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martes, 8 de febrero de 2011

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veinticuatro.

Aqui esta, chicos y chicas, el capítulo veinticuatro de Cuarto Oscuro. Espero que les guste mucho.


Saliendo del armario

Jean Claude se despeinó un poco el pelo con las manos y tomó la botella que había dejado en el asiento del acompañante. Luego de dejar a Ariel en casa de su tía, se había encargado de terminar una maqueta, hacer un inventario de materiales y por supuesto, de arreglarse para ir a casa de su amigo Richie. Estando entre amigos podía relajarse, tampoco tenía necesidad de verse elegante y a la moda por lo que se presentó con una camisa a rayas negras, zapatos y unos vaqueros tipo Oxford color terracota, debajo del brazo llevaba las cervezas que le había pedido su amigo, pero unas muy caras importadas de Alemania para quedar bien parado delante de la esposa de Ricardo. A ella le gustaba cuando él llevaba algo caro más bien típico de la clase alta, porque era una snob del ghetto* salida de una familia que hacía bastantes años había sido acaudalada pero que luego cayó en la miseria, y aunque ahora no vivía nada mal como artista de éxito y esposa de un muy buen abogado, siempre quería que todo fuese de primer nivel, incluyendo cualquier cosa o persona que entrase en la casa.

Quizás Mad no fuera de primer nivel según los estándares de Cecilia, pero al menos llevaba cosas caras.

Se despeinó un poco más sólo para molestarla y cuando creyó que estaba listo bajó del auto, puso el seguro y caminó hacia la casa por el pequeño sendero de mosaicos que partía el jardín frontal en dos. Las flores que rodeaban el camino le saludaron con sus destellos coloridos y sus perfumes, al igual que los rosales debajo de las ventanas frontales de la casa, Mad sonrió al ver los arreglos florales pulcramente realizados por Cecilia antes de tocar el timbre y esperar. De nuevo miró la casa y no le gustó demasiado el diseño. Dos pisos, estilo inglés, de ladrillos rojos por fuera, ventanas de madera y techo de teja de barro, todos eran materiales altamente inflamables. Le había hablado del tema a Ricardo varias ocasiones, advirtiéndole que era muy peligroso, con una casa llena de material incendiario, ventanas enrejadas y puerta blindada, escapar en caso de un incendio podría llegar a ser algo muy difícil. Pero dejó de intentar ser un buen amigo cuando Cecilia se puso a chillar como una loca que no iba a consentir nunca en su vida que le hicieran un solo cambio a esa casa a menos que fuera para agrandarla o volverla una fortaleza impenetrable. Por ello, Mad decidió no volver a tocar el tema.

Pasos al otro lado le indicaron que estaban por abrir la puerta. Luego de que se escuchara el sonido metálico de las vigas reforzadas de la cerradura abrirse la puerta cedió y pudo ver a su querido amigo recibiéndole en su hogar con una gran.

—¡Mad! —Lo saludó, envolviéndolo entre sus enormes brazos con tanta fuerza que le sacó el aire—. Me alegra que al fin hayas llegado temprano. Debe ser la primera vez en casi treinta años que llegas a tiempo a algo.

Tuvo que esperar a que el otro le soltara para poder contestarle.

—Gracias Richie, pero apreciaría que no me sofocaras cada vez que hago algo bien.

—Es que es todo un milagro. Ni siquiera llegas temprano a tus citas con el médico.

—Nadie quiere ver al médico más temprano, querido. Pero ahora lo mejor sería que me hicieras pasar, puedo oler la cena desde aquí y te juro que, sólo de hambre, mi estómago se esta comiendo al resto de mis órganos. —Ricardo se hizo a un lado para dejarlo pasar, cerrando la puerta detrás de él. Mad tensó los hombros como cada vez que escuchaba la puerta cerrarse, sintiendo un miedo repentino a que comenzara un incendio y no pudieran salir de esa trampa para ratas, pero lo contuvo como en cada ocasión que ingresaba a la casa. Debía admitir que el aroma de la cena era un muy buen incentivo—. Huele delicioso… —murmuró, entregándole la botella a su amigo—. ¿Qué es? ¿No es que siempre comemos pizzas en nuestras reuniones?

Ricardo soltó una carcajada, caminando en dirección al comedor.

—No, no, esta noche tenemos algo diferente. Ven, vamos a la cocina.

La casa del Tiburón estaba compuesta por un recibidor un tanto amplio seguido del cuarto de estar, finamente decorado con muebles de cerezo, sillones recubiertos de color verde con borlas en el apoyabrazos, un enorme librero repleto de libros, figurillas de porcelana china y un equipo de música que alegraba el ambiente con una bossa nova. Ese debía ser un disco de Ricardo, Cecilia sólo escuchaba música celta y cosas similares. Luego de la sala de estar, en donde se encontraba la escalera que llevaba al segundo piso, estaba el comedor. Parecía un poco más pequeño que el cuarto anterior pero sólo porque tenía una mesa de tamaño muy exagerado y un exceso en muebles, floreros, lámparas y adornos caros muy propios de la esposa de su amigo. Mad estuvo a punto de sentarse pero prefirió seguir a su amigo hacia la cocina, traspasando la única puerta que podía verse en el comedor. Por suerte en ese lugar no había ningún mueble más que la enorme alacena, el modular donde se guardaba la vajilla o algunos ingredientes, y el mesón de mármol. La cocina era territorio de Ricardo, por lo que él no permitía que su mujer pusiera nada que estorbase mientras él cocinaba. Tampoco dejaba que su pastor alemán se metiera ahí dentro porque era antihigiénico. Jean Claude tomó un par de copas para vino del modular, no pudiendo evitar notar algunos cambios en el recorrido mientras su amigo revolvía en una olla aquello que olía tan pero tan bien.

—Veo que tomaste todas las precauciones con eso del bebé. Hay seguros para niños en todas partes: Los tomacorrientes, las escaleras, el refrigerador, las alacenas, todo es a prueba de niños —apostilló, medio riéndose por esa actitud tan protectora mientras rebuscaba en los cajones por el sacacorchos—. ¿Te das cuenta que la criatura no ha nacido todavía, verdad? Por cierto, ¿dónde está lo que se usa para abrir la botella?

—En el cajón de la izquierda —contestó Ricardo, abriendo el horno para revisar el punto de la carne que se estaba asando, y agregó—: ¡Y claro que voy a tomar todas las precauciones! Soy padre primerizo, ¿sabes? Nada es demasiado para mi futura hija. Quiero asegurarme que no pueda lastimarse con nada.

Jean Claude rió por lo bajo, encontró el sacacorchos y se dispuso a abrir la botella. Se escuchó un plop cuando la tapa desapareció, dejando salir el suave vaho del vino en su interior, y antes de que Ricardo se diera cuenta ya tenía ambas copas en la mano siendo llenadas por el delicioso vino color rojo violáceo.

—Te daré un premio si lo logras pero asumo que no pierdes nada con intentarlo. —Dejó la copa de su compañero sobre el mesón lo suficientemente cerca para que él pudiera tomarla cuando quisiera y apoyó el peso de su cuerpo en el borde del mueble, dándole un sorbo a su copa—. ¿Qué comemos hoy?

—Carne asada con salsa bechamel y arroz con azafrán y verduras —respondió Ricardo, mezclando el contenido de la olla. Mad respiró hondo dándose cuenta de que olía delicioso y el estómago le rugió en respuesta tan alto que su amigo lo escuchó—. Vaya, parece que alguien vino con hambre. ¿Acaso Ariel no te alimenta en casa?

La sola mención de su pareja hizo que el cuerpo se le tensara por un instante, imaginando mil respuestas diferentes a esa simple broma y sospechando como un paranoico que tal vez Ricardo le hubiera descubierto, antes de darse cuenta que de haber ocurrido algo semejante su amigo lo hubiera tirado de cabeza a la cárcel. La mejor respuesta que se le ocurrió en ese momento fue reírse por esa ocurrencia, negárselo, y hablar no sin cierta sorpresa sobre las habilidades culinarias de su “huésped”. Ricardo preguntó por el niño, quería saber cómo estaba sobrellevando la vida luego de lo que había pasado ya que no lo había visto en algún tiempo y se alegró mucho cuando Mad le dijo que ya lo había superado. De hecho, más que alegría fue casi un alivio… Era como si el estar apunto de ser padre hubiera logrado que Richie se volviera en el súper héroe de los niños y quisiera salvarlos a todos de cualquier injusticia, algo bastante curioso teniendo en cuenta que a él de joven no le habían gustado los niños para nada.

Jean Claude le dijo que Ariel estaba bien, jugaba, estudiaba y pasaba tiempo con sus amigos y su hermano. Todo iba bien. Ricardo sacó al fin la carne del horno, revisó que estuviera perfecta antes de pasarla a un recipiente decorativo, y luego se encargó del arroz mientras le contaba a Mad lo aliviado que se sentía pues, en muchos de los casos en los que había estado metido que involucraban menores, los chicos solían terminar con algún trauma. Algunos podían olvidar, seguir adelante, otros en cambio necesitaban mucha ayuda para conseguirlo.

—Richie, tranquilo. Conozco a Ariel, es un chico fuerte.

—Sí, lo sé. No cualquiera rechaza una suma de veinte mil para guardar silencio como él lo hizo, pero todo lo que tenga a menores involucrados es muy complicado. A veces las cosas que veo y oigo hacen que no pueda dormir por las noches.

Jean Claude soltó un suspiro.

—Medicina y abogacía, dos de las peores carreras que existen. A ti te gustaba la abogacía y la elegiste sabiendo que estarías cara a cara con la mierda de la humanidad, por lo que no deberías quejarte. Sé un buen abogado y defiende a quién lo merezca. —Ricardo asintió, pasando el arroz del colador a un cuenco. Jean Claude tomó por inercia los platos de la alacena—. Y ya cálmate, el chico está perfectamente. Ni siquiera piensa en el tema, lo ha olvidado. Por cierto, ¿tu mujer cenará con nosotros?

—Si es que baja. Ha estado como loca limpiando todo el piso de arriba. Parece que está preparando el nido o algo así —le dijo, soltando una carcajada que Mad acompañó. Tomó el arroz y la carne, una en cada mano, para llevarlas a la cocina entre tanto su amigo de la infancia abría la puerta que daba al comedor—. Bien, al menos tu nueva esposa es un chico con los huevos bien puestos… Cuando me contó cómo se sacó de encima a esos tres enfermos no supe bien cómo reaccionar.

Mad, sosteniendo la puerta, abrió la boca para decirle algo que lo hiciera cambiar de tema. Detestaba hablar de lo que le había ocurrido a Ariel o de lo que pudo ocurrirle sin sentirse un desgraciado por haberlo dejado solo esa noche o un pervertido porque estaba en una relación con ese jovencito y hacían cosas impúdicas. Sin embargo su cerebro tamizó las palabras de Ricardo y se quedó con una sola de ellas, la cual le hizo abrir los ojos como platos.

—¿Disculpa? —farfulló, abriendo más la puerta para que el otro pasara. Ricardo pestañeó sin entenderle—. ¿Esposa? ¿C-cómo que esposa?

El abogado enarcó una ceja.

—¿No acabas de decirme que te cocina, te arregla la casa, y hace las compras?

—Sí.

—Se encarga de tus mascotas y te recuerda todo el tiempo lo que tienes que hacer, ¿cierto?

Jean Claude asintió, cerrando la puerta una vez el cuerpo gigante de Richie ingresara y siguió a su compañero en dirección a la mesa sin quitarle los ojos de encima en ningún momento.

—¿Ves? Es tu esposa.

—¡Por supuesto que no! —exclamó, sentándose ruidosamente.

—Aparte de hacer todo lo que dije, ¿folla contigo? Quiero creer que no. —La cara de Mad se puso pálida como un hueso y movió la cabeza a ambos lados negándoselo—. Ya, es un matrimonio.

—¿Eso quiere decir que tú no tienes sexo con tu mujer?

—Claro que sí —respondió, sonriéndose de oreja a oreja mientras acomodaba la mesa y preparaba todo para servir—. Pero nosotros somos un matrimonio joven, tú y el niño son como una pareja que llevan cuarenta años de casados: Viven juntos, cada quien hace lo suyo, no hacen el amor pero uno le dice al otro lo que tiene que hacer.

La sola idea hizo que Ricardo se riera a carcajadas. Risas que Mad apenas si pudo corresponder por el terror de verse descubierto. Quizás era algo medio paranoico pero temía decir o hacer algo que lo delatara ante los ojos atentos de su amigo, fingió que se reía con él, intentando mantenerse firme en su sitio y no verse demasiado forzado mientras que Ricardo se puso a hacer bromas sobre cualquier cosa que se le ocurriera, Jean Claude se rió pero no con el corazón. Estaba demasiado nervioso. Por suerte para él, una risa nasal sonó desde la puerta de entrada. Al voltear ambos se encontraron con Cecilia y su enorme vientre mirándolos con un aire divertido en sus ojos chispeantes de alegría. Mad, pese a que él no se llevara bien con ella, debía reconocer que la maternidad la había favorecido muchísimo: ahora tenía un hermoso haz de luz que la rodeaba, sus pechos estaban más grandes, su piel lozana, su cabello rizado brillaba cuando antes solía parecer una escobeta. Ya no estaba tan delgada, no tenía las caderas ni la cintura tan pequeña… En suma, se veía preciosa. Y más con ese vestido celeste de futura mamá que traía puesto.

Los ojos de Ricardo centellearon ni bien se posaron en ella. Se levantó con prisa para ir a buscarla, tomarla de la mano cariñosamente y llevarla hasta la mesa en donde la ayudó a sentarse. La mujer se acomodó los anteojos y se despeinó un poco los rizos, estirándoselos como si fueran tirabuzones. El arquitecto notó el nuevo corte, la muchacha se había dejado el cabello por debajo de las orejas cuando la última vez que la había visto solía usarlo sobre los hombros.

—Viniste cariño. —La voz de Richie sonó completamente diferente al hablarle a su mujer. Mad sonrió, pensando si él hablaba de esa manera cuando estaba con Ariel—. Creí que te quedarías haciendo esculturas.

—Eso pensaba hacer, pero los escuché reírse y me sentí algo sola —respondió ella, acomodándose en el asiento—. Además, no puedo perderme tu comida por nada del mundo.
Jean Claude esbozó una sonrisa ladina.

—En especial cuando tienes dos hombres guapos para ti sola, ¿cierto?

Ella, socarrona, sonrió y volvió a acomodarse los anteojos sobre el puente de la nariz.

—Puede ser pero, para eso, debería haber dos hombres en la sala. ¿No te parece?

Ricardo suspiró. Amaba a su mujer pero hubiera preferido que ella se quedara en su cuarto o se fuera a dormir porque siempre, siempre que Mad estaba cerca ambos comenzaban una batalla verbal en la que se decían de todo. De forma muy educada, por supuesto, pero cuando uno escuchaba esas discusiones casi siempre comenzaba a hartarse, aunque fuera divertido al principio.

—Oigan… —empezó a decir algo, pero dejó la frase en el aire. Ellos dos jamás lo escuchaban y menos cuando se miraban de forma penetrante. Sólo se dedicó a trinchar la carne, cortarla en trozos y servirla junto al arroz en cada plato.

En efecto, Mad no lo escuchó.

—¿Me volví mujer en algún momento? Que yo sepa sigo siendo hombre.

Ella apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos de ambas manos y reposó el mentón ahí.
—No lo sé, quizás se deba a que jamás he pensado en ti como un hombre… O como un ser humano.

Ricardo, alias El Tiburón, conocido abogado sanguinario que jamás perdía un solo caso, rodó los ojos y se sentó en la mesa completamente rendido. Nunca podía ganar cuando se trataba de las batallas verbales entre su esposa y su amigo de la infancia. A pesar de las constantes pullas entre ambos personajes había una especie de status quo en el que ninguno de los dos decía algo demasiado ofensivo ni provocaba una pelea seria. Si seguían esa regla, podían mantener de vez en vez alguna que otra charla medianamente agradable mientras estaban los dos en el mismo cuarto y compartir a Ricardo sin que ninguno perdiera su lugar, ya fuera como mejor amigo o como esposa. Así no ponían a Richie en la engorrosa situación de elegir a uno de ellos y tampoco ninguno debía esforzarse en convencerlo de dejar al otro. Ella y su marido dieron gracias por los alimentos a Dios, Mad no se les unió porque era agnóstico. Como siempre, Cecilia le recalcó que se iba a ir al infierno el día menos pensado y Jean Claude le respondió con una risa contenida, mientras comenzaba a cortar la carne cuyo aspecto era delicioso.

—No creo en el infierno, cielo —replicó, llevándose un trozo de carne a la boca. Prácticamente se le deshizo en el paladar y hubiera hecho mayores muestras de su apreciación por la comida de Ricardo de no ser porque su mujer hubiera puesto mala cara—. Pero incluso aunque exista y vaya ahí, me convertiré en el amante del diablo.

—Harás cola para ser empalado. —La mujer se sostenía el estómago con una mano y, con la otra, se daba el lujo de comer arroz—. Y terminarás peor que todas esas locas con las que te acuestas.
Richie palideció, ese comentario estaba muy lejos del status pactado.

—¡Cecilia!

Pero Mad no le hacía caso. Comparada con Laura esa mujer escupía rosas por la boca, así que él siguió comiendo como si nada pasara y sabía que esa actitud despreocupada ponía de los pelos a la esposa de su amigo.

—Déjala, Richie. No me molesta que diga esas cosas… Ser empalado no está tan mal después de todo. Después de un tiempo y con algo de lubricante puedes llegar a acostumbrarte a sentir algo duro dentro del…

—¡Por Dios, basta! —chillaba ella, y Mad se reía a carcajadas de la cara de asco que ponía.

Cecilia era una mujer muy exigente. Ambos podían llevarse bien, de hecho hubo muchas ocasiones en las que pasaron buenos ratos juntos, pero ella estaba convencida de que él era una mala influencia para su esposo y que su modo de vida era insalubre, incorrecto e impío. Durante los primeros años de noviazgo entre ella y Ricardo, Cecilia intentó desesperadamente enderezar el camino de Jean Claude pero, al ver que no lo lograba, comenzó a amargarse. Fue por esa época cuando comenzó a hacer comentarios de ese tipo, algunos de los cuales hicieron enojar un montón a un Jean Claude mucho más joven y volátil. Pero su mejor amigo estaba enamorado de ella y como Mad no quería perder una amistad de tantos años, con el tiempo aprendió a soportarla e incluso llegó a apreciarla y a tomarle algo de cariño. Comieron pinchándose mutuamente con las palabras hasta que al cabo de diez minutos se dieron por satisfechos y pudieron seguir la cena hablando de temas variados: Qué habían hecho los últimos meses, cómo iba el trabajo, chismes de viejos compañeros de la facultad o de conocidos en común, películas, política... La charla había divagado tanto que Mad se relajó al punto de olvidarse todas las bromas de Richie sobre “su esposa” hasta que, luego de limpiarse la boca con la servilleta y posar los cubiertos sobre el plato en señal de que no deseaba seguir comiendo, Cecy se enderezó en la silla y preguntó.

—¿Cómo está el pequeño que vive contigo?

Mad gruñó en su fuero interno. “Maldita sea” pensó, costándole un poco tragar el Dom Perignon.

—Richie ya me preguntó… Está bien, ya ni siquiera recuerda el asunto.

A pesar de que rogó en su mente porque no continuaran con el tema, a ella se le prendió el lado maternal. Acarició su vientre abultado con ambas manos poniendo una cara que Mad no pudo definir del todo.

—Qué bueno, no muchos corren con tanta suerte… No sé qué me pasa, pero no he podido dejar de pensar en él y en todos los casos que mi Richie ha atendido en estos años. —Los ojos se le aguaron un poco sólo de pensar en los niños, los montones de niños, que eran abusados por padres, compañeros, maestros o tíos. Pobres criaturitas cuyas vidas nunca volvían a ser las mismas—. Me pone tan mal…

Un incómodo silencio se instaló en el medio de la sala por un buen rato, mientras que todos comían pensando en el tema. En realidad Mad pensaba en cómo reaccionarían sus anfitriones si supieran que estaba de novio con un chico de catorce y que vivían juntos como una pareja de recién casados. Prefería pensar en eso que imaginar otras cosas peores, como lo que le hubiera ocurrido a Ariel de no haberse escondido bajo la mesada esa noche horrible o llegar a compararse a sí mismo con los miles de monstruos que daban vueltas por el mundo. A todo esto, Cecilia tomó un lardo trago de jugo de naranja y miró a Jean Claude con una cara que no pudo descifrar bien hasta que la mujer abrió la boca.

—¿Y qué tal te va con él?

Mad pudo haberse ahogado, más lo disimuló bien.

—Perfectamente. Es genial tenerlo en casa.

—¿En serio? —Frunció el ceño—. Tú siempre fuiste receloso de tu privacidad, ¿no te amarga tener un crío ajeno allí?

Jean Claude rió en su fuero interno. “Si supieras…” pensó, pero se mordió la lengua para no hablar de más.

—No, no me molesta para nada. —Ella estuvo a punto de abrir la boca otra vez pero, creyendo saber adónde iba la cosa, no lo permitió—. Y sí, él anda muy bien. Estudia, ríe, sale con amigos... No tiene pesadillas ni tampoco piensa en el incidente con sus ex compañeros de clase.

—Esos delincuentes… —Cecilia dejó la comida de lado como si su sola mención le hubiera cerrado el apetito y tomó la mano de su esposo con fuerza, mirándolo—. Me aterra el sólo pensar que existan personas así en el mundo.

Ricardo apretó la mano de su mujer entre las suyas con los ojos brillantes y algo en su mirada le dijo a Mad que estaba pensando en su futura hija.

—Así es el mundo, cielo —susurró él, besándole la mano—. Por suerte, ésos están encerrados como corresponde, gracias a que existimos abogados y fiscales capaces de condenarlos.

Mad bufó.

—Sí, pero por cada uno de ustedes hay veinte más capaces de defenderlos y dejarlos en libertad. Es la otra cara de la ley.

—Eso también es cierto, y es lamentable. Pero así es el mundo.

Así se quedaron hablando de lo mismo: La ley, sus pros y sus contras, en todos los locos que andaban por el mundo. De esos sobraban, decía Cecilia, y deberían ser colgados de las pelotas y encerrados en una cárcel de máxima seguridad. Mad asentía, pero por dentro no dejaba de retorcerse. Él aún no estaba seguro de a que bando pertenecía: Si al de los buenos o al de los malos, locos y degenerados. Era muy consciente de que desde el punto de vista moral su relación con Ariel era “indecente”, por usar el adjetivo más leve, pero, ¿cómo controlar sus sentimientos? Porque él lo amaba, y creía que eso marcaba la diferencia. Ariel también lo quería, eran una pareja estable que convivía junta. ¿Eso lo convertía todavía en un loco suelto?

Sus dudas siguieron allí, latentes, haciendo que se sintiera incómodo por momentos en la mesa al punto de que le costara alegrarse y charlar con sus amigos de cualquier tema. La cena llegó a convertirse en una lenta tortura como la gota de agua china hasta que en algún momento de la noche, después de la mousse casera de chocolate y de que Cecilia se fuera a dormir muy agotada luego de tanto ajetreo, los dos hombres fueron con sus latas de cerveza al despacho de Ricardo para poder hablar tranquilos y asegurarse de no molestar a la dama.

La habitación era pequeña pero confortable. Tenía su escritorio lleno de papeles junto a la ventana, una biblioteca llena de libros de derecho y un par de sillones cómodos en un costado, frente a una mesita ratonera donde ambos colocaron las cervezas mientras que Ricardo se encendía el habano obligado de la noche. Era una tradición, al igual que la pizza y las cervezas, que al menos uno de los dos se fumara un habano cuando se encontraban, aunque valía aclarar que en viejas épocas también fumaban pero no habano ni cigarrillos.

Durante esos momentos a solas pasaban un rato en silencio antes de hablar de temas más profundos. Ya que Jean Claude parecía inmerso en pensamientos algo turbios, Ricardo dejó salir el humo de su cigarro y le miró desde su lugar.

—Oye, Mad.

—¿Mmh...?

—¿Has estado saliendo con alguien? —preguntó a quemarropa, logrando que Mad se tensara un poco. ¿Qué iba a hacer? ¿Decirle la verdad o no? El peso del secreto estaba comenzando a matarlo y necesitaba que alguien le escuchara y le diera consejo. Pero era algo bastante escabroso, ¿cómo contarle que salía con un menor a su amigo abogado y...?

De golpe, una lamparita se le encendió en la cabeza.

—Sí, lo estoy —respondió de modo vago, tomando un buen trago de cerveza para darse valor. Su amigo alzó las cejas, demasiado interesado en el tema.

—¿Ah sí, y quién es? ¿Lo conozco?

—Aah...

Jean Claude respondió con un gesto de la mano, poniéndose serio de golpe. Era ahora o nunca, tenía que decirlo. ¡Necesitaba saber! Respiró aire hasta casi dolerle el pecho antes de lanzarse desde el paracaídas en dirección al mar lleno de tiburones.

—Ricardo, tenemos que hablar. Necesito que me asesores como mi abogado.

Preocupado, Richie se sentó muy erguido en su asiento logrando que los músculos se le tensaran y se viera más grande e intimidante.

—Dime.

—Bien. Pero recuerda que es un asunto legal, ¿de acuerdo? Cien por ciento legal. —Sus palabras no ayudaron a que su amigo se calmara, ambos iban preocupándose cada vez más por lo que iba a decir. Uno por su amigo, a quien creía en apuros, y el otro por la reacción de quien era una amistad desde el parvulario. Jean Claude pasó saliva, se llevó la cerveza a la boca y le dio el trago más largo de su vida en un intento de que el alcohol le diera valor—. Estoy saliendo con alguien —dijo al fin, con la voz pastosa por el esfuerzo—. Con alguien más joven que yo.

—¿Más joven...? Pero, ¿cuánto? Cinco, seis...

—Más. Tiene menos de veinte... —Ricardo arrugó la frente—. Menos de dieciocho en realidad.

—O sea... ¿Sales con un menor de edad?

Jean Claude apenas tuvo tiempo para asentir que Ricardo se tapó la cara con ambas manos, soltando un ruido parecido a "Uuuufff" como si le hubieran dado una patada al hígado. Se echó hacia atrás sobre el sofá, masajeándose el puente de la nariz con los ojos cerrados mientras intentaba con todas sus fuerzas no enojarse con su amigo. Estaba convencido de que Mad había enloquecido por completo. Siempre se metía en cosas algo alocadas y él lo quería, así de loco y fiestero como era, y creyó que se había encaminado al verlo calmarse, dejar de salir a acostarse con desconocidos... Sólo para enterarse de que ahora andaba con un menor. ¿Acaso estaba loco?

—Dios mío, Mad... ¿Es que no piensas antes de actuar? Ya sé que piensas con el pene, pero al menos trata de pensar.

—Oye, que yo pienso muy bien antes de actuar. Fue él quien se me declaró, ¿sabes? Y, para tu información, estuve casi medio año tratando de olvidarlo, de salir con otros e incluso intenté que me odiara.

—Eso no quita que seas un asaltacunas —replicó, mirándole ahora sin poder creérselo—. Y yo que creía que estabas encaminándote, resulta que estás encamándote con un crío! ¿Sabes lo que eso le hará a tu carrera? ¿Tienes la más mínima idea de cómo te mirará la gente si llega a saberse? Dime que tiene diesiciete, por el amor de Dios.

—Emh... —Pasó saliva, rodando un poco los ojos—. En realidad...

Lo vio envejecer treinta años. Con la mandíbula tensa y los puños blancos de tanto apretarlos, Ricardo se atrevió a preguntar con la voz trémula si conocía a esa persona. Y tembló cuando Mad le dijo que sí.

—Dime que no es quién creo que es —farfulló, pensando en la opción más obvia. Después de todo, Mad tenía a un menor viviendo con él las posibilidades de que la cosa se complicara eran varias.

—Sí, Richie. Es Ariel. Estoy saliendo con Ariel, estamos en una relación.

Lo que ocurrió luego no fue bonito para nada. Ricardo se levantó de golpe, yendo de un lado al otro del cuarto despotricando a los cuatro vientos que estaba loco, que cómo diablos se le ocurría hacer una cosa así. ¿Es que de golpe se había vuelto pedófilo? ¿Acaso iba a tener que alejarlo de su niña cuando creciera? ¿O que estaba tan necesitado que lo tenía a Ariel muy a mano y decidió aprovechar? Ariel podía quitarle todo su dinero, su familia podía quitarle su reputación, podía ir a la cárcel. Estaba loco, loco y muy enfermo. Así, la bronca de Ricardo continuó hasta quedarse sin voz mientras que la vena de su cuello se inflamaba hasta parecer un tumor con pulso. Mad aguantó todas y cada una de sus palabras por más hirientes que fueran, las soportó como grandes puñaladas, dolorosas y profundas, sin decir nada ni interrumpir de ninguna forma hasta que su amigo de toda la vida se quedó sin aliento y entonces, sólo entonces, pudo hablar.

—¿Terminaste?

—No... —jadeó, tomando su copa para hacer fondo blanco—. Pero si no me controlo terminaré llamando a la policía.

—Eres mi abogado, no puedes hacer eso. Tienes que guardar mis secretos, ¿recuerdas? Soy tu cliente después de todo. —El silencio del Tiburón le indicó que no tenía como refutarle, e hizo un gesto a su amigo para que se sentara en el sillón. Creyó que no lo haría, de hecho pensó que no se le acercaría nunca más, pero él aceptó y se sentó, quizás por cansancio o quizás por ese lazo de amistad aún latente entre ambos y que, ahora, parecía pender de un hilo. —Quiero saber qué repercusiones legales puedo tener con ésta relación y, además, quería contártelo porque ya no soporto mantenerte un secreto. No soy pedófilo, tranquilízate. Al menos, no creo serlo. No me atraen los niños, no me excitan y, de hecho, no me gustan y los prefiero a cuarenta kilómetros de distancia. Jamás podría pasar mi tiempo con niños, ¿recuerdas? —Ricardo asintió, respirando hondo, cosa que Mad aprovechó para tomar aire y continuar—. Me gusta Ariel, solamente Ariel. Estoy enamorado de él desde el primer momento en que lo vi, no es como si quisiera aprovecharme de él ni nada, de verdad lo quiero más que a mi vida y quiero que sea feliz... Para ser franco, jamás pensé que me correspondería ni que terminaríamos juntos. Todo el tiempo creí que yo sólo sería un tío o un amigo y, bueno, si era eso lo que podía tener con tal de estar a su lado era capaz de soportarlo.

—Bien... Digamos que te creo. Dime ahora, ¿de verdad que él...? Bueno, ¿realmente quieres que crea que un pequeño se te declaró?

—Puedes preguntarle a él mismo, aunque seguramente pensarías que yo le dije que te dijera eso —replicó, sintiéndose cada vez peor. ¿Acaso Ricardo realmente lo creía capaz de aprovecharse de un chico—. Se me declaró él mismo en el desfile que hizo mi hermana... Diablos, Ricardo. Sé que está mal, ¡lo sé! Lo sé muy bien. He vivido medio año sintiéndome la peor basura del mundo por querer abrazarlo, me torturaba cada vez que pensaba en él. Era cerrar los ojos y tenerlo presente, hasta lo veía en mis sueños. Lo amo, estoy enamorado de Ariel. Es la única persona en quien puedo pensar y no tenerlo a mi lado me hace un hueco dentro del pecho que ni te imaginas. Sólo quiero que sea feliz. Cuando él me dijo que le gustaba traté de disuadirlo, le dije que era muy viejo para él. Hice tripas corazón e intenté alejarme de todas las formas posibles, pero eso sólo me hizo necesitarlo más —dijo, rememorando las emociones que había sentido en todo ese medio año, las cuales eran tantas que hasta podía hacer un atlas con ellas—. Pero desde que estamos juntos soy tan feliz... No recuerdo haberlo sido antes, al menos no de esta forma. Quizás no lo entiendas, pero cada vez que me sonríe, que me abraza, que toma mi mano me siento capaz de conquistar el mundo yo solo. Y no quiero perder eso, no quiero perder lo que tengo con Ariel. Y soy capaz de sacrificarlo todo —sentenció, mirando fijo al abogado.

Quería hacerle entender que, aunque le partiera el corazón en dos, era capaz de sacrificar su amistad con él. Era un desatino decir eso cuando toda su vida se jacto de que jamás rompería una amistad por una pareja, que los amigos quedan y los novios se van tarde o temprano, pero es que para él su relación con Ariel valía tanto y la atesoraba con tanto empeño que era capaz de hacer cualquier cosa aunque violara sus normas y principios. No le importaba, nada importaba, mientras pudiera tener a Ariel feliz a su lado. Ricardo por su parte, soltó un largo suspiro. Nunca antes había visto a Mad tan convencido, tan vehemente con una relación ni con esa chispa en los ojos pero... Pero se trataba de una criatura. Es decir, no era ilegal ni mucho menos, pero moralmente seguía siendo algo impensable. Y, sin embargo, ¿qué podía decirle cuando él había sentido todas y cada una de las cosas que Mad decía sentir cuando se enamoró de Cecilia? ¿Acaso él no había luchado contra la oposición de ambas familias para poder estar con su mujer? ¿Acaso podía perder a su amigo por una diferencia tal? No lo aprobaba, ni jamás lo haría, pero si podía comprobar que ambos eran felices quizás lo haría. Hasta entonces, se mantendría neutro.

Mad se tensó al ver como Ricardo volvía a recobrar la compostura, esperando el veredicto de su amigo.

—Jean Claude —dijo, en tono serio y tenso—. Como tu abogado debo decirte que legalmente hablando no estás haciendo nada malo. Hoy día se considera al mayor de catorce años como una persona sexual y se entiende que sabe lo que está haciendo cuando tiene relaciones con alguien mayor. No se te puede condenar, claro a menos que la familia tenga pruebas contundentes de que el menor fue engañado, coaccionado o chantajeado para tener relaciones con el adulto. Sólo si tienen pruebas como testigos, llamados, fotos o mensajes de texto pueden condenarte de abusar de un menor a través del engaño. En caso de no tener pruebas... Pues es tu palabra contra la de él, como no pueden quitarte tu derecho a inocencia les sería imposible causarte un perjuicio —sentenció al fin, haciendo una breve pausa con los ojos cerrados en lo que buscaba las palabras correctas para continuar con su discurso mientras intentaba controlarse a sí mismo—. Sin embargo, es probable que te hagan la vida imposible a cambio si se enteran. Pueden denunciarte en los diarios y cosas así, tu reputación quedaría en los suelos. ¿Aun así, vas a seguir?

—Sí. —No tuvo ni que pensarlo dos veces—. Lo amo mucho y me costó demasiado conseguir lo que tengo como para perderlo ahora.

Ricardo cerró los ojos e hizo un gesto hacia la puerta del cuarto. Estaba echándole. Se había esperado esa respuesta pero, aun así, una parte de su ser estuvo rogando porque lo considerara.

—Ahí tienes tu respuesta. Como tu abogado, no diré nada. Ni siquiera a Cecilia pero... Mad, esto no es fácil para nada. Aún no sé bien qué pensar ni qué decirte. Será mejor que te vayas.

Y, descorazonado por esas palabras, indignado por la incomprensión que sabía que recibiría pero que igualmente esperó no recibir, Jean Claude se levantó hecho una tromba y salió de la habitación, del pasillo, y de la casa a grandes zancadas, dando un portazo fuerte para desquitarse la rabia antes de subir a su auto y marcharse dejando a su confundido amigo en el sillón de su despacho sin saber bien qué pensar. Mad refunfuñó toda la noche, masticándose la rabia mientras pasaba a un mercado chino abierto toda la noche para comprar más cervezas y bajar las penas con el regusto amargo del alcohol, lamentando una cruel ironía de la realidad: Si un chico joven salía con una mujer mayor, lo estaban iniciando. Si un hombre salía con una menor, iba preso. Y si él, un hombre enamorado de verdad por primera vez en toda su vida, salía con un chico menor siendo correspondido por él, incluso aunque lo respetara y lo quisiera, no sólo iba preso, sino que también perdía a los amigos, la familia, su trabajo, su reputación y toda una vida en el proceso.




—¿Qué quieres comer?

Ariel alzó la vista de la novela de ciencia ficción que había estado leyendo para mirar a su primo, quien revisaba las alacenas en busca de algo decente para preparar. Esa era noche de películas entre primos, una tradición que cumplían a rajatabla desde que podía recordar y que su querida tía solía usar como excusa para pasar una noche a solas con su hombre en alguna parte de la ciudad. Durante sus noches especiales los chicos preparaban la cena por su propia cuenta, estudiaban un rato o jugaban a los videojuegos, y luego miraban películas hasta que despuntaba el sol. Los dos se habían encontrado durante la tarde en la universidad donde Gian Luca estudiaba para volver juntos a casa, tal como éste le había pedido cuando le envió un mensaje diciéndole que iría directo a la casa por su cuenta. Ni habían pasado diez segundos que Gian Luca lo llamó para decirle que no lo hiciera porque el zángano andaba rondando por ahí y no quería que se quedara solo con él.

Ariel no dudó en hacerle caso.

Pasearon un rato por los alrededores del campus, incluso comieron en el buffet de la universidad junto con los demás compañeros y amigos de Luca. Para Ariel fue bastante divertido escucharlos charlar sobre los profesores, las materias, incluso sobre lo último que les habían explicado aunque él no entendiera nada al respecto. Luego de unos cuantos chistes y un par de gaseosas consideraron que lo mejor era volver a casa a encerrarse en el cuarto a hacer ocio. Y así estuvieron, siendo atendidos por Chetina, quien les llevaba sándwiches y jugo de naranja, hasta que los adultos del hogar se fueron. A partir de entonces, podían hacer lo que quisieran al fin solos y sin tener que soportar a Richard molestando por ahí. Ya eran casi las diez de la noche y, ya que Ariel había hecho la cena en la última noche de películas, esa vez le tocaba a su primo aunque a este la idea no le gustara. El muchacho pasó la página de la novela, sin prestarle demasiada atención a su primo.

—No sé —dijo, apoyando un codo en la mesa y la cabeza sobre la palma de su mano en un intento por seguir leyendo—, ¿qué hay?

El sonido de unas latas y bolsas siendo movidas le indicó que Luca estaba revisando el contenido de la alacena.

—Pues… Hay pasta, arroz, cubos de caldo, latas de conserva. En el refri hay chuletas, huevos, y pastel de carne que quedó de ayer. ¿Puede hacerse algo medianamente comestible con eso?

—Bueno, podrías hacer arroz con verduras y chuleta. O si no, con huevos revueltos —respondió, dejando definitivamente la novela ya que parecía que no iba a poder seguir leyéndola. Su primo era un poco indeciso cuando se trataba de hacer la cena, de hecho, podía pasar más de veinte minutos tratando de elegir y la verdad era que comenzaba a darle la suficiente hambre como para no querer esperar tanto—. También sopa con arroz, spaghetti, tortilla. ¿No puedes usar la imaginación, primo?

—Lamento no ser un amo de casa como tú. —Hizo una mueca con la boca. Sabía que era un indeciso y también sabía que sus comidas no eran tan ricas como las que Ariel hacía pero, al menos una vez, quería llegar a cocinar algo que a Ariel le gustara. Era por eso que tardaba tanto en elegir, porque no quería hacer mezclas intragables ni tampoco experimentos peligrosos—. ¿Te parecen bien una tortilla y algo de arroz?

Ariel asintió, contento por haber logrado que el otro no estuviera demasiado tiempo divagando y Luca se sintió feliz por haber hecho la elección correcta. Mientras el pequeño ponía la mesa y acomodaba las cosas, Luca fue poniendo manos a la obra para cocinar lo más decente que le era posible. A diferencia de su mamá y su primo pequeño él no tenía maña con las sartenes, apenas si lograba hacer unos tres o cuatro platos especiales que le quedaban bien. El resto… El resto era mejor no probarlos si no se tenía el estómago entrenado. Empero, Ariel siempre se comía todo lo que le ponía en el plato aunque estuviera quemado, insípido, o como fuera y, si bien eso consolaba un poco su orgullo herido, quería mejorar para poder algún día dejarlo sin palabras. Mientras tanto, debería conformarse con lograr que su primito se acabara la cena.

Durante la cocción de lo que sería su futura cena, Ariel se sentó en una parte del mesón para charlar con su primo y contarle todas las cosas que habían estado pasando. Luca estaba al tanto hasta del último chisme de su escuela, pues Ariel nunca lo dejaba afuera de nada y le contaba todo, casi como a Mad pero con ligeras diferencias. Había cosas que prefería no decirle a su novio y otras que no le contaba a su primo, para mantenerlos iguales porque sentía que era lo correcto. A Mad no podía contarle lo que había pasado en la mañana cuando Christian lo llamó, ni tampoco podía decirle que Chris actuaba así porque Vlad tenía la manía de andar encima de él todo el día, mientras que a su primo sí podía decirle eso. Uno se ponía celoso, el otro, por suerte, no lo hacía. Así que se pasó los veinte minutos en los que tardó en hacerse la comida contándole sobre los desplantes de Chris, sobre que Shirogane y Sorja actuaban un tanto extraño; le contó de los últimos preparativos del festival y también sobre la última broma que le habían hecho a la profesora de artes plásticas con una bomba de olor.

Durante la comida siguieron hablando, por supuesto. A pesar de la diferencia de edad, ambos chicos podían charlar casi sin ningún inconveniente sobre cualquier cosa, fuera lo que fuera, por lo que Gian Luca se la pasó charlando sobre sus trabajos prácticos, las chicas bonitas del curso, cómo había salido el último partido de fútbol con sus amigos de siempre e incluso lo invitó para la próxima reunión. Era una típica cena pacífica en la que los dos se hacían bromas y pasaban las horas llenando el silencio que reinaba en toda la casa con sus propias palabras, tal y como siempre lo hacían. Aunque, claro, antes era más fácil. Con Angelo, con Rosetta, y con su madre sin estar de pegote con el zángano era mucho más sencillo que las noches de películas fueran entretenidas.

Ariel se encargó de lavar los platos, Luca hizo rosetas de maíz, sacó un montón de golosinas que obtuvo “de contrabando”, como le decía cuando compraba comida chatarra al por mayor cerca de la facultad y la mantenía escondida en alguna parte de su mochila o su cuarto para que su madre, la cual siempre estaba a dieta y prohibía cualquier alimento calórico no casero dentro de la casa, no los viera. Dejó todo predispuesto delante de la televisión mientras que Ariel tomaba ropa limpia e iba a darse una ducha rápida antes de ver la peli.

—Ariel, ¿no puedes esperar a que termine la película? —se quejó Luca, sentándose en la cama con cara de circunstancia.

—No, porque una vez que empecemos no vamos a parar de ver una tras otra y no me dejarás bañarme.

—Lo dices como si fuera mi culpa si no te bañaras. —Hizo una mueca con el ceño y los labios, tirándose de lleno sobre el colchón—. Nunca voy a entender esa manía tuya de bañarte dos veces al día…

Ariel se rió, sacándole la lengua a su primo.

—Oye, si tú eres una mugre con patas no es asunto mío, ¿sabes? A mí me gusta bañarme, además es costumbre. Mamá me crió así.

—Seh, lo recuerdo. Cada vez que me quedaba a dormir de pequeño en tu casa, tu madre me obligaba a bañarme y si se me ocurría negarme, Rosetta me perseguía por toda la casa para arrastrarme hasta la bañera —dijo, sonriendo ante el recuerdo. Al final los baños no eran tan malos cuando se ponía a jugar con Ariel a que eran Jaques Costeou.

El jovencito también se rió, rememorando de golpe todas las veces en las que Luca se había subido hasta en el techo para no bañarse. Cuando eran niños había sido algo casi normal que Gian Luca se negara a bañarse, pero a medida que fueron creciendo lo convirtieron en una especie de juego que se extendió hasta que el mayor cumplió los catorce. Cada noche que dormían en casa de Ariel preparaban alguna treta de antemano o buscaban algún escondite para evitar el baño, pero su mamá siempre los encontraba y los llevaba a rastras a la bañera, so pena de no recibir ninguna golosina y no poder ir al Belvedere.

—Era divertido, ¿eh? Pero era mejor con Angelo. A él se le ocurrían las mejores bromas.

—¿Cómo cuando le pusimos tintura en el champú de mamá? —dijo Luca, poniendo esa sonrisa divertida que le hacía hoyuelos, la cual solía poner histéricas a las mujeres en diez kilómetros a la redonda. Ariel no pudo evitar soltar una carcajada tal que se le cayó la ropa al piso, pues recordaba perfectamente esa ocasión. Y había sido hilarante—. Nos dejó sordos con el grito que pegó cuando se miró al espejo, ¿te acuerdas?

—Qué si me acuerdo… ¡Quedó violeta por una semana! Aaah, pero a cambio de esa broma sufrimos bastante. Bueno, yo no, porque la tía ni pensó en castigarme, pero tu nalga derecha debió quedar muy resentida después de la tunda que te dio.

Gian Luca puso una cara seria, muy seria, y como la que pondría cualquiera que estuviera a punto de dar una pésima noticia.

—Efectivamente. Mis nalgas aún tienen marcas de aquél fatídico suceso y creo que nunca se repondrán. Agradeceré tu comprensión si no me pides muestras empíricas del hecho y no volvemos a tocar el tema.

Eso bastó para que Ariel volviera a retorcerse de risa. Al final, Ariel terminó metiéndose en la ducha a pesar de que Gian Luca intentó detenerlo un par de veces más y mientras que el agua barría con la espuma que le cubría el cuerpo, decidió mirarse a sí mismo. No le gustaba mirarse cuando estaba sin ropa, pero era tiempo de hacerlo. Después de todo, ahora que su relación con Mad estaba avanzando y comenzaban a ir al plano físico era menester el enfrentarse a su propio cuerpo y decirle a su pareja la verdad, esa que era su mayor secreto. ¿Cómo lo tomaría su pareja? ¿Le daría asco, huiría de él? Tal vez se impresionara y se enfadara con él por habérselo ocultado, incluso podía llegar a dejarlo.

El muchacho se acarició el pecho, dándose cuenta de que sus pectorales no eran tan planos ni rectos como los de otros varones, pues los suyos tenían una forma levemente redondeada, como las de las niñas que aún no desarrollan los pechos. Sus ojos y sus manos siguieron descendiendo y palparon el vientre plano, la cintura pronunciada, el vientre también algo redondeado y las caderas que se habían ensanchado un poco más en los últimos días, al igual que sus muslos y su trasero. Soportando las ganas que tenía de golpear los azulejos del baño, siguió descendiendo para encontrarse con el pubis y el leve vello que allí habitaba, justo antes de llegar a lo que era su hombría. Los cuerpos de los demás chicos no eran así, no tenían formado el cuerpo de esa manera, no tenían un pubis de forma femenina y mucho menos con un patrón de vello como el que tienen las chicas.

Su sexo era lo peor. Había averiguado en Internet que muchos de los hombres que sufrían el mismo mal que él tenían los genitales mal formados, ambiguos, o que sus sexos eran de tan sólo cinco centímetros. El suyo no tenía ese problema, pero no era lo suficientemente grande para su edad y estaba quizás demasiado abajo. Cada vez que miraba su propio cuerpo se preguntaba de dónde sacaba la entereza para proclamar que era un varón cuando su cuerpo parecía opinar todo lo contrario. Bastaba con que dejara de tomar sus hormonas, esas pastillas blancas que se tragaba a escondidas de Jean Claude casi todos los días, para que le crecieran los pechos. Y ahora que estaba en la pubertad debía aumentar las dosis.

Cerró la regadera de un movimiento furioso, salió de ella comenzando a secarse el cuerpo a las apuradas pensando en alguna manera de decírselo a Mad antes de que la cosa siguiera avanzando. No podía ocultarle su cuerpo para siempre, era imposible no decírselo. Y mucho más teniendo en cuenta que él quería llegar a hacer el amor con él en algún momento de su relación, pero estaba tan asustado de su respuesta que no sabía ni por dónde comenzar. Se puso el pantalón de pijama y, de mala gana, volvió a mirarse en el espejo antes de abandonar el baño hecho una furia mientras que se secaba el cabello con una mano.

—Ariel, la nube en tu cabeza está echando truenos. —Gian Luca se había dado la vuelta en cuanto su primo entró al cuarto. Ariel había pegado un portazo y tenía un “Vete al demonio” grabado en la frente—. ¿Qué te ocurre?

—Nada —masculló, secándose con fuerza el cabello sin poder dejar de pensar en su cuerpo ni en cómo decirle a Jean Claude sobre el tema. Luca mantuvo el silencio mientras ponía la película a la vez que miraba a su primo de reojo, consciente de que estaba enojado por algo pero sin saber qué era ese algo. ¿Qué motivos tenía para ponerse así? Lo entendió cuando recordó la cantidad de veces que lo vio llorar por verse diferente, más cuando con la pubertad los cambios se hicieron mucho más notorios. Gian Luca se volteó para consolarlo, decirle, como siempre, que no tenía por qué sentirse así y mucho menos ahora que nadie lo molestaba.

Sin embargo, al mirarlo, las palabras se le trabaron en la boca cuando se dio cuenta de algo que no había notado antes: Una mancha rojo- violácea en el cuello de su primito, brillando en su esplendor sobre su clavícula. El mundo de Gian Luca Mingroni dejó de girar, el color se le fue de la cara y le temblaron las piernas ante la imagen de su adorable hermanito menor recibiendo un chupetón de parte de alguien. ¿A su edad? ¿Con quién? ¿Cuándo? Si se trataba de una niña podía perdonar tamaña falta de respeto como lo era un chupón semejante pero, de no ser así... A Luca le tembló el pulso cuando, con voz de ultratumba, inquirió:

—Ariel, ¿qué te pasó en el cuello?

—¿Hmm? —Este se miró como si nada y se encogió de hombros. No tenía idea de qué era, ni siquiera se le pasó por la mente que fuera la marca de un beso. Era raro tener ese “moretón” cuando ya no le arrojaban cosas en la escuela. Y que él supiera, Mozart no lo había rasguñado—. No sé, me habré golpeado dormido o me habrá picado algo.

Luca pasó saliva.

—¿Seguro? —Ariel asintió con la cabeza de manera inocente y, como no notó en él ninguna duda, temor, nervios, u otras marcas, asumió que estaba pensando demasiado. Su primo era demasiado inocente todavía para tener chupetones sin importar cuántos pretendientes tuviera—. Vale, Ten cuidado con tu piel que se te puede lastimar y luego llorarás porque te quedaste sin trabajo.

—¡Yo no lloro! —exclamó el jovencito, dándole un golpe en el hombro a la par que se quitaba la toalla de la cabeza, la hacía un bollo y la arrojaba dentro del baño con muy poca delicadeza—. ¿Vas a dejar de burlarte de mí y pondrás la película o me obligarás a ponerme rudo?

—Humm… ¿Tengo otra opción?

—Nop.

—¿Me pegarías muy pero muy fuerte?

—Oh sí. —Asintió con una gran sonrisa, pensando en el enojo que podría sacarse de encima—. Muchísimo. La patada supersónica se va a quedar corta en comparación con lo que te voy a hacer.

Pese a que Gian Luca tenía la sensación de que su primo hablaba medio en serio se rió, agarrando el control del DVD que había dejado en el colchón y decidió tomarlo como una broma. No quería arriesgarse a sufrir un golpe de parte de Ariel cuando aún no se le iba la marca del último que le había dado.

—Bien, bien, entiendo. Vamos a ver la película —dijo, antes de poner en marcha el aparato pero se detuvo—. Oye, Ariel. Quiero preguntarte algo.

—¿Ma? —Miró al otro, ahora más tranquilo—. ¿Dime?

—¿Hay alguna chica que te guste?

Por un momento el cuerpo del niño se tensó por el miedo de haber sido descubierto, aunque sabía que no había hecho nada que pudiera delatarlo. Sin embargo, volvió a relajarse al pensar que Luca le estaba preguntando por una chica. A él no le gustaba ninguna, por ende, no mentía si le respondía.

—No —dijo, sin inmutarse—. ¿Por qué preguntas?

—Es que ya estás en la edad en la que comienza a interesarte el sexo opuesto, te preocupa el verte bien, encajar, conseguir una noviecita —sentenció, haciendo gestos con las manos sin darse cuenta—. Sé que te enseñan en la escuela pero creo que deberíamos tener una charla de hombre a hombre, ¿entiendes?

“Ay, no”. Ariel se puso colorado y maldijo en todos los idiomas que conocía. Pasar por esa charla vergonzosa a esas alturas era humillante.

—N-no es necesario, no hay nadie que me guste —farfulló, más para horror suyo la voz le salio ahogada—. Ya sé lo básico.

De todos modos, su primo no desistió.

—¿Sabes de los condones, la píldora, la higiene y las ETS? —A cada cosa que decía, él asentía con la cabeza—. ¿Sabes que una chica puede quedar embarazada aunque no la penetres? ¿Sabes eso?

—Sí… Nos enseñaron en la escuela y yo anduve averiguando solo en Internet.

—Vale —suspirando, abrazó a su rimo sintiéndose feliz al saber que no lo haría tío antes de los veinte—. Sabes que si alguna vez tienes dudas o algo estoy aquí para aconsejarte, ¿sí? Lo más importante es que estés con alguien que te quiera, a quien quieras y que te tomes todo el tiempo que necesites.

Ariel, conmovido por ese gesto paternal por parte de quien consideraba su hermano mayor, correspondió el abrazo de forma cariñosa. Era agradable saber que tenía a su primo para charlar de esas cosas y, más importante, que empezara a notar que no seguía siendo un niñito. Ahora, el porqué de golpe estaba dándole clases de sexualidad era todo un misterio para Ariel.

—Gracias Luquita. Pero, ¿a qué se debe todo esto? —Quiso saber, mirándolo con las cejas enarcadas una vez que se separaron del abrazo.

—Sólo para que lo sepas. Esto es cosa entre primos, ¿okay? Mama ni nadie más debe saberlo.

—Prometido —dijo, esbozando una sonrisa alegre. Ya no se sentía tan frustrado y podría disfrutar de la película—. Aclarado esto, ¿podemos ver la peli de una buena vez, por favor?

Gian Luca rió de nuevo, ahora muchísimo más tranquilo y con la conciencia limpia, y puso play para dedicarse a ver la película juntos. Pasaron el resto de la noche en silencio, escuchándose sólo sus risas o el ruido que hacían al masticar los pochoclos y demás golosinas cuando el tono de Fairytale gone bad sonó a todo volumen en el cuarto, avisándole a Ariel que había recibido un mensaje de texto. Casi al instante, Ariel tomó el aparato, revisando rápidamente para no perderse nada de la película. Era un mensaje de Chris, escrito siempre de forma muy educada y con ortografía perfecta.

“Lamento lo de hoy. ¿Podemos Charlar mañana? Te invito a almorzar.”

Con todo lo que había pasado se había olvidado de la discusión telefónica que tuvo con su amigo. Bien, si el chico pedía disculpas y encima quería darle explicaciones no estaba bien decirle que no. Un buen pagano era capaz de olvidar las afrentas si el otro estaba realmente arrepentido de sus actos y, más que nada, sabía que en el fondo Christian era un buen chico. Debió tener sus razones para portarse de ese modo y estaba seguro de que si aceptaba a ese almuerzo, descubriría dichas razones. Aunque ya se las imaginaba.

“Sta bn, dime la hora y el lugr q yo staré allí mñn”.

Apretó enviar, luego puso el celular en vibrador y esperó la respuesta. No tardó mucho en llegar.

“Te veré en Lash Té, la casa de té que esta en el centro, entre la esquina Bravo y Magallanes al mediodía. No llegues tarde, por favor. Muy buenas noches, Ariel. Nos vemos mañana”.

Luego de soltar un suspiro y ponerse el despertador, Ariel le envió un mensaje a Mad avisándole que llegaría un poco tarde a la casa. Esperaba que no se enfadara. Dejó el aparato sobre la mesa de luz, disponiéndose a ver la película.



Jean Claude llegó a la casa alegre, mareado, ligero y bastante atontado luego de que la alegría de ver a su amigo se mezclara con el ataque de enojo y bronca que sufrió tras la reacción de Ricardo al contarle de su relación con Ariel y las cinco latas de cerveza que se bajó. Entró a tientas, casi cayéndose al piso cuando abrió la puerta para cerrarla tras de sí a portazos y ponerse a aplaudir constantemente haciendo que las luces se encendieran y se apagaran. Aquello se le hacía chistoso.

—¡Ariel! —gritó en medio de la sala de estar—. ¡Arielito, ya llegué! ¿Dónde esta el niño más bonito del mundo, eh?

Con las luces al fin prendidas, arrastró sus alcoholizados restos que no paraban de reírse hasta el sofá, chocándose con casi todos los muebles con los que se topó sin preocuparse, ya que no sentía dolor alguno, y se dejó caer despatarrado sobre el sofá.

—Ariel... ¡Ariel! Tengo ganas de hacer ramen... Ramen con jamón. Y niños envueltos. ¿Dónde demonios está mi niño envuelto?

Fue cuando alzó la vista y miró a su alrededor que se dio cuenta de que no había nadie más que él en la casa y chocó con la realidad: Estaba solo. Ni siquiera estaban para hacerle compañía los perros, pues andaban en lo más profundo del jardín, escondidos, o el maldito gato que normalmente repelía. Su casa se veía tan vacía y oscura. Mad comenzó a agitarse, sintiéndose aprisionado como cuando de niño se encerraba en el ático. ¿Qué haría ahora? Se sentía tan pero tan solo.

Cuando estaba casi al borde del llanto histérico, sonó su celular. Lo sacó como pudo del bolsillo, lo abrió y, tras asegurarse de que era un mensaje de texto, se dispuso a leerlo aunque necesitó varios intentos para abrirlo. El mensaje era de Ariel.

Ciao, Mad. ¿Lo psast bn cn Ricrdo? Aqui stams mirand una peli q apsta pro al mns las grasitas sn ricas.

Mad sacudió la cabeza y volvió a leer.

...Pro al mns las golosinas sn ricas. Rgrso mñn n la trd, q dbo hablr cn Chris. T djé trta de spinak y qso para almrzr. Ya t stoy xtrñndo. Bss.

Abrumado por ese gesto tan tierno aunque gramaticalmente terrible, leyó el mensaje una y otra vez hasta sentir que las sombras se desvanecían, las paredes volvían a su sitio y la soledad se disipaba. Sólo dejó de leer un rato para entrar a los perros y alimentarlos, echándose otra vez en el sofá a releer el mensaje. Al final, allí se quedó dormido.



El sol partía la tierra en dos. Hacía tanta humedad que el aire se sentía pesado y muchas mujeres que andaban por la calle se quejaban de lo encrespado que les quedaba el cabello. Sólo el viento enviaba algo de frescor, sumado al aroma de las hierbas y pasto fresco tan típico de los días cercanos al verano. Ariel suspiró, incómodo. La humedad lo obligaba a atarse el cabello, los rayos del sol le escocían los ojos por lo que debía usar unos lentes ahumados muy grandes y el bloqueador solar que tuvo que ponerse para poder tolerar el estar fuera de casa le estaba haciendo transpirar cual testigo falso aunque estuviera en la sombra. Él normalmente no pisaba la calle durante días tan tremendos a menos que fuera estrictamente necesario, por lo que más le valía a Christian que valorara su esfuerzo.

A pesar de no haber dormido mucho por haberse quedado mirando esa malísima película de extraterrestres con Gian Luca, se levantó bien temprano para poder arreglarse, pasar tiempo con su primo aprovechando que Chetina no había regresado aún a casa. Y luego soportar el viaje de treinta minutos en el autobús lleno de gente en pleno domingo. Incluso en ese preciso momento, parado allí, debía aguantar las miradas de la gente mientras esperaba apoyado contra una pared frente a la confitería en la que debía verse con Christian desde hacía ya diez minutos. Si alguno osaba preguntarle cuánto cobraba por hora se iba a la mismísima mierda.

—¡Ariel!

Volteó, quitándose apenas los anteojos por un momento sólo para estar seguro antes de volvérselos a colocar, encontrándose de lleno con la imagen de Chris corriendo en su dirección con la cara roja.

“Vaya, se ha cortado el cabello”. El pelo lacio que antes caía en casco llovido hasta el mentón ahora se había convertido en un moderno corte sin flequillo más fácil de peinar y que resaltaba bastante los ojos de su amigo. Tal vez era por estar rodeado de moda, pero Ariel no pudo evitar examinar su atuendo bajo la seguridad confidencial que le daban los lentes oscuros. Su amigo llevaba una camisa a cuadros color celeste, pantalones vaqueros color caqui, todo planchado y acomodado con tanta pulcritud que parecía como si aún estuviera colgado en la percha. Se sintió vulgar con su propio atuendo luego de ver el esmero que su amigo puso en vestirse correctamente pero, la verdad, es que después de tantas sesiones de fotos y desfiles, ni ganas tenía de fijarse en cada pliegue de su ropa como su compulsivo amigo hacía. Después de todo era domingo, y los domingos Ariel se vestía como le venía en gana. Cuando el inglés llego a su lado, Ariel separó su cuerpo de la pared sacudiéndose el polvo de esta mientras que Christian recobraba el aliento.

—Hola Chris, ¿qué hay?

El otro pasó saliva, apoyando las manos en las rodillas.

—Lamento… la demora… —jadeó, todavía recuperando el aliento—. No calculé bien el tiempo y el bus llegó tarde.

—¿Aún no te das cuenta de que el transporte público va más lento en fin de semana?

I’m Sorry. —Lo dijo tan arrepentido, tan afectado, que el rostro de Ariel se suavizó y decidió perdonarle la falta—. ¿Sabes algo? Casi no te reconozco vestido de esa forma.

El modelo enarcó una ceja, suspirando. Llevaba puesta una playera común y corriente de color amarillo con frases estampadas y unos vaqueros holgados, rasgados y desgastados más unos tenis de tela. Como le daba pereza explicarle todo con lujo de detalles, se lo simplifico.

—No tenía ganas de vestirme demasiado emperifollado —dijo, sacándose los lentes y poniéndoselos sobre la cabeza —. Hubiera llegado tarde.

Chris, amable y caballeroso, sonrió comprendiendo el terrible dilema de no poder llegar temprano y luego de pedirle disculpas otra vez cruzaron hacia la acera de enfrente. En un domingo como aquel las calles pulcras, con sus árboles cercados, sus depósitos de reciclaje y pequeños departamentos de dos pisos, estaban casi vacíos por el tremendo calor que hacía, descontando a jóvenes aventureros como ellos dos, a algún que otro auto furtivo y damas que hacían sonar sus tacones contra las baldosas de cemento puntadas de colores en busca de liquidaciones. Ambos chicos entraron a la casa de té.

Esta era parte de un edificio muy viejo, de paredes grises y ajadas con típicos retoques barrocos el cual había sido usado para muchas cosas. En su momento fue un burdel lleno de escondrijos y habitaciones secretas donde muchachas, mujeres maduras y adorables chicos se escondían tras los velos que decoraban las paredes, las plumas y las sábanas de seda para complacer las fantasías de los colonos; luego de que el puritanismo se dedicara a barrer lo más que pudo con los antros de juego y lujuria, se convirtió en una posada gracias a que una joven viuda decidió que podía devolverle la honra a tales paredes manchadas. Por último, cuando toda la familia de aquella joven murió y las escrituras pasaron a ser de alguien más, se convirtió en una fábrica de galletitas que llenaba de aroma a canela y vainilla toda la cuadra. Y lo siguió siendo durante muchos, muchos años, desde los treinta hasta poco después de los noventa, cuando a la bisnieta que heredó la fábrica se le ocurrió convertirla en casa de té. Ahora, el edificio más viejo de toda la zona, el único que había sobrevivido a la modernidad y los cambios de época, se dedicaba a vender dulces e infusiones. Sólo la fachada exterior de la parte baja había sido remodelada por las necesidades del negocio, oferta y demanda; la vieja puerta de madera labrada se había convertido en una puerta de vidrio que podía ser empujada fácilmente, los escalones de mármol contaban ahora con una rampa para discapacitados o personas mayores, las viejas ventanas con persianas de madera fueron retiradas y remplazadas con ventanales de vidrio para poder ver el interior y exterior de la tienda, decoradas con canteros floridos.

Por dentro, Lash Té era bastante agradable. A pesar del aire acondicionado y el suave sonido de los instrumentos de viento que sonaban a través de los parlantes, el lugar tenía un aire clásico: las típicas mesas de madera redondas estaban decoradas con centros de mesa con pan casero en diferentes formas y tamaños, las paredes estaban tapizadas con colores alegres como el celeste, el rosa y el naranja. Los decorados antiguos asemejaban a las casas de té de antaño, las camareras iban ataviadas de adorables trajecitos color crema y llevaban bandejas con pequeños juegos de té de porcelana para cada cliente, sumados a diferentes dulces, galletas y buñuelos que eran las delicias del local. Ariel, tras haber examinado todo con los ojos, se dedicó a seguir a su amigo hasta una mesa un tanto alejada, en una esquina sin ventanas, asegurándose de que estaban lo bastante lejos para que nadie les molestara. Ni bien apoyaron los cuerpos en las sillas se les apareció una muchacha retacona y algo regordeta, de piel muy blanca y cabellos rojizos atados en un rodete. La señorita sonrió de manera amable, preguntándoles su orden con todo el encanto que una servidora debía tener, al mismo tiempo que les entregaba los menús, tras esto esperó a que revisaran y eligieran, ya con su bolígrafo y su libreta preparados para anotar a velocidad luz.

El italiano, al ser la primera vez en su vida que entraba a ese lugar o que iba a una casa de té, se sorprendió mucho al ver el menú. Cafés, infusiones, bebidas frescas, helados, capuchinos, dulces, masas, pasteles y demás golosinas típicas de pastelería era lo único que se podía pedir en aquél lugar. Si bien apreció el gesto de su amigo al llevarle a un sitio tan bonito en donde pudiera comer los dulces que tanto le gustaban, tenía la ligera sensación de que saldría muy empalagado de aquél lugar. Se acomodó un par de mechones de pelo sueltos tras la oreja y suspiró, indeciso, acomodándose en la silla.

—Esto… No sé bien qué pedir —masculló, mirando a Christian con cara de disculpa—. ¿A ti qué te apetece?

—Elije lo que quieras, yo te invito así que no te cortes —replicó el inglés, mirando de refilón el menú—. Quiero un cortado con tostados de pan árabe, por favor —pidió a la muchacha, quien anotaba todo.

—Sí señor. ¿Dos tostadas o una sola?

—Las dos estarían bien, vengo con hambre. Y una porción pequeña de galletas de jengibre.

—¡A la orden! —exclamó la joven, mirando luego al otro chico bonito con su típica sonrisa complaciente—. ¿Y usted, señor? Si no se decide puedo volver en un rato.

—No, no. —Se apresuró a pararla, pues si ella volvía cuando la conversación se pusiera jugosa sería un lío volver a empezar. Miró de nuevo el menú a pesar de que ya se lo sabía de memoria—. Quiero un frappuchino, una orden de pastelitos y un pedazo de lemon pie. —Hizo una mueca al darse cuenta que había pedido mucho, logrando que Chris se sonriera. En efecto, su amigo pensaba que era un maniático de las golosinas… La verdad era que tenía mucha hambre.

—Los pastelitos están de promoción. Pagando el menú completo puede elegir todos los que quiera y sólo deberá pagar los que no logre comerse.

—Oh… Bueno, en ese caso suspenda el lemon pie. Voy a darme un atracón de pasteles.
La muchacha anotó todo.

—De acuerdo, sólo tiene que acercarse al mostrador y elegir los que usted quiera.

Mirando hacia donde la muchacha señalaba, Ariel se percató de unas enormes estanterías como las de las panaderías en donde la gente iba con un plato, pinzas, y elegía lo que quería. Allí había panes, scones, muffins, y pasteles miniatura protegidos por el protector de plástico anti gérmenes. También tenían uno con frío para los postres helados o aquellos que debían estar en extremo frescos. A él le tocaba ir al segundo. Pidiéndole disculpas a su amigo por un momento, fue a escoger su tanda de pasteles miniatura con diferentes recubiertas y rellenos, regresando con Chris el cual todavía estaba esperando su pedido. Durante el rato que la muchacha tardó en traerles el resto de la orden ambos, sentados uno frente a otro, se pusieron a hablar de banalidades como los deberes de las últimas clases, el avance del desfile de fin de curso, los proyectos de los grupos y de la última video conferencia que tuvo Christian con su familia. En inglés le contó que solía hablarse con su familia por Internet una vez a la semana. Allí en Devon le esperaban su padre, su madre y sus cuatro hermanas. Dos gemelas mayores y dos menores.

—Mamá abrió un nuevo centro de belleza con sus amigas, papá sigue trabajando en la imprenta y a mis hermanas les está yendo bien en la escuela. Parece que les va bien… Aunque mi padre siempre me recalca que más me vale sacar buenas notas porque trabajó mucho para pagarme la beca y enviarme dinero todos los meses.

—Sí, mi tía me insiste con lo mismo durante las épocas de examen. Aunque yo no pedí asistir a esa escuela de estirados. —Ambos asintieron con una sonrisa en su cara, comprendiéndose mutuamente. A diferencia de los alumnos ricos del colegio, los becados no venían de familias pudientes como el resto del Baptiste School, sino que eran de clase media y sus papás habían trabajado mucho para pagarles la beca. Por lo tanto, sus notas no debían bajar del setenta por ciento o del promedio de ocho si no querían dejar el colegio. Así que ambos se comprendían, después de todo, no era sencillo estar a la altura y matarse estudiando sin sentir la presión. Estuvieron un rato riéndose de la desgracia de Chris, el cual le relataba lo “lindo” de vivir rodeado de mujeres hasta que la camarera les llevó lo suyo con una gran sonrisa en el rostro y se retiró. Ambos probaron sus bebidas y le dieron un mordisco a la comida, empezando a sentir cierta tensión en el ambiente.

Ahora tenían que hablar del tema en cuestión. Y ninguno sabía bien cómo encararlo. Ambos estuvieron atiborrándose de comida sumidos en un incómodo silencio por bastante rato hasta que, en algún momento, los dos se decidieron a hablar y alzaron la cabeza al mismo tiempo. Volvieron a sentirse incómodos pero Christian, sacando a flote toda su valentía de hombre, decidió ser el primero en hablar o nunca lograrían decir una sola palabra.

—Lamento mucho lo de ayer —dijo, manteniendo los hombros firmes a pesar de que de vez en cuando agachaba la mirada y se enfocaba en su taza de café—. Fue una falta de respeto. Tú eres mi amigo, no debería andar gritándote ni acusándote de esa manera.

—Disculpa aceptada. Pero sabes que vas a tener que explicármelo todo, ¿verdad? Y sin mentiras.

Christian hizo una mueca y se despeinó el pelo con una mano, dando a entender que aunque no le gustaba la idea, sabía que era algo inevitable. Lo más probable era que su amigo le insistiera hasta el cansancio o se aprovechara de su debilidad compulsiva por las cosas tiernas poniéndole cara de nene que no rompe un plato.

—Sólo si prometes no decirle a nadie.

—No pensaba hacerlo de todos modos. —Sonrió para darle ánimos pues, aunque se imaginaba lo que Chris iba a contarle, quería que se lo dijera con sus propias palabras. Decidió echarle un anzuelo y esperar a que picara—. ¿Te molesta tanto que sea amigo de Vladimir?

—No, no eso. Es sólo que...

—¿Que qué? —preguntó, ladeando la cabeza. Tendría que tironear de la cuerda de a poco—. ¿Estás enojado con él o conmigo? —Christian negó con la cabeza—. ¿Entonces qué pasa?

—Es que… Vlad y yo nos conocemos desde pequeños, y estoy acostumbrado a ser siempre su mejor amigo. Cuando alguien se acerca demasiado —dijo a la vez que se ruborizaba—, me pongo celoso, no sé por qué.

Ariel sonrió para sí, confirmándose sus sospechas.

—¿De verdad no sabes por qué?

Christian afrontó su mirada con la valentía propia de un guerrero antes de entrar en combate.

—No te hagas el tonto conmigo. Ayer por teléfono dije más cosas de las que quería decir. —Su valor pareció acabarse entonces y bajó la mirada—. Hay cosas que yo no puedo… no puedo…

—Chris… —Ariel decidió que ahora sí que debía ayudar a su amigo a poner las cartas sobre la mesa—. ¿Estás enamorado de Vlad?

Christian le miró petrificado. Primero se quedó pálido, pero poco a poco su rostro se encendió hasta las orejas.

—¡No! —protestó—. Claro que no… No lo creo… No estoy seguro. —Ariel le miró compasivo—. Creo que sí —gimió al final, casi echándose a llorar—. ¿Qué voy a hacer? Esto es tan… tan… antinatural.

—¡Hey! —protestó Ariel débilmente y con una sonrisa—. ¿Eso no lo dirás por mí?

Christian, se puso lívido. Su rostro parecía hoy capaz de alcanzar cualquier tonalidad.

—I’m sorry —balbuceó—, I meant no offense.

Ariel apoyó el codo en la mesa y la cabeza en el hueco de su mano, jugando con su comida a sabiendas de que eso ponía a Christian más nervioso

—No me ofendes, te entiendo. Hay mucha gente que piensa de esa forma. Pero creo que si te gusta Vlad o cualquier otra persona, sea del sexo que sea, pues deberías admitirlo e intentar declararte. Hablamos de Vlad, no te comerá vivo —agregó, tomando un poco de su frapuccino sin dejar de mirar a su amigo—. O puedes callar de por vida, sufrir como un perro y ver cómo se va con otra u otro. Elije tú.

—Esa no es la cuestión, ¡tú no lo entiendes! —Se exasperó—. Para ti todo parece tan fácil de aceptar, como si nada te ocasionara un problema. Te enamoras de un hombre mayor y lo dices como si nada. No me malinterpretes —aclaró—, no te estoy juzgando, te dije que te apoyaría y te apoyo, pero no es lo mismo. Tú no eres yo. Hay cosas que tú puedes hacer y yo no puedo, y esta es una de ellas.

—¿Y por qué demonios no? —preguntó, ahora algo molesto por esa reacción tan absurda—. ¿Por tus papás? ¿Por lo que dice la gente? ¿Por tu religión? ¿Y a ellos qué mierda les importa lo que tú hagas mientras que seas feliz? ¿O es que vas a esperar toda tu vida y a casarte con una pobre tipa a la que no amas y hacerle la vida miserable a ella y a ti mismo? —Enderezó la espalda, alejándose un poco de la mesa mientras fulminaba al inglés con la mirada.

—Ariel, pensaba que tú lo entenderías. —Chistian le miró abatido desde el banco en el que seguía sentado, con la espalda encogida—. Tú, precisamente tú que lo tienes más fácil. Tu familia y tu entorno son diferentes, tú mismo lo has dicho, mis padres, la sociedad, la religión... No aceptarían lo que quiero, porque ni yo mismo puedo hacerlo. Además, ¿quién ha dicho nada de casarse o de hacer infeliz a alguien? Sólo tengo 15 años.

—Es lo que hace la mayoría de la gente que se esconde. —Se excusó encogiéndose de hombros, y decidió que lo mejor era no presionarlo. Su amigo tenía razón: venían de mundos muy distintos, y él no era quién para obligarlo a salir del clóset si aún no lo deseaba. Estiró su mano lentamente para rozar la de él, fijándose en que no le rechazara, y la presionó con suavidad—. Perdóname, tienes razón. A veces olvido que a ti no te criaron unos locos liberales —rió, moviéndole algo la mano para que lo mirara—. No tienes que hacer ni decir nada si no puedes todavía, ¿vale? Pero date tiempo para pensarlo.

—Está bien, está bien, lo pensaré, pero Ariel... —titubeó de nuevo—. Por favor, no me lo tengas en cuenta, yo no quiero decir que lo que tú haces está mal, además —añadió mirándole a los ojos—. No podría hablar de esto con nadie más, no me atrevería decírselo otra persona, especialmente a Vlad.

—Claro que no, checco. No pensaba decírselo a nadie de todos modos, pero si gustas puedo hacer una pancarta y ponerla en frente de la escuela —dijo de broma, riéndose a carcajadas cuando Christian se puso como una hoja de papel—. ¿Te quieres relajar? Te juro solemnemente que no voy a decírselo a nadie bajo ningún concepto ni usando ningún medio. Siempre que tengas alguna duda, puedes hablar conmigo. Prometo no ser tan pesado como hoy.

Christian le sorprendió abrazándole con fiereza y Ariel pudo notar que su cuerpo se sentía tembloroso al lado del suyo.

—Gracias —dijo separándose y recuperando su flema característica tan rápidamente que Ariel se preguntó si no habría imaginado el fugaz abrazo—. Gracias Ariel, eres un buen amigo.

—Oye, no te pongas así... —confundido, no sabía si abrazarle o darle palmadas, pero terminó haciendo lo segundo porque era lo que más acomodaba a Christian. Quería hacer algo que lo alegrara un poco y le sacara esa nube negra que tenía encima—. Para eso están los amigos, tonto. Además, tú también me has escuchado y me has apoyado y has aguantado constantemente las ganas de vomitar cada vez que hablo de Mad. —Lo logró, el comentario hizo que su amigo se riera—. Digamos que estamos a mano, ¿qué te parece?

—Me parece genial —dijo ofreciéndole la mano como el buen señorito inglés que era—. Y que conste que lo de vomitar lo has dicho tú.

—Lo sé —respondió, tomándole la mano y apretándosela con ganas—. Pero tenía que sacarte una sonrisa de algún modo. ¿Te sientes mejor?

—Sí mucho mejor, pero igual de confuso —confesó con una sonrisa afectada—. Aún tengo muchas cosas en qué pensar, pero prometo no volver a montarte una escena de celos.

Al final, terminaron hablando de muchas cosas diferentes. Ariel quería preguntarle desde cuándo le gustaba Vlad y cómo es que se había dado cuenta, pero sabía que Christian aún no estaba listo para ahondar en esas cosas, por lo que se dedicó a distraerle contándole sobre la película de vampiros que había visto con su primo la noche anterior. Así pasaron juntos la hora del almuerzo, unidos ahora por ese pequeño secreto.



Jean Claude miró el reloj, preocupado. Ariel le había dicho que volvería en la tarde pero ya estaba haciéndose la hora de la merienda y no había señales de su niño. Luego de la borrachera de la noche anterior, Jean se había despertado con tal resaca que se pasó el día entero comiendo frutas y verduras para sacarse todos los resabios de ella, pues no quería que Ariel se diera cuenta de con cuánta facilidad terminaba en un estado etílico tan lamentable.

Lo bueno era que sin Ariel en casa y para matar el tiempo, pudo ocuparse de varias cosas. Bañó a los perros, los sacó a pasear, los llevó a su revisión veterinaria y luego pasó un buen rato en su despacho acomodando sus carpetas con proyectos. Sin embargo, lo mejor era poder estar en su cuarto oscuro. Porque sí, Mad había construido su propio cuarto oscuro dentro de su casa, justo en el piso superior y al lado del despacho donde trabajaba. Era un viejo cuarto de costura cuyo antiguo uso era inútil para el nuevo dueño, el cual no tardó en reconstruirlo. Agregó las mesas con los tanques de líquidos químicos, la luz de la bombilla roja inundaba cada espacio del cuarto y la máquina de exposición, puesta en un mueble de madera sólida y gruesa que él mismo había hecho, hacía su trabajo. Del techo pendían algunas fotografías ya reveladas, colgadas de una cuerda por un pequeño broche. Antes de que Ariel se fuera a vivir con él solía pasar horas allí encerrado, revelando las películas de su cámara y con ellas su trabajo, pero desde que todo a su alrededor comenzó a ser ocupado con la presencia del niño casi no pasaba tiempo allí, salvo cuando tenía que revelar las tomas hechas a exquisitos modelos.

Mientras tomaba el papel fotográfico y lo ampliaba con la ayuda del filtro bajo el amparo de la bombilla roja, Mad se preguntaba si a Ariel le interesaría saber cómo se revelaban las fotos. Nunca antes le preguntó para qué servía este cuarto ni cómo revelaba las fotos que tomaba. Sería lindo tenerlo allí con él, enseñarle, incluso podrían pasar tiempo juntos revelando algunas cuantas entre los dos. Encuadró la foto de un paisaje bellísimo que había captado en su último viaje con Macchi: una montaña recubierta de niebla y nubes bajas, reflejándose en un pequeño lago de agua turbia rodeado con arbustos y plantas pequeñas. Esa era una de sus favoritas descontando, claro, los montones de fotografías de Macchi en paños menores, y también las de algún que otro lío de una noche que había encontrado entre todas ellas y que se había encargado de eliminar por respeto a su nuevo novio. Quitó el filtro, dejando que la luz se proyectara los segundos necesarios a través del papel antes de, con sumo cuidado, meterla en el primer tanque con líquido revelador.

La magia científica de los químicos hizo que la imagen se apareciera en el papel. Cuando tuvo la tonalidad y el contraste que más apropiado le parecieron, la metió en un recipiente de agua, en el líquido fijador, y luego la colgó para que se secara junto con las otras. Mad sonrió al contemplar el fruto de su esfuerzo. Dos juegos revelados en una hora, entre ellos las fotos del último trabajo que había hecho para la marca de perfumes Berry. Una vez que se secaran se encargaría de enviar el paquete por correo seguro y pronto tendría una jugosa paga en su cuenta bancaria. Una mínima recompensa por la tortura que fue para él tomar y revelar esas armas de doble filo donde su novio aparecía en poses y vestimentas tan sugerentes que de sólo recordarlo se le secaba la garganta. Todavía podía vislumbrar la piel sonrosada de Ariel a través de la tela blanca del vestido y el rojo de sus labios pintados rozando la manzana de vidrio en actitud provocativa.

“Cómo quisiera que esos labios pintados nos dejaran la polla hecha un arco iris”, jadeó el Doppelgänger desde su silla de madera, babeándose cual perro en celo. El propio Mad gruñó ante la imagen mental, teniendo que sacudir la cabeza durante un buen rato para espantar a sus demonios.

—No seas así, carajo —masculló el fotógrafo, acomodando todo dentro de su cuarto oscuro para poder ir a comer algo—. Aún no podemos, es demasiado pronto. No quiero que Ariel se asuste.

“Ya, te entiendo” Bad Mad subió las piernas a la mesa de té y las cruzó, llevándose la mano al mentón en un gesto con el que demostraba estar cavilando profundamente “Pero esto es tan difícil. ¡Nunca estuvimos tanto tiempo sin sexo! ¿Crees que podamos lograrlo?"

—El amor todo lo puede. —Apagó la luz y abrió la puerta, disponiéndose a abandonar su pequeño refugio—. O al menos eso espero, porque no quiero cometer una locura.

Tras agregar esas palabras, el Bad Mad gruñó por lo bajo en una señal de mal humor y lo dejó solo, aunque podía escuchar en los recovecos de su cabeza cómo se quejaba de la abstinencia. Jean Claude suspiró. No era como si él también estuviera feliz con ello pero él era un caballero, quería que Ariel lo respetara, que lo quisiera y que su primera vez fuera especial. Después de todo, era algo que no se olvidaba, quedaba grabado en la mente tanto si era una experiencia maravillosa como si era un desastre. Y él lo sabía, porque la suya sí que había sido un desastre y no quería que Ariel pasara por algo así. Mad, como el mayor experimentado, como el maestro y guía de su novio virgen, tenía que hacerse responsable de él, cuidarlo y hacérselo pasar bien. Si para ello tenía que esperar o ir paso a paso como si fueran adolescentes en su primer noviazgo, pues que así fuera. Pensaba en ello mientras bajaba las escaleras del primer piso para ir a la cocina a prepararse algo que le ayudara a aguantar un poco más hasta que Ariel regresase, cuando el ruido de la llave en la cerradura le hizo detenerse en seco. Necesitó un par de segundos para recordar que Ariel era el único con copia de las llaves antes de bajar las escaleras e irse lo más cerca posible a la puerta para recibir a su chico, el cual entró a la casa con los sentidos puestos en el exterior para asegurarse de no ser atacado en la entrada, pero sin haber previsto que podía ser atacado por su propio novio una vez en el interior. Ni bien cerró la puerta se dio la vuelta y ya tenía el pecho enorme de Jean Claude cayéndole encima, siendo envuelto por los brazos de su chico que, cosa rara, sólo iba en bata.

—Ariel, volviste. —Emocionado, se aferró al cuerpo de su niño como si fuera un salvavidas. Lo había extrañado tanto, no tenerlo cerca le hacía darse cuenta de lo sólo que se sentía sin su presencia, de lo vacía que se veía su casa cuando su niño no andaba por ahí. Cuando él regresaba, su casa pasaba a convertirse en un hogar. Y lo aterraba a horrores el darse cuenta de cuánto dependía del chico, pero no podía evitarlo. Era más fuerte que él.

Ariel por su lado no dijo nada, sólo le devolvió el abrazo y rogó porque no lo asfixiara. En su familia las demostraciones de afecto eran tan comunes que no le incomodaba, pero se preguntaba si realmente había estado demasiado tiempo fuera de casa para que Mad actuara así. Casi se parecía a uno de sus perros saltándole encima de felicidad… Pero, debía admitirlo, el pecho se le llenaba de calor al saberse querido y extrañado por su novio.

—Lamento llegar tarde —dijo al fin, cuando la presión de los brazos ajenos amainó un poco—. El autobús se averió a medio camino y la ayuda iba a tardar mucho en llegar así que esperé un rato y luego me tomé un taxi.

Jean Claude se separó con una sonrisa radiante en los labios ahora que lo tenía cerca de nuevo.

—No importa, suele pasar. La próxima vez te llevas la bicicleta o le pides a tu primo que te traiga, no quiero que andes solo por ahí. ¿Te fue bien con tu amigo el obsesivo-compulsivo?

—Sí, mucho. Nos la pasamos comiendo golosinas. —Alzó la mano derecha, en la que llevaba una canasta de cartón con el logo de la confitería—. Me traje varias para compartir contigo. ¿Quieres un café?

—¿Me haces un café con leche mejor?

—Marchando.

Tomó a su hombre de la mano, llevándoselo hasta la cocina en donde el mayor se sentó mientras que el chiquillo dejaba la canasta en la mesa y se aventuraba en las alacenas para encontrar el café y la leche en polvo. También se buscó su nuevo té de frutos rojos para darle el visto bueno. Prendió la pava eléctrica, mirando de reojo como Mad trataba de abrir la canasta sin romper el contenido y no pudo evitar ir hacia él y darle un beso en la frente.

—Yo también te extrañé, bobo —le dijo a Mad cuando éste alzo la vista con una sonrisa curiosa, dando a entender que no comprendía el motivo del beso. Dejándolo con cara de sorpresa, Ariel se rió y volvió de nuevo a la mesada sintiendo los ojos de su novio clavándosele en la nuca mientras que él ponía una cucharada de café y dos de leche en polvo en la taza de Jean Claude—. ¿Azúcar o sacarina?

—Azúcar. Tres cucharadas —murmuró, todavía mirándolo. Esbozó una sonrisa, apoyando los codos y el mentón en el respaldo de la silla recordando cuánto había extrañado tener a su chico allí con él la noche anterior. Ariel no tenía ni idea de lo mucho que le gustaba no ser el único—. ¿De verdad me extrañaste?

El muchacho no respondió directamente, sino que giró la cabeza para mirarle con las mejillas arreboladas de pena y asintió, retirando luego la pava de su soporte para servir el té y el café. Pronto la cocina se llenó con el aroma fuerte del té mezclado con leche y el delicioso aroma dulce de los frutos rojos. Llevó ambas tazas a la mesa dejando el líquido amarronado y espumoso delante de Jean Claude, servido en la taza que tenía la imagen de un payaso, mientras que el té rojo transparente de aroma a frambuesas lo depositó en su propio lado de la mesa. Pero no fue a sentarse a su sitio, sino que Ariel sorprendió a Mad dándole un pico repentino en los labios a la vez que se le sentaba en la falda sin pudor alguno.

—Me moría de ganas por llamarte y decírtelo, pero era tentar a la suerte —susurró Ariel, abrazándole por el cuello. No se dio cuenta pero Jean Claude se estremeció de pies a cabeza y lo abrazo ipso facto, apretándolo contra su cuerpo—. Así que date por avisado que hoy no te pienso dejar que te encierres en tu despacho ni en ningún lado, quiero estar contigo.

—Mon amour, no pienso dejarte solo en lo que queda del día.

Como respuesta, Ariel le pidió un beso para sellar su promesa y el fotógrafo casi grita de júbilo. No dudó en devorar aquella boca deliciosa que antes se había imaginado pintada de rojo, apretujándolo contra su pecho para sentirlo bien cerca. Al final Ariel terminó por reírse en cuanto terminaron de besarse, diciéndole a Jean que era muy raro, porque sólo lo besaba cuando él se lo pedía. El chico no regresó a su asiento, sino que se quedó sobre la falda de su hombre para beber ambos su infusión mientras hablaban de lo que habían estado haciendo y comían el pan de jengibre y los bizcochos de almendra que había traído de Lash té. El pequeño le comentó de las novedades en casa de su tía, lo emails que Luca había recibido de familiares e incluso sobre la pésima película de alienígenas que habían estado mirando, no pudo evitar comentarle a su pareja que aún no tenía idea de qué carrera estudiar en la universidad pues no sabía para qué podía ser bueno y Mad se dedicó a tranquilizarle diciendo que tenía tiempo para pensar en ello. Mientras el chico degustaba un bizcocho, el mayor le contó muy por encima las cosas que se hablaron en la reunión con Ricardo y su mujer pero sí se decantó por explicarle detalladamente muchas de las bromas que se habían hecho, algunas vivencias de secundaria y, claro, obvio el terrible pedo con el que terminó. También le contó que estuvo trabajando en las fotos, sonriendo orgulloso cuando Ariel le preguntó cómo se revelaban las fotos y por supuesto que se lo explicó todo con lujo de detalles, exagerando un par de cosas para hacerse el interesante.

La tarde pasó tranquila. Ariel estuvo un tiempo sentado en el sofá tratando de escribir una letra para una canción aunque él bien sabía que ése no era su fuerte, pero era parte de lo que el grupo de música tenía que hacer. Mad, por su lado, revisó su colección privada de Dvd's. Le había prometido a Ariel que lo llevaría al cine pero ambos estaban demasiado cansados y algo le decía que ninguno de los dos tenía ganas de salir, por lo tanto decidió posponer la salida para un día más relajado y darse un gusto esa noche mirando una buena película recostados en la cama de su cuarto. Primero examinó las pocas románticas que su hermana le había prestado, mirando por el rabillo del ojo cómo su chico escribía con cara de concentración, aunque luego las dejó de lado. Las de suspenso a él no le caían del todo simpáticas y las de terror extremo seguramente harían que Ariel chillara, como cuando puso sin querer una película de muertos vivientes. Lo mejor sería una película sobrenatural con un mínimo de terror que le diera la pauta para acurrucarse juntos. Eligió una, la separó del resto, y se fijó en que su chico seguía exactamente en la misma posición garabateando sobre su cuaderno con cara de estarle costando. Lo más probable era que no se hubiera enterado de nada.

—Ariel —lo llamó. El menor no soltó su cuaderno ni dejó de escribir, pero movió la cabeza para darle a entender que lo estaba escuchando—. Iré a comprar a la tienda, ¿hay algo que nos haga falta?

—Pues... —Dejó el lápiz a un lado, cerró los ojos y se acarició el puente de la nariz con los dedos. No cabía duda, comparado con Rosetta él era terrible para componer una canción—. Falta manteca, una caja de cubos de caldo, algo de pan y sal. ¿Vas a la que esta a dos cuadras, esa que tiene una frutería? —Mad asintió—. ¿Me traes algo de fruta, por favor? Quiero comer mango o fresas, ¿crees que haya? Sino, siempre puedes traerme manzanas.

—Muy bien. —Le dedicó una sonrisa, acercándosele para darle un beso en la frente. Tomó las llaves de la mesa ratona y su cartera.

Cuando regresó lo hizo con una bolsa de palomitas instantáneas para preparar, las cosas que faltaban, y la fruta que Ariel le pidió. Ni siquiera tuvo que abrir la puerta para escuchar la música atronadora que hacía vibrar a las paredes. Seguro que Ariel debía tener otros de sus momentos en los que se ponía a bailar sin motivo alguno y lo más probable era que su Doppelgänger le hiciera pasar un mal rato, respiró hondo, pasó saliva e ingresó al cuarto.


Aah, Because There's Something*
About You Baby
That Makes Me Want
To Give It To You
I Swear There's Something
About You Baby


Allí estaba. Jean Claude dejó caer las bolsas al piso sin darse cuenta, embebido en la imagen que estaba contemplando, como si en vez de ver a alguien bailar estuviera ante la figura de un ser supremo. No lograba distinguir si aquella criatura iluminada era un bello ángel cuyos movimientos dejaban entrever la belleza de lo divino, o un íncubo envuelto en llamas de pasión que buscaba tentarlo y llevárselo a rastras al infierno. El chico bailaba moviendo las caderas de forma lenta y sensual, siguiendo el compás de la música de su artista favorito con los ojos cerrados y la boca levemente entreabierta. A veces hacía movimientos bruscos y cortantes en los que daba pasos que a él nunca le hubieran salido, para luego volver a contonearse o simplemente balancear su figura de un lado al otro, cantando la canción con su acento italiano más marcado que nunca. Cada vez que Ariel se rozaba el torso con la yema de los dedos, Jean Claude sentía deseos de ir allí y arrancarle la ropa con los dientes.


She Wants To Give
She Wants To Give It
All, She Wants To Give It
Dare Me
She Wants To Give It
All, She Wants To Give It
She's gonna get it


Podía apreciar el movimiento de sus caderas, la forma casi etérea en que la luz que se colaba por la ventana hacia brillar los contornos de su cuerpo, el rubor indecente de sus mejillas que eran rozadas por mechas rebeldes de cabello, las cuales se escapaban de la coleta en la que su dueño intentó aprisionarlos. Ariel bailaba, guiándose por la música en intento de relajarse, de abrir su cabeza lo suficiente como para poder despertar a las musas y componer la letra que necesitaba, quizás también para relajarse mientras recordaba las viejas épocas, aquellas en las que Luca les enseñaba a él y a su hermano a bailar las coreografías de Michael Jackson. Sonrió en medio del baile mientras rememoraba esos momentos cuando dio un giro y abrió los ojos, encontrándose con que Mad le miraba. El susodicho, creyendo que estaba interrumpiendo algo muy íntimo, pasó saliva e hizo ademán de retirarse pero Ariel volvió a colocar el tema y fue hacia él, tomándolo de las manos.

—Baila conmigo, Mad.

—¿Eh? ¿Quién, yo?

—Pues eres el único Mad que hay en este cuarto —respondió el chico, riéndose. Arrastró al caballero hasta el centro de la improvisada pista de baile, bailando de forma lenta para que Mad pudiera seguirle el paso—. Vamos, esto es lo único que sé bailar así que no me dejes solo, ¿vale?

A pesar de la resistencia, Jean Claude se dejó llevar. Apenas si bailó, demasiado entretenido en contemplar a su chico moviéndose a su alrededor como en sus locos sueños en los que imaginaba a un ángel revoloteando junto a él en medio de un mar de nubes. No estaba seguro de cómo se sentía en esos momentos, siendo provocado de tal manera por alguien que ni siquiera se daba cuenta, pero una parte de su ser deseaba que la canción nunca terminase.




—¿Seguro que está bien comer en la cama?

Ariel, más relajado y alegre luego del baile, se mostraba muy emocionado ante la perspectiva de ver juntos una película aunque no fuera a las dos de la madrugada como acostumbraba con Luca. Debían ser casi las siete y media de la tarde, así que tenían tiempo de sobra para mirar la película y quizás comer algo bien entrada la noche. A pesar de no habérselo dicho a Mad, la idea de estar juntos aunque no fuera en un cine le encantaba y más porque, al estar solos en su propia casa, tendría la posibilidad de besar y abrazar a Jean Claude sin que nadie les viera o hiciera reparo en ello. Su novio había escogido la película y le había preparado una buena tanda de palomitas con caramelo, tal vez para compensarle el no poder ir a un cine ese día. El modelo no podía estar más contento.

—Claro que sí, tonto. —Ya sentado en la cama y con el tazón de palomitas sobre las piernas, Jean Claude le hizo un gesto a Ariel para que se recostara a su lado. Estaba ansioso por abrazarlo, tanto que no le importaba demasiado la película—. Anda, ven.

Por supuesto, el pequeño hizo caso y se acomodó a su lado, ya metiendo la mano en el tazón, y Mad presionó el botón de play. En un principio la película no era tan terrible, pero poco a poco iba tornándose un poco más cruenta. A medida que la película iba volviéndose más tenebrosa, Ariel se aferraba con más fuerza al cuerpo de Mad sin despegar los ojos de la pantalla de puro miedo que tenía. Hubo una escena en especial que lo obligó a esconder el rostro en el pecho del fotógrafo, escuchando los gritos de horror de uno de los protagonistas mientras que los brazos de un muy contento Jean Claude lo rodeaban. El plan del francés había salido a pedir de boca, ahora tenía a Ariel apretujado contra él, temblando entre sus brazos, dándole tanta felicidad con algo tan sencillo que se sentía otra vez como un adolescente en su primer noviazgo. Puso pausa, apagó la tele, dejó el tazón de rosetas a un costado y volvió a abrazar al chiquillo con todas sus fuerzas.

—¿Tienes miedo? Se supone que es de suspenso, no de horror —le dijo, reconfortándolo con caricias. La verdad era que se sentía un poco mal, su intención fue que se pusiera nervioso no que tuviera un susto de muerte.

Sono spiachente —farfulló en su lengua cuando al fin sacó su cara de su cálido escondite—. Soy muy miedoso, no me gustan los asesinatos.

—Vale, lo recordaré. Lo siento, te prometo que la próxima vez elegiré algo mejor. Y será en un cine de verdad, como corresponde.

—Gracias —sonrió el joven, separándose apenas un poco alegre ahora que no tenía que seguir escuchando los gritos de la película—. Pero me gusta esto, poder ver una película aquí, juntos.

—¿Ah sí? ¿Por qué? —preguntó, esperando una respuesta en particular.

—Porque aquí puedo besarte.

Jean Claude enarcó una ceja, esbozando esa sonrisa ladeada que enloquecía a Ariel cuando se decidió a tomar la cara del chico entre sus brazos y plantarle un beso que lo dejara sin sentido. Primero fueron castos roces, piquitos que eran juego de niños entre los que aprovechaban para abrazarse mutuamente y acercar su cuerpo al ajeno antes de que éstos se volvieran algo más profundo, pasional. Mad dejó oír un gruñido al sentir la lengua de Ariel jugueteando dentro de la suya, recorriendo toda su cavidad sin vergüenza. Jean Claude fue aumentando poco a poco la insistencia de sus toqueteos, creyéndose al borde del colapso por estar haciendo al fin lo que tanto había anhelado e, igualmente, tener que refrenar sus deseos hasta el punto de quizás no poder avanzar más allá de las barreras que la ropa imponía. No pudo seguir manteniéndose quieto demasiado tiempo y, con cierta reticencia, abandonó los labios del modelo que ahora estaban rojos de tanta fricción, para deslizar los suyos sobre la piel nívea y tersa de su cuello. Le encantaba rozarlo allí y aspirar el perfume concentrado de su piel, sentir la tentación de morderlo como cruel amo, dejar su marca de propiedad, y sufrir el no poder hacerlo como un masoquista que disfruta de su condena. Podía sentir las manos del chico acariciándolo por arriba de la ropa de forma inexperta pero no por eso tímida, oír sus suspiros y sentir como se estremecía con cada beso o mordida que le prodigaba a su piel.

Quería tocarlo, recorrerlo por entero con las yemas de sus dedos con el único fin de hacerlo jadear de placer y gemir su nombre, que le pidiera más y se removiera entre sus brazos como en todas y cada una de sus fantasías pintadas de encaje y satén. No pudo resistir demasiado tiempo antes de que sus manos, ansiosas de sentir el calor de la piel de Ariel, se atrevieran a deslizarse por debajo de la playera, logrando que el niño pegara un brinco.

—M-mad…

—¿Te gusta, Ariel? —susurró en su oído, hablándole con la voz ronca y pastosa de deseo. Tenía miedo de asustarlo pero a la vez no se sentía muy capaz de detenerse—. Dímelo, mon ange.
Ariel se estremeció, asintiendo con la cabeza. Nunca creyó que un simple susurro pudiera ser tan… ¿Sensual? ¿Erótico?¿ El sonido de aquella voz pronunciando su nombre logró arrancarle un gemido, poniéndole la piel de gallina.

—Sí…

El calor recorriéndolo por dentro amenazaba con hacerlo reventar. La emoción, el deseo, aquel delicioso regusto picante de estar haciendo algo que no debían se combinaba para lograr una fusión indescriptible. Se preguntaba si esa vez llegarían más lejos. No, tal vez no. Mad no lo permitiría. Y aunque le disgustara, debía reconocer que a una parte de su ser, ésa que hacía las veces de voz de alarma, se alegraba un poco de postergarlo. Aún no sabía si estaba dispuesto a mostrarse sin ropa ante él.

Sus labios se volvieron a encontrar, esta vez en un beso más demandante. Los dedos de Mad tamborileaban encima de la piel ajena, acariciando las curvas tenues de los costados, las planicies del vientre, esa zona tan sensible de la espalda baja, al mismo tiempo que mordía la mandíbula de su niño en un camino hacia su oreja. Ariel jadeó, completamente extasiado con tan poco, mientras que para Jean Claude todo eso era apenas un juego de niños que, a pesar de ser muy entretenido y hasta excitante, no le bastaba para saciar sus ansias indescriptibles de arrancarle toda la ropa con los dientes y hacerlo suyo hasta desfallecer.

Él le preguntaba al niño si le gustaba y este le respondía con monosílabos, demasiado embebido en todas esas nuevas sensaciones como para contestarle. Las manos pálidas de Ariel abarcaban todo lo que podían, la lengua del francés degustaba aquella piel de durazno madura a la cual deseaba poder probar hasta el más oscuro rincón, los dos jadeaban encima del pequeño revoltijo en el que se convertían las sábanas y volvían a comenzar con el fin de alargar un poco esa presión exquisita que oprimía sus cuerpos.

Pero la espera no duró demasiado. Jean Claude rebosaba en ansias y Ariel ya no podía soportar el calvario en el que su erección se había convertido, refregándose contra Jean sin siquiera notarlo en medio de un nuevo mar de gemidos y besos. Ariel aprovechó esta oportunidad para quitarse la playera, creyendo que se asfixiaría con ella puesta, y abrir con dedos tambaleantes todos y cada uno de los botones del pijama de Mad. Éste sonrió, ladino, abalanzándose sin pensarlo dos veces ante la vista de ese pecho desnudo y se acomodó entre sus piernas, gimiendo ronco cuando ambos miembros se fregaron por debajo de la ropa. Lo que comenzó como un suave bamboleo de caderas que los hacía retorcerse de placer, acompañado de besos y abrazos muy ceñidos, las lamidas de Mad sobre el pecho de Ariel y los rasguños de este en su espalda, acompañados con ruiditos de placer tan eróticos que Mad apenas lograba controlarse en medio del calentón, fue convirtiéndose poco a poco en una cadenciosa danza que imitaba la penetración, acelerándose a medida que el éxtasis se volvía más cercano.

Al momento en que Ariel se arqueó, temblándole todo el cuerpo y convirtiéndosele la cara por una mueca de goce muy similar a la de hacía dos noches, Jean Claude supo que el chico se había corrido y, gracias a el estremecimiento placentero que lo recorrió de punta a punta al ver esa cara preciosa, supo que él también había terminado. Sublime, el brillo en sus ojos y el sonido de su voz al venirse eran prácticamente la cosa más bella del mundo.

Se dejó caer en la cama abrazando al pequeño contra su pecho mientras que se recuperaba y luchaba contra las ganas locas de continuar, pedirle más a Ariel, y llevar el asunto a límites que él sabía que aún no podían tocarse aunque tuviera que hacer tripas corazón y morderse los dedos. Ariel, aún agitado, satisfecho, y bastante convencido de que eso era lo mejor que podía haber pasado, se sentía feliz. A diferencia de Mad, a él con eso le había bastado a pesar de que quería llegar a tener sexo con Jean Claude. No sentía esa cruel necesidad de continuar pues, emocionalmente hablando, aquél momento había sido muy excitante, muy íntimo, y por el momento se conformaba con esas pizcas de placer, que para el mayor eran apenas una migaja comparado a todo lo que podía llegar a pasar.

Ninguno de los dos dijo nada, temerosos de arruinar el momento, sólo se miraron, volvieron a besarse de forma suave y cálida, y permanecieron en la cama abrazados mientras se mimaban, recobrando las fuerzas poco a poco. Así permanecieron los dos el resto de la noche, embebidos en el calor ajeno hasta que el sueño los venció. Antes de que se dieran cuenta ya se habían dormido y, en un tiempo que les parecieron segundos, el sol se colaba por las cortinas de la ventana. Había amanecido.


Link del siguiente capítulo. (¡Nuevo!)

4 comentarios:

Sassy dijo...

Hola ,me dio mucho gusto que actualizaras y como buena chica lo lei de nuevo, me muero de alegria de ver como avanzan poco a poco pero me da miedo las trabas que estan empezando,dentro de casa todo es bonito pero fuera hay peligro,te enviare un dibujo de Ariel espero te guste ,seguire esperandote al proximo,bay

Xx___DeathxxfuCky___xX dijo...

*0* Holaa, Mavya-sama! Ya me había tardado en dejarte comento, pero heme aquí.

¿Qué te puedo decir? ¡¡Me fascinóo!!
No puedo decirte cuál fué mi parte favorita porque absolutamente todo el capi me encantó.
Sólo tengo una dudita: ¿Veremos (en un futuro no muy lejano) a un Ariel con pechitos? :O

Nya! Ya quiero saber qué hara el obsesivo-compulsivo respecto a su amorcito secreto >w<

Gracias de nuevo por tan hermoso capi! Igual, la escenita del final...¡¡LA AMÉEE!! Me imaginé a Ariel todito sudado *o* gimiendo como poseso x3

Jajaja, bueno, me encantó leerte, sin duda como siempre ^^.

Nos leemos Mavya.

Muchos saludos desde acá :3

Mel dijo...

Te leo en Amor-Yaoi y recién leí tu actualización, así que me enteré que aquí habías subido actu y me vine volando XDD
me ha gustado este capítulo y es más que obvia la reacción del amigo de Mad, al final va contra sus principios lo que Mad hace con Ariel.

Me gustó la escena de cuando Ariel vuelve y cuando después de van a la cocina, la encontré tan nice *O*
pero mi duda va por... no logro comprender qué tiene Ariel con su cuerpo y que otras implicancias tiene la alteración genética en él? o sea entendí que sus caderas por las hormonas se habían ensanchado y que al parecer tiene algo de pechos, pero es sólo eso?
daaahhh debería decirle a Mad y apuesto que a este ni le importaría, así más hada parecería XDD

Gracias por el capi~ esperaré el otro... kissus!! <3

D.Teufel dijo...

Ok, no leí el relato, por falta de tiempo, no es que no me interese, pero sabes de antemano, que después de haber leído "Encerrado en el ático" te adoro. Espero me recuerdes, ya que con esa versión de alzheimer juvenil que nos cargamos, lo dudo.

Besos. D.Teufel...

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