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jueves, 11 de marzo de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo nueve.

Estoy muerta T.T Mañana termina mi primer semana trabajando por primera vez en una oficina. Nunca pensé que hacer algo en lo que solo tenés que estar sentada puede cansarte tanto, pero es bastante agotador andar revisando facturas, acomodándolas, llevárlas de un lado al otro y luego encargarte de embargos y no sé que carajo más. ¡Hasta la semana se me hizo tan larga que por un momento creí que hacía meses que no actualizaba! A veces uno se siente completamente inútil al no saber cómo se hacen las cosas o al no entender pero, al final, cuando termina la jornada tienes el sabor del trabajo cumplido. ¿O será que me pasa ahí?

En fin, sepan que voy a actualizar una o dos veces por semana como mucho, quizás menos, pero no porque yo quiera. Y aquí los dejo con el cap nueve de Cuarto Oscuro ^^.



Angelo:


—Ariel, ¿podrías mover la cabeza a la derecha?

Hizo lo que le pidieron casi al instante, sintiendo el delicioso viento de finales de otoño pegarle en el rostro y colarse entre sus cabellos, que Sorja se empeñaba en trenzar. Almudena era la única del grupo que no había puesto cara de circunstancia al escuchar la última noticia que les traía y seguía dibujándolo como si nada. Los demás, en cambio, dejaron de comer, leer, escuchar música o cualquier cosa que estuvieran haciendo, mientras que la tahitiana que quería ser artista seguía dibujando retratos de todos los presentes con su lápiz número dos.

Giovanna seguía quieta, con el mismo ademán de llevarse el sándwich a la boca.

—¿Que vas a hacer qué?

—Voy a participar en un desfile de modas… Eso creo.

—Pero, ¿cómo? ¿No era que sólo modelabas para edición?

—Ajá, pero al parecer les gusté a los patrocinadores de Alex en cuanto vieron mi foto y pidieron como requisito que yo formara parte. Aunque creo que ella ya lo planeaba desde el comienzo.

Shenshen estaba que flipaba.

—¡Muy bien! Te felicito, A-chan. Esa es una muy buena noticia. Apuesto a que te pagarán el doble.

Ariel le sonrió, Shenshen era siempre tan enérgico que a veces se agotaba sólo de sentir las vibras de su optimismo.

—Sí, según Alex me pagarán mucho. Hoy tengo una reunión con Alex y el señor Novak, uno de los organizadores del desfile, para firmar el contrato. Pero tengo que ir con mi tía, porque aún soy menor.

—Por supuesto— Christian, la voz de la razón, había alzado la cabeza de su libro de cardiología. Se ve que se tomaba muy en serio su futuro—. Porque podrían aprovecharse de ti y pagarte mucho menos de lo que deberían.

—Sí, pero mi tía no es buena garantía. Es demasiado despistada para esa clase de cosas y siempre vive en una nube. Sorja, me estás tirando del pelo.

—Lo siento —la chica de cabellos rojos le sonrió con timidez y siguió trenzando su pelo como si fuera un deporte. Siempre que estaba con ella se ponía a jugar con sus cabellos como si fuera una especie de Barbie gigante, pero no le molestaba demasiado así que la dejaba hacer.

Al final, todos terminaron volviéndose amigos. Luego del incidente con los chicos del club de rugby se volvieron más unidos, comenzaron a sentarse juntos en todas las clases, a andar y a almorzar en grupo en los patios de la escuela, como si el repudio los hubiese solidarizado en la misma causa. Ahora estaban todos en el mismo barco, o al menos eso sentían y la verdad es que lo pasaban muy bien juntos. Almudena era callada y discreta, pero siempre podía contar con ella cuando la necesitaba y era muy buena guardando secretos, además de que lo defendía de cualquier acusación con su fiera mirada o con los puños. Su boca cuadrada se veía mucho más dura debido al gesto serio que siempre tenía, sus ojos cafés eran gélidos con la gente a la que no apreciaba, su boca de piñón hacía una mueca que podía confundirse con ira casi todo el tiempo y ni hablar de su frente siempre fruncida

Pese a todo, ella y Ariel se llevaban de maravilla. Les gustaba hablar de arte, actualidad y más pronto de lo que esperaba, él terminó convirtiéndose en su modelo de dibujo junto con Giovanna y Sorja. Giovanna era su total opuesto, a diferencia de la callada tahitiana que sólo hablaba lo justo y necesario (cosa que a Ariel no le disgustaba, a decir verdad) ella hablaba hasta por los codos, hacía ademanes con las manos igual que él, y daba muestras constantes de cariño a todo sus amigos. En poco tiempo se había vuelto popular entre los chicos, debido a que tenía una figura pulposa, una piel morena que llamaba a tocarla, y unos ojos brillantes y verdes que dejaban a todos boquiabiertos. Eso sin contar cuando estaba en el gimnasio con los del club de danza practicando baile moderno. También estaba Sorja, que era muy tímida y estudiosa. Con sus pecas y su pelo rojo trenzado en dos, le recordaba a la típica niña bien de las viejas películas que se ponía unas gafas de montura enormes y devoraba los libros. Nada más lejos de lo contrario, al menos cuando se tratara de ciencias exactas como matemáticas o trigonometría. O música, claro, ya que ella era la nueva cantante lírica del club de música.

Con todas las chicas tenia una extraña relación de complicidad. Ellas le contaban casi de todo, le pedían opinión, a veces en el caso de Giovanna se ponía a hablar de chicos con él como si fuera una chica más. Supuso que lo veían como un igual por su apariencia, y no le incomodó demasiado. En cambio, con los varones era diferente.

Shenshen, por ejemplo, lo trataba como si fuera el hermanito menor que siempre quiso tener y estaba a su lado haciendo bromas casi las veinticuatro horas del día, además era con quien más chateaba porque el japonés casi no dormía.

Christian siempre estaba tratando de sonsacarle la mayor información posible sobre cualquier conocimiento que tuviera y a cambio, lo instruía en cosas que creía importantes. Parecía como si hubiera tomado la decisión de “educarlo” por su propio bien. El típico empollón sabiondo. A veces estar con él podía ser un poco pesado si no sabías cómo tratar su complejo de superioridad… Aunque era fácil convencerlo de lo contrario si le hacías morritos. Entonces le afloraba la ternura o algo así, y prometía que harían algo más entretenido. En esas ocasiones tenía la oportunidad de ver al Christian divertido que cada tanto hacia acto de presencia.

Vladimir quería ser escritor, por eso siempre estaba leyendo novelas o escribiendo en su pequeña libreta roja. Era un buen chico: simple, sencillo, hablaba mucho cuando un tema le interesaba y, aunque al principio no lo parecía, le gustaba hacer sentir bien a la gente y verla reírse. Siempre amable y gentil, a veces actuaba como un enfermero que cuidaba de un paciente, además de que Ariel era su fuente de inspiración. Quería que él leyera sus escritos y estaba decidido a hacer un personaje idéntico a él.

—Bueno, eso es toodo un giro —hablando del diablo, Vlad volvía al ataque luego de devorarse lo último de su oblea cubierta de chocolate. Pese a que sólo escribía y era bajito, el chico rubio platinado tenía el cuerpo trabajado. Su cara dulce en la que siempre había una sonrisa, tenía la piel brillante y sin imperfecciones para envidia de Giovanna, quien siempre se quejaba por eso. Los ojos celestes del chico eran motivo de suspiros entre todas las muchachas de la escuela, que se morían de rabia cuando lo veían persiguiendo a Ariel por todos lados con algún libro en las manos—. Te convertirás en una estrella de la moda, quizás consigas el doble de trabajos. Hasta creo que podrías emanciparte.

Christian dejó de lado sus galletitas, corriéndose un poco porque según Almudena le tapaba la luz del sol.

—Eso es imposible. Para emanciparse tendría que efectuarse un juicio y Ariel debería probar que es inseguro para él convivir con su tía y su primo. Entonces el juez le daría la emancipación y el control de su dinero y de su hermano menor, siempre que pudiera mantenerlo.

—¿Cómo es que sabes tanto del tema?

—Después de ver cuatro temporadas de “Law and order” algo queda en tu cabeza —dijo el chico sonriendo al tiempo que se echaba en el piso—. De todos modos, no me parece correcto que él se emancipe. Piensa que Ariel es más chico que nosotros.

—Seré más chico, pero no soy tonto Chris. Podríamos decir que vivo solo, hago todo por mi cuenta.
 
—Creo que Christian tiene razón —apostilló Sorja, soltándole al fin el cabello al tiempo que tomaba un trozo del pastel de chocolate casero que Ariel había llevado en un tupperweare—. Aunque estés emancipado puedes tener muchos problemas. E igual, ¡tu tía es tan buena gente! ¿Para qué emanciparse cuando tienes gente como ella cuidándote?

Porque sí, ellos ya habían conocido a su tía un día en que ella vino a hablar a la escuela por lo ocurrido con Bud. Se la presentó a sus amigos, pese a que había tratado de evitar dicho encuentro debido a la extravagante imagen de su tía, sin contar su personalidad y su tono de voz tan agudo que, la última vez que se le ocurrió cantar en el restaurante, tuvieron que reemplazar toda la cristalería.

—Mi tía es un amor y me quiere con todo el corazón, pero está más loca que una cabra vieja.

Shenshen puso los ojos en blanco.

—Me consta. Pero parece buena persona.

Ariel sonrió mientras pensaba en ella, dándole un mordisco a su pastel. Sólo una buena persona podía querer a un hijo ajeno como si fuera propio y tratarlo como a alguien de su familia.

—Lo es. Conozco muy pocas personas como ella y Gian Luca. Bueno, están Alex, Laura y Mad, por supuesto. Ellos sí que son geniales.

Por primera vez desde que le ordenó mover la cabeza, Almudena dejó su lápiz, cerró su cuaderno de dibujo y, luego de colocarlo sobre sus muslos, miró fijo a Ariel.

—¿Mad es tu fotógrafo, no? ¿El tipo que vino a buscarte cuando te encerraron en el baño?

—Ajá. Es el hermano de Alex, mi jefa y amiga de mi tía. Me volví muy amigo de él en poco tiempo. Es una pena que no hayan podido conocerlo bien, ¡es genial! Hoy en la tarde, luego de la lectura del contrato, tengo que ir a enseñarle algo de informática. Pero primero me llevará al hospital a ver a mi hermano.

Los chicos ya sabían todo de Angelo por lo cual le extrañó mucho la expresión que pusieron.

—¿Qué les pasa? –preguntó, mas nadie dijo nada excepto

Almudena, que siempre decía lo que pensaba.

—¿Está bien que andes con ese tipo?

—¿Por qué no? Es mi amigo.

—Ya sé, pero bueno… Luego de lo del profesor. Lo siento, pero es difícil no escuchar los rumores Ariel —agregó, al verlo fruncir el ceño—. Dicen que el profesor intentó… hacerte “eso” y que ahora salgas tanto con este tipo….

—No es un tipo. Se llama Jean Claude Labadie, le digo Mad, es el hermano de una amiga de la familia y es mi amigo. He dormido en su casa, hemos salido a solas, me ha visto hasta vestido como una mujer. Y, más allá de todo eso él…

Tardó un instante más en seguir con su defensa hacia Mad, siendo observado por los ojos inquisidores y meticulosos de Almudena. Más allá de todo eso, Mad lo protegía. Había ido a la escuela a buscarlo cuando estaba en peligro, gracias a él había conocido a Macchi, pasaba seis horas en su casa cada domingo enseñándole a usar el ordenador mientras que él le enseñaba matemáticas, jugaba con sus perros, él comía todo lo que le preparaba.

Pero por encima de eso, Mad era importante para él. Ese fotógrafo loco con el que se había hecho amigo lo escuchaba cuando estaba triste y siempre lo consolaba. Era al único a quien le mostraba su lado débil, la única persona frente a la que lloró por su madre y su hermano desde hacía años.

Sin haberlo notado, Mad se había vuelto parte de su vida. Supuso que quizás no era muy normal que, a su edad, estuviera tan apegado a una persona mayor pero le costaba hacerse a la idea de no tener a Mad para hacer bromas, chatear en las noches de insomnio o ir a su casa los domingos. Y el hecho de que sus amigos sospecharan de él no le hacía la menor pizca de gracia. ¿Qué si Mad era homosexual? ¿Qué si era más grande que él? Eso no significaba nada.

¿Verdad que no?

—Él es importante para mí —dijo al fin, mirando la hierba del suelo—. Siempre está cuando lo necesito, me cuida, me ayuda y antes de que ustedes llegaran era la única persona con la que podía hablar.

“Y lo sigue siendo”. Pensó para sus adentros, pero no podía decirle a sus amigos que había cosas que no podía contarles a ellos.

—Él no piensa en mí de ese modo —concluyó. Era imposible, Mad nunca podría fijarse en él. Habiendo modelos mucho más lindos que él, teniendo a Macchi para besuquearse… ¿en qué estaba pensando? Mad era su amigo.

—¿Seguro?

—Totalmente. Y lo que pasó con el profesor no es tal y como dicen.

—Pero él es homosexual, ¿no? El tal Mad.

—Sí —de golpe, recordó la escena del beso con Macchi y se ruborizó—. Pero ya tiene pareja.

Almudena sonrió, gesto que Ariel tomó como una muestra de alivio, y volvió a su dibujo al mismo tiempo que Sorja intervenía.

—Déjalo en paz, Dena. Si Ariel dice que es así, es así. No hay edad para la amistad. Y ya dijo que tiene pareja.

—De acuerdo.

—Un desperdicio, si me lo preguntan —esa era Giovanna, comiéndose su yogurt dietético para mantener la figura. Estaba obsesionada con mantener sus cincuenta kilos y no subirlos.

Christian bufó.

—Pero nadie te preguntó, bebé.

—Lo diré igual, es un desperdicio. ¿Cómo puede ser que todos los tipos que están como un tren bala sean gays? ¡Menuda injusticia!

—Hay muchos tíos buenos que son hetero, deja que la balanza este equilibrada para los gays también, mujer. Ellos también tienen derecho a tener machos guapos en su lado de la cancha.

—Igual, yo insisto en que es una injusticia. Si ese Mad fuera hetero, me ofrecería yo solita a enseñarle algo de informática —dijo, cayéndosele la baba.

Ariel apretó las rodillas contra el pecho y permaneció en silencio, mientras que la muchacha se ponía a divagar sobre lo guapo que era Jean Claude y por qué diablos no había más tíos con ese cuerpazo a los que pudiera clavarle los colmillos. Para ser sólo un año y dos meses mayor que él, Giovanna era muy lanzada.

—Y esos brazos tan grandes… —decía, suspirando antes de volverse hacia Sorja—. ¿Te imaginas que esos brazos te carguen como lo hizo con Ariel? Me derrito de sólo pensarlo.

—Giovanna, tú te derrites sola por cualquier cosa. Estás saliendo con Michael, ¿recuerdas?

—Ya, pero los ojos son solteros. ¡Déjame fantasear un poco, por favor, Sorja! ¿No tengo razón, Ariel? —preguntó tan de golpe, que Ariel no supo qué contestar—. Él te cargo en vilo como si fueras una muñeca, te abrazó, así tan dulce, te apretó contra su pecho y te consoló. ¿No fue genial?

El menor se ruborizó. No recordaba mucho de lo que pasó luego de haber sido encerrado, más allá de haber visto sus dibujos hechos pedazos, ¿de veras lo había sacado en volandas de esa manera y lo había abrazado delante de todo el mundo?

—No lo sé, Gio. No recuerdo mucho de ése día.

Parecía decepcionada.

—¿Cómo que no? Si parecías una princesita siendo rescatada por el caballero de brillante armadura.

“Esta chica lee demasiadas novelas rosa”. Pensaba para sus adentros, mientras hacia un esfuerzo por no ruborizarse más de lo que ya estaba, cuando Sorja, con su expresión tímida y la cara medio enrojecida, agregó.

—Odio decirlo, pero en eso tiene razón… Se veían muy lindos los dos, como una pareja de película. Él, rescatándote, poniéndote a salvo entre sus brazos y luego la forma en que te consolaba. Si no los conociera, hubiera dicho que eran pareja.

La sola idea hizo que el corazón de Ariel saltase. ¿Él y Mad como pareja? Volvió a ponerse de todos los colores mientras tomaba otro pedazo de pastel y masticaba para no tener que responder a la par que su cabeza comenzaba a maquinar. La imagen de Mad cargándolo en brazos y abrazándole, tal como describían sus amigas, le aceleraba el corazón sin saber porqué. Quizás por que se imaginaba apretado contra ese pecho amplio y cálido, como aquella noche de tormenta cuando se quedó a dormir en su casa y pudo sentir tanto su calor como su perfume.

Lo peor fue escuchar a Giovanna divagar sobre lo bueno que Mad estaba… ¡Claro que estaba bueno, si hasta él se daba cuenta! Tenía esos ojos hermosos, esa sonrisa divina, una voz que le aceleraba el pulso a cualquiera. Verse a sí mismo como la pareja de aquél espécimen perfecto, siendo él una criatura mal hecha de fábrica, aumentó los latidos de su corazón y también le infundió cierto pesar. Ninguna persona tan guapa como Mad iba a fijarse en él. No lo hacían las chicas, no lo hacían los chicos, nadie se fijaba en él. Mad menos que nadie.

Cuando se dio cuenta de lo que había estado pensando palideció y volvió a comer, mientras que las chicas revisaban su cuaderno de dibujos luego de haber pedido permiso. Decían que querían esta o aquella joya, que el retrato de tal maestra estaba precioso, hasta que Shenshen espió un poquito en su cuaderno y, señalando un dibujo, preguntó:

—¿Y éste quién es?

El menor quedó de piedra cuando vio que estaba señalando un retrato de Jean Claude. Hacía unos días se había despertado de un sueño muy raro y, como no volvió a dormirse, se puso a dibujar aquel retrato tal cual lo había visto en su sueño. Sólo que el Mad del retrato usaba unas ropas extrañas y tenía rombos pintados en el cuerpo como...

—Se parece al príncipe Fiyero —dijo Vlad, salvándolo de una muerte segura—. El de "Wicked", ¿te acuerdas? Usaba esa clase de ropa y tenía rombos pintados en el cuerpo.

Vladimir lo había salvado de tener que poner una excusa. No pudo evitar el agradecérselo por dentro.

—Exacto. Se me ocurrió que así se vería el personaje... ¿Estará bien?

—Me gusta —respondió, encogiéndose de hombros y pasaron a otro tema cuando se le ocurrió preguntar si irían el viernes al cine luego de clases, a ver la última peli de vampiros que había salido. Por votación unánime, decidieron que irían mejor el jueves cuando no había actividades extracurriculares debido a la nueva regulación escolar. Ariel tuvo que consultar su agenda mental: los lunes, miércoles y jueves tenía el trabajo con Alex, los sábados en la mañana tenía el club de música y a la noche se quedaba con su tía, a partir de ese martes, pasaría los martes y sábados a la tarde con Macchi en su joyería y los domingos iba a casa de Mad.

Tendría que pedirle a Alex que le diera el día libre el jueves y cambiarlo para otro. Supuso que a Mad no le importaría que le quitara unas horas de su clase. Lo hablaría hoy con él, pensaba, mientras guardaba la comida junto con sus compañeros y volvían a clase para estudiar historia mundial por dos horas. Ariel sonrió al ingresar al salón, acompañado de sus amigos, y ver que su pupitre nuevo estaba intacto.


—¿Se puede saber qué carajos te hiciste en el pelo?

Mad no cabía en sí de asombro. Cuando fue al atelier de su hermana en espera de Ariel y su madrina, se encontró con que Alex había dejado de ser una fresa gigante y se había convertido en una morena despampanante de pelo lacio con mechas intercaladas de color verde. Hasta su maquillaje, antes rojizo, era ahora en tonalidades verde o celeste claro. ¿A qué se debían tantos cambios?

—Es que Chety y yo nos veíamos demasiado parecidas, así que decidí cambiar. El rojo esta muy sobrevalorado y el cabello lacio es más práctico. He estado pensando en cortármelo un poco, hermanito. ¿Crees que me quedaría bien?

Mad, que estaba ya acostumbrado a esos repentinos cambios de imagen, a los que no les encontraba explicación lógica, suspiró y le dijo la verdad.

—Tienes la mandíbula demasiado cuadrada para llevarlo muy corto, pero podrías rebajártelo o hacerte un desmechado.

—Vaya, ¡tienes razón! —exclamó ella, peinándose el cabello con su fiel peine de bolsillo azul, ya que tocar al cabello con los dedos y pasarle el calor de las manos lo dañaba—. Tendré que ir a ver a Marixa otra vez y pedirle que me lo corte, aunque si voy ahora que me lo acabo de teñir terminaré haciéndolo añicos.

"Ah, Marixa, hace tiempo que no la veo". Pensándolo bien, hacia tiempo que no se veía con nadie, salvo Macchi. Los llamaba a todos por teléfono, pero nunca concordaba con ellos para hacer alguna salida. Ahora todo su tiempo iba para Ariel y era consciente de que no debía ser así. Por un lado, porque sus sueños idílicos de tenerlo entre sus brazos nunca se iban a hacer realidad, y segundo, porque sería más fácil aceptar que el otro le dejara por sus nuevos amigos si comenzaba la separación de a poco.
Tenía que organizar una salida para este viernes. Y el sábado, también.

La puerta del atelier se abrió de golpe. Mad giró el rostro casi al instante creyendo que era Ariel, pero no. Era Laura, ataviada con un hermoso sweater rosado y unos pantalones de tela marrones muy bonitos, seguida de cerca por un muchacho joven. Era menor que él, se notaba. No debía de llegar a los veintiocho siquiera.

Apenas cinco centímetros más bajo que él, aquel joven iba vestido con ropas informales igual que Alex y caminaba como pancho por su casa, con una sonrisa muy sexy en el rostro. Llevaba el cabello negro recortado, alzado en puntas con gel. Su rostro afable y joven era normal, a diferencia de lo que se esperaría de un editor en jefe de la revista de modas más importante. Porque sí, ese era Leo Novak Jr.  Se acercó a Alex y le dio un beso en la mejilla. Al parecer se conocían entre todos, por eso la ropa informal, que en esos casos solía ser inadmisible. Novak se acercó a él tras saludar a su hermana y, luego del apretón de manos, las presentaciones y la sonrisa cordial típica, Mad pudo fijarse bien en su rostro: frente amplia, labios finos y algo largos, nariz recta y unos ojos azules muy pícaros; las cejas estaban perfectamente alineadas y su mentón algo alargado tenía un leve hoyo que, sumado a su incipiente barba juvenil, le daba un aire más atractivo. Tenía buenas proporciones para ser modelo, o al menos eso creía Mad, ya que su rostro alargado combinado con su cuerpo esbelto pero consistente y un tanto musculoso venía muy bien para los gustos de la época. Las chicas de seguro mojaban las bragas por él.

Pero no se le pasó el brillo en los ojos ajenos cuando lo miró, mientras se sentaba de forma elegante en un pequeño sillón que Alex había puesto sólo para él, junto con otros dos para Ariel y su madrina, separados por una mesa ratona. El atelier se había convertido en una especie de sala de reunión de un momento para otro.

—¿Y dónde está el pequeño que vi en tus últimas fotos? —le preguntó a Alex, siempre sonriente, con una voz clara y firme.

La mujer sonrió, sentándose en una silla junto a su hermano.

—Está por venir, tiene que ir a buscar a su tía para poder aceptar. Recuerda que es menor de edad.

—Es lo malo de tratar con niños, siempre tienes que soportar esta especie de protocolo, pero el chico vale mucho la pena. Tiene un aire especial... es como si casi fuera inevitable dar la vuelta para mirarlo.

Para horror de Jean Claude, el Mad interno bramó en su cabeza.

"Habla como si hubiera descubierto a la puta América, el muy cabrón".

"Pero es cierto, Ariel tiene algo que lo hace irresistible".

"No hay que ser un genio para darse cuenta de eso. ¿Por qué crees que sus compañeros le tratan mal? Es una posible amenaza. Y estoy convencido de que el susodicho no se da cuenta".

"Te creo. Te juro que te creo".

Era fácil creerse eso cuando Ariel era tan inocente. No es que dudara de que el menor supiera lo que era el sexo, más bien parecía ser inconsciente de lo bello que era, de cuán atractivo se veía para muchas personas de ambos géneros. No se le había escapado que varias chicas miraban a su niño con ojos de vampiresa muerta de hambre, pero el efecto era más potente en señoras mayores. Suspiró, sacudiendo la cabeza. Ahí iba de nuevo, pensando otra vez en Ariel. Si seguía así nunca iba a lograr su cometido de olvidarse de él o, cuando menos, que ya no fuera el leitmotiv de su triste vida. Una vida llena de dinero, con un auto, una carrera y una pasión que podía mantener y costear, con un cuerpo atractivo, pero sin lo que quería de verdad.

Se obligó a si mismo a escuchar al tal Novak.

—La idea es que modele tanto ropa femenina como masculina. Le haremos diferentes peinados, le pondremos pelucas, lentes de contacto... jugaremos con su apariencia lo más que se pueda para probar distintos estilos. Necesitábamos un chico o chica andrógino, y él tiene lo que buscamos. Ese aire inocente y a la vez picarón. Esa apariencia delicada y la fuerza de sus ojos. Es perfecto. Me pregunto cuán sensual puede ser para una foto.

Alex enarcó las cejas, sirviendo algo de café, como siempre.

—No creo que un niño de menos de catorce años sepa muy bien qué es la sensualidad, Leo.

—¿Cómo que no? Hoy día los niños de catorce años pueden ser padres.

—Pero Occhiblu es diferente, es muy tierno. O sea, viene de un lugar con costumbres distintas y una familia con costumbres distintas también. No creo que siquiera se haya puesto a pensar en el sexo.

—¿Me estás diciendo que el chico es tonto? —indagaba el joven Novak, tomando su taza que, cosa rara, no tenía café sino té verde. La pregunta indignó a Alex y a Mad, sólo que este último no dijo nada.

—¡Claro que no! Es muy inteligente, sólo que es muy inocente. No se da cuenta de lo lindo que es, es todo.

—Ya veo. Bueno, eso puede jugar a favor en ciertas ocasiones. Para este desfile tendremos que hacerlo ingresar a nuestra agencia de modelos personal. Si triunfa, recibirá muchos trabajos y bien pagados, además de que se convertirá en modelo oficial de la revista. Pero tendrá que competir mucho con los demás. No creo que quiera ser modelo toda su vida pero si necesita el dinero, lo hará.

Mad se vio a sí mismo hablando.

—Claro que lo hará. Necesita el dinero y es un chico muy responsable.

Leo le sonrió en respuesta.

—Me alegro de saberlo. Es lo que mi padre, el director oficial hasta dentro de unos meses, me ha pedido: gente responsable. Y aparte, el chico tiene un aire demasiado maduro para su edad.

"Es porque no sabes las que ha pasado, zángano".

Jean Claude decidió que lo mejor era calmarse, beberse su tacita de café cortado, y esperar a que Ariel apareciera con su tía, mientras se concentraba en otras cosas que no fueran las palabras de Leo. Por ejemplo, el ruido de alguna de las cajas del piso de abajo, las voces de las encargadas o las clientas, los ruidos que hacían los tacones altos al caminar. Ese claque-claque le resultaba muy relajante, se había acostumbrado muchísimo a él cuando convivió esos años de matrimonio con Michelle. Empero casi se le cayeron las orejas cuando, luego del estridente ruido de unos zapatos subir las escaleras, la puerta del atelier se abrió de golpe y una voz estridente le taladró los oídos.

—¡Alexandra, querida! ¡Ya lle-g-a-a-a-m-o-o-s!

“¡Jesús!". Chilló Jean Claude en su fuero interno, enderezándose de un salto sobre su silla. ¡El diablo había venido en persona a llevárselo! O eso pensó cuando la cabeza se le partió en dos y las orejas le dolieron el doble que cuando su hermana gritaba. Incluso pudo ver a Leo Novak hacer una mueca de dolor y disgusto, a quien miró como un compañero de armas que pasaba por el mismo tormento.

—Chetina, cielo —Alex, hablando con voz medida, se incorporó para ir a saludar a la muchacha con un beso en cada mejilla. Mad agradeció que no se le hubiera ocurrido alzar la voz a ella también porque se hubiera arrancado las orejas él mismo. Respiró hondo y contempló a la nueva mujer, comprendiendo al fin el repentino cambio de su hermana: la mujer que había entrado era bastante más grande que Alex, lo decían las arrugas en sus ojos y las líneas de expresión, pero parecía ser esa eterna adolescente vivaz que no se daba cuenta del paso del tiempo. Tenía el cabello rizado cual tirabuzón de un color rojo anaranjado muy brillante, los labios y las uñas pintados de rojo fuerte, lo cual contrastaba con su piel aceitunada—. Qué bueno que viniste, ¿fue fácil encontrar la calle?

La mujer, que vestía unos vaqueros ajustados al punto que remarcaban en exceso cada curva de su bien conservado y delgado cuerpo y una playera negra escotada en V, sonrió y movió la cabeza.

—Oh, claro que no. Cuando viajas con Ariel es imposible perderse, pero si hubiera venido sola ya me encontrabas en cualquier lado. No me sé ni las calles de mi propia manzana.

—Como siempre, sigues igual de despistada para nada que no sea tu negocio. ¿Cómo va el restaurante? —Alex la tomó del brazo, guiándola hacia el sillón doble.

—A viento en popa, amore. Cada día tenemos clientes nuevos y los habituales no nos dejan nunca. Tenemos que incorporar recetas nuevas, ingredientes nuevos, cocineros nuevos... Estamos en plena época de renovación.

—¡Fantástico! —en verdad lucía como si le pareciera así—. Iré en la semana con Laura en cuanto tenga tiempo libre.

—Pero nena, ¿Cuándo vas a traerme a un chico en vez de a Laura? Tienes que dejar de andar con ella a todos lados y conseguirte un buen hombre que te trate como una reina.

Mad y Leo se miraron, tratando de no oír nada de la charla por las dudas. De golpe habían sido relegados a segundo plano mientras las mujeres hablaban y se ponían al día con el trabajo, las amistades en comunes (a quienes Mad no conocía y se sorprendió por ello), las parejas, etcétera. La voz de Chetina, quien debía de ser la famosa Chety, tía de Ariel, era menos estridente cuando no gritaba y alargaba las frases pero seguía siendo bastante molesta, aguda, como el zumbido de un mosquito en tu oreja cuando tratas de conciliar el sueño. Le dolía la cabeza.

—Por cierto, Chety —dijo Alex de pronto, haciéndole un ademán a Laura que volvía con el teléfono inalámbrico en mano y se lo entregaba a ella, para que le trajera algo a Chetina. Laura también la saludó con dos besos, diciéndose algo de ir a "Bigley's" cuando terminaran el trabajo—. ¿Y Ariel?

Ahí el corazón de Mad pegó un vuelco. La voz de Chetina ya no se oía tan estridente e incluso Novak paró la oreja.

—Ah, cierto. Está abajo en la tienda. Le di mi tarjeta y le pedí que me comprara unas cosas mientras yo subía a saludarte. Sabes que si me ponía a elegir yo hubiéramos tardado toda la tarde... Soy tan indecisa. De paso, él podía comprarse alguna cosa que quisiera. Enseguida viene, mi bebé hace todo muy rápido.

Jean Claude no pudo sino sonreír al ver el destello de amor en los ojos de esa mujer de pinta tan superficial cuando habló de Ariel. Se ve que lo quería mucho. Y él también debía de sentir algo por su tía ya que, para Mad, eso de andar comprando y eligiendo ropa en tiendas de mujeres podía ser usado para reemplazar la pena capital.

—Bueno, en ese caso comencemos con las presentaciones. Chety, este es Jean Claude, mi hermano menor y fotógrafo de todos mis modelos —dijo Alex, con una tierna sonrisa, mientras señalaba a su hermano con un gesto de la mano. El aludido se ruborizó un poco al sentir los ojos evaluadores de la mujer recorriéndolo de arriba abajo—. Y él es Leo Novak Júnior, segundo al mando y futuro director de uno de nuestros patrocinadores: la revista "A la Mode".

Ese nombre hizo que los ojos embadurnados en rimel y delineador líquido de Chetina se abrieran de par en par.

—¡Ooh! Dos chicos tan guapos y uno es de la revista de modas más importante del mundo. ¿Cuál de los dos está soltero?

—¡Chetina, por favor! —exclamó Alex, mientras que Leo se reía y la cara de Mad subía dos tonos de rojo. A él solía incomodarle cuando las mujeres intentaban flirtearle, lo hacía sentirse extraño—. Vamos a tratar un tema muy importante, trata de contener tus instintos salvajes al máximo porque puedes entorpecer el futuro contrato.

La mujer hizo un mohín, decepcionada, pero Novak la saludó con un beso en la mano y un piropo muy bien aceptado, por lo que Mad se sintió en la obligación de hacer lo mismo. Besó la mano de la mujer, la cual era bastante suave, por cierto.

—Enchanté, madame. Soy Jean Claude, pero todos me llaman Mad.

—¿Mad? Oh, eres el amigo de mi Occhiblu. Te agradezco tanto lo que haces por él, en verdad necesitaba un amigo. Y lo del otro día en la escuela... Eres un ángel. Al principio no me parecía bien que el nene anduviera con una persona tan grande, pero como siempre se llevó mejor con la gente mayor…

—Ariel es un gran chico .respondió, sonriéndole con sinceridad—. Es inteligente y maduro, a veces me cuesta creer que estoy hablando de política económica con un chico de catorce años.

—Trece y medio.

—Trece y medio —repitió, aunque el número le achicó el corazón—. Entiendo que le moleste y, si usted lo desea, dejaré de verlo tanto. ¡Es sólo que charlar con él es tan interesante!

Una parte de él, pedía a gritos que Chetina le gritara que se alejara de su sobrino y, la otra, le decía que tuviera piedad de él y le permitiera quedarse con el niño un tiempo más. Pero la mujer sólo sonrió, diciéndole que le parecía encantador que un hombre maduro pudiera pasar tanto tiempo con un niño y que estaba bien, ya que a Ariel se lo veía muy feliz. Además, no podía portarse tan mal con el que había rescatado a su nene y Laura le había contado de sus planes para ayudarlo en la escuela. Para hacerlo simple, Chetina lo veía casi como a un santo. No sabía si debía alegrarse por ello o no, ya que eso le daba más libertad con respecto a Ariel. Se hubiera quedado un rato pensando en ello, pero la puerta del atelier volvió a abrirse dejando pasar a su hadita en todo su esplendor, derritiéndolo por dentro. ¿Por qué tenía que ser tan lindo? Vestía lo que su hermana había llamado "estilo college": una camiseta con print de corbata roja, pantalones negros de Jean con tirantes, zapatillas de lana roja y un pañuelo violeta a la cintura. Se veía precioso así vestido, con el cabello atado en una trenza y unos mechones rebeldes escapándose del control de la coleta enmarcándole el rostro.

Con una sonrisa y las mejillas arreboladas, el menor caminó hacia todos ellos y dejó unas cuantas bolsas junto a su tía, a quien besó en la frente.

—Perdón por la demora —dijo, y su voz fue un bálsamo para el corazón achicado de Mad—. Pero había mucha cola en la caja. Te traje lo que te gusta tía, en rojo, negro, y chocolate.

Apenas dijo estas palabras, saludó a Alex y a Mad con un pico en los labios. Este último tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no empalmarse ahí, en medio de tanta gente, por el mero roce de esos labios divinos, llenos y rosados.

—Tranquilo, cielo —esa era Alex. Jean Claude estaba empeñado en hablar poco y nada, o terminaría cometiendo alguna locura—. Ariel, te presento a Leo Novak. Él es con quien firmarás el contrato.

Entonces, mientras el menor se sentaba en el sillón con su tía, su expresión se volvió seria y comenzó a escuchar las palabras de Novak con una atención inusitada mientras que este sacaba papeles de un sobre marrón y los esparcía en la mesa ratona. Como ya había dicho, la idea era que Ariel se volviera miembro oficial de la agencia de modelos afiliada a la revista, cuyo funcionamiento explicó con lujo de detalles para que Chetina se sintiera en confianza. A la que había que convencer era a ella, no a Ariel, que estaba más que decidido. La paga era buena, se entregaba en una cuenta bancaria que iba a estar a total disposición del menor cada vez que terminaba un trabajo, sumaba comisión, y sólo por mantenerse en el "top ten" de modelos más buscados iba a recibir una comisión mensual al inicio de cada mes. Y era una comisión bastante jugosa.

—Nos gustaría que Ariel realice los trabajos de mayor calidad, ya sea en un desfile de modas o para edición—Novak hablaba de forma elocuente y profesional, haciendo fluir su voz cual dulce jarabe—. Va a estar rodeado de personas de primer nivel que le ayudarán a crecer, no sólo en la profesión, sino también como persona. Considerando que es menor y que aún quiere estudiar, sus horarios escolares van a ser respetados al pie de la letra. ¿Qué le parece?

Chetina estaba que flipaba y, al mismo tiempo, tenía sus dudas.
 
—Está muy bien pero... No sé, no estoy segura. ¿De verdad quieres hacerlo, Ariel?

—Mientras que no quieran que haga desnudos, yo soy feliz. No me importa si me hacen vestirme de mujer... Pero no tengo experiencia en pasarelas.

—Lo harás bien —le aseguró Novak, sonriendo con cierta ternura. Sí, ese chico era justo lo que buscaba—. Tienes lo que necesitamos y, como eres menor, no pensamos pedirte que hagas desnudos ni que modeles ropa interior. Y te pondremos bajo la tutela de otro modelo, para que aprendas cómo caminar. Verás que es muy sencillo.

—Bueno, en ese caso está bien —el menor sonrió. Esa sonrisa tan dulce que hacía que el corazón de Mad bailara de alegría.

Luego de leer el contrato, fue firmado por Ariel y su tutota, que parecía empeñada en que Leo le sonriera como hacía rato. Una vez firmado el contrato, los adultos se dispusieron a charlar ciertas cosas. Ariel había puesto como condición que las fotos de edición siguieran siendo en el atelier, con Mad, y Leo no tuvo objeciones siempre que fueran fotos para la marca de Alex. Si era para otra marca, tendría que hacerlas en las instalaciones de Mode. A Jean Claude, esa lealtad lo conmovió mucho, al punto de que casi se arrepintió de su decisión anterior de ir de parranda. Cuando Ariel se cansó de las charlas entre los adultos, fue caminando a la cocina. Y Mad tras él, claro que con cierto disimulo.

—¡Felicidades Ariel! —le dijo, alegre en verdad por él. El muchacho, que había estado preparando té y café para todos, se dio la vuelta con una sonrisa y aprovechó para acariciarle la cabeza—. Ahora eres todo un modelo profesional, ¿nervioso?

—La verdad, bastante. No tengo idea de cómo tiene que ser un modelo de pasarela.

—Ya te lo explicarán todo, no te angusties. Si te preocupas te irá peor o no dormirás y te saldrán ojeras.

Ariel hizo un mohín adorable.

—Uff, Luca me dijo lo mismo. Siempre tengo insomnio, pero nunca me salen ojeras.

—Pero se te enrojecen los ojos, ¿a que sí?

—Diablos... Es cierto. Bueno, tú ganas, trataré de calmarme. El desfile será en un mes a fin de cuentas, así que tengo tiempo para ensayar.

—Bien dicho, ese es mi Ariel —dijo Mad, y volvió a acariciarle la cabeza.

Para el menor, cada vez que le acariciaba de esa forma aprobatoria le sacaba una sonrisa y un sonrojo, además de que sus pálpitos se aceleraban. Le encantaba llamar la atención de Mad, que él lo viera, se preocupaba por él. A veces se preguntaba si era el mismo afecto paternal que sentía con su primo o el que sintió por su abuelo, quien hizo las veces de padre para él. Pero no miraba a Mad del mismo modo que a su abuelo o a Luca... y no podía describir bien de qué forma lo miraba. Tampoco lo veía del mismo modo que a sus amigos, pese a que se moría por llamar su atención y cada vez que el mayor le demostraba afecto de esa manera algo en su pecho emitía calor.

Sacudió la cabeza de un lado a otro, tratando de no pensar en eso. Ya le preguntaría a su primo, a él siempre le contaba todo y seguro le daría buen consejo. Aunque quizás era mejor preguntárselo a Almudena, que era tan callada y siempre daba buenas recomendaciones.

—Oye, Maddy... —comenzó a decir, recordando de golpe que tenía que salir con los chicos, mientras metía las tazas en el microondas y sacaba un paquete de galletitas de chocolate—. ¿Puedo pedirte un favor?

—Lo que sea, mon ami.

—El jueves voy a salir con mis amigos, pero tengo que venir aquí a tomarme las nuevas fotos... ¿podríamos pasar las clases de este domingo? Así podría compensarle a Alex.

"Ya me lo veía venir...". Pensó con tristeza, mientras el microondas pitaba y el niño sacaba las tazas humeantes de su interior. Había comenzado, Ariel pronto dejaría de necesitarlo.

Y cómo dolía. Dolía a horrores, pero jamás podría perdonarse si no le permitía ser feliz, por eso le sonrió con la mayor de las dulzuras e inclinándose sobre él le dio un beso en la frente.

—Claro que sí, bebé. Lo que tú quieras.

—Bueno... Pero, ¿puedo quedarme a dormir el domingo a la noche? Si voy a tu casa luego del trabajo puedo seguir enseñándote.

—No creo que tu tía quiera...

Pero no pudo resistirse a esos ojitos suplicantes.




Llevó a Ariel al hospital luego de que su tía regresara a ver como iba el restaurante. Ella iría más tarde en su propio coche, al parecer le encantaba que Mad y su "sobrino" fueran amigos, por lo que aceptó encantada que se quedara con él el domingo, siempre y cuanto llamara a la casa para avisar que estaba bien apenas llegaran y antes de regresar. En el auto, ambos iban en silencio. Quizás era porque Ariel pensaba en su hermano, en Mad, en las palabras de Almudena y en todas las cosas nuevas que le estaban pasando, y porque Jean Claude pensaba una y otra vez que su decisión de separarse paulatinamente de él era lo mejor. Esa misma noche pensaba llamar a Macchi, a Ricardo, a Marixa, para juntarse en un bar a beber, bailar y ligar, los que seguían solteros, claro.

El muchacho había puesto la radio, y sonaba una canción muy triste que parecía saberse, porque movía la boca cantando la letra sin voz.

You are my sweetest downfall
I loved you first, I loved you first
Beneath the sheets of paper lies my truth
I have to go, I have to go
Your hair was long when we first met


-¿Qué harás el jueves, pequeño?

-Iremos al cine, a ver la nueva de vampiros que salió. Pero también quiero verme la última de fantasía... ¿Te gustan esas?

-Mucho, aunque no lo parezca -notaba el dialogo muy forzado, y no sabía bien por qué. ...l tenía motivos para estar así pero, ¿y Ariel?-. Quizás algún día podamos ir con Angelo, los tres juntos.

-Sí, quizás.

Samson went back to bed
Not much hair left on his head
He ate a slice of wonder bread and went right back to bed
And history books forgot about us and the bible didn't mention us
And the bible didn't mention us


-Ariel, ¿por qué estás tan triste?

El niño tardó en responder, todavía tarareando esa canción. Por alguna razón, esa letra le recordó a su relación con él, a sus propios sentimientos que nunca iba a poder confesar y morirían dentro de él.

-No es que esté triste... -por alguna razón, el pequeño se aferró a su abultada mochila-. Es que ver a Angelo me pone mal a veces. Nunca sé cómo va a reaccionar conmigo.

-¿Lo quieres, cierto? Aunque él te haya hecho sentir mal.

-Él es mi todo. Mi familia. Lo único que queda de mi familia aunque no nos parezcamos en nada. Si pudiera, sería yo quien se enfermase en su lugar, le daría mi corazón, mi sangre, todo. Pero él me aparta de su lado cada día que pasa y no lo comprendo.

-Quizás sea solo una etapa -dijo, intentando consolarle. No sabía bien qué decirle, pues su conocimiento de la psiquis humana no llegaba tan lejos. Pronto se encontró acariciándole la cabeza como siempre hacía y sus dedos largos pasaron por las mejillas aterciopeladas del menor-. Ya verás que todo saldrá bien. Es tu hermano, no va a olvidar eso.

Y Ariel le creyó... porque necesitaba tanto aferrarse a algo o alguien que le hiciera sentir mejor. Vería a su hermano, le daría las galletitas que tanto le gustaban y le contaría todo lo que había ocurrido en la semana. Aún no podía presentarle a Mad pero, si su hermano estaba dispuesto, lo dejaría entrar al cuarto. En eso pensaba cuando llegaron al hospital, sin embargo cuando intentó abrir la puerta del auto se dio cuenta de que las piernas le temblaban.

-Maddy... -tenía miedo de bajarse, de ir y que lo despreciaran para luego volver y no encontrar a nadie esperándole-. ¿Me esperarías aquí?

Fue en ese momento en que Mad pudo ver al Ariel pequeñito que esa capa de madurez ocultaba casi siempre. Se dio cuenta de que no quería estar solo, que tenía miedo, y no dudó en apagar el motor, salir del auto, e ir a tomarle la mano.

-Iré contigo.



-Te traje galletas de limón, tus favoritas. ¿Por qué no las pruebas?

A Jean Claude la situación estaba rompiéndole el corazón. Lo primero que lo emocionó casi hasta la médula fue ver al pequeño hermanito de Ariel en la cama del hospital con la cabeza pelada y el rostro cansino, más propio de un anciano que de un niño. Los cabellos que había visto en una foto no estaban, la piel se había vuelto más pálida, y sus ojos, el único parecido entre ambos hermanos, se veían tristes, vacíos, llenos de un sentimiento nada lindo cuando se posaron en su hermano mayor.

-No las quiero -respondió Angelo en tono monocorde. Evitaba mirar demasiado a su hermano a la cara, concentrando sus ojos en un punto indefinido de la pared de enfrente. Esa actitud estaba haciendo enfadar al mayor.

-Vamos, sabes que te gustan. No necesitas comerlas delante de mí, así que las dejaré aquí... ¿Sabes algo? Participaré en un desfile de modas. Seré modelo oficial y ganaré más dinero, así que podré pagarte el tratamiento sin ayuda de la tía.

-Sabes que papá va a pagarlo.

Mad, apoyado contra la pared y junto a la puerta, pudo ver como los músculos del cuello de Ariel y sus hombros se tensaban.

-Ese hombre no tiene por qué pagar nada. Y no le llames así delante de mí.

-Es nuestro padre.

-Nos abandonó antes de nacer siquiera, nunca quiso saber de nosotros. Ese no es mi padre, no me importa que diga el ADN. Y no va a pagarte nada. ¿Nunca quiso saber de nosotros y ahora viene a hacerse el padre dadivoso?

Angelo se encogió de hombros, e hizo una mueca.

-Es bueno.

-Es un mentiroso. Sólo te quiere porque su mujer no puede tener hijos propios. ¿Y si ella queda embarazada, sabes qué hará?

Angelo no respondió y Ariel se limitó a suspirar. Era obvio que Angelo no quería verlo ahí, que estaba nervioso, molesto, y ni siquiera podía mirar a su hermano a la cara. Ariel comenzó a contarle de sus nuevos amigos de la escuela mientras que Mad, descorazonado, observaba cómo el menor no le hacia caso y recorría las paredes con los ojos hasta enfocarse en él.

-¿Y él? -preguntó, demostrando emoción en la voz por primera vez en todo el rato que estuvieron ahí-. ¿Es tu nuevo novio?

Tanto él como Ariel enrojecieron y se pusieron tensos, mientras el menor balbuceaba.

-Sabes que nunca he estado de novio, Angelo. Es sólo un amigo, es el hermano de Alex.

-Ah, el tal Mad. Luca dice que hablas de él todo el día... Ariel, seria mejor que te vayas -dijo de golpe el niño, manteniéndose en la misma posición.

-Pero Angelo, acabo de llegar...

-Deberías irte. Mamá y papá van a llegar pronto.

Esas palabras produjeron un efecto devastador en Ariel, o eso pudo ver Mad. Fue como si le hubieran clavado un cuchillo mil veces y luego lo retorcieran con fuerza justo en el centro de su corazón.

-¿Qué... dijiste? -balbuceó, sin aliento.

-Que van a venir pronto.

-¿Cómo los llamaste? Responde, Angelo. ¿Cómo los llamaste?

Sólo entonces el niño alzó la vista, con un destello filoso en los ojos. Un destello de ira, vergüenza, desprecio y hasta envidia, todo mezclado en una mirada rompe-vidrios que caló el alma de Mad. ¿Cómo un hermano podía mirar así a otro?

-Mamá y papá, ¿y qué? ¿Qué vas a hacer al respecto?

-¡Cómo puedes llamarlos así! Ella no es tu madre ni lo será nunca, no te quiere. Te necesita porque es una puta desgraciada que no puede parir y alguien tiene que llevar el apellido. Quiere ser perfecta, no poder concebir le saca perfección.

-¿Y?

Ariel estaba que echaba chispas. ¿Cómo se le ocurría siquiera? ¿Cómo se atrevía a llamar así a esa mujeruca loca que los miraba a ambos como si fuesen dos basuras y a ese hombre que le causó tanto daño a su madre? ¿Cómo llamar padre a un hombre que los abandonó?

-Nuestra madre murió hace dos años. ¡Dos años! ¿Y tú vienes de golpe a decir que una perfecta desconocida loca es tu madre sólo porque tiene dinero? ¿En qué estas pensando? Si nuestra madre te viera...

-Ella no diría nada -masculló Angelo, furibundo-. En cambio, si fueras tú, pondría el grito en el cielo. Tú eras su chico especial, la luz de sus ojos. A ella le daría igual lo que me pase.

-¡Angelo, no es así!

-¡Sí, sí es así!

-¿Qué demonios pasa aquí?

La tensión en el ambiente y los gritos fueron cortados por una pareja que venía acompañada por una enfermera. Un hombre alto y corpulento, con el mismo tono de piel que Angelo y el cabello negro, cuya mandíbula cuadrada estaba tensa en una mueca de desdén; a su lado, una mujer muy delgada y floja, con cara de estar pisando mierda, sus ojos grandes, su mentón afilado, la nariz ganchuda y la mueca de su boca asemejaba a un águila al acecho. Angelo, ni lento ni perezoso, se recostó en la cama y desvió la mirada.

-Nada, Ariel ya se iba.

Ariel se volvió hacia su hermano. ¿Cómo era tan cruel? ¿Cómo podía hacerle eso a su madre y a él, abandonarlos así por esos... esos...? Tragándose el tronco de insultos, desamor y decepción, se incorporó y sacudió sus ropas bajo la mirada de Mad que lo consolaba en silencio, y la de la mujer, que lo observaba como a un animal inmundo.

-Haz el favor de no traer más estas porquerías -dijo, señalando el frasco de galletas-. Luego hay que tirarlas y es bastante molesto.

-Sí, debe ser demasiado trabajo para alguien que nunca hace nada.

Los ojos de la mujer, llamada Tabatha, relampaguearon de odio mientras que Ariel tomaba su mochila y se retiraba sin decir palabra acompañado de ese hombre tan guapo. Era igual que su madre, una loca que atraía a quien le rodeara y les lavaba el cerebro con sus encantos hasta volverlos esclavos. Sólo ver esa cara, idéntica a la de ella, a Rosetta, le hacía sentir un deseo descomunal de apuñalar al niño una y otra vez hasta convertirlo en una masa amorfa y fea que nadie pudiera querer o, mucho menos, identificar. Angelo por su parte, intentaba esconder las lágrimas. Odiaba ser así con su hermano, pero era necesario. Lo odiaba, lo odiaba porque siempre había sido el preferido, el más querido y el mejor mientras que a él lo dejaban de lado. Tampoco podía soportar verlo porque le recordaba a su madre y porque sabía bien en lo que se estaba convirtiendo, pues la forma en que ambas personas se ruborizaron al preguntar si eran novios le dijo la verdad.

-Eros, ¿vas a dejar que me hable así? ¡Haz algo!

Eros Marino se desembarazó de su mujer y salió tras su hijo ilegítimo, su primogénito, carne de su carne que ahora se alejaba de la mano de un hombre demasiado mayor para ser Gian Luca. Porque conocía a Gian Luca, a Chetina, a las mujeres que habían ido a vivir con ellos unos años y ahora trabajaban con Ariel en una tienda de ropa, conocía su escuela, sus horarios. También sabía en qué revistas salían las fotos de su hijo y que ahora estaba por protagonizar un desfile de modas muy importante. El investigador privado se encargó de averiguar cada detalle y él mismo de corroborarlo a cierta distancia, escondido en su auto polarizado para que el niño no pudiera verle. Siempre había sabido de él... Tenía fotos suyas de cuando era pequeño a escondidas de su mujer. También de Angelo, su segundo varón. Ambos eran hermosos y sanos, todo lo que un padre podía esperar de un hijo, a excepción de una cosa: Ariel era el vivo retrato de Rosetta. Mientras avanzaba hacia él por el pasillo del hospital no pudo evitar notar que sus cabellos eran largos como los de ella, brillantes, sedosos, como los de ella. Movía suavemente las caderas al andar, del mismo modo que ella, y tenía su cara, sus ojos, todo. Debió haber sido una niña. Si fuera una niña ahora iría a su lado y la abrazaría, confesándole que en verdad la quería y que deseaba su amor más que a nada en el mundo, que quería adoptarla también...Pero era niño, no podía permitirse tener un hijo tan femenino. Y mucho menos tan parecido a su primer y único amor, a la mujer a la que le propuso matrimonio el mismo día de su muerte. Deseaba tanto contarle todo a Ariel... Pero sabía que su mujer estaba loca, y que sólo aceptaba a Angelo porque se parecía a él. Si su primogénito llegaba a estar con ella a solas sólo Dios sabe qué pasaría.

En eso pensaba mientras lo aferraba del brazo y lo obligaba a darse cuenta. Aquel brazo entre sus dedos era pequeño, delicado, igual que los brazos de la mujer más hermosa del mundo. Cuando el rostro de Ariel dio la vuelta, quedó casi sin aliento: Era Rosetta. Por un instante hubiera jurado que ella había recobrado la vida: Su misma cara, el mismo pelo, los ojos más grandes y los pómulos más marcados, pero era casi igual. El cabello desprendía el mismo aroma que ella y el ver sus ojos y sus labios, mezclado con aquel perfume, pronto comenzó a acarrearle terribles consecuencias en su entrepierna. Darse cuenta de eso lo enfureció, y apretó el bracito ajeno con más fuerza de la necesaria.

-¿Adónde crees que vas, mocoso de mierda? Ven a disculparte ya mismo.

-Yo no me disculpo con nadie, ella es la que me trata como si yo fuera un... una alimaña o algo así. Ya sé que soy horrible a sus ojos, pero ella también lo es para los míos.

Hubiera querido abrazarlo y decirle que no era horrible, pero sólo atinó a apretarle más fuerte mientras que los ojos de su hijo, no, los ojos de Rosetta se llenaban de lágrimas como cada vez que le decía que no podía dejar a su mujer. Como cuando le dijo que al fin la dejaba, que quería ser un padre para sus hijos y estar con ella. Quería abrazarla de nuevo, la había extrañado tanto... Abrazarla, sentir su perfume, oír su voz susurrándole al oído mientras hacían el amor.

-¡Suéltame de una vez! -le gritó la criatura entre sus brazos, ésa que tenía la misma cara que ella-. ¡Te odio!

En ese momento se zafó de su agarre y salió corriendo, seguido de cerca por aquel hombre que le recordaba a él en su juventud. Cuando Rosetta corría de esa manera era porque quería que la alcanzaran y la abrazaran hasta dejar de llorar. Cuando al fin dejó de sentir su perfume y el olor típico del hospital ingresó a su nariz, pudo pensar con claridad. Una parte de él quería que su hijo lo amase pero la otra, que era más fuerte y firme, sabía que lo mejor era que lo odiara. Así no cometería ninguna locura jamás.


Ariel corrió sin descanso hasta el auto de Mad, dónde le esperó mientras recobraba el aliento. El mayor pronto llegó a su lado y, sin decirle nada, lo abrazó con fuerza y le besó las sienes. Hubiera llorado, hubiera descargado toda la bronca e ira que sentía, pero se la tragó con todas sus fuerzas y se abrazó al pecho de Mad, sintiendo como su calor y su perfume lo ayudaban a sentirse mejor.

-¿Puedo...? -la voz le salió ronca, pero eso no le detuvo-. ¿Puedo dormir en tu casa hoy?

Mad, que le abrió la puerta en silencio demasiado conmovido por la escena anterior, dejó que el menor ingresara al auto e hizo lo propio, volviendo a encender el motor luego de ponerse el cinturón de seguridad. Miró a Ariel unos instantes... Sabía que su mente estaba más loca que nunca y que Ariel querría dormir a su lado, pero no le importó. Le había prometido estar ahí para él cuando lo necesitara. Mañana podía salir con los chicos, mientras Ariel se quedaba a dormir en lo de su tía o se iba con sus amigos.

-Claro que sí, mon petit. Claro que sí.

Puso primera y fue directo a su casa. Esa noche durmió con Ariel abrazado a su pecho, que se humedecía por las lágrimas que el otro derramaba y no dejaba ver. Se dedicó a consolarle con cariño, con ternura, hasta que el pequeño se durmió. Decidió que velaría por él, a ver si así alejaba las pesadillas, la tristeza, y los malos sueños.


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