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domingo, 18 de julio de 2010

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo quince.

El incidente.


Jean Claude Labadie observaba impresionado el estudio de Mode. Se había esperado que fuera grande, pero la verdad que no tanto. Había reflectores y luces por todos lados, un sector dedicado por completo al maquillaje y preparación del modelo de turno, otro para los centenares de cámaras, gente corriendo y viniendo de un lado al otro. Tuvo que sacar el pecho para no intimidarse, pues él ahí era “el nuevo”, uno de los tantos fotógrafos que estaba allí a pedido de algún modelo caritativo y parecía ser que no esperaban mucho de él.

E iba a demostrarles que estaban muy equivocados.

Los gerentes de la revista y los encargados de publicidad ya le habían explicado en persona y a través de un comunicado lo que se deseaba para la campaña publicitaria. Era un nuevo perfume de Lolita Lempicka por lo que buscaban una foto que transmitiera inocencia a la vez que sensualidad y jugase con la edad, la ropa y el cuerpo del modelo para hacerle ver como una especie de hada tentadora. Su misión era sacar unas fotografías en poses sugerentes sobre la pantalla blanca para fotomontarlas luego con las imágenes de una cama de plantas unida a un árbol sobre un lago y otra de un bosque encantado. Estaba seguro de poder conseguirlo, sólo había un problema.

El modelo elegido por la empresa era Ariel.

¿Cómo demonios había ocurrido algo así? ¿Cómo se les ocurría poner a un chico como mujer? Estaba convencido de que Ariel no se hubiera negado al estar acostumbrado a tener que vestir de mujer para las fotos pero… ¿Por qué entre todos los chicos y chicas de la agencia lo habían elegido precisamente a él? ¿A él? No sabía si sería capaz de soportar la imagen de su musa cubierto simplemente por una vaporosa tela brillante, lleno de flores en el cabello y maquillado como una señorita. De sólo imaginarlo se sentía desfallecer.
En un momento de lucidez logró preguntarle al encargado de la publicidad por qué habían elegido a su modelo para un perfume femenino.

—El señor Novak lo recomendó —respondió el tipo, bajo y medio regordete pero con una sonrisa bastante contagiosa—. En cuanto lo vimos supimos que era perfecto para la campaña. El perfume se llama Lolita y la modelo no debe verse muy mayor, así que su edad y ese aire andrógino son excelentes. Aparte, es tan bonito como una chica.

Ante ese comentario Mad se sintió tentado de gritarle que su Ariel era mucho más hermoso que cualquier mujer que hubiese conocido pero, si lo hacía, lo más probable era no sólo que perdiera el trabajo sino que lo mandaran preso. Por eso ahora estaba con unos nervios tan grandes que podría haber construido un dique rompiendo maderas con los dientes. De sólo ver al otro lado de la sala a la maquilladora y al estilista preparándose e imaginarse lo que ambos convertirían a Ariel las piernas le temblaban. Pensándolo bien: ¿dónde estaba su chico? No era de llegar tarde. Estuvo a punto de llamarle cuando uno de los iluminadores gritó que el modelo había llegado y antes de darse vuelta ya estaba escuchando su dulce voz saludando a todos por su nombre.

—¡Mad!

No dudó en voltear. Ahí estaba su musa, cubierta con un abrigo negro que le llegaba a las rodillas y el cabello recortado. Ahora tenía dos mechones cortos enmarcándole el rostro, el flequillo un poco más corto, y se había hecho un par de trenzas justo sobre las orejas. El resto de su cabello estaba ondulado.

—¿Ariel? —musitó, sin poder creérselo. Un sonrojo cubrió sus mejillas al darse cuenta de que la voz le había salido en hilillos.

El menor sonrió. También estaba ruborizado, tanto de expectativa como de pena por haberse vuelto de repente el centro de atención para varios de los presentes, no sólo para Mad. Almudena ya le había dicho que era probable que eso sucediera, por lo que Ariel procuró mantener la calma y seguir sonriendo mientras caminaba a paso firme y largas zancadas sin sacarle los ojos de encima a quien quería conquistar. Luego de pedirle ayuda a las chicas, Giovanna entabló una cruzada en todas las tiendas de ropa de marca que pudieron alcanzar con el poco tiempo que tenían ese día, le había hecho comprarse ropa de todo tipo, de variados cortes y colores, mientras que Sorja se encargaba de hacerle el cambio de look. Al verse en el espejo le costó reconocerse. El corte de flequillo y las mechas junto a su rostro le daban mucho estilo y lo hacía verse mayor, aunque también lo volvían un poco más andrógino. El fin justificaba los medios, o al menos eso dijo Gio cuando le hizo comprar perfumes de aromas exóticos.
En ese momento llevaba puesto el de frutillas con champaña. Y su amiga calabresa le había elegido por ropa unos microshorts de jean Armani y una playera larga con escote en V, algo holgada, blanca con triángulos de colores. Sin duda no era ropa que él soliera usar, pero estaba empeñado en conquistar a Mad y según su amiga tenía que hacer resaltar sus atributos como las piernas, el trasero, o los ojos. Lo único malo de todo eso fue tener que cubrirse con aquel abrigo cuando el clima estaba pesadísimo, pero no quería tener problemas en plena calle, deseaba quitarse eso más que nada pero primero que todo tenía que ir con Mad y darle un beso.
Y lo hizo. Como siempre que le veía le saludó efusivamente, colgándosele del cuello para darle un sonoro beso en la mejilla mientras que el adulto no tenía idea de a qué reaccionar primero. ¡Ariel estaba precioso! ¿Qué iba a hacer? ¿Saltarle encima cual animal encelado o pasar saliva, respirar hondo y sonreírle como si no pasara nada? En efecto, eligió la segunda opción por ser la única que lo alejaba del manicomio o de la cárcel.

—Hola, precioso —le dijo al menor, tratando de no abrazarlo demasiado mientras aspiraba su aroma. Qué delicia, llevaba un perfume distinto al que acostumbraba pero no dejaba de ser exquisito y dulce—. Ya estaba preocupándome de que no llegaras.

—Salí más tarde de la escuela, tuve música hoy —mintió descaradamente, quizás por primera vez con un motivo concreto—. ¿Tuvieron que esperarme demasiado?

—No tanto, tranquilo. A ver, ahora quítate ese abrigo y ve con los estilistas que tienen que prepararte. ¿Seguro que quieres hacer esto?

El niño asintió con firmeza, a tiempo que se quitaba el abrigo negro. Mad casi sufrió cuarto infartos seguidos al verlo con esos pantaloncitos en extremo cortos y ajustados y esa playera de mangas cortas. Era demasiada piel expuesta para su salud mental, las piernas de Ariel largas y torneadas ofrecían un espectáculo digno de quedarse a mirar… al menos para él.

—A-ariel… —se maldijo porque la voz le salió ronca—. ¿Y… ejem, y esa ropa?

El muchacho hizo un esfuerzo por no ruborizarse y responder sin delatarse.

EmhGiovanna me la regaló. Decía que nunca la usaba y esto… ¿me queda bien? —inquirió al fin, incapaz de mantener la mentira demasiado tiempo, por lo que lo mejor era irse por la tangente y cambiar de tema—. No es lo que suelo usar, pero está bonita.

—Te queda perfecto…

El Doppelgänger en su interior se deslomó de la risa dejándolo en un estado de shock repentino que se convirtió en una poderosa jaqueca. Primero, tenía que soportar ver a Ariel vestido así pavoneándose inocentemente por toda la maldita sala y encima lo tenía al otro loco en su cabeza reventándole los tímpanos con unas carcajadas que podrían dejar sordo a cualquiera.

“¿¡Perfecto!?¿Perfecto dices? Eso es quedarse corto, mi querido Mad. ¿Por qué mejor no le dices que se ve tan apetecible que podrías arrancarle esos pantaloncitos y violarlo toda la noche sin descanso? Vamos, admítelo, ya estas imaginándote las escenas triple X?

“¡Bad Mad, por favor! Es un niño. No puedes pensar esas cosas de un niño”.

“Pero las piensas. Oh, vamos. Yo sé que muy en el fondo de tu retorcido corazón las piensas y te encanta que Ariel exhiba la piel… Cuando no hay nadie más que tú para verle”.

Esa era una verdad irrefutable y lo sabía con toda el alma. Las nuevas ropas del niño le encantaban pero odiaba la idea de que estuvieran ambos en el mismo cuarto con un montón de personas y no solos, así podría perderse en el espectáculo de sus piernas expuestas sin temores y sin que nadie más viera a Ariel. No soportaba que otra gente lo viera, sentía unos celos casi animales desgarrarle el pecho al notar las miradas apreciativas de ambos sexos, el leve destello lascivo en esos ojos. Ariel era suyo, maldita sea, y nadie más que él podía verlo así.
“¡Dejen de mirarle, carajo!”.

Empero, tuvo que obligarse a sí mismo a calmarse mientras Ariel se sentaba frente a él y le sonreía de forma tierna, como siempre, para que él no viera que tenía la mandíbula tensa y los puños apretados.

—Te queda muy bien en verdad —dijo, medio obligándose y medio diciendo la verdad—. Pero deberías ir a prepararte… ya sabes, para las fotos. Así no tomará tanto tiempo.

—Está bien. ¿Qué tengo que hacer? —Mad sonrió, recuperando un poco de su modo tranquilo y afable de ser antes de sentarse a su lado junto a la silla en donde el estilista le ponía un spray con un olor en verdad penetrante y su asistente preparaba la máquina buclera.

—¿Ves a esa cama que esta allí? —inquirió y señaló la hamaca que se había colgado en medio del escenario, enfrente de la pantalla blanca. Esa vez iban a usar un paisaje montado con computadora. Ariel asintió sin dejar de mirarle, regañándose en su fuero interno al no darse cuenta si había causado algún efecto en Mad o no con su nueva ropa—. Bueno, sólo tienes que treparte y posar. Y luego, en aquel árbol de ahí —señaló un pequeño árbol falso delante de otra pantalla blanca—. Lo mismo, pero sentado. Es para perfume femenino, así que usarás un vestido y tienes que transmitir cierta sensualidad. ¿Crees que puedas?

—¡Sí!

De nuevo, la sonrisa de Ariel calmó al demonio que gritaba en su interior por el jovencito. Mientras le platicaba los pormenores sobre la publicad, lo que se esperaba de las fotos y cómo lo vestirían, observaba la forma en que cambiaban el peinado de su niño y su cabello pasaba del leve ondulado que llevaba ese día a un curioso pero no menos atractivo manto de bucles bien definidos. En sus fantasías Ariel solía aparecer con el cabello algo ondulado, pero nunca se le ocurrió imaginárselo tal y como estaba en ese momento. Por un instante, entre el momento en que le aplicaban laca para mantener el volumen de las hebras negras y algo de fijador, Mad se sintió perder en esos cabellos. Apenas en las raíces estaba un poco lacio, pero casi de inmediato esto cambiaba por unos bucles curvos y perfectos sobre los que hubiera podido dormir, a los que hubiera podido besar y acariciar. No entendía cómo podía volverle loco el mero cambio de sus cabellos, pero quizás era porque pertenecían a Ariel que le importaba tanto.

—¿Mad? —el menor, que había estado escuchando a Mad atentamente, se extrañó de que él se le hubiera quedado mirando fijo sin decir nada. ¿Acaso había surtido efecto? ¿Estaba produciendo algo en él? La sola idea tiñó su cara de rojo, aceleró su corazón, pero en ese momento no podía dejarse llevar cuando había trabajo de por medio. Por más que le doliese, el dinero venía primero si quería ayudar a su hermano y comer todos los días—. ¿Me decías? Te quedaste tildado.
Sólo entonces el otro reaccionó, pateándose en su fuero interno por haberse dejado llevar.

—Nada. Sólo da lo mejor de ti como siempre, ¿vale? Recuerda que somos un equipo.

—Claro —una sonrisa, y de nuevo Jean Claude se recompuso en parte—. ¿Vamos a visitar a Alex luego?

“Mierda” apenas dijo eso, el muchacho quiso morderse la lengua. No estaba bien que hubiera una relación tan familiar entre un fotógrafo y su modelo, aunque muchos de los presentes sabían del tema, pero aún así, si no deseaba crear habladurías o dificultarle las cosas a su amigo e intento de conquista, tenía que aprender a morderse un poco la lengua. Mad pareció notar su conflicto interno, por lo que le palmeó el hombro y le sonrió tiernamente.

—Tengo unos trabajos más, así que saldré dos horas después de ti. Adelántate, creo que quiere proponerte unas nuevas fotos. Ah, y querrá saber como te va en la pasarela.

Ariel hizo un mohín.

—No me hagas recordar eso… me pone muy nervioso imaginarme delante de tantas personas y cada día falta menos para el desfile.

—¿Ah sí? Cierto, si mi memoria no me falla, faltan dos meses. Aún tienes tiempo para practicar, relájate.

Antes de que Ariel pudiera responderle, una de las tantas asistentes de los tres estilistas encargados de embellecer al niño le dijo que era hora de vestirse. Había que poner primero el vestido y después el maquillaje, para que luego no se le corriera la pintura y nada se manchara. Pidiéndole disculpas a Mad, Ariel se dejó llevar hasta el biombo enorme que hacía las veces de vestuario, donde le dijeron que se desvistiera. No era idiota, había buscado publicidades de aquel perfume y al ver que le harían usar un vestido había ido preparado llevándose unas calzas recortadas de color blanco en la mochila. Exigió terminantemente, como el hombre que era, que le dejaran tener eso puesto debajo del vestido. ¡Era un chico después de todo, caramba! Y tras cinco minutos de discutir, mientras se quitaba la ropa, logró que las mujeres accedieran. Arriba de las calzas se puso el vestido hecho de gasa coloreada en rosa, verde y azul, bastante transparente a decir verdad. Tenía unos toques brillantes muy bonitos, caía bastante suelto, llevaba tajos que dejaban relucir en exceso las piernas y el escote era tan suelto que si no tenía cuidado se notaría que no tenía pechos.

Tras acomodarle el vestido de la forma correcta, y atárselo a la cintura con una cinta de raso color celeste, comenzaron los preparativos: una de las mujeres comenzó a ponerle un gel con purpurina blanca y algo azulada en brazos, cuello, y piernas mientras que la encargada oficial del maquillaje aplicaba la base de color a la cara para darle un tono natural. Al tiempo que la tercer asistente se dedicaba a colorearle las uñas de un tono similar al del vestido, la maquilladora le pintaba los labios de rosa y luego de rojo para darle un tono sensual, aplicaba rubor rosado en sus pómulos, le arqueaban las pestañas, en fin, lo estaban convirtiendo en toda una princesa de cuentos de hadas.

Ariel no lograba comprender cómo iba a verse “natural” estando lleno de cosméticos por todo el cuerpo, cuando lo natural era estar con la cara lavada, pero no dijo nada ya que todas estaban poniéndole mucho empeño. De nuevo ingresó el estilista al biombo y, mientras le daban toques de purpurina en la cara y arreglaban los últimos detalles, volvió a ponerle un producto con un olor horrible en todo el pelo y empezó a engarzarle flores al tiempo que se lo peinaban. Iba a llevar trenzas atadas sobre las sienes cargadas de flores.

“Para eso hubieran dejado las de Sorja, la verdad” pensaba el niño, sintiéndose como un juguete con ropa intercambiable como los últimos modelos de Barbie.

Agradeció con toda el alma cuando el proceso terminó. Nunca se acostumbraba del todo al trato de estilistas, maquilladores y demás gente que se encargaba de ponerlo bello. En Alchemy siempre habían sido dos personas: Antoine y Xing Ming, con quienes aprendió a llevarse muy bien y a cuya rutina se logró acostumbrar, pero ahora le tocaba gente distinta en cada sesión, cada uno con su propio séquito de asistentes, y todos trabajaban de una forma diferente, además de que lo manoseaban como si fuera una muñeca y algunas veces, le quitaban todo el maquillaje por un simple desperfecto sólo para volver a colocarlo todo otra vez.

Esperaba no tener que vivir en el mundo del modelaje por siempre.

Cuando abandonó el biombo lo hizo con la mente fija en su trabajo, que era lo único en que debía pensar para poder hacerlo bien, pero no pudo evitar intimidarse cuando todos le contemplaron de forma tan apreciativa desde donde estaban. Incluso Mad estaba mirándole boquiabierto, cosa que le gustaba y lo apenaba, todo al mismo tiempo. Se preguntaba qué pasaba en la mente del fotógrafo y si lo que veía le gustaba o le repugnaba.

Para Mad las cosas eran diferentes, aunque también estaba en una interrogativa interna: ¿Salía corriendo al baño más cercano o se le arrojaba encima como una hiena a un cachorro abandonado? Nunca la tentación de tomar al chico había sido tan grande. Frente a él estaba su musa, su querido niño que le robaba noches de sueño y se colaba en todas sus fantasías hasta hacerle despertar con una erección tan dolorosa no lo podía ni soportar. La herida en su entrepierna le punzó al mismo tiempo que el calor en sus testículos se fue incrementando.
Ahí estaba su hada más hermosa que nunca, su precioso Niño Dios idéntico a como lo había visto en ese sueño loco: telas vaporosas, piel expuesta, flores y brillo deslumbrante en todo su cuerpo. Hubiera dado el alma por poder tomarlo entre sus brazos y llevárselo lejos de ese montón de gente inepta que no comprendía la verdadera belleza de lo que ahora miraban con envidia, deseo, admiración o sorpresa. Ellos no podían ver la beldad divina que Ariel escondía tras su belleza, tras la cáscara que era su exterior… No podían percibir la luz que emanaba su piel blanca y por eso quería llevarse a su Dios al jardín trasero de su casa, construirle allí un altar y un lago donde poder venerarle y hacerle ofrendas constantemente.

Ninguno de los presentes merecía ver eso. De hecho, ni él mismo se sentía digno de contemplar la encantadora imagen de su hada en todo su esplendor, observándole con los ojos brillosos y las mejillas sonrojadas de esa forma tan tierna. En el interior de Mad el deseo luchaba contra la cordura. Uno le decía que tomara a Ariel entre sus brazos y lo alejase de toda esa gente para hacerlo suyo hasta la mañana siguiente y la otra le decía que se calmase, que era sólo un niño pequeño que no buscaba provocarle y que aunque pudiera sacarlo de ese lugar sin que lo atraparan, aún no estaba en condiciones de tener relaciones sexuales. Su sexo, más dolorido que de costumbre, se lo decía con las punzadas que aquejaban cierta zona en particular al punto que deseó por un instante tener un sueño como el que tuvo durante la fiesta de Ariel. Tan intenso que le hizo olvidarse incluso de dónde estaba, llevándole a un mar de sensaciones inimaginables.

“Bien, Mad. Relájate, hay que hacer el trabajo. Hay que hacerlo, hay que hacerlo”. Pensó, utilizando luego el mantra que aplicaba cuando se sentía superado. “Sólo tiene catorce años, sólo tiene catorce años, sólo tiene…”.

La voz de Ariel le hizo despertar.

—¿Mad? ¿Te sientes mal?

“No querido, sólo que me vuelves loco. Pero no te preocupes”, pensaba, respirando hondo un par de veces. “Se me pasará enseguida”. Consciente de que no podía decir aquello, tuvo que obligarse a sí mismo a sonreír y aproximarse al pequeño para mirarlo más de cerca. Esa vez usó su visión de artista, aunque el monstruo en su interior y su Mad interno gritaran y patalearan ardiendo de pasión, e intentó concentrarse en lo suyo mientras miraba al niño pensando cómo sería mejor fotografiarlo.

—Estás precioso. Sí, definitivamente —sonrió, complacido por el sonrojo natural que cubría ahora las facciones del niño que se sentía apenado por estar bajo la mirada del fotógrafo—. Una belleza. Nadie resistirá comprar el perfume cuando tú estés promocionándolo.

Ariel agachó la cabeza, rojo como un tomate.

—Gracias, Mad —se sentía tonto, pero el corazón le latía fuerte—. Bueno, ¿comenzamos?

—Aguarda —Mad hizo una seña con las manos y pronto las luces que enfocaban a los escenarios cambiaron de tono. Uno debía ser más claro y el otro más oscuro—. Ya. ¿Listo para convertirte en un hada de ensueño?

Lo había dicho de broma pero Ariel se lo tomó en serio y con una sonrisa picarona encantadora, le hizo un guiño y respondió:

—Nací listo, Maddy.

Lo siguiente fue acomodar las cámaras y que el modelo se pusiera en posición. Mad murió de celos cuando uno de los asistentes tomó a Ariel de la cintura para alzarlo en un intento por subirlo a la hamaca donde debía de posar. ¿Es que nadie entendía que el único que podía tocar a su Ariel era él? ¿Era un concepto tan profundo que nadie parecía captarlo? Sin embargo sacudió la cabeza e intentó no pensar en ello para concentrarse por completo en su trabajo. Era necesario porque, a pesar del amor y los celos que sentía por el pequeño, su sueño era llegar a ser fotógrafo y cumplir con los estándares de la Mode era lo primero.

—Muy bien, pequeño. Ahora recuéstate sobre la cama y mira hacia la cámara. Danos un poco de seducción inocente.

Aquella sesión de fotos fue una tortura. Ariel posaba sobre la hamaca con una soltura y una sensualidad que no se hubiera imaginado jamás en una criatura inocente como él, mirando fijo a la cámara o enfocando a los costados con una expresión sexy mientras que una de sus piernas pendía por el borde de la cama y apoyaba la cabeza sobre sus brazos estirados como si solo estuviera intentando dormir. A cada minuto el deseo crecía más, las ganas de ir hasta esa bendita cama para abrazarlo con todas sus fuerzas y probar esos labios nunca antes tocados, el deseo inconmensurable de llenarse las manos de purpurina sólo por recorrer su piel con las manos y luego desgarrar el vestido con los dientes para poseerle allí, delante de todos, y que vieran que era suyo y de nadie más. Ariel se sentaba sobre la cama, hamacándose con las piernas cruzadas y un dedo sobre los labios, se ponía boca arriba con una sonrisa mientras estiraba una mano hacia la cámara con una pierna colgando y la otra doblada sobre la hamaca. Ariel estiraba una pierna, flexionaba la otra, sonreía o miraba a un costado, doblaba los brazos, se inclinaba para adelante. Ariel, Ariel, Ariel, cada pensamiento de Mad se enfocaba en él, en imaginarse a sí mismo haciéndole mil cosas, besándole y adorándole, tomándole suavemente o con rudeza, enredando los dedos en sus cabellos.

Lo que Mad no sabía era que Ariel estaba siendo seductor a propósito, porque quería atraer su atención. El menor buscaba que le mirase sólo a él, que se diera cuenta de lo que sentía y no sintiera atracción por ningún otro modelo. Y bien que lo había logrado, pero no tenía conciencia de la locura que provocaba en la mente de Mad.

El mayor lo deseaba tanto, tanto que no podía ni soportarlo.

“¿No es encantador?
”, decía el Doppelgänger, mirando la escena de brazos cruzados en el pequeño cuarto de té donde habitaba. “Dan ganas de subirse a la cama y montarlo hasta que la hamaca se rompa sola”.

“Oh, no”, ahora estaba respirando entrecortado, imaginando. “Cállate, por favor, cállate”.

“Pero si es la pura verdad. Te imaginas a ti mismo arrancándole la ropa y profanando cada rincón de su cuerpo, probando cada palmo de piel con la lengua para hacerlo gritar tu nombre. Quieres oírlo gemir para ti, ¿o no?”. Mad cerraba los ojos un instante e intentaba sacar las fotos. “Mira esas piernas. Deseas tenerlas frente a ti para besarlas y morderlas, quieres estar entre ellas y que te rodeen las caderas. Ya te lo imaginas gimiendo con esa vocecita que tiene”.

“¡Cállate!”.

“¡Maddy!
”. Bad Mad imitaba la voz de Ariel, reproduciendo los que serían sus gemidos tan bien que las imágenes se armaban solas en la mente de Mad causando estragos en su entrepierna, donde la excitación y el dolor batallaban a ver quién era el más fuerte. “Maddy… así, hazlo más fuerte… ¡Mad!”.

Gracias a eso, la tarde pasó dolorosamente lenta. Muy lenta. Deseaba que los minutos pasasen más rápidos, que no fueran tan lentos o no iba a poder resistirlo por mucho tiempo. El deseo reprimido crecía de forma constante haciéndole delirar con sus fantasías mientras los flashes iban y venían en el cuarto al tiempo que Mad se imaginaba a su Dios posando de esa manera para él sobre las sábanas de seda de su alcoba. Lo imaginaba tal cual, estirado sobre su cama con el cuerpo cubierto sólo por la hermosa mata de cabello ondulado y las sábanas sobre sus partes pudientes, llamándole con sus labios pintados de rojo, mirándole de esa forma sensual a la par que gateaba hacia él y le pedía que lo hiciera suyo.

En algún momento la sesión de fotos terminó pero él no se daba cuenta, pues sólo podía mirar la manera encantadora en que su hada estiraba sus piernas semidesnudas y cubiertas de purpurina para bajar de su cama colgante. Mad no tardó más de medio minuto en dejar la cámara en su soporte e ir a socorrer a su niño cual si fuera una damisela.

—Permíteme —musitó, aspirando su aroma hasta llenarse los pulmones. Ariel le miró con una sonrisa tímida y asintió. No es que la hamaca estuviera demasiado alta como para bajarse pero temía romper el vestido en el intento y además ahora tenía una excusa para tocar a Mad y tenerlo pegado a su cuerpo aunque no fuera más que unos minutos.

Estiró ambos brazos para rodear el cuello del mayor, pegando su cuerpo contra el de él a la vez que Mad lo tomaba de la cintura con ambas manos. Para ambos eso fue un deleite. Ariel sintió cómo se le aceleraba el pulso al tenerlo tan cerca, embriagado de su calidez, de ese perfume exquisito que Mad usaba y por tener ese pecho musculoso tan cerca del suyo junto con esas manos firmes en su cintura. Hubiera deseado que en vez de tomarle, esas manos lo abrazaran y lo acariciaran hasta hacerle soltar suspiros de placer, como en las novelas románticas que su tía leía y que él mismo le había robado. Muy a su pesar, todo lo que sabía del sexo, de lo que producía en el cuerpo y las sensaciones que causaba, lo había aprendido de ahí.
Mad también se embriagó con el aroma de Ariel, fascinado con las nuevas fragancias que brotaba de su piel. Fresas y champagne, ¿había aroma más delicioso? Deseó bañarlo en champagne para poder comérselo a lametazos, cubrir de fresas su cuerpo desnudo para poder engullirlas e ir desnudándole poco a poco. Quiso abrazarle por siempre, para que nunca más pudiera separarse de su cuerpo cálido y su aroma. Pero como siempre, el deleite acabó cuando el muchacho quedó al fin en el suelo, rojo cual tomate y las estilistas lo arrastraron al biombo para ayudarle a cambiarse. Jean Claude, que estaba casi en el mismo estado, farfulló un par de incongruencias antes de salir pitando al baño más cercano y encerrarse en un cubículo en un fallido intento por serenarse. Con todo entre más lo intentaba más recordaba las poses de Ariel, sus piernas desnudas, sus ojos fijos en él y la curva de sus labios, el cabello suelto…

Lo veía en un lecho cubierto de pétalos de flores. Ariel estaba allí echado con el cuerpo estirado cuan largo era, desnudo y perlado por gotitas de rocío mañanero. Las flores se desmadejaban en su cabello, dándole una belleza tan pura que hasta el menos creyente hubiera estado seguro de que un ángel había caído del cielo. El chico alzaba los brazos, llamándole, pidiéndole que fuera a por él con una voz tan ronca y sensual que se le derretía hasta el tuétano e inmediatamente se arrastraba hacia ese cuerpo puro que nunca nadie había tocado. Lo acariciaba, desde la punta de los pies hasta las sonrosadas mejillas, le dedicaba tiernos besos por toda su nívea piel para beberse el rocío y su hada suspiraba extasiada por aquellos mimos, contoneándose sensual sobre su lecho mientras que le pedía más. Y Mad no podía sino obedecer a sus peticiones pues su hada lo tenía completamente rendido a sus pies, obligándole muy gustoso a besar la línea de sus caderas, a lamer el pozo del ombligo y subir con manos y labios hasta su pecho para dedicarle miles de atenciones. Ariel gemía debajo de él con cada roce, excitándose de forma lenta y tortuosa entre tanto Jean Claude lo acariciaba para hacerlo padecer de gozo hasta que no lo soportaba más y entonces, sólo entonces, su hada le rodeaba las caderas con las piernas suplicándole con ojos acuosos que lo tomara ahí mismo.

Mad obedecía, por supuesto. Porque era su esclavo, el esclavo del hada divina que lo hechizó con su belleza, con su canto, que lo doblegaba con el mero poder de sus ojos cual lago cristalino, y como esclavo que era cumpliría cada capricho de su hada joven y asexuada. Se hundiría en sus carnes, profanándole muy despacio con sus ojos enfocados en la expresión de placer de Ariel, y una vez que estuviera por completo hundido en el inexplorado paraje de su cuerpo lo tomaría una y otra vez, suavemente y con ternura, buscando darle el mayor placer a su hada, que gemiría de placer debajo suyo entre los pétalos del lecho hasta que fuera demasiado insoportable para ambos y gritaran al cielo gracias al éxtasis.

Antes de darse cuenta, Mad tenía la mano metida en sus pantalones. Se apretaba con fuerza por debajo de la ropa interior, ya sin sentir otra cosa que placer por la masturbación y dolor en su miembro de lo duro que estaba, sin poder pensar en nada más. Se repantigó contra la puerta del cubículo, apretando los dientes con fuerza entre jadeos, su mano subía y bajaba cada vez más rápido a la par que se imaginaba a sí mismo abriéndose paso por el cuerpo del niño, haciéndolo gemir, enrojecer, obligándolo a gritar de placer mientras lo poseía lento y suave, fuerte y profundo, marcándole a besos y mordidas el cuerpo como de su propiedad. El orgasmo llegó muy rápido, quizás demasiado luego de tanto tiempo de abstinencia, pero fue tan fuerte y liberador que todo su cuerpo se volvió gelatina un buen rato, apenas si pudiendo respirar. Sólo al abrir los ojos se percató del escozor que ahora sentía en su herida a medio curar y que estaba completamente empapado de sudor, pero eso no importaba demasiado. Lo mejor era liberarse de toda esa tensión antes de cometer una locura.

Luego de lavarse las manos y la cara, volvió a la sala para encontrarse con el Ariel de siempre. Llevaba la misma ropa con la que había ido al trabajo, salvo por los restos de purpurina que le habían quedado en la cara, las manos y el cabello, que seguía ondulado. Ver la sonrisa que Ariel le dedicó al entrar bastó para alegrarlo y hacerle sentir culpable, todo al mismo tiempo. Cuando el menor le preguntó otra vez si lo esperaba para ir a ver a Alex tuvo que declinar la oferta, consciente de que si aceptaba no pensaría más que en él y sus próximos trabajos serían un fiasco.

—Ve tú primero, mon amour —le dijo, dándole un beso en la frente mientras nadie miraba. Ariel se estremeció sólo de sentir sus labios—. Así de paso te quitas la purpurina y te arreglas el cabello, ¿bien?

El menor hizo pucheros.

—¿No me quedan bien los bucles?

—Claro que sí —exclamó enseguida quizás demasiado alto, pero temía que Ariel pensara que se veía feo—. Estas hermoso, total y completamente hermoso. Pero creí que te gustaría tener otro look.

—No está tan mal —un encogimiento de hombros y de nuevo esbozaba esa sonrisa que sacudía el mundo de Jean Claude—. Me siento medio femenino con el pelo así, pero se ve bonito. De todas formas le preguntaré a Alex si puedo lavármelo hoy mismo… me pusieron muchos productos y temo arruinarme el pelo si lo lavo en el mismo día.

—Haces bien en preguntar. ¿Imagínate si de golpe te salieran canas y te queda el pelo blanco como a un anciano? ¡Dios nos libre! —gritó, poniendo cara de drama mientras que Ariel se llevaba las manos al estómago y se retorcía de pura risa.

—Qué malo eres. ¿Yo? ¿Canoso? Apuesto a que el que se quedará canoso primero serás tú.

Ante esto, Jean Claude se llevó ambas manos al corazón y fingió desfallecer en la silla junto al muchacho.

—La boca se te haga a un lado, ni lo menciones. Todavía no superé la crisis de los treinta.

—Emh, pero según lo que me dijo Alex aún no has cumplido los treinta. ¿Cierto?

—No, aún no… Pero de sólo saber que me falta tan poco tiempo sufro la crisis por adelantado.

—Oh vamos, ¿no vas a decirme que eres de ésos que le tienen miedo a los cumpleaños, o si? Para mí no hay nada mejor que crecer y ser más grande.

—Eso, querido… —respondió con una sonrisa bonachona. Estiró su mano para jugar con uno de los bucles del pequeño, asombrándose con lo suave que era, cosa que no parecía molestarle a Ariel—. Es porque aún eres pequeño y, a tu edad, todos queremos ser adultos para hacer lo que queramos. Pero cuando llegas a los veinticinco ya se te aflojan los calzoncillos del miedo, créeme.

—Pero envejecer es algo normal. Como las canas, las patas de gallo, las arrugas, ¡todo es natural!

—¿Y quién quiere ser natural? ¡Yo quiero quedarme así para siempre y de ser posible, ser inmortal!

Ariel soltó una carcajada.

—Eres tan loco, Mad. Tan pero tan loco, que no dejas de alegrarme la vida.

Así rieron un rato antes de que el niño decidiera retirarse, para alivio de Mad que entonces pudo respirar tranquilo y concentrarse como debía en su labor. El menor iba contento por la vida, caminando casi a saltitos, cantando para sí mismo. Tal vez conquistar a Mad le llevara su tiempo pero mientras tanto podría disfrutar de su compañía y alegrarse los días. Tan alegre estaba que no le prestaba atención a nada en lo absoluto hasta que al dar vuelta una esquina, y con solo a unas cuantas calles alejado de Alchemy, se dio cuenta de que tres pares de ojos enfurecidos le seguían el paso porque pudo escucharlos hablar por lo bajo. Al darse la vuelta se encontró con Bud, Charlie e Isaac, mirándole como si quisieran matarlo; Bud fue el único que dedicó unos segundos para recorrer sus piernas desnudas con mirada hambrienta antes de enfocar sus ojos furibundos en su rostro.

Ariel pasó saliva, consciente de que estaba solo en plena calle, y salió corriendo a toda velocidad sin mirar atrás. Si esos chicos lo atrapaban sería el fin de su corta vida, así pues huyó como alma que lleva el diablo sin siquiera detenerse a respirar hasta estar en el interior seguro y familiar que era la tienda de ropa de Alexandra. Sólo entonces pudo respirar tranquilo.

—¡Ariel, mon amour! —le llamó alguien de golpe y antes de poder recuperarse del susto, un par de brazos lo tenían atrapado, apretujándole contra unos pechos de considerable tamaño—. ¿Viniste a verme? Qué tierno eres, Occhiblu. ¿Cómo te ha ido hoy en la sesión?

—A-alex… —la mujer no le dejaba respirar, pero de alguna forma logró alejarse lo suficiente como para tomar aire. Por suerte ahora estaba a salvo, allí nada podía pasarle y agradecía mentalmente que su ex jefa no se hubiera dado cuenta de nada—. Claro que vine a verte. De hecho, Mad vendrá en cuanto termine con las demás modelos.

—Perfecto. Mientras lo esperamos, ¿no quieres ver mis nuevos diseños? Prepararé algo de té y Laura trajo una cheesecake de frambuesas deliciosa.

Ariel le sonrió a la mujer, cuyos mechones verdes brillaban debajo de la luz de la tienda y tomó su mano a la par que le contestaba.

—Me encantaría, Alex. Además, tengo mucho que contarte.

Y así, ambos se encaminaron hacia el atelier.



Mad pudo abandonar el edificio de Mode a las dos horas de haberse despedido de Ariel. Había sacado varias fotos a diferentes modelos, muchas de ellas eran para revistas de adolescentes y otras publicidades de productos carísimos que exigían una mayor producción. Estaba cansado, muy cansado, pero feliz. Había logrado distraerse de Ariel y tomar unas fotos muy buenas que con suerte le permitirían hacerse un nombre en el mundo de la fotografía y dejar de usar sus flashes en modelos raquíticas para poder retratar cosas mucho más profundas. La sola idea le sacaba una sonrisa mientras conducía, sonrisa que se ampliaba al recordar que estaba yendo al atelier de su hermana para verla a ella, con quien no pudo hablar últimamente, y a su niño. Era un conjunto que le llenaba el corazón de alegría, en verdad.

Diez minutos conduciendo y ya estaba frente a Alchemy, aparcando el auto justo en la acerca de enfrente y tras ponerle el seguro, estaba abriéndose paso entre las clientas y las dependientas que iban de un lado al otro llevándole ropa a alguna muchacha en los vestidores o tratando de convencer, con voz meliflua y tácticas de persuasión, a alguna de comprar tal o cual cosa. Las saludó a todas llamándolas por su nombre, ellas le sonrieron con ojos demasiado brillantes e insinuantes pero prefirió hacer como que no lo notaba al tiempo que subía las escaleras y se deleitaba con el aroma a café que provenía del primer piso. Seguramente estaban merendando. Subía cada vez con más rapidez, ansioso de llegar y ver tanto a su niño como a su hermana, hasta que al final pudo abrir la puerta y se encontró con una escena adorable: Alex estaba arrodillada frente a un maniquí vestido con un hermoso vestido de seda verde y negra al cual estaba haciéndole retoques en el dobladillo. Ariel, sentado cerca de ella mientras comía un pastel, balanceaba las piernas y le hacía plática contándole cosas de la escuela al tiempo que Laura de pies detrás de su “prodigio”, al cual miraba con ojos de maternal adoración, le peinaba el cabello para alisarle un poco los bucles exagerados que antes portaba.

Le dio tanta ternura que estuvo a punto de abrazar y besar a los tres, pero se contuvo y carraspeó para llamar la atención. Los tres voltearon la cabeza al mismo tiempo.

—Hermanito, has llegado —dijo Alex, quitándose los alfileres de la boca para sonreírle e ir adonde él estaba para darle un sonoro beso en cada mejilla, dejándole la marca de sus labios pintados en ellas—. Ya creía que no vendrías, ¿cómo te fue en las sesiones?

—Fue complicado, frère. Pero nada que no pudiera soportar, al final parece que logré cumplir con todas las expectativas. ¿Me estoy perdiendo la merienda, acaso?

—Casi, casi —Ariel, sentado con una sonrisa alegre, seguía comiendo el pastel poniendo una expresión de satisfacción cada vez que lo mordía—. Pero fuimos buena gente y te guardamos cheesecake.

Mad le sonrió. El pequeño era tan adorable cuando actuaba así.

—Te lo agradezco. Estoy desfallecido de hambre y necesito urgente mi dosis de glucosa o comenzaré a comerme las paredes.

Laura rió de forma socarrona.

—Eso me gustaría verlo.

—Créeme, no querrías. Bueno… me prepararé el café y me contarán que es lo que están haciendo, siento como si estuviera en un aquelarre y me dejaran fuera.

Mientras los otros tres se reían, Mad corrió hasta la cocina para hacerse un café y servirse una porción de la tarta en tiempo récord, regresar, sentarse junto a Ariel y escuchar lo que decían. Al parecer, Alex estaba haciendo un diseño personal para una actriz muy famosa y el vestido tenía que salir perfecto, por lo cual estaba obsesionada con que no tuviera ningún pequeñísimo error. Laura no estaba haciendo nada, sólo le preguntaba a Ariel cómo le iba en la escuela y el menor comentaba que todos estaban emocionándose mucho porque en cuatro meses se haría el festival escolar, al menos hasta que Laura comenzó a charlar sin parar sobre el taller de convivencia.

—Todo esta yendo muy bien —decía ella, sin dejar de peinar a Ariel salvo para tomar un poco de café de vez en cuando—. Hay muchos chicos que se reprimían y ahora dejan salir sus sentimientos y temores.

Mad sorbía su café sonriente, era bueno saber que su idea había dado resultado.

—¿En serio? ¿Y cómo vas tú con eso, Ariel?

—Mejoro. No me gusta hablar de mí en la escuela pero luego de mi explosión de la primera clase, como que ya da igual. Ahora hablo con más gente y aunque algunos siguen mirándome raro ya no me molestan. Pensar que fue todo culpa de Bud, ¿no?

De sólo recordar ese nombre el fotógrafo frunció el ceño, con la felicidad por el bienestar de Ariel eclipsada momentáneamente.

—Ese bastardo… Cuídate de él, mon ange. Puede ser un chico de lo más peligroso, te lo digo en serio.

“Me cuadra” pensó el niño, tragando fuerte y rodando los ojos.

—Claro que sí, Maddy —le sonrió de igual forma, tratando de no pensar en la escena de la tarde con Bud y los otros al tiempo que dejaba el plato vacío donde antes posaba la torta, sobre la mesa—. Siempre voy con mucho cuidado.

—Me alegro —trataba de no dejar ver su preocupación pero no podía evitarlo, menos con su niño—. Así que ahora sólo debes concentrarte en tus cosas y en pasarlo bien.

Ariel asintió, sonriéndole de nuevo de esa manera que hacía girar su mundo. “¿Por qué diablos tiene que ser tan bonito?”, se preguntaba una y otra vez mientras le observaba. Muy pronto el teléfono sonó y no pasó mucho rato antes de escuchar a una airada Alex que tenía los pelos de punta porque su encargo de telas había sido enviado a otro. Casi se atraganta cuando la escuchó gritar insultos en francés antes, durante y después de colgar el aparato, incluso mientras se ataba el cabello y se ponía un chal sobre los hombros para ir a ver qué había pasado con el encargo. Laura se ofreció a acompañarla.

—No, no vengas —sentenció, poniéndose sus anteojos negros de Dolce Galbana—. Tú y Jeanie se quedan aquí a cuidar del atelier… Y Ariel, tú cuídalos a ellos.

El niño asintió muy serio, e hizo un saludo militar.

—Sí, señora.

—Ah, Laura… Antes de que me olvide controla a las chicas y revisa que estén haciendo el inventario, ¿de acuerdo?

—Dalo por hecho. Tú ve tranquila.

—Tranquila es lo que menos voy a estar, créeme.

Y dicho esto, la mujer salió pitando sobre sus plataformas de casi diez centímetros, manteniéndose tan erguida que los presentes consideraban seriamente el postularla para recibir un premio Guiness. Laura decidió ir a vigilar a las dependientas un rato mientras que Ariel y Mad tomaban el té, no sin antes mirar con severidad al mayor, como si le advirtiera que tuviera cuidado. Entonces el fotógrafo se vio a solas con su musa, la cual se servía otra porción de tarta y mientras comía iba peinándose el cabello.

—No sabía que te gustara el cheesecake, encanto —fue lo primero que se le ocurrió decir a Mad quien, al instante de pronunciar esas palabras, se sintió un tremendo idiota y decidió quitarle el cepillo de las manos para peinarle él mismo.

“Eso fue tan inteligente, Maddy”. Se mofaba el Doppelgänger, abanicándose en su silla de madera.

Pero Ariel no pareció molesto ni nada similar. Sólo comió un poco más y se dejó peinar con una sonrisa, pues el gesto de Mad lo había enternecido hasta lo más hondo.

—No me gustan las cosas compradas, pero éste está delicioso. Me pregunto dónde diablos lo compró Laura… —masculló, frunciendo el ceño—. Quiero comprar más de éstos.

—Pues si logras sacárselo tienes que prometer que me dirás a mí también.

—Hecho. Y dime, ¿qué tal las fotos?

—Bien.

No podía decirle otra cosa. Bien, era todo, las fotos habían estado “bien” porque las únicas fotos que en verdad le interesaban eran las de él vestido como hada perdida del bosque, jugando con la sensualidad y la inocencia entre velos y purpurina. ¿Cómo decirle eso a una criatura en tan tierna edad? No, lo mejor era llevar la charla por otros rumbos y hacer que se olvidara del tema.

—Vaya, petit, tu cabello está tan suave y hermoso… Creía que después de lo que le hicieron hoy lo tendrías como paja.

—Yo también, pero Alex me lo humedeció, le puso una especie de aceite raro y me dijo que lo peinara despacio para que quedara suave y los rizos bajaran un poco. Eran algo excesivos hasta para mí.

—Lo entiendo perfectamente —sonreía, sintiendo las finas hebras de seda deslizarse entre sus dedos. Nunca había dejado de sorprenderse por el color de ese cabello, ni por su suavidad y su brillo pese a ser tan largo—. ¿Sabes algo? Siempre quise preguntarte pero nunca me había animado. ¿Por qué te lo dejas tan largo?

Ante la pregunta, Ariel abrió mucho los ojos y se alejó por unos segundos. Jean Claude, creyendo que había metido la pata, se apresuró a disculparse.

Excuse moi, no pensé que te molestara...

—No me molesta. Es sólo que… emh, es complicado —miró a todas direcciones y le hizo gestos de que se acercara para hablarle en voz baja—. ¿Prometes no decirle a nadie?

El mayor no entendía qué pasaba, pero asintió de todos modos.

—Lo prometo.

—¿Ni reírte, burlarte u horrorizarte?

—Ariel, a menos que uses tu cabello en un alocado ritual satánico donde la arrancan la cabeza a una gallina de un mordisco y juras lealtad eterna a Satanás en medio de una orgía desenfrenada —todo eso produjo el efecto que esperaba: el niño se echó a reír—, no pienso hacer ninguna de esas cosas.

—Bueno, te lo cuento. Es que soy pagano. Mi madre era pagana también y me transmitió su sabiduría —como Mad tenía cara de no comprender bien, se apresuró a explicarle—. Entre los paganos está mal visto tener el cabello corto porque en el pelo se concentra buena parte de la energía vital y el poder mágico. Mi mamá me explicó eso, ella lo usaba hasta por debajo de las caderas. Y decidí hacer lo mismo también.

—Vaya. Me sorprende que estés tan apegado a tu religión.

—No es una religión —replicaba el niño, haciéndole guiños—. Es una forma de vida, que es diferente. Pero no es sólo por eso… Mamá tenía el cabello largo, como yo. Dejármelo así es una forma de recordarla, me hace sentir más cerca de ella.

Mad no supo muy bien qué responder ante eso, pues él nunca quiso hacer ni tener nada que pudiera hacerle recordar a su padre o verse parecido a él. Siempre había detestado los parecidos entre ambos. Por ello no podía compartir el mismo sentimiento de Ariel, quien atesoraba cada cosa, cada recuerdo, e incluso buscaba parecerse a su madre en algo tan íntimo como para tenerla siempre presente. Tomando el cepillo, volvió a peinarle los rizos en un además casi devoto mientras que masticaba aquella respuesta y buscaba una para darle en lo más recóndito de su mente.

—Es muy bonito que quieras recordarla de esa forma —farfulló, no muy convencido—. Pero cuéntame más sobre el paganismo, ¿de qué va?

—Nada Satánico, si es que eso quieres saber.

—Mejor todavía. Anda, sigue contando. Me mata la curiosidad —dijo, y se sorprendió al darse cuenta de que lo decía en serio, pero es que quería saber cada detalle concerniente sobre su musa, por pequeño que fuera.

—No es nada del otro mundo, en vez de adorar al Dios católico, evangelista o al que tú escojas, adoras a múltiples dioses. Yo, en lo personal, adoro a La Diosa y a El Dios… ambos son representados con la luna y el sol, masculino y femenino, quienes se funden en la tierra que nos da cobijo y alimento. Así es como me enseñaron.

—Suena interesante.

—Ajá, y hay varias escuelas dentro del paganismo. Mamá fue wiccana durante muchos años, pero luego del cáncer se volvió asathru.

Mad alzó las cejas.

—¿Y eso con qué se come?

—Mad no seas tonto, son dos disciplinas. Los wicca tienen una concepción más femenina del mundo, adoran a la Diosa, creen en el perdón y su lema es hacer lo que quieras sin molestar nadie. Los asatrhu en cambio viven bajo el amparo de los dioses nórdicos como Odín, Freya, Loki… Ellos suelen ser un poco más fríos. Como su credo está basada en vivencias de vikingos y celtas guerreros tienen puntos de vista más egoístas que los wicca.

—¿Cómo qué?

—Veamos… No existe el perdón entre los asatrhu, tampoco la compasión por un extranjero o un enemigo. Los vikingos jamás dejaban con vida a alguien que no fuera de su clan, porque podía ser un enemigo y matarte o robarte tus pertenencias. ¿Se entiende lo que digo? —Mad asintió, rumiando un sí mientras asimilaba todo aquello—. Aunque tiene sus aspectos buenos, claro. Pero yo no estoy en ninguna senda en particular, sólo soy pagano. Para mí eso es más que suficiente.

Al decir aquello, las facciones del jovencito desbordaron de orgullo. Él estaba muy orgulloso por sus creencias, por su modo de vida y por todo lo que su madre y su abuela le habían enseñado, pero sabía que no todo el mundo lo tomaba tan bien como lo hacía Maddy. Por eso también le gustaba Mad. Él jamás se horrorizaría al contarle que leía libros sobre cómo leer las runas celtas o las cartas del Tarot, ni sobre médiums, ocultismo, e inclusive magia. Era uno de sus más grandes secretos, pero algo le decía que podía contárselo a Mad sin problemas.
Empero, no lo haría de momento.

—¿Y tienen celebraciones donde sacrifican animales? —preguntó el mayor, medio carcajeándose mientras le daba un beso en la mejilla antes de volver a su asiento—. Lo juro, eres el chico más fascinante que he conocido nunca.

—Que malo eres, Maddy. No, se celebran los cambios de equinoccio reuniéndose en un sitio arbolado, sentándose en círculo mientras prenden incienso y ofrecen frutas, cerveza, y comida a los dioses. Se agradece por lo ofrecido y luego se come y se celebra; la mayoría de las reuniones son muy alegres. También hay reglas —agregó, feliz de verlo interesado en saber más—, muchas reglas. La ley de tres dice que todo lo que hagas, bueno o malo, se te devuelve por triplicado; y la ley de equivalencia dice que para obtener una cosa se debe de entregar algo de valor semejante. Por eso se hacen ofrendas a los dioses, ofrendas importantes. He visto a amigos de mamá entregar a Odín un barril de cerveza de raíz.

Mad arrugó la frente. Qué desperdicio de cerveza, la verdad.

—¿De veras?

—Te lo juro. Y tampoco existe el pecado original, el sexo es una de las miles de formas de llegar a los dioses. Leí en uno de los libros de mamá que el sexo, cuando se realiza con alguien con quien tienes una conexión especial o a veces incluso por mero placer, es una forma de plegaría, porque en él se halla uno de los actos divinos para crear vida. Es una fuente de placer, de salud, de bienestar, incluso de reproducción, una de las tantas expresiones de amor corporal que lleva a La Diosa. ¿No es genial?

“Muy, muy genial precioso. Ojala pudiera tenerte para mí solo, así le rogaríamos a la Diosa toda la noche”.

Incómodo por los comentarios de su otro yo, Mad carraspeó con las mejillas rojas y trató de desviar el tema.

—Y dime… ¿Está eso relacionado con la magia? Leí por ahí que sí.

Ariel, por su parte, esbozó una sonrisa misteriosa tan sensual que lo hizo estremecerse de pies a cabeza.

—Puede ser. Sólo si eres indicado para ello.

Y entonces entablaron una charla profunda sobre el paganismo a la que luego se unió Laura cuando regresó. Ariel destrozaba con sus comentarios a la Biblia, a la iglesia en general, decía que las doctrinas cerradas sólo esclavizaban al hombre a seguir reglas anticuadas que iban en contra de la propia naturaleza humana. La abstinencia y la monogamia obligatoria eran un ejemplo, ambas conceptos creados pura y exclusivamente por el hombre, pues estaba científicamente comprobado que los humanos por naturaleza no poseían esos dos conceptos y que el amor monógamo duraba sólo de dos a siete años. “¡Hasta los monos tienen sexo por placer!”, decía el menor, y Laura agregaba que había especies de animales que tenían relaciones entre individuos del mismo sexo.

Jean Claude se vio a sí mismo anonadado y obnubilado por Ariel una vez más. La forma tan madura en la que se expresaba, sus ademanes adultos y la emoción que ponía en cada palabra aunque fuera un insulto para la curia romana le impedía alejar los ojos de él, concentrado a pleno en escuchar y absorber cada frase cual si fuera una esponja. Cuando Alex volvió, se sumó a la discusión por un rato antes de volver a sus quehaceres y hacer que Laura volviese a los suyos también. Al verse solos de nuevo, decidieron que era hora de excusarse. Como era la costumbre, Mad se ofreció a llevar al menor y no tardaron demasiado en partir en el Sedán mientras la charla anterior seguía. Mad hablaba sobre la opresión que ejercía el papado sobre las decisiones de la gente estando en contra del divorcio, de la inseminación artificial, del aborto. ¿A ellos qué carajos les importaba? Tampoco permitían los condones, ¿y cómo diablos querían que uno no se contagiara de HIV, gonorrea, hepatitis, o lo que carajos fuera? ¿Con abstinencia?
Ante eso, el menor le sorprendió con una carcajada sarcástica y siguió defenestrando a la susodicha institución. Si tanto les importara, no habría casos de curas abusando a menores, decía el chico quien también se quejaba de que eran unos zanguangos machistas que ponían a la mujer como a un ser inferior. ¿Acaso la madre de Jesús no había sido mujer? Encima habían estado a favor de los nazis, de la esclavitud, habían matado a miles y miles de curanderas inocentes acusándolas de brujas durante la Inquisición. Y ni hablar de la gente que fue acusada por algún que otro envidioso, gente torturada para confesar algo que no eran.

Las teorías sobre lo que hacían los curas y monjes que pasaban meses encerrados sin más compañía que la de otros monjes fueron subiendo el tono a la par que sus carcajadas, al punto que el auto escupía llamaradas por todos los costados. Estuvieron riéndose sin parar durante veinte minutos hasta llegar al departamento de Ariel.

—Ya llegamos —dijo el chico, ahora angustiado por verse separado de Maddy otra vez, pero poco le duró la angustia porque enseguida dijo—. ¿Quieres probar las mermeladas que hice ayer?

Mad esbozó su sonrisa ladeada, una de las tantas sonrisas que a Ariel le hervía la sangre, y contestó.

—Me encantaría.

Dentro de la casa, la charla cambió de rumbo. Ahora hablaban de temas mundanos, como la escuela y los perros de Mad, mientras que bebían té y comían pan con mermelada casera acompañados de Mozart el gatito negro que casi hace que Mad sufra un infarto cuando se le subió al regazo sin previo aviso y le clavó las uñas. Para Ariel tener a Mad en su casa era más de lo que podía pedir, quizás enloquecía, pero tenía la ligera sensación de que todo el cuarto cambiaba cuando Jean Claude estaba ahí, llenándolo con su hermosura y su porte elegante. Lamentó a horrores el momento en que Mad tuvo que irse.

—¿No quieres quedarte un ratito más? —le preguntó por segunda vez con cara de becerro a medio morir pese a que estaban en el portal y prácticamente se estaban despidiendo.

Jean Claude tuvo que morderse el labio y hacer de tripas corazón para no ceder y quedarse, pero tenía que madrugar al día siguiente.

Je suis désolé, mon amour. Pero no puedo esta vez… Mira, pasado mañana es domingo. ¿Qué tal si te quedas a dormir en casa? Alquilaré unas películas, compraré golosinas, y nos pasamos la noche enviciándonos frente a la tele. En la mañana te llevaré en el coche al colegio, así no llegarás tarde ni nada, ¿qué te parece?

No era lo que Ariel quería, en efecto, pero se acercaba bastante. Poder estar cerca de Mad, dormir en su misma casa y gozar de su compañía mientras que intentaba conquistarlo era algo que no podía echar a perder. Y, además, era una oportunidad única. Tendría que hablar luego con las chicas para ver cómo la aprovechaba. De momento se limitó a sonreírle al mayor y abrazarle como hacia siempre, besándole la mejilla a modo de despedida.

—Eso sería fenomenal, Maddy. Yo cocino, ¿qué tal?

—Me suena a buen plan. No te olvides de avisarle a tu tía, ¿vale?

—Vale. Ci vediamo presto, Maddy. Bonna notte.

Bonne nuit, petit —respondió, también en su idioma a la vez que besaba su frente—. Cierra con llave y no le abras a nadie.

En cuanto la puerta se cerró, el menor apoyó la espalda en ella sintiendo que el corazón se le salía por la garganta. Hubiera deseado que Mad se quedase con él más tiempo, hubiera querido darle un beso de buenas noches como correspondía, pero aún no tenía el valor. No podría soportar el lanzarse sin haber preparado el terreno sólo para ser rechazado, pero no podía evitar el preguntarse a qué sabrían los labios de Mad.

—Quizás… eso no pase nunca pero puedo soñar, ¿cierto?

Abatido, iba a cerrar la puerta cuando el timbre sonó.

“¿Quién será a estas horas?” pensó, quitando el pestillo casi al instante, cuando la única posibilidad que se le cruzó por la mente era Mad, ¿quién si no? Era el único que iba a su casa ya entrada la noche y seguramente se habría olvidado alguna cosa. No dudó en abrir la puerta de par en par sin siquiera mirar por la mirilla.

—¿Acaso te olvidaste algo…?

Pero pronto supo que no debió hacer eso, porque a quien vio no era a Mad. Antes de darse cuenta un par de manos muy fuertes le empujaron al piso y lo retuvieron ahí mientras le tapaban la boca. Su sangre se heló al darse cuenta del error que había cometido, de lo estúpido que era. Ahora, por su estúpido descuido, estaba bajo el yugo de esos feroces tres pares de ojos que lo habían perseguido esa misma tarde.

El corazón se le heló en el pecho cuando cerraron la puerta, riendo con malicia.


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