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domingo, 5 de febrero de 2012

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo 28

Y así fue como pasó




Unos días atrás...:

Corrió con todas sus fuerzas, intentando alejarse de la cruda realidad. Lo había sospechado montones de veces pero nunca creyó que vería en vivo y en directo a Vladimir confirmándole tan descaradamente sus sentimientos por Ariel. La mera esperanza que tenía de poder declararse y ser correspondido se había ido por el drenaje junto con cualquier consuelo que pudiera tener. Mientras corría, Christian intentaba convencerse de que no era tan malo. Sólo había perdido un primer amor, una ilusión. Nunca se le hubiera declarado de todos modos y era mejor así.

Nunca hubiera podido enfrentarse a su familia si se enteraban. Es más, dudaba de que le volvieran a hablar si eso pasaba, sus padres eran muy religiosos. Lo acusarían de ser un mal ejemplo para sus hermanas y sus primos. Peor, ¡Lo doblegarían a volver a su país! Ahora podía hacer como que nada había ocurrido, ir borrándolo lentamente de su memoria hasta diluirlo, deshacerlo por completo y escurriese fuera de su ser. Se conseguiría una novia bonita y graciosa con la que su padre se sintiese cómodo y todos contentos.

Pero le dolía mucho, tanto en el pecho como en el orgullo. Había perdido la batalla antes de siquiera poder empezarla contra un chico más pequeño que él. La idea de Vlad con Ariel lo machacaba por dentro. ¿Qué tenía Ariel que él no tuviera? ¿Por qué él, justamente él? ¿Acaso Christian no era visto como hombre para Vlad? ¿No era una posible conquista? Se sentía pequeño, humillado y tenía la moral por los sueños. Se preguntaba por qué justo había tenido que elegir a Ariel de entre todos los chicos posibles, por qué a uno de sus mejores amigos. Parecía como si el mundo estuviera en su contra, como si lo castigasen por algo...

Cuando se dio cuenta, ya había dejado de correr. Sentía dolor en el bazo y le costaba respirar. No tenía idea de cuánto tiempo estuvo corriendo, ni en qué parte del colegio se encontraba. Estaba preguntándose cómo diablos había llegado hasta ahí cuando escuchó pasos detrás de sí junto a una agitada respiración. Al dar la vuelta, aun tratando de recobrar el aliento, se encontró con el rostro rojo y sudado de Vlad.

—¡Mierda! Corres demasiado rápido para ser sólo un nadador —esbozó su mejor sonrisa, así como estaba. El corazón parecía estarse saliendo se su sitio por el esfuerzo y estaba convencido de que se iba a morir si no recobraba el pulso en ese instante pero había valido la pena sólo para atrapar a Christian—. ¿Adónde ibas con tanta prisa?

—Tengo los músculos resistentes y los pulmones lo suficientemente preparados para correr gracias a la natación —tuvo que desviar la mirada. El rostro alegre y despreocupado de Vlad lo atemorizaba por dentro, más aún darse cuenta de lo guapo que se veía con el cuerpo revuelto—. ¿A ti que demonios te importa? No te he dicho que pudieras venir conmigo.

—Woah, ¿de dónde salió eso? —se incorporó lo suficiente como para apoyarse en la pared—. ¿Estás enojado conmigo?

—No.

—¿En serio?

—Aháh.

—Sí lo estás —rodó los ojos, cruzado de brazos—. Vamos, hombre. Que te conozco desde los siete años.

Christian apretó el puño, haciendo un esfuerzo tremendo para no gritar y aguantar eso como el hombre que era. Pro no podía ignorar la mala conducta de Vladimir.

—No estoy enojado, Vladimir Wojkiewicz.

—Sólo me dices así cando estás enojado.

—¡Oh, ya está bien! _mascullo con furia, bufando cual si selo llevara el diablo—. ¡Eres un desfachatado, Vlad! Besar a Ariel de ese modo sabiendo que tiene pareja es una total falta de respeto.

Vladimir se encogió de hombros.

—Eso es asunto mío y de Ariel. Pediré perdón como es debido en su momento... Ariel parecía al borde de cometer un asesinato contra mi persona.

—Y con razón. Sabes que no le gustan que invadan su espacio d golpe y que esta con alguien. Si querías conquistarlo tendrías que haberlo hecho de otro modo. No sé... Darle un regalo y confesarte.

Se sentía como un idiota. Estaba aconsejando a la persona que quería para conquistar a otro. Otro con novio, dicho sea de paso. No podía ser más imbécil. Por otro lado, Vladimir se le quedó mirando con los ojos empequeñecidos y cara de no poder creerlo. No lograba entender qué había hecho mal aparte del beso para que Christian creyera que sentía algo por Ariel más allá de una gran amistad. Si no lo quisiera tanto, seguramente le estaría pegando.

—Christian... ¿Salí corriendo detrás de TI y crees que siento algo por Ariel?

—¿No es así? —espetó furioso al recordar la escena del beso—. Siempre estas todo pegajoso con él.

—¿Sabes qué? Para ser un chico tan inteligente puedes llegar a ser muy idiota.

Christian se giró para enfrentarlo y dedicarle un diccionario bilingüe de insultos pero antes de poder siquiera pronunciar un "Son of a..." Vlad lo tenía bien sujeto entre sus brazos, plantándole un beso tan repentino que no supo qué hacer. Eso no podía ser real, tenía que estar soñando aunque el calor de sus labios y el perfume de Vladimir lo envolvían completamente. Sentía cómo sus manos, más fuertes de lo que parecían en realidad, lo tenían bien aferrado por la espalda. Sólo la humedad de su lengua rozándole le hizo despertar del embotamiento en el que semejante beso lo había inducido. Se retorció, invadido por la bronca y la confusión, arreglándoselas para empujarlo y ensartarle un puñetazo en el proceso aunque gracias al esfuerzo que hizo terminó cayendo de culo al piso.

—¿Qué diablos haces? Tú... Tú... ¡Scum!

Vladimir no se inmutó. Solo se le quedó viendo con cara de enfado.

—A veces eres muy denso, Christian. Siempre creí que era algo lindo de ti pero empieza a molestarme.

—¿Denso? ¿¡YO?! ¡Tú eres el que va besando a todos por ahí...!

—¡You, fool! —Vlad estaba al borde de perder la paciencia, pero hizo como su madre le enseñó: Cerró los ojos y fue contando hasta diez mientras se acercaba a Christian con cuidado. Al abrir los ojos se quedó mirando a su enamorado fijamente, arrodillado a su lado—. Estaba tratando de darte celos. A mí... Me gustas tú, Christian.

—No... —farfullo, incapaz de creerlo—. No es cierto. Ariel...

—¡Es solo un amigo! Jesus, Chris. Solamente lo besé porque quería darte celos, ¿entiendes? Te quiero a ti. Hice eso porque sabía que si no te sacudía la sesera de algún modo no obas a hacer nada. Y no me lo niegues —agregó ni bien lo vio con intenciones de replicar—. Que somos pocos y nos conocemos mucho.

—Humm... —bien, no tenía forma de negar eso—. Entonces, ¿intentas decirme que no te gusta Ariel? —Vlad asintió—. ¿Nada de nada? Eso es difícil de creer.

—Que me guste estar con él no significa que quiera tener algo con él más allá de una amistad. Me gusta Ariel, no te engañes. Pero no de ese modo. Es como un hermanito tierno y abrazable al que le puedes hacer muchas bromas y hacerlo enojar, pero nada más —dio un paso hacia adelante, observando dolido como Christian se echaba hacia atrás y se apoyaba en la pared—. ¿Chris?

—No puede ser.

—¿Qué cosa?

—Eres bueno con los demás y alegre. Te gustan los deportes, la música estridente, sabes bailar y las chicas están locas por ti. Eres como el quarterback de las películas estadounidenses, ese que se queda con la chica fea que de golpe se vuelve popular.

La idea hizo que Vlad se carcajeara.

—Vamos, Chris. No bromees.

—Y a esa clase de chicos no le gustan los chicos tontos, cobardes y reprimidos como yo.

Vlad guardo silencio un momento y sonrió. Ese era Chris, tan tonto y preocupado por todo. Le encantaba su forma de ser, que fuera perfeccionista, que le gustasen los números rígidos y luego se relajara por horas tocando el saxo. Para él, cada manía suya era como una brillante en medio del inmenso y oscuro cielo infinito de la insufrible mediocridad mundana que lo rodeaba. Se le acercó de nuevo, lo suficiente como para apoyar cada brazo a ambos lados de Christian, acortando las distancias entre sus cuerpos hasta poder darle un beso en la frente.

—Puede ser, pero me gustas mucho, Christian. Mucho —Sus labios descendieron un poco más y otro. Así fue bajando por su rostro hasta dar al fin con la boca que de verdad había querido besar, robándole un beso suave y casto—. ¿Me rechazaras?

Christian ese removió y susurró.

—Sigo enojado por lo de Ariel.

—Está bien —acercó sus cuerpos otro poco, dándose el gusto de rozar nariz con nariz y boca con boca—. ¿Cómo puedo empezar a redimirme?

Christian tembló. Tenerlo tan cerca le nublaba el pensamiento. Sólo Dios supo cómo se las arregló para alzar sus brazos temblosos como los de una colegiala frente a su cantante favorito, y así juntar más sus cuerpos.

—Quiero... Que vayamos juntos al cine. Y a la librería.

—Entendido.

—Y nada de abracitos y halagos a las chicas que te persiguen.

—Puedo vivir con eso. ¿Algo más?

No supo bien que decirle, menos cuando le sonrió de esa forma galante que les aceleraba el pulso a todas las niñas del colegio. Había algo que quería, pero no se animaba a pedirlo. Al final, fue Vlad quien se esbozó su mejor sonrisa y rompió la distancia entre ellos dándole un beso como Dios mandaba. En un principio fue suave, lento, para evitar que Christian reculara y huyera. Poco a poco, éste fue respondiendo al beso, volviéndolo algo más profundo y húmedo. Cuando se separaron Chris estaba como un tomate y Vlad parecía un conquistador en la gloria. Al verle la cara, Christian no pudo evitar echarse a reír.

—Me siento estúpido por haber tenido celos de Ariel. Y por no haberte dicho nada.

—Yo tampoco dije nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Estamos a mano.

—Aún estoy algo... Asustado.

Vladimir asintió. Sabía que no era fácil para Christian y que debía ser paciente con él. De momento, se conformó con tomarlo de la mano.

—Tenemos tiempo. Oye, ¿quieres ir a mi piso hoy? Conseguí la nueva copia de The Elder Scroll. Me hice un elfo guerrero.

El chico inglés rió, apretando aquella mano entre sus dedos. El miedo, los celos y la incertidumbre desaparecieron, dejando solo alegría y tranquilidad mientras ambos regresaban a casa charlando sobre videojuegos como siempre. Aunque esta vez, iban tomados de la mano.

Hace no mucho...

Suspiró de nuevo, mirando fijamente su celular. Era blanco, rectangular y pequeño de modo que no ocupase demasiado lugar en su cartera o en el bolsillo. Lo había decorado con pegatinas de brillantes por detrás y otras con forma de fresas y cerezas por delante. Adoraba su celular. Pero en esa ocasión no lo miraba tan fijo sólo por admirar su belleza. Estaba en una encrucijada, la tremenda disyuntiva por la que todo el mundo pasaba: ¿Lo llamaba o no? ¿Esperaba a que él llamara primero? A los hombres no les gustaba ser invadidos... Por alguna extraña razón no soportaban ser controlados pero que Dios los ayudase si el objeto de sus deseos los ignoraba o les negaba un beso. Eso los ponía locos. No dejaba de preguntarse si era por la testosterona y el ansia de cacería... Pero el asunto era otro y de tanto pensar terminaba perdiéndose en un montón de pensamientos inútiles., ¿Se enfadaría si lo llamaba? Quizás era mejor dejarle un mensaje, algo menos invasivo. ¿Estaría pensando en ella?

Soltando un largo suspiro, Alex dejó su teléfono a un costado, mirando a través del vidrio de la ventana. Ya eran tres meses desde que había conocido a su Johan y cuando cenaron juntos la última vez él le dijo algo de formalizar la relación. Aún no podía creérselo. Alexandra miró el teléfono una vez más. No pudo evitar fijarse en sus manos; tenía los dedos de pianista, finos y largos, coronados por sus hermosas uñas redondeadas lo suficientemente largos para poder pintárselas de forma extravagante pero no tanto como para molestarle en el trabajo. El esmalte celeste brillaba bajo la luz del sol, haciendo notar más las mariposas lilas del medio.

Recordó que la noche en la que conoció a Johan llevaba el mismo arreglo en las uñas. Fue en una fiesta de ex compañeros de la cual se enteró casi de casualidad gracias a las maravillas de las redes sociales. Sus compañeros siempre supieron la verdad sobre su "naturaleza", su forma de ser o como quisieran llamarlo. Pero claro, cuando la conocieron no estaba tan cambiada como lo estaba ahora.

Cómo adoró ser el centro de atención. Caminó sobre sus tacones como una diosa, abriéndose camino entre la gente a cada paso que daba sólo con su actitud y su sonrisa como armas. Ser más bonita que las demás le dio un subidón al ego tremendo, que los hombres la siguieran con la mirada le alegró la noche y ver que la mitad de sus ex compañeros, especialmente aquellos que se habían burlado de ella y la habían condenado al fracaso, estaban más en la calle que un mendigo, la hizo sentirse realizada y satisfecha consigo misma. Ella era hermosa con sus stilletos y su vestido de encaje bien al cuerpo, su cabello lacio, su cara bonita. Era la primera vez que se sentía tan segura de sí misma frente a esa gente.

Hasta que un imbécil la llamó por su otro nombre.

—¿Perdona? —respondió ella, retirando su credencial de la cartea—. Aquí dice bien claro: Alexnadra Labadie. ME llamas de otro modo y te meteré los cigarrillos encendidos en el intestino grueso, ¿entiendes?

El idiota se empezó a poner algo pesado, claro. Fue entonces cuando, en medio de los berridos de ése fóbico que tuvo de compañero en la escuela, un hombre se acercó a paso firme y al hablar lo hizo con una voz que le recorrió hasta la conciencia.

—Oye, no molestes a la señorita, Johathan.

Se disculpó por el tal Jonathan y e iniciaron una charla tonta como ninguna: El clima, los viejos profesores, los viejos grupos, música. Sin darse cuenta, Alex estaba por su cuarto Daiquiri y no paraba de reírse. De alguna forma había dejado de actuar como una diosa pagana y estaba ahí, riendo a carcajadas, hablando con ese chico como si fuera amigos de toda la vida. Recordaba a Johan como el larguirucho de la clase, desgarbado, flaco y estudioso con el que habló mucho en los recreos. El único que la había tratado bien en la secundaria para variar, aunque terminaron por perder el contacto cuando Alexandra se fugó de casa de su padre con Laura.

Johan se había vuelto muy apuesto y fornido. Las gafas y los aparatos habían desaparecido dando lugar a un muchacho atractivo con un aire a lo Barney Stinson. Sus ojos color miel eran muy intensos y su barba de dos días era tan masculina.

Charlaron sobre el trabajo y la vida, hasta que se pusieron a hablar de las viejas épocas en la escuela. Y las palabras mágicas salieron a flote.

—¿Sabes algo, Alex? Seguramente te lo dicen mucho pero yo siempre pensé que eras la chica más bonita del curso.

No, no se lo dijeron nunca, pero no lo dijo. Como quien no quiere la cosa le pidió su número y arreglaron otra salida para "tomar un café y ponerse al día". Más tarde, Alex se sintió cansada y quiso volver a casa; Johan, que era todo un caballero, la acompaño hasta su coche e incluso se ofreció a llevarla. Pero ella era una chica astuta, demasiado. Por eso sólo le sonrió de forma coqueta, lo besó en la mejilla y partió tras hacerle ver que esperaba con ansias con ansias su próximo encuentro.

Y tras muchos encuentros, una cosa llevo a la otra. Ahora estaban saliendo, todo muy bonito, si no fuera porque estaba volviéndose loca. ¿Llamaba o no llamaba? ¡Que alguien le dijera qué hacer!

En ese momento, el celular vibró.

"Hola pequeña, estaba pensando en ti. ¿Quieres ir a cenar hoy?".

De golpe el mundo volvió a brillar y todo se puso color de rosa. La sonrisa le iluminó la cara y pronto se puso a responderle. Esa noche cenarán en un restaurante y luego irían a la casa de él a ver películas. No recordaba cuando fue la última vez que se había emocionado tanto. Como si fuera una colegiala otra vez.

La noche siguiente...

La noche brillaba en todo su esplendor. La luna estaba grande, redonda y las estrellas iluminaban todo. Y ella ahí, metida en un antro lleno de humo con olor a rancio, sudor y tabaco, con ese típico aroma producto de la humanidad arrejuntada en un espacio pequeño y ese humo que siempre echaban en las discotecas. ¿Por qué dejaba de lado su orgullo, sus tacos gruesos, los trajes y el lenguaje profesional para meterse en ese agujero del demonio lleno de música demasiado alta para ser disfrutada, alcohol caro y de mala calidad, cuerpos demasiado ebrios para hacer algo útil con ellos?

Por idiota.

Por necia.

Porque se sentía demasiado sola para quedarse en casa y dormir en una cama vacía. Porque era deprimente estar en casa en una cama vacía, porque la gente joven debe salir a divertirse, porque el estilo de vida "Cosmo" indica que una debe afilar los tacones, desempolvar las minifaldas y acomodarse las tangas para ir de cacería por la "city" y comerse con gila lo que caiga al asador aunque al día siguiente el cazado huya despavorido y no se quede ni a tomar el té.

Porque se sentía asquerosa. Verla tan contenta hablándole de su querido novio se sintió como una patada al hígado o una úlcera en el duodeno. A veces los que se enamoraban iban perdidos en su mundo de caramelo: Hablaban de su objeto de adoración, de lo que hacía cada cinco minutos, de todos los detalles estúpidos y románticos, de Snoopy, muñecos de peluche, corazoncitos, azúcar, flores y muchos colores. Todo giraba en torno a eso. Siempre iban a los besos o mimos con sus parejas y se olvidaban de los pobres estúpidos solterones que, pobrecitos, no vivían la dulce dicha del rejunte cuasi matrimonial de los enamorados/novios/amantes o lo que cuernos fueran. Hasta que la cosa se partía como jarrón de Cristal y alguien debía juntar los pedazos. Pero, mientras tanto, los demás quedaban ahí de sujeta velas, viendo a los otros tan felices en su mundo, tan románticos, enamorados, deseoso y tontos.

Y deseando en lo más profundo de su ser tener algo así. Envidiándolos por dentro, aunque sea un poco. Lo negarían cuantas veces fuera necesario pero aun así deseando un poquito de ese néctar agridulce que era el amor.

Eso era lo que le pasó a ella al escuchar a su amiga por teléfono esa tarde contándole todo sobre la cita con su novio. Por eso estaba en ese zucucho maloliente, tomando y haciendo un esfuerzo por divertirse oí pasarla bien, O cuando menos, que algo le hiciera olvidar el dolor o distraerse. Pero no funcionaba.

Nunca funcionaba.

Se acercó al bar haciendo equilibrio de forma magistral en sus sandalias tachonadas de quince centímetros. Y de taco aguja, claro. Lo único bueno de estar en ese sitio era poder vestirse con su mejor ropa, la más sexy, cosa que no podía permitirse a diario. Ésa noche, por ejemplo, estaba usando una minifalda de cintura alta y un top sin breteles blanco cutas lentejuelas formaban la imagen de una pantera.

—Dame un whisky en las rocas.

El bartender le hizo un guiño mientras le preparaba el trago. No hizo preguntas. Todos sabían que cuando ella pedía un whisky en lugar de un ruso negro era porque el horno no estaba para bollos y no quería ser molestada. Aún se recordaba en los pasillos dela disco lo que le había pasado la última vez que alguien la "molestó".

Se encaminó hacia un lugar apartado en donde había un silloncito acolchado con su respectiva meza e hizo de ese enclave su territorio. Pidió fuego al primer tipo que se le cruzó, encendió un cigarrillo y se quedó ahí, trago en mano y tabaco en la otra, pensando en las vueltas de la vida.

Estaba enamorada de su mejor amiga, pero ella no. Ella quería un hombre y tal parecía que lo había conseguido. Cruzó una pierna sobre la otra, haciendo que sus medias con bordado de rosa se lucieran mucho. Para agrado de algún mirón alejado. Dio una buena calada a su cigarrillo, meciendo el vaso de whiskey mientras exhalaba el humo que le quitaba años de vida como si pudiera oír el tintinar del hielo.

Se sentía una pésima persona.

Una amiga d mierda. Era muy complicado ser la mejor amiga de tu enamorada y convivir con esa lucha interna entre quedarse en el molde y seguir siendo sólo su amiga o lanzarse y destruir todo eso tan sagrado que uno creó con mucho esfuerzo, sabiendo de antemano el rechazo. Era eso o sufrir viéndola feliz con otra persona. No quería que Alex fuera feliz con otro, sino con ella. Con alguien más prefería que sufriera y se fiera al carajo. Y tampoco era tan así, porque no soportaría verla sufrir de ese modo. Sin duda, era una amiga de mierda.

En eso, alguien se sentó cerca pero no le prestó atención, estaba demasiado ocupada retorciéndose en su miseria como para hacerlo. Hasta que sintió un perfume y un aliento cálido en la oreja.

—¿Solita, linda?

Dio un respingo, giró el rostro para ver quién era el desgraciado al que le arrojaría su trago en la cabeza cuando se encontró con esa cara familiar muy cerca, tanto que sus narices que rozaban. Por un instante, su guapura la abrumó. Esa sonrisa ladeada, la ceja arqueada, el pelo despeinado y el inconfundible perfume mezclado con el olor a limpio era un golazo. Era un matador, sin duda. Y él lo sabía, por eso siempre vestía de forma que todo resaltase más. Por un instante se lamentó por no haber nacido antes que él, pues era tan lindo que hasta le daban ganas de tener una noche de locura.

De esas con desayuno incluido.

"Si fuera diez años más joven...".

—No me asustes así. ¿Quieres matarme o qué? —dijo, dándole otra calada al cigarro para luego aplastarlo en el cenicero más cercano. Él odiaba el olor a cigarrillo—. ¿Qué haces aquí, e este sucucho del arcoíris?

—Podría preguntarte lo mismo —de nuevo esa sonrisa. Daban ganas de comérselo crudo—. Pues vengo a bailar y beber. En estos "sucuchos del arcoíris", como tú los llamas, se baila la mejor música y te sirven buenos tragos. ¿T tú? ¿Vienes a lamentarte?

El diagnóstico tan directo logró deprimirla. Otra vez.

—¿Es tan obvio?

—No, no. Es sólo que mamá dijo algo y supuse que estarías aquí. Ella me contó lo de Alex... Y yo sé que tú la quieres mucho, Laura.

—Si tan sólo la quisiera, las cosas serían más fáciles.

—No puedes seguir así —dijo el, mirándola con pena—. Te hará daño. Sabes que puedes contar conmigo. Es decir, sé que no soy un adulto responsable como ú, pero eres mi amiga y me importas. Así que si quieres hablar o algo, puedes hacerlo conmigo. Prometo que no diré nada a nadie.

Por primera vez en mucho tiempo, Laura se sintió vulnerable. Se sintió hasta desnuda. Se había construido a si misma de cero para no sufrir y llorar frente a los demás cuando supo que era diferente, cuando decidió dar el paso junto con Alex y su familia se deshizo de ella como si no hubiera vivido nunca; tuvo que armarse de valor para seguir, para soportar lo que vino luego y ayudar a Alex, que la pasaba mal con su padre golpeador. Se creó una coraza, su nueva cara, su nueva actitud y forma de ser, todo para poder subsistir sola y sin ayuda, para ser la mujer fuerte que siempre quiso ser. Así podría ser el príncipe de Alex y rescatarla cada vez que sufría.

Y ese chico de golpe se aparecía diciéndole que podía contar con él. Que podían hablar.

No contaba con nadie. Laura no hablaba con nadie aunque siempre deseó hacerlo pero el temor no se lo permitió. Quiso llorar, pero no lo hizo. Solamente sonrió con candor.

—Gracias, cariño. Eso me hace muy feliz. Pero he decidido que ya no esperare más... No puedo traicionar mi amistad con Alex y odio sentirme mal porque ella es feliz con un tipo. Soy egoísta, pero creo que es hora de hacerme a un lado. No tengo modo de ganar esta guerra y no puedo ser el príncipe que Alex quiere. Cest' la vie, como diría Mad.

Ante ese nombre, la cara dulce del chico se transformó. Laura supo que no había tocado el botón correcto algo tarde.

—Ah, ése. ¿Ahora lo quieres?

—Nunca lo he odiado. Peleamos por deporte, más que nada.

—Y ese tipo... ¿Se porta bien? No me gusta. Tiene algo raro y no lo quiero cerca de lo que es mío.

—Mad es un caballero—mintió e parte. El descubrimiento de Mad y su romance pecaminoso la había hecho sentirse en comunión con ese francés idiota aunque era algo políticamente incorrecto, quería ayudarlo y proteger lo que él si había logrado conseguir: Su amor—. Y deberías preocuparte tú por tú complejo de hermano.

El chico rió de buena gana, dándose por satisfecho de momento y, mientras negaba tener un complejo, dejaba claro que tendría bien vigilado a "ése franchute". Luego de eso le quitó el trago de la mano a Laura, se lo bebió de un sorbo y le tendió la mano.

—Vamos a bailar, carajo. Que la noche es joven, virgen y la tenemos que disfrutar. No se puede superar un amor no correspondido en soledad, vamos.

—¿Y tus amigos?

—Ah, estarán ben. Uno está metido en el baño siendo atendido por alguna niña adulterada de por aquí y a otro lo vi bailando arriba de una tarima. Anda, ven a bailar. Serás la envidia de todas las chicas.

Y le guiñó un ojo. Con ese guiño y esa sonrisa que podía con todo, fue casi irresistible. Laura rió, sintiéndose en compañía y le tomó la mano. Al parecer, la noche estaba mejorando. Ya no estaba sola y eso era algo.

Después se ocuparía del mañana.

4 comentarios:

maloroga dijo...

Ahhhh quede con ganas de más, gracias por la actu, saludos.

Mari dijo...

Hola Mavya! Me ha encantado tu fic♥, decir que me encanto es poco. Es precioso :3. Una amiga me lo recomendó, me alegro que lo halla hecho. Inmediatamente lo empece a leer, y no pare hasta terminarlo :P lo leí en dos días.

Mad, es un personaje poco común, muy original! Lo adore ♥ y con tu ultimo capitulo, me he quedado obsesionada con Christian y Vlad! Son realmente una OTP hermosa♥

Tenia que dejarte un comentario :) Nos escribimos, espero con ansias el proximo capi. Besos, y saludos

Anónimo dijo...

Queridisima escritora!

Me quede con las ganas de la continuacion de tu Fic! ME ENCANTA! Termina en el cap 28? Por favor dime que nooo!! Cuidate! Me encanta tu historia!! :D

Anónimo dijo...

Adhghfsdfhgfhds
Me encanta la pareja de Chris y Vlad...Anda continualo, por fa :(
Saludos, lol.

I Love... (My stamps)


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