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lunes, 2 de agosto de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo dieciseis.

Escape.

Jean Claude estaba despatarrado en la silla reclinable de su despacho. Había tratado de completar los planos de un viejo proyecto arquitectónico relacionado con la renovación de un viejo estadio de fútbol pero no había podido concentrarse en nada que no fuera Ariel y eso estaba muy mal. No sólo porque no debía pensar en él, sino porque si no completaba alguno de sus trabajos el dinero con el que solventaba su estilo de vida se agotaría. Pero no podía evitarlo, por más que lo intentaba no dejaba de pensar en su niño. ¿Estaría bien? ¿Se sentiría solo? Tal vez debería haberse quedado un rato más con él y hacerle compañía.

“No”, se dijo sacudiendo la cabeza a los lados mientras miraba el reloj de su celular. Eran las nueve, casi diez. Ariel debía de estar preparando la cena y haciendo sus deberes antes de conectarse un rato al Messenger e irse a dormir. Debía de estar bien, no tenía por qué preocuparse, lo mejor era terminar el maldito trabajo y los planos y las instrucciones antes de que su cuenta bancaria se achicara de forma alarmante. Llamarlo y mandarle mensajitos de texto sería un desperdicio considerando que él se conectaba siempre a la misma hora: a las once. Sólo debía de esperar un poco. Mientras tanto, lo mejor era concentrarse en el trabajo, que era fuente de casi todos sus ingresos.

¿Por qué sería que no podía dejar de sentir cierta incomodidad? No, no era eso. Más bien una extraña sospecha de que algo malo pasaría, tenía el presentimiento de que algo no iba bien y no lograba comprender del todo qué era. Aún así debía calmarse, pronto Ariel se conectaría y se daría cuenta de que todo era invención suya, de su cabeza sobrecalentada.

Ya había dejado el celular junto a la PC cuando el aparato comenzó a vibrar. Al abrir la tapita el nombre de Ariel, con un corazoncito al lado, brillaba en su esplendor.

—¿Aló?

Se esperó a Ariel hablándole muy animado mientras escuchaba música a todo volumen, o quizás preguntarle algo para matemáticas, pero lo que oyó fue algo completamente distinto. El corazón y su sangre se convirtieron en hielo al oír gritos del otro lado de la línea, gritos desenfrenados, ruidos de cosas rompiéndose, vidrio quebrarse, insultos. ¿Qué demonios pasaba en la casa de su ángel?

—¡Ariel! —gritó, levantándose de un golpe mientras buscaba las llaves del auto y su saco—. ¿¡Qué diablos ocurre!? Ariel, ¡Ariel!

Del otro lado alguien le calló con un “Sshh” apenas susurrado que luego se convirtió en un suave jadeo.

—Maddy...

—¿¡Ariel!?

—Shhh —de nuevo, la voz de su pequeño le callaba—. No grites o me encontrarán. Ven pronto, por favor. No sé cuanto tiempo podré aguantar.

Mientras le oía, Mad ya estaba corriendo escaleras abajo en dirección a su cochera.

—Ariel, ¿qué ocurre? Dime qué diablos ocurre, estoy yendo para allá ahora mismo.

—Ven por favor… Fue culpa mía. No miré antes de abrir la puerta, creí que eras tú y ellos entraron...

El menor hablaba en voz tan baja, que apenas si podía escucharle y temía que estuviera herido. ¿Qué había pasado mientras no estaba? Si tan sólo hubiera hecho caso a su presentimiento y se hubiera quedado con él. ¡Si tan sólo lo hubiera hecho! No, tenía que calmarse. Dejó a los perros en la casa y abrió la puerta que llevaba al garaje casi a golpes.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?

—Tienen una navaja… y un palo de jockey.

—¡Ariel!

—Los del equipo de rugby. Los chicos que me encerraron en el baño.

En ese momento la comunicación se cortó.

—¡Ariel! —gritó Mad con todas sus fuerzas al tiempo que se subía al auto, lo encendía y salía a toda máquina de su hogar. No perdió el tiempo, mientras manejaba llamó al novecientos once y gritó, suplicante, que por favor enviaran unidades a la dirección de Ariel para rescatarle.
Estaba tan desesperado que poco le importaba que manejar y hablar por teléfono fuera peligroso, tampoco respetó los semáforos y no disminuyó la velocidad aunque había alcanzado los ciento sesenta. ¿Estaría herido Ariel? ¿Lo habían lastimado? ¡Maldición, si tan sólo se hubiera quedado con él! Esos malditos bastardos lo lastimarían a más no poder, incluso, tal vez…

Bad Mad gruñó desde donde estaba.

“Tal vez abusen de él. Es lo más probable”.

La sola idea propagó la ira por todo su cuerpo a través de sus venas, como mil cuchillas calientes clavándosele. La imagen de Ariel siendo lastimado y ultrajado por esos chicos desviados le cortó la respiración, le impidió pensar claramente a medida que se acercaba a la casa de su musa. Ariel era su niño y no había podido protegerlo. Si le hacían daño, si lo tocaban, los mataría él mismo a como diera lugar, los empalaría, los cortaría, mutilaría sus cuerpos hasta que nadie pudiera reconocerlos y destrozaría sus huesos uno a uno por haberse atrevido a violar a un ángel. La furia crecía como el fuego de un incendio hasta llegar a la casa de Ariel en lo que era una visión desoladora: la policía, una ambulancia y varios vecinos rodeaban la zona del apartamento haciendo círculo alrededor de la entrada. Mad trató de no imaginarse lo peor hasta que vio cómo retiraban un cuerpo en una camilla. No era el de Ariel, pero aún así eso tocó una fibra sensible de su ser.

—¡ARIEL! —gritó tan fuerte que más de la mitad de la muchedumbre dio la vuelta, cerró el auto de un portazo y comenzó a correr hacia la entrada, abriéndose paso entre empujones—. ¡Ariel, Ariel! Oh, maldita sea. ¡Déjenme pasar, tengo que ver a Ariel!

—¿Es usted el padre? —murmuró una voz entre la multitud. Al principio le negó con la cabeza pero luego asintió, era más fácil que explicar las cosas—. Los vecinos escucharon los gritos y llamaron a la policía. ¡Vamos, dejen pasar al hombre!

La muchedumbre le abrió paso y él corrió pisos arriba como un condenado sin escuchar a nada ni nadie, ni a la policía, ni a los paramédicos, sólo quería verlo a él. Su niño, ¿dónde estaba su niño? ¿Estaría herido? ¿Lo habían matado? ¿Habían lastimado su cuerpo puro? Como un animal enceguecido subió las escaleras hasta el tercer piso y allí, en el departamento del muchacho, se congregaba la policía.

—¡Ariel! —gritó por enésima vez—. ¿Le ha pasado algo a Ariel? ¿Está herido? Por favor, díganme qué le ha ocurrido.

Una agente joven, de aspecto cordial, se le acercó mirándole con cara de comprensión e inquirió.

—¿Es usted el padre?

—Soy uno de sus tutores —mintió, pues sabía bien que si se hacía pasar por el padre de Ariel tendría problemas—. ¿Qué ha pasado? Que alguien me explique qué demonios ha pasado.

La muchacha, cuya identificación decía “Anne”, le tomó de la mano e intentó alejarle del departamento.

—Los vecinos llamaron reportando un caso de violencia doméstica. Oían gritos y ruidos extraños, además recibimos hace poco otra llamada anónima enviándonos a esta misma dirección. Cuando llegamos, la casa estaba destrozada y encontramos tres cuerpos dentro… Señor, le seré honesta, no encontramos al niño que vive aquí. Todos los vecinos nos lo describieron y aún no lo hemos hallado.

—Pero… —no podía ser cierto. ¿Dónde estaba su Ariel? ¿Qué le habían hecho a su niño?—. ¿Cómo es eso posible? Ariel no está y usted me dice que no lo encuentran. ¿¡Pónganse a buscarlo, maldita sea!?

—Es lo que estamos haciendo, señor. Ya hemos llamado a la madrina del niño y tenemos unidades buscándole, pero primero hay que atender a los heridos.

El color desapareció del rostro del fotógrafo.

—¿Heridos?

—Los sospechosos son tres chicos menores de edad, todos estaban drogados y en estado de ebriedad… Uno de ellos tiene heridas graves y el otro, lesiones leves. El que queda fue enviado a la comisaría. Estaban armados con navajas y palos de jockey, dejaron todo destrozado. De no haber sido por el escándalo que hicieron rompiendo todo nadie hubiera llamado a la policía, no forzaron la entrada.

—Oh dios mío… Pero, pero no puede ser —estaba casi al borde de perder la razón. Drogados, borrachos, armados, Ariel desaparecido. No, tenía que ser una pesadilla—. Es imposible, Ariel me llamó mientras estaba ocurriendo todo esto. Oí los gritos, él me… ¡Me pidió que lo rescatara! Él estaba aquí, escondido. ¿Cómo puede ser que ya no esté?

Otro agente, menos delicado que Anne, le miró severo e hizo ademán de invitarle a pasar.

—Compruébelo usted mismo, señor. Temo decirle que el panorama es desolador: hay sangre en todos los rincones, en especial en la habitación.

Esa última frase tenía doble significado, lo sabía. El hombre no se refería sólo a sangre cuando había hablado del cuarto, también se refería a fluidos corporales. Eso quería decir que no había podido salvar a Ariel. Lo habían ultrajado, lo habían golpeado. Y pese a saber que entrar sólo le causaría más dolor ingresó a la casa para ver lo que ya se había imaginado: los muebles tirados, los platos de porcelana rotos, manchas de sangre por todos lados. La casa en la que había estado tomando el té hacía unas horas se había convertido en el escenario de un horrible y perverso crimen que ahora recorría con los ojos bañados en lágrimas y el corazón en un puño. Todo estaba destrozado. Cuando intentó ir al cuarto de Ariel los forenses le detuvieron pero no pudieron impedir que viera la cama donde su pequeño había dormido incontables noches, revuelta, manchada con sangre y quién sabe qué más.

“Ariel… ¿Qué te han hecho? ¿Dónde estás, mi amor?”.

De golpe tenía nauseas. Se imaginaba al niño siendo ultrajado en esa cama, siendo golpeado y maltratado por los mismos desgraciados que lo habían encerrado en el baño. Humillado, su querido ángel, su musa, pobre brotecito al que aún le quedaban años y años antes de saber lo que era la vida y le habían mutilado el cuerpo y el alma. Iba a vomitar.

—Hace bastante que no veía algo así —oyó decir a uno de los forenses, que no sabía que Mad estaba ahí—. Uno de ellos tenía varias puñaladas en la espalda y el otro cortes, pero todos tienen fluido seminal en el cuerpo… Parece que se lastimaban entre ellos mientras violaban al chico.

Otro agente chasqueó la lengua, tomando huellas digitales.

—Quizás se acostaban entre ellos de lo drogados que estaban. Pobrecito… —dijo, mirando una foto de Ariel con Angelo—. Tan pequeño y vivir algo así.

Eso terminó por matar a Mad, que corrió hacia el fregadero y escupió los intestinos allí dentro. “Tan pequeño y vivir algo así”. Su hada desaparecida, ahora debía de estar tan herida. Lágrimas corrieron por sus mejillas, molesto consigo mismo por no haberlo podido proteger, molesto con el mundo. ¿Qué Dios cruel y perverso permitía algo semejante? ¿Qué clase de ser sádico era Dios que dejaba que un alma pura como Ariel fuera acribillada de esa manera? Pronto comenzó a gritar y llorar de rabia, de tristeza, a patalear en medio de la cocina mientras que los agentes intentaban calmarle y evitar que cometiera una locura. ¿Qué otra locura podía hacer más que matar a los mal nacidos que habían hecho eso? No podía hacer nada más.

—¡Arieeel! —chillaba, aferrado al fregadero—. ¡Ariel, Ariel!

¿Por qué? ¿Por qué pasó eso? El Doppelgänger gruñó por lo bajo, golpeando la mesa de madera en la que solía tomar el té.

“Pedazo de papanatas, ¡esto es TÚ culpa! ¿No podías quedarte un rato? No, tenías que irte porque no puedes mantener la bragueta cerrada. Pues bien, aquí tienes el resultado: ¡Ariel no está y quién sabe qué le ha ocurrido!”

Mad no podía soportarlo, el sentimiento de culpa lo afectó hasta el punto de dejándose caer entre gritos y llanto por el mesón hasta estar de rodillas frente a él. Lloraba. Lloraba por Ariel, por su juventud, por todo. Por él mismo también, que ahora no sabía dónde estaba su querido niño.
Creyó que había enloquecido cuando una voz, jadeante y apenas audible, le llamó por su nombre.

—Maddy…

“Estoy loco… ¿He enloquecido, cierto?”. Tenía que salir de ahí a como diera lugar. Fue incorporándose de a poco hasta que, al dar la media vuelta para irse, algo le tomó del pie. Pegó el grito en el cielo al ver una mano blanca y manchada de sangre que salía desde abajo del mesón sujetarle con fuerza, no dejándole ir. Cayó al piso de la impresión mientras los agentes sacaban sus armas y pudo ver, en el agujero debajo del mesón, un cuerpo menudo y un par de enormes ojos azules.

—Maddy…

Por un instante, creyó que su cerebro le engañaba pero enseguida cayó en la cuenta de que todo era real. Ese que estaba ahí abajo, pálido y algo tembloroso, era Ariel. Le aferraba la pierna para hacerle ver que estaba allí, escondido, mientras que Mad sentía el mundo temblar debajo de sus pies sólo por verlo con vida. Fue como si las puertas del cielo volvieran a abrirse, como si un rayo de esperanza lleno de luz le partiera en dos de pura felicidad.

—Ariel… —jadeó a duras penas, creyendo que moriría de alegría—. ¡Es Ariel! Bajen las armas, es Ariel. Bájenlas, maldición. Ariel, ¿te encuentras bien? ¿Puedes salir?

El menor asintió con la cabeza al tiempo que uno de los agentes gritaba llamando de nuevo a los paramédicos y empezó a salir de abajo del mesón con cierto esfuerzo. Primero los brazos, despacio, luego sacaba la cabeza pegándola contra el piso mientras se arrastraba para poder escabullirse e iba abandonando de a poco su guarida. Mad no dudó en ayudarlo, tomándole por los hombros en cuanto éstos quedaron expuestos para empujarle con delicadeza hacia fuera; era obvio que Ariel estaba en una posición incómoda y que le costaba salir pero Mad no pensaba en eso sino en lo afortunados que eran en realidad el niño y él mismo. Nadie había muerto. Ariel seguía con vida y cada parte del cuerpo que lograba salir de abajo del mueble completamente entera era otra fuente de pura alegría.

Sentía cómo sus ojos se aguaban mientras que las piernas de Ariel lograban salir y el niño se ponía de pie con algo de dificultad. Lo había creído muerto por un instante casi eterno en lo que la idea de quitarse la vida le había parecido incluso dulce, abrumado por el dolor de imaginar al ser humano que más amaba muerto, herido, en manos de esos degenerados que quién sabe qué le hubieran hecho. Cuando Ariel se puso de pie pudo verlo por completo: tenía la ropa arrugada y manchada de sangre, algunos rasguños le cubrían el cuerpo y la mitad de su rostro tenía costras de sangre seca. Seguramente lo habían golpeado.

“¡Pero esta vivo, carajo, está vivo! Mi pequeño… mi amor sigue vivo”.

—Ariel… —decir su nombre y mirarle bastó para hacer caer las lágrimas que se agolpaban en sus ojos y le nublaban la vista. El menor le miraba a la cara, cansado, incluso quizás algo adolorido, pero se lo veía normal—. Ariel, estás bien. No te pasó nada, ¡no te pasó nada! No tienes idea de cuánto… cuánto…

Y sin poder resistirlo le estrechó en un abrazo, llorando por primera vez desde hacia muchos años.

—Estas a salvo —hipaba y gemía en llanto, besándole las mejillas sin poder parar las lágrimas, pese a que el niño le correspondía el abrazo y los policías querían separarle de él para ver cómo estaba—. Mi pequeño, gracias a Dios que estas a salvo.

La voz de Ariel sonó junto a su oído, enviándole un hálito de alivio.

—Pero Mad, yo no creo en Dios.

—No me importa, creeré en él por ti. Petit, temí lo peor. Creí que no llegaría a tiempo y llamé a la policía pero cuando llegué no estabas por ningún lado. No tienes idea de cómo me preocupé, ¿qué demonios hacías debajo del mesón? ¿No oíste a la policía buscarte?

—Me escondí aquí mientras que ellos rompían todo y se revolcaban en mi cama —explicó Ariel, señalándose la sangre reseca de su rostro—. Me pegaron en la cabeza con el palo de jockey. Creo que me desmayé. Reaccioné cuando te escuché gritar mi nombre.

Mad quiso abrazarlo y besarlo por más tiempo pero los policías se interpusieron diciéndole al jovencito que debía dejarse atender por los paramédicos, preguntándole cortésmente si estaba herido y qué había pasado. Tuvo deseos de gritarles que se metieran en sus asuntos, que dejaran al pequeño en paz, pero éste respondió diciéndoles que sólo le habían lastimado en la cabeza y que no tenía problemas en declarar siempre en cuando averiguaran qué había pasado con su gato Mozart.

—Lo encontramos escondido en la regadera —contestó el hombre que había dejado pasar a Mad en un tono tan poco delicado que era obvio lo ansioso que estaba por saber qué había pasado y castigar al culpable lo más pronto posible—. Cuando los doctores te revisen, declares y se presente un familiar te lo regresaremos, ¿de acuerdo?

—No necesito médicos, sólo me golpearon en la cabeza.

—Aún así, podrías tener una contusión —Mad, en un gesto paternal sacó un pañuelo que mojó con agua del fregadero, limpiándole la cara con él para quitarle los restos de sangre seca—. Deja que te revisen, no te pasará nada. Me quedo contigo si quieres.

Pareció dudar un instante, pero el niño terminó aceptando siempre en cuanto prometieran cuidar bien de Mozart y devolverle todas las cosas que encontraran en la casa. La casa estaba hecha pedazos. Jean Claude creyó que volvería a llorar al ver a Ariel mirando todos sus recuerdos y objetos preciados ensuciados, rotos, incluso pisoteados. Algunas de las pinturas estaban acuchilladas, sólo los muebles y los libros y adornos que éstos escondían quedaron intactos. Incluso corrió a su cuarto para ver qué habían hecho allí, encontrándose con fotos, papeles, dibujos y adornos tirados por doquier o destrozados con tanta saña que las lágrimas se le agolparon en los ojos. Pero Ariel era fuerte, no derramó ni una sola lágrima a pesar de que los agentes le hablaban en voz conciliadora en un intento por consolarle, repitiendo que luego de la investigación le devolverían sus pertenencias; el muchacho sólo les observó en silencio, yendo con Mad para abrazarle en una señal silenciosa de debilidad mientras que le pedía con ese gesto que le consolara.

Y lo hizo. Mad lo abrazó con fuerza y le susurró palabras tiernas, lo consoló y no le soltó en ningún momento mientras subían a la ambulancia para ser llevado al hospital por exigencia de los policías, tenían que chequearle aunque él se sintiera bien. De camino al hospital, Mad era interrogado sobre su relación con el niño y le pidieron datos sobre la familia de Ariel para saber a quién debían llamar.

—No tiene madre ni padre. Sólo a su madrina y su primo —respondía con precisión, cooperando con todo para que terminasen rápido y dejaran a Ariel en paz. El chico no quería ser interrogado, sólo quería ir al hospital, que le revisaran y todo acabase.
Por ello se quedó con él todo el tiempo respondiendo en lugar de Ariel, regañando a los oficiales cada vez que querían interrogar al chico.

Cuando llegaron al hospital, ya Chetina y Gian Luca estaba ahí. Al parecer los habían contactado a mitad de camino para explicarles lo ocurrido. La mujer aturdió a toda la sala de espera con sus chillidos desenfrenados, que Luca intentaba acallar tranquilizándola, mas Ariel se sentó en la camilla donde le transportaban como si nada y les sonrió.

—No pasa nada, estoy bien. Esto es rutina, ya verán que terminará pronto. Ahora si siguen gritando los sacarán del hospital.

Chetina estaba que derramaba lágrimas.

—Pero… Caro mio, ¿stai pazzo tu? ¿Cómo quieres que me ponga? Me llaman y me dicen que fuiste atacado, que estás en el hospital. ¡Me volví loca pensando en qué te habría pasado!

—Vaya, hablas igual que Mad —rió el menor, mirándole tiernamente—. No te preocupes. Cuando terminen de chequearme les contaré todo, ¿sí? No es tan grave.

Entre más decía esas cosas, menos se calmaban los demás, pero Mad se mantenía tranquilo. Sabía que Ariel no mentía, lo veía en la forma en que le miraba a los ojos cuando le hablaba, en la forma en que se expresaba. La verdad era que lo que más le preocupaba era que el chequeo saliera bien, que no tuviera ninguna secuela de este episodio. Una vez que los doctores le dijeran que todo estaba bien, que podía irse a casa, entonces se preocuparía por la historia que el crío quisiera contarles. Por ahora, le bastaba con saber que estaba vivo.


—Sólo tiene una contusión en la cabeza. Un antiinflamatorio le ayudará con el dolor y bajará el chichón que le quedó en el lado izquierdo de la cabeza. Perdió algo de sangre y tuvimos que hacerle unos puntos, pero sanará enseguida y el cabello lo cubrirá.

De nuevo, les atendía el doctor Moreno. Si recordaba a Jean Claude no lo dijo ni lo dejó ver, pues miraba a Chetina y al historial de Ariel alternadamente, hablando de forma profesional aunque en tono suave. Los rasguños eran cosa menor, al parecer bastaba con desinfectarlos, pero se habían concentrado en el golpe en la cabeza. Le sacaron una radiografía de la cabeza y le hicieron una resonancia para ver cómo estaba.

—Es algo raro, pero no tiene nada malo —dijo el doctor, ahora volviéndose hacia Mad y Ariel, ambos sentados en la cama. Sonriéndole al paciente, el Dr. Moreno acarició el lado bueno de la cabeza de Ariel y firmó en su libreta—. Así que en un rato puedes irte a casa. ¿No es un alivio? Eres muy afortunado, pequeño.

El susodicho correspondió la sonrisa.

—Gracias doctor.

—Gracias —dijeron Mad, Chetina y Gian Luca a coro. Tan sorprendidos quedaron que se miraron entre los tres con cara de asombro al tiempo que Ariel se reía, sentado en la cama como si nada.
El doctor también parecía divertido. La sonrisa le bailó en los ojos cuando le entregó unos papeles a la tutora legal de su paciente.

—No es nada. Sólo tienen que firmar unos papeles y pueden irse. La policía quiere hablar con ustedes pero creí que lo mejor sería que ustedes hablaran primero. A menos que quieran que los deje entrar.

Chetina se opuso sin dudarlo, al menos hasta que Ariel le tomó de la mano luciendo su expresión seria, ésa que le hacía ver como un adulto. Jean Claude no pudo evitar admirar la entereza que demostraba tener, manteniéndose firme pese al terror que debió haber sentido hacía unas horas cuando le llamó tan desesperado. En silencio, todavía agradeciendo a todos los dioses que existieran en el mundo por haberle dejado vivo, apretó la mano de su muso y éste le miró a los ojos en un acuerdo mutuo de contención silenciosa. Ambos sabían que en el fondo Ariel sólo quería llorar y llorar, pero como era costumbre, Mad sería el único en verlo derramar lágrimas.
Para Ariel eso era suficiente, no necesitaba más.

—Quiero hablar con ellos. Tengo que decirles todo lo que pasó, es lo correcto. Además, los papás de Bud y sus amigos tienen mucho dinero y los sacarán de la cárcel enseguida si no declaro. No puedo permitir eso, ¡vendrían por mí de nuevo o harían lo que quieren a cualquiera sin pagar por ello! Por favor, tía. Necesito hacer esto.

—Pero…

—¿Quieres que ellos vuelvan por mí? Porque lo harán en cuanto puedan.

—¡Por supuesto que no! Quiero protegerte. Eres mi sobrino, Ariel, tu madre te encomendó a mí para cuidarte.

—Entonces déjame hacerlo. Ella lo hubiera querido, es lo correcto. Sabes que ella decía que siempre había que hacer lo correcto.

Ariel apretó las manos de su tía con cariño, mirándola a los ojos. Sabía bien que ella sólo quería cuidarle pero era algo que debía hacer. Del mismo modo en que se había enfrentado a la esposa de Langley, tenía que enfrentarse a esto y contar toda la verdad.

—Por favor, tía. Debo hacerlo.

—Déjalo ya, mamá —dijo Luca, sentado en una silla junto a la cama de su primo—. Si él dice que quiere contarles, entonces tiene que contarles. Además si eso ayuda a que los que lo atacaron vayan a la cárcel, yo soy feliz con eso.

Chetina dudó, mirando a su sobrino a los ojos un instante. Tenía la misma mirada que su madre, decidida y fuerte. No podía luchar ante esos ojos.

—Sólo si nos quedamos contigo todo el tiempo.

Una sonrisa curvó los labios de Ariel e hizo un ademán al doctor para que haga pasar a los oficiales.

—Eso basta para mí, tía.

Una mujer de estatura media vestida con ropa común y un sobretodo ingresó, portando en su pecho su insignia de detective. Junto a ella iba un hombre muy alto y fornido de cara bastante intimidante quien también llevaba un saco y su insignia. Al parecer habían estado esperando afuera. Ariel les miró, pensando que si no fuera por esas insignias y las armas en sus cinturas pasarían por gente normal. Mad trató de no mirar al detective varón a los ojos, pues lo había visto en Éxodo un par de ocasiones. Entonces el menor contó su historia.


Al abrir la puerta, Ariel se encontró con Bud, Charlie e Isaac. Los tres tenían la misma cara de odio de antes, con los ojos desorbitados, rojos y un tufo terrible a alcohol que apenas si se aguantaba. Lo empujaron contra el piso, cerrando la puerta detrás de ellos mientras reían de maliciosamente.

—Nos vemos de nuevo, putita —gruñó Bud, mirándole a la cara al tiempo que blandía su palo de jockey como si fuera un florete y uno de ellos le apuntaba con una navaja—. No creí que sería tan fácil entrar.

—B-bud…—sabía que de ésa no iba a salir con bien si no hacía algo pronto, pero por otro lado hacer algo podía complicar las cosas el doble—. ¿Qué es lo que quieres aquí?

—Por ti nos expulsaron de la escuela —a su lado, Charlie gruñía y le tomaba de un brazo, rasguñándole. Lo estaban inmovilizando—. Nadie nos habla, todo el mundo se ríe de nosotros y mi padre casi me mata cuando escuchó que su hijo era maricón.

Ariel pasó saliva.

—Eso eres, ¿o no?

Por su osadía, Ariel ganó una bofetada que le dobló el rostro y le ardió muchísimo.

—¡Calla! Sólo te confundí con una chica, es todo. Con esa cara de nena que tienes…

Isaac, sujetándole del otro lado, soltó una carcajada y subió la playera de un Ariel asustado y sorprendido que intentaba mantener la cordura y no demostrar miedo, porque eso sólo los motivaría más. En el fondo, estaba aterrado. Sabía lo que iban a hacerle, lo presentía y la sola idea de perder su virginidad de ese modo casi le arrancó lágrimas, pero debía de contenerse.

—Mírenlo, sólo hace falta ponerle tetas —los dedos del joven deportista le recorrieron el pecho. Ariel tembló, asustado—. Pero viéndolo bien hasta su pecho tiene forma medio femenina…Parece una chica sin desarrollar, me recuerda a mi hermana.

—Sí —Charlie le miraba, con asco y al mismo tiempo con un brillo en sus ojos tan salvaje que el menor temió en serio por su integridad física—. Pero tu hermana tiene un culo para enmarcar con las manos.

Ariel contenía la respiración, teniendo a los otros tres mirándole fijamente el cuerpo. Cualquier movimiento en falso atraería más la atención de los ojos hambrientos, furiosos sobre él y desataría la debacle. Estaba aterrado, no tenía escapatoria si no le soltaban. Estaba seguro de que le lastimarían y le harían sufrir como a un perro, tal vez hasta le golpearan con el palo de jockey. Si lloraba, sería peor; si gritaba alertaría a los vecinos pero los enfadaría y adelantaría el castigo. Debía pensar algo rápido, lo que fuera, pero nada se le ocurría.

—Él también lo tiene —Bud, exhibiendo sus dientes amarillentos por el alcohol al tiempo que le sujetaba las piernas y se las abría lo suficiente para acomodarse entre ellas, acariciando los muslos blancos del menor con sus manos sucias y ásperas. Ariel sintió deseos de vomitar y cerró los ojos con fuerza, aguantando las lágrimas—. Tiene un culo precioso, lo he visto en las clases de natación. Redondo y respingón, como el de una chica. También tiene unas lindas piernas, largas como las de una modelo. Siempre quise ver cómo le quedaría una falda.

—¿Q-qué haces? —farfulló el pequeño, sin poder ocultar el temblor de su cuerpo. Pero no le escucharon.

Charlie fue quien se rió esta vez.

—¿No le faltará la polla? Quizás deberíamos ver.

Bud se posicionaba sobre él, respirándole en la boca de tal forma que podía sentir su aliento a alcohol y ver sus ojos desencajados mientras tanto el otro trataba, con manos torpes, de abrirle los pantaloncillos para desnudarle. Al principio cerró los ojos al borde del llanto, tratando de soltarse para evitar lo que venía luego de eso. Estaba bajando el cierre, manoseándole por arriba del bóxer. Gritó de horror, retorciéndose entre pataleos.

—¡Suéltame, sucio! No… No me toques. ¡Para, por favor!

Supo que había hecho mal cuando el rostro desencajado de Isaac se distorsionó más de lo que ya estaba. Uno de ellos tomó el palo de jockey y le golpeó con él. El ruido fue sordo. El dolor que sintió fue tal que todo su mundo se puso negro por un instante, lacerándole todo el lado izquierdo de la cabeza, el cuello, la cara. Todo giraba y giraba mientras que los otros tres se reían a carcajadas al ver la sangre brotar del golpe, cayendo por el piso y la frente pálida del menor.

—Lo hice suave porque quiero que estés consciente —oyó una voz que le hablaba al oído—, pero si no te callas no me importará dormirte.

De nuevo, el aliento a alcohol y ese olor tan curioso, parecido al de los conciertos a los que su madre le había llevado de pequeño. Ahí cayó en la cuenta. No supo cómo se le ocurrió hacer eso, la idea simplemente apareció en la mente del menor al darse cuenta de que los tres no estaban del todo en sus cabales. Le rodeó las caderas con las piernas y comenzó a moverse contra él, diciéndole en voz baja y ronca que no tenía por qué ser tan brusco, que podrían disfrutar los dos. Le dijo palabras guarras y miles de obscenidades que había aprendido de las novelas románticas de su tía, siempre bajando la voz unas cuantas octavas para oírse más sensual mientras que rogaba porque todo hiciera efecto.

Bud se rindió con un gemido. Les ordenó a los demás que lo soltaran y se fueran mientras que él se encargaba del chico. Pero los otros dos se opusieron, ofuscados, porque también querían probar a Ariel. A ellos les había gustado mucho el espectáculo y no podían dejar pasar la oportunidad. El pequeño, sintiéndose como un objeto pero contento al ver que provocaba una discusión, se mantuvo en silencio hasta que los tres comenzaron a gritarse a todo volumen. En ese momento arqueó la espalda y fingió gemir, sin saber como hacerlo bien por sólo haberlo leído y no haberlo hecho nunca, pero eso pareció bastarle a los otros tres.

—¿Por qué no nos divertimos todos juntos? —susurró, tratando de parecer sexy. Los demás se mostraron de acuerdo, afilando ya los colmillos—. Entonces, ¿quién es el primero?

Esa pregunta fue como dejar caer una bomba. Los tres se miraron al instante como si se odiaran de toda la vida. Parecían perros muertos de hambre repartiéndose el último trozo de carne: exhibían los dientes, tensos y con el lomo erguido, mirándose fijo. Pronto comenzaron a gritar y discutir por quién iba a ir primero.

—Yo —masculló Bud, jadeante—. Esperé mucho para esto, así que se aguantan.

—No, iré yo.

—¿Qué? —Charlie miró mal a sus dos compañeros—. No me jodan, iré yo.

Y así iniciaron una nueva pelea hasta que Ariel volvió a llamar su atención.

—Por favor, no peleen. Tengo que confesarles que soy virgen… —se relamió los labios y los otros tres jadearon, imaginando quien sabe qué cosas—. Así que… el primero tiene que ser especial. El más fuerte de los tres, ¿qué les parece?

Charlie se apresuró a hablar.

—Yo soy el más fuerte.

—Claro que no —Isaac se puso de pie, tenso—. Soy yo.

—Ustedes están drogados —Bud también se puso de pie—. Yo soy el más fuerte de los tres.

Y entonces volvieron a discutir. Después de eso se echaron uno encima del otro para probar sus fortalezas a golpes, momento que Ariel aprovechó para escapar aunque la sangre le escurría por la mitad de la cara y no podía ver. Se oían los gritos por toda la casa y él sin idea de dónde esconderse. Vio a Mozart correr hasta meterse de cuajo bajo el mesón y se le ocurrió que sería un buen lugar para meterse él también. Escuchándoles gritar, llamándole a gritos, Ariel se escondió ahí dentro lo más rápido que pudo y se acurrucó en posición fetal para que sus piernas largas no le delataran. Pronto comenzaron a romper todo, pasándose por todos los cuartos de la casa buscándole. Estaba aterrado, si le encontraban lo harían papilla, pero mantuvo el aliento y no se movió un instante, ni siquiera cuando comenzó a escucharlos revolver en su cuarto, acostarse en su cama tras romper sus cosas, a gemir entre ellos.
Quiso mantenerse despierto por más tiempo, pero se le nublaba la vista por la pérdida de sangre. Debía pedir ayuda… sacó el celular y marcó el primer número que paso por su mente. Al principio no pudo hablar, demasiado abordado de emociones al escuchar la voz de Mad del otro lado.

—¡Ariel! —gritaba el otro en el teléfono al no oírle—. ¿¡Qué diablos ocurre!? Ariel, ¡Ariel!

Le silenció con un “Shh”, apretando el aparato contra el pecho para asegurarse de que no le habían oído. Tras unos instantes, se atrevió a hablarle.

— Maddy...

Pero Mad seguía gritando.

—¿¡Ariel!?

—Shhh —de nuevo, le callaba—. No grites o me encontrarán. Ven pronto, por favor. No sé cuanto tiempo podré aguantar.

Mientras le oía, podía escuchar su cama tronando y también ruidos de vidrios rotos.

—Ariel, ¿qué ocurre? Dime qué diablos ocurre, estoy yendo para allá ahora mismo.

—Ven por favor… Fue culpa mía. No miré antes de abrir la puerta, creí que eras tú y ellos entraron...

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?

—Tienen una navaja… y un palo de jockey.

—¡Ariel!

—Los del equipo de rugby. Los chicos que me encerraron en el baño.

Con el último aliento que le quedaba, apagó el aparato y todo a su alrededor se volvió negro.


—Y eso fue todo lo que pasó —concluyó la oficial, mirando a Ariel de hito en hito a la vez que anotaba todo con precisión militar. El joven asintió con la cabeza. —Por eso dije que no necesitaba médico. Sólo fue un golpecito.

Mad no daba crédito a sus oídos. Ariel había contado la historia sin que se le moviera un solo pelo, pero lo más increíble era que se había deshecho de sus atacantes de esa manera. Él, en aquella situación, se hubiera vuelto loco de miedo. Apretó la mano del pequeño, se dio cuenta de que esa fortaleza era una máscara cuando Ariel le apretó la mano con más fuerza, temblándole el pulso. Gian Luca pareció darse cuenta también, pues abrazó a su primo murmurándole palabras alentadoras en su idioma natal, entre tanto Chetina derramaba lágrimas con cara de trauma.

—Ya verán, vamos a masacrarlos por esto. Va a haber vendetta, ¡va a haberla! Porca miseria… No van a salir limpios de todo esto —decidida, Chety apretó los puños mirando a los agentes, haciéndoles entender que deseaba justicia a como diera lugar—. ¡O dejo de ser siciliana! Quiero presentar cargos contra esos tres, no me importa que sean menores de edad. Quiero que haya un juicio.

Ariel parecía estar apunto de pedirle que no lo hiciera pero Mad intercedió.

—En estos casos, aunque sean menores de edad, los tres irrumpieron en propiedad privada, amenazaron de muerte a otra persona que también era menor, cometieron intento de agresión sexual, le golpearon y destruyeron una propiedad que no les pertenecía. Además, dejaron huellas y sangre por todos lados. Con hacer un ADN y el testimonio de la víctima y algunos testigos podrías enviarlos a la cárcel o al reformatorio, dependiendo de la edad.

—¿En serio?

—Mi mejor amigo es abogado —respondió, asintiendo con la cabeza—. Sé del tema. A partir de los dieciséis años y si el crimen es muy serio, pueden juzgarlo como un adulto.

Luca, anonadado, inquirió.

—¿Tienes el número de ese abogado?

—¿El de mi amigo? Claro. Con él como su abogado sería un caso ganado —sacó el celular y le mostró un número que el muchacho italiano anotó en su propio celular—. Se llama Ricardo Torres.

—Perfecto, gracias.

—Esto… —Ariel, que se había mantenido callado, los observó a todos—. ¿No hay forma de arreglar todo sin que se sepa? No quiero que las cosas se me compliquen en la escuela ahora que todo va bien.

En ese momento Mad se maldijo, no había pensado en eso. Por suerte, Chety logró mejorar su metida de pata.

—No te preocupes, ragazzo. Sabes que aunque esté sedienta de sangre y venganza no haré nada que te complique la vida en la escuela. Ahora, oficiales… ¿Cómo están esos bastardos?

—De momento están en observación. Ya nos hemos comunicado con la familia pero los tenemos bajo custodia para que no los saquen por sorpresa del hospital. No debe preocuparse, nos encargaremos de todo.

—Se los agradecería mucho.

Dicho esto, ambas personas le desearon a Ariel que su herida mejorara pronto y que volviera rápido a casa. Le dijeron que en la semana le devolverían sus objetos personales, porque de momento casi todo el departamento estaba siendo analizado en busca de evidencias. A Mozart debían retirarlo en la comisaría luego de firmar unas cosas. El chico les dio las gracias y los dejó ir, echándose con un suspiro sobre la cama una vez que se hubieran ido.

—Por Dios, que día…

Mad le sonrió.

—Bastante agitado, ¿eh?

—Y que lo digas. Pero lo que más lamento es haber perdido todas mis cosas, todo lo que fue destrozado que era de mi madre.

—No te preocupes, petit —con cuidado, rozó su mejilla con los dedos sin dejar de mirarle. Tanta era la felicidad de que nada le hubiera pasado, de tenerlo ahí con él—. Veremos la forma de repararlo todo. Y en cualquier caso, los recuerdos son más importantes que las cosas.
Ariel le sonrió de nuevo.

—Gracias.

—De nada.

—No, en serio, gracias. Al final sí fuiste por mí.

La mirada de Jean Claude se volvió tierna y hasta paternal, pero no hizo ningún además sospechoso al estar bajo los ojos de la madrina de Ariel y de su primo.

—Nunca hubiera podido dejarte solo. Lo bueno es que saliste con bien de todo esto.

Luca asintió con la cabeza, abrazando a su primo por la espalda.

—Mad tiene razón. Debemos estar felices de que estés bien y nada más. Ahora debemos pensar en dónde te quedaras hasta que tu casa se arregle.

Ariel frunció el ceño, volteando apenas la cabeza hacia donde estaba su primo.

—¡No pienso volver a vivir ahí!

—¿Entonces?

—Entonces te vienes a vivir con nosotros —irrumpió Chetina, con una de sus sonrisas de “está todo bien”—. Sería genial, estaríamos todos juntos y podríamos asegurarnos de que no te pase nada.

Pero para Ariel eso sería un suplicio. No por su tía o Luca, sino por el zángano asqueroso que pululaba por la casa. Sabía que se quedaría a solas con él y era algo que prefería evitar, la expresión pálida de su primo le indicaba que pensaba lo mismo, así que decidió salirse del embrollo de alguna u otra forma.

—Te lo agradezco, tía. Pero creo que lo mejor será que evitemos eso.

—Pero… ¿por qué? —murmuró ella, se la veía algo decepcionada.

—Bueno, Richard y yo no nos llevamos bien. No quiero ser un motivo para que ustedes peleen… Además, sabes que yo me quedo despierto hasta muy tarde y no hay forma en que no despierte a otro con mis ruidos. Descuida, me quedaré con un amigo hasta que consiga otro apartamento.

—Podría hablar con él, cielito.

—No es necesario.

Y así estuvo quince minutos tratando de convencerla. Tomaba las manos de su tía, mirándola a los ojos y le repetía una y otra vez que iba a estar bien por su cuenta. Sus amigos vivían en casas o pisos grandes y no tendrían problemas en hospedarlo, además le quedaría cerca de la escuela. Y no deseaba para nada ser un motivo de incomodidad para ella y Richard, claro que no, porque si él se iba a vivir con ella terminaría pendiente más de su sobrino que de su marido y Richard se sentiría desplazado. Ariel sólo quería que su tía y su marido fueran felices juntos, tranquilos como pareja.

Luego de repetir toda esa perorata dos veces, mirándole fijo a los ojos, logró convencerla.

—De acuerdo, cariño. Ay, no sé qué hice yo para merecer a un sobrino tan tierno y considerado como tú. Pero sólo por ahora, ¿está bien? Me encargaré de buscarte una casa lo más rápido que pueda, bien cerca de la mía.

—Claro que sí, tía —dijo, aunque en el fondo rogaba que no volviera a pedirle de vivir con ella.

Luca suspiró de alivio, sacando su teléfono celular.

—¿Quieres que llame a alguno de tus amigos para ver con cuál puedes quedarte?

—Aún no he pensado con quién quedarme.

Jean Claude, feliz y alegre de que todo estuviera medianamente solucionado, dejó oír una leve carcajada por lo bajo al tiempo que palmeaba los hombros del jovencito.

—Tranquilo, apuesto a que todos se pelearán entre ellos por ver quién te adopta.

—¿Tú crees? No quiero ser una molestia —farfullaba el niño, retorciéndose los dedos.

—Claro que no, yo lo haría. Te tendría en mi casa sin ningún problema.

Mad se dio cuenta de que no había dicho lo correcto cuando los ojos de Ariel brillaron. Antes de poder replicar, el niño estaba girándose hacia su tía pidiéndole por favor que le dejara quedarse con Mad.

—¿Puedo quedarme con él? ¿Puedo, puedo, puedo?

La mujer, que era susceptible a los pedidos de su sobrino querido, miró algo dubitativa a Jean Claude, aunque en sus ojos se le notaba escrito el sí. Mad se sentía en lo más hondo del pozo y en medio del aire a la vez, por un lado la idea de vivir con Ariel hasta que le consiguieran una casa era sumamente encantadora, pues podría pasar mucho más tiempo con él. Pero por otro… era en verdad un terrible problema para su juicio. Lo tendría tan cerca y tan a mano, todas las noches durmiendo sólo a unos pasos de distancia, bañándose en la misma ducha que él, comiendo en la misma mesa, conviviendo bajo el mismo techo. Si aceptaba, iba a condenarse a sí mismo a la silla eléctrica. Por ello rogaba que Chetina se opusiera, pues él era incapaz de decirle que no a su querido Ariel.

—Anda, tía. No seas mala, por favor. Con un hombre adulto y dos perros gigantes en la casa, nadie va a acercárseme mucho. Y Mad puede llevarme al colegio en el coche, no me pasará nada por el camino. También trabajamos en el mismo lugar y yo puedo cocinarle la comida a cambio. ¿No es genial?

—Es cierto y el señor Mad y Alex siempre han sido muy buenos contigo.

—No hay problema entonces —sentenciaba el menor, ya saboreando la dicha de poder convivir con Mad y practicar al máximo sus tácticas de guerra con él. Sin embargo, su tía seguía dudando.

—Pero, ¿no deberías preguntarle a él si no le incomoda tenerte?

Jean Claude deseó tirarse al río más cercano. Eso era ataque a la mala, como pasarle una bomba de tiempo sin darle instrucciones para poder detenerla. Se mordió el labio al ver cómo Ariel le miraba con ojos de cachorro abandonado mientras le tomaba de la mano, parecía estar suplicándole que le dejase vivir con él.

—Maddy… —“Dios, no me nombres de esa manera” pensaba Mad, acuchillándose por dentro al saber de antemano cómo terminaría esa frase y cuál sería su inevitable respuesta—. ¿Te incomodaría si viviera contigo?

Ante el poder de aquellos ojos y de la voz suave del niño, que le cayó encima como mar de chocolate y miel, pasó saliva, moviendo la cabeza suavemente a los costados. Estaba perdido, total y completamente perdido.

—No… claro que no, petit.

Entonces Ariel rió de gozo mientras que Mad se sentía apunto de caer en el infierno. Iba a necesitar mucha ayuda los próximos días.


Link al siguiente capitulo.

1 comentario:

Brian dijo...

Bueeeno, Mavya, aquí me tienes. Me he leído 10 capítulos de CO en dos noches... ¡record! jajajajajajaja.

Amo a Ariel... me da vergüenza reconocerlo, así que sólo te lo cuento a tí, que eres la escritora U.U Pero si lo tuviera delante lo achucharía y lo estrujaría hasta deshacerlo... jejejeje. ¡Es que es taaaaan monoso!

(Y aquí se acaba el momento cursi ¬¬)

Me gusta mucho la evolución de la historia, pese a ser ya tantos capítulos, se me ha hecho muy corta, no sé, el interés está muy bien llevado. Y con "Maddy" me parto... xDDDDDDDDDD me encantan sus diálogos interiores con Bad Mad.

Este último capítulo fue bastante desagradable y el que menos me gustó, pero no por la calidad de la escritura, sino por el tema... no te vayas a pensar. Pero me alegro de que al final al pobre Ariel no le pasara nada, la verdad es que sí.

¡Que todo vaya bien! And remeber: be patient with your mother, sweety :3

I Love... (My stamps)


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