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sábado, 8 de enero de 2011

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veintitrés

StrawBerry

Al despertar el día siguiente, Ariel seguía tan apenado que le daba vergüenza salir de la cama y enfrentarse a Mad. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a mirarle a los ojos? Seguramente Mad se ofendería si le dijera algo respecto a lo que había ocurrido la noche anterior y más si se le cruzaba por la cabeza la idea de repetirlo. Frustrado, Ariel se revolvió en su propia cama y miró el reloj de muy mala gana, dándose cuenta de que seguía siendo muy temprano para levantarse.

“Maldición”, se dijo, no había dormido absolutamente nada y daba gracias que fuera sábado aunque se suponía que debía ir al club. La verdad, no tenía ganas. Se excusaría luego con el profesor del mismo modo en que se excusaría con Luca más tarde, ya que ese sábado, a diferencia de los otros, no pensaba ir a casa de su tía. Estaba demasiado enmarañado para eso y lo más probable era que se cayera de sueño. Aunque pensándolo mejor, quizás estar en otro ambiente lo ayudara a despejarse, así que luego de mucho deliberar decidió que sí iría a casa de Luca aunque estuviera desmayado de sueño. El club lo dejaría para el próximo sábado, estaba demasiado cansado para levantarse a las apuradas e ir al colegio con el único fin de llegar media hora tarde y ganarse una reprimenda más una media falta. Lo mejor era quedarse con la falta y evitar la reprimenda, siempre podía decir que estaba mal del estómago. Incluso si se le ocurriera levantarse súper acelerado para ir al colegio se caería de sueño sobre el pupitre.

Pero es que había sido casi imposible dormir. Cada vez que cerraba los ojos sentía las manos de Mad recorriéndole como la noche anterior, acariciándole de esa forma que le causaba jadeos y terminaba teniendo sueños alocados de los cuales acababa despertando excitado o con las sábanas empapadas. Nunca antes le había pasado algo semejante, pero huelga decir que jamás le había gustado ni atraído nadie como lo hacía Mad. Gimió por lo bajo al recordar otra vez lo vivido la noche anterior y apretó fuerte las piernas, maldiciendo por lo bajo cuando su celular, que estaba sobre el modular al lado de la cama, empezó a sonar y lo sacó de su ensueño. El tono de llamada era Yellow Sumbarine de los Beatles, el cual le había asignado al número de Christian. Atendió sin prestar demasiada atención, metiéndose bajo las sábanas sin ánimos de levantarse aún.

—¿Diga?

La voz del otro lado sonó tajante al hablar.

—¿Qué pasó entre tú y Vladimir ayer?

—¿Pardona mi? —Abrió mucho los ojos y miró a la pantalla del móvil para ver si en verdad se trataba de Chris y no de otra persona. En efecto, era Chris. Pero por algún motivo no comprendía nada de lo que le estaba diciendo—. ¿De qué hablas?

—No te hagas el inocente, Ariel. Sé que conquistas a todo el mundo con esa actitud de niño bueno y campechano pero no lo hagas conmigo. ¿Qué tramas, eh?

—Christian, no sé qué te pasa pero yo no tramo nada. Ayer fuimos a una biblioteca cerca de la estación, es todo.

Sin embargo, la risa que le llegó del otro lado daba muestras de que Chris no le creía.

—¡Jah! Sí, claro… Él nunca va a ninguna biblioteca sin mí, siempre me lleva para mostrarme libros de misterio y todo eso. Y me muestra algunos de medicina que reserva para mí, para que yo los lea.

—Bueno, tú estabas ocupado ayer y ambos teníamos que irnos antes así que…

—¡Así que nada! —gritó el inglés, haciendo que Ariel diera un brinco en la cama por la sorpresa y luego frunciera el ceño. ¿Y éste quién se creía?—. Si te atreves a conquistarlo con tus ojitos de cordero juro que te voy a…

—¡Christian, basta ya! —Harto de su perorata, alzó la voz contra la bocina del teléfono dándose cuenta de que no estaba de humor para esa clase de estupideces. Además, no entendía qué diablos le pasaba a su amigo—. No entiendo por qué actúas de esta manera pero déjame decirte que entre Vlad y yo no hay nada más que una amistad y mucha afinidad a los libros. Y aunque no fuera así no tengo por qué explicarte nada, joder, ¡los dos hacemos lo que nos venga en gana! ¿Quién te da derecho para actuar como una novia celosa, eh?

—¡No estoy actuando como novia celosa!

—Sí que lo haces. Hasta me acusas de querer quitártelo o algo así. ¿Por qué no vas y le dices todo esto a él?

—¡No puedo hacerlo porque si le digo algo seguramente se dará cuenta de lo que siento!

En ese momento Christian soltó un grito ahogado al darse cuenta de lo que había dicho y Ariel alzó las cejas con la boca abierta, formando la palabra “Guau” con los labios. Había oído lo que había oído y todo eso sólo tenía un único significado posible.

—Christian… —farfulló, tratando de tocar el tema con el mayor tacto posible—. ¿Acaso sientes algo especial por Vlad?

Pero Christian cortó sin dar mayores explicaciones que un balbuceo impronunciable y un par de maldiciones en inglés. Ariel permaneció sentado en su propia cama, mirando al teléfono con cara de no poder creérselo. Primero sus dudas sobre su nueva y recientemente descubierta vida sexual, ahora Christian con un ataque de celos y una confesión. La mañana no podía comenzar más extraña. Ya no tenía ganas de quedarse en la cama.


Jean Claude aún seguía al teléfono con Macchi mientras daba tumbos por su cuarto en busca de algo de ropa. No había dormido nada de nada, rememorando una y otra vez la escena nocturna, el rostro de Ariel, su voz jadeante, la manera en que se estremecía y temblaba entre sus brazos. Tenía que hablarlo con el niño, no podía dejar de lado un tema tan importante como el sexo. Incluso Macchi, el propio Macchi, se lo estaba diciendo por teléfono.

—Tienes que poner las cartas sobre la mesa, cariño.

—¿Estás seguro? —Quería asegurarse de que no metería la pata, pues se trataba de un tema delicado—. Es decir, ¿cómo debo hacerlo?

—No lo sé, depende. Trata con sentarte frente a él y decirle la verdad lo más sinceramente que puedas pero con tacto, para que no se asuste.

—Vale, eso haré. Gracias por ayudarme, Macchi. Siempre estoy jodiéndote con todo esto…

—Ah, tranquilo sweety. Es mi deber después de todo, asegurarme de que seas feliz, aunque ningún chico que tengas pueda llegar a ser mejor que yo.

Macchi era egocéntrico, pero tenía que admitir que daba buenos consejos.

—Ya, ya, muchas gracias.

Nanai, dilo como me gusta —pidió usando su tonito cantarín, de forma que Mad rodó los ojos.

Domo arigato. Es un alivio contar contigo a pesar de que nadie va a poder reemplazarte nunca en mi viejo y retorcido corazón, Masaaru.

—Me alegra que lo tengas asumido. Ahora tengo que dejarte, Ma-chan. Mi chico esta algo emocionado y tengo que atenderlo, ¿me entiendes?

—Oh… —la indirecta fue tan obvia que debió pestañear un par de veces para sacarse la imagen mental que se formó en su mente, pues recordó la cantidad de veces que Macchi lo había “atendido” y no pudo evitar imaginarse la escena con Ariel—. ¿Tan temprano? No me digas que se ha despertado…

—Bueno, él no. Al menos, técnicamente hablando. Una parte de él se acaba de despertar y tengo que aprovechar la oportunidad. Estos últimos días me ha tenido algo descuidado en la cama y si no quiere que le sea infiel más le vale que ponga algo de empeño en no dormirse cuando viene a verme.

Mad soltó una carcajada.

—Me sorprende que no te hayas arrojado encima de alguien o que no hayas llamado a alguno de los de tu agenda. Debes quererlo en serio —Sacudiendo la cabeza, Jean Claude se puso la bata a tientas mientras que sostenía el teléfono entre la cabeza y su hombro, oyendo la risita diabólica de Macchi desde el otro lado—. Suena como si fueras a violarle, ¿sabes?

—Claro que lo haré, esa es la idea. Pero lo va a disfrutar. Te llamo en un rato, ¿vale? No quiero que se despierte antes de que pueda ponerle mis garras encima.

—No, no, ve. Ten sexo y disfrútalo en mi nombre.

—Así lo haré y espero que pronto tú puedas hacer lo mismo. Ciao.

Cuando Macchi colgó tras reírse de esa manera que Mad ya conocía y que no indicaba nada bueno, Jean Claude estaba relajadísimo. Se reía por las palabras de Macchi y dudaba entre sentir pena o alegría por el pobre tipo que tenía la suerte de estar durmiendo junto a Leigh en ese momento. Lo más probable es que su ex amante le hiciera una jugarreta antes de aprovecharse del sueño, recordaba a la perfección como una vez él mismo se despertó atado a la cama de pies y manos con pañuelos de seda, teniendo a Macchi encima de él, moviéndose. Sacudió la imagen de su mente cuando Masaaru comenzó a transformarse en un jovencito menudo, alto y delgado de largos cabellos oscuros y ojos azules antes de tomar coraje suficiente como para abandonar su cuarto e ir a la cocina. Alguien tenía que hacer el desayuno, ¿cierto?

Bajó de las escaleras casi como si alguien le estuviera apuntando con una carabina y a la vez, tuviese un cofre lleno de oro al final de las mismas. La verdad era que quería bajar y al mismo tiempo no, pero tarde o temprano iba a tener que salir del cuarto, por lo que era mejor hacerlo más temprano que tarde aunque los pies le pesaban muchísimo. Mientras se acercaba a la puerta de la cocina fue percatándose de que no había música, de hecho ni siquiera la radio estaba encendida, y cuál no fue su sorpresa cuando, al abrir la puerta del dichoso cuarto, lo encontró completamente vacío. Suspiró, pues una parte de él estaba alegre y la otra muy decepcionada.
Decidió poner la pava eléctrica para el té de Ariel y el café. ¿Cuál de todos los tés que el niño había comprado se tomaría ese día? Tilo, manzanilla, frutos rojos, té verde, té negro, vainilla, rosa, la lista parecía no terminar. Decidió tomar un sobre del de vainilla, que era el favorito de Ariel, y lo puso en una taza mientras que él se preparaba el café en total silencio. Tres cucharadas de café instantáneo y una de leche en polvo, sólo el ruido de la cuchara golpear el fondo de la taza mientras batía cortaba con el silencio instalado en la cocina al punto en que, por un doloroso instante, se sintió tan solo como en los viejos tiempos cuando no había nada ni nadie en esa casa que le diera algo de alegría. Fue un rápido retroceso a los días en que se acostaba terriblemente tarde, lleno de alcohol o entre los brazos de algún amante de medio tiempo, para volver a su casa en la más absoluta soledad y no tener ganas ni de levantarse de la cama. Todavía seguía sin entender por qué antes se había vanagloriado de su vida de rock star.

Su cable a tierra apareció cuando Ariel entró a la cocina y le sonrió a un muy turbado Mad. El fotógrafo permaneció inmóvil un momento sólo para contemplarle, ¡su Ariel estaba precioso! Reconocía las ropas que llevaba puestas por haberlas usado en su primer desfile hacía tan sólo unas semanas. Llevaba unos pantalones de tela símil seda color negro brilloso, botas marrones, un lindo cinturón grueso con tachas; en la parte superior traía una camiseta de tirantes roja y blanca, una camisa blanca arriba y una boina en la cabeza, en la que debía de tener escondida casi todo su cabello. Jean Claude pasó saliva, sintiéndose un verdadero marrano al verlo tan guapo estando él mismo en pijama y bata como un viejo de ochenta años.

“Estar tan guapo debería ser ilegal”. Dijo el Bad Mad, sacudiendo su bata antigua de seda al tiempo que bostezaba. Jean Claude maldijo su suerte, ahora su otro yo estaba despierto.
Lo que no se le pasó por alto fue el sonrojo que cubrió en todo momento las mejillas del chico a pesar de acercársele a paso firme para ponerse de puntillas y darle un beso en la mejilla. El jovencito olía a un perfume cítrico.

—Buenos días, Maddy —lo saludó, con su tono de voz suave y melodioso que tanto le gustaba. Ariel se acercó al mesón para tomar la taza de té entre sus manos, aspirando su aroma con la sonrisa firme en sus labios—. Vainilla, mi favorito. ¿Cómo supiste…?

—Siempre tomas ése —jamás le diría a Ariel cuánto le costó decir esas tres palabras—. Estaba por hacer el desayuno antes de ir a buscarte, creí que estarías dormido.

El muchacho tomó la taza, la azucarera y con ambas cosas en las manos caminó muy graciosamente hasta la mesa, sentándose en ella bien erguido antes de comenzar a agregarle azúcar al té. Cuatro cucharadas, ni más ni menos. Jean Claude batió apenas su café pues no podía dejar de mirar cada uno de los ademanes del chico y compararlos con la criatura lujuriosa de la noche anterior. ¿Acaso la había escondido en lo más recóndito de su cuerpo? Ariel tomaba la cuchara con mucha delicadeza, evitando que se desperdiciara hasta la más mínima cantidad de azúcar para volcarla sobre el té color marrón traslúcido. Sus manos, blancas, finas y de dedos largos, parecían partes de una estatua de porcelana; una de ellas sostenía con firmeza la taza mientras que la otra sujetaba la cucharilla sólo con tres de sus dedos y revolvía el té con un ademán suave, ligero. Jean Claude creyó ver cómo el calor de la taza enrojecía poco a poco las yemas de los dedos de su novio. Perdido en sus acciones, Mad observaba cada gesto de Ariel en cámara lenta. Sus ojos entornados miraban la taza fijamente mientras le hablaba. Podía ver, a través de las largas y gruesas pestañas de Ariel el reflejo del té revolviéndose en el azul de sus ojos, podía ver el leve resquicio de piel donde la tonalidad sonrosada de sus pómulos se perdía con la leve palidez del resto de su dermis, los labios, algo resecos por el frío, moviéndose despacio y el brillo de sus dientes blancos escondidos entre la carne rosada. El lunar que Ariel tenía bajo su labio inferior, un lunarcillo minúsculo del que no había tenido total conciencia hasta la noche anterior, se movía cada vez que él hablaba.

Se dio cuenta de que había estado mirándolo demasiado cuando Ariel alzó la vista algo rápido, tanto que se le alborotó el flequillo, y ladeó la cabeza preguntándole:

—¿No vas a hacerte el café?

Jean Claude pestañeó pero no tuvo la fuerza para hacer que sus neuronas se reagruparan en su sitio y elaborar una respuesta creíble, poco sospechosa o meramente normal. Sólo atinó a asentir con la cabeza sintiéndose un completo idiota, ruborizado por haber sido pescado in fraganti. Claro, lo más probable era que Ariel no se hubiera dado por enterado de la intensidad con la que había estado mirando cada uno de sus movimientos, grabándolos en su cabeza como si pudiera fotografiarle de esa manera, comparando sus ademanes de aquél momento tan cotidiano con la debacle de la noche previa cuando ambos se habían dejado llevar por la oscuridad nocturna. Giró sobre sus talones para tomar la bendita pava eléctrica, convencido de que era el peor ser humano del mundo, y llenó la taza con agua caliente sin siquiera mirar si el café había quedado bien. Pasando saliva, fue a la mesa y se sentó frente al chico.

—Como te decía —Ariel continuó la charla que Mad no había escuchado. En ningún momento se percató de que el fotógrafo no le había oído pues no sólo estaba muy metido en sus propias palabras, sino que evitaba mirarle demasiado a la cara porque sabía que volvería a acordarse de lo de la noche y se delataría haciendo o diciendo alguna estupidez—. Alex me mandó un mensaje hoy. Quería saber si podía ir a verla en Alchemy… Creo que quiere pedirme un trabajo de emergencia pero no se atreve a hacerlo por teléfono. Iba a ir de todos modos —prosiguió, pues Mad revolvía el contenido de su taza sin hablar—, ya que no tengo nada que hacer. Así que por eso me terminé despertando tan temprano.

—Ya veo, cielo —La voz le salió ronca pero tenía que hacer el intento de actuar normal, por Ariel—. Me parece perfecto, aunque me hubiera gustado que no te despertasen… Quería hacerte el desayuno.

“Y preparar alguna manera para hablar sobre lo de ayer”. Pero no podía decirle eso al chico, así que se lo guardó en su fuero interno. Llevo la taza a sus labios para darle una probada al café, dándose cuenta de que no le había puesto azúcar. Por su lado, Ariel apoyó el mentón sobre los dedos de ambas manos entrelazados y dejó el té para más tarde, que Mad quisiera hacerle el desayuno lo alivió. Le hizo pensar que quizás Jean Claude no estaba enojado con él como había estado creyendo desde la noche anterior cuando lo mandó a dormir solo luego de haber hecho eso, como lo llamaba. La verdad era que aunque no lo demostraba estaba de los nervios. Lo había hecho mal, seguramente había arruinado el momento de alguna manera y por eso Mad lo había enviado a su propio cuarto en lugar de dormir juntos como todas las noches. Quizás, a pesar de todo lo que había leído, no había dado la talla con la situación, pero el que su novio le preparase el desayuno era un aviso de que ya no estaba enojado con él.

De todas maneras los nervios seguían allí, latentes, pero se esforzó en ocultarlos. Esbozándole una sonrisa, Ariel volvió a tomar la taza con una mano y estiró la otra para acariciarle la palma al mayor con la yema de sus dedos. Jean Claude alzó los ojos, entre confundido y asombrado, chocando de lleno con el rostro bondadoso de su chico. No supo si sentirse peor o no.

—Gracias por querer hacerme el desayuno. ¿Qué te parece si mañana hacemos la cena juntos, vale? De paso, aprendes a cocinar —agregó en tono divertido, buscando hacerle sonreír. Lo consiguió, la tensión en el ambiente se rompió y le sonrió como de costumbre, atreviéndose a jugar con los dedos de Ariel.

—Oye, que yo sí sé cocinar. Apuesto a que no sabes hacer un tempura decente.

—Y yo apuesto a que no sabes hacer siquiera una buena sopa —replicó, logrando que Mad hiciera una mueca muy parecida a un puchero infantil—. Así que el niño grande va a ponerse a aprender a hacer comida occidental… Aunque empiezo a temer que hagas volar la cocina por los aires —dijo, con el ceño fruncido, y Mad soltó una carcajada fresca.

—Menuda suerte tengo, me conseguí un novio que sólo quiere retarme. Ay, qué será de mí.
Ambos rieron a gusto por un rato en el que Ariel aprovechó para apretarle la mano a Mad de forma conciliadora para darse valor a sí mismo antes de levantarse, todavía medio entre risas, e ir al mesón a prepararse un tazón de cereales con yogurt y unas tostadas para Mad. El mayor se le quedó mirando, siempre sonriente, las malas sensaciones desaparecieron con esas simples bromas y ese apretón que le hicieron ver lo mucho que Ariel lo había aceptado. El chico estaba feliz, contento, sin ninguna preocupación ni nada por esa leve ronda de meneos nocturna cuando él creyó que lo habría traumatizado o algo similar y estuvo devaneándose en su propia vergüenza por no haberse sabido controlar. Todo para que Ariel le hiciera volver a la realidad dándole una demostración de madurez.

Claro que él no sabia que el niño sí se había avergonzado un poco, más que nada por su inexperiencia y por la reacción de Jean Claude que otra cosa, pero luego de ver al adulto en ese estado se le había esfumado lo suficiente como para tratarle igual que siempre. Ariel hizo bastantes tostadas y se preparó su cuenco, dejando ambas cosas en la mesa para que los dos pudieran desayunar en silencio y tranquilidad. Luego de eso iría a darle comida a los perros y le dejaría su plato a Mozart para que comiera cuando regresase de su paseo matutino. Se había olvidado de decirle a Mad que esa noche no estaría en la casa porque lo más probable era que se quedara a dormir con Gian Luca ya que, como sí le había dicho a su pareja hacia unos momentos cuando se puso a revolver el té, los sábados era su reunión tradicional para ver películas. Y Luca siempre conseguía de las buenas. Sin embargo, al alzar la vista de su delicioso cuenco de cereales pegoteados y envueltos en el espeso yogurt de vainilla, se encontró con Mad mirándole fijamente usando una expresión que no logró descifrar. Las tostadas no habían sido tocadas aún.

—Se enfriarán las tostadas, Maddy… —murmuró sin entender bien qué pasaba, notando que estaba ruborizándose por el calor que subió de su cuello a sus mejillas. Se llevó una buena cucharada de bolitas de chocolate con yogurt a la boca y las masticó muy rápido, sin disfrutar del todo de la curiosa mezcla de texturas y sabores. De golpe estaba nervioso, pues sabía lo que vendría a continuación y la verdad era que no estaba listo para hablar de eso.

Tal y como lo pensó, Mad no sólo siguió sin tocar las tostadas, sino que apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, dejando caer el mentón sobre sus propias palmas, diciéndole:

—Tenemos que hablar sobre lo de anoche.

Para Ariel esas palabras fueron como un cañonazo a su confianza. No estaba listo, de veras que no estaba listo para afrontar el tema y la mera idea le hizo verse de colores, pero no tenía forma de eludirlo en ese momento. ¿Qué iba a hacer? ¿Salir corriendo como una damisela? Él era un hombre y tenía que quedarse y aguantar cualquier cosa que Mad dijera. Jean Claude vio las reacciones de Ariel, quien estaba tenso y enrojecido, y cayó en la cuenta de que quizás el chico sí estaba apenado. Pero ya no había marcha atrás, el tema había sido sacado, así que ahora tenían que hablar de ello. Respiró hondo antes de proseguir.

—Anoche… —carraspeó, sin saber bien cómo seguir. Lo mejor era ser honesto—. Lamento eso, en serio. No era mi intención perturbarte ni nada similar, Ariel. Sólo sucedió. Si quieres que no lo vuelva a hacer te prometo que…

—¡No! —exclamó el otro de golpe, haciendo que diera un respingo pues no se esperó en ningún momento esa reacción. Ahí estaba Ariel, mirándole con la cara como un tomate, diciéndole que no.

—¿No? ¿No a qué, Ariel?

—No es así, Mad. En serio —murmuraba, mirándolo a él y a un punto indefinido de la mesa alternadamente. Estaba aterrado, pero si no se lo decía seguro que Mad volvía a enojarse—. A mí me gustó lo que hicimos, me gustó mucho.

Jean Claude abrió los ojos como platos, boquiabierto. En su mente el Bad Mad se hallaba en el mismo estado, pestañeando apenas, antes de comenzar a reírse y brindar por su suerte y la de Mad. Tuvo que sacudir la cabeza para alejar a su Doppelgänger de todo eso, no era de su incumbencia.

—¿Te gustó? Pero, es decir, ¿de veras te gustó?

—Claro que sí, ¿a quién no? —Ariel quería que se lo tragara la tierra por todo lo que estaba diciendo—. Se sintió muy bien. No dejé de pensar en eso durante toda la noche pero…

Agachando la cabeza por la vergüenza, el jovencito no pudo continuar. Mad creyó que algo no iba bien por lo que se levantó de su asiento y fue con Ariel, arrodillándose a su lado.

—¿Qué pasó? ¿Te lastimé o algo así? —dijo, sabiendo que era imposible. No le había hecho nada que pudiera dolerle. Ariel movió la cabeza a los costados diciéndole que no era eso—. ¿Entonces qué es, Ariel?

—Es que a ti no te gustó.

—¿Excuse moi?

—¡Que no te gustó! —exclamó, dolido. Enviarlo a su cuarto había sido un golpe muy bajo por parte de Mad—. Lo hice mal, ¿no es cierto? Te enfadaste conmigo porque no fui lo suficientemente bueno.

—¿Eh? —Aquello no podía ser cierto. Sacudió la cabeza, convencido de que se había golpeado en algún momento de la charla o que todo aquello era una ilusión pasajera, pero para su horror era real—. ¿Por qué motivo estaría enfadado contigo?

Ariel se mordió el labio y agachó la mirada, dejando que el flequillo cubriera en parte sus ojos.

—Porque me mandaste a mi cuarto luego de eso y no quisiste continuar.

Mad, quien lo había escuchado en silencio, no supo bien qué hacer. Su carita y sus palabras lo estaban inundando de ternura pero al mismo tiempo le ponían en una encrucijada: ¿Cómo decirle a un púber que lo había alejado de él para no perder el control de sus impulsos y abalanzarse sobre él como lo haría un sucio depravado con una esclava indefensa? Quiso decirle que eso no era cierto pero Ariel se irguió en el asiento, mirándole con una cara tan mona que podría sacarle el sueño a cualquiera, y siguió hablando sin darle tiempo de nada.

—Sé que soy nuevo en estas cosas y que no sé mucho del tema pero te prometo que voy a mejorar. P-puedo aprender… si tú me enseñas.

Fue entonces cuando Mad no pudo más y todas las emociones dormidas se desbordaron de él. Era tan, pero tan lindo. Lo tomó de sopetón entre sus brazos, lo alzó en vilo como su fuera una muñeca que no pesara nada y se sentó en la misma silla que antes le pertenecía a Ariel haciendo que el menor se sentara sobre sus piernas antes de alzarle el mentón con una mano y plantarle un tremendo beso en la boca. Ariel en un principio se asustó mucho, sólo cuando se dio cuenta de que Mad iba a besarlo en lugar de castigarle o algo así pudo relajarse, dejarse llevar por el beso y apoyarse lánguidamente contra el pecho fornido de su novio. Pronto sus manos subieron por sobre el cuerpo de Jean Claude con claras intenciones de acercarlo más y profundizar el beso.
Ambos soltaban gemidos por lo bajo mientras se besaban, las manos de Mad recorrían con lentitud la espalda y las piernas de Ariel, lo acercaban cada vez más hasta tenerlo casi fundido a su espalda mientras que le devoraba la boca con un beso lento, profundo, mordisqueándole un poco los labios en el proceso hasta hacerlo gimotear contra su boca y las uñas del niño se le clavaban en la espalda. Ariel suspiraba, estremeciéndose entre los brazos de Mad e intentando tener cada vez más de sus besos y sus caricias al menos hasta que Jean Claude, muy lentamente, se separase de sus labios para llenarle una mejilla con besos mariposa e ir subiendo lentamente hasta su sien. Sonriéndole, Mad se relamió los labios y apoyó su frente sobre la del pequeño que aún estaba agitado.

—¿Qué voy a hacer contigo, precioso? —susurró, mirándole a la cara desde donde estaba antes de ir a darle un beso al oído y hablarle con su voz más grave—. Decirle cosas como ésas a un viejo verde como yo… Vas a hacer que me de un paro cardíaco.

Ariel dejó caer la frente sobre el pecho de Mad, respirando hondo a pesar de que tenía el corazón desbocado.

—¿Hice mal? —musitó al fin, relamiéndose los labios. Cuando al fin pudo respirar normalmente se irguió y Jean Claude no pudo evitar sonreír al verle la cara tan roja como un tomate—. Pensé que esta clase de cosas había que hablarlas con tu novio...

—No, no hiciste mal. Al contrario, quiero que me digas cualquier cosa que te pase con respecto a nuestra relación y todo lo que hagamos. ¿Vale?

—Vale —respondió, asintiendo con la cabeza. Hizo silencio un minuto cual si pensara algo—. Entonces, ¿sí te gustó?

—Claro que sí. ¿No te diste cuenta de lo emocionado que estaba? —respondió, dándole a la palabra emocionado una entonación tan especial que denotaba su doble sentido. Que Ariel se ruborizara le dio a entender que sí, lo había notado—. Es sólo que, ¿cómo lo digo? El sexo es más complicado de lo que parece, cariño, y tú aún eres muy chico. No me parece bien que vayamos de la A a la Z de una sola vez; lo mejor será que esperemos un poco o que vayamos despacio, sin prisas. ¿Está bien?

El más joven se lo pensó ya que a él no le parecía que el sexo fuera algo tan complicado de hacer. Al menos en el material que había leído no parecía ser tan complicado si se tomaban todas las precauciones, pero si Mad lo decía entonces lo más probable era que fuera verdad. Después de todo, su novio velaba por su integridad y él no le haría jamás algo que le dañase, así que tras pensarlo le comunicó a su novio con un beso mariposa que le gustaba mucho la segunda opción. Siempre podían ir avanzando de a poco, le dijo, mientras que él iba aprendiendo sobre el tema. Claro que Mad tendría que explicarle bien las cosas para que no se volviera a confundir como en la noche anterior, creyendo que a Jean Claude no le había gustado nada. A Mad le pareció un buen trato y supuso que era el mejor que podía conseguir, así que aceptó.

Luego de eso tuvieron un desayuno más relajado y ameno. Mientras comían, Ariel le volvió a comentar como al pasar que se iba a quedar en la casa de su primo esa noche para ver películas a lo que Jean Claude respondió fingiendo que ya lo sabía y deseándole que la pasara muy bien. Por dentro, se deshizo. Él no tenía ningún plan para esa noche con el cual mitigar la soledad y la idea de quedarse solo en la casa, sin la presencia de su niño, no le causaba mucha gracia. Ariel estaba preparando su mochila para irse y él le daba de comer a los perros, siendo acosado por la mirada de Mozart, el cual había regresado de su paseo nocturno y contemplaba a los canes como a su dueño con cara de muy pocos amigos, cuando se acordó de que tenía que hablar con Ricardo. Aún no lo había llamado, si se apuraba podía pedirle esta noche al menos por unas horas antes de que el trabajo le ocupara el espacio.

Tras alimentar a los cachorros, dejó atrás a sus bebés y fue para su cuarto siendo perseguido por la sombra negra de Mozart, siempre acosándole con la cola alzada y los ojos fijos. No le caía bien el gato, la verdad, y el hecho de que estuviera siguiéndole tampoco le causaba gracia pero lo toleraba por Ariel. Apenas estuvo en la intimidad de su cuarto, se sentó en la cama seguido por el maléfico felino y tomó el teléfono inalámbrico de la mesa de luz. Apenas hizo aquello, sonó su celular.


Hermanito, tengo un trabajo de emergencia para Ariel. ¿Puedes traerlo? Si le sacas tú las fotos habrá un pago extra.


“Alex, cuando no”. Creyó haber escuchado a Ariel decir algo al respecto pero no lo recordaba con exactitud. Una sesión de fotos… El dinero le sobraba, un trabajo fuera de la agencia por el que no debería pagar una comisión sería bastante jugoso pero no tenía ganas de hacerlo. No le daría ninguna clase de crédito especial si no venía de las revistas importantes o de los grandes clientes para los que trabajaba. Le respondió a su hermana diciendo que lo pensaría mientras llevaba a Ariel. Hecho eso, regresó su atención al inalámbrico y marcó un número que ya se sabía de memoria de tantas veces que lo había llamado, no sólo para arreglar asuntos legales, sino para charlar por horas o salir a parrandear. Del otro lado, la voz gruesa del abogado “sin escrúpulos”, como lo llamaban, atendió.

—¿Diga?

—Richie, tiempo sin hablarnos.

—¿Mad? —silbó, haciendo que Mad se sonriera—. En efecto, bastante tiempo. No te he visto desde el juicio de tu pequeño amigo modelo. Me contó Masaaru que ahora vive contigo.

—Aja. Es algo temporal mientras que arregla los asuntos con su tía y se busca un buen sitio para vivir. Parece que él y la pareja de ella no se llevan bien.

—Hm, entiendo… Bueno, mientras que tengas la autorización legal de la señora todo estará bien.

—La tengo, tomé el recaudo de pedirle un papel firmado tal y como me aconsejaste —respondió, sintiéndose repentinamente muy tranquilo. Ricardo, a pesar de su apariencia algo fiera, tenía la habilidad de tranquilizar a la gente sólo con sus palabras incluso aunque no dijera nada demasiado especial. Él hablaba y la gente ya se quedaba quieta, tranquila, escuchándole sin ningún inconveniente. Quizás era por su habilidad para persuadir con la voz, porque era un buen orador, o tal vez porque cada cosa que decía, desde el más mínimo consejo o hasta una crítica, las hacía con la mayor de las buenas intenciones—. Sabes que siempre te hago caso, Richie.

—Es bueno saber que al menos en algo me haces caso, me permite dormir tranquilo en las noches —rió de su propio chiste y entonces le preguntó a Mad como estaba. Se disculpó por no haberlo llamado, pero había estado ocupado con un caso bastante serio y, claro, con su mujer embarazada. El bebé ya tenía ocho meses e iba a ser una niña; aún no sabían si la llamarían Penélope o Zamira—. Al parecer, ganaste la apuesta.

—¡Felicidades, Ricardo! Y para mí también, por haber ganado, pero más para ti porque tendrás una linda nena. Sólo espero que no seas el tipo de padre celoso que no la dejará salir cuando crezca.

—Por supuesto que lo seré. Ya he comprado la escopeta.

Jean Claude soltó una carcajada, acomodándose en la cama. En momentos como ésos recordaba por qué eran tan amigos desde la infancia. Sus charlas eran largas, amenas, repletas de chistes, consejos, risas, e incluso anécdotas. Nunca pasaban por un silencio incómodo, lo sabían todo de todos, hasta el más mínimo y repulsivo detalle, logrando que fuera un anclaje casi perfecto. A veces peleaban, a veces no. Podían estar días o meses sin llamarse, pero la amistad se renovaba sólo con levantar el tubo del teléfono o ir a tomar un café. A esas alturas, mientras pensaba en todo eso, ni siquiera la presencia de Mozart podía incomodarle. Acarició al minino detrás de la oreja logrando que el gato se quedase quieto, ronroneando, y cerrando los ojos en una demostración de placer. No era tan malo a fin de cuentas.

Ricardo y él se pusieron al día sobre cosas un tanto superficiales relacionadas a la familia y al trabajo. Él era quien más le había alentado a seguir su sueño de fotógrafo y fue siempre el primero en quejarse cada vez que Mad hacía algo para complacer a su padre. No era algo de lo que debiera alegrarse, pero Ricardo fue el primero en invitarlo a beber un trago para celebrar el fallecimiento del mismo. Creía que con la muerte de Julian él lograría la libertad que tanto había ansiado.

—¿Te parece que le compre vestidos o escarpines a tu futura hija? —preguntó el francés en medio de la charla, imaginándose ya los adorables vestiditos con flores, cintas, y moños rosados, como todas las niñas tenían que usar.

—No estaría mal, seguro le comprarías cosas bonitas. El otro día fui con Cecilia y su hermana a comprar cosas para la niña y la muy loca de mi cuñada miraba esa nueva ropa de moda para criaturas, toda ropa ajustada, oscura, vaqueros, faldas. Ahora a todas las visten como si fueran mujerzuelas de veinte años, es asqueroso.

—Te comprendo perfectamente. Las niñas deben vestirse como muñecas hasta que tengan edad para elegir lo contrario, no tendrían que andar por ahí luciendo como estudiantes universitarias medio fáciles.

—Amén.

—En ese caso, asumo que tengo total libertad para hacer el regalo, ¿cierto?

—No te quepa duda —respondió Ricardo. El leve ruido de papeles del otro lado hizo que Mad se diera cuenta de que estaba revisando su agenda o algo relacionado con el trabajo—. Confío en tu bien gusto, teniendo en cuenta que estamos hablando de mi hija sé que no vas a vestirla como una suripanta adolescente.

—Dalo por hecho —dijo, dejando de acariciar al gato para ponerse de pie e ir a buscarse ropa. En el piso de abajo oía música, Ariel debía de estar aburrido esperándolo para salir—. Oye, tengo que dejarte ahora. ¿Te parece si nos vemos esta noche? Podemos tomar algo o ir a cenar como en los viejos tiempos.

Richie chasqueó la lengua.

—A Cecy no le gusta que deje la casa, ya te dije que esta aterrada. ¿No quieres venir aquí y cenar con nosotros? Luego podemos ver alguna película o el partido de rugby.
La idea no sonaba nada mal.

—¿A tu mujer no le molesta? No le caigo del todo bien.

—Le molestan más tus chistes y que hagas apología a la bebida y el sexo desenfrenado cuando estás ebrio y también piensa que eres una mala influencia para mí, pero fuera de eso cree que eres un bombón —replicaba Ricardo entre risas—. Puedes venir, no hay problema. Con suerte, ella solo se quedara una hora más después de cenar. Últimamente no puede mantenerse cuerda si no se va a dormir lo más temprano posible.

—Bien —soltó un suspiro de alivio. No le agradaba estar en casa de Ricardo cuando su mujer se paseaba por ahí, ella y él eran muy opuestos y solían estar en desacuerdo en muchas cosas, pero si sólo se quedaba un rato era muy capaz de soportarlo. No sólo quería evitar la soledad esa noche, sino que ahora sentía unas auténticas ganas de ver a su amigo de la infancia—. ¿Te parece a las diez?

—Claro. Trae cerveza si puedes… Cecilia nunca compra nada que tenga un mínimo contenido de alcohol y empiezo a extrañarlo.

—No tienes ni que decirlo.

Cuando colgó, Mad se sintió muy ligero y tranquilo. Ya la idea de estar sin Ariel esa noche no se le hacía tan insoportable y si lograba entablar una conversación seria e íntima con Ricardo podría hacerle un par de preguntas que han estado rondándole la cabeza últimamente. En el piso de abajo la música ya había cesado y la voz de Ariel le llegó desde el pasillo preguntándole si ya se había vestido. Alex estaba esperando.

—En un minuto, cariño –respondió, guiñándole un ojo al gato que lo miraba atentamente. El minino le respondió con un bostezo y se echó a dormir.


Ariel miraba por la ventanilla del coche mientras jugueteaba con su boina, agradeciendo y maldiciendo con todo su ser el que existiera la calefacción en el auto. Agradecía porque lo salvaba del frío y de enfermarse de nuevo pero maldecía porque tenía que estar todo herméticamente cerrado y estaba comenzando a costarle mantener la compostura. Siempre era así, en un ascensor, en el metro, en el aula, donde fuera que estuviera muy cerrado: Primero le daban mareos tremendos y el cuerpo se le cubría de sudor frío, luego náuseas, a veces le bajaba la presión y en el peor de los casos sufría tal ataque de pánico que se le cortaba la respiración y podía llegar a perder la conciencia. Gracias al tiempo de terapia y entrenamiento con Laura había aprendido distintos mantras y memos que le permitían mantenerse sereno la mayor parte del tiempo, pero en situaciones como esta o momentos en los que se hallaba estresado o nervioso, le costaba muchísimo. Su claustrofobia iba a ser un gran problema en su vida si no comenzaba a hacer algo con ello.

Jugó de nuevo con la boina y abrió un bolsillo de su mochila, buscando alguna de sus provisiones. Mad tenía la estricta regla de no comer en el auto pero por suerte él tenía permiso para romperla si estaba muy mal. Jean Claude sabía que si Ariel sacaba un caramelo o un paquete miniatura de galletas saladas era porque estaba empezando a temblarle el cuerpo y necesitaba algo que le estabilizara la presión.

—¿Quieres que abra tu ventana? —preguntó Mad por consideración, consciente de lo que Ariel pasaba. Durante los tiempos del juicio contra sus atacantes había sido fiel testigo de los desmanes que le causaba estar en sitios cerrados con tanto viaje en coche, ascensores, despachos y declaraciones. Hubo una ocasión en la que el chico perdió el conocimiento tras viajar siete pisos en un ascensor y tuvo que darle agua y sal para que se recobrase.

—No, está bien —Sacó una galleta salada del eterno paquete que llevaba consigo a todos lados y la mordió sin piedad—. Ya casi llegamos y hace frío.

—Cuando estemos ahí le pediré a Alex que te dé un té fuerte y bien dulce. No quiero que se te suelten las tripas en medio de las tomas y termines vomitando.

—Oye, que eso sólo me pasó una vez.

—Sí, después de tu primera declaración.

—¿Sabes lo que es soportar siete pisos en un ascensor? —Para cuando hizo esa pregunta, Mad ya estaba carcajeándose alegremente frente al volante, desviando la mirada de vez en vez para enfocarle el rostro y mirarlo con ese destello de cariño que al chico le encantaba. A pesar de eso, torció la boca y se cruzó de brazos en su asiento, mirando siempre por la ventana en un intento por no marearse—. Sigue echándome mis debilidades en cara, algún día te terminaré poniendo laxante en la sopa.

—Ya, ya, tranquilo. A mí tampoco me gustan mucho los lugares pequeños.

—Pero no tienes claustrofobia, a ti te molesta estar aprisionado, cuando no corre aire en una habitación o hay tanta gente que el aroma comienza a molestarte. Yo, solo o acompañado, no puedo estar en un lugar chico. Ni siquiera puedo viajar en avión sin sedarme —agregó, poniendo cara de tristeza. Odiaba sus propias debilidades, inclusive lo avergonzaban. Le hacían sentirse mucho más desprotegido de lo que estaba en realidad, ya que hasta viajar en el tren suponía un peligro para él—. Creo que debería empezar de nuevo la terapia.

—¿Perdón?

La verdad era que había comenzado a acariciar esa idea desde que supo que podían pedirle trabajos en el exterior. Él quería viajar, hacer los trabajos, conocer más gente, pero con su problema no podía. Había dejado la terapia por su hermano, la escuela, y todas esas cosas, pero quizás ya era momento de cambiar eso y regresar. En algún momento tendría que superar su fobia.

—Eso. Quiero tratar mi claustrofobia.

Mad sonrió, viendo como su chico crecía delante de sus ojos. Cada día que pasaba se volvía mucho más maduro, más especial, aunque él sentía que no perdía del todo esa tierna inocencia de la infancia y la frescura de la juventud.

—Haces bien, Ariel. Es un poco complicado tener una vida normal con semejante problema como lo es la claustrofobia.

—Oye, que a ti tampoco te gustan los lugares cerrados.

Mad se rió, bajando un poco la velocidad cuando el cartel de “Alto” se lo indicó.

—No es lo mismo, a mí me marea que haya gente o la falta de aire —replicó, mirándole con las cejas arqueadas antes de aprovechar un semáforo para darle un beso en la sien—. Ya, en serio. Creo que haces algo muy bueno para ti, cariño. Me alegro por ti, eres tan maduro.

Ariel, con las mejillas algo arreboladas, sonrió autosuficiente y se acomodó en el asiento algo más contento. Supuso que a su novio no le parecería raro que fuera a terapia.

—Gracias. Sólo espero poder encontrar un horario para la terapia.

—Seguro que lo conseguirás, siempre lo haces. Pero, en cualquier caso, siempre puedes quitar alguna cosa. No me parece bien que a tu edad tengas todas las horas del día ocupadas con algo, pero yo sé que a ti te gusta así.

El pequeño sonrió y, aprovechando que nadie podía verlos, reclino la cabeza hasta quedar apoyado contra el hombro de Mad y cerró los ojos para soportar el mareo. Durante sus primeras semanas de convivencia e incluso cuando comenzaron como novios, Mad no dejó de sorprenderse por su habilidad innata para armarse un horario lleno de cosas para hacer y realizarlo al pie de la letra. El caso es que Ariel estaba acostumbrado desde muy chico a hacer varias cosas al mismo tiempo, por lo que para él era muy normal y no sabía cómo funcionar si no tenía las horas ocupadas. Se aburría. Por suerte ahora al menos era capaz de desligar alguna obligación para pasar tiempo de calidad con su novio o sus amigos. Hacía un par de años eso hubiera sido imposible y lo habría frustrado. De todas maneras, decidió tomarle el pelo.

—Eso es porque eres un vago.

—¡Que ocurrencia! —Fingiéndose ofendido, le retiró la mirada y alzó el mentón como si no quisiera mirarlo pero de reojo observaba esa sonrisa bonita que se ampliaba cada vez más mientras que escuchaba esos reproches falsos antes de mirar de nuevo la carretera. Faltaba poco para llegar—. ¿Yo, un vago? Sólo soy un hombre joven y trabajador que sabe vivir la vida.

—No, eres un vago. Y también un asalta cunas.

—Querrás decir que una cuna me asaltó a mi —rió de buena gana, escuchando las risitas de Ariel a pesar de que él apretaba la boca contra su chaqueta para que no le oyera—.Yo era un joven puro, decente y necesitado de amor hasta que una cuna muy precoz se me echó encima.

—Pudiste haberte resistido ante la cuna —Ariel no podía parar de reírse en medio de las frases, todavía apoyado contra el hombro del otro—. Es decir, no es que te opusieras demasiado a su asalto, que yo recuerde estabas muy conforme.

—Es que… Era una cuna demasiado hermosa, no pude resistirme. Sus ojos, su cabello, esa voz y su cara tan tierna. Aah, fue algo irremediable.

Y entonces Ariel, muerto de risa pero algo ruborizado, le daba zapes en el hombro diciéndole que estaba loco de remate. Así, riéndose y cambiando el tema abruptamente para charlar de los próximos trabajos pasaron el rato hasta llegar a la tienda de Alexandra. Lo de la terapia no volvió a discutirse, ya que ambos sabían que era lo mejor, que Ariel hallaría la manera de agregarlo a su horario, y que no era algo tan grave como para darle vueltas al asunto. Cuando llegaron a Alchemy, saludaron a las dependientas y a algunas de las clientas regulares como les era la costumbre, e inmediatamente subieron al primer piso.

No estaban preparados para el cambio. No había modelos, no había trajes y maniquíes dando vueltas por todos lados, pero la habitación estaba terriblemente cambiada. Las paredes blancas eran ahora de un precioso color malva pastel, surcado por una enredadera pintada con flores celestes que atravesaban las paredes de todo el piso. Las costinas gruesas habían sido cambiadas por otras de color blanco con decorados más alegres, los materiales ahora estaban en un rincón especial del atelier, bien guardados en una enorme estantería verde con muchas puertas y cajones. En donde Alex solía tomar el té o hacer las reuniones había sillones, puffs, y una mesa ratona con cristal a falta de una oficina que la mujer creía innecesaria; los maniquíes desnudos o vestidos les saludaron desde un rincón, siendo atendidos por sólo dos asistentes, en lugar de los varios chicos y chicas que normalmente daban vueltas sin parar por todos lados. Hasta la sección de peinado y la puerta que llevaba al vestidor de los modelos estaban renovadas. Mad y Ariel se miraron sin comprender nada, preguntándose dónde estaba el caos habitual del atelier. Por suerte para ambos, pronto salieron de la cocina su querida Alexandra junto con Laura caminando al ritmo que imponían sus tacones. Ambas llevaban una bandeja con café y cupcakes.

—¡Jeanie, Occhiblu! —exclamó la primera, exhibiendo su sonrisa perfecta de anuncio de dentífrico y aceleró el paso hacia ellos, seguida por la fiel Laura que sonreía con ese aire maduro y algo distante que le era tan propio.

Mad, junto a Ariel, estaba boquiabierto y no dejó de mirar a su hermana con cara de idiota hasta que ésta se le acercó lo suficiente como para darle un beso en cada mejilla y Ariel tuvo que pegarle un codazo en las costillas para que reaccionara. Al parecer, el atelier no era lo único que había cambiado.

Mon dieu, ¿qué ha sucedido? —casi jadeó el menor de los hermanos, a lo que ambas mujeres respondieron con una risa. Ariel sacudió la cabeza y simplemente sonrió, más que acostumbrado a los repentinos e inexplicables cambios de imagen que sufría su amiga y antigua jefa—. Alex, ¿es que te convertiste en una Barbie con peinados y vestidos intercambiables?

—Puede ser, hermanito. Si a eso le sumamos que he tenido partes intercambiables no difiero mucho de la muñeca. ¿O acaso no me veo guapa?

Ninguno de los dos chicos supo bien qué contestar por un minuto. No era que no estuviera guapa, al contrario, es que éste había sido un cambio muy repentino y demasiado radical. Las mechas verdes y el cabello negro había sido reemplazado por un castaño chocolate y unas mechas color rubio; sin contar, claro, el cambio en su ropa: Lo que antes eran tacones chinos, pantalones de tela ajustados y escotes en V muy pronunciados acompañados con bastantes accesorios ahora eran pantalones de satén negro con líneas rosadas, una blusa sin mangas con vuelos al frente, cinturón de pedrería amplio a la cintura y ballerinas con lentejuelas y lazo. Llevaba el cabello lacio, un tanto desmechado y atado por sobre las sienes con un moño negro que llamaba bastante la atención. Por primera vez desde que podía recordar, Ariel vio a Alexandra usando un maquillaje austero y teatral que resaltaba sus ojos, sus labios e incluso se había pintado un lunar nuevo. Ella, al saberse observada, dio una vuelta para su público.

—Me veo preciosa, ¿cierto? Decidí asumir un estilo Chanel para esta temporada invernal. Pero descuiden, cuando regrese el verano estaré estrenando mi nueva línea de vestidos estampados.

—Menos mal, ya me estaba preocupando —rió Ariel, superando el shock principal para quitarle la bandeja como el caballero que era y darle un beso en la mejilla tanto a ella como a Laura, quien a pesar de los cambios de su compañera seguía utilizando el mismo estilo de “fuerte mujer ejecutiva” y seguía pasándose de mano con el rimel—. Es bueno saber que volverás a usar tus propios colores… Pero, ¿era necesario que te tiñeras de nuevo? Me gustaba como te quedaba el verde.

—Descuida cielo, ya veras cómo en el verano los loros regresan de su temporada de migración —respondió Laura, soltando un suave suspiro de cansancio.

Ariel ocultó la risa, sabiendo la causa de su descontento. Cada vez que su jefa cambiaba de apariencia ella era la encargada de llevarla a todos lados para conseguir la nueva ropa y, obviamente, también tenía que encargarse de los arreglos en el atelier. Y Alex no le confiaba ninguna de esas tareas a nadie más, por lo que era un trabajo agotador.

—Eres mala conmigo, Laura. Pero para tu información, no me teñiré de verde hasta el verano. En primavera me teñiré de rosa.

Mad puso los ojos en blanco.

—Oh Dios mío… ¿Es que esto no acabará nunca?

Ariel y Alex se rieron a viva voz. Las mujeres los condujeron hasta los sillones, donde depositaron las bandejas con las cupcakes y los cafés. Ariel tomó el suyo sólo porque Laura había tenido la consideración de agregarle crema, canela, y porque quería algo caliente dentro del cuerpo. Mientras él bebía se dedicó a observar a su novio y a su hermana poniéndose al día con sus trabajos, sus vidas.

—¿Te va bien en Mode, Jeanie?

—Mucho mejor de lo que yo mismo esperaba. El lunes comienza una semana bastante agitada, tengo muchos trabajos como fotógrafo. He estado pensando en dejar la arquitectura por un tiempo en cuanto termine todos los proyectos que tengo a medias… No puedo hacer ambas cosas a la vez. Bah, podría, pero me daría muchos dolores de cabeza tratar de ajustar los horarios.

Laura sonrió algo socarrona, bebiéndose su café.

—Claro. A diferencia de nuestro Occhiblu, tu cabeza no debe funcionar para tantas cosas. Al menos no la que piensa.

Jean Claude apretó su taza, mirándola con cara de pocos amigos a pesar de que Alex la estaba retando. ¿Cómo se atrevía esa desgraciada a humillarlo frente a su hermana y Ariel? Para colmo, el chico le estaba mirando con cara de sorpresa, sin comprender del todo lo que Laura estaba diciendo.

—¡Laura, por favor! ¿No podemos tomar un refrigerio en paz?

—No me culpes si tu hermano está mal de la cabeza. Mi bola de boliche corre peligro cuando él anda cerca.

Mad dejó la taza en la mesa.

—No hables de mi vida personal como si te incumbiera, Raúl —le espetó, seco, furioso no sólo porque estaba ventilando su antigua vida privada como si nada, sino también porque estaba haciéndolo justo frente a Ariel, quien de esa vida él había intentado resguardar para que nunca se enterase de nada.

—Es Laura, querido, La-u-ra. ¿Lo ves? —exhibió su credencial, donde figuraba a la perfección el nombre de Laura Ángeles—. Y, como dije, no tengo la culpa de que seas un ninfómano. No es nada que nadie no sepa.

Mad hizo una mueca. Estaba acostumbrado a que Laura siempre hiciera esos ataques ponzoñosos, era casi como un mutuo acuerdo en el que ambos tenían permitido molestarse sin contemplación hasta que uno de los dos se rindiera y a ninguno le importaba demasiado pero, en esa ocasión, a Jean Claude no le gustaba nada lo que se estaba diciendo. Laura lo estaba dejando muy mal parado delante de su novio y aparte estaba diciendo cosas que no quería que Ariel supiera. Al final terminó mascullando alguna tontería para que ella se sintiera vencedora; sólo entonces la mujer se levantó, orgullosa de sí misma, y fue a su escritorio para revisar el libro de gastos del atelier. Ariel se le quedó mirando un rato mientras que los hermanos franceses hacían como que nada había pasado y comenzaban a charlar para ponerse al día.

—Emh… —balbuceó el, mirando a ambos y a Laura, ya en su asiento con las gafas puestas revisando distintos papeles—. ¿Esta bien Laura?

—Ah, déjala Ariel. Ella siempre me ataca sin razón, es normal entre nosotros —encogiéndose de hombros y pasada la ira del momento, Mad sonrió en su fuero interno.

Con Laura fuera de escena por un rato, pudieron seguir hablando más tranquilos sobre sus vidas y sus trabajos. Ariel escuchaba, pues le habían enseñado a no meterse en medio de la conversación privada de dos adultos. Si ellos querían que él hablase, ya se lo dirían o charlarían de algún tema en el que él pudiera opinar, mientras tanto se degustaba con esas masitas de colores dulces, muy dulces, hasta que le dio sed y dejó a los dos hermanos franceses para entrar en la cocina. Entonces Alexandra se reclinó hacia su hermano mirando en la dirección por donde el niño había salido.

—Muy bien, ahora tienes que contarme.

Jean Claude pestañeó varias veces sin comprender.

—¿Qué cosa?

—Oh, a mí no me engañas —ella se sonrió, repantigándose en la silla y acomodándose un poco más—. Estás en un nuevo romance, ¿cierto? ¿Dónde lo conociste?

—¿Eh? —Sintió ganas de tirarse a un pozo. Nunca creyó ser tan obvio como para que su hermana se diera cuenta sólo con verlo que estaba saliendo con alguien. Casi al instante supo que no podía negárselo, ya que ella le insistiría sin cansancio una y otra vez hasta que le dijera la verdad… Y, si tenía que ser franco, odiaba mentirle a su hermana sobre cosas tan importantes. Tendría que decirle una media verdad—. ¿Se nota tanto?

—Soy tu hermana, te conozco desde antes de que nacieras. Me doy cuenta de todo —se ufanó, la muy orgullosa, y luego lo miró con ojos bien brillantes—. Aparte, tienes un brillo especial en el rostro. No te he visto así desde los veintiocho años. Ahora, cuéntame.

Mad respiró hondo y se acomodó mejor en el asiento.

—La verdad es que recién empezamos, la cosa es muy verde todavía.

—¿Desde hace cuánto tiempo que lo conoces?

—Desde hace… —pensó por un momento una cifra poco sospechosa—. Medio año. Es… una persona muy especial.

Nadie se dio cuenta, pero Laura alzó la vista y miró de reojo a esos dos. Alexandra batió las palmas.

—¿Te gusta?

—Mucho —sonrió—. Me trae loco.

—¿Es lindo?

—¡No sabes cuánto! Pero, como te dije, es una persona especial así que tengo que irme con cuidado. De todos modos, él vale la pena. Me gusta estar con él, me gusta verlo, me gusta el sonido de su voz y me gusta mirarlo cuando duerme… Es inexplicable.

Alexandra esbozó su más jubilosa sonrisa, sintiéndose feliz por su hermano. Era lindo verlo otra vez enamorado de alguien, bien sabía ella cuánto había sufrido su hermano en sus relaciones y creyó que quizás nunca sentaría cabeza pero, por suerte, alguien logró penetrar en su escudo y tocarle el corazón. Estaba contenta por él y se lo dijo.

—Espero que avances con este chico, Jeanie. Y que luego me lo presentes.

Jean Claude le dedicó una sonrisa bonachona.

—Haré mi mayor esfuerzo.

Justo en ese momento, Ariel salió de la cocina. La verdad era que desde hacía unos minutos que quería salir pero las palabras de Alexandra lo paralizaron de miedo del otro lado de la pared y sólo tuvo el coraje de entrar cuando creyó que era más apropiado para interrumpirlos. A pesar de que una muy buena parte de su ser estaba feliz por las palabras de Jean Claude, la otra estaba aterrada de que alguien se diera cuenta o de que Mad hablara de más.

—Oye Alex —Salió de la cocina tratando de verse muy normal, ruborizado—. Aún no me has dicho de qué se trata todo el asunto aquí.

—¡Oh, lo siento cariño! Ven, ven. Siéntate que yo te explico.

Se sentó cerca de Mad, sonriéndole, antes de prestarle toda su atención a Alexandra quien comenzó a explicarle cómo iba la mano. Al parecer, un amigo suyo necesitaba un modelo especial para una nueva línea de perfumes que iba a venderse dentro de poco y como Ariel encajaba con la descripción física que era requerida para el trabajo, ella lo recomendó con él. Dentro de unas horas, luego de que el chico se probase algo de ropa, harían las fotografías para los perfumes. Siempre que Ariel aceptara el trabajo, claro, el cual se le iba a pagar por completo ya que la agencia de modelos no estaba involucrada. El muchacho escuchó todo atentamente… Pero una parte de su cabeza aún seguía pensando en las cosas que ella había dicho de Mad a tal punto que llegó un momento en el que perdió el hilo de la conversación y ya no supo dónde diablos habían quedado. Fingió que le había entendido, asintiendo de forma un tanto exagerada a sus palabras.

—Bueno, eso es prácticamente todo lo que tienes que saber —decía Alex, acomodando el corte de la camisa—. El señor Wayne te dirá el resto pero descuida, no es nada que no hayas hecho antes.
—Gracias, Alex.

—No es nada, cielo. Y por mi parte, quería pedirte que modelaras algunas ropas para mí. Mad puede sacarte las fotos, si quiere, si no siempre puedo llamar a alguien más.

Jean Claude se envaró. Apenas si había escuchado algo de la conversación pues se la pasó mirando a Ariel en todo momento. Le gustaba ver la curva de su cuello sobresalir por la camisa, la forma en que su cabello se movía un poco cuando asentía, no podía dejar de mirarlo. Imaginar a alguien aparte de él sacándole fotos le produjo una repentina oleada de celos que le hizo despertar del ensueño y ponerse alerta; si podía evitarlo, nadie más se encargaría de plasmar a su niño en una fotografía.

—Yo me encargo —casi graznó, con la voz ronca. Alex saltó de alegría y tomó al niño de la mano para llevarlo a los vestidores, así se cambiaba y comenzaban con las fotos de una buena vez.
Como eran sólo de muestra, no tenían que maquillarlo demasiado, le dijo al pequeño, mientras lo arrastraba, y Ariel se dejó llevar mirando una vez más a su novio con cara de circunstancia.
Jean Claude se quedó mirando el camino que su muchacho había seguido con una sonrisa idiota que no pudo borrar de su cara.

Pero él no se daba cuenta de que le estaban observando fijamente y Laura, mosqueada, apretó un poco los puños sólo de verlos. ¿Es que no podían ser un poco menos obvios? Ese Mad era un degenerado… ¡Con un niño! Tendría que haberlo pensado, incluso Jean Claude no podía resistirse al tenerlo tan cerca y tan a mano. Ella tendría que haberlo hablado con él en cuanto el pequeño fue a vivir a su casa, amenazarlo, advertirle, algo. Después de todo, ella ya había sido consciente sobre los sentimientos de Jean pero creyó que, quizás, él era lo suficientemente decente como para no caer.

“Qué equivocada estaba”. Pensó la mujer, tomando un caramelo de su cajón para destrozarlo con las muelas y descargar allí el enojo que empezaba a crecer en su cuerpo. Era bueno que Mad sentara cabeza al fin pero no con un menor de edad, se preguntaba si se había atrevido a hacerle algo a Ariel y, si así era, estaba dispuesta a castrarlo ella misma. La voz de Alex proveniente de los vestidores le hizo salir de su fúrico ensimismamiento por un instante.

Sí, para ella Mad era un idiota. ¿Qué le costaba a ese francesito tonto hacer tripas corazón y esperar, esconder sus sentimientos todo el tiempo que fuera necesario por el bien de Ariel? Lo que importaba era que la otra persona fuera feliz y ella dudaba que Ariel pudiera ser feliz en una relación prohibida, clandestina. Mad tendría que haber ido con ella para hablar del tema y Laura le hubiese dicho que reprimiese sus emociones al máximo al menos un par de años; si uno amaba a alguien, bien podía hacer ese sacrificio por la felicidad de su amado. Como ella.

Vio a Alex salir de los vestidores con el chico a su lado. Por primera vez no le prestó atención a los ropajes de Ariel, sino que se concentró plenamente en ella. Ella, su amada. Con esa personalidad tan alegre y alocada, con esa fuerza de voluntad capaz de conseguir todo lo que desease, ella que siempre sonreía al futuro y a la adversidad, que no le temía a nada ni nadie. Alexandra, su amada. Por ella, y sólo por ella, Laura era capaz de hacer cualquier cosa si es que su enamorada lo necesitaba para ser feliz. Y eso incluía el mentir, ocultar sus sentimientos por ella en pos de salvaguardar la más sincera y larga de las amistades, el soportar verla salir con hombres. Porque a Alex le gustaban los hombres, jamás saldría con ella incluso aunque se atreviera a bombardear su amistad con una confesión, y en momentos como esos se lamentaba profundamente de la decisión que había tomado.

“Si me hubiera dado cuenta antes quizás me hubiera aceptado”. Pensó Laura, apretando los puños con fuerza. Los ojos le escocían por las lágrimas que no pensaba derramar, tuvo que obligarse a respirar hondo para poder alzar la mirada una vez más y dejar de lado sus propias emociones para ver a Mad y Ariel. Era tan obvio. Esos dos se miraban de la misma manera que lo hacía una pareja de recién casados, ¿cómo es que nadie lo notaba? La forma en que se sonreían, cómo se tocaban, todo era tan pero tan notorio.

Ariel dio una vuelta completa y fue a mirar su reflejo al espejo de ciento ochenta grados para ver cómo le quedaba el nuevo diseño masculino de Alex. Ella, al lado del chico, le acomodaba la ropa con expresión seria y concentrada, fruncía levemente la frente como cada vez que estaba tratando de encontrarle algún defecto a sus creaciones. Estaba segura de que Alex anotaba cualquier posible falla mentalmente para luego corregirlas. Una vez que la inspección terminaba, y siendo acompañados por los halagos de Mad, Alex esbozaba esa sonrisa relajada, satisfecha, y se enderezaba un poco para mirar su obra desde lejos.

—No cabe duda, soy un genio —decía, apoyando los dedos de una mano sobre su mejilla derecha.

Ese ademán hizo que Laura sonriera desde donde estaba. Sacudió la cabeza y regresó la atención a su libro. No debía pensar en esas cosas o se entristecería en pleno trabajo y haría que Alexandra se preocupase. Luego hablaría con Jean Claude.

—Hum, me gusta —dijo Ariel, observándose casi con orgullo—. ¡Jah! Hasta me veo como un chico.

—Pero qué cosas dices, tesoro. Tú eres un chico te vistas como te vistas —le reprendió la mujer, poniendo los brazos en jarras como en cada ocasión que Ariel decía algo como eso. Sacudió la cabeza a ambos lados y giró sobre sí misma para mirar a su hermano, quien parecía estar en Babia—. ¡Jean Claude! Reacciona y regáñalo por decir esa clase de cosas.

Él alzó la vista y pestañeó mientras que sus neuronas hacían contacto y le advertían que tenía que responder en vez de seguir mirando al niño como si fuera la última cantimplora en el desierto.

—Tienes razón, hermanita —su voz sonó algo monocorde hasta que logró recomponerse e hizo un esfuerzo por mirar a su chico sin quedarse obnubilado—. Ariel, ya te he dicho miles de veces que eres hermoso así como estás. ¿Cuándo vas a dejar de tener tan baja autoestima?

—Sólo dije que no suelo verme como un hombre cuando me visto.

—No importa cómo luces, eso no cambia lo que eres —respondió, frunciendo un poco el ceño. No era que estuviera enojado, pero tenía que concentrarse mucho para no desviar la mirada del rostro del más joven y pasearse por sobre toda esa ropa que le quedaba tan bien.

—Vale, no volveré a hacerlo. ¿Y bien, Mad? ¿Qué tal estoy?

—Precioso.

La palabra no era suficiente para describirlo, según él, pero pronto su otro yo soltó un silbido largo y se ofreció de forma voluntaria a ampliar esa respuesta.

“Cariño, estás para arrinconarte en una esquina y comerte crudo delante de todo el mundo”.

Jean Claude asintió a esas palabras sin darse cuenta, por suerte su hermana y Ariel seguían contemplando la ropa y hablando de lo que sería el resto de la línea que se modelaría la próxima temporada. A Jean Claude eso no le importaba pues estaba demasiado concentrado en contemplar la figura de Ariel con su ropa nueva y cómo esta se le amoldaba al cuerpo. En esa ocasión Alex le había puesto una camisa de poplin manga corta, un corbatín rayado rojo, vaqueros de gabardina con cinturón y una chaqueta deportiva violeta sobre todo eso. No le gustaba que los nuevos vaqueros, masculinos y gruesos, le fueran algo flojos ni que la chaqueta escondiese las leves curvas del cuerpo de Ariel, pero el conjunto completo se veía muy bien y le sentaba de maravilla. A cualquier otro chico le hubiera quedado igual de bien, quizás era por eso que a Ariel le gustaban esas nuevas ropas. Jean Claude se dio cuenta de que divagaba demasiado cuando comenzó a imaginarse a Ariel sólo con la camisa y el corbatín pero por suerte la estridente voz de su hermana explicando las gamas de colores y quejándose porque no encontraba las zapatillas blancas con cordones rojos le hicieron volver a la realidad.

“Maldición”. Pensó, dándose cuenta de que estaba ruborizándose. “Tengo que hacer algo o estas ilusiones harán que me convierta en un criminal”.

Y carraspeó.

—Alex, si nos hiciste venir sólo para esto será mejor que me lo digas así puedo ponerme a completar otros trabajos.

Ella lo miró con expresión ceñuda y se le acercó solamente para pegarle un zape en la cabeza.

—¡Tú, tonto! ¿De verdad piensas que te hubiera hecho venir para tenerte aquí de vago todo el día? No hay quien te aguante, cielito, claro que no. Tú vas a trabajar, sólo espera… —se interrumpió cuando de su bolsillo comenzó a sonar el tema de “I will survive”—. Ash, aguarda un minuto que atiendo esto. ¿Diga…? —Con el celular contra la oreja, Alex abrió mucho los ojos y sonrió—. Ah, Wayne, dígame qué… ¿Ahora? Por supuesto, el modelo está aquí con el fotógrafo incluido, es el paquete dos en uno. Te esperamos —Cantarina y sonriente, Alex colgó y reclinó el cuerpo apoyando las manos en sus muslos para mirar a su hermano a la cara—. Bueno, Maddy. Es hora de trabajar.

Jean Claude Labadie maldijo a todos los dioses habidos y por haber. No era justo, simplemente no debía serlo a menos que ellos estuvieran poniéndolo a prueba para saber si era digno. Del cielo, de estar vivo, de tener a Ariel, pero de alguna cosa tenía que ser digno si lograba superar este tormento airoso, sin morir en el intento o sin arrojarse por la terraza.

El tal Wayne resultó ser el encargado de preparar la publicidad y la distribución de esa misma publicidad sobre una nueva línea de perfumes para adolescentes. Una de esas tantas nuevas ediciones limitadas con envases especiales para los coleccionistas. Esta nueva gama de perfumes consistía en aromas frutales, dulces, perfecto para “señoritas coquetas que deseaban enamorar sin usar perfumes de zorra” según sus propias palabras. Todos los perfumes tenían la forma y el aroma de una fruta distinta: Fresas, arándanos, zarzamoras, y un par más. Lo curioso era que todos los perfumes tenían el nombre de la propia fruta en inglés y que todos terminaban con la palabra Berry.

—Por eso esta es la nueva línea de perfumes Berry, ¿no es ingenioso? —dijo Wayne, un señor algo obeso y retacón de sonrisa eterna y carcajada pronta, el cual tenía la manía de jugar con sus anillos cuando hablaba.

A Mad le pareció una estupidez, pero no dijo nada. Ahora deseaba haberlo dicho, porque si no, no estaría en semejante situación. La sesión de fotos debía hacerse en el estudio que Alex se había tomado la molestia de preparar en un cuarto vacío bastante amplio. Allí, bien iluminado por los reflectores y sobre una pantalla de fondo blanco, Ariel posaba con el envase del perfume Strawberry, el que tenía forma de fresa. Le habían pintado los labios de color rojo sangre, llevaba un vestido fino de tela blanca con ribetes en la zona del pecho y lazos rosa en el escote para dar una imagen tierna pero a la vez apetecible.

Jean Claude pasó saliva. Su novio estaba en ese momento frente a él, arrodillado en la alfombra blanca con un pote de fresas en la mano y el envase del perfume con forma de fresa apretado contra los labios. Levemente de perfil, Ariel debía mirar la cámara pero mantener el cuerpo algo de costado para remarcar el aire inocentón de la fotografía. Clic, clic, salía una foto, y Ariel se recostaba en el suelo boca arriba con las piernas dobladas, llevando la fresa de cristal en una mano y con montones de fresas regadas por sobre su cuerpo. Mad se mordía el labio cada que veía una de esas poses, no podía evitar el imaginar a su chico besándole con esos labios pintados de rojo, verlo gatear hacia él para sentársele sobre sus caderas y que sus propias manos se perdiesen debajo de ese vestido hasta hacerlo gemir por más. Era delirante. La sangre le hervía sólo de pensarlo, sólo por verlo con esas ropas, posando, y tenía que hacer un esfuerzo de autocontrol tremendo para no excitarse o jadear en medio de la sesión.

Fotos, más fotos, y Mad deliraba al ver la piel descubierta de esas piernas torneadas cuando los bordes del vestido se levantaban. Ansiaba besarlas, se imaginaba mordiendo y lamiendo cada trozo de esa piel pálida siempre bajo el amparo de esos ojos preciosos y de la boca de Ariel pidiendo más. Soñaba con arrojar la cámara al diablo y recostarse sobre su novio entre las fresas, degustando cada pulgada de su ser como si él fuese una; le daría tantos besos que se le correría el labial y lo excitaría tanto que Ariel se entregaría ahí mismo, delante de todos, entre las fresas. Por supuesto que Mad lo tomaría en ese preciso lugar. Arrancaría ese vestido con los dientes, lo cubriría con las fresas a las que él ahora rozaba con los labios y se lo comería entero sólo para torturarlo hasta que ya no pudiera más de excitación y llorase por más. Entonces Jean Claude sonreiría, triunfante, antes de penetrarlo y llevarlo entre embestidas al éxtasis.

Entre sus elucubraciones, el recuerdo de la expresión que Ariel había puesto la noche anterior y lo que sus ojos veían, la sesión de fotos pasó lenta, muy lenta. Un sufrimiento cruel y doloroso que le calentaba la sangre hasta convertirla en lava que subía y bajaba por todo su cuerpo, haciéndolo arder hasta creer que sufriría una combustión espontánea, pero era un sufrimiento de ésos que hacen que uno desee algo con más ansias hasta volverlo casi placentero. Cuando la sesión al fin terminó Ariel hizo amague de ir a hablarle, pero el señor Wayne le llamó para preguntarle algo y el chico se desvió, cosa que Mad agradeció desde lo más profundo de su corazón antes de acomodar todas las cosas, asegurarse de que las fotos estaban a salvo e ir pitando al baño antes de que su erección fuera demasiado obvia. Cerró la puerta del baño detrás de él con seguro y se recargó sobre la puerta a la vez que se bajaba la bragueta a las apuradas por la urgencia.

“No vuelvo a hacer fotos como estas”. Gruñía en su fuero interno, apretándose el miembro bien duro dentro del baño y aprovechando que todos estaban lejos para hacer los bombeos intensos pero lentos, disfrutando de forma masoquista las punzadas entremezcladas de placer y dolor. De pie, con las piernas abiertas y la espalda apoyada contra la puerta, apretaba la quijada hasta dolerle para no emitir ningún sonido mientras que su mano se encargaba del problema como siempre lo hacía. Imaginaba en su locura que su mano, húmeda por el ajetreo y bien estrecha por como apretaba los dedos, era la entrada de Ariel a la cual embestía sin piedad en fuertes empellones, cada vez más duros, para luego convertirlos en lentos bombeos un tanto intensos. Empezó a masturbarse formando un anillo sólo con dos dedos para hacerlo durar más mientras rememoraba alguna de las tantas fantasías que había tenido con Ariel aderezada ahora con el recuerdo de sus gemidos y la expresión del chico que se le había quedado grabada en la mente. Cuando supo que ya no podía estirarlo por más tiempo soltó un jadeo entrecortado y comenzó a apretarse cada vez más duro hasta venirse en su propia mano.

Se apoyó sobre la puerta e inspiró hondo, se había quedado sin aire. Luego de unos instantes se atrevió a alejarse de la puerta para acercarse al lavabo y pasó saliva, examinándose minuciosamente para asegurarse de no haberse manchado la ropa. Por suerte no lo hizo. Se lavó las manos, la cara, y tras guardar todo lo que debía ser guardado acomodó su ropa y se miró al espejo. Se lo veía agitado, en realidad lo estaba porque aún el corazón le golpeteaba contra el pecho, pero no quería que nadie lo notara. Miró su propio reflejo sin pestañear y comenzó a inspirar y espirar lento, profundo, así hasta calmarse, logrando que ese rubor delator se le fuera del rostro. Tras arreglarse el cabello y eliminar toda prueba del acto cometido se dispuso a salir pero, para su mala fortuna, no contó con algo fundamental.

Pasado el momento de éxtasis debía enfrentarse a su culpa por lo que acababa de hacer. Siempre era así, cada vez que tenía uno de esos arranques de lujuria en los que se excitaba imaginando al chico haciendo miles de cosas indecorosas le entraba un sentimiento de culpa y vergüenza tan grandes que apenas sí los controlaba. A veces no entendía cómo era capaz de mirar a Ariel a la cara luego de todas las cosas que lo imaginaba haciendo o las cosas que se imaginaba haciéndole, se sentía el más grande de los pervertidos. Pederasta, corruptor, asalta cunas. Sin embargo luego recordaba que eran novios y era normal que uno tuviera fantasías con su propio novio o, cuando menos, de eso se convencía en cada ocasión: Mientras que no salieran de su cabeza, no estaba haciendo nada malo. Ariel era su novio, podía fantasear con él si lo deseaba, estaba bien.
Y se repitió aquél mantra una y otra vez antes de atreverse a abrir la puerta. Para su fortuna no había nadie cerca del baño, lo cual le daba cancha libre para hacer como que nada había pasado y salir airoso de semejante situación. El baño se encontraba en el pasillo del primer piso del atelier, junto a otros dos cuartos que se usaban de depósito y a unos cuantos metros del lugar donde se hizo la sesión de fotos y de la sala de estar con cocina y vestidores en donde siempre solía estar junto con Ariel. Suspiró de alivio, dispuesto a hacer los pasos que lo separaban de la cocina para servirse algo de agua pero de golpe se abrió una de las puertas del pasillo y una figura menuda salió de la misma habitación que él había abandonado hacía un rato. Ariel, ahora vestido con su ropa de antes, miró a su alrededor como buscando algo y sonrió no bien divisó a su pareja. En cuanto el chico cerró la puerta detrás de sí haciéndole señas supo que no podía evitarle.

—¡Mad! —lo llamó la voz de Ariel—. ¿Adivina qué?

Todavía agitado y algo asustado, le costó responderle en un principio pero usó los segundos que tardó en llegar junto a él para serenarse.

—No sé, ¿dime?

—Le gusté tanto al señor Wayne que quiere que haga la publicidad con los demás perfumes, ¿puedes creerlo? Si tiene éxito quizás hasta haga un comercial.

—Me alegro, cielo —le dijo, acariciando su cabeza del mismo modo en que lo hubiera hecho cuando eran sólo amigos aunque sus ojos le miraban con ese orgullo especial que cualquiera sentía cuando su pareja lograba algo grande—. Eres muy serio en tu trabajo, el señor Wayne sería un idiota si no te acepta.

Ariel rió, más feliz que nunca.

—¡Sí! Ah, ¿sabes qué? Dice que eres un genio y que trabajamos bien en equipo. Así que serás mi compañero en las próximas sesiones.

—Maravilloso Ariel. Vamos a hacer que nos besen los pies, ¿eh?

A pesar de sonreír Jean Claude lloraba por dentro.

“Maldición. Dios me odia y el diablo también”. Pensó, asintiendo a cada palabra emocionada que su chico le repetía a los saltos, tan emocionado que parecía un muñeco de cuerda al que le habían dado demasiada cuerda. Definitivamente, los dioses estaban en su contra.


—Qué amable fue el señor Wayne, me dio varias muestras gratis de ese perfume. Creo que se los regalaré a mis amigas y a mi tía, ¿no te parece, Mad?

El susodicho asintió con la cabeza, sin apartar los ojos de la carretera hasta que un semáforo en rojo se lo permitió y le sonrió. Ya se había recuperado del incidente en el atelier, nadie se dio cuenta de su momentánea desaparición salvo su hermana quien lo atribuyo a un mareo por lo cerrado de la habitación. Ariel estaba muy contento y él también lo estaba, aunque en parte deseaba tirarse a un pozo. Wayne había decidido que Ariel publicitara toda la línea de perfumes así que esa misma tarde estaría arreglando las cosas con la agencia de Ariel para firmar los contratos, cosa que con Mad no debía hacer porque el suyo era un trabajo independiente. A ambos se les prometió una buena suma de dinero e incluso algunos artículos gratis para Ariel si hacía un buen trabajo.

—Estás muy contento, cielo.

—Sí. Tengo trabajo asegurado por una temporada, está bien pagado y encima van a regalarme perfumes. Las chicas me van a adorar, los recibirán antes que nadie.

Jean Claude arrugó el ceño.

—¿Qué? ¿Acaso no siempre te dan algo de lo que modelas?

—¿Ah? Claro que no —exclamó, mirándole condescendiente—. El trabajo del modelo es modelar y por eso se le paga, no tiene ninguna necesidad de llevarse ni ropas, ni perfumes, ni nada, menos de gratis. Que te den algo es como… Como un bonus.

Eso era bastante lógico para Mad, por lo que asintió con la cabeza y guardó silencio mientras Ariel jugaba con las varias cajas de perfume que tenía en la mochila y parloteaba sobre lo que dirían sus amigos o su primo cuando vieran la publicidad. No sabía cómo decirle aquello que había estado masticando desde que recibieron el pago de ese día pues temía que el niño lo tomara a mal pero, si no lo hacía, las consecuencias para su propia psiquis serían peores que un enfado de Ariel.

—Ariel…

—¿Dime? —dijo, todavía mirando los perfumes antes de guardarlos de una buena vez y volver la vista hacia Mad.

—Sobre el trabajo… Creo que lo mejor es que no acepte y elijan a otro fotógrafo.

El chico abrió un poco los ojos pero no dio más muestras de estar sorprendido. Se acomodó en el asiento y lo enfrentó.

—¿Puedo saber por qué, Mad? Pensé que querías fotografiar mucho para hacerte conocido.

—Sí, pero creo que debería tomar a otras modelos. Además —Además, se quedaba sin una buena excusa para darle. De pronto tuvo una idea y puso una expresión algo más seria—. Sería muy complicado trabajar juntos, cielo. Ya vivimos juntos, pasamos tiempo juntos, creo que en el trabajo deberíamos tener nuestro propio espacio. No puedo contarte cosas nuevas cuando vuelva del trabajo si tú ya las sabes porque estuviste ahí.

—Entiendo eso, creo que es cierto —para sorpresa de Mad, Ariel se lo tomó muy bien. Comenzó a jugar con una mecha de pelo, rumiando un par de cosas antes de voltearse y asentirle con la cabeza—. Tienes razón, es aburrido si no tenemos cosas nuevas que contarnos. Aparte alguien podría darse cuenta de lo nuestro.

—Entonces… —pasó saliva—. ¿No te molesta?

—No —dijo, sonriendo con la mochila sobre las piernas—. Si no te molesta que trabaje con alguien más, no tengo ningún problema. No es algo tan importante, ¿cierto?

La verdad era que la idea de que Ariel posara para otro sí le molestaba pero Mad tenía que dejarlo pasar y olvidarse de aquello si no quería volverse loco o acabar en la cárcel por cometer un acto de indecencia moral en medio de esas sesiones. Lo que en ese momento lo tenía algo en jaque era la reacción de Ariel, él se había esperado un refunfuño, una pataleta, algún reclamo, ¡algo! Pero no, Ariel no hizo ninguna de esas cosas. Conociendo al pequeño como lo hacía seguramente estaba pensando que era lo mejor para esconder su relación de otros o de mantenerla sin que ninguno de los dos se aburriera. Que aceptara tan fácil hirió un poco su orgullo masculino, empero ya no podía echarse atrás.

—S-sí, es cierto —farfulló, fijando los ojos en el frente una vez más.

—Pero tendrás que compensarme, ¿sabes?

—¿Disculpa? —pestañeó varias veces y maldijo tener que mantener los ojos en la carretera ya que así no podía ver su expresión.

—Claro. Ya que no vamos a mezclarnos en el trabajo deberíamos pasar buenos ratos fuera de casa. Mañana dan una película muy buena de aventura, podrías compensarme invitándome a ir.

Jean Claude, con los ojos como platos, se dio cuenta de que había caído en una trampa. No pudo sino reírse de sí mismo, con el orgullo un poco recobrado ahora.

—Ariel, ¿tú quieres que te invite al cine? —preguntó con esa voz sensual que ponía cuando quería confundir al menor, esa voz en la que se remarcaba un poco más su acento francés.

Ariel desvió la mirada pero, por el rabillo del ojo, Mad pudo ver sus mejillas arreboladas. El chico estaba muerto de vergüenza al verse descubierto pero al cabo de un rato dijo unas palabras que corroboraron las sospechas de Mad.

—Se supone que eso hacen los novios…

El arquitecto rió de buena gana y en cuanto otro semáforo lo obligó a detener el coche le plantó un beso en repentino en la boca. Le prometió que irían al cine al día siguiente en cuanto ambos estuvieran en casa y él se hubiera librado de un par de cosas, le avisó que esa noche él no estaría en casa sino en lo de Richard pero que llevaría consigo el celular si necesitaba. Ariel, siempre contento, respondió a todo con un sí antes de pedirle que por favor lo llevara a casa de su primo; si pasaba algo, él lo llamaría. Una vez en destino se despidieron con un inocente pico d e labios como en los viejos tiempos, se saludaron con la mano, y tomaron rumbos separados.


Laura estaba echando un último vistazo a los cuartos del Atelier para asegurarse de que todo estuviera en condiciones. Luego de eso debía de hacer lo mismo con ayuda de dos de las dependientas que siempre la asistían a acomodar toda la mercadería, arreglar los maniquíes de la vidriera y todas las perchas. También debía ponerse al día con el inventario pero esa tarea se la dejaría a Janine, una de las chicas más confiables de la tienda y la cual aspiraba a ser diseñadora en un futuro. Era una de las pocas que buscaban la perfección en su labor y era quien más vendía. Lo que sí debería hacer era tomar los libros contables y sacarles fotocopias de seguridad, revisar los libros de caja, de venta y de compra. Un arduo trabajo, pero lo disfrutaba mucho.
Desde la sala de costura/salón principal del atelier podía escucharse el sonido de la máquina de coser y el lápiz rozando contra el papel de diseño. Alex aún estaba allí, quedándose hasta tarde como casi todos los días, diseñando un traje nuevo de a poco a medida que iba arreglando otro que no la tenía conforme. Si no mal recordaba, trataba de hacerle unos retoques a un vestido de chiffón rojo con retazos de seda más clara para hacer contraste. Laura soltó un largo suspiro de cansancio antes de sonreír, acostumbrada como lo estaba a las manías de Alexandra; después de todo la conocía desde los quince años y habían sido amigas muy unidas desde entonces, por lo que ambas estaban acostumbradas la una a la otra. Ella era siempre muy perfeccionista con sus creaciones incluso a conciencia de que un diseñador no siempre podía estar tan dedicado a una sola creación cuando tenía muchas otras más para hacer o cuando había más clientes esperando. Pero ella era así.

Bajó a la planta baja para encargarse del resto de sus quehaceres con Janine, después tomó los libros para fotocopiarlos y sólo entonces regresó al primer piso para hacer su rutina de siempre. Subió las escaleras paso a paso, asegurándose de que los tacones no hicieran eco al rozar el suelo, tomó la perilla de la puerta de entrada al salón de costura apenas con las yemas de los dedos e hizo presión hacia abajo muy suavemente para abrir la puerta sin hacer el menor ruido. Ahí dentro, en una mesa replegable mediana como la que había usado en sus viejas épocas de estudiante fugada de su casa, Alex estaba cosiendo con la vista fija en su creación. Laura pudo contemplar, en silencio, aquellos gestos que se sabía de memoria por haberlos visto miles de veces en distintas ocasiones de su vida: Alexandra con sus ojos chispeantes, decididos, fijos únicamente en su trabajo. Tenía los labios entreabiertos en los cuales se podían ver los pocos restos del carmín que seguramente se había quitado ella misma de tanto mordérselos mientras cosía, se acomodaba el cabello y tras eso sus hábiles manos regresaban a la tarea realizándolo todo a una velocidad sorprendente. Laura volvió a sonreír e imitando lo ya hecho en la escalera caminó hacia la cocina asegurándose de no hacer nada de ruido y le preparó un buen capuchino a su amiga.

Ella era la que estaba siempre al lado de Alex para apoyarla, para ayudarla, o sólo para hacerle compañía en silencio mientras cosía, porque eso hacían las buenas amigas. Se cuidaban, se apoyaban, se tenían unos a otros, pero Laura lloraba todas las noches y se maldecía porque en su caso no era así y eso la hacía sentir un asco de persona. Porque, aún a sabiendas de que a Alex sólo le gustaban los hombres, consciente de que ella sólo la veía como a su mejor amiga y compañera, y más sabiendo que ser una transexual a la que le gustaban tanto mujeres como hombres, en algún momento indefinido de sus largos años en compañía la mera amistad había dado paso al más profundo amor jamás sentido. Ella no tenía posibilidad de ver sus sueños hechos realidad, nunca, a menos que se le ocurriera pasar por una nueva operación para volver a ser hombre.

Imposible. No podía hacer eso cuando no se sentía como uno y tampoco era capaz de poner en peligro su vida para algo semejante.

Laura se secó las lágrimas indiscretas que se atrevieron a asomarse por sus ojos y se miró en el reflejo de la cafetera para asegurarse de que el rimel seguía en su sitio. Ella no era tan bonita como Alex, tampoco tenía un cuerpo tan pequeño, por lo que tenía que maquillarse mucho y dependía bastante de su ropa y demás accesorios como para permitir que alguno estuviera fuera de lugar. Respiró hondo y tomó la bandeja. Recordó que no había hablado de nada con Mad de tan ocupados que estuvieron tanto él como Ariel con el señor Wayne. Al pensar en ellos dos juntos, queriéndose de verdad, una parte de su cuerpo sintió tanta envidia que le deseó a Mad el peor de los males pero luego se arrepintió y pidió felicidad para él, incluso cuando ellos siempre competían o se insultaban, porque también quería que al menos una persona obtuviera lo que quería. A diferencia de ella.

Claro que no se lo iba a poner fácil, pensaba ella mientras alzaba la charola. Bastante consideración estaba teniéndole con aceptar y ocultar esa relación incluso de la persona que más quería en el mundo, por lo que tendría que asegurarse de que amaba a su prodigio Occhiblu antes de permitirle seguir adelante con él sin delatarlo. Su madre seguramente hubiera querido que Ariel estuviera con alguien que lo quisiera de verdad, alguien que no pudiera hacerle lo que Eros hizo con ella, por lo tanto Laura se aseguraría de que así fuera.

Ya se encargaría de eso. De momento, tenía que acompañar a Alex un par de horas más.


Link del siguiente capitulo.

1 comentario:

peluche-coyote dijo...

Me gusto mucho el capitulo :)
tierno como siempre


miya

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