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viernes, 26 de marzo de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo 10, parte 1

Hola! Aah, hacía tiempo que no actualizaba. Hoy por hoy voy a dejar parte del capitulo 10 de Cuarto Oscuro ^^ En primer lugar porque salvo mi vida laboral - esclavista, no tengo más que compartir. De momento, ando leyendome una novela gay llamada "Machito", vamos a ver qué tal está.

Este fin de semana hay salida con amigos, ¡al fin! Creo que si no salgo un poco, me volveré loca. Saludos, ¡pasen y lean!


Planes Fallidos:


—¿Cómo se encuentra el desaparecido en acción?

Marixa estaba de lo más espinosa, pero no podía culparla. Ni a ella ni a ninguno de los muchachos que le recriminaron durante media hora por su larga ausencia. No es que no los hubiera llamado y no supiera las últimas novedades, pero no había salido de copas con ellos en mucho tiempo y ahora, después de meses, estaba ahí sentado bebiéndose un martini en el "Shamrock", el bar moderno donde siempre solían juntarse a beber y ponerse al día (y a tono) para luego ir de parranda a alguna discoteca. Al menos, los que estaban solteros, porque Marixa y Ricardo, el abogado, estaban ambos comprometidos y no podían salir sin que sus respectivas parejas pensaran que les estaban poniendo el cuerno.

—Muy arrepentido por haberlos abandonado, en serio. Espero que sepan perdonarme y, de paso, les invito una ronda extra de Vodka o lo que pidan.

—Bueno, eso esta bien para empezar —reconoció la mujer. Una morena infernal de ojos oscuros y piel trigueña que llamaba la atención de todo el bar. Si no fuera la única mujer del grupo y el anillo de compromiso no brillara bajo las luces mortecinas del bar, ya se le habrían echado encima como polillas a la luz.

—Gracias, querida. En serio, lamento mucho haberlos dejado pero estaba en algo así como una nube—. Ahora Mad volvió al ataque y voy a salir con ustedes cada vez que pueda a embriagarme y liarme con algún niño bonito y necesitado que ande dando vueltas por ahí.

Ricardo, el "tiburón", soltó una limpia carcajada tan típica de él, de esas en las que echaba la cabeza hacia atrás y todo su pecho grande como de oso se movía al compás. Era un hombre demasiado grande, fornido. Su piel bronceada y su físico corpulento y musculoso llamaban muchísimo la atención, al punto en que nadie podía creer que fuera un abogado de renombre y lo confundieran con un jugador de Rugby.

—Querrás decir lindo y borracho, en vez de lindo y necesitado.

Mon ami. La gente que se emborracha suele estar muy necesitada.

—Tú te emborrachas.

—Por eso lo digo. ¡Quién mejor para hablar que el que lo vive en carne propia! No, no, los necesitados son débiles al alcohol y a los sitios con luces parpadeantes, gentío, música estridente y gas que sale del piso.

—Ya te va a llegar el enamoramiento —replicó el hombre. Sus rasgos, que se veían contraídos todo el tiempo, se dulcificaron al pensar en su mujer que lo esperaba en casa, seguramente pensando en el nombre del futuro bebé. No podía dejar de amar a su esposa, tan comprensiva que le dejaba salir con sus amigos estando ella embarazada. Claro que no pensaba quedarse mucho tiempo, le preocupaba mucho lo que pudiera pasarle a su Cecilia y a las once en punto estaría volviendo a casa—. Y cuanto te llegue, vas a querer meter la cabeza dentro del horno cuando te des cuenta de que no dejas de pensar en esa persona.

—No creo que eso pase nunca.

Había mentido descaradamente, puesto que eso ya lo estaba sintiendo y era la pura verdad. Sí, quería meter la cabeza en el horno y tampoco dejaba de pensar en esa persona. Por eso estaba ahí, para olvidarse, para encontrar algo o alguien que le hiciera olvidar de todo eso. Sin embargo Macchi apareció de golpe con la nueva ronda de tragos: Un sex on the beach para Marixa, un gin tonic para Ricardo, un ruso negro para Mad y un séptimo regimiento para él.

—¿Seguro que no te pasó ya, Maddy? —se burló, haciendo eco del mote cariñoso que Ariel le había puesto. Mad apretó el vaso con fuerza, pues le molestaba que cualquier persona que no fuera su hada le llamara de esa forma.

Los otros dos también parecieron sorprendidos por el mote.

—¿Maddy? —repitieron a coro.

—Un apodo —respondió de mala gana, mirando a Macchi como si quisiera hacerle tragar un séptimo regimiento de verdad, pero no por la boca—. Mira quién lo dice, te vienes aquí con nosotros y no dejas de hablar de "tu chico". ¿Quién es este chico, que no conocemos?

—Aún las cosas están muy verdes para que lo conozcan, pero es un cielo. Cuando este convencido de que no voy a botarlo en menos de una semana, se los voy a presentar.

Los tres amigos alzaron las cejas, dejando oír un murmullo de asentimiento. Macchi era mucho más terrible que Mad en lo que a parejas respectaba, pues si bien él había intentado tener relaciones serias, las de Masaaru no duraban más de una semana, excepto cuando estuvo en pareja con Mad. Pasaba esa semana hablando mucho de cada uno de sus chicos, diciendo que era diferente, que lo respetaba de verdad, que lo hacía sentir especial, pero a la semana o a la quincena con mucha suerte, se cansaba y lo botaba por uno nuevo.

—¿Y cuánto tiempo has estado con él? —preguntó Mad, en un intento de que el tema se alejara de él. Ahora que lo pensaba, nunca había hablado de él sobre el tema.

—Pues ya estamos juntos un mes. Y aún no hemos follado —los otros tres abrieron la boca y los ojos sin poder tragarse tamaña confesión—. Oigan, no he follado con él. Me he clavado algún polvito sin importancia por ahí, pero estaba tan en pedo que ni me acuerdo de cómo fue.

—¡Aah! —Marixa rió, y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa. Era una mujer muy atractiva, pensaba Mad, contemplando sus facciones delicadas y mezcladas, normales en una hija de una mujer blanca y un hombre de color. Tenía un aire dulce al sonreír, sus ojos verdes eran preciosos, y su voz melodiosa. Su novio y su novia tenían mucha suerte de tenerla—. Ya me estaba asustando, creyendo que te volvías una persona monógama y normal.

—Lo dice la que tiene dos parejas.

—Discúlpame pero le soy fiel a ambos. Y a ellos no les molesta, o no viviríamos los tres juntos. Si alguno tiene una queja, ya sabe dónde esta la puerta. Esa es mi regla número uno.

—Sin ofender, Macchi —Ricardo, bebió un poco de su gin tonic y luego lo dejó en la mesa, apoyando ambos codos en ella—. Pero ella tiene razón, y sabes que no apruebo eso de tener dos parejas. Para mí no hay nada mejor que la monogamia —agregó, mirando a Marixa que se encogió de hombros y siguió bebiendo—, pero creo que es mejor eso antes de estar con uno nuevo cada semana.

—¡Pero bueno! Perdónenme por disfrutar más la vida que ustedes —dijo, muy ofuscado. Sus amigos no lo entendían cuando de ésas cosas se trataban—. Pero realmente estoy tratando de cambiar... Por eso aún no tengo sexo con él y trato de no enrollarme con nadie, aunque a veces el alcohol me puede.

Jean Claude rodó los ojos, él sabía a qué se refería, especialmente cuando intentaba recordar aquella noche en la que terminó con dos desconocidos en una cama de hotel sin saber cómo. Empero, Ricardo lo miraba con escepticismo.

—¿Y no es más fácil empezar por dejar de tomar? Digo, así dejarías de ser infiel.

"Ah, los sabios consejos del tiburón". Pensaba Jean Claude mientras desviaba la conversación a otro tema. No era ironía, en verdad era un buen consejo, pero con Macchi era como hablarle a una pared y si el otro insistía el asiático iba a terminar por enojarse y chillar como mujeruca histérica. Mientras charlaban de banalidades como el trabajo, el día a día, y luego pasaban a temas más importantes como el futuro primer hijo de Ricardo, Mad contemplaba a sus amigos de toda la vida. En efecto, los conocía de toda la vida y nunca le habían fallado, habían ido al mismo jardín de infantes para chicos adinerados, a la misma escuela privada y, aunque en ciertos años les tocó cursos diferentes y sus carreras eran completamente distintas, siempre encontraron la forma para verse.

—Estoy que alucino con el bebé, aunque Cecilia esta muy nerviosa. Como es el primer hijo y todo eso... No puedo esperar para saber si es niño o niña, ya le he comprado la cuna, muñecos de peluche, baberos, mamaderas, mordedores. ¡Ya quiero que pasen los nueve meses!

Jean Claude le sonrió a su amigo recordando como, cuando recién iban a la secundaria, apostaban a que él iba a ser el primero en casarse y tener hijos. Estaba seguro de que sería muy buen padre y, en cierta forma, le daba un poco de envidia. Él nunca iba a poder tener hijos naturales y no se creía capaz de adoptar uno. Era demasiado egoísta para hacerlo.

—Vas a ser un gran padre, Richie —le dijo, palmeándole el hombro—. Diez a uno a que es una niña.

—Cien a que es varón —dijo Marixa, exhibiendo un billete que dejó en el centro de la mesa. Macchi no pudo evitar sumarse.

—Yo apuesto lo mismo, pero estoy del lado de Marixa.

—¡Pero hombre! ¿Ni siquiera han pasado tres meses y ya están apostando sobre su sexo? — Por un instante, los tres callaron creyendo que estaba indignado pero la sonrisa que se curvó en sus labios luego les dijo lo contrario—. Y apuesto a que será varón, aunque una niña me pondría más feliz.

Los cuatro amigos de la infancia se tomaron las manos en un solemne pacto verbal y luego brindaron en honor al futuro bebé, a la vida provechosa de todos, a que tenían los trabajos que querían y al amor. Mad no brindó con tanto énfasis en esa última ocasión pero sí se bebió el tequila con una rapidez apabullante. Luego de las once de la noche, el primero en irse fue Ricardo que no podía dejar a su mujer sola mucho tiempo sin ponerse histérico pensando que algo le había pasado. Los otros tres se quedaron bebiendo y comiendo hasta la una de la mañana, que Marixa se regresó a su casa con sus dos parejas, no sin antes decirle a Mad que por todos los cielos fuera pronto a su coiffeur a arreglarse las mechas como hacía Alex. Al final, sólo quedaron Macchi y Jean Claude en ese bar pequeño y simple, con mesa de billar, dardos, televisor, y un leve aire a cafetería anticuada con todos los decorados de madera y fotos viejas que colgaban de las paredes.

—¿Y? —preguntó su ex pareja de golpe, haciendo que saliera del remolino en el que se habían convertido sus pensamientos—. ¿Me dirás la verdadera razón por la que decidiste venir? ¿Qué pasó? ¿Ariel te dejó?

El tono de burla fue muy palpable pero, por primera vez en su vida decidió no responder a las provocaciones de su amigo.

—No. Decidí que tenías razón, lo que me hace falta es encontrarme a un chico lindo que me atienda como Dios manda. Así que decidí que esta es la mejor forma de encontrar alguno.

—¡Muy bien por ti, Mad! Te felicito. Aceptarlo es la primera fase para superar un estúpido enamoramiento no deseado. Sabes que tienes mi ayuda, ¿no? —agregó, en un tono sugerente tan obvio que Mad no pudo evitar sonreír.

—Lo sé, pero quisiera volver a la práctica. Hace mucho que no intento cazar algo.

—Está bien, en ese caso, ¿qué diablos hacemos aquí sentados? Nos vamos ya mismo para "Éxodo" y no se diga más.

Apuraron sus copas, pagaron la cuenta y salieron pitando.



La película de aquella noche era en verdad sangrienta. Ariel creyó que iba a poder soportarla luego de la de vampiros del jueves pasado pero se equivocó. ¡Zombis! Justo se les había ocurrido ir a ver una de muertos vivos con el miedo que él les tenía. Tendría que soportar dos horas de cadáveres animados andando por las calles de la ciudad, buscando carne fresca para alimentarse y destripando en manada a cuanto se le cruzara.

Esa noche su primo tenía que estudiar en grupo con sus compañeros de clase y suspendió la reunión con él. Ariel iba todos los sábados a ver películas a su casa y quedarse a dormir, pero no pudo ser ya que Gian Luca no toleraba los comentarios de doble sentido que le hacían sus amigos con respecto a su primo y, para no complicar nada, Ariel decidió salir con sus amigos otra vez. Fue inesperado, primero llamó a Shenshen para preguntarle si tenía algo que hacer de la tarde a la noche y, como este respondió que no, le ofreció de salir. Antes de darse cuenta, ya había llamado a todos, y todos habían aceptado, pero cada uno quería hacer una cosa diferente. Como él tenía tiempo y se iba a quedar a dormir en casa de una de las chicas (aún no sabía si con Sorja o Almudena) propuso que hicieran todo. Así fue como terminó fuera de casa desde las diez de la mañana. Primero salió de compras con Giovanna al centro comercial, y aprovechó para hacer uso de la tarjeta de crédito que le cedió Chetina comprándose unas cosas que necesitaba. Luego de picnic en los bosques del centro que estaban junto a un lago (no podía pronunciar su nombre, que era el apellido del francés que los diseñó). Más tarde fueron al salón de videojuegos donde frecuentaba Shenshen y jugó por primera vez en su vida al "Dance Dance Revolution". Le siguió una buena caminata por las librerías de la zona siguiendo a Vladimir y, por último, una buena maratón de cine que duraba casi toda la noche en un cine algo viejo, pero barato y de buena calidad, donde podías ver muchas películas a poco precio y te dejaban entrar con comida.

La primera película había sido una cómica, y le gustó bastante. Fue buen complemento de los chocolates y la gaseosa que había llevado y, por suerte, el sonido era bueno y había muy pocas personas presentes así que a nadie le molestaban los ruidos que hacían al comer. Lo malo vino luego, cuando tocaron las dos horas más terribles de su vida: Películas de terror. Su primo lo torturaba también con ellas, pero nunca había visto una de zombis tan cruda... Si no acababa pronto iba a salir chillando de la sala, aunque tampoco era buena idea teniendo en cuenta que había una discoteca gay en la cuadra de enfrente.

"Quizás sea por eso que aquí viene poca gente". Pensó, haciendo una leve mueca mientras que se veía claramente como a una muchachita apenas mayor que él la atacaba su propio padre, convertido en zombi, y se la comía viva. "Voy a vomitar, voy a vomitar...".

Le daba un poco de cosa irse. No porque le dijeran cobarde, bien sabía que lo era, sino porque ir afuera a tomar aire y ver de nuevo a todos esos tipos, tipas, y tipos vestidos como tipas besándose, abrazándose y metiéndose mano, era demasiado para sus nervios. Últimamente había tenido muchos sueños, todos relacionados con cierto hombre guapo y fuerte junto al cual había dormido hacía unos días. No entendía qué le pasaba. Soñaba con él dormido o despierto, buscaba su atención desesperadamente, lo llamaba, le enviaba mensajes y se desesperaba si él no le respondía. De hecho, antes de entrar a la sala había estado nervioso porque él no le había contestado y eso que a esa hora él siempre se quedaba despierto trabajando en algo. ¿Estaría enojado porque aplazó las clases del domingo? Quizás ya se estaba aburriendo de él porque no hablaba de cosas interesantes, pero era difícil, luego de andar con chicos de su edad, adecuarse a las charlas de un hombre adulto. Mañana leería el diario y vería las noticias, para tener algo interesante que charlar con él.

Miró su celular con disimulo, no fuera cosa que Giovanna se enfadara con él. Nada. Suspiró, frustrado sin motivo aparente, y cerró los ojos cuando dieron un primer plano de un muerto vivo con la pierna de alguien a medio masticar entre los dientes.



"Éxodo", ese era el mejor lugar para conseguirse un buen ligue. Chicos, chicas, travestis, transexuales, bisexuales, todas las clases de personas se reunían ahí y había para todos los gustos. Lo que todos agradecían era que pese a tener barata la entrada, la discoteca tuviera bebidas a precios tan exorbitantes que los hetero no se atrevían a entrar. No como su anterior sitio de ligue: Poupeé. Que por tener entrada cara y canilla libre, empezó a llenarse de heterosexuales e iniciaron peleas cuando alguno trataba de conquistar al chico o a la chica equivocados.

Era un sitio muy amplio, de tres pisos. Los que pagaban la entrada más exclusiva iban al piso de arriba, al que Mad había accedido en un par de ocasiones pero no le gustó para nada el ambiente de ahí. Prefería el piso medio, donde había show de strippers y te atendían guapos caballeros musculosos y aceitados vestidos como ángeles, policías, o mozos, pero con una simple sunga cubriéndole las partes importantes. Pero el primer piso tenía su encanto, claro está: los chicos más jóvenes se congregaban ahí y últimamente había dejado de sentirse atraído por los machos cabríos del piso medio. Macchi voló a ver el show de strip—tease en el otro piso, mientras que Mad miraba a su alrededor cual halcón examinando sus dominios en busca de una presa.

Es que, prácticamente, aquel era su territorio. Era cliente habitual desde que se inauguró la discoteca y era famoso allí por haberse encamado con muchos. También por sus borracheras legendarias y la cantidad de dinero que había llegado a despilfarrar en tragos raros. Sonrió de solo pensarlo mientras bebía su séptimo regimiento. El primer piso era una típica discoteca: Completamente iluminada con luz negra en la pista de baile, por la que corría ese insoportable humo, y bailaban al compás de la música toda clase de personas iluminados por las luces fluorescentes que cambiaban constantemente. Tenía cuatro barras grandes en cada punta, dotadas con material de pura calidad ya fuera agua o mezclas de alcohol con nombres raros como "Diablo Rojo". Dividida en dos, a partir de cierto punto en el que la pista de baile desaparecía y poco a poco comenzaban a surgir varias mesas, todas de madera con sillas recubiertas o puffs, dependiendo que tan cerca estuvieran del centro de baile, hasta llegar definitivamente a la zona donde la gente descansaba, se embriagaba o invitaba a bailar a sus parejas.

¿Decorados? Quizás los había, pero era difícil verlos con esas luces negras que hacían brillar las telas blancas. Por suerte había salidas de emergencia señaladas con letreros grandes, baños, "el lugar de los sillones", un sitio medio escondido donde los sillones servían a la gente para liarse tranquilamente entre trago y trago; gases contra incendios, y demás. Había un pasillo al costado, entre el baño de hombres y mujeres (que siempre eran vigilados por algún miembro de seguridad para evitar "los problemas") con muchas cortinas y más sillones o pequeños cuartitos donde la gente iba a intimar más. Mad jamás había usado dicho sitio, asqueado ante la posibilidad de que alguien le viera o de estar usando un lugar donde ya habían fornicado más de veinte personas, pero era sabido que muchos, en el apuro o por la falta de dinero, terminaban ahí.

Lo bueno era que regalaban condones en la entrada, o sería un calvario.

Desechando a las chicas, travestis y "chicas trans", se fijó únicamente en los hombres. Buscaba un joven mancebo que le ayudara a olvidar la espina clavada en su corazón y su cabeza. Tenía que haber algún nene bonito dando vueltas entre el gentío y sólo faltaba esperar a que cambiaran la música tecno por algo más variado, así los más jóvenes se sentaban permitiendo una mejor visión del campo de caza y de las presas. Dicho y hecho, la música tecno cambió por algo de rock nacional y no se sorprendió al ver que aún había varios jóvenes dando tumbos por la pista, en medio de todos ellos comenzó a rebuscar. Tanto buscó, que al final encontró: Un muchachito delgado y alto, con un culo de escándalo enlutado en unos jeans ajustadísimos y unos ojitos verdes, que estaba para comérselo. Era chiquito, físicamente hablando, pero tenía hombros fuertes y piernas largas, cosa que le gustaba. Se acercó a él mientras bailaba pero de costado, los años de experiencia le habían hecho comprender que un acercamiento frontal y directo podía ser mal visto en la gente joven. No parecía tener mucha experiencia, pues no se despegaba de su grupo de amigos, pero se notaba que estaba divirtiéndose bailando y que el tema le gustaba.

—Hola, precioso.

Mientras bailaba, tomó con suavidad la mano del chico y este se dio la vuelta. Era mucho más guapo visto de frente, tanto que Mad casi se mareó, sus ojos verdes eran redondos y brillantes, rodeados por una mata gruesa de pestañas cortas y negrísimas, nariz recta, su rostro era quizás algo alargado pero tenía un aire a duendecillo travieso. Sus cejas, finas y perfectas, enmarcaban sus ojos de forma graciosa y una de ellas tenía un piercing que brillaba debajo de las luces... Le gustaban también sus labios, gruesos, llenos, y el lunarcito divino que tenía debajo de ellos. El chico le miraba abrumado, como si no supiera como responder, pero también con una expresión de fingida altivez. Mad se sonrió, en verdad era inexperto.

No esperó por su respuesta y lo agarró por la cintura, presionándolo contra sí y empezó a bailar con él. El chico se dejó hacer, aunque lanzó una indecisa mirada hacia sus amigos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con su voz más sensual, susurrándolo junto al oído del joven con la excusa de la música muy alta, pero aprovechando para saborear su olor. Nunca se llevaba a la cama a un chico que no oliera bien. Este era delicioso.

—Adrián. ¿Y tú?

—Yo me llamo Mad. ¿Tienes algo interesante que hacer esta noche, o prefieres pasarla conmigo?

El rostro del chico se volvió rojo y eso a Mad le encantó. No sabía muy bien porqué, hoy tenía ganas de llevarse un culito virgen a casa, y este parecía serlo.

—Eso depende —le respondió el muchacho, con las mejillas arreboladas y una descarada mirada.

—¿Depende de qué? —Mad esbozó una media sonrisa mientras dejaba que el suave susurro de la sensualidad recorriera su cuerpo. El chico estaba empezando a jugar con él y Mad se dejó hacer.

—De como te portes —cada vez más confiado, Adrián acarició con la yema de un dedo el pecho de Mad por encima de la camiseta—. Si eres bueno, me traes una copa y bailas conmigo me lo pensaré.

Una sonrisa divertida bailó en los labios de Mad mientras observaba los rubios cabellos lacios del chico caer sobre su frente. Ese peinado partido al medio le quedaba precioso e incluso alzaba ese aire de pequeño diablo que había tomado en aquel momento. Siempre sonriendo, lo apretujó un poco más contra su cuerpo y le dijo al oído.

—Claro que sí, precioso. Tú sé buenito y espérame aquí, y yo te invito un buen trago.

En ese momento aprovechó para darle un beso justo en la oreja, donde brillaba un pequeño aro con una piedrecilla roja. Adrián se estremeció y le sonrió, sacándole la lengua con jugueteo mientras le decía que estaba bien, que iba a esperarle, pero que no tardara mucho.

—No pienso hacerlo, bebé. Tu espera aquí sentado y yo te traeré un Diablo Rojo, ¿qué te parece?

Adrián se sentó en un sillón, cruzando las piernas mientras alzaba una ceja con una mirada descarada. Estaba examinando el cuerpo de Mad y éste, al notarlo, se enderezó bien para que pudiera apreciar todo su buen físico.

—Prefiero un Blue Mary. Dicen que es la nueva bebida rompehielos.

Una risa franca y un guiño fue todo lo que le dio antes de ir a la barra con cara de triunfo. El chico era casi suyo, un poco de jugueteo e iba a estar rogándole que se lo llevara a la cama. Antes solía despreciar esas conquistas que caían tan rápido, pero hoy no podía estar más contento.

"No creo que esto sea una buena idea". Dijo de golpe Bad Mad, caminando de un lado al otro con aires nerviosos en su mente.

"¿A qué te refieres? ¡Esta para comérselo crudo! Además, es inexperto, como te gustan".

"Si, ya sé...Pero no estoy seguro, hay algo de ése chico que no me cuadra. No me gusta. Tengo la sensación de haberlo visto antes".

Mad bufó, esquivando a una parejita de chicas que estaban besándose y metiéndose mano en plena pista.

"Sabes perfectamente que nunca lo habíamos visto".

"No es esa la palabra, Mad. Es como si me recordara a alguien. Si es lo que estoy pensando, no deberías meterte con ése chico".

"Bad Mad... —dijo en su mente, apretando los puños mientras se recargaba en la barra y le silbaba al barman para que le atendiera—. Sabes que te he hecho caso en montones de ocasiones, pero ésta vez no pienso hacerlo. Voy a acostarme con el chico te guste o no porque llevo meses sin encamarme con alguien como Dios manda, tú mismo me lo has dicho, así que cierras esa boca y te quedas callado o vamos a tener problemas".

La amenaza surtió efecto, puesto que el doppleganger se mordió el labio, suspiró, y con cara de indignación se sentó en su enorme silla de madera antes de desaparecer. Por un instante le preocupó, cuando él desaparecía de esa manera no significaba nada bueno. Sin embargo, al voltearse y ver que Adrián no sólo le estaba esperando sino que le lanzaba un beso, volvió a sonreír y se olvidó por completo del tema. El barman le había dado las bebidas y estaba a punto de regresar con su nueva adquisición, imaginándose las cosas que haría con él en la cama, cuando una voz le heló la sangre.

—Hola, Jean Claude.

"Ay, no". Oír esa voz era de mal agüero, sin lugar a dudas. Antes de darse la vuelta y enfrentarse a la mirada reprobatoria de su querida "amiga" bebió un poco de su trago, pensando qué mantra o salmo debería recitar para protegerse del fuego de sus ojos pero no recordó ninguno, por lo que dio la vuelta tras respirar hondo. Laura lo miró fijamente con los brazos cruzados sobre el pecho en una actitud reprobatoria y la frente arrugada en una mueca de enojo. Llevaba jeans ajustados y una camisa transparente bastante escotada, el pelo suelto como hacía años que no se lo veía y venía maquillada para matar.

—¿Qué pasa? —dijo ella, mirándole feo porque se había quedado mudo como un idiota—. ¿No vas a decir nada?

—Padre nuestro que estas en los cielos...

—¿Qué? —no le había entendido—. Creo que quiero saber el nombre del trago que te dejó en ese estado, Jean Claude.

Él finalmente se recuperó y sacudió la cabeza. Su yo interno, que aún no se hacía presente pero dejaba oír su voz en las lejanías de su mente, se retorcía de risa.

—Es que he bebido mucho. Y... Qué curioso es encontrarte aquí, querida. ¿Es tu primera vez?

—No, vengo desde hace seis meses, pero ese no es el punto.

"El mundo no dejó de girar sólo porque tu dejaste de venir a este sitio, Maddy".

"Maldito Bad Mad". Gruñó en su fuero interno, apretando un poco más el vaso mientras esbozaba su mejor sonrisa falsa.

—Vaya, qué bien. Y, ¿a qué se debe que hayas venido a hablarme precisamente ahora? Estoy un poco ocupado, ¿sabes? —dijo, y señaló con la cabeza al chico que volvió a sonreírle.

—Muy sencillo, hay algo que quiero discutir. Pero quizás quieras sentarte o ir a un lugar donde no haya tanto ruido.

Mad pensó en Adrián, el adorable rubito que le saludaba desde su sillón esperando su trago y no lo pensó dos veces. Esa noche iba a mojar el churro y le importaba un carajo lo que Laura tuviera que decirle. Por ello se enderezó cuán largo era, dejando los tragos en la barra medio minuto mientras se cruzaba de brazos y le miraba desafiante.

—Lo siento, encanto. Pero ahora no puede ser. Te he dicho que estoy ocupado y me importa un pepino lo que tengas que decirme, no me pienso perder esta oportunidad.

—Ya lo sé, idiota. Por eso es que quiero hablarte, idiota. Porque eres tan idiota, grandísimo idiota, que no te das cuenta de lo que estas haciendo sólo por un polvo, idiota.

Mad frunció el ceño.

—Ahora me pregunto qué fue lo que bebiste tú, Laura.

Pero ella le restó importancia con un gesto de la mano.

—Eso no es lo importante. Bien, ya que estás tan empecinado en follarte al niñito ese seré rápida y clara: ¿Te das cuenta de que estás por tirarte a un chico idéntico a otro chico que conoces?

—¿A qué te refieres? —la verdad, es que debía de estar muy borracha.

Adrián no se parecía a alguien a quien recordara, y eso que luego de la advertencia del doppleganger había repasado el listado de rostros y nombres. Solamente era un chico precioso con un culo divino y unos labios que seguramente harían maravillas. Ese chiquillo le gustaba mucho y nada que Laura dijera iba a hacerlo cambiar de parecer, había ido allí para encontrar a alguien que le ayudara a olvidar y no iba a parar hasta conseguirlo.

No obstante, ella no parecía satisfecha con su respuesta y, enfadada, le siseó cual serpiente venenosa:

—¡Ese chico es idéntico a Ariel!

Por un instante, Mad sintió que el piso le temblaba debajo de los pies. ¿Qué tenía que ver Ariel con todo eso? ¿Cómo es que ella siquiera se le había ocurrido decir algo así? Miró a Adrián una vez más y, por más que intentó, no logró encontrar los famosos parecidos pero debían de estar ahí si tanto Laura como el Mad interno le dijeron lo mismo.

—No... no sé a qué te refieres —balbuceó, recuperando un poco el control de sí mismo mientras tomaba las bebidas de nuevo.

—Mad, no soy idiota. Tengo el doctorado de psicología, ¿recuerdas? Se nota a diez kilómetros de distancia que te mueres por Ariel. Y ahora estás en fase de negación. Niegas lo que sientes y por eso buscas sustitutos similares que estén a tu alcance. Entiendo por qué lo haces —continuó, al ver que Mad quería protestar—. Debe ser horrible amar a alguien a quien no se te permite ver de esa manera y, aunque no me agradan tus sentimientos, sólo tratas de protegerlo. Pero esto no va a ayudarte a olvidar.

—No... —musitó. Estaba convencido, Adrián y Ariel no se parecían. Laura estaba loca, seguramente estaba celosa porque se había ligado a un jovencito tan lindo. Apretó los vasos y, con una cara que denotaba furia, agregó—. Estas equivocada. E incluso aunque tengas razón, ya soy grande y hago lo que se me pegue la gana. Ahora, con permiso que mi chico me esta esperando... Y no le digas de esto a nadie.

—No pensaba hacerlo, Mad. Pero tienes razón, es tu vida. Haz lo que te venga en gana.

Lo dejó irse con aquel chico, que al verlo acercarse se hizo a un lado y aceptó el trago con una sonrisa más que sugerente mientras hablaban. La mujer suspiró, seguramente Mad estaba tan ciego que no se daba cuenta del parecido que había entre ambos chicos, pero tampoco podía culparlo de querer olvidarse de Ariel. Quizás hacía lo mejor. Si Ariel también se enamoraba de él las cosas iban a desmadrarse y nada bueno iba a salir de semejante relación. Le pidió un ruso negro al barman, cuando alguien le tomó del hombro y al darse vuelta casi se atraganta.

—Laura...

—¿Qué haces aquí? ¿Y tu pareja?

—Mariano se fue a su auto a descansar. Parece que el tequila mezclado con vino le sentó un poco feo.

—Ya veo...

El hombre que la miraba tenia una mirada seria. Lo vio mirar hacia el sillón donde Mad se empeñaba en conquistar al chico rubio que le acariciaba un muslo con aire inocentón y entonces comprendió qué pasaba.

—Oíste todo —dijo Laura. No fue una pregunta.

—Ese tipo esta detrás de él.

—No te preocupes. Esta tratando de olvidarlo, se siente muy mal por pensar así de él, yo me doy cuenta. Sólo que él no se da cuenta del error que comete con ese rubito. Pero quizás si terminan en algo serio pase algo bueno.

Pese a todo, el joven rumió unas cuantas cosas sin dejar de mirar a Mad y Laura rogó porque no se diera cuenta de que le había dicho medias verdades.

—Está bien —dijo él, tranquilizándola, pero luego agregó—. Pero lo tendré vigilado.


Mad se mordió el labio cuando Adrián comenzó a acariciarle un muslo con la mano mientras se reía y le hablaba al oído. Estaba que explotaba, si el chico subía la mano un poco más iba a sentir el calor entre sus piernas y su miembro duro como una roca, al punto que estaba casi doliéndole. Era un milagro que no se hubiera dado cuenta. Hablaban poco y nada, sólo banalidades y temas incongruentes, pero cada diálogo era una lucha a ver quien conquistaba a quien primero. Había roces, miraditas, palabras de doble sentido, susurros… Adrián estaba buscando guerra, no cabía la menor duda. Cuando el joven, que recién estaba por cumplir sus dieciocho años, bebió un poco de su copa y la bebida le escurrió por la barbilla, Mad no tardó más de medio segundo en lamer todo ese hilo azulado de alcohol desde el mentón hasta la comisura de sus labios.

—Delicioso —gruñó al terminárselo. Aprovechó para darle una lamida a los labios y subir hasta su oreja, donde dio una mordida—. Sabes muy bien, ¿lo sabías?

—No —se rió él, sonriéndole mientras dejaba la copa a un costado y le tomaba del cuello de la camisa con una mano, acariciándole el brazo con la otra—. Hasta ahora, nadie me había probado.

—Qué idiotas, ¿cómo dejaron pasar semejante oportunidad? —el chico volvió a reír, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Bien, se sentía seguro. Era hora de ir algo más lejos—. A mi me encantaría probarte.

Mad supo que tenía luz verde cuando Adrián esbozó una sonrisa de complicidad y sus dos manos le rodearon la nuca. Era ahora o nunca. Con una mano en la cinturita del chico y con la otra en su nuca, lo acercó lo más que pudo a su propio cuerpo para poder arrinconarlo contra el sillón y darle un beso como era debido: Fuerte, seguro, tierno en un principio pero luego fogoso y candente. Sus labios oprimían los del menor y los mordían, entretanto que su lengua se abría paso, acariciando cada parte de su cavidad con posesión. Adrián jadeaba, gemía entre beso y beso mientras se apretujaba todo contra él y sus manos lo recorrían por arriba de la ropa haciendo que se excitara más de lo que ya estaba; las manos de Mad correspondieron, riéndose un poco al separarse en busca de aire de los labios ajenos antes de volver a tomarlos. Hubiera estado así, besándose y fregándose contra el menor si éste no se hubiera separado.

—Vamos… —jadeó, tenía las mejillas y la boca rojas—. Vamos a bailar.

En honor a la verdad, lo hubiera violado ahí mismo, pero sabía que no faltaba mucho para el premio mayor, así que le concedió el deseo y, tomándolo de la muñeca, lo arrastró hasta la pista de baile en donde lo apretujó de nuevo contra su cuerpo mientras bailaban y lo volvió a besar. Pronto se dio cuenta de que lo del baile había sido una treta, pues Adrián aprovechó la situación para restregarse de forma totalmente indecente contra él, meterle mano con descaro entre la ropa y jadearle al oído. Con una sonrisa de satisfacción, Mad lo tomó del trasero con ambas manos y le apretó las nalgas, haciendo que ambas caderas se rozaran y los dos pudieron sentir la excitación del otro, mientras que se paseaba por su cuello a lengüetazos y saboreaba el perfume exquisito del otro. Adrián jadeaba, sujetándose a su camisa con fuerza sin dejar de contonearse y antes de darse cuenta, Jean Claude ya lo tenía arrinconado contra una pared en medio del gentío, abriéndole las piernas sin previo aviso ni mucho protocolo para seguir contoneándose imitando la penetración.

—Agh, Dios… —gimió contra la boquita hermosa de Adrián, fascinado con su expresión de puro placer—. Eres delicioso, pequeño. Dime, ¿te gustaría continuar?

—¡Sí! —chilló el menor, clavándole las uñas en la espalda.

Ya se lo imaginaba abrazándole de esa forma entre las sábanas de su cama, hundido entre sus piernas con fuerza mientras el niñito gemía y gritaba henchido de placer, rogándole más entre lágrimas de goce. Sonreía triunfal de solo imaginarlo, aumentando el ritmo, gozando de los chillidos del otro mientras seguía imaginándose todas las cosas que le haría hasta que, en medio de todo ese jugueteo se dedicó a mirar su rostro y éste se transformó en el de otra persona que lo miraba con la misma expresión de éxtasis, gimiente y necesitado.

—Mad… ¡Mad!

“¡Ariel!”.

Casi suelta a Adrián de la impresión pero de alguna forma logró mantenerlo contra su cuerpo y la pared para que no se cayera, sintiendo que el corazón había cambiado su lugar biológico de residencia para írsele a la garganta del susto. No cabía duda, ése había sido Ariel. ¿Cómo es que cuando creía que ya lo había deshecho él aparecía para atormentarle en medio de sus fantasías con otro chico?

“¿Y si los demás tenían razón y sólo busco sustitutos?”.

Bad Mad permaneció en silencio aunque le dejó ver su típica expresión de “Te lo dije” antes de volver a desaparecer. ¿Qué iba a hacer ahora, empalmado en la discoteca con un chico divino aferrado a él que era idéntico a Ariel? Al principio no se había dado cuenta, pero ahora era obvio: La forma de sus ojos, la boca, las pestañas, hasta incluso las piernas y el culo que tanto había ansiado llevarse al catre eran muy similares a los de su hada. Sin embargo, la voz de Adrián le hizo reaccionar.

—¿Ocurre algo malo? —parecía compungido, casi temeroso de haber hecho algo mal.

—No… no, claro que no —dijo al fin, cuando pudo recobrarse y alzar la vista con una de sus mejores sonrisas galantes—. Es que eres tan excitante que casi haces que me venga yo solo, encanto.

Eso pareció gustarle a Adrián, que sonrió gustoso y volvió a rodearle el cuello y las caderas con brazos y piernas. Hacia unos minutos, Mad le hubiera dicho que mejor lo dejaran y se hubiera despedido de él, pero cuando el menor le lamió los labios mirándole como una gata en celo sintió que le volvía la excitación de golpe.

—¿Vamos a tu casa? —jadeó Adrián contra su oído.

Y Mad no pudo decirle que no.



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