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martes, 10 de agosto de 2010

La Hora Secreta.

Regresé y con un relato nuevo. Sí, ya sé que aún no termino con CO pero de vez en vez está bueno renovar con un relato diferente. Es corto, pero voy a ir poniéndolo en partes. Todavía no me da mucha confianza pero espero que les guste... Es un relato homoerótico dentro de un mundo invadido por zombies. ¿qué me motivó a escribir un relato HE relacionado con las criaturas de terror que más miedo me dan? Fue un descabellado intento de superar mi zombie-fobia xD Espero que les guste.

Primera Parte:

16 de diciembre, año 2.500. Lunes por la tarde.

Este es mi nuevo diario. Tenía uno cuando estaba en mi vieja ciudad pero en cuanto mi madre me entregó a los militares y cambié de vida, decidí cambiar de diario. Dejé el anterior en una caja de seguridad que me regaló el coronel para guardar mis cosas más preciadas, no traje más que mi viejo diario, la manta que me regaló mi padre luego de ir a la guerra y unas cuantas fotos de mi familia y mis amigos antes de que todo se volviera un caos. Decidí guardarlo todo para la posteridad en caso de que no sobreviviéramos para que, los futuros supervivientes, encuentren todo cuando el mundo ya no esté infestado y sepan qué pasó.

Aún no he dicho mi nombre, ni por qué estoy aquí. Vaya, ni siquiera dije dónde diablos estoy. Me llamo Aidan Matthews. Si me vieran entre una multitud de gente no me distinguirían porque tengo una cara demasiado normal y hasta algo sosa para mi gusto. Tengo ojos café, cabello oscuro tan duro que me lo corto casi al ras, rostro anguloso, y lo único que me haría destacar sería mi físico trabajado por el entrenamiento. Antes vivía con mi madre en la pequeña colonia que creamos en los alrededores de la ciudad de Michigan luego de que se desatara la plaga y la población quedara diezmada, aunque ahora habito en un fuerte militar abandonado que fue ocupado por mercenarios armados y otros supervivientes que luchan por seguir con vida el tiempo suficiente como para que nos rescaten.

Supongo que cuando lean esto en el futuro no van a saber qué pasó. Y si lo saben, seguro que serán puros cuentos como los que me contaban a mí en la escuela improvisada dentro de la iglesia sobre las grandes hazañas de los próceres, las cuales luego al crecer descubrí que, más de la mitad de lo que se decía, era mentira. Déjenme explicarles: hace veinte años se desató la peor plaga de la historia. Peor que la peste bubónica, peor que la fiebre amarilla. Muchos dicen que fue el resultado de experimentos científicos fallidos que se salieron de control, otros dicen que fue un castigo divino y varios que fue un ataque bioterrorista, el caso es que la plaga se extendió y es hoy día un flagelo que aún cuesta exterminar.

Zombis. Muertos vivientes.

Espero que cuando esto sea leído ya no existan, y que todos nuestros esfuerzos por exterminarlos no hayan sido en vano pero, si no es el caso, al menos van a saber que no estoy mintiendo. Todo comenzó con un pequeño brote en ciudades ínfimas a lo largo de diez años, controlados y censurados por el gobierno, o al menos eso dice el comandante. Al cabo de un tiempo, otros brotes consecutivos se produjeron en distintas ciudades superpobladas cuando varios zombis comenzaron a salir del lecho marino y fueron trasladándose comiendo y convirtiendo a la gente. No sé sabe qué los produjo, sólo se sabe que aparecieron y el mundo prácticamente dejó de girar. La gente huía despavorida por su vida, los muertos atacaban a cualquier cosa viva que se les cruzara para comérsela, las calles se llenaron de unos horribles gemidos que casi nunca cesaban y miles que fueron mordidos y llevados al hospital murieron a las pocas horas sólo para convertirse, matando a su vez a muchos más.

Yo no sé cómo la gente se enfrentó a todo eso en un principio, cuando no se sabía nada de los zombis salvo por las películas de terror. Nací en pleno apogeo de la invasión zombi, cuando las ciudades fueron abandonadas y la gente se trasladó a fuertes ya sea militares o creados por ellos mismos. Hoy día la gente vive de dos formas: Nómada, tanto para los que huyen como para los que se dedican a cazar a los muertos vivos y eliminarlos, o sedentaria, también para las mismas cosas. Siendo yo más joven, mi colonia fue asediada por los zombis y casi todo lo que yo conocía fue destruido. No logro recordar como fue, el coronel dice que lo reprimí por el horror que viví. Mi madre se las arregló para sacarnos a mi hermano menor y a mí pero casi nos devora vivos mi propio padre convertido. Nos había ocultado la mordida. Según el coronel, mi madre dio su vida por defendernos y ellos llegaron justo a tiempo para rescatarme. Mataron a mi padre y mamá, con sus últimas fuerzas, les rogó no sólo por una muerte limpia para sí, sino porque nos salvaran a mi hermano y a mí.

Tras eso, le pegaron un tiro en la sien.

El grupo de rescatistas estaba dividido en dos, mercenarios y militares. Luego del ataque se repartieron a los supervivientes para llevarlos a un sitio seguro o entrenarlos y convertirlos en cazadores (eso sí, sólo a los que tenían aptitudes). Los militares quisieron llevarnos pero el coronel pidió hacerse cargo de mí. Creo que al principio me negué y lloré, hasta los soldados dijeron que era demasiado peligroso dejar a un chico con un grupo de bandidos, pero él insistió en que yo era el único de los dos que podía ser entrenado para matar y juró mantenerme a salvo en su fortaleza. No sé como lo logró, pero los convenció de entregarme y así fue como terminé aquí.

Al principio estaba sumamente aterrado. El ataque me tenía paranoico, era la primera vez que yo veía a los zombis. Había crecido con la idea de que mi colonia era una de las más seguras y ahora estaba sin familia ni amigos, separado de mi hermano, y en un fuerte militar abandonado rodeado de hombres aguerridos con aspecto sumamente temible para mí. Creía que me matarían, que me usarían de carnada para zombis o tal vez, que me convertirían en su esclavo sexual como le escuché decir por lo bajo a algunos militares. Pero no ocurrió ni una cosa ni la otra, pronto todos estaban dándome la bienvenida, se presentaron con sus respectivos nombres y me dieron alimento diciéndome que debía subir un poco de peso. Algunos se peleaban entre ellos para ver quién iba a entrenarme, ya ansiosos de comenzar, pero el coronel los regañó con su vozarrón y les dijo que más les valía comportarse porque yo estaba muy asustado aún como para pensar en un entrenamiento. Los muchachos parecieron molestos, pero se sentaron a mí alrededor para preguntarme cómo me sentía, cómo era mi colonia antes del ataque y si necesitaba asistencia psicológica del doctor. No recuerdo qué les respondí.

El médico del grupo, el único que no mostró interés alguno en entrenarme, sino que fue uno de los que se opuso a mi ingreso en el fuerte, me sonrió de forma tranquilizadora pero no miraba al coronel con cara de buenos amigos.

—Él no debería estar aquí —le dijo, cruzándose de brazos de forma desafiante aunque él era dos cabezas más bajo que el coronel y mucho más menudo. Me dio la impresión de que era el único capaz de enfrentarse de esa forma al coronel por cómo le miraban los demás—. Míralo, es un chico que no ha recibido nunca entrenamiento. No debe de tener ni dieciocho años. ¿Crees que soporte la presión?

—Es uno de los nuestros ahora, y no quiero oír nada al respecto. Prometí que lo cuidaría, ¿está bien? Yo cumplo mis promesas y más si son hechas a una joven madre moribunda que dio su vida por proteger a sus hijos. A partir de ahora vamos a enseñarle todo lo que necesita saber así que les pido un poco de paciencia hasta que él aprenda.

Pues vale… Entonces muchacho, bienvenido al club.

Y así fue mi primer día en el fuerte. Todos volvieron a repetirme sus nombres en vista de mi poca capacidad para retener los rostros y los nombres de la gente, me explicaron cuál era su labor allí y qué era lo que me enseñarían. Un par de ellos me acompañaron en un recorrido por el predio para que viera las habitaciones y todo lo demás, desde la cocina a la biblioteca, el campo de entrenamiento, el sótano. Cada que podían intentaban alentarme diciéndome que si aprendía algún oficio no iba a tener que salir a pelear pero que, de todos modos, tendría que aprender a luchar para defenderme solo por si acaso. Para cuando llegó la noche estaba muy cansado. Demasiadas emociones, muchas cosas y mucha gente que se habían aparecido ante mí de forma consecutiva, estaba muerto. Ibrahim, el coronel, me sonrió al verme llegar con una careta de sueño que se caía al piso y me dijo que quizás ya era hora de dormir para mí. Me dio de comer, me dijo que no debía preocuparme por nada pues él y todos los demás se encargarían de mí desde ese momento en adelante.

El hombre delante de mí, ese que juraba cuidaría de mí, era un típico soldado: grande, fornido, de piernas y brazos gruesos, producto de las horas haciendo gimnasia. Su pecho era amplio y marcado tanto por los músculos como por cicatrices. Su rostro estaba muy tenso. Tenía la mandíbula cruzada por un corte mal cicatrizado que le llegaba hasta la oreja o al menos eso parecía bajo su barba de tres días, sus ojos negros brillaban con un refulgir curioso y contemplaban a sus subordinados con aire desafiante. Iba vestido con ropas muy curiosas y coloridas que yo jamás había visto, pero todo eso dejó de importarme cuando me miró a los ojos e hizo un gesto con la mano para pedirme que lo siguiera. Me llevó a su cuarto.

La una habitación era grande y espaciosa, tenía una cama, libros, radio, baño y una puerta que iba hacia otro sitio, pero apenas sí me fijé en todo eso cuando la puerta metálica de aquel oscuro cuarto frío fue cerrada detrás de mí y los brazos del coronel me envolvieron. Me envaré de sorpresa en un principio y me revolví, sintiéndome incómodo con que me llevasen en volandas como a una damisela. Además no me gustaba que me tocaran, nunca me había gustado ser tocado por gente a la que no conocía… Aunque tengo que admitirlo, por alguna razón temía que él me diera una paliza o algo así. No paso nada de eso, pues el coronel sólo me sentó en el borde de la cama muy suavemente.

—No grites, no te haré nada —me dijo, su voz sonaba calmada y suave, muy agradable también. Como para dar fe de que hablaba en serio se sentó lejos de mí pero sin abandonar la cama. Yo no podía hablar, tenía miedo—. No tengas miedo de hablar, este cuarto está insonorizado. Blindado e insonorizado. Aquí vas a estar a salvo de cualquier muerto viviente, arma o lo que sea.

— ¿Muertos vivien…? –Jadeé, yo no sabía que había más de ésos dando vueltas por ahí. Nuestra colonia se había encargado de explicarnos poco y nada sobre los zombis creyendo que nunca sufriríamos un ataque- ¡Jesús! ¿Hay más allá afuera?

Mi respuesta, dicha con una cara de pánico digna de una foto, le hizo reírse. Me di cuenta de que su piel era mucho más oscura que la mía, yo jamás había visto a una persona que no fuera blanca. Se quitó su boina, dejándome ver su cabello rapado al ras, e hizo una especie de reverencia.

—De esos está lleno el mundo, hobbi. No hay un rincón dónde no estén y, como has comprobado, ni siquiera las colonias son seguras.

—Lo sé —dije, acurrucándome sobre mi mismo cual si fuera una criatura—. Acabaron… Acabaron con todo. Mi familia, mis amigos, mi pueblo. No ha quedado nada.

—No te preocupes. Sé que es duro, chico, pero a partir de ahora yo voy a cuidarte. Todos vamos a hacerlo.

No le creí en un principio y él debió verlo en mis ojos, y porque estiró su mano para acariciarme el cabello y lo revolvió como si yo fuera un nene pequeño antes de echarse en la cama, mirando al techo.

—Se lo prometí a tu madre. No voy a dejar que te pase nada, lo juro por Alá. Ahora que eres un miembro de nuestra familia todos van a cuidar de ti como a un hermano, pero a cambio deberás entrenar como los demás.

Seguí sin creerle, claro, porque las palabras de los militares me rondaban la cabeza y no fui tan idiota como para no darme cuenta de que estábamos en su cuarto. Los dos, solos.

—¿Y si tú quieres hacerme daño?

En ese momento, el coronel me miró fijo, como si me estuviera estudiando. Seguramente notaba lo aterrado que estaba, todavía sin poder cerrar los ojos e intentar no ver a esas criaturas podridas, llenas de rasguños, mordidas y golpes, arrastrándose, corriendo encima de la gente a quien más quería para comérsela como un animal salvaje. Recordé a uno que no tenía ojos ni piel, uno cuyo cuerpo estaba tan podrido que se le caían pedazos de carne y gusanos de encima. Temblé. Él esbozó una sonrisa, la primera de todas las que vería, y estiró la mano hacia un buró que antes no había visto para tomar de su interior una navaja que me entregó sin titubear.

—Si algún día intento hacerte daño te doy permiso de matarme, hobbi.

—Está bien… —murmuré, confundido, mientras tomaba la daga—. No me digas así, me llamo Aidan. ¿Y tú?

—Hassan. Ibrahim Hassan.

Creo que lo hizo para que supiera que podía confiar en él. No me quedó otra opción, de todos modos, ya estaba aquí y soy el más joven. Esperaba que estar a su lado me mantuviera a salvo… Sí, estaba seguro de que estaría bien si me quedaba con él. Había algo en la forma en que me miraba que me lo decía, me daba la sensación de que no podía hacerme daño. ¿Acaso era un tonto? No lo sé.

Pasó una semana y nada malo ocurrió. Cuando no estamos en la habitación no me dirige la palabra, me deja hablar con todos, aunque de alguna forma siento que él esta allí. Además, cuando vuelve al cuarto (ah, porque compartimos el cuarto, creo que eso no lo dije ¿cierto?) es muy bueno y me trae libros para leer. Incluso me regaló este diario que ahora estoy completando. Tal vez, incluso con los zombis a nuestro alrededor, la vida no sea tan dura si nos tenemos uno al otro.

El coronel Ibrahim acaba de llegar. Me dice que pronto comenzará mi entrenamiento y será exhaustivo, dice que uno nunca debe tener tiempo para pensar en las cosas malas cuando su cuerpo trabaja mucho, que quiere que crezca sano y fuerte. Ahora está diciendo algo en un idioma que no conozco, creo que está rezando. Será mejor que yo recite una plegaria por mi familia y me vaya a dormir… Hacía mucho tiempo que no dormía sin escuchar esos horribles gemidos. Sólo aquí pude olvidarlos, al menos un poco.



2 comentarios:

Lieblosem dijo...

Hola meine Liebe, me gusto el relato, parece que ahora los diarios se estan poniendo de moda... D8 extraño escribir de alguien que excribe un diario, como sea veré como continua.

-3- Blutige Küsse !!!

Luly dijo...

Hola nena!!

Me gusta mucho este relato!! A decir verdad, también me dan como cosa los zombis xd! Ese tipo de pelis me dan entre terror y asco jajaaj!
Me mata que Ibrahim le diga Hobbi; eso si quiere decir amor... (gracias traductor de goole!!)
Bueno, sigo leyendo!
Besotes nena!!

I Love... (My stamps)


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