiera hizo mucho esfuerzo por persuadir al menor, solamente le sonrió e intentó darle confianza. Para ser honestos, quería pasar algo más de tiempo con Ariel y cualquier segundo contaba, pero eso no quitaba que le diera terror verlo irse de noche por las calles solitarias en una bicicleta. No habría podido volver a su propio hogar sin pensar constantemente en él, preocupado porque algo le hubiera pasado. Aún seguía siendo un chico solo en bicicleta en medio de la noche. Y teniendo en cuenta que hoy en día eran capaces de pegarte un tiro por una bicicleta vieja y maltrecha, prefería verlo llegar seguro a su casa.

Ariel era consciente de aquel peligro, además le daban miedo las calles oscuras. Y sí que tenía motivos para tenerles miedo, ya que era blanco de todas las bromas y el bullying de sus compañeros o los chicos del barrio, quienes aprovechaban las calles sin luz para hacerle "bromas". También estaban los pervertidos que daban vueltas por ahí. Le recorrió un escalofrío sólo de pensarlo. Al final, no le quedó más opción que soltar un largo suspiro de rendición, molesto por su propia necesidad del automóvil ajeno.

—Está bien, vamos en coche —y le dio la dirección.

Luego de jurarle a Alex que la llamaría apenas llegara a casa, se subió al auto, mientras Mad intentaba meter la bicicleta en la cajuela del coche, lo cual parecía tan difícil como encajar las piezas del tetris. Cuando ambos estuvieron sentados en el interior, Ariel se entretuvo admirando el coche en todo su esplendor, poniéndose a tientas el cinturón de seguridad. Nunca había visto un auto tan caro salvo el de su padre, y ese siempre lo observaba por fuera, porque a él no le dejaban acercarse. Al recordar aquello hizo una mueca con la boca y el ruido de los abrojos del cinturón engarzándose le pareció el mismo ruido que se escuchaba adentro suyo cada vez que su padre le quebraba el orgullo de esa manera.

Pero tenía que dejarlo pasar y hacer como si nada, de todas formas él decía que Ariel no era su hijo. Entonces para él, no sería su padre.

—¿Te molesta si pongo la radio?

— ¿Eh? —se dio cuenta de que estaba en su mundo cuando Mad lo despertó con esa simple pregunta. Miró sus manos mover los cambios, haciendo arrancar al auto y se asomó rápidamente por la ventanilla para despedirse de las chicas mientras abría el vidrio, no fuera cosa que se enojaran. Odiaba los lugares cerrados, así que intentó bajar las ventanillas sin éxito. Muy caballerosamente, Jean Claude las abrió por él tocando un botoncito que estaba por ahí cerca de la caja de cambio. Ariel le agradeció en silencio y se acomodó para recibir el viento directo a la cara—. No, no me molesta. Me encanta la radio, en casa me paso escuchándola todo el día. Especialmente la M590.

— ¡No! —negó el mayor, abriendo mucho los ojos de sorpresa mientras maniobraba por las calles. Esa emisora no solían escucharla los adolescentes— ¿Escuchas la M? ¿En serio? ¿Te gusta "La siesta Inolvidable"?

— ¡Sí! —exclamó el pequeño y Mad no pudo sino reír. Empezaba a gustarle verlo tan alegre y emocionado, comparado al aire de seriedad que parecía emanar a veces—. ¡Me encanta ese programa! ¿Lo has escuchado hoy? La crítica sobre los conflictos por las importaciones fue muy...

Ninguno de los dos deseó jamás con tanto fervor que el viaje en auto no terminara. Atrás quedaron las calles oscuras y sus peligros, volvían a estar en su mundo privado en el que habían estado metidos toda la tarde. Charlaron sobre los programas de la radio que les gustaba, las críticas que hacían en estos, se reían al recordar los chistes y luego comenzaron a hablar de la música.

Mad estaba convencido que no podía existir un chiquillo al que le gustara la música de los sesenta, ochenta y noventa, pero Ariel lo desbarató cuando le dijo que sí le gustaba y le nombró sus temas favoritos. Al llegar a la casa del niño ambos se sintieron un poco tristes. Uno porque tendría que volver a estar solo en su departamento y el otro porque tendría que esperar para poder volverlo a ver. Sin embargo, Ariel quería compañía, al menos por un rato más. Por ello, al desabrocharse el cinturón de seguridad y abrir la puerta del coche giró lentamente la cabeza y dijo:

— ¿Te gustaría tomar un poco de té?

— ¿Perdón? —creyó no haber oído bien.

—Digo si te gustaría tomar algo de té. O café, lo que gustes. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte luego de traerme hasta casa –aquello era una mezcla de verdad con mentira. Sí quería agradecerle, por supuesto. Pero no se le ocurría cómo y un té era una buena forma de poder charlar un rato más con alguien.


Normalmente no hacía eso. No solía invitar a gente que no conocía mucho a su hogar y menos de noche, pero habían congeniado bien y era el hermano de Alex. No creía que algo pudiera salir mal. El fotógrafo se debatía entre quedarse con él un rato más o irse para mantener su salud mental a raya. No es que fuera a saltar encima del chico ni nada similar, pues no era de ésos, pero no consideraba que fuera una buena idea pasar más tiempo del indicado con él. No quería que nadie tuviera la idea equivocada. Que alguien lo viera entrar y pensara cosas raras. Tal vez Alex se enterara de que Ariel le había invitado a entrar y entonces pudiera ver la clase de cosas que se pasaban por el interior de su mente y lo desterrara de por vida de su taller. Las posibilidades de que algo, por pequeño que fuera, saliera mal y terminara mordiéndole el trasero eran infinitas.

Deberías entrar”.

“Qué raro, tú ayudándome. ¿Por qué lo dices? ¿Vas a aprovechar la ocasión para hacer alguna maldad apenas cierre los ojos”.

No piensas hacer nada malo, ¿no? Entonces no veo cuál es el problema. Además, mírale la carita… ¿No te dan ganas de pasar un rato más con él? Anda. Sólo un rato. ¿Qué puede ser tan malo…? ”.

Mientras la voz del Döppel seguía hablándole, susurrándole cosas para que se animara a entrar, Mad apartó la vista del volante y sus manos muy lentamente, yendo a ver esa cara andrógina con la que soñaba por las noches. Y vio a un joven tierno y gentil que se sentía solo y buscaba compañía igual que él a su edad. Se le enterneció hasta la médula al ver sus ojos mirándole suplicantes y esa sonrisita apenada, como si le diera vergüenza pedirle que se quedara mientras su otro yo seguía susurrando hasta convencerlo.

No pensó mucho al contestar.

—Está bien.


 

4 comentarios:

Mel dijo...

ay no puedo creer que lo estés reeditando. Lo leia en amor-yaoi y por mucho tiempo estuve esperando a que subieras algo más. No me importa que no subas la continuación, estoy segura que esta nueva edición estará genial. Gracias <3

cristine rubia dijo...

guauuuuu me esta gustando mucho esta historia muchas grazias!!!

maloroga dijo...

Ahhhhhhh que gusto que estes de vuelta, se te extrañaba,saludos

Anónimo dijo...

Me encantó, la verdad es que esta interesante, cuantos caps tiene esta historia?? Saludos

I Love... (My stamps)


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