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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veintiuno.

Novios


Ariel se llevó la mano a la boca por quinta vez. Aún flipaba de felicidad sin poder creerse del todo que Mad correspondiera sus sentimientos y le hubiera besado. Luego de que se confesaran de nuevo en el sofá permanecieron acurrucados uno contra el otro en total silencio, sólo oyendo la respiración y los latidos del otro un buen rato hasta que se hizo tarde y tuvieron que hacer la cena. Esa vez fue Mad quien cocinó, sorprendiéndole con comida japonesa casera, mientras que él le contemplaba sentado sobre el mesón. Jean Claude se detenía cada tanto para dedicarle una sonrisa, abrazarlo o besarle en la frente con tanta ternura que Ariel se derretía como chocolate fundido.

Cuando terminaron de comer, miraron una película abrazados en el sofá, con los dos perros acostados a sus pies. Al hacerse tarde, Mad le dijo que era hora de ir a dormir para los dos.
—¿Puedo quedarme contigo? —preguntó el niño sin deseos de soltarlo. Ahora que eran novios oficialmente no quería volver a dormir solo, pero la idea no pareció gustarle mucho al mayor. Éste le miró, entre confundido y sorprendido, como si no supiera bien qué hacer y al final le dedicó una sonrisa.

—Sólo por un rato, petit.

Pese a que Ariel quería que todo fuera normal, sentía que Mad estaba tratándole distinto en ciertos aspectos. Incluso se preguntó si eso era común cuando dos personas se ponían en pareja y decidió preguntarle a sus amigas cuando volviera a verlas. Jean Claude lo cargó en brazos y lo llevó a su habitación, donde lo acostó y lo arropó, dándole palmadas en la espalda hasta que cayó rendido. Sin embargo, Ariel se encontró a sí mismo despertando en su propio cuarto.
Todavía seguía con la vista perdida mientras preparaba el desayuno. Sacó la pava eléctrica de su soporte, echó el agua caliente sobre el café batido, y luego mezcló el cacao en polvo en una taza de leche bien fría con azúcar. Si no fuera porque cada tanto prestaba atención se hubiera quemado con eso o con la grasa caliente de la wafflera a la que echaba una masa homogénea hecha de harina, margarina, azúcar, y leche en polvo. El olor a vainilla pronto llenó la cocina completa mientras que el menor dejaba los vasos en la mesa redonda y volvía a llevarse unos dedos a la boca para rozárselos, rememorando ese beso.

Cada vez que recordaba aquello, un calor tibio llenaba su pecho, relajándolo y haciéndole sonreír de felicidad. No le importaba que Mad no pudiera besarle en público, siempre que le diera su ración de besos dentro de casa. Sacudió la cabeza, recordando que tenía que sacar los waffles antes de que se quemaran y calentó un poco de miel para mezclarlo con salsa de chocolate que encontró en el refrigerador.

Sirvió los platos. Dos waffles para él, tres para Mad, y un tazón de cereal para ambos. Era un buen desayuno, les daría mucha energía a ambos. Pensó que no estaría mal encargarse de las compras ahora que eran novios, quizás así lograría que Mad comiera de forma más saludable todavía. Sonrió de sólo pensarlo, feliz de poder llamarse a sí mismo novio de Mad, y se sentó en la mesa cuando le escuchó bajar por las escaleras.

Lo vio aparecer en cámara lenta, todavía obnubilado ante su presencia. Mad iba vestido con una camiseta Tommy Hilfiger color celeste, una blusa salmón en los hombros y unos pantalones de tela caqui que le remarcaban divinamente el cuerpo. Enrojeció sin pensarlo al verlo, pensando en lo afortunado que era de tenerlo por novio.

—Buen día, Maddy.

Jean Claude esbozó su más tierna sonrisa al verlo. Aunque aún le hacía sentirse algo culpable, le gustaba tener la oportunidad de contemplarle y ser capaz de mirarlo como cualquier persona miraría a quien le gusta. Estaba tan bonito con el pelo hecho un rodete flojo y vestido con una playera deportiva y pantalones cortos que tenía ganar de apachurrarlo contra él y comérselo a besos toda la tarde mañana, pero se limitó a sonreírle y responder a su saludo.

Bonjorno —dijo, imitando su saludo en italiano. Todavía era pronto para darle un beso en la boca, así que estaba algo tenso, sin saber bien qué hacer parado en medio de la cocina.

Al menor le molestó que no le diera un saludo mejor, más de novios, pero no lo dijo y sólo apoyo la cabeza sobre el hueco de una de sus manos.

—¿Cómo es que sabes italiano?

—Aprendí de tanto escucharte. Mmmh… qué bien huele —respiró hondo el aroma a vainilla y a horneado. Ariel siempre hacía desayunos riquísimos, uno diferente para cada día. Le molestaba mucho no poder levantarse más temprano y tomarlo por sorpresa con un desayuno, pero el niño siempre le ganaba—. Waffles con chocolate y café fuerte, eres un encanto Ariel.

“Dios mío, éste es el diálogo más forzado que he tenido en toda mi vida”. Ni siquiera le costó tanto hablar aquella vez que su padre lo sorprendió haciéndose una manual, ¿por qué ahora no podía hablarle con libertad a Ariel? Lo peor de todo es que se daba cuenta de que el otro estaba perplejo por su forma de actuar, frunciendo la boca un poco en señal de enfado.

En su mente, Bad Mad dejó caer una taza llena de té de forma estrepitosa y se levantó de su silla con aire indignado.

“Pedazo de papanatas” le dijo, haciendo girar un bastón entre sus manos. “¿Qué no ves que lo haces sentir mal? ¡Ve y dale un beso como debe ser!”.

Obedeció casi de inmediato. Caminó hacia Ariel, quien alzó la vista para verle, y le plantó un beso en la frente a modo de saludo. Se regocijó por completo al ver la cara encantadora de Ariel poniéndose rosa y la forma en que abría los ojos, sorprendido por ese beso, antes de que sus labios se curvaran hacia arriba y le regalaran una de esas preciosas sonrisas que le alegraban el día.

—Muchas gracias por prepararme todo esto, mon amour —dijo, acariciando los cabellos azulados del chico. Ariel enrojeció de placer, sintiendo el corazón acelerado, y todo el enfado previo y las dudas desaparecieron de su rostro.

—No es la gran cosa…

—Claro que sí. ¡De no ser por ti ya estaría muerto de inanición! Me malcrías, ahora no podré comer nada que no esté preparado por ti.

Cuando su niño se carcajeó alegremente y le dijo que eso le parecía bien antes de invitarlo a que comiera, supo que había hecho bien. Tuvo que ignorar los aplausos que el Doppelgänger le entregaba para poder prestar toda su atención a Ariel, quien estaba más que satisfecho por ese beso y se ponía a parlotear sin parar.

—¿Sabes Maddy? Estaba pensando que, a partir de ahora, podría encargarme de hacer las compras. Así podría hacerte más comida sabrosa que te gustará. ¿Alguna vez probaste el puchero casero?

Mad rió ante tal ocurrencia.

—No, nunca. ¿Tu sí?

—¡Claro! Mi abuela lo preparaba todos los domingos y cada vez que yo me sentía desanimado. Era su manera de alegrarme el día y era casi una tradición familiar, pero a mamá nunca le salió bien —agregó, riéndose—. Siempre se le pasaba o cocinaba mal las cosas, era un poco torpe para la culinaria.

—¿En serio? Siempre creí que tu mamá era buena en todo.

Ariel bebió un trago largo de leche chocolateada y se metió a la boca un buen pedazo de waffle antes de contestar.

—Pues no en todo. Mamá era pésima para la cocina y las labores de la casa, ni siquiera podía coser o limpiar algo sin romperlo. Era un poco torpe. Creo que lo único que le salían bien eran los dulces, pero porque a ella le encantaban —una sonrisa nostálgica iluminó el rostro del niño que jugueteaba con el tenedor y la mirada perdida—. Ella era genial para otras cosas.

Mad tuvo una leve punzada de envidia, pues deseaba él mismo poder recordar cosas de su madre con esa claridad. Él no sabía nada de su madre, su padre jamás le dijo alguna cosa y ahora la única persona que podía facilitarle algo estaba muerta. Sintió un retorcijón en el estómago que intentó ocultar comiendo los waffles con más ganas y sin dejar de sonreírle a su bebé, como lo llamaba, después de todo Ariel no tenía nada que ver con esas locuras de su propia infancia.

—¿En serio? Suena como alguien muy interesante. ¿Y qué cosas sabía hacer?

—¡De todo! —exclamó el otro, con la boca manchada de chocolate—. Sabía cantar, sabía tocar el piano y la flauta, sabía dibujar, sabía fotografiar y ni te cuento de cómo pintaba. También hacía estatuillas de cerámica y manualidades, era genial para las manualidades con porcelana fría o madera. Mamá era… era una persona muy especial.

Eso era poco, según Ariel, para describir a su madre. Hubiera preferido usar palabras como: libre, fantástica, maravillosa, inteligente, polifacética, emprendedora, amorosa, un poco alocada y extrovertida. Pero aún no podía hablar tan libremente de ella, había cosas que no sabía si podía decirle a Mad. Él ni siquiera sabía nada sobre Jean Claude, sobre su familia o su pasado, así que consideraba normal el no decirle todo de momento. Lo haría, cuando la cosa fuera un poco más seria.

—Se ve que la querías muchísimo, mon cher. Estoy seguro de que ella está muy orgullosa de ti desde el cielo. Pero hablemos de otra cosa, cuéntame, ¿qué harás hoy?

Y eso bastó para que Ariel se pusiera a parlotear como un loro sobre todo lo que ocurría en la escuela. Le contó del festival que se iba a hacer para verano en el que todos estaban haciendo alguna actividad diferente y los clubes tenían sus propios espectáculos. También le contó de la pista de baile que planearon los varones de su curso y lo del desfile de crossdressing, cosa que ya no le gustó tanto a Mad. ¿Cómo era eso de que iban a vestir a su Ariel de mujer y a hacerlo desfilar delante de todo el colegio? Que otros chicos participaren le tenía sin cuidado, a él le importaba su niño. No quería que nadie más que él pudiera verle en esas ropas. La sola idea de que alguno de sus compañeros o algún adulto pudiera llegar a ver a Ariel con sus mismos ojos le hizo apretar un poco más la taza de café, al tiempo que veía a al pequeño mancharse los labios con chocolate. Era tan inocente que no podía dejarlo a merced de ninguno de ellos.

—Ariel, dime algo.

—¿Hum? —distraído, el chico tomaba jugo sin enterarse de los sentimientos de Mad a pesar de que lo veía con la mandíbula endurecida—. ¿Pasa algo?

—Bueno, es que me preguntaba si ibas a ir solo al festival.

—¡Claro que no! —el niño se rió—. Pensaba invitar a Luca. Pero, si tú no estás ocupado, también puedes ir. No te pregunté antes porque…

—¿Por qué?

—Dijiste que todo tenía que ser secreto.

Jean Claude frunció la boca al tiempo que soportaba las carcajadas del Doppelgänger. Lo del secreto podía llegar a ser un gol en contra si no arreglaba un poquito los términos de la frase. Terminó el café, dejó el plato vacío sobre la mesa, y esbozó la sonrisa más encantadora que fue capaz.

—Me alegra que te preocupes por todo eso, cielo. Pero me gustaría formar parte de tu vida aún fuera de casa —estiró la mano para tomar la del chico y apretarla un poco. Era la primera vez que hacía eso como novios y no como amigos—. Siempre podemos fingir ser sólo amigos, ¿no? Al menos por un tiempo.

Para Ariel aquello fue casi una bendición. No era que la idea de fingir le gustara mucho, pero era mejor a tener que excluirlo de todo lo que hiciera puertas afuera. Además, nadie tenía por qué notar nada. Sólo se tratarían como siempre. Por lo menos lo intentarían.

—Eso me parece bien —dijo sonriente, al tiempo que se levantaba y llevaba las cosas al fregadero—. Entonces quedas oficialmente invitado, pero tendrás que soportar a Luca, no me lo perdonará nunca si no lo invito.

—¿De veras? ¿Por qué?

—Es que como ahora salgo contigo y los chicos siente que lo estoy dejando de lado. Es muy celoso y sobreprotector. Encima desde lo que pasó con Buck su manía de cuidarme empeoró, se piensa que fue culpa suya o algo así.

Eso Mad no podía culpárselo, no cuando él mismo se seguía sintiendo culpable por aquel incidente. Recordaba a Luca como el chico simpático y hablador que había contado la mayoría de los chistes, el que le había llevado la tarta a Ariel y bailó toda la noche. Debía de tener casi diecinueve años. Según lo que Ariel le dijo hacía mucho tiempo, ya estaba tomando los exámenes para la facultad. Un chico de piel medianamente oscura, ojos negros, cabello negro y rasgos turcos que no se parecía en nada a su madre o a su primo. También era alto, atlético, y muy, muy guapo.

“¿Celos, Maddy?” dijo el Mad interno. Deseó poder golpearlo por decir tales cosas en momentos poco apropiados, pero más deseó pegarse a sí mismo al descubrir que era verdad. Sentía una ligera punzada de celos. Y eso que la relación recién había comenzado.

De todas formas, se las arregló para que su expresión se viera normal mientras que, como quien no quiere la cosa, abrazó a Ariel por detrás y lo pegó a su pecho al tiempo que éste lavaba los platos. Por un instante, Ariel detuvo su tarea con el corazón acelerado sólo de sentir los brazos de Mad, tan fuertes y cálidos, rodeándole el pecho para ser apretado suavemente contra su espalda. Si no fuera porque miró hacia arriba con una gran sonrisa, Jean Claude hubiera creído que había hecho mal en acercársele tanto de lo quieto que se había quedado.

—Entiendo que se sienta así por eso, Ariel. Yo aún no puedo dejar de culparme por lo ocurrido. Si no me hubiera ido…

—Mad, ya hablamos de esto: no tuviste la culpa, nadie la tuvo más que yo por abrir la puerta sin fijarme quién era —el que hubiera hecho eso pensando que era él quien tocaba iba a llevárselo a la tumba. No quería más gente traumatizada—. ¿Por qué me haces repetir las cosas dos veces?

—Lo lamento. Pero, y te lo vuelvo a decir, entiendo a tu primo. Además, ustedes dos han estado juntos desde siempre, ¿cierto? —rogaba por una respuesta que espantara las telarañas de los celos—. Son familia.

Ariel sonrió, volviendo la vista a los platos que ahora se disponía a secar.

—Es mi primo después de todo. En realidad, hasta que crecí y tuve conciencia de nuestras diferencias físicas y de que no vivíamos en la misma casa, siempre creí que era mi hermano mayor.

—Vaya, debió ser extraño darte cuenta de todo eso. Nunca deja de sorprenderme el cariño que les tienes aunque no sean de tu misma carne y sangre.

—Mamá solía decir que no es la sangre lo que une a la familia, sino el corazón. Nunca me importó no tener la misma sangre, Mad. Crecí con ellos y nunca me han abandonado, es así de simple.
El brillo en los ojos de Ariel al decir esas palabras hizo que los celos le aguijonearan otra vez justo en el pecho. Abrazó al chico un poco más fuerte y se agachó lo suficiente para apoyar la cabeza en su hombro.

—¿Lo quieres más a él que a mí?

—¿Pero qué cosas dices? Es como mi hermano.

—Pero lo quieres, ¿cierto?

—Sí… —en ese momento Ariel cayó en la cuenta de todo y agregó—. Lo quiero muchísimo.

—¡Lo sabía! —chilló Mad haciéndose el ofendido, aunque en su fuero interno esas palabras le habían dolido un poco. No, Ariel era su novio, no podía pensar así de él—. ¿Ya tenías planeado desde un principio, cierto? Ahora vas a abandonarme por él y mi muy, muy anciano corazón no lo va a poder soportar. Aah, moriré…

—Claro que no. Hay una forma de que te quiera más que a él.

—¿Y eso?

—Dame un beso y te querré más —respondió el chico, dando la media vuelta para verle con una sonrisa tierna y a la vez algo picarona. No estaba acostumbrado a eso de pedir besos, se le hacía extraño, pero si tenía que hacerlo con Mad no le importaría. No se habían vuelto a besar desde el día anterior y la verdad era que ansiaba sentir sus labios una vez más.

Por otro lado, Mad no pudo sino corresponderle la sonrisa a pesar de que aún le turbaba un poco besar a Ariel tan deliberadamente. Podía hacerlo, claro, ya que eran novios y estaban en la privacidad de su hogar, pero le costaba mucho tomar el impulso incluso aunque era lo que había deseado hacer durante varios meses. Empero, no pudo negársele a esa carita, Ariel lo doblegaba como si estuviera hecho de goma. Sin dejar de sonreírle se inclinó sobre él y lo tomó de los hombros, riendo por lo bajo al ver que el niño cerraba los ojos e intentaba ponerse de puntas de pie sin caer hacia delante. Era encantador.

—Claro que sí, mon cher. No puedo permitir que me abandones por otro —susurró, antes de cubrir los labios del otro con los suyos. Volvió a derretirse al sentir su suavidad igual que la primera vez, maravillado también por el perfume que emitía el cuerpo cálido que intentaba acercársele más. Ariel quería un beso de verdad y eso le dio: un beso profundo y candente en el que ambos se exploraron las bocas mutuamente. Mad se sorprendió de la rapidez de Ariel para aprender a devolverle el beso pero luego dejó de darle importancia y se dejó llevar por el acto.

Las manos de Jean Claude fluyeron hacia abajo, sujetándose de la cintura de Ariel a la vez que lo apretaba de un empujón contra su pecho. El chico gimió de placer y le rodeó la nuca con ambos brazos para acercarlo más, sintiendo que tocaba el cielo con las manos con ese beso. Había soñado con aquello miles de veces, sin embargo la realidad superaba por mucho a sus sueños. Estaban tan pegados que podía sentir el corazón de Mad golpear contra su pecho, devorándose sin cansancio hasta que el mayor se atrevió a mordisquearle el labio y se estremeció de pies a cabeza dejando oír un gemido.

Eso bastó para que Mad reaccionara y se separase. Si hubiera continuado con aquello seguramente habría perdido el control de sí mismo y hubiera llegado mucho más lejos. Una parte de él quería seguir besándolo y llegar hasta donde Ariel le permitiese, pero la otra, la sensata, sabía que lo mejor era parar. Además, ver la cara de Ariel cubierta de rojo y con los labios humedecidos por ese beso le bastaba.

Con una sonrisa se alejó del niño lo suficiente como para permitirle respirar y le dio un último beso en la frente, abrazándole. El menor aprovechó para esconder el rostro en medio del pecho de Mad y respirar hondo en un intento por controlar los latidos desbocados de su corazón. Y, aunque Mad se dio cuenta, prefirió no decir nada con respecto al tema y hablar de otra cosa.

—¿Y? —preguntó.

Ariel, confundido, alzó la vista ahora más recuperado.

—Y… ¿qué?

—¿Me quieres más que a él?

Su sonrisa se amplió cuando escuchó al chico reírse a carcajadas.

—Tonto, claro que sí. Siempre voy a quererte más que a Luca, es un cariño muy distinto —le dijo, portando esa sonrisita de ángel que lo volvía loco.

—¿Seguro?

—Completamente seguro. Ahora, ¿qué tal si me dejas alimentar a los perros antes de ir por mis cosas y me llevas a la escuela?

—Vale, pero sólo porque soy bueno —le soltó, todavía riéndose, y se irguió cuan alto era para tomar la bolsa de galletas para perro. Tenía que jugar un poco con sus bebés o se iban a poner tristes, los dejaría entrar ese día aprovechando que hacía algo de frío—. Deja, ya les doy de comer yo. ¿Te molesta si los dejo entrar? Siempre lo hago cuando hace frío.

—No hay problema, me gusta tenerlos dentro. Pero no te olvides de sacarlos a caminar cuando vuelvas, ¿ok? Empezarán a romper las cosas si no gastan energía.

—No te preocupes, hoy iré a ver a Macchi y los llevaré conmigo. ¿Te parece bien?

El chico asintió con la cabeza antes de ir a su habitación a buscar sus cosas. Al entrar en su cuarto se dio cuenta de que, siendo novios y viviendo juntos, era un poco estúpido. ¿Le dejaría Maddy dormir con él ahora que eran novios? Quizás pensara mal y luego se enfadara pero Ariel creía que valía la pena preguntarle cuando volviera de la escuela. Tomó la mochila, sacó los libros de matemáticas y ciencias sociales y los cambió por los de física, química y ciencias naturales antes de colgársela del hombro e ir al comedor. Allí le esperaban Mad, sentado en el piso mientras jugaba con Misha y Eddie; se veían tan lindos y era una escena tan adorable que permaneció quieto en el umbral de la puerta, viendo como su novio le daba galletas a los perros, les acariciaba la panza y les hablaba como si fueran niños.

—¿Quién es el perrito más lindo de todos? Sí, tú lo eres. Tú sabes que lo eres, eres el perrito de papi. ¿Quieres a tu papi, cierto? Vamos, saluda —le tendió la mano al perro para que éste le diera la pata y, cuando el animal obedeció, Mad lo abrazó y lo acarició mientras le daba una croqueta—. ¡Muy bien! Eres un buen chico, si que lo eres. Y Misha es la princesita de la casa, ¿cierto? ¿Cierto?

Tuvo que morderse la lengua para no reírse antes de ir con él y acariciar el estómago de Misha, que estaba patas arriba.

—¿Sabes algo? Cuando compramos a estos dos creí que serías un pésimo dueño.

—Yo también —rió Mad, dándole su premio a la perra—. Pero me he encariñado mucho y me alegraban cuando estaba solo en casa. Es lindo tener a alguien de quién ocuparse y que te espere al volver.

—Sí… Sé lo que se siente. Cuando llegas y esta todo vacío y silencioso se siente como si uno estuviera un hogar, más bien una tumba o algo así.

Mad guardó silencio. Ambos eran muy parecidos en ese aspecto, la soledad, y a veces se preguntaba si era eso lo que los atrajo el uno del otro desde el principio. Los dos estaban muy solos y, tal cual Ariel se lo había dicho hacia unos meses en una charla, no había nada peor que sentirse solo y estar rodeado de gente, pero desde que se conocieron la soledad había mitigado al punto en que ya no se sentían solos en ningún momento, incluso cuando no se veían. Sabían que el otro aparecería si tan sólo lo llamaba.

O, al menos, eso era lo que Jean Claude sentía. Quiso abrazar a Ariel y preguntarle si estaba bien cuando el menor alzó la vista, esbozándole esa sonrisa radiante que ponía cuando estaba muy contento.

—Pero ahora ya no vamos a regresar a una casa vacía, ¿cierto Maddy? Nos tenemos el uno al otro y también tenemos a Alex, a Laura, yo tengo a mis amigos, tú a Macchi. ¿No es genial?

Mad suspiró de alivio al ver que su chico no estaba triste, luego le sonrió y lo tomó en brazos, depositando un beso en su frente.

—Muy genial. Ahora no seré un viejo cascarrabias y malhumorado que gruñe solo en su casa con sus perros.

La idea hizo que Ariel se riera. Después de eso le dieron de comer a los perros y, luego de quitarse el pelo de perro de la ropa, Mad tomó sus llaves, Ariel las suyas, caminando en dirección al garaje. El viaje en auto fue muy ameno, pues Ariel seguía hablando sin cesar sobre la escuela y sobre sus amigos. Que Vladimir le había prestado un libro nuevo y quería hacer una novela con un personaje como él de protagonista, que Almudena tenía que dar el examen para cambiar de cinturón en Tae-kwon-do y pintar un retrato para un concurso, Sorja se la pasaba intercambiando mangas con Shiro, Shenshen era uno de los favoritos del profe de música y Giovanna estaba practicando muy duro porque en el festival los chicos del club de danza harían una presentación especial. Era muy divertido escucharle hablar de sus amigos o de las cosas que hacía con ellos y observar la manera en que Ariel movía las manos cuando lo hacía. Se veía como el niño que en realidad era, aunque su faceta podía cambiar rápidamente si se ponía a discutir sobre algo más serio como el presupuesto para reformas en la escuela, lo estirados que eran los demás alumnos, y demás. Y ni hablar de cuando hablaban sobre cualquier asunto serio no relacionado con el Baptiste School.

Jean Claude estaba tan acostumbrado a los cambios de Ariel que, aunque seguían maravillándolo, no lo tomaban tan desprevenido. Sólo los disfrutaba porque, después de todo, esa era una de las cualidades de su niño que más le gustaban. En cuanto llegaron a la escuela, Ariel se quitó el cinturón y le dio un beso en la mejilla a modo de despedida.

—No te olvides de los perros —le recordó en tono autoritario y severo, sacándole a Mad una carcajada.

—Claro que no, descuida. No tendré memoria fotográfica pero me las arreglo bien solo. ¿Algo más?

—Llegaré tarde porque tengo club. ¿Tienes que trabajar hoy?

—No, sólo en la noche. No tengo fotos hasta mañana y debo hacer unos planos para una casa y unas maquetas que me pidieron, pero los terminaré mientras estés en la escuela y en la noche. ¿Por qué preguntas?

—Es que… —Ariel se ruborizó—. Pensé que podíamos alquilar una película y verla juntos en la tarde. Ya sabes, cuando acabe con la tarea y eso.

Mad se mordió el labio, sintiendo unas ganas enormes de apretujar al jovencito entre sus brazos y llenarle la cara de besos pero no se atrevió, porque había gente afuera del auto y podían verlos. Tan sólo se limitó a acariciarle la cabeza como era su costumbre, mirándole con un cariño tan profundo que el sonrojo de Ariel aumentó dos tonos más.

—Claro que sí, mon ciel. Yo preparo las palomitas de maíz y tú… ¿Qué puedes hacer?

—¿Panqueques rellenos con dulce de leche? —quiso saber, enarcando las cejas con aire de autosuficiencia.

—Eso suena de maravilla. ¿Y un poco de helado?

—Vale. ¿Y la cena?

—Hum… —Mad rumió por lo bajo. Si bien adoraba la comida de Ariel le parecía injusto hacerlo cocinar todos los días, aunque él mismo sólo sabía cocinar comida japonesa. Chocó el puño contra la palma derecha, tenía dos buenas ideas. La primera era aprender a cocinar algo decente y la segunda era pedir por teléfono—. ¿Qué tal si por hoy descansas y pedimos a domicilio? Ya que nos estamos tapando las arterias con comida chatarra hagámoslo bien. ¡Pidamos una pizza!

—¡Perfecto! Pero mañana te someto a régimen de verduras todo el día —dijo el niño, sonriente—.
Entonces ya tenemos planes para la tarde, es una promesa, ¿eh? No te olvides.

Mad apenas pudo decir un “No me olvido” antes de que Ariel le diera otro beso en la mejilla y se fuera del auto como una tromba sin dejar de saludarle hasta que se encontró con su grupo de amigos en la puerta. Parecían estar todos expectantes, esperando por algo, y cuando Ariel se les acercó les dijo algo que hizo que la pelirroja y la calabresa saltaran de alegría, mientras que la otra muchacha morena lo le daba palmadas en el hombro y los chicos, todos excepto el inglés, sonreían de oreja a oreja. Sin entender nada, Jean Claude se acordó de los perros y arrancó en dirección a su casa. No quería que Misha volviera a morderle el sofá. Tendría que llevarse a los perros consigo cuando fuera a ver a Macchi.



—¿En serio? ¡Qué bien! ¡Te felicito, Ariel!

—Giovanna, ¿stai pazza tu? ¡Baja la voz!

Pero Gio no era la única que gritaba. Ella y Sorja estaban dando saltitos como si su estrella favorita les hubiera guiñado un ojo y chillaban como histéricas, moviendo las manos. Por suerte para él, que estaba rojo de vergüenza y no sabía de qué disfrazarse, Almudena se mantenía en calma y se limitó a darle unas palmaditas en el hombro como si fuera un chico. Shenshen y Vlad parecían contentos también, y lo felicitaban de puro corazón, aunque Chris tenía el ceño fruncido.

—¿Por qué si es una gran noticia?

—Sí, pero no quiero que se entere todo el mundo. Es secreto, Gio. Se-cre-to. Mad me mata si sabe que se los dije a ustedes.

Sorja, que ya no gritaba pero seguía saltando, se detuvo de golpe.

—¿O sea que somos los únicos que sabemos de… eso?

—Obviamente —la pregunta le parecía tonta—. ¿A quién más le diría? ¿A mi primo? Castraría a Mad antes de que le pudiera decir nada.

Para horror suyo, las chicas chillaron de nuevo y se resignó a callarlas. Era prácticamente imposible. Sus gritos y cuchicheos continuaron incluso aunque el Sedán de Mad se alejó y el timbre de la escuela sonó, dándoles la pauta para comenzar a entrar. Vlad lo tomó de los hombros, con Chris caminando a su lado y Shen se situó a la derecha de Ariel mientras que las chicas hablaban en voz baja dos pasos más adelante.

—Te felicito, Ariel. Debes de estar muy contento, ¿eh? —la sonrisa de Vlad era tan sincera que
Ariel soltó una carcajada—. ¿Puedo preguntarte cómo fue?

—¿Para qué quieres saber?

—Pienso hacer una novela contigo como protagonista, necesito saberlo todo de ti.

—Y yo tengo curiosidad por escuchar —apostilló Shen, mirando a Christian de reojo—. Sólo no digas cosas que puedan hacer que el señor “Todo Correcto” devuelva el desayuno.

—¡Ey! —el susodicho se envaró, caminando junto a Vlad a paso largo aunque algo lento. Se lo veía incómodo—. No me digas así, ¿de acuerdo? Es sólo que me preocupo por lo que pueda pasar, nada más.

—Y te lo agradezco muchísimo, Chris —Ariel tuvo que cambiar el rumbo de la charla, primero porque era cierto que se lo agradecía, y segundo porque Chris podía llegar a ser muy buscapleitos. Y a Shirogane le gustaba continuar las discusiones hasta ganarlas—. Pero… la verdad es que fue una confesión patética.

—¿Por qué? —preguntaron los tres, a coro. Justo en ese momento las chicas pararon las orejas y fueron con ellos.

—Porque me embriagué. Y me dio un ataque de celos porque lo vi con alguien más. Oye, Vlad, ¡no te rías que lo digo en serio! ¿Quieren que les cuente o no?

Mientras iban a su aula y esperaban a que la profesora llegara, Ariel les contó los pormenores de su confesión. Vladimir y las chicas escuchaban atentamente mientras Christian trataba de no oír y Shenshen hacía de guardia para avisar si el profesor aparecía, aunque Ariel sabía que Sorja o Giovanna le contarían todo. Las chicas escuchaban todo con ese afán de alguien que celebra la victoria ajena como si fuera la propia, con orgullosa alegría, pero Vlad oía todo y lo memorizaba con su habilidad de artista para usarlo en alguna novela. Según él, no había mejor material que la realidad como punto de partida. Ariel era consciente de que a Chris no le gustaba nada la idea de un noviazgo entre él y Mad porque le preocupaba el futuro de ambos pero la actitud de su amigo lo tenía un poco consternado, así que luego hablaría con él.

Tuvieron la mala suerte de tener que cortar la charla justo en la parte más jugosa porque apareció el profesor de Química. Durante las tres horas de clase previas al almuerzo tuvieron que comerse las uñas y abstenerse de escuchar el. Apenas sonó el timbre lo primero que hizo Sorja, sentada delante de él, fue darse la media vuelta todavía en su pupitre mirando a su amigo con los ojos como platos.

—¿¡Y!? —jadeó, esperando más.

Ariel se hizo el inocente.

—¿Y qué?

—¡Cuéntanos qué pasó! —Ariel se rió y ella frunció un poco el ceño, pero luego comenzó a reírse también—. Cierto, aquí pueden oírnos. Vamos a almorzar al jardín, ¿vale?

—Vale. ¿Vamos todos?

A veces Giovanna se iba con Michael o Almudena iba con sus compañeros del club de arte, pero esta vez ninguno dijo que no. Incluyendo a Christian. Vlad tomó su billetera para ir a comprarse el almuerzo antes de acariciarle la cabeza a Ariel con aire cómplice.

—Yo siempre voy, no tengo muchas otras oportunidades para contarte de mis creaciones. ¿Sabías que estoy trabajando en algo nuevo?

—No, ¿en serio? Me lo vas a tener que mostrar.

—Ni lo dudes. Ustedes adelántense, yo voy a comprar. ¿Alguno quiere algo?

El único que asintió con la cabeza fue Christian. Tomó su billetera, la cual estaba en perfecto orden como todo lo que era de él, y sacó el dinero justo para lo que quería comprarse antes de guardar de nuevo el resto en su mochila. Nadie podía entrar a las aulas durante el recreo sin permiso de un superior, así pues no había peligro de que robaran nada.

—Yo voy también.

—Genial, vamos juntos. De paso te ayudo a cargar con todas las papas que te compras.

Ariel creyó que el infierno se congelaría cuando contempló con sus propios ojos a su amigo inglés ruborizarse un poco y asentir con la cabeza. El chico tenía la manía de comprarse muchas cosas, entre ellas varias bolsas de papas, y casi nunca podía cargar todo aunque intentara ordenar los paquetes de forma que pudiera llevarlos encima. Supuso que al muchacho no le gustaba recibir ayuda, y decidió irse con los demás teniendo la sensación de que pasaba algo raro y no podía pillar qué era.

“La abuela me dijo que yo era especial, que tenía sueños premonitorios y eso, pero la verdad es que no puedo predecir ni intuir nada. ¿Será mi imaginación? Chris no actúa como siempre…”.

Decidió no pensar en eso. Se encogió de hombros y caminó con los demás hasta el jardín. Una vez allí escogieron un buen sitio debajo de un árbol en donde Giovanna estiró un mantel para que ninguno se ensuciara el uniforme y pusieron toda la comida en el centro, dejando que cada cual tomara un poco de lo que deseara y compartir. Mientras los demás se acomodaban, Ariel pudo contemplar cómo Giovanna se deshacía de Michael para que éste no escuchara algo que no debía y a Vlad y Chris volver cargados de paquetes y latas de gaseosa.

—Ey —Vladimir, siempre sonriente, se dejó caer junto a Ariel a la vez que dejaba los paquetes de galletas, papas fritas y cheetos en la manta. Luego le arrojo una lata a cada uno—. No habrá empezado todo sin mí, ¿cierto?

Chris se sentó junto a él, abriendo su lata en silencio sepulcral mientras los miraba a todos.

—Cierto, prometiste que nos contarías —Sorja, arrodillada con un bollo de crema entre las manos, miró al menor muy solícita—. Vamos, ahora tienes que desembuchar todo y no te olvides un solo detalle.

Ariel rió a carcajadas, y recomenzó la historia. Todos comían mientras le escuchaban, sin sacarle el ojo de encima y se reían cuando Ariel comentaba alguna parte un tanto graciosa o incómoda, como cuando les relató la tremenda resaca que había pasado, o las chicas decían “Aaaaw” tras repetirles textualmente las tiernas palabras que Mad le había dedicado el día anterior en el sillón. Al final terminó por contarles todo pero, claro está, les hizo jurar y perjurar por lo más sagrado del mundo que ni se les ocurriera siquiera hablar del tema con alguien que no fuera del grupo.
Almudena destajó un sándwich con los dientes antes de responderle.

—No te preocupes, somos amigos. No diremos nada. Aparte, todas nosotras somos cómplices por darte consejos y ayudarte.

—Claro —Gio asintió con la cabeza—. Pero fue por una muy buena causa. Tenemos que crear un código para poder hablar del tema cuando estemos aquí en la escuela, no sea que alguien nos escuche.

Christian, quien había aguantado todo el rato en silencio, estrujó su bolsa de patatas y la tiró al tacho de basura más cercano de forma un tanto violenta.

—¡Oh, for God sake! ¿Cómo se les ocurre querer hablar de algo así en el colegio? A lo sumo usen el celular o vayan a sitios privados, pero esto es la jungla. ¡La jungla! Alguien llega a escuchar cualquier cosa, por pequeña que sea, y no dudarán en hacer un escándalo de la santa y puta madre. ¿No creen que se están yendo un poquito al carajo?

—No, el problema es que eres un aburrido de mierda. ¡Ya deja de joder, hombre! Si hablamos en código nadie va a entender nada y tampoco tienen por qué saberlo. Seremos cuidadosos, no es como si fuéramos con una pancarta gigante gritándolo a los cuatro vientos —gruñó Giovanna, perdiendo la paciencia. Toleraba a Christian, pero esto era demasiado.

El inglés farfulló unas cuantas groserías en su idioma natal y se puso de pie casi con bronca, huyendo de la escena a toda máquina. Ariel no entendió por qué, no comprendía la actitud de Christian que era siempre tan serio en la escuela y tan relajado con ellos. Se le quedó mirando con la boca abierta, sosteniendo apenas su gaseosa mientras que el otro se iba y los demás guardaban silencio. Vladimir fue quien lo rompió con un hondo suspiro.

—Discúlpalo, Ariel —dijo él, bajándose su gaseosa de un solo trago antes de ponerse de pie—. Se pone así porque se preocupa por ti. Ya sabes, con todo eso que pasó luego de lo del profesor…

—Está bien, lo entiendo.

—No, no entiendes —hizo una mueca—. Chris es de esos que están todo el tiempo preocupados por lo que los demás dicen y piensen de uno, cree que la reputación es algo así como lo más importante que uno debe construir y mantener. Teme que todo esto acabe con tu reputación y tu futuro —Ariel asintió, suponiendo que en alguien como Christian eso era muy normal. A veces tenía la sensación de que su amigo inglés había sido criado para una época muy distinta a la que estaban enfrentando ahora, se preguntaba si así serían todos en Inglaterra—. También es muy conservador.

Eso ya no le gustó tanto. Sabía muy bien el significado de tales palabras.

—¿Qué insinúas con eso, Vlad?

Como si su amigo escritor se hubiera esperado que captara todo de antemano, Vladimir esbozó una sonrisa despreocupada que solía adornar su cara casi todo el tiempo.

—Es algo fóbico, pero no lo hace queriendo, el pobre viene de una familia muy católica y reprimida. El hecho de que haya soportado hasta ahora y que no te haya dicho nada revela el aprecio que te tiene porque, si fueras alguien más, ya te hubiera bajado un par de premolares. Ahora, si me disculpan, iré a buscar al Sr. Enojón.

Con ese paso largo y ligero que caracterizaba a Vlad, el chico cuya cabeza pasaba más tiempo en las nubes que en la tierra gracias a sus delirios de escritor, se fue por la misma dirección que Christian al tiempo que silbaba una canción. El anterior silencio fue quebrado por algunas risas, todos volvieron a comer y murmuraban sobre el comportamiento de Christian. Ariel se abstuvo de preguntar hasta que la curiosidad le sobrepasó.

—Como que esos dos se conocen mucho, ¿no? —dijo, llevándose unas galletitas caseras a la boca. Sorja dejó de beber para asentir con la cabeza y sonreírle.

—Es que ellos dos se conocen de pequeños.

—¿En serio? Nunca me dijeron.

—No hablan de eso a menos que les preguntes —ella se encogió de hombros—. Pero ellos se conocían de antes. El padre de Chris viajó a Polonia cuando él era pequeño para curarse de una enfermedad, le habían salido parásitos en la cabeza o algo así. La cosa es que el padre de Vlad fue uno de los doctores que lo atendió y como le salvó la vida ambos padres se hicieron amigos. Por ende, ellos también.

—Aaah… —Ariel pestañeó varias veces, sorprendido en verdad—. Eso explica por qué Chris quiere ser médico. Si se conocen de antes deben ser muy unidos, como Luca y yo.

Almudena rodó los ojos.

—Sí, pero a veces pienso que Chris está celoso.

—¿De qué? —preguntaron todos a coro.

—Pues de Ariel, ¿de quién va a ser? Vlad anda detrás de ti todo el tiempo con eso de que quiere que seas su protagonista, que eres su muso y no sé qué más. Christian no entiende nada de esas cosas y tú sí, tal vez eso le de celos y por eso se esté portando así. Ten en cuenta que ellos son los mejores amigos desde hace años.

—Supongo pero siempre pensé que Christian era demasiado maduro para esa clase de cosas —Shenshen se rió por lo bajo y no pudo evitar sacarle la lengua—. ¡Sí, sí, ya sé que esta mal de la cabeza! Pero no pensé que fuera celoso. En fin, después hablaré con él.

Un murmullo de asentimiento acompañó a sus palabras. Al cabo de un rato Vlad y Christian volvieron, ambos hablando muy animadamente en su propio idioma. El inglés de disculpó por su comportamiento, avergonzado hasta lo más hondo por haberle gritado a una mujer, y luego de que le perdonasen, puesto que todos estaban acostumbrados a su raro comportamiento, terminaron el almuerzo en paz. En una paz relativa, al menos. Ariel era consciente de que Vlad se la pasaba haciéndole preguntas sobre sus gustos para retratar bien a un personaje y que, mientras que él le contaba los pormenores de su nueva novela, Christian los miraba a ambos con una expresión extraña. Decidió que hablaría con él más tarde, en el club.



Jean Claude suspiró por tercera vez mientras caminaba o mejor dicho, le arrastraban. Había sacado a Misha y Eddie a caminar largo y tendido por las calles de la ciudad. Era divertido ver como la gente se alejaba al ver a su rottweiler, aunque éste tuviera puesto su correa con bozal como la ley indicaba. Lo hacía sentirse poderoso. Sin embargo, no era eso en lo que estaba pensando. Su mente divagaba constantemente mientras caminaba en dirección a la joyería de Macchi, pues a esas horas era el único sitio donde podía encontrarlo. Aún no se creía lo ocurrido. Ariel y él eran novios. Si bien era lo que había deseado como un loco desde que conociera a su precioso niño no podía evitar sentirse como un abusador de menores o un pervertido que quería corromper a una criatura inocente.

“Oh, por todos los cielos”. Gruñó Bad Mad, cruzando y descruzando los pies en su silla de madera. “El chico prácticamente te suplicó que fueras su pareja, ¿y ahora te sientes así? ¡Por favor, Mad!”.

“Es que es tan pequeño…”.

“Él quiere estar contigo. Te lo dijo bien claro: Quiere ser tu novio y te ve como a un hombre con quien estar. ¿Es algo tan difícil de entender?”

Mad volvió a suspirar, dejándose llevar por la fuerza de sus perros. Necesitaba hablar de eso con alguien aunque dudaba de que Macchi fuera mucha ayuda. Siguió caminando por un buen rato hasta que, al cabo de treinta calles en dirección al centro, llegó a la joyería. Tocó el timbre, mirando al interior a través de la puerta de vidrio. En la vidriera podían verse hermosas piezas de oro y plata con pedrería, también había otras con cristales de roca y gemas en las estanterías y en el escritorio donde posaba la caja registradora, estaba Macchi atendiendo un cliente.
En cuanto se dio cuenta de su presencia apretó el botón que desactivaba el seguro de la puerta y Mad sólo tuvo que empujar antes de que parara el pitido para abrirse paso.

La joyería era enorme. Tenía escaparates con joyas, tiaras, anillos, cadenas y dijes en todos los rincones. Las paredes estaban decoradas con cuadros bonitos, coloridos y alegres, contrastando con el color beige de las paredes y el blanco del piso. También tenían cámaras de seguridad y una pequeña pantalla cerca de la caja para asegurarse de que nadie tomara nada. Macchi sólo tenía dos ayudantes, Anabella y Carlos, por lo que esa era la única forma de evitar robos cuando la tienda estaba llena de gente. Cada vez que le preguntaba a su amigo por qué no contrataba más gente decía que eso sería demasiado problemático. Bastante tenía ya con todos los maestros y aprendices que llenaban su escuela de joyería en el piso superior.

Esperó a que el cliente, un hombre entrado en años de muy buen porte, se retirara. En cuanto cruzó la puerta Macchi abandonó su puesto en la caja registradora y casi corrió hacia él ignorando a los canes.

—¡Mad, querido! —dijo luciendo su mejor sonrisa a la par que le daba un enorme abrazo y besaba su mejilla—. Al fin te haces un tiempo para visitarme pero tengo una queja: ¿Era necesario traer a las bolas de pelos?

Como si supieran lo que decía, Misha y Eddie gruñeron y se echaron en el piso.

—Descuida, no harán escándalo ni nada parecido. Son muy educados. Además, tenía que hacerlos caminar y me pareció una buena oportunidad para venir a verte. ¿Pueden remplazarte un rato en la caja mientras tomamos café?

—Por supuesto —sentenció—. De todos modos estas son las horas más lánguidas. Carlos, quedas a cargo de la caja y Anabella de los clientes. Ven, vamos al despacho a comer algo. Mi chico me trajo unos bollos de crema criminales de lo ricos que están. Trae a tus perrazos, así les doy algo de tomar también.

Macchi detestaba los perros, pero que tuviera ese gesto amable con sus “bebés” le pareció algo encantador. Siguió a su amigo puertas adentro en dirección al despacho; este era una cocina mediana que se encontraba en el pasillo que separaba la joyería de la escuela. Al final del pasillo estaba el baño y al lado las escaleras que iban al segundo piso, en el medio estaba la cocina donde ahora su amigo le preparaba café en una de esas máquinas de expresso y abría el refrigerador para tomar la leche y servirle a los perros en un cuenco. Allí tenían espacio suficiente para la máquina, el refrigerador, un fregadero con un microondas, y una mesa pequeña casi pegada a otra donde se sentaron al estar listo el café.

—Hay algo que debo contarte —dijo Mad antes de que Macchi pudiera tan sólo servir los bollos en un plato.

El japonés se detuvo en seco y arqueó una ceja. Sólo se escuchaba el ruido de los perros al beber.

—¿Es sobre Ariel?

—Últimamente no te hablo de otra cosa, ¿cierto? —sonrió, sintiéndose de golpe muy avergonzado. Se daba cuenta de que usaba a Macchi para expresar todos sus secretos, sus fantasías y cualquier otra cosa que vinculara a su niño… Pero no tenía a nadie más a quien recurrir—. Lo siento, debo de aburrirte como nunca.

—En realidad no —Mad abrió mucho los ojos, sorprendido—. Es cierto que no hablas de otra cosa pero, por otro lado, es bastante divertido escucharte y aconsejarte. Me gusta que te comportes así por Ariel, quiere decir que estás enamorado de verdad.

—¿No te molestaba eso? Es decir, tú siempre dices que la gente no debe enamorarse.

—Y lo mantengo, pero creo que todos nos merecemos un enamoramiento alocado de vez en vez. Te conozco de toda la vida Mad, estudiamos juntos, crecimos juntos, follamos juntos, hacemos de todo juntos y hasta fuimos pareja. Sé que nunca vas a ser tan feliz como cuando estuviste conmigo, pero está bien que lo intentes una vez más —el moreno tomó el plato con los bollos, caminó a la mesa en completo silencio y luego se sentó sin abrir la boca hasta darle el primer sorbo a su café—. Luego de lo de Josh te veías tan alicaído y desconfiado con la gente que me preocupé. Saber que estás tan enamorado de ese chico como para que vengas a pedirme consejo me pone, en cierto modo, muy contento.

—Vaya… —estaba tan sorprendido que no sabía bien qué responder a eso. Era la primera vez en meses que Macchi hablaba tanto sin decir alguna obscenidad en el medio y la primera vez, desde su separación con Josh, que le oía hablar así—. No sabía que me hubiera afectado tanto lo de Josh.

—Es lo que le pasa a todos cuando se sienten engañados por alguien a quien quiere —tomó un bollo y se lo llevó a la boca—. Pero, siguiendo con lo nuestro, sí te afectó y yo me di cuenta porque te conozco como a mi propia mano. De hecho te conozco tanto que puedo decir con sólo verte que estas muy feliz y extrañamente perturbado. ¿Qué pasó?

Jean Claude hizo una mueca con la boca y se mordió el labio. Tomó un poco más de café y mascó su bollo casi sin saborearlo entre tanto le relataba a Masaaru lo ocurrido la tarde anterior, una vez que él se había ido. Le contó de cómo evitó a Ariel, de sus gritos al ver la peli de zombis, de su beso, le dijo absolutamente todo sintiendo cómo sus mejillas iban tomando color a medida que el relato avanzaba. Para cuando terminó, ambos iban por la segunda taza de café y Macchi le miraba con los ojos bien abiertos y una sonrisa juguetona.

—¡Oooh, felicidades! Al fin se te cumplió el sueño, ¿cierto? ¡Ya son novios! ¿No estas contento?

—Sí…

—Muestra un poco más de entusiasmo, hombre —le reprochó el otro, dándole una palmada en la espalda—. ¡Sé feliz! La persona que amas se te acaba de declarar y te pidió explícitamente que fueras su pareja. Incluso lo besaste, lo tuviste en tu cama un rato y viven juntos. A este ritmo estarán casados en dos meses.

—Lo sé, lo sé —Mad suspiró, dejando su taza sobre la mesa y miró de reojo a sus perros, quienes dormían a pierna suelta sobre el piso frío. Pensar que los había comprado por Ariel—. Es que no me siento del todo bien, ¿entiendes?

—La verdad, no. Explícate.

Con cierta acritud, Mad debió soportar los gruñidos molestos de su yo interno y buscar las palabras correctas para describir la maraña de emociones que sentía en su interior.

—Estoy feliz, muy feliz. Tanto que podría gritar pero… A la vez me siento muy mal.

—¿Por qué?

Sacrebleu, Macchi. ¿Es tan complicado? ¡Ariel es una criatura! Siento como si estuviera, no sé, violándolo o algo así.

—Hm, ¿ya te lo follaste? —inquirió el otro, haciendo que Mad enrojeciera violentamente y se tensara.

—¡No! Pero, ¿qué te pasa eh? ¿Apenas si nos emparejamos y ya me ves follándolo?

—Es que ya llevas casi medio año queriendo tirártelo. ¿Cuánto más vas a esperar?

—¡Masaaru! —gritó tan desesperado que los perros se exaltaron y alzaron las orejas, dispuestos a atacar si su amo estaba en peligro. Jean Claude tuvo que cerrar los ojos, serenarse, y reconocer que si se ponía de esa manera era porque no podía dejar de pensar en el tema, porque deseaba a Ariel con toda su alma y su moral le gritaba a todas horas que era un degenerado sólo por besarlo—. Esperaré todo el tiempo que Ariel me lo pida. No soy un violador.

—A ver, déjame ver si entendí. ¿Estas feliz porque son novios, cierto?

—Cierto.

—Peeero te sientes mal porque Ariel es un niño aún.

—Exacto.

—Y aún así, piensas aguantarte las ganas todo el tiempo que Ariel necesite —Mad, apesadumbrado, asintió—. ¿Te das cuenta de que estás muy mal de la cabeza? Tienes lo que vienes deseando desde hace un montón de tiempo, tu chico se te confiesa y quiere ser tu pareja sin importarle que deba ser en secreto, ninguno de los dos presiona al otro por tener relaciones. ¿Qué más quieres, joder? ¿Te pones en moral ahora que el pequeño está muerto por ti? ¡Lo hubieras pensado antes de enamorarte de él!

Muy a su pesar, Jean Claude debió reconocer que tenía razón.

—Tu problema es que te sientes mal porque quieres tratar a Ariel como a un novio pero no sabes cómo. Te molesta la diferencia de edad, te sientes un pervertido y lo entiendo, pero piensa que es él quien te eligió por voluntad propia. Aparte, ni que fueran los primeros o los últimos en tener una relación tabú, caramba.

—Quiero besarlo y abrazarlo todo el tiempo. No sé como controlarlo.

Masaaru guardó silencio un minuto, consciente de que Mad pensaba seriamente en todo lo que había dicho, y respondió:

—¿No se te ocurrió pensar que Ariel quiere lo mismo? Si vas a estar en una relación seria con una persona que no sabe nada del tema tendrás que tomar la iniciativa. Habla con él, abrázalo, bésalo y ve cómo reacciona. Es mejor eso a que el chico se enfade porque siente que no te gusta.
Entonces se puso de pie un instante y salió de la habitación con la excusa de ir a ver como les iba a Carlos y Anabella, dejando a su amigo sólo con sus pensamientos. ¿Y si Macchi tenía razón?



En la escuela Baptiste School, la mitad de los chicos estaban en sus respectivos clubes. En el caso de Ariel y sus amigos, Vlad, Shenshen, Christian y él eran los únicos que tenían un club ese día. El alocado escritor tenía su taller literario ese día y los demás su reunión con el club de música. Esa vez el profesor, que ya había terminado de hacer las partituras para el nuevo himno de la escuela que ensayarían a partir de ese día durante una de las clases de la semana, les había pedido una tarea simple: que escogieran la canción que más les gustara y la tocaran, con canto incluido para el que sabía cantar, en su instrumento. Las mejores interpretaciones serían grabadas por él y enviadas a los jueces del concurso de coros regional para ganarse un lugar entre los participantes.
Los chicos se agrupaban en las gradas, hablando sobre qué canción tocarían mientras que el profesor preparaba todo. Shenshen estaba excitadísimo con la idea, al punto en que se mecía de un lado al otro sobre su asiento. Ariel se reía al verlo.

—¿Emocionado, Shiro?

—Mucho. Este desgraciado del profesor no nos hacía tocar nada divertido… Se supone que los clubes tienen que ser entretenidos pero lo único que hacíamos era tocar música clásica, himnos, y no sé qué más chorradas.

Christian frunció la boca.

—Pero los coros también tocan música clásica, Shen.

—Ya, pero es aburrido. ¿A que sí, Ariel?

—A mí me gusta, pero entiendo lo que dices. ¿Qué piensas tocar?

Ante la pregunta, su amigo nipón esbozó una sonrisa de oreja a oreja y acarició los palillos de su batería.

—Heeding the call de Hammerfall. Es una canción bien pesada.

—Ey, suena bien. ¿Y tú, Chris?

—Tocaré algo de jazz, nada importante —ahora Christian estaba mucho más relajado que antes, quizás porque estaban en el club. Volvió a repetirse mentalmente eso de hablar con él cuando salieran—. ¿Y tú?

—La verdad es que no pensé en eso aún… Me gustaría cantar algo de Carla Bruni, era la favorita de mi mamá pero ella canta en francés. Supongo que haré el solo de piano y ya.

—¿No te sabes la letra? —quiso saber su amigo, mirándole con curiosidad.

La pregunta hizo que Ariel se ruborizara. Sabía cantar, al menos un poco, pero le daba mucha vergüenza hacerlo en público y más cuando se trataba de un idioma que no era el suyo.

—No sé pronunciar el francés —mintió casi en un murmullo. Cortó la conversación diciéndoles a sus amigos que tocaría el solo de piano y que, si el profesor le pedía cantar, lo haría sólo en su lengua.

Cuando todos eligieron su canción, fueron pasando de a uno por vez. El maestro les decía cuándo debían detenerse y anotaba algo en su libreta antes de hacer pasar al siguiente alumno siguiendo la lista. Ariel quería tirarse a un pozo. Ya fuera por la primera letra de su nombre o su apellido, no cabía duda que pasaría al frente antes que sus amigos y le daba mucha vergüenza. En efecto, el profesor le llamó casi con expectación, como si deseara desde lo más hondo escuchar su interpretación. El muchacho respiró hondo, sacó pecho, y fue a sentarse en el piano de media cola de la escuela antes de que sus dedos comenzaran a hacer magia con las teclas. Su profesor parecía contento, mucho en realidad, pero le detuvo a mitad de su interpretación.

—¿Puedes cantarla? —preguntó a quemarropa.

—¿Eh?

—Que si puedes cantarla.

—Emh… —no pensaba cantar en público—. No soy bueno cantando.

—¿Por qué no le das un intento? Algo me dice que tienes una voz muy bonita cuando cantas.

“No, no la tengo” pensó, queriendo darse de cabezazos contra la tapa del piano hasta perder la conciencia. Sabía muy bien cómo sonaba su voz al cantar y no quería que le molestaran por eso.

Además, su acento era un terrible problema.

—Es que… la canción está en francés y…

—¿El idioma es un problema para ti?

Io non parlo bene el francese, signore. No hablo bien el francés.

El maestro de música hizo una mueca, pensando en alguna forma de hacerlo cantar hasta que chocó las palmas y le sonrió.

—¿Y si es en tu idioma natal? ¡Inténtalo!

Casi con deseos de que la tierra se lo tragara, Ariel respiró hondo y comenzó a tocar en do menor.



Al abandonar el salón, Ariel tenía la cara completamente roja. Había pasado la vergüenza del siglo cantando en italiano delante de todos sus compañeros que le miraban fijo mientras él interpretaba la canción. ¡No habían dejado de mirarle ni un instante! Sentía ganas de tirarse debajo del tren en movimiento, preguntándose cuánto tiempo tardarían en jorobarle como antes. Había caminado tan rápido en un intento por huir de allí que ni se dio cuenta de que sus amigos quedaron atrás. Christian, al verlo, lo llamó con un silbido pero Ariel siguió caminando y no tuvo más opción que ir tras él y tomarle por el codo. El menor se sorprendió, al menos hasta ver la sonrisa de su compañero.

—What is your problem? Are you alright?

—¿Ah? —por un instante, Ariel no comprendió qué le estaba diciendo hasta que recordó todas sus clases de inglés de sopetón y suspiró—. Estoy bien, sólo pasé la humillación pública del día, pero no es nada serio.

—¿Humillación? Pero si cantaste muy bien y el profesor incluso te felicitó. Sólo fallaste dos acordes en el piano, pero eso le pasa a todo el mundo.

El chico hizo una mueca.

—Pero fue humillante, todos mirándome fijo mientras canto. ¡Odio cantar delante de otras personas! Me pongo nervioso, me sudan las manos, y me preocupo tanto por que mi voz suene bien que me cuesta coordinar con el piano y por eso fallé. ¿Cómo puede fallar alguien que conoce de memoria la posición de las teclas tan bien que puede tocar con los ojos cerrados y hasta sin oír? Además —hizo una pausa, caminando a paso largo y ligero con su amigo siguiéndole a la misma velocidad. Todavía tenía la cara colorada por la pena—, mi voz suena como la de una niñita cuando canto. Se van a burlar de mí, ya verás.

Christian pensó en ello un instante. Si bien era cierto que la voz de su amigo sonaba tan aguda como para confundirla con la de una chica cuando cantaba, no era muy diferente de la voz de un niño cantor de la iglesia. Pero Ariel ya tenía bastantes cosas de las que sentirse avergonzado como para preocuparse por una más.

—Entonces dile al profesor que no piensas cantar y ya está. Amenázalo. Él no puede obligarte a nada, va contra las reglas. Así que si quiere que toques el piano, deberá permitirte no cantar.

—Los dioses te escuchen, Chris —musitó, poniendo los ojos en blanco antes de mirar a su amigo y notar, no sin cierta sorpresa, que faltaba uno. Miró a su alrededor y detrás de él, pero Shenshen no estaba en ningún lado. Sólo les rodeaban sus compañeros de diferentes cursos que llegaban o se iban de sus respectivas actividades—. Por cierto, ¿dónde anda Shiro?

Ante la pregunta, Chris enfocó la vista al frente y carraspeó.

—Le dije que se adelantara. De todos modos él tenía que irse rápido, quería ir a comprar un regalo para una chica.

—¿Shen tiene novia?

—No lo sé, no me quiso decir —frunció el ceño, obviamente extrañado, y sin dejar de caminar—. ¿Me preguntas si Shirogane tiene novia pero no me preguntas por qué le dije que se adelantara?

—Asumí que querías hablar conmigo. Aparte, yo iba a decirle lo mismo —Ariel contempló la cara asombrada de su amigo con una semisonrisa algo forzada, y le pasó la mano por los hombros para acercarlo y caminar juntos—. Ven, aprovechemos que nadie viene a buscarme hoy. ¿Está bien si hablamos en el patio? A estas horas casi no hay nadie allí.

—Sí…

En el camino, ambos se mantuvieron en silencio. Por fortuna para Ariel no era un silencio incómodo, pero podía advertir por la expresión de Christian que para él la cosa no era así. A esas horas no había mucha gente en las afueras de la escuela, sólo los que practicaban algún deporte en las canchas. El patio estaba limpio, poblado apenas por uno o dos estudiantes que estaban comiendo, leyendo o esperando a alguien más, por lo que no les costó nada pararse en un rincón que les permitiera ver la entrada en caso de que alguno de sus amigos apareciera de último minuto. Al principio tanto Chris como él guardaron silencio, apoyados contra una pared de la escuela mientras miraban en otra dirección. Ariel no sabía bien qué preguntar ni cómo. Con Christian, uno nunca estaba del todo seguro. Sí, él se enternecía cuando le ponían morritos pero nada garantizaba que eso ocurriera en una conversación seria. Finalmente, y luego de un hondo suspiro, Ariel decidió romper el hielo por que, si no lo hacía, nunca iban a aclarar nada.

—Esto… Christian —tosió para aclararse la voz y se volvió hacia él—. Últimamente te has portado muy extraño conmigo, en especial desde que les dije lo de… ya sabes —hizo un gesto vago con la mano para explicarse, gesto que el inglés comprendió a la perfección y respondió con un movimiento de cabeza—. ¿Es conmigo? ¿Tienes un problema por que yo…? Bueno, tú me entiendes.

Para su sorpresa, Christian puso una cara de pasmo total y abrió los ojos desmesuradamente antes de mover la cabeza de un lado al otro con energía. Parecía desesperado y sin saber a qué responder primero.

—¡No! —exclamó, mirando en todas direcciones—. ¡Claro que no! Ok, lo confieso: siempre me dieron grima los gays, me enseñaron que eso era cosa de depravados y enfermos que serían carcomidos por las llamas del infierno. Sé que no es cierto pero aún así me incomoda un poco, ¿sabes? Pero no es por eso, no… No tengo nada contigo, eres mi amigo.

—¿Seguro?

Absolutelly. Sólo que me preocupo por cómo saldrá todo y sí, me es algo incómodo, pero no es como para que me moleste y te rechace o algo similar. Vladimir me ha enseñado a tener la mente más abierta. Y tú eres mi amigo —agregó con una sonrisa—. Podrías ponerte un vestido de gasa con botas vaqueras para salir a la calle y te querría igual.

Esa confesión le devolvió la alegría y la confianza a Ariel. Sintió deseos de abrazar a Christian pero era consciente de que a él le molestaban que lo abrazaran en público, por lo que se limitó a tomar su mano y estrecharla con fuerza como todo un hombre.

—Me alegra mucho oír eso, Chris. Es que hoy actuabas tan extraño que comencé a preocuparme de que te diera rechazo.

—No, qué va. De hecho, estaba nervioso porque quería hacerte unas preguntas y no sabía cómo.

Es que, verás, son preguntas algo extrañas para mí.

—¡Oh! —el menor pestañeó varias veces, preguntándose a qué clase de preguntas se refería su amigo. Supuso que no sería nada demasiado terrible, por lo tanto volvió a apoyarse en la pared y respondió—: Haberlo dicho antes, hombre. No tengo ningún problema en contestarte nada, sabes que te debo unas cuantas. Anda, dispara.

Christian, por su parte, dudaba de si preguntar o no. ¿Acaso Ariel se daría cuenta? No, su amigo era demasiado ingenuo e inocente como para eso. Lo más probable era que respondiera a sus dudas y se tragara cualquier excusa que le diera. E incluso si se daba cuenta, Ariel era muy capaz de guardar el secreto.

—De acuerdo. ¿A ti te gusta mucho… eso, cierto?

No había que ser científico cuántico para saber que estaba hablando de su Maddy.

—Sí, mucho. ¿Por qué?

—¿Cómo fue que comenzó a gustarte? ¿Fue algo rápido, fue paulatino…?

—Pues fue paulatino. Al principio nuestra relación era como una amistad, pero era más que una amistad y menos que un noviazgo. Es bastante complicado de explicar, pero fue gustándome más y más a medida que más tiempo pasaba con… eso, más lo quería para mí —se sentía mal al hablar de Mad como si fuera una cosa, pero era mejor aquello a que alguien escuchara nombres y los delatara—. Pero a él le pasó al revés. Dice que comenzó a sentir eso desde el primer momento en que nos vimos.

La respuesta pareció satisfacer a medias la curiosidad de Chris.

I understand. Pero, ¿qué sientes cuando estás con eso?

—Me siento feliz. Cuando no podía tenerlo y creía que era imposible para mí sentía celos, impotencia, tristeza, muchas cosas. Sentía mariposas en el estómago cuando lo veía —dijo, esbozando una tierna sonrisa amorosa—. Ahora me siento como si volara, me siento ansioso, completo. Tengo muchas dudas casi todo el tiempo, pero estoy contento y conforme con mi decisión.

Si bien hasta ahora las preguntas de su amigo le habían parecido algo extrañas, no tuvo problema en respondérselas. Quizás sólo era simple curiosidad o para cerciorarse de que quería a Mad. Sin embargo, la siguiente pregunta lo dejó en jaque por unos instantes antes de poder reaccionar.

—Y tú… Emh, ¿te atrae? Es decir, ¿te excita o…?

—¡Chris! —chilló, enrojeciendo a pleno. Eso era algo que no pensaba responder aunque él supiera, muy en el fondo, que la respuesta a todo eso era “Sí”—. ¡Esa clase de cosas no se preguntan! ¿Por qué te interesa si no es de tu incumbencia?

I am truly sorry, but… Sólo quería saber. Agh, lo lamento, debí haberte dicho primero. Tengo un amigo, no le digas a nadie de esto, ¿vale? —Ariel, todavía rojo y molesto, asintió—. Tengo un amigo que cree ser gay. No está del todo seguro y está muy asustado, creí que si hablaba contigo podría aconsejarlo o algo así. No quise incomodarte.

—Bueno —con un suspiro, Ariel se ablandó—. Cuando menos fue por una buena causa. Debe ser difícil para tu amigo pero tampoco es el fin del mundo, hoy día buena parte de la población es gay. Dile que piense profundamente en lo que siente y piensa, que no se deje influenciar por las presiones. Créeme, es mejor admitirlo que hacer lo que hacen la mayoría.

—¿Hacer qué?

—Casarse para ocultar su homosexualidad y hacer infeliz a otra persona por el resto de su vida y a sus hijos, si es que llega a tenerlos. Digan lo que quieran pero para mí eso no es vida. Ni de chiste.

Christian se rió y estaba apunto de preguntarle más cuando un ruido de motor en la entrada los distrajo. Al mirar ambos se encontraron con algo que no se esperaban, luego de cruzar miradas de sorpresa y prometerse en voz baja hablar más tarde por teléfono, Ariel se acercó al objeto ruidoso. ¿Qué demonios hacía él ahí?



Jean Claude silbaba alegremente una canción, acomodándose en el interior de su auto. Luego de ir a ver a Macchi había regresado a casa con los perros, les había dado un baño y comida antes de llevarlos al patio, después revisó su agenda e intentó terminar dos maquetas y un par de planos que habían quedado inconclusos. Sólo pudo con una maqueta y dos planos, pero era algo, al menos ya empezaba a trabajar a un mejor ritmo. No podía darse el lujo de dormirse en los laureles, quedarse sin ningún tipo de trabajo y perder todo lo que tenía, ahora en su vida había demasiadas personas a las cuales proteger, demasiados en quienes pensar como para quedarse sin dinero de golpe por vago. ¿Qué haría si no tuviera dinero? ¿Con qué mantendría a sus bebés? Y por “bebés” se refería tanto a Ariel como a sus perros. No quería arriesgarse a perderlos por nada del mundo, no ahora que eran completamente suyos.

Él era el hombre de la casa, él era quien debía trabajar a como diera lugar para mantenerlos. ¡Para eso era el mayor! Su deber era cuidarlos, en especial a Ariel. Debía cuidarlo, quererlo y mimarlo, era su obligación como adulto. Tenía dinero en el banco, claro que lo tenía, incluso suficiente como para vivir sin trabajar un par de años, pero no quería arriesgarse a nada. Ahora que Ariel vivía con él como pareja se encargaría de ahorrar un poco de cada uno de sus pagos sólo para tener algo a lo que aferrarse en caso de que lo necesitara.

El Doppelgänger, hastiado por el ritmo y el camino que tomaban sus pensamientos, soltó un bufido.

“Sigue así y le terminarás pidiendo a Ariel acuerdos prenupciales”.

“¿A qué te refieres, Bad Mad?”. Respondió, frunciendo apenas el ceño mientras doblaba en la esquina. “¡Lo hago por su bien! ¿Y si me quedo sin dinero y no puedo ayudarle cuando lo necesite o pierdo mi casa? No puedo darme el lujo de arriesgarme”.

“Hablas como un adulto”. Replicó, riéndose por lo bajo.

Las mejillas de Mad se tiñeron un poco, aunque de rabia.

—Soy un adulto, maldita sea…

“Claro
”. Su yo interno parecía entre pensativo y molesto, no tocaba nada de lo que estaba encima de la mesa de té por primera vez en mucho tiempo, sólo se sentaba en su enorme silla con las piernas cruzadas, un tanto despatarrado. “Por eso piensas que Ariel dejará de querernos si no tienes dinero. Es lo que hacen los adultos, típico…”.

Tales palabras casi le hacen pisar el freno a fondo en plena avenida atestada y causar un accidente de tráfico terrible. Era consciente de que su Mad interno decía todo lo que él ocultaba en cierta manera, que Bad Mad lo ayudaba a expresarse, ¿significaba eso que él consideraba a Ariel un cazafortunas que estaba con él por su dinero? No, él nunca pensó así de su niño. Sabía que Ariel lo querría igual, pasara lo que pasara, y que el dinero nunca sería un problema entre los dos. Ariel trabajaba, ganaba su propio sueldo. No era por ello que tomaba esas precauciones.

“No… Bad Mad, estas equivocado”. Sólo entonces su Doppelgänger alzó la vista, demostrando interés en sus palabras. “Quiero asegurar mi futuro con Ariel, pero no porque crea que él dejará de amarme si no tengo dinero. Quiero ser capaz de ayudarlo en todo lo que pueda, quiero protegerlo. Y para eso necesito dinero, todo el que pueda, por lo que trabajaré muy duro de ahora en adelante”.

Su respuesta dejó a su Doppelgänger pensando por un rato, mientras él se dedicaba a conducir responsablemente. En lo que Bad Mad había acertado era que estaba hablando como un adulto, que ahora actuaba como un adulto. Ya no podía ser el eterno adolescente, tenía que madurar aunque fuera un poco si quería que todo saliera bien. Si iba a tener una relación seria, un verdadero compromiso con alguien como su pequeño, incluso a riesgo de ir a la cárcel, entonces tenía que ser responsable y hacer las cosas bien. No había cabida para errores.
Como su yo interno se mantuvo callado durante el resto del viaje, Mad se dedicó a conducir tranquilo hasta la escuela de Ariel. Sabía que le había dicho que no iría a buscarlo pero quería darle una sorpresa. Una de las cosas que Mad siempre había querido hacer con algún novio era poder consentirlo y mimarlo, darle sorpresas o cosas similares y después ser mimado él también. Se preguntaba cómo reaccionaría Ariel al verlo en la entrada de su colegio y las posibilidades le hacían sonreír. Frenó al llegar y aparcó enfrente de la escuela, respirando hondo para darse valor e ingresar al patio principal por la entrada. Su imagen de Ariel riéndose y corriendo hacia él para abrazarlo quedó hecha trizas cuando chocó de lleno con Ariel, su precioso Ariel, abrazando a un chico moreno y alto de cabellos negros. Si su memoria no le fallaba ese era Luca, el primo de Ariel, aquél del que había tenido celos esa misma mañana aunque su niño le jurase que lo quería como a un familiar.

Ahora los veía a ambos abrazándose y riéndose. Ariel estaba dándole un beso en la mejilla a Gian Luca y se le colgaba del cuello mientras que éste lo alzaba por la cintura todo sonriente. Nunca se había dado cuenta de lo bien que se veían juntos ellos dos, parecían una pareja casi perfecta: Luca, alto, moreno y con una sonrisa arrebatadora capaz de contagiar a cualquiera. Era obvio que el chico tenía experiencia, que su personalidad era un poco juguetona, pero que a su vez era muy responsable y cariñoso. Y guapo. Era malditamente guapo, y joven, mucho más joven que él, sin arrugas al sonreír ni nada de eso, con un cuerpo muy atlético y bien proporcionado como el de un Dios griego. Ariel, en cambio, lucía como una diosa o un hada, pareja perfecta para él. Era cariñoso, responsable, querible, dulce. Tan pequeño, con su piel blanca contrastando a la de su primo y su aspecto delicado haciéndole juego. Sí, no cabía duda, eran un dios griego y su diosa.
Jean Claude sintió una fiera rugir desde lo más profundo de su ser. La bestia gruñía, afilaba dientes y colmillos para aniquilar a cualquier enemigo que intentara llevarse a su amante del mismo modo en que lo haría un animal cuando otro trata de quitarle a su hembra. El macho alfa tenía que proteger a su beta, cuidarla y evitar que cualquier otro pusiera si quiera los ojos en ella aunque debiera pelear y morir en el intento. Fue acercándose lentamente a ellos, a pasos cortos, dándose así la oportunidad de escuchar lo que decían. La fiera dejó de gruñir tan fuerte al ver que Ariel no estaba solo, con él se hallaba su amigo inglés, Christian, e iban sumándose algunas personas curiosas que se acercaban a ver al “tío guapo montado en motocicleta”.

—¿…demonios haces aquí, primo? —esa era la voz de Ariel, había dejado de colgarse de su primo y lo miraba con curiosidad.

—Mamá me llamó… asé a saludarte antes de…

Mad se maldijo, no podía escuchar muy bien y siguió acercándose de forma que Ariel no notara su presencia. Por suerte ahora captaba más pedazos de la frase.

—Qué mal… debe ser complicado con tantos clientes en el restaurante. Me alegra que hayas pasado por aquí, últimamente no he podido verte.

Gian Luca se encogió de hombros y sonrió un tanto apenado.

—Lo sé. Pese a que los exámenes terminaron y aprobé, ahora comienza un nuevo trimestre y tengo materias nuevas que estudiar.

—Ya, ya, no te estoy pidiendo explicaciones. La universidad es complicada, ya sé —Ariel sonrió. Jean Claude decidió dar el paso definitivo y dejar que Ariel le viera, ¿cómo se atrevía a sonreírle a su primo de la misma forma que lo hacía con él? Encima era su sonrisa predilecta la que le estaba dedicando—. Tienes que estudiar mucho para ser el psicólogo de la familia, ¿recuerdas? Y luego me atenderás gratis, como prometiste.

Ariel estaba tan concentrado en la charla con su primo que no se daba cuenta de la presencia de Mad. La verdad era que, a pesar de que le ponía muy feliz estar con su primo, quería que se fuera rápido ese día para que Mad no se preocupara y pudieran ver la película juntos como habían planeado. Sin embargo no se había dado cuenta de que algunos de sus compañeros se acercaban, llamados por la curiosidad y al ver el trato que había entre él y Gian Luca. Uno de ellos se atrevió a preguntar:

—Hey, D’cciano, ¿quién es él? Sabes que no pueden entrar personas externas a la escuela.

“Huy, no”. Ariel mascullaba por dentro. “Si pasa algo me retendrán aquí más tiempo”.

Estuvo a punto de responderle de mala manera que se metiera en sus asuntos pero, antes de que pudiera decir nada y con Mad a sólo dos metros de distancia a espaldas de ellos, Gian Luca lo abrazó por detrás y exclamó.

—¡Soy su novio!

Fue como dejar caer la bomba de Hiroshima en pleno colegio. Ariel quería suicidarse, irse corriendo a la estación y arrojarse debajo del tren a pesar de que esa era una broma que su primo hacía a menudo. ¡Pero por qué la hacía en la escuela sabiendo como se comportaban todos allí! Comenzó a sentirse rabioso con su primo, en especial al darse la vuelta ante un gesto de Christian y ver a Mad ahí, mirándole. A pesar de las risas de sus compañeros, Ariel sólo podía pensar en él.

Jean Claude estaba ahí, estático. Sabía que eso no era cierto, seguramente sería una broma entre primos pero qué broma tan cruel. Imaginarse a su niño con alguien más le encogió el corazón, pero lo soportó como un guerrero aguanta la lanza atravesándole y se atrevió a reírse un poco.

Gian Luca abrazó más a Ariel sin darse cuenta de nada.

—Somos novios, ¡en serio! Lo conozco desde hace catorce años, ¿no es genial?

Ariel apretó los puños.

—¡No le hagan caso, es mi primo! Gian Luca deja de decir esas cosas y de hacerte pasar por mi novio, ¡no es gracioso! —decía eso, pero todos los presentes se reían.

—Oh vamos, claro que sí. Además tú y yo seríamos la pareja perfecta. Ponte algo sexy hoy, cariño. Te llevaré a cenar.

Luca sabía que cuando su primo lo llamaba por su nombre completo las cosas no iban bien, pero se había atrevido a continuar el juego y tirar de la fina cuerda que era su paciencia, por lo que se merecía un buen escarmiento. Él supo que había metido la pata cuando Ariel le miró ceñudo, apretó los puños hasta dejarse los nudillos blancos y masculló “Porca miseria” antes de hacer su movimiento. Lo recibió en la pierna, justo sobre las canillas. Fue tan rápido que el pobre chico no sabía si gritar o tratar de sobarse la zona que Ariel había golpeado, ahora muy dolorida.
Incluso a Mad le dolió semejante golpe. Nunca había visto a Ariel tan enojado como para pegar una patada con toda la bronca del momento. Hasta había dejado a Luca jadeando y los demás se habían dejado de reír.

—P-parece que la patada supersónica sigue activa —gimoteó el moreno, aguantándose para no lagrimear.

A una buena parte de Mad le alegraba verlo así, a pesar de que le daba algo de pena.

—Eso te pasa por hacer esta clase de bromas en la escuela. ¡Sabes que no me gusta, primo! No es el momento ni el lugar para algo así. Estoy enfadado contigo así que me voy a casa. ¿Mad…?

—¿Vas a dejar a tu primo así?

—¡Bah! —Ariel hizo un gesto vago con la mano—. Está acostumbrado, se repondrá enseguida. ¿Cierto, primo?

Este asintió con la cabeza.

—En efecto… —de alguna manera, se las arregló para ponerse de pie e ir cojeando hasta su moto—. Pero me alegro que esta vez no haya sido en el estómago. La última vez que me lo hizo no pude comer nada por una semana.

—¿Lo ves? Ya vámonos.

El niño arregló con Chris para verse en la semana y hablar de un asunto importante antes de ir con su primo y despedirse con un golpecito en el hombro. Ariel no daba besos cuando se enfadaba con alguien. Le dijo a Luca que estaba molesto con él, pero que se le pasaría pronto, y una vez que éste hiciera jurar a Ariel que el sábado iría a visitarlo a la casa, el menor fue con su pareja y caminó con él hasta el auto.

Ambos, que se habían mantenido en silencio, suspiraron al entrar al auto. El chico fue el primero en hablar.

—Lamento mucho eso, Maddy. Luca lo hace a propósito para hacerme enojar o molestar a la gente, es algo cargoso pero ignóralo. No era en serio.

—¿Por qué lo dices? —fingió hallarse sorprendido al tiempo que encendía el motor y comenzaba a andar en dirección a su hogar. Quería llegar pronto a como diera lugar.

—Vi la forma en que nos miraste a los dos, te veías tan… triste, tan mal. No quiero que mi primo sea motivo para que estés así, Maddy. Somos familia.

—Lo sé. Lo sé y lo entiendo. Bueno, en realidad no lo entiendo pero sé que ustedes no se aman de otra manera. Al menos no tú —al ver que el otro arrugaba la frente, disconforme con esas últimas palabras, agregó—. Pero no puedo evitar pensar que te iría mejor con él que con un viejo como yo. Mírame, en dos meses cumpliré treinta. ¿Y cuántos tiene él? ¿Diecinueve? ¿Veinte?

Ariel se mordió el labio. El ronroneo del auto era lo único que se oía, no había música ni chistes en ese viaje. Se notaba que Mad estaba enojado, iba a tanta velocidad que en unos minutos ya andaban por la avenida que los dejaba en casa cuando normalmente tardaban diez minutos más.

—Cumple veinte en enero.

—¿Lo ves? Sería más fácil si estuvieras con él.

No llegaba a comprender por qué se sentía tan celoso cuando no se había besado con nadie, a diferencia de él, que había estado saliendo con otros. Pero Ariel sí sabía lo que era la inseguridad y la rabia de los celos por haberlas sentido varias veces en carne propia, por lo que estiró su mano y la posó sobre una de las piernas de Mad ya que este tenía las manos ocupadas. Luego apoyó la cabeza en su hombro. Aquel tierno contacto logró calmar a la fiera dentro de Mad hasta hacerla ronronear, ablandándose. Se sentía como un idiota por reaccionar así.

—Sería más fácil, Maddy, pero a mí no me gusta lo fácil por dos razones. ¿Quieres saber cuáles?

—¿Cuáles?

—La primera es que las cosas que valen la pena de la vida no se consiguen fácilmente. Y créeme que lo sé muy bien —para su alegría, ya estaban en casa. El viaje había sido mucho más rápido de lo normal, incluso parecía que las rejas se estaban abriendo y cerrando de forma acelerada a como lo hacían siempre—. La segunda razón es que sí, podría estar con mi primo, sería fácil y nadie estaría en contra, pero hay un inconveniente enorme e imposible de traspasar: no quiero a mi primo como a un hombre sino como a un hermano mayor. Y al hombre con el que quiero estar para que me abrace y me bese todo el tiempo lo tengo aquí a mi lado. No digo que estar con él sea fácil, pero…



No pudo decir más. Jean Claude lo calló con un beso devorador aprovechando que estaban en el frente de su casa, dentro de las rejas, casi a punto de meter al auto a la cochera. Tomó al niño entre sus brazos con fuerza, apretándolo contra sí para asegurarse de que estaba allí mientras su lengua se paseaba por la boca de Ariel en un húmedo juego de pasión que los hizo gemir a ambos. El muchacho lo abrazaba también, se sujetaba de su chaleco correspondiéndole el beso y le tomaba por la nuca.

Ambos tenían mucho miedo de perder al otro. Sin embargo esa tarde fue Mad quien experimentó más miedo y lo demostró con ese beso posesivo que ahora le daba a su hada con todo el ahínco que poseía. Los celos y el temor seguían allí, agazapados, pero ahora estaba plenamente convencido y seguro de que Ariel lo quería, de que no lo dejaría por Gian Luca ni por ningún otro y que en verdad tenía mucho por hacer y madurar si quería tener una relación sería en verdad. Su chico, con sus palabras, no sólo había dulcificado a la fiera sino que le había puesto correa y collar. La fiera estaba siendo domada en miras de convertirse en gatito.
Cuando se acordó de dejar respirar a Ariel se separó de él lamiéndole el labio inferior una última vez antes de esbozarle su mejor sonrisa y pasarle un mechón tras la oreja.

—Eres tan maduro, mon amour. Parfois je me sens comme un enfant à vos côtés.

—¿Qué? —sonrojado y medio grogui, que Mad le hablara en francés no le ayudaba a ubicarse como debía—. ¿Traducción, por favor?

—Dije que me siento como un inmaduro comparado contigo. ¿Desde cuándo los chicos dicen esa clase de cosas?

Ariel se rió.

—¿Quién sabe? —respondió con otra pregunta, encogiéndose de hombros—. Supongo que soy un caso especial.

—Muy especial.

—¿Sigues enojado?

—¿Después de ese beso? ¡Pour l'amour du Christ! Ni el mismísimo Dios podría enojarse luego de eso. Y mucho menos cuando tiene a un señorito encantador que lo hace ver como el mejor hombre del mundo.

—Para mí eres el mejor del mundo, Maddy.

Mad soltó una carcajada, sintiéndose más alegre que nunca de golpe e ingresó el auto en la cochera. La tarde fue una delicia total: panqueques con dulce de leche, rosetas de maíz con caramelo, una buena película y ellos dos acurrucados en el sillón con los perros a sus pies mientras miraban la televisión. De hecho apenas si habían mirado la película, pues estuvieron todo el rato besándose, abrazándose con mimo y dándose de comer en la boca como si fueran una tierna pareja de recién casados. Jean Claude se sentía cómodo, en paz, pues nunca antes había logrado alcanzar tal nivel de intimidad con alguien sin que hubiera sexo primero, Ariel en verdad lo cambiaba. El niño por su parte estaba en el limbo de la felicidad, sintiéndose tan especial y querido que nada podía arruinarlo. ¿Qué importaba lo malo que habitaba el exterior cuando dentro de las puertas de su nuevo hogar estaba en el séptimo cielo? Cada vez que se abrazaba a Mad o se acurrucaba contra su pecho podía cerrar los ojos, concentrándose únicamente en su calor, su perfume o el ruido de su respiración. Era curioso como cosas tan simples le producían tanto placer.

La tarea quedó relegada para otro día. No hicieron más que estar así todo el tiempo hasta que se hizo de noche y cenaron juntos una pizza, tal cual y como habían planeado, comieron helado de postre mientras miraban una comedia de situación de la que ambos se habían hecho adictos y cuando se hicieron las once Ariel bostezó. Mad no pudo evitar abrazarlo y darle un beso en la frente mientras le quitaba el pote vacío de helado de las manos.

—Bebé, será mejor que vayas a dormir —le dijo, acariciando con ternura sus largos cabellos. Descubrió que eso adormilaba más al chico—. Te llevaré a tu cuarto, ¿sí?

—No tengo… —se interrumpió con un bostezo—, sueño.

—Ay, claro que tienes. Ven, déjame llevarte.

Pero Ariel no se movió.

—¿Vas a dormir tú también?

—No. Trabajaré en unos planos.

—No quiero que te quedes hasta tarde en tu despacho, no es sano —infló los cachetes y se cruzó de brazos a pesar de estar todavía arrebujado contra Mad. Mozart, acostado en el respaldo del sillón, bostezó y se dejó caer sobre el vientre de su dueño antes de irse al cuarto de Ariel provocándole a Mad un ataque de risa al ver la expresión de su niño—. Auch… Me las va a pagar, maldito gato.

—Ya, ya. ¿Te parece bien si trabajo en mi cuarto, entonces?

Eso pareció contentarlo. Ariel dijo que sí y se separó de Jean Claude para ir a darse un baño antes de dormir, le dio un último beso antes de ir en dirección al baño junto a su cuarto. Mad se dedicó a observarlo hasta que escuchó el ruido del agua, reprimiendo sus ganas de ir a espiarlo, acomodó la habitación, guardó la comida que sobraba y tras lavarse él mismo los dientes huyó a su cuarto para trabajar.



Jean Claude estaba sentado en la cama tapado con las sábanas hasta la cintura. Tenía puesta su bata de dormir, sus anteojos para ver bien de cerca, los planos estaban frente a él sobre la cama mientras que hacía las últimas revisiones. Eddie y Misha descansaban, uno arriba de la cama y el otro en el suelo alfombrado. Era lindo pero para él faltaba algo, algo indispensable que quisiera tener a su lado en ese preciso momento pero que no tenía el valor de ir a buscar. Ya estaba guardando las cosas entre suspiros abatidos cuando escuchó pasos en las escaleras y la puerta se abrió antes de que pudiera quitarse los anteojos.

Allí estaba Ariel, vestido con un pijama de verano y con el cabello mojado. Tenía la piel algo enrojecida por el baño, gotas brillantes caían por sobre su frente, sus sienes y continuaban el sinuoso camino de su piel hasta perderse entre la ropa de algodón compuesta por una playera holgadísima y unos pantaloncillos blancos con lunares. Se veía tan hermoso que Mad estuvo a punto de ponerse de rodillas y comenzar a rezar de no ser porque esa deidad le sonrió con cierta timidez, acercándose a la cama. No había nada que decir, ambos sabían que eso iba a ocurrir y los dos lo querían, ¿por qué no intentarlo entonces? Ya lo habían hecho unas cuantas veces, esta no sería distinta. Al menos, no distinta del todo.

Mad pasó saliva y sacó todo de la cama entre tanto Ariel se acercaba hasta ubicarse en el lado opuesto, vacío desde hacía ya mucho tiempo. En silencio, sin hacer ningún gesto, Mad contempló cómo Ariel abría el acolchado y las sábanas de la cama para meterse dentro y recostarse sin importarle que sus nuevas sábanas de algodón egipcio se humedecieran por su pelo mojado. El niño lo miró a los ojos y sonrió. Eso fue lo único que Jean Claude necesitó para quitarse las gafas, dándole tiempo a Ariel de abrazarlo y apoyar su cabeza mojada sobre el pecho ajeno. Ya habían dormido antes juntos, no tenía nada de malo hacerlo de nuevo ahora que eran novios.
Ariel sentía su propio palpitar yendo a velocidades tremendas e incluso temblaba tanto de alegría como de nervios. Quería dormir junto a él, sentir su calor y despertar viéndolo. Podía escuchar claramente el corazón de Mad, yendo a un ritmo tan acelerado como el suyo propio, en especial cuando su novio, siempre en silencio y conteniendo el aliento, alzó una mano para enredarla en su cabello mientras lo abrazaba con la otra. Se sentía cálido.

—Maddy…

Tan obnubilado estaba por sentir ese cuerpo menudo entre sus brazos, aspirando su aroma a recién bañado, que tardó mucho en responderle y ni siquiera fue una palabra.

—¿Hmh?

—Te late fuerte el corazón.

—Sí. Se pone así cuando estoy contigo —sus labios se curvaron en una sonrisa, enterrando la nariz en sus cabellos—. ¿Seguro que quieres dormir aquí?

—No me gustaría dormir en otro sitio. Mi cama se siente fría y no me gusta despertar solo.

—Está bien. Ariel, acabo de acordarme que tenía que preguntarte algo.

—¿Qué? —adormilado, el niño se acurrucó un poquito más.

Jean Claude sonrió y besó su frente, sin entender qué había hecho para merecerlo.

—¿Sabes que te quiero?

—Mmh, sí lo sé. Y yo también te quiero.

—¿Mucho? —quiso saber, deslizando suavemente su nariz por el hueco entre la oreja y la nuca de
Ariel—. ¿Me quieres más que a él?

—Ya te dije que sí, tonto. ¿Por qué me haces decirlo todo dos veces? Te quiero muchísimo, si no, no estaría aquí.

—Lo sé.

Esta vez fue Mad quien se acomodó sobre la cama, estirándose de forma tal que pudiera apagar la luz de la lámpara sin soltarle, pero Ariel se lo impidió.

—¿Y tú Mad? ¿Me quieres mucho?

Fingió que se lo pensaba mientras tomaba el interruptor de la lámpara.

—Claro que te quiero. Estás en segundo lugar de mi lista de “Personas a quiénes querer”.

—¿Eeeh? ¿¡Por qué!? —ya sabía que era una jugarreta, uno de los tantos juegos que practicaban. Puso morros e infló los cachetes, fingió estar muy enojado y ofendido pero no le salió porque no se alejaba de Mad ni un instante—. ¿Quién es más importante que yo?

—¿Quién más? Misha y Eddie, por supuesto.

—¿Me tienes en consideración después que a las bolas de pelo? No puedo creer que quien me gane ni siquiera sea una persona.

Fue entonces que Mad sonrió de oreja a oreja, una sonrisa tierna y bonachona aunque algo torcida, mientras jugaba con las hebras azabaches de Ariel.

—Hay una forma en que te quiera más que a ellos —respondió, imitando sus palabras de esa mañana. Ariel se dio cuenta por lo que le devolvió la sonrisa con aire picaron.

—¿Y cuál es?

—Dame un beso y te querré más que a nadie.

Ambos se abrazaron, Mad apagó la luz y fue recostándose lentamente sobre la cama mientras besaba a Ariel, hundiéndose cada vez más y más entre las sábanas, el perfume del niño y la calidez de ambos cuerpos. Riéndose por lo bajo como si hicieran una travesura divertidísima, ambos se besaron una y otra vez sin soltarse hasta caer dormidos.


Link del siguiente capitulo.

1 comentario:

Seccional Enseñanza dijo...

ufff!!! soy nuevit@ por aqui y arraque con tus letras de texto por completo (del cap 1 al ultimo publ)y ahora me muero de las ganitas de saber como sigue este embrollo en el que se han metido ambos personajes!!!! te comento al pasar que mis partes favoritas son donde interviene el alterego de Mad. jeje. Espero por mas de tu historia y volvere a pasarme por el blog. Bye

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