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viernes, 8 de julio de 2011

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veinticinco

Luego de mucho retraso, les doy con cariño el capítulo veintiseís. Y ya se viene el veintisiete, tengánme paciencia.



Exámenes

Jean Claude Labadie, temprano en la mañana, se preparó un café cargado y mascó las galletitas que quedaban en el frasco rojo de la alacena mientras esperaba que Ariel se despertara y cocinara algo apto para el consumo humano. En el ínterin, Mad abrió el portátil, que se había llevado con él a la cocina, revisó en su casilla de correos enviados para asegurarse de que las fotografías que había mandado a las distintas galerías hubieran llegado a destino, así como las que había enviado a Mode. Todas estaban enviadas. De todos modos, esa tarde tendría que asegurarse de enviar unas copias directamente por correo rápido y rogar para que alguna galería considerara sus fotos lo suficientemente buenas para exponerlas. Hasta ahora no había tenido suerte, pero tenía que seguir intentándolo.

Mojó la galleta en el café, se la llevó a la boca y cerró la sesión, la ventana y el portátil, al no tener nada más que hacer. Misha le pidió algo de atención, por lo que se dedicó a mimarla un poco. Miró la hora en el proceso, dándose cuenta de que Ariel no tardaría en bajar. Era miércoles, pleno día de semana. Últimamente los dos se habían dedicado a pasar algo de tiempo junto dentro y fuera de la casa cuando estaban libres, pues a ambos les había tocado mucho trabajo hacía poco tiempo y, sumado a la escuela, las actividades extracurriculares y las obvias visitas a la familia, se quedaban cortos de tiempo para estar juntos. Solía llevarlo a la escuela, irlo a buscar, lo llevaba de nuevo a lo de Masaaru y, mientras el chico esmerilaba y cortaba lonjas de metal o hierro usando una fuerza de la que nunca creyó capaz a un cuerpo tan pequeño, Mad y Macchi se ponían al día con un café. La colección de joyas que Ariel había diseñado estaba guardada en una cajita de madera en el cuarto del menor, pero Jean Claude tenía su propia colección de bijouterie hecha por su novio pura y exclusivamente para él. También iban juntos de compras, momentos en los que Ariel le explicaba cómo reconocer los buenos productos, distinguir los mejores cortes de carne y cómo saber si una fruta o verdura estaba demasiado pasada para ser usada. Hacían las cosas de siempre, para variar.

El problema era que luego de tanta paz en la que ambos estaban aprovechando para pasar tiempo de calidad a solas, aparecieron los exámenes finales de Ariel. Desde que le dieron la fecha de examen, su niño no hacía otra cosa que no fuera estudiar, hacer resúmenes, leer, compartir apuntes con sus amigos y juntarse con ellos casi todos los días para estudiar juntos. A veces incluso los traía a la casa. Él entendía que Ariel debía mantener la beca, que le gustara estudiar y ser un niño aplicado, lo comprendía perfectamente, pero aun así no podía evitar sentirse un poquito solo al verlo más ocupado con sus amigos que con él. Y eso en parte lo enfadaba consigo mismo, al darse cuenta de que estaba sintiendo celos de unos niñitos. Pero por más que lo intentaba, ese miedo a ser desplazado, estaba ahí, agazapado en su interior. No podía sino sentirse como una muy mala persona. "Por Dios, si sólo son los amigos de mi novio", se recriminaba.

Tal y como había pensado, al poco rato Ariel estaba bajando las escaleras a toda velocidad con el uniforme del colegio puesto, el cabello bien peinado y la mochila preparada. Llevaba una bolsa con algo de ropa, su neceser y un par de libros, de hecho, estaba leyendo uno mientras caminaba. Ariel iba a pasar la tarde estudiando con sus amigos, o intentándolo, según le había dicho. Suspiró al pensar en que no lo vería en todo el día otra vez, sintiendo envidia de sus amigos, que podían tenerlo todo para él en la escuela por tantas horas. Decidió dejar eso de lado y hacer entrar a sus mascotas por un rato.

Bonjorno, Mad —lo saludó Ariel con una gran sonrisa en cuanto lo vio en la cocina, yendo de inmediato a hacia él. Le dio un beso y un fuerte abrazo—. Qué raro que te hayas levantado antes que yo en tu día libre.

—No tenía muchas ganas de dormir, cariño. —Dejó pasar a los perros y dejó de lado a la computadora que cerró enseguida para devolverle el abrazo, apretujándolo contra su cuerpo, quizás un poco más fuerte de lo necesario. Le encantaba cuando su novio lo abrazaba de esa manera a pesar de haber dormido juntos. Lo separó apenas lo suficiente como para mirarle a la cara con aire inocente, en un intento por convencerlo de que cocinara a pesar de que sabía que el pequeño aceptaría de todos modos—. ¿Me haces de comer, por favor?

Ariel arrugó la frente.

—¿No comiste nada?

—Sólo las pocas galletas que quedaban.

—Pero Mad, ya te he dicho que el desayuno es muy importante —lo regañó, dándole un zape en la cabeza. Cuando le llamaba la atención siempre hacía eso, por lo que Mad estaba acostumbrado. También solía tirarle del cabello en una especie de muestra de cariño—. Después te sientes mal porque no comes como debes.

—Lo siento, lo siento. Sabes que yo no cocino —dijo riéndose, a la par que se levantaba e iba a tomar unas tazas—. Anda, yo preparo un café con leche para cada uno mientras haces el desayuno. ¿Qué te parece?

—Ok. —Se ató el cabello, se puso el delantal, más por costumbre que por otra cosa, y se puso a cocinar. Tarareando una canción de su patria, Ariel se encargó de hacer un delicioso desayuno con tostados de jamón y queso hechos con pan negro y, además, agregó un par de croissants agridulces. Para variar de los eternos cereales—. ¿Quieres algún bocadillo de nocilla o nutella? —preguntó Ariel al pasar, sacando los tostados del fuego con una mano y, en una muestra de total equilibrio, movía los croissants agridulces con la otra para que no se quemaran—. ¿O exprimo naranjas?

—No, deja eso para media mañana, cielo.

Por otro lado, Jean Claude batía el café sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo. Cómo quería comérselo a besos en ese momento... Pero se contuvo porque estaba cocinando y, de nuevo, volvió a deprimirse porque en su día libre no tenía a su chico con él.

“¿Acaso no tenía suficiente teniendo que compartirlo con Luca? Ya es bastante malo no tenerlo conmigo un sábado por la noche...” Mascullaba en su fuero interno, la única muestra del enojo que sentía era la forma en que estaba batiendo. Ariel se le quedó mirando, dándose cuenta de que había algo extraño en Mad. Mientras cocinaba, no pudo evitar pensar en que apenas si se estaban viendo y eso le hizo sentir tan mal que, tras haber dejado el desayuno preparado, el chico se acercó a Mad sin previo aviso y le dio un pico en los labios, esbozándole esa sonrisa entre inocente y misteriosa que lograba desbaratar todas las neuronas de Jean Claude, dominándolo hasta hacer que la furia interna que rompía con todo cual tsunami se convirtiera en un manso arroyo de agua fresca.

—Perdóname por irme hoy —dijo Ariel de golpe, dejándolo un tanto sorprendido—. Desde que estoy con los estudios no puedo estar contigo tanto como siempre, lo siento. Te juro que haremos algo juntos cuando termine con todo.

Mad se enterneció hasta lo más hondo. No podía resistirse a los ojitos hermosos que le estaba poniendo. Claro que por obvias razones, no iba a admitir delante de él que se sentía algo solitario. No era algo "de machos".

—No te preocupes, cielo. Tú ve, estudia, y haz que me sienta orgulloso. No voy a morirme por eso, ¿cierto?

—¡Pero igual! —se quejó, abrazándolo por el cuello para que sus rostros quedaran más cerca—. Me gusta que hagamos cosas juntos y pasemos tiempo de calidad pero si bajo mi promedio me sacan a patadas de la escuela.

Escondió la cara en el pecho de Mad, abrazándolo en el proceso, y Jean Claude no pudo sino sentir el remordimiento retorciéndosele adentro del pecho hasta hacerlo sentirse el idiota más grande de todos los tiempos. Consciente ahora de que Ariel tampoco estaba del todo contento, decidió reprimir un poco su egoísta sentimiento de soledad y sacó al adulto que llevaba dentro de sí, tranquilizando a Ariel del modo en que lo haría cualquier otro adulto: Le habló dulcemente y con ese porte de hombre maduro, diciéndole que aunque ambos detestaban estar separados era algo necesario. Él tenía que estudiar, ¿o no? Sólo iba a ser por unos días.

A Ariel eso le hizo sentir mejor. De hecho, se emocionó tanto que se le colgó al cuello de un salto y lo abrazó con las piernas, dándole tal beso que Jean Claude sintió el suelo temblarle debajo de las piernas. Las paredes giraron a su alrededor incluso después de que el beso se terminara. Tardó un momento en reaccionar, esbozándole una sonrisa ladeada al tiempo que lo sujetaba por las piernas y se sentaba con él encima en la silla más cercana, cuidando de no tirar al piso nada de lo que estuviera sobre la mesa.

—Eres un niño malo, jugando así con el corazón de un hombre viejo.

—¿Qué? ¿De golpe cumplimos sesenta? —Ariel se rio por lo bajo, presionando un poco más su cuerpo con el de su novio a la par que apoyaba su frente en la de él. La verdad es que a él le encantaba estudiar y le gustaba tener sus propias salidas por separado pero también lo extrañaba con locura y, sabiendo qué tan celoso podía llegar a ser su pareja, no quería que se preocupara ni que se sintiera mal. Saber que a Jean no parecía molestarle tanto como creyó era todo un alivio—. Gracias por entender, Mad.

—Claro que entiendo, amor. No te preocupes, los estudios son lo más importante y te darán un futuro, así que ve y estudia hasta que se te salgan las neuronas por las orejas.

—¿Cómo a ti? —preguntó, riéndose, a lo que Jean Claude respondió con una carcajada.

—¿Ves que sí eres cruel? Te ríes de un pobre hombre con problemas de memoria.

—No, me río de un loco degenerado con problemas de memoria.

Mad se llevó las manos al pecho y la frente, simulando teatralmente que se le rompía el corazón en mil pedazos aunque, por dentro, esas palabras se le clavaron como un cuchillazo a pesar de que Ariel las decía en broma.

—¡Qué cruel desatino puede salir de una boca tan bella! Claro que no soy un degenerado. Sólo soy un hombre necesitado de amor, ya te lo he dicho.

Se esperó más risas, pero esa no fue la respuesta que recibió. Ariel sólo le sonrió de forma misteriosa, se reclinó sobre él y le dio un beso. Uno lento y suave, jugueteó con sus labios muy lentamente logrando que Mad gimiera de puro placer y se dejara hacer, débil y sumiso, ante el contacto con sus labios. Se estremeció por completo cuando Ariel se abrió paso con la lengua, hurgando en su boca con ella para someter a la suya en una danza suave y exquisita.

Lamentablemente para Jean Claude, que se sentía en la gloria sólo con un beso francés, Ariel se separó de él y le presionó la nariz con el dedo índice.

—¿Perdón? ¿Sigues necesitando amor?

—No… —enrojeció al darse cuenta de que se había excitado con tan poco. No supo si Ariel se dio cuenta de ello o no, pero el chico no tardó demasiado en bajarse y tuvo que hacer un esfuerzo sideral para soportar el dolor en la entrepierna mientras el menor hacía desaparecer su desayuno, pensando en cualquier cosa que lograra calmar su entusiasmo.

Ese día Ariel iría al colegio, luego a lo de Macchi, y después a estudiar con sus amigos. Como sus compañeros lo esperaban en la plaza donde siempre se juntaban decidió irse en bicicleta, así que ese día apenas si lo vería cuando regresara a la noche, tras terminar con sus trabajos y los resúmenes. Ariel le había dejado suficiente comida como para arreglárselas por su cuenta tres días, por lo que estaba convencido de que no se moriría de hambre. Terminaron el desayuno charlando sobre temas banales, como los nuevos diseños que Ariel estaba haciendo en la joyería de Macchi, algunas cosas relacionadas con la actuación de la banda de la escuela, y, claro está, Mad habló de los últimos trabajos que había realizado, de su hermana, y demás cosas sin importancia. De las fotos nada dijo, pues no quería que nadie más que él se decepcionase en caso de no ser aceptado. Luego de eso Ariel tomó sus cosas, le dio un beso y emprendió la retirada.

Jean Claude soltó un suspiro al verlo alejarse. Ahora tendría que buscar con qué entretenerse... Claro que, al mirar por la ventana para seguir a su novio con la mirada se encontró con una curiosa escena: Su Ariel estaba siendo seguido muy de cerca por una jauría de cuzcos callejeros que iban detrás de él como si besaran el suelo donde el menor caminaba. ¿De dónde habían salido esos bichos y por qué seguían a su Ariel? Sin entender nada, Mad se volvió a meter dentro de la casa creyendo que alucinaba cosas. Necesitaba dos dedos de vodka.


—¿Tienes nuevos custodios?

Ariel se rio de buena gana, acariciando a uno de sus perros con una mano y sosteniendo la bicicleta con la otra. Mad no lo había visto porque no salió a despedirle a la calle pero, de haberlo hecho, seguramente habría visto a la pequeña jauría de perros callejeros que lo siguió durante todo el camino. Aunque Mad no lo sabía aún, Ariel se dedicaba a curar y alimentar a los pobres cuadrúpedos abandonados y ahora le acompañaban a todas partes, mirándole como si fuera una especie de semidiós. Como en varias ocasiones, estaban todos reunidos en una banca de la plaza esperando a que se acercara el horario de entrar a clases. Les comentó a sus amigos sobre el trabajo que había hecho con los perros y, mientras todos acariciaban a algún perrito o se pasaban las nuevas noticias como qué había pasado con los alumnos castigados de otro curso, la última carta que les llegó de sus padres o algún chiste del colegio, Ariel reparó en que se acercaban unas fechas aterradoras.

—Ya se vienen los exámenes finales. ¿Alguien, además de mí, teme por su vida?

Todos levantaron la mano, soltando un murmullo mientras iban poniéndose de pie para comenzar el camino a la escuela. Sorja pasó saliva.

—Oí que el profe de matemáticas será un asesino en serie.

—Ni me lo menciones —masculló Ariel, recordando la cantidad de fórmulas que debía aprenderse y que el profesor Rodriguez no solía ser bueno con él. Quizás era porque apenas si había logrado conservar el empleo luego del tema con Bud y los baños en construcción que no reportó a los directivos. Lo más probable era que le dedicara a sus exámenes más horas de trabajo minucioso para hallar hasta el error más insignificante—. Tengo la sensación de que no saldré bien parado...
Soltó un suspiro cuando, al mirar en dirección a uno de los perros, se encontró con Vlad mirándolo fijamente, abrazando a Orejas sin preocuparse de llenar su ropa con pelos. El polaco esbozó una sonrisa bonachona y algo ladeada, de ésas que solía dedicarles a las chicas cuando les pedías favores.

—¿Quieres que te enseñe, Ariel?

—Emh...

La forma tan sugerente en la que Vlad había dicho algo que en realidad era normal fue tal que no pudo evitar ruborizarse. No por Vlad, claro. Estaba acostumbrado a las cosas que él hacía o decía, sino por Christian. Entre ellos había surgido una nueva amistad, más fuerte y unida gracias al secreto que guardaban juntos, y no quería que los jugueteos de Vladimir lo arruinaran. Por el rabillo del ojo observó a Chris morderse el labio y apretar los puños de tal modo que creyó que se le cortaría la circulación. Por suerte, Almudena sacó las papas del fuego, como siempre hacía.

—¿No íbamos a hacer una mesa de estudio? Es mejor para hacer resúmenes y así repasamos todos juntos. Hasta podríamos juntarnos en alguno de nuestros pisos o en la biblioteca del barrio.

Se votó a favor por mayoría. Vladimir propuso ir todos a su casa, ya que él compartía un piso con otros dos chicos de curso superior y ellos no solían estar ahí. Los demás, en cambio, vivían todos en los dormitorios que pertenecían a la escuela y no había mucho espacio en ellos para que pudieran juntarse a estudiar, por lo que les pareció una buena idea a todos. Excepto a Ariel. Temía que Vladimir hiciera más tonterías enfrente de Christian así que ir a su casa era inadmisible. No le quedó otra opción que decir...

—¿Por qué no en mi casa? A Mad no le importará.

La idea de estar otra vez en casa de Ariel, frescos por el sistema de aire acondicionado, cómodos, comiendo galletas caseras y disfrutando de los videojuegos luego del estudio, comenzó a ganarse la simpatía de todos sus amigos. Al final votaron por ir a su casa, incluso Vlad, quien dijo que sólo iría si le permitían jugar con Eddie. El problema ahora era fijar el horario.

—Pues tenemos bastante que estudiar. —Giovanna soltó un bufido, metiéndose un chicle dietético a la boca—. No creo que logremos algo juntándonos una vez a la semana.

—Menos teniendo en cuenta que en tres semanas tenemos el primer examen —agregó Shenshen, mirando su agenda—. Y después de ese tenemos tres días para el siguiente. Luego tenemos el de Historia e higiene el mismo día, rendimos una lección oral de Geografía el lunes siguiente y después tenemos otros dos exámenes seguidos.

Sorja se puso lívida.

—¿En serio? ¡Yo ni siquiera comencé a leer!

Acariciando a uno de los perros, Christian comenzó a hacer memoria de todos sus exámenes para recitarlos en voz alta mientras marcaba cada palabra con los dedos.

—Tenemos Biología el lunes, el jueves a la última hora tenemos examen oral y escrito de Lenguaje y Literatura; el viernes tenemos Historia e higiene. El siguiente lunes tenemos lección oral de Geografía, el martes nos dan Física y Química... —Para ese momento se olvidó de cómo seguía la lista y, como siempre que se le pasaba algo por alto, se mordió el labio mirando a Ariel. Este, captando la indirecta, continuó la lista sin repetir y sin soplar.

—El miércoles tenemos el examen de Informática, el jueves el de Lengua extranjera, el viernes nos dan Matemáticas, incluyendo Cálculo y Trigonometría. Y antes de salir debemos dar el examen de Educación física. —Respiró hondo para tomar aire y agregó lo último que faltaba—. En Derecho y contabilidad sólo tenemos que dar un trabajo práctico muy extenso. Es todo.

—¡Por suerte! —exclamaron Giovanna y Almudena a la vez—. Dios, ¿es que quieren matarnos aquí?

—Al menos para Educación física no tendremos que estudiar —suspiró Vladimir. Él no era muy dado a los deportes pero, con tal de no estudiar, bajaba por las cataratas de Iguazú en balsa de madera—. Sólo hay que jugar un partido de fútbol y las chicas uno de vóley. No es tan malo.

Ariel rodó los ojos viendo a Sorja y Shen palidecer. Ninguno de ellos estaba en un club deportivo porque, como ya habían demostrado en otras ocasiones, eran incompatibles con cualquier actividad física. Sorja se golpeaba hasta contra las paredes y tropezaba con cualquier superficie plana y Shen... Bueno, Shirogane no podía ni caminar sin cansarse. Les iba a costar un trozo del alma aprobar la asignatura y en eso, muy a su pesar, no había forma de que pudieran ayudarlos.
Bien, al menos podían estudiar juntos y mejorar en otras materias. Ese mismo día arreglaron cómo estudiar gracias a un cronograma que hizo Christian en tiempo record y decidieron que, a partir de ese día, se juntarían en la casa de Ariel o en la de Vlad a estudiar. Tras ello, huyeron al colegio solo para ser torturados con más lecciones.



Jean Claude salió frustrado de la librería por dos motivos: El primero era que no había tenido noticia alguna de Ricardo, cosa que lo alteraba y deprimía al mismo tiempo. Lo segundo fue el mensaje que le había enviado Ariel:

"Maddy, hoy en la tarde tengo que estudiar con los chicos. Los he invitado a casa por hoy. Besos".

"Diablos" pensó. Ahora no podría besar ni abrazar a Ariel en toda la tarde. Y él que lo único que quería era estar solo con él. Necesitaba tenerlo cerca y abrazarlo para sentirse mejor luego de lo vivido con Ricardo. Aun así, suspiró rendido sabiendo que no podía decirle que no. Después de todo era mejor que estuviera en casa a que anduviera muy tarde por la calle. Respondió con un "Ok" y automáticamente llevó la mano a la bolsa que había comprado en la librería. Ahí dentro reposaba el libro de cocina para principiantes. Últimamente había pensado en aprender a cocinar para agasajar a su chico que siempre le preparaba comidas ricas, mermeladas, conservas y pasteles. Ariel lo mimaba tanto y lo hacía comer tan bien que estaba más enérgico, le brillaba el pelo, su piel estaba bien y había subido de peso hasta verse más compuesto y macizo.

Y más allá él también quería cuidarlo y atenderlo, hacerle cenas. Pero lamentablemente no sabía cocinar nada que no fuera japonés gracias a la madre de Masaaru la cual, al ver que su hijo era un inútil para aprender a usar las sartenes y que tampoco quería hacerlo, se dedicó a enseñarle a quien fue su yerno. Así que tenía que comenzar a practicar con ese libro cuando Ariel no estuviera en casa para que no lo descubriera y pudiera darle la sorpresa.

Misha seguía esperándolo junto al árbol en el que la había atado, moviendo el rabo de emoción al verlo regresar. Sonrió, desatándola, dejándose arrastrar por ella calle abajo en dirección a su casa. ¿Cuánto tiempo tenía para practicar? Más o menos unas cinco horas. Perfecto.



—Bueno... No se ve tan mal.

Según el libro, hacer carne con arroz y cebolla era bastante sencillo. Sólo había que cocinar el arroz, saltear la cebolla cortada y la carne en cubos. El arroz no era tan difícil. Sólo lo hirvió del mismo modo que con el arroz de sushi porque, después de todo, el arroz era sólo arroz y no podía ser tan diferente. Lo dejó veinte minutos en remojo para sacarle el almidón, luego lo puso a hervir otros veinte minutos mientras cortaba la carne en cubos y la echaba a la plancha aceitada con mucha sal. Más tarde peló y cortó las cebollas echándolas en otra sartén aceitada... Pero algo falló en la cocción, pues el arroz quedó demasiado espeso y la cebolla de un color negruzco. La carne lucía bastante bien, seca como a él le gustaba. Sirvió primero el arroz, poniéndole la cebolla y la carne encima. Lucía bien a la vista o al menos medianamente bien, pero ahora había que probarlo. Con el orgullo del trabajo cumplido, Jean Claude alzó la cuchara para darle el visto bueno y se lo llevó a la boca sólo para escupirlo enseguida.

—Esto es asqueroso —gruñó.

El arroz no sabía a nada, la carne estaba tan salada que se te retorcía el alma sólo de probarla y la cebolla estaba quemadísima y dura. En resumen, la comida no era apta para el consumo humano. ¿Cómo podía saber tan mal algo hecho con arroz de primera calidad y carne magra? Era lamentable pero había pasado una hora cocinando veneno y debía de borrar las evidencias. Ahora, con el orgullo herido y el humor por los suelos, comenzó a retirar todo.

Lo bueno fue que pronto tuvo a Ariel en casa con sus amigos. Lamentablemente no pudo abrazarlo y besarlo como quería, pero al menos lo tenía cerca y sabía que en su casa tendrían todo lo que podrían necesitar, por lo que no le molestó tener que conformarse con un simple beso en la mejilla. Además, los chicos se portaban muy bien y le facilitaban las cosas. Lo saludaron con respeto, hablando en un tono bien moderado sobre las cosas que debían comenzar a estudiar mientras que Ariel los hacía pasar a la sala de estar y los ayudaba a acomodarse en la mesa. No sabía si eso lo hacía ponerse mejor o peor por la forma de actuar de los chicos, quienes se sentaban muy dedicados a sacar los apuntes de la facultad mientras que Ariel iba a la cocina a preparar algo para merendar durante el estudio. Fue detrás de su novio, observándolo muy alegre y contento mientras sacaba galletitas del frasco, sirviéndolas en un cuenco para llevársela a los chicos junto con unos vasos de jugo fresco. Al verlo canturrear algo en italiano no resistió la tentación de ir tras ir abrazarlo fuerte, pegándolo contra su pecho en un rápido movimiento. Estaba tan decepcionado consigo mismo por no poder hacerle una cena decente a su chico y, al mismo tiempo, un tanto irritado por no poder estar a solas con él. Ariel dio un respingo al sentirlo, sorprendiéndose de que se atreviera a acercársele tanto estando sus amigos cerca.

—Dioses Mad, me asustaste —suspiró, haciendo la jarra de jugo a un lado para dar la media vuelta y enfrentar a su chico—. ¿Qué pasa? Si te molestan los chicos te prometo que no haremos escándalo.

—No pasa nada —mintió de forma corta y concisa, apretándolo un poco más. El modelo pensó en que le recordaba a su hermano cuando era más pequeño, encaprichándose con alguna cosa. Sacudió la cabeza a los lados y sonrió, acariciando las manos que lo estaban abrazando en un gesto que logró calmar un poco a Mad—. Te extrañé.

—Tonto, sólo fui a la escuela. Y suéltame ya, que se supone que nadie debe saber. —Mas Jean no se soltó, sino que lo abrazó más fuerte—. ¿Mad?

—Dame un beso. No me harás caso en todo el día así que al menos dame uno.

El gesto de Mad era tan infantil que Ariel no pudo evitar reírse en su fuero interno. Ese lado de su novio le daba tanta ternura que dejó todo de lado para tomar a Mad de las mejillas, acercarlo, y darle un buen beso. Lento, fogoso, de esos que los dejaban enzarzados y casi sin aliento. Acto seguido, se separó de él con un pico y le sonrió.

—¿Conforme?

—Mucho —respondió, soltándolo poco a poco. Diablos, no quería dejarlo ir pero había testigos y Ariel tenía que estudiar—. Ahora puedo estar tranquilo.

—Bien, pero no te acostumbres que estas semanas van a estar muy complicadas con los exámenes. Súmale los ensayos de la banda y mi trabajo en la joyería... Pero te compensaré —agregó al ver la cara triste y resignada de Mad, entre tanto le acariciaba las manos—. Lo prometo.

Por más que no le gustara, tenía que aceptarlo. No podía dejar que Ariel fallara en sus estudios por su deseo egoísta de monopolizarlo. Por eso soltó un largo suspiro, sonrió, y le dijo que estaba bien.

—Mientras ustedes estudian yo me quedo aquí y reviso unas cosas en la portátil o leo el diario, ¿qué te parece?

—¡Hecho! Ahora mejor les llevo esto —dijo tomando la charola con jugo y galletas—. Que vinimos caminando y andamos todos cansados.

—Bien. Estudia mucho o harás que me arrepienta.

—Claro que sí. Sacaré las mejores notas y luego me tendrás que dar un premio.

—¿Ah sí? —enarcó una ceja, alejándose un poco al escuchar ruidos cerca de la cocina. El chico aprovechó ese momento para terminar de acomodar las cosas en la charola y se volteó con ella en manos, sonriendo de forma pícara—. ¿Qué clase de premio?

La misteriosa respuesta de Ariel fue un "Ya veremos" muy insinuante y sugerente, antes de irse con la charola en la mano caminando bien derechito y a paso ligero, arrancándole suspiros a su novio. Quizás esta temporada de exámenes no fuera tan terrible. Si bien no le gustó demasiado sentirse en un mundo completamente aparte mientras que Ariel estudiaba y hacía resúmenes con sus amigos bebiendo jugo y comiendo galletitas, . No podía evitar sonreír y compararlos con él mismo y su pequeño grupo con el que aún estaba en contacto casi a diario. el broche de oro se lo llevó la airosa actitud de ese jovencito rubio que se la pasaba abrazando a su novio, diciéndole que era su musa inspiradora, acercándosele de forma demasiado cariñosa mientras que le pedía que le explicara algo. Estar sentado en la mesa de la cocina en el ángulo perfecto para poder ver toda la escena detrás del periódico y sus anteojos de lectura que usaba sólo cuando se acordaba podía llegar a ser sumamente molesto cuando lo que veías era a tu novio siendo sobado por uno de sus amigos. Pero teniendo en cuenta que Ariel lo ignoraba olímpicamente y que sólo eran unos niños, Jean Claude decidió hacer lo propio y concentrarse en la lectura . Además, en cierto modo era agradable e inspirador ver a esos chicos divirtiéndose y estudiando. Teniendo en cuenta lo locos que estaban los chicos de hoy en día, verlos comportarse de manera tan inocente era un encanto. Lo que Mad no sabía era que Ariel estaba acostumbrado a esa manera de ser de Vlad, que el chico no estaba tirándole los tejos ni por asomo y que, en el fondo, Ariel estaba sintiéndose incómodo porque no podía evitar ver la vena del cuello de Christian hincharse cada vez que Vladimir lo abrazaba en plan cariñoso y le decía que era "una cosita abrazable y tierna".

—Vlad, deja ya de joder con esas cursilerías y ponte serio con el estudio, ¿quieres? —suspiró el más joven del grupo, intentando por vigésimo tercera vez leer y comprender los ejercicios de matemáticas—. Quiero tratar de aprenderme esto y seguir luego con los resúmenes de ciencias naturales... ¿Podría alguien explicarme para qué mierda tenemos que aprender cálculos combinados?

—Pues para romper los huevos, Ariel —dijo Shen, luchando por entender la explicación de Sorja—. Es lo mismo que la hipotenusa o los números negativos. No sirven para nada una vez que rindes el examen.

Hell yeah —Christian, quien era el encargado de hacer la hoja con los cálculos básicos para el examen algo más simplificados, terminó con su labor y se los pasó a Giovanna para que ella los copiara—. Pero no es tan difícil en realidad. Es cuestión de práctica.

Ariel puso los ojos en blanco.

—Para ti es fácil decirlo, adoras los números.

—Oye, el chico con una cámara fotográfica en la cabeza no me puede decir nada —este frunció el ceño y Chris, tratando de contener el creciente enfado en su interior masticando con fiereza una galleta, se recordó a sí mismo que no tenía que pagarla con Ariel y suavizó el tono cuando volvió a hablar—. Pero entiendo que te cueste tanto si no te gusta. Ven, siéntate a mi lado así te explico las fórmulas.

Podría llegar a ser un perfeccionista irritante, pero no podía resistir ese complejo de hermano mayor sobreprotector que le agarraba cada vez que Ariel le ponía esos ojitos tiernos y le sonreía agradecido por sus explicaciones. Todos juntaron las cabezas, pasándose las formulas mientras se explicaban entre ellos en qué consistían los temas del examen de matemáticas, cómo resolverlo, y Christian les daba una serie de ejercicios para practicar en ese momento y en la noche. Según él, si no practicaban un poco todos los días se perderían en el examen aunque tuvieran las fórmulas. Ariel hacía los ejercicios, comprendiendo con mucho esfuerzo lo que su compañero le explicaba, pero la verdad era que prefería las clases de Jean Claude. Él sí que le explicaba de forma sencilla y fácil ese amasijo de números exactos que, para él, eran sólo un montón de rayitas con formas combinadas unidas nada más que por signos hasta crear una enorme cadena incomprensible que llenaba sus hojas de apuntes.

Tanto Ariel como Mad suspiraron de forma imperceptible. Ariel porque estaba convencido de que el período de exámenes iba a ser una tortura. Mad porque no podía evitar sentirse un tanto solo.



Los días pasaban y Ariel pasaba poco tiempo en casa. Cuando Ariel estaba con Mad, éste se la pasaba leyendo o haciendo alguna que otra tarea. A veces tenía trabajo, a veces estudiaba o se quedaba en lo de Macchi practicando con las joyas. Y aunque Ariel no se olvidaba de hacerle de comer y acomodar la casa, la verdad era que Mad se sentía abandonado. Lo extrañaba a muerte cuando no lo tenía cerca, peguntándose qué haría, dónde estaría, deseando con toda su alma oír su voz y abrazarlo contra sí. ¿Por qué siempre tenía que irse? Se preguntaba cada vez que lo veía partir con esa sonrisa adornándole la cara, dejándolo completamente solo y desamparado en casa con los muebles riéndosele a la cara.

A veces se temía que Ariel ya no lo quisiera o que no lo necesitara más. ¿Y qué haría él cuando eso pasara? Se preguntaba, en medio de un infantil ataque de pánico por perderlo. Porque Ariel era el amor de su vida, su todo, y no sabía que haría si se iba de su lado. Temblaba sólo de pensarlo cada vez que lo veía cruzar la puerta para irse. Luego se serenaba, recapacitaba seriamente como el adulto que supuestamente era, y le daban ganas de reírse de sí mismo por ser tan idiota. Si seguía así iba a convertirse en un hombre odioso y celoso, nunca se había dado cuenta de lo infantil y pegajoso que podía llegar a ser. Se reprendía mentalmente, sacudiendo la cabeza, y se ponía a hacer alguna cosa mientras pensaba en que era bastante tonto. Ariel lo amaba. Y si algún día pasaba algo como eso, ya vería qué hacer en su momento. Al mismo tiempo que todas estas cuestiones se mezclaban en su cabeza, Mad mordía su propia lengua para no hacerle saber nada a Ariel de lo que sería. Si el chico le preguntaba qué le pasaba, porque lo veía alicaído, Mad sólo respondía que estaba triste porque había perdido su reloj favorito mientras rogaba porque se lo creyera.

Faltaban dos días para el primer examen. Era viernes en la tarde y Ariel se quedaría en casa de su primo luego de haber estudiado con los amigos. Jean Claude miraba sus aposentos y se sentía como si todos y cada uno de los objetos de la casa le echaran en cara la soledad que experimentaba en esos momentos. Una soledad injustificada que lo hacía sentirse un imbécil, porque no era como si Ariel se hubiera ido a Beirut sino que estaba a unos kilómetros de distancia. Era tanto el cúmulo de cosas y emociones que se le formaban dentro, acompañados por su voz interna que no dejaba de darle lata, que no lo aguantó y decidió salir a despejarse. Tomó sus llaves, la billetera, se aseguró de que los perros tuvieran agua y comida y luego se miró al espejo para ver si estaba presentable.

Como si los dioses estuvieran a su favor, sonó su teléfono. Casi corrió para atenderlo, logrando perturbar el descanso del regordete Mozart quien lo miró con los ojos muy abiertos y las orejas alzadas en busca de alguna amenaza, cosa que Mad ignoró.

—¿Diga?

Del otro lado lo recibió una risita femenina.

—Hola querido y desaliñado Mad. ¿Qué tal estas?

—Marixa —sonrió al pronunciar su nombre. De fondo podían escucharse unas voces discutiendo. Seguramente eran el novio y la novia de Marixa, que siempre andaban peleando por algo—. Problemas en el paraíso por lo que puedo oír.

—Oh, no es nada grave. Sólo una pequeña e insignificante discusión sobre si elegir un gato o un perro. Borja quiere un Gato y Samira quiere un perro. Yo no quiero ninguno pero si ellos son felices, pues que lo traigan.

—Sé lo que sientes —murmuró, mirando a Mozart desde donde estaba. No le gustaban los gatos, pero podía soportar a ese pequeño felino por su novio—. En fin, querida. Discusiones aparte, ¿qué se te ofrece?

—Quería pedirte que vinieras de compras conmigo. —Bajó la voz en tono confidente—. La verdad es que quiero comprarle un regalo a mi novio por el cumpleaños y como tú eres hombre y tienes la misma talla...

—Ah, ya. Entiendo. ¿Pero Samira no cumple años también?

—Sí, pero lo suyo es más sencillo. Ay, Mad. Dime, ¿qué posibilidades existen de tener un novio y una novia y que ambos cumplan años el mismo día?

Mad se rio. La posibilidad era de uno en un millón.

—Muy pocas, pero convengamos que tú eres la excepción a todas las reglas. En fin, ¿quieres salir ahora? —inquirió, ya pensando en ir a buscarla—. Estoy libre y sin nada que hacer. Puedes monopolizarme por hoy.

La mujer del otro lado del tubo pareció pensarlo un momento antes de contestar.

—De acuerdo. Vamos.

Tras eso, colgó el teléfono y se preparó para salir.




—¿Seguro que esto es un buen motivo para no estudiar? —preguntó Christian por cuarta vez a pesar de las fieras miradas de Sorja y Giovanna le chitaban para que se callase.

—Ay, calla —dijo Shenshen, dándole un zape en el hombro a su compañero—. ¿Qué te parece esto, Ariel?

El jovencito miró la vidriera de nuevo, indeciso. En ese preciso momento se hallaba en una cara relojería buscando un buen reloj para Mad y sacrificando valiosas horas de estudio. ¿Por qué? Porque últimamente no estaba en casa y el poco tiempo que pasaba ahí veía a Mad quejándose de que se le había perdido su reloj favorito y que los demás no le andaban bien. Por eso estaba buscando un buen reemplazo para regalárselo. El problema era que no se decidía.

—No sé... No lo imagino con uno tan aparatoso y parece pesado.

El encargado miró al grupito de adolescentes con mala cara. No le gustaba tener a esos chiquillos allí. Se acercó a ellos para pedirles amablemente que se retiraran o compraran y cual no fue su sorpresa al ver dos cosas: Primero, tenían el uniforme del colegio más caro de la ciudad. Y, segundo, el chiquillo de cabello largo era idéntico al que modelaba en uno de los posters y fotos que decoraban la pared cercana al mostrador. Como un idiota, se quedó mirando al póster y al muchacho tratando de encontrar una diferencia significativa entre ellos hasta que el chico alzó la vista y le hizo un gesto.

—Disculpe... ¿Cree que pudiera ayudarme a conseguir el reloj apropiado?

El hombre de color, alto y un tanto fornido, que se dedicaba a atender a la clientela embutido en un Armani carísimo, pestañeó un par de veces antes de esbozar la típica sonrisa falsa de todo buen vendedor.

—¿Qué busca, señor? —Quiso saber, mostrándole los relojes del mostrador de vidrio, retirando unos cuantos de otro estante en una preciosa caja recubierta en gomaespuma. También puso otros individuales en su propia cajita—. ¿Es para usted o un regalo?

—Es para alguien especial, pero no logro encontrar el adecuado.

—Los relojes son algo muy personal, como las joyas o la ropa —explicó suavemente, sonriéndole al jovencito. Ya no sentía tantas ganas de echarlo—. ¿Cómo es la persona en cuestión?

Sorja se rio.

—Mayor. ¿Eso cuenta?

—¡Sorja! —masculló por lo bajo el muchacho y se volvió hacia el vendedor—. ¿Cómo se llama usted, señor?

—Elijah.

—Bien, Elijah... La persona es un tanto despistada —dijo con una sonrisa dulce y alegre—. Así que en verdad lo necesita. Es alguien muy pendiente de cómo viste, pero no es narcisista. Trabaja mucho, pero también le gusta relajarse y hacer actividad física. Es muy alegre, vivaracho...

—Creo que tengo el indicado —Elijah le hizo un gesto para que le esperase mientras revisaba con la mirada el escaparate de la izquierda, rebuscando hasta encontrar un reloj que le pareció apropiado. Sonriente por el hallazgo, dejó el pequeño reloj en su caja de celofán y la puso sobre el mostrador—. Aquí ésta. ¿Qué le parece?

Ariel tomó el reloj y lo miró, tratando de imaginarse a Mad con eso puesto. La imagen le gustó y más al saber que ese regalo era suyo y que lo llevaría consigo todo el tiempo. Estaba decidido.

—Me lo llevo —exclamó sonriendo, triunfante por el hallazgo. Ese era, no había duda.

Feliz, pagó la abultada cuenta de su reloj y, mientras hablaba contento con sus amigos quienes lo felicitaban por su compra, pidió que lo envolvieran para regalo. Antes de irse, Elijah lo detuvo.

—Disculpe, joven. ¿Puedo pedirle un favor?

Ariel se volteó con el paquete en las manos. Se había puesto a hablar con sus amigos sobre lo feliz que estaba con el reloj y el pedido lo hizo girarse curiosamente. Elijah se sintió muy avergonzado cuando le extendió uno de los posters promocionales de los relojes que siempre tenían a mano para cambiarlos constantemente. Ariel se reconoció a sí mismo en él, vistiendo un traje oscuro de marca y promocionando el reloj. Se rio por lo bajo, dándose cuenta de lo que pasaba cuando Elijah le pasó un bolígrafo.

Firmó rápidamente el poster y le dedicó su sonrisa más bonachona antes de irse. Seguramente Mad estaría muy feliz con su regalo.




—¿Qué te parecen estas chaquetas?

Marixa parecía muy emocionada. Lo había arrastrado a varias tiendas de ropa de todo el centro y Mad había tenido que probarse camisetas, pantalones, playeras, trajes completos, calzado. Quería regalarle a su novio algo personal, único o, al menos, diferente pero que pudiera usar todos los días. Y nada la conformaba. Mas Jean Claude era un caballero y no se quejaba, a pesar de estar cansándose de toda esa pantomima de ir, venir, probarse y sacarse montones de cosas que no eran aprobadas. Ahora su amiga le estaba mostrando una chaqueta de cuero negro acharolado y otra de jean quemado, ambas en un diseño original, suaves al tacto y según la dependienta, únicas en el mercado.

—¿Por qué no compras las dos? Están bonitas, puedes pagarlas y, bueno, como ves sientan de maravilla —le dijo luego de habérselos probado.

—¿Crees que le gustaran?

—¿Bromeas? —preguntó, pestañeando de manera inocente aunque la verdad era que quería acabar con la tortura—. ¡Le van a encantar! ¿Es que no confías en mí...?

—De acuerdo, confiaré en ti. Me llevo ambas.

Marixa pagó, conforme con su compra, mientras que Jean Claude se alegraba de que todo hubiera terminado. Sin embargo, cuando la mujer recibió su compra con la respectiva factura de la misma, disponiéndose a emprender el camino de regreso, lo bombardeó.

—¿Estás saliendo con alguien, verdad?

—¿Cómo lo...?

Marixa le sonrió, aprovechando que Mad le sostenía la puerta para poder salir del local.

—Macchi me lo contó. Parecía algo celoso, diciendo cosas como que tu nuevo novio nunca te va a hacer tan feliz como él lo hizo y que seguramente no te satisfacería tanto, pero que era una buena persona y lo aprobaba. Así que me preguntaba cómo sería ese chico y por qué diablos no me lo has dicho.

Pudo sentir el leve tono acusatorio pero alegre de la muchacha. No le sorprendía mucho, después de todo era él quien había hecho mal al no decirle a su mejor amiga de la infancia, pero es que temía tanto a su reacción, a perderla como aparentemente había perdido a Ricardo, que no se había atrevido. Soltó un largo suspiro mientras cargaba las bolsas de la dama.

—Sí, lo siento. Aún estamos algo verdes y me da cosa decirlo. —Una mentira blanca más no iba a matar a nadie—. Pero es verdad, estoy saliendo con alguien.

—¿Y cómo es él?

—Pues... —Por más que lo intentó, no pudo evitar sonreír—. Es dulce y amable. Un chico maduro y autosuficiente que siempre está preocupándose por mí y me da de comer muy bien. Es mimoso, tierno y aunque a veces tiene momentos de inseguridad... Siempre me sonríe y se esfuerza en todo. —Y ahí estaba, su sonrisa se ampliaba cada vez más hasta hacer una mueca de tonto enamorado.

—Parece que lo quieres, ¿eh?

—Mucho. Tanto que me asusta.

—Es bueno saberlo —Mad se volvió a mirarla con los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas, consiguiendo que se riera—. Es que, verás, luego de lo de Macchi y Josh dejaste de confiar en la gente. Tú no te dabas cuenta, pero hacías lo imposible por no enamorarte y al mismo tiempo odiabas estar solo.

—¿En serio?

—Oh sí. —Asintió la muchacha, haciendo un gesto para indicarle que quería entrar en una confitería de ahí cerca. Ansioso por oírla, él asintió y se dejó arrastrar—. Se te notaba en la cara. Sonreías, pero parecía que lo hacías sin ganas y lucías muy demacrado. ¡Ahora parece como si brillaras! Ah —suspiró ella, entrando a la confitería y tomando una mesa doble junto a la ventana—. Qué tierno es el amor.

—Lo dice la que tiene dos parejas.

—Uno de cada —sentenció, orgullosa.

Ambos se sentaron en la pequeña cafetería de aire irlandés, acomodando sus cuerpos y las bolsas en el pobre espacio. Marixa aseguró que valía la pena, que el mejor café se hacía allí y que los aperitivos eran riquísimos. Tras haberlo conseguido, se les acercó un camarero entregándoles la carta y preguntando por su orden. Marixa ni miró la carta.

—Yo sólo quiero té de limón y dumplings de durazno y coco.

—Eh... Quiero un café cortado con canela y unos crossaints.

—Marchando.

Y el camarero se fue. Ella, como si no hubiera habido ninguna interrupción, decidió continuar con la charla anterior en donde se habían quedado.

—De veras lo quieres, ¿eh?

Y Mad, sabiendo que no podría esquivar la bala, decido poner el cadáver sobre la mesa.

—Sí, me trae loco. No sé qué haría si lo perdiera. Sé que suena tonto y... Bastante patético a decir verdad —agregó, soltando un suspiro. Justo entonces, el camarero les trajo su pedido—. Gracias. Pero, ¿sabes Marixa? Lo necesito de tal manera que no puedo soportarlo. Nunca quise tanto a nadie, todo lo que hago confluye en él.

—¿Estas tan feliz que te asusta? ¿Tienes miedo de perderlo? ¿Te da celos cuando no te presta atención y cada vez que hace algo lindo para ti te enternece hasta lo más hondo? —Jean Claude asintió en silencio, tomando su café—. ¡Lo sabía! ¡Estás hasta las manos!

—Gracias por recordármelo.

—Entonces, ¿qué te ocurre? Estás feliz, pero luces triste. ¿Él no te demuestra que te quiere?

Antes de responder, y mientras ambos mordisqueaban su comida, tuvo que pensarlo.

—No me lo dice con palabras muy a menudo, pero sí me quiere. Duerme abrazado a mí, me cocina, me cuenta todo lo que hace en el día, me pregunta sobre mi trabajo para aprender. Sí, me quiere. Me siento querido.

—¿Entonces? —preguntó ella, terminándose su postre.

Jean Claude no supo qué responder. Él mismo no lo comprendía bien. ¿Por qué sentía esa angustia cada vez que lo veía irse? ¿Por qué sentía que lo abandonaba cuando estaba con sus amigos? De golpe recordó algo.

—Oye, Marixa...

—¿Mmh? —La joven alzó la vista de su té, que degustaba con total deleite, limpiándose los labios humedecidos con una servilleta—. ¿Qué?

—Borja es menor que tú y que Samira, ¿no?

—Sí, seis años. ¿Por?

—¿No te molesta? ¿No hay momentos en los que te sientes mal por ello o... no sé, desplazada?

—Se bebió de golpe el resto de café que le quedaba en la taza. El miedo palpitaba dentro de sí como un parásito devorador.

Marixa se le quedo mirando en silencio, escrutándole con los ojos como si quisiera ver a través de él y estuviera consiguiéndolo con éxito. Ella era una mujer muy perceptiva, como Alex, sólo que su amiga solía saber y entender más de lo que demostraba. Mad no sabía si se debía a que leía las cartas o a que su abuela era algo bruja y le había pasado ciertas habilidades, el caso era que Marixa, a pesar de su carácter alegre y despreocupado, siempre le decía a uno lo que quería saber aunque fuera con algunas vueltas. Quizás por eso pudiera manejar a sus dos parejas. Ella juntó las manos, entrelazo los dedos, y cerró los ojos

—Es verdad que la diferencia de edad es un problema. Uno a veces siente miedo de que el otro crezca y nos olvide, que prefiera irse con gente de su edad o se enamoré de alguien más joven. Pero para eso no hay solución alguna. —Jean Claude se sintió devastado—. Lo único que se puede hacer es vivir el momento, concentrarse en lo que ambos hacen juntos y de vez en cuando tengan vidas separadas para no agobiarse mutuamente. Si reprimes a tu chico o intentas formas parte de su círculo a la fuerza no vas a lograr nada. —Abrió entonces los ojos, sonriéndole con cariño—. Si algún día te dejan o tú lo dejas es porque ya no se siente lo mismo y así debe ser. Mientras tanto, sólo preocúpate por ser feliz y hacerle saber que lo quieres.

Esa era, a decir verdad, una muy buena respuesta. Se oía simple, muy simple, casi hasta fácil de cumplir. Pero el miedo estaba ahí aún, palpitando más y más ante la ausencia de su amado. Casi no estaban juntos, ¿cómo iba a estar bien con eso? Justo como si algún ser superior estuviera en su contra, su celular sonó.

"Maddy, hay problemas con el autobús. Parece que no va a arrancar, el próximo va a venir muy tarde y está poniéndose algo feo. Me quedaré a dormir en el piso de los chicos porque dudo conseguir otro bus y aquí no hay taxis, ¿sí? Te quiero."

Sólo al leer eso, Mad dejó caer un suspiro. Y él que lo habría esperado en casa hasta que despuntara el sol de ser necesario. Supuso que no había nada que hacer y dejarlo pasar. No era como si Ariel no quisiera estar con él o hubiera planeado todo adrede. Era mejor que se quedara con los amigos a que viniera solo de noche, con las calles tan inseguras como lo eran. A pesar de eso, no pudo evitar quejarse un poquito.

—¿Ya ves? Casi no estamos juntos.

—Bueno, no pensarás que deje sus estudios o su trabajo, ¿verdad? Él va a necesitar de eso para vivir.

Asintió, cerrando la tapa de su celular. No podía dejar que su niño abandonara los estudios y sus sueños por él. Tal vez era hora de salir un poco... Marixa se ofreció a leerle las cartas cuando llegase a casa al momento en que su teléfono volvió a sonar. Era de Macchi.

"¡¡Estoy n Zero a punto de bailar en el caño!! ¿Viens?"

Ya sin escuchar a Marixa, Jean Claude pensó que en casa no le esperaba nadie salvo sus perros, que por suerte tenian comida y bebida de sobra. Lo más factible era que Ariel no regresase esa noche a casa, pues él conocía la zona por donde sus amigos vivían y a esa hora no había ni un alma por las calles. Mucho menos un autobús o un taxi. Así que, tras mucho pensarlo y repasar los pro y los contra, el pulso no le tembló cuando tecleó el "Sí".



Zero era una disco reciente, casi un antro. No era tan grande e imponente como Éxodo pero tenía lo suyo. Al ingresar te topabas con una tosca caja/barra/guardarropa multifunción atendida por mujeres, junto a la cual había una escalera que iba a un pequeño piso con minibar al que no iba demasiada gente. En el pasillo que iba desde la primera caja hasta la única pista de baile, se hallaba a la izquierda la típica zona de descanso con sillones y mesas. Más adelante, por la misma mano, había otra barra dedicada a preparar tragos justo en frente de los baños y, un poco más adelante, la pista de baile abarrotada de gente con un escenario y una tarima bastante larga con su correspondiente caño de baile.

Había llegado temprano, en esas horas en las que pasan pop insulso y todos se juntan en grupillos en esquinas o en el bar a tomar algo hasta que comenzaba a ponerse bueno. Jean se pasó ese rato en un sillón, bebiendo tragos con Macchi, quien le aconsejaba beber y beber para olvidar las penas, siempre que lo cuidara de no cometer ningún traspiés. Ahora, apoyado en la pared con un Satanás en las manos, la disco estaba que explotaba: Música a todo volumen, cuerpos chocando y contoneándose hasta hacer temblar el suelo, luces, humo de cigarrillo y dos tipos delgados trepados en la tarima haciendo un buen uso del tubo de la tarima. Macchi se había perdido entre el montón de gente, meneando las caderas al compás de un tema de Madonna entre dos tíos moviéndose como si protagonizaran un menáge à trois en público.

En otras épocas le hubiera parecido divertido. Habría bailado, habría intentado conquistarse a algún chico bonito o a un semental, pero lo único que hacía era beber en un rincón. No se sentía a gusto, sino más bien le carcomía un leve sentimiento de estar cometiendo una falta terrible y por eso era que bebía, aunque sólo conseguía sentirse peor.

—¿Bailas?

Alzó la vista tras pasar el amargo líquido rojo que era el Satanás. Frente a él había un joven delgado pero bien formado, de hombros anchos y piel oscura. Sus cejas pobladas y su cabello eran de ébano, unas pestañas cortas decoraban un buen par de ojos color miel en medio de su cara ovalada. Su nariz era quizás un poco grande, pero se compensaba con una boca tierna y una sonrisa con hoyuelos algo imperfecta pero bonita. Vestía pantalones vaqueros al cuerpo una camisa roja bien llamativa. En otros tiempos se le hubiera insinuado para llevarlo al catre pero la verdad era que no le apetecía.

Apostaba a que su piel no era tan suave como la de su novio y, seguramente, el placer no le dejaba la misma bruma en la mirada que en los ojos de Ariel.

—Te lo agradezco, pero no.

—Oh, vamos. ¿No vas a quedarte aquí solo, verdad?

—Pues... —Ganas no tenía de bailar. En realidad no tenía deseos de hacer nada más que beber e irse—. En realidad tengo novio.

— ¿Y está aquí? —inquirió el muchacho sin dejarse amedrentar. Mad meneó la cabeza.

—No. No le gusta bailar.

La verdad era que no estaba seguro de eso, pero no importaba mucho en esa circunstancia. El chico se quedó bebiendo junto a él, aunque en menor medida. Le dijo que se llamaba Isaac, que era nuevo en la ciudad y se quedaría un par de días. Estaba solo, vivía en un hotel y Jean Claude le caía "bien". Muy bien. Para ser justos, quería llevárselo a la cama. Mad no lo sabía, pero su cara de preocupación y su mal humor le daban un aire estoico, que era muy atractivo para un joven pasivo que buscaba una aventura de una noche que contarle a sus amigos. Pero Mad era una presa complicada, así que luego de muchas insinuaciones sin efecto, decidió ir por otro lado.

—¿A tu chico no le molesta que estés aquí?

Mad bebió de un trago de su tequila.

—No creo. Siempre me deja salir, y él sale con sus amigos.

—Qué suerte tienes.

—Sí... Sí, ¿sabes? Creo que tengo mucha suerte con él. Es guapo, joven—Sonrió al recordarlo—. Dulce...

—¿Ah, sí?

—Sí. Es lindo, me quiere. Cocina para mí, cuida mis perros... Está para comérselo.

Mad siguió hablando de las miles de cualidades de su chico e Isaac escuchaba, sólo para aprovechar el momento indicado. Mas ocurrió algo que no esperaba. De golpe se apareció una figura ataviada en un ajustado vestido negro y unos stilleto que daban vértigo

—Disculpa, cielo... ¿Podrías devolverme a mi amigo?

Jean reconoció la voz.

—¡Laura! ¿Qué tal?

Pero por más que Mad la reconociera, Isaac no estaba dispuesto a dejar ir a su presa.

—Mira niña, no sé quién diablos seas tú pero...

Las uñas afiladas de la mujer se le clavaron en el hombro y su voz suave se volvió ronca y gruesa, como de camionero.

—Escúchame, Tinkerbell. Mi amigo Mad tiene novio y voy a llevarlo con él antes de que te le eches encima como una perra en celo. Si no te gusta ya te puedes ir al demonio antes de que agarre un arma, te la ponga en el trasero y apriete el gatillo hasta que haga click. ¿Me has entendido?

—¡S-señor, sí señor! —chilló el pobre Isaac que se fue corriendo como si hubiera visto un fantasma.

Feliz de que la competencia se retirase, Laura se acomodó las ropas y volvió a tomar su actitud normal mientras que instaba a Mad a levantarse.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—Beber.

—Ya —bufó, apoyándolo contra su cuerpo y su hombro, a pesar de que el hombre se resistía—. Deberías estar en casa, ¿sabes? No está bien dejar a tu chico solo.

—¿Disculpa?

Ahí sí se despertó lo suficiente como para mirar a quien alguna vez consideró su "archienemiga" cuando eran adolescentes. Creyó que había escuchado mal o que había bebido demasiado. Laura rodó los ojos, empujándolo discoteca afuera.

—Lo sé todo, Mad. Pero quédate tranquilo que no diré nada.

—¿C-cómo es que...?

La mujer se encogió de hombros.

—Eso no importa, el caso es que lo sé y nadie más sabrá. Ahora, ¿me dices por qué no estás con tu novio en vez de emborracharte aquí?

—Él... Él no me necesita.

Laura bufó algo que Mad no llegó a entender y antes de darse cuenta estaba siendo arrastrado pista abajo en dirección a la salida y al aire medianamente puro, libre de humo, de cigarrillo, glitter y perfume. Mientras Laura lo sostenía y lo soportaba sollozar a fuerza de pura voluntad férrea en lo que esperaba un taxi, a ella se le ocurrió preguntarle:

—¿Se puede saber qué te pasa? Andas llorando como una marica desconsolada y me estás empapando el hombro.

—Es que... Es que...

En ese momento, un taxista misericordioso decidió parar. La chica trans fue enterándose de todo lo que estaba pasando por la cabeza del alcoholizado Jean Claude, el cual desvariaba dentro del coche en el que su acompañante lo había metido a empujones. Cuando terminó de explayar sus pesares y preocupaciones respecto a Ariel y su relación, todo regado con trabas y mareos, esperó a ser apreciado y comprendido, pero terminó recibiendo una patada bien dada en el culo.

—Pedazo de tarado. ¿¡Tu novio se mata estudiando para tener un porvenir, no ser un mantenido y tú aquí emborrachándote!? —chilló la mujer, para horror del taxista que no sabía dónde meterse—. No seas estúpido y piensa con la cabeza o empezaré a pensar que tienes el cerebro en el culo.

—Pero...

—¡Nada! No puedes esperar a que Ariel deje su vida y sus estudios por ti. ¿Qué va a hacer él sin sus títulos? ¿No seas imbécil, Mad!

Ella siguió retándolo y machacándolo hasta que el alcohol se le subió al cerebro y Mad terminó volviendo a casa a las patadas.



Cuando abrió los ojos se encontraba en un lugar que él reconoció como su habitación en plena madrugada. La luz tenue del jardín que ingresaba por entre las cortinas y la de la lámpara en el modular le hacía arder los ojos; sentía un sabor amargo y ocre en la boca, la cabeza se le partía y no se podía ni mover.

"¿Qué mier....?".

Dejó de pensar porque le supuso mucho dolor. Intentó incorporarse, un poco, mirando a su alrededor. Eddie estaba dormido a sus pies sobre la cama. La tele estaba encendida en el piso de abajo y podía escuchar perfectamente el volumen de la tele dando "Tokyo Goodfathers". De golpe se abrió la puerta dejando pasar a Ariel y una charola con patitas en sus manos.

—Ya despertaste. —Ariel caminó hacia él poniéndole la bandeja en las piernas. En ella posaba un plato de avena tibia, agua fresca, unas galletas saladas y unas aspirinas. Lo primero que Mad hizo fue beberse todo el vaso de agua de un trago—. ¿Cómo te sientes?

—Fatal.

—Luces fatal. Tómate la avena y luego la aspirina, te hará bien.

—Gracias... —Se sentía avergonzado, y mucho. Su novio lo había visto en ese estado lamentable producto del alcohol el cual, dicho sea de paso, se había jurado personalmente que Ariel jamás presenciaría. Sintiendo que la cabeza se le abría en dos, comenzó a comer poco a poco la avena tratando de recordar sin éxito lo que había pasado la noche anterior—. Emh... ¿No estaba Laura conmigo?

—Estaba, pero tuvo que irse. Me la crucé poco antes de que se fuera y me puso al tanto de todo, así que decidí cocinarte algo livianito para que no te duela el estómago. A diferencia de algunos, ella trabaja mañana y tiene que corregir los exámenes psicológicos de los chicos de mi curso. —Le acercó la aspirina para que se la tomara—. Bebiste mucho, ¿eh?

— ¿Te lo dijo Laura?

—Sí y no. Mad, yo tendré catorce años pero reconozco el olor a alcohol. —sonrió, acariciándole el cabello—. Ahora, repito: ¿Bebiste mucho, no?

—Un... poco.

—Si "un poco" te hace vomitar un pedazo del esófago y dormir con la cabeza en el inodoro, entonces asumiré que bebes poco.

Jean Claude casi se atraganta con la avena.

—¿Vomité?

—Según Laura, hasta la leche que te dio tu madre, sí. —Asintió, con una sonrisa picarona y traviesa pues para él la situación era muy divertida—. Y lloraste desesperado porque te sentías viejo y solo.

Mon dieu.

No podía haberse avergonzado más a sí mismo, ¿verdad? Qué horrible espectáculo había montado frente a su chico y su peor enemiga, era inconcebible. Para colmo, al mirar el reloj se dio cuenta de que eran casi las once de la mañana y que habría podido dormir casi todo el día de haberlo intentado por haber estado tomando como un condenado a muerte desde las nueve y media de la noche anterior. ¿Qué pensaría Ariel de él ahora? ¿Qué había dicho y hecho estando bebido? ¿Y si lo dejaba? Pero el pequeño no parecía estar molesto con él. Si lo regañó diciéndole que era un inconsciente, que cómo era capaz de beber de esa manera. Le dijo que no llegaría a los cincuenta, que se le pudriría el hígado, que podrían haberle robado todo o sufrir un coma etílico y muchas cosas más. Pero, aun así, se le veía algo divertido por la situación. Jean Claude asintió a todas y cada una de sus cuestiones, sin poderse creer que un adolescente lo regañara moviéndole el dedo índice como si fuera un padre responsable con un hijo alocado.

—¡... tan irresponsable por beber así! ¿Era necesario?

—No.

—¿Te divertiste al menos? —preguntó Ariel, retirando la bandeja ahora vacía y sentándose a su lado en la cama—. Creí que los adultos eran responsables con estas cosas.

Nunca antes Mad se había sentido tan infantil.

—No... Es sólo que soy un poco idiota.

Ariel rio, acostándose sobre él.

—Bueno así me gustas, ¿sabes? Pero en verdad me preocupa que bebas tanto.

—No volveré a hacerlo. —De inmediato sus brazos rodearon el cuerpo de su niño, apretándolo contra sí con necesidad. Si cada vez que bebiera su novio se portaría así no se lo pensaría dos veces. Pero decidió cambiar de tema. No quería saber qué había dicho estando ebrio ni contarle por qué había bebido. Así que luego de besarle la frente al menor le pidió amablemente que se hiciera un lado para poder ir al baño del cuarto y lavarse la cara y los dientes.

Ariel le dejó ir, mirándole desde la cama. Jean Claude podía sentir sus ojos clavados en la nuca y ver su cara sonriente cada vez que alzaba la cabeza y miraba el espejo del botiquín. Se lavó la cara y comenzó a cepillarse los dientes con fruición mientras decidía sacar algún tema nuevo de conversación para que Ariel no anduviera indagando en su casi alcoholismo de la noche anterior.

—¿Y qué tal te fue a ti? —inquirió, tras enjuagarse la boca.

—Bien. —De golpe abrió mucho los ojos como si se hubiera acordado de algo y le hizo señas a Mad para que volviera a la cama—. ¡Casi lo olvido! —Estiró el cuerpo hacia un costado, alcanzando la mesa de noche para abrir el primer cajón. De allí sacó una caja de celofán un tanto grande que colocó entre las manos de Mad cuando éste abandonó el baño y volvió a sentarse en la cama—. ¡Tarán! Ábrelo, anda.

Sorprendido, Mad hizo caso y se llevó una gran sorpresa al ver un hermoso reloj de platino en él. Conocía la marca y sabía bien que era muy cara. Cuando miró a Ariel se lo encontró sonriente aunque ruborizado.

—¿Te gusta?

—Es precioso —musitó, mirando del reloj al chico sin saber qué decir—. Hermoso, en serio, pero... ¿Por qué?

—¿Qué? ¿Acaso no puedo hacerle un regalo a mi novio?

—Pues....

Para su sorpresa, Ariel soltó una carcajada, le quitó el reloj y tomó la mano izquierda de Mad para ponérselo.

—El vendedor tenía razón, va contigo. —Le esbozó su mejor sonrisa—. Te escuché quejándose de que tu reloj favorito se perdió, así que decidí saltearme unas horas de estudios y trabajar duro para poder comprártelo. —En ese momento le miró a los ojos mientras le acariciaba la mano suavemente—. Sé que no he estado contigo últimamente y quería darte esto para compensarte por ser tan paciente conmigo mientras estudio.

Ariel le dio un beso en los labios y Mad lo correspondió sintiéndose el imbécil más grande de todo el globo terráqueo. Ariel se había ocupado en hacer ese tierno regalo mientras que él se dedicaba a lamentarse y beber hasta perder la conciencia. Y su chico diciéndole que le agradecía por ser tan paciente. Cuando habló, lo hizo con la voz tomada de la emoción.

—Ariel, lo siento.

—¿Por qué?

—Tú te esfuerzas tanto en estudiar, en trabajar, me haces este regalo y en lo único que he pensado desde que comenzaste con esto de los exámenes fue que me estabas dejando solo.

—Ya lo sé. Laura me dijo que te la pasaste quejándote de eso mientras dormías. De hecho, en un acto de extrema crueldad te filmó con el celular y me pasó el video por bluethoot. Sabía que te estaba descuidando un poco pero nunca pensé que fuera para tanto.

—Soy celoso —replicó a su pesar, haciendo un gesto tan infantil y parecido al de un chiquillo haciendo pucheros que Ariel tuvo que contener la risa. Claro que, por dentro, sentía unos deseos incontrolables de matar a Laura—. Me hace sentir solo que te la pases con otra gente y no me des atención. Pero —agregó, apoyando el mentón en el hombro de su niño. Ahora entendía lo que Marixa le había dicho—, no puedo esperar a que vivas girando a mí alrededor. Tu educación es importante.

El menor lo abrazó con fuerza, sonriendo en su fuero interno. Siempre supo que Mad era un tanto infantil pero no se imaginó que ese constante mal humor en él de los últimos días se debiera a unos celos tontos. Aunque admitía que lo había descuidado un poco, también era algo de esperar cuando debía hacer tantas cosas a la vez. Tal vez debería encontrar la forma en que Mad y su vida fueran de casa se conectaran de alguna manera.

Estaba pensando en ello cuando recordó de golpe los llantos de Mad en el video que su amiga le había pasado, poniendo esa cara de malévola satisfacción. Además de eso, Laura le contó que lo había llevado a rastras desde el taxi, el cual dicho sea de paso había decorado con su última cena, y que había obligado a Mad recostarse y beber mucha agua para que se le bajara el pedo que tenía. Fue en ese momento cuando Mad se había abrazado a la almohada llorando como un niñito pequeño, momento que Laura aprovechó para filmar. Jean Claude no soltaba la almohada bajo ningún concepto y la llamaba "Ariel". Lloraba diciéndole que lo amaba, que era un mal novio y no lo merecía. Incluso le había repetido constantemente cuánto lo estuvo extrañando y lo solo que solía sentirse sin él. Pobre Mad, que ridículo había pasado... Aunque eso no le sacaba lo divertido al asunto.

Volvió a reír, acariciando la espalda de quien era su novio, amigo y amante.

—Ay, Mad... Es tan lindo ver cómo maduras poco a poco.

—¿Es eso sarcasmo? —respondió con una risa breve, acariciando la piel nívea del cuello ajeno con los labios y aspirando su aroma. Se deleitaba con el perfume de melaza y menta de sus cabellos y su piel. ¿Se había cambiado el perfume o el champo, acaso?

—Un poco. Pero estoy feliz de que ahora estés mejor. No pensé que tu mal humor fuera por eso. Idiota… —Tomó el rostro del mayor y lo besó sin preámbulos. En un principio éste no fue más que un casto pico en los labios, un suave movimiento de labios en los que se empujaban y presionaban hasta la cosa fue a más.

Ariel se separó apenas un instante de su boca para mirarlo fijo a los ojos y Mad se sintió desfallecer. El rostro de su chico era muy hermoso, pero lo que en ese momento lo estaban matando eran esos ojazos azules vivos y brillantes como el terciopelo húmedo o los zafiros a contraluz. Lo penetraban con tanta intensidad que parecían perforarlo; en esos momentos el rostro de Ariel se veía tan adulto que su edad real era apenas un recuerdo latente. Lo miraba como un hombre: con deseo. Jean Claude respondió a él tomándolo de la nuca para acercarlo y dale un beso como Dios mandaba. Se fundieron en un abrazo apasionado, pegando sus cuerpos como si quisieran convertirse en un solo ser mientras que se devoraban mutuamente, respirando el aliento del otro con cada beso. Se mordían, se besaban, succionaban el labio del otro y luego se deleitaban en un juego de lenguas exquisito que parecía no tener fin. Ariel se dejaba llevar, sintiendo el calor crecer en su interior al tiempo que se abrazaba a Jean con todas sus fuerzas, deseando más, ansiándolo. Sus manos arrugaban la tela del pijama de Mad y ya estaba festejando en su fuero interno, creyendo que por fin podría tener algo más que simples besos cuando los dioses parecieron cagarse en los dos al momento en que la puerta del primer piso fue terriblemente aporreada y una voz chillona les llegó desde abajo.

—¡¡Mad!!

Los dos se separaron de golpe y se miraron en blanco, sin poder creer lo que pasaba. Al final y con los gritos de fondo, Ariel decidió hablar.

—Hum... Parece que golpean la puerta.

—Seh —masculló, separándose de su novio de mala gana—. Vamos a atender.

Con la bronca atravesada en el estómago, Jean Claude se puso de pie y bajó las escaleras como si estuvieran hechas de arena movediza, sin dejar de escuchar los alaridos de Masaaru quien aporreaba la puerta con ambas manos. Estaba pensando de qué forma rápida y poco aparatosa podría asesinar a Macchi por interrumpir su momento morboso con Ariel, pero cuando abrió la puerta no pudo pensar en nada de eso. Frente a él se hallaba un hombre todo lloroso y con los ojos rojos, que se le echó encima para pegarle, pero estaba tan borracho que no acertaba ni un golpe.

—¿Masaaru?

—¡Imbécil! —chilló este, arrastrando las palabras. Detrás de Mad Ariel contempló todo sin entender pero, aun así, entró en acción. Cerró la puerta con llave y corrió a la cocina a servir mucha agua fresca, un café fuerte y galletitas para Macchi a ver si le bajaba la borrachera—. Es tu... Tu culpa. ¡Tu culpa!

Mon cher, cálmate. ¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras? —Sólo entonces cayó un en la cuenta de que lo había dejado ebrio y solo en la disco llena de hombres con ganas de sexo—. A ver cariño, cálmate. ¿Qué ha pasado? ¿Esos chicos se propasaron contigo? ¿Hubo una pelea?

—¡Prometiste que me cuidarías! Y... Y ahora me dejó... ¡Me siento tan mal! ¿Qué voy a hacer, eh?

—Con eso no puedo entender qué pasó, Macchi. Vamos a tomar algo y me explicas que ocurrió.



—Y... Y eso pasó.

Tanto Mad como Ariel suspiraron de alivio. Luego de mucha agua purificadora y el café extrafuerte de Mad que, según él, despertaba hasta a los muertos, Macchi logró llegar al estado de sobriedad necesario para poder explicar toda la historia. Al parecer esos tipos con los que había bailado sí se habían querido propasar pero los acomodó de un golpe bien dado y no pasó a mayores. El drama fue que se había encontrado a un chico guapo, muy guapo, y pasó lo que tuvo que pasar: Se lo llevó a la casa. De todos modos ambos estaban tan bebidos que no pasaron a nada salvo un par de arrumacos antes de caer muertos de sueño. Pero Macchi no había contado con que su novio regresaría a la casa en la mañana, una vez terminado su trabajo en el hospital. Apenas lo vio con el otro, pegó el grito en el cielo y, luego de darle una paliza al ligue en cuestión, los echó a ambos de la casa. Como para Masaaru era todo culpa de Mad, no se le ocurrió otra cosa que beberse otra botella para superar el dolor de la pelea e ir a echarle en cara lo mal amigo que era sin importarle que fuera de mañana.

—Me va a dejar —sollozaba Masaaru, derramando tantas lágrimas que podría ahogarlos a todos—. ¡Nunca lo vi tan enojado!

Mad sacudió la cabeza.

—Ya, ya... Leigh tranquilo. Quizás todo se solucione.

—No... Casi lo mató al tipo y sólo estábamos franeleándonos.

—Estabas ebrio, Macchi. Quizás cuando se le enfríe la cabeza puedan hablarlo bien —miró a Ariel de reojo, quien masajeaba los hombros del alterado joyero—. ¿No es cierto, bebé?

—Claro que sí. Si él te quiere te perdonará y entenderá que no estabas en tus cinco sentidos.

—¿De verdad lo creen? —gimoteó el alcoholizado asiático, hipando entre sorbos y sorbos de café.

Ambos le dijeron que eso era obvio, ¿cómo no lo iban a creer? Siguieron tratando de convencer a Macchi de que todo iría bien con su hombre y cuando Ariel creyó que iba a ahorcarlo con tal de no tener que escucharlo lloriquear más, alguien tocó el timbre. Vale aclarar que Macchi, a diferencia de otros seres mortales, tenía una llave que le permitía pasar por el primer enrejado que protegía la casa sin tener que tocar el portero eléctrico. Por suerte a Mad se le había ocurrido cambiar la cerradura de la puerta principal de la casa o tendrían a Macchi clavado ahí dentro todo el día. Por ende, Ariel atendió el portero eléctrico en cuya pantallita se aparecía la figura de un hombre alto metido tapado por un buqué de flores. Anonadado, el chico se aclaró la garganta. ¿Quién iba con flores a casa de alguien a esas tan temprano?

—¿Diga?

—Emh... Lamento molestar a estas horas. ¿Se encuentra Leigh en casa?

—Ah, sí —respondió. Macchi debía de tener un oído biónico porque Ariel lo veía parar la oreja desde donde estaba—. ¿Quién lo busca?

—Soy Jhonny...

El chico no alcanzó a decirle a Masaaru que tenía visita que éste ya estaba chillando y arrancándole el teléfono del portero tan rápido que Ariel se preguntó cómo hizo para llegar desde la cocina hasta ahí sin dejar marcas en el piso. Pronto él y Jhonny estaban enzarzados en una románica y cursi declaración de amor con disculpas incluídas. Ariel decidió dejar solo a su maestro y amigo pensando que la voz de ese tal Jhonny se le hacía demasiado familiar. ¿Sería quien creía que era? No se lo imaginaba con alguien como Macchi pero el mundo estaba lleno de sorpresas. Con cara de todo y nada, Ariel se metió en la cocina, sentándose en la falda de Mad con rostro muy risueño.

—Parece que todo se arregló —comentó este como si nada mientras rodeaba la cintura del menor con sus brazos, alegrándose por la suerte de Macchi. No todos los días regresaba tu novio a disculparse con un ramo de flores. Rio por lo bajo, escuchando las cursilerías que se decían los otros dos en el pórtico de su casa— ¿Yo también me pongo como ésos cuando me embriago?

—La verdad, sí. Y peor —riéndose por lo bajo, se apretujó contra el pecho de su novio—. Te echas a llorar como un niño y te la pasas pidiendo que te abrace.

—Emh... Pero sabes que lo hago porque te amo, ¿verdad? —por alguna razón, al instante de decir esas palabras se sintió como un idiota y Ariel no tardó en confirmárselo.

—También le dijiste eso al taxista que te trajo aquí y ayudó a Laura para que pudieras entrar. Al parecer, estabas reacio a abandonar el coche porque veías "sombras raras".

Sí, definitivamente no iba a beber más.

—¿Le dije al taxista que lo amaba?

—Pues… —Rio, abrazándole un poco más. ¿Se lo decía o no? Mejor decírselo ahora que esperar a que Laura le fuera con el sablazo más tarde—. Uno tiene que decir algo después de un beso como ése.

Mad creyó que no iba a poder escalar nunca el pozo de humillación en el que estaba metido, cuando de golpe se le apareció Macchi en el rellano de la cocina, mirándolos a ambos con el ceño fruncido y una expresión decidida que le dio muy mala espina a su ex novio, más que nada porque él conocía el significado de esa expresión. Y también sabía que, pidiera lo que pidiera e hiciera lo que hiciera Masaaru, si se negaba iba a terminar con la casa patas arriba o con un ojo en compota. Esperó un instante a que le dijera qué demonios le pasaba sintiéndose como un condenado a punto de recibir su sentencia. Macchi sonó firme y decidido al hablar.

—Mad, Ariel. Se van ya mismo a su habitación, se encierran ahí y ni se les ocurra asomarse por las escaleras. ¿Entendido?

—¿Ah? —Ariel hizo ademán de bajarse del regazo de Mad, pero éste se lo impidió ganándose una mirada quiebra cristales antes de que el chico se enfrentara a Macchi—. ¿Pero qué te pasa? ¡Es nuestra casa!

—No acepto un no por respuesta —graznó Leigh, clavando sus ojos en Mad para que supiera que iba en serio—. Y más les vale ponerse los auriculares o algo en los oídos porque haremos mucho ruido. ¿Está claro?

Ariel quiso protestar pero, antes de poder hacerlo Jean Claude lo alzó en volandas y se lo llevó escaleras arriba sin esforzarse siquiera, mientras que Ariel se quejaba y pataleaba. Lo que Ariel no sabía era que Masaaru era capaz de hacer cualquier cosa en el estado en que se encontraba, de hecho en una ocasión cuando aún eran pareja, su amigo se había puesto en el mismo plan y él, al decirle que no, terminó con todos los platos rojos, las cacerolas por el piso, todos los adornos y los muebles dados vuelta y buena parte de su ropa convertida en una montaña en el patio. Así que lo mejor fue llevarse a Ariel, cerrar la puerta del cuarto ignorando olímpicamente las quejas de su novio sobre que era su casa y que Macchi no tenía derecho a usarla como quería ni obligarlos a irse mientras buscaba entre sus cajones hasta encontrar lo que buscaba.

—Ariel, deja ya de quejarte y ponte esto —dijo, poniéndole unos tapones para los oídos en las manos.

—¿Y esto? ¿Por qué?

—Créeme. Cuando Masaaru dice que va a hacer ruido, es que va a hacer ruido. Tú póntelos y vayamos a dormir... Ha sido una noche pesada —suspiró, dejándose caer en la cama como costal de papas. Ariel se quedó en su sitio, mirándolo sin poder creérselo—. Sé que está mal, pero cuando Macchi esta borracho es mejor hacerle caso. No tienes ni idea de la cantidad de veces que han llamado a la policía porque se ponía a gritar que quería pegarle.

El menor rodó los ojos. Estaba muy molesto con Macchi e incómodo con la situación en general pero, por esa vez, decidió no decir nada. Gracias a los ruidos raros que comenzaron a llegar desde el primer piso Ariel se apresuró en ponerse los tapones en los oídos antes de echarse en la cama con ropa y todo. Había sido una noche y una mañana demasiado ajetreada para ambos y estaban cansados, por lo que intentaron dormir y recuperar un poco del sueño perdido. O al menos lo intentaron, ya que los chillidos que provenían del primer piso eran imposibles de ignorar.



Más tarde ambos se levantaron con las ojeras casi rozándole el piso y los ojos rojos. Ninguno de los dos había conciliado el sueño y si lo hicieron debió haber sido por un breve instante, pues apenas cerraron los ojos ya tenían el sol colándose por la ventana e impidiéndoles seguir descansando. Ariel no pudo bajar al primer piso a hacer el desayuno hasta que Mad se lo permitió. No porque no quisiera que Macchi los viera en pijamas o alguna bobería semejante, sino porque el mayor quiso asegurarse de que Ariel no mirara el comedor hasta que estuviera a salvo en la cocina. Tanta fue la insistencia de Mad que llegó al punto de cargar a Ariel y obligarlo a cerrar los ojos en lo que lo llevaba hasta la cocina y lo dejaba ahí, haciéndole jurar que no pasaría al comedor hasta que él se lo permitiera. El modelo aceptó, mirando a Masaaru de reojo que estaba ahí sentado junto a la mesa con una cara de alegría que casi rayaba con la idiotez, y suspiró. Lo mejor sería hacer el desayuno.



Entre tanto Mad se ponía en campaña para volver el comedor un lugar decente en vez de un campo de dudosa batalla, Ariel se plantó en la cocina a preparar algo sencillo. Sacando los ingredientes pensaba en qué decirle a Macchi. Se lo veía demasiado contento.

"Bueno, no voy a arruinárselo por decírselo".

Preparó unos panes tostados, cortó unas frutas a las que esparció con azúcar y estaba poniendo más frutas en la exprimidora eléctrica cuando miró a Macchi otra vez.

—Parece que la pasaste bien anoche, Masaaru —comentó sin tapujos, estirándose para rebuscar las cajas de cereales—. ¿Quieres los cereales con leche o con yogurt? ¿Dónde está tu chico?

—Con leche. Y sí, lo pasé muy, muy bien —rio por lo bajo con aire travieso—. Jhonny se fue hace unas horas, tenía un turno que cubrir en el hospital donde trabaja.

—Lo sé —sirvió los cereales en tres cuencos grandes. Sacó la leche y un yogur de la heladera, echándole lo primero a dos cuencos y lo último al cuenco restante—. Déjame decirte que los tapones no sirvieron.

Por primera vez desde que lo conocía, Masaaru Leigh se ruborizó. El muchacho se rio al verlo, mientras que llevaba todo a la mesa y regresaba a la alacena para rebuscar galletas, crossaints o cualquier complemento para el desayuno.

—Lo siento, Ariel. Es que vengo de una familia fogosa.

—Eso parece... ¿Sabes, Macchi? Yo vengo del campo y nunca antes había oído la expresión "¡Arre!" dicha en ese contexto.

—Oh cielos —farfulló, pensando en lo furioso que iba a ponerse Mad si le escuchaba decir algo semejante a su precioso noviecito cuando un grito pelado les llegó desde el comedor.

—¡Masaaru Leigh! ¡Tú y tu novio pueden irse con su puta madre! ¿¡Qué cojones hicieron con el queso crema aquí!?

Los que estaban en la cocina miraron la puerta cerrada escuchando a Mad insultar en francés hasta que se miraron y, sin poder contenerlo, se rieron a carcajada limpia. Macchi se ganó una tremenda reprimenda de Mad, en especial porque al salir todos los vecinos lo miraron como si fuera un degenerado, algunos con picardía, y otros parecían con ganas de aplaudirle.
Tras despedir a Masaaru y que éste se fuera a casa de su novio, ambos se quedaron en su hogar ya más tranquilos e hicieron distintos quehaceres juntos para no caer muertos de sueño en pleno mediodía de un martes. Ya que ambos habían faltado a su trabajo o la escuela, no querían desperdiciar el día durmiendo como marmotas. Bañaron a los perros y los sacaron a pasear, cambiaron las sábanas de la cama y arreglaron el jardín.

Esa tarde volvieron a juntarse en su casa para estudiar todos los amigos de Ariel. Desde su sillón, Jean Claude los observaba con más cariño que recelo. Era curioso como una escena que antes lo había hecho enfurecer ahora le producía ternura y le hacía acordarse a sus épocas de estudiante. Claro que en esos tiempos tenía a un muy vicioso y dispuesto Masaaru que le daba sexo oral entre materia y materia. Tuvo que volver a concentrarse en su lectura para no imaginarse a su actual pareja con uniforme de colegio y arrodillado entre sus piernas.

En el proceso, se fijó en su reloj nuevo. Sonrió, acariciando el contorno del mismo con los dedos ahora recordando la cara de Ariel cuando se lo entregó. Era tan dulce.

—¡Mad!

El arquitecto alzó la vista, encontrándose con la cara sonriente de Ariel. Iba con el cabello atado en una coleta, playera roja y vaqueros, como casi todos sus amigos. Al lado de esos chicos en ropa informal se sentía algo tonto vestido con camisa y pantalón de traje, pero había tenido que salir para ir a ver cómo avanzaban las cosas en Mode y luego con uno de sus proyectos arquitectónicos y le había dado vagancia cambiarse de nuevo. Cuando terminó de fijarse en la ropa de los presentes, se percató de que su chico le hacía señas.

—¿Qué pasa, Ariel?

—¿Puedes venir a explicarnos matemáticas? Le dije a los chicos que tú eras muy bueno enseñando y pensé que...

Mad no se lo pensó dos veces. Soltó el diario y fue con ellos aun a riesgo de tener que interactuar con el mocoso que siempre se le arrimaba a su novio. Lo que les estaban dando para el examen era fácil, al menos para él, y comenzó a explicarles diferentes formas de resolver los ejercicios con tanta pasión que a los chicos les fue mucho más fácil entender.

—Deberías ser profesor, Mad —dijo Almudena, la chica de piel oscura con cara de enojada eterna. Mirándola más de cerca se daba cuenta de que su expresión estaba más dulcificada y que no iba enfadada todo el rato, sino que era seria y se concentraba mucho en las cosas.

—¿Tú crees? No sé, es divertido enseñar pero temo ponerme en blanco frente al alumnado.

—Pues enseñas de perlas. Es la primera vez que me entretengo con estas cosas.

—¡Sí! —exclamó Shirogane, pasándole sus ejercicios terminados a Mad para que los examinara—.
Es más fácil de lo que el profesor nos hace ver. ¿Esto está bien?

—Sí —respondió el mayor, dándole una pasada rápida—. Perfecto, Shirogane.

¡Yatta!

Ariel observó la escena con una sonrisa triunfante. El plan para arrejuntar a Mad con sus amigos y su vida de estudiante había sido todo un éxito. Estaba seguro de que Mad ya no se sentiría aislado.

7 comentarios:

Priscila Cullen 1410 dijo...

Hola como estas?? Oroginalmente comenze a leer tu historia en Amor yaoi pero luego entre en tu blog para leerla aqui dond hay ams capis n,n y pues me disponia ahora a leer estre que recien subes, pero veo que es el numero 26 y el ultimo que vi era el 24, y no logro encontrar el 25, hace falta o hubo un error en los los numeros?? O simplementeno logro encontrar 25?? Agradeceria si me respondieras ya que prefiero no leer este que recien pones hasta saber del 25 n,n muchas gracias por todo y te animo a seguir ocn tu fic que esta excellente!!! Te admiro!!!

Pri-Chan 1410

Pd: No se si me puedes responder por aqui, pero cualquier cosa mi cuenta en Amor Yaoi es "Princess Natsu"si no puedes por aqui te agradeceria me lo enviaras por alli n,n Gracias por todo!!

Seiren dijo...

Al fin!!! Después de tanto y TANTO tiempos... Nah! Es bromas, no siento que ha pasado tanto... ¿o sí?
En fin...
Soy feliz. Aunque Mad se comportó muy mal, no parece que él fuera el mayor en esa relación.
Muy tierno el capi. Ariel es perfecto y lo odio por eso... Nah! En realidad lo amo XD
Me despido por ahora, saludos y hasta pronto ^.^

Nyankotarou dijo...

Bueno paso para decirte que adooooro Cuarto Oscuro, y creo que no te lo había comunicado antes <3, si me vieras la cara cada vez que veo que sale un capítulo nuevo *-*. El asunto es que el último capítulo publicado en el blog antes del 26 es el 24 y no puedo encontrar el 25 D: en ninguna parte ;__; asi que prefiero no leer el nuevo todavía hasta saber si es un problema de números o no está posteado el anterior.
Muchas gracias por crear una historia tan maravillosa :D

Mavya dijo...

Perdonen chicas!! Era que tratando de arreglar el desastre de la numeracion y continuacion de capitulos se me fue el numero xD Capitulo 25, es este. Espero que lo hayan disfrutado =3

Seiren, la idea es que Mad NO parezca el mayor en la relación. Al contrario, debe ser el caprichoso.

maloroga dijo...

Ahhhhhhhhh que delicia de capitulo, ternura y perversión XD

Caliope Eros. dijo...

Hola hace mucho que leo tu historia me encanta le encuentro genial:3 este capitulo me gusto mucho Mad esteba celoso *-*.
Felicitaciones por la historia:3

Aquí te dejo mi Blog que esta recién empezando, espero que me permitas enlazar tu blog :3 Chau

Anónimo dijo...

jajaj adore el cap espero actualizacion muchas felizitaciones
Byee

I Love... (My stamps)


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