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viernes, 24 de diciembre de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veintidós

Familia y convivencia.


—Mad, ¿llevaste a lavar el auto?

Jean Claude Labadie se había llevado el café a la boca, pero lo dejó a medio camino cuando le llegó la pregunta por encima de los perros que ladraban de alegría mientras que Ariel les servía su comida de la mañana. Entonces recordó que Ariel le había dicho que ya era tiempo de lavar el auto. Estaba lleno de polvo y tierra porque había estado tan ocupado con su trabajo como arquitecto que ni siquiera se ocupó de lavarlo él mismo o llevarlo a la lavadora de autos. De hecho, había tenido tiempo para muy poco, pero quería terminar esos encargos para estar seguro de que tendría dinero en el bolsillo y un cliente contento. El tema del dinero era algo que aún le perturbaba, a pesar de que el niño insistiera en poner parte de su sueldo para solventar los gastos.

—No, lo olvidé. Lo lamento, precioso.

—¿Por qué lo lamentas? El auto es tuyo, no mío —respondió el chico, sonriéndole condescendiente. Mad siempre se olvidaba de todo, era por eso que Ariel había comprado una pizarra mágica para pegarla al refrigerador y anotar allí todas las cosas importantes, así Mad no se olvidaba, pero sabía que había estado trabajando mucho—. ¿Por qué trabajas tanto? Antes no estabas tan ocupado. ¿Es algo de la temporada?

Ya llevaba una semana seguida en la que se quedaba hasta muy tarde haciendo maquetas, planos y llamadas, tanto que Ariel se dormía esperándole en su cama y muchas veces despertaba solo, encontrando a Mad dormido en su despacho. Ese mismo día lo había encontrado medio tirado sobre su escritorio con la cara apoyada sobre unos planos, por lo que lo cubrió con una manta y le hizo el desayuno aunque fuera tarde. Lo único que podía hacer por él era encargarse de lo demás para que no tuviera de qué preocuparse hasta que se alivianara todo.

—Sí, algo así —no podía decirle que trabajaba por él. Sin embargo se sentía mal dejándolo solo, por eso iba a alivianar todo durante los próximos días. Si siendo “recién casados”, como decía Macchi, ya lo abandonaba, sería muy difícil que la relación avanzara aunque sólo hubieran pasado una semana y tres días desde que comenzaron a salir juntos—. Mon petit, ¿qué harás hoy?

Ariel dejó de acariciar a los perros para ir a lavarse las manos al fregadero antes de sentarse a la mesa, tomando una fruta del frutero que había puesto en el centro. Mordió el melocotón, pensando.

—Pues hoy pensaba salir con los chicos, quizás vayamos a casa de Shen o Sorja a practicar. ¿Te conté lo del club de música, cierto? El profesor quiere que participemos en los concursos interescolares.

—Eso me parece bien.

—No, no lo es —hizo una mueca, mordiendo de nuevo la fruta. Él ya había desayunado pero la ansiedad le daba hambre—. ¡Quiere que cante delante de un montón de gente! Si sólo fuera tocar el piano vaya y pase, pero cantar… Agh, qué horror.

Mad ladeó la cabeza, sin entender bien. La falta de sueño lo dejaba un poco lento.

—¿Es que no te gusta cantar, cariño?

—Sí, pero no delante de la gente. Sólo canto cuando estoy solo o con mi familia.

—¿Por qué? ¿Te apenas? —el niño asintió con la cara tan roja que podría confundirlo con una de las manzanas del frutero y sintió ganas de abrazarlo—. Oh, vamos. No te pongas así, Ariel. Apuesto a que cantas bonito, casi todo lo que haces te sale perfecto.

—N-no, no es cierto. No es así es que, emh, es algo difícil de explicar.

—¿Cantarías para mí si yo te lo pidiera?

Ariel alzó la vista con el ceño fruncido y la cara roja. Por supuesto que no iba a cantar para Mad, no quería que se riera de él. Cuando cantaba su voz sonaba muy aguda, como la de una niña o la de uno de esos querubines de coro de iglesia y su acento se notaba tanto que le incomodaba. Por eso sólo cantaba para su familia cuando ellos se lo pedían o a veces en el restaurante de su tía ya que era amigo de la mayoría de los clientes. Pero no dejaría que Mad escuchase su voz cuando cantaba, sería humillante.

—¡No! —exclamó, levantándose de golpe de la mesa—. Iré a cambiarme para la escuela. Hoy entro más tarde, me encontraré con los chicos en la entrada. Así que no tienes que llevarme.

Jean Claude suspiró cuando lo vio irse. Ariel era muy tímido y reservado para algunas cosas, por lo que le costaba entender ciertas actitudes suyas. Amaba a su niño y nunca había sido tan feliz como desde que estaban juntos, pero eso no le quitaba lo complicado a la relación. Él ya se había acostumbrado a vivir solo, a no confiar en nadie, pero Ariel le cambiaba todo de golpe: ahora tenía cortinas nuevas, los muebles de la sala estaban movidos de lugar para que se viera más espaciosa, Ariel le traía platos y cuadros para colgar en las paredes, estatuillas, bomboneras. La casa estaba completamente diferente, lucía más viva que nunca. Lo complicado era la convivencia en sí: verse en diferentes horarios, tener comidas que no le gustaban en la alacena o el refrigerador porque a Ariel sí le gustaban, la música, las manías. Ariel escuchaba música a todo volumen y bailaba en medio del comedor a cualquier hora, miraba el noticiero todas las noches antes de ponerse a ver comedias de situación norteamericanas y siempre, siempre, buscaba la manera de que comieran juntos. Al chico no le gustaba quedarse solo. También le recordaba las fechas importantes, le decía cuáles eran las mejores marcas de alimentos y hasta se pasaba horas cuando tenía tiempo libre arreglando el jardín, cosa que Mad casi nunca hacía. Antes, su casa había sido un desastre, ahora, se la veía habitable y preciosa. El niño se levantaba desde muy temprano para hacer el desayuno, acomodar la casa, arreglarse y preparar el almuerzo para él en caso de que fuera a salir o llegase tarde. A veces lo veía diagramar sus horarios para sacarle al día mayor provecho y sólo de verlo le hacía sentirse un holgazán. Él poco hacía, aparte de sus trabajos.

De golpe, la voz del Doppelgänger le hizo atragantarse con el café.

“¿Estás enfermo? ¿Tienes a una pequeña esposa haciendo de todo por ti y tú te quejas?”.

“No, no me quejo…". Suspiró en su fuero interno. "Es sólo que no me acostumbro del todo aún”.

“¿Por qué? No hace nada diferente a lo que hacía antes de declararse”.

Quizás se sentía invadido, pensaba. Tal vez aún no estaba preparado para confiar tanto en alguien porque todas sus relaciones siempre acababan de mala manera ¿O es que tenía miedo de que las cosas terminaran mal inconscientemente y por eso estaba así? Mad no lo sabía. Se sentía como un niño, estaba feliz, tan feliz que trabajaba duro todos los días para mantener esa felicidad y poder cuidar de Ariel, pero a la vez algo le molestaba.

“Sólo te pone inquieto los cambios que se están dando”. Decía Bad Mad, bebiendo té en su enorme silla de madera. “Déjate llevar y ya”.

Tal vez su Doppelgänger tenía razón, quién sabe. Quizás era porque Ariel terminó siendo más vergonzoso para ciertas cosas de lo que esperaba. No entendía cómo podía besarlo y abrazarle pero no podía verlo cantar.

—Mad —escuchó la voz de Ariel, desde la puerta de la cocina. Él apenas si se volteó, sin dejar de tomar su café.

—¿Dime Ariel?

—Si quieres puedo tocar el piano o el violín —respondió el pequeño, antes de desaparecer y dejar a Mad con la boca abierta.

En verdad, a veces le salía con cada sorpresa. Una tierna sonrisa se fue dibujando entre sus labios al tiempo que se levantaba de la mesa, henchido de cariño al saber que su amado niño deseaba que él escuchase su música, y corrió tras él. Lo encontró frente a la mesa del comedor alistándose para ir a la escuela, con el cabello ya recogido y el uniforme puesto, por lo que corrió hacia él y lo abrazó de sorpresa por detrás aunque Ariel lanzara un grito del susto.

—¡Mad! —el muchacho, que por un instante creyó que iban a abducirlo los aliens y ahora tenía el corazón en medio de la garganta, se volvió hacia su pareja con el ceño fruncido—. Pero, ¿qué te pasa? Casi me das un infarto.

—¿Puedo escucharte tocar el violín hoy?

Ariel detuvo el gesto de empujarlo y su rostro se suavizó al tiempo que lo rodeaba entre sus brazos. A veces Mad era tan predecible, siempre reaccionaba así cuando algo lo ponía feliz. Ariel era muy tímido y muy a menudo no sabía bien cómo expresar sus emociones con palabras, por lo que lo hacía con gestos: ayudaba a Mad, le preparaba comida, lo abrazaba cuanto podía y a veces se quedaba haciéndole compañía en las noches. Gracias a eso había aprendido a distinguir cómo se ponía Mad cuando algo le hacía feliz: iba corriendo a abrazarle. Se sentía como un adulto consolando a un pequeño necesitado de afecto y, aunque se preguntaba si no debía de ser al revés, en verdad era feliz así.

—Pensaba hacerlo aunque no me lo pidieras.

—Gracias.

—¿Está bien que lo haga en la noche? Me gusta tocar durante la noche.

Mad asintió, aspirando el perfume de sus cabellos a la vez que Ariel le sonreía y volvía a hacer lo de antes, tratando de caminar a pesar de que el arquitecto se le pegaba a la espalda y no le dejaba moverse mucho.

—Claro que sí, cuando tú quieras. Obedece y yo te sigo, amor mío.

Ariel rió.

—Inmaduro. Ya, déjame caminar. Puede que hoy vaya a ver a Angelo, pero aún no lo he decidido. ¿Está bien?

—Perfecto.

—¿Llevarás a los perros de paseo?

—Sin problemas- respondió, tratando de poner un rostro serio que no le salía del todo bien.

—¿Pagarás las facturas de luz y agua? Yo ya me encargué del gas y el Internet.

—Enterado, las pagaré cuando salga con los perros.

—¿Y el auto?

—Ariel, por favor —gimió, soltándole apenas lo suficiente para voltearlo y que le mirase a la cara—. ¿Me crees tan irresponsable?

—Pues sí —respondió sin tapujos, dejando a Mad en jaque. Este suspiró y le sonrió al chico antes de acomodarle la corbata del uniforme, gesto que a Ariel siempre le había gustado mucho. Le encantaba que le cuidaran y se preocuparan por él.

—Eres un niño malo, pensando así de mí.

—Y tú eres un niño grande que tiene que ser perseguido por toda la casa para que haga lo que debe.

Eso le tocó un poco la moral, porque era verdad. El fotógrafo hizo una mueca muy similar a un puchero y se cruzó de brazos. ¿Cómo que un niño grande? Ya se la haría pagar, aunque no ahora. El chico tenía que irse a la escuela a estudiar. Sólo le sonrió y le despeinó el cabello a conciencia de que a Ariel eso no le gustaba y que lo haría rabiar antes de, sin dejar esa mueca divertida en su cara, irse a la cocina a terminar de desayunar.

—Ya, ya, vete cariño. Haré todo lo de la lista para cuando tú vuelvas.

El niño empequeñeció los ojos, le saludó y luego se fue. Él se encargaría de que Mad no se olvidara de lavar el auto a su manera.

Luego de eso Ariel caminó hacia la plaza a paso rápido. Llevaba en su cara la sonrisa de quien tiene el deber cumplido pero con un ligero tinte malicioso, típico de alguien que comete una travesura. Le hubiera gustado ver la cara de Mad cuando viera lo que había hecho pero, nobleza obliga, tenía que ir a la escuela. Ese día no tenía club, por suerte, pero se quedaría hasta tarde con sus amigos mientras decidía si ir al hospital o no. No tenía ganas de cruzarse con Eros ni mucho menos con Tabatha para que le arruinaran el día.

Respiró bajo y volvió a sonreír ahora con más ternura mientras caminaba. Estaba tan feliz. No se había sentido tan bien desde que su madre murió. Era extraño, sus vidas no habían cambiado tanto desde que eran pareja pero estar con Mad y saber que eran novios le llenaba el corazón de una felicidad que nunca antes había sentido. Quizás era algo tonto sentirse de esa manera, quizás no, el caso era que Ariel se sentía demasiado contento cada vez que despertaba y veía a Mad dormido. Sabía que su relación era difícil, pues no era un chico tonto, sería complicado tener que amarse a escondidas, pero era capaz de hacerlo por amor y se encargaría de ayudar a Jean Claude en todo lo que pudiera. De momento se ocupaba de cosas simples como la cena, los mandados y hacer listas de todos los quehaceres pendientes para que Mad no olvidase nada, había cambiado un poco el aspecto de la casa comprando cosas “para Mad” o sugiriéndole que cambiase algunos muebles de lugar. Y además, se quedaba haciéndole compañía cuando lo veía trabajar hasta tarde.

Esperaba que por ahora eso fuera suficiente. Lo veía trabajar mucho últimamente, pero no sabía porqué. Cada vez que quería tocar el tema, Mad evitaba hablar de cualquier cosa relacionada con el trabajo o el dinero pero esa noche no iba a salvarse. Ariel estaba decidido a poner las cartas en el asunto y encargarse de pagar la mitad de los gastos para que no trabajase tanto. No sería justo de otra manera y Ariel no quería una relación así, él quería que ambos fueran iguales a pesar de todo.

A medida que se acercaba a la plaza decidió dejar de pensar en eso. Ahora iba a pasar tiempo con sus amigos y no quería comentarles sobre sus cosas privadas con Jean Claude, tampoco quería preocuparlos. Sonrió al recordar que ese día pasaría ratos de caridad con sus amigos y seguramente saldría a pasear con ellos en la tarde, lo mejor era que iban a hablar el tema del festival en la escuela e iban a arreglarse los últimos detalles pero lo malo era que como todos los clubes participaban a partir de ahora tendrían menos tiempo para divertirse. Para llover sobre mojado, se acercaban los exámenes de finales de semestre, y luego tendrían los de mediados y finales de noviembre antes de se cerraran los promedios y se pudiera hacer el festival.

“En síntesis, estamos jodidos”. Pensó, suspirando hondo. Menos mal que el festival sería algo divertido o juraba que se tiraba debajo de un tren. Caminó un poco al ingresar a la plaza, un hermoso prado grande lleno de árboles, canteros con flores, largos caminos y escaleras de pavimento donde los jóvenes practicaban skateboarding, trekking, o breakdance. A pesar de que era temprano había unas mamás paseando cochecitos de bebé, algunos señores grandes trotando y un grupo de chicos de secundaria rodaban en sus patinetas, por lo que era peligroso andar por allí. La plaza estaba dividida en partes: la zona con tierra y árboles donde había bancos pegados al suelo para que nadie los robara, la parte pavimentada rodeada de pasto verde y muchos canteros llenos de flores o árboles de manzanos, y otra parte compuesta por un gran terreno en donde las mujeres se tiraban a tomar sol y el arenero con juegos donde los pequeños pasaban las horas. A él le gustaba pasear por allí, pues sin importar qué hora fuera siempre había gente, además, le encantaba sentir el aroma a tierra y pasto, el perfume de las rosas mosquetas y los jazmines entremezclado y ver a los niños jugar mientras él se sentaba bajo un árbol. Había descubierto aquella plaza hacia unos pocos días, pero casi nunca podía pasarse durante las mañanas o las tardes porque Mad lo llevaba y lo traía de la escuela, así que sólo caminaba por ahí cuando salía a pasear los perros o iba a comprar.

Mientras se regalaba la vista con las hermosas flores, se adentró por un camino hecho de piedras. Los árboles creaban sombras en el camino iluminado por los rayos del sol y algunas de las luces de los faroles callejeros que aún no estaban apagados. Siguió el camino hasta llegar a unas escaleras, las subió, pasó junto al grupo de skaters y siguió derecho por el pasto hasta llegar al otro lado de la plaza donde sus amigos esperaban sentados en bancos de piedra tomando un helado.

—¡Eh! —les llamó, caminando más rápido ahora—. ¿Ya están tragando golosinas desde temprano? ¿Y sin convidarme?

—Íbamos a hacerlo —respondió Shen, sentado en el respaldo de la banca—. Pero si lo comprábamos antes de que llegaras iba a derretirse.

Vladimir, contento y sonriente, era el único que no tomaba helado. Estaba muy ocupado escribiendo algo en su agenda roja, su pequeña gran libreta roja en la que anotaba todo lo que veía que se le hacía interesante. Le hizo un gesto a Ariel mientras los demás se levantaban para saludarle o darle un beso, pero no se movió de su sitio hasta terminar de escribir como un poseso. Sólo entonces pudo desprenderse de su libreta, como si esta le hubiese tenido encadenado, y con una sonrisa de oreja a oreja le dio un abrazo de oso que casi lo deja sin aire.

—¡Ariel! —exclamó, alzándolo del piso con fuerza mientras lo hacia girar—. Perdona que no te saludara antes, pero verte llegar por el parque incitó a mis musas y tenía que escribir lo que se me ocurría.

—E-está bien, Vlad. Sabes que no me..., molesta. Pero déjame respirar, por favor —el rubio le soltó, riéndose. Los demás también se rieron aunque Christian frunció los labios sin entender por qué Vlad siempre actuaba así con Ariel. No dijo nada, claro, y todo pasó desapercibido ante su amigo de la infancia y ante Ariel, que se reían muy contentos mientras que Almudena se ofrecía a comprarle un helado al más joven del grupo—. Gracias, Dena. ¿Vainilla, sí?

—Claro, es tu sabor predilecto. Pero antes que nada, ¿qué hacemos hoy en la tarde?
Christian frunció el ceño.

—Creí que no haríamos nada, la mitad de ustedes tienen club.

—Sí —dijo Giovanna, sentándose sobre las piernas de Shenshen sin avisar—. Yo tengo baile, Dena tiene tae-kwon-do y Sorja tiene clase de cocina.

—No tengo —respondió ella, lamiendo su helado—. ¿No les dije? El profesor se enfermó así que no vendrá por una semana. Tengo la tarde libre.

Dena rodó los ojos.

—Qué injusticia. Pero, ¿qué les parece si vienen a vernos a nuestro club? Creo que nunca han entrado a nuestros salones, ¿cierto?

Ariel enarcó las cejas.

—No, nunca. Pero, ¿eso se puede hacer? Es decir, ¿hay espacio?

—Claro, hay de sobra ahora que necesitan nuevos miembros.

—Genial —Ariel esbozó una sonrisa y se cruzó de piernas, poniendo la mochila sobre su regazo—. Me quedaré a ver sus clubes y luego me voy al hospital a ver a Angelo —apenas dijo esa palabra todos sus amigos pusieron expresión seria y sus ojos se volvieron tristes. Supuso que tendrían esa reacción, pues él les había contado lo cruel que era Angelo con él—. No digan nada, sé lo que piensan, pero es mi hermano.

Christian resopló y le palmeó el hombro, desviando la mirada. Ariel era un niño demasiado bueno, demasiado dulce. Él no toleraría que su hermano le tratara así y creía que sus amigos pensaban igual, pero todos sabían que a diferencia de ellos, que tenían gente esperándole en sus países natales, Ariel no tenía otra familia más que Angelo.

—Ya, lo entendemos. Ahora sonríe y ve con Dena a comprarte un helado, ¿sí?

Ariel sonrió.

—Mandón —le dijo, pero de todos modos obedeció y fue hacia el puesto de helados charlando con Dena sobre las actividades de su club mientras que sus amigos le observaban irse. En cuanto estuvieron lo suficientemente alejados, el inglés suspiró y se dejó caer sobre el banco.

—A veces, sólo a veces, creo que Ariel es demasiado bueno para su propio bien.

—Lo es —asintió Giovanna, bajándose de las piernas de Shen para ocupar el lugar que Ariel había dejado vacío—, pero ahora se lo ve más feliz que antes. ¿Recuerdan cuando lo conocimos? Parecía un conejito asustado y temeroso.

—Sí… Además es tan tierno —dijo Sorja, sentándose junto a Shen—. No puedo creer que le hayan hecho la vida imposible. Pero bueno, al menos eso ya pasó y ahora está bien.

—Pero sigue siendo demasiado bueno —continuaba Christian, mirando de reojo la forma en que Vlad observaba a Ariel pedir su helado. Odiaba que no dejara de mirarlo—. Demasiado inocente. Algún día se lo comerán crudo.

Vladimir cerró los ojos, riendo por lo bajo. Sus musas estaban como locas ese día enviándole tantas imágenes a la cabeza, tantas escenas diferentes y diálogos que si no los anotaba pronto se le olvidarían. Pero de momento, se dedicó a mirar a su mejor amigo de la infancia con una sonrisa ladeada y responder en tono misterioso.

—Eso es precisamente lo que nos gusta de él. O al menos, lo que a mí me gusta de él.

Su amigo frunció los labios de nuevo, molesto. Cómo detestaba cuando Vlad decía algo como aquello, pero no podía odiar a Ariel y mucho menos decir nada, por lo que calló. E hizo bien porque ahí estaban Ariel y Dena volviendo del puesto de helados. Ariel extendió su paleta helada como si fuera una espada y Vladimir, emocionado, se le acercó y lo abrazó demasiado cariñoso para su gusto diciéndole que se parecía a un guerrero de su novela. Luego de eso partieron a la escuela, charlando todos juntos sobre temas diferentes: ese día volverían a tratarse cosas sobre el festival que aún estaba preparándose, por lo que seguro tendrían una o dos horas libres. El único descontento del grupo era Christian pues Vladimir y Ariel caminaban tomados del brazo.


“No lo lavo porque amo mi tierra”, “Recuerdo de Tierra Santa”, “Colecciono mugre”. Esas eran algunas de las frases que Ariel le había escrito en el auto cubierto de tierra y todavía tenía la cara roja de vergüenza porque durante todo el camino al lavado de autos e incluso allí, cada persona que veía esas inscripciones hechas en todos los lados del auto se le retorcía de la risa en la cara. Tenía que admitirlo, esa era una buena forma de hacer que no se le olvidara lavar el coche. Seguro que a Ariel le hubiera gustado ver su cara justo en el preciso instante en el que salió de la comodidad de su hogar para ir al trabajo, pensando en que podía encontrarse con sus amigos en la cafetería antes de regresar a casa con Ariel, y de golpe hallarse a su precioso Sedán con tan vergonzantes escrituras. Tardo más de cinco minutos en sacarse la sorpresa al ver aquello y luego decidió sin reparos ir enseguida a lavar el coche.

Así que allí estaba, haciendo cola para entrar al lavado de autos. Por suerte sólo había dos personas y él pensaba hacer un lavado ligero, así que llegaría a tiempo al trabajo. Ese día no tenía no tenía proyectos de arquitectura pendientes, a pesar de que había tomado varios pedidos, muchos de éstos se habían atrasado debido a que sus clientes pasaban alguna dificultad, subían los precios de los materiales por culpa de la crisis económica o los obreros tenían algún inconveniente o hacían huelga, por lo que estaba todo parado hasta la próxima semana. Sin embargo, lo bueno de tener dos trabajos es que cuando uno está estancado puedes irte al otro por lo que, por suerte, ese día iba a estar ocupado buena parte del tiempo haciendo fotos. Había varios trabajos y varios modelos diferentes que retratar, lo cual era muy bueno ya que le pagarían muchísimo, pero una parte de su ser lamentaba con todas sus fuerzas el que Ariel tuviera el día libre. Le hubiera gustado sacarle fotos a él. Podría haber tenido la oportunidad de sacarle fotos usando delicadas ropas de niña, vaporosos vestidos o ropa vaquera y trajes de varón sumamente sensuales.

Uno de los muchachos que atendía el lavado le hizo señas para que pasara. Al darse cuenta de ello salió de su mundo de ensueño con la cara enrojecida y el corazón un poco más acelerado de lo normal. Se sentía un completo idiota, pensando cosas como esas aprovechando que Ariel no estaba presente, sabiendo que aún era demasiado pronto para siquiera vislumbrar la idea de su cuerpo desnudo. Necesitaban más tiempo. Eso hasta él lo sabía, sin importar cuántas veces al día fantaseara con la idea de acariciarle o su yo interno le dijera a los gritos que se metiera en la ducha tras Ariel. Apenas sí comenzaban la relación, no podía saltar sobre el chico así como así. Ariel, lo quisiera o no, seguía siendo un niño con las necesidades de un niño y, en cierto modo, con la mente de un chico de su edad. ¿Qué sabría él de sexo entre hombres? E incluso de saberlo, la diferencia de edad era algo suficientemente notable como para aguardar.

Quería que Ariel se sintiera cómodo con su cuerpo y el propio, que pudieran besarse y tocarse sin problemas ni traumas. Aún tenía presente la cara de su niño el día en que esos compañeros pervertidos se metieron en su casa e intentaron abusar de él. Lo último que quería era que él le mirase con esos mismos ojos aterrados. Pero, cada día que pasaba, y luego de tanto tiempo deseándolo, la tentación se volvía cada vez más fuerte.

“No”. Se decía a sí mismo, mientras que el agua de las mangueras del lavado de auto chorreaba por la carrocería, las ventanas, y el parabrisas. “No soy un degenerado que sólo piensa en sexo… Yo lo amo y tengo que demostrárselo esperando pacientemente”.

Si no lo hacía, confirmaría sus peores temores. Sería como la afirmación de que era un simple depravado que había jugado con la mente de un chiquillo para abusar de él, que todo lo que había sentido y sentía era por completo falso. Y no era así: iba a demostrar que amaba a Ariel con todo su corazón.

El Doppelgänger se mantuvo tranquilo a pesar de estar escuchándole, sin opinar ni meter ninguno de sus bocadillos subidos de tono, cosa que Mad agradecía desde lo más profundo de su corazón. Era más fácil pensar en todo aquello cuando no tenía esa irritante vocecita repitiéndole obscenidades a todo volumen.

Al fin, el agua se detuvo y los brazos de acero con esponjas comenzaron a secar el auto. Una vez que éstos terminaron su trabajo, cuatro de los chicos del lava autos aparecieron con trapos para poder limpiarle el parabrisas sin que quedara veteado y demás partes a las que las esponjas no llegaban. Ahora con el coche brillante, Jean Claude pagó por el servicio antes de ir a ganarse el pan para él y para Ariel.


—Entonces, niños, como estamos cortos de tiempo, los miembro de cada grupo deberán coser los trajes que van a utilizar. Como ya los eligieron de antemano, las chicas del club de costura se encargaron de hacer los patrones. ¡Sólo tienen que comprar la tela y coserlos!

La profesora se veía en extremo entusiasmada, como casi todo el alumnado. Incluso Christian podía sentir la energía vibrando de todos y cada uno de los presentes aunque tuvieran que hacer algo que no les gustara como coser, ya que el fin justificaba los medios: si querían el desfile, tenían que sacrificarse. El escenario ya estaba por la mitad, debían redecorar el salón de actos para la pasarela y los shows que se celebrarían allí y, como no se podía cambiar constantemente el diseño durante las presentaciones, entre los delegados de cada curso superior y los profesores tutores buscaban algo especial que combinase con todo. Mientras tanto, los demás alumnos se encargaban del vestuario, de la utilería, de armar los stands al aire libre y las diferentes atracciones planeadas. Los del club de danza practicaban diferentes coreografías que se harían durante el día y la tarde, al aire libre y en el salón de actos, los del club de costura y artes domésticas se encargaban de hacer los trajes de la mayoría de las atracciones, los de música tenían un coro a voces y otro instrumental, aparte de un par de solos para alumnos calificados, los deportivos hacían exhibiciones de atletismo o preparaban juegos y comidas. Así, cada uno de los estudiantes estaba tan ocupado que apenas sí se lograban hacer las actividades extracurriculares y las clases o recesos estaban ocupados al cien por ciento con el festival.

Ahora los miembros de cada grupo y de cada atracción tenían que hacerse cargo de coser parte del vestuario, porque los del club de costura no daban abasto con todo. Él por suerte no debía hacer nada, ya que su club hacía exhibiciones y preparaba comidas marinas, por lo que sólo tenía que usar un delantal, pero los chicos y chicas que participaban en los desfiles de moda, los que actuaban, los que hacían alguna atracción especial, todos debían coser algo.

Sin embargo, ese no era su mayor problema.

Al mirar por sobre su hombro pudo verlos de nuevo. Vladimir, siempre sonriente, estaba colgado de los hombros de otro chico mucho más pequeño que él mientras examinaban la ropa que les había tocado coser a ambos. No entendía por qué Vlad actuaba así con él, siempre abrazándole, jugando con su cabello como si fuera una muñeca y compartiendo libros… Christian suspiró con acritud una vez más mientras observaba cómo Ariel, su pequeño amigo italiano de sonrisa pronta, charlaba animadamente con su amigo de la infancia. Esos dos siempre estaban demasiado pegados para su gusto, e incluso a pesar de saber que Ariel no sentía nada por Vlad, no podía evitar preocuparse o enojarse. Lo peor de todo era verlos cuando hablaban de las novelas o los libros. Él no entendía nada y ellos dos estaban lo más campantes. Cerró los puños sobre el pupitre al ver a Vladimir rodear los hombros del pequeño con su brazo y acercarlo a su cuerpo para decirle algo al oído.

¿Qué veía en Ariel? ¿Le gustaba? ¿Eran sólo amigos? Se veían demasiado íntimos para ser sólo una amistad pero, aunque en realidad, Ariel actuaba así con todo el mundo.

“Y si… ¿Y si le gusta?”. Pensó, aterrado con la posibilidad. Su amigo de la infancia siempre se jactó de creer en el amor libre, según él, no importaba el sexo de la persona con quién estabas si la amabas de verdad, cosa muy opuesta a lo que a él le había enseñado su familia protestante. Era perfectamente posible que a Vlad le gustase Ariel, después de todo, ¿a quién no le gustaba Ariel? Era un buen niño, amigable, tierno, bondadoso y muy inteligente. Tenía ese aspecto dulce y delicado, similar al de una chica, y transmitía una sensación de ternura que impulsaba a los demás a querer abrazarlo. Él ya había oído a muchas chicas comentar lo adorable que les parecía Ariel, incluso a algún que otro chico expresaba su “afecto” por él. ¿Y él? ¿Cómo podía competir contra Ariel si Vlad sentía algo por él?

La sola idea le corroía por dentro, pues no tenía forma de ganar esa batalla. Él era muy diferente tanto de Ariel como de Vlad. Ellos eran tan libres, tan conscientes de sí mismos, pero él no podía admitir ni siquiera frente al espejo que le gustaba Vlad, aunque se sintiera así desde hacía algún tiempo, y menos capaz era de hablar de eso con otra persona. No tenía ningún talento más que nadar, tocar el saxofón y estudiar mucho, su afán de perfeccionismo era irritante, y a pesar de ser consciente de ello no era capaz de cambiarlo. No había mucho qué decir.
Salió de sus pensamientos cuando una mano palmeó su hombro. Al darse la vuelta, un enorme par de ojos azules le estaban mirando.

—¡Chris! —Ariel, contento por cómo iban las cosas con el festival escolar, extendió los patrones del traje que tenía que coser delante de su amigo inglés—. Mira, me tocó hacer los trajes de hada para las chicas del club de literatura y un par de disfraces de diablo. ¿No están geniales? Y se ven muy fáciles.

—Sí, están muy lindos…

El pequeño pestañeó varias veces, mirándole. Christian no pudo evitar notar que tenía las pestañas muy largas y pobladas, preguntándose si a Vlad le parecerían bonitas.

—Chris, ¿qué pasa?

—Nada. ¿Por qué?

—Estás como ido… —le puso una mano en la frente para asegurarse de que no tuviera fiebre. Desde esa mañana estaba actuando muy extraño y tenía el presentimiento de era por su última charla a solas—. ¿De veras te sientes bien? ¿No quieres ir a la enfermería a recostarte un poco? Puedo tomar los apuntes por ti.

No pudo sino sonreír. Ariel era un chico demasiado bueno como para no quererlo. Le sonrió para que no se preocupara y le acarició la cabeza, dejando que se sentase a su lado.

—Nah, estoy bien. ¿Qué me decías de los trajes?

A pesar de que no le creía, Ariel lo dejó pasar porque ahora se lo veía un poco más animado.

—Que tengo que coser estos en la semana. No tengo mucho trabajo últimamente, así que tendré tiempo por las noches.

—¿No te cansa tener las horas tan cargadas de cosas? La escuela, el club, el trabajo, tus estudios de joyería, tu hermano. Y sigues agregando más cosas en tu haber, no sé cómo te da el tiempo.

—Estoy acostumbrado, me pongo nervioso cuando no tengo nada para hacer —respondió con una tímida sonrisa, mirando los trajes. Tenía tres para esa semana, si cosía un poco de cada uno todas las noches antes de irse a dormir, llegaría al domingo con tiempo. Eso sí, debería buscarse alguna hora para componer una canción para el club y practicar con el violín—. Antes lo hacía porque no me gustaba estar solo en casa, pero ahora es más una costumbre que otra cosa. Creo que enloquecería si tuviera demasiado tiempo libre.

My God, estás mal de la cabeza… ¿Y qué haces cuando tienes tiempo libre?

—Pues si Mad no está, practico con el violín, leo o me encargo de la casa.

Chris alzó las cejas. Él no se ocupaba de tantas cosas al mismo tiempo y ahora se sentía un flojo. Al mirar sobre su hombro vio a los chicos charlando tranquilamente, mostrándose los trajes que les tocaba coser. Vladimir estaba ahí, con un libro entre las manos. Ariel siguió la ruta de su mirada y al ver a los demás, en especial a Vlad, rememoró las palabras de Almudena.

—Chris… —este se dio la vuelta para mirarle, tenía las mejillas coloradas—. ¿Te molesta que Vlad ande conmigo?

—¡No! —exclamó, sintiendo que se le subía el corazón a la garganta—. ¿P-por qué preguntas?

—Siempre que ando con Vlad te pones de malas. Almudena dijo que tienes celos de mí. Entiendo que sea tu mejor amigo de la infancia pero ahora somos un grupo, Chris. No hay razón para ponerse así.

Christian, quien por un instante creyó que habían descubierto su escandalosa, terrible y vergonzosa atracción por Vlad, se desplomó de alivio contra el pupitre soltando el suspiro más largo de toda la historia. No hubiera sabido qué hacer si lo descubrían, no lo habría tolerado. Él siempre había sido tan cerrado con el tema de los gays, criado en una familia culta y religiosa, y ahora estaba aterrado de que alguien se enterara de la cruel realidad: se sentía atraído por su mejor amigo. No era algo muy nuevo, pues ya lo sentía de antes, pero el ver a Ariel admitirse a sí mismo sin ningún miedo y ver la forma en que quería a Mad le removió por dentro al punto de hacerle darse cuenta. El problema era que no quería que nadie más se enterara de su condición antinatural.

Ariel por su parte estaba convencido de que su amigo tenía zafados uno o dos tornillos cuando lo vio golpearse la cara con el escritorio, pero se mantuvo callado luego de quedarse mirándolo un minuto a ver si reaccionaba. Tenía ganas de picarlo con los dedos, no fuera cosa que estirara la pata a su lado, pero se contuvo y después de un rato decidió que lo mejor era dejarlo solo e ir a ver a las chicas. Quizás Chris estuviera pensando en sus palabras y sus amigas estaban discutiendo sobre el desfile de crossdressing. Abandonó a su amigo inglés que seguía sobre el pupitre y se sentó con las chicas, las cuales estaban sentadas en círculo en una esquina, charlando apaciblemente.

—Digo que debería usar un vestido —esa era Almudena, guardando los uniformes de camarera del café escolar que le había tocado coser—. Se vería mucho más bonito.

Sorja no estaba del todo conforme.

—No lo sé, es muy típico. La clave para ganar es usar un atuendo que llame la atención y sea original.

Se sentó junto a ellas sin que se dieran cuenta a excepción de Jessie, la niña del cabello castaño a la que le había hecho un retrato. Ella le sonrió con timidez y él le respondió también con un gesto de la mano.

—Hola —las saludó—. ¿De qué hablan?

—De lo que te pondremos para el desfile —respondió Sorja, mirando la sección de moda de unas revistas—. Pero nada de lo que vemos nos gusta…

—Ah, ya veo. ¿Y tú qué opinas, Jessie? —le daba pena que la chica se mantuviera quieta y sobrecogida sobre la silla, así que la instó a hablar con una simple pregunta —. ¿Tienes alguna idea?

—Hum… Pues creo que Sorja tiene razón, hay que usar algo muy llamativo y original. Pero no se me ocurre nada.

Los cuatro siguieron pensando un rato más, hasta que Sorja chocó las palmas y sacó de su mochila un manga que Shen le había prestado. Buscó a toda velocidad una página y se la mostró a sus amigas.

— ¿Qué les parece este vestido? Si lo combinamos con un buen peinado y maquillaje, no hay forma de que perdamos el concurso.

Las chicas se fueron pasando el manga, rumiando cosas para sus adentros hasta que Ariel pudo ver el traje por sí mismo, plasmado en el papel. Se le hacía muy emperifollado, pero bonito. Aunque no tenía ni idea de dónde diablos conseguirían un vestido así.

—Es bonito, me gusta —dijo, y eso le dio a las chicas la seguridad de haber elegido la ropa correcta.

—Es bastante llamativo —decía Almudena—. Sorja, ¿te encargas tú? Yo haré el peinado y Jessie puede encargarse del maquillaje.

—Vale. Ariel, después me dices tus medidas —el chico asintió—. ¿Crees que puedas maquillarlo, Jessie?

La muchachita miró a Ariel con los ojos muy abiertos y se ruborizó. Le daba pena tener que pintar a un chico tan bonito como si fuera una mujer pero, al menos, eso le daba la oportunidad de estar cerca de él. Balbuceando, dijo que se encargaría y que haría su mejor esfuerzo, que le dijeran los colores del vestido para hacer que todo combinara. Allí las muchachas entablaron otra discusión en la que Ariel sólo fue espectador, ya que a él le daba igual cualquier cosa que eligieran. Esbozó una sonrisa para Jessie y esta le correspondió, aunque con la cara roja. Al final, Almudena y Sorja optaron por los colores rojo y negro ya que, según ellas, causarían más impacto. Justo lo que Ariel quería, tener la atención de todo el mundo sobre él estando vestido de mujer, pero no podía decirle nada a sus amigas cuando ellas ponían tanto esfuerzo y menos cuando se enteró que Sorja cosería el traje a mano ella sola. Por lo tanto, se tragó cualquier comentario y asintió con una sonrisa antes de que los profesores y los delegados les dieran nuevas tareas para hacer.


Jean Claude Labadie suspiró de alivio. Había sido una buena sesión de fotos. Le había tocado retratar a una modelo delgaducha, alta, de rasgos afilados y porte señorial para una publicidad de vaqueros. La muchacha tenía algo de experiencia, por lo que en ese sentido no había sido un trabajo difícil, el problema era dar con el perfil apropiado para un rostro tan particular. Tuvo que probar con varias poses, distintas expresiones y tonalidades de luz para que la muchacha no tuviera aspecto de pájaro aguileño, pues así se veía. Tenía los rasgos demasiado rectos y afilados a pesar de que su boca y sus ojos eran preciosos pero, algo en su gesto o en su modo de fruncir los labios, le hacía lucir como un águila al acecho, cosa que le había complicado un poco el trabajo. Cuando terminó la sesión tuvo que citarla a un costado y hablarle al respecto para que corrigiera aquel pequeño detalle si quería seguir triunfando en el mundo del modelaje pero la muchacha, en vez de sentirse agradecida, frunció la boca como un buitre y salió disparada por la entrada haciendo sonar sus altos tacones.

¿Qué iba a hacer? Él había cumplido con su trabajo, incluso fue tan buena persona que le comunicó eso a la señorita antes que algún otro fotógrafo más popular y sin escrúpulos le hubiera remarcado lo mismo pero destruyéndole la autoestima en el intento. Él fue un caballero. Si ella se molestaba, era cosa suya.

Luego de despedirse de sus compañeros de labor, cuyos nombres se sabía casi por completo, guardó sus elementos de trabajo y se dirigió a la oficina de su superior a cobrar su paga mientras que éste le felicitaba por su labor. Estaba mejorando mucho, cada vez había más modelos y marcas dispuestas a contratarle. De hecho, tenía una pila bastante grande de pedidos para un fotógrafo que empezó hacía poco tiempo.

Jean Claude le sonrió, halagado y le pidió que le diera cuantas sesiones fuera capaz ya que tenía tiempo libre y ganas de trabajar. Eso pareció gustarle más a su superior, quien se acomodó los lentes asintiendo con una sonrisa.

Al terminar, sentía un hambre tan voraz que podría haberse comido la mesa más cercana sin ningún problema, por lo que fue a una confitería en la cuadra de enfrente y pidió el típico café fuerte de siempre más un sándwich. Repasaba su agenda para no olvidar nada, cuando le vibró el celular anunciando que tenía un mensaje nuevo. Era de Macchi.

“Lobo, ¿estás?”

Sonrió antes de contestar.

“Estoy en el Galo, la confitería frente a La Mode. ¿Te pasas?”

“Dame cinco minutos y ahí me tienes”.

Al final fueron veinte minutos y medio, pero Mad siguió esperando entre café y café. Cuando Macchi se apareció en la entrada del Galo casi se atraganta al ver cómo iba vestido. Tenía puestos unos vaqueros tan ajustados que podían identificarse sus órganos, una camisa de seda color marrón con los primeros botones abiertos para exponer su pecho lampiño, el cabello suelto, un morral y unas joyas para completar el conjunto. Llamó tanto la atención que unos cuantos presentes se dieron la vuelta para mirarle.

“Bueno, al menos no está usando una camiseta con inscripciones”. Pensó, mirándole con tanta paciencia que no le cabía en el cuerpo. Ya estaba más que acostumbrado a los desmanes de Masaaru.

—Hola dulzura, perdón por llegar tarde —el joyero apoyó ambas manos en la mesa, se reclinó para darle un pico en los labios antes de que Mad pudiera reaccionar, y se sentó casi al instante—. Es la primera vez en veintisiete años que soy impuntual. ¿Qué cosas, no?

—¡Masaaru! —jadeó, poniéndose colorado como cuando terminaba de afeitarse. Suspiró, volvió a tomar la taza y le sonrió—. Si vas a empezar a mentir sobre tu edad, yo diré que tengo veinte, Macchi. Todo el mundo sabe que eres mayor que yo.

—¡Chssst! Nunca, jamás de los jamases, digas algo semejante en voz alta. Tengo que aprovechar al máximo el verme más joven de lo que en realidad soy, gracias a la sangre asiática de mi madre, que Dios la bendiga.

—De acuerdo, de acuerdo. Juro que no volveré a decir nada semejante si tú me cuentas por qué llegaste tarde. ¿Sabes cuantos café me he tomado mientras tanto? Ahora estaré hiperactivo y no podré dormir.

Jean Claude supo que no había dicho lo correcto cuando Leigh, apoyando los codos en la mesa y el mentón en el dorso de sus manos entrelazadas, esbozó esa sonrisa ladina y algo torcida que hacía siempre que pensaba en alguna guarrada.

—Oh, ¿en serio? Eso quiere decir que Ariel tendrá que agradecérmelo mucho mañana.

—¡Macchi! —sintió que se ponía de todos los colores y apretó un poco más fuerte el asa de la taza, tratando de no imaginarse nada—. No seas degenerado, ¿quieres?

—Pero es la verdad, ¿qué otra cosa puedes hacer de noche?

—Trabajar.

Masaaru rodó los ojos.

—Me refería a algo divertido. ¿Qué mejor que un rapidito en una larga jornada nocturna? Te saca los nervios, te relaja, te hace sentir bien, deja tu piel suave y te ejercita. Pronto vas a dejar de ir al gimnasio, ya verás.

—No lo haré —de hecho, tenía que ir más seguido para descargar adrenalina allí—. Y créeme que prefiero trabajar... Entre Ariel y yo no pasan cosas como esas… todavía.

—¡No! ¿Aún? Con lo mal atendido que venías con Josh, los no se cuántos meses de abstinencia por tu herida, ¿y aún nada? —alzó las cejas al ver cómo la cara de Mad iba subiendo en tonalidades y creyó comprender, inclinándose un poco más hacia él en un tono más bajo y con la sonrisa intacta—. ¿O es que ha pasado algo? Anda, Mad. Sabes que puedes contarme.

—No ha pasado nada —sentenció, tajante, y se bebió el resto del café. Pero Macchi conocía a Mad de hacia años, sabía que en cuanto dejara la taza sobre el posa vasos escupiría todo sin siquiera tener que pedírselo. Dicho y hecho, al terminarse la taza soltó un largo y lamentable suspiro, miró hacia ambos lados, y susurró—. Ha pasado algo… Pero no es la gran cosa.

—¿Ah sí? ¿Y qué pasó?

—Nos besamos —Macchi enarcó las cejas. La forma en que se mordía los labios le dijo que quería reírse pero que no se atrevía a hacerlo en su cara—. Y dormimos juntos —allí la burla en el rostro ajeno fue remplazada con sorpresa y admiración, incluso silbó, asintiendo con la cabeza, y escuchó esperando el resto de la historia—. Ariel me pide que lo bese todo el tiempo y fue él quien se metió en mi cama al principio. Desde que lo hizo, dormimos juntos, me abraza o se apoya sobre mi pecho y no me suelta hasta que se despierta.

—Mmmh, qué interesante. ¿Y eso te pone loco, no?

—No, ¿eso crees? —respondió irónico—. ¡Claro que lo hace! Quiero avanzar pero me parece demasiado pronto. Creo que debo esperar un poco más.

—Te diría que estás loco, pero creo que haces bien —Mad, incrédulo ante lo que oía, se le quedó mirando con la boca abierta completamente inmóvil por tanto tiempo que Macchi se sintió incómodo y carraspeó. Es que no era para menos cuando semejantes palabras sensatas provenían de su boca.

—Masaaru Leigh, ¿estás sedado? —preguntó Jean Claude, creyendo que en cualquier momento caerían meteoritos del cielo—. Sea lo que sea que estés tomando, estás empezando a preocuparme.

—¡Oye! Que yo también puedo ser serio a veces. Además, no me estoy sedando —alzó la cabeza, orgulloso—. Sólo tuve un rapidito con mi chico en el auto antes de venir aquí.

Bad Mad se replegó dentro de la mente de Jean Claude.

Too much information” masculló, en ingles, antes de arrebujarse en su silla y temblar como si hubiera visto al Diablo. Mad, por su lado, sólo suspiró. Ahora sabía por qué estaba tan alegre y por qué había llegado tarde. Empero, a pesar de la mueca de Mad, Macchi siguió hablando como si nada.

—Es natural que hagan esas cosas ahora que son pareja. No tienes por qué apresurarte. Sólo dale besos, tantea el terreno y habla con él. Ya verás como así te sentirás menos culpable.

Siempre me siento culpable”. Pero aún así, contra todo pronostico, la idea de Macchi era buena. No estaba mal si lo hablaba con Ariel, si lo consentía con besos y mimos hasta saber qué tan lejos podía llegar con él e ir desenvolviéndose sexualmente poco a poco. Al tener estas ideas más claras, su mente se relajó, el corazón dejó de pesarle en el pecho por la culpa y la sombra en su rostro desapareció hasta quitarle unos años de encima, pues ya se sentía con la entereza suficiente para asumir su papel tanto como pareja de Ariel como el de su iniciador. Ahora se sentía ligero, incluso feliz. Pero había un problema que su Doppelgänger le hizo notar.

“¿Cómo diablos piensas dar un paso en ese sentido cuando ni siquiera pasas tiempo con él? Estás todo el día trabajando, casi ni te ve en la casa”.

Darse cuenta de eso le hizo poner mala cara. Su compañero de merienda se estaba pidiendo un chocolate suizo mientras devoraba a uno de los meseros con la mirada y suspiraba como quien desea algo que no puede tener, antes de darse cuenta de que Mad estaba con los cables torcidos. Se enderezó sobre su asiento con una sonrisa y le miró.

—¿Y ahora qué te pasa?

—Creo que he estado descuidando a Ariel —dijo, rascándose la barbilla mientras buscaba alguna forma de compensárselo. Darle un regalo podría ser tanto bueno como malo, dependiendo de cómo se sintiera su niño—. No he hecho más que trabajar y sólo lo veo en las mañanas.

—Eso está muy mal, Maddy. ¿Y si piensa que lo engañas?

Jean Claude palideció.

—¿Crees que lo haga?

—Ay Dios… —puso los ojos en blanco, rezándole a todos los dioses que conocía—. A ver, ¿por qué trabajas tanto si se puede saber? —Jean Claude se lo explicó pero, a medida que veía las expresiones que su amigo y ex amante ponía, iba sintiéndose cada vez más idiota, como si sus razones para trabajar no tuvieran fundamento basado en lógica alguna—. El chico gana su propio dinero, ¿y tú te deslomas para mantenerlo? ¿No te parece que tu hadita pondrá el grito en el cielo cuando se entere?

Debía reconocer que lo había pensado, pero no podía evitar el querer hacer todo por él. E intentó justificarse de nuevo hasta que Masaaru Leigh le dio un zape en la cabeza, lo sentó y le explicó todo palabra por palabra como si fuera un crío. Le dijo que no fuera un cabezota y que antes de pensar estupideces tenía que sentarse y hablarlo con Ariel, que para eso eran una pareja seria, maldita sea, y eso era lo que hacían las parejas serias: decidían y discutían las cosas juntos. Además, Ariel era un chico maduro e independiente, seguro que lo dejaría sin sentido si supiera que lo descuidaba por una nimiedad como esa. A cada palabra, Mad asentía y se repetía en su mente hacerle caso, pero la verdad era que le costaba mucho no ser así aunque supiera que Macchi tuviera razón, decidió que esa noche hablaría con Ariel como debía ser y rogaba por que no se enojara.

—Gracias Masaaru. Creo que necesitaba un buen consejo de amigo —dijo cuando Macchi se quedó al fin sin aire de tanto hablar, esbozándole una sonrisa—. Te compraré el mejor pastel de cereza de la confitería La Bond, ¿qué te parece?

—Perfecto. Ahora, ya que terminamos contigo, ¿me dejas mostrarte lo que les compré a mi chico y a ti?

Mad asintió, dejando que un muy alegre Macchi le mostrase ropa ajustadísima y provocativa que él nunca se hubiera puesto, toda para el novio nuevo de su amigo. Incluso le mostró algunas prendas hechas en cuero negro y un par de "juguetes" que deseó no haber visto ya que le traía imágenes nada santas de él mismo y Ariel. Cuando Macchi se quedó contento, le dijo que iba a mostrarle su regalo y le tendió un paquete con una camisa dentro. Era de tela elástica, blanca y tenía un estampado. En él se veía una gallina siendo acogotada por una mano y debajo la muy poética frase: Don’t choke the chicken.

El asiático se veía feliz por su regalo.

—Para ti, por tu nuevo noviazgo.

Y Mad quiso molerlo a golpes.


—Ariel, ¿me acompañas a la librería de la estación?

El muchacho alzó la vista de su mochila a la que había estado acomodando para irse a casa. Todavía no había decidido si ir a ver a Angelo o no, ya que Vladimir se le había presentado de golpe con aquél pedido.

Esa tarde había sido muy movida. Luego de las pocas clases que tuvieron y las muchas horas libres donde se la pasaron debatiendo sobre el desfile, haciendo preparativos, yendo y viniendo por toda la escuela cruzándose con los profesores y alumnos de otras clases, el grupo de amigos se dedicó a pasar tiempo en las actividades extracurriculares de los otros. Fue una lástima que el club de cocina de Sorja estuviera clausurado hasta que regresara el profesor, pero ver a Giovanna bailar al ritmo de las Destiny’s Child fue muy divertido. Claro que lo mejor pasó en la clase de Tae-kwon-do de Almudena. A Ariel siempre le había encantado la precisión y la rapidez con la que los cuerpos debían moverse en una lucha que podía llegar a ser mortal si uno no tenía el cuidado suficiente o no respetaba las reglas, tenía pinta de ser un deporte bastante liberador y a él le hubiera gustado practicarlo de no saberse un total inútil para cualquier deporte que no fuera el fútbol. Le gustó ver a los chicos y chicas del club de baile moverse al ritmo de la música por sobre el piso de madera y las paredes cubierta de espejos, tanto que le dieron ganas de bailar, pero no pudo evitar animar a Dena a gritos cuando le vio patear traseros por todo el gimnasio.

Cuando terminaron ambas clases el grupo permaneció junto, charlando sobre lo que le habían parecido mientras que las señoritas en cuestión se duchaban y cambiaban, hasta que ellas regresaron y se unieron a la charla unos minutos antes de irse, porque se les hacía tarde. Poco a poco, todos fueron retirándose excepto Christian que iba a pasar tiempo en la biblioteca del colegio. Finalmente le tocó el turno a Ariel, quien ya no tenía ni ganas ni tiempo como para quedarse en la escuela, aunque Chris le hubiese ofrecido quedarse con él un tiempo más. Por ello se sorprendió cuando Vlad se le apareció en medio del salón casi vacío, preguntándole si quería acompañarlo, pues él creyó que se quedaría con Christian.

—¿No vas a quedarte? —preguntó sin poder evitarlo, poniéndose la mochila en la espalda. El joven, con una sonrisa alegre, movió la cabeza a los lados de tal forma que los cabellos se le despeinaron un poco y Ariel se los acomodó—. Supongo que no hay mucha diferencia, después de todo son sólo unas cuadras.

—Y de ahí vas derechito al hospital.

Eso era algo bueno también, a pesar de que no había decidido aún. Decidió tomarlo como una señal para ir a ver a su hermano.

—Vale, te acompaño. Pero, ¿para qué vas a la estación? El bus que te deja en tu casa puedes tomarlo aquí enfrente.

—Ah, es que no voy por eso —respondió Vladimir, poniendo ese tono misterioso que siempre ponía al hablar cuando quería hacerse el interesante, al tiempo que salían del aula caminando muy juntos. Vlad tenía la manía de hablar en voz un tanto baja cuando contaba cosas importantes y Ariel se había acostumbrado a hacer lo mismo con él, al punto de acercársele demasiado ni bien lo veía para poder oírle—. Enfrente de la estación hay una librería de segunda mano donde se pueden vender, comprar y canjear libros.

—Y quieres comprar uno, ¿eh?

—Sí y no —a medida que caminaban, iban alejándose del salón por el largo pasillo que iba hacia los casilleros personales y luego a la entrada de la escuela—. Mamá me envió el segundo libro de Dan Brown por encomienda pero ya lo conseguí aquí. Y como no puedo devolvérselo, lo mejor es canjearlo. Pienso comprarme un thriller o uno de ciencia ficción con experimentos genéticos en humanos.

Una lánguida sonrisa divertida fue iluminando el rostro de Ariel, a la vez que los dos pasaban junto a grupos dispersos de chicas y chicos que se reunían a charlar frente a los casilleros. Algunas niñas los miraron a él y a su amigo, cuchicheando por lo bajo con una sonrisa un tanto cómplice que no lograba entender… Pero como no parecían detestarle como en los viejos tiempos ni le miraban con desprecio lo dejó pasar, concentrándose únicamente en Vlad mientras las esquivaban. Ya sabía lo que su amigo quería.

—Quieres que te ayude a escoger.

—Por supuesto, cuento con tu criterio. Además, nunca pude terminar de contarte de qué va la novela.

—La de los vampiros y los humanos que deben luchar en conjunto contra un inmenso clan de demonios para poder sobrevivir, ¿cierto? —Vlad asintió, brillándole la cara de orgullo al ver que recordaba—. Pues cuéntame, que se oye la mar de interesante. ¿Habrá muertes? ¿Sangre? Dijiste que iba a haber un par de historias románticas de fondo.

—Oh sí, pero no demasiadas. No quiero que se convierta en una novela rosa ni que se desvié la atención del tema principal: ¡La sangre! De hecho —agregó el chico polaco, acomodándose el cabello tras las orejas y la mochila en los hombros—, tú me inspiraste para una de esas historias.

¿Excusa?

—Pues sí —llegaron a la entrada en ese momento, tuvieron que esperar medio minuto para poder pasar ya que un gran grupo de chicas estaban arrejuntadas allí esperando a otro grupo de muchachas, al parecer, con intenciones de molerse a golpes mutuamente y arrastrarse de los pelos como hacen todas las niñas ricas de su edad—. La historia de amor entre un vampiro y un humano, ambos hombres y uno de ellos siendo mucho más joven que el otro. ¡Es perfecto! Aunque aún no decido quién es quién, porque no he llegado a esa parte. Pero ya tengo escrito el capítulo en que los demonios abren las puertas del inframundo para poder invadir la tierra y…

El más joven, enrojecido hasta la médula, agradeció de todo corazón que nadie anduviera escuchando y se resignó de decirle algo a su amigo porque sabía que era en vano. Vlad siempre se salía con la suya, de alguna forma se las arreglaba para convencerte incluso de que la tierra no era redonda y que no giraba alrededor del sol. Sus ojos dulces y picarones, mezclados con su risa pronta, su sonrisa bonachona y esa actitud despreocupada a pesar de analizarlo todo a su alrededor lograban que fuera imposible enojarse con él o contradecirle. Por ende sólo se dedicó a escucharle atentamente, imaginándose cada escena en su cabeza mientras que Vlad le describía todo haciendo gestos con las manos y caras, cambiando el timbre de su voz cuando los momentos se hacían más o menos intensos. Era fácil olvidarse de lo que tenían que hacer cuando Vladimir le estaba contando una historia.

De lo que ninguno se percató fue que, desde lo alto y a través de una de las ventanas de la biblioteca, un par de ojos furibundos los persiguieron hasta que se perdieron de vista.

Al final, y luego de elegir entre cuatro libros interesantes, su amigo se quedó con una de las novelas de Michael Crichton, jurando prestársela en cuanto la terminara. Ariel le agradeció el gesto pero aún no se había terminado los últimos dos que había comprado con el dinero de su último trabajo así que iba a tener que esperar. Durante el rato en que Vlad estuvo escogiendo a los candidatos para ser el reemplazo del libro que le dio su madre, Ariel aprovechó para mandarle un mensaje a Mad y avisarle que al fin de cuentas sí iría a ver a su hermano. Él podía acompañarle si no estaba haciendo algo muy importante o esperarle en casa. No iba a tardar demasiado porque seguramente Tabatha y Eros estarían ahí.

Sin embargo, mientras acompañaba a su amigo a la parada del autobús, el celular de Ariel vibró y sonó con el tono especial que había puesto para Mad.

“Estaré ahí enseguida”.

Tras despedirse de Vlad, Ariel comenzó a caminar las cuadras que lo separaban del hospital Sagrado Corazón para darle tiempo a Mad de llegar y, de paso, comprarse algo para picar en el camino porque estaba que se comía una vaca él solo. A pesar de que visitar a su hermano sabiendo que quien decía ser su padre y la loca que tenía por esposa estaban ahí le provocaba mucho pesar, saber que Mad lo acompañaría aliviaba esa pena y le hacía sentir mejor. Mad siempre le hacía sentir mejor. Le daba fuerza para enfrentarse a cualquier cosa y era la única persona con la que podía llorar abiertamente sin sentirse un idiota, cosa que le gustaba y le daba algo de pena al mismo tiempo. Ariel era consciente de que si Jean Claude estaba ahí podía hacerle frente a todo, incluso al desprecio de su hermano pequeño.

Cuando al llegar al hospital y se encontró con el Sedan limpio y reluciente no pudo evitar reírse por dentro al recordar la broma que le había hecho a su novio, pero se olvidó de ello al verlo apoyado contra el capó, sonriéndole de esa manera que le aceleraba el pulso. Corrió hacia él tratando de no verse demasiado ansioso, de que Mad ni nadie notara los deseos que sentía de abrazarlo, y se detuvo a dos pasos con la respiración agitada y una radiante sonrisa.

—Viniste.

—Prometí que te acompañaría, ¿cierto?

—Sí, lo hiciste —reconoció, soltándose el cabello y quitándose el blazer de la escuela—. Es bueno ver que te acuerdas de algunas cosas para variar.

Jean Claude había ido a las corridas al hospital cuando recibió el mensaje, temeroso de dejarle solo con ese desalmado que su niño tenía por hermano. Había dejado plantado a Macchi, lo cual era casi como venderle el alma al diablo, pero Ariel era demasiado importante como para temer a las represalias de su ex pareja. Todo el tiempo creyó que Ariel estaría decaído, quizás triste, y terminaba encontrándoselo de tan buen humor que le hacía bromas. Por dentro se pateó mentalmente debido a su estupidez, soltando un suspiro de alivio antes de seguirle el juego.

—Ah, ¿con que ésas tenemos? Es difícil recordar cosas cuando uno no tiene una cámara en la cabeza pero déjame decirte que tus métodos anti olvido son muy efectivos.

—A que lo del coche no te lo esperabas.

—Casi me da un infarto —tuvo que reconocer, al tiempo que soltaba una carcajada y le quitaba el blazer educadamente para doblarlo y llevarlo en sus manos. Puso el seguro del coche antes de separarse de el, encaminándose con el chico al hospital y chasqueando la lengua en un intento por fingirse decepcionado—. Fue una broma muy pesada, hacerme andar por toda la ciudad con esos escritos en mi pobre y adorado coche.

—Pero funcionó, ¿no? Y sólo para que lo sepas, ya estoy pensando en cómo hacer para que laves la taza cuando tomas café por las noches.

—¡Oh no! —exclamó llevándose una mano a la boca y la otra al pecho en teatral ademán—. ¿Qué es lo que planeas, pequeño travieso endemoniado? Ahh, ya me veo sufriendo la peor de las desdichas.

Ariel se rió a carcajadas, haciendo que los ojos de Mad brillaran de placer. Al chico le encantaban esas peleas ficticias y a Jean Claude hacerlo reír, por lo que siempre estaban “discutiendo” de alguna u otra manera. Las enfermeras de la recepción recibieron a Ariel con una sonrisa al reconocerlo cuando éste les preguntó si podía pasar a la habitación de su hermano. Ambas, con las manos llenas de papeles, le dijeron que sí podía y que la doctora Swovski ya estaba ahí dándoles el parte médico a sus padres. Jean Claude fue el único que notó la mueca de asco del jovencito al oír esas palabras pero no dijo nada, no al menos hasta que se metieron solos en el ascensor y pudo tomarle de la mano sin que nadie le viera. Algo le decía que aquella no iba a ser una muy buena tarde.


¿Petit? ¿Te encuentras bien?

En efecto, la visita al hospital había resultado ser un desastre. Al principio Angelo los había recibido bien, comentando con su hermano sobre el desfile de modas que en contra de todo pronostico, sí vio. Incluso se pusieron a charlar en italiano bajo la mirada alegre de Mad, feliz al ver a Ariel al borde de tocar el cielo con las manos, pero todo se fue al reverendo carajo cuando aparecieron Eros y Tabatha. El ambiente se puso tenso al instante. La mujer de Eros era una tipa desagradable. Portaba una falsa sonrisa de aprecio que se convertía en una mueca de odio total al ver a Ariel, un odio tan profundo que parecía deseosa de apuñalar al muchachito con sus propias manos. Tenía los ojos revueltos, furibundos, cosa que a Jean Claude no le gustaba para nada… Vestía trajes de un rosa chicle muy vulgar, usaba unos zapatos horribles y llevaba el pelo canoso y el rostro sin maquillaje, lo cual la hacía ver más fea y más vieja de lo que en realidad era.
“No” pensaba Mad. “Esa mujer nació fea y desgraciada, por eso odia a Ariel”.

Estaba convencido de que envidiaba la belleza del niño. Ella con sus hombros anchos y rectos como de hombre, su nariz prominente, su cabello seco y esa cara larga como de caballo no podía haber enamorado a su esposo nunca. Eros no se quedaba atrás, con su cara de piedra, esas facciones duras y rectas, tan tieso todo el tiempo como si estuviera hecho de guijarros, que no podía imaginárselo dándole alguna demostración de afecto a su hijo o a la que alguna vez fue su amante, la madre de Ariel.

Eros puso una expresión extraña al ver a Ariel sentado junto a su hermano en la cama, con el uniforme del colegio puesto y el cabello algo despeinado gracias a que Angelo había estado removiéndoselo. No pudo saber qué sentimiento quiso mostrar el padre de su hada con esa cara, pero algo en ella no le había gustado nada. Le chocó más que el obvio rencor que vio en los ojos de Tabatha. Casi al instante la actitud de Angelo se volvió más fría. El padre de los chicos le dio una caja gigantesca al pequeño, tan larga que tuvo que apoyarla sobre sus piernas para poder manejarla mientras la abría. Dentro, había un teclado a batería.

Angelo pareció ofendido y agradecido, todo mezclado. Le dijo a su padre, ése que le observaba con cierto brillo en los ojos, que le agradecía la molestia pero que no era él quien tocaba el piano, sino Ariel, pues su mamá no le enseñó música, prefirió dejarle practicar los deportes que quiso.
En aquellas palabras Jean Claude pudo notar cierto tono de reproche. Fue testigo de cómo la alegría de su novio fue desvaneciéndose cada vez más, como una vela al borde de apagarse, hasta que su hermano le pidió que tocara para él. Como era de esperar, Ariel lo hizo. Cerró los ojos y tocó una sonata sumamente hermosa y bella, una que jamás había escuchado en sus casi treinta años de vida. A su vez, cada nota tenía cierto atisbo de soledad y desamor.

—Es una canción que compuso mi madre. La tocaba cada vez que estaba triste —explicó el niño apenas terminó la canción, mirando fijo a su padre.

La reacción fue terrible. Eros se puso de pie de inmediato, huyó a los trompicones del salón seguido por los chillidos de su mujer, quien en un ataque de histeria comenzó a gritarle los peores insultos a su niño y lo echó a patadas del cuarto, del hospital y de cualquier sitio en diez kilómetros a la redonda a pesar de que la doctora Swovski y las enfermeras intentaron calmarla sin éxito. El resultado: Mad y Ariel regresaron a casa en total silencio. Jean Claude, a pesar de no poder mirar mucho al jovencito, sabía por los leves sonidos que hacía que estaba llorando, al punto en que apenas regresaron se metió a su cuarto a las corridas y no volvió a salir.

Lo dejó solo al principio, pensando que quizás así su niño se calmaría y podría ir a consolarlo. Pero luego de que no abriera la puerta por más de una hora comenzó a preocuparle de verdad. Queriendo hacer una cosa tierna para él, decidió hacerle la merienda. Preparó el té de canela que tanto le gustaba, hizo tostadas, puso mermelada y mantequilla, también las nuevas galletas de chocolate que el niño había comprado en el supermercado el día anterior. Cuando todo estuvo preparado, se acercó muy sigilosamente al cuarto de Ariel y golpeó la puerta, pero no recibió respuesta. Ahí estaba él, de pie frente a la puerta de su novio, que debía estar llorando desconsolado. Volvió a preguntar por cortesía antes de, al ver que seguía todo en silencio, tratar de abrir la puerta y comprobar que no estaba cerrada con llave.

—Ariel, cariño… Acabo de preparar el té —musitó, entrando de a poco al cuarto por temor de importunarle. Estaba preocupado por él, pero la verdad era que no quería molestarle tampoco. El cuarto de su hada estaba casi oscuro de no ser por la luz de la lámpara de noche que estaba encendida, en la cama estaba su novio con algo entre sus brazos, convertido en un ovillo. Llorando en silencio, Ariel tenía la vista clavada en la puerta por donde Mad había entrado pero algo le decía al fotógrafo que ni siquiera estaba viéndole. Sus ojos azules, normalmente brillantes, estaban turbios y enrojecidos por las lágrimas que dejaron sus mejillas con caminos húmedos de agua salada—. Ariel…

Jean Claude fue acercándose de a poco a él hasta poder sentarse a su lado, sintiendo cómo la cama se hundía más bajo su peso. Ariel llevaba entre sus manos un marco con una foto de él con su primo y Angelo, los tres llenos de tierra y con la mitad del cuerpo metida en una piscina de lona algo vieja. Debía de ser un recuerdo de los viejos tiempos. Suspirando, el fotógrafo comenzó a acariciarle la cabeza en un intento por consolarle.

Je suis désolé, mon petit. Ha sido una tarde horrible.

—Está bien. Fue culpa mía de todos modos.

—No digas eso… —susurró, sintiendo que le dolía el pecho al verlo así. Como todas las veces en que lo contempló llorando, el ver a su hada en aquel lamentable estado le producía dolores en el pecho como si le golpearan allí varias veces y no pudiera respirar. Se inclinó sobre él para rodearle con sus brazos y apretarlo contra su cuerpo en un abrazo fuerte, arreglándoselas para acomodarse en la cama de forma que no lo aplastara con el peso de su cuerpo—. Tú no tienes la culpa de nada, ellos son los cavernícolas.

—No, de verdad tengo la culpa —insistía Ariel, dando la vuelta para tenerle de frente y esconder el rostro en su pecho. Siempre que buscaba cariño o protección hacía ese gesto y Mad lo sabía, por lo que comenzó a acariciar sus cabellos y su espalda en un intento por reconfortarle—. Toqué esa canción a propósito.

—¿Cómo que a propósito? ¿Por qué?

—Eros sabe qué significa esa canción. Mamá la tocaba cuando estaba triste por su culpa y él lo sabe, la ha oído varias veces. Por eso toqué esa canción, para que sintiera culpa.

—Ariel…

—Él se lo merece —concluyó el chico, escondiéndose un poco más antes de alzar la vista. Sus ojos refulgían de rabia—. Él tiene la culpa de todo. Si pudiera castigarlo de alguna manera, lo haría…. Le odio, Mad.

Jean Claude comprendía. Después del todo, Ariel tuvo un lazo muy fuerte con cada miembro de su ahora casi desaparecida familia, y tenía a su madre endiosada, subida a un pedestal. Si él la hubiera tenido, también sería como una deidad para Jean Claude. Y el hecho de que su madre viviera por Eros, que llorara por él, que nunca pudiera dejarle y encima que sufriera ese accidente por ir a verlo en vez de quedarse a celebrar su recuperación con sus hijos era motivo más que suficiente para que su novio odiara a quien era su padre. Un padre que no lo reconoce, que no lo quiere, que jamás estuvo ahí para él. Aún así, dijo lo que le pareció más correcto.

—No está bien odiar a tu padre Ariel.

—¿Tu no odias al tuyo? Sé que no se llevaban bien y que te obligó a estudiar arquitectura. Alex me contó que él los golpeaba, que se embriagaba.

Aquello fue como meter el dedo en la llaga.

—No estamos hablando de mi padre, Ariel.

—¿Lo amabas? —preguntó sin inmutarse ante el tono ahora gélido de su voz.

—Ariel…

—¿Lo extrañas? Si no me respondes es porque no lo haces y no me lo quieres decir. Deberías entenderme.

Mad suspiró. A veces Ariel era bastante suspicaz.

—Te entiendo, cariño. Es sólo que eres muy pequeño para albergar esa clase de emociones tan feas y no quiero ver que te pongas mal por esos gusanos. Ni él ni esa loca te merecen, eres demasiado para ellos. Incluso para Angelo. No llores por quienes no te aprecian, mon amour —dijo, ahora más suavemente, llenándole la frente de pequeños besos al tiempo que lo abrazaba más fuerte—. Yo estoy aquí para ti.

—Lo sé. Ya no estoy llorando —el chiquillo dejó la foto a un costado para poder abrazarle. Sólo con tener a su novio cerca, sentir su perfume y su calor, bastaba para deshacer el frío que le carcomía por dentro luego de esas luchas en el hospital—. Gracias, Maddy.

—No me agradezcas. ¿Ya estás mejor? —Ariel asintió. No tenía caso seguir sintiéndose mal, pues ya había descargado todas las lágrimas que tenía dentro. Mad sonrió—. Me alegro, porque te preparé el té y no sería bueno que comieras el pan tostado todo mojado por lágrimas, ¿no crees?

Ariel hizo un mohín.

—Eso no es gracioso. Pero ya no lloraré más, ya me descargué. Gracias por venir a consolarme, Mad. Perdóname por haberte preocupado.

El arquitecto, feliz con el mero hecho de que su niño ya no estuviera tan triste, lo apretujó un poquito más contra su pecho y le dio un pico en los labios al tiempo que le negaba con la cabeza. Podía llorar todo lo que quisiera con él porque siempre estaría ahí para consolarle, así que no tenía por qué preocuparse. Ariel le respondió con una sonrisa, tomándole la mano mientras que Mad lo llevaba a la cocina. Ahora se sentía un poco mejor aunque estaba avergonzado, la verdad era que no le gustaba llorar y Mad era la única persona que le había visto derramar lágrimas y pedir auxilio desde el funeral de su mamá. Llorar le hacia sentirse débil pues había aprendido que sin importar cuántas lágrimas derramase nadie iría a rescatarlo ni nada se solucionaba con llorar, pero cuando estaba con Mad tenía la sensación de que podía llorar y angustiarse todo lo que quisiera porque él lo consolaría sin decir nada. Verse débil ante su primo y su madrina lo aterraba, con Mad no.

El arquitecto aún seguía algo preocupado, por lo que se la pasó haciendo bromas y contando cosas graciosas que había hecho con su grupo de amigos en la escuela para contentar a Ariel, cosa que al chico no se le pasó por alto y le hizo alegrarse todavía más al darse cuenta de que Jean Claude estaba tratando de hacerlo sentir bien. Se comió las galletitas de chocolate con gula, riéndose a carcajada limpia cada vez que Mad hacía algún chiste por más tonto que fuera, contándole luego cómo iban las cosas en la escuela con respecto al festival. Terminada la merienda, Ariel le dio de comer a los perros mientras que ambos charlaban sobre la cena. Jean Claude, pragmático, decidió que no quería que su hada se acercara demasiado al fuego o los cuchillos estando tan triste y prefirió pedir comida a domicilio en esa ocasión. Ariel no se negó, a pesar de que se sentía lo bastante bien para cocinar porque estaba haciendo bastante calor y no quería pasarse una hora delante de las hornallas encendidas.

Con el aire acondicionado prendido, los dos se sentaron en el cuarto de estar. Mad, leyendo, Ariel, cosiendo. Ambos en perfecto silencio, mirándose de vez en vez con una sonrisa pintada en el rostro al darse cuenta de que podían estar callados sin sentirse incómodos el uno con el otro.

—¿Esos son los trajes que tienes que hacer para el festival? —preguntó Mad, apartando la hoja del libro.

—Ajá, ¿no son lindos? Tuve tiempo de conseguir tela y hacer los cortes durante las horas libres en la escuela, pero mañana tendré que ir a una mercería a buscar más.

—Trata de no obsesionarte con eso, que eres capaz de quedarte despierto toda la noche.
Ariel enarcó una ceja dejando la labor sólo para cruzarse de brazos.

—¿Ah sí? Pues miren quién habla, el señor “No duermo en una semana”. Últimamente te la pasas trabajando hasta muy tarde y te encuentro medio muerto sobre tu escritorio. ¿Qué pasa Mad?

Quiso esquivar la bala, pero Ariel no se lo permitió de ningún modo. No era tonto, sabía que estaba pasando algo detrás de los apretados horarios de Mad.

—¿Mad, me estás tomando el pelo? Vamos, dime qué pasa. Es por el dinero, ¿cierto? —dijo el más joven, en lo que fue más una confirmación que una pregunta.

Mad quería negarlo con todas sus fuerzas pero Ariel ya le había refutado cada mentira, cada argumento y lo estaba dejando por completo desnudo. Tampoco le sabía bien mentirle, por lo tanto terminó suspirando.

—Sí —respondió, mirándole directamente.

Se odió a sí mismo al ver la cara de Ariel, incrédula, y volvió a odiarse pues no pudo mantenerle demasiado la mirada.

Creyó que Ariel se enfadaría. Intentó enfocar los ojos en otra cosa, como en una de las lámparas encendidas cuya luz a veces disminuía. Al parecer había baja tensión, tendría que ir a buscar las velas por las dudas de que se cortara la luz. Estaba esperando algún grito o una queja, mas Ariel sólo se acercó y se sentó en silencio a su lado mirándole a la cara a pesar de que Jean Claude no podía mantenerle la mirada.

—Mad, ya te dije que voy a pagar la mitad de todo, así que puedes dejar de trabajar tanto. No me gusta ser mantenido por ti, me hace sentir como uno de esos… esos… ¿Se les dice sex toys?

—Tú no eres ningún juguete —graznó Mad, sintiendo que se enfurecía ante la idea de que Ariel se considerase a sí mismo de esa manera—. Nunca vuelvas a decir algo semejante, Ariel. Te amo y quiero que seas mi pareja.

—Trátame como a tal entonces. Porque a mi entender una pareja está basada en una relación de confianza e igualdad, ¿no? Y yo quiero ser considerado igual a ti, pero pareciera que me ves sólo como un niñito que debe ser cuidado y mantenido. Me gusta que me protejas Mad —agregó Ariel, tomándole la mano con tanta suavidad que Jean Claude se sintió derretir por dentro—, pero esto que haces no es protegerme.

Era cierto, si lo mantenía de esa manera no estaba protegiéndolo, sólo estaba colocándolo en un pedestal en el que Ariel no quería estar. Macchi tenía toda la razón: Ariel era un chico maduro, serio, y no quería que su pareja, quince años mayor que él, le pagara todo como si fuera un mantenido, porque eso no los volvería una pareja. Más bien sonaba a transacción, Ariel le daba lo que él necesitaba a cambio de su dinero. La sola idea le dio asco.

—Lo siento, Ariel. No quería ofenderte.

Para su sorpresa, su hada se rió y lo abrazó de tal manera que quedó acurrucado contra su pecho.

—No me has ofendido, tonto. Pero estaba empezando a sentirme muy solo aquí en la casa, ya casi ni te veía.

—Perdóname, cariño. No sé qué tenía en la cabeza, pensé que era mi deber cuidar y velar por ti.

—Humm… —fingiendo hacerse el pensativo, el pequeño se sentó sobre sus rodillas y le rodeó el cuello con ambas manos—. Pero eso es lo que hace un padre, no un novio. Yo quiero que me cuides pero que lo hagas como mi novio. ¿Entiendes? —Mad asintió—. Menos mal, porque no tengo ni la menor idea de cómo tiene que ser un novio. Más te vale que empieces a enseñarme.
Entonces Jean Claude soltó una estertórea carcajada, sintiéndose más tranquilo que antes y un poco idiota a la vez. La mayoría del tiempo se sentía como un niño o un adolescente en su primer noviazgo cuando estaba con Ariel cuyos razonamientos y formas de ver una relación en pareja le hacían preguntarse dónde diablos tenía escondidos los catorce años esa criatura o dónde tenía él mismo los treinta años que estaba por cumplir. Cuando terminó de reírse, aprovechó la ocasión para jugar con los cabellos de su novio, disfrutando como siempre de su suavidad y de la manera en que se deslizaban entre sus dedos, como si estuvieran hechos de fina seda.

—Parece que tendré que hacer un muy buen trabajo y enseñarte bien, ¿cierto?

—Eso creo… —susurró el niño, afianzando el agarre de su cuello. Jean Claude sonrió, era obvio por el rubor de sus mejillas que a Ariel le daba pena estar tomando la iniciativa de esa manera. La forma en que se mordió el labio le dijo de antemano lo que Ariel estaba por preguntarle—. Mad, ¿me…? ¿Me darías un beso?

Tierna y pesarosa, así fue la sonrisa que se formó en el rostro de Jean Claude antes de deslizar con extrema lentitud la mano que acariciaba los cabellos ajenos para apoyarla en la nuca de Ariel, tan pequeña, tan frágil, que con sólo apretar un poco hubiera bastado para hacerle daño. Le fue acercando cada vez más con la presión de sus dedos, viendo extasiado la expresión levemente sonrojada de su chico, la manera tierna en que entrecerraba los ojos para besarle. Era tan lindo. Cuando sus labios se tocaron ambos se sorprendieron, sintiendo el mismo escalofrío que les recorrió la primera vez, las manos de Ariel afianzaron el agarre y rodearon a Mad con un poco más de fuerza mientras que Jean Claude hacía lo propio con la cintura del pequeño hasta no dejar espacio entre sus cuerpos.

Todo estaba seco en un principio, sólo era un roce entre sus bocas que fue intensificándose de a
poco como si quisieran hacer del momento algo largo, eterno. Fue Mad quien dio el paso decisivo iniciando un suave empuje de los labios del jovencito con los suyos, apretujándolos entre ellos con total devoción al tiempo que Ariel, suspirando, se estremecía entre sus brazos. Poco a poco todo fue humedeciéndose, sus bocas unidas en una danza que iba tomando forma y volumen a medida que los segundos pasaban; cuando sus lenguas tomaron partido en aquél vaivén, ambos estaban fundidos en un abrazo y no podían separarse, ni querían hacerlo bajo ningún concepto. El beso era lento, sensual, hecho para provocar desmanes en el cuerpo del otro que iban creciendo dentro de cada uno como lenguas de fuego inconmensurables. Mad sintió deseos de fundirse con Ariel en ese abrazo apretado, oyéndole gemir cada vez que sus lenguas se rozaban. Sentía sus propias manos descontroladas pasearse sobre la espalda del joven modelo.

—Mad… —gemía el niño, temblando de goce con cada caricia.

En ese momento se cortó la luz.

Al principio ambos se separaron, demasiado sorprendidos como para decir nada, pues era algo que en ningún momento se habían esperado. Jean Claude se maldijo en su fuero interno por no haber ido a buscar las velas luego de ver que la tensión estaba baja, pero el enojo se le pasó enseguida cuando, en medio de la oscuridad, los apetecibles brazos de su muso le rodearon de nuevo y sintió su boca, pequeña, suave, recorrerle muy despacio el rostro en delicados besos mariposa.

“Al demonio con la luz”. Pensó, reprimiendo un gemido desde lo más hondo de su garganta.
Con todo el control que era capaz de albergar, reanudó las caricias por sobre la espalda de su niño en medio de una oscuridad profunda y silenciosa, en la que sólo podía oírse el murmullo de sus respiraciones. El fotógrafo fue descendiendo a besos por sobre el mentón de Ariel, sin verlo. No lo necesitaba ver para disfrutar de la delicadeza de su piel, del delicioso perfume cítrico que llevaba el jovencito esa noche, del aroma a almendras que despedía su cabello y el delicioso temblor que le recorría de pies a cabeza. Descendía por su mandíbula en una letanía que hacía que Ariel suspirara por cada roce de sus bocas, bajando cada vez más hasta encontrar ese preciso lugar entre el cuello y el hombro, donde se concentraba la esencia de su perfume que Mad aspiró como si fuera su propio maná del desierto.

Sus manos no se quedaban quietas. A medida que los besos iban transformándose en lamidas, apenas perceptibles en un principio hasta recorrer el cuello de Ariel con la lengua, sus manos se deslizaban de forma precoz por sobre el pecho de Ariel. Podía sentir debajo de la camisa de algodón las formas de su cuerpo, la curva de la cintura, la leve marca de la columna en la espalda y se revolvía de placer al imaginarse acariciándole por debajo de la ropa, recorriendo todo aquello con la boca para poder oír a Ariel gemir. El niño no se quedaba atrás a pesar de que los suspiros de goce que salían de sus labios y los estremecimientos no le permitieran moverse demasiado, Ariel acariciaba la espalda de Mad, se aferraba a su ropa con fuerza cada que la lengua de Jean Claude tocaba su piel haciendo que ésta se le enchinara de excitación. Ariel iba encendiéndose cada vez más, como aquella vez cuando soñó que Mad lo estaba acariciando, pero en nada se comparaban las sensaciones del sueño con lo que sentía ahí, en ese preciso instante, siendo acariciado y besado en medio de la protectora oscuridad. Cuando las manos de Mad traspasaron la barrera de la ropa no pudo evitar gemir y arquearse contra él, pues el efecto había sido demasiado intenso.

El fotógrafo tomó aquello como una señal para continuar. Sus dedos tamborileaban por la piel del niño, subiendo y bajando desde su pecho hasta las caderas. Ariel gemía, se removía entre sus brazos y lo abrazaba con más fuerza, jadeando. Había deseado durante tanto tiempo oír su voz, mil veces lo soñó y lo imaginó, pero sus sueños no eran ni la mitad de excitantes de lo que era la realidad, esa voz de ensueño gimoteando contra su oído, suspirándole y murmurando pedidos de más, era un puente al éxtasis. Apenas sí lo había tocado y sólo con oírle, sólo con sentirle, su miembro estaba erguido, punzándole dolorosamente en los vaqueros al punto que daba la impresión de que los rompería.

Quería más de él. Deseaba oírle gemir su nombre, escuchar sus suspiros, sentirle fregarse contra su cuerpo como tanto lo había anhelado desde hacía mucho tiempo, por lo que comenzó a subirle la camisa y casi gritó de júbilo al notar que Ariel cooperaba y levantaba los brazos para ayudarle. La camisa desapareció en alguna parte del oscuro cuarto, que poco a poco iba tornándose más visible gracias a la luz de la luna que se colaba por las ventanas y a que sus ojos se acostumbraban, cosa que Jean Claude aprovechó para rozar el pecho de Ariel de nueva cuenta hasta hallar los pezones del niño. Acarició primero la aureola, Ariel gimió.

—M-mad… Nhm…

El muchacho comenzó a jadear cada vez con más fuerza, con la respiración errática y el pulso tan acelerado que le dolía el pecho. Los dedos de Mad acariciaban por sobre la aureola de sus pezones con una lentitud que lo estaba enloqueciendo, rodeando y girando antes de, al fin, rozar las puntas levantadas que suplicaban por atención. Se estaba volviendo loco. Ni en sus sueños húmedos el calor se había vuelto tan sofocante, nunca antes la necesidad de ser tocado, acariciado, el deseo de que Mad le besase hasta la última fibra de su cuerpo había sido tan patente como en aquel momento de total intimidad. Sentía que el calor fluía por su cuerpo en espiral, de adentro hacia fuera, provocándole reacciones que jamás había tenido y excitándole de tal forma que sus caderas no podían permanecer quietas en su sitio, sino que terminaban moviéndose hacia delante buscando algún tipo de contacto que aliviase la presión que se encontraba entre sus piernas.

Jean Claude estaba que hervía, nada le alcanzaba. Ahora que podía vislumbrar las expresiones de Ariel en medio de la oscuridad tenía mayores deseos de verle sucumbir ante el placer, enloquecerle al punto en que ningún otro pudiera caber en su mente y llevarle al éxtasis total. Él era el maestro, él era quien debía guiar a Ariel por los alocados vericuetos del goce carnal, hacerle suspirar su nombre incontables veces hasta que ninguno de los dos pudiera más. Sus fantasías se mezclaban con la realidad pero, de alguna manera, se las arregló para mantenerse lo suficientemente cuerdo como para recordar que el pequeño no tenía experiencia y que debía ir de a poco. Ya cansado de tocarle sólo con los dedos, estos fueron cuesta abajo por sobre la piel del niño hasta posarse con total tranquilidad en sus muslos recubiertos en vaqueros ajustados y fue en ese momento cuando su boca fue descendiendo de su clavícula, a la cual dedicó suaves mordidas, hasta llegar a los pectorales de Ariel. Entre más se acercaba a sus pezones Ariel más se estremecía, pero nada se comparó con el jadeo estrangulado que abandonó su boca cuando peinó uno de sus pezones con la lengua.

—¡M-mad!

Las luces comenzaron a parpadear por lo que se vio obligado a cerrar los ojos para regresar a la deliciosa oscuridad que, para él, era el paraíso. El músculo húmedo de Mad siguió lamiendo la aureola, acarició el montículo de carne rojo pardusca y luego lo envolvió entre sus labios para dedicarle varias succiones mientras que Ariel echaba el cuello hacia atrás dejando oír un coro de gemidos, que se potenciaron cuando una de las traviesas manos del fotógrafo serpenteó por encima de su muslo hasta acariciar el bulto cálido que se había formado ahí. Presionó, Ariel gimió, tironeaba apenas del pezón al que estaba tratando y el muchacho se estremecía con violencia como si estuviera apunto de fundirse debajo de las luces que parpadeaban cada vez más. Ariel creía que se iba a morir ahí mismo, pues los espasmos apenas le dejaban respirar, le nublaban la mente. Cada presión y cada movimiento le aguijoneaba por dentro volviendo todo blanco a su alrededor y el calor, dulce calor que deseaba jamás parase, se convertía en algo tan fuerte que no lo podía aguantar. Fue tanto el calor que, en un momento, el chaval echó la cabeza hacia atrás con el cuerpo tenso, estremeciéndose con fuerza, y el gemido gutural que abandonó sus labios le indicó a Mad que su novio se había corrido.

Fue entonces cuando volvió la luz.

Por un instante Mad se olvidó de todo, contemplando extasiado el fruto de su esfuerzo. Ariel estaba sentado en su regazo con el pecho desnudo, vulnerable, la piel enrojecida por lo que había ocurrido hacía unos momentos y el pelo algo pegado a su cuerpo por el sudor. Tenía los ojos semi cerrados, brillantes y nebulosos de forma tan hermosa que Jean Claude estuvo convencido de que nunca jamás vería algo más bello que el brillo de esos ojos cuando su portador tenía un orgasmo. Los labios de Ariel, llenos y rojos, eran tan sensuales que deseó poder comérselos de nuevo. Todo su rostro era una máscara de excitación y placer. Sólo de verlo su hombría punzó con fuerza, haciendo que tuviera que morderse los labios para no gemir. Sin embargo ahora que la luz había vuelto el hechizo estaba roto, por lo que se echó sobre el reposacabezas del sillón, respiró hondo mientras Ariel se recomponía, y una vez el chico estuvo más o menos en sus cabales lo tomó de la cintura para dejarlo a un lado en el sofá.

—Iré a darme una ducha —le dijo con voz ronca, tan excitado que se le notaba a través de la ropa. Pero tenía que aguantarse, ya no podía hacer nada. Con la oscuridad se había sentido protegido al punto en que hubiera continuado hasta el final sin pensar en las consecuencias, cuando él sabía que debía mantenerse sereno, no apresurarse, o terminaría lastimando a Ariel.

—S-sí… —farfulló el niño con las mejillas arreboladas—. Yo voy a cambiarme el bóxer.
Avergonzado, Ariel se fue pitando a su cuarto a buscarse ropa interior pero aprovechó el momento para echarse en su cama con los ojos cerrados e intentar rememorar todas y cada una de las sensaciones que había sentido. No le alcanzaba, quería más. Se preguntaba si Mad se enfurecería si se lo decía… Quizás sí, su novio era demasiado cuidadoso con esas cosas. Decidió no decirle nada de momento, y creyó que él también debería darse una ducha.

Por otro lado, Mad se metió de lleno bajo el chorro de agua tibia de la regadera. Necesitaba calmarse, pensaba, tenía que hablar de eso con alguien, hablarlo con Ariel, avisarle que debían ir muy lento y que quizás tuvieran que esperar, pero le costaba horrores mantener el hilo de esos pensamientos cuando la imagen mental de su niño se mezclaba con los sonidos que le había provocado y el dolor en su entrepierna. Gruñó, sintiéndose más pervertido que nunca, y trabajó manualmente su problema hasta sentirse satisfecho. A pesar de que una parte de su ser sentía culpa, la otra, la insensata, estaba feliz de la vida.

Esa noche, por insistencia suya, Ariel durmió en su propio cuarto. Y para Jean Claude las horas nunca pasaron tan lentas, pues se había acostumbrado a tener el cuerpo tibio de Ariel contra el suyo. Llamaría a Macchi en la mañana, necesitaba ayuda. Y también a Ricardo. Había algo que debía consultarle.


Link del siguiente capitulo.

2 comentarios:

julietta dijo...

me encanta esta historia... aparte escribes genial y eso lo hace mas interesante ^.^

Anónimo dijo...

Me encanta tu fic :)
las mezclas de idiomas me parecen románticas.
seguiré leyendo
y espero cn ansias la prox actualización .


miya .

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