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jueves, 30 de septiembre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: La Hora Secreta.

Después de bastante tiempo, he podido subir las nuevas partes de La Hora Secreta. Estaba extrañando dejar los pedacitos de esta historia corta pero entre el parcial de Derecho y los dramas del hogar es un poco complicado acordarse de actualizar el blog. Lean y disfruten ;P


Quinta Parte.

13 de enero. Miércoles.

Hoy fui a mi primera cacería a campo abierto. Fue horrible. Nos subimos a un viejo camión de basura blindado y preparado, los francotiradores nos montamos en la parte superior (en realidad, yo no disparaba, sólo estaba allí para ver) y emprendimos camino por el campo haciendo mucho ruido para atraer a los monstruos. Creí que aparecerían cuatro o cinco, no muchos… Como estábamos en pleno campo y ellos suelen quedarse en las ciudades porque hay más presas… ¡Pero estas mierdas comenzaron a venir de todas direcciones! Llegué a contar a veinte acercándose, todos arrastrando los pies y haciendo ese gemido insoportable. Tuve que taparme los oídos, no podía soportarlo. Había mujeres, niños pequeños, ancianos… Uno de los niños se parecía demasiado a mi hermano, casi me derrumbo al verlo. El camión se quedó quieto hasta que ellos estuvieron a escasos metros de distancia, lo suficiente como para que pudiéramos sentir su olor a podrido y ver sus ojos muertos fijos en nosotros, con las manos extendidas hacia la camioneta y sus bocas abiertas en busca de carne. Eran tantos que creí que tirarían el camión abajo, pero antes de que siquiera se acercaran lo suficiente como para intentarlo el camión hizo marcha atrás muy, muy lento… ¡Y los bichos nos seguían! ¡Nos seguían en fila! A paso de hombre, arrastrándose, pero nos seguían. Fue ahí cuando los demás comenzaron a disparar. Tiros perfectos en el centro del cráneo, un muy buen trabajo, los zombis empezaron a caer sin reparar siquiera en que los estábamos matando.


Pude ver a niñitos desmembrados arrastrándose en dirección al camión, mujeres a las que les faltaban trozos de carne del cuerpo, hombres que ya no conservaban las cuencas de sus ojos y muchos que tenían los huesos al aire. Otros estaban en perfecto estado, al punto en que me podría haber confundido de no ser por su piel gris. Al cabo de unas horas ya no había ningún muerto viviente pero luego dedicamos más tiempo en echarles fuego encima para deshacernos de los cuerpos y no llamar a más zombis o traer enfermedades. No sé si tengo nervios para esto… No me creo capaz, es demasiado duro para mí. Sé que son muertos, pero el terror a que me atrapen es más fuerte que el miedo de matarlos.


Ibrahim me consoló durante nuestra hora secreta. Me abrazó muy fuerte y me dijo que estaba bien, que no me obligaría a cazar si no quería. Podía hacer como Carlos y encargarme de la enfermería o algunos otros soldados que aprenden uno o varios oficios de utilidad, porque a ellos no se los enviaba a pelear. Los médicos y los mecánicos eran demasiado valiosos para desperdiciarlos, me dijo, pero yo no creo que pueda aprender ninguna de esas dos cosas. Nunca fui bueno estudiando. Intenté que Aleluya, el tecnócrata, me enseñara algo de lo que sabía, pero me dijo que no podía hacerlo porque para él era algo intuitivo, no algo que hubiera estudiado, por eso me metí en la biblioteca e intenté aprender yo solo pero fue inútil. No sirvo. No sirvo para nada.

De no ser por mi hora secreta con Ibrahim ya estaría en una profunda depresión. Durante nuestra hora secreta él me cuenta de su tierra, su religión y costumbres, me cuenta historias fantásticas de Arabia y de las setenta y cinco vírgenes que le esperan en el paraíso a todo buen creyente. También me habla de otros países, me enseña historia, geografía, música. Él es muy bueno tocando el violín aunque yo apenas sí sé tocar la flauta dulce (y aquí entre nosotros, me sale algo desafinado). Durante la hora secreta a veces meditamos en silencio, otras escuchamos música, otras leemos novelas o libros afirmativos o si no hablamos todo el tiempo que podemos sobre lo que nos pasa. Ibrahim siempre me escucha y me abraza, no sé qué haría sin él. Espero no perder nunca nuestra hora secreta.



21 de enero, jueves a la noche.


Hoy sólo pasaron dos cosas importantes: La primera, me pelee con Jagger. La segunda: participé en la limpieza de un pueblo.


Jagger y yo siempre nos llevamos bien pero hoy discutimos por una estupidez cuando Ibrahim comentó sus nuevos planes para revisar una ciudad algo alejada con ayuda de la milicia. Él quería que yo fuera con el grupo más experimentado y me dedicara a limpiar los edificios luego de que los demás hubieran limpiado las calles. Seguramente habría zombis encerrados en desvanes, sótanos o en clósets y cuartos, porque muchos familiares tienden a encerrar a las víctimas de la mordida zombi en vez de matarlas. A Jagger la idea no le gustó, discutió con Ibrahim, pero no pudo decir demasiado en contra del coronel hasta que yo lo encaré y le pregunté cuál era su problema.


—Si me lo dices, seguro que convenceré a Ibrahim de que te haga caso. ¿Quieres participar y tomar mi lugar?


Pero él me gritó que yo era un idiota que no entendía nada, que sólo sería un estorbo.


—Si ni siquiera puedes tomar bien el fusil y encima lloras cada vez que nosotros le disparamos a esos monstruos—me dijo—. Pronto nos estarán comiendo vivos.


Eso bastó para que intentara romperle la cara. Aunque en el fondo él tenía razón, yo no contaba aún con la sangre fría necesaria para participar de forma activa en una de estas misiones pero Ibrahim insistió que esa misión era lo que yo necesitaba para poder seguir adelante. Y si él creía en mí, entonces iba a hacer el esfuerzo. Y lo hice, aunque tuve algunos errores.


En cuanto a la limpieza, tampoco quiero pensar en ello. Ahora ya no me traumatiza tanto como antes, no tengo pesadillas ni me deshago en llanto cuando vuelvo de esas matanzas, pero aún así toca una fibra sensible de mí ser. Estuve en casas de familia donde habían encerrado a los niños en un cuarto y todos quedaron convertidos. Encontré zombis en clósets, en habitaciones… Uno casi me muerde cuando se me ocurrió subirme a un desván. No fui solo, claro, pero mientras caminaba en ese sitio apenas iluminado, el zombi de un hombre adulto se me arrojó encima y me falló el pulso. No pude dispararle a tiempo, de no ser por Millard (oh sí, Millard participa de las limpiezas también) me habría mordido.
Será mejor que preste más atención a partir de ahora. Debo convertirme en una fiera. No quiero morir aún. No quiero perder mi hora secreta.

Ibrahim viene. Me dará un abrazo y un beso en la frente antes de rezar y comenzar con nuestro ritual. Necesito verlo o no dejaré de sentirme intranquilo… Él me da paz.




22 de Enero. Viernes.


Hoy escuché algo que me ha dado mucho en qué pensar. Mi entrenamiento con Jack y el equipo se extendió más de la cuenta así que salí de las duchas mas tarde de lo esperado y mientras volvía a mi cuarto escuché a un par de soldados hablar. Me escondí al instante porque les oí decir mi nombre y quería escuchar lo que tenían que decir de mí, esperando que no fueran críticas demasiado destructoras. Pero lo que escuché me dejó en shock.


—¿… Te parece que el coronel está muy encariñado con Aidan? –dijo uno, y reconocí su voz. Era Fernando, uno de los francotiradores. Como me había escondido tras un recodo de la esquina me asomé apenas para ver con quién hablaba, me sorprendió verlo con Jagger—. Es decir, está detrás de él casi todo el tiempo.

Jagger no le dio mucha importancia al asunto y le aseguró que era su imaginación.

—Sólo lo cuida mucho porque es muy joven y puede cometer alguna estupidez. Tiene casi la misma edad que él cuando entró al fuerte con el primer equipo, ¿recuerdas? El anterior coronel también lo protegió de esa manera.


—Sí, sí, pero no me refiero a que sólo lo protege. Parece como si lo celara de todo y de todos. ¿No lo notas? ¡No le saca los ojos de encima!


—¿Y? –Jagger empequeñeció los ojos—. ¿Qué insinúas?


—Ya lo sabes. Es obvio que ellos dos tienen algo, apuesto que el coronel se lo monta con Aidan.


A pesar de que Jagger soltó una carcajada y le dijo que era el idiota más grande del mundo por pensarlo y que parecía una novia recelosa, me enfureció que dijera que yo me acostaba con el coronel. Ni siquiera lo he besado… Pero cuando se me enfrió la cabeza pude entender a qué se refería. Ibrahim es especial conmigo, no quiere que me pase nada y me sobreprotege de un modo que no lo hace con los demás. Todos piensan que somos amantes desde el primer día, cuando él me llevó a su habitación a rastras. Estoy un poco confundido por eso… Ibrahim es alguien tan indispensable para mí que no sé qué haría sin él. ¿Será que estoy enamorado?

¿Será que me gusta? ¿O lo veo como a un padre? No quiero pensar en ello por ahora.



3 de febrero. Miércoles.


Estoy agotado, entrené casi todo el día como un loco. Ibrahim esta aquí, a mi lado, leyéndome los pasajes del Corán. Sabe que lo escucho a pesar de estar escribiendo y sonríe cada vez que me mira. Nunca lo había pensado antes, pero se ve muy guapo bajo la luz anaranjada de la vela con la que ilumina su lectura. Sus ojos muestran un brillo especial, es como si todo él se iluminara cuando lee. Pasa las páginas de forma muy delicada, con cuidado, casi temiendo romperlas y su voz tenue y relajada llena el ancho y el largo de nuestro cuarto mientras que nos sumergimos en la hora secreta. No quiero que la hora termine, me gusta demasiado escuchar su voz cuando está tranquilo, y no el tono frío que usa cuando está dando órdenes.


Veo su perfil, sus pestañas creando sombras sobre los pómulos de su rostro. Es un hombre de facciones curiosas, pero todas encajan perfectamente en su rostro y lo hacen verse muy bello. ¿O será que soy el único que lo ve así? Me gusta el resplandor que le da la vela a su piel oscura, me gusta verlo sin el uniforme sólo vestido como una persona normal. Y sé que a él le gusta verme echado en la cama con una camisa suya puesta, sé que le gusta verme con el cabello mojado y que adora que yo lo escuche. Mañana le pediré que me lea un libro de poemas.
Estoy seguro de que no me lo negará.



17 de febrero. Martes.


¡¡Me estoy volviendo loco!! ¡Himitsu quiere que aprenda a usar arco y flecha! ¿Está loco de remate? ¿Para que mierda me serviría un arco y una flecha? ¿Para disfrazarme de Robin Hood y matar a los zombis saltando de un árbol a otro? Siempre dice que tengo la contextura para ser un buen arquero o ballestero pero la verdad es que nunca me interesó aprender el uso de armas tan rudimentarias. Aún así, Ibrahim insistió en que un buen soldado tiene que saber usar la mayor cantidad de armas posibles… Y ahora vino a buscarme para llevarme a rastras al entrenamiento. Lo golpearé en las costillas a la primera oportunidad y huiré corriendo.




8 de Marzo. Lunes.


Ya me hice de varios amigos aquí y mi cuerpo esta bastante en forma. Himitsu, Jack, Aleluya y al fin supe que el tipo que me ayudó cuando Millard me atacó, el carnicero, se llamaba Hansen. Son algo así como mi grupo o mi segunda familia. También están Mbao y Carlos, con ellos paso buenos ratos aprendiendo más del enemigo, me cuentan también de sus vidas previas a los ataques de los gules o me explican cosas de sus profesiones. Jagger sigue receloso con el coronel por dejarme ir a las misiones, pero los demás me dicen que se le pasará en cuanto le de unos cuantos golpes. Me rehusé. Mi fuerza es para con los zombis. Ya estoy decidido, voy a ser el mejor cazador que pueda ser y voy a ayudar a todos los sobrevivientes para que no haya niños que vean a sus padres ser devorados vivos. ¡Quiero matar a estas bestias hijas de puta!


Todos se pusieron muy contentos hoy, durante la cena colectiva. Todos festejaban con éxito una operación de rescate en la que veinte personas quedaron enclaustradas dentro de una penitenciaria en un intento por salvarse de los gules. Fue una buena táctica, según Himitsu, porque las paredes gruesas y las rejas impedían el ingreso de los bichos, pero pronto estaban rodeados, sin salida y con pocas provisiones. Fue una suerte que pudiéramos rescatarlos a tiempo. Tuvimos que poner un perro en una jaula y usarlo de señuelo para atraer a los zombis mientras que los demás se encargaban de disparar desde distintos puntos altos.


Yo participé. Maté a todo zombi que se me cruzara de un tiro certero o con un golpe de mi descofrador. Me sorprende lo fácil que me acostumbré a matar, lo poco que me perturba ahora, pero es que los odio tanto… Son sólo unos monstruos sin emociones, autómatas que se preocupan únicamente por comer. De nada sirve la compasión.


—Antes eran humanos —decía Ibrahim, cada vez que estábamos por hacer una limpieza—. Ahora son monstruos que devoran carne, pero no se transformaron queriendo. Lo único que podemos hacer, por ellos, por nosotros y por los sobrevivientes, es matarlos de un tiro limpio en la cabeza o de un buen golpe. Recuerden, si el zombi cae no revisen si está muerto. ¡Sólo remátenlo! Y si le cortan la cabeza tengan cuidado, porque si el cerebro no está muerto, la maldita puede morder hasta dos horas después de ser cortada.


—¡Sí señor! —gritamos todos al unísono, unidos por el deseo de sobrevivir y la hermandad que crean las situaciones límite.


Yo pedí participar aunque Ibrahim se opuso al principio. Debió ser mi obstinación lo que le obligó a dejarme ir. No dudé en abrirme paso entre los muertos machacando cabezas o abriéndolas de un tiro. Me asusta un poco, porque a veces me olvidaba de los sobrevivientes que esperaban asustados a ser rescatados, pero no podía evitarlo. El odio que siento por esos seres es tanto que me supera, sólo quiero hacerlos pedazos lo más pronto posible. Mi grupo, formado por Himitsu, Jagger, un chico llamado Wyatt, un hombre maduro llamado Yuri quien era el único en portar una escopeta recortada y varios más. Todos ingresamos abriéndonos paso entre los zombis que no se alejaban de las paredes de concreto y entramos a la cárcel, haciendo que algunos de los gules nos siguieran por el pasillo estrecho para matarlos de a uno por vez al tiempo que los demás lograban tapar la entrada con uno de los camiones que usábamos.


Al final, todo salió bien. Logramos encontrar a los supervivientes, matamos a algunos zombis que vagaban dentro de las instalaciones. Por suerte, no había ningún mordido. Los trasladamos hacia el camión, los metimos en la parte trasera mientras y algunos se subían al techo para servir de apoyo al resto con los francotiradores.

No quedó un solo zombi con vida. Bah, vida entre comillas. Están muertos. Por eso todos festejaban hoy durante la cena. Y me felicitaban por haberlo hecho bien.

—Me encantó cómo les partiste el cráneo, chico —me decía Wyatt—. Hermoso, ni yo lo hubiera hecho mejor. Los dejaste como un melón abierto.


—Gracias, señor.


—¿No se siente de maravilla cuando les pateas el culo de esa forma? Y me dijeron que mataste a unos cuantos dentro de la penitenciaría tú sólo.


Me ruboricé, porque todos parecían muy orgullosos de mí.


—La verdad es que estaba muy asustado… Pero quiero ver morir a esos hijos de puta. Los odio. Y si sintieran dolor, creo que los torturaría.


Todos me vitorearon, menos Ibrahim. Me dolió mucho, porque para mí su aprobación significaba todo. Joshua, otro soldado, rió fuerte y se bebió una buena jarra de cerveza casera.


—Te pareces a Ibrahim hace unos años, ¿no, coronel?


Creí que él se reiría y contaría alguna historia sobre sus proezas, pero lo que hizo fue ponerse ceñudo e ir a buscarse otro poco del puchero que estábamos cenando. Lo miré sin comprender y lo llamé, pero creo que no me oyó. Le pregunté a Aleluya si entendía qué le pasaba y este se encogió de hombros.


—Ibrahim se molesta cuando le hablan de sus primeros días aquí —respondió—. Él ya era soldado en otro fuerte pero aún así no le gustan que le recuerden esas épocas. Mataba todo lo que se le cruzara, parecía un poseso. Y hablaba igual que tú. Pero no puedes culparlo, todos somos iguales. Luego de lo que pasó con el primer coronel cambió mucho.


Lo miré sin entender y Aleluya dejó caer su bollo de carne.


—¿En serio no sabes nada? ¿El coronel no te dijo?


—No…


—Pero, ¿no eres su amante?


Sabía que Aleluya lo decía en broma por la forma en que se reía pero me abstuve de responderle por unos minutos. Algunos de los presentes tenían la duda, otros se reían sólo de imaginarlo y muchos, como Fernando, estaban convencidos de ello. Ya no me molesta tanto como antes, tampoco me esfuerzo en negarlo. Quizás me gusta que piensen eso. Al final le dije que no, que me contara.


—Pues se convirtió en soldado anti zombi luego de que su pueblo fuera atacado, al parecer nadie de su familia sobrevivió. Era uno de los más jóvenes cuando llegó aquí y el coronel lo entrenó personalmente.


—¿En serio? –quise saber. Aleluya asintió, llevándose un pedazo de papa a la boca.


—Ajá. Y era muy sanguinario, como tú, pero en una misión el coronel de en ese entonces falleció. Ibrahim quedó al mando según el testamento del viejo pero entonces cambió mucho. Yo creo que se siente culpable.


—Vaya…


En ese momento, algo me golpeó la cabeza y cual fue mi sorpresa al ver que había sido Ibrahim. Sus ojos estaban oscurecidos por el ceño marcado en su frente pero justo cuando creía que me iba a dar de comer a los perros relajó el rostro y se echó a reír a carcajadas de mí. Me revolvió el cabello y hasta me dio un coscorrón, cuando quise pegarle en respuesta me mantuvo alejado de su cuerpo sólo con un brazo, sin parar de reírse hasta que se sentó.


—¿No te han enseñado a no hablar a espaldas de la gente, Aidan?


—¡Eso no justifica que me pegues, joder! –le dije, maquinando alguna manera de devolverle el favor—. Algún día te estaquearé en el piso con tus propios cuchillos y te arrepentirás por haberme golpeado.


—El día en que puedas matar tres zombis con un solo disparo o con una cuchillada, entonces me preocuparé por esconder los objetos peligrosos antes de irme a dormir, niño –todos me decían “niño”—. Hasta entonces ni siquiera vale la pena intentarlo.


Bufé y dije alguna maldición por lo bajo para alegría de los presentes que reían muy contentos. Lo observé comer un rato, solo un rato, para darme valor y preguntar.


—Entonces, ¿me vas a contar o no?


No tuve que ser más específico para que él me comprendiese así que se tomó el caldo de la sopa directamente del plato e hizo mucho ruido, tal vez para molestarme, antes de limpiarse la boca con el dorso de la mano y mirarme mientras jugaba con uno de sus cuchillos.


—Pues no es gran cosa, Aidan. Como bien te contó la vieja chismosa, quiero decir, Aleluya –se corrigió, Aleluya le tiró un pedazo de pan—. Antes de ser el jefe aquí también fui un soldado joven y me entrenó Moses, el coronel de ese entonces. Yo era como tú, sanguinario, vengativo e imprudente. El caso es que en una de las misiones metí la pata hasta el fondo y la jodí. Quise matar a más zombis y descuidé a los sobrevivientes.


Abrí los ojos sin poder creermelo al principió, debí farfullar algo como “Ay, mierda” porque él asentía con la cabeza, sin dejar de sonreír.


—Exacto. De los cinco sólo quedaron tres, uno de ellos estaba mordido y se quitó la vida por su cuenta para salvar a los otros dos, que eran sus hijos. Un par de gemelos. Cuando me di cuenta de mi error ya era bastante tarde pero aún así no me dí cuenta de lo estúpido que era hasta que durante el rescate volví a meter la pata y por hacerme el héroe solitario estuve a punto de ser mordido. Moses se sacrificó para salvarme. Y colorín colorado, este cuento ha acabado.


Así terminó su historia, no dijo nada más que eso. Sólo siguió comiendo, riéndose con los demás por sus chistes, celebrando, pero mi intuición me decía que no estaba todo tan bien cómo él lo hacía ver. Por eso volví a preguntarle al respecto cuando estuvimos solos. Me hizo sentir algo abatido, triste. No pude disfrutar del resto de la celebración, pensando en aquello durante todo el día incluyendo nuestra hora secreta en la que Ibrahim me leía versos de Halil Gibram. Su voz, que siempre me calmaba, esta vez me produjo un dolor sordo en el pecho.


—¿Qué te ocurre, hobbi? —me preguntó, mirándome por encima del libro al darse cuenta de que no estaba bien.


—A ti te duele, ¿cierto? –le dije, y él no me comprendió hasta que agregué—. Cuando hablas del coronel Moses.


Sus ojos se pusieron tan tristes que me dio pena abrir la boca, pero no podía remediarlo. Me sentía… No sé decir cómo me sentía. Creo que eran celos. ¿Cómo no podía decirme algo tan importante a mí cuando nos contábamos todo? Los dos, siempre juntos, y sin embargo no me había contado sobre su familia cuando yo le conté hasta cómo perdí mi primer diente. Soltó el libro y vino hacia mí, me abrazó y me besó en la frente como siempre hacía cuando quería hacerme sentir bien.


—¿Es tan obvio? —murmuró, su voz tan cerca de mi oído me hizo suspirar. Quería abrazarlo, pero mi orgullo me lo impedía.


—Yo me doy cuenta, creo... Además te enfadaste cuando me oíste hablar de los zombis ¿No quieres contarme?


—No puedo… No puedo hablar de eso.


Suspiré con acritud.


—¿Me dirás que luego de que me hiciste contarte la historia de mi vida no me vas a contar la tuya? No me jodas, Ibrahim. Sólo dilo, te hará sentir mejor. O cuando menos dime por qué pusiste cara de estar sentado sobre un cactus.


Sus ojos encontraron a los míos y sentí que todo dejaba de tener sentido. Ojos negros como carbón, como la noche. Sus ojos, esos uno de los pocos consuelos que tengo aquí.


—Porque cuando te veo decir esas cosas me veo a mi mismo hace unos años: lleno de rencor y odio. Aprendí muy tarde que eso sólo te lleva a la destrucción, a ponerte en peligro a ti y a los demás. Aidan, no debes sentir alegría por los que matas, sino por los que salvas. Los zombis no se convirtieron queriendo, fueron humanos. Fueron los hijos, los padres, los hermanos o los amigos de alguien, igual que…


—Igual que Moses y los tres sobrevivientes —completé la frase al verlo temblar, incapaz de continuar. Nunca lo había visto tan frágil, tan débil. Entonces me sentí mal de verdad. Yo, enojado por celos, y él cargando por su cuenta con la muerte de tanta gente, quizás más. Ibrahim se recostó sobre mí, apoyando el oído contra mi pecho como si fuera un niño pequeño. Tantas veces hice eso con él que ahora resultaba extraño estar con papeles invertidos.


—Moses estaba casado y tenía hijos. Tenía una familia grande y era un hombre de buen vivir. Pero los zombis los mataron a todos, oí que debió matar a sus propios hijos él mismo luego de que fueran mordidos y que uno de ellos ya estaba transformado cuando él llegó. No pudo salvarlos… Por eso se convirtió en soldado anti zombi y se unió a la resistencia pero igualmente nunca fue cruel ni despiadado con los gules a menos que la situación lo ameritara.

>> Sin embargo, él me enseñó todo lo que sé y confiaba en que algún día superaría mi odio para convertirme en un buen líder. Él siempre me hablaba de que lo importante era salvar a los vivos y darles el descanso eterno. Yo odiaba a los zombis porque me lo habían quitado todo, igual que a ti. Tenía odio, mucho odio, como el que tú sientes ahora. Pero el tiempo pasa y te das cuenta de que no sirve de nada. Yo tardé demasiado y seguí sumido en mi rencor hasta ver como dos de los que debía proteger eran comidos vivos, uno se arrojó por una ventana y cuando estuve al borde de la muerte Moses fue a salvarme a pesar de que había actuado como un idiota.

Entonces entendí bien a qué se refería cuando decía que nuestro deber no era matar sino salvar: Sus hijos no regresarían, mi familia tampoco, pero él pudo ayudar a los hijos de otros y yo ahora puedo evitar que más familias mueran. ¿Comprendes, Aidan?


Lo abracé con fuerza. Me costó admitir que él tenía razón, mucho menos cuando me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Mi mamá había decidido morir por su cuenta pero él, mi querido coronel, había cometido un error y ahora vivía protegiendo al resto. Me sentí la peor basura del mundo.


—Eres un buen hombre, Ibrahim.


Pero él sólo sonrió y se alejó de mí, su rostro ensombrecido.


—No lo soy. Si fuera un buen hombre te llevaría con los militares, dejaría que fueras con tu hermano y sin embargo te traje aquí, poniéndote en peligro constante. Te arrebaté de un lugar seguro para rodearte de muerte.


Me di cuenta de que su cuerpo temblaba y que mi corazón iba a mil por hora. Sé que él está enamorado de mí, sé que le gusto. ¿Por qué otra razón me trajo aquí? ¿Por qué si no me cuidaba tanto? Ambos sabíamos, desde un principio, cómo terminaría todo. Cuando me di cuenta de eso, todo encajó en su sitio.


Por eso tomé la mano de mi coronel y apoyé la cabeza en su hombro.


—Te gusto —él quiso negarlo, pero no se lo permití—. Ibrahim, ya lo sé. Tú lo sabes, yo lo sé, hasta los buitres que rodean el fuerte en busca de carne podrida lo saben.


—No quería decírtelo. Prometí que te cuidaría.


No pude sino sonreírle.


—Siempre me cuidas. ¿Por qué no me lo dijiste?


—Estuve casado —respondió, soltando un gran suspiro al tiempo que tomaba mi mano—. No tuve hijos pero formé una familia y fui feliz. Es extraño para mí sentirme así de nuevo por un chico, creí que no volvería a enamorarme.


Le sonreí y lo besé. Mi primer beso fue corto, suave y algo cursi, pero me gustó mucho. Nos abrazamos y ahora estamos recostados en la cama, juntos. Él esta dormido porque la hora secreta terminó, pero me deja quedarme un rato más para escribir y de paso aprovecho para mirarlo mientras duerme. No tuvimos sexo aún, sólo me besó hasta quedarse dormido. Me pregunto cuánto tendré que esperar.

Amo a Ibrahim. Pero él no tiene por qué enterarse aún, ¿cierto?

2 comentarios:

Angy dijo...

AY un regalo en mi blog-espero q te gusta.besos y feliz finde......

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/feliz-sabado-todos.html

Carito dijo...

Hola! :D
tus relatos me encantan!
acabo de leer el ultimo y estoy muy anciosa esperando la continuacion!
muchas gracias por tu dedicacion y esmero :D
cuidate mucho!
suerte y animo! :D

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