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jueves, 11 de noviembre de 2010

Mis relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo veinte.

Confessions on a Dancefloor


El Danubio Azul. Así era como se llamaba el piso del hotel más caro de la ciudad: Le Parí, atendido por sus dueños desde hacia ya seis generaciones. En ese piso en particular se hacían toda clase de eventos a los que sólo asistía gente cara de apellidos impronunciables, con influencias, etcétera. Cualquiera que pudiera organizar algo allí era considerado rico, dados los precios exorbitantes del hotel. No costó mucho llegar en auto, puesto que el centro de exposiciones donde se realizó el desfile y el hotel estaban ambos en la parte central de Lieblos, asentados sobre la zona más trascendente de la capital. Le Parí en sí era magnífico: un enorme edificio que era una joya arquitectónica que rasgaba las nubes con su altura. Era el único hotel en toda la ciudad que fue remodelado a pedido de sus dueños para que, tanto sus materiales como el uso de energía, no dañaran al medioambiente. Con un gran diseño interior que iba desde una recepción con lago y palmeras rodeado por vidrios gigantes, alfombrados en todos los pasillos y ventanales que te permitían ver la ciudad entera desde la cima, mientras que una cascada de agua corría a través de ellos hasta una fuente ubicada en el balcón. Le Parí consumía poca energía, no dañaba al medio ambiente y ganaba montones de dinero porque la gente pudiente no se cansaba de ir.

Ariel flipaba. No podía creer que realmente estuviera en ese sitio, ni siquiera entendía cómo demonios había logrado traspasar las puertas giratorias de la entrada sin que lo echaran a patadas. Esa noche comprendió una cosa que estaba seguro no debía de olvidar: como modelo conocería lugares como aquel, conocería gente de primer nivel y hasta viajaría por el mundo. Era la mejor forma de hacerse conocido entre los peces gordos a quienes podría convertir en futuros clientes, sólo tenía que jugar bien sus cartas. Bien podía seguir siendo modelo por un tiempo más, asistir a aquellas fiestas usando ropa de diseñador y exhibir sus joyas por su propia cuenta a la manera antigua: usándolas. Sin dejar de pensar y maquinar, mantenía la sonrisa al tiempo que caminaba a paso firme junto a Mad y Alex tras haberse presentado en la secretaría dejando sus respectivas firmas. Ahora estaban subiendo por un ascensor enorme guiado por un botones en traje negro. Suponía que si usaba sus propias joyas en fiestas de gala o se las regalaba a alguna de esas personas chic o a otros diseñadores, llamaría la atención e iría haciéndose un nombre y una clientela superior. Escalaría de a poco, desde el fondo, pero dando pasos en un terreno más fértil que vendiendo en una feria dominical.

Una vez la puerta del ascensor se abrió, Ariel ya tuvo un plan creado y la resolución de seguirlo al pie de la letra. Si uno no se arriesgaba, no ganaba nada, pero lo mejor era arrojarse a una piscina cuando ya sabías que estaba llena de agua. Así, de alguna forma u otra, no chocaría tan rápido contra el fondo y, quién sabe, si en verdad tenía talento seguramente terminaría por flotar.
Apenas si salió de su trance cuando se dio cuenta que al abrirse la puerta del ascensor estaban en medio de un tumulto terrible. Abrió los ojos desmesuradamente, siendo arrastrado por Alex para salir del ascensor mientras contemplaba a su alrededor: estaba en una discoteca o algo similar. Toda la gente que estaba de pie bailaba al ritmo de una música pegadiza sosteniendo sus tragos sin perder el ritmo, había un Dj con un equipo impresionante junto a un escenario donde varias chicas disfrazadas bailaban imitando la coreografía y la ropa de un video musical que se veía a través de dos pantallas LCD que colgaban sobre el escenario. En la otra punta de la pista de baile se podían ver puffs, almohadones enormes o sofás y un bar de tamaño considerable rodeado de mesas donde la gente se sentaba a fumar, beber y presumir frente a sus acompañantes. Había comida, había alcohol, había gente bailando en el balcón y chicas en traje de baño dentro de una fuente. Ariel no cabía en sí de asombro.

“¿Dónde diablos estoy?”.

Alexandra sonreía orgullosa al ver la cara del chico. Sabía que quizás ese ambiente no era el más indicado para él, pero ya era tiempo que saliera del cascarón y conociera el otro lado de su trabajo, que aprendiera cómo era el mundo. Además, con tantos diseñadores presentes conseguiría más trabajo en un futuro. No podía dejar de sonreír al ver el rostro asombrado de Ariel, seguro que él se había esperado algo más elegante y formal.

—¿Qué te parece, Ariel? —inquirió, golpeando a su hermano para que se moviera y pudieran pasar entre la gente, pero el menor estaba falto de palabras que superaran las tres sílabas.

—Guau…

—¿Impresionante, eh? Piensa que iras a fiestas como estas muy seguido, incluso a otras en extremo formales. Todas estas reuniones son una gran oportunidad, siempre que sepas aprovecharlas. Recuerda eso, Ariel.

Él asintió, convencido de que algo de tal calibre no se le olvidaría nunca, pero Mad parecía algo ofuscado.

—¡Alex! ¿Por qué le dices cosas como esas? Terminarás por convertirlo en un trepa o algo así, me asusta.

—Ay, Jean Claude, por favor —un mozo pasó cerca con una charola llena de copas de champagne así que aprovechó para tomar una, al igual que Mad. Ariel los miraba en silencio sin dejar de caminar hasta encontrar un sofá de dos vacío junto a un puff. Ariel se sentó en él dejando el sofá para los adultos—. Ni siquiera le he dicho algo serio. El ambiente de la moda y el modelaje no es un viaje de ensueño como todos piensan. Ariel tiene que saberlo, ya que está en el negocio, pero tampoco es tan malo. Él debe saber cómo aprovechar su situación para mejorar su futuro sin perjudicarse a sí mismo, tiene que aprender a cuidarse solo o terminará saliendo mal parado. No siempre estaremos aquí para vigilarlo.

Mad se dejó caer en el sofá reprimiendo un gruñido. Sabía que ella tenía razón, que si Ariel no aprendía las reglas del juego se lo comerían crudo y harían con él cualquier cosa, pero no podía evitarlo. No quería que dejara de ser así de especial, no quería que dejara de ser el Ariel que ahora conocía. Pero debía enfrentar los hechos. Incluso aunque el niño no trabajase de modelo a tan tierna edad, tarde o temprano tendría que madurar y aprender lo que era la vida, los juegos y las trampas, lo bueno y lo malo, para no terminar siendo un felpudo. Algo ya había aprendido luego del fallecimiento de su madre y sus abuelos, siendo obligado a vivir en la ciudad tras haber pasado toda su vida en un pueblo pequeño.

“Si lo pienso de esa forma, el Ariel que amo no es el original. Es el Ariel que se creó tras vivir la pérdida de sus seres queridos, el rechazo de la gente y de su hermano, y luego de adaptarse a un mundo distinto al suyo. El Ariel que está enfrente mío no es el mismo Ariel que sonreía en Niscemi hacía dos años…”.

Bad Mad le miró desde donde estaba, marcando el ritmo de la música con los pies. “Algún día madurará y se convertirá en un hombre. ¿Le dejarás de amar cuando eso suceda?”

“No”. Esa era la respuesta, corta y simple. A veces debía admirar a su yo interno cuando le ayudaba a pensar de esa manera.

Sin importar que Ariel cambiase, nunca dejaría de amarlo. Por eso aceptó a regañadientes las palabras de su hermana e inmediatamente huyó a la barra. Necesitaba un “Ruso Negro” de inmediato, por suerte desde donde estaba podía ver a Ariel y a Alex, quienes se pusieron a hablar con uno de los modelos que participó en el desfile. Era un muchacho alto y bien parecido, muy sexy. Si no se le notara lo hetero que era desde dos millas de distancia, quizás Mad hubiera ido tras él.

Occhiblu, me llama una de mis clientas. ¿Te molesta si te dejo solo? —dijo Alex de golpe, con cara de disculpa.

Ariel siguió su mirada y pudo ver a la dama que la llamaba, una morena de piel oscurísima y cuerpo tan pulposo como el de Beyoncé vestida con ropa de Gucci y joyas de Bulgari. Al instante supo que era alguien con mucho peso como para dejarla esperando por miedo de estar solo. Además, Mad le miraba desde la barra y estaba junto a su compañero Roger. ¿Qué podía pasarle?

—Claro, ve. Yo me quedo aquí sentado con Roger. Si me levanto, seguro que estoy bailando o me fui con Mad, pero trataré de no hacerlo.

—Bien. Vendré rápido, ¿de acuerdo?

Roger soltó una risa y, aunque le avergonzó, Ariel no podía culparlo. Prácticamente estaban tratándolo como un chiquillo.

—Alex, ya. Ve y habla con todo el mundo, estaré bien.

Ella no pareció creérselo, pero aún así se retiró. No podía descuidar a su clientela ni a ninguna de las personalidades presentes, eso Ariel lo entendía a la perfección por eso no le importaba quedarse solo. Y a fin de cuentas no estaba tan solo, Mad y Roger estaban con él.

—Vaya, ¿me parece a mí o viniste con una guardabosque? —dijo Roger en cuanto ella estuvo demasiado lejos para escuchar, jocoso y sonriente.

—Jah, no. Es sólo que es amiga íntima de mi tía y lo era de mi madre también, es como de la familia. Tú entiendes.

—Sí, claro —empero, parecía no entenderlo del todo—. Cosas de familia, ¿eh? No es raro que te cuiden tanto. En fin, mientras no bebas y jamás pierdas de vista tu vaso, estarás bien. Por cierto, ¿qué pasó con el señorito que se quejaba de que se caería en la pasarela?

Y Ariel no pudo evitar reírse a carcajadas al ver la media sonrisa de Roger.

Hablaron por un rato del desfile, de la ropa que usaron, de lo que se diría en las revistas o en la televisión antes de cambiar el tema rotundamente a la fiesta. Ariel le pidió que le explicara quiénes eran esas personas y Roger se pasó quince minutos contándole quién era quién en ese enjambre de gente que bailaba o bebía mientras que ellos mismos comían unos brownies que uno de los meseros repartía. A veces el más joven se quedaba en silencio escuchando la música porque algunas personas que no conocía venían a hablar con Roger y sólo abría la boca cuando éste lo presentaba ante los finos caballeros y las acaudaladas damas que le hacían muchas preguntas que él contestaba con humildad. Trataba de no verse demasiado ingenuo para no hacer papelones, incluso participó en una candente charla de política que se formó en el sofá dejando a más de uno pasmado, pero pronto todos se olvidaron del tema cuando una ronda de líquido verde fue servida a su alrededor.

Ariel contemplaba eso que los demás tragaban con tanto deleite sin comprender qué le veían. El color asemejaba a un loro y la consistencia se le antojaba demasiado rara. Ni qué decir del olor. Roger se levantó de golpe cuando una de las modelos fue a buscarlo para bailar y Ariel contempló la copa con suma curiosidad.

“Y si…”.


Jean Claude contemplaba a su muso desde la barra, degustando su trago con parsimonia. Sólo le quitaba la vista escasos segundos para beber o pedir otra copa, no fuera cosa que alguien se le acercara demasiado. De momento su trabajo como vigilante iba viento en popa pero se estaba perdiendo la oportunidad de conquistarse algún joven mancebo con el cual pasar la noche para ahogar su pena de amor. Quizás era el precio a pagar por ser un guardia de tiempo completo. Veía al niño charlar con su amigo en cuanto su hermana desapareció, rodearse de personas y platicar con ellas, o al menos lo hacía hasta que una mano le tocó el hombro.

Al voltearse, Novak Jr. le miraba apoyado contra la barra y con un Gin Tonic en la mano.

—Nos vemos de nuevo, señor Labadie. ¿Se divierte?

La forma en que sus ojos le recorrían de arriba abajo era tan obvia que Mad sonrió de lado, hacía tiempo que nadie le buscaba de esa forma tan deliberada. Debía admitir que él mismo se había fijado en Leo la primera vez que le vio y que estaba como un tren, pero no era su tipo. Empero, en la situación en la que estaba, sumado a sus ganas de tener compañía esa noche, no era un mal partido.

Seguramente sería una gran caza.

—No demasiado, pero llámeme Mad señor Novak. Y puede tratarme de tú también, me hace sentir viejo cuando me hablan de usted —respondió con una sonrisa ladeada muy sensual, al tiempo que le dedicaba una lánguida mirada de soslayo antes de enfocar la vista en su trago y luego en Ariel un instante, sin dejar de sonreír.

—En ese caso, llámame Leo y trátame de tú. Estemos iguales —Mad asintió—. Y dime entonces, ¿por qué estás en esta fiesta si no te agrada el ambiente?

—No es que no me agrade el ambiente, es sólo que no es lo mío. Me gusta moverme en otras aguas, en el anonimato de las discotecas o los clubes. Ahí todos son iguales, van por lo mismo, pero aquí todos son gente de muy buen pasar que esta estudiándose mutuamente. Nunca sabes qué demonios piensan ni qué buscan.

Por la cara que Leo ponía parecía como si le diera la razón pero no pudiera decirlo en voz alta. Incluso se reclinó hacia Mad para acercarse a su oreja y susurrar en tono suave.

—Aquí entre nosotros, a mí tampoco me agrada demasiado —dijo, arrastrando las palabras y los ojos por sobre el rostro de Mad, quien sonreía. El chico no era para nada lento, le gustaba. Y tenía un perfume delicioso. Si tan sólo fuera más pequeño, más adorable… Aunque no pensaba negarse si se le ofrecía de tan sugerente manera—. Pero siempre podemos encontrar algo mejor que hacer, ¿cierto?

—Oh… ¿Tú crees? Pero, ¿qué podrían hacer un fotógrafo mediocre como yo y un encantador empresario como tú? La lista que se me ocurre es tan, pero tan corta.

Así estuvieron por un buen rato, midiéndose como los mejores en un juego del gato y el ratón repleto de frases de doble sentido. Se miraban, se rozaban, hacían amago de manosearse y luego fingían que no había pasado nada. Lo único de todo eso que divertía a Mad era el mero hecho de jugar al cazador. Leo no era alguien con quien planearía acostarse, la verdad era que de haber podido, hubiera buscado a un jovencito algo inexperto, pero no podía alejarse de su puesto de vigía y ese muchacho era el único que había picado. La herida en su entrepierna estaba del todo curada, bien podía acostarse con Leo Novak si quería.

El juego sólo se interrumpió un instante en el que al voltearse no vio a Ariel sentado en su sitio. Casi entró en pánico de no ser porque lo vislumbró enseguida bailando con los otros modelos en la pista, con los ojos cerrados y al ritmo de la música moderna. Por un instante logró perderse en el delicioso ritmo que marcaban sus caderas, en la fluidez de sus cabellos que brillaban bajo la luz y se movían de un lado al otro, en los pequeños retazos de piel que dejaba ver cuando, al moverse, la camisa se le subía un poco. Mad casi podía ver las gotas de sudor que caían por el cuello del niño, podía sentirlas y saborearlas como si lo tuviera a unos centímetros: hubiera podido lamer una sola de esas gotas junto al recorrido de ésta por todo ese cuerpo de ensueño que ansiaba y al mismo tiempo se reprimía de reclamar.

Ariel reía, Ariel cantaba, Ariel bailaba y se contoneaba entre la gente con una sensualidad de la que no era consciente pero que todos a su lado contemplaban como fieras carnívoras. A veces se preguntaba por qué no podía ser él el único que lo contemplase, por qué esos movimientos tan eróticos e inocentes no eran para él. Cuando el menor desabrochó los primeros tres botones de su camisa, la fiera que Mad reprimía con todas sus fuerzas estuvo a punto de salir y aullar. Se imaginaba a sí mismo acariciando su cuello níveo, bajando lentamente por la delicada marca de la clavícula y de ahí seguir hacia su pecho, a los delicados pezones y al resto del hermoso ser de Ariel para acariciarlo, recorrerlo y marcarlo como suyo. Lo veía así, sonrosado y despeinado, sobre sus preciadas sábanas de seda, profanándole con pasión y locura mientras que el niño meneaba las caderas como si bailara, gimiendo de gozo, gritando de placer para él.

Lo ansiaba, lo deseaba, lo amaba alocadamente y al mismo tiempo deseaba hacerlo gritar bajo su cuerpo, rodeados del sudor y el calor de la pasión. Quería hundirse en su carne hasta romperlo, morder su piel hasta dejar su marca y oír sus gemidos desenfrenados mientras lo montaba cual fiera encelada hasta el desmayo.

Tuvo que respirar hondo para calmarse, recordando no sólo que estaba en público, sino que Leo estaba hablándole.

—¿Sabes? Tengo una suite aquí mismo. Creo que podríamos ir y alejarnos un rato de todo este escándalo, ¿no crees Mad? —la mano de Leo, intrépida, comenzó a trepar por sobre el brazo derecho del embravecido francés, que apenas si controlaba sus propios nervios, y se inclinó de nuevo sobre su oreja para hablar en un tono bajo tan profundo y sensual que hasta la última fibra del cuerpo de Mad tembló al escucharlo—. Podríamos pasarlo muy, muy bien. A menos que te gusten los testigos.

Eso bastó para hacerlo explotar. Giró el rostro y devoró la boca de ese muchachito intrépido de un solo mordisco en un beso brusco y salvaje que los hizo gemir a los dos. Era Jean Claude quien llevaba el ritmo feroz de ese beso. Se abría paso entre los labios ajenos para poder saborear su boca llena del regusto amargo del alcohol, le recorría por entero sin dejar que se separara ni un solo instante en medio de ese caos de fuego que subía y bajaba por su interior. El que Novak se apretujara contra su cuerpo y le acariciara no servía de nada, solamente volaba sus neuronas mientras imaginaba que era Ariel quien lo besaba de esa manera.

No hubiera querido parar, pero el hechizo se detuvo. Fue un breve instante en el que se le ocurrió abrir los ojos debido a que una presencia a su alrededor estaba poniéndolo muy nervioso. Creyó que era su hermana perforándolo con una de sus miradas rompe vidrios pero eso no fue lo que se encontró.

A escasos metros de él estaba Ariel, mirándolo. Mirándolos a él y a Novak, mirando cómo se besaban con una cara de tristeza que le heló la sangre. El muso con el que había fantaseado desde el mismísimo día en que le conoció estaba contemplándolo inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido para ambos aunque todo a su alrededor giraba. Mad abandonó la boca de Leo, mirando esos enormes ojos azules que adoraba en secreto y el dolor que se reflejaba en ellos lo acuchilló tan fuerte que apenas sí podía respirar. Cuando vio las lágrimas agolparse en el rostro de Ariel, supo que era tarde.

La bebida que probó se llamaba “Saltamontes”. Tenía un amargo sabor a calcetines que le quemó la garganta, pero a medida que iba ingiriendo un poco más se sentía alegre, algo mareado y con ganas de festejar. Antes de darse cuenta ya había bebido media copa y estaba bailando en medio de la pista junto a sus compañeros de trabajo. Por alguna razón no sentía la eterna vergüenza de bailar en público que siempre le aquejaba, tampoco le importaba cantar en voz alta aunque notaran su acento extranjero y le dijeran que su voz era tan aguda como la de una niña. Qué más daba, se sentía feliz. La música partía sus oídos en dos de lo fuerte que estaba, las luces y las imágenes de las pantallas de televisor giraban a su alrededor en un loco frenesí mientras se divertía bailando al ritmo del pop.

I want your ugly
I want your disease
I want your everything
As long as its free
I want your love
Love-love-love

No importaba nada, lo único que quería era divertirse en esa súper fiesta. Quería bailar y gritar, mirar como las chicas del escenario, todas disfrazadas como la cantante del video, imitaban las coreografías del mismo. Se sentía en confianza, seguro y valiente, al punto que, en un arrebato de locura, decidió que obligaría a Mad a bailar con él. Eso sería casi como una conquista, porque lo tendría para él solo en medio de la pista delante de toda esa gente que podría intentar quitárselo. Marcaría territorio y hasta podía usar el tema del baile para seducirlo con sus movimientos, todo en uno. Le dijo a Roger que iría a buscar a alguien a la barra, que lo esperara, pero él ni le escuchó por la música o quizás porque estaba comiéndose la lengua de una actriz de veintidós años. Allá él, Ariel se encogió de hombros y se abrió paso por entre la orgía de cuerpos candentes que danzaban sin descanso, motivados por los parlantes y el alcohol, mientras buscaba a Mad con la vista.

“¿Dónde carajos anda este tío?” gruñía al no poder encontrarlo, puesto que mientras se removía entre la gente siempre había algún pesado que intentaba pararle el paso, manosearle o tratar de bailar con él, y los debía alejar a fuerza de codazos, patadas o miradas de hiel. Al fin pudo distinguir a Mad y, con una sonrisa de oreja a oreja, bullendo por dentro, corrió hacia él.

I want your love I want your loving
And I want your revenge
You and me could write a bad romance

—¡Mad! —lo llamaba a gritos pero él no le escuchaba. Estaba demasiado ocupado charlando con Leo Novak o eso creyó Ariel hasta ver, estando a pocos metros de distancia, cómo Mad tomaba a al hijo de su jefe por la camisa y le plantaba un beso tremendo en la boca. Fue como si el mundo temblara debajo de sus pies y alguien le hubiera clavado una cuchilla en el corazón mil veces, retorciéndosela con malicia. A su alrededor todo había dejado de moverse, iba todo en cámara lenta mientras que la ilusión se le quebraba haciéndole ver la cruda realidad.

You know that I want you
And you know that I need you
I want a bad, your bad romance

La música por suerte no dejaba oír el jadeo irregular en el que se había convertido su respiración por intentar calmar el nudo que crecía en su garganta hasta casi ahogarle. No debía llorar en público, tenía que controlar las ansias de gritarles en la cara pese a que las lágrimas se agolpaban sobre sus ojos sin piedad. Mad no era suyo, no tenían ningún tipo de relación que le autorizara a ponerse celoso o hacer un escándalo por ese beso cuando ambos sólo eran amigos. Mientras Ariel intentaba desesperadamente apartar la vista y mover los pies para huir, pese a sentir el cuerpo agarrotado e inmóvil, Mad se dio cuenta de su presencia y se alejó de Leo con una cara que pasaba de la sorpresa a la incomprensión. Supo enseguida que Jean Claude iría hacia él en cuanto se separó de Novak e hizo amago de querer alejarse, pero Ariel no quería verlo ni escucharlo, no deseaba enfrentarse a su cara sintiéndose tan vulnerable y estúpido como se sentía en aquellos momentos.

Si Mad le hablaba lo más probable era que terminaría llorando de amargura ahí mismo y que ni siquiera le pudiera hablar por el nudo que le cerraba la garganta. La solución era fácil. Giró sobre sus talones en ciento ochenta grados y salió pitando de allí concentrándose sólo en lo que provenía de los parlantes para no escuchar nada más.

I want your love
And I want your revenge
I want your love
I don’t wanna be friends.

Chocaba con la gente, los pasaba por arriba, daba manotazos a cualquiera que intentara detenerlo en medio de su huida por cualquier motivo. Ahora las chicas que bailaban en el escenario se le hacían grotescas, la música estaba haciéndole daño y las gentes a su alrededor se habían convertido en un obstáculo que debía superar hasta llegar al ascensor. Con mucho esfuerzo físico logró salir del gentío, respiró hondo y llamó al ascensor que se abrió enseguida. Dentro estaba el mismo botones que los había llevado a esa fiesta insulsa de ricos de la que estaba escapando. Sonriendo al hombre, se arrojó dentro del aparato y dio gracias cuando las puertas se cerraron.

—¿Se siente bien, señor? —preguntó el amable botones, consternado al ver un niño tan joven en semejante ambiente. Ariel apoyó la espalda contra uno de los espejos del ascensor y respiró hondo con los ojos cerrados. Su claustrofobia se incrementaba cuando subía por su cuenta a esas latas de sardinas.

—Sí, sólo… sólo estoy algo mareado —dijo como pudo, imaginándose a sí mismo en un sitio abierto para no volverse loco—. Necesito aire. ¿Sabe dónde puedo ir a despejar la cabeza sin alejarme mucho?

—¿Dentro o al aire libre, señor?

—Fuera. Quiero aire fresco y paz.

—Entonces debe ir a la fuente del hotel, señor. No hay sitio más calmado y fresco que la fuente de agua en el patio exterior de la casa, cerca de la segunda entrada.

—Muchas gracias.

No recordaba haber visto la fuente porque todos habían ingresado por la entrada principal. Supuso que estaría bien sentarse ahí un rato y llorar en soledad.


Mad no supo qué hacer cuando Ariel salió corriendo de esa manera. No entendía nada, ni mucho menos por qué Ariel se ponía así al verlo.

“¿Acaso…?”.

No, era imposible. Él no podría sentir celos nunca, sólo eran amigos. Aún así no podía dejarlo andar sólo por ahí, así que se disculpó como pudo de Leo y salió corriendo en su busca, siguiendo la estela que dejaba el pequeño al correr hasta perderse entre la gente. Si no conociera a Ariel como lo hacía, se hubiera vuelto loco al tener que buscarlo entre tantas personas, sin embargo era consciente de que a Ariel le gustaba estar solo cuando se sentía mal. Quizás hasta hubiera corrido el riesgo de subirse al ascensor por su cuenta aunque le bajara la presión por la claustrofobia.

—¿Has visto a un niño bajar? —fue lo primero que le preguntó al botones apenas las puertas del elevador se abrieron. El hombre, algo mayor, pestañeó unos instantes, demasiado sorprendido por la repentina pregunta antes de asentir—. Ay, gracias a Dios… creí que se había perdido, mi hermana me mata si le pasa algo. ¿Tienes alguna idea de adónde fue?

Al tiempo que hablaba se metió dentro del aparato, dando a entender que quería bajar. El hombre parecía algo dudoso de responder, como si temiera que quisiera hacerle algo malo a Ariel en cuanto lo encontrara, pero al final terminó cediendo.

—Salió por la otra entrada. Dijo que necesitaba tomar aire —respondió justo cuando las puertas del ascensor se abrían.

En un acto de extrema bondad, Jean Claude rebuscó en sus bolsillos y le entregó al botones un billete de cien como propina antes de salir del cubículo sin fijarse en la cara de sorpresa que el botones sostuvo hasta que las puertas volvieron a cerrarse. Estaba demasiado ocupado buscando a Ariel como para fijarse en nada más. Lo peor era que no tenía ni idea de dónde estaba la maldita segunda entrada y temía que algo malo le ocurriera a Ariel si lo dejaba demasiado tiempo solo. Lo mejor era preguntar en la recepción.

—Disculpe.

Una encantadora señorita vestida de forma impecable y de sonrisa pronta alejó sus ojos de la computadora para mirarle.

—Dígame, ¿qué se le ofrece, señor?

—Emh, bueno… —no sabía por dónde comenzar—. Estoy buscando a alguien que acaba de bajar del piso veinte.

—Ha bajado mucha gente, señor. ¿Podría ser más específico?

Estuvo a punto de comenzar a describir a Ariel, cuando una señora muy airada y muy rica ingresó por la puerta principal. Varios de los empleados corrieron a atenderla mientras que ella refunfuñaba por lo bajo. Era una señora mayor, de porte inglés y venerables arrugas, que caminaba erguida sobre sus tacones con la frente en alto, luciendo su tapado de visón y su traje Chanel con una elegancia que Mad no veía desde hacía años. No le sorprendió tanto cuando la reconoció tras haberla visto en el periódico. Era Mary Delatore, una empresaria terriblemente importante.

—¡Por Dios! Anna, ¿ya están de nuevo esos locos de la moda con sus fiestas impúdicas?

—Lo sentimos, señora Delatore —respondió de nuevo la jovencita, tecleando algo en su computadora antes de entregarle la llave a la mujer. Por lo visto, la señora vivía allí—. Esté tranquila, no oirá música ni nada semejante desde su suite. Es a prueba de ruidos.

—Lo sé, pero me preocupa más lo que estén haciendo. Decidí tomar el camino contrario al de todos los días y pasé junto a la fuente, ¿adivina qué encontré? ¡Había una niñita allí sentada, llorando! No pude acercarme porque estaba en el auto pero apuesto a que todos esos locos tienen algo que ver. Y eso que yo no soy una mujer de prejuicios.

—Claro que no, señora.

Mad, quien se había resignado a escuchar la charla entre ambas mujeres hasta que Anna pudiera atenderle de nuevo, reaccionó al instante. Una niñita en la fuente. Las posibilidades de que fuera Ariel eran muy altas. Al niño le gustaban las fuentes, quería estar solo, ese sería un buen lugar para estar tranquilo. Quiso acercarse a la mujer y preguntarle, pero se la veía tan ofuscada que decidió que lo mejor era ir a averiguar solo. Él ya sabía dónde estaba la fuente, todo el que hubiera visto fotos del hotel lo sabía, así que le sonrió a Anna por última vez antes de huir en dirección a la segunda salida.

Fuera, el cielo despejado le recibió con una suave y tibia brisa. No había nubes ni estrellas, sólo la luz de la luna y las farolas que adornaban el patio de baldosas y rodeado de preciosos canteros con arbustos finamente podados, que seguían en hilera hasta llegar a la carretera. En medio del patio, la fuente brillaba en todo su esplendor, escupiendo agua desde los jarrones de varias sirenas que descansaban en ostras abiertas junto a hipocampos, desde la bella sirena que coronaba la estructura, esculpida con una habilidad envidiable, hasta sus hermanas menores, que iban decreciendo en tamaño hasta llegar al fondo de la fuente, iluminada por unas luces blancas. Jean Claude fue acercándose de a poco, sin estar seguro de que Ariel anduviera por allí hasta que distinguió una figura sentada en el borde de la fuente por el lado que daba hacia la calle.
Aceleró el paso con el corazón en la boca hasta que, al dar la vuelta, pudo ver a unos metros a la luz de su vida. Ariel estaba ahí, en efecto, sentado con las piernas dobladas y las manos apoyadas en la base de la fuente. Pero, por alguna razón, su niño estaba llorando. Las lágrimas bajaban por sus mejillas y caían, mojándole las rodillas mientras que sus hombros se removían por los hipidos. Se lo veía tan triste, tan dolido, que Mad no supo bien qué hacer en un principio.

“¿Por qué lloras, mi amor? Mon dieu, ¿qué hice para ponerte así?”.

Carraspeó para llamar su atención e intentó llamarlo.

—Ariel…

Pero el menor no reaccionó como esperaba. Dio la vuelta casi al instante y al verlo escondió el rostro tras sus manos como si sintiera vergüenza. Lo que Mad no sabía era que Ariel estaba furioso consigo mismo, llorando desconsolado por haber sido tan idiota como para ilusionarse con un hombre demasiado mayor para él y ahora sentirse dolido por verlo besarse con alguien más. Estaba tan avergonzado de sí mismo que no quería que Mad le viera llorar y se cubrió el rostro tratando de ocultar las lágrimas, pero eso sólo consiguió preocupar más al fotógrafo que se arrodilló frente a él y le separó las manos del rostro para verlo directamente a la cara. Le dolía demasiado verlo llorar.

—Ariel, ¿qué te pasó? ¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? ¿Te sientes mal? Acaso… ¿hice algo para que te pusieras así?

El niño siguió llorando a pesar de que lo miraba a la cara. Primero movió la cabeza negativamente, incapaz de hablar hasta que se armó de valor para hacerlo y decir las palabras que se le estaban atragantando. Ya lo había arruinado, al menos que fuera con bombos y platillos.

—Es que… yo…

—Dime Ariel, ¿qué pasa?

Unas nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas antes de contestar.

—Me gustas.

“¿Qué?”.

—Me gustas —continuó—. Me gustas mucho, Mad.

—N-no… —no podía ser verdad, aunque aquellas palabras aceleraron su corazón parte de su cerebro se negaba a creerlo—. Ariel, eso no es…

—¡Me gustas! —Ariel, desesperado por el dolor y el alcohol que había bebido, no tenía demasiada paciencia para nada—. Ya sé que no está bien, ya sé que eres demasiado grande para mí y todas esas cosas… ¡ya lo sé! Lo he pensado mil veces, me lo repetí en mi mente mil quinientas veces, pero… pero no lo puedo evitar. Me gustas, me gustas muchísimo, desde hace tanto tiempo…

—Tengo quince años más que tú, eres un niño. Cumpliré treinta en navidad.

—Pero me gustas —gemía Ariel entre sollozos, derramando cada vez más lágrimas. Sabía que Mad haría eso, que le diría que era demasiado grande y se alejaría de él—. Desde antes que nos peleáramos, soñaba contigo, miraba tus mensajes cada cinco minutos. ¿Por qué crees que quería vivir contigo, eh? Quería… —el niño hipó, alejando a Mad con las manos para que no le tocara sintiéndose en lo más hondo del pozo—. Quería estar contigo.

Jean Claude no sabía si reír de ilusión o llorar. Había imaginado este momento en varias ocasiones, había fantaseado en sueños con la idea de que Ariel se enamorara de él y se le declarara pidiéndole que fueran pareja, hasta que la realidad lo despertaba con un bofetón que podría darle vuelta la cara a cualquiera. Incluso creía estar soñando, pero todo era demasiado real para ser un sueño: la voz de Ariel, el latido errático de su corazón, el ruido de la fuente, el olor a perfume y alcohol. Ariel había bebido, se notaba a la legua, por eso debía estar diciéndole todo aquello, pero su corazón comenzaba a ganarle al raciocinio que le decía que todo era un error, y la idea de que Ariel le quisiera como algo más que a un amigo o un tío estaba dándole alas.

No podía explicar cómo se sentía aunque se lo pidieran. La razón de su vida estaba declarándosele con lágrimas en los ojos, diciéndole que quería estar con él, que soñaba con él. ¿Acaso sabía Ariel lo que le provocaba? ¿Tenía acaso una ligera idea de lo que esas palabras estaban haciendo con su corazón?

—Ariel… —¿qué podía decirle? Ansiaba tomarlo en brazos y besarlo, ¿por qué se resistía entonces?

Mas el menor no le daría oportunidad.

—Te quiero —bajó las manos y lo miró fijo a los ojos, todavía llorando. Antes de que Mad dijera nada, Ariel lo tomó de la camisa y lo acercó a su rostro para rozar su boca con la del mayor y juntarlas en lo que el niño creía que era un beso, pero sin atreverse a ir más lejos—. Maddy, te quiero. Es verdad, no te miento.

Jean Claude dejó de pensar durante el eterno instante en que sus bocas estuvieron fundidas en una sola, oyendo las palabras que Ariel murmuraba en voz baja. Lo quería, Ariel decía que lo quería y lo estaba besando. Sintió unos deseos tan fuertes de gritar de pura alegría que el dique de resistencia en su interior se quebró, dejando salir toda el agua tibia que era su amor por Ariel. El agua barrió de lleno el dique, destrozándolo con la fuerza de un huracán mientras se expandía por todo su cuerpo llenándolo de una calidez que no experimentaba desde hacía años. Todo su cuerpo estaba relajado, tibio, su corazón acelerado chocaba contra sus costillas de nervios y pasión. Ya no había vuelta atrás, no podía.

Sus brazos ciñeron el cuerpecito de Ariel contra su pecho. Era real, todo lo que pasaba era real. Lo apretujó contra él, aprovechando que el chico se había separado un poco, y lo abrazó con todas sus fuerzas usando la ocasión para aspirar el perfume de sus cabellos.

“Dios mío, esto no puede estar pasando… Por favor, que no sea un sueño”.

Ariel también se relajó y dejó de llorar. Creía que ese sería su último abrazo, por ello decidió cerrar los ojos y dejarse llevar, disfrutar una última vez de la calidez ajena antes de que todo desapareciera para siempre. No quería que se terminara, aunque fuera imposible. “Que no sea un sueño” pensaba, rogando a todos los dioses que conocía. “Mamá, ayúdame, dame fuerza”.

—Ariel.

—¿S-sí?

—¿Cuántos años tienes?

Tuvo que morderse los labios antes de responder.

—Catorce.

Imaginaba a Mad dándole un discurso de por qué no podían estar juntos pero, para su sorpresa, sólo escuchó sus risas.

Mon dieu, ¿será que soy un pedófilo?

—No es gracioso. ¿Eso quiere decir…?

—¿De verdad me quieres?

—Sí —no lo dudaba, estaba enamorado de Mad con todo su corazón—. Te quiero. No como a un tío ni a un amigo, te quiero de verdad.

Mad respiró hondo por primera vez desde que lo había conocido sin sentir ese pesar en su pecho. Todavía creía que era un degenerado por querer amar y cuidar a un niño, pero saber que Ariel sentía lo mismo que él era algo que apenas sí podía creer. Él lo quería, era todo lo que necesitaba saber.

—Yo también te quiero, Ariel.

Ariel abrió los ojos como platos, procesando aquellas palabras. Mad lo quería. Estaba aceptando sus sentimientos. Quizás le dijera que no podían estar juntos, pero al menos lo quería y con eso le bastaba. Pronto estaba llorando de nuevo, de alegría al saber que no era el único en sentirse así.

—¿De veras? ¿Me quieres de veras?

—Desde el primer día que te vi no puedo sacarte de mi mente.

Poco a poco, fue separándose del niño para mirarlo a los ojos con una ternura y un amor que no le había dedicado a nadie en muchos, muchos años. Sus ojos brillaban, sintiendo el corazón henchido ante el afecto que Ariel generaba en él, y sonrió de forma dulce mientras enjugaba las lágrimas de su amado con los dedos de ambas manos rozándole las mejillas en el proceso. Ariel era tan bello, tan puro. Podía mirarlo así por horas y horas sin que nada ni nadie le interrumpieran nunca, lo quería con todo su corazón. Ni siquiera le alcanzaban las palabras para expresar lo que sentía.

—Te amo. Desde el día en que te conocí no pude sacarte de mi corazón, petit. ¿Tienes idea de las horas que he pasado torturándome a mí mismo creyéndome un pervertido por querer besarte y no poder hacerlo? ¿Por temor a hacerte daño? —Mad, con la voz ronca de emoción, fue reclinándose sobre Ariel para darle un beso en la frente, casto y a la vez tan lleno de sentimiento que el menor se ruborizó mientras le observaba—. Soñaba contigo, buscaba cómo hacerte feliz. Era en lo único que podía pensar.

—Y-yo no sé qué decirte… ¿Por qué no me lo dijiste antes?

El mayor rió a mandíbula batiente ante la inocente pregunta del niño al que besó en ambas mejillas y volvió a abrazar con fuerza. Era tan pequeño que podía alzarlo con una sola mano y a la vez, sus cuerpos abrazados encajaban perfectamente, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Para él, Ariel era como una figurilla de cristal que podía romperse si la presionaba demasiado, como un muñeco de Dresde.

—Ariel, ¿crees que podía confesarme ante un niño de trece años y medio sin que me mandaran a la cárcel por pedófilo y pervertido?

Ahí el menor se dio cuenta de que había preguntado una idiotez.

—Ah, ya veo. Pero, pero entonces, ¿por qué andabas con tantos chicos? —exclamó, usando sus manos como soporte para alejarse de nuevo de Mad y que este le mirara a la cara. Ariel tenía el ceño fruncido y los labios haciendo una mueca enfurruñada, no podía perdonarle todo lo que había visto y oído. Empero, Jean Claude no quería hablar de ello por lo que pestañeó inocentemente para no darse por aludido.

—¿De qué hablas, mon amour?

—¡No te hagas el tonto! Hablo del rubito con el que te vi salir de una disco gay, del otro que te llamó por teléfono gritando que te había roto el pene y el hijo de mi jefe, al que le estabas revisando el esófago hace tan sólo cinco minutos. ¿Por qué andabas con ellos? —en su enojo que había estado reprimiendo, comenzó a darle golpes en el pecho. No toleraba la idea de Mad estando con alguien más, no quería ni imaginarlo. Sólo deseaba de todo corazón que cualquiera de esos tipos desapareciera como los usurpadores que eran—. ¿Por qué? ¿Por qué?

—Ariel, bebé, cálmate —tuvo que tomar sus manos y abrazarlo una vez más, llenándole las mejillas de besos. Había soñado con ese día muchísimas veces como para echarlo a perder, quería que fuera perfecto—. ¿Recuerdas el día de tu cumpleaños luego de pelearnos? Fuimos a la azotea y me preguntaste por qué te evitaba.

—Sí —claro que recordaba—. Me dijiste que habías estado saliendo con alguien parecido a mí.

—Te mentí —las palabras de Jean Claude cayeron como una bomba en Ariel, quien se quedó mirándolo sin entender nada. Estaba imaginándose lo peor hasta que el otro le miró de nuevo a los ojos y sonriéndole, besó con total suavidad la comisura de sus labios. El tacto tibio, gentil, hizo que el rencor se diluyera en el interior de Ariel como el helado al sol a la vez que se estremecía de pies a cabeza—. Quería olvidarte a ti, mi niño. Salía con otros chicos y te evitaba para poder olvidarte, pero entre menos cerca te tenía más metía la pata, más me acordaba de ti, y terminaba saliendo con chicos que se te parecían en una u otra cosa. Creí que era lo mejor para ti.

El muchacho guardó silencio y sintió que una oleada de ternura lo invadía. Mad, siempre estaba ahí para él, lo había amado en secreto desde hacía más de cinco meses, intentó hacerlo feliz por todos los medios y hasta quiso olvidarlo porque creía que era lo mejor para él. De sólo pensar en todo lo que debió haber sufrido provocó que Ariel rodeara el cuello ajeno con sus brazos en un fuerte abrazo, tratando de controlarse para no llorar otra vez.

—No vuelvas a hacerlo —dijo, apoyando su frente en la de Mad y explorando sus ojos mientras lo hacía. Jean Claude tenía la sensación de que estaba viendo a través de su alma con esos ojos hasta cortarle la respiración—. Cuando estás con otros hombres no puedo soportarlo, Maddy. Por favor, quédate conmigo.

Quería quedarse con él y adorarlo para siempre. Lo quería mucho, de hecho, quererlo era poco, pero no tenía otra forma mejor para decírselo que con un beso. Tomó el rostro del jovencito entre sus manos con sumo cuidado, fijando sus ojos color miel en los lagos oscuros que eran los ojos de su preciada hada. Era tan hermoso. Su rostro andrógino seguía húmedo por las lágrimas, entre sus pestañas, largas y negras, que creaban sombras en sus mejillas, aún brillaban algunos restos de gotas salinas que besó tiernamente mientras lo contemplaba. Ariel, en su inocencia, sólo cerró los ojos y suspiró estremeciéndose de emoción, haciendo que Mad sonriera de forma amorosa. El sueño de su vida se cumplía, el hada con la que había fantaseado desde hacía tanto tiempo ahora se entregaba a sus besos sin temor.

Sus labios fueron descendiendo por los pómulos ajenos, suaves y sonrosados, deleitado por la suavidad de su piel. Ni en sueños creyó que esa dermis pudiera ser como la mejor de las sedas y, a medida que dejaba por sobre ella tiernos besos mariposa, ambos temblaban de placer ante la sensación de besar y ser besado por la persona que amaban. Los corazones latían con fuerza en un coro desenfrenado que aumentó al momento de rozarse sus labios.

Jadearon de goce. Las manos temblorosas de Ariel subieron a paso lento por sobre el pecho de Mad, enviándole vibraciones a toda su espina dorsal hasta que le rodearon el cuello. Ariel cerró los ojos entregándose de pleno, pero Mad le miraba con los ojos entrecerrados en un intento por grabar a fuego la expresión del niño en su mente.

Poco a poco fue empujando los labios del niño con los suyos. Ariel tembló entre sus brazos e intentó corresponderle mientras que la fogosidad del beso aumentaba y el abrazo se volvía más apretado. Jean Claude gimió, creyendo que el fuego le consumía cuando su lengua pidió permiso e irrumpió entre los labios del niño para saborearlo por completo.

—Mmh…

Ariel gimoteó también, obligándose a sí mismo a corresponder aquel exquisito beso que le era dado. Su madre le había dicho que no existía nada mejor que el primer beso, pero recién ahora entendía a qué se refería. Jean Claude estaba haciéndolo temblar con cada movimiento, se sentía llevar por la emoción del momento como si él no fuera “Ariel” sino algo que se diluía en el calor que iba formándose en su vientre y se expandía por el resto de su cuerpo en lo que debía ser una oleada mágica.

Ambos estaban tan entregados que ya ni respirar era necesario, pero Ariel se separó un momento. Mad, pese al calor y la agitación que lo embargaban, se espantó sólo de imaginar que lo había asustado o algo similar, pero el chico respiró profundamente y escondió el rostro en el pecho ajeno.

—Lo siento… Me olvidé de respirar.

—Oh, Ariel —rió de alegría mientras lo apretujaba contra sí. Todo era demasiado mágico—. No te preocupes, mon amour, irás aprendiendo. ¿O es que fui muy bueno?

—Sí, mucho. Debió ser el mejor primer beso del mundo.

—Me alegro —sonriente, besó la frente de Ariel y lo cargó en brazos. Lo mejor era llevarlo a casa, ya se lo diría a su hermana. Qué curioso era para él sentir una ternura como la que sentía en esos momentos luego de las fantasías alocadas que había tenido en la fiesta. Cuando Ariel se arrebujó contra su pecho una radiante sonrisa iluminó el rostro del fotógrafo. El jovencito había bebido y se le había declarado, ¿lo recordaría en la mañana?—. Vamos a casa, mon petit ange.

Un suspiró fue la respuesta y al mirarlo, vio que Ariel estaba cómodamente dormido entre sus brazos. No le costó encontrar el auto porque no lo había dejado en el estacionamiento del hotel, sino en la acera de enfrente como era su costumbre. Lo primero que hizo fue desactivar la alarma, abrió la puerta del copiloto para depositar en el asiento el cuerpo adormilado del pequeño con total precaución antes de ir a su sitio. Decidió que lo mejor era mandarle un mensaje de texto a su hermana para avisarle que Ariel no se sentía bien. La respuesta de Alexandra no se hizo esperar.

Aw, es una pena. =( Spero q lo haya pasado bn d to2 mo2. ¡Cuídense!


Bien, ahora con su hermana al tanto, era libre para ponerse el cinturón y arrancar. Nunca había manejado tan despacio desde que podía recordar, pero no deseaba que nada interrumpiera la duermevela del niño. Dormía plácidamente en su asiento con una expresión de felicidad muy dulce: sus mejillas estaban arreboladas, los cabellos caían con gracia sobre sus hombros. Al mirarlo bien, se dio cuenta de que una de las finas hebras oscuras estaba atrapada entre sus labios. Mad aprovechó el primer semáforo para retirarlo, recordando aquella vez en su primera “cita” cuando, haciendo lo mismo, tembló como una colegiala virgen.

Besó de nuevo la frente de Ariel, siempre sonriendo como un estúpido enamorado, y enfiló derecho a su hogar. No le importó tener que cargar a Ariel desde la cochera hasta su cuarto y dejar al niño sobre la cama. Desde que tuvo esa indigestión no había estado ahí dentro y era mucho más ordenada de lo que recordaba: la cama, en donde estaba sentado junto a Ariel, se hallaba junto a un escritorio lleno de cajones en el que posaban la portatil de Ariel, unas cuantas carpetas, fotos y un flexo, todo justo debajo de la ventana. Había una cómoda con varios cajones, donde tenía más fotos, algunas estatuillas o figuras de vidrio y el pequeño equipo de música. Luego había un librero repleto de distintos volúmenes, novelas, y quién sabe qué más. Mad se sorprendió al ver las paredes verdes manzana, antes limpias, llenas de pósters, fotos y algunos cuadros que habían sobrevivido a los destrozos causados en su anterior morada.

Eran muchos cambios, muchísimos. Se quitó los zapatos para sentir el piso alfombrado y apoyó los codos en sus rodillas en medio de un suspiro, sin saber qué hacer. ¿Cómo iba a seguir ahora? Si Ariel olvidaba todo por la mañana no sería capaz de verlo a los ojos. El chiquillo dormía en su colchón, removiéndose apenas. Con sólo ver sus labios entreabiertos quiso besarlo una vez más pero, haciendo de tripas corazón, dejó de lado aquellos pensamientos impuros.

—Muy buenas noches, cariño—le dijo, acariciando su cabeza antes de besarle la frente.

Sólo el mañana diría qué pasaría.


La mañana siguiente fue terrible para Ariel. Apenas abrió los ojos sintió el cuerpo adormecido, un dolor agudísimo en la cabeza que casi lo dobló al medio y además le ardía el estómago. Tuvo que pestañear varias veces ignorando el escozor que sentía en los ojos para poder pararse aunque tenía el cuerpo pesado. ¿Qué había pasado?

Nunca antes el ruido del reloj sonó tan fuerte, tampoco sus propias pisadas. El más mínimo ruido lo aturdía de tal modo que, si por beber media copa de saltamontes quedaba en ese estado, juraba ante todos los dioses no tomar nunca jamás un trago. Necesitaba una aspirina urgente y un antiácido antes de escupir fuego por el tracto intestinal.

A tientas, se las arregló para arrastrar sus restos al baño, remojarse en el agua y tragarse el tubo entero de dentífrico en un intento por sacarse el sabor agrio que le llenaba la boca.
Mad, por su lado, estaba en la cocina con Masaaru bebiéndose su cuarto café fuerte. No pudo dormir un ápice en toda la noche después de lo ocurrido. No tenía idea de qué hacer ahora de que ambos pudieron confesarse sus sentimientos y, por inercia, lo primero que hizo fue llamar a Macchi e invitarlo a tomar café con meilefulle y panecillos. Su ex pareja no tardó más de diez minutos en llegar a su casa pese a que eran las siete de la mañana y las ojeras se le marcaban fuerte.

Leigh permaneció con él toda la mañana, escuchando su historia de cabo a rabo sin interrupciones mientras comía y bebía hasta que Mad finalizó su relato. La respuesta del joyero fue corta:

—¿Y por qué tanto drama? El chico se te declaró, te besó, ¿qué más quieres?

—Estaba borracho, Macchi. Ariel estaba borracho.

—¿Y? —exclamó, riéndose—. La gente borracha dice la verdad. El alcohol te desinhibe, ¿cierto? Aparte no tienes ni idea de lo que me preguntó ayer. ¿Quieres saber qué me dijo? Me preguntó qué clase de tíos te gustan, bebé. ¿No te parece raro?

Jean Claude suspiró, ¿por qué tenía que explicarlo todo?

—Tiene catorce años, baka. Lo amo pero no quiero ir a la cárcel.

—Lo pueden hacer en secreto —fue la simple respuesta del joven extranjero que devoró su panecillo con gula—. Pero ese no es tu problema, ¿cierto? Lo que pasa es que no saber cómo proceder.

—Exacto. ¿Y si Ariel no se acuerda de nada?

—Pues finge que no sabes nada. Se acordará tarde o temprano, tonto. Y si no se acuerda… Ajo y agua, mi amor.

—¿El qué?

—A joderse y aguantarse.

—Ay, Macchi —gimió, dejando la taza de té en su sitio—. A veces me pregunto por qué pido tu ayuda. Quizás debería hablar más con Richie o Marixa.

—No estaría mal, bebé. Dos cabezas piensan mejor que una.

No cabía duda, Macchi sólo le servía para escucharlo y decir cosas o muy obvias o muy subidas de tono. Quiso contestarle con una grosería cuando, de golpe, Ariel ingresó a la cocina a paso lento y cansado, con tan mala cara que le preocupó. Al mismo tiempo se enamoró más al verlo con aquellas ojeras y el pelo mojado sin peinar, paseándose en bata por su casa con esa pinta tan vulnerable. Lo veía hermoso, tanto que le dolió el pecho por las palpitaciones que le aquejaron.
Por instinto lo ayudó a sentarse e inmediatamente corrió a buscar su equipo personal “post-resaca”: aspirinas, antiácido, y un café cargado a pesar de que su niño no era fanático de la cafeína.

—Vaya, Ariel —Macchi jamás se perdía una oportunidad de molestar a alguien—. Es curioso verte despertar con cara de zombi cuando los dos viejos estamos frescos como lechuga.

Ariel apenas alzó la vista, mirando al asiático y luego a Mad, quien le pasaba las medicinas, el café y galletas de agua.

—Masaaru… guarda silencio o al menos ten la decencia de matarme.

—Una noche dura, ¿eh?

—Nunca volveré a beber —dijo el chico a modo de respuesta, bebiéndose la pastilla y el antiácido efervescente antes del café como si fuera un maná del desierto.

Jean Claude se sentó a su lado, mirando al joven con candor. Quería preguntarle de todo, ansioso por saber si recordaba algo, pero se contuvo al ver su estado.

—Pero cielo, ¿qué fue lo que tomaste?

Pese a todo, intentó esconder la locura que tenía adentro con esa simple pregunta. Y Ariel, que no se atrevía a mirar a Mad por la pena de haberse confesado de esa forma, mantuvo la cabeza gacha. Porque sí que lo recordaba todo.

—Un poco de “Saltamontes”.

—Hum, ese es bastante asesino —Macchi tomó su café fingiendo que no sabía nada de nada—. Será mejor que duermas, de todos modos ya es tarde para ir a la escuela.

El niño gimoteó a modo de respuesta, dedicándose por entero a comer y bajar la resaca de alguna manera. Fue una mañana y una tarde lamentable para ambos, regadas por comentarios de Macchi hasta que Mad no lo aguantó más y le dijo que si no se iba, iba a instalarle una zapatilleria en el intestino grueso. Ni Ariel ni Mad podían abandonar la casa, uno porque no podía ni ver el sol y el otro porque no tenía nada mejor qué hacer, por lo cual estuvieron en casa evadiéndose mutuamente, evitando hablarse a menos que fuera necesario y sin ninguna mención de la otra noche. Ambos estaban la mar de frustrados.

Ariel esperaba, molesto, que Mad tomara la iniciativa y se preguntaba por qué no le decía nada luego de esa declaración. Mad, por otro lado, refunfuñaba por lo bajo sin saber bien qué hacer, ¿cómo sacar el tema a colación si no sabía si Ariel recordaba o no? A veces se asomaba a la ventana de su despacho para ver a su chico recostado bajo los árboles de su patio trasero con los perros. ¿Qué hacer?

Deseó mil veces poder tomarlo entre sus brazos al verlo mirar la tele, al observarlo dormitar en el sofá, o al mirarlo jugar con los perros y poder decirle cuanto lo amaba. Pero nada de eso pasaba, no cuando ninguno hablaba.

Al final, y gracias a que ambos estaban aburridísimos, terminaron los dos en el sofá frente al televisor. Mad fue el primero en dejarse caer frente a la caja boba antes de que Ariel, ya sin nada qué hacer, fuera a sentarse a su lado mirando fijo el aparato.

—¿Qué hay en la tele, Mad? —quiso saber. La pantalla pasaba rápido de un canal al otro, primero el de los animales, luego el canal gourmet, y después el de deportes.

—La verdad, nada. A estas horas nunca hay nada bueno y lo peor es que pago una fortuna por esto —hubiera gruñido de no ser porque la presencia del menor lo calmaba y lo ponía nervioso al mismo tiempo, en una mezcla de emociones internas—. ¿Qué hacías, petit?

—Leía cómo aprender a tirar las cartas del tarot, ¿y tú?

El Doppelgänger soltó una fuerte risotada que rebotó en los pasillos oscuros de la mente de Mad.

“Trataba de pensar alguna forma para comerte la boca, lindo”.

Mad se revolvió inquieto en su asiento sin dejar de pasar canales para pensar en otra cosa.

—Sólo hacía zapping. ¿Te gusta lo esotérico y eso? Nunca me lo dijiste.

—Es que mamá tiraba las cartas, leía las líneas de la mano, y la borra de café. Crecí con eso y siempre quise aprender, pero no tengo quien me enseñe.

—Suena divertido —sonrió para pasar la tensión del momento, decidido a no tratarlo diferente a lo usual—, ¿adivinarás mi futuro cuando aprendas?

El tono ligero de su voz pareció tener cierto efecto en Ariel, quien sonrió pese a que seguía mirando la pantalla. De repente la expresión del chico se transformó en una máscara de horror, se puso lívido y soltó un agudo chillido mientras que se abalanzaba sobre el cuerpo de Mad y lo abrazaba, antes de que éste supiera qué diablos pasaba. Aturdido, no supo a qué reaccionar primero, al menos hasta que miró la tele y cayó en la cuenta de que estaban poniendo una película de terror muy sanguinaria.

Ariel gritaba con la cara enterrada en su pecho, pidiéndole que sacara “eso”. Mad apagó enseguida la tele y lo envolvió con sus brazos para consolarle.

—Ya pasó, Ariel, ya pasó. Mira, está apagado.

Pese a todo, el joven tardó en abandonar su escondite antes de mirar de reojo el televisor y comprobar que estaba apagado. Suspiró de alivio, dejándose caer sobre Mad.

—Gracias a los dioses…

Jean Claude rió por lo bajo, acariciando con suavidad la cabeza de su adoración.

—Perdón. No sabía que le tenías miedo a esas películas.

—No —rojo de pe a pa, el chico movía la cabeza de lado a lado—. No sabías y tampoco estabas mirando mientras cambiabas los canales.

—¿Te asustan tanto?

—U-una vez dejé caer una olla llena de arroz al suelo porque entré en la sala y justo me topé con una escena fuerte de “El juego del miedo”. Y en otra ocasión hice lo mismo con una charola de galletas, Luca estaba viendo “La noche de los muertos vivientes” y no me había avisado.

El fotógrafo tuvo que morderse los labios para no reírse a carcajadas frente a su querido niño. Lucía divino con la cara roja y esa mueca de vergüenza perenne en su cara, acurrucado contra su cuerpo. Dedicó al chico su mejor sonrisa, alzando la mano para, en un gesto muy tierno, tomar cuidadosamente uno de los mechones negro azulados y colocarlo tras la oreja del jovencito.
En ese instante ambas miradas se cruzaron. El velo se había hecho a un lado, ahora los dos se observaban sin nada que les bloqueara, sin máscaras, mientras que a su alrededor todo carecía de importancia. Los corazones de ambos latían tan fuerte que creían que el otro podía oírlo y hasta eran capaces de sentirlo gracias a la poca distancia entre sus cuerpos. Con un suspiro, Jean Claude rozó la piel clara de Ariel con sus dedos, paseándolos desde su oído, por sobre la mandíbula hacia el fino cuello. El interior se le desmoronó por completo cuando vio a Ariel temblar y suspirar por sus caricias sin dejar de mirarle a los ojos.

—Maddy… —suspiró, llamándolo de esa forma por primera vez desde que estaba despierto.

Tomó la mano del mayor para apretarla contra su rostro, sus ojos brillantes de anhelo. Se moría por decirle montones de cosas que no se atrevía ni a pronunciar.
Jean Claude ya no pudo soportarlo. Enredó los dedos entre los cabellos de Ariel, suaves y sedosos, haciendo presión para acercarlo a su boca y plantarle un beso casto, tierno, un mero roce de labios que fue volviéndose más intenso a medida que se entregaban al acto. Ariel gemía, dejando que Mad presionara sus labios con los de él mientras sus propias manos languidecían, apoyadas contra el pecho de Mad.

El mayor franqueó el paso y le dio un beso en serio. Soltó un gruñido mezclado con un gemido mientras apretujaba a su joven enamorado en un abrazo, todo se humedecía, los gemidos aumentaban, y un dragón de fuego comenzó a expandirse desde lo más hondo de su ser al resto de su cuerpo. Las lenguas iban y venían, se saboreaban en una loca danza que no se desvaneció hasta que ya no pudieron respirar.

Pasaron unos minutos mirándose sin dejar de jadear ninguno de los dos. ¿Qué decir ahora? Ariel esperó hasta que Mad tomara la iniciativa pero, como no lo hizo, decidió hablar él.

—Lo de anoche… ¿Era cierto, Maddy?

—Depende a qué te refieras.

El muchacho suspiró.

—¿Te gusto?

—Eso no deberías dudarlo, te adoro. ¿Y yo? ¿Te gusto?

—Ya te lo dije ayer… Dioses, ¡estuve toda la tarde esperando a que dijeras algo y no lo hiciste! —exclamó, mirándolo acusador mientras le ponía morritos.

Mad intentó excusarse sin embarrarla más.

—Creí que no te acordabas —pero, no lo lograba. Al final, y antes de llamarse a sí mismo “masoca” en su fuero interno, agachó la vista y respondió—. Lo siento.

—No soy muy bueno para estas cosas, Mad. Nunca hice esto, voy a esperar a que des el primer paso la mayoría de las veces porque yo no sé qué hacer, así que no seas tan reservado.

Lo que dijo no sorprendió tanto a Jean Claude. De hecho, se auto recriminaba por no haberlo pensado antes. Por eso abrazó de nuevo al joven sobre su regazo como si lo acunara y, suspirando hondamente como quien tiene la vida arreglada, fue llenando de besos la frente de Ariel.

—Ah, creo que tendré que recordarlo para el futuro —rió—. Pero, dime una cosa, Ariel. ¿No estas asustado por salir con un viejo verde? Soy un hombre grande y feo que quiere estar con una criatura, ¿no te molesta?

Por toda respuesta Ariel soltó una carcajada alegre, limpia y fresca, que barrió con toda sombra o duda en Mad.

—¡Claro que no! En primer lugar, eres el hombre más guapo que he visto nunca. En segundo lugar, no eres viejo, sólo tienes más experiencia.

—¿Y en tercero?

—Te quiero. Y quiero ser tu novio.

—Tendrá que ser en secreto.

—No me importa.

—Nadie puede saberlo y no podría besarte en público.

—Tampoco me importa —respondió, besándole la nariz—. Nada de eso me importa mientras que estés conmigo. ¿Me quieres, Maddy?

Mad supo que iba en serio y que no había vuelta atrás al instante en que el menor dijo esas palabras. No sólo porque estaban cargadas de sentimiento, sino también porque Ariel tomó su rostro con ambas manos, acortando la distancia en lo que fue el mejor beso de toda su vida.
Definitivamente, Ariel sería su novio. No tenía forma de volver atrás.

Tampoco lo deseaba.


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