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jueves, 10 de junio de 2010

Mis relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro Capítulo Doce

Odio.

Luego de una semana dolorosa en la que se la pasó ingiriendo aquel horrible remedio, pasándole crema en la herida al "generalito", usando talco y esos horribles calzoncillos cortos para darle soporte, como le había dicho el médico, llegó el día del taller. Ya podía caminar sin sentir molestia y hacer lo que quería siempre que siguiera las instrucciones del médico, por lo que podía asistir al taller si lo deseaba. Ariel le había dejado unos mensajes en el contestador para recordarle el día y la hora, consciente de que Mad era muy olvidadizo; en otro tiempo lo hubiera agradecido, hasta le hubiera parecido adorable, pero en esos momentos le llenaba de dolor la expectativa que Ariel le ponía a todo aquello. No quería estar con él, no quería seguir a su lado y atarse más y más a esa criatura inocente de la que se había enamorado, estaba empeñado en olvidarlo hasta el punto de romper una promesa y traicionar la confianza de quien más amaba.

No pensaba ir al taller. Ariel tendría que arreglárselas solo.

Los alumnos y sus padres se congregaban en la sala de actos, el recinto más grande y recubierto de la escuela. Habían fallado los cálculos y la reunión, que supuestamente iba a ser al aire libre, tuvo que cambiarse de lugar ya que el servicio meteorológico falló y terminaron lloviendo perros y gatos desde la mañana temprano. Estaba hablando con su grupo de amigos, que le presentaban a sus padres. Todos eran buenos y amables con él, cosa que estaba pasándole por primera vez en muchísimo tiempo y lo llenaba de alegría. Mientras acomodaban las sillas, Ariel aprovechó para mirar a su alrededor: Todos venían con uno o ambos padres. Él era el único que estaba solo.

En cierta forma ya se había acostumbrado a eso. Su tía y su primo hacían cuanto podían, pero no eran sus verdaderos familiares. Por mucho que los amase, no tenían relación de sangre y él sabía muy bien que no estaban obligados a asistir a todos los eventos escolares; también sabía que ellos lo intentaban, que se morían por estar ahí, pero por alguna razón u otra nunca lo lograban. Ellos habían hecho tanto por él que no le gustaba decirles que a veces se sentía algo patético y solo frente a tantos chicos junto a sus padres.

No. Esa vez no iba a estar solo y el mero pensamiento le hizo sonreír. Mad iba a estar con él, lo iba a ayudar. Él sabía cuánto le costaba enfrentarse a sus compañeros, aunque fuera olvidadizo estaba seguro de que no lo dejaría tirado. Había hecho una promesa y las promesas eran para cumplirlas. Por eso se sintió más aliviado cuando se sentó junto a Almudena aunque el otro asiento a su lado, donde debería estar el adulto que le acompañaba, estaba vacío. Pronto la sala se llenó de ruidos y murmullos, en los cuales, sospechaba el muchacho, se hablaba mucho de él por ser una de las primeras causas de que estuvieran todos allí. Al menos así fue hasta que ingresó el director junto con la persona encargada de llevar a cargo el taller, supuestamente era una psicóloga de renombre con especialidades en varias áreas y trabajos grupales, que estaba de licencia momentáneamente y se había ofrecido por su cuenta a ayudar con el problema de convivencia en la escuela. Lo que Ariel no se había esperado fue que esa especialista fuera nada más y nada menos que Laura, caminando junto al director con una gracia que asemejaba a la de un cisne.

No estaba acostumbrado a verla con esa clase de ropa. Llevaba poco maquillaje de tipo natural, cuando ella era de las que usaban mucho y al estilo teatral. Pantalones vaqueros de denim oscuro tipo Oxford, una playera sin mangas color blanco con florecitas y una blusa de crochet rosa. Si eso era la Laura que él conocía, el mundo se había vuelto del revés o ella y Alex eran expertas en lograr una transformación completa.

-No... lo puedo... creer -jadeó, rígido como estatua en su propia silla. Por un instante se preguntó qué diría Mad ante tal cosa.

La mujer lo divisó enseguida pues se había sentado en una de las primeras filas, y le guiñó un ojo. Ariel se imaginó que no debía saltar a la vista que se conocían, por lo que le respondió sólo con una sonrisa. Mientras el director presentaba a Laura, dando un repaso de todas sus credenciales para que los padres se sintieran seguros de su profesionalidad, todos guardaron silencio y llegaron al acuerdo tácito de que era una persona de fiar sólo al ver sus ropas: sencillas, decorosas, pero de marca. El jovencito rodó los ojos, dándose cuenta de ello al instante. Para la gente superficial, el aspecto lo era todo, pero le alegraba que se sintieran cómodos con su amiga al instante (quien ahora comenzaba a explicar cuál era la utilidad de ese taller al que se asistiría cada quince días) y se relajaran mientras la oían hablar. La voz de Laura era suave y contenedora, pero segura de sí misma; muy contraria de la voz mandona a la que estaba acostumbrado. Supuso que era un truco para ganarse primero a los padres y luego al alumnado.

-Debido a las demostraciones de intolerancia y violencia entre alumnos sobre la cual fui informada -decía Laura, ahora que el director le había cedido la palabra-, decidí venir por mi cuenta para ayudarles a solucionar el problema. Sé que muchos de ustedes, tanto padres como alumnos, piensan que son cosas de niños que no deben ser tomadas en serio pero la realidad es otra. Las escuelas, especialmente una con semejante prestigio y a la que gente de excelentes familias acude -esa debió ser la mejor chupada de medias que Ariel hubiese visto nunca-, tiene el deber, la obligación, de ayudar a los niños que sufren de acoso o, como se conoce en muchos otros países "Bullying". Me han llamado, no sólo porque ha habido un caso aislado como todos piensan -el niño sintió las miradas clavadas en su nuca casi en el acto-. Ha habido muchos más casos que no han sido denunciados por miedo o vergüenza y todos fueron bastante terribles. Muchos niños han sido maltratados por sus compañeros y esto tiene que parar. ¿Entienden?

Hubo un enorme murmullo por parte de los padres que, obviamente, era la primera vez que oían de todo aquello. Laura los miró a todos y a cada uno, ya no sonreía.

-En el último caso del que he tenido noticia, y el que hizo mayor furor debido a la presión de uno de los tutores del alumno implicado, lo cual está justificado teniendo en cuenta lo que el chico estaba sufriendo, la víctima era constantemente acosada por sus compañeros. Le dejaban mensajes malintencionados, amenazas de muerte, le arrojaban cosas y, en el peor de los casos, fue encerrado en uno de los baños en construcción a conciencia de que padecía claustrofobia y podía sufrir un ataque de pánico o algo peor. Padres, ¿realmente pueden permitir semejante conducta en sus hijos? Y el alumnado, ¿debe tolerar esto por no recibir el mismo trato o alentarlo porque no le está ocurriendo a uno? No -dijo antes de que nadie pudiera responder, mirando a todos duramente, como si los examinara-, porque esto siempre provoca reacciones fuertes y personales. Esta clase de agresiones sin sentido pueden evitarse y esta tarea le corresponde a los padres y a la escuela. Por eso les sugerí a los padres de todas las víctimas que se entrevisten con el director.

Una de las madres, azoradas, se puso de pie de un golpe y gritó:

-¡Pero eso es cosa de chicos! Además, mi hijo no tiene la culpa de lo que otros hacen.

-Su hijo es tan culpable como los que cometen la falta si ve que están encerrando a un niño menor que él, inconsciente, en un baño derruido. Podría haber pasado cualquier cosa, alguien pudo haber salido herido. Probablemente, la víctima. ¿Y si el menor hubiera muerto? La escuela completa cargaría con el cargo de conciencia por haberse mantenido callada incluso aunque por fuera digan que se alegra por su muerte. ¿Quién puede alegrarse por algo semejante, señora? ¿Qué haría usted si alguno de los niños fuera su hijo?

-Lucharía por él.

-Eso es justamente lo que hacemos ahora. Pero esto no es por un sólo niño, sino por varios. Y no es solo por las victimas, es también por los agresores. Hay riesgos a largo plazo, padres, porque las víctimas (y esto está comprobado científicamente) tienen problemas de comportamiento. Éstos tienden a no terminar sus estudios, a ser incapaces de mantener un empleo, y a generar violencia en el ámbito familiar o incluso en la vía pública, con desconocidos. Las víctimas quedan marcadas de por vida, al igual que los niños golpeados por los padres, y tienden a sufrir depresión, falta de autoestima y pensamientos suicidas. Por lo tanto, si alguno de los presentes desea ser causante o cómplice de la muerte de algún niño es libre de retirarse.

Se instaló un silencio profundo en la sala. Incluso el director estaba mudo. Seguro que nadie se había esperado semejantes palabras tan duras pese a haber sido dicha en todo calmado con la mayor educación del mundo. Ariel, quien había mantenido la cabeza gacha, la alzó en cuanto la mujer gritó y pudo ver la mirada fija de Laura en ella y en los demás, tan serena y a la vez tan desafiante, que pronto cambió a una más dulce.

-Sé que nadie quiere algo así. Por eso estoy yo aquí. Quizás mis palabras sean algo directas pero es imprescindible que los padres abran los ojos, dejen de lado el "son cosas de chicos" o "mi hijo no haría tal cosa", porque es algo serio que debe prevenirse. Y la mejor forma es comenzar tanto en casa, con los padres, como en la escuela. Tenemos que concentrarnos en enseñarles a los chicos que la víctima tiene que ser protegida porque puede resultar herida de gravedad y que el acosador no es un tío genial por lastimar a otro ser humano, muchas veces más débil que él. A nadie le gusta que le golpeen o le lastimen emocionalmente, ¿cierto? Hay que ponerse en el lugar del acosado. Por eso, se crea este taller donde padres, hijos, y compañeros aprenderán todos uno del otro, a confiar uno en el otro, y se tratará cada caso en particular. Gracias a testigos sabemos cuáles son los lugares recurrentes para los ataques, podremos tomar medidas de prevención. Se discutirá el tema en las aulas, habrá reuniones de padres y, por el futuro de sus hijos, todos deberán de venir. La escuela y la casa deben enviar un mensaje sencillo pero firme: No se tolerará el Bullying. Así que hoy comenzaremos con ejercicios simples en los que participaremos todos. Primero, padres e hijos irán presentándose.

Así fue como los padres y los hijos comenzaron con la actividad. Los primeros fueron los que estaban sentados junto a Laura y así tenían que seguir hasta que acabara la primera fila del círculo y continuase la siguiente que comenzaba en el mismo lugar. Ariel se sentía un poco menos nervioso al escuchar a los padres dar sus nombres, su edad, decir de qué trabajaban, sus pasatiempos y luego lo mismo con los alumnos. A medida que pasaban, Ariel memorizaba cada cosa que ellos decían, e iba apretando las manos sobre las rodillas al darse cuenta de algo: Estaba solo, rodeado de padres y chicos de su edad, el asiento a su lado estaba vacío. Mad se estaba tardando demasiado, él nunca le hacía esperar. Por eso revisó su celular con disimulo... Nada. ¿Qué estaba pasando? Él no lo dejaría solo así como así. Aprovechando que estaban todos concentrados en escuchar a la familia Michellis decidió llamar.

"El celular al que esta llamando se encuentra apagado o fuera de servicio".

Y allí fue cuando la dura realidad le cayó encima como un muro de ladrillos. Mad no iba a ir, nunca había pensado en ir, había roto su promesa y él lo supo desde el principio cuando el arquitecto no le miró a la cara al decirle que asistiría. Estaba solo, como siempre, rodeado de extraños y ni siquiera las miradas de sus amigos podían consolarle. Como siempre, el asiento junto a él era el único que estaba vacío. Los padres de los demás pudieron hacerse de tiempo para acompañar a sus hijos pero él, desde hacía ya dos años, que nunca tenía a nadie a su lado para las cosas de la escuela.

Le costaba respirar. Sentía como el llanto se agolpaba en sus ojos y la garganta comenzaba a cerrársele cada vez más fuerte, hasta el punto en que le dolía el mero hecho de inhalar un poco de aire. ¿Por qué a él siempre le pasaban esas cosas? ¿Por qué siempre terminaba solo? Todos se iban, lo abandonaban. Ahora Mad lo estaba dejando solo también.

"¿Por qué, maldición, por qué? ¿Qué tengo de malo? ¿A quién jodí en mi otra vida para que nunca me pase nada bueno?".

Comenzaba a temblar de rabia contenida, cuando un leve golpecito en su hombro lo despertó. Shenshen, que se había sentado junto a él, le miraba con cara preocupada y al mismo tiempo señalaba hacia donde Laura se encontraba. No le costó mucho entender que era su turno de presentarse.

-Jovencito -la cara de Laura era la misma que antes, pero sus ojos demostraban preocupación. Había notado el cambio en Ariel, por haberlo tratado antes-. Es tu turno de presentarse. ¿No vino nadie contigo?

-Ah, no... Estoy solo -carraspeó, pues la voz le había salido medio ahogada, e ignoró los cuchicheos cuando se dispuso a responder-. Soy Ariel D'cciano, en dos semanas cumpliré los catorce años... Emh, y no sé qué más decirle. No tengo mucho que contar.

-¿No han venido tus padres?

Ariel se enderezó en la silla. ¿Por qué Laura lo obligaba a eso?

-Yo... no.

-¿Y algún hermano mayor?

-Yo soy el mayor.

-O sea que tienes un hermano. ¿Tus padres están con él?

"¡Deja de regresar a ese tema!".

Una voz desde el fondo del mar de sillas dijo.

-Quizás su madre este conquistando maridos ajenos o esté en la cárcel. Ya que el hijo mató a un profesor...

Ariel endureció la mandíbula y apretó los puños.

-No tengo padre. Tampoco madre. Es mi tía quien me cuida.

El silencio se instaló en la sala y Ariel cerró los ojos. No quería estar ahí, no solo. Se sentía desnudo frente al mundo entero, como si le estuvieran examinando para un experimento científico.

-Lo siento en verdad -dijo Laura, en tono conciliador-. Esto... ¿ha pasado mucho tiempo desde eso?

El chico se enderezó un poco más en la silla, suspirando. Mad no estaba a su lado... estaba enojado, furioso, y necesitaba sacarse la presión en el pecho de algún modo. Lo mejor era acabar pronto con la charla.

-Hace dos años, señorita. Me mudé aquí en cuanto mi madre falleció para que mi tía me cuidara. Deje mi país, mi pueblo, mis amigos, y vine a un lugar extraño, con costumbres distintas. Aún no me habitúo a esto.

-¿Tienes hermanos menores?

-Uno. Pero esta enfermo -agregó, dispuesto a soltarlo todo. ¿Querían saber de él? ¿Querían sentir lástima del pobrecito nene extranjero y huérfano? ¿Deseaban burlarse más del homicida calienta braguetas? Se lo pensaba dar, iba a ser un combo completo para todos los gustos-. Lo internaron por un tumor en el cerebro hace varios meses, pero aún no pueden operarle.

-Lo siento.

-No se preocupe, es normal. Todos en la familia lo tienen. Algún día quizás lo tenga yo, las posibilidades son de un sesenta por ciento teniendo en cuenta que en la familia de mi padre no ha habido ningún tipo de enfermedad.

Ahí el silencio se rompió y todos comenzaron a murmurar. Los ojos de la sala lo miraban incrédulos, asombrados, con lástima. Era obvio, él jamás hablaba de su vida dentro de las puertas del instituto. Laura esbozó una suave sonrisa, Ariel estaba cooperando y las cosas comenzaban a mejorar. Cuando uno se enfrenta a algo que no conoce, le teme; pero, si esto deja de ser desconocido se puede lidiar con él. Ése era el proceso mental que estaban sufriendo los presentes de la sala, especialmente los alumnos. Podía ver como a muchos comenzaba a llenarlos la culpa y a otros la pena.

-¿Y tú, como tomas eso? -empero, ella era la psicóloga y sus preguntas debían ser objetivas.

-Es algo para lo que me educaron de pequeño, me chequeo cada quince días para asegurarme de que todo va bien. Además, mi cuerpo es débil y me enfermo muy a menudo, así que no tengo opción -un encogimiento de hombros y a otra cosa-. Por eso es que nadie vino conmigo. Mi tía y mi primo no pueden acompañarme por su carrera y su trabajo.

-¿Y no te sientes solo?

Okay, esa pregunta era estúpida.

-¿Y usted qué cree?

-Veo que sí. A ver, cuéntanos más de ti. ¿Tienes algún pasatiempo? ¿Trabajas? ¿Estudias algo además de lo que haces en la escuela?

-Mi pasatiempo es dibujar. Hago retratos de todo lo que veo al carbón. También diseño joyas, quiero ser joyero cuando crezca. Estudio joyería y también canto, toco el piano y el violín, leo o escucho música. Me gusta mucho el pop, aunque toda la música me viene bien. Y también trabajo.

Una risa explotó en la silla junto al padre de Shenshen. Era Bud.

-¿De prostituto?

Ariel sonrió y decidió soltar el bombazo.

-Soy virgen, no ganaría nada como prostituto -Bud se atragantó con su propia lengua y tuvo que esforzarse por no reírsele en plena cara-. Trabajo de modelo para la marca de ropa "Alchemy", y para las revistas Zipper y Mode.

Ahora los murmullos se convirtieron en grititos.

-¿Modelo?

-¡No puede ser, la Mode!

-Ya quisiera yo ser modelo...

-Y... -Ariel de golpe era el centro de atracción, pero por motivos diferentes a los anteriores. Cada vez se sentía menos cohibido-. Dentro de poco participaré en el desfile de moda que la Mode patrocina, se transmitirá por la noche en el canal de modas pero no sé el horario. Gano bastante bien y necesito el dinero, así que modelo la ropa que me piden. Sea de hombre o de mujer, me da igual. No hago desnudos, no poso en traje de baño ni en ropa interior, uso el dinero para pagar el tratamiento de mi hermano y la escuela. Creo que es todo lo que puedo contar.

Laura le dedicó una sonrisa.

-Bien. Muy bien.

Luego de la presentación las cosas no fueron tan terribles, pero él no dejaba de sentirse solitario. Les hicieron hablar de las rutinas que seguían a diario, sus deportes favoritos, a Ariel le gustó cuando Laura impuso un juego en el que había que dar un paso al frente si la respuesta era sí. Ella preguntaba si te gustaba Michael Jackson, si te gustaba el chocolate, si te gustaba estudiar, si alguna vez habías visto tal película. Le gustó ver la cara de sorpresa o incomodidad de sus compañeros cuando se lo encontraban al dar un paso al frente. Después tuvieron que hablar de recuerdos de la infancia y demás cosas mundanas, el jovencito del grupo respondía luego de Shenshen y sus padres y antes que Almudena con toda naturalidad en un intento por acabar con todo lo más rápido posible e irse a casa, alejado de toda esa gente, de la escuela, e inclusive de él. De Mad. Los dioses debieron de escucharle, puesto que luego de un par de actividades grupales y de tener una entrevista con los padres por separado (momento en el cual hicieron que los alumnos esperaran en un aula y él mismo se dedicó a reventarse los oídos usando el celular de Shenshen mientras todos se miraban entre ellos con cara de nada), uno de los muchachos que lo había encerrado en el baño despotricó.

-Pero, ¿por qué diablos tenemos que pagar todos, sufriendo semejante bodrio por culpa de la nenaza esa? -gritó, pese a que su madre intentaba callarlo y su padre sólo miraba hacia un costado con cara de no querer estar ahí.

Charlie se acercó hacia donde Ariel y sus amigos se encontraban a grandes zancadas con la cara contraída de asco y bronca. El menor no pudo evitar temblar un poco al recordar el golpe que Bud le había dado, cómo lo habían encerrado en el baño, pero Almudena, Christian y Vladimir hicieron de escudo entre él y Charlie no fuera cosa que se le ocurriera hacer algo ahí mismo. Ariel respiró hondo. Confianza, tenía que tener confianza, debía de ser fuerte porque aunque Mad no estuviera ahí, sus amigos le estaban protegiendo y era su deber, luego de todo lo que había pasado y de conocer a la gente de aquel centro, empezar a defenderse solo. No se merecía ese trato y ya no lo iba a tolerar.

-Pues yo no tengo la culpa de que ustedes sean un montón de fóbicos problemáticos. No fui yo quien golpeó y encerró a otra persona más débil en un baño derruido, ¿sabes?

-Te lo mereces. No queremos chicos como tú en esta escuela -gruñó, entrecerrando los ojos en una expresión de desprecio-. Malditos maricones, pleno siglo XXI y todavía esta lleno de aberraciones como ustedes.

-No soy ninguna aberración, tú... ¡Homofóbico! -cerró los puños, sintiendo la adrenalina recorrerle por todo el cuerpo-. En primer lugar, soy bisexual. Y, en segundo lugar, tienes la mentalidad más estúpida y retrógrada que haya visto en mis catorce años de vida. En pleno siglo XXI no debería haber gente como tú que discrimina a otros por su aspecto o su preferencia sexual, ¿volvimos a la época nazi o al Ku Klux Klan o qué?

-Ustedes son una vergüenza -mascullaba, mientras todos los padres le miraban como si fuera un animal, pero su padre irradiaba orgullo. Todos los chicos le decían que se callara, que no valía la pena, pero ninguno se acercaba demasiado para no quedar involucrado-. Van en contra de Dios y la naturaleza.

-¿Y a ti qué te importa? -esa fue Dena, apretando la mandíbula de tal forma que sus ganas de matarlo a golpes era palpable-. Cada cual hace de su vida lo que le da la gana y al que no le gusta, que mire para otro lado. Nadie tiene que dar explicaciones por nada. La mitad del ejército es gay, no he visto a nadie quejarse.

-¡Chicos! -Laura, la única que se acercó al grupo en discordia, lucía su expresión más severa e intimidante. Incluso Charlie se estremeció un poco al verla-. ¿De qué servirá todo lo que he dicho hoy? Se perderá todo lo que hemos logrado y tú, Charlie, estás quedando como un energúmeno en vez de cómo un héroe.

Al escuchar esto, él dio media vuelta y observó los rostros de sus compañeros que en otros tiempos le miraban con admiración, respeto y complicidad, más esta vez, le miraban con miedo, rencor, odio, e incluso desprecio. La chica que le gustaba dijo: "Qué idiota" mientras lo miraba. ¿Es que ahora todos se pusieron milagrosamente de lado del mariconcito aquel? No lo podía aceptar.

-¿Qué les pasa? -bramó, su voz potente se oyó en toda la habitación pero nadie dijo nada-. ¿Ahora se pusieron de su parte? ¿Acaso olvidaron que se acuesta con el profesor por las notas? ¿Olvidaron que mató al profesor Langley?

El sólo recordar el rostro del profesor bastó para que Ariel perdiera los estribos. Nunca nadie hablaba de él, pero sabía que todos pensaban en eso y lo cuchicheaban en secreto pese a que la escuela entera fingió que nunca pasó nada. Langley había sido tan bueno con él, le había tratado bien y por culpa de un mal entendido y la malicia de Bud ahora estaba muerto, sus dos hijos huérfanos. Los había visto un par de veces, apenas tenían diez y ocho años. Ellos ahora pasaban lo mismo que él y Angelo, esperando a que su padre volviera cuando nunca lo iba a hacer. Cada vez que pasaba por la casa de ellos al salir de la escuela los veía en la ventana mirando hacia la calle, esperando pos su padre. Cuando el profesor vivía, solía caminar con Ariel por esa calle hasta llegar a su casa y los niños le esperaban ahí, saltando junto a la ventana; ahora huían cada que lo veían.

-¡No me acuesto con nadie! -chilló a su vez, abandonando la protección que sus amigos pusieron sobre él con sus propios cuerpos para mirarlo a la cara-. ¡Tengo memoria fotográfica, idiota! Es por eso que recuerdo todo, ¿o es que no te das cuenta? ¿Cómo piensas que hago los ejercicios si no tengo los manuales? Y... y... ¡No maté a nadie! -sus ojos, pese a que trataba de evitarlo, se le llenaban de lágrimas por la ira que sentía. ¿Cómo podían ser tan crueles? ¿Cómo?-. Él se suicidó y nunca supe por qué. No me dejaron siquiera leer la carta que me había enviado... ¿Sabes lo que es ver su rostro y el de sus hijos en sueños durante las noches? Es insoportable. Saber que esos niños no tienen padre, que están solos como mi hermano y yo. Nunca podrías entenderlo.

Empero, Charlie no se intimidó ni nada. Solo sonrió con malicia, estirándose cuan largo era para verse grande e imponer su presencia ante el cuerpo menudo de Ariel. Le daba asco el solo ver a ese puto con cara de nena, que iba por ahí confundiendo a los hombres hechos y derechos como sus amigos, como los profesores, como él. No entendía qué le había visto Bud cuando apenas era un recién llegado y quería hacerse su amigo a toda costa, yendo detrás de él a todos lados. Apenas si podía imaginar el trauma que debió sufrir su amigo cuando los encontró al pendejo y al profesor en el aula, en plena aula.

-Se murió por tu culpa, es igual a que lo hayas matado tú. ¿Tu mami muerta no te enseñó que te tenían que gustar las chicas? Debió ser tan feo criar a un niño gay y morirse.

Esa fue la gota que rebasó el vaso. Ariel apretó la mandíbula y los puños hasta dolerle, viendo cómo todo a su alrededor comenzaba a desdibujarse y volverse blanco. Nadie se metía con su madre, podían decirle cualquier cosa a él, acusarlo de ser un homicida rompe hogares o más, pero a su madre nadie la tocaba. Nadie. No sin perder algunos dientes. Su mente hizo clic y todo dejó de importar excepto la furia que llevaba dentro, explotando en una bomba potente que se materializó en un puño. Luego de haberse tragado cosas como aquellas durante medio año al fin devolvió una de las pullas que le habían hecho.

Antes de darse cuenta, sintió sus propios nudillos hundirse en la boca ajena sin importarle el dolor que eso le produjo en la mano. Emitió un gruñido y se arrojó sobre él, tirándolo al piso haciendo que un ruido seco se uniera al coro de chillidos y gritos de horror, sorpresa, e impresión que ahora llenaba la sala. Sólo era consciente de que tenía que descargar todo lo que tenía dentro en la cosa que tenía debajo: La soledad, el rencor, el odio por no ser aceptado, por haber insultado a su madre, por el profesor que ya no estaba, por Mad que lo había dejado solo, por Bud que había esparcido el rumor. Sus amigos intentaban separarlo de Charlie, que intentaba cubrirse y apartarlo de él mientras recibía los golpes con los dientes y Ariel derramaba lágrimas sin darse cuenta. Los chillidos de la gente se volvieron fuertes, le dolía la cabeza, pero Ariel los ignoró completamente hasta que una mano le tapó la boca e intentó empujarle hacia atrás al menos hasta que la mordió con fuerza.

-¡Me mordió! -el sabor salino, casi metálico, lo ayudó a reaccionar lo suficiente como para ver el rostro de Charlie debajo suyo, mirándole con odio, con la nariz rota y los labios partidos. Le había pegado con mucha fuerza, pero no iba a detenerse ahora aunque le hubiera mordido la mano hasta sacarle sangre-. ¡Maricón de mierda!

-¡Bastardo! -gruñó con una voz que no era la suya, sintiendo a Christian y Vladimir abrazándole por la espalda para alejarle del cuerpo del otro-. No te metas con mi madre, stronzo.

Sorja lloraba, mirando la escena sin saber qué hacer.

-Ariel, por favor... Me estas asustando, ¡para!

-¡No! -gritó, y le dio un último golpe antes de que los chicos pudieran alejarlo lo suficiente de Charlie como para que él se arrastrase a un costado-. ¡Me tienen harto! He soportado casi un año... un año de insultos, acusaciones, pullas, bromas, golpes. ¡Basta! Ya no soporto... ¿Quieren saber la verdad, no? Pues aquí la tienen: El profesor nunca me hizo nada, nunca me trató de forma especial, ni siquiera me tocaba. ¿Saben qué pasó en el aula? Él se enredó con mi mochila en el piso y cayó sobre mí, que estaba sentado en el escritorio para poder hacer un retrato para él... Me había pedido que dibujara a sus hijos... Cuando lo ayudé a ponerse de pie entró Bud y nos vio. ¿Y qué pasó? ¿Quieren saber todos los presentes qué pasó?

Sus amigos lo miraban azorados, sin saber bien qué hacer ni cómo reaccionar, pero Christian al fin se despabiló y lo tomó de los hombros para sacudirle.

-Ariel, cálmate por favor. No tienes que explicar nada, no tienes que decirles nada. Ellos están errados, ninguna razón es válida para tratar a alguien así.

-¡Oh, pero ellos quieren saber! ¿Cómo voy a ser tan malo de no decirles la verdad? -respondió con una sonrisa, volviéndose hacia Bud que, escondido entre sus padres, le miró con el rostro lívido-. ¿Por qué no les cuentas a todos la verdad? Anda, vamos. Dile a tu querido amigo que la única razón por la que todos se enteraron es que me invitaste a salir y te dije que no. ¡Anda, dilo! Dile que eres un marica, que me tienes ganas como dijo Michael hace tiempo. La hiciste bien, ¿sabes? Hasta que Michael dijo eso cuando me encerraste en el baño no me había dado cuenta de nada.

Charlie abrió los ojos mirando, junto a varios más, a Bud que comenzó a gritar y despotricar que era todo mentira pero, entre más lo negaba más culpable se veía. Como pudo, Ariel se desembarazó de los brazos de sus amigos y se puso de pie todavía temblando de deseo por seguir partiéndole la cara a Charlie aunque se regocijó con su expresión al mirar a Bud, como si todo su credo se hubiese destrozado.

-Vivo todos los días con culpa por los hijos del profesor Langley -continuó, la verborrea era imparable y ni siquiera el abrazo que Laura le estaba dando en aquellos momentos lo podía parar. No le importaba que los padres estuvieran presentes, ni que le expulsaran de la escuela. Sería un gasto menos al fin y al cabo, tampoco estaría tan mal ir a una pública o a otro colegio privado-. Paso por su casa y los veo junto a la ventana, esperándolo, y sus caras me persiguen a donde quiera que vaya. Me miro al espejo y siento asco de mí mismo por mi aspecto, pero no puedo hacer nada contra un defecto genético, ¿cierto? No sólo esta maldita escuela me odia... mi propio hermano menor siente vergüenza de mí y no quiere verme cuando voy a visitarlo al hospital a pesar de tener un tumor del tamaño de un melón en la cabeza... Por mí, pueden irse todos al mismísimo diablo, son todos peores maricones que yo -entonces, respirando hondo con las lágrimas secas y la garganta adolorida, miró a Charlie con una sonrisa ladina-. Seré lo que tú quieras, pero este maricón acaba de partirte el culo a patadas. ¿Quién es ahora la nenaza, eh? Vuelve a decir algo de mi madre, grandísimo hijo de perra, y juro que te meteré las zapatillas por donde no te da el sol y luego las voy a sacar para metértelas de nuevo, ¡pero más profundo!

Dijo aquellas palabras, tomó sus cosas, e inició la retirada. Que le expulsaran, a la porra con todo. Se calzó la mochila, sintiendo la mirada de todo el mundo sobre él, pero ignoró a todos y a todo. Comenzó a caminar a una velocidad alarmante portando cara de matar a golpes al que se interpusiera aunque, después de tal espectáculo, nadie lo intentó, se estaba abriendo paso entre la gente como Moisés entre las aguas y, aunque los profesores intentaron pararlo mientras bajaba las escaleras o recorría el pasillo hacia la salida, no se detuvo por nada del mundo. Sólo siguió caminando, casi corriendo, pero aún no estaba satisfecho. Había alguien más con quien debía desquitarse, alguien que le había abandonado cuando lo necesitaba pese a prometerle que nunca lo haría, que siempre estaría allí si lo necesitaba.

"Era un error. Desde el principio debí haberlo sabido". Mad no quería estar con él, ya debía de aburrirle. Su primo le advirtió eso en casi todas las ocasiones en las que se había pasado horas contándole lo que había hecho con "Maddy" el día anterior, que quizás terminaría aburriéndole o molestándole. Después de todo, le dijo Gian Luca, él era una persona mayor con diferentes intereses. Tarde o temprano iba a pasar. Sí, lo comprendía, pero no lo aceptaba. Le dolía demasiado aquella traición y el dolor se doblegaba tan solo de imaginar el vacío que sería su vida sin Mad en ella.

Ignoró a la portera que trató de impedirle el paso, abriendo la puerta aún con el griterío que escuchaba detrás de sí. Tal vez eran sus amigos o los profesores que intentaban detenerlo pero, en ese momento, no quería hablar con nadie. Sólo huir. Abrió la puerta y salió, recibiendo a pleno la lluvia sobre su cuerpo.

"Duele". Pensó, yendo a por su bicicleta. Le quitó el candado, la montó, y emprendió el camino aún con la lluvia y las lágrimas impidiéndole ver bien. "Duele muchísimo".

Iba a ver a Mad. La única persona con la que quería hablar en ese instante. Tenían muchas cosas que aclarar.

Jean Claude miró a través de la ventana de su habitación. Llovían perros y gatos. Soltó un suspiro lleno de abatimiento y se echó en la cama a ver el techo, luchando con la tentación de llamar a Ariel o ir corriendo a su escuela para verlo. Las horas pasaban demasiado lentas, para colmo le sentaba fatal el haberle mentido. Seguro Ariel se enfadaría muchísimo con él, aunque existía la posibilidad de que le perdonase si le decía una buena mentira.

De todos modos, no pensaba volver a verlo.

Eddie, recostado a su lado, gimió y le miró con sus enormes ojos café y las orejas alzadas hacia el techo, cual si pudiera entender cómo se sentía e intentara consolarle lamiéndole una mano. Mad le sonrió, alzando esa misma mano para hundirla en el frondoso pelaje negro de su mascota, tan cálido, que siempre le calentaba los pies cuando el pichicho se recostaba sobre ellos mientras trabajaba en el despacho. Los dos cachorros estaban enormes y eso que sólo habían pasado cuatro meses. Había seguido todas las instrucciones que Ariel y la dueña de la tienda de mascotas le habían dado, los cuidaba con mucho amor, y ellos llenaban en cierto modo el vacío de su hogar. Era divertido tener algo de compañía, le hacia olvidar de momentos lo miserable que se sentía.

Pensar que los había comprado sólo por Ariel.

-Eh, ¿qué pasa Eddie? -le dijo al perro, que movió la cola. Contra todo pronóstico, el ovejero era mucho más tranquilo y hogareño que Misha, quien siempre estaba saltando de un lado al otro cuando se emocionaba. Y se emocionaba con cualquier cosa. Los dos se veían tan inteligentes, te compraban con una sola mirada. O tal vez era que ya estaba queriéndolos y lo llenaban de orgullo-. ¿Tienes hambre? Papá también, ¿buscamos algo para picar? Ven, vamos.

El perro lo siguió escaleras abajo hasta la puerta del patio trasero, por donde hizo entrar a la perra que llevaba su hueso de hule en la boca. Casi al instante los dos se pusieron a jugar en el piso, tironeando del hueso por ambos extremos antes de comenzar a tirarse tarascones y revolverse de un lado al otro mientras su amo se reía. Era divertido verlos jugar.

-Ya, ya, cálmense. ¿Quieren galletas? Sí, yo sé que quieren -les decía, tomando la bolsa de galletas para perro-. A ver, siéntense. Vamos, siéntense -Eddie obedeció y recibió su premio, pero Misha no. De todos modos Mad decidió no rendirse, estaba decidido a enseñarle algo desde que vio a Ariel ordenarle que le saludara y obedeciéndole-. Vamos, Misha. Hazlo por papi, siéntate.

Mientras tanto, prendió la cafetera, tomando las galletas de chocolate que quedaron de la última clase que tuvo con Ariel. Seguían teniendo sabor a recién horneadas. De sólo pensar que sus manitos blancas habían hecho esas galletitas para él se derretía al morderlas, imaginando que era a Ariel a quien mordía. Tenía la ligera sospecha de que su piel debía de tener un sabor dulce, como su perfume o los dulces que cocinaba. Luego de intentar que Misha le obedeciera cuatro veces más y conseguir que se echara en vez de que se sentara, se dignó a darle de comer antes de servirse café. Quizás esa tarde saliera a caminar con los perros, aunque hubiera lluvia.

El sonido inesperado del timbre lo sacó de sus pensamientos. Debía de ser Macchi, que venía a reírse de él o asegurarse de que estaba tomando el medicamento como correspondía. Se bebió el café de un trago antes de caminar a paso lento hacia la puerta, el timbre era apretado constantemente por lo que el sonido empezaba a darle jaqueca.

-¡Ya voy, ya voy! -gritaba, desperezándose. Los perros comenzaron a saltar de un lado al otro y rasqueteaban la puerta moviendo la cola. Eso quería decir que era alguien conocido-. Ya, cálmense niños. No dejan que papá abra la puerta.

Con gentileza, hizo a los cachorros a un lado y abrió la puerta. Quedó sin aliento al ver a Ariel frente a él, mirándolo fijo con la cara echa una máscara indescifrable en una expresión que no le vio nunca. Había dejado la bicicleta tirada bajo la lluvia en un costado, estaba empapado de pies a cabeza y tenía los puños apretados. Pese a que el muchacho era alto no pudo evitar el pensar en él como un pajarito empapado al que sintió deseos de abrigar y darle cariño, pero el fulgor de su mirada le dio miedo. Sólo había visto ese brillo en esos ojos una vez y fue en el hospital, cuando su padre se apareció con su mujer para decirle cosas malas.

-Ariel... -jadeó sin voz, dándose cuenta de que él debería de estar en la escuela. Y que él mismo tendría que estar con él, apoyándole. Empero, ninguno de los dos estaba donde se suponía que debían estar por lo que una punzada de alarma atenazó su pecho.

"Oh, oh... La cagaste, Maddy. El chico va a hacer papilla contigo".

"¿Cómo?".

Las palabras del doppleganger se manifestaron cuando Ariel dio un paso para ingresar y le pegó tal bofetón que le dobló la cara a un costado. Su mejilla le ardió por el golpe, pero el corazón le dolió más. El muchacho había ido a castigarle, como se merecía. Al mirarlo otra vez, Ariel estaba llorando y lo miraba con un cúmulo inexplicable de emociones entre los que había decepción, enojo, y tristeza.

-Me mentiste -dijo sin más, siseando como si fuera una serpiente. El sonido casi metálico que era su voz hizo que Jean Claude temblara de pies a cabeza.

-Ariel, yo... Lo siento, no quise...

-Eso no importa. Me mentiste. Me abandonaste, me dejaste solo cuando yo te necesitaba. Yo siempre traté de ayudarte, estuve ahí, y tú... tú... ¿Cómo pudiste? ¡Cómo pudiste! -entonces se tiró sobre él, llorando mientras le golpeaba en el pecho con los puños sin cesar. Para Mad el dolor de sus golpes era pequeño comparado con el agujero negro que se creó en el centro de su corazón-. ¡Te necesitaba! No tienes idea de lo horrible que fue estar ahí completamente solo, sin nadie tomándome de la mano.

-Lo siento... Lo siento, Ariel.

-¡No! -gritó el pequeño, con la voz desgarrada ya de tanto gritar para que se le escuchara por encima de los ladridos de los perros mientras se sujetaba a su ropa con una mano y le pegaba con la otra-. ¡Eres malo y cruel, me abandonas igual que todo el mundo! ¡Todos me dejan solo! Ya me cansé de estar solo, de que me usen, de que me tiren como a un felpudo viejo. Pudiste haberme dicho que no querías venir y hubiera buscado a alguien más en vez de dejarme ahí solo como un idiota -a medida que hablaba, los golpes disminuían junto con la potencia de su voz-, yo te esperé. Te esperé, tan ilusionado de que estuvieras allí conmigo, de no estar solo en aquella ocasión. Siempre estoy esperando... y nunca viene nadie. Nadie me viene a buscar a la escuela, nadie me espera al volver, nadie va a verme a las exposiciones, ¡nadie nunca!

Mad lo fue rodeando muy despacio entre sus brazos, intentando calmarlo y consolarlo. Sabía que Ariel se iba a ofender y que lo lastimaría, pero nunca pensó que fuera para tanto. Jamás se imaginó que le causaría semejante dolor. No, se dijo a sí mismo. Él lo sabía, sólo contaba con que Ariel no dijera nada como siempre hacía y dejara todo pasar; era obvio que no era el primero y el único que lo había abandonado, en más de un sentido, pero quiso aprovechar que Ariel nunca dice lo que le pasa para no enterarse de lo que su partida podía provocarle, para sentirse menos culpable. Pero le había salido al revés.

-Ariel, mon petit. No quise hacerlo, de verdad no quise. Pero no podía estar allí, yo...

-Nadie me abraza -murmuraba el chico, llorando contra su pecho. Cada tanto le pegaba, pero ya con tan poca fuerza que no sentía-. Quiero que me abracen. Tú siempre me abrazabas. Ella me abrazaba también. Ahora no me abraza nadie. Ahora tienes a ese chico que te llamó, a ése que te hace cosas y por eso no necesitas andar conmigo, tampoco tienes que fotografiarme porque ahora trabajo para Mode. Si me hubieras dicho que ya no querías verme a la cara hubiera dolido menos.

Mad lo abrazó fuerte, aguantando sus propias lágrimas. Quería decirle tantas cosas, confesarle que la verdadera razón por la que no deseaba verle era otra y que, al contrario, sí deseaba estar con él y tenerlo siempre cerca. Si pudiera decirle que lo amaba más que a nada en ese mundo derruido y corrompido, si Ariel le aceptara, se encargaría de abrazarlo y besarlo siempre, de nunca abandonarlo. Pero no podía.

-Ariel, mon petit ciel -susurró, y le besó la frente -. Mon cher, je suis desolé. Je t'ame, mon ange. Mon Coeur est à toi.

Ariel escuchó esas palabras aunque no las entendió en lo más mínimo y alzó la vista con los ojos llorosos, enrojecidos. Sus rostros quedaron a unos centímetros de distancia, de forma tal que respiraban el aliento del otro y sus ojos se calaban hondo entre ellos. Mad podía ver las lágrimas nacer y resbalar por sus mejillas, al igual que la humedad en todo su cuerpo mojado que ahora lo estaba empapando a él también, y Ariel podía contemplar las ojeras bajo los ojos de Mad, el crecimiento de su barba y oler su perfume. Sus ojos no se apartaban un solo instante de los del otro, sintiendo una corriente eléctrica entre ambos cuerpos. Un movimiento hubiese bastado para que sus bocas se encontraran. Ariel, en un golpe de valentía, se atrevió a acercarse lo suficiente como para que sus labios se rozaran casi por accidente, sin dejar de mirarse ambos. El mero tacto los perdió a los dos, que soltaron un suspiro sin siquiera pensarlo mientras que en su interior deseaban que el momento fuera eterno y pudieran conseguir algo más, algo que calmara el fuego que les nacía de adentro y los hacía temblar.

Pero Jean Claude Labadie tenía que arruinarlo. Se obligó a sí mismo a alejarse un poco de él, lo suficiente para no caer en la tentación pese a que sus neuronas estaban embotadas y dijo:

-Lo siento, Ariel.

El chico recordó entonces que estaba enfadado con él por haberlo abandonado. Las emociones de antes volvieron como un reguero de pólvora y le cruzó la cara de otro bofetón, pero en la mejilla contraria.

-Me traicionaste, ¡te odio!

En ese momento ocurrió algo parecido a sus sueños, en los que su hada cubierta de velos desaparecía de entre sus brazos y se alejaba de él a saltitos. En esta ocasión su hada se alejaba bajo la lluvia hasta montar su bicicleta e irse sobre ella pese a que el pavimento resbalaba. Jean Claude corrió tras él, llamándole, pero Ariel no regresó y aunque intentó alcanzarlo patinó al llegar a la esquina. Gritó su nombre, rogando porque volviera para pedirle perdón. Ser odiado por él era más de lo que podía soportar. Sin embargo Ariel siguió pedaleando con fuerza, ignorándole y sin mirar atrás.

Al poco rato, su hada había desaparecido.

Ariel no dejó de pedalear hasta estar cerca de su casa. Estaba demasiado cansado por las emociones de todo el día más el frío y la lluvia sobre su cuerpo que estaba cubierto apenas por el uniforme de la escuela y una chaqueta de polar. Pese a que Mad lo había llamado no regresó, en esos momentos se sentía demasiado mal y demasiado confundido como para escucharle. Más tarde, cuando pudiera pensar como siempre y no tuviera el recuerdo de ese roce sobre sus labios desarmándole la cabeza, escucharía lo que tuviera que decirle. De a ratos, mientras caminaba por las calles solitarias bajo lo que ahora era una llovizna, tenía la sensación de que aquel momento había sido un sueño, un invento de su imaginación.

Y pese a todo, se había sentido tan bien. Había olvidado todo por ese mero instante, pero no podía dejarse llevar. Mad lo había traicionado y tenía que pagar por eso.

Un ruido lo sacó de sus pensamientos, al mirar a un costado se encontró con una cajita en medio de un callejón, junto a un cesto de basura. Con cierto cansancio se acercó a ella, imaginándose ya lo que tendría dentro. Al mirar, había un pequeño gatito negro empapado hasta la médula, demasiado pequeño para valerse por sí mismo y demasiado grande para ser adoptado por alguien más. Se inclinó sobre él, y el minino maulló.

Estaba solo. Abandonado bajo la lluvia. A veces la gente podía hacer cosas realmente crueles.

-Hola -le dijo, estirando la mano para tocarlo. Por fortuna el gato se dejó acariciar, apretujándose contra su mano en busca de calor-. ¿También estás solo? Te abandonaron en esta cajita siendo tan pequeño.

El felino se le quedó mirando. Sus ojos amarillos y redondos estaban posados sobre los de él, casi como si le suplicara por ayuda. Estaba muerto de frío, seguramente se moriría si nadie lo adoptaba. Ariel esbozó una sonrisa.

-No te preocupes, puedes venir conmigo. Mi casa se siente muy solitaria. ¿Qué dices? Te daré buena comida y podrás dormir conmigo.

Al tiempo que hablaba tomaba al gato entre sus manos y lo escondió entre su ropa para que no perdiera calor. Era una pena que dejaran tirada a una criatura tan frágil e indefensa, en verdad, y lo mejor era conseguirle un hogar. Él tenía espacio de sobra en su casa y en su corazón, por eso se lo llevó consigo y lo protegió de la lluvia todo el camino hasta llegar a su piso, en cuya entrada había una figura cubierta por un paraguas.

-¿Primo? -exclamó al reconocerlo, aunque de tanto cansancio la voz le salió sin volumen-. ¿Qué haces aquí?

-Llamaron desde tu escuela diciendo que te habías escapado y nadie sabía adónde habías ido -respondió Gian Luca, sus ojos marrones miraban llenos de preocupación a su primito menor entre tanto lo cubría con el paraguas y tomaba la bicicleta-. Mamá se puso histérica, casi llama a la policía. Ven, vamos adentro. Estas mojado hasta los huesos.

El muchacho se dejó guiar por su primo mayor al interior de su casa sin dejar de sostener al gatito entre su ropa para que no se cayera. Ahora que estaba en casa, sentía el cuerpo hecho de plomo.

-¿Cómo es que no llamó a la policía? -quiso saber en cuanto entraron y Luca prendió las luces.

-La convencí aunque me costó. Le dije que tú siempre hacías eso. Cuando éramos pequeños solías irte por horas a reflexionar en tu sitio favorito o te escondías en los maizales. ¿Recuerdas?

Claro que recordaba. ¿Cómo iba a olvidar los maizales dorados de su pueblo, regados por las flores rojas de las amapolas? ¿Y su sitio favorito, la planta de higo de tuna que tenían en la parte más profunda del terreno junto a su casa en donde se escondía mientras comía los frutos?

-Supuse que volverías en cuanto hubieras arreglado las cosas -dijo Gian Luca, prendiendo la calefacción y las hornallas para poner agua a hervir-. Ariel, ve a darte un baño caliente y cámbiate de ropa. Te haré de comer y luego a la cama, ¿vale? No quiero que te enfermes.

El menor obedeció al tiempo que sacaba al gatito de su escondite y se lo entregaba a su primo. Él, comprendiendo, tomó al minino sin decir una sola palabra y le sirvió leche tibia mientras que Ariel iba a su cuarto y se despojaba de toda la ropa ya pesada por la cantidad de agua que tenía encima. Sabía que si se enfermaba, seguramente estaría en cama por semanas y tendría recaídas, porque su cuerpo era muy frágil. Por ello se metió bajo la regadera cuando el agua estuvo bien caliente, se vistió luego con el pijama de invierno y, tras secarse el cabello con una secadora, se escondió bajo las frazadas. Al rato Gian Luca volvió con una charola llena de sopa con puchero, jugo de naranja, y unas vitaminas; con él venía el gatito, a quien dejó en una parte de la cama mientras apoyaba la charola en la mesa de noche y abría el guardarropa para ponerle más frazadas a Ariel.

-¿Te lo quedarás, cierto? -inquirió, mientras lo arropaba-. Al gato, digo.

-Sí. Lo abandonaron en una caja, estaba solo. Se hubiera muerto si lo dejaba ahí.

-Está bien -Luca esbozó una sonrisa paternal. No pudo evitar devolvérsela aunque le salió algo desviada-. Una mascota siempre llena la casa de alegría. Además es negro, siempre quisiste un gato negro -acarició su cabeza y le puso la charola sobre la cama, para luego tomar al gato y acariciarlo-. Ya tiene los dientes, así que puede comer carne. ¿Te parece si mañana lo llevamos al veterinario juntos?

Ariel no pudo sino sonreír.

-Claro, primo. Sería genial. De paso le compro un collar.

-¡Sí! Y le ponemos las vacunas, le damos los antiparasitarios, el antipulgas, todo. Y compramos mucha comida de primera calidad para que el señor gatito crezca sano y fuerte, como su dueño. ¿Cómo va a llamarse?

-No sé. Ni siquiera sé si es macho o hembra, supongo que me lo dirá la veterinaria mañana... Pero si es gato, se llamará Mozart. Y si es gata, su nombre será Kyra.

-Bien pensado, primito -Gian Luca le dedicó su sonrisa más paternal, antes de acariciarle la cabeza y obligarlo a comerse todo lo que hubiera en la charola. Cuando terminó, Luca estaba retirando las cosas mientras que Mozart o Kyra dormía placidamente a un costado de la cama. Al verlo irse, Ariel estiró la mano y apretó la de su primo entre sus dedos, mirándole suplicante.

-¿Puedes...? ¿Puedes dormir conmigo hoy?

Gian Luca sólo le sonrió. Esa noche durmió abrazado a su primo y a su gato, tratando de recuperar con ellos el calor perdido.



Link del siguiente capitulo.

1 comentario:

DeathXFucky dijo...

Hola Mavya-sama! :D Escribo para felicitarte por tu genial trabajo en Cuarto Oscuro, la haz colocado como una de mis historias favoritas! Dios, tú y Nimphie me hacen llorar de orgullo TT^TT Ejem! Pero ese no es el punto jeje ^^U. Quisiera saber si puedo mandarte un fan Art de Ariel, y si la respuesta es positiva...¿A dónde te lo mando? :S Mi MSN no funciona, pero si quieres pásame tu mail y te agrego por yahoo ^^ o si quieres tú agregame, nee? xx_otaku@yahoo.com.mx

Bueno, sinceramente espero que el Fan Art que te mande sea de tu agrado =///3

I Love... (My stamps)


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