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viernes, 9 de abril de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo 10, parte 2

Planes Fallidos.


Ariel salió del cine, convencido de que necesitaba aire fresco. La escena en que aparecían niños y bebés zombis fueron mucho para él, todos los presentes gritaron de terror pero él fue el único que salió disparado fuera de la sala con unas ganas de chillar y vomitar todo al mismo tiempo, aunque se imaginó que hacer semejante cosa sería más difícil que tocar el piano con los dedos de los pies. Se sentó a la salida del cine con la cabeza entre las piernas, agradecido de que no hubiera gente entrando y saliendo, y que hubiera una discoteca enfrente porque así pasaban muchas personas y nada malo podía pasarle.
Pronto escuchó pasos que se detuvieron a su lado. Al alzar la vista se encontró con Almudena, callada y seria, la cual se sentó a su lado sin decir nada. No pudo sino sonreírle y agradecer en su fuero interno que ella siempre supiera cuando necesitaba compañía aunque más no fuera en silencio. Por eso sabía que Almudena era la más confiable de todas, no porque Giovanna y Sorja no lo fueran, sólo que ella escucharía cualquier cosa que tuviera que decirle en silencio y no se sorprendería ni se mostraría asqueada.

Algo le decía que su amistad con ella duraría mucho, mucho tiempo.
Luego de varios minutos respirando hondo y viendo como varias parejas salían de la discoteca de enfrente tomadas de la mano o besuqueándose, habló:

-Gracias, Dena.

-No es nada. Tendrías que haberles dicho que te daban miedo los zombis y no hubiéramos entrado a ver esa película. Si tanto querían verla yo te hubiera hecho compañía aquí fuera, y Shenshen también.

-Lo sé, es sólo que... -suspiró, sintiéndose derrotado-. Ustedes son mis primeros amigos desde que llegué aquí y tengo miedo de perderlos con mis locuras.

-Ariel, nadie pierde a sus amigos por tenerle miedo a los zombis.

-Supongo que no pero... no sé. A veces pienso que le desagrado a la gente.

Almudena abrió mucho los ojos, signo de que estaba sorprendida en verdad por lo que decía.

-No es que le desagrades a la gente. Bueno, se sienten algo contrariados por tu apariencia, eso es obvio, pero no es porque te odien por ser tú. Las chicas te hacen pullas porque piensan que vas a quitarles los novios.

Ariel frunció el ceño.

-¿Y para qué querría yo robar novios ajenos?

-Deberías preguntar: ¿Para qué querría yo robarme a un chico? Si respondieras de esa manera, entonces las chicas no te molestarían. Eres una amenaza latente, o eso sienten desde que ocurrió eso con el profesor -al ver la cara de sorpresa del menor, respiró hondo y buscó en su diccionario mental la mejor manera de decírselo-. ¿Sabes lo que es la atracción, cierto?

-Pues claro.

-Tu problema es ése. Atraes a la gente, eso es lo que los pone mal. Te ves atractivo para la gente de ambos sexos y les provoca cierta aprensión. ¿Te has visto en el espejo? ¡Eres precioso! Sino, no serías modelo de revistas a tu edad, maldición.

-¿Quieres decir que me molestan porque les gusto?
Almudena rodó los ojos y se encogió levemente de hombros.

-Algunos sí. Otros tienen en cuenta que eres una amenaza, especialmente las chicas. Muchos chicos que no son gay deben sentir que amenazas contra su hombría, con el concepto de masculinidad. Al menos, esa es la teoría que tengo formada en mi cabeza desde que estoy al tanto de tu situación.

Ariel suspiró y apretó las rodillas contra el pecho apoyando la cabeza ahí. La esposa del profesor le dijo lo mismo esa vez que fue a casa de su tía a armar un escándalo por el asunto de su marido. Le había dicho que era culpa de él por ser atractivo para los hombres.

-Ya me dijeron algo así antes. La esposa del profesor Langley vino a casa cuando a él lo echaron del colegio por jugar conmigo. Nunca me hizo nada malo, sólo estaba sentado en su mesa y él se cayó encima de mí por haberse enredado con mi mochila mientras caminaba. El que dio la voz de alarma y nos vio, fue Bud... Ella vino a casa luego de eso, porque se había corrido la voz, y comenzó a gritar que era culpa mía por ser atractivo para los hombres.

-Oh... ¿se te acercan tipos para hablar contigo? ¿Pedirte direcciones o cosas así? -Ariel asintió y Almudena pensó que quizás era demasiado inocente. ¿Cómo habían criado a ese chico para que no se diera cuenta de nada?

-Mi tía se enfadó y la echó, desde entonces me dice que ande con cuidado en la calle y por eso me regaló su celular. Cuando eso pasó, no entendía a qué se refería y nadie se molestó en explicarme, sólo me dijeron que tuviera cuidado.

-Y el profesor...

-Él venia a verme a mi casa cuando la tía no estaba, pero no sé como se enteró y pidió una orden judicial. Después de eso él se suicidó, pero nunca supe por qué. Me envió una carta. La tía la quemó, nunca pude leerla. Me pregunto si estaba enfadado conmigo por ser la causa de todo... Creo que recién ahora comienzo a comprender lo que pasaba.

-A veces uno tiene una muy mala opinión de uno mismo, Ariel. Tú no te ves en el espejo del mismo modo en que te ven los demás.

-Soy un adefesio.

-¿Lo ves?

-Pero lo soy. No soy normal.

-Eso se nota a la legua, tonto -dijo ella, sonriéndole quizás por primera vez en aquel día-. Vamos, ahora sabes que no eres feo. Simplemente te ves distinto de los demás chicos y algo me dice que es genético.
Por toda respuesta el menor abrió los ojos como platos y la miró boquiabierto. ¿Se había dado cuenta? ¡Cuándo! ¡Cómo! Almudena no dejaba de sonreír misteriosa, balanceando levemente el cuerpo de atrás hacia delante.

-Yo sola me di cuenta, si eso te estás preguntando. Es lo más natural, tontito... ¿O te hiciste cirugías para verte así?

-No -fue la concisa respuesta.

-¿Ves? No es nada del otro mundo.

Después de eso sólo se miraron unos minutos en total silencio, esbozando cada uno una sonrisa de entendimiento. No era necesario decir demasiado, pues el silencio contaba todo. Permanecieron así, sentados uno al lado del otro mientras miraban el gentío de la calle de enfrente, cada vez más extraño y colorido.

-Te gustan los chicos, ¿no? -dijo la chica de golpe, aunque Ariel no se impresionó.

-No estoy del todo seguro.

-Cada vez validas más mi teoría.

-Nunca me gustó nadie, no sabría decirte. Pero me parecen atractivos tanto hombres como mujeres.

-¿Y que te parece Mad?

Ante esa pregunta, Ariel en verdad quedó tildado. Eso era algo que no pensaba responder aunque su mente ya hubiera comenzado a maquinar sobre el tema pues, siendo francos, pensaba demasiado en Mad, soñaba con él, buscaba su atención... Miró su celular. Nada. Una punzada de celos le atenazó el corazón y, para salirse por la tangente, miró fijamente el espectáculo de la otra calle preguntando:

-¿Crees que existan los zombis?

Si ella se dio cuenta de su táctica o no, no lo supo, porque también estaba mirando al frente y le respondió con su voz normal.

-En mi país existen. Hay unos hechiceros, llamados Bokor, que secuestran personas y las obligan a beber una pócima que los deja en algo parecido al estado de coma. Todo el mundo piensa que están muertos cuando los encuentra en la calle y los entierran pero, mientras tanto, la persona esta consciente de todo lo que pasa a su alrededor. Saben que las están velando y enterrando, luego que son puestas en un cajón.
>>Luego de cuarenta y ocho horas el Bokor tiene que sacar a su víctima de ahí, porque el efecto de la droga pasa y se despiertan. Si no la desentierra, se muere de asfixia en el cajón. Si logran sacarla a tiempo, el Bokor le da una droga especial que le revienta el cerebro y la deja como si fuera un zombi de verdad que vive bajo las órdenes de su amo como un esclavo.

-¡Eso es horrible! -exclamó, espantado hasta lo más hondo mientras un escalofrío le recorría la médula de sólo imaginarse todo eso. No sabía qué era mejor: Ser desenterrado por el Bokor o quedar dentro del cajón.

-Lo sé, pero es lo que pasa en donde vengo. Tradición vudú, nadie puede luchar contra las tradiciones. ¡Mucho menos contra el vudú!

-¿Y tu sabes hacer vudú?

Almudena sonrió de oreja a oreja y se llevó un dedo a los labios.

-Es un secreto. Shhh...

Estaban ambos riéndose a carcajadas cuando Ariel, en un ligero movimiento que se le ocurrió hacer quién sabe por qué, vio algo que lo dejó pasmado. Ahí estaba él, a quien había estado tratando de contactar todo el día, saliendo de la discoteca con un chico rubio y guapetón que seguramente tenía sus dieciocho años. Ésta vez fue Ariel quién se sintió extraño, como si le clavaran algo en el pecho y lo retorcieran, e incluso las manos le transpiraron y temblaron un poco. Por eso no había respondido a sus mensajes... Estaba muy ocupado con ese chico.
Justo en ese preciso instante los demás salían del cine, pero no les hizo caso.

-¡Eh, Ariel! -dijo Shenshen, abrazándole por detrás al verlo quieto como estatua-. No sabes lo que te perdiste. El final fue alucinante, a-l-u-c-i-n-a-n-t-e.

-Ajá.

La única con el tino de hacer que los demás dejaran a Ariel en paz fue Dena, que les dijo a todos que Ariel estaba un poco mareado desde hacía rato. Todos se preocuparon mucho, creyendo que quizás sería mejor que se quedara a dormir en lo de Shenshen, que vivía más cerca, pero él optó por irse con la tahitiana y proponer, con el motivo secreto de alejarse de ahí para no ver cómo Mad subía a aquél señorito a su auto, ir a "cenar" a un local de comida rápida. La propuesta fue bien recibida, por lo que todos iniciaron la marcha en la dirección opuesta mientras charlaban de las películas. Todos excepto Ariel. El chico sentía las mejillas quemarle y las manos frías.

-Estas mas rojo que un tomate, bebé -le dijo la muchacha morena de golpe, que no se había alejado de su lado por las dudas.

-Sí, no sé... es que me sorprendió verlo con alguien, es todo.

-Es normal, dada su edad. Necesita compañía como todo el mundo.

-Es que creí que... que...

-¿Qué salía sólo contigo?

La pregunta capciosa de la chica fue como un baldazo de agua fría que lo hizo despertar al fin. Permaneció en silencio todo el trayecto y se negó a probar bocado, haciendo que sus amigos creyeran que estaba turbado en verdad por la película. Mientras él y Dena iban a su casa y preparaban todo para dormir, los demás juraban solemnemente no ver otra de esas películas con Ariel.

-Parece que le afectan mucho al pobrecillo -dijo Sorja, sintiendo que la carita de Ariel le tocaba el lado maternal.

Pero la verdadera razón del joven para estar así era otra bien distinta. Acostado en la bolsa de dormir que su amiga preparó para él, se dio cuenta de una terrible verdad que había estado empeñado en ignorar y ocultar pero que su inconsciente le echaba en cara a través de sus sueños. Y eso que su abuela solía decirle que tenía sueños premonitorios.

-Dena...

-¿Qué? -la chica se incorporó apenas en la cama, había estado leyendo una revista boca abajo.

-Creo que me gusta Mad.



Jean Claude entró a los trompicones a su departamento, comiéndose la boca del chico a besos y lametones. El viaje había sido demasiado largo desde Éxodo hasta la casa, pero había valido la pena, porque había aprovechado cada minuto en los que no tenía que prestarle atención a la carretera para besuquear y manosear una vez más a Adrián que, ni lento ni perezoso, se atrevió a acariciarle la entrepierna por arriba de la ropa mientras él conducía, arrancándole gruñidos de excitación

-Nhm... Aah, Mad -gemía Adrián, colgado de su cuello. Apenas si habían podido soportar la excitación en el pórtico, cuando Mad intentó abrir la puerta con las manos temblorosas y el cuerpo del muchacho oprimido entre él y la pared, comiéndose las bocas entre ellos. Adrián gemía agudo, de una forma tan excitante para él que podía sentir que se correría en sus pantalones sólo de oírlo.

Pudo entrar, por suerte, y cerrar la puerta detrás de él sin dejar de sostener a Adrián, bajando por la curva de su cuello con la lengua. La piel era tan suave, tersa, y despedía un aroma a loción exquisito. No era tan atractivo como el que le había volado la cabeza los últimos meses, pero no importaba en ese momento, mientras le mordisqueaba el hueso de la clavícula. Adoraba morder la piel suave, y al menor parecía encantarle porque se retorcía entre sus brazos gimiendo de puro placer. Los dos estaban tan duros que la ropa era una tortura, pero Jean Claude sabía que si esperaba era mejor.

-Ah, pequeño -jadeó, subiendo hasta meterle la lengua en la oreja-. Eres encantador, ¿lo sabías? Dime -aprovechó para alzarlo en vilo y cargarlo hasta su habitación. Podía estar excitado, pero nadie jamás iba a decir que Jean Claude Labadie desvirgó a alguien en el sofá de su casa. En estos casos, la cama era obligatoria-. ¿Lo has hecho antes?

El menor estaba abrazado a él, tan aturdido entre los temblores que la excitación y la lengua de Mad le producían, que no respondió hasta escuchar cómo se abría la puerta de la habitación.

-N-no, nunca -lo miró. Sus ojos estaban cubiertos por un velo de lujuria que Jean Claude correspondió metiendo una de sus manos dentro de su camisa para tocarle la espalda a medio camino de la cama-. ¿Estás decepcionado?

-No -todo lo contrario, pensó mientras lo depositaba en la cama con suma delicadeza y le daba un beso de tornillo-. Tú tranquilito, confía en mí, bebé. Vamos a pasarlo muy, muy bien. Yo te voy a enseñar, ¿sí?

Adrián asintió, rodeándole con ambos brazos, y lo volvió a besar. Era tan candente, tan excitante, nunca creyó que desvirgar a un muchacho podía ponerlo tan a mil, pero era en verdad una experiencia única. Que el otro estuviera entregado de esa manera cuando lo besaba o lo desvestía, tener el control y la maestría para hacerlo gozar aunque fuera su primera vez. Todo era un cóctel tan estrafalario que se sentía ebrio de sensaciones, del perfume de Adrián, de sus jadeos.

-Mgmh, Mad, ah... Dios, qué bien lo haces -el chico gemía debajo suyo mientras Mad le quitaba la camisa y lamía sus pezones erectos con gula, haciéndolo arquear la espalda. Jean Claude gruñía de placer al verlo retorcer las caderas, llevando una de sus manos por su vientre, acariciándolo todo.

-¿Te gusta, bebé?

-Sí, Dios, sí -lo tomó de la ropa, tratando de quitársela. No se hizo del rogar y se arrancó la camisa rompiendo todos los botones, arrojándola a quién sabe dónde, e inmediatamente volvió a atacar el cuerpo del chico que se estremecía debajo del suyo.

Metió la lengua en su ombligo, presionándole la excitación por arriba de la ropa. Adrián arqueó la espalda a límites increíbles y suplicó, imploró que por favor le quitara todo de una buena vez. Sonriendo con cierta malicia, bajó bien despacito con la lengua hasta la bragueta y la bajó con los dientes ignorando las súplicas del chico.

"¡Dios, me encanta hacer esto!".

No dudó en bajarle los vaqueros y dar besos por toda la superficie de sus muslos antes de, ya sin poder soportarlo, arrancarse los pantalones y tirarlos al borde de la cama, fregando las caderas contra las de Adrián. Gimió ronco, sintiendo las dos durezas chocar debajo de los boxers, sintiendo la humedad de los dos empapar la ropa interior.

-Ahh, pequeño... Mmh, Adrián -gemía contra su boca, mordiéndole los labios.

Estaba tan duro, sentía que iba a explotar. "¿Para qué he pasado casi ocho meses sin follar, eh?", pensaba. "¿Para tener el amor de un nenito que ni siquiera se daba cuenta de cómo lo miro, o de que me mantengo en forma para que me vea atractivo? No, debo volver a las andanzas, follar más seguido con cuanto nene bonito se me ofrezca, mientras pueda, porque a los cuarenta o a los cincuenta ya no voy a tener ni tantas oportunidades, ni tanta energía".

-Ahm, Mad. Fóllame, por favor, fóllame. Me estoy volviendo loco.

-Ah, ¿sí? -iba a torturarlo-. ¿Quieres que te folle ahora, pequeño?

-Sí, ahora. Agh, no me la chupes, no me prepares, sólo fóllame.

-Mnh, ¿seguro? -sonrió y descendió otra vez por su vientre, apretándole con fuerza el bulto entre sus piernas-. ¿Lo quieres de veras?

-¡Sí!

Se tragó la risa al ver la ansiedad del chico y le quitó la ropa interior. No iba a poder hacer lo que le pedía, iba a prepararlo para tener sexo. No quería que sufriera por culpa suya. Por ello le quitó la ropa interior y luego se quitó la de él, alejándose un poco para que ambos pudieran contemplar el cuerpo del otro. Mad supo que no había nada más hermoso que ver admiración y deseo en los ojos de alguien que mira tu cuerpo desnudo y tus buenos dotes unos minutos antes de volver a abalanzarse contra el joven que seguía flipando, convencido de que había conseguido a un semental.

Era obvio que Adrián no tenía experiencia, pero lo compensaba con sus ganas de aprender y su irresistible atractivo. Reprimiendo una sonrisa de satisfacción se inclinó de nuevo sobre la entrepierna endurecida del chico, más prominente de lo que se hubiera imaginado, e inmediatamente se la metió a la boca. Fue mágico ver la expresión de goce total que puso Adrián, quien boqueaba de deleite y se arqueaba de nuevo, aferrándose a las sábanas con las uñas y pedía por más. Así lo torturó por unos minutos, alejándose cuando sentía que iba a venirse para apretarle la punta con los dedos y evitarle la eyaculación antes de tiempo. Luego bajó a sus ingles, que lamió por unos instantes sólo para escucharlo gritar un poco más antes de lamerse los dedos y, sin dejar de atenderlo para que no sintiera dolor, penetrarlo con ellos.

El cuerpo del chico, que se estremeció y resopló, lo rechazaba por naturaleza a intentaba empujarle hacia fuera, pero a Mad no le importó y siguió penetrándole con los dedos, moviéndolos dentro suyo para dilatar su entrada. Escuchar los gemidos del joven era una delicia, se sentía al borde del orgasmo sólo por oírlo e incluso estaba desprendiendo líquido pre-seminal.

"Jean Claude, cálmate. Aún no ha venido lo mejor".

Cuando al fin lo consideró preparado, retiró los dedos y lo abrió de piernas tomándole de los muslos. Tras acomodarse en medio de ellas se estiró para darle un beso devorador y observar su rostro: Sus mejillas y labios estaban rojos, húmedos. Tenía la boca abierta para respirar y los ojos, brumosos de excitación, entrecerrados de tal manera que las pestañas creaban sombras sobre sus mejillas. Sintió las piernas de Adrián rodearle las caderas, invitándole a entrar, y entonces le volvió a ocurrir: Su rostro cambió, viendo a Ariel debajo de él, en esa misma erótica posición, con esa misma cara lujuriosa y necesitada. Esta vez no lo asustó, sino que lo provocó más, obligándole a mover las caderas hasta rozar la entrada del otro con la punta húmeda de su propia hombría.

Ambos gimieron por el mero roce. Tuvo que auto controlarse lo suficiente como para estirar la mano hacia la mesa de noche, su fiel mesa de noche, y tomar su adorado paquete de condones lubricados, ésos nuevos que habían salido con efecto calor, ponérselo como correspondía y luego volver a rozarse contra él. Era demasiado bueno y ni siquiera habían comenzado. Jean Claude se inclinó sobre el menor, haciendo algo de presión otra vez contra su entrada al tiempo que le murmuraba palabras guarras al oído, y logró abrirlo un poco, metiendo la cabeza dentro .Estaba cerca, por fin iba a tener algo de acción luego de tantos meses de abstinencia, junto a un muchacho adorable y virgen. Como lo deseaba, casi estaba por penetrarle.

Entonces sonó un teléfono.

Ambos varones se alarmaron casi al instante, mirándose a los ojos con cara de susto. Habían estado escuchando sólo el ruido de sus jadeos y sus gemidos, cuando de golpe les caía un teléfono como un baldazo de agua fría a cortarles la inspiración. Cuando el ruido paró, creyeron que podían continuar pero éste regreso a los cinco segundos.

-Oh, Dios -jadeó Adrián, abriendo los ojos con desmesura-. Es el mío.

-Déjalo, ya parará.

Pero no paró, y no pudieron seguir. El constante "pipipipipiiiii" era menos excitante que ver a tu propia madre en camisón y con ruleros. El chico decidió que lo iba a apagar, por lo que se separó de Mad un minuto para sacarlo del bolsillo de su pantalón, pero al ver la pantalla del aparato palideció.

-Es mi mamá -dijo, con cara de horror y pena-. Lo siento, tengo que contestar.

Mad suspiró.

-Adelante.

Sin embargo, se arrepintió al instante. Apenas Adrián presionó el botoncito verde, un vozarrón de bruja desquiciada les atravesó los tímpanos.

-¡ADRIÁN SAWSKI! -a ambos se les encogió todo-. ¿¡SE PUEDE SABER DÓNDE DIABLOS ESTÁS?! ES TARDÍSIMO.

-¡Mamá! -chilló el menor, avergonzado hasta la médula. Mad se lo veía venir, por lo que se cubrió las caderas con las sábanas y rebuscó en su mesita de noche el paquete de cigarrillos mentolados, esos que le servían para manejar la frustración sexual-. ¡Ya soy grande, no tienes que andar controlándome! Te dije que saldría con los chicos y volvería en la mañana temprano.

-¡SÍ! ¡PERO HACE MENOS DE VEINTE MINUTOS UNO DE TUS "AMIGOS" ME LLAMO PREGUNTÁNDOME SI HABÍAS VUELTO A CASA PORQUE NO TE ENCONTRABAN! ¡Te vuelves ya mismo a casa y me explicas todo o juro que tendrás problemas!

-S-sí...

El chico colgó, mirando luego a Mad con una pena infinita. Por un instante Jean Claude sintió lástima por él y disfrutó con regocijo de su propia libertad. Suspiró, le sonrió con ternura, y le besó en la frente.

-Descuida, precioso. Será otro día. Te acompaño a casa.

-N-no es necesario. Además, si me ven bajar de tu auto se enfadarán conmigo. En casa no saben que soy gay.

-Entonces te acompaño a la parada del autobús. No puedo dejarte solo a estas horas -de nuevo suspiró y le acarició la cabeza. Adrián parecía querer que se lo llevara el diablo-. Ya te he dicho que será en otra ocasión. Suelo ir a Éxodo muy seguido. Y si no te vuelvo a ver, no te preocupes. Eres tan lindo que no tardaras mucho en ser desflorado -el menor se rió al oír eso, cosa que lo alivió un poco. Volvió a besarle y le señaló el baño-. Arréglate y vístete ahí, yo me voy al otro baño.

Adrián le agradeció de corazón para luego correr al baño a atenderse. Mad estaba igual, empalmadísimo hasta dolerle, pero no había otra. Bufó de frustración mientras tomaba su ropa y se iba al otro baño, en donde se encerró apoyándose contra la puerta. Al final, todo le había salido del revés y ni siquiera pudo follarse al chico, iba a tener que conformarse con su mano una vez más. Pero no había tiempo para eso, así que una ducha bien fría fue la mejor opción del momento y luego de eso acompañó al chico a la parada de autobuses. Adrián le sonrió, pidiéndole disculpas, y le entregó un papel con su número de teléfono.

-Llámame cuando gustes, te estaré esperando así pase un año.

Luego de ver cómo el autobús se perdía en el horizonte, respiró hondo y volvió a casa, sólo como siempre. Lo único que atinó a hacer fue echarse sobre la cama, sin molestarse en cambiar las sábanas para poder regodearse en el aroma del chico ahí impregnado mezclado con el suyo. Delicioso. Sublime. Con el aroma vinieron los recuerdos, rápidamente se llevó una mano a la entrepierna, rememorando los besos, los gemidos, el perfume del cuerpo de Adrián y la vista de su cuerpo desnudo. Se dejaba ir con las fantasías mientras cerraba los ojos y gemía, apretándose con mucha fuerza para imaginar que estaba corrompiendo el culito virgen que no había podido desflorar esa noche, duro, fuerte, jadeando hasta quedarse sin aire. Podía ver todavía esa expresión sumisa, tan sexy, el cuerpito removiéndose debajo de él, sentir en la boca el sabor de su sexo. Y ocurrió, como siempre. El rostro de Adrián cambió por el de Ariel, la voz de Adrián cambió por la que, en su imaginación, debía ser la voz de éxtasis de Ariel, y se imaginó penetrándole hasta lo más hondo en su estrechez, invadiéndolo con fuerza hasta que el menor que tanto lo enloquecía le pedía basta. En su mente lo montaba duro, en varias posiciones, en lugares distintos y en algunas ocasiones lo vestía con trajecitos especiales.

Cuando se imaginó a Ariel sentado sobre su miembro con la misma expresión que Adrián, moviéndose sobre él y masturbándose para él, vestido como una mucama, tuvo el orgasmo más fuerte y liberador de los que había experimentado últimamente. Todo su cuerpo se tensó de puro placer cuando todo acabó, al punto en que tardó varios minutos en reaccionar y recobrar el aliento. Fue al lavabo con el cuerpo hecho una gelatina, se lavó las manos y luego la cara.

En verdad era un pervertido.


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