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martes, 6 de julio de 2010

Mis relatos homeróticos: Cuarto Oscuro capítulo catorce.

Después de un tiempito, aquí les hago entrega de otro capítulo de Cuarto Oscuro. Espero que les guste :)


Decisiones.

Las cosas habían vuelto a la normalidad de forma bastante rápida para sorpresa de todos. Volvieron las fotos en Alchemy y comenzaron las nuevas sesiones de fotos para la revista Mode, así como las clases de informática, los entrenamientos de pasarela, las visitas y las salidas. Mad se acostumbró poco a poco a no ser el centro de la vida de Ariel, aceptando el hecho de que ahora debía compartirlo con sus amigos, con el trabajo, las lecciones de joyería y la escuela. Por ello cuidaba más del tiempo que pasaban los dos juntos.

Sin embargo, se regocijaba con saber que el domingo y a veces los viernes estaban dedicados pura y exclusivamente a él. Las únicas excepciones eran cuando Ariel iba al médico en día de semana, cosa que hacía muy seguido. Llegó a preocuparse, pero como Ariel le aseguró varias veces que eran análisis de rutina que se hacía desde siempre, le restó importancia y se dedicó a gozar de su compañía.

Ahora ambos trabajaban el doble de tiempo juntos, por lo que nada tenía que envidiarle a los amigos de Ariel, y el pensamiento de que él sabía cosas que ellos no lo hacía sentir mucho más importante para su hada. Hacían fotos para marcas de ropa carísimas como Calvin Klein, Chloe, Levis, Lafayette, Maxmara, zapatos, camperas y chaquetas de cuero. Durante los descansos planeaban lo que harían el domingo y Ariel le contaba todo lo que había hecho en la semana, como aprobar el examen de matemáticas gracias a su ayuda, salir con los chicos o pasar la tarde con su primo ayudando en el restaurante de su tía. Eso bastaba para hacerlo feliz. Claro, también estaba el deseo sexual que se incrementaba conforme pasaba el tiempo, pero tenía que arreglárselas y alejar sus pensamientos de esas ideas pervertidas, aunque todas las noches sus sueños húmedos comenzaran con aquel beso que recibió en la fiesta de cumpleaños de Ariel: un beso inocente, tierno, pero que a la vez estaba cargado de pasión. ¿O no?

“No” se decía, esas eran idioteces suyas. Ariel era muy chico para saber qué era la pasión. El beso debió haber sido una demostración de cariño, como hacía Ariel con su familia. Lo había visto besar a su tía y a su primo también en la boca, ¿por qué iba a ser distinto con él, que era algo así como un tío o un amigo de la familia? Aun así, sus sueños siempre comenzaban con eso. Después del beso venía su aroma, dulce tentación, ese perfume maravilloso con el que se dormía pensando todas las noches y se imaginaba las más descaradas fantasías eróticas llenas de lazos, volados, pétalos de rosas y satén.
Jean Claude despertaba de esos sueños tan turbado y afligido que creía que no podía mirar a Ariel a la cara. Pero al verlo cruzar la puerta de su casa o del salón de edición de Mode o del lugar elegido para las fotografías y veía su sonrisa al mirarlo, sentía que todo ese sufrimiento valía la pena.


Ariel por su parte, vivía la gran vida. No sólo porque ahora tenía prácticamente todo lo que había deseado, bueno, casi todo, sino porque era un chico normal y se sentía feliz. La sombra de Angelo, a quien iba a ver cada tanto y que siempre le trataba de forma fría, oscurecía un poco sus días pero gracias a sus amigos y al resto de su familia podía sobrellevarlo un poco. Salvo eso, su vida era perfecta: tenía un buen grupo de amigos con los que se veía a diario, la agencia de modelos le daba muchos trabajos y estaba ganando lo suficiente como para comprarse un nuevo celular con Mp3 y cámara digital, ropa nueva y arreglar un poco la casa. Además, según Macchi mejoraba mucho en lo que a joyería se refiere, veía a Mad a diario y lo tenía para él solo un día completo.

¿Qué más podía pedir? Ya nadie lo molestaba en la escuela, los profesores le trataban mejor, algunas personas que le habían evitado por temor a Bud se le acercaban, y la idea del taller de convivencia avanzaba muy bien. Sólo tenía que arreglar una cosa.

Ese martes estaba libre, por suerte. Mientras Chetina le hacía el desayuno cantando “Vivo per lei” con su estridente voz que hacía temblar las vigas, él se cambiaba con toda la paciencia del mundo, feliz de ir a la escuela y verse con sus amigos antes de hacer lo que tenía que hacer. Se había pasado casi toda la noche en vela terminando el recado que le habían encargado antes del terrible hecho que marcó su vida durante esos dos años viviendo en Lieblos. Nunca lo pudo terminar, porque la culpa lo mataba, pero se armó de valor y tras mucho luchar consigo mismo pudo terminar el cuadro que el profesor Langley le había pedido.

Lo más probable era que la señora Langley no le atendiera y lo echara a patadas de su casa pero no le importaba. Ese había sido un recado del profesor, un regalo que le pertenecía a su familia y no a él, pese a que lo había tenido escondido en lo más hondo del armario por bastante tiempo. Luego de los últimos sucesos, un cambio se produjo en Ariel. Pensó en muchas cosas, en distintas situaciones que se sucedieron y que pudo haber evitado, cosas buenas, cosas malas. Y llegó a la conclusión de que se había dejado pasar por encima como un felpudo, a causa de la culpa y la vergüenza que siempre había sentido por sí mismo, por su genética tan distinta a la de los demás varones. La muerte del profesor, su caída, las acciones de Bud…, él se había echado la culpa de todo y por ello permitió que le lastimaran para redimirse.

Pero todo eso se había acabado. Mad se lo había dicho una vez: si no escupía todo lo que tenía adentro se le iba a pudrir y terminaría dañándolo. Con la pelea con Charlie puso los puntos sobre las íes en la escuela, logrando acabar con buena parte del castigo diario que recibía, reducido ahora sólo a malas miradas a lo lejos. Con la pelea con Mad y su posterior caída por la enfermedad, decidió que ya no se callaría las cosas sólo por miedo a que los demás le rechazaran. Si los demás querían estar con él, tendrían que aguantarse sus pensamientos y emociones, porque no se iba a guardar nada más. Iba a madurar, a convertirse en un verdadero adulto, un hombre al que Mad pudiera mirar como alguien digno y no como un niño al que había que cuidar y proteger cual damisela en peligro.

Y con ambas resoluciones tomadas, supo que lo que iba a hacer esa tarde era algo necesario si quería lograr su propósito, aparte de poder avanzar con su vida y deshacerse del fantasma del profesor Langley. Sería su eterno esqueleto en el armario, pero ya no lo oiría arrastrándose en su imaginación y dejaría de pesarle en el pecho. Sabía que estaba haciendo lo correcto porque la noche anterior, luego de haber tomado esta decisión, soñó con Rosetta: ella lo miraba con todo el cariño del mundo y le sonreía con la misma calidez maternal que siempre la había caracterizado, sin que ésta fuera apagada por el leve atisbo de soledad en sus ojos. Ella sonrió cuando Ariel pronunció su nombre, pero cuando quiso alcanzarla una pared de vidrio se lo impidió. No le costaba nada recordar ese sueño, sabía bien que le había preguntado si estaba tomando las decisiones correctas y decirle lo mucho que extrañaba tenerla cerca para que le abrazara. Rosetta le lanzó un beso a través de la pared de vidrio que acarició con su mano antes de asentir e irse con sus abuelos que la estaban esperando.

Estaba haciendo bien, no había duda. Por eso su madre había aparecido en sus sueños. Así que ahora estaba más que decidido a seguir adelante con su plan sin importar lo que pasara.

—¡Ariel! —la voz nasal de su tía le llegaba desde la cocina, a través de las escaleras. Había pasado la noche en casa de ella, pero su primo le había llevado sus cosas cuando volvió de la facultad—. Belleza, ya está listo el desayuno.

Terminó de abrocharse el blazer y se peinó el pelo con el cepillo de cerdas finas, lo ató en una coleta alta dejándose el flequillo al costado y, luego de tomar la mochila, caminó los dos metros que lo separaba de la cocina. Allí lo recibieron su tía, el delicioso aroma de los hotcakes recién horneados, un delicioso tazón de cereal de chocolate con yogurt y jugo de naranja exprimido. Lo único que podía arruinarle la mañana era ver la jeta del marido de su tía, Richard, alias el zángano. Bebía café y fingía leer el diario mientras observaba de reojo como el blazer le marcaba la cinturita al sobrino adoptivo de su querida. Ariel tuvo que esconder la mueca de fastidio e ir a sentarse, muy a pesar suyo, junto a ese hombre tan asquerosamente desagradable. Su tía decía que era un tipo guapo, pero a él le parecía bastante común con esos ojos cafés, su pelo castaño corto al ras como si fuera pasto y esos feos músculos ultra desarrollados tipo culturista.

—Buen día —saludó con todo el respeto del mundo. No se podía hablar en italiano cuando Richard estaba presente porque se ponía nervioso. Su tía le sonrió y le sirvió un buen plato con hotcakes humeantes, esponjosos y llenos de miel de arce—. Gracias tía, se ven riquísimos.

—¿No engordarás si comes tantas porquerías? —dijo Richard. Su voz aguda era bastante molesta, especialmente porque sonaba como si hablara con la nariz.

Ariel ignoró el comentario, tomó su tenedor y le dio el primer mordisco. Sabía que cuando él decía algo como eso era porque quería robarle el plato con su contenido para comérselo él solo.

—No, nunca engordo. Te salieron riquísimos tía, eres la mejor —y así, con un sutil cambio de tema, esquivó la pelota que el zángano estaba pateando hacia él.

Pero Richard no se dejó intimidar.

—Que raro es verte aquí un día de semana, ¿no venías sólo los sábados?

—¿Necesito tu permiso para ver a mi tía?

Había dicho esas palabras con un claro tono desafiante, para dejarle claro que no toleraría comentarios. Si él lo seguía incomodando, se quejaría a su tía. Y aunque ella lo quisiera mucho, ambos sabían que Ariel sería el ganador de la contienda.

—Sólo digo que podrías haber avisado antes.

—Y avisé. Pero no tengo la culpa si tú no estás cuando lo hago, ya que sólo vienes de noche.

“A ver como te atajas ese bombazo, imbécil”. Pensó Ariel sin dejar de comer mientras miraba de reojo cómo se le hinchaba la vena de la frente al idiota aquel. Siempre le trataba de forma tan desagradable que terminaba por evitar encontrarse con él, pues era ya de por sí repelente sin abrir siquiera la boca. Cuando daba vueltas por aquella casa solía sentir que le quemaba la nuca y al darse vuelta se encontraba con él mirándole. Podía ser al pie de las escaleras, apoyado en el marco de una puerta, sentado en el sillón. Al principio no le preocupó cuando vio que a su primo lo miraba exactamente igual, pero una vez que éste cumplió los dieciocho comenzó a ignorarlo y las miradas se centraron él. Luca le advirtió que nunca se quedara solo con Richard, por eso siempre que estaba en la casa de su tía nunca se quedaba quieto en un sitio demasiado rato. No con él allí.

Se preguntó más de mil veces qué demonios había visto su tía en semejante tipo. Tenía un buen físico, eso había que reconocerlo, pero no era buen mozo, inteligente o agradable. Ni siquiera era divertido. Tenía la nariz ganchuda y el mentón demasiado grande, su boca fina siempre estaba trabada en un rictus muy poco amigable y ese lunar gigante en la mejilla le restaba puntos. Bronceado en exceso, siempre lleno de anillos y pulseras de oro de muy mal gusto, con un perfume hortera brotando de cada parte de su ser y su cuerpo de deportista extremo siempre contraído como si quisiera pegarle a alguien. ¡Ni siquiera se vestía de forma decente! Otra vez, al mismo tiempo que se terminaba los hotcakes y el cereal, buscaba una explicación a la atracción de su tía cuarentona por un treintañero recién salido del horno. Si buscaba sentirse joven había formas más rápidas, porque ese tipo era el súmmum del aburrimiento.

Al final tuvo que dar por perdida la tan buscada respuesta y se bebió todo el vaso de jugo de un golpe cuando vio a su tía irse al piso superior, mientras que él quedaba a solas con Richard, quien de repente estaba mirándolo demasiado para su gusto, con una extraña sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—Ey, ¿a qué viene tanta prisa? Sigue así y terminarás ahogándote antes de perder la virginidad.

—Si tiene que pasar, pasará.

Una sonrisa horrible se formó en esa boca finita que le causaba tanta repulsión, le hizo estremecerse de solo verla e intentó ocultarlo mientras tomaba sus cosas.

—Quizás termine pasando. Con ese uniforme puesto no vas a poder follar nunca, nene —dijo, recorriendo su figura sentada de arriba a abajo y deteniéndose en su cintura, su trasero y sus piernas antes de volver con la misma parsimonia a su rostro—. Deberías ponerte el uniforme de las chicas y dar tumbos por ahí con la falda tableada, entonces algún tío o un anciano pervertido te haría el favor. Hasta podrías cobrar un buen dineral, ¿sabes?

Ariel intentó ocultar el sonrojo cubriéndose el rostro con el flequillo, antes de ponerse de pie. Cómo detestaba cada cosa que decía ese idiota.

—Quizás cuando me vuelva maricón siga tu consejo —respondió, levantándose—. Si así fue como perdiste tu virginidad, no debe ser tan malo.

No dudó en escapar apenas vislumbró los músculos de su cuello y pecho tensarse de forma demasiado peligrosa como para desear quedarse más tiempo. Con la mochila a cuestas, tomó los patines de línea que Laura le regaló, el celular, el recado en el que había trabajado durante la noche y salió corriendo de la casa sin mirar atrás ni detenerse hasta estar en la esquina. Una vez allí se quitó los zapatos, que puso en una bolsa aparte que había dejado dentro de la mochila y se puso los patines junto con los protectores de las rodillas, los codos y las manos. Ahora que tenía una nueva forma de ir a la escuela, no pensaba desperdiciarla. Con la bolsa de los zapatos colgada de su mochila y el fruto de su trabajo nocturno bajo el brazo, arrancó su camino para ir a la escuela.



—Que dibujo tan bonito, D’cciano.

Como había llegado antes de tiempo a la escuela y ninguno de sus amigos estaba presente, se había sentado en su pupitre, que ahora estaba siempre intacto, para ponerse a trabajar en sus nuevos diseños. Macchi le pidió expresamente que practicara un poco más con ciertos conceptos de sus diseños que se veían un poco anticuados, además claro, de exigirle que practicara cómo manejar el horno y los moldes de arcilla para fundir. Así que ahí estaba, dibujando unos aretes con forma de gota hechos con cristales de distintos colores y formas, cuando Jessie, una de las chicas de su clase, se le acercó a hablar.

Lo curioso era que Jessie nunca le había hablado antes, ni siquiera cuando fue el nuevo del curso. Recordaba haberla pescado mirándolo a lo lejos, pero nunca se le acercó demasiado. Era una muchacha común, pequeña, menuda, de ojos color avellana y cabello castaño claro con mechas doradas, que por alguna extraña razón se le hacía que pasaba desapercibida adonde quiera que fuera.
—Muchas gracias, Dillan —respondió, llamándola por su apellido en tono amistoso y cordial.

—Es el diseño de una joya, ¿no? ¿Cuál?

—Unos aretes. Mi maestro quiere que aprenda a hacer cosas más modernas y que experimente con tamaños y colores. ¿Te gusta?

—Es muy bonito —dijo, mientras que tomaba una silla y se sentaba junto a él—. ¿Cómo es que puedes dibujar cosas así?

—No puedo explicarlo, me sale solo. Simplemente cierro los ojos y ya está… Aunque a veces me cuesta mucho, porque tengo la idea general pero no encuentro el modo de plasmarla y ciertas joyas son difíciles de hacer… Perdona, ¿te estoy aburriendo?

Jessie esbozó una sonrisa tímida, negando con la cabeza. Le pidió el cuaderno con un gesto y Ariel se lo entregó, diciéndole con la mirada que tuviera mucho cuidado con él.

—Al contrario, es muy interesante. Nunca conocí a un chico que quisiera ser joyero. El día que tengas novia podrás regalarle todo lo que tu quieras, ¡eso es genial! —el entusiasmo de su voz hizo que Ariel se alegrara un poco y le sonriera, pero eso la ruborizó. La muchacha permaneció en silencio y comenzó a mirar los diseños, pasando página por página. Ariel podía ver a través de sus expresiones el efecto que causaban sus dibujos: algunos la hacían sonreír, otros la ponían ceñuda, como si no entendiera bien qué era, otros la asombraban—. Hasta tienes retratos aquí, son geniales. ¿Esta es la maestra de Historia?

—Sí. Tengo retratos de mucha gente ahí dentro.

—Deberías haberte unido al club de arte, eres muy bueno.

Un encogimiento de hombros fue la respuesta.

—La verdad es que solo sé dibujar al carbón o con lápiz. Todo lo demás me cuesta demasiado y no sale de la forma en que yo quiero. Además, es un hobby. La música es lo que en verdad me apasiona.

—Pero eres tan bueno… En verdad es un desperdicio.

Ariel, que veía la pena de la chica con cierta ternura, le quitó el cuaderno de las manos lo más suave que fue capaz y, sin dejar de sonreírle, preguntó.

—¿Qué tal si hago un retrato tuyo?

Eso bastó para que Jessie se enfureciera.

—¡Nooo! Soy muy fea. Además, no puedo quedarme quieta por horas para modelar y todo eso, soy muy inquieta.

Pero antes de que ella terminara la frase, él ya se había puesto a hacer unos esbozos preliminares. Trazo iba, trazo venía, los alumnos ingresaban al aula y el murmullo de las charlas entre los demás iba volviéndose alto pero nada lo desconcentraba. Al cabo de unos minutos tenía terminado un dibujo preliminar de ella con el cuaderno en las manos, sonriendo. Lo arrancó del cuaderno, lo firmó y se lo entregó a Jessie para que lo mirara.

—Te lo regalo —le dijo.

—¿Ya? ¿Ya lo hiciste? ¿Cómo?

—Tengo memoria fotográfica, recuerdo todo lo que he visto.

—¿En serio? —frunció el ceño, pero no de forma despectiva, más bien como si estuviera pensándolo y tratando de imaginárselo—. Entonces es cierto, creí que era un rumor.

—No, no es un rumor. Pero gracias por no mirarme como a un bicho raro, linda.

Se atrevió a guiñarle un ojo y ella, toda roja de pies a cabeza, le agradeció efusivamente por el dibujo antes de que sus amigos aparecieran y huyera como si hubiera visto al diablo. No le dio importancia, nada más le sonrió a sus amigos y se pusieron a charlar antes de que la profesora entrara.

—Tengo que pedirles un favor.

Todos le rodearon formando un círculo cerrado para que nadie oyera, bien serios.

—¿Qué pasa? —murmuró Shen a su lado, con rostro preocupado.

—No se asusten, no es nada serio. Tengo que hacer algo importante y necesito que alguien me acompañe para darme valor, es todo.

Sorja suspiró de alivio.

—Uff, pensé en algo más serio. Bueno dinos, ¿qué tienes que hacer?

—Quiero deshacerme de mi pasado. Esta misma tarde.



Luego de que las clases terminaran, Ariel y sus amigos faltaron a sus clubes para poder irse temprano de la escuela y hacer lo que tenían que hacer. Ariel llevaba el viejo recado entre sus brazos mientras caminaban por la calle en bajada que siempre había recorrido con el profesor Langley antes de que este muriera. Desde el día en que la señora Langley fue a su casa a armar un escándalo no había vuelto a pasar por allí y a cada paso que daba ahora, tanto tiempo después, un aguijón se le clavaba en el pecho. Hubiera huido si sus amigos no estuvieran con él, apoyándole.

—Tú puedes, A-chan —le dijo Shenshen, acariciándole la cabeza como era su costumbre.

Christian asintió.

—Vamos, eres fuerte. Si soportaste dos años de tortura en la escuela, esto no es nada.

—Sí… —murmuraba, concentrándose en el camino en un intento por no huir. En la esquina, apenas terminaba la bajada, estaba la pequeña casa amarilla con tejas rojas en la que siempre había despedido al profesor con un saludo cordial. Esa vez los niños no estaban esperando a su padre, como solían hacer antes de que él muriera, sino que estaban jugando en el parque frente a la casa—. Tengo que hacerlo.

Almudena tomó su mano y la apretó en silencio. No tenía que decir nada, él sabía que ella estaba dándole fuerzas de esa forma y también sabía lo que estaba preguntándole con la mirada, cosa que Giovanna expresó con palabras.

—¿Quieres que vayamos contigo?

La idea era muy tentadora, pero la desechó enseguida.

—Gracias chicos, pero esto es algo que tengo que hacer yo solo.

Se armó de valor, respiró hondo, y con el paquete rectangular apretado contra su pecho, caminó a paso largo hacia la casa, sintiendo que se le cerraba la garganta a cada paso que daba. Cuando estuvo delante de la casa, que en su imaginación se extendía grande e imponente, pasó saliva y carraspeó para llamar la atención de los niños. La menor, una niña preciosa de cabellos cobrizos llenos de bucles y con un jardinero rosa con dibujos de gatos, lo miró con curiosidad y se le acercó, pero el otro niño que era unos cuantos años más grande, rubio como ella aunque con cara de pocos amigos, la tomó de los hombros y la alejó.

—No te acerques a él, es malo —dijo, tratando de arrastrar a su hermanita, que estaba sorprendida porque le dijo “él”—. Mamá dice que no hablemos con extraños.

—No soy malo. Sólo vine a entregarles un regalo de su padre y darles mi pésame.
La niña abrió mucho los ojos y saltó.

—¿De papá? Alan, trae un regalo de papá. ¡Quiero verlo!

—No, vamos adentro. Papá ya no está, no puede mandarnos regalos.

—En realidad… —se mordió el labio, dudando. Todo era mucho más difícil de lo que pensaba pero debía hacerlo, tenía que hacerlo—. Él me pidió que hiciera esto para ustedes y su madre antes de morir.

—¡Mentira! —gritó Alan, tomando la mano de su hermana de nuevo—. Él nunca nos quiso, yo escuché a mamá decir que se había suicidado por alguien más. Por culpa tuya. Si él nos hubiera querido... no lo habría hecho. No nos habría dejado solos.

Pudo ver un reflejo de sí mismo en ese niño, tan hambriento de cariño, como él a su edad e incluso ahora. Uno podía llegar a odiar a sus padres por haberlo dejado solo pero, tarde o temprano, la tristeza era mucho más fuerte que el odio.

—Su padre los amaba con todo el corazón, Alan. Él hablaba de ustedes casi todo el tiempo y me mostraba sus fotos siempre que podía —les habló a ambos muy suavemente mientras que se arrodillaba para quedar a la altura de sus ojos.

Ariel esbozó una sonrisa triste, recordando aquellos tiempos. Siempre envidió a los niños como ellos, pero le daba pena admitirlo mientras los miraba a los ojos. Él nunca había tenido a un papá, perdió a su madre y ellos tenían todo lo que siempre había querido tener. En esos meses que pasó junto al profesor, la envidia lo recorrió entero cada vez que los veía allí, esperándole junto a la ventana y al profesor corriendo a abrazarles con tanto afecto. Cada vez que veía eso, deseaba tener un padre como él.

—Tú lo mataste —repitió, y la niña a su lado abrió mucho los ojos sin entender—. ¡Mamá lo dijo!

—No lo maté. Quiero contarles la verdad. Su padre los amaba y nunca dejó de pensar en ustedes. Me pidió esto, quería regalárselos para Navidad —dijo, y abrió el paquete para que vieran el cuadro pintado a carbón con la mayor de las dedicaciones y sin ningún error. Era la imagen de los dos niños, más pequeños, junto a la señora Langley, los tres sonriendo—. Me dio una foto, pidiéndome que hiciera un cuadro con ella. Dijo que era de un día muy especial que quería recordar.

Alan se quedó mirando el cuadro, con las lágrimas golpeándose en sus ojos. Ariel sabía que dentro de él se estaban enfrentando miles de sentimientos, dudas, preguntas sin responder y viejos rencores sumados a buenos recuerdos que ahora hacían mella en su corazón infantil. Alan intentó hablar un par de veces sin conseguirlo, pero Ariel esperó pacientemente hasta que, derramando lágrimas, el pequeño confesó que era como la foto de cumpleaños de él y de su mamá. Ambos habían nacido el mismo día.

Ariel sabía que si abrazaba al chico para consolarlo, éste le rechazaría, por eso dejó que su hermanita lo consolara antes de pasarle un pañuelo y decirle:

—Tu papá los quería. Mucho. Todo fue un malentendido, un rumor que alguien comenzó y lo admito, eso sí fue por culpa mía. Cuando quise explicar las cosas, el rumor se había extendido y el profesor, para protegerme y que no me expulsarán, me defendió. Por eso no odies a tu padre. Él en verdad los adoraba

No supo qué pasó luego hasta que las noticias llegaron a los diarios, tampoco pudo leer su carta ni nadie quiso nunca explicarle nada, al igual que a esos dos críos. Tras pensar mucho en ellos, se había dado cuenta de que era por eso que pasó dos años sufriendo y culpándose, dejando que le maltrataran en la escuela porque creía que se lo merecía. Y creía que Alan, el niño, estaba en su derecho de odiarle si lo deseaba pero eso no evitaría que él hiciera lo que debía hacer.

—Pero, ¿por qué? —gimoteó el niño, sonándose la nariz y abrazándose a su hermana—. ¿Por qué hizo eso?

—Creo que tú y yo sabremos la respuesta cuando crezcamos. Hasta entonces, viviremos con la duda. Perdóname por no habértelo traído antes.

Sentía el corazón oprimido por las lágrimas del niño, pero estaba haciendo lo correcto. Al entregarle el cuadro y decirle una parte de la verdad, el pequeño no crecería odiando a su padre y sabría que nada era culpa suya o de su madre. Quizás luego decidiera seguir odiándolo, pero podía vivir con eso. Alan tomó el cuadro luego de secarse las lágrimas, mirándolo un buen rato junto con su hermana que acariciaba el lienzo con los dedos.

—Papá nos quería mucho —dijo ella. Ariel no pudo sino sonreírle—. ¿Y tu papá? ¿También se fue al cielo?

Negó con la cabeza, y ella puso una expresión de tristeza y perplejidad.

—No… Mi papá está vivo, solo que no me quiere. No lo conocí en persona hasta que vine aquí. Es mi mamá la que está en el cielo.

La nena, compungida, se acercó a él y le dio un abrazo. Esta vez su hermano no dijo nada, sólo miró a Ariel sin demostrar ninguna emoción más que el estar razonando.

—Seguro que te sientes muy solo.

—Antes me sentía muy solo. Ahora ya no.

Le dio un beso en la frente a la niña y un apretón de manos a Alan. Él ya no se veía tan reacio a tenerlo cerca, tan vez pensaba que ya se había hecho suficiente justicia. No lo sabía, nunca lo iba a saber porque no pensaba volver a ese lugar, ya había cumplido con su cometido. Estaba por irse, orgulloso de sí mismo y aliviado hasta lo más hondo, cuando una voz femenina lo detuvo.

—Ariel…

Aquello lo detuvo en seco.

Al darse la vuelta se halló con la señora Langley. Alta, rubia, con su cabello ondulado atado, tal como recordaba. La última vez que la había visto, su rostro bonito y redondeado reflejaba pura ira, en ese momento sólo se veía una extraña desolación en sus ojos almendrados. Casi al instante, Ariel se puso en guardia, temeroso de que hubiera una confrontación verbal delante de las criaturas.

—Mil perdones, ya me iba. Sólo traje un recado.

Ella ignoró el comentario.

—Escuché lo que dijiste. Por favor espera, necesito hablar contigo —con una mirada, los retoños comprendieron y se metieron dentro de la casa sin hacer el menor escándalo, huyendo del escenario, como si no desearan estar ahí para ver que ocurriría. El menor observó de reojo a sus amigos, que permanecían en guardia a unos metros, por si tenían que ir a rescatarlo de las garras de una viuda furiosa y resentida.

Empero, también deseaba dejar las cosas en claro con ella, por eso asintió y permaneció quieto en su sitio mientras la mujer se le acercaba, ondeando su precioso vestido blanco de gasa con flores. Ella se detuvo a unos pasos, mirándole detenidamente. Parecía estar examinando el fondo de sus ojos como si buscase algo en ellos, ¿quizás algún indicio de culpa o arrepentimiento? Ariel no sabía, pero devolvió la mirada y se dio cuenta de que esa pobre mujer se veía tan desdichada que apenas podía con su propia alma.

Tenía la misma mirada que Rosetta.

—Te escuché hablar con mis hijos, Ariel. Tú… ¿decías la verdad?

—Sí, señora —sintió un retortijón en el estomago al ver aquellos ojos enrojecer y humedecerse—. Quiero… quiero disculparme en verdad por todo lo que he causado a su familia. Lo cierto es que fue todo un malentendido, en serio. Él nunca quiso abusar de mí, nunca me habló ni me miró de mala manera, el profesor era… Para mí era el modelo perfecto de padre, el padre que me hubiera gustado tener. Nunca lo vi como algo distinto y si se suicidó por mi causa, sepa que no tenía idea. Puede odiarme si lo desea, pero él en verdad los quería mucho a todos.

—Lo sé —la mujer lo estaba mirando fijamente, por primera vez en mucho tiempo sin ningún rencor en sus ojos. Sólo tristeza—. Él me lo dijo, me lo contó todo. Se había tropezado, cayó sobre ti y un compañero los vio. Pero yo no le creí. Lo culpé de no amarnos, de avergonzarnos a todos.

—Eso pasó. El chico que nos vio inició un rumor malintencionado y exageró las cosas —confesó a su vez, algo apenado por no haber dicho todo eso antes, cuando debió hacerlo—. La verdad es que me enteré de eso hace poco… Sólo compliqué todo, lo lamento.

—Supongo que no podía evitarse.

—¿Perdone?

Ariel permaneció inmóvil, mirando a la bella señora que se veía algo cansada pero firme y fuerte como una muralla hecha de piedra sólida. Le recordaba a su madre en cierta manera, que ocultaba su tristeza por el bienestar de su familia y se obligaba a ser fuerte para poder seguir adelante. Isabelle Langley también era así. Sonreía, tratando de mantenerse firme aunque todo a su alrededor se hubiese desmoronado.

Isabelle cerró los ojos, abatida por el dolor de recordar.

—Él te quería mucho. Sentía algo… especial, por ti. Hablaba mucho de ti y siempre pensaba en la forma de hacer que te llevaras bien con todos en la escuela. Le gustaba pasar tiempo contigo.

La mujer no sabía bien qué decirle al niño, que la miraba con los ojos muy abiertos, casi con sorpresa. Ella siempre supo que su marido sentía algo por Ariel, ¿pero cómo admitirlo en voz alta? Lo supo desde el primer día que Langley volvió de la escuela tras haberlo conocido. Él nunca le había engañado, por eso jamás tuvo miedo de que fuera tras otras mujeres, pero cuando lo vio ese día con aquel brillo nuevo en los ojos, comprendió que algo había cambiado en su interior. Era tan obvio. Cuando miraba a ese chiquillo sus ojos se iluminaban de la misma forma en que lo hacían cuando él y ella eran dos adolescentes enamorados… Y no sabía qué hacer. Acostumbrada a no tener con quien competir, de golpe estaba perdiendo a su marido por culpa de un niñito. Y sabía que el chico no tenía la culpa de nada pero, ¿cómo no enfurecerse cuando todo el mundo se enteró? No pudo evitar culparlo, aún a conciencia de que no debía, porque esa criatura que ahora la miraba con curiosidad le había quitado el amor de su esposo sin mover un solo dedo y, pese a que había intentado vencerle, no había podido.

—Yo… —no sabía que decir—. Vaya, la verdad es que no lo sabía. Yo también lo apreciaba, era bueno conmigo y me enseñaba muchas cosas. También me gustaba pasar tiempo a su lado, pero nunca pensé que todo terminaría de esa manera. De veras lo siento.

La mujer sacudió la cabeza con una sonrisa melancólica, mientras le observaba.

—Tú no tienes la culpa –dijo al fin, con una seguridad tan aplastante que Ariel quedó sorprendido de que esa fuera la misma mujer que le armó un escándalo en su propia casa diciéndole que era un rompe hogares—. Tú no sabías nada, así que no tienes la culpa.

—¿Señora?

Ella pareció reaccionar y volvió a su expresión anterior.

—Es decir, por más que mi marido te adoraba era obvio que ese rumor era una mentira. Ni siquiera tendría que haberle hecho caso, ¿cierto? No es como si él hubiera tenido otra intención, aunque siempre hablara de ti. Una vez incluso me dijo que había soñado contigo. ¿Qué locura, no?

Pero pese a que ella se reía como si hubiera contado un chiste, al escuchar esto Ariel entrecerró un poco los ojos. Esa risa era más falsa que la nariz de una actriz famosa. Isabelle ocultaba algo, podía verlo en la forma en que evitaba mirarle demasiado a los ojos, la manera en que se reía o jugaba con su anillo de matrimonio. ¿Acaso estaba mintiendo? Porque si ella mentía entonces sus palabras significaban todo lo contrario a lo que estaba diciendo.

“Eso quiere decir que… No, no es posible”.

Pensó, ruborizándose ante la idea que cruzó su mente. Pero eso explicaba la reacción de la señora Langley, que recalcara constantemente que su esposo no tenía ninguna mala intención y que Ariel no tenía culpa de nada. Si el profesor se hubiera enamorado de él y ella lo hubiera notado, entonces todo tendría sentido. Mas Isabelle no se lo confirmó, pues enseguida cambió el rumbo de la conversación para contarle sobre lo mucho que trabajó su esposo para traer el pan a la casa, como si estuviera reafirmando su posición de marido ejemplar. Ariel supo que era su momento de retirarse. La saludó con respeto, pues nunca más la volvería a ver, e inmediatamente regresó con sus amigos sintiendo el cuerpo y el corazón mucho más ligeros que antes.

Sólo miró una vez atrás. Durante un instante, apenas unos segundos, creyó ver al profesor de pie junto a su esposa mirándole con una sonrisa cálida, agradecida. En esos momentos sintió una curiosa alegría irradiar todo su cuerpo, como cuando vio a su madre y a sus abuelos en sueños pero, al pestañear, Roberto ya no estaba ahí. De todos modos sonrió sin dejar de caminar hacia sus amigos, convencido más que nunca de que había hecho lo correcto.

Sorja fue la primera en correr hacia él y darle un gran abrazo.

—¡Oh Ariel, estaba tan preocupada!

La sonrisa le curvó los labios casi al segundo.

—Pero si todo salió bien, no había necesidad de preocuparse tanto.

—Ya sé, pero tú sabes que yo soy una loca que se imagina lo peor. Estaba preparada para ver a la esposa salir con una escopeta o algo así.

—Ya, ya. Lo bueno es que no pasó, ¿cierto?

Giovanna y Almudena lo abrazaron también, una llorando y la otra apretándole con más fuerza de la debida, pero felices porque todo hubiera salido como Ariel había querido. Christian tenía los ojos rojos y no pudo hablarle, pero el apretón en el hombro que le dedicó fue tan expresivo como el abrazo de hombros de Vladimir y las palmaditas de Shenshen. Todos parecían estar la mar de emocionados pero el menor del grupo sólo se sentía feliz, libre. Ahora tenía una carga menos con la que luchar. Claro, nunca se iría del todo ya que un hombre había muerto y este siempre estaría en su memoria, aunque ya no de la misma forma que antes.

—Por favor, chicos. No lloren —Sorja y Giovanna eran un mar de lágrimas, como si hubieran visto una película romántica—. Todo salió bien, no hay necesidad de llorar. Miren, yo estoy perfecto. Vaaamos, ¡me harán llorar a mí!

—S-sí, lo siento… —la joven irlandesa se secó las lágrimas, sonriéndole mientras le tomaba de la mano para continuar su camino. Ahora iban a ir todos a caminar un rato hasta que se les pasara la emoción—. Eres un buen chico, Ariel.

—Gracie. Pero sólo hice algo que debería haber hecho hace bastante tiempo, creo que ahora el profesor puede descansar en paz.

—Más le vale —bufó Vlad, metiéndose las manos en los bolsillos con expresión algo enfurruñada que pronto pasó a una divertida—. Porque si no, traemos a un buen exorcista.

—No creo que haga falta uno.

—¿Seguro? —Shenshen tomó la delantera y se puso a caminar de espaldas—. Porque mi papá puede conseguirte a un sacerdote shinto. Son lo mejor para deshacerse de espíritus y demonios malignos.

Ariel rió de buena gana, imaginándose a un monje shintoista con sus rosarios y sus sellos o amuletos de papel diciendo palabras raras para hacer desaparecer al espíritu del profesor. La verdad es que para él, Roberto ya debía de estar en otro plano.

—Cuando necesite deshacerme de algún demonio o algo así serás al primero que llame, Shiro. Ahora, hablemos de cosas más alegres, ¿quieren?

—Bien. Y dinos, ¿por qué se te ocurrió darle el cuadro ahora?

Ariel dio un par de pasos en silencio antes de responder.

-Pues me pareció que era lo correcto, es todo. Además, ahora tengo una vida nueva, con gente nueva y experiencias nuevas, así que no quería seguir teniendo algo que me traía malos recuerdos. Y a ella le iba a hacer más bien que a mí.

-Eso suena muy lindo de tu parte –dijo Chris, revolviéndole el cabello con una gran sonrisa orgullosa-. Pero tienes razón. Ahora nos tienes a nosotros.

-Tienes un buen trabajo –apostilló Giovanna. Vladimir asintió con la cabeza.

-Tienes muchos más amigos, nadie te molesta, ganas bien y te va bien en la escuela.

Almudena hizo un gesto de la mano, mirando a Ariel de forma cómplice.

-Tienes a Laura, a Alex… A Mad.

Ese nombre fue suficiente para desencadenar un sonrojo tremendo de Ariel, al tiempo que éste apretaba los labios y abría mucho los ojos, encogiéndose sobre sí mismo de pena. Shenshen fue el único en darse cuenta al principio, porque los demás miraban al frente y él había estado mirando al pequeño de reojo todo el rato. Shirogane quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que estaba pasando. Su amigo estaba enamorado de alguien.

-Ariel, no me digas que…. —el japonés calló medio segundo para luego soltar la bomba, justo cuando todos estaban prestándole atención. —. ¿Tienes a alguien que te gusta?

—¿Escusa?

Se había esperado cualquier cosa, menos esa. Rojo de pies a cabeza, no sabía si decirles la verdad o mentirles. Dijera lo que dijera, Shiro ya había plantado la sospecha y seguramente le harían burlas o no le creerían cuando dijera que no era cierto.

—¿Alguien te gusta? Dijiste que ahora tienes muchas cosas que antes no tenías, ¿se te declaró algún enamorado? ¿Había más aparte de Bud?

Ariel sintió cómo le subían los colores a la cara.

—¡Claro que no!

—¿Entonces?

Las chicas, Giovanna y Sorja, pronto comenzaron a interrogarle y tratar de sonsacarle información mientras que Vladimir les decía que eso era privado y Christian simplemente las ignoraba y le pedía a Ariel una descripción física sin que diera ningún nombre. La única callada, porque sabía la verdad, era Almudena, quien intentó hacer que la atención se desviara a otro tema pero al no lograrlo, miró al jovencito con cara de disculpa. Así lo tuvieron por tres calles, preguntándole, mientras que él pensaba si decirles o no. Bien podía servirle de ayuda que más gente supiera o podía dejarlo sin amigos.

Pero como reza el dicho: el que no arriesga, no gana.

—Okay, les diré la verdad. S-sí hay alguien que me gusta, pero no se me declaró ni nada. No sabe… no sabe que me gusta.

—¡Síiii! —Giovanna saltó de alegría y se le colgó del cuello, sin dejar de saltar, por lo que a Ariel estaba costándole caminar—. ¿Quién es, quién es? ¿La conocemos? ¿Es de la escuela?

—Emh… —bueno, lo primero era dejarles en claro que no era “ella”, sino “él”—. Es… es un chico.

—Oh —la calabresa pestañeó un poco y frunció el ceño, procesando la información en unos instantes que al chico le dieron mucho terror, sin embargo se encogió de hombros y siguió colgada de su cuello—. Bueno, eso también es genial. ¿Y cómo es? ¿Es guapo?

—P-pero, ¿no les molesta? — “No puede ser cierto” pensó, sin podérselo creer.

—No, para nada. Es chocante pero creo que viniendo de ti se ve hasta casi natural. ¿No crees, Sorja?

—Ajá. Lo siento, Ariel. Pero nunca pude imaginarte con una chica.

—Yo menos —apostilló Vlad, quien reía a carcajadas de la cara de sorpresa de Christian.

—En Japón es casi tan normal como ir al templo, ¡te felicito Ari-chan! —exclamó el chico nipón y lo abrazó con fuerza, pese a que en su país el tacto físico era poco acostumbrado.

—Ya saben que a mi me da todo igual —dijo Almudena, y volvió sus ojos hacia el perfeccionista del grupo.

Christian seguía sorprendido. Ariel ya se esperaba un escándalo o que se fuera corriendo, quizás por su religión o por su manía de que las cosas fueran como debían ser. Empero, no ocurrió ni lo uno ni lo otro, aunque la expresión de su amigo seguía rayando la perplejidad y la incomodidad.

Well… —estaba hablando en inglés, lo quería decir que estaba nervioso—. No puedo decir que no me sorprende, nunca me lo esperé. Ya sabes que no me gustan mucho las cosas fuera de lo normal pero eres mi amigo y no soy como Charlie. Sólo evita hablar de cosas demasiado fuertes para mí y me doy por satisfecho.

—Chicos… —Ariel estaba que flipaba. Se hubiera puesto a llorar si no tuviera los ojos irritados de no haber dormido nada y tenía que evitar cualquier cosa que se los hinchara porque al día siguiente tendría una sesión de fotos. Sus amigos lo aceptaban tal cual era, ¿cómo podía ser posible?—. Muchas gracias, no sé qué decirles.

Sorja soltó una carcajada.

—Puedes empezar con el nombre del joven afortunado.

Era la hora de la verdad, el ahora o nunca. Pese a que los chicos habían aceptado que le gustara un hombre, dudaba mucho que aceptaran que ese hombre tuviera casi treinta años, pero quería que supieran para que pudieran ayudarle.

—Antes que nada, tienen que prometerme que no van a horrorizarse ni a enojarse, ¿vale?

Giovanna pestañeó un par de veces y Ariel se ruborizó.

—¿Por qué haríamos eso?

—Es que… el tipo que me gusta es mayor que yo.

—¡Mmh! Qué bien —ella se relamió los labios, dejando relucir sus colmillos de vampiresa—. ¿Cuántos años mayor? ¿Uno, dos, tres?

—U-unos pocos más.

—¿Cinco?

—Un poquito más —musitó, sintiendo que le ardía la cara de vergüenza y ya no pudo sostenerle la mirada. Los demás permanecieron en silencio medio minuto, mirándole como si quisieran preguntarle algo muy íntimo y no se atrevieran.

La que rompió el silencio, fue Almudena.

—El tío que le gusta a Ariel superó hace tiempo la mayoría de edad —dijo, calmada como siempre—. Tiene veintitantos.

“Casi treinta”. Pensó el menor, pero no lo dijo. Sólo se limitó a asentir.

—La persona que me gusta es Mad.

Fue como si hubiera dejado caer una bomba. Le recordó a aquellos dibujos que veía de niño junto con su primo, en los cuales cuando había un momento incómodo se rayaba un disco. Estaban algunos en silencio, otros boquiabiertos, pero Giovanna cortó la mala onda con un gritito de alegría y se arrojó sobre Ariel, saltando sin parar.

—¡Lo sabía! Sabía que él era perfecto para ti, ragazzo. Es genial porque tiene más experiencia que tú y va a poder enseñarte muchas cosas, ¿pensaste en eso? ¡Encima está taaan bueno! Y estoy segura de que está loco por ti, ¿no te lo dije yo cuando te encerraron en el baño? Te cargó como a una princesa, se me caía la baba.

—¿Eh? —Ariel no daba crédito a sus oídos. Del silencio incómodo pasaron a la perorata alegre y la calabresa no dejaba de saltar y abrazarle con un brillito extraño en los ojos. Casi podía jurar que estaba imaginándose a Mad en situaciones no muy santas—. ¿Estás feliz?

—Sí. Yo creo que hacen una muy linda pareja.

Pero Christian no pensaba igual.

—¿Estás loca? ¡Ariel es menor aún! Si alguien se entera, el tipo irá preso por pedófilo o algo así. Ariel, ¿has pensado en eso?

—Sí, y bastante. Pero ha habido muchos casos de gente con diferencias de edad y nadie se ha quejado. Los padres de Giovanna se llevan dieciséis años y la madre tenía diecisiete cuando comenzó a salir con su padre.

—Sí, pero no es lo mismo. Entre un hombre y una mujer puede llegar a tolerarse, pero entre dos hombres… Creo que lo primero que harán es catalogarlo de abusador.

Frustrado, Ariel suspiró. Ya había pensado en eso y en muchas otras cosas. Había pensado en todas las posibles situaciones que derivaría una relación con Mad si llegaba a conquistarlo y sabía que la mayoría no eran muy agradables, pero estaba dispuesto a correr el riesgo. Después de todo, era un niño y estaba siendo caprichoso como tal. Quería a Mad, punto.

—Ya lo sé, Chris. Pero no puedo evitarlo, él me gusta mucho. Sé que si llegáramos a tener algo sería muy problemático, pero seamos francos, no seríamos los primeros ni los últimos, ¿cierto? Además… Él no sabe nada. Aún no se lo he dicho y todavía no pienso hacerlo.

Shenshen, que había estado meditando en silencio, finalmente habló:

—¿Seguro que eso es lo que quieres?

Ni siquiera tuvo que pensar la respuesta.

—Sí —dijo, con una gran sonrisa. Quería a Mad, adoraba a Mad y deseaba tenerlo para él. No como un amigo, un tío o un hermano. Lo quería como a un hombre. Aún era algo que no comprendía del todo bien, pues nunca le había pasado antes, pero estaba convencido de eso. Y su mayor anhelo era que Mad le viese a él también como un hombre con quien estar, aunque fuera por poco tiempo—. Le quiero.

—¿Estás enamorado?

—S-sí. Es la primera vez que me pasa, todavía no lo asimilo bien.

Los chicos se miraron entre ellos, cuestionándose con la mirada. Ariel podía ver cómo se removían los engranajes de sus cabezas, pensando de qué forma asimilar la situación, cómo reaccionar. Temía que lo rechazaran y no volvieran a hablarle, pero estaba decidido a no hacer como en el pasado de esconder sus emociones y sus pensamientos sólo para agradarles a los demás. Aparte, la sonrisa de Almudena lo tranquilizaba en cierto modo.

Tras un silencio prolongado, todos se volvieron hacia él. Salvo Chris, los demás tenían una sonrisa en su rostro. Un poco tímida, pero sonrisa al fin. Sorja fue la que habló, mirándole con cierta pena en su rostro ovalado lleno de pecas.

—Si es lo que tú quieres…

—A mí no me gusta —gruñó Chris, cruzado de brazos—. Lo tolero a medias sólo porque eres mi amigo. Pero te advierto que, aunque no diré nada a nadie, me quejaré de esto por toda la eternidad hasta que te des cuenta que es un error. Vete preparando, ¿okay little perv?

Ariel se sentía tan aliviado, tan contento, que la risa brotó sola desde lo más profundo de su garganta y las amenazas de Chris le parecieron dulces comparadas con la idea de no volver a ver a alguno de sus amigos, con los que tanto se había encariñado. Pudo escuchar a Shenshen quejarse porque Almudena se había enterado primero, pero ni eso importaba mucho, estaba demasiado contento. Algo le decía que nunca iba a conseguir amigos tan fieles como ésos. Los unía el hecho de ser distintos, de ser extranjeros en un sitio prejuicioso, los unía el hecho de que todos y cada uno estaba algo loco a su manera y se aceptaban tal cual, por eso y por más sabía que no tendría una amistad así con nadie más.

—Creo que puedo vivir con eso, Chris —dijo al fin, cuando las carcajadas remitieron y fue capaz de mirarlos a todos con el mayor de los cariños—. Ustedes sí que son amigos de verdad, chicos.

—Ni más ni menos —Vladimir sonrió y lo abrazó fuerte, despeinándole un poco el pelo—. Ahora, pequeño diablo, vas a tener que explicar muchas cosas o no haré tu biografía cuando te conviertas en el modelo y el joyero más solicitado de todo el mundo.

Y, ante eso, no pudo sino reír.

La caminata fue muy placentera, obviando los atisbos de vergüenza que Ariel sentía cada vez que Giovanna preguntaba algo muy específico como que si había visto a Mad con poca ropa, si había pasado mucho tiempo a solas con él o si alguna vez lo había tocado. Sabía que no lo hacía con mala intención, pero le daba pena. En medio de toda la andada de preguntas de Giovanna, casi daba gracias a Dios, aunque no creía en él, cuando Sorja hizo un comentario sobre la señora Langley, a quien habían dejado atrás.

—Se la veía muy compungida, pobre.

—Sí —el muchachito suspiró, metiéndose las manos en los bolsillos del blazer, aunque luego sonrió—. Pero creo que ahora debe estar mejor, sabiendo que su esposo sí pensaba en ella.

—Tuviste mucho coraje para venir aquí, yo no hubiera podido.

—Yo a lo sumo le escribía una carta —dijo Vladimir, caminando junto a Shenshen, quien soltó una risotada como le era natural.

—Yo hubiera quemado el cuadro y asunto resuelto.

—En honor a la verdad yo pensaba hacer lo mismo, Shiro. Pero en estos días comprendí muchas cosas y me di cuenta de que si no me deshago de mi pasado no voy a poder seguir adelante ni madurar. Tenía que hacerlo, era lo correcto. Pero aún tengo muchas cosas de las que deshacerme.

Almudena le tomó de la mano.

—¿Cómo qué?

—Siempre tuve miedo al rechazo, todavía sigo teniéndolo. Estaba tan preocupado por caerle bien a todo el mundo, por no quedarme solo, que nunca decía lo que sentía ni hablaba de mí mismo, siempre trataba de gustarle a los demás. Me di cuenta de que tengo que ser yo mismo. Sólo así voy a poder estar con las personas que me aprecian de verdad por lo que soy ni tampoco voy a permitir que me vuelvan a pasar por arriba.

—Eso esta muy bien, Ariel. ¡Te felicito! —exclamó Sorja, abrazándole por la espalda sin dejar de caminar, de tal forma que Ariel casi terminó trastabillando.

—Gracias bebé. Bueno, también aprendí que debo pedir ayuda cuando la necesito. Y, como necesito de la ayuda de tres lindas señoritas, pensaba pedirla porque no soy bueno para estas cosas.

—Claro que sí, tú sólo dilo. ¿Qué necesitas?

Ariel se detuvo y miró a sus amigas directamente a los ojos.

—Ayúdenme a conquistar a Mad.


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