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martes, 7 de diciembre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: La Hora Secreta.

Luego de bastante tiempo, les traigo la continuación de "La Hora Secreta", el relato homoerótico basado en una guerra zombie. Espero les guste el desenlace, es un tanto particular. ¡Saludos!


Séptima Parte.




22 de Abril, mañana.

A pesar de que ya no salimos temprano por las misiones, yo sigo levantándome de madrugada y me alegra ver que no soy el único. Ibrahim, Aleluya, y algunos de los chicos también lo hacen, aunque la mayoría prefiere dormir un poco más como si fuéramos gente normal. Todo está marchando tan tranquilo que me aterra, no sé porqué. Estamos cosechando buenas verduras, algunas frutas… Tenemos provisiones para rato y nuestra reserva de agua se mantiene activa. Entonces, ¿por qué estoy tan intranquilo? Me cuesta dormir por las noches, al punto en que Ibrahim tiene que abrazarme fuerte para que pueda conciliar el sueño. Trato de poner atención a las clases, entreno con los demás hasta que me duelen los músculos, cocino, leo, charlo con mis compañeros, pero todo el tiempo me invade una desazón que no puedo manejar, un sentimiento de amenaza constante que me altera. Tal vez sean imaginaciones mías.

Con mis compañeros todo va de maravilla, también con Ibrahim. Lo único que me ha molestado de él hasta ahora es esa facilidad con la que puede ignorarme cuando le advierto sobre ciertas cosas. Él me cuida, me protege y lo adoro por ello pero tiene una gran tendencia a disminuir la gravedad de las cosas que le señalo. He intentado hacerle ver que deberíamos tener reservas de agua bajo tierra o en nuestros cuartos en caso de que se suceda algún problema, que si usamos las sobras de comida como abono las plantas crecerían más rápido, que él y yo somos los únicos sin sintomatologías o que deberíamos racionar las frutas secas, pero él nunca me hace caso. Ahora tengo tanto tiempo libre que suelo ir a la biblioteca y me pongo a divagar sobre mi relación con el coronel a falta de cosas más interesantes. ¿Por qué no puedo decirle que lo amo? ¿Será mi orgullo? Todas las noches me dice que me ama y yo callo, como un idiota. Juro que lo intento, en verdad, pero las palabras se me traban en la tráquea. A la vez, el pensar que Ibrahim muera en una misión sin que yo pueda decirle lo que siento me exaspera hasta darme ganas de llorar. ¿Quién carajos me entiende?

Dios… (Sí, eso fue un suspiro). Voy a tratar de ser más honesto a partir de ahora, no puedo seguir así. Es injusto con él.

Oh no, hay ruidos afuera. Algo malo esta pasando…




Esto es un desastre. ¡Un verdadero desastre! Estamos todos muertos pero, ¿¡por qué tenemos que morir así!? Joder, estoy llorando… De verdad estoy llorando, me siento tan inútil e impotente. Nunca creí que podría haber un fallo de seguridad, pero lo hubo. Parece que sí había zombis en las cercanías y no nos dimos cuenta, ¿cómo es posible? Vinieron durante la noche mientras dormíamos y tomaron a los guardias por sorpresa, tratando de advertirnos uno de ellos activó una bengala, el muy idiota, y ésta cayó sobre un contenedor de combustible que no había sido guardado. Nos quedamos sin muralla por la explosión. Apenas hicimos tiempo para ayudar a los que quedaron afuera y hacer una barricada precaria en la entrada porque los zombis eran frescos en su mayoría y andaban muy rápido, ni tiempo de reconstruir la pared hubo.

Puedo escucharlos afuera, están gimiendo. Debería ponerme los tapones que Ibrahim me dejó pero no puedo, eso me pone más nervioso todavía sin embargo creo que voy a ponérmelos de todos modos para poder escribir. Tengo que plasmar todo lo que esta ocurriendo para que la gente del futuro lo lea. Es algo que debo hacer antes de morirme...

Los zombis estaban llegando. Como no había tiempo para reconstruir la fuente, Ibrahim ordenó que tomaran todas las armas y municiones posibles, que se juntase agua, comida, radios, y fueran llevados a los cuartos blindados. La estrategia era simple: esperarlos en la barricada e ir matando cuanto se pudiera a medida que retrocedíamos para poder encerrarnos en las habitaciones blindadas en caso de que fueran demasiados y tirasen todo abajo, como seguramente pasaría. Cada cuarto blindado tiene una puerta secreta con una escalera que lleva a los techos, donde hay terrazas con el tamaño suficiente para que se apostillen los francotiradores, hacer señales, o juntar agua de lluvia. Las vacunas, los medicamentos, todo fue repartido, incluyendo los venenos en caso de que alguno fuera mordido. El coronel no me dejó tomar un arma, pero Aleluya me dio una escopeta recortada y una mágnum a escondidas que yo oculté. Cuando estábamos a punto de entrar en batalla yo pensaba luchar dispuesto a morir. Es cierto, iba a hacerlo a pesar del miedo que me sobrecogía.

Pero el coronel no me lo permitió.

Me tomó del brazo y me arrastró hasta el cuarto, tirándome dentro.

—¡Coronel! —le grité, soltándome—. ¿Qué diablos te pasa? ¡Tengo que luchar con los demás!

—No, no tienes —gruñó, manteniendo la vista fría, gélida, en mí—. Tú eres demasiado joven, tú único deber es mantenerte vivo y pedir ayuda por los radios. Hay un chico en alguna parte del mundo buscándote porque eres su hermano mayor, nosotros somos los que no tienen nada que perder.

— ¡Pero Ibrahim!

—Además… —agregó, y entonces sus ojos volvieron a ser suaves, cálidos como siempre que me miraban—. No quiero verte morir. No podría soportarlo. Cerraré la puerta, si sales ahora —hizo una pausa, como si le costara decir lo que dijo a continuación—. Si sales ahora juro por lo más sagrado que te dispararé sin dudarlo. Prefiero eso que ver cómo te devoran o te convierten.

Ante eso, no supe qué contestar. Él seguía preocupándose por mí, seguía cuidándome a su manera retorcida, y a pesar de sentirme frustrado por no permitirme luchar una gran parte de mí estaba aliviado, porque no quería estar en ese holocausto. No quería ver lo que sabía que iba a ver… Oh dios, me arrepiento tanto. Mis compañeros pueden estar muertos y yo aquí, seguro, con agua y comida suficiente para sobrevivir un mes. Cuando él me dijo eso yo lo miré, enfrentándome a la confirmación de todos mis temores. Si él salía por esa puerta, yo ya no volvería a verlo.

— Una cosa —me dijo, su voz gruesa sonaba suave, apenas un susurro—. En el cajón tienes el suero que trajeron los médicos. A veinticinco de nosotros les inyectaron agua y a los demás una vacuna. A mi me dieron la vacuna, a ti no, por ende no pienso dejar que salgas… Pero confío en que la vacuna funcionará así que te dejé unas cuantas unidades en el cajón. Úsalas.

Y entonces dio la vuelta. Sin despedidas, sin palabras cariñosas, sin nada. Comencé a ver en mi mente cada momento vivido desde el primer día en que lo conocí, cada una de nuestras horas secretas, incluyendo las charlas, las peleas. Y me di cuenta de lo mucho que me dolía el verlo ir a una muerte segura, sabiendo que él me mantenía en ese cuarto para asegurarse de que yo seguiría viviendo. No le importaba morir, le importaba salvarme. Supe lo egoísta, lo tonto que fui, incluso fui aún más egoísta cuando, antes de que abriera la puerta para irse, lo abracé por la espalda y le dije, esforzándome por no llorar, que lo amaba.

Él suspiró.

—Eres cruel. Me lo dices ahora cuando estoy apunto de enfrentarme a la muerte.

—Por favor, perdóname. No podía decírtelo, yo… No sé qué pensaba. Sólo no te vayas, Ibrahim.

—¿De verdad me amas, hobbi? —quiso saber, volteándose para verme.

—Sí —no dudé en responderle—. No vayas. Quédate o déjame ir contigo, pero no quiero quedarme solo de vuelta.

—Si me amas, entonces harás esto por mí. Vas a quedarte aquí y vas a sobrevivir, y yo haré lo propio ahí afuera —quise llorar cuando me dijo estas palabras, pero yo era un hombre. Los hombres no lloran—. Te juro que nos volveremos a ver, pero me tienes que prometer que vas a vivir. ¿Lo prometes?

Yo sabía que no tenía más opción. Asentí con la cabeza, jurándome que intentaría sobrevivir sólo porque se lo había prometido, y entonces le di un último beso. Fuera, los gemidos se volvieron más intensos y en cuanto escuché los ruidos de las pistolas me puse los tapones para los oídos. Todo quedó en silencio.

Mi alma se fue cuando lo vi traspasar la puerta. Ahora aquí, solo, enviando mensajes por radio que no sé si serán escuchados o respondidos, estoy siendo alimentado no sólo por el instinto de supervivencia que los ruidos fuera de la puerta despiertan en mí. Las palabras de Ibrahim me dan fuerzas, sólo tengo que sobrevivir sin importar qué. Estoy muerto de miedo, carajo, pero no puedo dejar que estos bichos me coman. Se lo prometí.

***

Dos días han pasado, aún no me animo a salir. ¿O han sido más días? La verdad es que he dejado de contar el tiempo que paso aquí encerrado. La mayor parte estoy durmiendo, comiendo, o leyendo algo cuando tengo la fuerza mental para no enloquecer en medio de la soledad. Ah, también envío señales por el radio. Trato de localizar a los militares, más no a mis compañeros, pues en el entrenamiento nos enseñaron a comunicarnos con señales de luz hechas con espejos y no por radio, cuyo ruido podía poner a los zombis en alerta del escondite de alguno de mis compañeros y lo que menos quiero es ser la causa de la muerte horripilante y cruenta de ninguno. Cuento la comida y el agua una y otra vez, racionándola para que dure el mayor tiempo posible, es una buena forma de hacer pasar el tiempo. Hago pesas, me ejercito… Pero Dios, no puedo dormir. Cada minuto es una lucha interna en mi cabeza sobre lo que debería hacer, un temor constante casi animal que me obliga a no bajar la guardia, creyendo que los gules podrían entrar al cuarto blindado.

También sueño con mis compañeros, sufriendo el mismo destino. Con Ibrahim. Ya no me quito los tapones, nunca, así que vivo en un mundo sin sonido y eso me impide saber qué esta pasando. ¿Habrá más disparos? No lo sé. Si los oyera, probablemente saldría corriendo fuera del cuarto para ver qué ocurre. El silencio es tan profundo y siniestro, la quietud, esta soledad… Siento que las paredes se achican conmigo en su interior, que todo el edificio va a aplastarme de un momento a otro.

A veces tengo ganas de suicidarme. Mi temor a la muerte y la promesa que le hice al coronel me lo impiden. Nunca antes había deseado mi propia muerte de esta manera, las voces en mi cabeza resuenan insistiendo en que lo haga, pero luego pienso en Ibrahim y todo lo que hizo por mí. No puedo hacer eso… No debo. Y aún así, estoy tentando. Me he estado inyectando la vacuna con la esperanza de que funcionase pero no me produce siquiera un efecto secundario más allá de un cansancio perdurable por todo el día. A veces me pregunto: ¿Qué clase de soldado soy? ¿Qué clase de hombre soy? Todo este tiempo me negué a decir y a hacer tantas cosas por ser un hombre, cuando ahora ni siquiera puedo tomar mis armas e ir a ayudar a mis compañeros. Soy patético.

Quiero salir y matar, necesito hacerlo. Allí afuera, entre mis compañeros, había un montón de seres que deberían haberse quedado donde estaban: tres metros bajo tierra. Esos hijos de puta me quitaron mi ciudad, mis amigos, me quitaron mi familia y luego me quitaron a quien amaba y a mis nuevos amigos. Me lo han quitado todo. Quiero dispararles y ver como caen contra el piso como las basuras que son, pero no hay forma de salir sin que me devoren a menos que pudiera mantenerme flotando en el aire y…

Oh mi dios, soy un tarado. ¡Hay una forma, claro que la hay! Ibrahim me lo contó hace tiempo, ¿cómo no se me ocurrió? El fuerte está preparado para responder en caso de ser invadidos y deshacerse de los visitantes no deseados. ¡Qué imbécil soy! Los cuartos blindados tienen escaleras secretas que van a las terrazas y a los techos para que se apostillen los francotiradores. Se puede ir fácilmente de techo en techo para llegar a las puertas de los otros cuartos y comunicarse con los otros, puedo deshacerme de los zombies, e incluso buscar a los demás con eso. Es perfecto. Dios, me siento tan bien ahora, tan emocionado… Es como estar en una misión de nuevo, por mi propia cuenta. Tengo que salvar a mis compañeros, se los debo luego de todo lo que hicieron por mí.

Lo siento Ibrahim, voy a salir. Pero seguiré manteniendo la promesa, no voy a morir tan fácil.
Debo buscar mis herramientas.


***

Ahora que tengo algo de tiempo, decidí actualizar el diario. ¿Qué hice luego de que decidí salir? Pues revisé lo que sería mi equipo de trabajo una última vez. Llevaba el espejo para hacer señales, el descofrador de acero por si las moscas, el rifle francotirador y la escopeta. En el cinturón tenía una navaja suiza, apta para todo tipo de tareas y la pistola. Normalmente uno no debía cargarse de armas tan a la ligera porque dan demasiado peso, pero la seguridad de estar a metros de distancia de mis enemigos y de los otros cuartos me daba la confianza suficiente como para lanzarme a la batalla con todo lo necesario. Hasta llevaba conmigo una bolsa llena de recipientes, mechas, y un par de botellas de alcohol para hacer bombas molotov y echarlas sobre los cadáveres que ya no se movieran. Recordaba las clases con Mbao, sabía que tirarles fuego a los zombis que aún caminaban era una pérdida de tiempo que podría causar un incendio y matar a los únicos sobrevivientes pero tenía que deshacerme de los que ya no se movieran, no fuera cosa que nos pasaran alguna porquería. Había repasado cada clase mentalmente, hasta había releído este diario, mis notas sobre el tema, las preguntas que había querido hacerle a su profesor pero que nunca pude hacerle. Yo sabía que mi mejor arma era mi inteligencia y velocidad, si las usaba provechosamente era bien capaz de sobrevivir y ayudar a los demás.

Me sentía eufórico por salir al exterior. La alegría, la sed de venganza, el instinto de supervivencia, montones de emociones se fueron mezclando en mi interior mientras que me imaginaba acabando con los zombies que pululaban por toda la zona. Podía llevarme años quizá, pero no pensaba abandonar el fuerte hasta no dejar a uno solo de esos malditos en pie. Iba a proteger mi casa y a mis amigos. Respiré hondo una última vez, me planté firme frente a la puerta y la abrí. Entonces me quité, por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, los tapones para los oídos. Fuera, los gemidos surcaban el aire como un hálito de muerte, desgarrando el corazón de cualquiera que los escuchara.

Pronto estaba dando el primer paso por sobre las oscuras escaleras negras que subían hasta un pequeño punto de luz en donde estaba la puerta sintiéndome ligero como no lo había estado en ninguno de esos días y esas noches. A medida que iba subiendo los peldaños la luz del otro lado de la puerta iba haciéndose cada vez más grande llenándome de confianza para continuar. Yo estaba ahí, firme, sin miedo. El olor, el viento, los sonidos, la sequedad en su garganta, todo me daba la pauta de que estaba vivo y que aún era demasiado pronto para quitarme la vida como tantas veces lo había pensado en ese tiempo de cautiverio auto impuesto. Me alentó, me dio fuerzas.

El hedor fétido y nauseabundo de la carne muerta llenaba el aire y se intensificaba cuando el viento soplaba demasiado fuerte. Y a pesar de todo, seguí caminando. Cuando llegué a la puerta que cubría el pasaje secreto, los ruidos y el olor aumentaron muchísimo, igual que la luz, lo cual sólo me motivó a abrir la puerta y para ser bañado y abrumado por cada uno de ellos. La puerta chirrió cuando la abrí pero no le di importancia ya que la luz me cegó un instante. Con cierto esfuerzo al principio, respirando de forma lenta y acompasada al tiempo que abría y cerraba los ojos, logré acostumbrarme a estar al aire libre otra vez.

Fue fantástico.

Respiré hondo y sentí la adrenalina correr por sus venas. Di el primer paso en el techo, luego otro, y otro. Pronto mis sentidos estaban agudizados y en alerta, mirando a mi alrededor para tantear el terreno sin importarme que los muertos vivientes pudieran verme ya que eso me pondría las cosas muy fáciles. Esos gemidos horribles se volvieron mucho más fuertes por el lado izquierdo, tanto que me volteé a ver. Qué horror. Por el lado exterior del fuerte había unos cuantos cadáveres dando tumbos, entre ellos un par de ex compañeros. Pobres bastardos caídos en combate. Pero ellos ya no eran mis viejos compañeros, no eran los tipos con los que había convivido, sino caníbales que deberían estar en el cementerio, así que cargué la escopeta sin sentir la menor culpa y disparé. Era muy simple: cargaba, apuntaba y disparaba. Me gustaba mucho cómo los sesos salían volando por todos lados cuando les daba en la cabeza, les podría haber bajado el sombrero si usasen uno. Alguna que otra criatura se daba cuenta de dónde estaba yo e intentaba alcanzarme, pero era en vano ya que el techo estaba demasiado alto y tanto sus capacidades motrices como su inteligencia eran nulas, así pues sólo facilitaban mi tarea de limpieza en esa pequeña zona.

Empecé a avanzar por sobre los techos, mirando el espectáculo. Había bastantes zombis por ahí pero nada comparados a la oleada que nos había invadido en un principio, pensé que la mayoría debía de estar escondido en las instalaciones o tal vez habían huido al no encontrar más alimento. Vi trozos de cuerpos a medio comer dando vueltas… Casi vomité al momento de ver a uno de esos monstruos con la panza inflamada, con la piel tan tirante que parecía a punto de abrírsele el estómago para escupir toda la carne que había tragado. Ese fue el primer blanco del patio interno. Y a ese, le siguieron varios más. Iba mirando lo que antes fue mi preciado fuerte pero nada quedaba ya, todo lo habían hecho trizas. Aún así iba a defenderlo e iba a expulsar a esos bastardos a como diera lugar.

Vagando por los techos, me las arreglé para llegar a las demás habitaciones. Siempre golpeaba antes de entrar, pero nunca respondían con un gemido. En un par de cuartos encontré a algunos muchachos que se habían suicidado de un tiro en la sien y tenían marcas de haber sido mordidos. Pobres, seguramente no habían recibido la vacuna. Algunos cuartos estaban vacíos, lo cual significaba que mis amigos ya no estaban en este mundo. Reprimí el deseo de gritar y llorar hasta lo más hondo de mi ser pues en ese momento no tenía tiempo para ello, tenía que seguir buscando supervivientes mientras que disparaba en medio camino a cualquier cosa que gimiera y se moviera lento. Gracias al cielo, pude encontrarlos. Estaban algo locos por el encierro, sin suministros, pero vivos. Fue difícil convencerlos de que no me estaban imaginando y que era seguro salir al techo, que podía llevarles comida, agua y armas para poder espantar a los zombis. Algunos estaban más sanos y aceptaron, pero otros, pobres, estaban en tal estado que no hicieron más que suplicar por agua y comida. Por supuesto, no se los negué.

Comencé lo que fue una cacería extrema que sólo se detenía cuando los muchachos debían dormir, todos repartidos en los cuartos blindados. Repartía el agua y la comida para todos, les di algunas armas a los que quisieron salir y aproveché todas las municiones que Ibrahim me había dejado más las que encontré en todas las habitaciones revisadas y en los cadáveres de mis amigos, a los cuales quemé en los techos. Éramos veinticuatro personas con vida, todos vacunados contra la mordida zombi; el único que faltaba era Ibrahim pero nadie tenía idea de en dónde estaba. Por suerte entre todos ellos estaba Aleluya, mi viejo amigo, a quien le asigné la tarea de racionar los alimentos, cuidar a los heridos y enviar las señales de radio constantemente. Nos levantábamos tempranísimo para hacer rendir el día, comíamos nuestra ración de comida y luego de que nos ejercitáramos subíamos a los techos. Como antes de ir por tierra teníamos que deshacernos de ellos a distancia para no ser comidos, así que nos postrábamos en equipos de cinco por distintos puntos repartidos por el techo para abarcar un mayor terreno y comenzábamos a disparar. Si ningún gul salía, nos poníamos a gritar para obligarlos a ello haciéndoles creer que había comida cerca. Así durante todo el tiempo que podíamos soportar hasta que el cansancio o el hambre nos vencían y entonces el otro equipo nos relevaba mientras nosotros descansábamos, para cuando volvía a ser nuestro turno ya estábamos frescos como lechuga.

Fue un trabajo arduo y muy agotador, e iba empeorando a medida que nos quedábamos sin agua o sin comida, pero teníamos que hacerlo si queríamos seguir con vida. Nos inyectábamos la vacuna, rogando porque fuera efectiva, e íbamos al ataque gastando todas las armas que podíamos. Incluso las flechas y ballestas que me negué a usar cuando entrenaba se volvieron necesarias para no acabar las balas. ¡Hasta les arrojamos granadas! Lo que fuera con tal de disminuir el número de enemigos y gracias al Cielo lo estábamos logrando.

Cierto día todos nos levantamos a la misma hora sabiendo de antemano el por qué. Estábamos cortos de artillería, de comida y de agua. Los médicos que habían prometido asistir a nuestro fuerte para ver nuestros progresos con la vacunas jamás aparecieron, lo más probable era que hubieran notado la gran actividad de no muertos que habíamos tenido en la zona y ni se les ocurrió acercarse. Estábamos en una situación crítica. Más tarde o más temprano teníamos que salir por tierra como en nuestras viejas misiones pero con mucha más desventaja que en aquél momento. Decidimos hacer lo siguiente: Aleluya seguiría enviando mensajes, diez hombres darían apoyo aéreo desde los techos, dos vigilarían la entrada al cuarto en caso de tener que retirarse y regresar, el resto, armados con su mejor arma de cuerpo a cuerpo, saldrían a investigar. Nos hicimos con palos de béisbol, descofradores, masas, machetes, lo que hubiera a mano o lo que supiéramos manejar a gusto antes de salir. Yo lideré aquella misión, la primera y la última.

Íbamos en total silencio por los pasillos, vigilando nuestras espaldas constantemente, revisando cada rincón y golpeando en cada puerta como cuando estuvimos en las casas y ciudades que fuimos a limpiar. A medida que volvíamos a nuestro viejo papel de soldados limpiadores fue más fácil olvidarnos de que el lugar que debíamos limpiar era nuestro propio hogar y así terminamos por abrirnos paso entre los muertos a los golpes. Es curioso pero, con el paso de los minutos, se iba volviendo más y más divertido ver cómo los idiotas se iban acercando a cualquier sitio en el que hiciéramos ruido y luego los atacábamos de a varios. A veces los obligábamos a que nos persiguieran hasta llevarlos a campo abierto, en el patio, así nuestros compañeros se encargaban de ellos. Los zombis no dejaron de salir por los rincones. Fuéramos adónde fuéramos, siempre había uno o dos, salían de cualquier hueco, intentaban aferrarse a nuestras ropas o a las zapatillas y sólo los golpes secos al cráneo podían pararlos. Ya habíamos limpiado una parte importante de nuestro fuerte, hasta incluso nos tomamos el tiempo para cubrir cualquier hueco por el que más de esas cosas pudieran pasar, pero ya estaba atardeciendo y teníamos que regresar para poder dormir.

Pero algo pasó. Uno de los chicos se distrajo mientras íbamos por los pasillos y tropezó con un montón de porquerías que quedaron desperdigadas por ahí. El ruido retumbó en todo el edificio y pronto los zombis empezaron a salir de todos los rincones, de todos los lugares que no habíamos podido revisar para encontrar la fuente del ruido e inmediatamente se dirigieron hacia donde nosotros estábamos. O corríamos, o éramos hombres muertos.

Y el milagro ocurrió. Mientras corríamos en busca de la puerta vigilada Aleluya se subió a los techos y gritó con todas sus fuerzas.

-¡Han respondido! ¡Los militares han respondido, maldita sea, están viniendo hacia aquí ahora mismo!

Por un instante, me detuve en seco mientras los demás corrían. Si los militares llegaban nos salvaríamos pero no podríamos lograrlo si no llegábamos a alguno de los cuartos blindados y todo hubiera sido en vano. Y yendo en grupo no íbamos a acercarnos siquiera, llamaríamos la atención de los zombis. ¡Ya teníamos un motivo para vivir, no podíamos ser devorados antes de que los militares llegaran! Por lo que tomamos una decisión arriesgada: Íbamos a separarnos. Yo decidí ir solo. Algunos fueron de a tres, de a dos, y otro grupo se atrevió a ir de a cuatro. La verdad era que yo quería darles a los chicos una oportunidad para sobrevivir así que hice un intento kamikaze para conseguirlo saliendo al patio; tenía que cruzarlo por completo para llegar al pasillo e ingresar a uno de los cuartos. Si los demás se apresuraban y esquivaban al resto de los gules, iban a poder llegar indemnes.

No me quedó más opción que echar a correr pues ni bien puse un pie en el patio varias de esas bestias salieron a mi encuentro arrastrándose o corriendo. Todos iban a por mí. Rogué por haber hecho algo que le permitiera a mis amigos vivir pero también pedí a todos los dioses que conocían que me dieran fuerzas para ponerme a salvo. ¡Yo tampoco quería morirme! Si llegaba a tiempo a algún cuarto podría abrir la puerta y cerrarla sin recibir daño alguno. Mis piernas apenas rozaban el piso, las balas que uno de mis amigos disparaba para ayudarme pasaban raspando, pero no las veía ni las oía. Estaba alejado a todo eso, eufórico, yendo por sobre el suelo cual si volara ajeno a todos los peligros, al olor, a los gemidos y a los muertos vivientes que lograba derribar a los golpes. Estaba convencido de que iba demasiado rápido para que le alcanzaran y de que la puerta que buscaba estaba lo suficientemente cerca para llegar sin ser herido. Al fin llegué a la puerta, la pesada puerta blindada que se abría hacia fuera, cosa que me aseguraba que los muertos no entrarían. Como si estuviera drogado, abrí la puerta lo suficiente para pasar pero una mano fría me tomó del brazo, y unos dientes rotos se clavaron en mi carne. Grité de dolor. Pude sentir cada fibra de los músculos ceder ante los dientes muertos con lentitud casi del mismo modo en que los sesos del zombi se abrieron cuando le partí el cráneo con el descofrador y al fin pude cerrar la puerta.

Lacerante, así era el dolor que la mordida de un zombi causaba. Miré la herida, observando cada dentellada en la piel que iba enrojeciendo, la sangre comenzó a manar en delicadas lágrimas rojas las cuales iban cuesta abajo por su piel. Ardía. Y como mil diablos pero no grité, no, me dedique a encontrar una forma rápida de suicidarme antes de que el virus ingresara por completo a mi sistema. El ardor se extendió por mi brazo con demasiada rapidez, como si fuera el veneno de una serpiente. No lograba comprenderlo, se suponía que el virus zombi tardaba doce horas en hacer efecto, me pregunté por qué tenía entonces esa quemazón avanzando por sobre todo mi cuerpo. Me aterré, el terror aumentó cuando me di cuenta de que no tenía modos de quitarme la vida por mi propia cuenta y fue en ese momento en que capté la cruda verdad: Ya no iba a ser humano. Lo mejor que podía hacer era un último intento de perecer con la poca humanidad que me quedaba. El aceptarlo me permitió enfrentar mejor a la idea de morir. No había sido en vano, fue en pos de proteger a mis amigos. Algo me decía que Ibrahim estaría muy orgulloso…

Lamenté a horrores el no volver a verlo nunca, lamenté mucho no haber insistido a los militares para que me dejaran ver a mi hermano menor, lamenté muchas cosas. Lloré y tomé la decisión de morir viendo la luz del sol una vez más.

Paso a paso, abrí la puerta en dirección a las escaleras. Subirlas fue bastante fácil a pesar de que tenía el cuerpo pesado y lento. El sonido de un helicóptero se hacía más fuerte a medida que avanzaba, tanto como el de los disparos. Seguramente los militares ya habían llegado para salvar a mis compañeros. Yo iba a ser al próximo al que verían y seguramente me matarían al darse cuenta de que estaba mordido, a pesar de que yo pensaba en ir al techo para arrojarme desde ahí en un intento por morir siendo humano. Me pregunté qué sería de mí al morir, si vería a mis padres, si habría un cielo o un infierno, bueno, todas esas cosas que uno se pregunta en un momento así. Abrí la puerta conciente de que ése era mi último día y me recibió la luz del sol, brillante y anaranjada. Recuerdo que el cielo estaba pintado de rojo y oro, que nubes negras se elevaban lo suficiente como para arruinar el paisaje. El coro de gemidos y disparos alimentaban al aire, apagados apenas por un rezumbar que se oía cada vez más lejano. Para ese entonces no era conciente de nada, ni siquiera de mi propio cuerpo, sólo podía ver esa brillante luz. Pensé en Ibrahim, pues ya debía ser la hora secreta.

Entonces todo se volvió oscuro y la nada rodeó mi cuerpo.

***


Luego de eso desperté en el hospital. Resulta que no morí… ¿Extraño no? Estoy terminando este diario desde el hospital de la base central de la milicia situada en Jacksonville y han pasado seis meses desde ese entonces. Lo que ocurrió fue lo siguiente:

Los militares ingresaron al fuerte y acabaron con todos los muertos que quedaban, no sin cierto esfuerzo, y rescataron a mis compañeros. Claro, revisaron la zona y me encontraron a mí, inconciente en medio del techo y con una mordida en el brazo. A pesar de que mis compañeros les dijeron que yo había estado aplicándome la vacuna no sabían si llevarme era seguro o no. Pero ellos insistieron tanto que al final optaron por atarme a una camilla con mucha fuerza y nos llevaron a todos a la base militar. Mis compañeros fueron atendidos al instante, por supuesto, ninguno tenía heridas, pero a mi me pusieron en cuarentena por tres días. Tres días en los que estuve inconciente, debo añadir. Me estudiaron día y noche, verificando si me convertía en zombi o no. Aleluya dice que parecían ansiosos por ejecutarme.

Pero la suerte estuvo de mi lado. Lo ha estado desde que fui salvado la primera vez por mi propia madre. Resulta que la vacuna de prueba sí funcionaba e hizo reacción a la mordida que me habían dado, por eso quedé inconciente. La verdad es que no entendí muy bien, al parecer mi sangre vacunada se acopló a mi cuerpo y al virus de tal forma que durante esos tres días en coma genere una vacuna mucho más poderosa que la de los militares. Cuando desperté en perfecto estado y con muchas ganas de comer guiso de pollo los doctores casi sufren cuatro infartos seguidos, ojalá hubiera podido fotografiar sus caras. De más esta decir que me estudiaron y tomaron muestras mi sangre para la producción en masa de la primer vacuna cien por ciento efectiva contra la mordida zombi que fue repartida en todas las bases militares y en todas las colonias de todo el mundo.

Al despertar pregunté por mis compañeros. Todos los vacunados se habían salvado, a excepción de uno que fue mordido y no había despertado. No, no hablaban de mí. Se trataba de Ibrahim, mi coronel… Durante el ataque luchó hasta quedarse sin municiones y fue mordido por uno de los miembros del equipo que no había sido inoculado, al parecer huyó y se escondió en los sótanos en un intento por sobrevivir. Allí tenía comida y agua que había sido guardada con anterioridad… Estaba en coma cuando lo encontraron, supuse que había sido mordido poco antes que yo, pero los doctores no podían especificarlo. Él nunca despertó de la cuarentena.

Ahora estoy a su lado, en el hospital. Lo han analizado de arriba a bajo y no se ha convertido pero tampoco muestra signos de despertar pronto. A mi no me importa. Vengo a verlo una hora todos los días como si fuera nuestra vieja Hora Secreta, le hablo, leo el Corán para él, le comento todo lo que va ocurriendo a mi alrededor. Le hablo de mi hermano, Justin, con quien volví a encontrarme y ahora vivimos juntos. Le hablo de Aleluya, de Mbao, del doctor… Volví a verlos a todos mis amigos, a todos los que lograron sobrevivir. Le hablo de ellos, que no pueden venir a verle por el momento, y espero pacientemente a que despierte.

Cada vez que debo irme, le recuerdo que lo amo. Y le pido que vuelva.

Sé que va a despertar.

Este diario ha llegado a su fin. A partir de ahora comenzare un nuevo diario, uno que relate esta nueva época. La esperanza brilla con la nueva vacuna, la gente ya no le teme a los muertos y todos salen a luchar con las armas en alto y los corazones henchidos en deseo de seguir viviendo. En seis meses hemos logrado recuperar gran parte de lo que por derecho es y siempre ha sido nuestro: El mundo. Nuestro mundo. Y la vida que antes se nos había arrebatado gracias al virus Verita. En ese nuevo diario relataré todas las luchas y esfuerzos en los que participaré a partir de ahora para recuperar nuestros hogares.

Vaya, creo que he visto a Ibrahim moverse… Será mejor que llame al médico.

2 comentarios:

Luly dijo...

Hola nena!!!

Muy lindooo!! Me gustó mucho esta historia!! Pobre Ibrahimmm!!! Pero al menos parece que va a volver...

Espero que te escribas otra historia jejej!!

Besotes!!!

mluisa dijo...

Me ha encantado la historia,espero
la que haya una continuacion gracias y saludos.

I Love... (My stamps)


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