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jueves, 7 de octubre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: La Hora Secreta.

Sexta Parte.


2 de abril, viernes en la tarde.

Acabo de volver de una cacería, pero Ibrahim está molesto conmigo. Nos metimos en una parte de lo que antes fue Nueva York, teníamos que tomar un hospital. Fuimos ayudados por algunos ciudadanos que se organizaron en contra de los zombis y unos cuantos militares que lograron llegar a tiempo para la limpieza. Nos dividimos un área de la ciudad y salimos en grupos de seis a diez personas, haciendo el menor ruido posible. Todos iban con una o dos armas de fuego de largo alcance, una de corto alcance, agua, kit de primeros auxilios, espejo para hacer señales o un walkie talkie y algún material incendiario para acabar con los cuerpos. Me dijeron que algunos usaron la táctica del señuelo, otros se atrincheraron en edificios y puntos altos para deshacerse primero de los zombis en las calles, y otros grupos, como el nuestro, se atrevieron a meterse en las casas. A mi me tocó ir a un hospital. Nunca había visto algo semejante. Jagger se atrevió a meterse en la zona de maternidad y salió con el rostro desfigurado, escupiendo las tripas del asco. No me dejaron entrar ahí, cosa que en el fondo agradecí, e hice guardia en los pasillos junto con Zacarías, Emmanuel, y Lautaro. Algún que otro bicho se aparecía por los recodos, pero nosotros los acabábamos antes de que pudieran vernos y gemir, porque si no vendrían en manada por carne fresca.

Tuvimos que ir de cuarto en cuarto, tocábamos las puertas antes de entrar para prepararnos en caso de que un gemido nos respondiera del otro lado. Fue una táctica bastante efectiva, de no ser porque al entrar en la unidad de cuidados intensivos escuché gritos y salí corriendo. No sé qué me pasó, sólo salí disparado. Oí a los demás llamarme, decirme que no me metiera en la boca del lobo, pero no entendí sus palabas hasta que entré. Había un grupo de personas escondidas tras una pequeña barricada echa con aparatos siendo atacadas por un numeroso grupo de gules formado por ancianos, niños y doctores. Grité al verlos, no estoy seguro si de miedo o de furia, e inmediatamente todos se volvieron contra mí. Debían de ser quince o más, todos estirados en mi dirección, corriendo como animales salvajes.

Esta vez no me falló el pulso. Sabía que tenía que alejar a los supervivientes de los gules y tampoco debía permitirles acercárseme. Corrí en la dirección opuesta mientras cargaba el arma y avisaba a mis compañeros que se prepararan en cada esquina. Salí de la habitación, con los gules lanzándome zarpazos para derribarme, y sólo cuando los tuve en la parte más estrecha del recodo di media vuelta y comencé a disparar. El zombi de una enfermera cayó al suelo. Luego otro, otro y otro. Mis compañeros acababan con los de los flancos y yo daba rienda suelta a todas mis clases de tiro al blanco con los que tenía en el medio. Fue difícil, pero pude hacerlo gracias a que tenía un arma precisa, rápida. Si alguno se acercaba demasiado lo golpeaba con la culata lo suficientemente duro como para aplastarle el cráneo. Llegó un momento en el que un gul se me acercó demasiado, rompió el espacio que yo dejaba para moverme libremente gracias a que estaba ocupado partiéndole la cabeza a otro y mis amigos no pudieron dispararle a tiempo. En cuanto alcé la vista ya tenía al zombi delante de mí, demasiado cerca como para defenderme, con la boca abierta tratando de morderme. Sólo atiné a dispararle en el estómago pero, como era de esperar, el tiro no le hizo caer y sólo fue un desperdicio de bala.

Entonces oí su voz.

—¡Aidan!

Quise mirar hacia atrás y ver su cara una última vez antes de ser devorado pero no pude, sólo era capaz de desear que mis amigos me mataran antes que el cadáver viviente. El miedo, o quizás la certeza de que iba a morir, me tenía quieto esperando el golpe definitivo como cuando uno esta a punto de sufrir un choque y sabe que no puede maniobrar para evitarlo. Pero el zombi de una mujer mayor con los dientes afilados, las ropas sucias y su pútrido olor brotando de la piel gris, cayó inerte antes de que yo pudiera darme cuenta. Sólo fui consciente del disparo y del agujero que este formó en su frente, justo en el centro. Pude ver como del orificio negro brotaba un líquido gris, feo y pegajoso, de una consistencia similar a la pus, antes de que sucumbiera rendido a mis pies. Había más zombis acercándose a nosotros por todo el ruido que hice, pero mis compañeros llegaron justo para ayudarme mientras que yo me obligaba a moverme e iba a ver a los sobrevivientes.

Dos niños, una mujer embarazada, un anciano, dos enfermeras y tres doctores. Nos contaron que estuvieron atrincherados en ese piso hasta que las puertas cedieron al paso de los gules hacia una noche. Si nosotros no hubiéramos llegado, si yo no hubiera ido a por ellos, estarían muertos.
Aún así, Ibrahim no me habló en todo el día. No me dirigió la palabra ni me miró hasta que estuvimos solos en nuestro cuarto.

—Estoy muy furioso contigo, Aidan. ¿Cómo diablos se te ocurre ponerte en ese riesgo? ¡Otro poco y casi te comen vivo! ¿Eso quieres? ¿Convertirte en cena para zombis?

—Claro que no —repliqué, molesto. Lo miraba fijamente mientras tanto, tolerando su mirada furiosa y su ceño fruncido, a pesar de que me dolía el pecho al verlo—. Todos se esforzaron mucho para enseñarme.

—Pues otro poco y te cagas en lo que te hemos enseñado. ¿No recuerdas las reglas? Nunca debemos hacernos los héroes e ir solos. Nunca. Pero no, tú vas y haces la gran “el guardaespaldas” y te metes en medio de una horda de zombis hambrientos.

Ahí ya no lo soporté más.

—¡Había que rescatar a esa gente! Si yo no aparecía se los hubieran comido, las barricadas no iban a durar. Sólo cometí un error, un pequeñísimo error al calcular el rango de distancia entre mi espacio libre y el rango de disparo. A cualquiera puede pasarle.

—Sí, pero no cualquiera está siendo atacado por más de una docena de zombis y pone en peligro a todos sus compañeros —dijo, con tono serio y cortante—. Cuando te fuiste a buscar a los supervivientes, aparecieron más para atacarnos y como tú faltabas no pudieron hacer la formación de defensa, tuvimos que ingeniárnoslas para no ser mordidos.

Saber que por mi culpa los demás habían estado en problemas fue como que me dieran una patada al hígado. Agaché la vista, apreté las sábanas de la cama debajo de mí con todas mis fuerzas y sentí un dolor agudo en la garganta, como si estuviera a punto de ponerme a llorar. Yo era un soldado, no debía llorar. Por eso me contuve lo mejor que pude, entretanto Ibrahim me taladraba con la mirada, esperando mi respuesta. Haberlo decepcionado me sabía terrible.

—Quería salvarlos. Cuando los escuché gritar sólo pensé en salvarlos.

—¿Cómo?

—Cuando me contaste eso que te pasó con Moses. Recordé a mis padres y me di cuenta de que quiero ser como tú. Yo también quiero ayudar a la gente a que viva y... —en ese momento suspiré, echándome boca arriba en la cama—. No quiero pasar por eso de nuevo.

El coronel se echó a mi lado, mirando el techo.

—¿Fue mi historia lo que te hizo cambiar y actuar así, tan de golpe?

Me encogí de hombros.

—Un poco.

Él suspiró, lo oí murmurar algo como “¿Qué voy a hacer contigo?”. Yo simplemente me quedé mirando el techo, sin cambiar mi expresión a pesar de que por dentro el pecho me dolía fuerte. No sé cómo pero de alguna manera me las arreglé para tomar su mano y apretársela, aunque la verdad es que esperaba que me rechazara y saliera huyendo pero no lo hizo. Apretó mi mano, entrelazó sus dedos uno a uno con los míos y me empujó hasta recostarme sobre su cuerpo lo suficiente como para abrazarme. Le pregunté si me odiaba. Él me dijo que me odiaba por hacerle algo como eso, por haberme puesto en semejante peligro, pero que no podía dejar de quererme a pesar de que yo estaba loco de remate y que no lograba entenderme del todo.

—Eres tan extraño —decía, mientras jugaba con mi cabello—. ¿Tienes idea de cómo me sentí hoy, creyendo que estabas seguro, y entrar a ese hospital para verte a punto de estar entre las fauces de un zombi? Quiero encerrarte aquí y no dejarte salir nunca más.

—Eso sería cruel.

—Tú eres cruel. Sabes lo que siento y aún así te pones en peligro. No te pido que me correspondas, Aidan. Eres un chico joven que quiere hacerse pasar por soldado y dudo que puedas siquiera entender del todo la profundidad de lo que te he dicho, pero al menos trata de mantenerte con vida, ¿quieres? —sus brazos me ciñeron con más fuerza, al punto en que pude escuchar el latir de su corazón—. Sólo regresa vivo de las misiones.

—Tenemos que hacer un par de cambios en eso, Ibrahim. No soy un chico, los chicos no son entrenados, no manejan rifles y mucho menos luchan cuerpo a cuerpo con muertos vivientes. Te guste o no, lo creas o no, soy un adulto. Pronto cumpliré los dieciocho. Y entiendo muy bien cada palabra que me has dicho —fue en ese momento en el que me alejé de él lo suficiente para ver su rostro. Lo vi tan preocupado por mí que me sentí un completo idiota por el dolor que le había causado. Él pensaba que yo no lo amaba, que no sentía nada por él o que estaba confundido, pero yo sabía muy bien qué era lo que sentía—. Perdóname por haberme puesto en peligro.

—No, no te lo perdono. Casi mueres.

Su rostro dolido caló hondo en mí. Supongo que esa es la misma cara que habrá puesto cuando falleció su familia, Moses y los demás pero, en ese momento, su rostro, sus sentimientos, incluso su enojo por mis acciones temerarias eran todos para mí. Desde su voz gruesa llena de angustia hasta el brillo en sus ojos, su piel oscura, la cicatriz en su rostro, todo era para mí. Le dediqué mi mejor sonrisa y lo abracé con todas mis fuerzas. Le dije que lo sentía una y otra vez hasta que tomó mi rostro entre sus manos y me besó.

Nos deslizamos entre las sábanas dándole un nuevo sentido a nuestra hora secreta.



3 de Abril, mañana.

Son las cinco y media de la mañana, falta media hora para que suene la campana del despertador. Ibrahim esta a mi lado, dormido. Ambos estamos sin ropa. Ayer hicimos el amor.

Sonaré como una niñita tonta, pero estoy muy feliz. Mientras miro ahora al coronel sé que hice bien en elegirlo y me pregunto qué pensará de lo que hicimos ayer. Para mi fue fantástico. Él me tomó primero con la mayor de las delicadezas del mundo, me trató como si fuera una figurilla de vidrio fino al tiempo que me acariciaba, besó hasta el último rincón de mi cuerpo y me llevó varias veces al orgasmo. Aunque luego de la segunda vez se volvió un poco más salvaje y fiero, pero me gustó de todos modos.

Nuestra hora secreta es un ritual entre él y yo. Ahora es nuestro tiempo especial juntos. Siendo soldados como los que somos, que enfrentamos la muerte cara a cara todos los días (y esto en el sentido más literal que pueda existir en el mundo), sé muy bien que no tenemos mucho tiempo para desperdiciar. Algún día, alguno de los dos morirá en combate. Por eso pienso aprovechar cada segundo que pase con él, exprimiré cada hora secreta que tengamos.


5 de abril

Ha sido una semana agotadora… Logramos limpiar toda la ciudad al fin, aunque no ha habido demasiados sobrevivientes que rescatar desde lo del hospital. Todavía tengo pesadillas con la cacería que hicimos en el jardín de infantes, ¿alguien puede decirme por qué carajos Dios permite que criaturas inocentes como los niños se…? No, no debo pensar en eso o volveré a tener insomnio. No sólo eso, hemos estado poniendo trampas en toda la ciudad, por si acaso, y pequeños paquetes de emergencia escondidos por los sitios que hemos conquistado en caso de que haya otro ataque, tengamos que volver a limpiar y terminemos heridos o nos haga falta algo. Cada paquete tiene lo esencial: vendas, gasas, una botella de agua, leche condensada, frutos secos, un arma de emergencia, un espejo para hacer señales (las bengalas sólo atraen a los zombis) y un veneno efectivo en caso de estar rodeado. También colocamos trampas en los bosques que hemos logrado alcanzar, en las cercanías del fuerte (aunque últimamente no se ha avistado a ningún zombi por esos lares), y ahora buscamos ayudar a las ciudades vecinas que han logrado mantenerse en pie a pesar de los ataques.

Hoy vinieron los militares con nuevas noticias, Mbao parecía en extremo emocionado. Al parecer, no sólo nos traían armas, sino que también tenían un nuevo avance con respecto al tema zombi que debíamos escuchar todos. Aparte de eso, un grupo de los nuestros sería enviado a otro fuerte para poder expandir la resistencia a zonas más alejadas de las que podíamos abarcar nosotros por nuestra cuenta.

—¿Qué crees que sea? –—le pregunté a Aleluya luego del desayuno comunitario. Ese día habíamos comido más de lo normal. Carnes, fruta, leche, algo de pan casero y bastantes frutos secos. Cuando comemos tanto era porque íbamos a hacer algo riesgoso y necesitamos toda la energía posible para regresar en una sola pieza al refugio.

—No sé —respondió, encogiéndose de hombros mientras caminaba y limpiaba su carabina recortada—. Pero algo me dice que será emocionante. Incluso Jagger, Jack, el coronel, todo el mundo está excitado con esto. Es algo bueno después de los días de mierda que hemos tenido.

—Mucho trabajo, sin duda. Pero no me quejo, hemos visto menos zombis que de costumbre.

—No, no es por eso —detuvo su andar y miró hacia ambos lados, como queriendo asegurarse de que nadie lo escuchara—. Es por otra cosa…

Yo ya sabía a qué se refería. Se habían dado algunas cuantas peleas en el fuerte.

—¿A Millard y los gilipollas que le siguen?

—Exacto —asintió—. Cada día que pasa están ganando más gente y sino si no, ponen nerviosos y molestos a los demás.

—No entiendo a esos estúpidos, ¿de qué se quejan tanto?

—Mujeres. Se quejan de las mujeres.

Al parecer, Millard estaba luchando para que Ibrahim accediera a traer mujeres al fuerte. Claro, no a voluntad. Él quería que capturasen mujeres de cualquier parte, que las trajeran al fuerte y las usaran como esclavas sexuales, o que las niñas y muchachas rescatadas no se fueran con los militares. ¡Cualquier cosa! Pero Ibrahim tenía prohibido el ingreso a mujeres y cualquiera que osaba levantarle la mano a alguna de las sobrevivientes que eran rescatadas o intentaba tomar a alguna chica contra su voluntad, recibía el peor de los castigos. El coronel no quería mujeres dentro, punto. Y eso es bastante frustrante para todos, no sólo para Millard y los suyos… Algunos se las arreglaban de otra forma, pero sabía que no era ese el caso de todos. Nunca había entendido eso hasta que, luego de escuchar ciertas bromas pesadas por parte de uno de los imbéciles que seguía a Millard en el almuerzo, se me ocurrió preguntarle a Ibrahim y el me contestó que no deseaba mujeres porque no había manera de evitar que quedaran embarazadas. Sólo la gente de las ciudades cubiertas creadas por los militares tenía acceso a métodos anticonceptivos que no amenazaran con la vida de quien los usaba, pues no había fábricas industriales de condones o píldoras ahora que los zombis pululaban por ahí. ¿Qué iba a hacer él con los montones de niños que se iban a gestar? ¿Dárselos a los zombis? No podía tener criaturas en un sitio donde podían ser atacados en cualquier momento por un zombi, tampoco podía dárselos todos a los militares ya que se necesitaba tiempo para buscarles un sitio. E incluso aunque pudiera, ¿quién podía separar a un niño de su madre o siquiera permitir que tipos como Millard tuvieran esclavas sexuales?

—Además, eso sólo distraería y cansaría a los soldados. Mientras yo respire no aceptaré mujeres en mi unidad y al que no le guste pues que se haga una paja o se largue —eso decía el coronel cuando alguien se quejaba demasiado.

Íbamos al salón donde se hacen las conferencias importantes, en el cual también se discutían las estrategias y se daban las diferentes clases que se dictaban en el fuerte. Muchos nos sentamos en el suelo, otros en asientos improvisados, bastantes se quedaron de pie. Unos cuantos soldados bien armados y equipados estaban en el frente, custodiando a un par de científicos en guardapolvo blanco, ambos jóvenes de aspecto serio, ojeras marcadas, y cara de no haber dormido en siglos. Llevaban armas a la cintura, un chaleco antibalas bajo el guardapolvo y ropas holgadas para mayor libertad de movimientos en caso de tener que huir. Habían traído provisiones, más armas, ropas de todos los talles para nosotros y algo de importancia que aún no sabíamos qué demonios era. Estaban explicando algo que yo no lograba comprender del todo: la composición del virus que había generado a los zombis. Le pregunté a Mbao y Aleluya al respecto, en voz muy baja mientras escuchábamos a los doctores hablar de células, moléculas, ADN y no sé qué más. Tengo que admitirlo, soy un desastre tanto para los números como para todo lo relacionado con la biología o la ciencia, al punto en que me cuesta decir Ácido Desoxirribo Nucleíco al hilo.

Ellos me lo simplificaron. Me dijeron que el Verita, la sustancia prima del virus de los zombis, había sido creada justamente por la ciencia militar en una base de experimentos secretos (e ilegales) cuyo proyecto, llamado irónicamente “Vida Eterna”, hacía experimentos genéticos con seres humanos en búsqueda de una forma de que el proceso de envejecimiento se aletargara. Intentaban atacar la estructura del ADN y programarla para retroceder el desgaste de las células o quizás buscaban algún antídoto para dicho desgaste celular, el caso es que ninguno de los sujetos evolucionó como se esperaba. Todos murieron o mutaron. Los mutantes fueron eliminados en el acto y cremados, ya que se los consideró deshechos, pero los que murieron fueron llevados a la morgue para examinarlos en un intento por saber cuál fue la falla del experimento. El problema fue que no permanecieron muertos y, a las horas, ya tenían a los zombis tratando de salir de las bolsas de plástico, a un gul viviseccionado que despertaba y mordía a los doctores. Pronto se dieron cuenta de que el virus (pues sí, fueron tan listos como para darse cuenta al instante de que era un virus, los muy hijos de perra) se las arreglaron para capturarlos tanto a los zombis como a los infectados. ¿Y qué hicieron con ellos? Simple. Al darse cuenta de que tener más de uno era un peligro latente decidieron conservar al primero de los zombis y al resto los arrojaron en el océano con la esperanza de que los animales o el efecto del agua sobre los cuerpos muertos los aniquilara. Y así llegamos al día de hoy.

Siendo cerebros súper inteligentes me pregunto cómo mierda no se les ocurrió pensar que, quizás, de la misma forma en que los humanos eran atacados por zombis los animales sufrirían el mismo destino. Y, de paso, cómo no imaginaron siquiera que con la capacidad de los animales para prevenir tsunamis y otros desastres, eran capaces de ignorar que un zombie era lo que era y acercarse tanto como para querer comérselo. Los animales huyen de forma natural ante la presencia de estos monstruos y, hasta ahora, a los únicos cuadrúpedos que he visto hacerle frente a un gul a costa de su propia vida ha sido a fieles perros con nervios de acero que intentaban defender a sus dueños. Al final, morían devorados o el virus los mataba (un animal no puede soportar el virus, no sé por qué… Pero me alegra no tener que luchar contra perros no muertos, puercos zombis, o delfines come humanos). Tampoco pensaron que un cuerpo humano podía tardar muchísimo tiempo en descomponerse dentro del agua, incluso el agua salada, sin que los carroñeros ayudaran con dicho proceso. Cada zombie tiene una esperanza de vida de diez años o más dependiendo la zona en la que viva, el clima, o el entorno. Y claro, de cuantas mordidas recibió estando vivo. El caso es que los zombies se hundieron hasta llegar al lecho y anduvieron, anduvieron y anduvieron por sobre el fondo del mar, algunos flotaron cuando los pulmones se les llenaron de agua, y así con el tiempo hubo casos aislados de zombis en barcos, en islas, etcétera, hasta que al final unos cuantos lograron llegar a tierra firme en diferentes partes del mundo. Allí comenzó el caos.

Los militares, según Mbao, dejaron de buscar la vida eterna y se dedicaron desde ese entonces a buscar una cura al virus, pero no la hay. El virus Verita no tiene forma de ser curado ni erradicado del cuerpo. Una vez contagiado por el paso de fluidos sólo se tiene la opción más honorable: el suicidio. A menos que uno quiera comer carne humana en su próxima no-vida. El caso es que al darse cuenta de esto y de su error, iniciaron una desesperada búsqueda de una vacuna para evitar que hubiera cada vez más infectados y futuros zombis. Si se lograba aislar el virus y se creaba una vacuna, no importaba cuanto fuera uno mordido no se transformaría, por lo que con el tiempo el número de gules disminuiría hasta desaparecer siempre que la resistencia (o sea, nosotros y los grupos de civiles armados que se organizaban) ayudara a la milicia a limpiar el mundo. Allí era cuando Ibrahim y sus hombres tenían que poner el pecho porque estos doctores de guardapolvo blanco querían que nosotros probásemos la vacuna nueva. No se había probado en humanos que tuvieran una vida, digamos, “normal”, y se necesitaban ver los posibles efectos secundarios.

La verdad era que yo quería intentarlo. Si todo funcionaba, el bien para la humanidad sería mucho mayor que el que podríamos hacer matando un puñado de zombis por día, por semana o limpiando las ciudades por nuestra cuenta. De los ciento cincuenta hombres que éramos, sólo cincuenta aceptaron quedarse, entre ellos Ibrahim, Millard, Aleluya, Mbao, y unos más. El doctor quiso quedarse, pero el coronel se lo impidió. A muchos de los que tenían familias o un oficio que pudiera ser de ayuda en otra parte les ordenó que se fueran, era demasiado arriesgado y sus talentos no podían ser desperdiciados. Aleluya fue el único que se impuso por sobre Ibrahim. Sé por qué lo hizo, Aleluya está solo, no tiene a nadie más que a nosotros y la verdad es que poco le importa morir; él siempre ha sido muy pesimista. Ibrahim no se opuso a que yo me quedara, lo cual para mí fue toda una alegría a pesar del riesgo que corríamos.

Nos quedamos las provisiones, la ropa, las armas, y los demás fueron yéndose en furgones que venían cada tres o cuatro horas una vez que se hubieron despedido y empacado todos sus afectos. Fue triste despedirme, muchos de ellos eran compañeros míos, algunos muy buenos amigos, pero era algo necesario. Una vez los demás se fueron, comenzamos los preparativos para convivir en el fuerte sin volver a salir por tiempo indeterminado: se revisaron los pozos de agua, las bombas de extracción, las maquinarias fueron revisadas y arregladas, las ondas de radio también, se hizo un inventario de la comida que se tenía, y a partir de ese momento todos deberíamos continuar estudiando lo que pudiéramos como pudiéramos. Mientras estuviéramos confinados, teníamos que inyectarnos dos veces al día la vacuna que nos dejaron los militares. Dos cajas con dosis para dos meses en cada una. Nadie sabía si tenía la vacuna o el placebo salvo los doctores que tomaron nuestros datos, nos examinaron y nos pidieron que anotáramos en un cuaderno lo que habíamos comido cada día desde la primera inyección, si se notaban cambios buenos o malos, o cualquier síntoma en particular. También debíamos anotar si alguno se convertía al ser mordido por equis causa. Ellos vendrían a vernos una vez por semana a menos que nosotros les llamásemos por radio.

Ahora comienza el verdadero desafío. Pase lo que pase, no me arrepentiré. Será un pequeño aporte a la humanidad, además, Ibrahim está conmigo. Eso siempre me dará valor para seguir adelante.


15 de Abril. Por la tarde.
Estoy aburrido. La verdad que muy aburrido. No pensé que me había acostumbrado tanto a la cantidad de gente que éramos antes pero al parecer Ibrahim tiene razón cuando dice que el ser humano es un animal de costumbres. Ya no hay tanto bullicio como cuando éramos muchos, los desayunos no son tan animados ni regados con viejos cuentos o leyendas del país que provenía cada uno, tampoco con chistes verdes ni delatando a algún compañero que se asustó como una niñita en medio de una misión o relatos de misiones en los que estuvieron al borde de la muerte. Tampoco hay tantas clases educativas, ni misiones, no hay peligro ni adrenalina, tampoco sobrevivientes llorosos que nos agradecían por haberles salvado la vida. De golpe, volvíamos a ser personas comunes y corrientes.

Es un sentimiento en verdad muy extraño, porque para ser honesto, aunque había fantaseado con la idea de ser normal otra vez y volver a una colonia, me acostumbré demasiado a mi nuevo papel como mata-zombis. No sólo me estoy aburriendo a montones, sino que me siento vacío, y creo que si no fuera por las horas que Ibrahim pasa conmigo me volvería loco de atar. Ah, sí, eso es lo bueno. Ahora puedo pasar tiempo con Ibrahim.

No es que vayamos de un lado para al otro tomados de la mano o nos estemos besando todo el tiempo, en cualquier lugar. Los dos somos demasiado orgullosos como para permitir que los demás vean muestras de afecto que reservamos a la sagrada intimidad de la hora secreta, y creo que hasta nos da un poco de pena. Si no que entrenamos juntos, solos o en grupo, pasamos horas leyendo e informándonos para matar el tiempo, seguimos practicando tiro al blanco, e incluso a veces nos turnamos para cocinar y hacer algo entretenido. Según Ibrahim, lo esencial para evitar la locura es que todos estemos con la mente ocupada en algo, jamás aburrirnos, por eso y aunque no éramos muchos, las horas de comida eran ocupadas con charlas sobre lo que habíamos aprendido en el día, sobre historia, o simplemente contando sucesos que le ocurrieron a uno cuando era una persona normal en una colonia. Esta mañana, por ejemplo, uno de los mayores llamado Roberto nos contó varias historias que un anciano muy, muy anciano, le había contado a él siendo niño sobre el mundo previo a la aparición de los zombis. Muchos no pudimos creerlo, yo, por ejemplo, crecí con la amenaza de los zombis y no recuerdo una época en la que los muertos en verdad estuvieran bien muertos en vez de buscando carne viva para alimentarse. Pero creo que debería creer en esas historias… Después de todo, no siempre hubo zombis.

Me fui por las ramas, ¿en qué iba? Ah si, el coronel y yo. Para ser honesto no me molesta que él no me demuestre su afecto frente a los demás, si lo hiciera no sabría como responderle. No soy alguien que exprese mucho sus emociones, no soy quien se la pase demostrando lo que siente o piensa con palabras, y la verdad es que paso mucho tiempo en silencio al punto en que los demás me vigilan de cerca para asegurarse de que no perdí la chaveta antes de tiempo, pero intentaba compensárselo a Ibrahim pasando tiempo con él y contándole cosas que nunca le he dicho a nadie. No sé qué otra cosa darle, aunque sé que él preferiría que yo fuera más emotivo, pero yo no soy así, no soy una mujer. Me entrenaron para apuntar y disparar a devoradores de carne, no para expresar mis sentimientos.

Le sonrío, pues quiero que sepa que adoro su compañía. Tal vez no se lo diga, pero la presencia de Ibrahim me llena de felicidad, me tranquiliza, me convierte en un cordero manso capaz de dejarse devorar por el lobo. Durante nuestra hora secreta puedo dejar que mis emociones fluyan a través de mi piel, me permito el acariciarle y tocarle como nunca lo hago durante el día. Lo beso, lo pruebo, lo abrazo con todas mis fuerzas para sentir su cuerpo pegado contra el mío, aspiro su aroma y le pido por más, porque nunca puedo tener suficiente. Me descoloca. Hace que mi cuerpo deje de ser mío, que todo lo que yo considero “mi ser” termine convirtiéndose en otra cosa, algo que se mueve y arde pero que no me pertenece, una criatura que debe ser moldeada sólo por sus manos. Nunca dejo de mirarlo a los ojos. Quisiera poder decirle incluso durante esos momentos lo mucho que significa para mí pero cada vez que lo intento mi lengua se paraliza, impidiéndome decir nada. Espero poder decírselo algún día.


22 de Abril, mañana.
A pesar de que ya no salimos temprano por las misiones, yo sigo levantándome de madrugada y me alegra ver que no soy el único. Ibrahim, Aleluya, y algunos de los chicos también lo hacen, aunque la mayoría prefiere dormir un poco más como si fuéramos gente normal. Todo está marchando tan tranquilo que me aterra, no sé porqué. Estamos cosechando buenas verduras, algunas frutas… Tenemos provisiones para rato y nuestra reserva de agua se mantiene activa. Entonces, ¿por qué estoy tan intranquilo? Me cuesta dormir por las noches, al punto en que Ibrahim tiene que abrazarme fuerte para que pueda conciliar el sueño. Trato de poner atención a las clases, entreno con los demás hasta que me duelen los músculos, cocino, leo, charlo con mis compañeros, pero todo el tiempo me invade una desazón que no puedo manejar, un sentimiento de amenaza constante que me altera. Tal vez sean imaginaciones mías

Con mis compañeros todo va de maravilla, también con Ibrahim. Lo único que me ha molestado de él hasta ahora es esa facilidad con la que puede ignorarme cuando le advierto sobre ciertas cosas. Él me cuida, me protege y lo adoro por ello pero tiene una gran tendencia a disminuir la gravedad de las cosas que le señalo. He intentado hacerle ver que deberíamos tener reservas de agua bajo tierra o en nuestros cuartos en caso de que se suceda algún problema, que si usamos las sobras de comida como abono las plantas crecerían más rápido, que él y yo somos los únicos sin sintomatologías o que deberíamos racionar las frutas secas, pero él nunca me hace caso. Ahora tengo tanto tiempo libre que suelo ir a la biblioteca y me pongo a divagar sobre mi relación con el coronel a falta de cosas más interesantes. ¿Por qué no puedo decirle que lo amo? ¿Será mi orgullo? Todas las noches me dice que me ama y yo callo, como un idiota. Juro que lo intento, en verdad, pero las palabras se me traban en la tráquea. A la vez, el pensar que Ibrahim muera en una misión sin que yo pueda decirle lo que siento me exaspera hasta darme ganas de llorar. ¿Quién carajos me entiende?

Dios… (sí, eso fue un suspiro). Voy a tratar de ser más honesto a partir de ahora, no puedo seguir así. Es injusto con él.

Oh no, hay ruidos afuera. Algo malo esta pasando…

4 comentarios:

Angy dijo...

¡Hola! Pasé para saludarte y decirte Feliz Viernes. Tambien tienes unos premios para Jueves de Vampiros,espero q te gusta..besos

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/premios-jueves-de-vampiros.html

Angy dijo...

regalos en mi blog,espero q te gustan,espero q te gustan-feliz finde...... besos
http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalos-de-fin-semana.html

Luly dijo...

Hola nena!!!

Me encanta tu pequeña historia! Son taaaann lindosss!!

Al fin Ibrahim admite lo que todos sabemos xd!

Espero que las cosas no se salgan de control y que Aidan deje el odio de lado para ser feliz con su coronel jeje!!

Muy lindo!! Besos!!

Luly dijo...

El otro capi ^^

Mmm... esa vacuna me da mala espina xd!! Ya me los veo convirtiéndose en zombis, horrorrr!!

Ibrahim necesita hacerle caso a Aidan!!

Y el niño debe decirle lo que siente, antes de que sea tarde xd! Me da pena pensar que alguno de los dos pueda morir y que los bellos sentimientos de Aidan se pierdan.

Quiero saber que va a pasarrrr!! jeje!!

Muy linda historia!!

Besotes nena!!

I Love... (My stamps)


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