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sábado, 19 de noviembre de 2011

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro, capítulo 27

Posesiones


27

Posesiones

Ariel gimió en sueños, sintiendo apenas el calor de la mano de Jean Claude acariciando su costado desnudo. Se habían quedado despiertos hasta tarde, enrevesados en un mar de besos y caricias lascivas, gemidos y frotes. No había parado de pedirle más a Mad hasta que no lo soportó y cayó dormido e, incluso de madrugada, cuando Ariel volvió a despertarse, le pidió más caricias a su novio, que este no tardó demasiado en responder hasta volver a dormirse. Mad sonrió al verlo hacer morisquetas estando dormido y lo abrazó, suspirando aliviado. No habían llegado tan lejos como hubiera querido pero al menos ahora podía controlar un poco mejor la ansiedad que experimentaba y ver a Ariel tan deseoso y predispuesto hacía sentirse mejor consigo mismo. Acarició las marcas de beso que le había dejado en el pecho, regañándose mentalmente por no haberlo pensado mejor antes de dejar esa evidencia en el cuerpo de su hico. Miró de reojo el reloj, dándose cuenta de que eran las once de la mañana del treinta de noviembre. Bien, ayer le habían dado el resultado de los exámenes a su niño y, a pesar de haberlos rendido en la semana de recupera torios por estar enfermo, sin posibilidad de recuperar en caso de irle mal, había aprobado todas con sobresaliente. Por eso ambos habían acordado en que Ariel faltaría ese día... Asique no había prisa alguna por levantarse.

De todos modos decidió ir a hacer el desayuno. Abandonó la cama con sumo pesar, permitiéndose unos minutos para contemplar el cuerpo de su novio sin la sábana protectora. Ariel era tan hermoso y lucía tan puro durmiendo que le costaba creer que ese fuera el mismo adolescente ruborizado y jadeante de la noche anterior. De hecho, ahora que lo miraba bien y recordaba las horas de pasión que pasaban juntos, se daba cuenta de algo: En ese momento Ariel estaba casi desnudo salvando por el pantaloncillo corto que usaba para dormir y, en casi todos sus encuentros, no lograba ver el cuerpo de Ariel completamente sin ropa. De alguna manera Ariel siempre se las arreglaba para no exhibirse sin nada frente a él y a veces incluso le pedía que apagara la luz mientras estaban en el tema, cosa que no le molestaba mucho en realidad y que solía cumplirle, pero se preguntaba por qué lo hacía. En un inicio Mad ni había pensado en ello porque su chico lo excitaba mucho y en el calor del momento lo último que le preocupaba era si estaba como Dios lo trajo al mundo o no, pero ahora que se ponía a pensar en ello le llamaba la atención. Con cuidado, acarició de nuevo el cuerpo menudo del menor, retirándole las mechas de cabello que le tapaban la vista.

"¿Le dará vergüenza que lo vea?". Se preguntó, frunciendo apenas el ceño ante esta idea. Bueno, podía ser. Aún era inexperto, quizás le daba cosa que lo viera por completo desnudo. Quizás Ariel ni siquiera había mirado su propio cuerpo desnudo o el de Mad, a pesar de que comenzaban a incursionar en el plano sexual de su relación. Claro que siempre podía ser que el modelo siguiera estando acomplejado por su aspecto, como en variadas ocasiones le había hecho notar, y por eso no le dejara verlo por completo. Mientras pensaba, no podía dejar de admirar lo poco que podía ver: La espalda, apenas lo suficientemente amplia como para pasar por chico con la ropa apropiada; los hombros, un tanto huesudos; el pecho plano, suave al tacto, sin ningún atisbo de vello corporal ni marcas de futuros músculos. Casi hasta le recordaba al pecho de un niño pequeño. Su cintura, que iba volviéndose cada vez más estrecha y curva hasta llegar a las caderas, en donde se ampliaba de forma algo abrupta. Acarició la redondez de su vientre y los muslos firmes, curvilíneos, apenas recubiertos por esa leve pelusilla, como de durazno. Los ojos del fotógrafo continuaron el recorrido hasta encontrarse con los pequeños pies de geisha, con sus uñas bien cortadas e iluminadas por el esmalte nacarado que Ariel usaba. En verdad, su chico era muy andrógino, pero justamente esa era una de las cosas que tanto le gustaban de él, que se veía diferente a todos los demás. Claro que, muy en el fondo, Mad no podía evitar preguntarse si se hubiera enamorado de él si Ariel hubiera nacido mujer.

"Supongo que será uno de los grandes misterios de la vida que no tienen respuesta", se dijo encogiéndose de hombros, antes de volver a taparlo y darle un beso en la frente. Su novio todavía era un chiquillo, era normal que tuviera vergüenza. Trataría de hablarlo luego con él, a ver qué se podía hacer al respecto. De momento, lo mejor era hacer el desayuno. Tras desperezarse un poco, condujo sus desaliñados restos hacia el baño para asearse y ponerse decente. Una vez estuvo presentable, llevó su ahora impecable cuerpo hacia la cocina para preparar las tazas de café más cargadas de la historia, unas buenas tostadas crujientes y tal vez un par de sándwiches. Ni siquiera había terminado de batir el café cuando sonó el teléfono. Con toda la calma del mundo fue a atender, tomando el inalámbrico y colocándoselo entre el hombro y la cara para poder tener las manos desocupadas mientras hablaba.

— ¿Aló?

Del otro lado, la voz de Masaaru resonó.

Buenos días, Mada-kun. ¿Cómo estás?

—Feliz —respondió sin pensar, esbozando una sonrisilla misteriosa sin darse cuenta al tiempo que batía el café hasta dejarlo bien espumoso. Dejó de lado la taza, yendo al refri a buscar un poco de crema que agregarle—. ¿Y tú, Macchi?

—Uuuhh, se te oye contento de veras. ¿Tuviste algo de diversión? Ay, qué pregunto. De escucharte me doy cuenta. —Se rio por lo bajo y Mad no pudo evitar el rodar los ojos al imaginárselo preparando mentalmente la sarta de cosas que le preguntaría cuando lo tuviera frente a frente. Finalmente Macchi pareció recordar para qué lo había llamado y soltó un suspiro contra el tubo—. Pues, dejando tus buenas nuevas que exprimiré más tarde de lado... Necesito un favor.

Mad sacó la crema del refrigerador, cerró la puerta del mismo con la cadera y le puso una cucharada de crema a cada taza de café entrecerrando un poco los ojos ante la sospecha de que el otro quisiera pedirle algo muy... raro.

—Ajá, ¿qué necesitas?

—Pues tengo algo aquí que necesito que me guardes por un tiempo. Mi chico anda algo sensible, ¿sabes? No quiere que tenga nada con lo que pueda reemplazarlo mientras no está.

— ¿Reemplazarlo? —interrumpió, pero Macchi pareció no oírle.

—Me las arreglé para esconderlo todo, bueno, casi todo, en mi oficina de la joyería pero hay algo que no puedo llevar ahí...

— ¿Algo que no puedes...? A ver, espera. —Dejó de revolver las tazas de a una por vez para tomar la suya y darle un buen trago, como si lo necesitara para prepararse para... para lo que fuera que Macchi quisiera—. ¿A qué te refieres con "nada con qué reemplazarlo"? ¿Qué es lo que no puedes esconder?

Del otro lado se escuchó esa risita diabólica que siempre le traía algún problema.

—Me refiero a mis juguetes, Mad. Bah, en realidad serían "nuestros" juguetes porque la mayoría los adquirí estando aún contigo. ¿Recuerdas los usos que les dábamos? Como aquél fin de semana que nos fuimos de vacaciones a ese hotel de Bruselas. ¡La sirvienta casi se muere cuando te vio esposado a la cama! Y también la pasamos fiero cuando se nos acabaron las pilas del...

— ¡Ya sé! —replicó intentando ignorar el sonrojo que se le arrejuntaba en las mejillas. ¿De verdad se pensaba Macchi que no recordaba? Estaba bien eso de que "un caballero no tiene memoria" pero, para ser francos, semejante fin de semana era algo que ni el más caballeroso de los hombres podría olvidar con facilidad. Carraspeó, un tanto incómodo con la situación, tomó el asa de su taza con la mano, algo temblorosa y le dio un buen sorbo a su café—. Bien, ¿quieres esconder tus juguetes, eh? ¿No me digas que tu chico es de esos que le tienen miedo a los aparatos eléctricos?

Macchi soltó un largo suspiro.

-Pues... No sé cómo pasó. Estaba en casa, acomodando ciertas cosas y Jhonny se puso a ayudarme. No da que justo, como si todos los planetas se alinearan y todos los seres superiores quisieran joderme la existencia, encontró el escondite secreto de mis juguetes. ¿Puedes creer que puso el grito en el cielo cuando vio los diferentes tamaños que tenía? O sea, ¡el muy marica me la puede chupar en una plaza pública pero se enfada si tengo un dildo en las manos! -chillaba Masaaru, tan molesto que a Jean Claude le costaba contener la risa.

-Pero, ¿y no dijo nada de los disfraces, el aceite, los dilatadores? ¿No me digas que lo asustaste con tus cosas de cuero negro?

-No, qué va. Eso le encantó -Mad debió contener la risa, porque Macchi se oía tan ofendido por eso que era inevitable para él imaginarse al novio de su amigo correteando feliz por todo el cuarto con uno de los disfraces de Leigh y el látigo, pero despreciando los consoladores-. Pero el tonto se puso a decir que yo tenía tantos juguetes para reemplazarlo y no sé qué tonterías más. Que si necesitaba eso no lo quería lo suficiente, que no lo excitaba, blah, blah... Te juro que me dieron ganas de aporrearlo con mi vibrador de tres velocidades por idiota.

-¿El que es una imitación exacta de la polla de un actor porno o el amorfo de color gris?

-No, no, el grande. El de veinte centímetros.

-Ah, el más viejo -esta vez no pudo contener la risa mientras se aproximaba a la mesa y se apoyaba sobre ésta, bebiendo algo más de café-. Parece que tu novio esta algo sensible por lo de la última vez, cariño. ¿Y qué piensas hacer? ¿Los tirarás? Te advierto que no puedes donarlos en ninguna parte sin que te lleven preso... Aunque tal vez a alguno de esos clubes de divorciadas apreciaría el gesto.

El jadeo que soltó Masaaru podría haberse traducido como que la sola idea de deshacerse de sus compañeros de pasiones fuera una señal del apocalipsis.

-¿Te pasa algo, Mad? ¡Me hago cura antes de tirarlos! Me metería en un monasterio y haría voto de celibato.

-Emh... Por cómo van las cosas dudo que incluso en un monasterio no hallaras maneras de romper el voto de celibato

"Es más, creo que tendrías más sexo que ahora". Pensó, pero para no ofender a Macchi se limitó a seguir callado y escucharlo.

-Supongo. De todos modos le prometí que me desharía de ellos.

-Bromeas.

-Nop. Pero descuida, prometí que me "desharía" de ellos, no que los "tiraría". Por ende, bien puedo guardarlos en otro lado hasta que las cosas se calmen y luego encontrarles otro escondite seguro en casa. Ya me he encargado de la mayoría pero... Dios, ¿puedes creerlo? Nunca un tipo me llevó tanto trabajo, tiene suerte de que me guste tanto —murmuró algo cortado, mientras Mad se preguntaba cuánto futuro tenía esa pareja. Es decir, ¿cómo mierda Macchi se había quedado prendado de alguien tan tradicional cuando él era todo lo opuesto? —. Es decir, tanto escándalo por semejante nimiedad. ¿Te lo imaginas? Es lo suficientemente raro como para acostarse con otro tipo en el baño del McDonald’s pero es incapaz de usar un puto consolador. ¡En qué mundo vivimos! No se puede ser gay y no usar los juguetes que la tecnología pervertida nos brinda, no está bien.

—Concuerdo terriblemente. —La verdad era que sólo lo decía para que su amigo se sintiera mejor y en el fondo, Mad no creía que los juguetes fueran malos. Si se usaban del modo apropiado podían llegar a ser tremendamente divertidos, en especial en compañía. Tuvo que sacudir la cabeza y desvanecer ciertas imágenes poco santas en las que Ariel estaba involucrado antes de volver a prestarle atención a Masaaru—. Si quieres esconder tus cosas aquí, no hay problema. Las metemos en mi despacho o en alguno de los armarios del primer piso. Ariel nunca anda por ahí, así que no lo verá.

—Pues, como ya te he dicho, me encargué de la mayoría de mis niños. —Suspiró con cariño, como si recordara las noches de soledad que había compartido junto con ellos—. Pero hay uno en especial que necesito que me guardes, no puedo llevarlo a otro sitio y, con lo que me costó, me suicido antes de tirarlo.

— ¿Uno en especial...? —Entonces recordó eso que Macchi se había comprado por internet hacia un año y meses luego de haberlo visto una noche en la que ambos andaban haciendo estupideces en la computadora. Ése era el juguete más caro de la colección de su amigo—. No. Eso no. No pienso dejar que metas esa cosa en mi casa.

¡Mada-kun, onegai! Me costó demasiado para perderlo por una rencilla tonta. ¡Puedes tenerlo en cualquier parte de tu casa! No tiene la caja, pero...

Mad se exasperó.

— ¿¡Cómo mierda quieres que lo deje en la casa sin la caja!? ¡Es enorme! ¡Ariel podría verlo de un momento a otro!

— ¡Ay, claro que no! Lo metes en el clóset y ya. — Mad jadeó de impresión y él se apresuró a agregar—. Hablo del juguete, no de Ariel.

—Pero... El coso ese... ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, tu Jonh Holmes tamaño real... ¿No está desnudo?

—Pues le pones ropa. Lo vistes, lo encierras en el armario y ya está. Puedes cubrirlo con una manta incluso, me da lo mismo. El asunto es que tengo que tenerlo escondido y eres el único en que puedo confiar. Quién sabe, quizás hasta puedas usarlo.

Jean Claude puso los ojos en blanco, recordando el objeto que Macchi quería que él metiera en su casa. Era un muñeco de silicona a tamaño real del actor porno Jonh Holmes, uno de los tantos que se vendían por internet. Era una imitación casi perfecta de un ser humano con cabellos, boca, labios, ojos, todo lo que una persona podría tener, sólo que falso, mucho menos pesado, y con articulaciones que uno podía manejar a voluntad. Eso sin contar el sistema de succión que poseía en sus orificios para "complacer a los guapos activos" y un pene vibrador que podía usarse con el muñeco o sin él. No quería tener eso en su casa, mucho menos con Ariel cerca, pero sabía que si no aceptaba, Macchi era capaz de llevárselo y dejárselo en la puerta completamente desnudo.

—Lo siento, Leigh. No me gustan las pollas de mentira.

La voz de Macchi sonó bastante dudosa al hablar.

— ¿Ni siquiera las de veinticinco centímetros?

Al final Masaaru insistió tanto que terminó por lograr que Mad aceptara tener esa cosa en la casa. Pero tendría que llevarlo cubierto con una manta y meterse en el garaje antes de sacarlo y esconderlo, todo durante el horario de escuela de Ariel o cuando éste no se encontrara en casa. Contento, Macchi aceptó y colgó, dejando a un muy arrepentido Mad preparando tostadas con mantequilla para el desayuno en lo que Ariel bajaba, ya vestido, y se ponían a comer juntos. El sonido de las escaleras le indicó que su novio estaría ahí muy pronto.

Bonjorno —dijo Ariel, ingresando a la cocina con Mozart en brazos, todavía en pijama. Se había aseado y peinado el cabello, pero como no quería andar apurado decidió no cambiarse. Mientras acariciaba a su ronroneante gato, el menor se acercó a Mad y le dio un pico en los labios—. ¿Me preparas algo?

—Claro. —Besó su frente, sonriéndole bonachón mientras tomaba la taza de Ariel a medio preparar y le agregaba poco a poco el agua, para batirlo y dejarlo bien espumoso. En el proceso, Mad pensaba en cómo hacer para que Masaaru pudiera llevar a la casa el juguete—. Oye, Ariel, ¿no tienes clases hoy?

En la mesa, el chico tomaba una tostada y se la llevaba a la boca.

—Luego de la proeza de pasar los exámenes en tiempo récord creo que me merezco llegar tarde. Iré luego del almuerzo y haré las últimas horas.

—Ten cuidado con las faltas, cielo. —Echó el agua tibia dentro del café, mezclado bien, y una vez listo le agregó un poquito de crema antes de llevárselo a Ariel a la mesa—. ¿Te lavaste las manos luego de tocar al gato?

—No. Y respecto a las clases, ¿de quién es la culpa de que no despertara a tiempo? —le retrucó, desafiante, tomando otra tostada sin la menor culpa mientras miraba a Mad con ojos pícaros.

Jean Claude sólo tosió, incómodo.

——Bueno... No andemos buscando culpables. Ten tu café, Ariel. —Le dejó la taza frente a él mientras que, ruborizado, se sentaba a su lado mirando al gato con mala cara—. Te dará toxoplasmosis por no lavarte las manos.

—No me moriré, tranquilo. —Como si nada, tomó la taza con ambas manos, sintiendo el calor y esta típica sensación de bienestar que provocaba beber algo caliente y rico en el desayuno—. Y sigue siendo tu culpa que no duerma.

—No es cierto.

—Sí lo es.

—Tú no parecías quejarte mucho —farfulló, de nuevo un tanto incómodo. Intentó esconderse tras el periódico y su taza casi vacía de café, ya algo tibio. El sonrojo que iluminó las mejillas del modelo no se le pasó por alto.

La situación se había vuelto un poco tensa. Ariel estaba avergonzado, recordando todo lo que habían hecho la noche anterior, y no podía evitar sentirse entre feliz, asustado, apenado e insatisfecho. Estaba feliz de que comenzaran a llevar la relación a otro plano pero estaba aterrado. Bueno, no aterrado, pero sí algo asustado. Un poquito. No sabía si le dolería, si se sentiría bien, si iba a estar a la altura y la ansiedad era algo patente.

Además, le daba vergüenza que le vieran desnudo y ver a Jean Claude sin ropa. Comparar ambos físicos le intimidaba. ¿Y si Mad se asqueaba de él, de su cuerpo aniñado y delicado? Con todo eso, una pequeña parte de su interior estaba algo decepcionada porque fuera todo tan lento. Jean pensaba en algo similar. A veces dudaba de que Ariel estuviera listo y tenía la sensación de estar empujándolo hacia una situación para la que no estaba preparado. Cargaba con el deber de enseñarle e instruirle, pero quizás, se estaba apresurando un poco. La reticencia de Ariel a que le viera sin ropa era una prueba de ello.

"Déjate ya de estupideces y sedúcelo de una buena vez". Gruñó el Bad Mad, comiendo una tarta de lima desde el oscuro cuarto en la mente de Mad que él ocupaba.

"¿Estás loco?". Se escandalizó el fotógrafo, dándose cuenta de que su otro yo lo estaba boicoteando por dentro. "¿Qué te pasa? Aún es muy pronto".

"Vas a enloquecer. Y, más importante, enloqueceré yo. ¿Es que no te gusta el chico?"

"Lo adoro"

"¿No lo quieres?". Preguntó, cruzando las piernas en su silla de madera con respaldo alto. Lucía como el rey de su castillo, un desquiciado rey de un desquiciado reino rodeado por una corte de peluches y muñecos de porcelana rotos, sentados todos alrededor de una mesa repleta de dulces y juegos de té. Se acomodó la galera, el frac, y se levantó para caminar de punta a punta jugando con su bastón. "¿No lo amas?".

"¡Claro que sí!".

"Entonces móntalo como a un Mustang, de una buena vez, joder. Los chicos de hoy están muy adelantados".

Así se enfrascaron en una acalorada discusión interna en la que uno defendía la virginidad de Ariel y el otro se devaneaba los sesos para convencer a Mad de vestir a Ariel con seda y echársele encima hasta desfallecer. Ariel se quedó mirándolo, sin comprender por qué su novio se quedaba viendo la nada con una expresión tan rara.

"¿Se habrá enfadado?".

Soltó un suspiro, tomando una nueva tostada enmantecada ya sin tantas ganas. Es que no sabía bien que contestarle. Al final, tomó aire y se enfrentó a él.

—No me quejé —dijo de golpe, haciendo que Mad diera un respingo—. Porque me gustó. Realmente me gusta hacer esas cosas contigo. Es lo normal, ¿no?

—Pues, sí. —Se sonrojó ante una respuesta tan honesta—. A mí también me gusta.

— ¿En serio?

—Claro que sí. ¿Por qué no me gustaría? Todo lo relacionado con el sexo se siente bien y más si es con la persona que quieres.

Ariel puso cara de circunstancia.

—Es que... Nunca quieres hacer más. Pensé que no lo había bien. Tú sabes más cosas que yo...

Entonces Mad cayó en la cuenta de todo. Se sonrió por lo bajo y se giró sobre la silla para abrazar a su chico y darle un buen beso.

—Tonto —murmuró contra su boca, mirándole a los ojos—. Si no quiero hacer más es porque me parece que aún no estás listo. Tienes que aprender más. Pero eso no significa que no me guste.

— ¿De verdad? —Casi pareció ilusionado al escucharlo.

—Claro que sí. Todavía eres chico, no quiero apresurarte...

Lo tomó en brazos y, como siempre, lo sentó de perfil sobre su falda para alzarle el rostro y encajarle uno de esos besos que lo dejaban sin aliento. Jugó con su lengua, le mordisqueó los labios e hizo el beso lo más largo que pudo, hasta dejar al chico con los ojos dado vuelta.

—Guau...

—No quiero hacerte sentir mal, Ariel.

—No me siento mal.

— ¿No te da vergüenza verme sin ropa? —Encarnó una ceja, la cara de Ariel fue toda respuesta que necesitó—. ¿Ves? Ahora no pienses en eso y come, que estás delgado.

El chico hizo pucheros y comió. Con el tema momentáneamente solucionado, Mad respiró tranquilo y volvió a comer. Tal vez debería hablar con él más profundamente sobre el tema, pero de momento era mejor dejarlo así. Al menos ahora sabía que a Ariel sí le gustaba hacer esa clase de cosas con él. Terminaron su comida, y mientras el chico recogía la mesa, a Mad se le ocurrió preguntarle a Ariel si no pensaba salir con sus amigos para celebrar por el final de los exámenes. Su chico se rio de gusto.

—Pensábamos ir a algún lado, pero hay que ver. Que con el club y todo eso puede que se nos complique. Aparte hay que terminar mi disfraz para el desfile... —De golpe, recordó algo—. ¡Diablos! ¡No he tocado los trajes que se supone debo entregar en unos días!

—Parece que vas a estar ocupado. —En el fondo le alegraba. Seguramente con tantas cosas por hacer no iba a reparar en el Jonh Holmes que pensaba esconder en uno de los armarios del cuarto de huéspedes.

A pesar de todo lo que tenía pendiente, el chico no se alarmó mucho. Estaba acostumbrado a hacer muchas cosas a la vez, por lo que no le preocupaba. Con total despreocupación por llegar tarde a clase, se puso a prepararse un almuerzo para llevar a la escuela en una lonchera.

—Tú ya tienes comida, Mad. Hay croquetas de papa y lasaña para calentar.

—No quiero pasta —bufó, cruzando los brazos como un niño chiquito. Su chico se había preparado un sándwich de pollo con pan integral y lo iba acomodando en la lonchera junto a unas barritas de zanahoria, un huevo duro y tomates cherry para acompañar—. ¿No hay otra cosa?

—Humm...Hay carne, puchero para preparar, pizzas precocinadas...

— ¡Eso! Sólo hay que meterlas en el horno con la cubierta puesta, ¿verdad?

—Ajá, están en el congelador. Dejé preparadas suficientes como para un regimiento. —Entonces le miró, arqueando una ceja—. ¿Podrás prender el horno sin quemar la casa, verdad?

Si bien esa clase de bromas eran usuales dado los constantes errores culinarios del mayor, que poco a poco aprendía a cocinar, ese fue un hachazo a su orgullo. Más que nada porque una vez Mad realmente había encendido mal el horno y dejó el gas abierto. El gas lo mareó y le hizo dormirse, otro poco y casi se muere. De no haber sido por el ruido incesante de los perros, una de sus vecinas no se hubiera asomado a su jardín y no lo hubiera visto medio tirado detrás del ventanal de la cocina que daba al jardín. Y si no lo hubiera visto era un poco probable que llamase a los bomberos. Su cara de incomprensión cuando despertó en una camilla de la ambulancia rodeado por policías y médicos fue poca cosa en comparación con el rostro desencajado que su niño portaba luego de volver de una visita familiar para encontrase semejante panorama. Desde entonces Ariel le recordaba una y otra vez cómo utilizar el horno y, cada vez que podía, insistía en comprar uno eléctrico.

—Estaré bien, lo tengo todo bajo control. —Con los ojos en blanco ante el recuerdo, dejó que Ariel le mirase de forma sospechosa.

—Okay. ¿Comieron los perros?

—No.

— ¿Y a qué esperas?

—Ahora les doy. Le dejaré algo preparado a Mozart también, no sea cosa que yo me vaya y no tenga comida.

—Bien.

Tras cerrar la lonchera Ariel preparó todo para irse, pero para sorpresa de Mad, cuando creyó que su novio iría a despedirse de él mientras acomodaba unas cosas, lo que hizo Ariel lo dejó algo anonadado. No sólo no se despidió, sino que sacó una cantidad enorme de comida para perro del bolsón gigante que tenían escondido en la alacena inferior, llevándosela. Curioso y sin entender nada, Jean Claude decidió seguirlo hasta el portal, encontrándose a Ariel del otro lado de la reja rodeado de una jauría de perros de todos los tamaños posibles. Eran perros callejeros a los que les estaba dando de comer en los tarritos de plástico del supermercado que él creía arrojados a la basura. Temiendo porque alguno de los canes que devoraba la comida con tanta hambre que podría comerse un pedazo de losa sin inmutarse atacase a su novio, corrió hacia él y abrió la reja manualmente.

— ¡Ariel! —exclamó, haciendo que los perros más chicos saltasen del susto y varios se le quedaran mirando con las orejas levantadas. De golpe, se sintió intimidado y bajó un poco la voz—. Mon dieu, mon amour. ¿Mais qu'est-ce que tu fais?

El menor ni se inmutó. Es más, se puso a acariciar a una especie de cruce de doberman y ovejero alemán al que le faltaba media cola.

—Traducción, per favore.

— ¿Qué haces con tantos perros? Entra de una vez, pueden morderte o pasarte alguna cosa rara.

—Ay, claro que no. No hacen nada, son bien mansitos. —Giró la cabeza y enarcó una ceja. Ya sabía que Mad era despistado pero no pensó que tanto—. Mad, ¿no sabes que llevo bastante tiempo con estos perros?

¿Pardon?

—Les doy de comer dos veces al día, me acompañan cuando voy solo de compras. Los desparasité, les compré collares anti pulgas y les doy anticonceptivos desde hace unas semanas. ¿No te has dado cuenta? —Ante el silencio ajeno, asumió que Mad era demasiado distraído y se rio de él sin pensarlo, volviendo a acariciar a los perros—. Estoy pensando en llevarlos a castrar en cuanto cobre mi próximo trabajo. Hay un refugio de animales cerca de aquí donde los capan a cambio de suministros, quizás hasta los pueda dejar ahí para que los adopten y apadrinarlos. Míralos Mad, ¿no son lindos?

—Sí… Lo son. Creo.

La verdad era que no estaba mirando a los perros, pues estaba al borde de un shock tremendo. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que su niño era el nuevo salvador de los animales callejeros? ¿Acaso le prestaba tan poca atención como para pasar algo semejante por alto?

“Pero siempre está haciendo tantas cosas a la vez, es imposible llevar cuenta de todo lo que hace cuando no puede quedarse quieto ni una hora”. Pensó, mirando de nuevo cómo Ariel acariciaba a los cachorros. Ante esa escena, la desesperación fue desapareciendo y se dio cuenta de que cuando Ariel estaba jugando con los perros, hablándoles con voz de bebé y dándoles de comer, dejaba entrever de nuevo al chico que se suponía que debía ser. Antes de darse cuanta estaba sonriendo, agachándose a su lado para acariciar también a los perros, que en un principio desconfiaron de él hasta haberle olido la mano.

—Son muy lindos —se corrigió, mirando a los animales—. ¿Tienen nombre?

—No —respondió, negando con la cabeza—. Bah, en realidad tienen apodos más que nombres. Esta de aquí —dijo, señalando a una perra cuzca muy pequeña y delgada de pelo largo y oscuro—, es la Huesuda. Tiene un problema en el riñón así que cuando se queda sin medicina o cuando está preñada se pone tan delgada que es sólo piel y huesos. —Mad se rió, haciendo que Ariel se sonriera—. Este de aquí es Orejas. —Señaló a otro perro, más grande y fornido, el cual tenía ojitos mimosos de cachorro eterno, unas orejas enormes y los colores de un doberman aunque no lucía como uno—. Ya te imaginas el porqué de su nombre. Después están el Negro, el Descolado, y los hermanos Sarna Más y Sarna Mucho Más —agregó, señalando respectivamente al perro que le faltaba la mitad de la cola, a una especie de pekinés peludo de color negro, y a dos bichos sumamente delgados y raquíticos a los que les faltaba mucho pelo y, más que perros, parecían ratas sobre desarrolladas.

Los nombres de los animales hicieron que Mad se riera tanto que le dolió el estómago, incluso sus risas hicieron que los perros movieran la cola, al parecer divertidos por la situación.

— ¿Sarna Más y Sarna Mucho Más? Explícame eso, por favor.

—Sarna Más es el mayor y si no lo baño con el jabón especial le agarra mucha sarna y se le cae el pelo. ¿Ves? Está con los pellejos al aire. Pero a Sarna Mucho Más le da el doble de sarna y se le pone peor, hasta le salen costras y se lastima todo de lo que se rasca. Así que siempre que puedo los médico o les paso el jabón contra la sarna.

— ¿Y no te da miedo de agarrarte algo?

El menor se encogió de hombros, pues la verdad que poco le importaba.

—Nah. Cuando estaba en Niscemi, mi mamá y yo nos dedicábamos a darle de comer a los perros callejeros o los curábamos. Nos querían tanto que nos seguían a todas partes. A mi mamá una vez la siguió hasta la carnicería una hilera de más de diez gatos —dijo, orgulloso, y le rascó la panza a la Huesuda que se echó al suelo boca arriba—. Y mi abuela me contó que durante la guerra ella y su mamá se dedicaban a sacarle los forúnculos y las lombrices solitarias a la gente. Después de que me describieran esos adorables momentos con lujo de detalles, un perro enfermo es el menor de mis males.

Y Mad no pudo contener otra carcajada al ver su cara de asco. Tras darle de comer a los animales y brindarles algo de cariño, regresaron a la casa para lavarse las manos, acomodarse la ropa y sólo entonces Ariel tomó sus cosas. Le dio a Mad un beso de despedida, recordándole una vez más que tuviera cuidado con el horno, retirándose luego montado en su bicicleta mientras Jean Claude lo observaba desde la puerta en una curiosa parodia a las madres preocupadas. Una vez que su chico desapareció de su vista, Jean Claude tomó el teléfono y apretó el marcador automático.

—Macchi, soy yo. Puedes traer a John.

Es bueno verte de vuelta, Ariel.

—Lo mismo digo, Chrissy.

Se dejó despeinar por su amigo. Para su sorpresa, había logrado llegar un poco antes del almuerzo, por lo que sólo le pusieron media falta, aunque a él poco le importó mientras se saludaba a dos besos con sus amigos y le iban poniendo al día sobre lo que había pasado en la escuela. Ahora que no tenían más exámenes ocupaba todo su tiempo en el festival.

—Y Jessie encontró un gran maquillaje para ti —decía Giovanna, acurrucada contra su amigo favorito.

— ¿Ah sí?

—Así es. ¡Jessie, ven!

La chica se mostró algo tímida en un principio, pero no era para menos. Estaba frente al chico que le gustaba desde hacía mucho tiempo. Nunca había podido acercarse porque Bud y su banda ajusticiaban a quien le hablaran y ahora que por fin podía hacerlo, siempre se ponía nerviosa. Aún guardaba el retrato que le había dibujado hacía algún tiempo, e incluso lo besaba todas las noches. Y ahora estaba con él a diario, lo tenía cerca siempre y hasta debía maquillarlo. Le miró a la cara con las mejillas rojas y le enseñó una foto con el maquillaje perfecto. Era de un color violeta oscuro que contrastaba con los colores del vestido que habían elegido. Tenían que resaltar el lado femenino del rostro de Ariel, por lo que primero le pondrían una base correctora algo clara, rubor desde los pómulos hacia abajo para remarcar su rostro y le engrosarían los labios con delineador. También le pondrían pestañas falsas con efecto pluma. Y ni hablar de sus párpados, iban a dejárselos pintados de un tono violáceo que iba de claro a oscuro a medida que se lo aplicaba desde el centro del ojo hasta casi tocar las cejas.

—Así resaltaremos las bondades de tu rostro y te verás más femenino —explicaba Jessie, moviendo mucho las manos por sus nervios—. Serán todos colores como violeta, lila, y así, pero en tonos opacos para que combinen con el vestido.

—Nada mal —dijo Ariel, observando la mezcla de colores con satisfacción. No era que le gustara ponerse maquillaje, en verdad lo odiaba, pero estaba tan acostumbrado a usarlo por su trabajo que llegaba el punto en que todo le daba igual. Además quería ganar el concurso y cobrarse el primer premio—. ¿Y qué hay del traje?

Las chicas soltaron una risita, explicándole que el traje era un precioso vestido con volantes, puños, cuello frufrú y hasta con pinzas haciendo las bases de cortes. Venía con medias largas, lacitos y esos zapatos de charol redondos que casi no se usan, salvo para las niñas pequeñas o las muñecas. Ariel las miró algo extrañadas, pero ellas insistieron en que no se preocupara, que no cabía la menos duda de que iba a ser el más bonito de todos cuando terminaran con él. Además, Giovanna iba a encargarse de arreglarle el cabello. ¿Y quién mejor que ella para eso? Inclusive le enseñaron una bolsita con aditamentos especiales.

—Pero qué de... ¿Esos son accesorios?

Almudena se cruzó de brazos.

— ¡Pues claro! Te pondremos muchos de esos. ¿No tienes problemas con los zapatos de tacones, no?

Movió la cabeza a los lados. Había tenido que aprender a usar los tacones por el trabajo.

—Para nada. Pero, teniendo en cuenta lo irregular del escenario, preferiría que no fueran tacones finos.

—Hecho. Y también preparamos otro traje más masculino, te gustará.

Se enfrascaron en una larga charla al respecto mientras Jessie se mantenía en silencio. Habían hecho un buen trabajo consiguiéndolo todo y ya habían arreglado entre ellas cómo lo peinarían y las cosas que le pondrían, por lo que tenían el asunto solucionado. Había sido divertido juntarse con las chicas para armar el diseño, buscar los colores y decidir el maquillaje apropiado, y estaba convencida de que todas seguirían hablándose ya que tenían mucho en común pero... Lo mejor era poder hablar con Ariel. Poder hacerse amiga suya había sido genial pero ahora todo terminaba.

—Eres un genio con el maquillaje, Jessie.

— ¿Eh?

Antes de darse cuenta los ojos azules del modelo le miraban fijo. Casi al instante enrojeció.

—Ah, gracias. Me gusta mucho maquillar a la gente y eso. Quiero ser estilista cuando me gradúe.

— ¡Qué bien! —Exclamó, en verdad emocionado—. Eso es maravilloso. Es un oficio seguro y si tienes suerte puedes terminar en el mundo de la moda. Quizás algún día termines preparándome para un desfile.

Complacida, Jessie esbozó su mejor sonrisa.

—Sí, puede ser. Quiero ser la mejor en lo que haga aunque aún no me decido si hacer peluquería o maquillaje a la vez o por separado.

—Sea lo que sea, cuando te recibas me avisas y te ayudo a entrar en el mundillo. Me encantaría trabajar contigo, Jessie.

—Yo... Gracias —farfulló, sin saber qué decir. Él era tan bueno con ella que no sabía cómo reaccionar—. Eres muy amable, Ariel.

—No es cierto —apenado, se puso a jugar con los lápices —Eres una amiga —guardó silencio y luego la miró con esos ojos que parecían perforarla—. A menos que no quieras serlo...

— ¡No! Digo, sí. Claro que quiero ser tu amiga. ¡Quiero ser amiga de todos!

—Perfecto —esbozó esa sonrisa que a ella tanto le gustaba—. Entonces ya eres parte de la banda. ¿No te quieres pasar por nuestros clubes hoy? Pensamos ir a celebrar el final de los exámenes.

Feliz para toda la vida, Jessie aceptó. Sin embargo, algo que recordó de pronto logró ensombrecerle la cara.

—Pero yo debo dar el recuperatorio de historia...

En ese momento, Almudena se acercó y escuchó toda la conversación, aprovechando para colgarse de la espalda de Jessie.

—Eso no importa, nena. Te ayudamos a estudiar. Te preparamos ayuda memorias y todo eso y te enseñamos a repasar. ¿No chicos?

Pronto, varios secundaron la propuesta y la emoción crecía en el grupo. Es decir, no siempre se unía alguien nuevo a sus filas. El único que no parecía tan contento era Christian, más que nada porque no estaba prestando mucha atención. En realidad andaba perdido en las nubes, pensaba en montones de cosas a la vez y esperaba tener una oportunidad para hablar con Ariel. Tenía que preguntarle varias cosas... Después de todo, su amigo era el único con el que podía hablar de esas cosas. Se preguntaba si tenía que decirle algo a Vlad, ya que no dejaba de pensar en él. Si hasta soñaba con él y eso empezaba a afectar su rendimiento académico. En eso pensaba, con los codos sobre el pupitre mientras miraba a su alrededor desganado, envuelto por la charla animada de Shen y Ariel sobre el club de música. Diablos, el club. Se estaba olvidando de sus obligaciones básicas. Mirando a su alrededor, logró captar un par de ojos que le observaban fijamente. Ahí estaba él, Vladimir, con un libro entre sus manos al que apenas si le estaba haciendo caso. Christian pasó saliva e inmediatamente miró hacia otro lado, preguntándose si de verdad había estado mirándolo a él. No, no era posible. Vlad nunca lo miraría de esa manera. Él prefería tener sus ojos posados en Ariel casi constantemente. Cosa que, en el fondo, lo irritaba.

Pero, ¿qué podía hacer él al respecto?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por alguien que se posó de golpe sobre su pupitre para hablarle bien de cerca. Al alzar la vista se encontró con Ariel, preguntándole algo sobre lo que harían los del club de natación.

—No sé... Creo que harán un bar o algo así. No podemos hacer demasiado.

—Ya veo. —El menor se puso a jugar con sus cabellos y Chris tuvo que aguantarse las ganas de decirle que lo dejara, porque lo ponía nervioso—. Entonces, lo único que tienes que hacer es practicar para tocar el himno de la escuela, ¿no? ¿O piensas interpretar algo para que el profe lo enviara a un concurso?

—Creo que sólo haré el himno. No sé... No he pensado en eso.

En ese momento Ariel notó que algo pasaba y se reclinó un poquito más, sólo lo suficiente para que nadie pudiera escucharlos.

— ¿Te sientes bien, Chris?

No pudo sino suspirar.

—No... Estaba esperando poder hablarte un rato a solas antes de ir al club. ¿Crees que puedas?

Consciente de que era algo relacionado con Vladimir, Ariel miró de reojo al causante de los desvelos de su otro amigo y asintió con la cabeza. Le prometió que se verían frente a la escuela durante el entretiempo antes de ingresar al club. Tenían media hora, así que no iba a haber problema alguno. Christian aceptó gustoso y volvió a hundirse en sus pensamientos, dejando a un Ariel bastante preocupado y confundido. No sabía qué era lo que iba a preguntarle y tampoco creía ser el indicado para responderle, a pesar de ser el único que sabía del tema y el único de los dos que ya tenía un novio. Es decir, con novio y todo, el conocimiento de Ariel sobre problemas de esa temática era casi nulo. Incluso su conocimiento sobre relaciones románticas era pequeño a pesar de estar en pareja. No tenía idea alguna de cómo ayudar a su amigo y eso lo descolocaba. Sin importar cuánto pensaba en ello, no podía encontrarle solución alguna salvo poner a Vladimir al tanto de todo o, tal vez, hacerle saber que tenía que dejar de ser tan pegajoso con él. En algún momento de la tarde y tras debatirlo mucho, Ariel decidió que debía hablar con Vlad. No le diría nada sobre los sentimientos de Chris pero lo convencería para que dejase de molestar con tanto mimo y abrazo para no hacerlo sentir mal. Tendría que buscar un momento para decírselo cara a cara sin que los demás lo supieran... Tal vez debía invitarlo al cine. Sin que Chris se enterase, por supuesto.

El problema fue que antes de poder planear nada hubo un ligero cambio de planes.

-Ni se te ocurra decirle de esto a Ariel -mascullaba Mar desde sus manos libres, mientras manejaba. Del otro lado del teléfono, las risas de Macchi le ponían incómodo-. Es en serio, las cosas están delicadas con él como para arruinarlas con ese muñeco.

-¿En serio? Pero como puede ser, si me contaste que la cosa andaba... Encaminada. ¡No me digas que no lo satisfaces!

-¡Cállate! Aún no hemos empezado. No podemos echar toda la carne a la parrilla de golpe.

Macchi se rió.

-Eso significa que todavía no lo desvirgaste.

-¡Claro que no! Aún es muy chico, tengo que prepararlo.

-Ay, Ma-chan, pero si tiene la misma edad que cuando tú y yo comenzamos a...

-¡Ya sé! Pero no es lo mismo.

-... ¿Y por qué no?

El joyero tuvo que morderse el labio para no reírse al escuchar el tremendo suspiro de su ex novio que hasta casi podía imaginarse la cara que estaba poniendo.

-No es lo mismo, Macchi. Simplemente no es lo mismo. Temo... Temo lastimarlo, corromperlo. Temo muchas cosas.

-Eres tan dramático -mascullo el otro-. Si él no quisiera, te lo diría.

Mad intentó no suspirar y tras cambiar de tema con machi y charlar largamente con él, freno en la escuela de Ariel a la vez que cortaba el celular. Esperaba alegrar a su chico con esa visita sorpresa.

-¿Qué pasa, Vlad?

-Nada tan grave para que pongas esa cara, Ariel.

A pesar de sus palabras, Ariel no podía cambiar la cara. De golpe Vlad se le había acercado diciéndole que tenía que hablar con él. "¿Otro más?" Pensó en su momento, sin saber cómo rechazarlo, pero su amigo le prometió que sería rápido porque sabía que tenía que hablar con Christian.

-Los vi hablando hoy en el curso y conociendo a Chrissy como lo conozco, seguramente está molestándote con algo.

-Bueno... -no pudo negárselo, asique se limitó a salirse por la tangente-. ¿Para qué querías hablar conmigo, Vlad?

Este sonrió de forma críptica y se apoyó en una de las paredes de la entrada de la escuela. Ese era el mejor lugar para hablar pues, irónicamente, no había nadie a pesar de ser la hora de salida de los que no tienen club. Muchos andaban muy entretenidos en el preparativo del festival. Vlad se sonrió, cruzó los brazos y le miró fijo con sus ojos claros de perro siberiano.

-Chris y tú han estado muy juntos últimamente.

-Sí. ¿Y eso qué?

-¿Qué? Pues que sé lo que se traen entre manos

Ariel abrió los ojos en una clara señal de sorpresa, mientras que Vladimir esbozaba una sonrisa de superioridad por haberlo descubierto. La mente del niño trabajó rápidamente en busca de alguna cosa que pudiera hacerle creer lo contrario pero, al no hallarla, lo único que pudo hacer fue poner cara de póker y decir la primera idiotez que se le ocurrió.

-Jeh, ¿de qué estás hablando?

-Conozco a Christian desde que éramos críos. Sé cuándo me esconde algo y además están siempre juntos, secreteando -se sonrió, cruzando los pies muy relajado-. Y sé que él gusta de mí.

Esas palabras dichas de ese modo le hicieron ver que era en vano mentir y sólo se limitó a suspirar.

-¿Cómo fue que...?

Para su sorpresa, Vlad se rió.

-Estaba blofeando, pero me acabas de confirmar mis sospechas. ¡Eres tan transparente!

-¡Vlad!-nunca en su vida tuvo tantas ganas de pegarle a uno de sus amigos, pero se conformó dedicándole un diccionario italiano-español de insultos.

-La realidad es que vengo sospechándolo desde hace tiempo -suspiró el futuro escritor, ahora dejando de lado la risa y la actitud sobrada que había estado teniendo. Su expresión siempre bonachona y despreocupada había sido reemplazada por otra mucho más sincera y hasta algo triste-. Pero conozco a Christian más que él a sí mismo. Sé que jamás lo admitiría en voz alta... Aunque nunca pensé que se lo diría a alguien -agregó, con el ceño fruncido-. Ni que te metería en esto.

-Pues eso se hubiera evitado si le hubieras dicho algo, Vlad. E igual no es como si a mí me molestara contener a Chris, es mi amigo -entonces clavó sus ojos azules en el rumano-. ¿Por qué no le has dicho nada?

La expresión triste de Vlad creció, dándole a entender a Ariel que había tocado la palanca indicada.

-¿Para qué? -masculló éste, desviando la mirada-. Aunque le diga que me gusta él no me va a aceptar.

-¿Perdón? ¿A ti te gusta él? ¿Él?

-¡Claro que sí! Desde hace tiempo... Pero ya conoces a Christian, sabes cómo piensa. Ni siquiera puede admitir en voz alta lo que siente por mí, prefiere callarse y yo tengo que fingir que no me doy cuenta porque si le digo algo seguramente se hará el macho ofendido con tal de mantener los principios de su familia. Maldición...

Un Ariel boquiabierto lo contempló sin saber qué decirle. Es decir, ¿qué extraño u estúpido era que dos personas se gustaran y una no lo confesara por temor al qué dirán y otra por miedo a ser rechazado? La situación era tan bizarra que no sabía si reírse de ellos o llorar a pierna suelta. Todavía procesando todo eso, se llevó una mano a la frente y respiró hondo varias veces, pidiéndole paciencia a los dioses para soportar eso.

-Vladimir, Chris está bastante afectado. ¿Por qué no se lo dices y ya? Quizás solo necesita un empujoncito de tu parte.

Vladimir estuvo murmurando algo que Ariel llegó a captar como un "no sé, no sé" tras otro, hasta que miró hacia Ariel. En realidad, estaba viendo al través de él, enfocando sus ojos en algo más allá del rostro de su amigo compañero; algo lejano que logró iluminarle la mirada con un brillo extraño en los ojos. El modelo reconoció en esa mirada el destello de una idea repentina, como cuando Vlad se inspiraba para alguno de sus escritos. O para alguna trastada.

Y la verdad era que no le gustaba nada.

-Creo que se me ha ocurrido algo, peque.

Entonces, así de la nada, lo tomó de la solapa del traje y le encajó un beso repentino en los labios. Fue tal la sorpresa que Ariel se quedó completamente duro, con los ojos como platos y convencido a pleno de que Vladimir se había vuelto loco de verdad. O tal vez él era el loco y estaba imaginando todo eso. Lo que Ariel no se imaginaba era que Christian, celoso al verlos juntos, los había seguido a escondidas y ahora estaba ahí detrás de él, contemplando la escena azorado y lleno de rabia al ser tan cruelmente rechazado. Él siempre había sospechado que a Vlad le gustaba Ariel pero ahora ya tenía la mejor prueba visual que podría haber tenido. Soltó un gemido de decepción y giró sobre sus talones para echarse a correr en la dirección contraria cuando los otros dos se percataron de su presencia. En parte, claro, porque en realidad Vlad ya lo había visto desde antes...

-Gracias Ariel -susurró pícaro, palmeándole el hombro de su anonadado amigo antes de ir corriendo tras su enamorado. El joven modelo se quedó ahí, estático, sin entender nada hasta que cayó en la cuenta de que había sido utilizado por Vlad para conseguir lo que éste quería.

"¡Ese hijo de...!"

Mazcalzone, porca miseria, figlio di putana...! -apretó el puño y se puso a despotricar en su idioma natal a los cuatro vientos, o lo hizo hasta que se volteó sin motivo alguno para hacer nada en particular salvo dejar fluir su ira al viento que toda la oleada de indignación se evaporó hasta convertirse en miedo y vergüenza al encontrarse con el rosto azorado de Mad allí de pie, del otro lado de la entrada de la escuela, con una de sus chaquetas en la mano y su Sedán gris de fondo.

-¡No es lo que piensas! ¡Vlad lo hizo a propósito para poner celoso a Christian, te lo juro! ¡Yo no sabía que iba a hacer eso, me sorprendió tanto que...! Por favor, no te enojes...

Ariel se quedó tieso frente a Jean Claude, sintiéndose la peor basura del mundo. No había sido más que un beso, un simple piquito entre amigos, pero temía que Mad se hubiera puesto mal y le odiara. Ya había visto qué tan celoso podía ser su amante. Por eso miraba a Jean Claude, el cual seguía sin decir palabra alguna, creyendo que el corazón se le saldría por la boca de un momento a otro. Por otra parte, Mad seguía en blanco. Había visto a su novio hablando muy acaloradamente con el rubiecito rumano hasta que éste lo agarró de la ropa y le encajó un repentino beso en la boca. No sabía bien qué sentir.

Sabía que Ariel no lo había hecho a adrede, no dudaba de él. Es decir, lo había visto todo y por la cara de su chico estaba claro que no se había esperado el beso y mucho menos que le hubiera gustado. Pero su fiera interna gruñía de descontento, pensando seriamente en ir tras aquél chicuelo para darle un serio escarmiento.

Bad Mad pateó la silla de su estancia, arrojando el bastón a un costado.

"¡Lo sabía!". Gritaba fuera de sus cabales. "¡Sabía que ese güerito nos iba a apuñalar por la espalda! Esto es tú culpa, Mad. ¡Tuya!".

"¿Pero qué diablos dices?"

"Es tu culpa por qué no lo atiendes como corresponde. Ahora se va a ir a buscar en otros lo que no le das, ¿ya ves? Te lo dije, te lo dije taaanto. ¡Por dormido!"

Jean gruñó por lo bajo y se quedó quieto, respirando hondo para concentrarse y no soltar ningún improperio en lo que ignoraba al monstruito de su interior. Debía pensar en alguna otra cosa para no terminar desquitándose con su chico por un simple malentendido. Era culpa de Vladimir, un producto de las boberías infantiles de los chicos. Es decir, sólo a un crío puede ocurrírsele la idea de darle celos a la persona que te gusta besando a otra. Nadie con dos dedos de frente lo pensaría, habiendo métodos mucho más efectivos. Por eso se repitió esas palabras una y otra vez mientras respiraba hondo antes de contestarle a Ariel.

-Está bien, entiendo -dijo al fin, luego de tranquilizar a Ariel mientras le acariciaba la frente-. Vladimir hizo mal, pero no me enojaré contigo por eso.

El menor quedó estupefacto.

-¿En serio?

-Así es -dedicó su mejor sonrisa e hizo entrega del saco que le había llevado-. Dijiste que saldrías asique te traje eso por si hace frío.

-Ah... -ya más tranquilo, Ariel tomo la chaqueta que Mad le extendió y se la colgó al brazo, encantado con ese pequeño detalle que sólo Mad podía tener-. Gracias amor... -enrojeció al llamarlo de ese modo-. Ho-hoy no regresaré tarde, en serio. Iremos al barrio chino cuando terminemos aquí. ¿Qué te parece si hoy preparamos juntos algo que te guste mucho y luego nos atragantamos con algún postre?

Mad, al ver esa expresión de alivio y también verlo contento por algo tan simple como llevarle la chaqueta, no pudo evitar sonreír. Era fácil olvidar la escena reciente al ver esa carita emocionada repasando las comidas que le gustaban. El Bad Mad, por otro lado, seguía despotricando salvajemente en su cabeza pero Jean Claude lo ignoraba como casi siempre. No iba a escuchar el veneno de esa criatura, no en ese momento. Al ver que su novio no se decidía, le hizo una propuesta.

-¿Qué tal si le damos un buen uso a mis cervezas y hacemos lomo de cerdo agridulce, eh?

-Está bien, me agrada -miró a todas direcciones para asegurarse de que nadie les estaba viendo antes de acercarse a su novio y darle un pico en los labios. Probablemente a nadie le llamaría la atención, pues ya había besado así a su primo en la escuela, pero ese beso era diferente. Más que nada, porque era Mad quien lo recibía-. Te veo más tarde, Jean Claude.

Le hizo un guiño picarón e incluso le lanzó un beso antes de irse corriendo en dirección a su club mientras rogaba porque sus amigos hubiesen arreglado sus asuntos amorosos o era capaz de darles una buena tunda tras ponerlo en esa situación incómoda frente a su novio.

Jean Claude en cambio, se quedó mirándolo hasta que las puertas de la escuela se lo tragaron y a paso reluctante regresó a su Sedán, casi fusionándose con el asiento cuando estuvo aún el amparo privado de su propio coche. Se enorgulleció de sí mismo por haber manejado tan bien el asunto. De haber sido en otro momento, tal vez hubiera hecho una escena tremenda de puro celoso que era y hubiera hecho llorar a Ariel, pero no. Ya había aprendido que esa clase de actitudes no eran buenas. Lo mejor sería ir a Mode a ver si había algún trabajo nuevo y pasear, tal vez así pudiera acallar al Bad Mad en su interior.

El barrio chino estaba lleno de gente de todas las edades y nacionalidades posible. La música pop que salía de los locales de electrónica y los supermercados se mezclaban con las voces de las personas, creando una magma de idiomas y conversaciones muy peculiar. Por los aires flotaba un aroma curioso producto de la mezcla del fragante perfume de los puestos callejeros de golosinas y los de comida salada: Dim Sum, Tempura, el típico e internacional algodón de azúcar, bananas fritas con chocolate, Mantou, pollo frito y arrollados con todo tipo de relleno. A pesar de lo acaparado que estaba todo, era posible darse un buen paseo por los bazares, las tiendas de ropa (que a veces se combinaban y encontrabas dos en uno) o por los supermercados para comprar toda clase de productos mucho más baratos. Luego de terminar con las actividades del club, el grupo de Ariel y sus amigos decidieron tomar el autobús que les dejaba frente a Chinatown mientras planeaban de antemano lo que pensaban hacer y comprarse ahí dentro, tras el viaje de media hora iniciaron el recorrido plagado de fotos al imponente arco de la entrada del barrio y a las estatuas de los perros con esferas en la boca. Shenshen intentó tomar alguna de las esferas para que se cumpliera la profecía según la cual, si lograbas arrancarle la esfera al perro, se te cumplen todos tus deseos. Lamentablemente no halló modo de sacar la bola de su sitio, el león la tenía muy bien sujeta entre sus fauces.

No hay que decir que se pasaron por todos los negocios del pequeño barrio. Estuvieron de bazar en bazar, de mercado en mercado, se probaron todo lo que encontraron en las tiendas de ropa y cargaron toda la comida que pudieron llevar en las manos y en sus mochilas. Entre ropa, chucherías, golosinas y comida se les había ido más de la mitad de la mesada pero Ariel, aprovechando que había cobrado bien un trabajo y que dinero no le faltaba, siguió comprando y convidándole a sus amigos o regalándoles alguna que otra cosa. En el ínterin, el modelo había terminado comprándose un traje de seda chino con zapatos incluidos, ramen instantáneo, galletas, fideos de arroz, ropa occidental de diseñador libre y por ende único, regalos para su primo, su tía, Alexandra, Laura y Mad. Todo eso sin contar el almuerzo en uno de los restaurantes y la posterior merienda, ya a medio camino de sus casas, en un local de comida rápida. Prácticamente no habían hecho otra cosa que no fuera gastar y comer.

-¿Que ustedes son qué?

Y aun así, el día no terminaba más.

Giovanna se quedó boquiabierta, mirando incrédula a la nueva pareja que se había formado dentro del grupo. Jamás se lo había visto venir, era algo demasiado curioso como para que se le ocurriera algún comentario inteligente o gracioso que hacer al respecto y se quedó ahí, con la hamburguesa entre sus manos y aún sin probar, mirándoles con cara de idiota. Hasta Dena les miraba sorprendida por semejante revelación. Nunca, en ningún momento, habían hecho algo que les hiciera pensar que podía llegar a pasar algo entre ellos. Jessie miraba de un lado al otro sin dejar de probar sus papas, incapaz de entender por qué tanta sorpresa. Ariel seguía con el sorbete en la boca y las cejas arqueadas. Qué pena que Christian y Vlad se estuvieran perdiendo semejante espectáculo, seguramente ellos también hubieran puesto cara de incomprensión cuando se enteraran de que Shenshen y Sorja se habían puesto de novios.

"Qué novedad". Pensó, y lo hacía en serio. "¿Cómo es que los desgraciados se las arreglaron para escondernos todo y que no nos diéramos cuenta?"

Shiro y Sorja estaban ruborizados. No se creyeron que pudieran causar semejante conmoción entre sus amigos.

-Oigan, que tampoco es para tanto...

-Sí -farfulló ella, cohibida-. Sólo estamos saliendo, ¿por qué se ponen así?

-Bueno... -recuperada del shock, Almudena mojó sus nuggets de pollo en algo de kétchup-. Es que nunca lo pensamos, nos sorprendió. Jamás los hemos visto muy juntos ni nada similar.

Ariel asintió.

-Exacto. Es decir, ya me imaginaba que Shen tenía una novia que no nos presentaba pero lo último que se me hubiera cruzado por la cabeza era que esa novia eras tú, Sorja... Pero bueno, ¡de todos modos felicidades! Ahora, ¿cómo es que esto ocurrió?

-Exacto -apostilló Giovanna, cruzándose de brazos- No tendrán mi aprobación hasta que no nos cuenten cómo fue ni por qué nos lo ocultaron.

Shenshen alzó las manos como si estuviera intentando parar algo o a alguien.

-Oye, que no quisimos ocultarles nada. Sólo pasó.

-¿Y cómo fue que pasó?

-Ya me imaginaba que ibas a querer hasta el último detalle, Giovanna... -Shiro rodó los ojos y se encogió de hombros-. No fue la gran cosa... Es decir, un día me quedé hasta tarde en el club, Sorja se pasó por ahí y nos pusimos a charlar. Es increíble lo que puedes saber de alguien cuando no están todos tus amigos escuchándolo -los presentes le mal miraron-. ¡Oigan, ustedes saben de qué hablo! El asunto es que comenzamos a pasar más tiempo juntos y antes de darnos cuenta ya estábamos saliendo.

-Qué tiernos -suspiró Jesse, con ese aire nostálgico de quien desea que le pase lo mismo.

-No les dijimos antes porque nos daba pena -agregó Sorja en su eterno tono suave-. ¿No están enojados, verdad?

Los demás se miraron entre ellos y soltaron una carcajada antes de brindar con Coca- Cola por la feliz pareja y pasar a cualquier otro tema, pasando de charla en charla. Hablaron del festival, que ya estaba terminado para todos excepto para Ariel, Shen y Chris; uno porque debía coser los trajes y los tres porque no dejarían de practicar el himno de la escuela y diferentes canciones más para el club de música. Hablaron de los exámenes recuperatorios y enseguida se pusieron a hacer ayuda memorias para Sorja, Shen, y Jesse.

Ariel comía y escribía una línea del tiempo sobre la Revolución Francesa para Jesse mientras Dena hacía lo propio en Ciencias Sociales para Shen y Giovanna ayudaba a Sorja con Cálculo.

-¿También tienen que dar el recuperatorio de educación física? -preguntó Ariel, aro de cebolla en mano.

-Sólo él -respondió Sorja, señalando a Shiro con la cabeza-. No soy buena en deporte pero tengo resistencia, así que cuando el profe me pidió que corriera diez minutos sin parar logré hacerme de puntos para un seis.

-Jeh, menos mal. ¿Sabes algo? Si no fuera porque siempre nos toca jugar al fútbol yo también hubiera reprobado. No sé jugar a otra cosa. ¿Y tú por qué reprobaste, Shiro?

-Tú acabas de decir que sólo eres bueno para el fútbol y que no te sale nada más, ¿verdad?- Ariel asintió-. Bueno, a mí me pasa que no sirvo para nada de nada. Si jugar al WoW fuera deporte, yo ya sería campeón mundial.

Rieron de buena gana la gracia de su compañero. Una vez terminados los resúmenes y explicado todo, decidieron juntar sus cosas para volver a casa. En eso, Sorja soltó un suspiro.

-Qué pena que Chris y Vlad no vinieron, la pasamos muy bien.

Y eso crispó un poco a Ariel.

-Seh... Estaban hablando de algo importante, creo.

Giovanna soltó una carcajada, cerrando su mochila.

-¿Se habrán declarado de una buena vez?

Para Ariel esas palabras fueron como un shock. Se quedó tieso y boquiabierto, mirando a sus amigos sin comprender nada y con la leve sensación de haber sido engañado.

-¿Ustedes...?

-¿Sí lo sabíamos? Cariño, era más obvio que el final de La Bruja de Blair.

Dena asintió.

-Hasta hicimos apuestas. ¿Crees que estén declarándose ya?

-Pues... -todavía flipando, Ariel se bajó toda su gaseosa antes de tirarla y responder. Necesitaba mucha azúcar-. Creo que sí. Vlad se encargó de presionar un poco a Christian.

Y rompiendo el juramento solemne de no decir nada, se encaminó a casa con sus amigos mientras les contaba toda la historia.

Jean Claude despertó luego de una reparadora siesta. Su trabajo de esa tarde no había sido precisamente fácil pero había sido un peldaño más en su carrera. Es decir, pasar de fotografiar modelos escuálidas a tener que indicarle a la estrellita pop de turno cómo posar a pesar de lo mimada e histérica que pudiera ser era todo un logro. Estresante, claro, pero logro al fin. La casa estaba a oscuras. Se había quedado dormido en el sofá tras sacar a los perros y no se había molestado en abrir las cortinas ni las ventanas para que entrase el sol. Sobre su pecho descansaba Mozart, peludo y ronroneante, cerrando los ojos en una mueca de placer. Mad no sabía si era porque estaba cómodo o porque se sentía feliz de llenarle su camisa Lacoste color hueso con su pelo negro y fino. Fuera cual fuera el caso, el fotógrafo tomó a la criatura con ambas manos, despertándolo de su sueño para dejarlo suavemente en uno de los almohadones y ponerse de pie. Mozart, tomándoselo con filosofía, amasó la almohada con las patas y se hizo un ovillo, volviéndose a dormir sin resentimientos. De todos modos, Mad tenía la sospecha de que el gato terminaría por vengarse de él en algún momento, preferentemente mordiéndole los pies al dormir o algo así.

Una vez dejado atrás al cuadrúpedo con sus maquiavélicos planes de venganza felinos, se sacudió la ropa para luego encargarse de abrir todas las cortinas y las ventanas del comedor y la cocina, incluidas las de un su cuarto y el despacho. Afuera, el cielo oxidado que estaba siendo reemplazado a paso lento por un manto lila con motitas brillantes le indicó que ya era el crepúsculo y que, además, se había perdido la merienda.

Las tripas le rugieron en respuesta, pero tendrían que esperar un poco más.

Encendió apenas una luz, la de la cocina. Abrió la puerta de vidrio tras la cual esperaban Misha y Eddie, portando una mirada desesperada.

-Ya, ya, no lloren. Papá sólo se quedó dormido, ya los entro.

Ambos saltaron de alegría cuando el portón del mal que los separaba de su casa se abrió y pudieron entrar, buscando mimos que su "padre" muy felizmente les otorgó. En esos últimos meses los dos habían crecido mucho; Misha estaba más corpulenta de lo que solía haber sido y estaba más alta, ahora era mucho más pesada, sus dientes no estaban tan afilados pero, gracias al desarrollo de sus músculos y el crecimiento de su cabeza, mandíbula incluida, su mordida era mucho más fuerte y profunda. En cambio, Eddie se había vuelto largo, alto y flaco, todavía conservaba su aire de cachorranco; se había estirado hasta superar a su "hermana" en altura y ya no era regordete ni panzón.

"Aunque esa cara de idiota contento no se la saca nadie". Pensó Jean Claude, palmeándole el costado. Se le sentían las costillas pero no le preocupaba. La veterinaria ya le había advertido que durante el crecimiento algunos perros se ponían así por lo que mientras comiera tres veces por día hasta cumplir el año y tomaba mucha leche, iba a estar bien. La perra, en cambio, debía comer menos y correr más, pero Ariel se encargaba de ello. Mad sólo debía preocuparse de entrenarlos y contar los días para castrarlos a ambos, como todo dueño responsable hacía. Pero quizás se lo pensara y les dejara tener una camada de crías.

-Vamos, ¿quieren merendar? A ver... Croquetas de perro, ¿cierto? Su madre les prohibió comer carne antes de la hora de la cena.

Cuando les decía "Su madre" estaba hablando de Ariel.

Con los perros entrometiéndose en su camino, Mad se puso a calentar un jarrito de leche para ambos en lo que les servía un buen tazón de sus croquetas balanceadas a cada uno y verificaba que ninguno comiera de más. Si no, no se beberían la leche. El olor del lácteo calentándose le hizo recordar que no había comido y que tenía hambre, asique decidió preparar la máquina de café y la tostadora. Una merienda sencilla para una tarde sencilla en la que no sabía qué hacer. No tenía ningún trabajo pendiente, nada que hacer. No sentía ánimos de practicar cocina y tampoco quería leer ninguno de sus libros nuevos. Estaba considerando la posibilidad de ir a algún lado cuando escuchó el sonido de la verja metálica del frente abrirse. Ése debía de ser Ariel.

"Ya habrá llegado de su aventura".

"¿Qué aventura? Sólo fue a festejar con sus amigos el fin de los exámenes".

"Macchi solía decirte lo mismo y resultó ser que estaba poniéndose en cuatro para el capitán del club de ajedrez".

"Eso es diferente". Replicó fúrico. No se podía comparar a Ariel con Macchi, era como intentar mezclar a Súperman con Batman. Pero el otro yo de Jean Claude no se dejó vencer. Al contrario, permaneció sentado en su trono de madera, acariciando la punta redonda de su bastón como si ésta fuera una bola de cristal.

"Ten sexo con él. Reclámalo como tuyo".

"No".

"Es lo que deseas. Lo piensas cada vez que lo abrazas al dormir, cada vez que logras ver alguna parte de su cuerpo. Te imaginas acariciando ese trozo de piel y yendo a por el resto hasta hacerlo gemir"

"Basta"

La leche comenzaba a hervir.

"Ariel te dijo que quería. ¿Por qué te demoras tanto? Terminará dejándote tirado y se irá con otro tarde o temprano, ¡al menos aprovecha ahora!"

"¡Ariel no es así! ¡Las cosas no son así! ¡Lo amo!"

"¡Entonces hazle el amor!"

Fuera se podía escuchar el sonido de las llaves. Pasos, llaves, más pasos rápidos, el típico ruido de la mochila de su novio al caer contra uno de los sillones.

Hazlo! ¿Lo amas, lo deseas?"

-¡Mad! ¡Mira lo que me compré! Al final fuimos al barrio chino todos juntos, aunque Vlad y Christian no fueron.

"Sal ya de mi cabeza"

"Digo lo que en el fondo sientes y deseas. No te alcanzan los besos, no te alcanzan las caricias. Necesitas más y lo sabes".

-Terminamos comprándonos un montón de cosas. Traje copas de ramen instantáneo, me muero por probarlos. Shen dijo que el rojo es muy picante... ¡Ah! Y también compré ropa. ¡Me encanta la ropa oriental! Aunque la dependienta me confundió con niña y Shen tuvo que salir en mi defensa para que no me den ropa de mujer...

"Quieres besarlo, quieres tocarlo, quieres ver su cuerpo completamente desnudo".

Los pasos de Ariel se adentraron en la cocina. Jean Claude seguía frente al mesón, completamente inmóvil salvo el sonido de su errática respiración.

-Y luego fuimos al McDonald's para ayudar a Sorja y Jesse con... ¡Joder Mad, la leche!

"Sientes ansias de probarlo entero y hacerlo gemir tu nombre"

Pudo escuchar el sonido de la leche quemada al ser arrojada por el fregadero y sentir su aroma. Ariel había abierto el grifo para llenar la lechera con agua y que se pasara el calor aunque eso hizo que un humo denso invadiera la cocina.

-¿Es que quieres hacernos volar por los aires? Diablos, Maddy... A veces eres tan despistado.

La voz de Ariel iba alejándose a medida que se dejaba llevar por las palabras de su otro yo, haciéndole ver que todo lo que él decía era verdad.

"No tienes por qué preocuparte. Me encargaré de todo".

Y entonces todo se puso oscuro.

-Mad, ya te he dicho que prestes más atención...

Un ofuscado Ariel intentaba limpiar la hornalla llena de leche seca quemada que se había caído una vez que ésta levó y rebalsó la lechera. Estaba algo pegada al metal, asique tenía que rasquetear con la esponja de metal para limpiarlo bien. Raspaba y raspaba, quejándose de la imprudencia de su novio cuando éste lo abrazó de golpe y le hizo darse la vuelta.

-¿Mad? ¿Qué tienes?

Su novio estaba extraño. Le miraba de una manera que le dejó helado. Aquél era su Mad pero al mismo tiempo no lo era. Había algo en sus facciones, en sus ojos de diablillo, en esa sonrisa amplia y sugerente. No podía especificarlo correctamente, pero ése Mad era diferente al que conocía. Y lo comprobó cuando le tomó con fuerza entre sus brazos para darle un beso.

Ariel gritó cuando la situación comenzó a irse de control. Estaba asustado, parecía como si Mad no estuviera ahí y en su lugar hubiera aparecido otra persona, alguien brusco, bruto, alguien que intentaba hacerle daño. De golpe en su cabeza apareció la imagen de Bud y sus amigotes encima de él toqueteándole, mirándole de esa forma asquerosa, ahí también estaba Richard, el marido de su madrina, intentando alcanzarle con sus manos musculosas. El chico instintivamente se retorció y puso toda su fuerza en una patada que terminó clavada en el estómago del Bad Mad. Éste se ahogó, soltó algo parecido a un grito y se hizo a un costado al darse cuenta de que el dolor le había sacado el aire. Nunca se hubiera imaginado que el chiquillo pudiera pegar semejantes patadas de rugbier. El dolor era tan intenso que le lloraban los ojos, ni siquiera podía ponerse de pie para ir detrás de Ariel quien, semidesnudo y con los ojos abnegados en lágrimas, se fue corriendo en dirección a su habitación.

Fue entonces cuando Mad despertó por completo, cayendo en la cuenta de lo que había pasado.

-No...

Sólo jadear esa única silaba le produjo un tirón en el estómago. Ariel en verdad le había pegado con mucha fuerza. Necesitó quedarse en el suelo unos instantes hasta que respirar dejase de ser doloroso o cuando tuviera la suficiente fuerza como para levantarse y poder hablar, pero nada de eso ocurrió rápido y entre más tardaba en reponerse peor se sentía. ¿Qué haría si Ariel aprovechaba su estado para irse sin poder explicarle nada? ¿Si lo dejaba? La mera idea instauró el pánico en todo su ser, obligándolo a juntar la fuerza como para levantarse e ir a rastras hasta la habitación de Ariel, esa que él usó cuando aún no dormían juntos. Sujetándose la zona herida con una mano, usó la derecha para golpear.

Nadie respondió.

-Ariel... -su voz era apenas un lamento, pero no tenía tiempo para pensar en ello, no mientras su novio estaba ahí dentro, encerrado y asustado-. Yo... No sé qué decirte, no tengo palabras. No quise asustarte ni hacerte daño, Ariel. De verdad, yo... No sé ni cómo mirarte a la cara pero antes de que hagas nada necesito que me escuches. ¡Por favor!

De nuevo, no hubo respuesta. Del otro lado de la puerta no se oía nada más que el débil sonido del agua proveniente del cuarto de baño. Tal parecía que Ariel estaba dándose una ducha. Al darse cuenta de ello giró el picaporte, dándose cuenta de que, para su sorpresa, la puerta estaba abierta. Aquél cuarto se hallaba completamente a oscuras salvo por la luz que se filtraba por debajo de la puerta del tocador. Todo estaba tal cual lo habían dejado el último día que Ariel utilizó esa habitación. Aunque no era como si nunca la usaran, pues Ariel guardaba casi todas sus cosas ahí. A paso vacilante fue acercándose al baño e intentó abrir, sólo que esa puerta sí que estaba cerrada con seguro. Jean Claude soltó un suspiro y se mantuvo de pie frente a la puerta, rogando porque Ariel le escuchara.

-Sé que no me vas a creer, pero aquél hombre no era yo. Te lo juro, no era yo. Es... Es difícil de explicar, Ariel. Hay mucho de mí que aún no sabes y ésta es una de esas cosas que no sabes. Nunca quise decírtelo, nunca quise decírselo a nadie. Me avergüenza demasiado y temo que la gente me crea loco o me odie. Pero la verdad es que a veces hago cosas y no me doy cuenta de que las hago.

Del otro lado, el ruido del agua cesó. No se oía ni un suspiro, ni un paso. No había señal de que Ariel estuviera haciendo algo peligroso. Así que decidió seguir hablando.

-Cuando era niño, mi padre nos dejaba a Alex y a mí muy solos. Tanto que no sabíamos qué hacer y nos desquitábamos jugándole bromas a las sirvientas o a las novias de nuestro padre. Cada vez que él se enteraba se ponía furioso y, como castigo, nos encerraba en el ático. Los primeros años fue bastante feo y aterrador, no queríamos estar ahí. Pero con el tiempo nos acostumbramos y Alexandra y yo comenzamos a jugar ahí dentro, explorábamos cada rincón de aquél ático y jugábamos con las antigüedades para divertirnos. Aun así, yo... No quedé muy bien -tomó un respiro para continuar, haciéndose a un lado para recostarse contra la pared fría para darse valor-. Me sentía solo, completamente solo. La compañía de Alexandra no me alcanzaba y cuando ella se fue de casa, dejándome solo con mi padre, la cosa empeoró porque él desquitó su enojo conmigo. Odié a mi hermana en aquella época por no llevarme con ella, pero con el tiempo aprendí que nunca habríamos llegado a nada si nos hubiéramos fugado juntos. Ambos éramos sólo unos chiquillos. El caso es que... Que yo... Yo desarrollé algo extraño. Nadie lo sabe, ni siquiera Alexandra. Sólo Macchi. Y temía tanto decírtelo...

Aquél silencio infernal que reinaba en el cuarto lo estaba matando. Se sentía de nuevo en su infancia, sentado frente a su padre en la sala del comedor teniendo que repetir de memoria todo lo que se había visto en la escuela en medio de un silencio sepulcral, sin saber si lo había dejado satisfecho hasta el final, cuando le daba una bofetada por no hacerlo como él quería o simplemente lo mandaba a su cuarto como recompensa por haberlo conseguido.

-Tengo un trastorno de personalidad.

La verdad era que no estaba seguro de eso. Nunca había consultado con un especialista. De niño no porque el Bad Mad le dijo que podían separarlos si alguien lo descubría y ya de más grande porque se dio cuenta de que no era algo normal y que podían enviarlo a un loquero o algo así. Además, sólo él podía ver al Bad Mad así que no tenía de qué preocuparse. Sólo comenzó a sospechar que tenía algo grave cuando supo que ese ser podía apoderarse de su cuerpo mientras dormía o cuando estaba con la moral por los suelos pero, otra vez, como sólo lo hizo una vez para romperle los dibujos a Macchi, nunca creyó necesario ir con un especialista. Pero cuando Macchi lo supo buscó libros relacionados con la esquizofrenia y llegó a la conclusión de que lo que Mad tenía era un trastorno de personalidad. Aunque Mad dudaba seriamente de que eso estuviera siquiera cerca a explicar lo que el Döppellganger era en realidad.

-Nunca le dije nada a nadie y me las arreglé sólo... Bueno, casi. Macchi lo sabe, es el único. El asunto es que nunca se manifestó de esa manera hasta que comencé a crecer. A veces cuando duermo hago cosas y no sé qué las hago, pero el que me ve dice que estoy consciente y parezco otra persona. Cuando estoy muy enojado o deprimido, mi otro yo aparece y se adueña de mí. Pero jamás creí que...

No pudo continuar. No podía decirle que jamás creyó que se atrevería a ponerle las manos encima a Ariel, pues sabía que no era cierto. El Bad Mad se lo había dicho en varias ocasiones que era capaz de hacerlo. Más una parte de él siempre quiso pensar que no, que no era capaz. Y ahí estaba, sólo contra la pared del cuarto de Ariel, sintiéndose al borde del llanto y con un miedo aterrador a que su chico lo abandonara por haberse dejado ganar por las palabras sucias de esa criatura infame en su mente. El Bad Mad se reflejaba en el espejo que estaba junto a la cama dándole de frente, pero mantenía la cabeza gacha.

"Sólo quería ayudarte".

En el baño sólo reinaba el silencio, igual que en el resto del cuarto. Convencido de que todo estaba perdido, Mad se puso de pie e hizo los pasos que lo separaban de la puerta del cuarto como si tuviera plomo en las piernas, sintiendo cada movimiento como una apuñalada en el pecho. Más para su asombro, la puerta del baño de repente perdió el seguro y quedó abierta de par en par. Giró sobre sus talones para encontrarse a Ariel en bata, con el cabello mojado escurriéndole sobre el rostro y los hombros. Sus ojos azules lo contemplaban fijamente pero no podía leer la intención que había detrás de esa mirada, salvo sentir el fuego que emanaba. Un fuego tan potente que reaccionó de inmediato ante las primeras palabras que el joven le dijo.

-Cierra la puerta y siéntate.

Jean Claude obedeció en el acto. Ni bien estuvo sentado sobre la cama, Ariel se paseó frente a él con la mirada fija en el suelo, girando en círculos una y otra vez perdido en sus pensamientos. Mad estaba quieto, inmóvil, casi conteniendo el aliento. Esperaba gritos, llanto, pataletas y que le dejara o amenazara con denunciarlo o algo similar, pero Ariel sólo seguía girando.

-Así que tienes doble personalidad.

-Sí.

-¿Desde cuándo?

-Desde los doce años -respondió, completamente tenso en su improvisado asiento.

Ariel respiró hondo y dejó de moverse, manteniéndose frente a él.

-Me di cuenta enseguida de que aquella persona que me acariciaba no eras tú. Por eso me asusté tanto. No entendía qué era lo que pasaba. Una parte de mí quería seguir y la otra salir corriendo, no supe qué hacer. De golpe... De golpe tuve malos recuerdos y te pateé con todas mis fuerzas. ¿Te duele mucho?

-Un poco... Oye, de verdad lo siento. No tenía control de mí mismo, fue... No puedo explicártelo. Pero yo jamás haría algo que te lastimaría.

-¿Y tú otro yo?

Jean Claude desvió la mirada. El Bad Mad murmuró unas palabras desde el espejo.

-Dice que lo siente, que no quería asustarte. Creyó que te estaba gustando.

El chico dejó oír algo similar a una risa.

-Esa es la excusa que ponen los violadores.

-Lo sé, suena estúpido. Pero es la verdad. Estaba tan... Ofuscado que él se aprovechó de mí. Mi otro yo sólo hace lo que yo no me animo a hacer.

-¿Lo que tú no te...?

-Tocarte -respondió, agachando la mirada-. Acariciarte, verte sin ropa...

-Tener sexo.

-Eso. Creo que en el fondo me puse mal por verte con Vladimir. No es que tuviera celos -se apresuró a agregar, pues no quería que su chico saltara a defender a su amigo y terminasen peleando-. Es sólo que empecé a sentir miedo de que alguien más joven te arrebatara porque yo no avanzaba. Y a la vez me daba miedo avanzar. En realidad fue todo una reverenda estupidez, ¡perdón!

Pudo escuchar como Ariel suspiraba y luego se reía. O al menos, creía que se reía. No podía mirarlo a la cara, sentía las mejillas rojas de pura vergüenza.

-¿Tiene nombre? -la pregunta lo tomó por sorpresa y tuvo que esperar a ver si le estaban diciendo lo que creía que le estaban diciendo-. Tu otro yo.

-Le gusta que le digan Bad Mad.

-¿Lo...? -tardó tres veces más en continuar la frase-. ¿Lo oyes o lo ves?

-Sí. Lo oigo siempre, en mi cabeza. Y a veces lo veo reflejado en el espejo.

-Ah... -se tomó un minuto para pensar en lo que debía decirle y, tras un minuto de silencio, el menor se acercó un poco más a Jean Claude-. No estoy enojado, Mad... No hiciste nada malo, tu otro yo sólo hizo las cosas demasiado rápido y me asustó.

-¿Qué...?

-Pero si me vuelve a poner una mano encima no me vuelven a ver el pelo.

"¡No pienso hacerlo en la vida! ¡Que no se vaya!". Chilló el Döppellganger con una desesperación que jamás le había oído en toda su vida. Mad se limitó a asentir, alzando poco a poco la mirada para encontrarse con su novio. La cara de Ariel era severa, pero sus ojos seguían teniendo ese toque amable que le había enamorado desde el primer día. Estaba de pie frente a él, en bata, tan cerca que podía sentir el aroma a menta de su nuevo acondicionador y ver el agua escurriendo por sus piernas y su cabello, cayendo lentamente.

-Dice que no volverá a hacerlo y te suplica que no te vayas -Jean fue inhalando poco a poco, sintiendo como el temor a que Ariel lo abandonase desaparecía muy despacio de su sistema hasta dejarlo completamente laxo-. Cielo, de verdad lamento haberte ocultado algo tan importante.

Jean Claude Labadie pudo ver como el rostro de Ariel pasaba de ser impasible a convertirse en una mueca conflictuada. Se sujetaba el borde de la bata con manos temblorosas y miraba a un costado, mordiéndose el labio cual si dudara de lo que iba a hacer o decir. A veces Ariel le miraba y eso hacía que el miedo en Mad regresase. Más que miedo, en realidad era ansiedad y preocupación. No podía vislumbrar qué era lo que a Ariel le pasaba ni qué era lo que intentaba decirle cada vez que abría la boca y se quedaba en silencio para volver a cerrarla. Al final, tras unos minutos que para Mad fueron eternos, Ariel se dignó a hablar.

-No puedo enfadarme contigo por haberme ocultado algo, Mad. Todos... Todos tenemos algún secreto que no le hemos dicho a alguien. Yo también tengo secretos. De hecho... Hay algo que también estuve ocultándote. También temía cómo fueras a reaccionar aunque en el fondo sabía que tarde o temprano terminarías sabiéndolo.

Ésta vez fue el arquitecto quien se quedó de piedra, imaginándose lo peor de lo peor. Es decir, su novio sólo podía ocultarle un par de cosas: Le estaba engañando, estaba enfermo, tenía algún problema serio en el trabajo o en la escuela estaban lastimándole otra vez. Consternado ante la idea de que cualquiera de sus presentimientos fueran reales, apretó los puños contra la rodilla y respiró hondo.

-¿De qué estás hablando, cariño?

El jovencito le miró a los ojos. Sin apartar la mirada, fue deshaciendo el nudo de la bata hasta hacerlo desaparecer. Sólo tuvo que mover un poco los hombros para que la tela cayera al suelo dejándolo completamente desnudo ante los ojos azorados de Mad.

-...Guau...

Fue lo único que Ariel logró escucharle decir a Jean Claude. Estaba avergonzado hasta lo más hondo, completamente apenado y no podía alzar la vista del suelo. Podía ver sus propios pies desnudos sobre la alfombra y, más adelante, los mocasines de Mad, perfectamente pulidos como era su costumbre. Tenía la piel de gallina aunque no estaba seguro si era por los nervios o por el frío que sentía al estar desnudo y a medio secar. Ahora que se había desvestido por completo, Mad era capaz de ver toda su anatomía. Esa que había estado escondiendo con tanto recelo. Sus caderas, su cintura pequeña, su pecho plano y lampiño, sus piernas largas y torneadas que eran la envidia de todas sus compañeras de trabajo, sus partes íntimas a medio desarrollar. Todo estaba expuesto. De alguna manera Ariel se las arregló para girar, que lo viera bien. Si esa llegaba a ser la primera y última vez que Mad le veía desnudo, quería que al menos sus ojos le recorriesen entero.

-La razón por la que no te dejaba verme es esta. Mi cuerpo... Mi cuerpo no es como el de los otros chicos -dijo al fin, tras haber soportado un silencio atronador. Mad no dejaba de mirarlo sin decir nada, haciéndole una radiografía con los ojos. Él se ruborizaba, intentaba no verle a la cara pero decidió que para decirle eso lo mejor era verlo de frente-. ¿Lo ves? Soy andrógino. Parezco una chica. Pero no es sólo que "lo parezco", es algo más profundo, hormonal. Tomo pastillas a escondidas todos los días para mantener mis hormonas bajo control.

Mad necesitó unos momentos para recuperarse tras semejante visión.

-¿Y si no las tomas...?

-Me saldrían pechos -ver los ojos de Mad agrandarse lo afectó mucho y minó su valentía. De golpe sentía ganas de taparse y salir corriendo, pero ya que había chocado con el iceberg iba a hundirse con el barco y a aguantar de pie, como todo hombre. Era mejor así, que se supiera todo de una buena vez y no tener que esconder sus medicamentos ni su cuerpo de la persona que quería. Si Mad no lo aceptaba como era, entonces todo lo que habían tenido no hubiera significado nada porque él tomaría sus cosas y se iría. Con el corazón roto, pero que se iba, se iba. Por el otro lado, Jean Claude le contemplaba boquiabierto mientras que la voz de su cabeza le gritaba que espabilara de una buena vez y dijera algo que valiera la pena en vez de quedarse mirando embobado el cuerpo de su novio.

-¿Por qué no me lo dijiste? Bueno, tal vez me hubiera dado cuenta sólo con verte pero de todos modos... -tomó la bata del suelo, usándola para cubrir el cuerpo desnudo de su chico al cual abrazó y besó con candor al entender lo que había pasado por la cabeza de Ariel cuando le ocultó eso-. Tenías miedo de que me disgustara, ¿verdad? -el niño asintió-. Cielo, cómo puedes pensar así. Me gustas como eres desde el primer día en que te vi.

-Pero a ti te gustan los hombres. Estuviste con Macchi. Vi a uno de los chicos con los que salías, uno que sacaste de la discoteca una vez y luego te llamó a los gritos. No me parezco en nada a ninguno de ellos... Creí que cuando me vieras y notaras el parecido de mi cuerpo con la figura de una mujer ya no me querrías -escondió el rostro en su pecho, buscando confort. Se había sentido muy mal al tener que ocultarlo de Mad, casi tan mal como solía sentirse cada vez que tomaba una de sus pastillas y se imaginaba lo que pasaría si se le llegaban a olvidar-. La gente no suele reaccionar bien cuando se entera de la naturaleza de mis genes. No creo que a todos les guste saber que sus parejas tienen genes femeninos y genitalia masculina. Soy hombre, me considero hombre. Pero no todos lo ven así. Para muchos, sólo soy un fenómeno. Un pequeño monstruito que no es ni uno ni otro.

Mad lo acarició con las yemas de los dedos. A él, en su ignorancia, jamás se le había pasado esa posibilidad. Siempre había considerado a Ariel como una belleza andrógina digna de un cuadro renacentista. Creía que su lindura iba de la mano con las delicadas formas de su cuerpo, la suavidad infantiloide de sus rasgos y la lánguida simetría entre el ancho y el largo de sus extremidades. Nunca se le ocurrió pensar que era una especie de... ¿Hermafroditismo? ¿Lío cromosómico-hormonal? Sólo creyó que era andrógino y no le buscó demasiadas vueltas.

"Es algo sorprendente cómo puede llegar a fallar el cuerpo humano". Pensó, pero se autocorrigió al instante. No era una falla. Solamente se trataba de una situación diferente e inesperada que no se imaginó. Algo que iba más allá de su control y, en cierto modo, de su entendimiento. Pero aun así, nada cambiaba; al menos no para él. No pudo evitar sorprenderse al darse cuenta de que no le molestaba en lo más mínimo. Mientras pensaba, sus labios rozaban suavemente la piel blanca y recién lavada de su enamorado, aspirando en el proceso ese aroma inconfundible, cálido y suave que despedía. Se daba cuenta de que para él saber o no el secreto de Ariel no le producía ningún cambio significativo en su forma de verlo o en su relación. No importaban sus genes, sus gónadas, hormonas o lo que fuera. Su chico seguía siendo el mismo y así lo quería. Además, esas calificaciones y etiquetas que usaba la gente para designar a los demás como "algo" o "alguien" eran una pura invención humana hecha para reprimir. Y Mad nunca seguía ni hacía nada que lo reprimiera.

Antes de darse cuenta su boca había hecho un recorrido sobre el rostro de Ariel hasta llegar a sus labios, haciéndose con ellos en un beso lento mientras sentía temblar el cuerpo del modelo entre sus brazos. A pesar de su altura, para él en ese momento Ariel era lo más cercano a un gatito asustado.

-Para mí no cambia nada -le susurró a su novio, que estaba algo agitado.

Ariel pestañeó varias veces, con los ojos como platos.

-¿En serio? ¿No te impresiona?

Mad enarcó las cejas.

-¿Recuerdas quién es mi hermana, cierto? ¿De verdad crees que algo así me impresionaría?

-Pues... No es lo más normal del mundo.

-Y se lo dices a un tipo con voces en la cabeza.

-Uy, cierto -respondió con una mueca antes de soltar una carcajada limpia seguida de un suspiro de alivio. Mad pudo sentir sus músculos relajarse contra su cuerpo-. Qué bien, ya no tengo que ocultarte nada.

-¿Ni apagar la luz cuando nos pongamos mimosos?

-No...- las mejillas se le tiñeron pero sonreía-. Pero podemos bañarnos juntos, ¿eso cuenta?

-Es un comienzo -le dedicó su mejor sonrisa, alejándose lo suficiente para contemplar la humanidad desnuda de su novio con el mayor disimulo que pudo, encontrándolo deliciosamente atractivo-. Perdóname por ocultarte lo de mi otro yo.

-Te perdono -la sonrisa de Ariel le devolvió el alma al cuerpo-. Aunque tendrás que compensarme.

-¿Cómo puedo comenzar?

-Usa la imaginación.

Jean Claude esbozó una sonrisa ladeada. Con sus brazos envolvió su cuerpo y lo acercó a él, pudiendo sentir el calor de su piel mientras lo besaba. Comenzó a besarlo lentamente en un intento por provocarlo mientras sus manos se hacían con la piel del más joven. Ariel respondía con gemiditos, pegándosele más mientras lo abrazaba por el cuello. Mad sentía el pulso acelerándosele de ansías. Era como casi todas sus fantasías: Tenía al objeto de sus deseos suspirando entre sus brazos completamente desnudo cerca de la cama. Temía que fuera un sueño desesperado y terminase despertando completamente solo en el comedor, con Ariel huyendo despavorido de él. La mera idea le hizo gruñir por lo bajo mientras aferraba con fuerza a Ariel, descendiendo hasta el cuello para lamerlo, degustando su piel y empapándose con su perfume.

Lo oía gimotear, podía sentirlo temblar y abrazarse a su cuerpo con fuerza hasta arrugarle la camisa. Su vocecita aguda era como un afrodisíaco que le disparaba la libido.

-Mad... La cama...

No se hizo de rogar. Alzó al chico con ambos brazos y lo recostó en el camastro, usando su boca para probar esa piel que tanto había anhelado. Para su sorpresa, Ariel no se quedó quietecito como lo hubiera esperado, sino que se puso a la carga tratando de quitarle la camisa a la fuerza, tironeando de los botones. Escucharlo jadear cuando al fin, al fin, pudo tocarle el pecho con los dedos lo puso loco. De inmediato se abrió los pantalones, jadeando cual poseso para dejar salir su erección. Fue inevitable el sentirse como un semental al oírle decir que era muy grande con esa carita sorprendida.

"Y es toda tuya". Dijo para sus adentros, relamiéndose gustoso. Comenzó a deslizarse cuesta abajo por la piel de Ariel, besando, mordiendo, lamiendo todo a su paso. Con sus manos acariciaba sus muslos, sus costados, recorría gustoso la suave planicie de su pecho como si buscara moldearlo; la fiera en su interior se erizaba de placer escuchando los sonidos indecentes que abandonaban esa boca enrojecida, deshaciéndose ante el temblor de su cuerpo que se entregaba sin miedo y respondía con una facilidad que le encantaba.

-Mad... Mad...

El fotógrafo jadeó. Su hada se retorcía, excitándose con meros toquecitos de nada al punto de gemir y suspirar. Era tan hermoso. Jean Claude tembló de pies a cabeza cuando lo sintió acariciándole en todo el cuerpo, sujetándose a su espalda como si quisiera sentir el movimiento de sus músculos al respirar. Tuvo cuidado de no ser demasiado brusco cuando se acomodó entre sus muslos blancos, firmes de tanto ejercicio, pero le estaba costando cada vez más el mantener la compostura.

Ariel dio un respingo.

-Dioses...

-¿Tienes miedo? -susurró, rozándole el esternón con los labios. Si le pedía que parara en ese momento se iba a echar a llorar.

-N-no... -la voz le flaqueó, pero logró juntar las piernas haciendo acopio de toda la valentía que poseía y toda la información sobre el sexo que tenía en su mente-. Se siente muy bien -gimió cuando el calor de ambos miembros se juntó, moviéndose hacia esa fuente de calor que tanto placer le daba-. Mucho mejor que cuando me tocaba yo solo.

Mad tuvo que reprimir un quejido escondiendo el rostro en el pecho de su amante. Vaya con su pequeño. Esos movimientos lo habían tomado por sorpresa pro que exquisita sorpresa. Gimió unas cuantas veces, moviendo las caderas él también hacia las de su novio, disfrutando como loco de los roces de sus sexos. Tan bien se sentía que la voz le sonó ronca al hablar.

-¿Te tocabas imaginándolo?

Ariel se desconcentró por la pregunta al punto de dejar de moverse y mirar a su pareja con las cejas arqueadas.

-Desde los trece, como todo el mundo. Es raro que me preguntes eso, Mad... ¿Tú no lo haces?

-Claro que sí -como era muy vergonzoso y se sentía medio idiota por su propia pregunta, decidió salirse por la tangente y darle un giro sexy al asunto-. Pensando en ti, mi amor.

Funcionó, porque Ariel volvió a acariciarle muy meloso, haciendo ruidos placenteros cada vez que sus pieles se tocaban.

-¿Y en qué pensabas...?

-Te imaginaba sólo con medias sobre mi cama -susurró, mordiéndole el labio inferior a la par que le daba un empellón algo más fuerte, extasiado con el chillido que Ariel dejó oír-. Pidiéndome que te haga cosas muy sucias.

-Hum... Sinvergüenza. ¿Q-quieres que te diga algo? -sonriente, excitado y muy juguetón, Ariel apretó un poco más las piernas sobre las caderas de Mad de tal modo que se rozaban más, emitiendo un largo suspiro de gozo mientras acercaba sus labios, enrojecidos de tanto mordérselos, a la oreja de Mad y le susurró-. Tú eres la primer persona por la que me he tocado. Y he tenido sueños húmedos contigo haciéndome cosas malas.

Y eso bastó para liberar a la fiera. Mad jadeó por lo bajo, abrazó fuerte a su novio casi hundiéndolo en la cama y disfrutó del gemido ahogado que escapó de la boca ajena. Cadera con cadera, vientre con vientre, empujó hacia él sin medir la fuerza; fregándose sus sexos en una copia al coito. Ariel gemía debajo de él, podía ver su carita sudorosa, sus ojos entreabiertos brillando en la leve penumbra. Mientras el jovencito lo acariciaba, arañándole cada vez que las embestidas se volvían demasiado fuertes y se empeñaba en seguir el ritmo de sus caderas, Jean Claude hizo de las suyas; lamió la curva de ese cuello níveo, controlando las irrefrenables ganas de morderlo que sentía. Se deshizo de placer acariciando de nuevo sus muslos a los que marcó con los dedos y los sujetó con fuerza para presionarse más fuerte contra Ariel; descendió por la boca en espirales por su pecho y su vientre hasta casi rozar el pubis y volvió a subir, alimentándose de sus gemidos, bebiendo el sudor de su piel mientras gruñía con cada rasguño que Ariel le dejaba en la espalda. Adoraba morderle el vientre despacito y a veces detenía todo movimiento sólo para poder meter la lengua en el agujero del ombligo para luego hacer un camino de saliva hasta los pechos que sus dedos se dedicaban a complacer, encontrándolos suaves y carnosos en su planicie, como los de una chica a medio desarrollar.

Ariel gemía más fuerte con cada atención. Suspiraba su nombre, sólo el suyo, con una necesidad que no se comparaba ni al mejor de sus más obscenos sueños. Su niño Dios gimoteaba por más ovaciones entre sus brazos y se movía contra él como si supiera desde un comienzo lo que tenía que hacer, manoseándolo por todos lados. A la par lo apretaba contra él, buscaba que ambos cuerpos se juntaran cada vez más aunque no pudiera hacer demasiado desde su posición. Trataba de besarlo como un desesperado cuando los labios de Mad se alejaban de su piel lo suficiente como para ir a por ellos mientras sus manos se memorizaban los contornos del cuerpo de Mad.

Sentía el cuerpo entero hervirle mucho más que en la noche del apagón. Más incluso que en sus sueños húmedos. Lo único que podía hacer era sentir y disfrutar sin importarle ni su cuerpo, ni el trabajo, ni la escuela, nada en absoluto. El placer de aquél instante eclipsaba todo a su alrededor. Los dos siguieron moviéndose cada vez más rápido a medida que el deseo los llevaba a más. Se abrazaban con fuerza mientras que los jadeos se mezclaban con los ruidos del colchón e inundaban el cuarto, haciendo eco de la ansiedad y el deseo que los invadía a ambos. Mad sintió que era capaz de morirse feliz cuando vio a Ariel arqueándose y estremeciéndose para él en medio de un gemido extasiado que podría haber provocado a los santos de piedra cuando se corrió. Escucharlo y verlo fue demasiado para él, iba más allá de lo que se hubiera imaginado y de lo que podía soportar. Tanto que no pudo hacer más que seguirlo con un jadeo entrecortado, desplomándose luego del gatillazo de goce que invadió todo su cuerpo y lo dejó lánguido, inerte contra la cama.

-Mad...

Quiso decirle algo, pero no pudo. Con sus años de experiencia y todo, sentía el cuerpo completamente ablandado. Si Machhi estuviera ahí le diría que era una vergüenza que un hombre de su edad desfalleciera tras practicar un poco de "petting", pero había sido increíble. Salvaje y tierno a la vez, ver a Ariel en el momento del orgasmo lo había sacado de sus casillas. Oír su voz hermosa tan ahogada por el placer fue casi celestial.

"Joder, aún tiemblo...".

Podría haber sentido algo herida su hombría aunque más no fuera un poco, teniendo en cuenta que no habían hecho demasiado y había aguantado un tiempo que él consideraba bastante corto , pero le bastaba con rememorar el rostro de su novio hacia tan sólo un instante para sentirse completamente satisfecho consigo mismo. Era el primero en ver esa carita, en hacerle sentir tanto placer y eso lo llenaba de orgullo. Luego de cuatro inhalaciones bien profundas fue capaz de abrir los ojos, esbozándole una tremenda sonrisa de triunfo.

-¿Dime? -la criatura debajo de sí estaba despeinada, ruborizada y bastante cansada. No pudo evitar sonreírle tiernamente y abrazarlo, moviéndose con él pegado a su cuerpo para quedar ambos bien puestos en la cama, Ariel arriba, él abajo, impidiendo que se cayera de la pequeña cama de una plaza en la que retozaban-. ¿Se sintió mejor que tocarte pensando en mí?

El modelo rió de buena gana, acomodándose mejor sobre el pecho de Mad hasta quedar bien acoplado. Y qué tanto. Ni siquiera habían llegado al final y casi se olvidaba de respirar. Todavía le temblaban las piernas. La sensación de unión y goce había superado con creces cualquier experiencia previa. Y lo mejor era que había sido con su novio, que lo aceptaba tal y como era. Así y todo, puso su mejor cara de póker y se hizo el desentendido mientras se estiraba sobre él. Incluso se encogió de hombros como si nada hubiera pasado.

-Ah, no estuvo mal.

Mad arrugó la frente.

-¿No estuvo mal? ¿Sólo eso?

-Bueno, te desempeñabas mejor en mis sueños.

-¿Ah, sí? Por cómo jadeabas hubiera jurado que te había gustado -farfulló, apretujándolo contra su pecho mientras le daba un beso. El sonrojo que cubrió a Ariel le dijo que había dado en el clavo pero ese juego de indiferencia se le hacía muy divertido como para pararlo-. ¿Al menos serias tan amable de darme una puntuación? ¿Estuve como para un seis, un siete...?

-Cinco.

-No jodas. ¿Un puto cinco?

-Pensaba ponerte cuatro -respondió Ariel, con su fingido Aire de superioridad-. Pero te sumé un punto porque usaste mucho la boca.

Ambos rieron a mandíbula batiente, alejados de todo y de todos en su pequeño mundo privado. Se abrazaron para quedar bien juntos y se desearon las buenas noches con un beso disfrutando de esa nueva faceta de su relación. Sin secretos, sin barreras.





Capitulo siguiente: http://mavya.blogspot.com/2012/02/mis-relatos-homoeroticos-cuarto-oscuro.html

2 comentarios:

Conejita BLANCA dijo...

Muy buena historia!
Tratas el tema de una manera que no resulta chocante y lo dice alguien que sale con un tipo 13 años mayor :-)
saludos desde PARAGUAY espero ansiosa el siguiente capitulo.

Anónimo dijo...

Hola Mavya! Me ha encantado tu fic♥, decir que me encanto es poco. Es precioso :3. Una amiga me lo recomendó, me alegro que lo halla hecho. Inmediatamente lo empece a leer, y no pare hasta terminarlo :P lo leí en dos días.

Mad, es un personaje poco común, muy original! Lo adore ♥ y con tu ultimo capitulo, me he quedado obsesionada con Christian y Vlad! Son realmente una OTP hermosa♥

Tenia que dejarte un comentario :) Nos escribimos, espero con ansias el proximo capi. Besos, y saludos

Mari!

I Love... (My stamps)


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