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martes, 23 de febrero de 2010

My life would suck without you

Daniel miró la foto de Cristian y él juntos, abrazados, y disfrazados. Era la que habían tomado en la última fiesta de Halloween el año pasado, justo un día después de que ambos se oficializaran como pareja. Ahí aparecían él con su traje de vampiro victoriano lleno de ribetes y volados, con los ojos rojos gracias a los lentes de contacto y unos vistosos colmillos de acrílico falsos que le habían costado un ojo de la cara y ahora reposaban en lo más hondo de su cajón lleno de chucherías. Cristian, más práctico, se había puesto un disfraz de policía.

Le sentaba divinamente, para qué negarlo. Después de todo, Cristian había sido jugador de rugby desde la secundaria y fue gracias a sus habilidades en el deporte que le dieron una beca para la universidad. Era alto, corpulento, y tenía los músculos muy desarrollados. Pesaba casi cien kilos con menos del sesenta por ciento de grasa y siempre tenía una cara perenne de seriedad por lo que sus compañeros le habían apodado "Oso Greasley". Ninguno de ellos sabían que, bajo esa mandíbula recta y sus ojos negros que miraban todo con frialdad, se hallaba un apasionado de la música clásica que tocaba el piano, el violín, y que se la pasaba abrazado a su novio como si fuera un chicle imposible de sacar.

Daniel era el único que sabía que a Cristian le gustaba pasarse horas en la bañera dándose baños de espuma, el único que lo había visto matar zombis como un enajenado en la consola y lo escuchaba cantar en vibrato alguna canción extranjera que lo emocionaba. Nadie sabía que Cristian sí sonreía, que era muy celoso, que era cariñoso, que estaba algo loco y discutía por casi cualquier cosa, que era obsesivo con la limpieza y que era tan sensible con los animales que si fuera por él la casa estaría llena de animales callejeros.

Ahora tenían dos perros, tres gatos y un pájaro al que los mininos miraban con demasiado cariño. Cristian ya estaba apunto de meter en su hogar cuatro tortugas si no hubiera puesto un alto a todo eso. ¡A ninguno le alcanzaba para mantener a tantos animales y castrarlos! La discusión le ganó una semana completa de silencio y abstinencia, pero Cristian era un blandengue: El domingo a la noche ya estaba prácticamente suplicándole perdón de rodillas, abrazándolo, temeroso como colegiala de que lo abandonara y se fuera con otro.

Eso sí, la reconciliación valió la pena. De todas formas, cada tanto volvían a pelear por lo mismo puesto que Cristian sigue sin poder ver un animal callejero y no ayudarlo.

Daniel se miró a sí mismo en la foto y suspiró. Dentro de una semana cumplían cuatro meses. Casi fue obligado a recordar las fechas porque una vez se le ocurrió olvidarse de que era su segundo aniversario e inmediatamente se armó un lío de proporciones bíblicas. Otro poco y caían las plagas de vuelta. Cristian le armó tal escena por teléfono, sin siquiera importarle que él había estado estudiando como un loco para el examen de biología, que no pudo responder bien ni la mitad de las preguntas por lo alterado que lo dejó. Desde entonces no volvió a olvidarse una sola fecha que fuera importante para Cristian y Cristian no se olvidaba de ninguna que fuera importante para Daniel, en recompenza.

A veces se preguntaba qué hacía con ése hombre. ¿Por qué le gustaba tanto? Era celoso, manipulador, anticuado, egoísta y no era su tipo para nada. Nunca le habían gustado los hombres tan grandes y musculosos, se sentía pequeño al lado de ellos con su metro setenta y sus setenta y cinco kilos. Era mucho más esbelto, su cuerpo de nadador no se comparaba en nada con el fornido cuerpo de oso que Cristian portaba.
Daniel era rubio, Cristian era moreno, Daniel tenia la piel bronceada y la de Cristian tenia un tono rojizo, Daniel era de descendencia holandesa y Crstian turca; Daniel tenia el rostro redondo, la nariz recta y los ojos almendrados color café, Cristian tenía el rostro alargado, la nariz algo grande y sus ojos alargados eran negros. Cristian no era precisamente su príncipe azul.

¿Qué hacia con él? ¿Por qué no lo dejaba? Daniel no era celoso sino más bien despistado, alegre, moderno y siempre había sido un ave en libertad a la que le gustaba ir a bailar con los amigos. No era muy romántico ni era bueno expresando sus sentimientos pues todo eso lo cohibía muchísimo. Entonces, ¿¡podía alguien explicarle por qué estaba en pareja con un loco celoso que lo abrazaba todo el tiempo, lo besuqueaba en público aunque le daba vergüenza, lo celaba hasta de los postes de luz y que prefería ir al cine en vez de ir a bailar!? ¿Podía alguien?

Era cierto que él podía ver en Cristian cosas que los demás ni sospechaban. A su novio le encantaba bañarse juntos, le gustaba dormir abrazados y bien apretaditos, era de los que acariciaban y abrazaban mucho aunque estuvieran en pleno silencio. Siempre se acordaba de los detalles, como esa ocasión en que Daniel le dijo que de pequeño había tenido una taza con forma de manzana o que le gustaba coleccionar bolas de nieve con figurillas adentro. En su cumpleaños pasado recibió una taza con forma de manzana y todos los meses, luego del día de pago, Cristian se tomaba la molestia de buscar en las casas de antigüedades una bola de nieve nueva para su colección. A veces incluso las compraba del extranjero por Internet.

Volvió a mirar la foto. Su relación con Cristian no tenía explicación lógica. Habían tenido peleas en las que se habían dicho hasta cómo iban a morirse y, sin embargo, siempre volvían. Era una especie de imán lo que los obligaba a estar siempre juntos, algo mucho más fuerte que ellos mismos que les impedía estar separados. No podían soportar el no estar juntos y no se sentían felices con otras personas. Se conocían tanto que sabían lo que el otro pensaba antes de que lo dijera, el sexo era fantástico... Y, bueno, no podía negarlo. Cristian a su manera lo hacía feliz.


Sonrió para sus adentros mientras guardaba la foto. Debía de estar en verdad enamorado de ese loco amante de los animales como para soportar todos sus caprichos, pero sabía que él soportaba los suyos también. Dejó de buscarle explicación a su relación, pues era un círculo sin fin. Era felices juntos a pesar de todo, ¿qué mejor explicación que ésa? Rió en su fuero interno, luego recordó que tenía que hacer las reservaciones en ese restaurante caro que a Cris tanto le gustaba. Sería una sorpresa para él ver que al final sí se había acordado e iba a llevarlo a su restaurante favorito. Ya podía ver su cara radiante de felicidad y sentir como lo asfixiaba entre sus brazos.


La verdad era que sin su Oso Greasley la vida apestaba. No podía vivir sin él.

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Esto es una especie de monólogo que se me ocurrió ayer a las cinco de la mañana, viciando en el facebook. Me gusta. No sé bien si esta lindo o no, pero me gusta. Mientras lo escribía escuchaba la canción "My life would suck without you" cantada por el cast de Glee.

Los dejo con éste escrito y me retiro, que tengo reunión familiar.

¡Besos!

1 comentario:

Maribel dijo...

Hola Guapa, me ha gustado mucho lo que has escrito, plasma muy bien una relacion de pareja, cada unos con sus defectos, manias, y sin embargo todo tan facil de entender porque lo que une a dos personas es un sin fin de cosas buenas y menos buenas, y sobre todo los sentimientos.
un saludo y nos leemos.

I Love... (My stamps)


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