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viernes, 6 de noviembre de 2009

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo siete

Aviso de problemas.


La verdad, nunca había dormido tan bien. Se sentía como flotando en una nube de caramelo, suave y esponjosa, que lo envolvía en los más dulces aromas y le acariciaba la piel. El cuerpo se le hundía con pesadez en el colchón, sumido en el sueño más profundo que tuvo nunca, mientras respiraba una de las fragancias que más le gustaba en el mundo aunque no lograba recordar el por qué. Estaba soñando que volaba de nube en nube, abrazado a un ángel andrógino que cantaba para él y tocaba la lira, vestido con vaporosas telas blancas, las cuales, dicho sea de paso, no dejaban nada a la imaginación. Aunque de pronto, su subconsciente recordó que no creía en los ángeles, por más hermosos que éstos fueran, así que se vio a sí mismo con una toga griega, persiguiendo por campos de fresnos y matorrales, cerca del lago de Narciso, a un hada de largo cabello y piel brillante, cuya risa cantarina e inocente lo instaba a perseguirla por todo el campo y ver, a través de sus ropajes de terciopelo húmedo, la forma de sus deliciosas piernas, su espalda, y su estrecho costado.

Hubiera vivido en ese sueño por siempre, mas cuando la bella hada se dio la vuelta y extendió los brazos hacía él, sonriéndole con sus labios carnosos, observándole con sus ojos azules circundados de largas pestañas negras, iluminado por la suave luz solar que arrancaba destellos azules de su cabello y casi estaba tocándola, cuando apareció, en medio de su fantasía, un hombre lobo de ojos rasgados y pelo negro muy tupido que lo arruinó todo.

—… adMa…. ¡Mad!

Al abrir los ojos, agitado y cubierto de sudor, Mad se encontró en su propia habitación invadida por la luz del día. No había nubes, no había cielo, no había un ángel o un hada allí para él. Sólo el horrible hombre lobo que ahora le miraba fijo con sus refulgentes ojos negros, cargados de lo que parecía ser ira y, si en verdad estaba tan furioso como parecía, no iba a dudar dos veces en hacer cualquier cosa por aplacarle para que le dejase vivir.

—No me mates, por Dios —dijo en un jadeo, llevándose las manos al pecho. El corazón se le iba a salir en cualquier momento.

—¿Qué? ¿Qué no te mate? Pues vas a tener que darme una buena explicación para no matarte, ¡mira lo que has hecho, Mad! —no podía creerlo, el hombre lobo conocía su nombre—. No me mires con esa cara de idiota, Jean Claude, y mira a tu alrededor.

Macchi, el hombre lobo, parecía por demás impaciente. Sus cejas negras se juntaban de lo mucho que arrugaba la frente y el pelo despeinado le caía sobre el rostro.

“Bueno, vamos a ver que pasa aquí antes de que terminemos como Caperucita Roja”.

Jean Claude Labadie, quien nunca soñaba o nunca recordaba sus sueños, todavía seguía atontado por aquel sueño maravilloso que no abandonaba su mente ni un segundo. Decidió ignorarlo sólo un instante para revisar su habitación: las sabanas rojas, bien; los pisos alfombrados, impecables; las cortinas blancas, abiertas de par en par, aunque no recordaba haberlas dejado así; los perros, dormidos bajo su bata; la puerta del baño cerrada. ¿Qué tenía de malo su cuarto? Mientras pensaba, se fregó los ojos un minuto y bostezó a sus anchas, tratando de sentarse en la cama para contemplar mejor cuando algo se lo impidió.

—¿Mmh?

Al mirar hacía abajo se encontró con una pequeña cabeza recostada sobre su pecho, una cabeza, con el mismo cabello negro azulado que el hada y el ángel de su sueño, tan largo y lacio. Y esa cabeza tenía un cuerpo pequeño y menudo, que se le abrazaba y estaba recostado encima del suyo. Recién ahora se daba cuenta del peso del cuerpo ajeno y, luego de unos minutos de silencio en los que se le reacomodaron los recuerdos de la noche anterior, abrió la boca cuan grande era y luego miró a Macchi como a quien lo están acusando de un crimen que no cometió.

—Te juro que no es lo que parece.

—Sí, claro. Y yo me chupo el dedo —el tipo cruzó los brazos sobre el pecho, mirándole como si fuera un pervertido o algo peor— ¡Eres un sucio! ¿Qué demonios haces con una criatura en tu cama?

—¡Sssh! Baja la voz, ¿quieres? Si se despierta con todo este escándalo le dará un ataque. Además, te dije que no es lo que parece. Estaba asustado por la tormenta y vino a dormir aquí. Lo hubieras visto al pobrecito, hasta estaba llorando.

Pero Macchi parecía pensar cualquier cosa menos eso. Mad desistió de convencerlo y solo se quedó ahí, mudo, mirando a su ex pareja antes de volver la vista hacia Ariel y ver su adorable expresión inocente mientras dormía, parecida a la de un bebito. Con la cabeza apoyada en una de sus manos abiertas y el otro puño cerrado cerca de la boca, Ariel se veía tan dulce y tierno que no resistió la tentación de jugar con sus cabellos y sonreír, sonrisa que se ensanchaba cuando el menor, en sueños, hacía lo mismo. Podía quedarse así por horas, observándolo dormir, mirando la forma en que su pecho subía y bajaba con suma delicadeza, su sonrisa adormilada, la sombra que sus pestañas creaban sobre sus mejillas sonrosadas.

“Creo que voy a empezar a creer en los ángeles de una buena vez” pensó, olvidándose de Macchi, de su cuarto, y de cualquier otra cosa que no fuera el pequeño. Se sentía bastante ligero. ¿Había pasado una prueba anoche? ¿Había demostrado, quizás con su entereza, que era digno de estar a su lado? Porque el hecho de que él, su amado que hasta le hablaba en sueños, durmiera tan tranquilo a su lado y sonriera al mismo tiempo que él, tenía que ser una señal del cielo. Si Macchi estaba despierto significaba que era un poco tarde, por lo que, con suma delicadeza, tomó uno de los pequeños hombros de Ariel, que en esa posición le permitía sentir el hueso debajo de los músculos, y lo sacudió.

Ariel… Despierta, ya es de mañana. Vamos, cariño, arriba.

Por supuesto, el pequeño tardó su tiempo en despertarse, dado que tenía sueño profundo y que las emociones del día anterior lo habían dejado hecho papa. Mad tuvo que sacudirlo varias veces antes de tener un leve indicio de que estaba despertándose y, cuando al fin abrió los ojos, lo siguió sacudiendo un poco más sólo para que no volviera a dormirse. Ariel despertó y se quedó mirándole con la cara adormilada más hermosa que hubiera visto nunca, o quizás lo veía así por el enamoramiento, pero no podía ser el único ser en el mundo que veía semejante beldad en ese rostro infantil.

“Cuando crezca hará desastres entre ambos sexos”. Bad Mad al ataque otra vez, ya tenía que meter sus narices en el asunto y arruinarle el primer momento del día, incluyendo la contemplación de su pequeño a medio despertar.

Le gustaba usar “su” cuando pensaba en él en su fuero interno, ya que le hacía sentir un leve alivio al no poder pronunciarlo sin que nadie le reprochara nada. El niño pestañeó varias veces, poniendo los ojos en foco, se desperezó como un gatito a medio levantar en pleno invierno y bostezó con sumo recato, cosa que a Mad se le antojó tan adorable que apenas pudo resistir la tentación de abrazarlo y comérselo a besos.
Se tuvo que conformar apretando las sábanas entre los dedos, viendo la forma en que Ariel se restregaba los ojos con el puño y se incorporaba hasta sentarse en la cama. Miró a su alrededor y luego a Mad, dedicándole una tierna sonrisa tímida, al tiempo que sus mejillas blancas se coloreaban un poco.

Bonjorno, Maddy. Bonjorno Macchi —le dijo también al otro, que palideció al escuchar el apodo de Mad. Se sentía un poco aturullado luego de lo de la noche anterior y también algo avergonzado por ello, empero, al mismo tiempo estaba gustoso y no se sentía mal por haber compartido todo aquello con su único amigo. ¿Serían esos los sentimientos encumbrados de la pubertad de los que le habían hablado?—. ¿Qué hora es?

—Hora de decirme qué haces tú aquí, teniendo que estar en el cuarto de huéspedes. —Masaaru… —la voz de Mad tenía una amenaza implícita.

—Bien… La verdad es que al principio si dormí, pero luego no pude. Y cuando desperté había muchos rayos y truenos y, bueno, es vergonzoso, no le digan a nadie, ¿sí? Los relámpagos me asustan mucho, más en las tormentas. Fui a la sala de estar con los cachorros, pero me asusté más y, al final, terminé por venir aquí.

—¿Y por qué no me despertaste a mí? —ahora, el tono acusador de Masaaru se había vuelto conciliador y paternal. Mad no podía creerlo, ¿sería posible que algo en el precioso rostro de Ariel, quizás en sus ojos, tal vez en su voz, hicieran que Macchi despertara su lado compasivo? Hasta se sentó al lado de la cama y acarició la cabeza de un, sonrosado Ariel—. Pudiste haberme despertado.

—No podía… Se te veía demasiado dormido.

—¿Te despertaron las tormentas? —Jean Claude, todavía mudo ante todo esto, vio como Ariel escondía la cara detrás de sus manos—. Vamos, dilo. ¿Qué te hizo despertar?

Solo después de varios minutos en los que Macchi siguió insistiendo cual idiota obcecado, Ariel al fin confesó:

—Es que tus ronquidos me despertaron, Macchi. Parecía que estaban cortando madera con una sierra oxidada.

Y, mientras Macchi se ponía púrpura de ira, Mad se retorció de la risa.

Luego de escuchar la versión de Ariel de los hechos y tras saber de que roncaba como un oso, Macchi decidió aceptar la inocencia de Mad y del menor. Decidieron bajar a hacer el desayuno luego de asearse, permitiendo que el chico lo hiciera primero sólo para poder quedarse a solas.

—¿Qué pasó anoche? —no dudó en preguntar Masaaru, sentado en la cama con los brazos cruzados y los dos cachorros en los muslos. Desde ahí se oía el grifo del lavabo y la voz de Ariel tarareando algo—. Y no me mientas.

—Nos pusimos a hablar de por qué no nos gustan las tormentas.

—Ajá, ¿y qué más?

—Le conté del accidente en el bote —como el otro no parecía satisfecho, soltó algo más de información—. Y Ariel me contó cómo murió su madre. Fue en un día de tormenta, al parecer.

Supuso que ni siquiera Macchi podía imaginárselo tratando de hacerle daño a alguien que estaba contando semejante tragedia, pero había olvidado qué tan mal pensado era su queridísimo amigo, quien no sólo no le creyó en nada, sino que le pidió que se explayara hasta quedar del todo convencido. Jean Claude lo hubiera matado a golpes ese día de no ser porque justo Ariel había salido del baño ya algo arreglado, excepto por la ropa. Macchi y el niño se retiraron para cambiarse y él hizo lo propio, poniéndose unos vaqueros informales y una camisa color hueso de hacía quién sabe cuántos años. La verdad, Masaaru se había vuelto insoportable. Parecía como si no lo conociera. ¿Realmente lo creía capaz de manosearlo… de violarlo?

Agh, necesito una cerveza”.

“Dos dedos de whisky, y me sumo a la fiesta”.

“No te estaba invitando”.

“Estoy muy molesto con Macchi, lo necesito. Eso o le dices al idiota ese que está comenzando a fastidiarme”.

La última vez que el doppelganger se había enojado con Masaaru fue un desastre. Mad se despertó luego de escuchar el grito de horror de Macchi y se vio a sí mismo en ropa de dormir, acostado en medio del cuarto donde el otro tenía escondidos sus diseños de joyería… que habían sido redibujados, rotos, borrados, y todos tenían la firma: “Del doppelganger con amor”. …l por su parte quiso reírse, pero la expresión de histeria de su por entonces pareja y sus chillidos le hicieron cambiar de parecer. Desde aquel día, Macchi jamás se atrevió a hacerlo enojar de nuevo, pues ambos habían descubierto, quizás por primera vez, que Bad Mad podía tomar control sobre Mad.

Ahora que lo pensaba, la idea le daba terror. ¿Y si un día de éstos perdía el control y Bad Mad tomaba su cuerpo para hacerle daño a Ariel? Parecía ser capaz de hacerlo y nunca sentía remordimiento alguno, eso era obvio. Como su otro yo no dio señas de darse por aludido, se peinó el pelo como debía ser y bajó las escaleras hacia la cocina, de donde venía un aroma riquísimo a pan tostado con manteca, huevos y panceta y leche hervida.

Mmmh, ¿quién esta haciendo el desayuno?

—Yo —respondió Ariel, vestido con la ropa seca de ayer y un delantal de corte recto con dibujitos de frutas por todos lados. No pudo evitar sonreír al verlo con eso puesto y, además, con el pelo sujeto en un rodete, parecía un ama de casa—. ¿Pasa algo Maddy?

—Nada, que te ves muy lindo con eso puesto —Ariel se ruborizó, esbozando una sonrisa mientras que daba vuelta los huevos estrellados y la panceta en la sartén antes de sacar la leche caliente del fuego—. Pareces muy habituado a hacer el desayuno.

—Siempre hago el desayuno en casa, Mad.

Ah, claro. Tendría que haberlo imaginado” Después de todo, vivía solo. Bueno, casi solo.

Decidió sacar vasos de la alacena y servir jugo de naranja. No sabía que tenía el polvo para preparar jugo en la alacena, lo más probable era que el menor lo hubiera encontrado anoche mientras se las arreglaba para cocinar. Aunque, cuando abrió el refrigerador para sacar el agua y preparar el jugo, notó que el aparato estaba de golpe lleno de comida, fruta, verdura, carne. ¡Claro! Si él nunca tenía manteca, panceta, y mucho menos huevos. Al instante volvió la vista hacia Macchi, que sonreía con cara de póker mientras se fumaba un Lucky Strike y leía la sección de deportes del diario, al mismo tiempo que Ariel le servía café con leche.

—¿Tú compraste todo esto? —el tono de sorpresa fue evidente.

—Pues claro, ¿quién más si no? Por ti, el refri estaría más vacío que un pozo sin fondo y nos moriríamos de hambre —alzó la vista del periódico, mirándole con el ceño fruncido— ¿Cómo puedes vivir comiendo puras porquerías? Antes te alimentabas mejor y… ah, gracias por el café A-chan —le dijo al niño, que le sonrió sin decir nada y le sirvió café fuerte a Mad, y se sirvió lo que quedaba de leche con una barra de chocolate para fundir. Masaaru había comprado de todo, al parecer—. Te decía, antes te alimentabas como correspondía. Mírate ahora, no comes y gastas horas en el gimnasio. Seguro si no fuera por lo que comes en la casa de A-chan y en el trabajo de tu hermana te morirías de inanición.

—No todos tenemos tiempo para cocinar, ¿sabes? —le recriminó, sacando la botella de agua para preparar el bendito jugo mientras que, de reojo, miraba a Ariel dar vuelta el pan tostado antes de ponerlo en un plato y untarle manteca—. ¿Cómo compraste todo esto? Tendrías que haberte levantado muy temprano.

—En realidad, me levanté hace dos horas. Y no tuve que salir, me colé a tu computadora y compré por Internet. Ahora te envían todo a tu casa.

—¿De verdad?

Masaaru Leigh puso los ojos en blanco.

—Eres tan anticuado, Mad. Tan anticuado.

El desayuno se llevó a cabo en un ambiente ameno y divertido. Ariel había servido los huevos con panceta y el pan tostado con manteca, cocinando un desayuno tipo americano sencillo y bastante rápido. Incluso sirvió cereales para todos, esos ricos cereales de bolitas de chocolate que a Macchi le encantaban, y los comieron con leche, excepto Ariel, que los comía con yogurt.

—¿No te gusta la leche? —había preguntado el medio inglés, royendo una tostada enmantecada sin piedad. Mad se había levantado para agarrar un frasco de mermelada y la pregunta lo detuvo en seco—. ¿De verdad no te gusta?

—No, la verdad no —respondió el niño, haciendo una mueca de asco. Le había servido leche y comida balanceada a los perros, que estaban comiendo afuera, antes de sentarse él mismo a comer—. No le siento gusto a nada. Sólo puedo tomarla con chocolate o con miel si está tibia o fría, pero de todos modos no bebo mucha leche. Por eso mamá me dijo que tenía que comer lácteos para tener huesos fuertes y desde entonces como mucho queso y yogurt.

—Por eso comes los cereales con yogurt, ya veo.

—Bueno, eso es en realidad porque para mí saben más ricos así —dijo Ariel, llevándose algo de huevo a la boca. Como no le gustaba mezclar los sabores primero se comería lo salado con el jugo y después la leche chocolateada con el cereal—. Pero la leche tiene un gusto horrible.

—No te creas, hay leches y leches. A mí hay una en particular que me encanta.

El doble sentido fue palpable para Jean Claude, que conocía bien el tono de voz que el otro ponía cuando hacía esa clase de comentarios sórdidos, pero Ariel, que no entendió la broma, pestañeó un par de veces y preguntó.

—¿Sí? ¿Cuál?

Masaaru estuvo a punto de responderle, pero Mad intervino con un grito.

Fuera de las constantes bromas agudas de Macchi, el desayuno fue muy entretenido. Tanto Ariel como Mad habían pasado bastante tiempo desayunando en soledad, por lo que un poco de compañía en la mañana no les hizo nada mal. Al contrario, los llenó de energía como el sol a las plantas y los insufló de optimismo para enfrentar el día. Comieron y bebieron contándose lo que harían ese día y lo que habían soñado: Macchi tenía que hacer unos cuantos esmaltados en porcelana y varios camafeos, luego iría a encontrarse con “su chico”, como llamaba a su pareja misteriosa de la que nadie sabía nada. Mad no tenía nada que hacer salvo ir a visitar hoy a su hermana y pensaba pasear por los barrios para sacar fotos. Y Ariel comenzaba ése día con el club de música y en esa semana comenzaba el proyecto de intercambio estudiantil.

—¿O sea que van a traer alumnos del exterior a estudiar aquí? —preguntó Mad, que le había quitado la sección de sociales del diario al otro adulto—. ¿Les dan becas o algo así?

—Ajá, igual que a mí.

—¿Tú tienes una beca?

Ariel enrojeció.

—Es que mi colegio es privado, Mad. Logré ingresar luego de que mi tía hablara muchas veces con el director y me tomaran exámenes de ingreso. Obtuve muy buenas calificaciones, pero solo tengo media beca. Los de intercambio tienen beca completa.

—¿Y eso significa…?

—Yo pago dos mil quinientos dólares al año y ellos nada. Los niños pudientes pagan de tres mil a cuatro mil dólares. Mi tía insistió en que fuera allí, dijo que elJohn Baptist School me permitiría ir a las mejores universidades si tenía un promedio de ocho con cinco puntos y, como tengo memoria fotográfica, dijo que no me costaría nada.

Macchi masticó los cereales como quien piensa en algo seriamente.

—¿Y te cuesta?

—Un poco, en algunas materias —se encogió de hombros, bebiéndose lo que le quedaba de chocolate con leche—. Las que no me gustan me cuestan horrores, como Matemáticas, Derecho, Contabilidad. Economía es fácil porque tiene mucho de historia, e Historia me encanta; las Ciencias Naturales y Sociales, Inglés, Lengua y Literatura, todas ésas me gustan.
Mad se mareó con tantos nombres.

—¿Sólo te enseñan eso?

—No. También hay Física, Química, la materia de Salud y Adolescencia que es un nombre bonito para Educación Sexual, Informática, Educación Física…Esa sólo me gusta cuando corremos o jugamos al fútbol o a los quemados. Y matemática se divide en Trigonometría, Álgebra y Cálculo. Yo odio matemáticas, pero lo raro es que me gustan mucho física y química.

Si los de esa institución querían torturar a las pobres criaturas, lo habían logrado, sin lugar a dudas. Sabía que las escuelas privadas eran estrictas, él mismo había asistido a una de niño, pero nunca creyó que hubieran cambiado tanto. ¿Qué faltaba, que enseñaran cuatro idiomas? Casi se atragantó con su café cuando Ariel dijo que, en realidad, enseñaban inglés, español, francés e italiano, pero que eran a elección.

Cuando terminaron de comer, Macchi juntó la mesa y lavó los trastos mientras que Ariel se dedicaba a convencer a Mad de comer algo de fruta. Si no se alimentaba como correspondía, le decía el jovencito, podía acarrearle muchos problemas a la salud. De hecho, iba a ponerse en campaña para que Mad comiera como debía ser, e iba a traerle comida casera, mermeladas y cosas así cada vez que volviera a la casa para las clases de Informática. Mad, que estuvo más de diez minutos discutiendo con él, estaba convencido de que no necesitaba nada de eso aunque en el fondo adoraba que se preocupara tanto por él y sí quería probar de su comida casera.

Al final, luego de quince minutos contados por reloj, de: “Tienes que comer mejor”, “que no”, “que sí”, “que no”, “que sí”, “que no”, “que sí”, fue Ariel quien terminó venciendo por pura obstinación y perseverancia. Mad secó los platos, ya que Masaaru parecía demasiado nervioso luego de esos quince minutos fatídicos, y parecía estar a punto de mandar todo al mismísimo diablo en cualquier momento. Entretanto Ariel revisaba las cosas de su mochila. Iba a ser Mad el encargado de dejarlos a cada uno en su destino, a Macchi en su joyería, a Ariel en casa, y la verdad era que no se le hacía para nada desagradable. De hecho, incluso con la intromisión de Leigh, la noche entera había sido muy, pero que muy divertida y se sonreía sólo de recordarla: La cita con Ariel, la película, la llamada de Macchi y su beso, la cena, la tormenta… Bendijo a las tormentas por primera vez en su vida, pues gracias a ellas había podido estar cerca de Ariel física y emocionalmente hablando.

El hecho de que Ariel se hubiera abierto de esa forma ante él la noche anterior le había hecho sentir más unido al muchacho, como si formaran un lazo más profundo entre los dos y ambos hubiesen superado una prueba de confianza. …l le había contado de su accidente en barco, Ariel de la muerte de su madre y el desprecio de su hermano. Ambos no tuvieron, o “tenía” en el caso de Ariel, una infancia feliz. O mejor dicho, la tuvieron, pero la perdieron, y eso parecía hacerlos sentir más confianza el uno en el otro, una comunión especial ya que ambos sentían lo mismo y sabían por lo que habían pasado.

Quizás la desgracia era lo que los juntaba.

Pero Mad había superado hacía mucho tiempo aquella época de desgracia, su infancia, que no fue escasa de objetos pero sí de afecto, estuvo marcada por los incidentes y los accidentes, mientras que Ariel aún estaba en plena transición. Y él se iba a encargar de ayudarle en todo lo posible, ya que al parecer, no había nadie más dispuesto a hacerlo.

Cuando el modelo anunció que debía volver rápido a casa para ponerse el uniforme y no llegar tarde a clases, los dos adultos tomaron sus cosas y emprendieron el viaje. Llegar a la joyería de Macchi fue fácil, porque estaba a treinta kilómetros de la casa de Mad y Ariel aprovechó para memorizarse el camino desde la casa para luego buscar rutas alternativas usando un mapa.

—Hasta luego, bomboncitos —les dijo a ambos dentro del auto antes de bajarse. Le hizo señas a Ariel de que se acercara y le besó en la mejilla, haciendo lo mismo con Mad pero de sorpresa. Los dos se ruborizaron, uno de asombro y otro de vergüenza. Macchi volvió a gritar el saludo justo al momento en que el auto arrancaba, a lo que Jean Claude respondió poniendo la radio y lo primero que sonó fue una canción rara que no le gustó mucho. Cuando quiso cambiar la emisora, Ariel lo detuvo.

—No, por favor. Déjala, me gusta esta canción.

—¿De quién es? —preguntó, pues no reconocía la voz ni el idioma. Encontraba frases en inglés y en italiano entremezcladas.

—Tiziano Ferro —dijo con una sonrisa, mientras que movía una mano y la cabeza en un leve bamboleo siguiendo el ritmo de la canción—. Es una mezcla de inglés con italiano, ¡me encanta cómo suena! Después de “Imbranato”, ésta es sin lugar a dudas mi favorita.

—Hum, ya veo. ¿Y cómo se llama?

—Boom, boom. ¡No te rías! —de todas formas, Mad se rió y él también—. En verdad se llama así. Ya verás, te va a gustar.

Y de hecho, lo hizo. Nunca le había gustado mucho ése artista, se le hacía muy comercial, no le caía simpática su voz, ni tampoco que cantara en varios idiomas cuando se suponía que debía cantar sólo en italiano. Según él, un artista que de verdad amaba su país cantaba en su idioma fuera a donde fuera. Pero, poco a poco y a medida que escuchaba la canción, se daba cuenta de que la letra en sí era muy bonita, la música la acompañaba a la perfección y hasta era en cierto modo pegadiza, la mezcla de idiomas no estaba tan mal en realidad… ¿O era que Ariel lo había encantado? ¿Por eso ahora le gustaba la canción? Buscaría más temas de ese tipo en Internet con el único propósito de comprobar que no le gustaba la discografía entera, o comenzaría a sospechar de que Ariel le había hecho un “trabajo”.

Pronto se vio a sí mismo repitiendo mentalmente el estribillo.

“My heart is calling
Boom, baby,
Boom boom boom.
My soul is getting
Blue, baby,
Blue blue blue.
As blue as the sky,
As blue as your eyes".

Antes de darse cuenta, doblaron la esquina y estaban en casa de Ariel. El muchachito revisó que en su mochila estuviera todo en orden y, luego de advertirle a Mad que le había puesto una alarma en su celular para que no se olvidara el horario de paseo de los perros, la hora de comida, y que tenía que llenarles el tazón con agua, permaneció mirándole un instante. Se lo veía apenado, pero feliz.

—Mad…

—¿Dime? —adoraba la forma en que el flequillo le caía sobre la frente en mechones desmadejados.

—Gracias. Digo, por lo de ayer —sonrió apenado, y desvió un instante la mirada, sólo un instante—. Me sirvió mucho, en verdad.

—No tienes que dármelas —dijo sin siquiera pensarlo—. Ya te he dicho que estaré para ti siempre que lo necesites. Y recuerda: Cuando te deprimas, pégame un tubazo y nos emborrachamos con helado y salsa de chocolate.

Una risa pronta fue la respuesta de Ariel, seguida de un gran abrazo y un beso en cada mejilla. Se separó un poco, dudó, entonces le sonrió y apoyó con cierta lentitud sus labios sobre los de Jean Claude.

Mad desapareció, dejó de existir durante ese minuto, ese minuto eterno en el que los labios suaves y cálidos del menor rozaron los suyos, en una letanía de fuego que corrió por sus venas hasta encender cada poro de su ser. Una descarga eléctrica explotó en su cabeza y su cuerpo. La calidez suave y sedosa de aquellos labios diminutos, a los que deseó poder comer a besos en ese instante, el perfume que quiso beberse a lametones, el aliento húmedo que anheló experimentar sobre su propia piel. Se imaginó a sí mismo, enterrando los dedos en cada hebra de ese cabello negro azulado, para apretarlo contra él y que nunca escapara, besándole así como Dios mandaba, hasta hacer esa boquita tan suya que nada ni nadie pudiera decir lo contrario.

El latido pasajero que sintiera en su miembro estaba por volverse una realidad cuando, aún contra él, observó su rostro memorizándose cada detalle a fuego y, al momento de separarse, pudo contemplar la cintura de Ariel pues al inclinarse hacia él se le había levantado un poco la camisa. Lento, Ariel se alejaba, y Jean Claude estuvo a punto de tomar esa cintura con ambas manos para devorarla a mordiscos, clavarle las uñas y probarla con su lengua, acariciarla despacio, de arriba abajo, meter las manos debajo de su ropa y así lograr acariciar todo su cuerpo con pasión.

Pero los segundos se le habían acabado y el pequeño ya estaba de nuevo en su sitio, mirándole con una sonrisa que él en realidad no veía del mareo que tenía y sólo alcanzaba a escuchar el pitido en sus oídos. Sentía las mejillas calientes, las rodillas débiles, y sus dedos entumecidos de tanto apretar el volante. Y era conciente también del calor y la humedad en la zona del bóxer. Tan embebido estaba en aquel cóctel explosivo, más fuerte que el opio o la heroína, que no pudo hablar aunque intentó poner en orden las ideas para hacerlo, pero no fue capaz.

Sin embargo, Ariel se le adelantó.

—En mi país —explicó, aunque Mad no dijo nada—, se acostumbra besar en la boca como un saludo a la gente que es importante para uno, como la familia y los amigos más cercanos. Tú eres el primer amigo de verdad que hice aquí… Eres como alguien de mi familia, igual que Alex y Laura, así que a partir de ahora, si no te molesta, te saludaré así.

“¿Molestarme? ¿A moi? ¡Ven aquí y abrázame ya mismo!”. Grito el doppelganger embrabecido, dentro de la mente de Mad.

“Calma, Jean Claude, calma. Fue sólo un saludo”.

Un saludo que le revolvió todo su interior, pero un saludo al fin y al cabo.

—No te preocupes, encanto. No me molesta para nada. Al contrario, mon petit, que me consideres de esa manera me hace muy feliz.

Ariel, que estaba más ansioso que de costumbre por oír su respuesta, aunque no sabía por qué, sonrió de oreja a oreja.

—Muchas gracias, Maddy. Eres el mejor —el menor lo volvió a abrazar, y aprovechó para sentir el aroma de sus cabellos. Aún se percibía la esencia de su shampoo de frutos del bosque. No se dio cuenta de que Mad hizo lo propio, embriagándose del perfume a limón de sus ropas—. Hoy pasaré por lo de Alex a la tarde, ¿de acuerdo? Espero verte.

—Me quedaré esperándote, si quieres.

El niño no estaba convencido de eso.

—Pero luego me voy al hospital…

—No importa, te acompaño y luego vuelvo a casa —deseaba que le dejara conocer a su hermano, pero quizás sería mejor esperar a que él lo invitara—. No me gusta dejarte solo, ya sabes. Es peligroso. Sé que estas acostumbrado a hacer todo por tu cuenta pero tienes que aprender a recibir ayuda cada tanto.

—¡Uff! Está bien —fingió morritos, unos bastante adorables, la verdad. Mad adoraba cuando hacía eso y la sonrisa le bailoteó en la mirada y los labios sin darse cuenta, hasta que el propio Ariel sonrió también—. Nos vemos luego, Maddy.

—Nos vemos… —susurró apenas, viéndolo bajarse del coche e ir a la puerta del edificio. El departamento de Ariel, que estaba en un pequeño edificio de siete pisos, tenía un pequeño patio delantero de cemento que estaba protegido por una reja. Ariel cerró la reja negra del patio, le saludó con la mano, y caminó hasta la puerta de madera vieja que hacía las veces de entrada. Allí, antes de subir las escaleras hacia el tercer piso, le saludó una vez más.

Jean Claude sólo arrancó cuando lo vio perderse en el recodo de las escaleras, la puerta de madera siempre estaba abierta en el día.

Ariel tenía que encontrar el uniforme, y tenía que hacerlo ya. Dio gracias a los Dioses que no se le hubiera ocurrido dejarlo sin lavar ni planchar, ya que ése día, el bendito lunes, comenzaban las clases del club de música, y no se lo quería perder, pese a que las ganas de faltar a la escuela no le faltaban. Pero tenía que dar el ejemplo, parte de ser uno de los mejores promedios era tener una asistencia perfecta sin importar que tan horrible sea la escuela. Su colegio, el John Baptist School, tenía varios clubes, ya que era un edificio enorme: el club literario, un club de cine, el club de deportes, dividido en fútbol, béisbol, rugby, y lacrosse, un deporte raro que consistía en trasladar una pelotita como de tenis en unas redes de cazar mariposas y meterla en un arco de jockey. Sólo un demente practicaría ese deporte, y así lo demostraba la asistencia del club, que era ínfima. También estaban el típico club de porristas, a la copia de los colegios americanos, el club de natación, el club de gimnasia artística, ballet, y atletismo. También deportes a caballo cuyos nombres no conocía, pues sólo se acercaba a los recintos para poder ver de cerca a los equinos, tan grandes y hermosos.

En su colegio se hacían ferias y kermesses de ciencias, de comidas, por fechas patrias, para caridad… Cualquier motivo era bueno para hacer un festival. Se hacían los típicos bailes de primavera, de disfraces y de fin de curso. Casi todos los estudiantes eran niños ricos cuyos padres pagaban cuatro mil dólares al año para que sus hijos hicieran presentaciones sociales y amigos. Muy pocos sabían apreciar la oportunidad que tenían al estudiar en un colegio de tan alta calidad. Tan alta que, si rendías las materias con un buen promedio o tenías muchos puntos sumados por distintas actividades (una excelente presentación en las ferias, ser un gran deportista, o cosas así) podías pasar a cualquier universidad de clase alta sin rendir examen de ingreso. Él aún no sabía que quería estudiar aparte de la joyería, pero la sola idea de tener una educación privilegiada que lo salvaguardara si su sueño de piedras preciosas y metal no tenía éxito, era demasiado tentadora.

Una vez puesto el uniforme, revisó la alacena y el refrigerador a la vez que se peinaba el cabello. Esa tarde iría a ver a Angelo al hospital, así que quería llevarle algo, alguna lata de su conserva favorita, su mermelada predilecta, galletitas en un frasco, cualquier cosa que le sacara una sonrisa pese a que fuera de complacencia. La vez anterior, pensaba, mientras se ponía aceite para que el pelo quedara liso y brillante, le había llegado galletitas dulces. ¿Qué otra cosa podía llevarle esta vez?

“¡Ya sé!” exclamó, tomando un frasco de berenjenas en escabeche y otro de tomatitos resecos. “A él le encantan las berenjenas y los tomates secos, seguro que le va a encantar comerlos de nuevo”.

Los dejó en el mesón para poder tomarlos enseguida cuando volviera de la escuela, antes de ir a lo de Alex. No se fiaba de llevarlos, estaba seguro de que sus compañeros los vaciarían en su mochila a la menor oportunidad, por lo tanto tendría que hacer el doble de camino para mantener su integridad y la de su mochila a salvo. ¿Qué materias le tocaban el lunes? Tomó el libro de historia, el de naturales, las fórmulas de química, y la carpeta de matemáticas, por último le echó una miradita a la mesita de luz, el lugar donde había dejado el libro que había estado leyendo y pensaba terminar en clase. Ahí estaba la novela “Memorias de una bruja mala”, que contaba la historia de las brujas del Mago de Oz.

Tomó el libro, lo metió junto al resto en la mochila, le quitó el sonido al celular, y partió. Iría en bicicleta, como siempre, y luego llamaría por teléfono a su tía para quedarse a dormir allá.

El colegio era un sitio muy amplio. Contaba con tres edificios divididos y separados por largos pasillos exteriores rodeados de árboles y pasto, pues el colegio tenía un hermoso jardín en rededor. El edificio uno era el del medio, y allí estaban todas las aulas desde el primero al quinto de secundaria clasificadas en A, B, C, D, E, y F, junto con la enfermería, la dirección, y el salón de maestros. El segundo edificio estaba dividido en dos partes, la primera contenía el gimnasio interior, las cinco canchas que los equipos se turnaban, la pista de atletismo y, en la parte más alejada, los establos y las pistas de montura; la segunda parte de dicho edificio le correspondía a los “deportes internos” ya fuera las piscinas climatizadas de natación, el gimnasio interno de básquet, y esa clase de cosas. El tercer edificio contenía los clubes literarios, el de música, el de cine, etcétera, todos ubicados en el ala izquierda mientras que, en el otra ala, estaban las aulas de los niños de primaria. Los horarios y las aulas se ubicaban de forma que los niños se encontraran lo menos posible con los estudiantes avanzados.

A Ariel el sistema tan complicado del colegio le enfermaba, incluso a veces se mareaba cuando intentaba recordar la localización de un aula.

“Menos mal que tengo memoria fotográfica”.

No había nadie que no se perdiera, por eso las aulas tenían carteles grandes que las identificaban y había pizarras cada cierta cantidad de aulas, todas con un mapa que te indicaba cómo llegar a cualquier lugar. Entró sin saludar a nadie más que a los profesores, como siempre, dirigiéndose directo hacia su propia aula en silencio, escuchando los susurros de todos. Seguían pensando que se acostaba con el profesor por su nota tan alta en ciencias sociales.

“Ignóralos, Ariel. Sólo sienten envidia que por los superas en puntos”.

Por suerte su pupitre se veía limpio y sano a simple vista pero lo revisó por las dudas. Nada en la silla, nada dentro, nada en ningún lado. Bien, por fin habían aprendido a dejar su pupitre tranquilo luego de todos los regaños y sanciones recibidas, no porque a los profesores les importara mucho su bienestar, pues todos en el fondo creían que los rumores eran ciertos, sino porque el inmobiliario de la escuela salía muy caro. Sentándose en su pequeño pupitre, notó la manera en que todos le observaban mientras sacaba sus útiles y los metía en la pequeña rejilla debajo de la mesa, como hacían todos los demás y el hecho de que todos se habían alejado un pupitre más a su alrededor. Algunos le miraban con lástima, ésos debían ser los que temían acercarse por temor a ser molestados también, algunos con envidia, otros con odio o con asco, las miradas iban y venían, cambiantes dependiendo de su portador.

“Ojala esto termine pronto”.

Él estaba en primer año, un año antes que el resto, dentro de dos semanas cumpliría los catorce y debía quedarse ahí hasta el quinto año. Cuatro años más, cuatro largos años más en los que debería soportar ese infierno… Pero, con suerte, el próximo año sus compañeros le dejaran en paz. Lo dudaba, claro, nadie olvida la causa de que el anterior profesor de arte, el más guapo de la escuela, casado y con hijos, se desviara de rumbo hasta el punto de acabar con su vida, pero soñar que quizás ellos comprendían que él no tenía la culpa no costaba nada. Pronto entró la profesora tutora del curso, la señora Martha Holland, quien era una mujer muy delgada y con un lindo físico, rubia de bote, aceitunada, siempre vestida a la última moda, y que se dedicaba a enseñar ciencias naturales. Parecía ser joven por su modo de vestirse y maquillarse, pero cuando sonreía sus ojos marrones quedaban surcados de arruguitas y líneas de expresión. Debía ser más mayor que su madre, tal vez tendría treinta y ocho años.

—Alumnos, hoy es un gran día —la voz de la profesora Holland era también bastante juvenil, algo aguda. Caminaba de un lado al otro cuando hablaba, sin dejar de mirar a los estudiantes—. Como todos sabrán, hoy comienza el día del intercambio estudiantil. En muchas de las aulas del colegio recibiremos alumnos becados del extranjero que estudiaran aquí por meses algunos, por años otros. Demostremos el espíritu y la madurez que caracterizan a nuestra escuela recibiéndolos con el respeto y la gentileza que se merecen, para mantener el prestigio de la escuela.

La amenaza implícita se notaba: “Sean buenos, tenemos una reputación que mantener”.

La mujer llamó a los estudiantes nuevos que, al parecer, habían estado esperando afuera para reunirse. Si uno era nuevo y entraba a finales de mes o a mediados de trimestre no sufría esa clase de humillación pública, pero para los chicos becados del exterior, que ingresaban en regla y con precisión (aquí yo mantendría el adverbio que tenías antes, exactamente) en el día en que se anunciaba el intercambio entre el alumnado, la presentación enfrente de toda la clase luego del discurso del profesor era obligatorio. Nadie se salvaba, porque ni siquiera te permitían poner una excusa y llegar tarde para salvarte de eso, porque llegar tarde estaba penado. Sintió mucha pena por los chicos, agradeciendo desde lo más hondo de su ser el haber ingresado a mediados del primer trimestre, mientras los observaba; eran tres chicos y tres chicas. Los alumnos eran distribuidos de forma perfecta y numérica en cada aula. Uno de ellos era rubio, blanco, y de unos ojos celestes impresionantes, por lo cual dedujo que era europeo; el otro chico era sin lugar a dudas japonés, pues le recordaba mucho a Macchi; había un joven de cabello castaño y porte principesco, ¿sería inglés? Entre las mujeres, una chica tenía la piel morena y los ojos verdes, quizás italiana por sus rasgos faciales; otra tenía la piel oscurísima, afro americana o algo similar; y la otra, una pelirroja que había estado hablando en voz baja, era irlandesa. Reconocía el acento por las películas.

Los niños ricos del Baptist School los estudiaron de arriba abajo mientras ellos se paraban en fila, uno al lado del otro, y la profesora los instaba a presentarse. Hablaban todos con un acento bastante marcado, pero lindo y entendible. El rubio, que era bastante delgado, alto, y de espaldas muy anchas, resultó ser polaco y se presentó como Vladimir Wojkiewicz. El asiático era japonés, un japonés bastante lindo. Tenía el pelo lacio como Macchi cayéndole en flecos sobre la cara y los hombros, y los ojos negros muy expresivos. Se llamaba Shirogane Odawa pero se hacía llamar Shenshen. El otro era inglés, y con su acento y su porte altivo le informó a la clase que se llamaba Christian O’Higgins. La muchacha de ojos verdad era italiana de parte calabresa, con una sonrisa hermosa les hizo saber que su nombre era Giovanna Nessi. La morenaza se llamaba Almudena y era de Tahití. Por último, la menuda muchachita pecosa de pelo rojo admitió ser irlandesa, llamada Sorja McGregor.

—Qué linda variedad tenemos este año —dijo la profesora, parecía demasiado contenta por los estudiantes que le habían tocado, aunque su emoción no se palpaba en los alumnos. Todos tenían curiosidad por los nuevos, más que nada, y les admiraban lo lindos que eran o sus físicos —. A ver, ustedes se sentarán en… —a señora Holland entrecerró los ojos para ver entre los cuarenta pupitres. Como si fuera cosa del destino, casi todos los que estaban vacíos eran los que formaban el perímetro junto al banco de Ariel—. ¿Porqué no se sientan con D’cciano? …l también es del exterior y podría encargarse de enseñarles la institución luego. ¿A ti te molesta, D’cciano?

—¿Ah? —no se había esperado que lo eligieran justo a él. Las mejillas se le encendieron mucho cuando toda el aula dio media vuelta al mismo tiempo para mirarle, esperando su respuesta con cara maliciosa—. A mi no me molesta, profesora, siempre que a ellos no les incomode.

La tal Giovanna dejó oír un gritito de exclamación, mirándolo con cara de sorpresa.

¿Tu sei italiano? —le dijo, con los ojos brillantes de emoción mientras que los otros extranjeros lo estudiaban con la mirada. Ariel asintió—. ¡Anque io! Che posto?

Io sono da Niscemi in Sicilia. E voi?

¡La capitale dil carciofo! —exclamó, ignorando al alumnado que miraba anonadado la charla—. Io sono da Longobucco, in Calabria. Sapete il Belvedere?

—¡Certamente!

—Bueno, bueno —los interrumpió la profesora carraspeando—. Ya que parecen llevarse bien, siéntense junto a él.

Giovanna, con una gran sonrisa, no dudó un sólo instante en cruzar los cuatro metros de mesas y alumnos que los separaban, sentándose a su lado con sumo orgullo. Debía de estar muy contenta por haber encontrado a otro chico de su país, que hablara su idioma y conociera sus costumbres, dentro de un aula de un país alejado llena de estudiantes adinerados y prejuiciosos. A ella la siguieron Shenshen, con el mismo aplomo que Giovanna, luego Sorja aunque con más timidez de la que hubiera esperado. En ese momento se dio cuenta de que quizás él también era algo prejuicioso, ya que toda su vida creyó que las irlandesas eras mari machos que arrasaban con todo a su paso y que los japoneses no tenían esa sonrisa bonachona. Se reprendió por dentro, por su estupidez, y les dedicó una sonrisa amistosa mientras todos se sentaban en círculo a su alrededor, aunque el chico inglés parecía algo reacio y tenía cara de que no le quedaba otra opción.

La profesora les dio a todos toda una hora libre para conocerse pero, en vez de venir a saludar a los extranjeros como debía ser, se juntaron en grupos pequeños, que a veces se entremezclaban y dejaron a los nuevos de lado. A ellos poco les importó, la verdad, y empezaron a charlar entre ellos sin abandonar sus asientos, comentando cosas de sus propios países que Ariel escuchaba con atención mientras sacaba su libro de la mochila y lo leía. Había quedado en la página doscientos treinta y como nadie daba muestras de incluirlo en la charla decidió tomar su preciado libro y darle la buena ojeada que se merecía.

Justo leía la parte en que Elphaba, la llamada Bruja del Oeste, le confesaba parte de sus planes golpistas contra el Mago de Oz a su amante, el príncipe Fiyero, y le pedía que abandonara la ciudad, porque no podía arriesgarse a perderlo. Esa, pensaba él, era una gran mujer. Y el príncipe, que se arriesgó a morir para seguir a su amada en un intento de que evitara su atentado para que no le hicieran daño, aún sabiendo que lo terminarían matando, era lo que él consideraba un hombre de verdad. Alguien capaz de proteger a su ser más preciado sin importarle nada, aún consciente del peligro, alguien que estando enamorado y por amor no le importara vivir en una inmunda fábrica abandonada para estar con la persona amada, alguien capaz de dejarlo todo de lado.

Le gustaría a mares tener a alguien así.

Cuando se dio cuenta de lo que había pensado, detuvo la lectura. Porque no había pensado en “alguien” sino en un “hombre”. “Un hombre así”, tales fueron sus pensamientos, y se preguntó un tanto pasmado qué le estaba pasando. Mas cuando la imagen mental de Mad pasó por su mente… ¿Lo estaba influenciando el libro? No, no podía ser, ya había leído la parte en que Frex, el padre de la protagonista, confesaba abiertamente haber tenido una relación homosexual con el amante de su esposa, o la parte en que se veía a los penitentes babear por el ministro Frex, o en la que uno de los chicos de la escuela de Elphaba se le insinuaba sin ápice de vergüenza a uno de sus amigos, y nunca se le había pasado la idea por la mente.

¿O sí?

De hecho, ahora que recordaba, esas partes del libro, como muchas otras que hablaban de la homosexualidad o la bisexualidad, le hacían pensar muchas veces sobre sus propios gustos. ¿Le gustaban los chicos o las chicas? Antes no lo pensaba, porque se creía demasiado pequeño y no le daba importancia al tema, aunque su madre le explicó lo básico de educación sexual, le hizo leer libros, le previno contra el SIDA y las ETS, e incluso le habló sobre los distintos tipos de sexualidad, por lo que nunca se preguntó qué le gustaba. Cuando sintió que ya no era tan pequeño, no le quedaron ni ganas ni tiempo para socializar y darse el gusto de averiguarlo saliendo con niños o con niñas, tenía demasiadas cosas por hacer y cada hora contaba. Había estado sin pensar en nada del tema por mucho tiempo, dejándolo para más tarde, pero la confesión de Mad sobre su homosexualidad y muchos de los temas de ese libro abrieron el debate en su cabeza: ¿Era gay o heterosexual?

No detestaba a las mujeres, de hecho muchas le parecían hermosas y hasta atractivas, por ejemplo Almudena y Giovanna. Tampoco odiaba a los hombres y se los quedaba mirando mucho en ciertas ocasiones, tratando de descifrar la belleza de sus rasgos. No podía estar seguro, nunca se había enamorado, pero hasta el momento era capaz de ver belleza y atractivo en ambos géneros. ¿Lo haría eso bisexual?

“Bueno, es mejor que no saber qué te gusta. De momento, creo que me quedaré como bisexual. No suena nada mal, viene bien conmigo”.

Listo, asunto resuelto. Pudiera ser que muchos se alarmaran al ver la facilidad con la que resolvía el problema, pero no era alguien que se alarmase con facilidad por esa clase de temáticas. Había venido de una familia muy abierta como para ponerse histérico al darse cuenta o, mejor dicho en su caso, al decidir que era bisexual. O gay, o lo que fuera. Rosetta le había contado que había tenido una pareja mujer durante tres años, antes de conocer a Eros y darle a luz a él. En cambio, Angelo era mucho más clásico: aunque no lo manifestaba, le tenía terror a la gente gay. Podía tolerarlos si estaban lejos, pero no en la familia o en cualquier otro lugar demasiado cercano a él.

Estaba preguntándose si era por eso que Angelo había detestado ese libro, cuando Giovanna miró en su dirección y le habló.

—¿Y tú como te llamabas?

Tardó medio segundo en responderle, aún sin sacar la vista del libro.

—Aaah… Ariel, soy Ariel.

La chica sonrió, pero con la frente arrugada por la curiosidad.

—Qué nombre tan raro para un siciliano. ¿De verdad eres italiano? ¿O te pusieron el nombre porque tu familia es religiosa?

—Mi madre era mestiza, si eso quieres saber –le dijo, consciente de qué era lo que en realidad ella deseaba saber: Su linaje de sangre —. No tiene que ver con la religión, de veras. Aunque sigo sin saber por qué me pusieron este nombre.

—Ah, eso lo explica.

—¿Qué tiene el nombre? —el que habló fue Shenshen, y le sorprendió que su acento casi ni se notaba. Como ahora todos le prestaban atención, tuvo que dejar el libro—. ¿Es extraño?

—Bastante, sí —reconoció Giovanna, poniéndose de perfil en el asiento para mirar al modelo—. Porque ese nombre no existe en nuestro país, ni siquiera en el idioma. ¿Cuál de tus familiares es extranjero?

—Era —respondió, viendo como el entusiasmo de Giovanna se iba. Nacionalismo puro, tener un poco de sangre no italiana, o haber vivido mucho tiempo fuera del país te convertía en un paria a ojos de los italianos, o al menos a ojos de los pueblerinos, y lo sabía por haberlo vivido en carne propia—. Mi abuela, ella era de otro país pero vivió casi toda su vida en Niscemi. Falleció hace ya mucho tiempo… El abuelo y mi padre son italianos puros.

—Lamento eso —pese a todo, los ojos de la muchacha volvieron a brillar—. Eso quiere decir que tienes un cuarto de sangre extranjera. ¿De que nacionalidad era tu abuela? Tus rasgos son poco comunes.

—Inglesa.

—Oh —por primera vez en el poco rato que lo conocía, Christian le miró con algo más que fingido interés y arrimó la silla—. Lo sabía, sabía que tenías rasgos ingleses pero no podía estar del todo seguro. ¿De qué parte era tu abuela?

—No lo sé bien, nunca hablaba mucho de su origen. Se crió en Londres de pequeña, pero nació en un pueblo cerca de la costa, no estoy seguro del nombre porque ella no lo pronunciaba nunca, pero el abuelo decía que sonaba a pastilla de jabón.

Shenshen y Sorja se rieron por lo bajo, tal vez burlándose de la cara de perplejidad del chico de aires principescos, que luego terminó por reírse, aunque de un modo bien bajo y contenido. ¿Era educación o todos los ingleses eran así? No, no podía ser, su abuela siempre había sido vivaracha cuando estaba alegre y solía reírse a mandíbula batiente, echando la cabeza para atrás hasta que le podías ver los molares.

—¿Debon, quizás? —preguntó Shenshen, sonriendo de forma muy simpática y agradable. El muchacho estaba seguro de que él y Shenshen podrían a llegar a ser muy buenos amigos.

La lamparita dentro de la cabeza de Ariel se encendió.

—¡Sí, ésa! ¿Cómo lo supiste?

—Porque es la que más suena a cosmético o jabón de baño.

Y todos estallaron en una carcajada, que fue interrumpida por el polaco.

—Perdona que te pregunte pero… ¿Dónde conseguiste ese libro?

—¿Este? Oh, me lo regaló mi primo. Me gusta mucho leer así que siempre me compra novelas como estas —contestó, pasándole el libro para que lo viera, y el chico lo hizo con ojos muy ávidos. Él también le iba a caer bien—. ¿Por qué no lo ojeas? Después puedo llevarte a la librería dónde lo compró.

—¿De verdad? —los ojos le brillaron—. ¡Gracias!

—Oigan… ¿y si vamos todos juntos? —Almudena, la tahitiana, no había dicho demasiado y sólo se había reído de los chistes. Tenía una voz algo cascada, pero quedaba bien con su rostro de facciones algo duras las cuales le hacían ver enojada casi todo el tiempo—. Yo, en lo personal, no conozco nada.

—Yo menos.

—Yo tampoco —la voz de Sorja fue un suave murmullo. Poco a poco los chicos fueron aceptando, incluyéndolo al reacio Christian, quien quizás seguía ofendido por el comentario de la pastilla de jabón.

A Ariel, la idea de salir con chicos de su edad y mostrarle la ciudad era como darle una botella de Bourbon a un alcohólico. Tenía tantas ganas de hacer amigos, de socializar, de charlar con gente y tener quien le enviara mensajes al celular para arreglar salidas e ir al cine, hacer pijamazas, ir a bailar o lo que fuera. No pensaba desaprovechar la oportunidad de hacerse amigo de otros extranjeros como él, que se sentirían tan fuera de lugar como él mismo y a los que, de antemano, ya los habían marcado como “raros”. Por norma del colegio, los estudiantes extranjeros no eran aceptados de manera, entre comillas, oficial a menos que pasaran uno o dos años y hubiesen hecho algún mérito de importancia.

—Claro que sí, no hay problema. Pero hoy mi deber es mostrarles el colegio, si es que no les molesta. Créanme que se perderán si no tienen una guía. Pero, ¿podemos hacer la salida de reconocimiento el miércoles? Tengo que ir al hospital hoy y el martes trabajo.

Los seis pares de ojos le miraron de hito en hito.

—¿Trabajas? —Shenshen no daba crédito a sus oídos.

—Hum sí. Pero no es la gran cosa, en verdad…

Sin embargo, Almudena le interrumpió.

—¿De qué trabajas?

—Soy modelo.

—¡Qué interesante! ¿Cómo es? Yo siempre he querido ser modelo pero luego me dije que, con esta jeta de furia que tengo encima, no lo conseguiría ni a cascotazos.

—Sí, claro, como si yo tuviera algo más que una cara de nena tan evidente que se cae de madura —le dijo en murmullo, poniendo los ojos en blanco. Lo había dicho en serio, pero los chicos se rieron y le pidieron que les contara más.

Les habló de la ciudad, de la tienda de ropa donde trabajaba como modelo, les habló de los lugares turísticos para desviar el centro de atención de su persona y luego comenzó a nombrarles sitios para visitar el miércoles. Los chicos hablaban y preguntaban, muy interesados ya que Ariel recordaba todo, a excepción de Sorja, que permanecía en silencio y sólo lo rompió para decirle a Ariel que le encantaba su acento tan raro y su voz. Después les contó de la escuela, eso solo porque a la profesora se le dio por acercarse a los pupitres para ver qué hacían, y les contó sobre los diferentes clubes. Shenshen se emocionó todo cuando le dijo que tenían un club de música y que él era miembro.

—¿Puedo unirme también?

—Ven conmigo y le peguntamos al profesor. Si hay vacantes puedes unirte.

Y, con la facilidad de los chicos jóvenes, se pusieron a hablar de instrumentos, luego de los clubes y por último, de sus respectivos países. Se identificó con Giovanna por venir del mismo lugar, pero Ariel se enamoró de todos los otros países, de cada una de esas ciudades desconocidas de nombres raros y tradiciones tan exóticas, al punto que se prometió a sí mismo que, cuando fuera un joyero famoso, recorrería el mundo.

Después de que la profesora decidiera darles las dos horas de clase libres, fueron a recorrer la escuela. Mientras caminaban en fila con Ariel a la cabeza, él les iba explicando la ubicación de los lugares más importantes: El gimnasio, las canchas, la dirección, la enfermería, la sala de actos, la entrada a los otros edificios, y se dio el lujo de repetir las indicaciones varias veces para que las recordaran o las anotaran, como vio hacer a Vladimir. Les contó de su memoria fotográfica entre tanto los guiaba a la cafetería y un grupo de chicas le gritó groserías… y no fueron las únicas.
Sorja puso cara de no entender.

—Dime una cosa, Ariel —les había insistido para que no le llamaran por su apellido—. ¿Tratan así a todos los extranjeros o es que te la tienen jurada, como se dice aquí?

—Me la tienen jurada, como se dice aquí —le respondió en tono amable, dedicándole una sonrisa condescendiente mientras regresaban al aula para la siguiente clase tediosa—. Todos están convencidos de que tengo buenas notas porque me acuesto con un profesor, vaya a saber uno cuál de todos, en vez de razonar y darse cuenta de que es porque recuerdo todo lo dictado en clase y lo que está en los libros.

—¡Pero qué… cerdos!

A esas alturas, llamarlos cerdos era quedarse cortos, pero no podía pedirle a la pequeña y menudita muchacha pecosa tan tímida que dijera algo más grotesco. Menos después de ver la pulsera—rosario que llevaba en una muñeca.

—No pasa nada, te acostumbras. Además, por más que intente persuadirlos de lo contrario les es más cómodo destrozar mi reputación. Supondrán que soy una loca que le gusta meterse con cualquiera o busco puros dieses sin estudiar.

—No sé cómo serán las cosas aquí —apostilló Almudena que, junto con Casimiro, miraban con cara de asco a las niñas ricas del Jonh Baptist—. Pero en mi barrio eso que ellas hacen es ser perras. Y bien baratas.

“Bueno, la cosa va bien. Conversamos mucho, no me creen una reina de la Jaula de las Locas, ni quieren huir de mí a toda costa. No está mal para el inicio de una camaradería o una amistad”.

Y no hay otra cosa que una el espíritu que las aburridísimas clases semi incomprensibles del profesor de matemáticas Liam, momentos en los que aprovechaban para hablar en voz bajita y fingir que le hacían caso gracias a la sordera del viejo señor. En todo caso, si daba indicios de estar dándose cuenta, las típicas notitas que iban de pupitre en pupitre mientras se intercambiaban los libros eran la salvación. Todo iba demasiado bien, incluso el último profesor faltó y les dio más tiempo para charlar mientras almorzaban y seguían charlando de todo un poco entre todos mientras Ariel se alegraba por haber encontrado al fin a posibles amigos y, a la vez, una voz le decía que no se entusiasmara mucho, porque las fuerzas externas podían alejarlos. Aunque tal vez no a Sorja, Shenshen y Giovanna, quienes daban la impresión de sentirse muy a gusto a su lado… de los otros no estaba seguro porque o tal persona hablaba poco, o hablaba sólo de libros, o parecía estar siempre enojado.

El tiempo lo diría. Lo mejor era mantener la guardia para no deprimirse luego.

Sonó el bendito timbre del final de las clases y el inicio de las actividades extracurriculares, luego de veinte minutos de descanso para hacer lo que quisieran. Ariel se tomó el tiempo para comer algo más y acompañar a los chicos a la salida, excepto a Christian y Shenshen que también querían estar en el club de música.

—Aunque no seamos miembros, ¿podemos mirar? —le preguntó Christian, peinando su lacia cabellera castaña con una mano.

—Claro, siempre que no hagan ruido. ¿Ya saben que instrumentos van a tocar?

—Piano. ¿Y ustedes dos?

—Piano —respondieron él y Shenshen a la vez, el acto les sacó una risa y luego una carcajada. Christian ladeó la cabeza, como si no encontrara sentido a la risa, y siguió caminando.

El aula de música era muy parecida a un aula de la universidad por las gradas en ascenso, donde se sentaban los estudiantes, y el centro con la pizarra y el escritorio, donde dictaba el profesor, salvo porque el escritorio y toda la parte central del aula tenía algún que otro instrumento, los pupitres tenían partituras, y en un costado, la puerta del recinto donde se guardaban los instrumentos faltantes. Los tres se sentaron en primera fila, pues pese a que la cantidad de alumnos era importante, aún había asientos desocupados y nadie se sentaba en primera fila, por miedo a ser los primeros en tener que pasar al frente para presentarse y tocar.

El profesor, un hombre joven, larguirucho, y muy delgado con pinta de hippie que se hacía llamar simplemente “Carlos”, pasó lista de todos los alumnos y los hizo presentarse en el asiento, preguntándoles qué instrumento sabían tocar para luego pedirles que pasaran al frente e hicieran una demostración. No por nada las primeras filas estaban desoladas, pues a los primeros que llamaron fueron a los únicos tres alumnos que estaban ahí sentados: Ellos tres.

—Venga, ¿quieren tocar un instrumento o no? —les decía el profesor, exhibiendo una sonrisa compinche bastante blanca en medio de su barba negra descuidada que daba la impresión de pinchar bastante—. ¿Quieren estar en el club, o no?

—Esto… —Ariel dudó un poco en hablar, pero la vacilación bastó para que el profesor y toda la clase le miraran—. Mis compañeros aún no están registrados como miembros, acaban de empezar sus clases aquí. Vinieron a anotarse y a verme.

—Ya veo. Bien, para los que estén de mirones y luego quieran anotarse en el club, sepan que hay puestos vacantes aún pero son pocos, así que tienen que ir al salón de maestros y pedir el talonario de mi materia con mi nombre, llenarlo como corresponde, y dárselo a la señora Kitty (no se rían, la secretaria se llama así) para que me los dé. ¿De acuerdo? —todos los alumnos asintieron al unísono como autómatas—. ¿Y tú, el de los ojazos azules, eres miembro?

El cumplido, además de ponerlo rojo como tomate, le ganó varias risas sardónicas de los demás estudiantes, que ni siquiera las miradas asesinas de sus compañeros de banco y el propio profesor pudieron acallar. Era obvio que el hombre sabía quién era él, no había profesor que no lo conociera de nombre o por su rostro, pero todos lo conocían y todos sabían del rumor. Y ninguno hacía nada para detener ese rumor. Tuvo que carraspear antes de hablar, temiendo que la voz le sonara floja o ronca al hablar.

—Sí, señor —bien, le había salido normal. Era más fácil recobrar la compostura con él que con Mad—. Soy miembro del club.

—¿Qué instrumento tocas?

—Piano y violín —oyó ruidos detrás de sí, apostaba a que eran los demás chicos.

—Bueno, en ese entonces acércate y danos una demostración. ¿Te importaría tocar el piano? Aún no me han traído los violines de repuesto y si no traes uno…

—No, esta bien. Me da igual tocar uno o el otro —dioses, se moría de los nervios.

Mientras se ponía de pie para caminar los cuatro pasos hasta el teclado multifunción posado a la derecha del escritorio podía sentir las miradas de los estudiantes sobre su nuca, taladrándole, machacándolo, incluso queriendo humillarlo o envidiándolo. La sola sensación le ponía los nervios de punta, tanto que las manos le temblaban al momento de sentarse y acariciar las teclas con los dedos. Su abuela le había dicho que, como todos los miembros de su familia, era muy sensible a las malas miradas o a las emociones de la gente… No era en balde que a su abuela la llamaban bruja o curandera en su pueblito, ¿cierto? Justo cuando intentaba calmarse, el profesor le habló.

—Trata de tocar esta canción —le dijo, señalándole las partituras, y Ariel ladeó la cabeza al no comprenderlas. Nunca había tocado con partituras. Los chicos detrás de él comenzaron a reírse y la excitación que había visto en los ojos del maestro se extinguió—. ¿No entiendes lo que dice?

Le negó con la cabeza. Claro que no, tocaba por intuición o por memoria, porque se sabía las tonadas y todo lo que hacía falta, pero su madre le enseño a tocar sin partituras para que fuera más “libre”. Y ahora, por eso, el profesor le pedía que volviera a sentarse y el alumnado se le reía en la cara. Era como si se rieran de Rosetta, su madre, de cómo le enseñó y cómo veía ella el mundo pese a que sabía que se reían de él, pero no podía sacarse el sentimiento.

Al recordar la sonrisa de su madre, sintió el coraje que le hacía falta e incluso furia. Nadie se reía de su madre, no lo podía permitir. Echó raíces en el asiento del teclado y, ante los ojos de todo el mundo, arrojó la partitura a un costado, cerró los ojos, y comenzó a tocar.

El aula había quedado en silencio.


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