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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro Capítulo diesiciete.

Juntos.


Hay una maldición gitana que reza: “Ten cuidado con lo que deseas, porque se puede hacer realidad”. Mad no comprendió la profundidad de esa maldición hasta que se le cumplieron los suyos. Luego de regresar del hospital, Ariel permaneció unos días en casa de su tía, consiguiendo ropa y cosas similares, antes de ir a casa de Mad. Las primeras tres semanas fueron bastantes ajetreadas y confusas, tanto que ninguno de los dos tuvo tiempo como para percatarse de que estaban conviviendo bajo el mismo techo. Primero los cegó la tensión por el juicio que se llevó a cabo contra Bud, Isaac y Charlie, el cual por suerte no pasó a mayores fueras de las puertas del tribunal. Luego de las declaraciones de Ariel, de algunos testigos, las pruebas de ADN y las huellas dactilares, aparte de tener al Tiburón como abogado querellante, bastó para ganar el juicio sin mucho problema, aunque los padres de los acusados intentaron llegar a un acuerdo “razonable” y entregarle dinero a Ariel a cambio de su silencio.

En efecto, ninguno de sus tratos funcionó con el pequeño. Ariel no estaba interesado en el dinero de esa gente, sólo quería que los maniáticos que intentaron violarle pasaran la vida tras las rejas como debía ser. No deseaba que volvieran a cruzarse en su camino para lastimarlo a él o a algún ser querido. Mad quedó henchido de orgullo cuando Ricardo le contó, un poco antes de la sentencia, como Ariel se mantuvo firme y con el rostro de piedra ante las ofertas, suplicas e incluso amenazas de los padres de Bud e Isaac. Los de Charlie ni siquiera lo intentaron, querían que su hijo fuera a la cárcel. Al final, los tres fueron juzgados como adultos por la gravedad de sus crímenes, serían enviados al reformatorio hasta que cumplieran la mayoría de edad y luego irían a una prisión estatal a continuar el resto de su condena sin posibilidades de libertad condicional por intento de violación, agresión en primer grado, allanamiento de morada, daño a la propiedad y quién sabe cuántos cargos más. El veredicto, por parte del jurado fue unánime.

Cuando todo acabó, Ariel casi se dejó caer sobre su silla en el juzgado mientras Ricardo le palmeaba la espalda diciéndole que lo había hecho muy bien y que todo había terminado. Seguramente no volvería a pisar un juzgado nunca pero, si le necesitaba, que no dudara en llamarle. Ariel le respondió con una sonrisa, agradeciéndole efusivamente por su labor. Debían seguir viéndose para hablar del pago y cobrar el dinero que las familias de los chicos tenían que entregarle como indemnización por la destrucción de su casa y el “daño psicológico” que, según la defensa, esos chicos le habían causado.

Ahora, con todo terminado, al menor le devolvieron todas aquellas pertenencias suyas que habían sido usadas como evidencia durante el proceso del caso, incluso las que estaban rotas. Ariel las tomó, junto con su ropa y su gato, enfilando hacia la casa de Mad sin siquiera dudarlo un instante. Se instaló, a pedido de Mad, en una de las habitaciones de huéspedes del primer piso. Mad y Macchi le ayudaron con la mudanza, hablándole constantemente para que no se sintiera mal cuando abriera la caja de objetos rotos y tuviera que separar lo que podía arreglarse de lo que no tenía remedio. La mudanza completa que comenzó el mismo día en que terminó el juicio que duró unos cuantos días y fue tan agotadora que ni Ariel ni Mad se pusieron a pensar en algún momento que vivirían los dos solos bajo el mismo techo, cansados por tanto ajetreo, por las peleas entre los perros y el gato, el juicio y todo lo demás. Esas noches cayeron dormidos como troncos en sus camas sufriendo un sueño pesado hasta la cálida y tranquila mañana siguiente. Al despertarse y ver todo en su sitio, al darse cuenta de que estaban tranquilos, que no debían ir al juzgado y etcétera, cayeron en la cuenta de la cruda verdad: estaban viviendo los dos juntos en la misma casa. ¿Cómo evitar sentirse incómodos?

En realidad, Ariel pensaba en cómo aprovechar el momento para hacer que Mad se fijara en él mientras Mad intentaba averiguar cómo mirar al jovencito a la cara sin tumbarlo contra el mesón de la cocina. Esa mañana Ariel entabló una conversación triple por Messenger con Almudena, Giovanna, y Sorja, aprovechando que Mad parecía seguir dormido y que de los nervios había dormido poco y nada. Mozart, sobre sus piernas, ronroneaba contento de que no estuviera ninguno de los perros locos correteándole en el cuarto de su amo. Y al parecer, sus compañeras estaban ansiosas por el chisme ya que se levantaron en cuanto les envió un mensaje de texto preguntándoles si se podían conectar. De momento, la única presente era Giovanna.

ArielAngel: ¡Hola, gio! ¿Adivina dónde estoy? ^w^

[Gio]: ¿En casita de Mad, cierto? *¬* ¡Me muero!

Arielangel: Tal cual :-) Pero no te mueras todavía, mujer. ¡Tengo que preguntarte muchas cosas!

[Gio]: Ooooh =0 No te preocupes, bebé. Gio te va a decir tooodo lo que debes saber.

En eso, Sorja se conectó.

Valquiria Dublinesa: Ya llegué. ¿Qué me perdí? ^^

[Gio]: Joder, Sorja. ¿Tienes que tener una letra tan grande? =s Me ocupas casi toda la ventana.

Valquiria Dublinesa: Perdón por ser miope ¬¬#

ArielAngel: Vamos, chicas. No peleen. No me obliguen a zumbarlas a ambas :P. ¿Y Dena?

El pitido que sonó en sus auriculares y el cartelito que decía: “VudúLady se ha conectado” le indicó que la chica en cuestión ya se había puesto frente a su laptop.

VudúLady: Hola, niñas. ¿Me ponen al día?

Okay, ahora que estaban todas, podía comenzar a contarles.

ArielAngel: ¡Ya están todas! Bueno, estaba contándole a Gio que ya estoy en casa de Mad.

Vudúlady: ¡Así se hace, Ariel! ;P ¿Y cómo lo convenciste?

ArielAngel: Bueno, fue en el hospital cuando me examinaron luego de lo que pasó con Bud y eso. Mi tía quería que fuera con ella, pero ni borracho aceptaba >_< No me llevo con su maridito. En fin, le pregunté si podía quedarme aquí poniéndole ojitos como Giovanna me enseñó. [Gio]: Era obvio que iba a aceptar :p Nadie se resiste a los ojitos de lado. Valquiria dublinesa: Eres manipuladora, Gio. ¿Así le haces al pobre michael? u_ù Vudúlady: No te quepa duda, yo la he visto obligándolo a que le compre cosméticos poniéndole esa cara. ArielAngel: xD Yo la he visto obligándolo a cargar montones de bolsas. Valquiria Dublinesa: ¿Ven? ¡Eso es manipular! [Gio]: Es sólo un medio para conseguir un fin :) Además, no es como si lo amenazara… Pero nos vamos de tema, ahora estas viviendo con Mad, ¿no Ariel? ArielAngel: Ajá. Estos días no me he puesto a pensar en eso por el juicio y todo eso, luego vino la mudanza y ver cara a cara todo lo que los mal nacidos destrozaron… Valquiria Dublinesa: Lo siento… eran cosas de tu mamá =( ArielAngel: Esta bien =3 por suerte varias cosas pueden repararse… Me alegra que no hubieran roto todas sus fotos ni sus pinturas. Pero volvamos a lo nuestro. Ahora comienza la vida tranquila con Mad en su casa… ¿¡Qué hago!? O_ò VudúLady: Depende, ¿qué quieres? ¿Besarlo? [Gio]: Es broma, ¿no? ¡Partirle la boca de un beso es lo mínimo! Tiene que volverlo loco :-p ¿Tienes la ropa que te compré, cierto? ArielAngel: Sipi :-S Pero no sé cómo empezar. Valquiria dublinesa: Quizás si te arreglas… No sé. P ¿por qué no te pones uno de esos perfumes raros? Ponte el de chocolate:-D [Gio]: No, no. Arreglarse mucho sólo lo va a asustar. El look “vecinita de barrio” es lo que más los pone, lo sé bien. Pero tienes que lucir tus encantos. LOL ArielAngel: o.o?? Vudúlady: ¿Qué tal si muestras las piernas? Tienen la calefacción puesta, así que puedes hacerlo dentro de la casa. [Gio]: Exacto <3 ¿Tienes unos jeans viejos y gastados? ArielAngel: Sep, ¿por? Valquiria Dublinesa: No estarás pensando lo que yo creo, ¿cierto? [Gio]: Claro que sí. Hay que exhibir la mercadería. Ariel, tú toma unas tijeras y haz lo que yo te diga. Vamos a renovar la ropa vieja. Por su lado, Mad estaba dándose una ducha la mar de nervioso. Había aceptado que Ariel viviera con él al no poder negarle nada, pero ahora estaba muy arrepentido. ¿Iba a poder convivir con su objeto de deseo todos los santos días hasta quién sabe cuándo? No es que Ariel fuese molesto, porque apenas si hacía ruido, cocinaba para él, acomodaba las cosas en los horarios en que su mucama no estaba en casa y después se quedaba o en su cuarto o estudiando en la cocina antes de preparar algo. Pero ahora iban a estar juntos todos los días, veinticuatro horas al día, siete días de la semana. ¿Cómo resistir la tentación que le embargaba teniendo su figura hermosa contoneándose por toda la casa? El Doppelgänger le miró con cara de espanto desde el espejo del baño y luego se echó a reír. “¿Resistirse? ¿Tú estás loco, cierto? No me digas que te vas a resistir teniendo ese caramelito tan a mano, porque juro que te castro mientras duermes”.

“Bad Mad… Aprecio tus intenciones pero, ¿no te das cuenta de que sólo tiene catorce años? ¿Sabes que lo traumatizaríamos de por vida si avanzamos? Y más después de lo que le pasó”.

Eso pareció hacer efecto en el Mad interno, que se cruzó de brazos y se puso a pensar y rumiar cosas inteligibles antes de volver la vista hacia Mad.

“Eso es cierto. Bueno, entonces podemos esperar hasta que todo pase… Uno o dos meses”.

“¡Bad Mad!”

Basta, discutir con él era en vano. Cerró el grifo, tomó la toalla y se secó todo el cuerpo casi a las apuradas para ponerse unas simples bermudas de tela, una playera, y tras lavarse los dientes y peinarse un poco las mechas, ir a desayunar. A medida que bajaba las escaleras podía escuchar una música.

Sit tight, I´m gonna need you to keep time
Come on just snap, snap, snap your fingers for me
Good, good now we´re making some progress
Come on just tap, tap, tap your toes to the beat

—¿Qué demonios? —aceleró el paso, descendiendo las escaleras de dos en dos. No sólo escuchaba música, también oía ruidos y podía aspirar un delicioso aroma dulce, como a caramelo o azúcar fundido. Al llegar al final de las escaleras y dar los cinco pasos que la separaban de la puerta de la cocina, se dio cuenta de que era Ariel quien estaba en la cocina, pues lo escuchaba cantar—. Ay, este niño… Le dije que no tenía que hacer el desayuno.

Soltó un suspiro y abrió la puerta, quedando prácticamente en blanco al ver lo que había del otro lado. La mesa estaba servida con un rico desayuno, Ariel cantaba siguiendo el ritmo de la música que sonaba de su celular, bailando mientras revolvía algo de una sartén que olía en extremo dulce.

Swear to shake it up, if you swear to listen
Oh, we´re still so young, desperate for attention
I aim to be your eyes, trophy boys, trophy wives


Contempló el espectáculo boquiabierto. No le importaba escucharlo cantar, tampoco el verlo menearse al ritmo de la música ni que le estuviera cocinando.

“¡¿Pero por qué mierda se tiene que vestir así?!”.

Vestido con unos shorts de jeans deshilachados y desgastados muy, pero muy cortos, una playera sin mangas de tela fina y holgada, descalzo, el pelo recogido en rodete y delantal puesto, el chico estaba causándole un aneurisma grave. ¿De dónde sacaba esa ropa que dejaba tan poco a la imaginación? No cabía duda de que esas piernas y ese culo eran un espectáculo digno de mirarse, un paisaje para foto que debía de ser enmarcado… con las manos, pero si bien daba gracias a la vida por permitirle ver tan hermosa vista a la vez se estaba dando de cabezazos contra el piso de cerámica. Era demasiada tentación para comenzar el día.

Ariel, por su lado, estaba en otro mundo. Preparando mermelada casera desde temprano, porque luego de la cyber charla y tras haberse vestido como Giovanna le había dicho no tenía nada que hacer, cantaba una de sus canciones predilectas de la nueva banda que Almudena le había recomendado sin siquiera darse cuenta de que Mad había entrado a la cocina. Se preguntaba si a Mad le gustaría cómo se veía, tan de entre casa. La verdad es que él prefería arreglarse cuando sabía que vería a Mad, estar bien lindo para que él lo notara, pero supuso que ahora que vivían juntos no iba a ser demasiado sutil el estar arreglado las veinticuatro horas del día, ni estar pendiente de cómo se veía todo el tiempo. Si Giovanna tenía razón y el estar vestido con ropa normal le gustaba a los hombres, suponía que no sería tan difícil andar por la casa con ropa común. Lo que no entendía era por qué Giovanna le había dicho que recortara tanto sus jeans viejos hasta convertirlos en shorts miniatura. Si los cortaba un poco más podía usarlos de boxers llegados al caso.

Revolvió la mermelada hasta que estuvo a punto y, cuando se dio la vuelta a buscar un recipiente, se encontró con Mad que miraba la nada con una cara rara.

—¡Mad! —exclamó alegremente, dejando la mermelada en el mesón antes de ir a abrazarle. Si bien estaba nervioso, Mad era Mad y no por que ahora iban a vivir juntos debía tratarle distinto—. Bonjorno, Maddy. Te levantaste temprano. ¿Desayunas conmigo?

—Eh… —con el corazón en un puño, pasó saliva y trató de no mirarle del cuello para abajo mientras asentía—. Buen día, petit. Ya te había dicho que no te tenías que encargar del desayuno tú solo, ¿cierto?

—Sí, ya sé. Pero me gusta hacerlo. Además no pegue un ojo en toda la noche y me levanté súper temprano. Después de vestirme, revisar las cosas de la escuela y mi casilla, me quedé sin nada que hacer. ¿Y qué mejor que hacer el desayuno? Hasta tuve tiempo de hacer mermelada casera.

—¿Mermelada? —repitió Mad, pestañeando un par de veces al tiempo que se separaba de Ariel para ver lo que había en el recipiente que el niño había abandonado. En efecto, era mermelada. Pero nunca había visto mermelada con esa consistencia ni de color tan fuerte—. ¿De qué es?

—De moras. No es la época, así que tuve que usar las que vienen en lata, pero sirven igual —de repente, Ariel puso cara de pena—. No me digas que no te gusta…

Al instante de ver esos ojos de cachorro, Jean Claude sintió que el color le subía a la cara y para que no pensara que no apreciaba su esfuerzo, enseguida se puso a aclarar.

—¡No! E-es solo que nunca comí mermelada de moras. Sabes que yo no sé cocinar casi nada.

—Sí, vives gracias a la comida rápida y los platos pre-cocinados —puso los ojos en blanco—. Y no tengo ni la menor idea de cómo has sobrevivido o crecido tanto. Si la comida comprada no nutre y la comida casera es sana, ¡entonces tú deberías ser un pigmeo y yo un atleta!

Una carcajada brotó desde lo más hondo del pecho de Mad, haciéndole olvidar por momentos los nervios e ignorar las palpitaciones que le atacaron cuando Ariel se quitó el delantal y lo guardó, dejándole admirar su atuendo por completo.

—Sí, pero yo voy al gimnasio y tengo genes distintos a los tuyos. Todos los hombres de la familia de mi padre son más o menos como yo, aunque más morrudos y algunos hasta obesos. Yo la saqué barata, mientras que vaya al gimnasio y me aleje del tabaco y el alcohol seguiré siendo saludable.

—Qué injusticia —decía el niño, guardando la mermelada en el refrigerador a la par que sacaba leche y yogurt e intentaba estirarse hacia la alacena más alta para tomar la caja de cereales de chocolate. Mad se la alcanzó al ver que no llegaba, tomando también su caja con cereales de miel y seguía al chico hasta la mesa donde lo esperaban tostadas, mantequilla y mermelada, un café, un huevo duro y jugo de naranja exprimido. Ariel se sentó poniendo cara de fastidio, se sirvió el cereal en un cuenco, y comenzó a despotricar—. Mi abuelo y todos sus predecesores eran herreros grandes, altos y fuertes, tenían la piel oscura, pelo negro y unos ojos verdes impresionantes. Y todos los hombres de la familia de Eros también eran así.

Jean Claude se preparó una tostada con mantequilla y la engulló entera, creyendo saber adónde iba la cosa.

—¿Y?

—¡Que yo nací así! Blanco nieve, ojos azules y pelo negro. Soy idéntico a mamá. De hecho, ni siquiera sé de dónde diablos salió así mi mamá… vi fotos de la abuela y ella tampoco era tan pálida y no tenía ojos azules.

—¿En serio? Quizás tú y tu mamá lo heredaron de un pariente lejano —otra tostada, y ya estaba pelando el huevo duro para comérselo—. Hace poco vi un documental en el Discovery Channel y decía que hay genes que se pasan a varias generaciones posteriores. Seguro pescaste algunos genes de la familia de tu abuela, es lo más probable teniendo en cuenta que son ingleses.

El jovencito se bebió el jugo con lentitud, saboreándolo y Mad se entretuvo viendo los movimientos de la piel de su cuello. No le sorprendió ver que no tuviera nuez de Adán.

—Sí, tienes razón —dijo, y comenzó a masticar los cereales con yogur con parsimonia, consciente de que era muy temprano como para apurarse demasiado—. ¿Y sabes algo? La familia de mi abuelo de seguro tiene sangre turca, por eso todos eran de piel bronceada y con ojos verdes. ¿Dónde se vio, eh? Mi abuela me dijo que es porque los turcos invadieron Italia por trescientos años… Aunque la verdad es que ha habido muchas invasiones allí, la mezcla de sangre debe ser tremenda.

—¿Ves? Alégrate de que tu naciste así, eres precioso tal y como eres. Además, si fueras distinto no serías Ariel, sino alguien más.

Anonadado, el pequeño pestañeó un par de veces sin dejar de comer. ¿Si fuera distinto no sería Ariel?

—¿Eso significa que te gusta cómo soy?

—Pues claro —respondió sin siquiera pensarlo, bebiéndose el café—. Incluso si tan sólo el color de tus ojos fuera distinto, ya no serías el Ariel que todos queremos.

Escuchar a Mad decir aquello le dio tanta alegría que sus mejillas se pusieron rosadas y siguió comiendo, sonriendo con cara de tonto mientras vagaba en el limbo. Tenía el corazón acelerado de felicidad.

“¡Dijo que le gusto como soy!”, pensaba, sintiendo que tocaba el cielo con las manos.

—Gracias, Maddy. Lo mismo va para ti, a mí me gusta como eres. Así que en cuanto des muestras de que vayas a cambiar te pegaré un zape en la cabeza para impedirlo, ¿okay?

Jean Claude se rió con ganas, mirándolo con ternura. Para él eso estaba más que bien. Continuaron el desayuno con una atmósfera calmada y familiar, como si siempre hubieran vivido juntos. Ahora que los nervios habían sido dejados de lado gracias a la broma de Ariel era más fácil concentrarse en pasar el tiempo juntos y disfrutar de la compañía del otro tranquilamente, riéndose mientras charlaban de banalidades.

Quizás la convivencia fuera mucho más fácil de lo que pensaban.

—¿Y qué vas a hacer hoy, Ariel? —quiso saber Jean Claude mientras fingía que leía el diario y devoraba el sexto pan con mermelada. Demonios, cuando Ariel preparaba el desayuno no podía dejar de comer.

—Hoy tengo el club de música. Iba a ir al taller de Macchi para terminar de aprender a hacer un medallón, pero como tiene que ir a retirar unos materiales y a catar unas cuantas piedras preciosas me dijo que no asistiera hoy. Así que si no surge nada con los chicos volveré temprano.

—¿Si no surge nada?

—Es que Shenshen va a llevarme todos los mangas que se ha comprado y es probable que quiera mostrarme las comiquerías de la zona. Ah, y como tú tienes DVD le pedí que me prestara todas las series que yo no tengo. Es un plomo tener que verlas en la computadora, hace que me duela la cabeza.

Mad pestañeo, ¿acaso se había enamorado de un niñito otaku? La idea le hizo sonreír un poco y, apoyando los codos en la mesa, se reclinó un poco hacia él.

—¿Eh? ¿Así que te gusta el anime?

—Sí. La verdad es que antes no me gustaban pero mi hermano me pegó el gusto cuando comenzó a viciar con las series nuevas y ya mi madre me había torturado por años viendo “Candy Candy”, así que terminé por acostumbrarme. Y algunas historias son tan buenas que no puedo evitar querer mirarlas.

—¿De veras? Cuando era joven yo también me quedé colgado mirando unas cuantas.

—Bromeas.

—Claro que no —rió, mirándole con una sonrisa paternal. Ariel era tan lindo cuando ponía esa carita—. De hecho, la favorita de Alex era “Sailor Moon” y la mía era una de chicos que jugaban al fútbol, la primera versión que salió. Pero luego empecé a estar demasiado ocupado para verlas y terminé por olvidarme.

—¡Me muero, esas son clásicos! —guardó un minuto de silencio, como si pensara algo, y se sirvió de nuevo otro cuenco de cereal con mucho yogurt hablando mientras lo revolvía—. Mmh, entiendo a lo que te refieres. Antes tampoco podía ver las series que me bajaba cuando trasnochaba en la computadora. Nunca tenía tiempo por una cosa o la otra… Pero, es curioso —agregó, con una tierna sonrisa—. Pareciera que desde que te conocí las cosas mejoraron muchísimo. Tengo trabajo, club, amigos con los que salgo, practico con Macchi y sigo teniendo tiempo libre.

Una lenta, dulce e indulgente sonrisa se extendió por el rostro de Mad, dándole un brillo completamente nuevo a sus ojos. Ariel era tan lindo cuando hablaba y sonreía así que sólo quería abrazarlo, llenar su cara por completo de besos como si fuera un cachorrito mimoso. Nunca dejaba de sorprenderle como una criatura que pasaba por tanto podía ser tan feliz, tan… No encontraba las palabras para describirlo, pero agradecía que no se hubiera convertido en un delincuente, en un niño peligroso o en una persona retraída. Él seguía adelante, siempre sonriendo, agradecido y tan maduro que contrastaba con su inocencia innata. Mad no podía evitar preguntarse qué hubiera sido de él si hubiera tenido una familia como la de Ariel, si hubiera sido tan solo la mitad de fuerte que él. Quizás hubiera podido enfrentar a su padre como Alexis, no le hubiera tenido miedo y hubiera tratado de hablar con él y pedirle explicaciones en lugar de pasar años sin verlo.

Acarició la cabeza del chico y la palmeó como si se tratara de una criatura de tres años.

—Ariel, me alegro mucho de que pienses así de mí, pero todo eso lo has logrado tu por tu propia cuenta. Admito que mi hermanita y yo ayudamos… —dijo, restándole importancia con un gesto de la mano mientras le hacía un guiño picarón y se maravillaba al verlo sonrojarse—. Pero todo fue por las ganas que le pusiste. Tus amigos no estarían contigo si no les gustaras y no te pedirían trabajo si no le metieras garra a cada foto. También te esfuerzas en aprender todo lo que Macchi quiere enseñarte, así que no te desvalorices tanto, ¿okay? Tente confianza.

De nuevo esa palabra. Ariel se le quedó mirando sorprendido al escucharle hablar como un adulto de verdad, en lugar del loco excéntrico que solía ser, y desde el fondo de su ser burbujeó la alegría mezclada con el orgullo. Por alguna razón, sentía como si Mad estuviera reconociendo su potencial. Ya eran varias personas las que le decían que debía tener confianza, así que por algo tenía que ser. Mad no iba a mentirle.

Por ello le dedicó su mejor sonrisa y le levantó el pulgar.

—¡Sí! Ya vas a ver como sigo mejorando cada día más en todo lo que haga. De hecho, más te vale que estés ahí para verlo.

—Créeme que allí estaré. Ahora, ¿por qué no me preparas otro café y me sigues contando sobre tus planes con Shenshen antes de que te lleve a la escuela?

Sonriendo como si hubiera ganado la lotería, Ariel asintió. Comenzó a contarle sobre el club de música mientras revolvía el café con ganas, el profesor estaba preparando un coro especial para el próximo festival que casualmente, se llevaría a cabo dos semanas después que el desfile de modas. También quería renovar el himno de la escuela por lo que los hacía practicar con canciones diferentes todas las clases y usaba combinaciones raras de instrumentos. Le contó también que Giovanna quería pasarle unas novelas y unos mangas especiales que había descargado en su pen drive, que Almudena se había comprado el juego de karaoke e iban a probarlo en la próxima pijamada grupal que hicieran, que se acercaban los exámenes de fin de trimestre y que estaba hasta la madre con matemáticas. Para cuando Mad se terminó el café y Ariel terminó de comentarle sobre el taller de convivencia, al cual lo llevaría su primo en la próxima ocasión, ya se había hecho la hora para ir a la escuela.

—Uff… No pensé que volvería a sentir ganas de faltar a la escuela —descontento, Ariel puso morritos y sacó la lunchera preparada con antelación del refrigerador—. El tiempo vuela cuando lo pasas bien.

Jean Claude esbozó una sonrisa sin siquiera darse cuenta, contento al saber que Ariel la pasaba lo suficientemente bien a su lado como para no querer irse.

—Pues si ese fuera el caso, entonces nunca saldría de casa. Además, ahora vivimos juntos. Seguramente lo pasaremos muy bien. Ahora, ponte el uniforme que te llevo a la escuela, ¿okay?

La cara de Ariel, que en un principio parecía sorprendida e incluso apenada, fue iluminándose poco a poco hasta dejarle ver a Mad esa sonrisa que tanto le gustaba antes de correr a ponerse el uniforme. Sentía como si Jean Claude estuviera reconociéndole poco a poco, tratándole como un igual, y que si seguía avanzando quizás podía conquistarlo aunque le llevase su tiempo. Por otro lado, Mad estaba feliz de tener al niño tan cerca como para ver su encantadora sonrisa, pero a la vez estaba en un verdadero dilema. Cuando vio a Ariel en esas fachas al entrar a la cocina, su libido subió tanto como si le hubiese visto completamente desnudo o usando lencería erótica, acostumbrado a ver a Ariel siempre arreglado y con ropa bonita, encontrarse con él con ropa de entre casa que dejaba tan poco a la imaginación le hubiera excitado de no ser porque su autocontrol era enorme. De hecho, el mero recuerdo de sus bellas piernas expuestas y el trasero enfundado en aquellos pantaloncillos ajustados bastaban para acalorarle la sangre pero, por el bien del niño y de su amistad, tenía que contenerse.

Ariel regresó vestido ya con el uniforme. Como ahora comenzaban los meses de mucho frío era obligatorio usar el blazer y una llevaba una camisa manga larga con el sello de la escuela y una corbata a color, más los zapatos y los pantalones de tela gruesa. Se veía tan adorable con aquella ropa que Jean Claude sintió deseos de apapacharlo hasta que Bad Mad dijo que él lo prefería vistiendo sólo la camisa y la corbata. Mientras caminaban hacia la cochera a Mad se le ocurrió preguntar.

—¿A qué hora vuelves hoy, petit?

—Bueno… —no necesitó más que un instante para recordarlo—. Hoy tengo club y salgo con los chicos, así que vuelvo tarde.

Mad suspiró. Le hubiera gustado tenerlo toda la tarde con él pero al menos ahora podía aceptar esa cena con Macchi que tanto había estado pateando las últimas semanas.

—En ese caso, déjame darte esto —dijo, y sacó un brillante juego de llaves nuevas unidas a un llavero de peluche con forma de gato. La cara de sorpresa del chico y el brillo en sus ojos bastó para que él sonriera, auto convenciéndose de que había hecho lo correcto—. Son copias de las llaves de casa, sería un problema que tú regresarás y que todo estuviera cerrado porque yo vuelvo tarde así que lo mejor es que tengas las tuyas. Confío en ti, sé que las usarás como debes.

Ariel, emocionado hasta lo más hondo, tomó las llaves como si fueran el tesoro más importante del mundo y sonrió agradecido, dejándole ver al fotógrafo aquella sonrisa que tanto adoraba.

—Las cuidaré muy bien, Maddy. Lo prometo. Entonces… hoy llego tarde, pero estaré a tiempo de hacerte la cena si quieres.

—No te preocupes —respondió, mirando hacia atrás mientras retiraba el automóvil de la cochera—. Hoy tengo una cena con Macchi, al parecer esta muy interesado en hablar por cuatro horas de su nuevo novio.

—¿Nuevo?

Jean Claude puso los ojos en blanco.

—Los cambia cada quince días. Te acostumbras cuando lo conoces bien.

—¡Oh! Bueno, viniendo de Macchi no me sorprende mucho —y para salirse por la tangente de un tema espinoso, agregó—. Entonces mañana cocinaré yo la cena y haré que te arrepientas de haber comido afuera.

Y funcionó, porque Mad se echó a reír. Lo siguiente fue una larga charla sobre comida saludable, pues Ariel estaba convencido de que Mad debería haber muerto de inanición hacía tiempo con lo mal que comía y Mad le refutaba diciéndole que lo importante era tener la barriga llena. El menor insistió tanto para encargarse de la compra de víveres que ganó por cansancio. Aunque en el fondo le discutiera, Jean Claude estaba más que feliz porque Ariel cocinara para él y se preocupara tanto por su salud, siempre había adorado su cocina pero ahora que la comida era preparada exclusivamente para él, según Ariel con la intención de mejorar su salud, le hacía sentir especial. Dejó al pequeño en la escuela como era de costumbre, saboreando el momento en que Ariel le dio un pico en los labios a modo de despedida, antes de ir a reunirse con sus amigos que lo esperaban en la puerta. Qué bueno era ver que todo estaba bien, que nadie en la escuela sabía lo del incidente en el departamento de Ariel más que esos chicos que cuidaban de su niño. A veces hasta le parecía que formaban un círculo a su alrededor para protegerlo.

Pero lo que más le alegraba era ver esa sonrisa en su rostro. Durante todo el proceso judicial y la mudanza temió que Ariel desarrollara ataques de pánico o miedo, que tuviera pesadillas y no quisiera salir de casa, sin embargo el pequeño solamente lloró en sus brazos una vez, en el hospital, cuando su tía y su primo no estuvieron presentes. Esa fue la única ocasión en la que Ariel lloró desconsoladamente y se aferró a su cuerpo, muerto de miedo, como cuando le encerraron en el baño. Luego de esa ocasión, en la que Mad lo abrazó fuerte y susurró palabras conciliadoras en su oído, nunca más volvió a llorar.

“Eso es bueno, quiere decir que lo ha superado”. Y, aunque no fuera así, él estaría allí para cuidarlo y protegerlo de cualquier cosa que quisiera dañarle. Aún recordaba el vacío que había sentido aquellos fatídicos instantes en los que lo creyó muerto y herido, todavía sentía la ira bullir en su ser al pensar que esos tres pudieron haber violado a su hada. Por eso nunca iba a permitir que algo así ocurriera, no estando él cerca. Su misión era proteger a Ariel de todo y de todos, incluyéndose él mismo, para que nada mermara la felicidad de su ángel. Lo había perdido, aunque más no fuera por un instante, y no iba a hacerlo de nuevo.
Respiró hondo para calmar la presión en el centro de su pecho y puso la primera otra vez tras asegurarse de que Ariel estaba dentro de la escuela. Conectó el manos libres y usando el marcado directo llamó a Macchi al celular. La risa le salió sola cuando lo escuchó quejarse.

—¡Quién fue el desgraciado que rayó la pulidora!? ¡No tienen ni la más puta idea de cuánto cuesta un aparato tan delicado! Juro que cuando sepa quien chingados fue, voy a obligarlo a limpiarla con un cepillo de dientes.

—Macchi, no deberías ser tan malo con tus alumnos. Así ninguno va a decirte nada cuando meta la pata.

—Oh, Maddy… Aguarda un segundo —oyó como el ruido iba alejándose cada vez más del teléfono hasta que todo se volvió calmo—. Ya. Es un poco difícil hablar cuando tienes a quince tontos echándose la culpa mutuamente.

—No me sorprende, después de todo el culpable tiene que enfrentarse a tus sermones.

“Y a tus gritos”. Pensó, pero no podía decírselo sin ganarse un chillido histérico él también y no quería tener un pitido en los oídos que le durase todo el día.

—Puede ser, puede ser. En fin, cambiando el tema, ¿para que llamas, encanto? ¿Quieres hablar sobre el trabajo, sobre tu hermana, sobre Ariel o quieres pedirme que vaya a tu casa con un dildo y crema chantilly?

—Ninguna de todas esas cosas, aunque lo de la crema suena tentador —dijo riéndose, pues Macchi nunca perdía la ocasión para tirarle los galgos—. Te llamo para salir a cenar tú y yo solos, ¿qué dices? Hace días que me lo pides y hoy tengo la agenda libre.

—Hmm, suena bien. Tú, yo, un buen plato lleno de mariscos. ¡Ay! Se me hace agua la boca, creo que hasta me excita.

—Espero que no sea por los mariscos o empezaré a preocuparme —respondió y, tal como se lo imaginaba, la carcajada de Macchi le llegó desde el otro lado del auricular con tanta fuerza que casi dobla en la esquina equivocada.

—¡Por supuesto! ¿Tienes alguna idea de lo que puedes hacer con un camarón? —chasqueó la lengua, y Mad pudo imaginárselo fingiendo su cara de decepción—. Mal, muy mal, Ma-chan. Tengo mucho que enseñarte.

—Macchi, ya basta. ¿Qué pensarán tus alumnos si te oyen?

—No pasa nada, estos ya están curados de espanto. En fin, ¿a qué hora nos vemos, dulzura?

—Te paso a buscar a las nueve.

—Vale. ¿Y Ariel?

Ante esa pregunta, algo se retorció en su interior. Empero, respiró hondo y apechugó lo suficiente como para responderle.

—Vendrá tarde. Sale con los amigos.

—Aún así, no creo que salga demasiado tarde. ¿No es peligroso dejarlo solo?

Él pensaba lo mismo, en efecto, pero no quería verse sobreprotector con él ni agobiarlo con su compañía.

—Está bien. Tiene las llaves, el celular y los perros estarán con él. Además, no volveré muy tarde.

—Okay, si tú lo dices. En ese caso nos vemos a las nueve, sweety —se despidió hablándole en inglés, señal de que estaba muy contento, y colgó.

Al colgar, Mad sonreía. Sentía que había hecho algo bueno, en parte, porque tenía que encontrar el justo equilibrio entre Ariel, el trabajo y sus amigos. Amaba estar con el niño pero, por su propia salud mental, lo mejor era pasar algo de tiempo fuera de vez en cuando. No era demasiado bueno el verlo en casa y el trabajo, en especial cuando cada vez le costaba más controlar sus impulsos animales.



—¡Giovanna, basta ya!

—Pero bebé, es algo hermoso y natural. Tienes que aprender a hacerlo, yo voy a enseñarte. Ven, acércate un poco más.

Ariel estaba arrinconado y completamente rojo. Se sentía entre la espada y la pared con su amiga Giovanna acosándole de tal forma. ¿Cómo se le ocurría aparecerse con eso en medio de la escuela durante la hora del almuerzo? Y lo peor era que Almudena, Sorja y Shenshen la apoyaban. En cambio, Vlad y Chris hacían la vista gorda.

—¡No quiero!

—Ay, que quejoso eres… —farfulló la calabresa cruzándose de brazos, mirándole como si estuviera traicionándola—. ¿Qué tiene de malo?

—M-muchas cosas.

—¡Pero si son sólo unos libros! —exclamó Sorja, que tenía uno entre sus manos.

Ariel suspiró y volvió a sentarse al estilo indio sobre el mantel que las chicas habían puesto en el césped del patio de la escuela para almorzar todos juntos al aire libre. Como quien no quiere la cosa, tomó uno de los mangas que Shenshen había llevado, ojeándolo apenas mientras que, con la otra mano, se llevaba unas galletitas saladas a la boca.

—Es que me da mucha vergüenza que hayan traído eso a la escuela. ¿Era necesario?

—Sí —contestó Giovanna sin vacilar, abriendo la bolsa de papel que tenía entre sus brazos—. Te guste o no, tienes que aprender. Es lo básico si quieres conquistar a alguien mayor y con más experiencia, tienes que tener un mínimo de información básica para defenderte.

Sorja asintió, pasando la página de la novela que leía.

—Además un hombre grande como Mad no va a conformarse sólo con besos y mimos. Tarde o temprano te pedirá sexo. Leer estas cosas te da tanta información como el Kama-Sutra gay.

—Pero…

No obstante, Chris no estaba contento.

—No pueden obligarlo a leer esas cosas. ¡Van a traumatizarlo!

—¿Y si se le ocurre tener sexo con Mad sin tener ningún tipo de experiencia ni nada crees que no va a traumatizarse? —dijo Almudena, ojeando por encima del hombro de Sorja mientras masticaba una manzana roja—. Al menos tiene que saber cosas simples, como que debe usar lubricante, que la primera vez puede dolerle, cómo hay que usar los condones… Tú no sabes nada de sexo, ¿cierto Ariel?

—Bueno… Sólo un poco de lo que aparece en las novelas románticas de mi tía —tuvo que admitirlo, aunque la cara se le caía de vergüenza.

El día en la escuela había comenzado bien, hasta esa parte. Desde lo de Bud, Isaac y Charlie, Almudena y los demás formaban una especie de círculo protector a su alrededor cada vez que pisaba la escuela, incluso parecía como si estuvieran coordinados para no dejarlo solo bajo ningún concepto en ninguna parte del instituto. Hasta ahí, todo había sido perfecto de no ser porque de golpe Giovanna salió con el tema de hacerle leer y ver todas esas publicaciones homoeróticas. No tenía nada contra el homoerotismo, después de todo estaba enamorado de un hombre adulto, pero se moría de vergüenza al pensar que alguien podría haber visto esos mangas, las novelas que ella le había descargado e impreso, o alguna de las películas que había llevado.
Y su inexperiencia propia era factor de pena también. Se sentía raro al aprender sobre sexualidad de esa manera pero, ¿a quién podía preguntarle? ¿A Gian Luca? Podría, si fingiera que estaba hablando de una mujer, pero no sería lo mismo. Dioses, estaba muy turbado. Sin embargo, no tenía otra opción y sabía que lo que decía sus amigas era verdad. Tenía que aprender o armaría un papelón el día que tuviera su primera vez, ya fuera con Mad o con cualquier otra persona, aunque claro, él esperaba que fuera con Mad.

—En ese caso, ¿qué tiene de malo esto para aprender? Comienza con los mangas o las novelas y luego sigue con el resto. Las películas no tienes por qué verlas si eres impresionable. Pero es mejor pasar un rato de incomodidad que no saber nada y pude ser que no sea tan malo al final. Ya sabes lo que dicen de la curiosidad.

Bueno, eso no podía refutárselo. No podría ignorar el sexo y todo lo que eso conllevaba como lo hacía en el campo, pues en la ciudad lo tenías por todas partes. Y, lo más importante, si quería conquistar a Mad tenía que asegurarse de no aburrirlo.

—De acuerdo… —farfulló, tomando la bolsa de papel y metiéndola al fondo de la mochila—. Pero que sea secreto, ¿d’accordo? No quiero que nadie se entere.

Vlad, el loco imaginativo del grupo, se rió tan fuerte que casi se ahoga con un poco de jugo de naranja y miró a Ariel como si estuviera un poco chiflado.

—¿Te pasa algo? ¿A quién vamos a decirle? Es como firmar tu sentencia de muerte y la nuestra por pervertir la inocencia de tu ser con eso. Pero ahora que lo pienso, ¿de dónde sacaron los mangas?

—De la comiquería, duuuh —respondió Shen, haciendo una mueca que daba a entender lo tonta que le pareció la pregunta—. Y déjame decirte que salieron bastante caros, en mi país son moneda corriente y aquí te los cobran un ojo de la cara porque son importados.

Christian murmuró algo sobre que ya no quedaba hombres en el mundo y todos rieron, incluso Ariel, que olvidó el trago incómodo y pronto comenzó a charlar con sus amigos sobre otros cómics y series viejas que le gustaban. Continuaron la charla en los recesos cuando la hora de almuerzo terminó e incluso en clase, cuando el profesor de turno no miraba. Así la tarde pasó sumamente rápida.



En el club de música el profesor les hizo tocar un par de canciones infantiles como precalentamiento antes de comenzar con los himnos nacionales. Ariel se los sabía, pero aún le costaba un poco usar las partituras por lo que debía soportar las explicaciones largas y tediosas de Christian que lo dormían antes de entenderlas, cosa que le obligaba a preguntarle a Shenshen. Agradecía que su otro amigo le explicara las cosas de forma simple y sencilla. Luego de las dos horas de club en las que ellos tres tocaron hasta el cansancio, Vlad escribió relatos, Giovanna practicó danza árabe, Sorja cocinó y Almudena pintó, todos fueron a comer. Mientras deglutían casi con adoración los combos de la casa de comida rápida más cercana a la escuela, decidían qué hacer para el fin de semana: tenían que salir ese día porque el próximo sería fin de semana largo, no tendrían clases desde el jueves hasta el lunes, por lo que todos irían a ver a sus familias y Ariel se quedaría sólo en Lieblos. A él no le preocupaba porque sabía que esos días estaría ocupado volviéndose loco con el desfile de modas que se hacía el martes en la noche, pero no lo dijo para que sus amigos no se sintieran mal.

—¿Qué tal si vamos a la casa de videojuegos? Pusieron un nuevo Pump it up y un shooter de vampiros —propuso Shen, devorando un Whoopper. Almudena tragó de su gaseosa que compartía con Sorja y puso cara de asco.

—Ew, ya hemos ido allí cuarenta millones de veces. Me aburre.

Christian alzó tanto las cejas que éstas casi se tocaron entre ellas.

—Jah, lo dice la que saca el mejor puntaje.

—Eso me vale, ya no es tan divertido. Hagamos algo distinto.

Ariel masticaba su hamburguesa de pollo y lechuga en silencio mientras les observaba. Se mantenía callado, oyendo atentamente las propuestas de sus amigos sin opinar, porque a él le venía bien cualquier cosa que eligieran. Casi todo lo que hacía con ellos le gustaba, así que no tenía nunca una objeción y además, era divertido verlos deliberar y discutir veinte veces por lo mismo.

—Deberíamos ir de picnic —decía Sorja, que estaba entretenida con su sundae de fresa roja.

—Yo quiero ir a la feria de la plaza Maico, allí tienen ferias de libros y películas.

—Vlad, eso es aburrido. ¿Vamos al cine? Ah, cierto. No estrenan nada nuevo…

Al final, al menor del grupo se le ocurrió algo y dijo.

—¿Qué tal si hacemos una pijamada? Ya saben, llevamos películas que no hayamos visto, videojuegos, pizza, y nos quedamos despiertos toda la noche. Podemos hacerlo el sábado y dormir como lirones el domingo para compensar.

La verdad era que sólo lo había dicho porque nunca había tenido una pijamada con amigos y se moría de ganas por intentarlo, sólo esperaba que no se le rieran en la cara como si fuera una niñita de tres años. Agradeció en el alma cuando no lo hicieron. Sólo se mantuvieron en silencio unos minutos mientras engullían la carne de dudosa procedencia y las papas bajadas con gaseosa aguada por los cubitos de hielo antes de sonreír.

—Eh, eso no suena nada mal —dijo Christian, para sorpresa de todo el mundo que, por un instante, creyó que caerían Whoopers del cielo.

Vlad asintió con aire cómplice, brillándole los ojos de emoción.

—Tengo un montón de películas que conseguí en esa feria.

Ariel sonrió gustoso.

—Si tienes “Criaturas de la noche”, “El señor de los Anillos” y “Shrek”, yo me apunto.

—Las tengo todas, en inglés y en castellano.

—Yo llevo los juegos. Conseguí más micrófonos para el karaoke y unos CD’s nuevos —agregó Shenshen—. Tengo el de Queen, el de música de los noventa, el de pop..., tengo todos los que han salido. Y si soportan a mi hermana, pueden venir todos a nuestra residencia.

—Yo me encargaré de las bebidas —decía Christian, ya comenzando a hacer los cálculos necesarios para saber cuántas botellas debería comprar y cuánto gastaría en ellas.

Ariel aplaudió y todas las chicas le imitaron, vitoreando de alegría.

—¡Genial! Entonces yo llevo música —dijo el pequeño del grupo—. ¿Y ustedes chicas?

—Yo llevo el helado —sentenció la calabresa, antes de girarse hacia Almudena con una mirada interrogante.

—Emh… ¿Comida chatarra?

—Eso suena bien. ¿Y tú, Sorja?

—Golosinas. Y como la pizza la podemos pedir desde la casa sólo tenemos que llevar dinero.

Entonces todas las cabezas se juntaron más, planeando en conjunto la reunión nocturna del próximo fin de semana. Decidieron hacerla en casa de Shen porque era la más grande, cada cual llevaba algo diferente de comer y algo de dinero para pedir pizzas y helado. La idea era mirar películas varias, jugar al karaoke, a la alfombra de baile, a todos los videojuegos que pudieran y, mientras tanto, comer hasta reventar toda la noche. Tras haber terminado de comer y arreglar los últimos detalles, además de comparar los apuntes del día, Ariel se despidió de sus amigos, se calzó los patines, y fue volando a la Mode. Ese día tenía entrenamiento con Roger de nuevo. La fecha límite, el día D, estaba cada vez más cerca.

De sólo imaginar que cientos de personas estarían viéndolo en vivo y en televisión la carne se le ponía de gallina, pero sabía que podía hacerlo si se concentraba lo suficiente. Y, por encima de todo, tenía una motivación muy grande para hacerlo: cada paso bien dado era más dinero para él y su hermano. Por ello respiró hondo, henchido de confianza mientras corría hacia su ensayo. Roger era más estricto ahora, pero seguramente luego le compraría una golosina y lo felicitaría si lo hacía bien.


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