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viernes, 18 de junio de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro Capítulo Trece.

Aquí estoy yo otra vez, trayéndoles un nuevo capitulo de Cuarto Oscuro. Esta bien largo, espero que lo disfruten ;) Dense por avisados que hay lime... O algo asi, LoL.



Perdón.


Poco después de eso, Ariel en verdad se enfermó. Estaba tendido en la cama de su cuarto con treinta y nueve grados de fiebre pese a que su primo se quedó con él toda la noche para asegurarse de que no pasara frío. El problema es que se dieron cuenta al día siguiente, luego de que llevaran al minino al veterinario para que le hiciera todos los estudios. Mientras al gato lo desparasitaban, le sacaban las pulgas, le ponían las vacunas y un collar con placa, Ariel se desmayaba en la sala contigua donde esperaban los dueños de las mascotas. El pobre niño se había sentido bien durante toda la mañana, sólo algo adolorido, y como la temperatura no se le notaba al tocarlo, sólo se dieron cuenta cuando no pudo soportar más.

Por eso ahora estaba acostado en su cama, con el gatito a su lado, y un paño mojado con vinagre y agua fría en la frente. La mesa de luz que normalmente estaba llena de libros o con el equipo de música con Nickelback o Simple Plan a todo volumen, ahora estaba repleta con una caja de jarabe para la tos, una taza con caldo, una botella de agua mineral, aspirinas, antipirético y el termómetro eléctrico. Mozart dormía a su lado, bien tapadito bajo las sábanas, mientras que Ariel miraba el techo con los ojos enrojecidos y se maldecía por habérsele ocurrido caminar bajo la lluvia. Ahora estaba enfermo e iba a perder valiosas clases de joyería y entrenamiento para la pasarela. La escuela era lo de menos, estaba seguro de que los chicos le prestarían los apuntes y, de todas maneras, había adelantado cinco capítulos de casi todos los manuales, por lo que no le costaría volver a integrarse. Mozart ronroneó a su lado y el muchacho sonrió, acariciándolo detrás de las orejas. Al menos algo bueno había sacado de todo esto porque ahora tenía alguien haciéndole compañía.

El ruido de pasos en el pasillo le dijo que Gian Luca estaba yendo a la habitación. En efecto, este abrió la puerta entrecerrada de su cuarto con la cadera y entró con una sonrisa paternal brillando en sus labios carnosos mientras que llevaba una charola entre sus manos. Se acercó a la cama y se sentó junto a ella, dejándole la charola sobre las piernas. Sobre ella había un plato lleno de sopa, con sus cubiertos, algo de queso y un tarro con agua y hielo.

—Es hora de almorzar, primo. Te hice sopa de letras y verdura con caldo de pollo, como te gusta. Ya avisé en la escuela y se te descontarán las faltas apenas lleves el certificado médico.

Ariel se incorporó en la cama mientras se quitaba el pañuelo con una mano y tomaba la charola con la otra. Agradecía que tuviera patas metálicas, así no le llegaba el calor del plato.

—Gracias, Luca. Perdona que te tenga aquí varado conmigo...

—Ni lo digas —tomó el pañuelo y lo metió en el tarro con hielo—. Somos familia, es natural que cuide de ti cuando estás enfermo. Tú hacías lo mismo cuando estábamos en Niscemi.

—Pero, ¿y tus exámenes?

—Rendí la gran mayoría ayer. Tengo que dar dos más mañana entrada la mañana y el resto el viernes y el sábado a la misma hora. Así que puedo quedarme y cuidar de ti como corresponde. Y si pasa algo, mamá estará libre para venir a quedarse contigo. De hecho, pidió venir esta noche.

—¿No le traerá problemas con el zángano?

Gian lo miró con una sonrisa dulce, remojando el pañuelo y estrujándolo antes de ponérselo sobre la cabeza.

—Eso no es algo de lo que debas preocuparte, es problema de ella. Tú sólo tienes que dejarte mimar como un nene bueno y recobrarte pronto para volver a ver a tus amigos.

—Y regresar al trabajo —completó la frase, aún a sabiendas de que su primo haría una mueca con los labios y cambiaría de tema al instante. A Luca no le gustaba nada que trabajara de modelo. Antes lo toleraba porque su jefa era una amiga de la familia, pero ahora que estaba en la revista Mode, rodeado de desconocidos, parecía estar menos de acuerdo con que Ariel trabajase.

En efecto, Luca apretó los labios y comenzó a contarle sobre su última salida a una disco un poco alocada a la que había ido con sus amigos. El lugar, que estaba lleno de gente rara, se llamaba "Éxodo" y estaba ubicado delante de un cine algo viejo. A Ariel se le ocurrió hacer una broma sobre el nombre del lugar, diciendo que sonaba más a cabaret que a una discoteca y ambos estallaron en carcajadas.

—Cuando crezcas un poco más también irás a bailar con tus amigos —dijo Luca, preparándole los medicamentos mientras hablaba y veía a Ariel comer a velocidad de tortuga—. E irás a sitios raros, probarás tragos, te emborracharás y conquistarás a cualquiera que te guste. Así es la vida de la gente joven.

—Qué gracioso —Ariel le sacó la lengua y Luca no pudo evitar notar que la tenía de un color raro. Lo mejor era darle las medicinas pronto—. Eso es porque tú tienes diecinueve años, mala persona. Yo no cumpliré los catorce hasta dentro de dos semanas.

—¡Mejor! Es un año más cerca de la inmadurez de la adolescencia y el alcohol, previo a los estudios universitarios. A ver, termínate rápido la sopa que tienes que tomar el jarabe y el antifebril... ¿Cuál era la dosis?

—Cinco mililitros de jarabe cada ocho horas y el antifebril cada seis. Las aspirinas sólo tengo que tomarlas una o dos veces al día, por si me duele mucho el cuerpo.

Luca puso los ojos en blanco y luego se carcajeó, preparándolo todo.

—A veces no sé qué haría sin tu memoria, primito. Tienes una grabadora instalada en el cerebro.

Como premio por eso, recibió un almohadazo en la cabeza mientras se reía a carcajadas. Al tiempo que tragaba los medicamentos y su primo le hacía charla sobre los horribles profesores que le habían tocado en la universidad y sobre uno de sus compañeros que fue con resaca a la clase de matemáticas, Ariel pensaba en lo bien que le hacía el tener a su primo cerca. No eran familiares de sangre en realidad, pero se querían como si lo fueran por haber crecido juntos. Gian Luca lo vio desarrollarse en el vientre de su madre, lo vio nacer y crecer, incluso fue quien le enseñó a caminar y a jugar al fútbol. Cuando eran niños siempre estuvieron juntos como si fueran hermanos de verdad, cuidándose el uno al otro y haciendo travesuras.

Recordaba como si fuera ayer que, antes de que Angelo naciera, iban juntos a la escuela caminando o en bicicleta mientras pasaban junto a los pocos maizales que aún sobrevivían a la urbanización, los cuales habían sido testigos de la segunda guerra mundial y sus consecuencias, de las que su abuela le contó miles de historias. Ambos miraban maravillados los maizales que pasaban del verde al amarillo dorado, regados por las flores rojo sangre de amapola que hacían la vista de un campo precioso. También solían hacer las tareas de la escuela juntos, a pesar de la diferencia de edad y jugaban a todas horas mientras comían rigulizia, fichi d'india o el chocolate cremoso formagino que se vendía en las calles desde antes de que sus abuelos nacieran. Hasta poco después de cumplir los ocho años, Ariel había vivido creyendo que él y Gian Luca eran hermanos de verdad y que Angelo era el único que faltaba, un tercero al cual cuidar entre los dos como buenos hermanos, para enseñarle todo lo que Gian Luca sabía de antes y lo que habían aprendido juntos. Fue curioso para él cuando al crecer, se dio cuenta de que entre ellos y su primo no había parecido físico e intentó preguntarles a su madre y a su tía el porqué. Fue en ese momento en que ellas le explicaron que, si bien no eran hermanos de sangre, sí lo eran de corazón porque ambos se querían y habían crecido juntos. Los dos debían seguir juntos como familia, como hermanos, y cuidar de Angelo mientras él crecía.

"Lo que une a una familia no es la sangre, Ariel". Le había dicho su madre ese día, mientras lo sentaba en su regazo y le daba un beso en la frente. "Sino el corazón. Si tú quieres a Gian Luca como un familiar y él también te quiere, es algo hermoso que deben conservar para siempre. Porque la única cosa con la que podemos depender, incluso en los peores momentos, es la familia".

Por eso es que crecieron juntos los tres como si fueran hermanos aunque se hacían llamar "primo". Tanto divagó entre los recuerdos de los tres yendo de paseo por el Belvedere o viendo al abuelo refinar el metal en la herrería, que se perdió la mitad de la conversación.

—¿... vengan a verte?

—¿Perdón? —no entendió nada y tuvo que sacudir un poco la cabeza, que comenzaba a dolerle.

—¿No quieres que tus amigos vengan a verte? Podría ir a buscarlos.

—Si quieren venir a verme lo harán, primo. Si los vas a buscar sería como obligarlos, ¿no te parece?

Luca suspiró. Ariel nunca iba a cambiar, sería siempre ese chico que se preocupa por no molestar a los demás y que todo el mundo esté contento. Empero, le gustaba que su primo fuera tan dulce y considerado, aunque corría el riesgo de ser usado de felpudo. Él se iba a encargar de cuidarlo, pensaba mientras observaba al chico alimentarse, e iba a hacer algo que lo alegrara... Porque era obvio para Gian Luca que Ariel estaba deprimido y no sabía porqué pero, si se le ocurría preguntar, lo más probable era que Ariel dijera que no le pasaba nada y se esforzaría por ocultarlo o parecer más animado.

Gian Luca suspiró y le sirvió un vaso grande de agua. La mentalidad de Ariel era tan extraña que todavía le costaba comprenderla del todo. Pensaba en qué películas prestarle para que viera mientras se recuperaba cuando el celular de Ariel sonó. El menor estuvo a punto de saltar para atenderlo pero su primo le indicó con un gesto que permaneciera acostado mientras que él tomaba el aparato y atendía, podía verse el nombre "Giovanna" brillando en la pantalla.

—¿Hola? —se abstuvo de atender en su lengua natal, como era su costumbre. Del otro lado se oían ruidos como si hubiera mucha gente cuchicheando, pero nadie hablaba—. ¿Pronto qui parla?

Recién ahí hubo actividad del otro lado.

—¿H-hola? —la voz era la de una muchacha y se notaba confundida. Luca sonrió, seguro que esperaba oír la voz suave de Ariel y se había encontrado con su vozarrón grueso, el cual su primo siempre calificaba como voz de locutor—. Esto... ¿está Ariel?

—Sí, soy su primo —del otro lado la chica suspiró de alivio—. No puede salir de la cama así que no podía atender. ¿Quién habla?

—Oh, soy Giovanna, una amiga suya de la escuela. Queríamos saber cómo se encontraba porque no lo hemos visto desde ayer y estábamos preocupados. Y como no tenemos el teléfono de la casa...

—Ah, sí —no pudo evitar soltar una risita, en especial porque su primo hacia gestos con las manos para que le diera el teléfono—. Está engripado y con fiebre, así que faltará a la escuela dos semanas. ¿No conoces a nadie que pudiera pasarle las tareas de la escuela? Para que no se atrase con nada, ya sabes como es él.

—¡Claro que sí! La verdad es que queríamos ir a visitarlo hoy, pero no sabíamos si él quería vernos. Nosotros podemos prestarle los apuntes y... ¿Qué? Christian, todos tenemos los mismos apuntes... ¿Cómo que yo no presto atención en clase? ¡Ey, no me saques el teléfono! —el joven moreno miró a su primo encogiéndose de hombros y Ariel ladeó la cabeza, alejando la charola de su cuerpo—. ¡Ya! Uff, dice Christian que él le dará los apuntes.

—No hay problema. Pueden venir cuando quieran —dijo, sonriéndole al pequeño que se agitaba y amenazaba con tirarle una almohada—. Ah, parece que Ariel ya se despertó. ¿Te paso con él? No, no es molestia, deja que te pase con él.

Ariel fulminó a su primo con la mirada mientras tomaba el celular y él se iba con la charola en mano, riéndose a carcajadas. Atinó a pegarle un almohadazo en la nuca pero eso sólo hizo que se riera más fuerte mientras que él se moría de vergüenza. No había hablado con los chicos desde la pelea con Charlie y temía que ya no quisieran verle o le tuvieran miedo pero ahora, gracias a su primo, había llegado el momento de la verdad. Respiró hondo y atendió con su mejor voz pese a que le salió ronca por el dolor de garganta.

—Hola Gio, ¿cómo estas?

Por toda respuesta recibió un grito de alegría y la voz cantarina y feliz de su amiga.

—¡Arieeel! —chilló ella, con una vocecita que podría haber derretido las paredes. Ariel no pudo evitar carcajearse por lo bajo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Tienes mucha fiebre? No sabes lo preocupados que estábamos todos los chicos y... ¡Ay, Sorja! Espera, ahora te paso con él. ¿Estás muy mal, bebé?

—Bueno, tengo algo de fiebre... Pero en la mañana estaba mucho peor. El médico me dijo que tengo que estar dos semanas en cama y con medicación, pero espero curarme pronto, esos remedios son tan feos que siento que estuviera chupando una vara de metal oxidada.

—Ya, pero por lo menos generarás anticuerpos y no te volverás a enfermar, ¿cierto?

Ariel puso los ojos en blanco.

—Sí, lo mismo me dijeron el año pasado. Escuché que le decías a mi primo algo de los apuntes, ¿qué era?

—Es que con los chicos pensábamos en ir a visitarte durante la semana y llevarte los apuntes de cada día. De paso, vemos como estás y te cuidamos un poco.

—Gio, no necesito que ustedes me cuiden.

—No importa, lo haremos igual. Siempre quise jugar a la enfermera. ¿Podemos ir a verte hoy?

Negarse a esas alturas hubiera sido de mala educación.

—Claro. Si no temen pescarse el resfriado del año.

Giovanna dejó oír una carcajada estridente y pronto se escuchó la típica discusión entre varias personas. Antes de darse cuenta escuchó a Sorja hablarle a través del teléfono. Gritó tan fuerte que casi le sangraban las orejas.

—¡Ariel!

—¿Q-qué ocurre, Sorja?

—Giovanna me dijo que estás enfermo, ¿estás bien? ¿Es grave? ¿Qué te dijo el médico? Porque quiero pensar que fuiste al médico, ¿cierto? ¡Más te vale que hayas ido con un médico o te juro que te voy a ma...!

Sorja era siempre tan sobreprotectora y maternal que estaba convencido de que ella sería la primera en casarse y dar a luz.

—¡Ey, ey! Tranquila, Sorja. Sí, fui a un médico y no es tan grave. Ya no tengo tanta fiebre, sólo me siento adolorido y me duele la garganta. Es lo que gano por andar bajo la lluvia sin parar. En dos semanas regreso a la escuela.

—Qué alivio... —suspiró la muchacha, antes de continuar—. Eso quiere decir que estaremos a tiempo para celebrar tu cumpleaños, ¿no es genial?

No pudo evitarlo, sólo esbozó una sonrisa ante el comentario. Desde hacía dos años que no festejaba los cumpleaños como Dios manda, como era la costumbre en su casa. Ahora que tenía amigos podría darse el lujo y recibiría más llamadas y regalos que los de Luca y Chety. Una fiesta con amigos sería genial, incluso no tenía por qué ser una fiesta, podrían hacer una salida grupal a algún sitio buena onda para divertirse y regresar tarde a casa.

—Sí, más que genial. Voy a ver qué hago para esa fecha.

—Tiene que ser algo genial. ¡Tiremos la casa por la ventana! No todos los días se cumplen catorce años... Aunque tú por dentro tienes más de veinte.

—¿Me estás diciendo viejo? —dijo en medio de risitas, acariciando a Mozart que se desperezaba y le amasaba el costado con las patitas.

—No, te estoy diciendo maduro. A ver, aguanta, que Christian quiere hablar contigo sobre los apuntes...

—Sólo dile que traiga todo los que haya hecho, conociendo lo perfeccionista que es deben estar todos impecables. Vengan hoy en la tarde, así merendamos todos juntos y de paso les presento a Mozart.

—¿Quién es Mozart? —preguntó la muchacha, con curiosidad.

—Mi nuevo gato.


Jean Claude Labadie suspiraba por sexagésima vez en el mismo día. Ya había pasado una semana desde la pelea con Ariel y la verdad era que su mundo estaba vacío. Muerto. Se sentía como si estuviera en el medio del Sahara, completamente solo y sediento, y su oasis se encontrara separado de él a una distancia demasiado grande como para poder saltarla. De hecho, le daba miedo siquiera intentarlo, no fuera que muriera a medio camino y ni siquiera lograse vislumbrar una palmera del oasis que antes había tenido tan a mano. Pero si tampoco se movía, se moriría de todas formas en medio del desierto, en solitario.

Así era como la mente y el corazón de Jean Claude veían su situación actual. La ausencia de Ariel lo hacía sentirse tan desdichado que no podía ni soportar el silencio reinante en su hogar, no podía estar quieto en el mismo sitio sin recordar los momentos vividos juntos en esa misma casa. Cada vez que veía la mesa de la cocina recordaba las horas de merienda y té con Ariel cuando iba a enseñarle informática o la primera vez que cenaron juntos, aquella maravillosa noche en la que el menor lloró entre sus brazos y le sonrió con los ojitos llenos de lágrimas. En el despacho, veía al jovencito asumiendo su papel de profesor serio y aplicado, explicándole cómo se utilizaban los programas de la red.

"No, Maddy. Mira, hazlo así. ¿Ves? De esta forma es más sencillo... ¡Muy bien, ya lo tienes! ¿Ves que no era tan difícil?"

Esa vocecita resonaba en sus oídos. Podía verlo jugando en el sillón con los cachorros, haciendo zapping por deporte en la tele. Incluso en ese momento, mientras miraba el techo de su cuarto, podía verlo a su lado usando el pijama que le había prestado aquella noche de tormenta. Pese a que había querido olvidarle, ahora la presencia del niño era más patente que antes en su ser. No podía subir al auto sin verlo dormir en el asiento de al lado, mojado y con dos cachorritos en sus brazos; no podía ir a Alchemy, pues al alzar la vista, se lo encontraba sonriéndole mientras hacía la tarea. Y ni hablar de pasear por ahí. Fuera a donde fuera, veía a Ariel por todos lados como si fuera una maldición, persiguiéndole con su hermosa sonrisa y su voz tintineante resonando en sus oídos.

Hasta que recordaba la última vez que lo vio.

Todo le había salido mal. Ariel no estaba a su lado y se sentía muerto. Ya no deseaba tomar una fotografía más, no quería salir de casa ni estar en ella, tampoco podía mirar a sus perros a los ojos porque allí lo veía, jugando con ellos todo el tiempo. Extrañaba tanto oír su voz, oler su perfume. Extrañaba su calor y la forma en que le brillaban los ojos cuando pronunciaba su nombre, escuchar sus historias sobre su pueblo u oírle cantar mientras cocinaba algo. ¿Dónde estaría su hada ahora? ¿Qué estaría haciendo? Esperaba que estuviera jugando con sus amigos, como debía ser, en lugar de estar junto a un viejo verde como él... Un pervertido no se merecía a tan tierna criatura a su lado, ni siquiera debería haber comenzado una amistad con él sólo por su sonrisa.
Pero el verle sonreír era su alimento, y ahora que no recibía los cálidos rayos de luz de sus sonrisas se estaba muriendo como un girasol encerrado en un desván oscuro, húmedo, solitario y lleno de cosas inservibles. Incluso se sentía viejo y sin ánimos de nada. Cada vez que intentaba sonreír, el rostro lloroso del menor aparecía en su mente y un dolor profundo y visceral lo atenazaba con tanta fuerza que le dolía hasta respirar. Y sólo había pasado una semana sin él, una semana cuyas horas fueron tan largas que tuvo la alocada idea de que los relojes del mundo conspiraban en su contra, porque aquéllas se volvían largas y tediosas, tan vacías que nada le llenaba lo suficiente. ¿Qué podía hacer para llenar ese vacío en su pecho y en su propia vida? ¿Cómo llenar las horas que pasaban tan lentas y amenazaban con enloquecerle con cada tic tac del reloj?

Mad, echado sobre la cama en posición fetal, dejó oír un suspiro. Lo extrañaba demasiado, como nunca había extrañado a nada ni a nadie. Le recordaba a aquellas tardes de su niñez en las que se escondía en el desván y lloraba por la muerte de su abuela y su madre o por las palizas que le daba su padre cuando estaba borracho, porque ahora tenía la misma sensación de dolor, tan profunda que se le cerraba la garganta y se le llenaban sus ojos de lágrimas, aunque ya fuera un hombre hecho y derecho. Ni siquiera podía soportar la soledad.

Una lágrima bajó por su mejilla cuando cerró los ojos, en un intento por borrar la imagen mental del chiquillo de su mente. No podía. Lo intentaba, pero no podía, cada vez que trataba de eliminar el recuerdo de Ariel, éste volvía con más fuerza y lo entristecía más... Es que lo amaba tanto, lo adoraba con cada pulgada de su ser y ese amor, que fue su alimento por tanto tiempo, convirtiéndose casi en su fuente de vida, no estaba ya para alegrarle.

"No". Se dijo, poniéndose boca arriba mientras que tragaba el dolor y se enjugaba las lágrimas con insistencia. "Tengo que olvidarle, ya no puedo pensar en él de esa manera...".

Entonces, ¿por qué no podía estar solo ni siquiera en su hogar?

"Mad...".

Alzó la vista al oír la voz del Doppelgänger, quien lo miraba desde el espejo con una expresión de pura lástima y tristeza.

"Es que ya no quieres estar solo".

Fueron esas simples palabras tan obvias las que lo hicieron despertar al fin. Seguía enamorado de Ariel, sin importar cuánto hubiera intentado olvidarlo a lo largo de toda esta cruzada en pos de conseguir un nuevo novio, pero en estos días sin hablarle, el amor por él se intensificaba a medida que lo tenía más alejado. Ni siquiera podía sobrevivir una semana sin él. Era en verdad patético, debía ser el único loco en el mundo capaz de sentir un amor tan fuerte que le impedía estar sin su amado. Tenía que disculparse con Ariel, no importaba si no podía besarlo y abrazarlo. Sólo quería ver su hermosa sonrisa otra vez.


—Ay, ¡Mozart es tan lindo!

Ya debía ser la vez número cincuenta que Sorja decía aquello, con el gatito sobre sus piernas. Como todas las tardes desde que se había enfermado, los chicos habían ido a visitarle y ya era una semana desde que habían comenzado con las rutinas de visitas. Como siempre, Christian se la pasó hablando durante casi una hora sobre las tareas y los apuntes, explicándolo todo con una exactitud casi alarmante mientras que los demás jugaban con el gato y examinaban la playstation que Shenshen llevó, además de que comían unos dulces japoneses caseros que él mismo había traído.

—Es por omimai —le dijo, cuando le preguntó por la comida que le había llevado. Por alguna razón todos lo imitaron y llevaron algo de comer, además de algún objeto para que Ariel se entretuviera mientras estaba en casa—. Cuando una persona está enferma se la visita para ver como está y se deja comida para que mejore pronto, es una tradición de Japón.

—Eso es muy dulce, gracias Shenshen —miró los dulces, eran de color rosado y se parecían a la masa marshmallow—. ¿Qué es?

—Es suama —dijo, y agregó mientras que le daba uno de probar y le pedía a Vladimir que instalara la consola—. Es un pastelito seco con sabor a Suama, una fruta de mi país. Pruébalo, te gustará.

Lo probó y aunque era demasiado dulce y esponjoso, le gustó.

Todos comieron, excepto Christian, que prefería las cosas saladas y se bajó una bolsa de patatas fritas él solito. Shenshen había llevado además unas bolas de arroz llamadas onigiri y unas copas de ramen instantáneo que compró en un hipermercado. Giovanna llevó merengues con dulce y galletas, Vladimir no llevó comida pero lo compensó con la saga completa de Anne Rice y Sorja exhibió muy orgullosa sus propios brownies caseros con forma de duende. Ariel fue el único que entendió el chiste.

Era muy divertido pasar las tardes con ellos bajo la tutela de su tía o su primo, porque le hacía recordar a las viejas épocas en Niscemi, cuando la casa estaba llena de risas y ruido, haciéndole sentirse menos solo. Todos estaban sentados en el piso, sobre almohadones o en la propia cama junto a Ariel mientras le contaban todos los chismes de la escuela o competían con la consola y comían. Según le contaban las chicas, mientras veían a Christian y Vladimir competir en el Mortal Kombat Armageddon haciendo que sus personajes de destrozaran entre ellos, Charlie había quedado traumado luego de la paliza que le había dado frente a todo el curso y no hablaba casi con nadie, además de que tenía toda la cara amoratada. Algunos de los pupitres que solían estar vacíos alrededor de la mesa de Ariel ahora estaban siendo ocupados y alguien se había atrevido a ponerle un cartel ofensivo en el casillero a Bud. Era como si él y su grupito de chicos malos hubieran perdido el apoyo de toda la escuela, porque todo el mundo se había enterado de lo ocurrido en el taller y ahora los miraban con cara de asco. Además, según habían oído decir a los maestros, Ariel no iba a ser expulsado, sólo castigado con una pena menor como escribir un informe de quinientas palabras.

—Parece que están todos muy arrepentidos por lo que te hicieron, A-chan —comentó Shenshen, echándole agua hirviendo de una tetera a las copas de ramen—. Aunque muchos te tienen miedo y otros siguen pensando igual.

—O sea, que la escuela está dividida en opiniones.

Giovanna masticó un brownie mientras que acariciaba a Mozart con la otra mano.

—Algo así. Pero lo mejor de todo es que ya nadie se acerca al grupo de Bud ni les habla. Y hasta los profesores comienzan las clases dando charlas sobre tolerancia e incomprensión. Bastardos, tendrían que haberlo hecho antes.

—En realidad —Ariel sonrió, saliendo de la cama aún bajo la mirada reprobatoria de Sorja. Le daba algo de pena estar en pijama frente a sus amigos, pero ellos no le daban importancia—, yo tendría que haber golpeado la cara de esos desgraciados más de una vez. Quizás si lo hubiera hecho antes no habría pasado un año de torturas. Pero no importa, ¿quién juega una partida de Mortal Kombat conmigo?

Luego de la comida y los juegos, Christian, con su porte de profesor perfecto comenzó a explicarle sobre la clase del día, cómo había hecho los apuntes y de qué forma leerlos. Hasta le dijo qué paginas del libro leer para ampliar la información y todo. Ariel agradecía tener memoria fotográfica, porque así él no tenía razones para repetirle todo de nuevo, como hacía con las chicas cuando no entendían algo. Unas horas más tarde, se quedaron sin bebidas y decidieron ir en grupo a comprar, tiempo que Ariel aprovechó para estar solo en su cuarto mientras que su ruidosa tía escuchaba Il Divo en la cocina mientras preparaba galletas. Usó esos momentos para reflexionar mientras veía por la ventana cómo se alejaban sus amigos, era en verdad todo un cambio. Hacía unos meses nadie hubiera ido a verlo y nadie le hubiera dado la tarea.

"Quizás Mad hubiera venido". Pensó, abrazándose las rodillas como siempre hacía, para luego obligarse a sacudir la cabeza y apartar ese pensamiento. No debía pensar más en Mad. Él lo había traicionado, si bien luego se lo vio arrepentido cuando lo persiguió bajo la lluvia, en ese momento no quiso escucharle. De hecho, estuvo toda la semana sin querer escuchar sus razones aunque se moría por verlo de nuevo y que le sonriera como antes, pero ahora se consideraba muy inmaduro. Tendría que haberlo dejado hablar.

—Ey, un momento —farfulló, mordisqueando la tela de su pijama—. Yo soy el niño aquí, tengo derecho a ser inmaduro. Él tiene que venir a disculparse.

De forma inconsciente, había esperado eso toda la semana, aunque nunca ocurrió. Se sentía confundido: una parte de él deseaba que Mad volviera y le explicara las cosas, pero otra quería seguir enojado y no volverle a ver. ¿Desde cuando se había vuelto tan retorcido? Quizás era por todas las cosas en las que había estado pensando en esa semana. En su mente a medio desarrollar había pensado que Jean Claude era un típico amor adolescente del que se olvidaría pronto si no lo veía pero que, si seguía estando cerca de él terminaría por enamorarse de verdad.
¿Sería eso tan malo?

Por un lado estaba el tema de la edad, pensaba mientras acariciaba el estómago de Mozart con los dedos y el minino ronroneaba, lo que sería un gran problema si terminaba enamorándose de él. Y, por otro lado, estaba el problema de su cuerpo. Desde que podía recordar, nunca le había gustado nadie en el sentido de la atracción... Pero no era porque no sintiera o no pensara, tampoco era sólo por el problema de su cuerpo que bastante complicado era. El motivo era mucho más complejo y visceral, relacionado íntimamente con las imágenes de su madre llorando por culpa de su padre, el constante dolor que ella había sufrido día tras día persiguiendo a su primer y único amor por toda Italia, aunque él siempre terminaba lastimándola. La eterna soledad en los ojos de su madre aún estaba grabada a fuego en su corazón. Con sólo cerrar los párpados podía verla frente a él, sonriéndole con todo su cariño maternal y su orgullo, pero en el fondo de sus ojos azules como el mar siempre reinaba la soledad, como si fueran dos cuencas de cristal o el lago más calmo y yermo del mundo.

Cuando su hermano Angelo nació, la soledad en sus ojos amainó un poco, porque se parecía a Eros. Al verlo, ella sonreía y recordaba a su amado, por eso le había dado a él el papel de protector de su hermanito menor y Ariel, porque los amaba a los dos, aceptó con gusto y honores tal papel. Su madre lo adoró por ello, por cuidar al fruto de su amor por ese hombre y ser él, a su vez, una de las dos pruebas de su existencia. Pero en el fondo, su madre siempre lloraba y nunca era del todo feliz. Y él no quería ser así. Nunca había deseado depender tanto de alguien como para no poder olvidarlo, no deseaba que su corazón fuese entregado a alguien más y terminar como ella. Siempre había tenido miedo a enamorarse, por eso nunca se había fijado en nada ni en nadie, vivía como una criatura asexuada en su pequeño mundo de Niscemi, con su familia, con sus amigos, alejado de la corrupción de las grandes ciudades en la parte del pueblo que aún era rural. Pero su mundo cambió por completo cuando, uno a uno, fue perdiendo a los personajes que ocupaban ese mundo y tuvo que adaptarse. Tuvo que aprender a golpes que las cosas fuera de aquel pequeño reino de ensueño eran más crudas, diferentes; tuvo que hacerse a la idea de que en la ciudad, el que podía tomaba lo que quería cuando lo deseaba, que él no era un chico como los demás, porque causaba efectos no deseados en los hombres y en las mujeres. ¡En su pueblo nadie se le hubiera insinuado ni le hubiera hecho lo que intentaron los chicos de la ciudad! Tuvo que aprender que allí había cosas que valían por encima de la familia y cualquiera de los valores que le habían inculcado. Hasta su propio hermano se vendía a sí mismo por dinero.

Sólo era cuestión de tiempo que alguien penetrara en la coraza protectora que él mismo había creado, en la inocencia en la que había sido criado. Y Mad lo había conseguido. Había logrado en un mes sin que él mismo se diera cuenta, quebrar sus esquemas y hacer que sintiera cosas muy nuevas. Nunca se había creído capaz de llorar así por alguien, de sentir tanto dolor... Y tampoco tanta alegría como cuando recordaba los buenos momentos que pasó con él. A veces se preguntaba cómo fue que ocurrió el enamoramiento. Él no quería enamorarse y ya lo estaba haciendo, por eso una parte de su ser no quería ver a Mad aunque la otra parte, la más emocional, añoraba sentirse entre sus brazos y que le sonriera cariñoso al tiempo que lo llamaba de alguna forma en francés.

Pero qué iba a hacerle. Se habían peleado de forma horrible y ninguno de los dos quería verse. Lo dejaría esperar un poco más. Y si nada pasaba, tomaría cartas en el asunto.

—No va a librarse de mí tan fácil. Aún tiene que pagar por haberme traicionado. Vamos, Mad. ¿No querías que me detuviera esa tarde? ¿Por qué no vienes? ¿Por qué no me pides perdón?



Mon petit frére. ¿Qué pasa? Se te ve tan abatido.

Mad suspiró de nuevo, para horror de Alex y se bebió su café mirando por la ventana.
Hacía bastante tiempo que no lo veía tan deprimido. Le recordaba al pequeño Jeanie que era cuando niño, ese que se escondía en el ático junto a los maniquíes y las viejas boas que había usado su abuela en su juventud, cuando su padre gritaba a los cuatro vientos por cualquier cosa. Los dos siempre sabían cuando el otro se sentía mal, pues habían dependido mucho el uno del otro, ni siquiera eran necesarias las palabras para entender lo que les pasaba: su hermanito estaba deprimido por asuntos del corazón. Y entre más deprimido se encontraba, más importante era la persona en la que estaba pensando.

Esbozando una sonrisa indulgente, le sirvió un poco más de café y colocó un tarrón lleno de masitas dulces, aunque algo le decía que su hermano no tomaría ni uno. Había ido a visitarle al atelier de golpe, manteniéndose en silencio todo el rato hasta que a ella se le había ocurrido llevárselo a la casa para que no llenara su sacrosanto lugar de trabajo y creación con sus malas vibraciones, pero ahora agradecía en verdad el haberlo hecho. En su trabajo no se hubiera dado cuenta del estado de su hermano, tan embebida como solía estar en sus creaciones, a menos que él se pusiera a llorar y despotricar en medio del salón.

—Hermanito, ¿qué te ha ocurrido?

—Pues... —Mad no sabía bien por dónde empezar—. Estoy algo deprimido.

—Eso es obvio, querido —bebió un poco de café y tomó una de las masas de chocolate blanco rellenas, evitando mirarlo directo a los ojos para que no se sintiera intimidado—. ¿Problemas del cœur? —preguntó de golpe, a quemarropa, mientras mordía el dulce.

Como siempre que usaba esa técnica, Mad se desestructurada y jugueteó con la taza que había entre sus manos antes de asentir, manteniendo la mirada fija en el líquido marrón que aun llenaba buena parte del recipiente.

—No sé bien por dónde empezar...

—Tómate tu tiempo.

—Bien. Alex, ¿te has peleado alguna vez con Laura?

La susodicha abrió un poco más los ojos en señal de sorpresa y se concentró en la expresión de su hermano lo suficiente como para saber que esa era la razón, al menos en parte, de su depresión. Entrecerró los ojos de forma solemne y juntó las manos, entrelazando los dedos a la vez que ponía el mentón en ellas.

—Cuando estábamos en la universidad ambas nos enamoramos del mismo chico. Yo no sabía que ella sentía algo por él y como una idiota acepté cuando él me pidió de salir. Como era de esperar, Laura se enfureció muchísimo y tuvimos una pelea bastante fiera. Me gritó que la había traicionado a ella y a la amistad que ambas teníamos, me gritó que me odiaba y luego me abofeteó antes de irse a casa de su madre y no dirigirme la palabra por casi un mes.

Jean Claude alzó la cabeza sorprendido. Aunque su hermana siempre le contaba todo, él recién se enteraba de esa historia.

—Como no es algo que nos enorgullece, no se lo contamos a nadie —dijo Alex, dedicándole una suave sonrisa maternal a su hermano—. Lo primero que hice fue mantenerme alejada yo también para poder serenarme y pensar bien las cosas. Ninguna de las dos era culpable, porque no sabíamos lo que la otra sentía hacia ese chico que, al fin de cuentas, era uno de muchos. Laura había sido muy cruel al decirme aquellas cosas pero ella creía que yo había sido cruel al traicionarla, y quizás lo fui, por eso la primera en aclarar las cosas debía ser yo, por cometer la falta. Si me disculpaba y ella perdonaba, significaría que nuestra amistad realmente valía la pena.

—Y... ¿Qué hiciste? ¿Cómo lo lograste?

—Aunque ella no tenía del todo la razón, dejé pasar un tiempo y luego fui a su casa. Al principio agregó, tomando otra masita—, no quiso escuchar nada de lo que tenía que decirle y se encerró en su cuarto. La seguí, me senté fuera y esperé a que saliera por varias horas mientras que le explicaba la verdad de las cosas y le pedía perdón de todo corazón. Antes de irme, hice algo lindo por ella: le di algo que siempre había querido y me marché en silencio. Si me perdonaba o no, a partir de ese momento dependería de ella. Yo ya había hecho las cosas bien e iba a valorar la amistad pasara lo que pasara. A la tarde siguiente, ella vino a verme, con el regalo que le di en brazos. Me miró a los ojos muy arrepentida y me abrazó, pidiéndome perdón también. La amistad verdadera puede superar esa clase de obstáculos mon cher, sólo hay que sincerarse y hacer lo correcto.

Alex estiró una de sus cálidas manos blancas y tomó la de su hermano con delicadeza. Para él, sentir esa ínfima y a la vez enorme demostración de calor, de afecto, fue como un suave bálsamo que logró calmar por un instante el dolor de la llaga que se le había formado en el pecho desde hacía días. Disculparse con Ariel, tenía que disculparse con Ariel, pero apenas sí tenía el valor como para pronunciar su nombre en voz alta. Estaba tan arrepentido, lo extrañaba tanto. ¿Cómo había llegado al punto de necesitarlo más que a nada? Ahora que quería volver a verlo aún más que antes, no tenía la manera ni el coraje, ¿cómo disculparse luego de lo que le había hecho? No lo había lastimado físicamente, no le había quitado dinero, pero estaba seguro de que para Ariel romper una promesa era mil veces peor que cualquier otra cosa.

Inspiró hondo, entrelazando los dedos con los de su hermana uno por uno mientras pensaba en las palabras correctas para decirle. Ella no podía saber quién era la persona que lo tenía tan acongojado... ¿O sí? Quizás si le decía una media verdad podía llegar a funcionar.

—Me... Me peleé con Ariel.

¿Pardon?

—Me peleé —repitió, enrojeciéndosele las mejillas ipso facto ante la cara de asombro de su hermana, que se había esperado otra cosa. Si no mentía pronto, la iba a terminar cagando—. Dejé de verlo a propósito porque me recordaba mucho a un chico que me gustaba y me rechazó... Era tan guapo. Y Ariel se parecía algo a él, me deprimía mucho verlo y recordar. Así que dejé de verlo y cuando me invitó al taller de convivencia de su escuela...

—¡Oh! Así que tú eras a la persona que había invitado.

Mad frunció el ceño, aunque una parte de él se alegraba de que Alex pareciera tragarse la píldora edulcorada que le estaba sirviendo.

—¿Ya lo sabías?

—Me lo dijo Luca, su primo. Es hijo de Chetina, tú no lo conoces. Él me comentó que ni su madre ni él podían ir con Ariel y que Occhiblu había encontrado a alguien más. ¡Tendría que habérmelo imaginado, con lo unidos que están ustedes dos! —sin embargo, guardó silencio un instante y Mad pudo ver como trabajaban los engranajes en el interior de su cabeza—. Al día siguiente de ese taller, Chety me contó que Ariel estaba algo deprimido. Se había escapado de la escuela tras golpear a un compañero y regresó a casa muy tarde, con su primo... —los ojos claros de su hermana se empequeñecieron cada vez más, hasta convertirse en un par de navajas afiladas. Jean Claude se sentía como uno de esos blancos vivientes del circo, a los que un loco tenía que lanzarle unos cuchillos afilados sin matarlo en el intento y presentía que iban a lanzárselas en cualquier momento por lo que se preparó—. ¿No habrás tenido algo que ver con eso, cierto?

—¿No escuchaste lo que dije antes? No quería ver a Ariel, me hacía sentir mal el tenerlo cerca, a pesar de que lo adoro con todo mi corazón. Yo... le hice algo muy feo, lo dejé solo. No fui con él al taller, nunca me presenté.

Los siguientes segundos fueron como la previa a la sentencia de ejecución. Su hermana lo miró con los ojos maquillados de celeste claro y la boca pintada de rosa perla tan abiertos como era posible hasta que sus mechones verdes cobraron vida y se convirtieron en serpientes de medusa siseantes, mientras que un aura malévola, oscura, envolvía al cuerpo de Alex. Ya se lo había visto venir. Mad enderezó el cuerpo y sacó pecho para aguantar lo que venía como el macho que era, con el cuero duro y los huevos bien puestos sobre la mesa de ser necesario, aunque muy en el fondo, una pequeña parte de su ser temblaba en un rincón como una magdalena.

—¿Pero tú estás bien de la cabeza o tienes un gusano adentro, pedazo de animal? —gritó Alex, poniéndose de pie de un salto y un golpe en la mesa con sus puños. Eran en esos momentos, cuando se enfadaba, que se podía ver una faceta masculina en ella—. ¡Bruto, idiota, ególatra desquiciado que sólo piensa en sí mismo! ¿Cómo mierda se te pudo ocurrir en esa cabeza tuya hacer algo semejante? Dejar a un niño solo en una situación tan fea, cuando necesita todo el apoyo de la gente que lo quiere... ¿Se puede saber con qué diablos te drogas? —chillaba, ahora caminando de una punta del cuarto a la otra sin siquiera mirar a su hermano, haciendo muecas con la cara y gestos a diestra y siniestra con ambas manos—. Porque tienes que estar drogándote con algo muy fuerte o en verdad ser un gusano insensible para hacerle eso a una pobre criaturita necesitada de amor. ¡Con lo que Ariel te quiere y tú vas y lo dejas allí solo con todos esos gansos que tiene por compañeros! ¿Sabes lo que debió ser para él? ¿Lo sabes?

—Lo... lo siento, hermana —balbuceó, pensando que había aumentado el número de insultos de forma considerable comparado con la última vez que lo había regañado así.

Empero, ella se acercó a él y le dio un buen golpe en la cabeza con el revés de la mano, como si fuera un niño o un estúpido. No podía sentirse más avergonzado de sí mismo luego de esto.
El Doppelgänger, tomando el té en su adorable mesa de madera y sentado en su imponente silla dentro de la cabeza de Mad, bufó con sorna.

"¿Acaso volvimos al jardín de infantes? Maldición, qué molesta es".


—¡Le rompiste el corazón! Su pobre, pobre corazoncito dulce e inocente. Mi pobre cosita hermosa... —sollozaba, con los ojos arrasados por las lágrimas—. Que te haya puesto mal el hecho de que se pareciera a tu fallido intento de conquista no es excusa suficiente, Jean Claude Labadie. Así que levantas el trasero de esa maldita silla y lo llevas hasta la casa de Ariel para pedirle perdón o te llevo yo por el frondillo del culo, o mejor aún, a puntapiés con unas buenas botas militares los cien kilómetros que hay de distancia desde aquí hasta su casa.

"Jo, ¿te imaginas eso? Apuesto que al final te terminaría gustando, Maddy. La linda sensación de tener una bota gruesa y dura de talla cuarenta bien profundo en el...".

"¡Por Dios, guarda silencio!".

Mad pasó saliva y esperó a que su hermana dejara de insultarlo en francés para poder hablar.

—Eso es lo que quiero hacer, Alex. Quiero ver a Ariel y pedirle perdón como se merece, pero no tengo idea de cómo hacerlo. Quiero hacer algo por él, ¿pero qué?

Ella volvió a entrecerrar los ojos un minuto y suspiró, sentándose. Tomó una masita de crema pastelera para que le volviera el azúcar, tras pensar unos minutos y ver que su hermano estaba muy compungido, dijo:

—Te ayudaré.

—¿De verdad? ¡Gracias! —saltó la mesa para poder abrazarla, y darle besos en la cara una y otra, y otra vez—. Te adoro hermanita, te adoro. Eres la mejor de todas. No, la mejor del mundo entero. No, ¡la mejor en el universo!

—Y-ya... que me corres el maquillaje, tonto. ¡Ay, Mad! De verdad estás desesperado para ponerte así.

—No tienes idea de cómo me remuerde la conciencia —respondió, aunque estaba convencido que no era por las mismas razones que su hermana imaginaba—. ¿Qué se te ocurre?

—Bueno, el viernes será el cumpleaños de Ariel.

Mad frunció el ceño.

—Me acabo de enterar.

—Eso pasa cuando no preguntas las fechas. Ariel se tomó la molestia de preguntarme el tuyo para poder hacerte un regalo sorpresa.

Jean Claude hizo una mueca, viendo como Bad Mad se retorcía de la risa en su cabeza.

—Ya sé que soy muy distraído con esas cosas, hermana...

—Sin embargo —ella lo interrumpió, regresando a su taza de té que bebió con calma y buenos modales como la Alexandra de siempre, mansa y relajada—. A Occhiblu le encantan las fiestas de cumpleaños —ahí Mad guardó total silencio, escuchando con toda su atención—. Siempre hacían una reunión en su casa o en un restaurante familiar al que iban todos los años. Estaba toda la familia y sus amistades más cercanas, había mucha comida, mucha bebida y siempre había música de todo tipo para bailar hasta que los pies se te convertían en una masa cuneiforme e irreconocible.

—¿Una fiesta?

—Que yo sepa, no ha hecho fiestas así desde que esta aquí en Lieblos. Como antes no tenía amigos... —un sorbo de té, una masita de dulce de leche y entonces alzó la vista con una sonrisa compradora a la par que le guiñaba un ojo a su hermanito—. Eso y algún instrumento musical o algo que pueda usar con sus amigos, más una disculpa honesta, podrían bastar. Ariel puede ser un poco complicado en ciertas cosas pero, para otras es muy simple. Te deseo mucha suerte para recomponer el corazón roto de nuestro niñito, Maddy.

—Ya deja de torturarme, veras que haré todo lo posible para que las cosas vuelvan a ser como antes —declaró, levantándose. Tenía demasiadas cosas que hacer y muy poco tiempo, lo mejor era salir ya mismo y comenzar inmediatamente con los preparativos. Iba a tener que correr como el diablo teniendo solo unos días, pero lo haría por Ariel—. ¡Y deja de llamarme así!

Oui, oui. Por cierto, deberías mandarle flores a Ariel.

Mad se detuvo en seco.

—¿Pourquoi?

—Porque lleva enfermo toda la semana.

Jean Claude abrió la boca y luego de soltar un insulto al aire abandonó la casa de su hermana a toda velocidad, escuchando tanto las risas de ella como las del Mad interno, que se desternillaba. Por esa vez, sólo por esa vez, lo iba a soportar porque tenía que llegar antes de que las florerías cerraran.


—¿Para mí? ¿Estás segura?

—Eso dice en la tarjeta, caro mio —Chetina, con el alegre andar de sus tacos haciendo eco en el piso de toda la casa, le servía una buena lágrima y dos tostados para merendar.

Ese día no habían podido ir los chicos por un problema que tuvieron en la escuela, aunque no habían querido decirle nada porque él, según le habían dicho, se enteraría cuando llegara. Una parte de él lo agradecía, porque podría ponerse al día sin que Christian le repitiera una y otra vez cómo se leía bien un apunte o a Sorja regañándole por salirse de la cama. Ya no tenía nada de fiebre, tampoco le dolía la garganta, pero ella y su primo insistían en que permaneciera acostado como una larva.

En cambio, su tía le permitía andar por la casa y hacer lo que quisiera siempre que estuviera abrigado, se tomara las medicinas y no saliera de la casa. Por eso ambos estaban merendando juntos, luego de estar un día entero viendo, más bien soportando en el caso de Ariel, las telenovelas de la tarde y cocinando pasteles y galletitas sin razón aparente. Justo cuando Ariel sacaba el pastel del horno y graduaba el termómetro para meter la bandeja de galletas de jengibre, alguien tocó el timbre. Su tía fue a atender y regresó con un enorme ramo de flores: jazmines mezclados con unas rosas blancas y unas cuantas gardenias violetas decorando en rededor, su tía chilló de sorpresa mientras le entregaba a él el ramo, diciéndole que era suyo.

—Pero... ¿por qué?

—No lo sé. No me dijo quién era la persona que las enviaba. Será algún admirador o admiradora secreta. Tal vez ese guapísimo modelo con el que entrenas tan a diario, el de los ojos tan bonitos y esa tabla de lavar en el estómago tan sexy que podría...

—¡Tía! —gritó, enrojeciendo por completo ante sus desvaríos—. Él es sólo un amigo y además, tiene novia.

—Aw, qué pena. Todos los lindos tienen pareja... Bueno, tampoco puedo quejarme. Richard tiene lo suyo también.

—¡Tía!

La mujer regresó a lo suyo riendo a carcajadas, mientras su sobrino se recomponía. Luego esbozó una sonrisa por dentro, ella siempre sería una eterna romántica enamoradiza y nada la cambiaría.

"Al menos es feliz con ese imbécil".

Ariel suspiró sin motivos. Mientras su tía sacaba galletas del horno él buscaba un florero donde poner las flores y entre tanto examinaba la tarjeta. Por fuera, tenía impresas las palabras "Mejórate pronto", y por dentro, al abrirla, se encontró con una nota breve que le quitó el aliento.

Lo siento muchísimo.
M.


No tenía la menor duda de quién había mandado aquel mensaje y la mera idea le sacó una sonrisa tan tierna que su tía, al verlo, también sonrió. Lo había visto muy deprimido toda la semana, como si pensara demasiado en algo y lo revolviera en su cabeza, pero en ese pequeño instante todo pareció aclararse en él. Y por eso, no preguntó nada cuando lo vio guardar la tarjeta en el bolsillo de su pantalón mientras tarareaba.

Para Ariel, que ahora regresaba a la mesa a terminar de merendar, las cosas no estaban arregladas del todo pero ese era un buen comienzo. Significaba que no lo había olvidado.
Las siguientes días todo siguió su curso, exceptuando el hecho de que recibía un ramo diferente todos los días con la misma frase escrita en la tarjeta, que él siempre guardaba en un sitio secreto para evitar las preguntas de nadie. Tomaba reposo, se bebía las medicinas, hasta que al fin, el jueves, el médico le examinó en plena mañana y le dijo que podía ir a la escuela, pero que no abandonara las medicinas y que se anduviera con cuidado para no tener una recaída. Por primera vez en mucho tiempo, Ariel se puso el uniforme del colegio sin sentirlo como un instrumento de tortura. Estaba feliz de salir de casa, respirar aire puro y lo mejor, se moría de ganas de ver las caras de los alumnos y los profesores. Tan ansioso estaba que se levantó temprano y fue caminando para poder energizarse con los rayos cálidos del sol. Entre más se acercaba al rango de la escuela, podía ver los grupitos de chicos y chicas juntarse en los kioscos o los ciber café a charlar y tomar algo; todos daban la vuelta para verle llegar, susurrando cositas por lo bajo mientras que Ariel se sonreía. Nunca antes le había gustado que le mirasen o hablaran de él, pero sabía que esta vez no era por el viejo rumor, sino por su gran hazaña. Quizás, si todos le tenían miedo, los siguientes años escolares fueran soportables con su grupo de amigos.

En eso pensaba, cuando alguien le golpeó despacio en el hombro. Al darse la vuelta se encontró con un chico alto y delgaducho que usaba lentes y tenía unas pecas en la nariz. Le sonreía, cosa rara. Recordaba haberlo visto en gimnasia, era de un curso superior al suyo.

—Te felicito por lo del sábado, Ariel.

—¿Qué cosa?

—Pues el golpazo que le diste al hijo de puta ese, ¡qué más! Fue maravilloso, divino. Ni yo lo hubiera hecho tan bien. Le hiciste que se tragara la dentadura.

Se le quedó mirando medio minuto, analizando si en su voz había sarcasmo o no. Al no hallarlo, le devolvió la sonrisa con una alegría inusitada y exclamó.

—Muchas gracias.

Así el ingresar a la escuela fue un mar de aplausos, miradas aprobatorias, muchas disculpas y también miradas de indiferencia, miedo, a veces hasta respeto. De golpe, había dejado de ser el trepador maricón para convertirse en un chico con el que no había que meterse, una especie de justiciero que le había hecho un favor a todo el instituto: cerrarle la boca al maldito de Charlie.
¡Y él que siempre había creído que todos adoraban a Charlie!

Por suerte cuando entró al campus sus amigas y amigos lo esperaban y fueron a recibirle con un enorme abrazo de oso cada uno e incluido un beso, gritándole saludos por su natalicio.

—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —gritó Giovanna, dándole un pico en los labios frente a su novio, que hizo la vista gorda por la alegría de la fecha—. ¿A qué no sabes qué te traje?

—¿Un regalo de cumpleaños? —aventuró él, con una sonrisita cariñosa al tiempo que le devolvía el abrazo e ingresaba con todos a la escuela—. ¿Qué me trajiste?

—¡Taráan! —sacó una caja envuelta de su mochila y se la pasó. A Ariel le daba pena romper el envoltorio, que estaba tan bonito y la abrió muy despacito mientras caminaban a su salón y escuchaban más felicitaciones como la anterior. Dentro de la cajita de celofán que escondía el envoltorio, había un par de aretes. Eran plateados, sencillos, con un brillante blanco de tamaño considerable. Le gustaron, aunque se avergonzó un poco al recibir un regalo de mujer.

—¿No son divinos? —decia Giovanna—. Apenas los vi, pensé en ti.

—Pero, son de chica.

—Ay, claro que no —dijo Shenshen, examinándolos con la mirada—. Muchos chicos los usan, solo que se ponen uno en una oreja o los dos en la misma oreja. O varios en ambas orejas. Si te pones uno solo en la oreja derecha, es porque eres gay y si te pones uno y le regalas el otro a una persona, es porque esa persona es tu pareja o tu amante.

—¿Cómo diablos sabes esas cosas?

—Es cultura general, tontito. Yo no tengo la culpa de que te hayan criado en un termo.

—¡Oye! —pese a que hizo pucheros, miró de nuevo los aretes y sonrió. En verdad eran bonitos y una parte de él quería ponérselos aunque no fueran la mejor joyería del mundo. Eran el regalo de una gran amiga y eso, a sus ojos, bastaba para hacerlos hermosos—. Muchas gracias, Gio. Me perforaré la oreja derecha sólo para poder usarlo y le daré el otro a alguien que me guste.

—Así se habla, bebé. Este regalo es mío, pero Michael insistió en traerte uno también.

Casi al instante volvió su vista hacia el muchachito rubio que le sonrió con timidez. Desde el incidente del baño, los dos se habían vuelto cercanos, pero el jovencito que ahora era novio de Giovanna, le trataba con mucha cordialidad y casi como si pudiera romperse si se acercaba demasiado a su cuerpo. Aún así, Ariel lo apreciaba porque era un buen chico y su amiga era feliz con él.

—No deberías haberte molestado, Mike.

—Quise hacerlo. Es un día importante y te debo muchos cumpleaños. Bueno, espero que te guste —ya cuando entraron al aula y se sentaron, ignorando la forma en que los miraban a todos, Michael le dio una bolsita hecha con papel de regalo. Al abrirla, se encontró con un brazalete de identificación, esos en los que grabas tu nombre. Ariel esbozó una sonrisa y se lo puso, notando que ya tenía su nombre grabado en él.

—Muchas gracias. Oigan, no tienen que darme tantos regalos, ¿saben? Soy feliz con que recuerden que hoy es mi día, es todo.

—Y claro que lo recordamos —Christian, sentado a su lado, le entregó un paquete. En él había una playera de buen gusto, apostaba a que le había llevado horas elegir una que no tuviera una sola imperfección—. Iremos a comer cuando salgamos de la escuela.

Ariel abrió mucho los ojos, Vlad aprovechó para regalarle un libro enorme de John Grisham.

—¿En serio? ¿Y adónde vamos?

Sorja, sonriente y con una extraña chispa en los ojos, le dio una caja mucho más grande.

—Eso es un secretito de amigos, nosotros ya arreglamos todo, así que primero vamos a la residencia de Shen para cambiarte y luego vamos todos allá.

—Pero no llevo ropa... —abrió la caja, soltando una carcajada al ver muchos productos para el la piel y geles de baño en ella—. Gracias por esto, Sorja, lo necesitaba en verdad. Pero repito, no tengo qué ponerme.

Almudena, que había mantenido el silencio desde que le dijo "Feliz cumpleaños" hasta el aula, se sacó el chupetín que había estado lengüeteando y le dijo como quien no quiere la cosa:

—Ya hay ropa para ti en la casa. Ese es mi regalo de cumpleaños.

Cuando el menor quiso protestar, la profesora ya había entrado. Tal y como sus amigos le dijeron, dieron una leve charla sobre la tolerancia, la no violencia, un leve recordatorio sobre el próximo taller y luego comenzaron con la clase convenida de Historia Mundial. El más joven del grupo tomaba apuntes y respondía en clase, sintiéndose por primera vez libre en la escuela. Nadie le decía nada, no había bromas, ni escritos, ni tampoco pupitres vacíos. La sensación de ser respetado, temido, y hasta admirado era tan fuerte que podría haberse desmayado si no supiera auto controlarse. Alrededor de su mesa ya no había asientos vacíos, algunas personas se acercaban a pedirle disculpas en persona y a expresarle su más profunda admiración por haber golpeado a Charlie. Era demasiado genial.

Cuando terminaron las clases, tuvo que recibir más saludos y todo lo demás en plena aula antes de que sus amigos abrieran el paso a empujones y le permitieran salir. En el camino, se encontró con Bud, Charlie, e Isaac, quienes lo miraron con muy mala cara. No pudo evitar soltar una carcajada en las narices del idiota homofóbico, porque su cara estaba llena de marcas violetas y todavía tenía la boca hinchada. Hubiera permanecido ahí riéndosele en la cara mas tiempo, pero Vladimir y Shenshen lo agarraron del brazo y lo arrastraron puertas afuera durante las cinco calles que separaba la escuela de la residencia donde vivía Shenshen. Ya había estado ahí, empero ni siquiera pudo mirar a su alrededor pues lo siguieron empujando escaleras arriba hasta la habitación. Allí lo esperaba el regalo de Almudena: ropa nueva.

Todos fueron cambiándose por turnos en el cuarto de su amigo porque tenía un espejo de cuerpo completo. Les gritó un poco a sus amigos, quejándose de que lo estaban tratando extraño, pero de todos modos abrió las bolsas de papel de madera y sacó la ropa que Almudena le había conseguido. Era de marca, claro estaba: unos jeans ajustados, de esos elastizados con costuras en forma de X a los costados de la pierna. Venía con una pañoleta muy larga de color blanco, vaya a saber uno para qué y una playera sin mangas escotada color rojo anaranjado. Arriba, se tenía que poner una campera amarilla con cierre. A veces se preguntaba como ropa tan común podía ser tan cara. Pero era su estilo, así que se la puso. Más tarde tendría que acordarse de preguntarle a Dena no sólo cuanto le había costado, sino como diantre supo cuales eran sus tallas porque le quedaba todo como anillo al dedo. El pantalón le ajustaba un poquito las nalgas, pero no era nada que no pudiera soportar.

Estaba mirándose en el espejo de pies a cabeza cuando alguien golpeó la puerta y Giovanna pasó sin esperar respuesta.

—Epa, qué guapos que estamos.

—¿Me queda bien?

—Estás para comerte —lo alabó, acercándosele para abrazarlo por detrás y plantarle un beso en la mejilla—. Tienes suerte que estoy de novia o si no...

—¿O si no qué? —repitió esbozando una sonrisa cómplice mientras veía como crecían los colmillos vampíricos de su amiga come hombres.

—O si no, ya estaba pervirtiendo a un niño menor que yo. ¡Esa ropa se te ve taan mona! Medio mundo dará la vuelta cuando vayamos a... Oye, te falta algo. La pañoleta tienes que usarla de cinturón.

—¿En serio? —ella asintió—. Si tú lo dices. A ver, ¿me ayudas?

—Claro. Ya casi estamos todos listos, solo falta que se cambien Vlad y Chris. Y nos vamos volando que estamos algo atrasados.

—¿Atrasados? —quiso saber, sin comprender del todo bien—. ¿Hicieron reservas?

Giovanna solo terminó por atarle la pañoleta medio de costado, dejándole ver una extraña sonrisa misteriosa. Sin siquiera decir nada se alejó de él, encaminándose hacia la puerta y sólo cuando estuvo ahí dio media vuelta para mirarle.

—Es una sorpresa.


Mad se moría de los nervios. Deseaba haberlo hecho todo bien, se había matado para que todo saliera perfecto, empero su cuerpo entero no dejaba de temblar y transpirar de nervios. Si seguía así, terminaría comiéndose la madera de las mesas o golpeándose la cabeza con las paredes. Su hermana notaba algo extraño en él, pero no entendía qué le pasaba y solo podía mirarlo de lejos haciéndole muecas a Laura para que le explicara qué pasaba. Agradecía de todo corazón que la única mujer que sabía su oscuro secreto se encogiera de hombros.

Esa semana había sido un poco agitada, la verdad. Invirtió mucho tiempo y dinero en hacerle una fiesta sorpresa a Ariel tal y como a él le hubiera gustado, según decían su hermana, Laura, su tía, que estaba presente, y el muchacho al que llamaba primo Ariel. Había alquilado todas las mesas del establecimiento donde la tía de Ariel tenía su restaurante. Era una enorme casa antigua que había sido remodelada por dentro y fuera para verse como el restaurante italiano clásico que era.
Para ese día había hecho quitar todas las mesas excepto una muy grande en el centro, donde reposaba la comida: patatas, rosetas de maíz dulces, maíz inflado, doritos de queso, sándwiches, más comida para chicos y luego comida más tradicional del antiguo país de su amado: crustuli, formaggino, tutú, conejo en escabeche, trozos de pavo envinado, bianco mangare, pastichotti, postres hechos de mela gelatina y demás frutas extrañas cuyos nombres no lograba entender. Tenía preparado un espacio para bailar, había globos y decorados, un pastel helado enorme, e incluso había impreso varias invitaciones para que los amiguitos de Ariel, quienes estaban cooperando, repartieran en la escuela a gente que creían que irían.

Había sido fácil convencer a Chetina de la idea y luego a los amigos de Ariel a los que había ido a ver personalmente a la escuela. Que alegría el saber que su hada tenía tan buenos amigos, pese a que una de las chicas, la que ostentaba una cara de enojo constante, siempre sonreía de manera rara al verlo. Todo el mundo había guardado el secreto, todos estaban cooperando, ahora lo único que faltara era que llegase el cumpleañero y todo saliera bien.

Le daba algo de miedo enfrentarse con Ariel, el momento se acercaba a cada segundo que pasaba y no lo podía soportar. El sonido de su propio celular casi lo hace saltar hasta darse de cabeza con el techo del susto que le dio.

Mon dieu —farfulló apenas, sacando el aparato del bolsillo para ver. Le había dado su número a la chica que le sonreía cuando lo veía, la tahitiana con cara de enojada, para que le avisara cuando estuvieran cerca. Según el mensaje, estaban a una calle—. ¡Ya están aquí! Vamos, vamos, todos en posición. Guarden silencio y apaguen las luces. ¡Rápido, que están por llegar!

Hasta los camareros y meseros del negocio estaban presentes, según Chetina porque conocían a Ariel y querían festejar con él, y ellos se encargaban de ayudar a Laura y a Alex, que parecían algo perdidas. Mad, de los nervios, ni siquiera había atinado a esconderse como correspondía cuando apagaron las luces, mas todo dejó de importar cuando la puerta se abrió y supo que el momento de la verdad había llegado. Pudo distinguir la silueta de Ariel entre la de sus amigos antes de que las puertas se cerraran y de golpe se prendieran las luces.

—¡Sorpresa!

Ariel estaba boquiabierto. La verdad era que nunca se lo hubiera imaginado y no tuvo ni tiempo de pensar en ello cuando le hicieron bajar a rastras del taxi que los había llevado a "Longobucco", el restaurante de su tía, al que iba muy seguido. Lo arrastraron hacia la entrada sin darle tiempo de decir nada y en cuanto abrieron la puerta se encontró con que no había música ni clientes, pues todo estaba oscuro. O lo estuvo durante quince segundos antes de que las luces se encendieran de golpe y aparecieran de la nada su tía, su primo, Laura, Alex, Mad y todos los mozos del restaurante con los que se llevaba bien, gritando: ¡Sorpresa!

No cabía en sí de asombro.

—Pero, ¿qué es esto?

—Una fiesta sorpresa, tontito —Sorja se reía y lo abrazaba fuerte al mismo tiempo—. ¡Feliz cumpleaños! Espera, ¿cómo se dice en italiano?

Quiso responderle, pero una figura alta se acercó y lo apartó de entre los brazos de su amiga para estrecharlo fuerte en un enorme abrazo que le era tan familiar, que no tuvo que escuchar sus palabras para saber que se trataba de su primo.

Felice cumpleanno, primo. Y espera a que cumplas los quince, nos iremos de reventón toda la noche.

Pronto le sucedieron una avalancha de abrazos, besos y felicitaciones. Chetina lloriqueaba de emoción como en cada cumpleaños, llenándole la cara de lápiz labial con cada beso que le daba, Laura le despeinaba el pelo y los hombres le palmeaban la espalda. La sorpresa había sido demasiado, no se lo había imaginado en todo el día y de golpe estaba en una celebración rodeado de gente que lo abrazaba y lo felicitaba. Se sintió tan feliz y querido. Antes de darse cuenta los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.

—Yo... no me esperaba esto.

Christian le palmeó la cabeza.

—¿No te gusta?

—No es eso. Estoy tan feliz que me pondría a llorar. Muchas, muchísimas gracias a todos por esto.

—Oye, no hagas eso que los hombres no lloran.

—No soy hombre, ¡soy un niño! —sollozó, limpiándose las lágrimas de felicidad mientras abrazaba a medio mundo.

—Es lo mismo, tontito. Y no nos agradezcas nada, lo hicimos con gusto —y entonces agregó en voz baja, junto a su oído—. Además, la idea fue de Mad.

—¿Mad?

En ese preciso instante el fotógrafo se le acercó sintiendo el corazón en la boca. Su hada estaba feliz, se había contentado con el tributo de amor que le había preparado con tanto anhelo, pero ahora sabría con certeza si ella le perdonaba el terrible pecado de haberla abandonado. Se veía tan bella allí, con esa sonrisa tan radiante que le iluminaba el rostro y el alma. Supo en ese momento que, sin importar lo que hiciera, no podría olvidarse nunca del amor que tenía por su hada y mucho menos la dulce ternura que le producía ver esa sonrisa. Se dedicaría a sacarle más sonrisas como aquellas sin importar que ella nunca se las dedicara con el mismo amor que él sentía por ella. Ariel a su vez sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho y se le retorcía el estómago de pura alegría al verlo allí, acercándosele con esa sonrisa tímida. Tenía ganas de ir y colgarse de él en un abrazo, apretarlo fuerte hasta fundirse con su piel y darle tantos besos que se les desgastara la boca. La sola idea le produjo tal sonrojo que sacudió un poco la cabeza antes de poner una máscara indiferente para con Mad, quien se quedó quieto frente a él.

"Hasta que no me pida perdón, nada".

—Feliz cumpleaños, Ariel —dijo él, casi con timidez. Apenas si se acercó lo suficiente como para darle un beso en la frente pero los dos se derritieron con el contacto. Sacó provecho de la situación y susurró en su oído—. Perdóname por favor, fui un idiota.

Sólo entonces Ariel esbozó una sonrisa, haciendo que el alma de Mad le volviera al cuerpo.

—Muy idiota —respondió, también en voz baja—. Gracias por esto, Mad. Es lo más lindo que alguien haya hecho por mí. Y también por las flores.

—¿Cómo vas con eso, con tu salud?

—Estoy muy bien, pero eso no importa ahora. Disfrutemos de la fiesta... Pero más tarde quiero hablar contigo a solas —le dijo de nuevo en voz baja antes de ir a abrazar a Laura y que todos se pusieran a reír y charlar al mismo tiempo.

Mad no sabía si decepcionarse o aliviarse por como habían ido las cosas, puesto que Ariel había reaccionado de una forma que no se esperó. Pese a que le había sonreído no estaba seguro de si le había perdonado, no hubo abrazo ni beso, no hubo nada más que una sonrisa y palabras susurradas al oído. ¿Acaso no lo había hecho bien? Sacudió la cabeza y se dijo que lo mejor era relajarse y disfrutar de la reunión antes de hablar a solas con Ariel y enfrentarse a lo que quisiera decirle.

Entretanto, todos se iban sentando en la larga mesa mientras que el primo de Ariel ponía algo de música a volumen medio para que todos pudieran escucharse. Se establecieron charlas muy amenas, primero de Chetina y los mozos con anécdotas sobre el restaurante y los clientes entre las que Ariel participaba agregando cosas o haciendo chistes. Con tantas historias tan alocadas, todos estaban que lloraban de la risa. Luego siguieron cuentos e historias de los países natales de los jovencitos mientras que se comía y bebían con placer, riéndose todos a carcajadas por las travesuras que eran relatadas, como cuando Shenshen comenzó a imitar los alaridos que pegó su abuelo al descubrir que su nieto de ocho años había dibujado sobre sus poemas Haiku con crayones de colores.

Para Jean Claude era un alivio ver que las cosas iban a pedir de boca, todos contentos y felices, tan relajados que contaban historias inclusive humillantes o hacían chistes. Poco a poco fue relajándose gracias a la expresión de felicidad absoluta que ostentaba el rostro de su amado pequeño, al cual no podía dejar de mirar. Se lo veía tan contento, con su sonrisa brillante, las mejillas rojas y esos hermosos ojos, que apenas si controlaba los deseos de abrazarlo con todas sus fuerzas y besarle con cariño cada palmo de su rostro mientras le dedicaba mil poemas de amor y una sonata. Era como si volviera a nacer cada vez que lo veía, aflorando el amor que tanto había querido olvidar y sepultar en lo más profundo de su ser. El solo escuchar su risa bastaba para hacerlo sonreír tiernamente mientras lo observaba cual idiota enamorado. Su hada era tan linda, tan pura. Y, pese al irremediable deseo que hacía despertar en su cuerpo, el amor sincero que sentía por Ariel lograba aplacarlo, en especial porque había pasado una gran abstinencia de los rayos de luz que él despedía y ahora estaba embebiéndose en ellos.

Ya no iba a poder vivir sin él, no de nuevo. El poco tiempo separado de él fue como una tortura para su corazón y no quería volver a sentirse vacío sin el resplandor de Ariel. Rogaba por que todo hubiera funcionado y Ariel le perdonara o moriría de verdad.
De golpe, Ariel frunció el ceño y Mad se alarmó.

—Aquí falta algo —dijo, cruzándose de brazos con aire demandante.

Jean Claude, sintiendo que se le caía el mundo encima, preguntó.

—¿Qué cosa?

—Pues...

Y en eso, Luca salió de golpe de la cocina con una bandeja redonda en cada mano y gritó:

—¡Pizza!

—¡Eso! Vamos, vamos, tráela rápido. Mad, ¿me sirves gaseosa?

El caballero suspiró de alivio y sonrió, convencido de que aquello era un código entre primos, antes de tomar la botella y servirle.

—Claro, encanto. ¿Te diviertes?

—Sí, es genial. Hacía tiempo que no tenía una de estas fiestas —bebió un poco de gaseosa y le pasó un plato con tutú a Giovanna, quien se los daba de comer en la boca a Michael—. ¿Dónde conseguiste mela gelatina? Llevo buscándola por meses.

—Ah, es un secreto. Si me das un beso quizás te diga.

Pero Ariel sólo rió a carcajada limpia y le ignoró.


Cuando la comida estaba comenzando a escasear Chetina propuso que ya era hora de comer la tarta y soplar las velas. Todos los presentes aplaudieron y vitorearon, pidiendo el pastel a coro mientras que Luca, haciendo reverencias como un caballero, se retiraba para ir a buscarla. Volvió a los cinco segundos con un pastel helado de tamaño considerable y forma rectangular cubierto de chocolate blanco, el preferido de Ariel, según Chetina. Mad se había esforzado en conseguir uno hecho con helado de vainilla y fresa, relleno con jalea de fresa, que luego fue decorado de manera impecable con crema chantilly y cerezas. De todos los que había visto, ese fue el que más le había gustado. De nuevo se sintió morir de alegría cuando Ariel, contento con su pastel de cumpleaños, aplaudió y le dedicó una de sus más amplias sonrisas divinas. Luca fue el encargado de poner las dos velas con forma de número en el centro de la tarta y prenderlas, para luego volar hasta los interruptores de luz y apagarlos mientras Laura sacaba una foto del momento, para pena del cumpleañero que no miraba la cámara.
Mad le sonrió a su hada, quien le miró bajo el resplandor de las velas.

—Angelito, pide un deseo y apaga las velas.

—En mi país se acostumbra a pedir tres.

—Bueno, que sean tres. Pero pídelos rápido o te quedarás sin helado.

Asintiendo, Ariel cerró los ojos y pensó en tres deseos. Primero pidió por Angelo, para que se recobrara pronto y regresara a casa; luego pidió ser un gran joyero, y por último, no pudo evitar que la imagen de Mad se le cruzara a la mente.

"Deseo poder besar a Mad al menos una vez".

Sopló las velas y todo el mundo aplaudió.


Al final, las cosas salieron muy bien. Luego del pastel y la sobremesa, todos siguieron charlando un buen rato. Fue entonces cuando, mientras escuchaba la charla que tenía su hermana con Chetina y una de las mozas, Ariel se sentó a su lado y le dijo en tono bajo si podía acompañarle. No dudó en decirle que sí.

—Claro, ¿adónde?

—Sorpresa —el menor le guiñó el ojo, yendo al lado de su tía para susurrarle algo a lo que ella sonrió, asintiendo y luego tomó la mano de Mad sin decir nada para llevárselo.

Lo hizo pasar por una puerta que estaba junto a la cocina del restaurante. Ésta llevaba a un pasillo corto que daba a dos habitaciones y unas escaleras de madera. Ariel le apretó la mano, guiándolo hacia las escaleras.

—Ven, vamos.

Mad lo seguía a paso lento, casi como un zombi. Su corazón cambiaba su lugar biológico de residencia y se subía a su garganta de la emoción, sorprendido de lo bien que encajaban sus manos juntas y entrelazadas. La suavidad de la blanca piel de su niño era tan atrayente, tan delicada, que le recordaba a las sedas más finas de oriente, ésas que sólo estaban reservadas para los emperadores, por que eran descendientes de los dioses. El hecho de poder disfrutar de esa suavidad lo hacía sentirse un pecador, pero bien era capaz de entregar la vida y el alma al diablo por una caricia de aquellas manos tersas. Aparte, desde esa posición podía contemplar la piel del cuello de Ariel y su perfil.

"Mon Dieu, es tan hermoso. Podría hacer un altar en su nombre, sólo para adorarlo y alabarlo durante toda mi vida".

Él sería su Dios del amor, su Dios de la belleza, de la inocencia, de la alegría. Y miles de personas de todo el mundo vendrían a adorar al hermoso Niño Dios de largos cabellos y ojos azules, caerían de rodillas ante su belleza y él los reconfortaría con sus sonrisas, haciéndoles ver un mundo del todo nuevo. Las mujeres le pedirían belleza, los hombres le besarían los pies pidiendo tener esposas o hijos hermosos como él y, ¿por qué no? Quizás hasta quisieran casarse con el Dios Ariel. Pero él se negaría y les respondería con una sonrisa, antes de que Mad los alejase para que no trataran de perturbar la pureza del Dios. Entonces se desharía de todos aquellos seres impuros que deseaban ensuciar al Dios y como fiel sirviente, se postraría ante sus delicadísimos piecesitos de geisha y se los besaría muy despacio, apenas si rozándole con los labios. El Niño Dios le sonreiría, haciendo brillar las flores que le adornaban el cabello y el fino tul que cubría su cuerpo desnudo, permitiéndole continuar con la demostración de devoción que sólo él, como su más ferviente seguidor, podía realizar.

Comenzaría besándole los pies, apartando aquella tela suave que cubría por entero el cuerpo del Dios para poder besar lentamente cada uno de sus dedos. Subiría por las curvas de la pantorrilla, fina y delgada, daría suaves mordidas a la parte trasera de la rodilla mientras que, con sus manos pecadoras acariciaba los muslos del pequeño con temor a que se derritieran al contacto, y el Dios, en su inocencia apenas tapada por los suspiros que dejaba salir de entre sus labios, temblaría de placer sobre su trono de oro y enrojecería, pidiéndole más con sus ojos hechos agua líquida que alimentaría a todos los lagos del mundo. Mad era un gran creyente, por eso alzaría al Dios para alejarlo de su trono dorado y llevarlo al lecho de pétalos de rosa que él mismo había construido, allí depositaría el cuerpo prístino del Niño Dios y demostraría todo su amor por él: lo acariciaría, lenta y suavemente por arriba del tul, mientras que el cuerpo del pequeño comenzaría a jadear... Jadearía, sí, primero muy bajo, pero a medida que Mad acariciara por sobre cada pulgada de su cuerpo, a medida que sus labios de pecador eran bendecidos con el placer de tocar la piel purificadora del Niño, estos jadeos se volverían mucho más fuertes y terminarían por llenar el recinto sagrado donde el Dios era venerado. Con la lengua, primero recorrería la carnosa suavidad del interior de sus muslos... Tan dulce. Ariel se retorcería debajo de él en medio de las flores, gemiría con todas sus fuerzas cuando su lengua húmeda traspasara los límites e la ropa y se atreviera a acariciar el falo de su Dios, de arriba a abajo, al que le dedicaba algunas mordidas suaves y, mientras que el pequeño arqueaba la espalda de placer por el trato recibido, él seguiría demostrándole su devoción. Su lengua descendería, acariciaría cada prohibido recoveco al tiempo que sus manos se paseaban por el trozo de tela húmedo que lo separaba de su piel, y se atrevería a pasar por la entrada al cielo que aquellas piernas blancas y temblorosas escondían para poder colmar de dicha a su Dios. Ariel gemiría, gritaría su nombre aferrándose a las sábanas debajo de las rosas y abriría las piernas pidiendo más con los labios enrojecidos y la cara perlada con gotitas divinas de sudor. Entonces Mad continuaría con el erótico despliegue de fe para con su Niño paseándole la lengua por todo el cuerpo sin quitarle el tul, lamería sus pezones endurecidos, chupándolos sin importarle los rasguños que le dejaba Ariel en la espalda, pues era el precio a pagar por escuchar sus gritos de placer. Sus dedos profanarían su virgen cavidad, observando el cuerpo sonrojado y tan mojado de sudor de su Dios que se movía por más, que exigía más, y entonces Ariel le concedería la bendición eterna cuando le permitiera quitarle la ropa y que sus labios tocasen su piel.

Sabor delicioso que sólo él conocería, lamería el recodo de sus axilas, el valle del vientre, la cordillera de su hermosa cintura, la planicie de su pecho y los montículos rosados que se hallaban en este, dedicándole al Dios todo su tiempo, todo su tacto y su talento para hacerlo vibrar de goce, mirando como los pétalos se pegaban a la dermis de Ariel. Los jadeos del niño resonarían en todo el recinto, sus caderas danzarían hacia él con ganas, con deseo, porque Mad sería el único fiel que podría demostrarle su amor al Dios de esa forma y el único que lo haría sentir de esa manera. Y cuando todo fuera demasiado como para poder soportarlo, Ariel le concedería a su súbdito el mayor de los honores, la más grande de las bendiciones: besaría su boca con la misma pasión que un amante y abriría las piernas, pidiéndole, no, exigiéndole que continuase para colmarlo de bendiciones.

Y Mad iba a querer todas esas bendiciones. Por ellas se enfrentaría a Satán con sus manos desnudas, pero en ese momento lo único que le importaría era obedecer al Dios. Hundiría su pasión hecha carne en el cuerpo divino observando la expresión de éxtasis en la cara de su pequeño todo el tiempo, gemiría, y mientras ingresara al paraíso lentamente, su cuerpo iría moviéndose paulatinamente para no dañar a la fuente de sus plegarias; lo haría despacio, con ternura, movería las caderas a un compás suave y profundo en un intento por tocar el punto sensible del niño, hundido en el Nirvana de sus caderas que parecía atraerlo cada vez más. Los movimientos se volverían cada vez más rápidos, más fuertes, el Dios pediría a gemidos más y más, moviéndose y retorciéndose hasta límites indecibles entre tanto Mad gemía de placer y lo complacía, más fuerte, un poco más duro. La cama chirriaría debajo de ellos y sus gritos se oirían en todo el cuarto cada vez con mayor fuerza hasta que, en una explosión de colores y sensaciones imposibles de explicar con palabras, el Niño Dios lo llevaría al paraíso dejándole ver su rostro en todo momento.

Antes de darse cuenta en medio de sus delirios, ya habían subido las escaleras y estaba muy atontado. De no haber sido porque los pasos de Ariel contra el piso de madera resonaban tan fuerte se hubiera quedado en su mundo de fantasía celestial en donde lo estuvo pasando tan bien... Demasiado bien se podría decir, pues esa extraña humedad en su bóxer le indicaba que quizás su mente maquinaba en exceso. ¿Y si el menor se hubiera dado cuenta de lo que le pasó? Por suerte, no lo hizo. Ariel caminó unos pasos y entonces pudo ver el balcón con plantas y barrotes blancos al que se dirigían. Era pequeño, más porque estaba lleno de macetas y plantas, incluso una enredadera que estaba invadiendo poco a poco los recovecos de la baranda del balcón, en la cual ahora Ariel se apoyaba para mirar el paisaje. Desde ahí arriba podía verse buena parte de la ciudad, iluminándose mientras el sol se escondía y la luna ocupaba su lugar pintando el cielo de anaranjado, luego de rosa violáceo y por último de un azul muy suave. Muy profundo, entre las nubes, se podían distinguir algunas estrellas que apenas si se veían por culpa de los rayos del sol que no desaparecían del todo aún.
Ariel fue el primero en romper el delicado silencio que los estaba envolviendo.

—Aquí nadie va a molestarnos por un buen rato. Así podremos hablar tranquilos —dijo el chico, enredándose uno de sus largos mechones de cabello entre los dedos de una mano.

Jean Claude pasó saliva, era la hora de la verdad.

—Perdóname por haberte dejado solo.

—Me dolió mucho.

—Lo sé —suspiró, pasándose una mano por el pelo sin saber qué decirle. No podía decirle toda la verdad, tendría que mentirle. Como siempre—. Lo sé y en verdad lo lamento. Cuando me di cuenta del daño que te había hecho me sentí fatal y no sabía cómo remediarlo, no tenía coraje ni para llamarte por teléfono. Se suponía que iba a estar para ti si me necesitabas y no lo hice, te fallé como amigo y como hombre.

—Está bien. Aunque creo que yo también exageré un poquito, no debí golpearte de esa manera. Lo siento.

—No, no. Estabas en todo tu derecho. Es más, tendrías que haberme golpeado hasta sacarme toda la porquería que llevo dentro y quizás entonces estemos a mano.

—¡Mad! —pese a todo, rió por lo bajo, mirándole con una sonrisa en los labios—. Hubiera tardado horas en sacarte todo lo que tienes dentro.

—¿Estás insinuando algo, pequeño monstruito? Aah, ya veo, ahora quieres torturarme, ¿no es verdad? Estás hiriendo el orgullo y el corazón de un pobre anciano como yo.

—Te lo tienes merecido, mala gente. No me llamaste en una semana.

La cara de Mad se puso roja para sorpresa de Ariel, y esquivó su mirada enfocándola en el paisaje.

—Me daba demasiada vergüenza, no sabía cómo enfrentarte. Estaba seguro que si te explicaba el por qué lo entenderías, pero me daba miedo que no lo hicieras. Sé que eres un chico maduro y todo eso, pero cuando uno se enoja no le importa nada.

—Dímelo a mí. Los primeros días te hubiera insultado por teléfono o te habría mandado a China de una patada en el trasero si te atrevías a aparecerte en mi casa.

—¿Lo ves?

—Oye, yo tengo autorización para ponerme de ese modo —replicó mientras ponía los brazos en jarras, mirándole ceñudo—. Acabo de cumplir catorce años, soy un niño, tengo derecho a hacer berrinche.

"Te cagó, Maddy".


"Estuviste callado todo el puto día, por favor: Permanece así".

—Lo sé, tienes toda la razón del mundo. Entenderé si no me perdonas ni nada.

Una carcajada brotó de los labios ajenos de forma tal que lo descolocó. ¿Se estaba burlando de él? Ariel se dio cuenta de que su risa estaba confundiendo al fotógrafo cuando lo vio arrugar la frente cada vez más y se apresuró a hablar.

—¡Ya te perdoné, tonto! Al menos en parte, porque aún quiero saber por qué pasó lo que pasó.

Para Mad eso fue como salir del desierto y encontrarse con el oasis que tanto había estado buscando. Cada vacío de su vida era llenado de golpe con esas simples palabras y su corazón volaba, latiéndole con tal vigor que creía que sufriría un infarto. No importaba, podía morir feliz. Ariel lo perdonaba y ahora volvería a estar en su vida, eso era todo lo que necesitaba para ser feliz. Le daría todas las explicaciones que quisiera, daba igual mientras que no lo abandonase nunca y pudiera tenerlo a su lado, aunque fuera solo como amigo para poder abrazarlo, oler su perfume, verlo sonreír y escuchar su voz.

Estaba a punto de abrazarlo fuerte para estrecharlo contra su pecho, pero sabía que aún no estaba todo dicho y Ariel quería una explicación. Lo veía en sus ojos. Tuvo que darse valor para mentirle a su querida musa, poner su mejor cara de póker, e hilar la misma mentira que le había dicho a su hermana para no tener que confesar la cruda verdad.

—Estaba saliendo con alguien —qué sorpresa, le estaba saliendo demasiado bien—. Me gustaba de verdad y creí que podríamos tener algo muy serio, yo estaba serio con él. Se parecía... mucho a ti, ¿sabes? Demasiado. Pero él y yo nos separamos, descubrí que no me amaba del mismo modo que yo a él —bueno, eso no era del todo una mentira—. Y decidí olvidarle, estaba muy deprimido. El problema era que al verte lo recordaba, por eso necesitaba mantenerme alejado un tiempo —con lentitud y una mirada en verdad suplicante, Jean Claude se acercó al menor lo suficiente para poder acariciarle la cabeza mientras se agachaba para verlo a los ojos—. Fui un egoísta, lo admito. Rompí la promesa que te hice y me porté muy mal, pero creía que estaba haciendo lo correcto. ¿Puedes perdonarme, mon amour?

Ariel no sabía que Mad estuvo saliendo con alguien. Tanta fue la sorpresa que por un momento lo descolocó. Sin embargo, ahora tenía la confirmación de que Mad estaba soltero, tenía la explicación del desmadre que habían estado viviendo esas últimas semanas, y al hombre por el que suspiraba todos los días mirándole a los ojos con una de las sonrisas más encantadoras del mundo, pidiéndole perdón. Tal como lo había deseado. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación de alegría inundándole el pecho hasta hacerle querer gritar, tampoco había sentido nunca mariposas en el estómago como en ese momento y la sangre bulléndole a tal velocidad que parecía quemarle en las venas. En sus labios fue formándose una amplia sonrisa de felicidad y satisfacción que fue seguida por un gran abrazo como el que quiso darle apenas lo vio. Lo apretó entre sus brazos y hundió la cara en el cuello de Mad aspirando su aroma todo lo que podía. Cómo había extrañado ese perfume, esa calidez que su cuerpo despedía.

Mad correspondió, envolviéndolo con sus propios brazos en un intento por sentirlo más cerca, bien apretado contra su pecho. Se inundó en su olor y tocó el cielo con las manos al sentir debajo de las yemas de sus dedos el calor de la piel a través de la ropa. No podría vivir sin ese contacto nunca más, una sola semana había sido demasiado larga y demasiado tortuosa como para volverlo a intentar. Cuando Ariel se separó de él todavía luciendo esa sonrisa preciosa, su corazón se aceleró de pura alegría.

—Por esta vez estás perdonado, Maddy.

—Menos mal. ¿Dónde iba a conseguir a alguien que me enseñara computación gratis?

El chico hizo un mohín con la boca y deseó comérsela a besos.

—¿Sólo me necesitas para eso?

—Claro que no, petit. Me encanta tenerte cerca, charlar contigo de literatura y poesía, escucharte cantar mientras cocinas y sacarte fotos preciosas. Estar contigo es la mar de divertido.

—Qué bueno, durante mucho tiempo creí que te estaba aburriendo y que por eso no querías verme.

—Cariño, el día que me aburra de ti será el día en que deje de respirar —Ariel le volvió a sonreír, sonrojándose de esa forma que a él tanto le gustaba provocar—. Así que puedes estar tranquilo.

—¿Seguro? Porque ya estás algo viejo.

Mad se llevó ambas manos al corazón y puso cara de tragedia.

¡Mon Dieu! ¿Cómo puedes decirle eso a un pobre hombre, bueno y gentil como yo?

—¿Por qué parte quieres que comience? Porque te voy avisando que tendrás que sentarte.

—¡Qué crueldad! Haces que mi corazón frágil se rompa en miles y miles de millones de pedazos súper chiquititos —gimoteó con falsas lágrimas, haciéndose el dolido para diversión del jovencito que se reía y le miraba sus ojos brillantes de alegría—. ¿Cómo vas a compensarme por esto?

Como siempre, Ariel sonrió y le tomó la cara con ambas manos para depositar un beso tierno en su frente. Ese era el juego favorito de los dos, un juego en el que se repartían besos para sanar las heridas del corazón ajeno.

—¿Estás mejor, Maddy?

—Apenas... Me duele el corazón por tus terribles palabras.

—Pobrecito —el niño sonrió y besó la punta de su nariz y ambas mejillas, sin soltarle. El corazón se le aceleraba cada vez más, pero estaba decidido a cumplir su deseo aunque no fuera más que a medias—. ¿Y ahora?

—Creo que sí, no estoy del todo seguro.

Lo que Mad, quien iba a detener el juego alegando una milagrosa recuperación de su corazón, no se esperó fue lo que pasó a continuación. Ariel, que no le había soltado, se lanzó e hizo algo que nunca creyó que se atrevería a hacer: posó sus labios sobre los de Mad por completo, en un beso casto, seco, pero un beso al fin y al cabo. El muchacho se sentía en las nubes pues este era un beso muy distinto a los que le había dado antes como despedida: no era un pequeño pico mariposa ni un saludo, era un beso dado a conciencia y con todo el deseo de hacerlo, lo que lo volvió tan especial y excitante. Aunque fueron unos breves instantes de gloria, Ariel pudo oír los latidos de su propio corazón acelerarse hasta límites insospechados y sentir cómo su cuerpo temblaba de emoción. Para Mad, que estaba estupefacto, la reacción fue la misma. Hubiera dado el brazo izquierdo por tener esos labios suaves, más suaves de lo que hubiera imaginado, pegado a los suyos siempre, pero un ruido hizo que Ariel se separara de él con la cara toda colorada.

—¿Y ahora? —dijo en un jadeo, tratando de ocultar la revolución de sensaciones y hormonas de su interior con un intento de voz calmada, que salió algo ronca.

Mad pestañeó un poco, todavía con el corazón en vilo antes de forzar su mejor sonrisa y responderle.

—Sí. Está perfectamente ahora.

Unos instantes, quizás unos miserables segundos fue el tiempo que esos hermosos labios se pegaron a los suyos, pero serían los más importantes del resto de su vida y los guardaría en lo más hondo de su corazón por siempre. Ariel pensaba en lo mismo, al menos hasta que apareció Gian Luca de golpe, al parecer buscándolos a ambos y mirara la escena un tanto extrañado. Parecía como si se preguntara si había interrumpido algo.

—Primo, te estaba buscando. ¿Qué haces aquí?

—Lo siento, Luca. Tenía que arreglar unas cosas con Maddy y abajo había demasiado ruido. ¿Pasa algo?

—Nada, sólo que los chicos decidieron que era hora de comenzar a bailar. ¿Quieres venir?

—¡Claro! —exclamó, dando un par de saltitos antes de tomar la mano de Mad y tirar de ella, como siempre—. Vamos, vamos a bailar.

—Ariel, no soy bueno bailando —mintió, la verdad era que no sabía si su cuerpo toleraría el tenerlo tan cerca.

El Doppelgänger soltó tal carcajada dentro de su cabeza que casi lo deja sordo, pero lo ignoró de la misma forma en que Ariel lo ignoraba mientras lo arrastraba escaleras abajo hablando con su primo.

"Claro que sabes moverte, tontito. Sólo que no quieres tenerlo tan cerca para que la serpiente no quiera salirse de su jaula".

"¿Algún problema? Si alguien se da cuenta de que me excito por bailar con un menor de edad tendré graves problemas".

"Si estuvieras en Éxodo podrías bailar con él de la misma forma en que lo hiciste con Adrián. Una pena... Pero, ¿qué te asegura que no te vas a excitar por verlo bailar?".


Nada. Nada ni nadie se lo aseguraban pero por lo menos, sentado en una silla y a lo lejos, no correría el riesgo de que nadie se diera cuenta. En efecto, cuando bajaron ya medio mundo estaba bailando reggaeton y, pese a que Ariel admitió en voz alta detestar esa música con toda su alma, se encogió de hombros y fue a bailar con sus amigos. Verlo perrear y menear las caderas haciendo fila con sus amigas fue demasiado para Mad, quien tuvo que obligarse a sí mismo a sentarse y maldecir por no haber llevado alcohol. Un Martini de manzana le hubiera sentado como anillo al dedo.
Alineación a la izquierda
Sacando la creciente excitación que le producía ver a su musa meneándose, moviéndose y saltar con sus amigos, su primo o quien fuera el que le sacara a bailar, tenía que admitir que lo estaba pasando bien. Ver a los más jóvenes cantar rock a todo volumen le sacaba carcajadas, recordándole sus buenos tiempos en la escuela. Ariel era feliz. Tal vez una parte de esa cabecita italiana pensara en Angelo, de quien no se había sabido nada y a quien todos habían evitado mencionar en un acuerdo silencioso, pero aún así se estaba divirtiendo y eso era todo lo que Mad quería.

Su musa había regresado, lo había bendecido con el néctar de sus labios y eso era algo que rayaba con lo divino para él. No podía estar más feliz.



Link al siguiente capitulo.

1 comentario:

Lieblosem dijo...

Ay, yo te debo comentarios en AM, es que aquí en el blog me distraigo :P ya te lo había dicho. Este ya lo leí!* Dios que recuerdos. Hoy tengo que releer el ultimo que subiste, es que luego me entretengo con otras cosas ¬¬ y termino haciendo nada XD o prestando poca atención a todo. ¬¬ Por eso por amor y honor a la lectura, mejor leo cuando haya terminado mis deberes ¬¬. Pero ya sabes que adoro estos capitulos!

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