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domingo, 28 de febrero de 2010

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo ocho.

Antes que nada, decidí seguir publicando los capítulos de C.O que ya están en amor yaoi ^^ Disfrutemos.



—¡Fantástico, querido, fantástico!

Carlos, el profesor de música, estaba enloquecido con la demostración de Ariel, quien sonreía tímidamente y agachaba un poco la vista hasta cubrirse los ojos con el flequillo, como cada vez que se sentía apenado pero feliz. Había tocado una vieja canción que le enseñó su madre de pequeño, uno de los tantos himnos religiosos que se tocaban en la iglesia de Niscemi durante la Fiesta de Todos los Santos. Durante esa celebración todos en el pueblo sacaban sus sábanas y bordados blancos, las calles eran cubiertas de menta recién cortada y luego, desde dos puntas opuestas del pueblo, los feligreses cargaban las estatuas de Jesús y la Virgen María hasta el centro, donde se encontraba la iglesia, haciendo parecer que las estatuas iban a su mutuo encuentro, mientras que de la iglesia salía el hermoso himno, ya muy viejo. Había decidido tocar esa porque era una de las favoritas de su madre, la única cosa relacionada con la iglesia que a ella le gustó en su vida, y porque era, además de rimbombante, difícil y complicada.

Ahora el profesor, que parecía más que complacido con su demostración, parloteaba sin parar de su talento en bruto y de que, si lo pulían, podría participar en la competencia intercolegial de fin de año. Pero claro, tendría que aprender primero a componer en partituras y leerlas, o no le permitirían participar a menos que fuese ciego.

—No se preocupe, profesor. Aprendo muy rápido —le dijo al hombre, casi tan emocionado como él, aunque sin demostrarlo—. Verá como lo aprendo en tiempo récord.

—¿De verdad? —el profesor alternaba entre la franca alegría emotiva y la incredulidad—. Porque te advierto que pienso entrenarte muy duro, soy muy estricto en lo que a competencias se refiere.

—No me molesta, siempre que no sea yo el único digno de su entrenamiento.

“O si no mis compañeros me harán papilla”. Pensó, suspirando en su fuero interno.

El hombre le aseguró que no, porque tenían que asistir tres miembros del club a cada competición. Al muchacho esa respuesta lo dejó satisfecho, así que volvió a su silla, no sin antes notar las miradas de odio por parte de los otros estudiantes.

“Ahí viene de nuevo…”. Se preguntó cómo le darían “su merecido escarmiento” en aquella ocasión. Siempre encontraban alguna buena excusa para hacerlo sufrir. Sin embargo, las miradas cautivadas y exultantes de Shenshen y Christian, quién parecía haber olvidado de forma temporal su “enojo” por lo de la ciudad con nombre a jabón, le hicieron sonreír.

¡Sugoi! —exclamó Shen, batiendo las palmas como un niño chiquito—. Eso fue en verdad increíble, Ariel. Nunca pensé que supieras tocar tan bien.

—¿Tengo cara de negado para la música?

—Bueno, no… —le reconoció, sonriente—. Pero no pareces el tipo de chico que toque esa clase de música tan curiosa.

Ariel sonrió.

—¿Es eso un insulto o algo así?

—No, qué va. Es un cumplido. De verdad creí que tocarías otra clase de cosas, como clásicos y, en su peor defecto, pop insulso y barato, pero me sorprendiste en verdad. Tocas muy bien, pese a no saber leer las partituras.

—Ajá —Christian, que también estaba impresionado, se inclinó hacia ellos con los ojos bien abiertos—. ¿Cómo es que puedes tocar si no sabes leer las partituras?

—Mi madre me enseñó a tocar sin partituras. Dijo que eso ayuda a que el espíritu sea libre… Ella era algo excéntrica, medio hippie —mintió. No podía hablarles a unos recién conocidos sobre la espiritualidad de su madre, aunque fueran muy simpáticos—. Y como tengo memoria fotográfica, recuerdo cada nota del piano, cómo usarlo, cada canción que me enseñaron, cómo componer y las canciones que yo mismo he compuesto. Es lo natural cuando no eres completamente natural.

Y esa explicación mezclada con el chiste, no sólo los hizo reír sino que los convenció, pero el joven inglés estaba demasiado interesado en la música interpretada y no paró de preguntar hasta que él confesó, a regañadientes, que había interpretado un himno de la iglesia de Niscemi.
 
—¿Eres cristiano? —preguntó Christian, abriendo mucho los ojos mientras que una alumna que decía saber tocar el trombón pasaba al frente. El profesor fingía que no los estaba viendo hablar, en recompensa por su buena actitud, y lo hacían en voz muy baja y con las cabezas juntas.

—No, para nada. Pero mi pueblo es muy católico, así que en las iglesias y en la escuela siempre tocan esos salmos e himnos —el chico inglés, de acento marcado, pareció contentarse bastante y empezó a hablar del protestantismo en su país. Se le veía orgulloso de ser protestante, como todos los miembros de su familia, y de golpe se puso a hablar sobre la lucha histórica entre católicos y protestantes que se dio en su país durante los reinados de María La Sanguinaria e Isabel, a la que, como todos los ingleses de sangre pura y con muchos antecesores en su linaje, adoraba.

Qué curioso curso el de la charla, pensaba Ariel, y tuvo la ligera sensación de que Shenshen, que tenía la cabeza apoyada en el hueco de una mano y cada tanto le miraba con expresión contrita, pensaba igual. Mientras las explicaciones de Christian continuaban, Ariel aprovechó para mirar bien sus rostros: Christian era un chico de buen porte, de espalda ancha y hombros erguidos. Llevaba con mucho orgullo su piel sonrosada y su pelo natural, al igual que su esbeltez típica de quien hace deporte. Viéndolo bien, tenía buen físico, pues se le marcaban los músculos y su pecho era amplio…

“Quizás sea del club de natación”. Pensó Ariel, fingiendo descaradamente estar atento a lo que él decía mientras los observaba.

Por su parte, Shenshen era muy delgado y, a diferencia de Macchi, se le veía bastante flojo y lánguido. No tenía mal cuerpo, pero era demasiado delgado, tanto que se le notaban los huesos a través de la piel, y la espalda se le doblaba un poco hacia delante. Su espalda, que era amplia en la parte superior, iba volviéndose cada vez más estrecha hasta el punto de formar una cintura como la de una chica. De rostro afilado, y piel cetrina, Shen tenía los pómulos marcados y los ojos demasiado grandes para su cara, sumado a una nariz demasiado recta y labios finos… No podía decir que fuera feo, ya que había algo en él que le resultaba atractivo, pero no podía descifrar qué era. Bueno, le gustaba su pelo. Era negro azabache bien brillante, lacio llovido, y lo tenía cortado en mechas sueltas  que caían sobre su cabeza. Cuando le preguntó a Shenshen de dónde sacó ese corte tan curioso, le dijo que era igual al del cantante de SID, su banda de J-pop favorita.

—¿Puedo encontrar esos temas en Internet? —quiso saber, una vez que Christian hubo terminado su perorata sobre las religiones y la historia de su país.

—Por supuesto, es muy conocida. En especial porque grabaron un par de canciones para animes muy famosos. ¿Te gusta el anime?

—¡Sí! Pero… bueno, no puedo mirar mucho. Los descargo y los guardo en mi computadora, pero casi ni los veo. Nunca tengo tiempo.

—¿Mucho trabajo?

Ariel puso los ojos en blanco. Eran muchas cosas en realidad.

—Sí, algo así. En ese caso, bajaré algunas de sus canciones para ver qué tal son.

—Si quieres, yo te las paso. Tengo la discografía completa aquí —dijo y sacó de su bolsillo un celular último modelo. A Ariel se le cayó la baba de sólo verlo, aceptando sin dudar.

Mientras los alumnos pasaban, ellos hablaban de temas variados, pero en su mayoría todos relacionados con la música de su pueblo. Christian era quien más desviaba la charla hacia otras cuestiones, tratando de demostrar lo increíble y genial que era su ciudad de origen, pero dejó de hacerlo en cuanto se dio cuenta de que a ninguno de sus dos interlocutores les hacía efecto nada de lo que decía. Al contrario, le interrumpían comparando la historia que él contaba con la de su propio país o algo similar, por lo tanto se rindió y decidió al fin hablar de cosas menos serias. Él tocaba el saxofón y Shenshen la batería. El primero parecía ser frío y distante, el típico que deseaba pasar por intelectual, sabelotodo, el que siempre tenía la razón. Shirogane, al contrario, era muy extrovertido y se reía casi por cualquier cosa, era aquél que no tenía pinta de esforzó—arse demasiado en nada, hacía chistes muy graciosos y le gustaba imitar a los profesores o las caras de los demás alumnos. Sin embargo, ambos le caían simpáticos al menor (pues Ariel era un año más chico que todo su curso) y tenía la sensación de que ambos eran más de lo que dejaban ver.

No por nada ambos habían llegado a ese colegio, ¿cierto? En un momento se le ocurrió preguntarles qué querían estudiar en la universidad, porque, era obvio, habían decidido ir a un lugar tan lejos de casa y tan “particular” para poder acceder a las mejores universidades. Christian respondió que quería ser médico cirujano, especializado en cardiología, y Shiro, como llamaba a Shenshen en su fuero interno, quería ser bioquímico.

“Guau…”. Honestamente, no se lo hubiera imaginado.

—Qué interesante —le dijo a ambos, cuando la clase extracurricular terminó y pudieron irse—. A veces pienso que no debería estar en esta escuela, no quiero seguir ninguna profesión seria e importante como ustedes.

—¿Y qué piensas hacer, Ariel-san? —ese era Shiro, hablándole de esa forma que hizo que su acento se marcara el doble. Le había puesto un sufijo, como en las películas de “Karate Kid”, donde al protagonista le decían “Daniel-san”. El modelo supuso que era algo bueno, por lo que lo ignoró.

—Quiero ser joyero.

—Pero eso esta muy bien, si es lo que te gusta.

Aunque Christian no parecía del todo convencido. Esquivando a un grupo que intentó empujar “por accidente” a Ariel y a los otros extranjeros mientras salían, se llevó una mano al mentón murmurando un par de cosas hasta que alzó la vista.

—Pero va a costarte conseguir trabajo siendo joyero. ¿Por qué no estudias algo más aparte de eso? Aunque sea algo corto, para tener una base de seguridad mientras estudias joyería.

Eso no se le había ocurrido.

—¿Sabes algo, Christian? —respondió, doblando la esquina que los llevaba  a la zona dónde se guardaban las bicicletas—. Esa es una muy buena idea.

—Sí, porque en caso de que te cueste conseguir trabajo o pagarte los estudios vas a tener otra cosa de qué aferrarte —apostilló, con aires de sabiondo.

—Sip, tengo que pensar qué elegir… El modelaje no durará para siempre.

Shenshen abrió mucho los ojos, acariciándole la cabeza.

—¡Cierto que tú modelabas! Con esa carita tan mona, no puedes hacer otra cosa.

—¿Eso quiere decir que sólo sirvo para ser modelo? —infló los cachetes, acomodándose la mochila sobre los hombros—. Porque te aviso que soy muy inteligente y que esto sólo lo hago por el dinero y por ayudar a una amiga de la familia.

Y, como si fuera una especie de señal, estaba a punto de regañar a Shirogane bajo la mirada divertida de Christian cuando sonó su celular. Le había puesto un tono de llamada diferente a cada contacto, y el sonido a campanitas tintineantes de su anticuado pero pequeño e irrompible Nokia 1.100, le indicó que era Alex quien llamaba.

—Ya vas a ver, no te salvarás de mí —amenazó a su nuevo compañero antes de apretar el botoncito verde para aceptar la llamada mientras caminaban—. Hola Alex, ¿ocurre algo malo?

Del otro lado, la voz de Alexandra sonaba más aguda de lo normal.

—Hola, Occhiblu. ¿Sigues en la escuela?

—Estoy saliendo, tuve la primera reunión extracurricular con el club de música. Le gusté al profesor —dijo, sin poder esconder su orgullo, y una sonrisa de satisfacción le surcó los labios—, dice que con mi talento podré participar en los campeonatos intercolegiales.

—¡Presumido! —gritó Shen, y quiso darle un manotazo pero Christian se le adelantó.

—Gracias Chris. Disculpa, estoy con mis nuevos compañeros del intercambio estudiantil. Bueno, en realidad con dos porque el resto están en sus respectivos clubes o en la dirección.

—Oh, ¿has hecho amistad con ellos? —la mujer se oía contenta. Incluso pudo imaginársela haciéndole señas a Laura mientras sacudía una de sus manos de alegría.

—Creo que sí, hay que ver como siguen las cosas —no pensaba exponerse ante los otros dos. Y menos ahora que estaban a unos pasos de su destino, donde se reunían más chicos.

—De acuerdo… ¿ya terminó tu reunión?

—Si, estoy buscando la bici y luego creo que acompañaré a los chicos nuevos a la parada del autobús.

—Está bien, ven rápido por favor —ella ya sabía que los demás solían jugarle bromas pesadas—. Hoy no trabajarás, pero Laura trajo una tarta de manzana que está para chuparse los dedos y queremos compartirla contigo mientras tomamos café.

—Creo que preferiría algo de té para mí.

—Por supuesto, té para ti y café fuerte para las dos locas que se quedan despiertas hasta tarde. ¿Le digo a Chety que venga a buscarte? Mad me dijo que irás al hospital…

—No, está bien. Iré yo por mi cuenta, no quiero que la tía apure el cierre del restaurante —de repente, los chicos le hicieron señas—. Aguarda un momento Alex —se alejó del auricular del teléfono y lo tapó con una mano, volviéndose hacia ellos con cara de no entender—. ¿Qué pasa chicos?

—Almudena acaba de mandarnos un mensaje, dice que si no podemos pasar por ellas y Vladimir al gimnasio. Parece que se perdieron.

—¿Les mandó un mensaje? —el tono de incredulidad se palpaba. Es que, se suponía que todos ellos se habían conocido ahí y, aunque era asombrosa la rapidez con la que intimaron, que tuvieran sus números de celular tan pronto no era curioso, sino raro. Christian debió de comprender lo que pasaba por la cabeza de Ariel, por lo que agregó:

—Es que nosotros vivimos todos en el mismo dormitorio y viajamos juntos en el mismo avión. Intercambiamos números al ver que íbamos a ir al mismo colegio.

—¡Genial! —era verdad que se lo parecía—. Eso quiere decir que se conocen de antes, eso es fantástico. Así no estarán solos en este colegio elitista… ¿y dijo que los fuéramos a buscar?

—Ajá. Ustedes quédense aquí, yo voy a buscarles. Tengo la sensación de que harán desastres con la bici de Ariel si la dejamos sola.

El susodicho puso los ojos en blanco.

—Que no te quepa la menor duda. Bueno, ve a buscarlas. ¿Sabes cómo ir? —pero, apenas dijo estas palabras, Christian salió pitando a buscar a las chicas, por suerte en la dirección correcta y Shiro le dijo que le esperara, que iba al baño. De golpe solo, el muchacho pestañeó un par de veces antes de regresar a la llamada, pensando en lo raros que eran sus nuevos amigos.

—¿Hola? ¿Sigues ahí, Alex?

Mon amour, te equivocas de persona —la voz del otro lado era, nada más y nada menos, que de Mad. Una gran sonrisa curvó los labios de Ariel, emocionado sólo de escuchar su voz. Incluso el corazón se le aceleró, cosa que adjudicó a la alegría que le provocaba el saber que él lo esperaba.

—¡Mad! Me alegro de escuchar tu voz, justo estaba pensando en la persona más loca que conozco.
—Eres tan cruel conmigo, pequeño. Ya verás cuando te agarre.

—¿Me vas a encarcelar?

Casi pudo imaginarse la sonrisa del mayor, esa sonrisa torcida tan bonachona que le formaba hoyuelos en las mejillas y arruguitas bajo la nariz, al momento de responder.

—Claro que sí. Te meteré en una jaula dorada llena de flores, con tu propio columpio y una tina de oro.

—Mad, en serio, tienes que dejar esa medicación. Me preocupas —la radiante carcajada que le llegó al oído ensanchó su sonrisa. Por alguna razón le encantaba hacer que Mad se riera—. ¿Estarás ahí un rato más? Pronto saldré de la escuela.

—Si, querido. Mi hermana ya me contó todo. No te preocupes, cielo, me quedaré a esperarte mientras regresas de la escuela, así te llevo al hospital. Ah-ah-ah, ni se te ocurra —le detuvo el mayor antes de que dijera nada, como si pudiera verlo y supiera que estaba a punto de negarse—. Aunque no quieras, te llevaré al hospital. No puedo dejar que mi pequeño profesor de informática ande solo por las calles, y llegarás más rápido. Además, Alex dice que tiene una gran noticia que darte y quiere que estemos todos presentes.

Suspiró, pese a que en el fondo la idea de Mad llevándole en su auto no le molestaba. Incluso le hizo sonreír de forma soñadora, a la vez que se preguntaba qué se traería Alex entre manos. Quiso responderle, pero una mano en su hombro le hizo darse la vuelta.

—¿Con quién hablas, reina?

Lo reconoció al instante. Bud Stevens, uno de los matones de su curso. Alto, atlético, el líder del club de rugby. Sus ojos cafés, que en un principio habían sido amigables con él hasta el incidente que cambió su vida escolar, ahora sólo destilaban desdén y burla, e incluso un brillo curioso… El mismo brillo que tenían los ojos de Richard, el marido de su tía, cuando lo miraba. No le gustaba para nada esa mirada, y menos el rictus altivo y socarrón de esa boca finita, ni esa cara con forma de pera desproporcionada. Las cejas pobladas, la piel bronceada por estar en el campo de juego, los músculos grandes. Sin importar cuánto esfuerzo mental hiciera Ariel, nunca lograba comprender cómo diablos era tan popular entre las chicas siendo tan desagradable.

—No quiero ser grosero, Stevens —pronunció el nombre cual como si fuera una serpiente venenosa—. Pero no es de tu incumbencia, asuntos familiares.

—¿Es uno de tus clientes o un anciano al que lograste seducir?

Normalmente no respondía a esos comentarios y los ignoraba, pero le habían arruinado el momento y ahora tenía la vena del cuello a punto de explotarle. Respiró hondo y se acercó el celular a la boca.

—Aguanta un momento, Maddy. Tengo que lidiar con un gorila —dijo, volviéndose enseguida hacia el otro con el ceño fruncido y los ojos furiosos. Estaba cabreado, en verdad cabreado, incluso hacía esfuerzos siderales para controlarse y no sufrir otro ataque, pero le era muy difícil teniendo que lidiar con los reyes idiotas de la cancha, Bud y sus cuatro amigotes: Isaac, Michael, Arturo y Charlie, otros idiotas igual que él—. Te equivocas de persona, Stevens. Yo no cobro por sexo, pero tranquilo ya encontrarás a alguien que te haga el favor. Quién sabe, quizás hasta logres que te hagan un descuento.

Una carcajada general resonó en medio del lugar y sólo entonces cayó en la cuenta de que había más gente mirando. Cuando hablaba con Mad creaba una burbuja en la que todos desaparecían y, al parecer, el efecto era duradero porque ni siquiera había notado la presencia del dueño del circo y sus cuatro monigotes hasta que le hablaron. La vena en la frente de Stevens se infló un poco y apretó los puños, pero no dio muestras de querer detener la guerra de comentarios soeces a lo que Ariel respondió regresando su atención al teléfono.

—Lo siento, Mad. Unos idiotas del club de rugby estaban molestando… ¿Qué me decías de una buena noticia?

Pero Bud no entendió la indirecta.

—Me pregunto… —dijo, poniendo cara de póker mientras ponía los brazos en jarras —cuánto cobraras tú por ese culito afeminado que tienes —y sus ojos voraces examinaron el cuerpo del modelo desde la cabeza hasta los pies dos veces. Ariel sintió cómo lo desnudaba con la mirada, igual que Richard, y se le heló la sangre—. ¿Te pagó el profesor antes o después de cortarse las venas?

“¡Pero bueno!”.

—No, de hecho no estoy al tanto de cuáles son las tarifas. ¿Debería preguntarle a la chica a la que le pagas todos los viernes para tener tu alegría de la semana o a tu novia? Se la veía muy bien apachurrada con Heidrich entre las gradas del gimnasio.

No era una acusación falsa, al menos no la de Heidrich. Pero la bola azul que se le formó a Bud en el cuello le hizo saber que no había errado del todo con lo de los viernes y cuando las carcajadas de los demás alumnos resonaron tan fuerte que creyó que el techo se le caería encima, vino lo peor. No tuvo forma de defenderse cuando el gorila gigante, acostumbrado al riguroso entrenamiento de rugby, se lanzó sobre su cuerpo menudo y delgado de cincuenta kilos. Sólo tuvo ocasión de lanzar un grito de terror, intentar escapar, y soltar el celular negro que rodó por el piso hasta perderse.



Mad esperaba sentado en la cocina de su hermana. No se atrevía a entrar aún a la otra sala, “la de paredes blancas”, como él llamaba al atelier, porque Alex y Laura estaban arreglando ciertos asuntos privados con un representante de una editorial de modas, un tan Leo Novak a quien nunca había visto, y al mismo tiempo estaban revisando fotos y colecciones para algo de lo que no estaba al tanto. Aparte, en cuanto terminaran con eso tenían, según lo que su hermana le había comunicado a las apuradas mientras guardaba las fotos que le había llevado, que terminar dos vestidos de gala, tres trajes, una serie de diseños urbanos, y hacer una revisión de sus últimos diseños, más los que enviarían a la Zipper para el próximo mes.

El mundo de la moda era demasiado complicado. Ni siquiera él, que intentaba mantenerse al tanto de todo, podía con tantos cambios y estaba convencido de que nunca podría llevar el alocado estilo de vida de su hermana. ¡Trabajaba casi todo el tiempo! Diseños, telas, accesorios, tendencias, revistas importantes, sesiones de fotos, agencias de modelos, publicidad, maquillajes. De solo recordar le daba vueltas la cabeza. Decidió comer una de las galletas de canela que Laura había traído para “su modelito”, como llamaba a Ariel, a ver si le subía la presión y se le iba el mareo.

La cocina se abrió y dejó pasar a una muy elegante Laura, vestida con traje azul de falda recta y una camisa con volados victorianos al frente, decorada con un precioso cinturón ancho a la cintura. Sus tacones de aguja hicieron ruido durante todo el trayecto desde la puerta hasta la máquina de café, donde Mad, que estaba sentado a su lado, la pudo contemplar. Pelo ondulado y oscuro, labios gruesos con colágeno, pero era un trabajo tan bien hecho que nadie lo notaba, el rostro era quizás demasiado recto y afilado, la nariz demasiado larga y recta, pero pasaba inadvertido junto con sus otros defectos gracias a la feminidad que expulsaba por cada poro y ese brillo maternal en sus ojos. Además, ahora tenía la piel bronceada de cama solar… las maravillas de la tecnología no dejaban de sorprenderle.

De repente se le ocurrió que quizás pudiera sacarle algo de información sobre su hada de ensueño.

—Laura… —la voz le flaqueó tanto que se ruborizó de vergüenza mientras carraspeaba. Para colmo, había captado su atención y ella lo observaba con su mirada calculadora y fría, esa que ponía solo para él, a través de sus largas pestañas rizadas con rimel azul—. ¿Hace cuánto que conoces a tu pequeño prodigio? —así era como ella apodaba a Ariel, a quien le tenía un cariño por demás maternal aunque a veces no lo demostrara de forma elocuente.

El brillo en los ojos ajenos le dio la razón. Estaba enloquecida por el niño.

—¡Oh, desde hace ya algún tiempo! —parecía una madre orgullosa por su hijo que sólo sacaba dieces en la escuela—. Hace ya cuatro años que la madrina de Ariel se mudó aquí con su hijo. Alex y yo los conocemos desde entonces. Somos muy buenas amigas las tres, y fuimos de viaje todas juntas a su pueblo natal cuando terminamos con nuestras clases en la escuela.

—¿Iban a la escuela juntas?

—Alex estudiaba diseño de indumentaria, como ya sabes. Eso se estudia en la Facultad de Economía, vaya a saber uno por qué. El caso es que Chetina estudiaba diseño gráfico y economía, así que compartíamos muchas clases.

Mad enarcó una ceja, había algo que no entendía del todo bien.

—Pero… tú estudiaste psicología, ¿no?

—También estudié contabilidad al menos por tres años. ¿Cómo crees que ayudaría a tu hermana con todo esto —alzó las manos como abarcando todo el edificio—, si no supiera algo de contabilidad?

—Bueno, no sabía que ése era tu papel aquí.

Laura sonrió con satisfacción y orgullo.

—Uno de muchos, no he dejado de estudiar, ¿sabes? Sé hacer muchas cosas.

“No me cabe la menor duda”. Pensó. Ella y Alex habían sido amigas desde el primer año de la secundaria e, incluso desde aquél entonces, Laura había sido una chica compulsiva por la lectura y el aprendizaje; era incapaz de vivir si no aprendía algo nuevo seguido… Aunque Jean Claude admiraba eso muy en el fondo, no podía comprenderlo. Él era demasiado vago para querer aprender cosas nuevas todo el tiempo.

—El caso es que ella estaba estudiando, aunque era más grande que nosotras —Laura siguió hablando, sirviendo el café al que le agregaba sacarina para luego estirarse y tomar un paquete de panecillos de la alacena—. Nos hicimos amigas inseparables. Sabe todo de nosotras y nosotras de ella, de hecho todavía nos juntamos todos los sábados para salir de copas y contarnos las novedades. El caso es que, cuando nos graduamos de nuestras respectivas clases, fuimos un mes a su pueblo natal y ella nos invitó a su casa con su hijo. Tiene un hijo que es primo de Ariel, ¿sabías? Bueno, no primo en verdad —a la vez que se corregía abría el paquete y servía los pastelitos en un plato ahuecado colocándolos en un orden perfecto. Esos gestos solían poner a Mad de los nervios, pero la sorpresa por ver lo cotilla que se había vuelto la siempre reservada Laura evitó cualquier comentario o gesto—. Porque entre Chety y Rosetta no había lazo de sangre, sólo eran amigas de la infancia muy unidas, casi hermanas. El caso es que fuimos todos juntos y ahí nos presentaron a Rosetta, a su pobre abuela, que en ese entonces estaba todavía en reposo luego de su operación, y a su abuelo. Todos vivían por aquella época.

“Vaya… O sea que hacía cuatro años Ariel no estaba solo”. Le hubiera gustado conocer a ese Ariel, uno que seguramente reiría más fuerte, tendría una chispa distinta o un brillo particular. Pero no podía imaginarse a Ariel más hermoso que ahora, por lo cual le restó importancia de momento pues algo en sus palabras le llamó la atención.

—¿Una operación? —repitió frunciendo el ceño, mientras tomaba sin pedir permiso uno de los pastelitos.

Laura frunció la boca con desaprobación y remplazó el pastelito que faltaba.

—Tenía cáncer. La familia de la madre de Rosetta era muy propensa al cáncer, casi todos murieron. Por eso Claire, la abuela de Ariel, se mudó a Italia, allí le daban un tratamiento especial. No la curó, pero la mantuvo viva por muchísimos años. Después de tres operaciones, no cualquiera puede mantenerse en pie.

Por un instante, el alma de Mad escapó de su cuerpo y dio la vuelta al mundo en tiempo récord antes de volver a su sitio. Recordó que Ariel le había contado de la enfermedad de su madre, que tuvo cáncer. Pero no le dijo que era algo de familia. Si todos por parte de su abuela habían muerto de esa enfermedad y hoy día Angelo, el hermanito menor de Ariel, estaba enfermo y en el hospital, las posibilidades de que algún día Ariel se enfermara eran altísimas. La sola idea de verlo enfermo o a medio morir en la camilla de un hospital, casi hizo que su corazón se detuviera y, por un instante, su parte egoísta se alegró de que el enfermo fuera el menor y no el mayor.

—¿Mad? —la voz preocupada de Laura, que oía por primera vez en su vida con ese matiz, le hizo darse cuenta de la cara que debía de estar poniendo—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, solo… Sólo tuve un momento de empatía. Me imaginaba lo que sufría esa mujer, tú ya me entiendes —carraspeó, e intentó cambiar de tema—. Ariel me había contado que su madre se había enfermado también. Pobre niño.

—Sí… —ahora, la voz de Laura sonaba apagada por la tristeza, y sus ojos se notaban lejanos, idos—. Los tres eran tan buenos. Su abuela era muy cariñosa y hogareña, la típica abuelita de las series norteamericanas. Siempre cocinaba comida como para un ejército, cosía o bordaba para sus nietos, atendía a los vecinos. Sólo se quedó quieta cuando su cuerpo no aguantó más. Y su abuelo Genaro falleció un año después de la muerte de su hija… Entre que no podía vivir sin su esposa, con la que había estado desde los dieciséis años, y luego perder a su hija de esa forma… bueno, supongo que fue demasiado para él. Lo mató la tristeza. Poco después de su muerte, tanto Angelo como Ariel fueron traídos hasta aquí, Rosetta los entregó legalmente al cuidado de Chety —de golpe, como si le hubieran echado un cubo de agua fría encima, sacudió la cabeza hasta casi despeinarse y puso de nuevo una expresión seria digna de la mujer madura que era—. Como podrás ver, los conocía mucho a todos. Conocemos a Ariel desde que era pequeño.

—Ya… veo. Guau, es devastador. No sé cómo ése niño se mantiene en pie.

—Es un chico fuerte. Tiene que serlo, dadas las condiciones. Todos siempre se esforzaron para que fuera feliz, pero es un poco complicado cuando el mundo es tan prejuicioso. No es fácil ir a la escuela con ese aspecto, ¿no te parece? Quién mejor que nosotras para entender al pobre niño.

En ese momento, el Doppelgänger metió la mano.

“No puedo creerlo. ¡Laura esta demostrando humanidad!”. 

“Puede ser, pero tengo que aprovechar ahora para obtener toda la información que pueda”. Fue por esto que comenzó a lavar las tazas y platitos dentro del fregadero, ya que esa era el tipo de actitud que a Laura le gustaba ver.

—¿Le era muy difícil ir a la escuela, verdad?

—Durante un tiempo fue así, pero se las arregló para llevarse bien con todos. Además, le tenían miedo a su abuela y a su madre, todos en la aldea creían que eran brujas porque sabían usar plantas medicinales y leían las cartas del tarot —Laura demostró lo que opinaba de la mentalidad de aquellas personas poniendo los ojos en blanco—. La cuestión es que sí lo molestaban, y a Ariel le costaba mucho controlarse a sí mismo. Tuve que ayudarlo mucho… Pero fue en vano, comenzaron a respetarlo cuando casi mató a golpes a uno de sus compañeros.

La idea de ver a Ariel alzando los puños para pegarle a alguien hizo a Jean Claude reír. Era imposible para él, no lograba ni concebir la idea. Ariel era tímido, gentil, amable, y delicado. Muy delicado. Sin importar que tan alto fuera, era demasiado delgado y menudo para tener fuerza suficiente como para dañar a alguien y, apostaba su salario de todo un año, a que jamás había golpeado a alguien. Pero la mirada escéptica de ella lo hizo callarse durante unos tormentosos minutos en los que trató de comprender el significado cabal de sus palabras.

—¿Hizo eso en verdad? —preguntó al fin, abriendo los ojos a más no poder.

—Perdió el control —fue la respuesta lisa y llana, unida a un encogimiento de hombros—. Cuando a una persona la molestas todos los días, los siete días de la semana, llega un momento en que ésta explota de furia y se defiende. ¿Alguna vez has visto los Simpsons? ¿El capítulo en que Ned Flanders explota luego de años de reprimir la ira? —alucinado, Mad asintió. Había sido fanático de los Simpsons por dos años, antes de que lo hartaran—. Bueno, es exactamente lo mismo con Ariel. Se llama “emociones violentas”. Es cuando una persona no logra expresar emociones, como la ira, y traga todo sin decir nada hasta que revienta. En ese caso se la agarró con el compañero, que le había pegado una bofetada, y terminó mandándolo al hospital cubierto de magullones, mordeduras, y con la nariz rota.

—No me jodas. ¡Pero es demasiado chiquito!

—Adrenalina. Una persona que es provocada o en un estado de furia es capaz de matar a otra con cualquier objeto que tenga a mano o incluso levantar un auto si es necesario para sobrevivir. El problema es que Ariel no recuerda nada de lo que hace cuando se le va la ira, pero es consciente de su problema, por lo que intenta no enojarse y eso lo empeora todo. Más en esa escuela inmunda donde está ahora —agregó con acritud, entrecerrando los ojos de odio.

Mad, consciente de que tenía que seguir aprovechando de la verborrea de su nueva confidente, tomó la escoba del rincón poniéndose a barrer. Eso la iba a obligar a decir más cosas.

—Pobre criatura, debe ser tan difícil para él. ¿Por qué no va con un psicólogo?

—Lo hizo durante algún tiempo, pero ahora no quiere hacerlo. Dice que no le da el tiempo —bufó la mujer, tomando un pastelito al que mordió con ira—. Me ofrecí a darle tratamiento de gratis, porque en verdad lo necesita, pero no piensa hacerlo hasta que Angelo salga del hospital. Quiere tener tiempo para cuidar de él... Eso es bueno, ya sé, ¡pero tiene que atenderse él mismo! Ariel es demasiado altruista. ¡Sabe que su claustrofobia le puede causar ataques de pánico aunque haga los ejercicios que le dije y, sin embargo…!

—Aguarda un momento, ¿claustrofobia? ¿Quieres decir que, además de tooodos los malditos problemas que tiene encima el pobre crío, tiene claustrofobia? Es una broma, ¿a que sí?

Frustrada, Laura apoyó el peso de su cuerpo en el mesón y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Ojala, pero la tiene. Por eso nunca viaja con las ventanas del auto cerradas y evita usar el transporte público siempre que puede. Le di ciertos ejercicios para mantener la compostura, pero a veces le dan ataques de pánico. Y si no sufre ataques de pánico, le baja o le sube la presión de golpe y hace que se desmaye. Cuando era pequeño se cayó en un pozo y estuvo ahí quién sabe cuánto tiempo hasta que lo encontraron y luego, cuando iba a su escuela en Niscemi, unos compañeros lo encerraron cuatro horas en el casillero de un vestidor. En ambas ocasiones quedó tan traumatizado que no habló ni abrió la boca durante más de un mes.

El arquitecto que ahora barría el piso casi con ira estaba fuera de sí. ¿Es que dios se cagaba sobre el pobre chiquillo o lo hacía pasar por tales desgracias por deporte? Se le moría toda la familia, sufría ataques de ira, claustrofobia, un hermano enfermo y sus compañeros lo maltrataron en la escuela. O Ariel tenía muy mala suerte o quizás alguien le había hecho un maleficio por ser tan hermoso y dulce, debía de ser eso.

—Pues la verdad, y lo digo de corazón —dijo, sin dejar de barrer aunque lo hacía más para calmar la ira que lo embargaba—, espero que Ariel haga verdaderos amigos con estos chicos extranjeros. No le vendría mal tener amigos de su edad, aparte de nosotros tres.

“¿Aunque eso signifique que ya no te necesite y deje de verte, querido Mad?”. Preguntó la voz de su yo interno, ése que ahora lo observaba con cierta pena. Si Bad Mad sentía pena de él, era en verdad algo grave.

“Sí… Tiene derecho a ser feliz”.

Era verdad, lo que Mad deseaba más que a nada en este ancho y jodido mundo era que Ariel pudiera ser feliz. Claro que la idea de que fuera feliz con otras personas creaba un agujero en su pecho, uno enorme que se erosionaba y se llenaba de un profundo pesar que quizás no se quitaría nunca. Pero si el niño era feliz, él estaría satisfecho, porque eso era lo que quería para él.

—Aunque yo no esté ahí para verlo —susurró en voz baja sin darse cuenta.

—¿Qué has dicho, Jean Claude?

—Que ojala le esté yendo bien en su escuela, con los nuevos chicos.

—Lo mismo digo yo —sorbió un poquito de café y dejó la taza en el fregadero. Al parecer, se había olvidado de la gente que la esperaba en la sala—. Para él es un martirio ir a la escuela, todos los compañeros le hacen la vida imposible. La otra vez me llamó llorando a mi consultorio diciéndome que le habían escrito amenazas de muerte en el pizarrón y que le ponían condones en la mochila.

¡Mon dieu! ¿De verdad? Pero, ¿es que el mundo esta en su contra o qué? —mas ella negó con la cabeza.

Pero, lo que más lo sorprendió y, al mismo tiempo, lo llenó de emociones y sensaciones indescriptibles que comenzaron con un terrible dolor de cabeza y un fuerte revoltijo en el estómago, fue lo que Laura dijo después mirando hacia las paredes color crema de la mini cocina. El café se había enfriado, por lo que tuvo que meterlo en el microondas.

—Es por culpa de un profesor —dijo en un tono bajo y sin emoción—. Cuando Ariel comenzó la escuela en este colegio uno de los profesores se fijó mucho en él. Era el profesor de arte y dibujo de la escuela, el señor Roberto Langley. Estaba, al parecer, muy interesado en él —Mad escuchaba en silencio, apretando más fuerte el palo de la escoba conforme las palabras aumentaban. Rogaba que no fuera lo que él se imaginaba, lo que su cabeza podrida comenzó a maquinar—. Durante las vacaciones de invierno él llamó a Occhiblu con la excusa de clases suplementarias de arte para que participara en un concurso ínterescolar, y fue descubierto en una situación de violencia. Fue todo un escándalo, la reputación del colegio corría riesgo así que taparon todo lo más rápido posible y despidieron al profesor. Pero los alumnos se enteraron, como era de esperar.

Jean Claude, azorado, sentía que la bilis le subía a la garganta. Ariel jamás le había contado de eso.

—Oh, Dios mío.

—Su madrina insistió en hacerle una revisión médica a Ariel, para asegurarse de que no habían abusado de él, pero Ariel se negó. Dijo que no le había hecho nada. Como sea, el profesor, pese a que estaba casado y tenía hijos, quiso seguir viendo a Ariel y lo acosó hasta que le pusieron una orden judicial. Se suicidó al poco tiempo, luego de escribir sus sentimientos por Ariel en una carta dirigida a su esposa, al colegio, y al propio Ariel. Luego de eso los profesores cambiaron su posición radicalmente, la noticia se extendió en la escuela y los demás chicos comenzaron a molestar a Ariel, diciéndole que era un calienta pollas y un homicida. Primero fueron las chicas, conscientes de la atracción que él despierta en los hombres, pero luego se sumaron los chicos. Supongo que las mujeres temían que él les quitara a sus chicos y los varones no soportaban lo que él generaba en ellos, quizás incluso alguno haya sido rechazado y comenzó con las bromas en venganza.

—Pero… ¿cómo pueden ser tan crueles?

—Los chicos son crueles, es la naturaleza. Pero los padres ricachones de esos niños deberían hablar con sus hijos para que esto se detenga, pero en vez de eso, los alientan —el pitido del microondas los avisó de que el café estaba de nuevo caliente, Laura lo sacó del aparato sin mucho protocolo—. Y los maestros deberían hacerse cargo, pero todos hacen la vista gorda. Nadie se hace cargo de nada, por lo que Ariel sufre una tortura cada día que va.

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió de nuevo y Alexandra entró en ella con su perenne expresión de estrés en el rostro y con un móvil en la mano. Al ver esa cara, Mad sintió el impulso de subirse arriba del mesón como un gato acorralado por una jauría de perros hambrientos. Parecía que la hubiesen obligado a sentarse en un hormiguero cubierta de caramelo o algo peor.

—Ah, Mad, hazme un favor —dijo aliviada al ver allí a su hermano, entregándole al móvil—. Estoy a la espera de Ariel al teléfono, pero no tengo tiempo que perder. Cuando se ponga, ¿puedes decirle que venga rápido, por favor? Dile que tengo buenas noticias.

Y sin esperar respuesta, depositó el móvil en manos de Mad y salió de nuevo hacia el atelier, seguida de cerca por Laura. Soltó un suspiro al ver que no dirigían su frustración hacía él.

Mad se puso el auricular y sólo oyó el sonido atenuado de unas voces.

—¿Hola? ¿Sigues ahí, Alex? —Mad no pudo evitar sonreír al oía la voz de su hada.

Mon amour, te equivocas de persona —respondió con voz grave.

—¡Mad! Me alegro de escuchar tu voz, justo estaba pensando en la persona más loca que conozco.

Mad se sonrió ante la broma y se dejó llevar por el alegre tono de la conversación, disfrutando sólo del hecho de poder hablar con él e imaginarse su sonrisa. Pero de repente, el tono de voz de Ariel se endureció.

—Aguanta un momento, Maddy. Tengo que lidiar con un gorila —dijo el niño, sin darle la posibilidad de responder. Mad se quedó esperando algo desconcertado, oyendo un susurro de voces al otro lado de la línea.

De todas maneras, ni siquiera sabía por qué Ariel debía venir al taller. ¿Qué cosa quería decirles Alex? Si era algo que ayudaría a Ariel no tendrían que estar todos presentes… aunque quizás sí, si era algo muy bueno… Ojala fuera algo en verdad bueno.

“Si no dejas de pensar tanto, se te quemara la única neurona buena que te sigue funcionando”.

Sarcástico como siempre, el Doppelgänger hacía su aparición estelar de la tarde.

—Vale, dejaré de pensar si eso te hace feliz –le respondió en voz baja, no fuera que su hermana o Laura oyeran.

“El problema no es que pienses”. Explicó su otro yo, sirviéndose el té en una adorable mesita de estilo inglés que apareció de la nada en su cabeza. Sentado en su trono, la silla de madera tapizada con enorme respaldo, Bad Mad cruzó las piernas y bebió un trago de té de limón antes de continuar: “El problema es que siempre terminas pesando en él y, aunque lo adoro y amo que pienses en él, las consecuencias que eso produce no son adecuadas teniendo en cuenta que estamos en público. Y para peor, en el trabajo de tu hermana”.

“¿De qué consecuencias hablas?”.

“¿Se te ha metido un gusano a la cabeza, o qué? No me dirás que ya olvidaste lo que ocurrió hoy luego de que te dio ese beso”.

Jean Claude rodó los ojos, era la cuarta vez que le repetía la misma respuesta en el mismo día.

“No fue un beso, ya te lo dije”.

“Bueno, no sé qué ha sido. Pero fue maravilloso… descontando el hecho de que tuviste que sacudir la nutria en tu propio coche”.

—Joder… —las palabras del Mad interno le sacaron un buen sonrojo. Uno casi tan grande como el que sufrió luego de haberse masturbado en el auto. El beso de Ariel, bueno, no beso, pero el sólo roce de sus labios y todo lo que su mente maquinó por ese simple contacto celestial, lo habían excitado por completo. Apenas se hubo asegurado de que el niño estaba puertas adentro de su edificio, pisó a fondo y metió primera buscando un estacionamiento, un parque, un sitio medio oscuro o sin gente. ¡Algo! Algo para poder saciar su sexo, que estaba duro y erguido entre sus piernas, punzándole de dolor durante todo el trayecto hasta que se metió en el estacionamiento de un supermercado y se ubicó en la parte más profunda, oscura, donde pudo bajarse el cierre del pantalón y atender sus necesidades fisiológicas… Más de una vez, porque al minuto que recordaba el hecho se volvía a excitar. Dio gracias de que Ariel no estuviera de momento con la oreja pegada al auricular o escucharía su respiración jadeante.

—Oh, Dios. Qué vergüenza… Si alguien me hubiera visto. 

“¡Eso es lo de menos!”. Su otro yo se levantó de la silla con aires indignados. “Se trata de tu salchicha. Si no mojas el churro más seguido y sigues acogotando la gallina, terminarás haciéndote daño o quedando manco. Y no creo que estés de ánimos para aprender a pajearte con la izquierda”.

Esos comentarios lo sacaron de quicio. Puso los ojos en blanco al tiempo que fruncía los labios con desdén y contestó en un tono mordaz y amenazante.

—Me ocupo de mi cuerpo como se me da la regalada gana, fantasmita de pacotilla.

“Como quieras. Pero cuando la termines ahorcando y nunca más la vuelvas a poder usar, te acordarás de mi”.

Hubiera despotricado de no ser por dos razones: La primera, estaba demasiado cerca de su hermana y de sus invitados como para arriesgarse a ser sorprendido, y la segunda, que la voz de Ariel volvía a llamarle la atención.

—Lo siento, Mad. Unos idiotas del club de rugby estaban molestando… ¿Qué me decías de una buena noticia?

—Pues…

Cuando quiso responderle, escuchó varios ruidos extraños. Ariel le contestaba algo a alguien en un tono que nunca antes le había escuchado, y lo que siguió fue un concierto de ruidos raros y gritos.

—¿Ariel? ¡Ariel! Contéstame, Ariel. ¿Qué ocurre?

Del otro lado, un grito y la línea se colgaba. ¿Qué le había ocurrido a su Ariel? No podía ser nada demasiado grave, estaba en la escuela… Una escuela a la que no parecía muy contento de ir, dicho sea de paso. La escuela, la escuela, la escuela…

De repente, las palabras que Laura le había dicho, resonaban en su cabeza. “Mon Dieu, mon Dieu. ¿Y si le ocurrió algo a mi pequeño?”. Así se debatió durante varios lastimosos segundos, con el teléfono último modelo de su hermana en la mano, hasta que se decidió y entró en el atelier sin importarle que su hermana le mirara como si quisiera quebrarle el alma con los ojos.

—Laura —dijo al encontrársela de frente nada más entrar—. ¿Tienes el número de la tía de Ariel?

—Sí, claro —el tono de su voz le hizo saber que sospechaba algo—. ¿Qué ocurre?

—Estaba hablando con Ariel y entonces le oí gritar, justo antes de que la llamara se cortara. Tengo un mal presentimiento, creo que algo puede haberle sucedido. Trataré de comunicarme de nuevo con él. Si no contesta, iré a buscarlo a la escuela. Tú deberías llamar a su tía.

—Pero… pero… —el control y la seriedad en sus facciones estaba desapareciendo, seguramente aterrada ante la idea—. No te dejarán entrar en la escuela si no eres pariente.

—Dile entonces que llame a la escuela y que avise que voy hasta allá, me pondré en marcha.

No esperó la respuesta y salió corriendo de allí, ignorando las voces de Laura y de su propia hermana llamándole. Ariel no estaba bien, su corazón le decía que no podía estar bien. Algo extraño ocurría y tenía que ir y rescatar a su hada, de cualquier maldad que pudieran hacerle sus compañeros de clase.  Mientras él respirara, no iba a permitir que nada malo le pasara al muchacho y, cualquier que osara intentar lo contrario, iba a perecer.

Juró aquello ante todos los santos que conocía mientras subía al auto y marcaba el número de Ariel en su celular. Por toda respuesta, sólo escuchó la voz de la operadora, indicándole que ese teléfono estaba apagado o fuera de servicio. Ya no cabía duda, Ariel estaba en problemas y él iría a rescatarlo así la escuela lo demandara.



Cuando abrió los ojos se encontró en un lugar pequeño, cúbico como una de esas horribles cabinas telefónicas que detestaba usar, esas a las que solo entraba cuando era estrictamente necesario. Oyó murmullos a su costado, por donde provenía una luz cegadora bastante molesta cortada por sombras corpulentas y robustas.

“Oh, Dío. La testa, il dolore...”

Sentía unas punzadas terribles de dolor en la cabeza, y una en la boca. Recordaba sin problemas lo que había ocurrido: luego de haberle contestado tan mal al gran rey y señor Bud, este lo había derribado de un golpe en la mejilla y había caído inconciente, luego de chocar de cabeza contra el piso frío de la escuela. Ahora estaba en un lugar que conocía, pero que no lograba precisar con exactitud, le dolía demasiado la cabeza como para pensar en ello y hasta le costaba escuchar las voces a su costado. Estaban riéndose, era obvio, pero no entendía qué decían.

—Miren a la putita, tirada en el piso del baño —dijo una voz nasal y desagradable. Ese era Isaac. La carcajada gruesa de chico malo que le siguió era obviamente de Arturo.

—¿Qué dices, Bud? ¿Lo dejamos aquí encerrado?

Esa palabra tan horrible lo hizo despertar pese al dolor en su cabeza. Al abrir bien los ojos se dio cuenta de que estaba en uno de los viejos baños en reconstrucción a los que estaba prohibido ir.

“Oh, no. ¡No de nuevo, por favor!”.

Se iba a morir. Si lo encerraban allí seguro que se moriría, como aquella vez en el pozo o en aquel casillero inmundo. Se le iba a agotar el aire, las paredes se cerrarían contra su cuerpo y moriría aplastado o asfixiado, lo que ocurriera primero.

—Me parece que es una buena idea —al pararse, con cierto tambaleo, pudo ver perfectamente a los chicos. Todos, excepto Michael, con quien siempre se había llevado bien, pero que no le hablaba por la presión de los otros miembros del grupo, lo miraban con una sonrisa casi diabólica de triunfo.

—Ni se les ocurra —logró sisear e intentó salir, pero los chicos cerraron la puerta antes de que pudiera hacer nada y la trabaron por fuera—. ¡Déjenme salir, idiotas! Les pondrán una suspensión por esto, ¡ya lo saben! ¡Déjenme salir! ¡Aaaaaah!

Entre más gritaba los otros más se reían, pero no se podía controlar. Tenía que salir, debía salir, era su única esperanza de vida. Lograr estar en un lugar abierto donde abundara el aire, no en un apretado cubículo, en un diminuto casillero, o en el fondo de un pozo de agua manteniéndose a flote por quién sabe qué milagro. Comenzó a aporrear la puerta, jadeando cada vez más fuerte. Se iba a morir, si no salía de seguro se iba a morir y conforme este pensamiento dominaba su mente los gritos se volvían más fuertes y desgarradores, sus manos golpeaban con fuerza casi sin sentir el dolor e incluso comenzaron a rasguñar la madera de la puerta. Se estaba ahogando ahí dentro, pues el corazón le oprimía el pecho con tanta fuerza que no podía llenar sus pulmones del aire suficiente.

—¡Por Dios! —gritó la voz aguda de Charlie, quien se oía demasiado disgustado por los gritos y los golpes. Sonaba como un cuchillo cortante contra el aire—. Esta puta grita demasiado fuerte, me pregunto si gritaba así cuando el profesor se la metía por detrás.

Arturo se rió. Ariel casi podía imaginarse la cara de horror de Michael, quién conocía de su claustrofobia por haber presenciado uno de sus ataques de pánico.

—Parece un gato en celo. Quizás debemos darle algo para que se calme.

Antes de poder seguir gritando, lo calló un baldazo de agua fría. Literalmente, los chicos le habían arrojado agua desde un balde por encima de la puerta del baño haciéndolo sentir pequeño y raquítico, más asustado de lo que pensaba admitir. Era injusto, tan injusto, ser tratado de esa forma.

—Parece que la gatita necesitaba un baño bien frío.

Pudo oír las risas alejarse cada vez más hasta que el sonido de la puerta de madera del baño le indicó que se habían ido. ¿Qué iba a hacer ahora? Estaba ahí, solo, y lo más probable es que nadie fuera a rescatarle hasta que se hiciera muy tarde. Cerró los ojos, apoyando la espalda húmeda en la puerta del baño y vio, lleno de tristeza, como su mochila había sido abierta y su cuaderno de dibujos fue roto, destrozado y metido a la fuerza en el inodoro. Sus diseños de joyas, los retratos de los profesores, de Alex, Laura, su tía, su primo… el boceto del retrato de Mad en el que se había puesto a trabajar en secreto durante la hora libre mientras le pasaba notas a los chicos.

—Qué crueldad…

Y él que lo había dibujado con tanto cariño. Se hizo una bolita  en el rincón del baño. Estaba acostumbrado a eso, había sido horrible aquella vez que lo encerraron en el casillero oscuro y frío. No podía ir al baño y no fue capaz de aguantarse hasta que el de intendencia lo encontró hecho un ovillo, todavía recordaba el escozor de la orina reseca sobre su piel.

—Al menos aquí no me tengo que preocupar por eso.

Hecho una pelotita contra el rincón intentó aguantarse las lágrimas, pero no pudo. Estas cayeron por sus mejillas sin contenerse al tiempo que se abrazaba las rodillas y apoyaba el mentón sobre ellas. Muy en el fondo de su corazón, deseaba que alguien lo rescatara.

—Maddy…




—He venido por Ariel D’cciano y no me voy hasta que lo vea.

La portera de la escuela y un maestro estaban intentando razonar con él, pero no quería escucharlos. Ariel estaba ahí dentro, podía sentirlo y podía verlo en los rostros de los chicos que se reían por lo bajo e intercambiaban miradas. Había ido como una tromba a la escuela, exprimiendo el acelerador del Sedán hasta sentir que se le entumecía la pierna y ahí estaba, en el John Baptiste School, pero no querían dejarle pasar pese a que la madrina de Ariel ya había avisado que iría a buscar a su protegido, porque no era tutor legal.

Como respuesta, él se negaba a dejar salir a nadie.

—Señor —el profesor, un hombre alto y delgaducho, cuyas gayas eran más grandes que su propia cabeza, trataba de hacerlo entrar en razón—. Por favor, sepa entender, no podemos dejarlo pasar si no es tutor legal y seguro que el niño estará en su casa.

—No está en su casa —respondió en tono mordaz, deseando matar a alguien a golpes—. No está en el hospital, no está en el trabajo. Iba a ir a visitar a su hermano al hospital y él nunca llega tarde cuando de Angelo se trata.

Eso no lo sabía con certeza, pero conociendo a Ariel era lo más probable que así fuera. Aún había muchos chicos dentro del colegio, todos los que debían de tener  alguna actividad extracurricular. Alguno de ellos fue el causante de que su Ariel estuviera ahora desaparecido. Los amenazó a todos con la mirada. Quien quiera que hubiera sido iba a pagarlo por siete generaciones. El profesor pareció malinterpretar su gesto, porque dio unos pasos hacía atrás.

—Escuche, profesor. Soy un hombre sensato, sé que esto no debería estar pasando, pero el chico está desaparecido y en esta escuela hay un historial de abusos y acoso contra él. Usted, como educador, bien debería saber que los profesores deberían protegerlo en lugar de hacer la vista gorda ante este montón de mocosos malcriados que no saben lo que es la vida. Si no me deja entrar, le aseguro que el instituto recibirá una carta documento del abogado Ricardo Tiburón Torres.

Los adultos presentes que ahora habían crecido en número, palidecieron. Claro que todos conocían a Torres, el abogado más letal que la facultad de derecho más importante del país logró parir, becado y con honores. Era un abogado tan bueno, tan destructor, que podía poner a un culpable de triple homicidio en la calle y a un inocente en la silla eléctrica en menos de lo que canta un gallo. Un abogado que podía exprimir el bolsillo de cualquiera, sin terror, ágil y despiadado, al que todos en la ciudad temían. No por nada era apodado “El tiburón”.

Y no por nada lo dejaron entrar a la escuela, pero obligó a los profesores a que no dejaran salir a nadie y a que buscaran con él. Preguntó a todos los estudiantes, pero nadie parecía saber nada hasta ver, en el fondo de todo, a un grupito de extranjeros siendo rodeado por otro grupo de corpulentos chicos. Cierta intuición le dijo que fuera con ellos.

—¿Qué pasa aquí?

El primero en responder fue un chico robusto y bastante feo. El bolso deportivo que llevaba colgado al hombro tenía bordado el nombre de “Bud Stevens”.

—Nada, señor. ¿Ha encontrado a D’cciano?

—No, así que los alumnos ayudarán a buscar. ¿Por qué no van a la sala de actos?

Los jóvenes parecían reacios de dejar al otro grupo, que se veía incómodo y débil. Ninguno tenía fuerza como para luchar contra ellos, menos las chicas, pese a que una de ellas tenía cara de querer matarlos a todos.

—Chicos, ¿ustedes…? —estaba inseguro, pero ellos eran los únicos extranjeros presentes—. ¿Ustedes son del grupo de intercambio estudiantil? ¿Conocen a Ariel?

Pudo verlo en sus caras, todos querían hablar pero las miradas de los otros chicos grandotes se los impedían. Mad rogó para que hablaran, le suplicó a Dios que uno de ellos dijera algo. Este debió de haberlo escuchado porque la chica con cara de enojada dio un paso enfrente, bien derecha y firme, y miró al mayor a la cara.

—Sí lo conocemos, es nuestro compañero de curso.

Los ojos de Jean Claude brillaron.

—¿Lo han visto? ¿Tienen idea de dónde puede estar?

La chica miró a los grandullones, casi desafiándolos a que la detuvieran a hablar, y sacó algo de su bolsillo: el celular de Ariel.

—Shenshen —señaló al japonés del grupo con la cabeza—, estuvo con él, nos estaban esperando para que él nos guiara a la parada del autobús. Todos nos habíamos quedado tarde por las actividades extracurriculares. Él vio algo, pero estos cuatro idiotas no quieren que digamos nada.

—¿Viste algo? —preguntó Mad con voz apenas audible, tomando el celular con manos trémulas—. Por favor, si viste algo dímelo. Te lo suplico, no sé qué le hicieron, o dónde lo escondieron, pero Ariel es un chico muy delicado. Puede estar pasándolo peor de lo que debería, te pagaré si es necesario, ¡pero dime qué viste!

La desesperación se palpaba en su voz, eso era obvio, pero le dio tan poca importancia como a los murmullos de alumnos y maestros que se juntaban detrás de sí. Sabía que el chico quería hablar, el destello de culpa en sus ojos rasgados lo delataban, pero éste se convertía en miedo en cuanto se encontraba con los ojos del tal Bud.

—Yo… —luego de tres veces de intentar finalizar la frase, Shenshen lo consiguió—. Cuando salí del baño vi a Ariel discutiendo con ellos —señaló a los grandotes—, y en un momento, él les contestó a sus pullas y

Bud se le echó encima. Le pegó y lo tiró al piso, Ariel se quedó inmóvil, como si estuviera… muerto. Entonces lo agarraron y se lo llevaron al ala oeste del primer piso. Pero esa ala es enorme, tiene muchas aulas y salas, no sabíamos ni por dónde comenzar a buscar.

—Japonés de mierda… —Bud quiso ir a pegarle al extranjero, pero Mad se interpuso y lo tomó del cuello de la camisa.

—Escúchame bien, pendejo. Si no me dices en cinco segundos dónde carajos está Ariel y qué le hiciste, juro que aunque vaya preso te golpearé el estómago tan fuerte que te voy a sacar toda la mierda de adentro, ¿entendiste?

Bud pasó saliva.

—No se atrevería.

—¿Quieres apostar? —apretó un poco más el cuello de la camisa, ignorando a los maestros que se abrían paso entre los alumnos en un intento por detenerlo—. Tengo que encontrar a Ariel antes de que le pase algo o sufra un ataque, así que ponme a prueba. Ya perdiste cuatro  segundos.

—Tendrás que golpear a toda la escuela entonces —intervino una de las chicas extranjeras, una muchacha de ojos verdes—. Todos vieron algo, pero nadie dice nada. Y los profesores no se enteraron, salvo el profesor de matemáticas, que estuvo presente. Yo lo vi.

Eso hizo estallar a Mad.

—¡Perfecto! Más motivos para enviarle una carta documento a la escuela y a cada uno de los alumnos. Me pregunto qué tan importante será este instituto cuando con las demandas que les haga tragar su prestigio baje hasta que ni los parias de los barrios bajos quieran venir aquí. Perderán los subsidios del gobierno, las universidades no querrán a ningún alumno salido de aquí, y todos y cada uno de los presentes perderá por todo lo que ha trabajado. ¿No es una gran idea? Ahora, mocoso… —sin hacer uso de demasiada fuerza, o al menos así lo sentía el mayor, alzó al chico del piso mientras que todos los demás alumnos a su alrededor palidecían y los maestros observaban al profesor de matemáticas con desaprobación—. ¿Dónde esta?

“Él no va a decir nada”. Intervino Bad Mad, suspirando con acritud desde el sitio de su mente donde él habitaba. “Le tiene ganas a nuestra hadita, puedo verlo en sus ojos. No va a decir nada, le importa muy poco. Presiona al rubio con carita de cachorro, es el más débil del grupo. Y parece que no tenía deseos de lastimar a Ariel”.

Por primera vez en mucho tiempo, Jean  Claude le hizo caso a su Doppelgänger y bajó al chico que se llevó una mano a la garganta. Cuando vio a los otros que acompañaban a Stevens, pudo identificar claramente de quien hablaba: el bolso decía “Michael Feldman”, era alto y corpulento como los demás pero el único rubio con ojos claros del grupo. Su mirada, culpable y lastimera, era como la cara de un cachorro abandonado en la nieve. Decidió apelar a su lado bueno, por lo que se acercó un poco a él e hizo un gesto teatral de dolor.

—Ariel es muy delicado… Tengo que saber dónde está, es tan frágil… Por favor, díganme. Puede estar sufriendo un ataque o algo similar, puede lastimarse seriamente o sufrir un pico de presión e irse al otro lado.
Se los ruego, díganme dónde está.

Como se había llevado la mano a la frente para taparse los ojos y representar un buen papel, uno muy verídico dado que de veras estaba perdiendo la cordura en busca de Ariel, tuvo que entreabrir los dedos un poco para observar la cara del chico que pasaba de la lástima a la culpa pura y llana, casi a una desesperación. La palabra “muerte” implícita en su anterior perorata había calado hondo dentro de él y sus labios finos temblaron tanto como su voz suave al preguntar.

—¿Es… es tan delicado?

—Mucho, en verdad. Sólo Dios sabe qué estará pasándole ahora. Si llega a pasarle algo su tía sufriría un infarto, de seguro… y su hermanito que está en el hospital…

La cara de dolor del chico se volvió casi indescriptible, daban ganas de sacarle una foto. “Cayó”, pensó Mad, notando el temblor de todo su cuerpo.

—Ariel… —miró a sus compañeros, aterrado—. Lo siento chicos, pero no puedo seguir con esto. ¡Yo nunca quise lastimarlo! A mí me agrada, es un gran chico. Si tú, Bud, tienes algo en contra suyo es tú problema, pero yo no quiero seguir haciendo esto. ¡No está bien!

—¡Michael! —gritó Bud, rojo de ira.

—¡Michael las pelotas! Si se muere por nuestra culpa, ¿qué harás, eh? ¿Qué harás? ¿Y si se hace daño tratando de escaparse o se enferma? Yo no tengo la culpa de que quieras tirártelo y que él no te dé ni la hora, ni siquiera Ariel tiene la culpa —los demás miraron casi al unísono a Bud, que palideció e intentó replicarle, pero Michael no le dio oportunidad—. ¡No! Te he visto como lo miras casi todo el tiempo en gimnasia o durante las clases de natación, siempre estas mirándolo. ¡Al carajo contigo, loco! Ellos —respiró hondo, jadeando, y señaló a sus compañeros—. Ellos me obligaron a cargarlo a los baños abandonados del ala oeste, esos que están en construcción. Les dije que no lo hicieran, que podían lastimarlo o algo, pero lo dejaron encerrado en uno de los baños para chicos, trabaron la puerta y luego le echaron agua fría encima.

—¡Hijo de puta!

Bud, que estaba rojo de nuevo, se arrojó sobre su compañero pero no llegó ni a tocarlo porque Mad volvió a tomarlo de la camisa y lo arrojó lejos. Creyó haberle dicho algo a los profesores sobre impedir que esos chicos se fueran y, luego de preguntarle a Michael dónde estaba el ala oeste, corrió hacía ahí. No podía pensar en nada más que en Ariel, su pobrecito niño, que debía de estar solo y asustado ahí dentro. Rogaba porque no le hubiera pasado nada malo, que no hubiese sufrido un ataque de pánico, un desmayo, o algo peor.

“¡Mon dieu! Que esté bien, por favor, que esté bien”.

No sabía que todos los que presenciaron la escena anterior lo estaban siguiendo, ni les hubiera hecho caso de haberlo sabido. Solo se dedicó a correr como un condenado hasta el bendito baño y abrir la puerta de una patada, con un rápido vistazo alcanzó para ver la puerta trabada por fuera con maderas.

—¡Ariel! —gritó. A un costado, los materiales de construcción brillaban en su esplendor. Tomó un martillo, pues al no recibir respuesta comenzó a aporrear la cerradura de la puerta y las maderas con las que la habían trabado para abrirla—. ¡Ariel, responde! ¿Estás bien?

Silencio. El cerrojo al fin se quebró y, luego de forcejear un poco con las maderas pudo abrir la puerta. El espectáculo le sacó un quejido desgarrador: Ariel, empapado, estaba tirado en el piso convertido en un ovillo chiquito. Estaba llorando sin hacer ruido, mirando a la nada y boqueando como quien no puede respirar.

—¡Dios mío! —jadeó apenas. Había gritado tanto en todo ese día que le dolía la garganta, pero no podía evitarlo. Ariel valía cada grito, cada desgarro de sus cuerdas vocales. Tomó al pequeño entre sus brazos alzándolo como si no pesara nada, la cabeza y los brazos del muchacho caían lánguidos hacia abajo y su cuerpo húmedo apenas si despedía calor.

Estaba traumatizado, no cabía duda. Tal vez estaba en estado de shock, por eso no reaccionaba y miraba la nada haciendo ruido al respirar. Lo sacó del baño, ante los ojos de alumnos y profesores boquiabiertos, y lo dejó en el piso del pasillo al tiempo que le apartaba el pelo mojado de la cara y le fregaba los brazos con sus propias manos, tratando de hacerle despertar y darle calor.

—Ariel. Ariel, mon  ami. Despierta… Anda, Ariel, di algo.

El jovencito pestañeó un par de veces antes de mirar a su alrededor y retorcerse un poco. En cuanto sus ojos observaron todo a su alrededor y luego se encontrara con los de Mad, se llenaron de lágrimas. Maddy había ido a rescatarlo, tal y como había imaginado mientras las paredes de ese lugar tan pequeño se lo comían vivo antes de perder el conocimiento. Él estaba ahí, había ido a buscarle… y había estado tan asustado.

—Mad… —con un hipido, se arrojó sobre él poniéndose de rodillas, llorando a mares de forma casi histérica mientras lo abrazaba. Se sentía tan pequeño y Mad era tan grande. El recuerdo del encierro que lo sofocaba seguía patente en su mente—. Mad, Mad, Mad… yo… yo…

—Ya pasó, Ariel. Tranquilo… todo esta bien, ya no estás encerrado.

—Era horrible. Ahí solo, encerrado, sentía que las paredes se caerían sobre y no podía ni respirar. Hacía tanto frío.

Pero en vez de calmarse, el llanto del niño empeoraba volviéndose más fuerte y más convulso. Jean Claude nunca creyó que podría ver a alguien derramar más lágrimas que su hermana mayor en el día del funeral de su padre, pero Ariel estaba superando por mucho a Alex. Las lágrimas caían rápidas por sus mejillas pálidas, los labios del menor, azules por el frío, solo soltaban quejidos desesperados y sus brazos, que antes habían estado lánguidos, ahora abrazaban su cuerpo, como si estuviera al borde de la muerte. Se lo veía aterrado, en un estado de shock que ni las palabras de Mad lograban calmar, aunque lo intentaban. Los espectadores observaban la escena sin poder creerlo, tan sorprendidos de verlo llorar de ese modo como el propio Mad, ya que Ariel jamás había demostrado ningún tipo de emoción en la escuela luego del incidente del maestro; las chicas se llevaban las manos a la boca con los ojos enrojecidos y los varones agachaban la vista culpables, tanto o más que los profesores, quienes no sabían que hacer.

Pronto el llanto del muchacho se convirtió en un jadeo que no le permitía respirar, igual que la noche anterior. Jean Claude no tuvo más opción que tomarlo del mentón con una mano y de los hombros con la otra para que lo mirara a la cara y entendiera bien lo que le iba a decir.

—Ariel, escúchame. Respira hondo, ¿sí? Inspira, contén un momento el aire y luego exhala despacio para que no te duela el pecho. Tranquilo, ya no estás encerrado, me aseguraré de que no te vuelva a pasar. Estábamos todos muy preocupados pero ya estás bien, así que te llevaré a casa y luego iremos a ver a Angelo al hospital si quieres, ¿de acuerdo? Ya no llores.

Las palabras surtieron efecto poco a poco. El menor pudo volver a respirar con tranquilidad, sin llorar pese a que a veces hipaba y las lágrimas seguían bajando por sus mejillas. Con delicadeza lo ayudó a pararse pese a que todo el cuerpo ajeno temblaba.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó el niño, cuando fue capaz de hablar sin interrumpirse en sollozos. Tenía la voz ahogada de tanto grito y llanto.

—Cuando la llamada se colgó tan estrepitosamente no pude dejar de pensar que algo malo te había pasado. No sabía que lo pasabas tan mal aquí hasta que Laura me lo contó y entonces comencé a sospechar, le pedí que llamara a tu madrina e intentara comunicarse contigo mientras yo venía a buscarte.

—Pero aquí no te dejan entrar si no eres mi tutor.

Mad le dedicó una gran sonrisa y le hizo un guiño mientras se quitaba su saco y cubría con él al menor.

—Una llamada de tu tía avisando que vendría y una amenaza de demanda con el mejor abogado del país puede con todo. Por cierto, tendrás que agradecerles a tus amigos. Sin ellos no te hubiera podido encontrar porque…

—Porque nadie pensaba decir nada para ayudarme —completó la frase, en un tono monocorde y con una expresión triste—.Ya lo sé. A nadie le importa lo que me pasa en esta escuela. Pero, ¿de qué amigos hablas?

—De ellos.

Entonces señaló al grupo de chicos que lo habían ayudado, incluso a Michael. Los jovencitos corrieron hacia él y se apretujaron alrededor de Ariel preguntándole cada dos segundos si se sentía bien, cómo estaba, y pidiéndole disculpas por no haber hablado antes. Los chicos le palmearon la cabeza y los hombros en un intento de darle valor, consolarlo y quizás como muestra de afecto, las chicas en cambio lo abrazaron idas en llanto.

—Perdónanos, por favor —le dijo una chica de cabello rojo, muy pecosa—. Pensábamos en venir a buscarte pero no sabíamos dónde comenzar. Encima, esos tarados del equipo de rugby no nos dejaban tranquilos.

Ariel, quien tenía cara de no haberse esperado esas demostraciones de preocupación, tardó unos minutos en responder.

—Está bien, no se preocupen. De no haber sido por ustedes no me hubieran encontrado. Estas cosas me pasan muy a menudo… Esto, espero que podamos ser amigos aún.

—¡Claro que sí! —Shenshen sonrió, tomándolo de un hombro para acercarlo a él y pasarle los nudillos por la cabeza, en un ademán amistoso—. Si nos caíste bien desde el primer momento, tonto. Si no quisiéramos ser tu amigo no te hubiéramos ayudado.

La brillante sonrisa que Ariel dejó ver en ese momento, mientras los chicos le insistían en que fuera a la enfermería e ignoraban a los demás alumnos, fue un bálsamo para la conciencia perturbada de Jean Claude. Eso era lo que quería para Ariel, que tuviera amigos que se preocuparan por él y lo ayudaran, chicos que le defendieran cuando él no pudiera hacerlo, gente con la que su niño pasara buenos ratos. Quizás Ariel dejara de necesitarle cuando afianzara su amistad con aquellos chicos, incluyendo a Michael que se le acercaba y le pedía sus más sinceras disculpas. Tal vez dejara de verle de la misma manera y no quisiera pasar más tiempo con él, que era un viejo comparado con sus nuevos amigos, pero valía la pena. Valía demasiado la pena si su hada podía ser feliz en un lugar donde pasaría la mayor parte de su vida y sonreía siempre de la misma forma.

Lo que siguió a todo eso fue algo que Mad intentó hacer que pasara lo más pronto posible: Los profesores comenzaron a insistir en que el menor fuera a la enfermería, pero Mad no lo permitió, consciente de que eso era un intento de salvarse de la demanda que pensaba hacerles, aún contra la voluntad del menor. Estaba seguro que luego de esto, podía convencer a la madrina del joven para que se le uniera. Exigió que se suspendiera al profesor de matemáticas por tiempo indeterminado y, mientras Ariel esperaba fuera de la dirección rodeado de sus amigos que intentaban levantarle el ánimo, Mad arregló un acuerdo con la dirección: evitarían la demanda, la cual mancharía el prestigio de la escuela, si concienciaban a profesores y alumnos de que lo que estaban haciendo era acoso y discriminación. No estaba bien permitir que los estudiantes hicieran daño a otro alumno, ya fuera daño emocional o físico, y debían pararlo de alguna manera. No sólo por Ariel, sino por todos los alumnos que sufrían de lo mismo y porque los jóvenes acosadores nunca lograban aplicarse luego en el ámbito laboral medio. Si realmente era una escuela de prestigio, que actuara como tal.

—Pero, ¿cómo espera que cambiemos la manera de pensar de los estudiantes? Primero hay que comenzar con la clase de D’cciano y luego con toda la escuela. También tendrán que participar los padres.
Era consciente de que eso iba a ser difícil, reprogramar a todos los alumnos a los que se les había permitido hacer lo que querían sería una empresa complicada. Bad Mad hizo una mueca desde donde estaba y le sacó la lengua al director.

“Nosotros conocemos a alguien a quien le encantan los desafíos, ¿verdad Mad? Puede que nos deteste, pero hará lo que sea por su pequeño prodigio”.

Mad sonrió. Sabía de quién estaba hablando su otro yo.

—Conozco a alguien que nos ayudará, director.




Ahora en Alchemy, Alex despotricaba a los cuatro vientos. Por suerte todos los invitados se habían retirado y las negociaciones habían salido bien, pero estaba en ebullición cuando Mad explicó todo lo que había pasado en la escuela. Insultó en todos los idiomas que conocía, dejando a Ariel boquiabierto, y luego comenzó a rebuscar entre las ropas como una posesa hasta encontrar algo que le gustó y dárselo a Ariel.

—Ten, amorcito. Ve al baño y cámbiate esa ropa húmeda.

—Pero…

—Sabes que no aceptaré un no por respuesta, amor. Ve y cámbiate, es más, quédate con la ropa mientras yo hablo con mi hermano y Laura, ¿okay? Ya llamé a tu tía, vendrá aquí a buscarte.

—¡Yo no quería que se enterara!

—Ariel —la voz de Laura sonaba como una orden indirecta—. Si no dejas de ocultar la realidad y tratas de hacer ver que todo está bien aunque no lo está, las cosas irán de mal en peor. Te guste o no, lo mejor es que lo sepa y hable con los directivos.
 
—Aun así, no quería.

Ariel se escondió en el baño como un nene caprichoso, cambiándose. Sabía que tenían razón, pero no quería que su tía y su primo supieran que en realidad no era feliz. Bastante hacían ya por él. Sin embargo, cuando regresaban a la tienda luego de despedirse de todos, Mad le habló de un arreglo con el director para solucionar las cosas. Bud y los demás habían sido expulsados por tiempo indefinido, además de que escribieron sobre el tema en sus expedientes académicos y les dieron muchos trabajos para hacer en casa como penitencia. Aunque en realidad, apenas había escuchado lo que le decían mientras estaba envuelto en el saco de Mad, embebido de su aroma, sintiéndose tan seguro como un ave en su nido, entre los brazos del mayor, que le envolvía sin importarle que estuviera mojado y le decía que todo iba a salir bien.
Ruborizado de sólo recordarlo, sacudió la cabeza y comenzó a desnudarse.




Jean Claude estaba sentado en la sala, suspirando con un café fuerte en las manos. La visita al hospital se había suspendido por ese día, ya que el menor debía descansar. Pero no era eso lo que lo estaba preocupando. Lo que tenía en mente para ayudar a Ariel era muy complicado y tal vez no funcionaría, pero había que intentarlo. Tenía que dejar de lado la triste imagen del niño alejándose con sus nuevos amigos para dejarlo atrás si quería ayudarlo a ser feliz.

—Alex, hermanita, cálmate por favor. Lo importante es que Ariel está a salvo y bien.

—Lo sé. Pero cuando pienso en lo que le hicieron esos hijos de puta me dan ganas de tomarlos del cuello y… —entrecerró los ojos, haciendo como que ahorcaba a alguien con las manos.

—Calma, Alex —Laura, que le estaba sirviendo un café cortado, le palmeó los hombros—. Mad dijo que arregló algo con el director, ¿verdad? Con eso y algo de presión de nuestro amigo Ricardo “Tiburón” Torres, vamos a conseguir algo. ¿Cierto Mad?

Él asintió. Si sus métodos no lograban nada estaba seguro de que uno de sus mejores amigos, ex pareja de Alex y primo de Laura, el abogado más temido del momento, iba a poder conseguirlo.

—Sí, pero primero quiero intentar algo diferente. Y para eso necesitaré tu ayuda, Laura.

—¿Mi ayuda? ¿De qué se trata?

—Te lo diré luego por teléfono, Ariel no tiene que enterarse.

Justo al momento de decir aquello, la puerta del baño se abrió.

—¿De qué no tengo que enterarme?

—De lo hermoso que estás, cariño— dijo Alex, llevándose ambas manos al pecho en un gesto maternal—. ¡Esa ropa te sienta tan bien!

“Tienes toda la razón, hermana”. Pensaba el único hombre adulto del grupo, observando a un ruborizado Ariel que agachaba la cabeza y sonreía de pena antes de que su hermana fuera a apretujarlo todo y llenarle la cara de besos. En verdad estaba precioso, no se parecía en nada al jovencito empapado y desvalido al que tuvo abrazado contra él durante todo el viaje en auto. Aquel Ariel, pese a su altura, se veía tan chiquito, que no pudo sino compararlo con un pequeño pajarito mojado en busca de un poco de calor, en cambio, el chico que tenía ahora enfrente vestido como modelo de pasarela, se veía más confiado y seguro, con bastante estilo. Llevaba puesto un conjunto de la nueva línea “teen” informal en la que su hermana había estado trabajando: un pantalón de micro fibra color hueso, zapatillas naranjas, una playera ajustada blanca con estampado tribal en verde manzana y una chaqueta roja y blanca.

El efecto era muy fresco y colorido, además de que le gustaba como combinaban los colores. Pero ya había visto ese conjunto, pues era uno de los que Alex le había mostrado a los invitados anteriores.

—Esa ropa es preciosa —dijo, sonriéndole a Ariel con todo el cariño. Si su hermana se la había dado, por algo era—. Te ves encantador y muy maduro —el niño respondió con una sonrisa, ruborizado. Iba a ser una pena el perder esas tiernas expresiones cuando Ariel lo dejara por sus amigos, así que disfrutaría cada momento con él al máximo, mientras el reloj hacía la cuenta regresiva—. En serio, te ves adorable. Ven, acércate —el chico le hizo caso, así que lo tomó de la mano para hacerlo girar enfrente suyo mientras lo observaba. No se le escapó que esos pantalones le hacían un culo de escándalo.

“Dan ganas de arrancárselos con los dientes y morder esa colita, ¿cierto?”.

Mad sacudió la cabeza y le sonrió, sintiendo las mejillas calientes.

—Hermoso. Pero Alex, ¿esta no es la ropa nueva en la que has trabajado?

—Oh, sí. Por eso quería ver como le quedaba antes de nada. A ver, Ariel, ven aquí. Creo que necesitamos un accesorio. ¿Qué opinas, Lau? ¿Cinturón o boina?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé, ambos son lindos. Prueba con el cinturón primero, es más básico.

—Tienes razón. A ver, Ariel, permíteme —arrodillada frente al chico, este alzó los brazos a los costados para permitirle una mayor libertad de movimientos a su modista mientras ella le colocaba el cinturón blanco con rayas rojas. A Mad se le caía la baba, pues podía degustarse la vista observando la parte trasera de Ariel, pero al mismo tiempo le corrían los celos al ver que su hermana podía acercársele tanto—. ¡Listo! Hum, creo que me decido por el cinturón, el gorro es demasiado pesado para este tipo de ropa.

—Gracias Alex —el menor, acomodándose la ropa, le sonrió—. Pero no creo que debas regalarme est
o si es algo en lo que has trabajado para modelar.

—Pero por eso te lo regalo, mi niño. Creo que es hora de darte la buena noticia y alegrar el ambiente un poco, ¿no crees, Laura?

El menor esbozó una sonrisa. Le encantaba la personalidad de Alex, incluso todos los ademanes que hacía al hablar y la forma rara en la que hablaba. Casi nunca podía decirle que no a ella, pues lograba convencerlo de todas las maneras posibles.

—¿Qué noticia? —¿tenía tal vez un novio nuevo?

—Voy a hacer el primer desfile de modas de la temporada. Y tú vas a participar.

Link del capítulo siguiente



Aclas:

-Sugoi: Fantastico.

-J-pop: Pop japones. Tambien esta el J-rock, y muchas de las bandas terminan usando canciones suyas para cierres o aperturas de anime.

-Anime: Caricaturas japonesas como Dragon Ball Z o Sailor Moon.

-Oh dío: Oh, Dios.

-La testa, il dolore: La cabeza, el dolor...

1 comentario:

Lieblosem dijo...

pero si seré bestia, estaba muy amocionada leyendo a pesar que no estaba como tal entendiendo algunas cosas....oh cielos...recordé que no termine de leer el cap 7....¬¬ de modo que ya me spoilé (xD carajo!! esa palabra existe?), ni hablar, como de costumbre tengo que regresarme para seguir la historia....Dios...amo a Ariel...teno un fanart, pero la verdad es que no se porke no lo he terminado....oh si, muchas cosas por hacer....entre ellos el Loveless FanFiction Songfic Edition Special... xD

Oh lo que es lo mismo...las canciones que use en mi fic de loveless y que fueron un BOOm!! xD ilustrado y hecho por mi mi mi!! xD


Yeah soy la primera y me tengo que regresar!! u___ú....


hey!! yo no puedo hacer mi blog de tres columnas....ayudame xDD




Bueno chica me voy a seguir leyendo!



BesitoSs!!* -3- MuacKSs!!*

::*: De Mis Dulces Labios A Los Suyos::*::
••†••Blutige Küsee Von Lieblosem••†••

I Love... (My stamps)


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