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viernes, 15 de octubre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo diecinueve

El Desfile de Modas


La convivencia fue más complicada de lo que pensaron, pero sólo desde un punto de vista casi imperceptible para cualquiera que viera la situación desde fuera, ciego al infierno que se sucedía dentro de aquella mansión a través de palabras y situaciones de doble sentido, tan sutiles que sólo el ojo entrenado y consciente podría ver. Nadie sospecharía que Ariel se paseaba por las noches con un pijama compuesto de pantalones demasiado cortos y una playera ajustada sin mangas con el escote en V, o que cuando fuera a bañarse dijera: “Dejaré la puerta medio abierta por si quieres decirme algo”, o que cambiara constantemente de perfumes para seducir a su compañero de vivienda, amigo y hombre adulto que le llevaba muchos años de edad, siendo él una tierna criatura de catorce años recién cumplidos.

Mad soportaba todo aquello con el estoicismo de un guerrero, aunque por dentro moría lentamente, cocinado en los propios jugos de su pasión que le despertaba con sueños imposibles y con ideas alocadas cada vez que Ariel hacía algo para provocarlo. Claro que él pensaba que todo era producto de su imaginación, puesto que su dulce e inocente niño jamás haría algo así a conciencia. O eso creía él.

Cada vez que una situación límite como aquellas ocurría, Mad se maldecía por dentro, contaba hasta diez y rogaba a todos los dioses existentes que por favor acabase pronto esa tortura.
Sin embargo, fuera de esas ocasiones, el vivir con Ariel era divertido y hasta le hacía bien: el menor se encargaba de sus mascotas cuando él no estaba, le preparaba una comida deliciosa que lo mantenía en forma y desde que comía sus platillos, Mad se sentía el doble de fuerte, con más energía; miraban casi los mismos programas de televisión, escuchaban las mismas estaciones de radio, y aunque tenían gustos musicales diferentes, era bastante divertido escuchar las nuevas bandas modernas que Ariel le hacía oír. También hablaban mucho, desde cosas sin importancia hasta la última noticia internacional. Mad ayudaba a Ariel con matemáticas, Ariel ayudaba a Mad con la computadora y una vez que el chiquillo apareció con una consola y unos juegos prestados por su primo, se pasaron la noche entera jugando con la play station 2.

A veces dejaba que los amigos de Ariel fueran a la casa, como aquella vez en la que quisieron hacer una pijamada y, por cuestiones del destino, ninguno tenía la casa disponible.

El ruego de Ariel fue casi imposible de rechazar.

—¿Pueden venir aquí por esta noche? Por favor, Maddy. Por favor, por favor, por favor, ¿sí? ¿Pueden? Te prometo que no ensuciaremos ni haremos escándalo.

Como era de esperar, dijo que sí. Y al final terminó pasando buena parte de la noche con los chicos, e inclusive cantó con ellos en el karaoke con tantas ganas que casi se sintió rejuvenecer diez años por un rato, aunque para las cinco de la mañana ya estaba tan noqueado, que no podía ni oír sus propios ronquidos. Todo era muy tranquilo la mayor parte del tiempo pero esa semana era la excepción. Llegaba el dichoso desfile de modas y Ariel estaba muy nervioso, tanto así que le costaba dormir y se distraía al punto de llevarse por delante las paredes, las puertas, los muebles y cualquier cosa que no se hiciera a un lado cuando él pasaba.

—¡Pero Ariel! —se quejó Mad una vez, pasándole alcohol en una cortada que el niño se había hecho al picar unas cebollas para la cena—. No puedes andar así, eres un peligro para ti mismo.

—Lo siento, Maddy —murmuraba Ariel haciendo pucheros mientras soportaba el escozor del alcohol sin quejarse, cerrando los ojos como única muestra de dolor—. Es sólo que estoy de los nervios.

—Por todo lo del desfile, ¿cierto? Pero si has practicado como un condenado todos los días, ¡hasta practicas aquí en casa!

—Sí, ya lo sé, pero… Es que es mucha presión. ¿Y si me tropiezo y caigo en medio de la pasarela?

Por un instante Mad no supo qué decir. Claro, él no sentía la menor vergüenza casi por nada pues había olvidado el significado de la palabra el día en que su padre lo sorprendió masturbándose, pero Ariel era su total opuesto respecto a ese tema: era la vergüenza personificada. Debía decirle algo que lo alentara, ya que para él su trabajo era muy importante y era muy inseguro de sí mismo. ¿Qué diablos podía decirle?

—Bueno, petit, entiendo. Pero esas cosas suelen pasar, Alex dice que la primera vez de un modelo suele ser complicada y humillante.

—Yo no quiero que sea así —respondió el chico frunciendo el ceño de tal modo que supo que no lo había hecho bien.

Al final optó por lo fácil y dejó de intentar ayudarle sin saber cómo, para decirle lo que en realidad pensaba.

—Escucha, Ariel, tampoco es la gran cosa. Si te caes, te levantas y sigues como si nada. Créeme que es mejor eso que volverte loco antes de tiempo y lastimar tu herramienta de trabajo.
Ariel se le quedó mirando por unos instantes en total silencio. Por un momento el fotógrafo se imaginó que había hecho muy mal y que el jovencito estaría furioso. Sin embargo, él sólo le miró en silencio mientras pensaba en ello para terminar sonriéndole cariñosamente.

—Sí, tienes mucha razón, Mad.

Por suerte para ambos, la cosa mejoró ahí y ya no hubo heridos. La noche previa al desfile Ariel se acostó temprano pero, como la luz se cortó en medio de la noche, se le desprogramó el despertador y terminó por despertarse tarde. Mad recién se dio cuenta de ello cuando, mientras tomaba el café cargado de siempre, el muchacho bajó a toda máquina de la habitación, ya vestido, aunque desaliñado.

—¡Mi despertador no funcionó! —gritó antes de realizar cualquier saludo, al tiempo que tomaba con mucha prisa los cereales, el yogurt, su tazón hondo y algo de pan. Luego le dio un beso en la frente a Jean Claude y se sentó a comer a las apuradas, hablando y tragando todo a la vez—. Fsi no me apesudho legadé tamde.

—Emh, cielo… No comas de esa manera, te vas a ahogar. Si quieres yo te llevo en el auto.

—¿Seguro? ¿Tienes tiempo?

—Claro —dijo sonriéndole cariñoso mientras que le retiraba unas moronitas de cereal de las comisuras—. Llegarías en diez minutos, así que puedes desayunar tranquilo. No sea cosa que en el ataque de apuro termines masticándote el tazón también.

—Maddy, qué malo eres. Pero creo que te puedo perdonar por llevarme a la escuela.

—¿Lo dejamos en empate técnico? —inquirió, medio en broma medio en serio.

D’accordo, pero sólo por hoy —sonrió, ahora relajado—. Gracias Maddy, te debo una.

El mayor, tranquilo ahora al ver que Ariel no corría peligro de necesitar un RCP por ahogamiento y que volvía a ser el de siempre, dobló el diario, lo dejó a un costado y le dio un buen sorbo al café sin dejar de mirar al muchacho. Podía ser toda una tentación pero no dejaba de alegrarse por tenerlo cerca.

Mon ami, ¿es necesario que vayas a la escuela? Deberías relajarte un poco, ¡hoy es el gran día!

Ariel tragó antes de contestar.

—Justamente. Quiero evitar ponerme nervioso y sólo si mantengo la mente ocupada voy a poder conseguirlo. De todas formas sólo iré por dos horas, después estaré en lo de Macchi un buen rato. Tengo una joya que terminar.

Eso llamó la atención del fotógrafo. Pensándolo bien nunca le había preguntado a Ariel sobre sus lecciones con Macchi, de hecho, no tenía idea de cómo le iba ni cuánto tardaría en fabricarle aquel prendedor con forma de dragón que le había prometido en su primera “cita”.

—Oh —murmuró, dejando la taza para concentrar toda su atención en Ariel, apoyando los brazos en la mesa y reclinándose hacia delante—. Me siento fatal, nunca te pregunto mucho del tema. Cuéntame, ¿cómo vas con eso? ¿Aprendes mucho?

Ariel asintió con la cabeza a la vez que masticaba su desayuno.

—Sí —dijo al fin, con un brillo peculiar en los ojos—. Ya aprendí los tres pasos básicos: cortar, limar y soldar metal, aunque el uso de la sierra es complicado.

Al oír eso, el pulso de Mad tembló.

—¿S-si-sierra? ¿Usas una… sierra?

Pero el menor siguió como si nada, mirando al otro como si le pasara algo raro.

—Claro, ¿cómo corto el metal si no? En fin, gracias a Macchi aprendí a hacerlo sin correr riesgos. Hice un par de dijes, ¿sabías? Sólo tomas la plancha de metal, le dibujas el diseño y lo cortas. Tienes que soldarle la argolla para que pase la cadena o sería un problema colgarlo y… lo siento, ¿te aburro? —agregó, sin poder esconder una sonrisa de satisfacción que a Jean Claude no se le pasó por alto.

—No, para nada. Me gusta oírte hablar del tema. Dime qué más aprendiste.

Ariel le dedicó una sonrisa de alegría antes de continuar.

—Bien, Macchi me enseñó a distinguir las piedras preciosas de las falsas. Las verdaderas siempre tienen un brillo especial en su interior cuando las pones al sol, por ejemplo. También me enseñó a distinguir las piedras semipreciosas y los cristales de roca. ¿Qué más? Me enseñó a esmerilar, a usar el mandril y la pulidora, el bróquer, a hacer virolas. De hecho, ¡ya estoy haciendo mi primer anillo! —exclamó tras la andada de palabras sumamente extrañas a los oídos de Mad, con una felicidad casi exultante. Ariel se veía tan contento hablando de todo aquello que Mad tuvo que olvidarse de la sierra y escucharle aunque no entendía ni madres—. ¿Te lo imaginas? ¡Un anillo! Y Macchi me regaló una piedra para ese anillo. No puedo usar cristal ni piedras preciosas, así que me regaló una pieza de lapislázuli cortada y pulida con forma de lágrima. ¿No se oye precioso?

En efecto, una piedra que combinaba mucho con Ariel por el color y la forma, pero era más hermosa aún a sus ojos por ser parte de la pieza que su hada diseñaría.

—Suena hermoso, petit. ¿A quién se la darás?

Ante tal pregunta, el menor guardó silencio mientras terminaba su desayuno. Tardó un poco más en responderle, esta vez, con cierta lentitud y hasta con algo de sorpresa.

—La verdad es que no pensé en eso. Estaba tan contento por terminarlo que ni siquiera me fijé en dárselo a alguien.

—Tampoco es necesario que lo regales a alguien…

En su cabeza, el Doppelgänger se carcajeó.

“Arreglando la metida de pata, ¿eh?”. Como siempre, le dedicó uno de sus comentarios incisivos, el primero del día. Le gruñó en su fuero interno a modo de contestación, concentrándose en Ariel para ignorarle.

—No, es sólo que si tengo que regalarlo a alguien, con el color de la piedra es bastante complicado. Alex cambia de color todo el tiempo, mi tía es pelirroja y su piel es lo suficientemente clara como para poder usarlo, pero no se viste acorde al diseño, el anillo no va con hombres ni con gente que usa ropa muy urbana. Si sigo así, quizás no pueda dárselo a nadie.

—¿Y si lo usas tú?

La sola idea hizo que los labios del joven se curvaran en una de esas sonrisas que a Mad tanto le gustaban y podían llevarlo al mismísimo paraíso, al punto en que le aceleró el pulso hasta casi no dejarlo respirar. ¿Cómo con sólo ver ese rostro sonriente podía quedarse tan obnubilado?
Ariel entornó un poco los ojos, sin dejar de sonreír, y se levantó para llevar las cosas al grifo.

—Tal vez lo haga, Maddy. Tal vez lo haga.

Después de eso juntaron las cosas y fueron a la escuela. Como cada vez que lo llevaba, Mad obtuvo un delicioso pico en los labios a modo de premio, por lo que se despidió y arrancó el coche con la cabeza dándole vueltas, al tiempo que Ariel entraba al instituto. Jean Claude decidió ir a ver a su hermana, después de todo ella podía decirle cómo debía vestirse para el desfile de esa noche. Iba a ser el gran momento de su querido Ariel y no se lo iba a perder por nada del mundo.


—¡Ariel, hasta que llegas!

—Perdón, ¿llegué tarde?

No podía ser, si había ido en coche. El grito de Christian le había descolocado de tal forma que revisó su celular dos veces para ver la hora. Aún faltaban ocho minutos para que sonara la campana. ¿Por qué la prisa entonces?

—Esto… Chris, ya sé que eres muy puntual, pero ocho minutos no son razón suficiente como para que te pongas así.

Vladimir, que ya le hacía señas desde su pupitre con un libro de Stephen King en la mano, comenzó a reírse a carcajadas ni bien le oyó decir eso, entre tanto el rostro de Christian iba crispándose y enrojeciendo conforme las risas aumentaban. Ariel fue a su asiento, justo en frente del pupitre de Vlad, portando una cara que podría traducirse al castellano como un: “No entiendo nada de nada”.

—¿Me perdí algo, Vlad? —murmuró el joven modelo mirando en todas direcciones. Sus compañeros estaban en extremo emocionados, hablando entre ellos más a prisa que de costumbre, alegres y sonrientes, llenando el aula entera de bullicio—. Están actuando todos muy raro, incluso Chris.

—Es porque llegaste después que el director —al ver la cara de incomprensión de su amigo, se apresuró a aclarar—. ¿Recuerdas lo del festival? —Ariel asintió—. Pues bien, hace tan sólo unos minutos vino el señor Petrovsky y anunció que en esta ocasión se haría un festival “especial”.

—¿El qué?

Abrió los ojos como platos sin comprender del todo y pestañeó un par de veces, confundido. Se preguntaba a qué se refería el director con la palabra especial cuando los festivales tenían actividades programadas por los profesores. Además, los festivales en verano solían ser insípidos y cortos por el escaso esfuerzo que le ponían los directivos y el poco presupuesto que le daban a los alumnos los cuales, dicho sea de paso, tenían un montón de tiempo libre gracias a que el festival se hacía luego de los exámenes. Al parecer, ese año iba a ser la excepción. Y había más. Según Vlad el director dijo que, además de las actividades normales dispuestas por los maestros, cada curso podía tener dos atracciones planeadas y organizadas por los estudiantes.

—Bromeas —Ariel no se atrevía a creerlo. El director era conocido por ser bastante amargado.

—Te lo juro como que me leí “La torre oscura” en una noche. Además es una actividad realizada por los varones y otra por las chicas.

—Pero seguro que muchos tendrán las mismas ideas. Se pondrán a pelear a ver qué curso consigue hacerlo.

—Nop —el joven escritor movió la cabeza de un lado al otro, pasándole el libro en un silencioso ademán para prestárselo. Ariel dudó en tomarlo, Stephen King y él tenían diferencias irreconciliables, aparte de que le daba mucho miedo, pero terminó por tomar el libro con cierta cautela—. Una vez que deciden qué hacer se anota en una cartelera con el número del curso, los participantes y todas esas huevadas. Las chicas ya decidieron, para bien o para mal.

—Déjame adivinar —dijo de golpe, jugando con el grueso libro de curiosa portada entre sus manos—. Es algo sólo de chicas, ¿cierto?

—Ajá.

—Mmh, ¿tiene que ver con ropa?

Sus palabras parecieron proféticas, puesto que su amigo se rió. Ellos dos eran los únicos que charlaban tranquilamente en el salón, los demás, incluyendo a sus amigos, estaban a mil por hora con el dichoso festival.

—De hecho, quieren hacer un desfile de ropa, aunque aún no se deciden del todo. Creo que alguien se les adelantó y ya puso eso en cartelera.

Sin poder evitarlo, el más chico puso los ojos en blanco.

—¿Por qué no me sorprende? Pues si tanto quieren un estúpido desfile, que hagan uno de crossdressing, ése sí que no lo copiaría nadie… Uff, ya estoy cansado de los desfiles de moda.
Fue casi como si hubiera roto un frasco o hubiera gritado: “¡Soy gay!” en medio del aula repleta, porque todos se quedaron en silencio sepulcral mientras que las chicas del curso los miraban fijo a la cara.

Vlad miró a su alrededor en silencio, pasando saliva con disimulo.

—Creo… —susurró, inclinándose hacia Ariel—. Creo que metiste la pata, Ariel.

—Lo siento, pero es la verdad.

Por fortuna, nadie los linchó. Lo único que pasó fue que Jessie, la chica con la que había hablado hacía unos días y a quien le había hecho un retrato, se acercó a él, secundada por su grupo de amigas, y bajo la atenta mirada de todos los presentes.

—Oye, D’cciano —por suerte no parecía enfadada, sólo curiosa—. ¿A qué te refieres con “crossdressing”?

—Emh, ¿por qué preguntas?

—Es que con las chicas queríamos hacer algo novedoso y original sin abandonar la idea del desfile. Y como la palabra suena tan rara…

Ambos varones se miraron de reojo antes de volverse hacia ella.

Crossdressing es cuando los chicos se visten como chicas. Pueden escoger unos chicos y un grupo de chicas toma a cada uno, lo prepara, lo hacen desfilar y que la gente vote al más bonito. Y luego los hacen desfilar de nuevo, pero como hombres.

Se esperaba que los chicos pusieran el grito en el cielo o le miraran raro y lo hicieron. Todos dieron la media vuelta para casi matarlo con sus miradas furiosas y sus muecas de asco. Lo que no se esperó fue la reacción de las chicas: comenzaron a cuchichear entre ellas sobre la idea y, a medida que les iba gustando, se emocionaban y daban saltitos o proponían algo nuevo que agregar.

—Suena interesante, ¿no? —decía una.

—¡Sería muy original! —chillaba otra—. Nadie haría un desfile así.

—Podríamos hacerles la ropa a mano —esa era Sorja, emocionada a más no poder—. Y maquillarlos como queramos.

Los murmullos crecieron tanto que las chicas decidieron agruparse para discutir el tema a la vez que Giovanna y Jessie salían corriendo del aula para anotarlo todo en la cartelera. Todavía con cara de no poder creerlo, Ariel se volvió hacia Vlad mientras que algunos chicos protestaban y otros, en competencia, buscaban una idea propia que llevar a cabo.

—No me lo creo —farfullaba con el libro entre sus manos. Su cara debió de ser todo un poema porque Vladimir comenzó a reírse a mandíbula batiente, agarrándose las costillas con una mano y golpeando el pupitre con la otra.

—¿Sabes que los chicos te van a odiar, cierto?

—Sí, pero no me importa. Yo podría participar si eso los hace sentir mejor.

Almudena, que estaba formando un grupo, giró en noventa grados sobre sus talones para mirarlo.

—¿Lo harías? —preguntó sin más, entrecerrando los ojos como si quisiera ver dentro de él. Claro, no era la única, pues muchos habían parado la oreja al oírle.

—¡Por supuesto! —exclamó sacando pecho e irguiendo la cabeza—. Yo estoy muy seguro de lo hombre que soy y sé que aunque me vistan de chica eso no cambiará. Es más, para mí es como una prueba de mi masculinidad.

Vlad asintió.

—Algo así como una iniciación.

—Exacto. El que no acepta es porque no es lo suficientemente hombre y teme ponerse vestidos por miedo a que le guste.

Fue como entablar un desafío indirecto. Ahora los chicos debían participar porque si no lo hacían, serían tildados de “poco hombres” y estarían por debajo de cualquiera con la valentía suficiente como para ponerse ropa de mujer, como él. Y ninguno quería quedarse por debajo del modelito. Por ello, pronto había varios muchachos ofreciéndose para participar.

“A veces me sorprende mi propio ingenio”.

La tahitiana le contempló sólo unos segundos antes de sonreír.

—En ese caso, tú eres mío para este festival. Te vamos a convertir en la chica más bonita de todas.


Mad resopló por enésima vez mientras se miraba en el espejo de cuerpo completo que Alex tenía en su atelier. Ese traje no lo convencía para nada pero su hermana estaba a punto de sufrir una embolia de tanto que se cambiaba de ropa.

¡Sacre bleau, Jean Claude! ¿Podrías elegir alguna de la ropa que te he dado? Me estás poniendo demasiado nerviosa para tu propio bien.

—Lo lamento —en realidad no lo lamentaba, pero si se lo decía ella terminaría matándolo—. Es que no sé, no me siento muy bien con ella.

Alex suspiró algo crispada y se llevó los dedos a las sienes como si quisiera masajearse el cerebro.

—No es excusa para volverme loca, hermanito.

Pardone moi, ma cherie. Es sólo que, bueno, estoy nervioso. Nunca estuve en un desfile de modas.

Alex rodó los ojos y volvió a suspirar.

—No me sorprende después de que hayas dicho que los desfiles y la pasarela son un complot maligno en contra de la moral y las buenas costumbres.

Mad soltó una carcajada al recordarlo. Era bastante irónico que él, fuerte opositor de la opresiva industria del modelaje y la moda, vistiera ropa de moda, fuera fotógrafo para revistas de moda, estuviera enamorado de un modelo y, a la postre, se volviera loco por vestir bien para ir a uno de esos eventos que no le gustaban. Pero por amor uno siempre hace locuras.

—Es que esta vez es diferente. Es tú ropa la que está ahí y nuestro Occhiblú quien caminará allí arriba. Le prometí que estaría presente.

Había dicho “nuestro” para no llamar la atención y crear una camaradería especial entre él y su hermana quien desde su pelea con Ariel, por suerte ya olvidada por ambos, y el incidente que la dulce criatura había sufrido semanas antes en su propia casa, andaba en extremo sensible y receptiva con cualquier cosa que pudiera dañar o entristecer al niño. Por eso sus palabras produjeron el efecto esperado: Alex le sonrió con aprobación, olvidando la frustración por la actitud de su hermano y, con una encantadora sonrisa, se acercó a Mad para tomarle del brazo y apoyar la cabeza en su hombro mirando hacia el espejo de cuerpo completo que estaba frente a ellos.

—Me alegra tanto que seas tan dulce con él. Creo que, pese a todo, eres una buena influencia para Ariel.

“Sí, claro
”. Bad Mad al ataque: el Doppelgänger se reía, cínico, en su silla de madera mientras comía apple strudel. “Una buena influencia que lo imagina usando lencería erótica”.
Jean Claude tuvo que hacer un esfuerzo para no insultarlo en voz alta.

—¿Tú crees, Alex? No quiero herirlo de nuevo. Por eso, si él quiere que vaya, aunque me retuerza por dentro, voy a ir.

—Luego del desfile hay una fiesta. No tengo pareja y Ariel menos que menos. El ambiente es un tanto peligroso para un niño pero los modelos están obligados a ir. ¿Por qué no vienes? Mejor dos pares de ojos amigos para vigilarlo que sólo uno.

No dudó ni un segundo al responder.

—Me encantaría, hermanita. Pero, ¿y la madrina de Ariel?

—Su marido le prohíbe ir… Y Luca tiene exámenes de nuevo.

—Ah —decidió no preguntar más al ver la cara sombría de su hermana y sus ojos conteniendo la ira. No le sorprendía que estuviera furiosa, menos al saber que Chetina se dejaba dominar por su pareja. Alex era muy feminista y odiaba que las mujeres, en especial sus amigas, se dejaran subyugar por un hombre. Ahora que lo pensaba, quizás Ariel sintiera lo mismo. Tenía que acordarse de preguntarle luego—. En ese caso iré aún con más ganas.

—¡Bien! Vamos a buscarte un traje que te haga lucir sexy, a la moda y que combine con la ocasión, a ver si te conseguimos un buen ligue. Eso sí, habrá que cambiar ese peinado, le pediré a Marixa que venga.

—Espera, espera, espera —saltó el fotógrafo de golpe, alzando las manos y moviéndolas como si quisiera parar algo—. ¿Cómo que un “buen ligue”? ¿No voy para cuidar de Ariel?

—Digamos que confío en ti lo suficiente como para creer que puedes hacer ambas cosas. Aparte, con tanta gente y tanto chico bonito, seguro que intentarás ligar de todos modos.

—Eso no suena bien viniendo de alguien que confía en mí, ¿lo sabías?

—Lo sé —canturreando, ella sonrió, contenta, y comenzó a rebuscar entre sus diseños—. ¿Sabes algo, Mad?

Él, que se había quedado mirando su propio peinado en el espejo a ver qué diablos tenía de malo, no prestaba mucha atención.

—¿Hum?

—Creo que le haces bien a Ariel.

Okay, ahora debía prestar atención.

¿Pardon?

—Es que, verás —Alex seguía rebuscando. A veces se quedaba pensando, otras fruncía el ceño al ver la ropa, otras hacía muecas moviendo la cabeza—, él nunca ha tenido un padre. Su abuelo y Luca son las únicas figuras paternas que ha tenido en toda su vida, por eso creo que andar contigo le hace bien. Necesita un hombre con quien pasar el tiempo, hablar de chicas, a quien preguntarle cosas, ¿entiendes?

Aunque entendía, por unos minutos Mad quedó por completo en blanco. Siempre había creído que Ariel le veía como un amigo íntimo, como alguien de la familia, quizás como un tío lejano y aunque eso le gustaba, a la vez le perturbaba mucho cuando se daba cuenta de que terminaba teniendo pensamientos y sentimientos inapropiados con él. Pero, ¿y si Ariel le veía como una especie de padre? Entonces sería mucho, mucho peor si algún día el niño se enteraba de sus degenerados sentimientos.

La vida era demasiado injusta con él. Pero, si eso era lo que Ariel quería de él, pues se lo daría. Su razón de ser era la felicidad de su niño, nada más que eso. Sin importar que se le partiera el corazón en dos.

—Te lo agradezco, Alex —pese a que le costó, tuvo que sonreírle a su hermana y apartar esos pensamientos tristes de su cabeza al tiempo que miraba la ropa—. Entonces, ¿puedes hacer que me vea irresistible? Va a haber mucho por donde ligar.


Al final habían logrado decidirse y armar algo decente en su curso con todo ese revuelo del festival. Las chicas ya tenían las bases para el concurso de crossdressing: Cinco grupos de tres o cuatro chicas (quizás más) tomarían a un chico, lo vestirían con ropa hecha o comprada por ellas, lo maquillarían y le pondrían pelucas o extensiones de pelo para hacerlo caminar por la pasarela de la escuela. Luego de eso, los participantes debían posar y responder preguntas del público antes de que se iniciara la votación. Después desfilarían otra vez, pero vestidos de varón. Los chicos ya habían sido escogidos y la idea aceptada por los directivos. La verdad es que no entendía cómo los profesores permitían aquello. Ariel no sabía si estar feliz o llorar… el grupo de chicas que lo vestiría estaba formado por Almudena, Giovanna, Sorja y Jessie, a quien aceptaron en el último minuto y por haber suplicado a horrores. Los chicos decidieron hacer algo más normal: un baile. Así es, escogerían música de todo tipo para que la gente bailase. Aparte de que eran ellos quienes se encargarían de la música que se pondría durante el concurso de las chicas.
Ariel sacudió la cabeza al darse cuenta de que las manos le flaqueaban. No podía pensar en esas cosas cuando estaba soldando, no quería arruinar el anillo luego de todo el trabajo que había puesto en él. Sólo tenía que hacer los últimos retoques y luego de lo que le costó meter la piedra en el hueco donde iba engarzada, llamado “virola”, no quería cometer un solo error. En la clase anterior había trabajado mucho tiempo en el mandril, un cono de madera donde se metía el anillo luego de ser soldado, golpeándolo constantemente con una maza hasta que tuviera una forma redonda lo más perfecta posible. Fue un trabajo que le costó bastante, pero nada comparado a hacer la bendita virola.

Tenía que cortar más metal por separado, limarlo, soldarlo, pulirlo, y luego tratar de meter la piedra en el agujero, de manera que cupiera de forma casi perfecta antes de soldar alrededor y que ésta quedara fija. Claro, la piedra no debía romperse por el incruste ni arruinarse con el soldado. Al principio intentó meter la piedra a mano pero, luego de lastimarse los dedos, Macchi le aconsejó usar el apretador. Tuvo suerte de no terminar apretándose un dedo. Además de eso, como la medida le había quedado un poco grande tuvo que doblar el metal en dirección a la piedra para que ésta no se soltara, lo cual llevó muchísimo tiempo doblando el metal en pliegues de a poco, desde las puntas al resto para que no quedara arrugado e impreciso, en una locura que terminó cuando soldó aquellos pliegues y la roca quedó segura. Ahora que las gotas de sudor le caían por el rostro a causa del calor de la soldadora no podía hacer un movimiento en falso o arruinaría todo el trabajo. Tenía que soldar la virola para unirla al resto del anillo y eso tenía que estar perfecto o la pieza se quebraría en un futuro. Un poco más, sólo una parte…

¡Al fin! La virola ya estaba perfectamente soldada. Apagó el aparato y se quitó la máscara protectora, mas no los guantes, ya que así podía tomar el anillo caliente y acercárselo al rostro lo suficiente como para poder mirar su propio trabajo en busca de un error. Gracias a los Dioses, no había ninguno. Quizás la virola no estaba del todo recta, pero no era nada demasiado grave. Eso podía pasarle incluso al mejor joyero dependiendo de la roca. Dejó el anillo en su soporte y se quitó los guantes. Usar el soplete de soldar le entumecía las manos por la falta de costumbre, pero se alegraba al saber que eso pasaría tarde o temprano. Giró en noventa grados sobre su silla giratoria y, mientras que Macchi se acercaba a ver el fruto de su esfuerzo, tomaba la botella de agua que el mayor le había dado. Estaba muerto de sed.

Masaaru contemplaba su trabajo con ojo crítico. Si bien fuera de su joyería ambos eran muy buenos amigos, una vez que Ariel se sentaba en su asiento y tomaba el papel de alumno Macchi se convertía en un profesor estricto e implacable. La buena fortuna es que explicaba las cosas muy bien, daba ejemplos, consejos y te alentaba cuando debía hacerlo. Aunque también podía tirarte abajo si debía hacerlo. Y con muy poca delicadeza.

—Nada mal, occhibi. Te quedó algo gruesa la virola y un poco inclinada al costado, pero el soldado está bastante bien para ser tu primera vez con un anillo. Sigue practicando y mejorarás.

—¿De veras está bien?

—Le falta un poco de soldado aquí, en esta parte —dijo señalando con su dedo un sitio del anillo al que Ariel había considerado bien hasta que Macchi le dijo lo contrario—. Y necesitas algo de práctica con el mandril, la forma no es muy redonda. Pero qué diablos, casi todos los anillos terminan ahuecándose de todos modos, es más bien una cosa de coquetería.

—Gracias. Me alegra saber que no lo hice tan mal —para sorpresa de Macchi, su respuesta era sincera—. Si tengo que ser franco, creí que sería un desastre. Por eso me maté mientras lo hacía, quería que fuera perfecto.

—Eso es bueno, Ari-chan. Pero recuerda que cuando tengas tu propia joyería y tengas varios pedidos no podrás tomarte tanto tiempo. Tu única solución es mejorar tus habilidades y terminar tus creaciones en el menor tiempo posible. ¿Comprendido?

—¡Yes, sir!

Nice. Ahora dime, ¿qué sigue?

Ariel sólo tuvo que pensarlo un instante.

—Esmerilamos el anillo y luego a la pulidora.

—Perfecto —dijo Macchi con cara de satisfacción, remarcando la “erre” como era su costumbre—. Ve y hazlo. Cuando termines te mostraré unos diseños nuevos antes de que te vayas. ¿Quieres aprovechar y ducharte antes de irte?

Las palabras de su maestro le llegaron por encima del ruido de las máquinas.

—No, no es necesario, pero gracias —Ariel tomó el anillo, ahora frío, y lo llevó primero a la máquina de esmerilado. Macchi le había explicado cómo usarla y también cómo hacerlo a mano por las dudas de que no dispusiera de un aparato en el futuro—. ¿Así está bien?

—Déjalo un poco más, occhibi.

—Okay. Oye, Macchi, ¿no vas a ir hoy al desfile?

El mayor se sentó junto al niño para mirar de cerca su labor al tiempo que sacudía la cabeza y reía a carcajadas.

—¡Diablos, no! Bebé, puede que la ropa sea mi mayor fetiche y tenga dos guardarropas completos, pero eso no quiere decir que quiera ver un desfile de modas.

—¿No te gustan? —preguntó sin entender del todo bien lo que le decían.

—Ariel, cielo, ¿para qué quiero ver una muestra de esqueletos andantes cuando tengo un enorme bistec en casa, esperándome con una botella fría de champagne y un pote de chocolate fundido?

“Bien… Yo no quería saber tanto”, pensó Ariel al tiempo que se ponía completamente rojo del cuello para arriba tras imaginarse esa misma situación pero con distintos protagonistas. Antes creyó que, siendo su profesor, Macchi dejaría de mostrarse tan promiscuo y desinhibido, que no le diría tales cosas. Ahora se daba cuenta de que eso era imposible, nunca terminaba de acostumbrarse a las frases de doble sentido que su amigo escupía como si le pagaran por ello.

—A-ah, ya veo —carraspeó, abandonando una máquina para ir a la otra. Mientras se ponía los guantes protectores y encendía la pulidora, se preguntó qué clase de cosas haría Macchi con su novio. No, aún más: ¿Qué habría hecho él con Mad? Habían sido pareja, seguramente lo del chocolate era algo ya probado por ambos.

—Ariel —de repente, la voz del medio inglés lo sacó de su ensimismamiento. Se dio cuenta de que estaba girando el anillo contra la enorme pulidora—. Si sigues puliéndolo vas a desgastarlo.

—Lo siento —volvió a carraspear—. Entonces, ¿no te gustan los desfiles de pasarela?

—Digamos que me gusta la carne magra y no los huesos pelados, precioso. Estoy seguro de que el único que no está en el nivel de la anorexia eres tú.

No pudo evitar carcajearse por el chiste, pero aún le molestaba cierta dudilla que no dejaba de zumbarle dentro.

—Oye, Macchi —dijo, con la voz en un hilo.

El otro estaba distraído, contemplando el anillo que Ariel había retirado del aparato. Era bonito y brillante, pese a los errores que tenía. No estaba tan mal para el primer intento era una obra de arte. Debería enseñarle al pequeño cómo corregirse y hacer las virolas con mayor precisión.

—¿Dime…?

Fingió verse desinteresado al decir:

—¿Puedo preguntarte algo?

Hai, dime.

—Por casualidad, ¿sabes qué clase de tíos le gustan a Mad?
Ahí la distracción se le fue volando por la ventana. Si bien seguía mirando el anillo y fingía examinarlo, cosa que ya había hecho, sus oídos estaban atentos a la voz del chico, sus músculos un tanto tensos mientras su mente maquinaba a milla por minuto repitiendo esas palabras, desglosándolas para captar su significado. Ahí había gato encerrado. Miró al menor de reojo. El niño estaba ido y con las mejillas rojas.

—¿Por qué preguntas, occhibi?

El temblor de Ariel no le pasó desapercibido.

—No… por nada.

Macchi frunció la boca. Esa no se le iba a escapar, tenía que avisar a Mad.


—Vamos, niñas y niños, comiencen a moverse que estamos hasta las manos. ¡Se nos acaba el tiempo!

Pese a que la voz chillona de uno de los estilistas les estaba causando un sangrado auditivo, los modelos respondieron con un murmullo y siguieron con lo suyo. Después de todo, ya era la tercera vez que decía eso y todos sabían que aún tenían los minutos de la presentación. Mientras tanto, los maquilladores, los estilistas, e incluso los diseñadores trabajaban como locos preparando a los modelos detrás de bambalinas.

—¡Ariel! —Alexandra acomodaba su ropa con afán, tratando de llamar su atención—. No andes distraído, caramelo.

—Lo siento, Alex. Son los nervios. ¿La ropa está bien?

—Perfecta. Aunque… quizás debería haberla hecho menos ajustada.

Ariel sonrió mientras que ella le acomodaba las medias.

—¡Alex! —le imitó, riéndose a carcajadas—. Ya, no te presiones. Yo me haré cargo de que luzca hermosa y todos quieran comprarla.

—Cuento con eso, petit —una sonrisa, un beso, y la mujer respiró hondo—. Ni siquiera es mi primer desfile e igualmente estoy nerviosa. ¿Qué inmadura, ¿no?

—Ey, yo también tengo nervios. ¿Aún hay tiempo?

—Algo, ¿por?

—En ese caso, usaré el teléfono.

Con un asentimiento, Alex le permitió usar el celular restando tiempo a los arreglos de ropa. Ariel usó el marcador rápido para llamar al teléfono de su hermano, rogando que le contestara. No había hablado con él desde hacía mucho tiempo y quería que su hermano supiera lo que era capaz de hacer por él.

“Contesta, contesta, contesta, contesta”.

Por fin, alguien atendió.

—Hola.

Angelo, ¿come stai? Fa tanto tempo che non parliamo.*

Bastante —su voz no sonaba tan cortante como la última vez, quizás le gustaba oírle hablar en italiano—. Mi sento tropo male per cuelo que succheso l’altra volta.

Non ti preocupare... ¿Esta tutto bene?

Sí. ¿Que succede?

—Algo —decidió que era hora de hablar en castellano, ya que no quería que le miraran raro—. Hoy es el desfile de moda en el que participaré. ¿Te acuerdas que te hablé del tema?

—Sí.

—Bueno, pensé que querrías saberlo... No usaré ropa que sea de tu agrado pero lo necesito para conseguir dinero.

—Está bien —ahora Angelo hablaba más bajo, seguro que estaba acompañado—. ¿Cuándo?

—Ahora. Pero se transmitirá a las once por el canal cuarenta y tres. Seré el tercero de la diseñadora Alexandra Labadie.

—Perfecto.

Debió suponer que lo vería, puesto que no podía obligarlo. Sonrió feliz porque no hubiera peleas hasta que le indicaron por gestos que ya era hora de empezar.

—¡Ah! Lo siento, hermanito. Es hora de comenzar. ¿Cuándo puedo ir a verte?

—Humm… ¿El martes?

—Allí estaré. Ci vediamo presto.

Ariel cortó con una sonrisa en el rostro, guardó el aparato en su bolso y fue a su sitio con el corazón palpitándole a mil por hora. Era su momento e iba a lucirse, pues tenía mucho que proteger, demasiado que ganar y todo debía salir perfecto.


Angelo D’cciano, en su cama del hospital, guardó las galletitas de limón que le había enviado su hermano a través de Luca. Seguían teniendo el mismo sabor, idéntico a las que preparaba su madre: tiernas, dulces y con el olor especial de la comida casera. No debía dejar que Tabatha las viera o se volvería loca. La había visto pasar cerca de la ventana que daba al pasillo hablando por celular hasta que uno de los enfermeros la increpó para que lo apagara. Aprovechó para tomar posesión del control remoto y miró el reloj. Faltaba una hora, pero no dudaría en ver a su hermano sin importar lo que le obligaran a usar. Seguramente su madrastra no se molestaría en ver un desfile de modas.


Mad esperaba emocionado en su asiento. Si bien nunca había estado en un desfile de moda, este era especial porque su Ariel estaba allí. Temblaba de los nervios, esperando a que su niño apareciera, tratando de imaginarse qué ropa usaría y rogando porque todo saliera bien.
En un momento las luces se apagaron y el presentador anunció el inicio oficial de la pasarela. Los primeros diseños en quedar bajo los flashes y las grabadoras eran los de su hermana Alexandra, y con ella también iban sus modelos.
Mad contuvo el aliento, Ariel sería el tercero.


Ariel respiró hondo. Su corazón huyó de su lugar biológico de residencia para trasladarse a su boca, haciéndole doler el pecho de los nervios. Pronto le tocaría a él. El presentador describía cada diseño mientras sus compañeros se paseaban por la pasarela con una elegancia inusitada. Él ya se sabía de memoria lo que debía hacer, dónde detenerse y cómo caminar, pero los nervios lo carcomían por entero de adentro hacia fuera.

Cuando Jasmine ingresó, supo que era su turno. Inspiró hondo, pensó en Mad que estaría mirándole entre el público y en su hermano, que dependía de que todo saliera bien para poder mantenerlo. No iba a dejar sus responsabilidades para con él sólo porque quisieran arrebatárselo. No tenía por qué tener miedo, él iba a lucir su ropa como si fuera un rey e iba a llevar al público al paraíso sólo con el poder de sus ojos. Él era hermoso, su ropa era hermosa y sabía bien qué hacer.
Cuando llegó su turno, dio el primer paso con aplomo y decisión, comenzó a caminar mirando al frente usando su mejor sonrisa. Sus ojos azules barrieron el salón con toda sensualidad mientras caminaba y el presentador describía sus ropas. Llevaba puestos unos zapatos de charol negros con tacón alto, medias negras de seda con dibujos de rosas, una falda roja y negra a cuadros con mucho tul negro en la parte interior baja y encaje en los bordes. Arriba traía puesta una camisa sin mangas tipo top, negra también, con un lazo rojo al cuello. Sobre eso, la chaqueta de terciopelo oscuro al estilo romántico imperial que brillaba bajo las luces, al igual que la diadema con pedrería que le decoraba la cabeza.

La verdad era que Ariel no entendía un comino del diseño pero le dio por completo igual entre tanto caminaba por la pasarela, desviando la vista de vez en cuando al público. Se detuvo en la mitad, posando en todas direcciones, sonrió de nuevo y enamoró al público con aquella mirada fija que Roger le había enseñado.

Bien, unos pasos más hasta la cima. Allí posó de nuevo, usando esa sonrisilla de pequeño diablo y esos ojos sensuales, aún inocentes en cierto modo, mientras se quitaba el saco y quebraba cadera. Pose, pose, una sonrisa extra e inmediatamente caminaba hasta el centro para detenerse una vez más y posar antes de seguir el recorrido sintiendo la mirada del público clavada en su espalda. Ahora debía cambiarse de ropa y prepararse para salir otra vez cuando estuviera listo.
Había podido ver a Mad entre tanta gente, sabía que él estaba mirándole. Hizo una última pose antes de desaparecer y deseó poder lanzar un beso al público.

Un beso dirigido a Mad, claro.


El desfile fue todo un éxito. El desempeño de los modelos fue muy bueno, habían logrado que los diseños resaltaran mucho más y se vieran el doble de versátiles y cómodos de lo que en realidad eran. Un punto extra para los diseñadores cuando les cayeran las ofertas para adquirir alguna de las ropas utilizadas y para los modelos, a quienes les darían un mejor contrato. Ariel estaba brillando de alegría. Incluso el propio Novak le felicitó en persona por su desempeño e insistió en arreglar una reunión para discutir su contrato, puesto que gracias al desfile las ofertas de trabajo para Ariel en la agencia de modelos se incrementarían el doble.

Estaba tan orgulloso de sí mismo que, por un instante, no le importó la gruesa suma de la que pronto sería dueño. Lo había logrado. Había recorrido la pasarela varias veces sin tropezarse, había llamado la atención del público, de los publicistas. ¿Qué más podía pedir? Alex estaba tan contenta que lo apretujó contra su pecho el tiempo suficiente como para asfixiarlo, mientras le llenaba el rostro de besos, cubriéndole con la marca de su pintalabios por todos lados. El niño también estaba feliz por muchos motivos, pero aún así sentía que todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor le sucedía a alguien más en vez de a él. Lo sentía lejano, como si aquello no le perteneciera, y fue entonces cuando supo que él jamás podría vivir siendo un modelo. Lo que él quería era hacer joyas. Lo tenía claro como el cristal.

Aparte, una vocecilla en su cabeza chillaba como una quinceañera enamorada al recordar los ojos de Mad contemplándole desde la primera fila. Quería verlo, quería estar cara a cara con él, vestido como el hombre que era para poder oír sus felicitaciones y recibir su abrazo. Tanto deseaba sentirse entre esos brazos fuertes y protectores, oliendo su perfume y sintiendo el palpitar de su corazón, que ni siquiera era consciente de que Alex le hizo entrega de una muda de ropa mientras que una de las chicas lo desmaquillaba. Ariel iba en el limbo. Apenas si sentía lo que pasaba en derredor, pensando únicamente en los ojos de Jean Claude fijos en él.
Y no era el único, puesto que Mad se hallaba casi en el mismo estado a la salida. Tenía que esperar a su hermana y a su adoración para llevarlos en el coche a la fiesta post-desfile que se realizaba en el piso de un hotel lujoso, donde los modelos, diseñadores, empresarios y mucha gente importante que había asistido al evento se congregarían a tomar algo de alcohol. Y drogas. Seguramente muchas drogas. Él era el encargado de cuidar a su niño, evitar que cualquier pesado intentara obligarlo a beber o a ingerir alguna sustancia extraña para aprovecharse de él. Su ángel debía permanecer puro sin importar qué pasara y él, Jean Claude Labadie, se encargaría de que así fuera.

Por otro lado, estaba de los nervios. Nunca se había imaginado que Ariel podía ser tan condenadamente sensual y encantador, ni siquiera cuando tuvieron esa sesión de fotos en las que el chico hizo el papel de hada perdida en el bosque. No, nunca lo hubiera pensado. Ariel caminó sobre esa pasarela con una soltura desgarradora, mirando fijo a la cámara, al frente, pero con una mirada tan sexy y una sonrisa tan especial que, estuvo seguro, él no fue el único en suspirar de deseo por esa criatura tentadora. Vistiendo ropa elegante, urbana o incluso escandalosa, de tacón o con zapatillas, Ariel se había lucido como una ninfa que hacía temblar al mundo con el batir de sus pestañas, una hechicera que desconocía el poder que tenía sobre los demás. A cada movimiento de caderas, a cada paso, robaba el corazón de otras almas en pena como la suya, todas deseando poder estirar las manos y rozar apenas la tela de sus vestimentas
A Mad nunca le gustó Shakespeare, pero estaba convencido de que podía morir de amor por Ariel.

—¡Jean Claude!

Volteó casi al instante de escuchar la voz de su hermana. Allí venía ella, orgullosa y radiante sobre sus tacones altos, vistiendo uno de sus propios diseños: un precioso vestido de seda color agua marina plateado. Tenía un solo bretel en el hombro izquierdo con una pequeña flor blanca decorándolo, escote curvo redundante con pedrería, al igual que el elegante tajo sobre la pierna derecha que dejaba al descubierto sus medias negras y sus zapatos imposibles. Un vestido precioso, de hecho, Mad no dejaba de admirar la habilidad de su hermana para elegir telas y accesorios que combinaran con todo. Incluso se había teñido todo el cabello de negro para esa elegante ocasión, lo cual era, conociendo a su hermana, un tremendo sacrificio.

Pero tras el sonido de sus tacones (claque-claque, claque-claque), venía su pequeño muso. El muchacho caminaba con aire suelto y ligero, portando una sonrisa de auto satisfacción que lo hizo sonreír a él también. No le sorprendió que Ariel estuviera vestido con ropa común, elegante sí, pero común. Sólo llevaba puesta una camisa color violeta, pantalones negros de tela, zapatos, una chaqueta para acompañar y nada más. Aún así, a él todo le quedaba bien. Se veían tan lindo como para comérselo a besos y tan maduro como para servirle una copa e iniciar una charla de política. Mad tuvo que terminar el escrutinio cuando Alex se le acercó y le dio un beso en cada mejilla.

—Lo siento, nos tardamos un poco.

—No te preocupes, ni que hubiera esperado tanto. ¡Pero miren qué guapos estamos! Alex, tú estás divina y Ariel —sus ojos brillaron de nuevo cuando pasó del rostro de su hermana al del pequeño—, te ves encantador.

El niño se ruborizó.

—G-gracias, Maddy. La verdad es que estaba muy nervioso, recién ahora puedo calmarme. Creí que me caería enfrente de todo el mundo de un momento a otro.

Ante eso, Jean Claude no pudo evitar reír. Si eso hubiera pasado, él habría saltado de su silla para socorrer al menor aunque todas las cámaras del mundo estuvieran apuntándole. Dedicó a Ariel su más tierna sonrisa bonachona, esa sonrisa que al chico tanto le gustaba, y mirándole lleno de cariño le dio un abrazo. Tenía necesidad de sentirlo apretado contra su cuerpo para corroborar si era real. Aún tenía sus dudas después haberlo visto sobre esa pasarela.

—Te felicito, Ariel —su voz sonó ronca al hablar, casi en un susurro quedo que chocó contra el oído del menor. El jovencito tembló de pies a cabeza con los ojos cerrados, pero Mad lo atribuyó a la emoción del momento—. De veras te felicito, estuviste fantástico.

El púber sintió que tocaba el cielo con las manos aunque no podía decir nada. Tenía tantas ganas de admitir honestamente sus sentimientos que en su garganta iba formándose un nudo cada vez más grande cortándole el aliento y la posibilidad de responderle. Hubiera llorado si no fuera porque la gente iba y venía a su alrededor, su obligación como uno de los modelos que más fue aclamado por el público, era la de actuar como una estrella exultante.

—Gracias Maddy —repitió al cabo de un rato, asintiendo mientras hablaba. Tuvo que respirar hondo puesto que su voz salía demasiado ahogada y no quería a nadie preguntándole si se sentía bien—. Y ahora vamos a celebrarlo, ¿cierto?

Alex dejó oír una risotada clara, contenta.

—¡Por supuesto! Será una gran fiesta a la que asistirán empresarios, modelos, estilistas, diseñadores, gente muy chic e importante. Va a haber baile, bebidas, espectáculo y se hará en el piso gigante de un hotel carísimo. ¿No suena alucinante?

“Para mí no”. Pensaba Mad, considerando el efecto que esa clase de fiestas provocarían en su niño. Sin embargo, los ojos de Ariel brillaron.

—Se oye taaan genial… Pero, ¿seguro que puedo ir? Es mi primera vez en una fiesta de adultos.

Aunque Jean Claude quiso gritar a los cuatro vientos que no, que no estaba bien porque ese no era un ambiente saludable para un niño tan inocente e ingenuo como Ariel, pero su hermana opinaba todo lo contrario. Ni bien el chico dijo esas palabras, ella hizo un gesto vago con la mano como para restarle importancia, diciendo que ya era hora de que Occhiblu conociera algo de mundo. Mientras que prometiera no beber nada que le ofreciera un desconocido, no alejarse demasiado de donde estaban ella y su hermano y que no comiera nada que tuviera un nombre raro, iba a estar todo bien.

—No te preocupes por nada, tesoro. Mad y yo te cuidaremos, estaremos ojo avizor toda la noche siempre en cuando te mantengas cerca. Muy bien, ahora, ¿qué es lo que no debes hacer?

—Beber algo que me de un desconocido, no alejarme de ustedes y no comer nada raro —repitió sin detenerse a respirar—. Tampoco debo hablar con desconocidos si éstos me hacen sentir incómodo.

Tres bien. Ahora, mon frére, es tiempo de que nos lleves en tu auto. No está bien que una de las diseñadoras llegue tarde a la fiesta.

Jean Claude soltó un largo y tedioso suspiro, sabiendo que no podía hacer nada contra la voluntad de su hermana aunque lo quisiera, y encabezó la marcha en dirección al automóvil, braceando entre la marea multicolor de gente que salía como ellos, o que iban en otra dirección, para abrir el camino de su hermana y Ariel. Luego de realizar esa tarea titánica que le costó mucho calor, demasiado rubor en la cara y algo de dolor en los brazos de tanto tener que empujar y empujar como si fuera un condenado en una balsa, sacó la llave, quitó el seguro del auto y, al mirar atrás, se encontró con Alex saliendo del maremoto tal cual había ingresado en él, aunque con cara de pocos amigos. Ariel, por otra parte, venía aferrado a su mano con cara de estarse sofocando, liberándose como podía de los apretujones de la gente. Todos subieron al auto de inmediato.

“No puedo creer que esté por llevar a Ariel a una de esas fiestas inmundas”. En su fuero interno, Mad gruñía. No le preocupaba su hermana, ella estaba más que acostumbrada al ambiente de esas celebraciones y se movía en ellas como pez en el agua sin que nada le afectara o le tocara, pero Ariel era una cosa completamente distinta. Se puso el cinturón al mismo tiempo que sus pasajeros mientras suspiraba de nuevo y ponía el auto en marcha. No entendía cómo es que Ariel iba a aprender del mundo de esa forma. A sus ojos, era como meter a un tierno gatito en la jaula de los leones muertos de hambre, como poner una hoja en blanco en un ambiente lleno de hollín y polvo.

Quizás lo único bueno era que, entre tanta gente, iba a poder encontrar algún niño que satisficiera su necesidad de amor.




****
Angelo, ¿como estas? Hace mucho que no hablamos.*

Bastante —su voz no sonaba tan cortante como la última vez, quizás le gustaba oírle hablar en italiano—. Me siento muy mal por lo que pasó la vez anterior.

No te preocupes... ¿Esta todo bien?

Sí. ¿Que sucede?
***


Link al siguiente capitulo.


2 comentarios:

Angy dijo...

Tienes regalos en mi blog,espero q te gustan..besos

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalitos-para-el-fin-de-semana-para.html

Angy dijo...

Tienes regalos en mi blog,hojala te gusta-besos y feliz finde......

Angy((Out of the Blue))

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalos-for-weekend.html

I Love... (My stamps)


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