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sábado, 21 de agosto de 2010

La Hora Secreta.

Segunda Parte:


29 de diciembre. Domingo por la noche.

Es oficial, estoy muerto. En todos estos días me han hecho entrenar como a un loco. ¡Nunca en mi vida había corrido tanto! Me hicieron trotar por todo el complejo, saltar, hacer lagartijas, pesas. Hasta me pusieron un régimen especial para que sacara músculos con muchas proteínas y cosas así. Quienes se encargan de entrenarme son Jack, un negro grande y muy fornido que se jacta de sus músculos todo el tiempo, y Himitsu, el único oriental del grupo. Jack está especializado en el entrenamiento físico y el uso de armas de fuego; Himitsu se encarga de enseñarme técnicas de lucha cuerpo a cuerpo y armas blancas. Él siempre anda cargando una vara shaolin y una katana, pero me prohibió siquiera acercarme a alguno de estos objetos hasta que mi cuerpo esté bien entrenado. Me dijo que si quería sobrevivir tenía que aprender a usar mi mejor herramienta la cual es mi propio cuerpo, en combinación con armas que me conviertan en un depredador capaz de salir airoso de una lucha contra los zombis. Por eso, hasta que no tenga una buena musculatura, sea más rápido y pueda correr mucho tiempo sin cansarme, no me va a dejar elegir una sola arma. Jack dijo lo mismo, pero él es un poco más flexible; al menos me deja tocarlas y cargarlas de vez en cuando.


También me presentaron al resto del equipo, aunque sólo recuerdo unos pocos nombres. Carlos es el médico de la cuadrilla, Ángelo quien se encarga de la electricidad de todo el complejo (él es todo blanco y tiene los ojos rojos. La primera vez que lo vi casi me muero de miedo, creí que era un vampiro o un fantasma), Mbao, es científico y estuvo con los militares pero tiene un master en psicología y se dedica tanto a dar clases instructivas sobre el enemigo como a escuchar a todos los soldados por una hora todos los días (es africano, me sorprendió ver que tenía las palmas de las manos blancas). Hay más, claro. En total, somos más de cincuenta personas que convivimos aquí, todos hombres. El coronel no permite mujeres en el fuerte, ni niños menores de dieciocho, aunque yo, con diecisiete años, soy la excepción a esa regla.


En fin, el caso es que me han hecho entrenar muy duro acompañado sólo por mis profesores, pero Jack dice que ya puedo comenzar a practicar con el resto. Ibrahim no parece estar muy convencido, lo escuché discutir con Jack y Himitsu sobre el tema, pero necesitamos ser más guerreros si queremos sobrevivir aquí, por lo que Ibrahim tuvo que aceptar. A partir de ahora podré salir del cuarto siempre que yo quiera, pero el coronel dice que me mantendrá vigilado para asegurarse de que no me pasa nada. ¿No es demasiado sobre protector? Igualmente siempre llevo la navaja conmigo siempre que salgo.


El coronel resultó ser una persona muy gentil. Si no fuera por él no me hubiera acostumbrado a esta nueva vida. Me ayuda a levantarme a la primera hora de la mañana, me habla mientras desayuno para motivarme y me pregunta si necesito alguna cosa en particular. Gracias a él me acostumbré a los horarios, a la nueva comida, a ver armas por todos lados. Ni siquiera me deja aburrirme, se la pasa tratando de mantenerme ocupado, aunque él dice que un soldado nunca debe aburrirse ni tener tiempo para deprimirse. Los primeros días sufría terribles pesadillas en las que veía a mi padre comerse a mi mamá y a mi hermano sin que yo pudiera hacer nada por salvarlos sino huir y toparme de nuevo con los muertos vivos. Siempre que soñaba con eso despertaba chillando como un loco, me da vergüenza decirlo pero también lloraba. El coronel se despertaba enseguida, me abrazaba fuerte y me decía con voz dulce que me olvidara de ello pues él me estaba protegiendo. No sé por qué, pero sentir el calor de sus brazos y escuchar su voz ronca por el cansancio lograba calmarme de un modo inexplicable, más que las viejas canciones de cuna que cantaba mi mamá. Yo lloraba hasta que no podía más, durmiéndome entre los brazos del coronel, y cuando despertaba él seguía allí abrazándome. Creo que eso fue algo muy lindo de su parte.


¡Ah, qué tonto soy! ¿No lo dije, cierto? Este cuarto es blindado y se abre con una tarjeta especial que sólo el coronel y yo tenemos. Lo mejor es que la puerta abre hacia fuera, así que, en caso de un asedio, los gules no pueden forzarla sin importar cuanto lo intenten ni tampoco los demás soldados.


Ibrahim me cuida mucho desde que llegué, siempre esta velando por mí. Sé que no debería tranquilizarme luego de lo que pasó en mi colonia, ya que tarde o temprano tendría que salir y luchar, pero lo hace… Él siempre está serio cuando estamos fuera del cuarto, pero cuando entra y me ve, sonríe de tal modo que nunca se lo ve hacer estando en otra parte del fuerte. Él es turco, me llama “hobbi” en su idioma natal aunque no sé qué significa y cuando no está planeando estrategias, contando municiones, dando órdenes o repartiendo quehaceres, pasa sus horas leyendo, aprendiendo algo nuevo o rezando. En cierto modo es divertido verlo cuando reza, aunque no entiendo ni jota de lo que hace. Su idioma suena raro, lo único que le veo hacer es inclinar la cabeza en una alfombra con dibujos apuntando al oeste. Me da mucha curiosidad, pero tengo miedo de preguntar y ofenderle.


Ibrahim no deja que nadie le llame por su nombre, exceptuando a sus segundos al mando. Parece que entre él, el médico, el albino y un muchacho más cuyo nombre no recuerdo y que siempre tenía un aparato entre las manos, hay una relación muy cercana. Ellos son los únicos, aparte de mí, que tienen permitido hacerlo. El resto le dicen “coronel” o lo llaman por su apellido, todos le tienen mucho respeto, otros sólo le temen. Debo acordarme de preguntarle a Ibrahim por Ángelo, Carlos y Mbao. ¿Qué más tengo que decir? Me cuesta un poco recordar, tengo mucho sueño… Desde que llegué aquí me he acostado todos los días a las diez de la noche, igual que en casa, pero es la primera vez que me siento tan cansado. No es un cansancio molesto, más bien me gusta estar ocupado y que mi cuerpo necesite dormir profundamente. Así no tengo pesadillas.


Ibrahim ya llegó. Me pregunto si va a meditar… Casi todos meditan o hacen algo para conciliar el sueño o no enloquecer, porque no todos los cuartos son insonorizados. Muchos tienen que taparse los oídos constantemente para no escuchar el gemido de los zombis que merodean por allí, mantenerse callados todo el tiempo porque el más mínimo ruido puede alertar a los gules de que aquí hay comida, u oler ese pestilente hedor a podrido que emana de los monstruos dependiendo hacia donde sople el viento (Otro motivo para adorar a Ibrahim es que yo no paso por eso).


Yo no medito. Quizás deba hacerlo.

1 comentario:

Lieblosem dijo...

Aaaaaaaaaay, tenia curiosidad si lo ibas a continuar o no y la verdad es que me gusta mucho!

BesitoSs!!* -3- MuacKSs!!*

::*::De Mis Dulces Labios A Los Suyos::*::

I Love... (My stamps)


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