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viernes, 17 de septiembre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo dieciocho

Despertares.


Mad llegó a la joyería de Macchi bien puntual y vestido para la ocasión con ropa sencilla de aspecto formal. Estaba seguro de que encontraría a su amigo todavía chillando por lo de la pulidora pero no, cosa rara, todo estaba vacío de alumnos. El único que estaba trabajando era Macchi, muy ocupado en sacar los moldes de yeso y barro del horno para retirar los más recientes diseños aún sin terminar. La última vez que entró a la joyería, Mad se lo había encontrado haciendo un conjunto de tiara, pendientes, collar y anillo hecho exclusivamente con zafiros y brillantes símil diamante en plata novecientos, todo realizado con diseño de enredadera. Lo había dejado sin aliento. No podía evitar preguntarse primero, qué estaba fabricando ahora, y segundo, cuánto faltaba para que Ariel pudiera crear cosas tan bellas como él.

Tras tocar el timbre, Macchi hizo los últimos arreglos, guardó absolutamente todo donde debía ser, cerró la caja fuerte de la joyería, las ventanas, absolutamente todo. Sólo entonces salió a recibir a Mad.

—Hola encanto, llegaste temprano —se fijó enseguida en la ropa que el otro llevaba para evaluarla con gesto crítico antes de sonreírle—. Saco verde de tela, camisa a la moda, denim y zapatos informales. Nada mal, cariño, nada mal. Te ves como si fueras a una cita.

La sonrisa que se formó en el rostro de Mad era algo ladina y a la vez divertida. Macchi nunca dejaba el doble sentido ni las insinuaciones de lado, si no, no sería él.

—Sabes que no es una cita, ¿cierto?

—Claro que lo es, Ma-chan. ¡Con los camarones! ¿A quién más me gustaría comerme de un bocado, eh? Deja que cierro la puerta y vamos.

Jean Claude sacudió la cabeza al tiempo que se metía de nuevo en el coche, encendiendo el motor. Sí, en efecto Macchi jamás dejaría las insinuaciones. Cuando todo estuvo en orden el joven subió al auto pero no le permitió arrancar hasta haberse acomodado la ropa y el cabello como correspondía. No todos los joyeros eran así, pero Macchi era muy exigente con respecto a la apariencia, la ropa y la moda. Era de esos que, si fueran mujeres, chillarían al notar que tenían corrida la media. Lo dejó ser, le permitió arreglarse, y luego puso primera para ir al fin al restaurante de turno.

—¿Adónde vamos esta vez?

—¿Conoces la avenida Tribbiani? —Mad asintió—. Bueno, toma esa y continúa hasta la avenida paralela. Justo ahí esta el restaurante, lo verás porque tiene un cartel enorme que dice “Moon City”.

—Perfecto —dijo, arrastrando la “r” a propósito mientras el auto ronroneaba y se ponía en marcha a través de las calles bañadas por la noche—. Y cuéntame, ¿qué es de tu vida?

—Ay, Mad. Tengo tan poco que contarte, mi vida es muy aburrida. Lo único que hago es trabajar, enseñar, programar viajes a sitios recónditos del mundo en busca de plata, oro y piedras preciosas de calidad pura, planear desfiles para mis joyas, follar con mi novio cuando me acuerdo de hacerlo o cuando no estoy demasiado ebrio, ir a fiestas de gente importante, charlar con esa gente importante y apurar la copa para no enloquecer con sus sandeces.

Sin dejar de conducir ni de mirar la carretera, Jean Claude soltó una carcajada y luego silbó. Lo repetía y lo volvería a repetir: Macchi era único.

—¿Y a eso le dices tú aburrido?

—Pues lo es, hago lo mismo todos los días. En cambio, el que mejor lo pasas eres tú. Ahora que vives con el foco de tus fantasías debes de estar candente, ¿eh? Dime que aún no se te ha encendido una fogata en la mano derecha.

—¡Masaaru! —chilló, apretando más fuerte el volante—. ¿Quieres cerrar el pico? No hago más que invitarte a cenar, ¿y lo primero que haces es atacarme con eso?

—Pues sí, porque no es algo que pueda charlar en la cena habiendo gente a nuestro alrededor. Además, sabes que no te estoy juzgando y bien que podría hacerlo.

Eso, muy a su pesar, no se lo podía negar. No hizo más que agachar un poco la cabeza soltando un suspiro antes de contestar, sintiendo las mejillas arderle de a poco.

—Se siente bien tenerlo tan cerca, pero a la vez me perturba mucho —Masaaru Leigh dio muestras de no entender—. Es demasiado tentador. Hoy al despertar, tranquilo, sin tener que ir ante ningún juzgado u abogado para acompañar a Ariel, me di cuenta fehacientemente de que compartíamos el techo. Y… fue shockeante. Mucho.

—A poco.

—En serio —dijo, asintiendo con la cabeza para reafirmar sus palabras—. No tienes idea. Hoy bajé y estaba haciendo el desayuno. Tenías que verlo, cantaba y se movía mientras cocinaba, llevaba puestos unos pantaloncitos tan cortos… tan ajustados… era demasiada piel para mí.

Masaaru le contempló en silencio unos instantes antes de ser él quien silbaba sin dejar de mirar a Mad en ningún momento. Se había esperado de todo menos eso.

—No me digas que se te puso dura.

—No, pero poco faltó. ¡Si tan sólo lo hubieras visto! Tenía el pelo despeinado y recogido en una coleta de forma que podía vérsele la piel de la nuca y el cuello, la playera que llevaba era muy holgada, escotada. Se veía tan bonito, parecía como si siempre hubiera vivido allí conmigo. Por un instante me lo imaginé como mi pareja haciéndome el desayuno.

—Estás loco de remate, Ma-chan. Y… ¿Qué hiciste? Porque asumo que hiciste algo, ¿cierto?

—Traté de pensar en otra cosa y comencé a charlar de cualquier banalidad que se me pasó por la mente.

Otro silbido y para horror de Jean Claude, Macchi comenzó a aplaudirle y silbarle como si fuera una especie de celebridad.

—¿Qué diablos haces? —gruñó, con la cara roja de pena.

—Felicitarte, Jeanie. Con esa acción acabas de ganarte una nube en el cielo, te lo aseguro. Otro se le hubiera arrojado encima y lo hubiera tomado sobre la encimera o arriba de la mesa sin cansancio.
—Supongo.

“¿Supones?”. Gritó el Doppälganger, haciendo que su portador casi pise el acelerador a fondo. “Quieres comértelo crudo, ¿y lo supones? Oh Mad, no me jodas que somos pocos y nos conocemos mucho”.

“¿Y qué mierda quieres que diga? ¿Algo como: sí, Macchi, me muero de ganas por arrancarle la ropa a Ariel y darle duro toda la noche hasta partirlo por el medio? ¡No me hagas reír, Bad Mad!”
Por la forma en que Jean Claude gruñía y murmuraba consigo mismo, Macchi supo que estaba teniendo una discusión con su otro yo. Sabía que lo que fuera que vivía en la cabeza de Mad era bastante complicado de llevar y que tenía formas de pensar muy retorcidas. Le preocupaba que Bad Mad tomara control del cuerpo de su amigo para hacerle algo poco santo a Ariel pero, si no lo había hecho esa mañana, quizás eso no pasara. Decidió que lo mejor era distraerlo de esa charla interna.

—Es normal que te pongas así, tonto. Estas enamorado del chico. Y uno también tiene fantasías con la persona de la que esta enamorada, ¿no es verdad? No es como si sólo quisieras acostarte con él y echarlo a patadas de tu vida, así que sé fuerte.

—Es difícil ser fuerte, Macchi. Lo tengo demasiado cerca, muy a mano. ¿Cuánto más me controlaré?

El asiático lo pensó bien antes de contestar.

—¿Recuerdas cómo se veía Ariel el día en que esos chicos lo atacaron en su casa?

—Como si fuera ayer —era una imagen que le acompañaba en sus sueños últimamente, todavía perturbado por ello.

—Piensa en eso y verás como te controlas.

Para Jean Claude fue como recibir un baldazo de agua fría que despejó todas sus dudas y le liberó las neuronas. Él no quería ser como esos chicos, no quería que Ariel le mirase con miedo y temiera su tacto. Había jurado protegerlo y Dios sabía que lo haría. Ahora estaba convencido de que podía aguantar. Le sonrió a Macchi y entonces cambiaron de tema. Su mejor amigo se moría de ganas de contarle lo último sobre su nuevo novio, aunque Mad dejó de escucharle cuando las palabras “grabadora”, “sexo salvaje” y “chocolate fundido” salieron a colación.


Ariel estaba absorto en lo que leía. Nunca se había imaginado que un ser humano pudiera ser tan flexible como para levantar las piernas de ese modo pero, hete aquí, en los manga solía exagerarse muchas cosas.

Luego del entrenamiento con Roger le hicieron probarse a los modelos que desfilaban toda la ropa otra vez para asegurarse de que ninguno había subido o bajado un talle y se enteró de que había crecido cinco centímetros. Normal, estaba en edad de pleno crecimiento y era un chico sano, así que nadie hizo un escándalo como el que le hicieron a Yanina, una de las modelos adultas que había subido un talle y medio. Ensayó con parte del vestuario puesto, se sacó algunas fotos de prueba con un fotógrafo nuevo y luego de tomar unos aperitivos con los demás, se despidió de sus compañeros de trabajo y pasó un rato por el restaurante de su tía a ver como iban las cosas.
Saludó a los clientes que le conocían, habló un rato con algunos antes de vagar en la cocina junto con los chefs, los meseros, saludando a todos con una sonrisa. Ya le conocían, incluso le invitaron a sentarse un rato mientras los veía cocinar y le sirvieron algunos de los postres que se preparaban para ese día. Antiguamente, el restaurante de Chetina había sido uno de sus únicos refugios en los que se sentía cómodo y a gusto, le asombró darse cuenta de que ahora tenía más sitios donde se sentía así y más gente con la cual compartir. Aún así, “Longobucco” seguía siendo un lugar especial para él. Ayudó a Luca y su tía con un par de cosas antes de volver a casa entrada la noche.

Cómo agradeció tener las llaves que Mad le había dado y encontrarse con que la casa estaba absolutamente vacía. Dejó la mochila en el sillón para ojear más tarde el material didáctico, primero había ciertas cosas que debía hacer: sacó a los perros, les dio de comer, acomodó un par de cosas y jugó con los pichichos mientras se preparaba una de las copas de ramen instantáneo que Shenshen le había comprado. No tenía ganas de cocinar.

Una vez con la barriga llena se sentó en el sillón, sacó la bolsa de papel y comenzó a leer mientras que Misha le mordisqueaba los talones. Comenzó con uno de los mangas más suaves para poder imaginarse las situaciones de las novelas, luego leyó otro más intenso, después uno de los cuentos homoeróticos que Gio había impreso, y a medida que las cosas subían de tono los colores de su cara aumentaban a la par. Poco a poco iba siendo capaz de imaginarse las escenas gracias a las ilustraciones de los manga y el efecto era mucho más fuerte cuando imaginaba mientras leía una de las novelas.

Algunas escenas estaban tan bien descritas que se le aceleraba el corazón sólo leyéndolas. Apretaba las piernas, sintiéndose algo extraño, y cuando comenzó a imaginarse a él mismo desnudo en la cama con Mad sobre él al igual que lo hacía el activo de la historieta que estaba leyendo casi se le sube la sangre al cerebro de no ser porque tocaron timbre.

—¡Y-ya voy! —chilló con una voz que no era la suya mientras guardaba todo a las apuradas dentro de la mochila y la metía de una patada debajo del sofá. Otro poco y le habrían visto.

Prácticamente voló hacía la puerta de entrada para fijarse por la mirilla a ver quién era, no obstante, alguien metió una llave y abrió el cerrojo. Ariel contuvo el aliento un instante, recordando de golpe el último suceso ocurrido en su anterior departamento con el corazón en la boca, hasta que la puerta se abrió dejando pasar a un agitado Macchi. Solo tuvo tiempo de suspirar aliviado antes de darse cuenta de dos cosas: una, Macchi estaba cargando algo pesado y estaba agitado; la otra, ese “algo” que parecía un costal maltrecho de papas, era Mad.
Estaba lívido. No podía distinguir si el color de su rostro era verde, amarillo, azul o violáceo, pero no era un color para nada bonito. Parecía varios años más viejo con las bolsas de los ojos remarcadas, el sudor pegajoso que le cubría y lo rojo de los ojos. Hasta parecía afiebrado.

Oh Dío… —farfulló el niño sin pensar más en las novelas, las historietas, ni en calor o cuerpos desnudos sobre las sábanas. Fue hacía ellos y ayudó como pudo a Masaaru. Luego cerró la puerta con llave otra vez—. ¿Qué pasó?

—Ostiones —fue la jadeante respuesta que el joyero logró lanzar mientras llevaba a rastras a su mejor amigo hacía el baño del primer piso, cerca del cuarto de huéspedes y la habitación de Ariel.

El chico asintió sin más y los siguió. A su hermano menor le pasaba lo mismo cuando comía ostiones, por eso sabía qué era lo que había que hacer en esas situaciones. Ni bien se asomó al baño encontró a Mad abrazado al inodoro escupiendo un pedazo del esófago entre tanto Macchi le sostenía la cabeza con cara de aversión.

—Déjame a mí.

No tuvo que decir más para que el medio inglés se alejara cual rayo y fuera a lavarse las manos. Adoraba a Mad, pero eso era demasiado para él. En cambio, Ariel había visto cosas peores cuidando a su hermanito enfermo a quien hasta le cambió los pañales cuando era un bebé. Se ató el cabello, tomó la cabeza de Mad y lo sostuvo sin asco.

—Tranquilo, Maddy. Déjalo salir todo... —y Mad jadeaba, respiraba un poco y volvía a meter la cabeza en el retrete a regurgitar las tripas—. Dioses, ¿seguro que sólo fueron ostiones?

—La verdad, no —respondió el otro, sentándose en la bañera mientras miraba lo más alejado posible. No toleraba el olor, por eso se mantenía cerca de la puerta abierta—. Fuimos a comer mariscos. Vieiras, mejillones, ostiones… —hizo una mueca de asco cuando le llegó el ruido que hacia Jean Claude al vomitar—. Por dios, no pensé que le hicieran daño. Si hubiéramos tomado alcohol vaya y pase, pero vomitar así por unos mariscos. Estuvo devolviendo el intestino grueso desde que salimos del restaurante.

—Pues ahí va lo último de los mejillones —masculló, acariciándole la frente y el cuello a Mad para reconfortarlo entre tanto éste apoyaba la cabeza en el asiento del inodoro—. Ahora hay que esperar al postre.

Jean Claude sufrió una arcada y abrió los ojos, tembloroso.

—Sorbete de colores y helado… —gimió, hincándose de nuevo para vomitar aunque no lo hizo. Falsa alarma. Macchi palideció.

—Esto sí que va a ser divertido.

No lo fue, pero lo tuvieron que soportar. Cuando el estómago de Mad dejó de revelarse contra su dueño, Ariel se encargó de limpiar el desastre mientras que Masaaru obligaba a Jean Claude a enjuagarse la boca y lavarse los dientes.

—Está para atrás —dijo al jovencito, pues Mad no dejaba de temblar—. ¿Llamo al médico?

—Deja, yo me encargo. Ayúdame a quitarle la ropa.

Leigh abrió los ojos como platos pero Ariel le ignoró olímpicamente e iba derecho hacia la bañera para abrir los grifos y llenarla. Debía ser agua tibia, medio fría. Una vez que la tina estuvo llena dio la vuelta para ver si su amigo estaba desvestido, encontrándose con que se la pasaba retorciéndose y quejándose en ropa interior. Por un instante muy pequeño, Ariel se ruborizó al verlo en paños menores. Al segundo se le pasó. Aunque lo viera desnudo, seguía siendo una persona convaleciente.

El fotógrafo, maltrecho y tembloroso, comenzó a decir incoherencias y Ariel asumió que no estaba en sus cabales para bajarse los lienzos. Llamaba a una tal Ada en sueños, le decía que no corriera entre los arbustos o se lastimaría la piel, que se quedara quieta mientras la vestía. No entendía nada de nada, ¿quién demonios era esta Ada?

—Mi Hada… mi amor, no corras no… Ven conmigo.

—Macchi, ¿de quién demonios está hablando? —preguntó Ariel, acercándose a Mad en un intento por contenerlo.

Macchi sabía, claro. Pero no podía decirle al jovencito que estaba hablando de él porque se armaría un lío tremendo.

—A saber. Tú déjalo, quizás esta soñando con una película o algo.

El chico, cansado de verlo quejarse, fue hacia él con paso firme y, tomando el borde de la ropa interior con una mano, le miró a los ojos.

—De acuerdo. Mad, pórtate bien y te dejaré ver al hada.

Eso pareció calmarlo un poco por ende aprovechó para bajarle la ropa de un tirón. En otra situación Ariel se hubiera sentido muy avergonzado, pero en esos momentos lo último en lo que podía pensar era en el cuerpo de Mad. Ya podría verlo de nuevo en su mente cuando quisiera, ahora había que curarlo. Con ayuda de Macchi fueron metiéndolo poco a poco en la bañera rebosante donde permaneció quieto, flotando entre el líquido transparente con brazos y piernas adentro. La cabeza era lo único que estaba fuera del agua, aunque ésta le llegaba a la barbilla. Con la esponja Ariel se encargaba de humedecerle la cabeza constantemente sin dejar de mirarlo.

—Macchi —llamó, el otro se volteó hacia él enseguida—. Trae el termómetro del botiquín y Gingerale de la heladera. Es lo único que puede tomar en este estado.

—V-vale… ¿estará bien?

—En un rato le damos algo para el estómago y la fiebre, se pondrá bien. Tiene que tomar mucha agua para no deshidratarse.

—Parece que tienes experiencia —oyó decir a Leigh. La voz alejándose cada vez más le indicó que fue a buscar lo pedido y sonrió, agradeciendo que el problema sólo fuera una indigestión y no algo más serio. Seguro que Mad era de ésos que no se enfermaban nunca y cuando les llegaba, caían como flores ante el viento.

De todos modos, si empeoraba no dudaría en llamar al médico.

—Sí, a mi hermano le pasó muchas veces esto de enfermarse del estómago. Estoy acostumbrado. ¿Cómo te sientes, Maddy? ¿Mejor?

La respuesta fue un gruñido inteligible y un movimiento de cabeza que tomó por un “Sí”.
Macchi trajo el termómetro eléctrico que colocó en la oreja de Mad a la vez que Ariel tomaba el vaso de gingerale y le daba a beber de a sorbos aunque el mayor se quejara. La temperatura era de treinta y nueve. Lo tuvieron en el agua bastante rato, haciéndole beber vaso tras vaso de agua y gingerale hasta que estuvieron seguros de que no vomitaría nada y se atrevieron a darle una aspirina y un remedio para el estómago luego de que comiera un par de galletas de agua sin sal.
Poco a poco, la temperatura iba descendiendo pero Jean Claude decía alguna que otra incoherencia que Ariel no comprendía o lo hizo hasta que dejó de delirar y, por un instante, Mad reaccionó. Se vio a sí mismo completamente desnudo en la bañera bajo la atenta mirada de Ariel, quien estaba sentado a su lado al borde de la misma. Enrojeció, pero no se le notó porque ya tenía la cara medio sonrosada.

—Despertaste, Maddy. ¿Cómo te sientes?

—¿Q-qué…? —carraspeó de tal forma que Ariel ladeó la cabeza, curioso—. ¿Qué pasó? ¿Qué hago aquí desnudo?

—Te enfermaste por los ostiones y te dio mucha fiebre. Por eso te metimos a la tina para que se te pase.

Mon dieu —jadeó, sintiéndose tan avergonzado que hubiera metido la cabeza en la tierra. ¡Su niño lo había visto en ese estado lamentable y hasta le hacía de enfermera! Por una parte le encantaba el hecho de que Ariel lo apreciara y lo cuidara, que se hubiera quedado a su lado mientras la pasaba mal y hasta se lo imaginaba usando un uniforme de enfermera pero, por otra parte, estaba que se quería morir por la pena. Se sentía tan idiota, tan pequeño. ¿Cómo podía proteger a Ariel cuando no podía protegerse él mismo? Y, para colmo, de unos simples mariscos.—Merci beacoup, mon ami.

Ni ende, no te preocupes. Tú hubieras hecho lo mismo por mí —dijo con esa bella sonrisa que al fotógrafo tanto le gustaba, ignorando el conflicto interno de Mad. Con la esponja volvió a echarle agua en la cabeza—. Ya te ves mejor que antes, al menos. Dime una cosa, ¿quién es Ada?

¿Excuse moi?

—Ada —Ariel repitió el nombre con algo de lentitud, consciente de que Maddy aún seguía medio perdido—. La llamabas en sueños y le decías “Ven conmigo, mi amor” o “No corras”. ¿Estás saliendo con una chica y no me lo has dicho? —inquirió medio en broma, medio en serio, pues sabía que Mad era un homosexual nato. Pero tenía curiosidad por saber qué pasaba.

Jean Claude no supo qué responderle cuando al fin recordó sus breves delirios en los que veía a su hada encantadora correr en medio del bosque semidesnuda y él persiguiéndola. Claro, esa hada era Ariel pero el chico no lo sabía. Balbuceó tratando de armar una respuesta pero su mente no reaccionaba con rapidez como para mentir y cada ruido que salía de su boca llamaba más la atención del pequeño. Por suerte para él, Macchi supo enseguida lo que pasaba y decidió tomar participación.

—¿Cómo va la temperatura? —preguntó para cambiar de tema, cosa que por suerte creyó conseguir al ver al chiquillo tomar la temperatura de Mad otra vez.

—Bajó a treinta y seis. Vamos bien, creo que podemos sacarlo de la bañera.

—Ya me encargo.

Sacó a Mad de la tina con cierto esfuerzo, aprovechando que ahora el enfermo estaba un poco más lúcido y se mantuvo sobre sus pies el tiempo necesario para que le pudieran secar el cuerpo. Ariel, quien había ido a buscar el pijama de Mad, le ayudó a vestirse y junto con Masaaru lo llevaron al cuarto de Ariel que estaba junto al baño. Lo recostaron en la cama, lo arroparon, y dejaron un cubo al lado de la cama y dos botellas de agua en la mesita de luz. Jean Claude cayó dormido ni bien apoyó la cabeza en la almohada.

—Me quedaré vigilándolo —sentenció Ariel, sentado junto a Mad en la cama. No le gustaba verlo así, tan vulnerable, pero el poder cuidarlo llenaba de alegría su corazón.

—Vale, dormiré en el cuarto de huéspedes. Me despiertas cuando tengas sueño, ¿si? Nos turnaremos.

Asintió y Macchi saludó a su amigo antes de irse del cuarto. Estaba muerto, no era bueno lidiando con enfermos. Pero Ariel estaba acostumbrado tras haber vivido con gente muy delicada y enferma, por lo cual pudo quedarse despierto hasta las cinco de la mañana sin pegar un ojo. Leía mientras tanto, a veces despertaba a Mad para darle de beber o le tomaba la temperatura con el termómetro eléctrico comprobando con alivio cómo esta se mantenía en niveles saludables. Una simple indigestión, por suerte.

Ahora que Mad estaba bien, se daba cuenta del sueño tremendo que tenía. No había pegado un ojo y al día siguiente debía ir a la escuela, pero supuso que podía faltar al menos una vez. Después de todo, sus amigos le pasarían los apuntes y podía apostar que no darían un tema nuevo. Estaba casi durmiéndose sobre su silla cuando sintió una mano tocando la suya. Al abrir los ojos, Mad estaba mirándole.

—Ariel, ya estoy mejor. Deberías dormir.

—Supongo, pero me da cosa dejarte solo y… —desde donde estaba, los ronquidos de Macchi le llegaban como en la primera noche que compartieron el cuarto de huéspedes—. Macchi está como un tronco también. Alguien tiene que cuidarte.

—Bien. En ese caso, duerme a mi lado. Aquí, sobre el acolchado. Así podrás vigilarme y si me siento mal te despertaré.

El pequeño no se creía que Mad lo despertaría, después de todo, él siempre estaba cuidándolo. Sin embargo estaba que se caía de sueño y el mayor lo miraba de forma que era imposible decirle que no.

—¿Prometes despertarme?

—Lo prometo.

—¿Por lo más sagrado, por Alex, por los perros, por Macchi, por la comida que te preparo todos los días?

—Totalmente —Jean Claude esbozó una sonrisa y se hizo a un lado, dejando un hueco para que su niño se recostara a su lado sobre la colcha. No tenía ninguna mala intención, podía jurarlo. Sólo quería que su bebé durmiera mientras que él mismo se reconfortaba al sentir el cuerpo tibio a su lado. Siempre que se enfermaba cuando era niño, Alex se quedaba con él toda la noche y dormían juntos. Según ella le había contado, tanto su abuela como su madre hacían exactamente lo mismo cuando ellos se enfermaban, y desde entonces nunca podía estar solo en la cama cuando se sentía mal. Necesitaba sentir a alguien abrazándole, haciéndole compañía.

Una vez, hacía algunos años, leyó en un artículo de medicina que cuando dos gemelos nacían y uno se enfermaba bastaba con ponerlos a ambos en la misma incubadora para que el bebé delicado se mejorara. Quizás algo así pasaba con él.

Ariel contempló el hueco y no pudo evitar el esbozar una sonrisa soñadora. Luca siempre dormía con él cuando se sentía mal, él mismo solía hacer eso con Angelo antes de que este comenzara a sentirse avergonzado de tenerlo por pariente. Encima de todo, estaba cansadísimo. Soltó un suspiro, como quien no quiere la cosa, y fue acostándose a un lado de Mad mientras se acurrucaba a su lado.

—Está bien. Pero si empeoras y no me despiertas vas a necesitar un doctor de los golpes que te voy a dar, ¿bene?

Bene —dijo sonriente, cerrando los ojos. No le contempló, no aprovechó la oportunidad. Sólo quería tener a alguien al lado cuya presencia le hiciera sentir mejor, eso bastaba. Pronto se dejó ir a los brazos de Morfeo, todavía con un vestigio de sonrisa en su rostro cual niño contento.

Ariel en cambio, sí se le quedó mirando bajo la luz de la lámpara de noche. No pensaba apagarla por si Mad se despertaba en medio de la noche sintiéndose mal y de paso, le servía para contemplar el rostro de quien era su primer gran amor. Supuso que una persona normal dejaría de sentirse atraída por alguien a quien habían visto vomitar, llorar y quejarse como un nene chiquito, pero para él ver ese lado vulnerable y desprotegido de Jean Claude sólo lo enamoraba más. Se había sentido tremendamente útil y necesario, pudo ayudarle a sentirse mejor, le acompañó. Quizás al día siguiente ya comenzara a contemplarle más como un igual y menos como un niño.

Cerró los ojos pensando en aquella maravillosa posibilidad. Sería tan fantástico. Pero el sueño se rompió cuando recordó que las novelas homoeróticas estaban debajo del sofá y debía sacarlas si no quería que las encontraran mañana cuando hicieran la limpieza. Levantándose como un rayo fue a buscarlas, regresando casi a la misma velocidad con la bolsa arrugada apretada contra el pecho mientras rememoraba todo lo que había leído. Se imaginaba a Mad haciendo cosas como esas con él, los dos juntos, en la misma cama.

“Ay, ¿qué estoy pensando?”.

Escondió la bolsa en uno de los cajones del escritorio. Jean Claude no entraba en su habitación de todos modos, así que seguramente no irrumpiría en su privacidad ni abriría nada. Ahora que lo recordaba... había visto a Mad completamente desnudo.

“Oh, cielos”.

Ahora recordaba fuerte y claro cada músculo, cada curva, cada línea recta de su cuerpo. Le bastaba con cerrar los ojos para ver sus muslos fuertes, el pecho amplio y lampiño de Mad, los abdominales bien marcados y sus brazos delgados pero firmes, e incluso su miembro. El recordarlo le puso la cara completamente roja, era ahora cuando caía en la cuenta de que no había visto nunca a otro hombre desnudo aparte de su primo, su hermanito y él mismo. Las imágenes iban y venían en su cabeza entre tanto se subía a la cama con los ojos bien cerrados, tratando de controlar los latidos de su corazón. El recuerdo de su cuerpo desnudo le calentaba la sangre de tal forma que creía que se volvería loco, mientras sentía el perfume y el calor del otro cuerpo a su lado en la cama. ¿Se despertaría si lo tocaba o lo miraba más de cerca? Tenía el corazón en la boca de los nervios, le castañeaban los dientes y temblaba como hoja al viento sin poder hacer nada para controlarlo, entre más intentaba relajarse peor era. Le asustaba que Mad escuchara alguno de los ruidos que hacia con la boca o el latir de su corazón, por lo que se alejaba hasta casi caerse de la cama. Pero un par de brazos fuertes le rodearon y lo acercaron al punto en que su espalda chocó contra el pecho de Mad.

Tenso, Ariel esperó algún movimiento que no ocurrió. Podía oír la respiración acompasada de Mad, sus suspiros y algún que otro gruñido. Estaba completamente dormido, a diferencia de él. No supo cómo pero en algún momento, logró calmarse lo suficiente como para poder respirar hondo y cerrar los ojos buscando dormirse, recostándose sobre el pecho de Mad porque le hacía sentirse seguro.

Pronto sintió unas caricias recorrerle el cuerpo.

Jadeando de sorpresa, abrió los ojos para encontrarse con las manos expertas y cálidas del mayor rozándole deliberadamente de arriba a abajo. No cabía duda: Mad estaba tocándolo Y era la sensación más hermosa que había tenido nunca. Gimió de puro placer, rindiéndose en el acto a las dulces caricias que acariciaban su estómago, sus caderas, sus muslos. Mad le miraba con una sonrisa mientras que él jadeaba, extasiado al sentirlo apretar su piel, sus nalgas. Ariel hervía, gemía retorciéndose sobre el cuerpo del mayor, experimentando una nueva serie de sensaciones tan fuertes que a veces hasta se olvidaba de respirar y se mareaba. Quiso decir algo, lo que fuera, pero Mad le calló con un beso tal sensual que no hizo otra cosa que derretirse.

Sus propios pezones le dolían al erguirse, provocándole cosquillas en el pecho. Nunca creyó que éstos sirvieran de algo hasta que Jean Claude los atrapó con sus dedos para pellizcarlos, tironeando de ellos de forma que la espalda de Ariel se arqueó y su hombría, inexperta, se hinchaba con una sensación de calor, dolor y placer casi insoportable, nueva por completo. Quería más. Quería que Mad tocara cada pulgada de su ser de esa forma, que lo desvistiera y cubriera su piel de besos como hacían los personajes de la novela que había leído, deseaba hacerse uno con él y experimentar ese éxtasis del que tanto leyó, para saber cómo se sentía tenerlo con él.
Gemía, respiraba hondo, jadeaba y volvía a gemir. Mordía el pecho de Mad en un intento por controlar los gemidos, no quería que Macchi los interrumpiera. Apretaba fuerte las piernas, las retorcía. ¿Qué podía hacer para liberarse de esa presión? ¿Cómo calmar la ansiedad y el dolor que se expandía desde su sexo hasta el resto de su cuerpo como lava líquida? Las caricias por sobre la ropa hacía que los estremecimientos a los que el cuerpo inexperto de Ariel era sometido se incrementaban y la vista se le nublaba ante el placer que sentía. El mundo giraba alrededor suyo, el calor amenazaba con comérselo y su garganta se le quebraba al querer demostrar lo bien que se sentía. Cuando fue demasiado para él todo se puso blanco, su cuerpo se tensó deliciosamente y en un espasmo liberador llegó a sentir la humedad extendiéndose entre sus piernas. Una experiencia sumamente deliciosa.

O lo fue hasta que abrió los ojos.

El sol iluminaba el cuarto entero, al punto que tuvo que pestañear varias veces para poner los ojos en foco y dejar de ver borroso todo lo que le rodeaba, dándose cuenta de que todo había sido un sueño. Recordaba a la perfección el haberse dormido, aquel pequeño instante similar al despertar en el que no recuerdas absolutamente nada y la mente quedaba en blanco. Soltó un suspiro, teniendo aún las piernas laxas como fideos hervidos y el resto del cuerpo pesado por el cansancio. Estaba calientito en su sitio, le daba demasiada flojera moverse incluso aunque la humedad entre sus piernas hacía que una parte de su mente le gritara por levantarse y lavarse antes de que Mad notara algo.

“¡Mad!”.

Dio un respingo al levantarse tan rápido que la cabeza le dio vueltas pero no era para menos: ¡Había tenido un sueño tan vergonzoso durmiendo con Mad a su lado! Y recordaba claramente aquel sueño, es más, recordaba prácticamente el haber gimoteado como los chicos de las historietas homoeróticas que sus amigas le habían dado para leer. Pasó saliva. Algo a su lado y debajo de él se removió.

“Ay no. Ay no, ay no, ay no… Por favor, díganme que no”. Pidió a todos los dioses en su fuero interno en vano. Oyó el carraspeo y estuvo seguro de que Mad había visto y oído todo para su total vergüenza, seguro ahora le diría algo o le miraría raro. Quería que la tierra se lo tragara, que el viento se lo llevara, o al menos eso rogaba mientras que todo su rostro enrojecía a límites increíbles.

—¿Ariel?

—B-buen… —no podía hacer otra cosa que fingir que no pasaba nada—. Buen día, Maddy.

Se volvió hacia él con cara apenada, bostezando. Tenía que ir corriendo al baño para poder lavarse sus vergüenzas y cambiarse de ropa. ¡Dios, hasta debería cambiar las sábanas! Lo peor era la cara de comprensión de Mad, esa sonrisa tierna que le dedicaba aumentaba sus deseos de arrojarse por el balcón del segundo piso.

—Buen día, petit. Ya deja de saludar y ve a cambiarte, ¿sí? Debes de sentirte un poco incómodo.

—¿Por qué…? ¿Por qué lo dices?

—Por eso —dijo, palmeándole la cabeza a la vez que con un movimiento informal de la mano señalaba las manchas en su ropa y las sábanas. “Ay, qué vergüenza”. Pero para Mad no parecía ser ninguna vergüenza ni nada similar, sólo le acarició el hombro mirándole como si nada.

—Ya, ya, no te pongas así. Es algo normal por la edad, a todos los hombres del mundo nos pasa. Ya me siento mejor, así que ahora me iré a mi cuarto a cambiarme, ¿ok? Tú te bañas, te cambias tranquilo y esto queda entre tú y yo.

El menor alzó la vista casi al borde de la emoción.

—¿Seguro?

—Claro que sí. De hecho, olvidaré todo en cuanto cruces la puerta. Ahora, ¡ve a cambiarte!

No tuvo que repetirlo dos veces para que Ariel saliera disparado de la cama, buscara ropa y huyera al baño. Agradecía que Maddy no dijera nada, pero aún así no podía evitar el odiarse mentalmente por haber tenido un sueño húmedo justo el día en que ambos dormían juntos. A ese paso sería imposible que él lo viera como un igual.

“Esto va a ser muy difícil”. Pensó, metiéndose bajo la ducha.


Jean Claude por su parte respiró hondo un par de veces antes de levantarse. Le dolía a horrores la entrepierna. Por suerte no le escocía la herida, gracias a que ya casi terminaba el tiempo de cuarentena al que su sexo había sido sometido y la cortada estaba casi curada luego de tres meses siendo tratada. Había logrado mantenerse tapado todo el tiempo para que Ariel no notara lo duro que se había puesto por oírlo gemir en sueños y verlo retorcerse sobre su pecho de esa forma tan indecente hasta correrse. La verdad es que podría haber acabado ahí mismo, pero se contuvo. El problema era que ya ni siquiera podía caminar erguido, estando lo suficientemente excitado como para follar sobre madera sólida, y tuvo que arreglárselas para recorrer todo el pasillo hacia el cuarto de estar, después las escaleras e ir al baño superior.

Una vez allí se desvistió, tirándose de lleno a la ducha fría. Se había despertado un momento de la madrugada, no sabía cual, al sentir una presión sobre su pecho que se removía sin cesar encima de él. Fue recibido con esos deliciosos gemidos apenas abrió los ojos, también con el espectáculo casi irreal de Ariel removiéndose en sueños sobre él, excitado, jadeante. Apenas si lograba entender cómo resistió la tentación de tomarlo ahí mismo o, como mínimo, acariciarlo aprovechando que estaba dormido. Pero no hizo ninguna de las dos cosas, permaneció quieto como una estatua, sufriendo cual condenado cada ruido o movimiento que el menor hacía y que lo cachondeaba a mil.

Qué vergüenza, excitarse por contemplar a un niñito teniendo un sueño húmedo. Quizás el primero de toda su adolescencia. Y lo peor de todo, era la criatura de la que estaba enamorado. ¿Es que no podía caer más bajo? ¿Qué seguía? ¿Espiarlo mientras se bañaba? Cuando deslizó su mano en dirección a su entrepierna necesitada supo que la convivencia no era algo que se pudiera tomar a la ligera, menos con Ariel.

“Esto va a ser muy difícil”. Pensó, y se entregó a los placeres de la carne una vez más antes de despertar a Macchi. No le cabía duda de que vivir con Ariel sería la mar de complicado.


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1 comentario:

julietta dijo...

esta buenisimo :D
vas a seguir publicando?

I Love... (My stamps)


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