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jueves, 4 de marzo de 2010

Encerrado en el Ático.


Nunca había subido aquí este relato y eso que es el que mandé a la última recopilación de la colección homoerótica. Decidí subirlo aquí ene sta ocasión al ver que nunca lo hice... Lo curioso de este relato es que, lo admito, tengo que reescribirlo porque tiene montones de fallas. ¡Montones! pero todos los que lo leyeron me buscaron por internet para decirles que lloraron como nunca en su perra vida. Y yo lloré mientras lo escribía, así que no puedo decir nada xD.

Les advierto que es triste, tiene incesto, angustia, lemon explícito y final trágico pero es uno de mis primeros relatos así que le tengo cariño aunque es medio de principiantes. Disfruténlo :)




Ha pasado ya mucho tiempo desde aquel entonces que viene a mis recuerdos, mezclados con el sabor agridulce de esos tiempos rodeados de privilegios, golosinas, juguetes de todo tipo, y el bello sonido de la cajita musical más hermosa del mundo. Ya son casi veinte años. Muchos dirían que es poco tiempo y que la vida es larga, pero, para mí, los últimos veinte años han durado más que toda una vida y han sido ya tan largos y preciosos que no me importaría partir ahora.


Escribo estas líneas a quien pueda interesarle, pues no tardarán en venir a por mí. Pero no les dejaré alcanzarme, no me quedaré aquí para que me metan a un calabozo por haber derramado la sangre de ése bastardo. Jamás pediré perdón ante nadie por tomar vida por vida y vengar el honor de mi Leslie. Leslie… Mi hermoso Leslie, la criatura más pura y buena que pudo haber sido creada en este mundo cruel y frío. Todavía recuerdo el aroma a viejo y encierro que despidió su cuerpo durante los primeros años que convivió conmigo, la textura de su piel, el sonido de su voz, el perfume a chocolate y golosinas que le invadió luego, cuando huimos de casa.


Pero me estoy adelantando a los hechos. A estas alturas, desesperado y con la muerte persiguiéndome como un sabueso que ni la piedad de Eros, dios en el que llegué a creer, podía aplacar. Y ese sabueso persecutor era guiado por Némesis, cual si la diosa de la discordia hubiera desafiado a la muerte a encontrarme… Pero no tengo miedo, no le temo a la muerte, no le temo a la horda enardecida que busca hacerme pedazos ni a los demonios del infierno que me torturarán por ser vil pecador. No puedo temerle a nada de eso cuando el vivir ya no tiene significado, no sin mi Leslie.

Cuando lo conocí, él tenía siete años y yo nueve, Leslie iba vestido con unos harapos comparado con mis preciosas ropas diseñadas especialmente para mí y tenía la misma expresión que una muñeca de porcelana. Recuerdo que sus cabellos castaños caían como cortina, bordeándole su rostro redondo e infantil, y sus ojos grandes e inexpresivos tenían un color verde mezclado con marrón muy raro, llevaba el relicario de su difunta madre en el cuello y se abrazaba con fuerza a las únicos dos juguetes que su madre pudo dejarle, ambos herencia de su propia madre: Un alhajero redondo color rojo y un oso de peluche viejo.


Él estaba parado frente a nosotros con su carita inexpresiva manchada de tierra, mirándonos a mi padre, mi madre y yo, con esos ojazos. La única señal de miedo que logré vislumbrar era su forma de apretar los juguetes contra su pecho. Oh, ha pasado ya tanto tiempo y mi mente me devuelve apenas una imagen borrosa de lo que ocurrió ese día, apenas sí pudiendo recordar más detalles que éstos. No recuerdo el color de sus ropas, ni el aroma de su cuerpo, no recuerdo tampoco en qué habitación estábamos los cuatro o si él estaba de pie frente a nosotros, pero sí recuerdo la intensidad de sus ojos y aquella expresión de muñeca.

La madre de Leslie, con quien mi papá había tenido una affaire de varios años, había muerto por la peste. Por eso él había llegado a mi casa y, cuando me lo presentaron, me dijeron que sería mi nuevo hermanastro menor.


—Tu madre era una prostituta. –Dijo mi padre sin compasión, jugando con su monóculo— Por lo que, más allá de que te acepte en mi casa, eso no quiere decir que seas mi hijo.


Mi padre, un fino caballero alto y delgado de la alta sociedad, nacido en una casta noble, nunca le dirigió una palabra a Leslie. Solía mofarse de su nombre cuando él no estaba cerca pero, de todos modos, Leslie siempre estaba con la mirada fija en su oso y nunca le hablaba a nadie. Mi madre, que era también de clase noble y se casó con mi padre a los dieciséis años por amor, era una mujer pálida y de expresión sumamente dura. Ambos ignoraban y odiaban en secreto a Leslie, pues exponía el horrible secreto de no ser la familia de ensueño. Ella especialmente odiaba a mi nuevo hermanastro por ser la confirmación de sus sospechas de toda la vida.


Así comenzó nuestra relación.


No fue la mejor manera de comunicarme con mi nuevo hermanastro. Yo no sentía el mismo odio que mi madre hacía él, tampoco ignoraba su existencia aunque no le hablara, pero no estaba seguro de qué debería de sentir. Algo en él me llamaba mucho la atención… Ahora, de sólo recordar los años que vivimos juntos, me doy cuenta de que quizás estaba sintiendo el amor que ahora me embarga ya desde ese entonces. Me encantaba observarle en silencio mientras él se sentaba en un rincón y le murmuraba cosas a su osito de felpa o hacía girar el alhajero entre sus dedos. Leslie, mí querido Leslie, si supiera el mundo cuánto te extraño, cuánto te he amado, quizás y solo quizás nos perdonen el pecado que cometimos. Corrijo, el pecado que te hice cometer.


Mi padre falleció unas semanas después de la llegada de mi hermanastro menor. Sufría de extraños sueños que no le permitían dormir, su piel se volvió amarillenta y seca como mueble rústico; pronto perdió el apetito al punto de no querer comer nada, convirtiéndose en un palo de escoba, pues todo lo que comía para él tenía sabor amargo. Todo se sucedió tan rápido, ningún doctor pudo explicar sus síntomas ni encontrarles una cura, tampoco entendieron cuando empezó a sufrir ataques en los que gritaba y se retorcía, hasta que dejó de reconocer a la gente. Tuvo esos ataques por dos meses, al tercero, dejó de moverse, una semana más tarde fue al otro lado.

Como la madre de Leslie había muerto de una forma similar mi madre la mandó a encerrar en el viejo ático, que, antiguamente, había sido un aula donde maestros particulares dictaban clases a los hijos de la familia, como si Leslie fuera un leproso y lo dejó para que viviera ahí.


Nadie se le acercaba, todos en el pueblo sabían ya del niño demoníaco cuya maldición había matado a mi padre. No les creí, aunque me sentí tentado. Mas como la llave del ático estaba enganchada en un clavo contra la pared del lado de afuera, yo solía ir y meterme sólo para molestar a Leslie. Recuerdo aquel día en que, cazando mariposas y luciérnagas como siempre hacía, encontré un escarabajo de colores muy raros en una planta. Enseguida pensé en Leslie, la pequeña muñeca sin emociones que habitaba el ático de mi casa lleno de antigüedades, moría de ganas de hacerle llorar o enojar, ver a su rostro blanco cual porcelana demostrar alguna emoción y, por eso, no dudé en correr al ático. Entré en silencio, sin embargo él ya estaba mirando hacia la puerta aunque su mirada reflejaba que no se esperaba mi visita.


Estaba comiendo un plato de sopa sentado en la cama. Me detuve a contemplarle por unos instantes: Su cuerpo, más pequeño que el mío, estaba cubierto de polvo y seguramente sin bañar, ya que el baño que había en el ático pocas veces recibía agua, el pelo que no le habían cortado ya le llegaba hasta los hombros y su ropa, que consistía en una camisa vieja y amarilla que le quedaba holgada, se parecía mucho a un vestido. No me costó nada imaginarle como a una niñita, una niñita sucia y perdida, pero una niñita al fin. Sus pestañas eran demasiado largas, sus labios rosados y finos, su nariz muy pequeñita pese a que su mamá había tenido una más prominente. Por un instante que recuerdo con suma claridad, pensé que un ser tan bonito no podía ser hijo del diablo como se comentaba en el pueblo, ni que pudiera matar a nadie… Y de nuevo me invadió esa presión en mi pecho al contemplar sus ojos que, pese a estar vivos, no daban signos de sentir absolutamente nada. Tenía la necesidad de verle expresar algo, sólo para confirmar que en realidad era humano y que así no creciera el pequeño monstruo dentro de mí que gritaba las mismas acusaciones que los pueblerinos.


—Asqueroso –le dije, arrojándole el escarabajo que había llevado en mi mano a la sopa— Cómetelo. ¡Ahora!


Salí del cuarto riéndome a carcajadas, apenas si mirando la forma en que Leslie observaba al bichito que nadaba en su plato. Cuando cerré la puerta y espié por el cerrojo, esperando verle gritando y llorando, me encontré con una imagen diferente: En vez de chillar o lamentarse, Leslie se quedó mirando al insecto solo unos instantes más antes de tomar la cuchara y llenarla de la sopa con el escarabajo dentro, llevándoselo a la boca para masticarlo sin piedad.


Me había salido el tiro por la culata, imaginarán cómo me puse.


Unos días más tarde tomé unas cuantas cosas de la despensa donde guardábamos comida que no íbamos a usar y corrí escaleras arriba hasta el ático, abriendo la puerta de golpe y con estruendo. Leslie, que estaba acostado en el piso en posición fetal, no se movió sino que se quedó ahí quietito, tratando de matar el calor del verano contra el piso frío. Me sorprendió verle tan vulnerable, abrazado al osito de felpa con una mano y apoyando la otra debajo de la cabeza como un bebé, respirando tan despacio que podía pasar por una estatuilla de limosh cubierta de polvo. Me obligué a mi mismo a despertar de la bruma en la que su figura dormida me había sometido, arrojándole la comida cerca de la cara para hacerle despertar. Él se irguió enseguida, mirando a los alimentos y a mí sin comprender. Le había dado dos manzanas maduras, dos panes, un chocolate, unos cuantos caramelos y un salchichón, más comida de lo que había visto nunca desde que estaba encerrado en el ático.


—Come. –le ordené, poniendo los brazos en jarras en un intento de intimidarle. No hubo que hacer mucho, Leslie se arrojó sobre la comida como un perro muerto de hambre y comenzó a comerse uno de los panes con el salchichón al mismo tiempo— ¡Jah! Ésa era comida que teníamos guardada para los cerdos, ¿te gustó?


Él me ignoró por completo y siguió comiendo para asombro mío. Mirándole, me di cuenta de que, cuando comía, se le veía muy contento y complacido. Esbozaba algo muy parecido a una sonrisa cada que tragaba, dejaba oír ruiditos de satisfacción entre mordida y mordida, y hasta sus mejillas se coloreaban. Me molestó terriblemente que se pusiera tan feliz sólo por un poco de comida, que ninguno de mis intentos fallidos por molestarle jamás surtieran el efecto que esperaba y, sin embargo, consiguiera lo más cercano a una emoción con un poco de alimento. Tan enojado estaba que, cuando Leslie intentó tomar el chocolate, puse mi pie sobre éste impidiéndole que lo agarrara.


—¿Sabes lo que dice la gente de ti, Leslie? –Ah, sí. Ése día mi voz fue tan gélida, deseaba tanto asustarle— Que no eres hijo de nuestro papá, sino que eres hijo del diablo. Un niño maldito con una mamá por ramera.


Por primera vez pude ver una emoción verdadera en su rostro, pero no era la que esperé. Contemplé asombrado cómo su boca se fruncía hacía abajo en un gesto despectivo e iba arrugando la frente cada vez más, llenándosele de ira la mirada. La furia que manaba su ser era tan potente, tan palpable, que el aire a mí alrededor se volvió pesado y sentí miedo.

Casi trastabillando, alejé el pie, entonces él volvió a su semblante anterior y siguió comiendo como si nada. Me había humillado tanto… E intenté esconder eso, junto con mi miedo, sacándole la lengua antes de salir corriendo e ir a encerrarme en mi cuarto con el corazón acelerado. Esa noche soñé con él. Soñé conmigo recostado en la cama y de golpe él entraba por la ventana flotando sobre mí, me miraba con una gran sonrisa, se reía, y me saludaba desde donde estaba como si yo fuera importante para él; aunque fue un mero sueño, el ver su rostro tan feliz me llenó de alegría.


Decidí que lo haría sonreír. Comencé a ir al ático cada vez más seguido, sin que lo supiera mi madre, y escapándome de las lecciones de violín o piano. Iba a verle dos o tres veces todos los días, aunque mas no fueran cinco minutos pues la necesidad de ver a Leslie era cada vez más fuerte. Le llevaba comida, por la cual me agradecía con una sonrisa, ya que él nunca hablaba, y me quedaba leyéndole cuentos de los hermanos Grimm, lo observaba jugar con el oso de peluche, con los maniquíes, darle pedacitos de pan a los ratones que habitaban el ático, y mecerse en un viejo caballo de madera ajada que, de milagro, sobrevivió los maltratos del padre tiempo.

Cuando le hacía sonreír, mi corazón latía más fuerte. Eso empeoraba cuando escuchaba su risa, que era tan melodiosa, cuando tomaba mis manos lavadas con jabón con sus manitas sucias y me llevaba a recorrer los escondrijos formados por el amontonamiento de cosas en el ático, cuando me mostraba cosas cuyo nombre no sabía o que le parecían sorprendentes. Su cara el día en que encontró una vieja estatuilla de un hombre y una mujer desnudos, abrazándose y besándose, sigue grabada a fuego en mi mente.


Decidí darle mis juguetes viejos para que dejara ya ese oso y el alhajero, pero él no los soltaba aunque jugaba con mis cosas. A medida que íbamos creciendo empezó a gustarme la idea de que él jugara y durmiera con los objetos con los que yo había hecho exactamente lo mismo antes, era casi como si él me estuviera tocando a mí. Me recriminaba mentalmente el tener esos pensamientos, pero ésta culpa desaparecía en cuanto entraba al ático y lo veía allí sentado frente a la puerta, esperándome con una gran sonrisa. Leslie, pese a que todos le creían mudo, sabía hablar aunque no lo hacía del todo bien, por lo que siempre estaba corrigiéndole y tratando de enseñarle. Le di mis libros de cuentos, mis autos, mis robots, mis animalitos de juguete, y le llevaba comida fresca y golosinas cada vez que iba, incluso comencé a darle mis ropas viejas haciéndole jurar que las escondería de mi madre a lo que él me respondió asintiendo con la cabeza.


Uno de ésos días de verano, ya teniendo yo catorce años y él doce, le hablé de las mariposas que yo cazaba y que él apenas sí podía ver surcar el cielo por uno de los agujeros de la madera que tapaba la ventana. Era la época del año en que las mariposas llegaban al pueblo para aparearse.


—Las mariposas vienen a buscar una pareja para tener crías, pero para eso tienen que venir hasta aquí. ¿Nunca las has visto, verdad? Yo ya las vi un centenar de veces –él negó con la cabeza— ¿Te gustaría verlas?


Movió la cabeza para decir que sí, abriendo mucho los ojos que le brillaban de emoción, dando saltitos. Reí al verle tan contento ante la idea, al ver su cabello, que nunca era cortado, moverse a la par de sus saltitos.


—Bien, bien. Ven, súbete a mis hombros.


Me arrodillé para que Leslie pudiera subirse, pero me miró como si no supiera qué hacer. Volví a reírme, indicándole cómo se hacía y me lo subí a los hombros.


—A ver… —me enderecé como pude, acercándome a la ventana cuyas tablas de madera estaban rotas por la parte superior— ¿Las ves? Dímelo, no puedo ver si asientes por la cabeza. ¿Puedes verlas?


Al principio no me respondió, pero no le culpé. El espectáculo de las centenares de mariposas, volando en parvada a una velocidad vertiginosa por el cielo azul, era impresionante la primera vez. Esa mata viva de colores que me gustaba comparar con el terciopelo húmedo, podía quitarle el aliento a cualquiera.


—¿Las ves, Leslie?


—Sí.


La primera palabra completa que le saqué en mucho tiempo. Jamás un “sí” me hizo sentir mariposas en el estómago. Iba a explicarle algo más de las mariposas pero una rata que pasó por entre mis piernas me asustó tanto que pegué el grito en el cielo y ambos terminamos cayendo de bruces al piso. Leslie estaba debajo y yo arriba, tirados cuan largos éramos sobre aquel piso lleno de polvo y mugre. Cuando él se echó a reír a carcajadas me ruboricé por mi torpeza, poniéndome de rodillas para mirarle con la cara roja de vergüenza.


—¿Qué te parece tan divertido, eh? ¡Deja de reírte! – para horror de mi orgullo herido, mis gritos le hicieron reírse más fuerte.

Estaba tan frustrado, quería hacerle callar y dejarle en una posición similar a la mía por lo que hice lo primero que me vino en mente: Tomé sus pequeños hombros y posé mis labios sobre los suyos, callándole con un beso.


Fue mi primer beso, apenas un suave roce entre nuestros labios, pero bastó para callar sus risas. Leslie abrió bien grandes los ojos, mirándome sin comprender nada mientras que mi corazón se aceleraba al punto de hacerme arder las mejillas. Me separé al cabo de un instante, todavía con la sensación de sus suaves labios contra los míos, y carraspeé para pasar el silencio incómodo.


—Bien… Ése es tu castigo por molestarme. No me vuelvas a hacer enojar.


Me fui sin mirar atrás. Algo en mi interior me dijo que Leslie me siguió mirando hasta que cerré la puerta. No sabía por qué había hecho tal cosa, se supone que los chicos besan a las chicas que les gustan. ¿Verdad? Y no besan a chicas que pueden ser sus hermanas por parte de padre. Lo que había hecho estaba mal, muy mal… Pero no me importaba volverlo a hacer. Sentir otra vez el calor de su cuerpo debajo del mío, la suavidad de su boca, el aroma a viejo de su cuerpo que, cosa rara, me gustaba mucho… Sentía un deseo enfermo de volver a besarle.


Todo hubiera ido bien si yo no lo hubiese arruinado. Cuando le llevé mi colección de mariposas para que él las viera y, en un momento de distracción, una de ellas se le rompió entre las manos por querer tocarla, exploté en furia. Le pegué fuerte, gritándole que era un estúpido, un idiota, y demás cosas hirientes sin notar el ruido seco que hizo su cuerpo al chocar contra el piso. Al levantarse, Leslie sangraba por la boca. Sus ojos me observaban con tanto terror, tanto miedo, que para mí fue como si me clavaran un cuchillo en el pecho y lo retorcieran con fuerza.


—Leslie, yo… Lo siento, no quise.


Intenté compensárselo, quise ir a ayudarle y pedirle perdón. No podía soportar su mirada llena de terror. Aún así, él se alejó de mi cual gato herido y me gritó.


—¡No! –estaba asustado. Tan, tan asustado que se acurrucó en un rincón temblando, echándose a llorar y gritar con fuerza. Yo apreté los puños, sufriendo el dolor más grande de mis catorce años de vida. Abandoné la habitación otra vez sin mirar atrás… Finalmente lo había echo llorar, mas no era tan divertido como cuando era niño.


No si la causa era yo.


No tuve el coraje de ir a verlo por un buen tiempo, un mes quizás. Los días pasaron lentos sin su presencia, agobiantes cada hora en la que no podía estar con él, los minutos pasaban demasiado lentos en el reloj y mi corazón estaba tan apesadumbrado que me dolía hasta respirar. Yo sabía que mi deber como hombre era pedirle perdón, pero no se me ocurrió otra forma que el mismo método con el que me acerqué a él: Comida. Llené una charola con caldo de carne, jugo, pan, frutas y golosinas que llevé con suma precaución al ático. Leslie estaba en la cama, quizás esperándome como siempre pese a no levantarse para recibirme con un abrazo, y caminé hacia ella lo más lento que fui capaz dejándole la charola cerca.


—Lo siento mucho –dije esa vez, lo recuerdo bien. Estaba muy arrepentido y no quería que me siguiera temiendo— No fue mi intención golpearte. Me enojé por la mariposa, me había costado tanto atraparla que… —dudé, no sabía qué decirle— Te traje esto a modo de disculpas. Esto, si quieres, puedes pegarme a mí también para estar a mano.


Me miró fijamente, abrazado al oso que le regaló su mamá, ya sucio y feo, antes de hacerlo a un costado y caminar hacia a mi. Yo esperaba una cachetada, una patada, lo que fuera menos lo que hizo él; Leslie fue a mí y me abrazó por propia voluntad, enterrando la cara en mi pecho.


—¿Leslie?


—Wynton –murmuró mi nombre por primera vez desde que le conocí, parándome el corazón. Su voz era tan suave, tan dulce. Rodeé su cuerpo con mis brazos, creyendo que soñaba hasta sentir humedad sobre mi chaleco y escucharlo llorar— Wynton… Extrañé a Wynton.


—Perdóname por pegarte, Leslie. Te juro que no volverá a pasar –suavemente, alcé su cara tomándosela con ambas manos. Lágrimas surcaban su rostro marcando un camino desde sus ojos a su mentón, barriendo con el polvo que le cubría su linda carita ahora empapada. Lloraba desconsoladamente, estremeciéndose todo su cuerpito por los hipidos mientras se fregaba los ojos con las manos, pero parecía no parar de llorar. En ese momento me di cuenta de lo que me pasaba con él era algo que no podía controlar, que me superaba a montones e iba más allá de mi comprensión, una fuerza que me llevaba hacía él en la cual yo me dejaba arrastrar. Lo quería. Quería ser su protector y su dueño, el único que pudiera abrazarle y consolarle, el único con quien Leslie quisiera jugar, el único que conociera la suavidad de sus labios… Y más, mucho más— No se dice así. Tienes que decirme: “Te extrañé mucho, Wynton”


Todavía llorando, Leslie asintió sonándose la nariz.


—Te… Te extrañé mucho, Wynton.


—Muy bien. Buen chico –sonreí, enjugándole las lágrimas con los dedos— Mira, se te enrojecieron los ojos. Vayamos a lavarte la cara, ¿sí?


—No. Yo… —se mordió el labio, mirándome muy solícito.


—¿Qué ocurre?


—Yo quiero a Wynton –pronunció esas palabras muy lento, le costaba tanto expresarse con palabras. Unos años más tarde, cuando finalmente fue capaz de hablar como una persona normal, me sorprendí mucho con la cantidad de palabras que podía pronunciar en un minuto. Pero me estoy adelantando a los hechos y mi memoria falla por todo el alcohol y el opio que he ingerido estos últimos tiempos, tengo que llamar a todas mis musas para poder recordar, y me cuesta horrores. Acabo de recordarlo, Leslie volvió a abrazarme con fuerza, sin deseos de alejarse de mí, y repitió— Quiero a Wynton. Lo extrañé.


—Tonto. No se dice así, tienes que decirme: “Te quiero mucho, Wynton. Y te extrañé”


—Te quiero mucho, Wynton. Y te extrañé.


—Yo también te quiero, Leslie. Y también te extrañé.


Entonces me incliné sobre él, besándole la frente. Ahora no tenía forma de regresar, yo era una mariposa adicta a una flor y esa flor estaba encerrada en el ático. Él era mi flor del ático, la flor que yo desesperadamente buscaba, cuyo néctar deseaba sólo para mí. Me habían hechizado.


Leslie, yo te amé tanto… Si supieras cuánto te hecho en falta, lo mucho que te necesito. Quisiera volver el reloj hacía atrás para vivir todo aquello una vez más y tenerte entre mis brazos como el día en que me mostraste uno de tus secretos, cosa que me hizo el chico más feliz del mundo: El alhajero musical.

Ése día fui a verte un poco más tarde, pues las lecciones de álgebra con el profesor Merrimet fueron interminables, y casi me topé con mi madre que volvía desde el ático con la charola en la que te llevaba comida y una fusta ensangrentada en las manos. Entré en pánico, porque, si te había golpeado, yo no había podido escuchar el escándalo desde el aula y seguramente estabas en muy mal estado. Corrí tan rápido como pude, entrando como tromba al cuarto.


—¡Leslie! –te llamé, más no respondiste. Nunca lo hacía, pero deseé con toda mi alma que lo hiciera— ¡Leslie!


Busqué y busqué, pero no le encontré. Encendí la pobre bombilla que iluminaba el cuarto durante las noches, buscándolo en todos los rincones encontrándome solamente con manchas de sangre fresca. Odié a mi madre con toda el alma. ¿Cómo se atrevía a hacerle daño a una criatura de doce años? ¿Cómo podía ser tan inhumana? Seguí las manchas de sangre, atravesando todos los cachivaches mientras lo llamaba, rogando por dentro que siguiera vivo, y hacía a un lado todas esas chuchearías inservibles.


—Leslie, ¿dónde estas? –esta vez tuve un quejido por respuesta, metido hasta la coronilla entre muebles, maniquíes, alfombras y quien sabe cuantas cosas más, intentaba encontrarte. La poca luz no era de ayuda— Leslie, sigue haciendo ruido. Así te encontraré. Dime los colores de las mariposas.


—Naranja… Blanco… Rojo… Azul.


Su voz, apenas un suave murmullo, me guió todo el camino. No podía temerles a las ratas, a las arañas, ni a ningún otro bicho aunque fuera venenoso, pues encontrarlo fue mi prioridad. Finalmente hallé un cofre de madera gigante y un montón de alfombras enrolladas en los que había escondido un pequeño bulto, me acerqué al bulto, sin poder evitar un grito de horror al verlo.


—¡Dios! ¿Qué te ha hecho?


Mi pequeña flor estaba desmadejada, manchada su espalda entera con sangre, tirada sobre las alfombras apenas pudiendo mantenerse despierta ante el dolor.

Mi pobre flor… Esa diablesa que tenía por madre lo había azotado hasta el desmayo con la fusta para los caballos dejándole heridas cuyas marcas jamás desaparecerían, lastimándole de tal forma que deseé matarla.


—No te preocupes, Leslie. Yo te curaré.


Lo tomé en brazos como pude. Lo primero en principal era limpiarle las heridas y el cuerpo en sí para que no se infecte, luego, darle medicamentos y bajarle la hinchazón. Por suerte ya no estaba sangrando, agradecí mentalmente el haber limpiado yo mismo todo el baño con mis propias manos y arreglármelas para reparar el tanque de agua; lo deposité allí con sumo cuidado, diciéndole al oído que le dolería pero que yo me encargaría de curarle mientras el agua se tornaba medianamente roja al quitarle la sangre de la piel. Lo limpié con sumo afecto, temiendo dañarle, pero él lloraba en silencio y me dejaba hacer a mi antojo. Recordé que las sabanas de su cama estaban cubiertas de polvo.


—¿Puedes quedarte aquí un rato? Voy a ir a buscar medicinas y sábanas limpias. ¿Crees que puedes?


—Sí puedo.


—Bien. Volveré enseguida, lo prometo.


No tengo que decirles lo rápido que salí corriendo, ¿no es verdad? Temía que él se desmayara y se ahogara en la tina, o peor, que mi madre lo viera y volviera a castigarle. Por eso corrí a mi cuarto, tomé el canasto de la ropa sucia y lo vacié, escondiendo dentro unas sábanas limpias y una frazada, muchos paños blancos, y luego, escabulléndome al baño, tomé todo lo que pude del botiquín de emergencias: Aspirinas, pastillas de penicilina, anti inflamatorios, cicatrizantes, vendajes, antifebriles. Tenia que prepararme para todo, estaba asustado, pero tenía que hacerlo. Incluso corté unas hojas de Aloe Vera del jardín de junto y robé comida de la cocina, metiéndolo todo ahí dentro para camuflajearlo con la ropa sucia. Al subir a toda máquina, me encontré con Leslie despierto, sosteniéndose del borde de la bañera con sumo esfuerzo, le pedí que aguantara mientras cambiaba las sábanas de la cama antes de tomarle en brazos y acostarlo boca abajo allí.


—Maldita perra, mira como te ha dejado. No te preocupes, Leslie, yo cuidaré de ti para que sanes pronto. Te dolerá un poco, pero es para bien. No grites.


No fue un buen consuelo, lo sé, pero no supe qué más decirle. Él, mi flor desgajada, enterró las uñas en las sábanas, asintiendo con la cabeza y yo, que no sabía ni por dónde empezar, tomé el Pervinox desinfectante y mojé un paño


—Te va a arder –dije, y cubrí lo más despacio que pude una de las enormes heridas verticales de latigazos. Leslie mordió la almohada para no gritar. Me quería morir, no había podido protegerlo— Perdóname, Leslie… No pude protegerte.


Cuando el niño alzó la vista y me sonrió tiernamente, como si no me culpara por nada, me eché a llorar. Ese día, luego de que le hubiera vendado la espalda y lo obligué a tragar medicinas, me pidió que tomara el alhajero entre mis manos y lo diera la vuelta. Debajo, tenía una cuerda que hice girar a su pedido y luego le saqué la tapa, descubriendo dentro la cajita musical que escondía. La sonata “Para Elisa” llenó la habitación, sacándonos a ambos una débil sonrisa de complicidad mientras Leslie estiraba la mano para tomar la mía.


—Mi secreto es secreto de Wynton ahora.


—Guardaré todos tus secretos y me los llevaré a la tumba. Sabes que puedes confiar en mí.


—Yo sé –me sonrió otra vez, supe que se esforzaba por olvidar el dolor e su espalda por como apretaba mi mano— Yo lo sé.


Tomados de la mano, nos quedamos escuchando el bello sonido del alhajero hasta que ambos caímos dormidos.


A eso le siguió una ardua etapa de recuperación sumamente dolorosa. Tuve que cuidar constantemente de que no se infectaran las heridas, por lo que apliqué vendajes que cambié cada que pude, pues no podía estar con Leslie todo el tiempo.

Le apliqué los ungüentos, le hice tomar las medicinas, siempre leyendo el prospecto primero para no matarlo, limpié las lastimaduras y le dejé comida de más para que no pasara hambre, ordenándole que tomara los medicamentos en mi ausencia. Odiaba a mi madre por haberle hecho daño, la odiaba tanto como quería a Leslie, y supe que ella sería capaz de matarlo si tenía la oportunidad por lo cual tracé un plan, le dije a mi madre que a partir de ese día yo me encargaría de subirle la comida a “el mocoso ese”, como lo llamaba en presencia de ella, ya que no quería que mi honrada madre estuviera cerca de esa criatura horrible.


—Pero hijo…


—No insistas, mamá. Yo lo haré. Él huye cuando me ve, así que será mejor. Lo castigaré por ti si lo deseas.


La sonrisa malévola que se formó en su cara me dijo que había ganado, esa mujer era tan fácil. Así me encargué de ser quien alimentara al pequeño y, de paso, lo cuidaba en secreto. Me encargué de las ratas y las alimañas echando veneno en el ático, encerrando a Leslie en el baño para que no le hicieran daño y quitando las maderas de las ventanas para que entrara aire, poniendo de excusa que esos bichos podían andar por toda la casa y poner en peligro la salud de mi madre, cuya vida era lo más importante para mí. Así eliminé fuentes de enfermedad que pudieran afectarle a mi bebé.


Entienda, quien sea que lea este último escrito, que estaba perdidamente enamorado de ese niño. Un sentimiento pecaminoso, sodomita e incestuoso, pero no podía evitarlo. Mi amor era puro, pues sólo quería verle feliz, pero la gente nunca lo comprenderá.

¿Cómo puedo pedirle al mundo que acepte el amor entre dos varones, entre dos hermanos? Pero a mi no me importaba, yo era capaz de hacer lo imposible por él, maquinando incluso mientras dormía cualquier forma que me ayudara a mejorar la vida de mi hermanastro hasta que yo fuera el señor de la casa y pudiera sacarlo de ahí. Estando postrado en la cama, mi amado era un blanco fácil, por lo que le supliqué a mi madre que me dejara tener yo solo la llave del ático.


—No tengo otra forma de evitar que tú te acerques –mentía, y lo hacía con gusto para proteger a Leslie— No permitiré que vuelvas a ver a ese engendro, querida madre. ¿Esta claro?


Y yo aproveché, claro. Le llevé toallas y jabón a mi príncipe, productos para el pelo, otro juego extra de sábanas, ropa interior nueva, medias, abrigos para el invierno, comida y agua en abundancia a diario. Leslie me agradecía con su sonrisa, esa que me hacía volar, e intentaba abrazarme aunque le dolían las heridas a medio cicatrizar. Yo le decía que se quedara quieto, y le daba un beso que él jamás rechazaba. No eran besos de amante, esos que yo había visto en la calle y en las novelas, pero con eso bastaba para hacerme feliz; sin importar las cosas que mi cabeza maquinara de noche, durante el día eso me alcanzaba. Más no debí creerle a la vieja cuando me dio la llave, pues tenía una copia escondida.

Aunque pasó el tiempo, y la espalda de Leslie ya estaba sana, no me había preparado para lo que ocurrió dos días después de darle el alta a mi “paciente”: Apenas me acerqué al ático le escuché gritar y, al entrar, vi a uno de esos horribles gordos inmundos que trabajaban en la herrería del pueblo, metido entre las piernas de mi florcilla, mi brotecito que desconocía todo del mundo, ambos desnudos con el tipo a punto de penetrarle.


Grité de furia, atacándole con mis propios puños. No me di cuenta de que le había golpeado hasta que el tipo cayó al piso sangrando por la nariz. Esa noche peleé con mi madre, que me criticó el haber protegido al hijo del diablo.


—Hijo del diablo o no, es un niño. ¡Un niño, por todos los cielos! ¿Cómo se te ocurre dejar que ese pedófilo, esa bestia sodomita, ese…ese degenerado entre en nuestra casa para cometer un pecado y un acto de violación? Atenta contra la reputación de la familia. ¡Con nuestro honor! Puede que sea hijo del diablo pero, piensa madre, sigue siendo un niño y no es mucho más chico que yo. Ante cualquier juez esto es delito. ¡Podrías ir a la cárcel!


Esa fue la mejor actuación de mi vida. Cuando obligué a mi madre a que me diera todas las copias que tenia de la llave y mandé a cambiar la cerradura, siendo yo el único dueño de la nueva llave, no tuvo fuerzas para oponerse. Siendo honesto, realmente pensaba así de ese tipo, pero no podía pensar así de mí mismo. Yo no quería violarlo, no quería hacerle nada que él no quisiera, mi único deseo era su felicidad. Y no negaré que por las noches mis pensamientos se volvían turbios, especialmente luego de haber visto varias veces su cuerpo desnudo, pero no podía hacerle eso… no quería arriesgarme a que me odiara.


Aún así, sabía que mamá buscaría una forma de entrar al cuarto y hacerle daño, por lo que ideé otro plan. Yo ya tenía dieciocho años, Leslie acusaba diecisiete.

Cuando me miraba en el espejo veía al hombre fuerte en el que me había convertido, ya era dueño de el mismo metro noventa que caracterizó a mi padre en vida, mis espaldas eran anchas y mi rostro era el de un joven bien parecido. Sabía que las mujeres se volvían locas por mí, mis ojos celestes y mi cabello rubio, el cual caía sobre mi cabeza en forma de bucles, mi sonrisa bonachona, la fuerza de mi mandíbula y mi perfil recto, todo eso combinado con un cuerpo fornido y delgado, era suficiente para tener debajo mío a cualquier chica del pueblo o del burdel.


Lo sabía, y usaba ese poder para saciar mi necesidad de Leslie acostándome con mujeres delgadas y pequeñas de largo cabello castaño, como el objeto de mis deseos. La flor que yo cuidaba con tanto esmero en el ático apenas si me llegaba al pecho cuando me abrazaba, pues él nunca creció demasiado. Me preocupó que fuera tan chiquito, tan menudo, me preocupó su piel siempre pálida y su poco desarrollo, pues su cuerpo apenas sí parecía el de un hombre de lo poco que había crecido. En el fondo, a una parte de mi le gustaba que Leslie no creciera, pues se veía más lindo, más delicado, y eso me excitaba por las noches en las que me revolcaba con alguna señorita y yo imaginaba que quien gritaba debajo de mí era él, me excitaba complacerme a mi mismo pensando en Leslie y me gustaba pensar que quizás yo le provocaba lo mismo a él.


Oh, por Dios, he vuelto a irme por las ramas. Dije ya que había ideado un plan más, ¿verdad? Bueno pues eso fue cuando mi madre se fue de viaje una semana, aproveche para sacar todas las porquerías que estaban metidas e el ático diciendo que quería donarlas a caridad. Para que ninguno de los sirvientes que me ayudo vieran a Leslie tuve que encerrarle en el baño durante las horas que duró el proceso, llevándole agua, comida, y libros para que se entretuviera. Saqué las alfombras viejas, los maniquíes, las jaulas, las ropas mohosas, las estatuillas, todo. Bien, casi todo.

Dejé el viejo caballo de madera que a Leslie tanto le gustaba, encontré entre toda esa basura un columpio viejo que mandé a arreglar y lo enganché a la parte mas fuerte del techo para que él tuviera algo con qué divertirse, y dejé dos cofres: Uno era pequeño y tenía muchos juguetes que creí que le gustarían, el otro era tan grande que podría ocultar un cadáver, estaba en perfecto estado y tenía las paredes internas forradas.

Era un escondite perfecto.


—Mira Leslie, yo voy a aflojar los peldaños de las escaleras para que hagan ruido y, si escuchas a alguien venir, quien quiera que sea, te escondes aquí. –abrí el cofre, cuya tapa por suerte era ligera— ¿Puedes levantarlo?


—Hmn… —miró el cofre con suma curiosidad. Yo bajé la tapa, haciéndole una seña para que lo intentara. Cuando pudo subir y bajar la tapa sin mucho esfuerzo, me sonrió— ¡Sí puedo!


—Bien –acaricié su cabeza y le di un beso, como siempre que hacía algo bien. Leslie ya esperaba mis besos, pues se ponía de puntitas para que yo no me agachara y hacía morritos, pidiendo el beso como si de un dulce se tratase— Entonces, te metes aquí dentro. No te asustes, le hice agujeros en una de las paredes y en la tapa para que no te ahogues.

>> Cuando estés seguro de que ya no hay nadie aquí, usas esto. –le mostré una barra de hierro que había sacado de una de las tantas camas viejas que encontré entre el basural— Lo pones así, derecho, y presionas hacia arriba con fuerza para sacar la tapa en caso de que no puedas hacerlo con las manos. Y si te encuentran, puedes usarlo para defenderte. A ver, muéstrame cómo lo haces.


Le pedí que me mostrara como entraba y salía del cofre varias veces, sólo para asegurarme de que no se quedaría encerrado dentro mientras yo no estaba.


—Lo haces bien, tesoro. –Lo besé, esta vez dejando mis labios más tiempo de lo normal contra los suyos— Sabrás que soy yo por que golpearé la puerta, así –dije, mostrándole como lo hacía para que se supiera el sonido. Se rió, imitándolo con la boca y luego pegándole a la tapa del cofre— Exacto, cuando escuches eso quiere decir que yo voy a entrar. Ahora yo tengo la llave, pero no quiere decir que estés a salvo.


—¿Puedo salir? –preguntó, mirándome con los ojos brillantes de ilusión.

Esa vez tuve que negarle con la cabeza, abrazándole fuerte para que no llorara.


—No, Leslie. No puedes por ahora… Si los sirvientes te ven se armaría un escándalo, pero no te preocupes. –Agregué rápidamente, mirándole a los ojos con expresión decidida— Yo te sacaré de aquí a como de lugar e iremos a vivir los dos juntos a cualquier otro sitio.


—¿Lo prometes? –su cara, antes triste, brillaba ahora con una alegría inexplicable. Era tan fácil hacer feliz a Leslie… Tan fácil.


—Lo prometo. Pero a cambio, tú tienes que prometerme una cosa.


—¿Qué quiere Wynton? Haré lo que quiera.


—Wynton quiere que le prometas que no querrás a nadie más que a él. –le dije, con voz contenida de la emoción. Oh, cómo lo amaba, cuánto lo deseaba— Quiero que me prometas que me vas a querer a mí y sólo a mí, no dejarás que nadie más te bese ni nada, ¿lo prometes?


—Lo prometo. No quiero a nadie más que a Wynton.


Yo sabía que eso era sólo porque no conocía a otras personas, sabía que si le sacaba de ahí y le dejaba conocer el mundo, dejaría de quererme. Estaba tan convencido de ello que la idea de sacarlo del ático me asustaba un poco, pero, ya lo había prometido y me preocupaba demasiado su salud para pensar en mis propios intereses egoístas.


—Dices eso porque no conoces a nadie más. Cuando te saque de aquí… cuando veas el mundo. Te vas a ir y me vas a dejar, te olvidarás de mí porque encontrarás otra gente que te quiera.


—¡No! –Exclamó él, mirándome con los cachetes inflados como cuando estaba enojado antes de pegarme en el hombro—. Siempre voy a querer a Wynton. Siempre, siempre, siempre… siempre.


Mientras murmuraba esa palabra una y otra vez, tomó mi cara entre sus manos, la acercó a la suya y me besó. Fue la primera vez que me besó él por propia voluntad, pegó sus labios contra los míos, rodeándome el cuello con ambos brazos para acercarme a su cuerpo y yo, que sentía mi corazón latir con fuerza y mi sangre se llenaba de un calor tan fuerte que me hacía arder el cuerpo entero, rodeé su cinturita con mis manos y lo alcé en vilo pegándole a mi. Estaba ardiendo, todo mi cuerpo ardía, se quemaba de adentro hacía afuera con mil agujas clavándoseme en la piel, impidiéndome respirar mientras le llenaba la cara de besos y escuchaba los suspiros que esa boca que tanto había deseado comerme soltaba.


—Wynton… Quiero a Wynton. Quiero…


—Te quiero, Leslie. No te imaginas cuánto, no sabes lo que causas en mi. Desde hace años, tantos años, que yo…


No pude decir nada más, mi voz no salió de mi garganta. Volví a besarle con la sangre golpeándome las sienes, empujando apenas sus labios con los míos hasta que Leslie entreabrió la boca y, aceptando su invitación, mi lengua inquieta franqueó el paso para adentrarse en la cálida cavidad ajena que no tardó en intentar explorar. Él gimió, pegándose más a mí.


—Mmhgm.


Eso fue música para mis oídos. Exploré su boca suavemente, tratando de no asustarle, más Leslie me sorprendió correspondiéndome el beso a una velocidad increíble. Nuestras lenguas se acariciaban lujuriosamente en nuestras bocas y fuera de ellas, mis manos, muy disimuladamente, recorrían su espalda de arriba abajo por encima de la tela del vestido amarillo que tenía puesto. A él le gustaba mucho ponerse ropas de chica, decía que eran más lindas y cómodas, nunca estuve tan de acuerdo como en ésa ocasión.

Estaba perdido, ya nada me importaba más que la boca de la cual me había hecho dueño, sus labios tan suaves, el calor de su cuerpo… Estaba tomando todo a lo que me había resistido por años y Leslie se entregaba a los mandatos de mi cuerpo y mi boca tan dócilmente que me asustaba.


Lo llevé a la cama, depositándole ahí suavemente mientras descendía por su mentón a besos hasta llegar a su cuello. Él, mi niño, mi sueño, la criatura a la que tanto había deseado en sueños, ahora estaba en verdad debajo de mí, soltando suspiros y ruiditos placenteros ante mis caricias que le hacían estremecer y sonrojarse como nunca antes. Él temblaba a la par que mi lengua saboreaba por entero la piel de su cuello, mordisqueándole para dejarle marcas de propiedad así todo el mundo sabría que él no podía ser tocado por nadie que no fuera yo.


—Amhn… Wynton.


—Tienes un cuerpo muy sensible, mi amor. Mi Leslie. Mi pequeño y dulce Leslie.


Como no quería espantarlo, y sabía que no iba a poder detenerme, recorrí su cuerpo muy suavemente por encima de la ropa. Él tembló, un temblor que me envió un escalofrío a toda mi espalda, excitándome más ante la idea de quitarle la ropa. Ya lo había visto desnudo varías veces pero ese momento fue distinto, no iba a desvestirle para curarlo, para bañarlo, ni nada similar, iba a desvestirle para hacerlo mío. Bajé por su cuello a mordiscos, entre tanto, con un solo dedo fui desabotonándole el vestido hasta poder abrirlo, maravillándome con el espectáculo de su piel blanca.

Era tal y como lo había imaginado en mis mas locas fantasías sexuales, pequeño, pálido, su piel despedía el aroma a rosas del jabón que yo le había dado y su pecho subía y bajaba al compás de su agitada respiración. Quise comerme los botones rozados que eran sus pezones, relamiéndome los labios al verlos erguidos. Sus piernas torneadas, su cintura que a partir de ese momento fui capaz de estrechar entre mis manos, el incipiente bulto en sus trusas, todo eso me enamoró más de él e hizo despertar al monstruo lujurioso que habitaba en mí, aquel monstruo que yo solía descargar en las putas y las chicas fáciles del pueblo.


—Eres tan hermoso, tan lindo. –Susurré en su oído, sacándole un jadeo suave— Me gustas mucho, Leslie. Te amo.


Yo hablaba casi sin respirar, demasiado emocionado siquiera para pensar en ello. Me incliné a lamerle la oreja, chupándole el lóbulo a la par que las yemas de mis dedos subían y bajaban desde sus hombros a sus muslos, acariciándole dócilmente para hacerlo sentir más sin que se asustara. Las respuestas de Leslie a mis estímulos me enloquecieron el doble, aún vivo el momento como si fuera la primera vez… Sigue vivo en mi mente cual si ningún otro día hubiese llegado después de aquél. Su rostro estaba tan rojo, sus labios humedecidos e hinchados de tanto mordérselos, entrecerraba los ojos como si sólo pudiera sentir mis caricias y cada pulgada de su cuerpo se tornó de un rosa muy bonito.


—Wynton. Mmh, Wynton. –gemía entre susurros, aferrándose a las sabanas con fuerza, entre tanto, mis dedos acariciaban despacio la aureola de sus pezones, dándoles golpecitos a la punta de ellos provocando que arqueara la espalda— ¡Aah!

W—wynton. –sollozó, abriendo apenas los ojos para mirarme con el rostro sonrojado, sin poder respirar. Su cabello se desparramó sobre la cama. Desde ese entonces siempre le hice usar el cabello suelto y largo— Hace calor. Tengo mucho calor, Wynton. Se siente raro.


—Pero dime, ¿te gusta? Necesito saberlo para no lastimarte, cielo mío –estaba excitado al punto que me dolía, pero mi meta seguía siendo el disfrute de Leslie. Me quité la camisa, dejando que él me contemplara, impresionado por mi físico, y baje a lamerle uno de sus pezones con toda la paciencia del mundo, acariciándole el otro— Mnnh, dímelo, ¿te gusta como te toco?


—A—amh… —jadeó, cerrando los ojos— Sí me gusta. Quiero más, quiero que lo hagas más. No pares.


Su voz suplicante hacía mella con brutalidad en mi excitación, no dudé en corresponder sus deseos, bajando mis manos a recorrer posesivamente sus muslos mientras tomaba el otro pezón erecto entre mis manos, chupándolo más. Leslie gemía debajo de mí, retorciéndose lujuriosamente sobre las sábanas con una expresión sublime que me hacía dudar de su humanidad. Seguramente estaba corrompiendo a un ángel, debía de estar arrastrando a una criatura pura del Señor al mismísimo infierno conmigo y mis placeres carnales, con todo no podía odiarme a mi mismo por lo que estaba haciendo ni por lo que sentía.

Mis manos le recorrían por entero, buscando excitarle, sacarle más de esos grititos tan sensuales, y él respondía arqueando la espalda entre jadeos guturales, clavándome las uñas en la espalda.


—Leslie. Leslie, mi amor –suspiraba yo, besando su vientre completo, lamiendo alrededor de su ombligo— Te amo, cariño. Te amo muchísimo.


—Wynton… Wynton, yo…

—Sshh. –cubrí sus labios con los míos, besándole fogosamente. Él no dudó en abrazarme una vez más y pegarse a mi cuerpo, lo que me permitió sentir mi sexo, aprisionado en mis pantalones y mi ropa interior, junto a su sexo, separado del mío por las trusas. Reprimí el gemido que intentó salir de mi garganta cuando comencé a frotarme contra él imitando la penetración, buscando provocarle y provocarme a mi mismo— Agh, Leslie. Me excitas tanto. ¿Seguro que quieres seguir, cariño? Muero por hacerte mío pero puede que te duela un poco.


Mas él simplemente me dejó oír un gemido gutural, frotándose por su cuenta contra mi cuerpo sin soltarse de mí.


—Sí quiero, Wynton. –Él siempre pronunciaba mi nombre como si fuera un conjuro protector— Quiero que, esto, ¿cómo se dice?


Pese a la calentura del momento, eso me sacó una sonrisa.


—¿Ser mío? ¿Volverte uno conmigo para que nadie nunca, nunca, nunca nos pueda separar?


—Sí, eso. Eso es lo que quiero. –sus ojos, siempre de muñeca, estaban llenos de una cantidad indescriptible de emociones: amor, lujuria, pasión, un poco de temor.

De niño siempre quise ver emociones en él y lo había logrado, finalmente me mostraba su verdadero yo y no podía estar más feliz. Él me acarició el rostro con ternura, mirándome fijamente, como si fuera la primera vez que contemplara mi rostro, el cual tomó entre sus manos y lo acercó a su boca una vez más para darme un beso abrasador— Ser uno y que no nos separen nunca.


Sé que lo manipulé con mis palabras, pero realmente lo amaba. Mi amor no tenía fronteras ni límites, era incondicional, más la idea de perderlo me producía tal congoja que no la podía soportar. Lo quería para mí, quería cuidarlo y protegerlo por siempre para que caminara a mi lado, tomado de mi mano, sonriéndome durante el día, gimiendo mi nombre en la noche. No importaban los lazos de sangre, ni ser hombres, ni el hecho de que todo el mundo iba a ponerse en mi contra o que, algún día, Leslie supiera que lo que estábamos haciendo no era bien visto o se enamorase de alguien más y me dejara, pues para mí no existía nada mas. Y, durante todo el tiempo que Leslie estuvo conmigo, fui el hombre más feliz del mundo. Seguiría siéndolo si ese bastardo, ese desgraciado que le cortó las alas a mi ángel y pisoteó a la flor más hermosa del mundo como si fuera simple maleza, no me lo hubiera arrebatado en un acto imperdonable de pura crueldad.


Nos desvestimos mutuamente, recorriéndonos sin reservas nuestros cuerpos desnudos sin siquiera sentir pudor. Yo paseaba mi lengua por sobre toda su piel, saboreándola, y las manos de Leslie, quién gemía ahogadamente mi nombre en un suspiro de puro placer, aleteaban entre los músculos de mi pecho y mi espalda haciéndome desearlo más y más. Él se sujetaba con fuerza, jadeando contra mi oído, lamiéndome el sudor de las mejillas y las sienes a la par que yo gruñía por lo bajo, moviendo cadenciosamente nuestras caderas juntas en un vaivén sin control. Descendí de nuevo por su pecho, llenándolo de marcas y besos, memorizándome cada palmo de su cuerpo, la suavidad de su piel y su olor, bajando cada vez más entre tanto él me rasguñaba deliciosamente la espalda y suplicaba que no me detuviera. Coloqué sus piernas en mis hombros, besando suavemente su miembro erguido, rojo de excitación como el mío, y Leslie me dejó escuchar un gruñido gutural que se convirtió en el sonido más bello que jamás pude haber escuchado.


—¿Te gusta esto, cielo? –Murmuré, rozando su sexo desde la base a la punta, saqué después la lengua para poder tocarlo, cosa que me causó mucho placer— ¿Se siente bien?


—Mmhg… Ahh, Wynton. Wynton, Wynton.


Tomé eso por un sí. Mi nombre fue perdiéndose entre los sonidos que escapaban de su boca, yo me perdí en la pronunciación de mi nombre en aquellos labios de pétalos a los que podría haberme arrojado para que me devorasen y así viajar hasta el vientre de mi amado, viviendo allí por siempre.


Metido entre sus piernas, me dediqué a lamer por entero esa extensión de su cuerpo palpitante, a lo que Leslie respondió con sendos grititos de goce. Chilló mi nombre y se retorcía, suplicó más tal y como en mis alocadas fantasías nocturnas, no obstante lo que viví allí fue real, tan real que, por un instante alocado, incluso dudé de que fuera cierto. Fue mucho mejor que cualquier fantasía, ser el único que lo había visto de esa forma, probar su cuerpo, tocarlo, el haberlo tenido sólo para mí. Nada, ni siquiera el opio que he consumido desde su ausencia, ha sido mejor que eso.

Yo gemía su nombre también, pues sentía placer al verle gozas así y, Dios, sus reacciones, sus expresiones, eran lo que más me volvían loco; incluso cuando envolví su falo hasta la mitad con mi boca, arqueó la espalda violentamente y tomó mi cabeza con ambas manos, empujándola para entrar más en mi boca.


—¡Ahh, Wynton!


Chupé con fruición, no podía resistirme a aquellos pedidos solícitos de gozo y arremetí contra su excitación cual si fuera la cura para cualquier enfermedad. Le lamí de la punta a los genitales, mordí todo el tronco endurecido, lamiéndole la punta más tarde a lo que mi Leslie gritó de una manera exquisita y arqueó la espalda hasta el límite de lo imposible, derramándose en mi garganta cuando bajé la piel del prepucio y lo volví a succionar. Su cuerpo, perlado en sudor y agitado, cayó contra la cama quizás en busca de un descanso que no le concedí, pues comencé a masturbarle rápidamente para volverlo a incitar mientras tanto yo me relamía los labios deleitado con su esencia.


—Mi amor, eres tan lindo. –le decía yo, besando sus muslos entre los que me hallaba, cuando volvió a endurecerse— Estás tan caliente, húmedo, duro de nuevo. No sabes la cantidad de noches que he soñado cosas así. Estoy tan decepcionado.


—¿P—por qué? –me dijo, mirándome con su dulce rostro sumido de nuevo en la lujuria.


—Porque mis sueños no son nada, absolutamente nada, comparados con todo esto.


Se abalanzó sobre mi boca con una gran sonrisa y me besó, pegándose nuevamente a mí. Su lengua entraba a mi boca y recorría cada rincón como si fuera un experto en besos, derritiéndome por dentro.


—Ahora tengo que prepararte, bebé, o sino te dolerá. Sólo relájate, ¿si? Me detendré si no quieres seguir.


Él me miró con aquellos ojazos brillantes, seguramente demasiado asustado con lo que venía al recordar al herrero que había intentado violarle.


—¿Dolerá?


—Un poco, al principio. Después de eso se sentirá tan bien como hasta ahora, ¿te hice sentir bien hasta hace unos instantes, no? –Leslie asintió— ¿Ves? No te preocupes, angelito. –besé su frente, tratando de darle valor y, para que no se negara, apreté un poco más su sexo. Leslie se tensó— Juró que pararé si te lastimo, no voy a hacerte daño nunca. Confía en mí.


No espere a su respuesta. Bajé inmediatamente y sin preámbulos a su entrepierna, volviendo a lamer otra vez su miembro ya húmedo. Tenía que enloquecerle como antes, dejarlo tan a mi merced como había estado hacía unos segundos. Lamí sus ingles, disfrutando con cada espasmo que su cuerpo sufría y cada chillido que de su garganta salía. Esperé a que me pidiera más muy pacientemente y, cuando lo hizo, descendí al sacro lugar el cual quería profanar, tocándole apenas con mi lengua. Leslie se tensó, diciendo que eso se sentía muy raro, pero no me detuve y le sujeté por los muslos para poder lamer su entrada virgen, explorándola con la boca. Mi niño gritó y chillo, movió las caderas hacía mi lengua y me dejó abarcarla lo más que pude con ella, me excité por demás cuando lo vi, en medio de su desesperación, llevarse una mano al miembro masturbándose como yo se lo había hecho. Necesitaba entrar, en ese momento estaba al límite de mi autocontrol, al límite de todo, por lo que humedecí mi dedo ensanchando su entrada con él solo el tiempo suficiente para no hacerle daño, tratando de no acabar por sus gritos.


Me acomodé cuidadosamente entre sus piernas, acariciando su virgen cavidad con mi sexo antes de ingresar lentamente. Leslie se quejó, gimoteó que le dolía y quería parar, pero yo no podía detenerme a esas alturas. La estrechez tan caliente en la que me encontraba casi me robaba el juicio, apenas podía controlar los jadeos y mi respiración, que me obligué a mi mismo a abrazarlo fuerte y entrar lo más despacio posible mientras le murmuraba palabras bonitas al oído y besaba sus lágrimas, diciéndole que, si parábamos, ya no podríamos ser uno. Cuando finalmente estuve dentro por completo, me desvanecí un instante sobre el pecho de Leslie abstraído en el aprisionamiento mas gozoso que había sentido nunca.

Tuve que controlarme mucho para no continuar y lastimarle, esperé hasta que dejó de llorar y lo masturbé, tratando de hacerle pasar el dolor lo más rápido posible; hubo un momento en el que Leslie me miró fijamente a los ojos, con los suyos enmarcados por las pestañas repletas de lágrimas entre hebra y hebra, y rodeó mi cuello con sus brazos para besarme salvajemente, fregándose contra mi cuerpo por instinto.


Empecé a moverme, viendo sus reacciones: a la primer embestida hizo una mueca de dolor, a la segunda, sus uñas se clavaron con menos fuerza en mi espalda, a la tercera, más rápida, gimió hondamente, y a la cuarta su rostro se convirtió en un decálogo del placer.

Me hundí en su cuerpo una y otra vez, besándole alocadamente mientras entrelazaba nuestras manos y gemía contra su piel y su boca, jadeando su nombre, gritando casi tan alto como Leslie quien movía las caderas siguiéndome el compás. Me excitaban sus mordidas en mi hombro y mi cuello, los apretones hacia mi sexo que provocaban los espasmos me hacían delirar, estábamos los dos sumidos en un candente círculo de pasión en el que nos fundíamos mutuamente y nos devorábamos para tener un poco del otro en nuestro interior. Llegó el momento en que el cuerpecito sin acostumbrar de mi ahora desflorado hermanastro no aguantó mucho más y acabó en nuestros vientres, gruñendo contra mi oído de puro placer, aprisionándome en su cálido interior a la vez que me dejaba ver el hermoso brillo en sus ojos que se formó cuando tuvo su orgasmo. No tardé mucho en seguirle, mascullando su nombre entremezclado con un gemido, cayendo contra él luego. Nos abrazamos.

Permanecimos en silencio varios minutos, escuchando únicamente el ritmo acelerado de nuestras respiraciones. Yo creí que cualquier palabra arruinaría el momento pero Leslie fue el primero que, tras una bocanada de aire, decidió hablar.


—¿Ahora somos uno? ¿No nos van a separar?


Apoyado contra su pecho, no pude evitar sonreír con dulzura y alzar la vista para verle.


—Claro que sí. Te hice mío. Ahora nada ni nadie nos podrá separar.


—Lo que hicimos –temblé, ¿pensaría que estaba mal?—, se sintió muy bien aunque dolió un poquito. ¿Qué es eso?


—Eso se llama “hacer el amor”, Leslie. Lo hice contigo porque te amo y quiero estar contigo siempre. Lo hacen las personas que se aman.


—Yo te amo. Te amo mucho, mucho, Wynton.


—Lo sé. Por eso… —inclinándome sobre él, le di un beso de tornillo que me dejó sin aliento, dejando caer mi frente sobre la suya con los ojos cerrados a la par que acariciaba sus labios con mi pulgar— Nunca debes dejar que nadie más que yo te toque y te bese de esa manera. Si me amas de verdad, si sólo quieres estar conmigo, nunca permitirás que otro te haga esto. Eso significaría que ya no me quieres, dejaremos de ser uno y te separaran de mí. ¿Lo entiendes, verdad cariño?


—Lo entiendo. No debo dejar que nadie me toque. –repitió, sonriéndome. Esa sonrisa que tanto me gustaba— Pero yo no quiero que nadie más lo haga, porque solo te quiero a ti.


Respiré hondo su fragancia, creyéndole. Siempre le creí todo lo que me decía. Si no hubiera dejado de creerle, él ahora estaría conmigo.


—Dímelo, Leslie. Dime que me amas.


—Yo te amo.


—¿Cuánto me amas?


—Hasta el cielo y los mares, hasta el más allá.


—¿Me vas a amar siempre?


Leslie besó tiernamente mis labios, antes de abrazarme hacia su pecho, dejando que me recostara sobre él mientras enredaba sus dedos en mi cabello.


—Por siempre jamás.

Mi felicidad no tenía comparación alguna. Leslie estaba lo más
confortable que podía, nadie le hacía daño, y yo lo tenía para mí.
Hacía el amor con él todas las noches, lo visitaba durante el día para
contarle sobre la escuela y cosas de afuera, prometiéndole que lo
sacaría pronto, e inmediatamente volvíamos a hacer el amor. Yo era
feliz. El mundo era hermoso, la gente era bella, las flores más
coloridas, la música más delicada. Pero pronto la sombra se extendió
por sobre mi dicha, y esa sombra era mi propia madre que comenzaba
a ver con malos ojos que yo desapareciera tan seguido, sospechando
de mí por vez primera. No recuerdo mucho de esos malos momentos
pues, desde que estuve con Leslie, solamente recuerdo los buenos
tiempos a su lado, lo único que recuerdo era la amenaza que ella
representaba para mí. Tenía que hacerla desaparecer antes de que se
enterara y me quitara la herencia, o peor, antes de que se enterara e
hiriera a Leslie.

Le dije a Leslie que mi madre estaba enferma, por lo que no iría a
verlo durante el día, sino por las noches. Y a mi madre comencé a
llevarle el desayuno a la cama. A la semana, ella deliraba y se
desmayaba, creía que estaba encerrada en los cuartos que estaban
abiertos, que las cosas se incendiaban o alguien la acechaba. Murió
unos meses después, cayéndose de la escalera. No pedí una autopsia,
pues se había roto el cuello, y mandé a quemar su cuerpo para ocultar
todo vestigio del jugo de amapolas que había echado en los
desayunos para embotarle la mente y poder hacerle creer al mundo
entero que mi madre había enloquecido mientras yo la encerraba en
cuartos o preparaba incendios controlados. Si creen que la gente
sospechó de mí, se equivocan. Me mostré consternado durante toda la
etapa de locura de mi madre, advertí a todos los sirvientes que
pusieran guardas de seguridad en los lugares peligrosos, la cuidé
durante su etapa de postrado y me mostré sumamente deprimido
durante su funeral.

Empujarla por las escaleras había sido fácil. Allí comenzó mi
verdadera época de felicidad; cuando pude quedarme con el dinero de
toda mi familia le pague indemnizaciones enormes a los sirvientes y
los despedí, puse la casa en venta, en alquiler todos los terrenos en
aquel pueblo e hice la maleta. Corrijo, las maletas, porque Leslie fue
conmigo de viaje, escondido hasta la frontera del pueblo en el cofre
que mi carro cargó. Al salir, no lo pudo creer. Desde hacía años que
no veía el cielo, ya había olvidado cómo era pisar el césped y el
perfume de las flores.

—Ven conmigo, mi amor —le dije aquella vez, besándolo
mientras conducía—. Nos vamos a una gran aventura.

Y de verdad fue una gran aventura. Viajamos por el mundo de
pueblo en pueblo, de país en país, gozando de la fortuna que mi
familia me había dejado y yo aumentaba cuanto podía con mis
transacciones. Arrendaba tierras, alquilaba casas pertenecientes a mis
antepasados, construía otras y las vendía, o invertía en negocios con
futuro. No me permitía el equivocarme, pues ahora tenía a quien
cuidar y proteger, ya que Leslie dependía por entero de mí. Yo le
compraba vestidos, muñecos, libros, le di un perro labrador para que
jugara mientras le enseñaba a montar a caballo por los acantilados de
Escocia. Le di velos cuando estuvimos en Marruecos, le compré
huevos Fabergé en Rusia, castañuelas en España, y Leslie sonreía,
contento con las cosas con que le obsequiaba, ondeando su cabello y
sus vestidos al viento mientras me tomaba de la mano pidiéndome
que le explicara qué eran esas cositas cuadradas de color blanco.

—Cubos de azúcar, mi amor —le respondía, y le daba uno a la
boca para que lo probara.

Hacíamos el amor todas las noches, varias veces y de formas
diferentes, yo ponía toda mi entrega en ello, excitándome, amándolo
cada vez más cuando él me tomaba entre sus brazos y me pedía que
lo hiciera de vuelta; cuando, al terminar, acariciaba mis cabellos
susurrándome que me amaba. Viajábamos constantemente,
permaneciendo apenas el tiempo suficiente para que yo pudiera
estudiar medicina de forma autodidacta. Vivíamos en alguna posada,
ya que a Leslie le gustaban las casas sencillas, o alquilábamos alguna
el tiempo de nuestra estadía, y yo contrataba un tutor para que mi
amado aprendiera a hablar como correspondía, corrigiera su letra
desprolija, a hacer sumas, algo de historia y, claro está, música.
Muchos de los tutores se quejaban de la lentitud de Leslie para
aprender, acusándolo de ser tonto o idiota, pero yo los despedía
enseguida y contrataba a alguien más pues sabía bien que mi amor no
era tonto, sino algo lento por todo el tiempo que estuvo encerrado.

La profesora Mimmet logró, con su método particular y novedoso,
que Leslie llegara a un nivel aceptable de comprensión y
entendimiento, que fue avanzando a paso lento pero seguro. Cuando
pudo hablar como alguien normal, comenzó a sentir más curiosidad
por aprender cosas nuevas y estudiaba el doble, pasando horas
conmigo sentado frente a la chimenea parloteando sin cesar sobre lo
que había aprendido. Él nunca me pedía nada, era yo quien se lo
compraba todo. Después de todo, Leslie me regalaba su amor y su
compañía día y noche, aprendía a tocar en el piano los temas que a mí
me gustaban. Los años pasaban, yo sabía que la burbuja de dicha
desaparecería algún día, cuando Leslie comprendiera que lo había
manipulado para que me quisiera, para que dependiera sólo de mí, y
por dentro rogaba que nunca lo hiciera o se diera cuenta de que todo
lo que hice, había sido por mi amor a él.

Quería protegerlo. Protegerlo de la maldad de este mundo oscuro e
inmundo en el que fuimos obligados a nacer para corrompernos más,
un lugar donde criaturas puras como él, que gustaba de comer dulces,
cocinar, hacer coronas con margaritas para regalárselas a los
transeúntes y tocar la misma sonata que su cajita de música en piano,
no podía vivir.

Un día, durante sus caminatas diurnas que yo jamás le permitía
hacer solo, un hombre se le acercó. Los vi hablar a los lejos, escuché
la risa melodiosa de mi querido Leslie, quien tenía una corona en la
cabeza y usaba el vestido rosa que yo le había regalado para su
cumpleaños. Sabía también que varios tipos del pueblo en el que
ahora vivíamos durante los exámenes de medicina, un tal Lord
Barrimore, siempre estaba siguiéndolo y tratando de hablar con él. No
me gustaba nada, nadie tenía derecho de mirarlo con mis mismos
ojos, ni desearlo como yo lo hacía. A veces olvidaba que Leslie se
vestía como mujer, y no era una. Si yo le hubiera pedido que usara
ropa de hombre él hubiera aceptado y los pretendientes hubiesen
desaparecido.

Los días siguientes Leslie siguió yendo al mismo lugar para
encontrarse con esa persona, o eso creía yo, muerto de celos, hasta
que un día decidí seguirlo. Lo vi sentado en un banco junto a una
persona que le daba un paquete y le dio un pico en los labios.

—¡Leslie! —grité en aquella ocasión. Esa persona, a quien yo no
pude ver, salió huyendo mientras que Leslie corría hacia mí con esa
sonrisa, como si nada hubiera pasado. Allí estaba él, con la corona de
flores, con su sonrisa, ondeando su vestido azul al viento,
escondiendo aquel paquete misterioso de mis ojos. Cuando quiso
darme un beso en la mejilla, mi mano reaccionó sola y lo abofeteé.

Lo llevé a casa a rastras gritándole cosas tan horribles e hirientes
que no me van a alcanzar siete vidas para compensar el daño o
arrepentirme, lo acusé de engañarme, le grité que si ya no me amaba
bien podía irse de la casa con cualquier otro hombre. Estaba ido de
furia y desengaño amoroso, rugiendo por los celos al imaginar que él
quería a alguien más. Leslie se echó a llorar en la cama donde lo
arrojé, conteniéndome para no descargar mi ira en su cuerpo pues eso
me convertiría en mi madre, y él me repetía una y otra vez que no me
estaba engañando.

—¡Te amo! —me gritó, mirándome desde la cama con los ojos
arrasados en lágrimas—. No sabes siquiera lo que ha pasado, no sabes
ni quién es esa persona. ¿Cómo puedes dudar de mí? ¿Por qué no me
crees?

—Ya no sé qué creer, Leslie. ¡No lo sé! ¿Qué quieres que piense
cuando tú andas correteando de un lado al otro con esos vestidos,
exhibiéndote delante de cualquiera que se te cruza? ¿Qué es lo que
quieres, saber si existe alguien que te quiera más que yo, saber si se
siente mejor acostarte con otro?


—¡No! Por favor, Wynton… Por favor, yo te amo. ¿Qué tengo
que hacer para que recuerdes cuánto te amo? Jamás dejaría que otro
me tocase, eres el único.

Pero yo no podía creerle. Me negué a creerle, pues era el camino
más fácil para sentirme menos culpable y no aceptar que me había
equivocado. Era mucho más sencillo que creerle y vivir con la eterna
sospecha de cuándo me dejaría.

Lean entre líneas. Lo traicioné al no creerle, lo traicioné al
golpearlo y mirarlo con el mismo odio que mi madre había sentido
por él años atrás, lo traicioné cuando, por un instante en el que yo creí
ver la confirmación de mis más profundos temores, lo hice sufrir y le
di la espalda, como prometí que nunca lo haría. Yo lo oía llorar todas
las noches desde mi despacho, donde leía, y trataba de ignorarlo. …l
dejó de comer, yo no hice nada. Se me partía el corazón en dos, la
voz en mi interior clamaba por pedirle perdón y rogarle que volviera a
amarme, pero no lo hice.

Una noche, alguien llamó a mi puerta. Era el chico italiano que
atendía la panadería donde a veces Leslie pasaba las horas comiendo
dulces u observando cómo cocinaban, llenándose del olor a chocolate
y golosinas. El chico, a quien yo no había reconocido al principio, me
dijo que estaba preocupado por Leslie. Qué cara habría puesto yo al
enterarme de que era él la persona con la que Leslie se encontraba en
el parque y, antes de que yo lo matara a golpes, agregó que era porque
quería aprender a hacer un pastel para mi cumpleaños y le pidió de
comprarme un regalo.

—Usted nunca la deja ir sola al pueblo, así que... —Al igual que el
resto, creían que Leslie era mujer—. Me asusté cuando lo vi tan
enfadado, por eso salí corriendo al verlo. Por favor, no la castigue,
ella quería que fuera una sorpresa.

¡Pero claro! ¡Mi cumpleaños iba a ser la semana siguiente y yo lo
había olvidado! Corrí a mi despacho, buscando entre papeles y libros
el paquete que yo le había quitado a mi hermanastro hasta que lo
encontré y lo abrí. Adentro había un estetoscopio con una tarjeta que
rezaba:

¡Feliz cumpleaños! No te esperabas esto, ¿verdad? Estoy seguro
de que serás un gran, gran médico. Y yo voy a estar ahí para verlo.
Te ama con todo su corazón,
Leslie


—¡Leslie! —grité, corriendo escaleras arriba para ir a verlo y
rogar por su perdón, llorando lágrimas de sangre por no haberle
creído. Mas mi Leslie no estaba en su habitación, ni en el jardín, ni en
el salón de música.

No estaba en la casa, había huido. Huyó de mi frialdad y mi
desconfianza, huyó de mis reproches y mis palabras crueles que le
hacían llorar.

Había huido de mí.

Fueron los dos días más largos, oscuros y horribles de mi
miserable existencia. Envié a todos los sirvientes a buscarlo, a la
policía, incluso yo mismo fui en su búsqueda por todos los rincones
de la aldea sin encontrar nada. Estaba devastado, ¿a dónde había ido
mi Leslie? ¿Estaría bien? ¿Tenía hambre? ¿Pasaba frío? ¿Alguien
había intentado dañarlo? La angustia que me embargaba, el dolor en
mi pecho me decía que no podía estar bien, que algo malo le había
pasado y yo tenía que encontrarlo.

Pero él volvió solo durante la noche de tormenta del segundo día.
Yo estaba frente a la chimenea, bebiendo whisky tras whisky para
ahogar mis penas mientras le rogaba al cielo que estuviera bien,
suplicándoles a los ángeles por una oportunidad de verlo y pedirle
perdón, cuando escuché un ruido sordo en medio de la tormenta,
como si alguien golpeara la puerta.

—¿Leslie? —me dije, esperanzado. Corrí hacía la entrada,
abriendo la puerta de golpe y, sí, me encontré con Leslie, pero no de
la forma que esperaba—. ¡Díos mío!

Mi precioso ángel estaba lastimado, herido. Su cuerpo entero
cubierto de magullones y horribles marcas, la ropa desgarrada y
cubierta de sangre, su cabello, antes hermoso, estaba mezclado con
barro y parecía que lo habían cortado con tijeras oxidadas. Le habían
hecho tanto daño que grité a lo alto, maldiciéndome a mí mismo por
permitir que esto hubiera pasado, por haber dudado de él y obligarlo a
huir, pidiendo que un rayo cayera sobre el inhumano ser que había
lastimado así a mi flor. Mi preciosa flor.

Sucedió lo inevitable, por más que intenté curarlo como aquella
vez cuando le azotaron. No sólo su cuerpo estaba herido, su mente,
pobre brotecito que había quedado varado en el tiempo después del
incidente y su corazón, al cual yo había maltratado tanto, estaban
igual de rotos. Traté de sanarlo, intenté con todas mis fuerzas que él
dejara de mirar al techo con esa expresión de muñeca de porcelana en
su rostro otra vez, le di el osito de su madre y le abría el alhajero
musical para que escuchara la sonata, pero nada funcionaba. Sólo
comía si yo le daba de comer, no bebía por su cuenta, era como si
realmente se hubiera convertido en una flor muerta, un vegetal al que
ahora debía de cuidar esperando que renaciera y brotara otra vez.
Pero no lo hizo. Quedó allí, suspendido entre el mundo real y el
interior de su cabeza tanto tiempo que comenzaba a volverme loco.
Yo le hablaba a todas horas, le contaba sobre los exámenes, después
sobre la clínica gratuita que quería fundar, acariciaba su cabello y se
lo peinaba, viendo cómo volvía a crecerle tan largo como antes. Mas
Leslie no me respondía. Y en vez de mejorar, parecía empeorar pues
su cuerpo se volvía más débil con cada día que pasaba.

Necesitaba saber quién había hecho tal cosa, quién había sido el
que le había arrancado la vida a mi amor. Y recurrí a las putas del
burdel, quienes lo sabían todo de todos y podían contarte hasta el más
íntimo secreto de cualquier persona si pagabas el precio apropiado.
Una de ellas me contó que Lord Barrimore había ido allí hacía
algunas semanas con su grupo de amigos, todos borrachos, gritando a
los cuatro vientos que había violado a un chico que se vestía de
mujer.

—¿Qué otra cosa dijo?

—Pues que al principio creyó que era una mujer pero que, cuando
lo desvistió y vio que era un tío, lo golpeó y lo violó una y otra vez.
Parece que sus amigos estaban ahí y también participaron.

—Dime sus nombres y te daré tanto oro que no volverás a abrir las
piernas para nadie.

Les envié a todos un trozo del vestido de Leslie y sus cabellos,
como si quisiera avisarles de lo que les esperaba. Fueron muriendo
uno a uno como las moscas que eran, de forma terrible y dolorosa
como le había pedido al sicario, a quien también ordené que me
trajera al imbécil de Barrimore para matarlo yo mismo. Como si fuera
una señal, con cada muerte, Leslie mejoraba un poco. Comenzó a
pestañear y a sonreír, dejó de mirar el techo todo el tiempo aunque no
hablaba, su rostro volvía a ser el de antes y yo creía que era un
milagro, los dioses debían de estar compensándome por mi empeño,
por el amor que sentía por él.

Habrán supuesto ya que eso no era verdad. La mente de Leslie
seguía trabada en el pasado, en aquellos días de viajes y cosas nuevas
a veces, en las épocas de encierro otras, a veces ni siquiera sabía
quién era yo. Cada día que despertaba, mientras los bastardos morían,
me miraba a los ojos con una sonrisa y me preguntaba: «¿Quién soy
hoy? »

Ése era mi castigo por haberlo lastimado. Cuidar de él con todo mi
amor sin que pudiera recordarme. Ahora pienso en lo que debería
haber sentido él siendo cuidado por un extraño, un desconocido que
le decía que lo amaba y le pedía perdón apenas abría los ojos por si
las dudas recordaba. Mi Leslie finalmente me había olvidado, tal
como yo siempre temí, y era mucho peor a lo que yo me había
esperado. Si me hubiera dejado por alguien más hubiera podido
soportarlo mejor, pues aún viviría en su mente los recuerdos de
aquellos viejos días juntos, sabría mi nombre, reconocería mi voz o
mi rostro… Pero este olvido, en el que no sabía quién era ni cómo me
llamaba yo, en el que no recordaba todo lo que le enseñé de las
mariposas que ahora volvía a repetirle como una letanía mientras
esperaba que eso le ayudara a recordar, este olvido maldito que ni
siquiera le permitía recordar todo el amor que le di era devastador.

A veces quería matarlo para que dejara de preguntarme quién era
yo y quién era él, mas no podía. Al verlo dormir recordaba lo mucho
que lo amaba, creciendo ese sentimiento junto con el dolor en mi
pecho. El día en que mi sicario trajo a Barrimore ante mí, Leslie
volvió a despertar.

—¡Wynton! —gritó—. Wynton, ¿dónde estás?

Y yo, creyendo que finalmente había enloquecido, corrí hacia la
habitación a toda máquina, echándome sobre él en un fuerte abrazo
llorando a mares por escucharle finalmente decir mi nombre.

—¡Leslie! Oh, Leslie, mi amor, mi vida, mi alma, finalmente te
acuerdas. ¿Sabes quién soy, verdad? Dime que sabes quién soy, te lo
suplico.

Él se rió de mí como en los viejos tiempos, mirándome con su cara
recobrando el brillo anterior.

—Claro que lo sé, tontito. Eres Wynton, la persona que más
quiero en el mundo.

—Me recuerdas —murmuré, apretándole contra mi pecho. Su
cuerpo se sentía frío, pero no le presté atención—. De verdad me
recuerdas. Dime, amor, ¿sabes en qué día estamos?

Al principio dudó, y arrugó la frente, pero luego abrió la boca en
una O completa y se la tapó, mirándome consternado.

—¡Tu cumpleaños! —Yo no entendí de qué hablaba, mi
cumpleaños había pasado hacía bastante—. Oh no, yo le había pedido
a Jimmy que hiciera un pastel de chocolate para ti, hasta te compré un
regalo y me olvido de tu cumpleaños. Lo siento, Wynton, perdóname.

Pronto comprendí que, si bien me recordaba, su mente se había
quedado en el día previo al incidente que provocó su huída. Mis
lágrimas se hicieron más fuertes, y acaricié suavemente su cabeza
mientras lo abrazaba contra mí.

—Jimmy me trajo el pastel —mentí, no había razón para decirle la
verdad—. Y recibí tu regalo, en serio. Lo uso siempre que estoy
estudiando para que me dé suerte en los exámenes.

—Eso es un alivio, tenía tanto miedo de que no lo recibieras a
tiempo.

—Tranquilo, Leslie. Con que tú me recuerdes es suficiente para
mí. ¿Te he dicho que te amo con todo mi corazón?

—No, pero yo ya lo sabía. También te amo, Wynton.

—¿Me perdonas?

—¿Por qué?

—Sólo perdóname.

Leslie sonrió para mí, besándome como siempre lo hacía antes de
decirme: «Te perdono».

Leslie murió aquella noche. En cuanto halé el gatillo y los sesos de
Barrimore se desparramaron sobre la alfombra de mi casa, fui a su
cuarto a verle y lo encontré inmóvil en la cama.

—¿Leslie? —Me acerqué a él a duras penas, temiéndome lo peor
ante la extraña bruma que residía en la habitación. …l estaba en la
cama, con el osito de su madre en las manos y una dulce sonrisa en su
rostro—. ¿Cariño?

No me respondió. Sentándome junto a él en la cama, contemplé la
palidez espectral de su rostro y me animé a tocarlo. Grité cuando lo
hice. Grité con fuerza, con mucha fuerza, abrazándolo contra mi
pecho mientras me desgarraba por dentro y mi vida se iba con él, tan
bello, tan joven, tan puro. Con él se iba mi primer y único amor, la
razón de mi existir y la fuente de dicha a la que yo me había abrazado
con tanta fuerza durante todos esos años.

Ahora estoy junto a él en el mismo cuarto. La policía y todo el
pueblo ya saben que soy el culpable de aquellos asesinatos,
especialmente porque ni siquiera me encargué de sacar el cuerpo de
Barrimore del comedor, donde seguía reposando. Vienen en mi
búsqueda, pero yo no les dejaré que me separen de Leslie, no voy a
permitir que me atrapen y me alejen de él una vez más. Me voy con
él. La vida no tiene sentido si no puedo ver su sonrisa, si no puedo
sentir su perfume y oírlo al piano tocando Beethoven ante el mandato
de sus dedos.

Hace ya rato que he estado usando el jugo de amapolas que le di a
mi madre. ¿O es opio? Ya no logro recordar, mi mente está nublada y
me cuesta escribir correctamente. Me arrastraré hasta la cama y
moriré junto a él. Nunca creí en Romeo y Julieta, siempre odié a
Shakespeare, pero yo no puedo vivir en un mundo donde Leslie no
está. Y quien lea esto sepa, que si bien he sido un maldito
desgraciado, un asesino, no podía dejar que ellos no pagaran por
haber violado a un ángel. No podía dejarlos vivir luego de lo que le
habían hecho.

Mi Leslie… Mi hermoso Leslie. Allá voy, hermanito. Allá voy, mi
amor, mi vida, mi amante… Y, antes de que me condenen al infierno,
espero verte volando con tus alas blancas sobre mí, sonriéndome
como en los viejos tiempos.

Wynton dejó la pluma en el tintero luego de firmar con su nombre y
apellido aquella carta dirigida a quien quisiera leerla. De alguna
forma logró ponerse de pie, todavía bebiendo el jugo de amapolas
que se mezclaba en su interior junto con el whisky, y se arrastró
hasta la cama donde su querido Leslie aún yacía, impertérrito,
hermoso, como si solamente estuviera dormido. Bebió lo que le
quedaba de la droga que lo dormiría para siempre, recostándose en
la cama vestido con sus mejores ropas, junto al hermoso Leslie a
quien él mismo había bañado, cambiado y peinado, para que se viera
tan hermoso como siempre. La droga pronto comenzó a hacer efecto,
tenía mucho sueño, un sueño pesado que le dormía poco a poco cada
pulgada de su cuerpo hasta casi no sentir nada. Respiró hondo,
pensando cuánto tiempo tardaría en hacer efecto. No mucho, también
la había mezclado con otras cosas.

Antes de cerrar los ojos abrazó a Leslie una última vez, mirando
su rostro. Tan bello, era tan bello. Y, mientras lo abrazaba, fue
recordándolo todo desde el primer día que lo vio, cada sonrisa y
cada beso, cada vez que pronunció su nombre, cada palabra
pronunciada por aquella boca que sonreía, pálida, fría. Y él, que aún
podía sentir su aroma entre el mar de sus memorias y su calor
humano, cerró los ojos, dejándose ir en medio de aquel sueño.


La policía logró franquear la entrada, buscando en cada
habitación con ayuda de los pueblerinos furiosos de tener un
homicida entre ellos, quienes murmuraban un «Era tan bueno… No
parecía capaz». Dos amigas, que habían sido obligadas a buscar con
ellos, fueron a las habitaciones superiores e ingresaron en el último
cuarto, encontrando a los dos cuerpos juntos. Ambos sonreían, como
si tan solo estuvieran dormidos.

Wynton estuvo sumido en la oscuridad por mucho, mucho, mucho
tiempo. Quién sabe cuánto tiempo para los vivos, pero él estaba
sumido en su pena y su dolor, sufriendo su miseria por haber tomado
la vida de cinco personas. Un día, quién sabe qué día, una luz bajó
del cielo y Leslie apareció en ella, estirando su mano hacía él para
que la tomara con su sonrisa de antes. Wynton sonrió, susurrándole
un «Te amo» antes de tomar su blanca mano, llenándose de una luz
brillante que le dio sólo dicha y se fue con él.

Las dos amigas que habían encontrado los cuerpos encontraron
también la carta, la cual leyeron. Intentaron hacerle entender a la
gente del pueblo lo que en verdad había ocurrido, pero nadie las
escuchó, simplemente enterraron los cuerpos en la parte más honda
del cementerio, queriendo olvidarse de ellos, repartiendo la herencia
de Wynton entre los hospitales y orfanatos como él dejó en su
testamento.

Ambas mujeres, hartas de tanta hipocresía, huyeron de la aldea,
se enamoraron y ambas tuvieron sendos hijos varones. Los llamaron
Leslie y Wynton, en honor a los difuntos, y los criaron como si fueran
hermanos. Uno quería ser médico, el otro quería aprender a cocinar.
Siempre iban juntos, tomados de la mano. A veces tenían sueños
raros, en los que eran otras personas, en los que crecían en un viejo
ático coleccionando mariposas.

—Te amo, Leslie —le decía Wynton a su mejor amigo, dos años
menor que él.

Y Leslie le sonreía, poniéndole una corona de margaritas en la
cabeza.

3 comentarios:

doll dijo...

;_____;
leslie...

Lieblosem dijo...

Oh por DEEEEEEEEEEEEOOOOOOSSSSS!!!!
._________. es tan triste!! No llore, pero en verdad tuve ganas de hacerlo, solo porque estoy e publico, pero DEEEEOOOOOSS!!

que psaba por tu mente en eos momentos!!!!

:( its SO SADD!!!

Lo que me recuerda, subi una nueva historia, en la cual te puse como mi madrina ¬¬ espero que la veas!! xDDDD y por cierto.... :3 te estoy siguiendo por amor yaoi en cuarto oscuro es más facil! xD






BesitoSs!!* -3- MuacKSs!!*


::*: De Mis Dulces Labios A Los Suyos::*::
••†••Blutige Küsee Von Lieblosem••†••

lonely soul dijo...

Hola loqui! Al final leí esta historia! Te lo debía, y la verdad me gustó ='), no me pareció triste, termina bien ^^ y no lloré, jejeje. Está muy bien relatada; al principio medio que trastabilla la descripción pero después está muy bien ^^. Y el final me encantó, son los finales que me gustan (a parte de los trágicos xD). Algo de esperanza siempre.

Besos!

P.D.: Perdón con lo del blog x.x, no me estuvo funcionando el photoshop, pero luego te lo hago!

Babai!

I Love... (My stamps)


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