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lunes, 5 de octubre de 2009

Mis relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo seís, parte dos.

¿Nos calentamos? Segunda parte.



No podía ser cierto, ¿verdad? Jean Claude tardó unos minutos en reaccionar y darse cuenta que la línea se había cortado. Respiró hondo un par de veces, colgando el teléfono, y caminó a paso lento hacia la puerta la cual abrió sin siquiera mirar por la rendija. Allí estaba, con su pelo lacio goteando agua y sus ojos color avellana mirándole con aire de estar haciendo una travesurilla. Macchi le miraba sin dejar de sonreír. Llevaba el paraguas a un costado, por lo que sus ropas, siempre de rojo y negro, estaban casi impecables. Su rostro ovalado se veía tan joven como siempre, pues Macchi era de esas personas que nunca envejecían y siempre se veían igual.


Una cabeza más bajo que él, Macchi era muy esbelto, y pese a que hacía ejercicio todos los días y practicaba yoga, sus músculos nunca se desarrollaban demasiado, debido a la falta de grasa en su cuerpo. Hasta hacía dos meses había usado el cabello largo hasta la cintura y ahora se lo había recortado hasta los hombros, pero Macchi seguía siendo el mismo diablo, sin importar cuánto cambiara su apariencia. De sonrisa pronta, el rostro de Macchi concordaba mucho con su personalidad extrovertida, heredada de su padre, que hacía juego con su belleza oriental, heredada de su madre. A Mad siempre le habían gustado los pómulos remarcados y el mentón fino, la nariz un poco puntiaguda y su piel aceitunada, que hacia un juego especial con el cabello negro azabache. Descrito de esa forma, no aparentaba ser guapo, pero Macchi tenía una belleza especial… Belleza que había llevado a Mad a declarársele a la edad de veinte años y que lo ayudó a vivir en pareja con él durante cuatro años, antes de que su padre comenzara a sospechar y tuviera que casarse con Michelle.


Aunque ahora, todo eso se le borró por un instante de un solo plumazo al recordar, entre la bruma de los miles de recuerdos que le traía la sonrisa de Macchi, que Ariel estaba allí en la misma casa… Y que su querido amigo era el rey del doble sentido.


—¿Qué demonios haces aquí? —dijo en un jadeo, cuando al fin pudo reaccionar. Macchi respondió con una risita pronta, cerrando el paraguas.


—Pues vine a ver a mi mejor amigo. ¿Qué más?

—Pero… —iba a responderle, decir alguna mentira para que se fuera, cuando Macchi alzó un dedo y le empujó para poder entrar.


—Ni se te ocurra echarme o te armaré un escándalo delante de la perra que tengas escondida por ahí, y sabes que lo haré. ¿Vas a dejarme afuera después de que me tome el trabajo de venir hasta aquí, mal amigo? —gruñía, quitándose la chaqueta de cuero que llevaba puesta y dejándola a un costado. Sí, los pantalones de mezclilla le quedaban muy bien y marcaban todas las zonas de interés, como la entrepierna y el trasero. Y esa playera ajustada no dejaba nada a la imaginación.


—De acuerdo, no te echaré por ahora siempre en cuanto me des un muy buen motivo para no hacerlo.


—¿El hecho de que no he sabido nada de ti en meses te parece un buen motivo?


“Ahí te cagó, Mad”.


Touché. De acuerdo, lo admito, he actuado un poco mal con mis amigos pero eso no es motivo para que vengas sin avisar.


—Sí que te avisé —rezongó el otro, entrecerrando los ojos hasta volverlos una línea recta.


—Cinco segundos antes de tocar mi puerta. ¡Mira mis fachas! No estoy en condiciones de recibir a nadie —Macchi sabía que Mad era terrible con respecto a la ropa. Nunca estaba mal vestido e impresentable, cosa que lo alteraba mucho. Su ex pareja, por el contrario, siempre se ponía lo primero que encontraba—. Además, podría estar ocupado ahora, ¿sabes?


Al instante de abrir la boca quiso morderse la lengua. En primera, porque eso último lo había dicho en un tono algo mordaz y, en segunda, porque Macchi era muy, pero muy celoso y sus palabras habían sido un claro indicio de que en ese momento estaba ocupado. Pero con alguien más. Y claro que el otro se dio cuenta, porque hizo una mueca con la boca y arrugó la frente hasta que sus cejas negras y finas se tocaron una con otra, cruzando los brazos sobre el pecho.


—¿Así que nos abandonas por alguna zorrita y tienes la osadía de echarme de tu casa?


—No, no… —ante el inminente tsunami de gritos que, estaba seguro, Macchi iba a soltar, alzó las manos como si quisiera parar el tráfico—. Claro que no, es sólo que…


—¿Cuánto te cobra la hora?


—¡No estoy con un prostituto! De hecho, ni siquiera estoy en pareja. Es… —como no encontraba un adjetivo con el cual describir su relación enfermiza con Ariel, dijo lo primero que se le cruzo por la cabeza—. Un amigo.


Pero Macchi no se tragó la píldora y sacó su cédula de identidad.


—Mira qué interesante. Según mi identificación, avalada por el estado: ¡No nací ayer! Vamos, Mad. Así me llamabas a mí cuando íbamos a tu casa y nos encerrábamos en tu cuarto a “estudiar” —dijo, marcando las comillas en el aire con los dedos—. Sabes que puedes contarme si estas con algún juguete nuevo.


Estaba bien que Macchi fuera celoso, pero nadie llamaba “juguete” a Ariel en su presencia y vivía para contarlo. Crispó los puños de furia mientras su cara enrojecía y mantuvo la distancia el tiempo suficiente como para que el otro se diera cuenta del error que había cometido. Y funcionó, porque enseguida la sonrisa se desvaneció de su rostro y se quedó ahí quieto como una estatua.


—Gomenasai —musitó, pestañeando varias veces. Debía de estar impresionado, pensaba Mad, porque él solía ser muy tranquilo… Pero pobre del que lo buscaba porque, si lo encontraba, terminaba usando una dentadura nueva de acrílico como mínimo—. No fue mi intención, sólo quería molestarte un poco.


—¿Y arruinármelo todo después? —otra cosa, Macchi se esforzaba en matar cualquier relación que Mad tuviera cuando consideraba que “el otro” no era digno de reemplazarlo y no le llegaba ni a la suela de los zapatos a Mad—. Ni se te ocurra. Además, como te dije, es un amigo. Nunca seremos más.


Un ruido de cacerolas chocando los puso a los dos en alerta en medio del momento de tensión. Para Mad la tensión aumentó el doble cuando su ex novio miró la puerta de la cocina de forma sospechosa, no quería que él viera a Ariel, que le hiciera sus comentarios socarrones o que de golpe comenzara a gritarle que era un pedófilo pervertido y Ariel saliera corriendo asustado, por ello tomó a Macchi del brazo y lo arrastró hasta el sofá.


—Escucha, y escucha bien. No estoy con una pareja, es sólo un amigo y se está quedando aquí por esta noche porque su casa esta inundada. Si vas a quedarte te pido, te ordeno, que te comportes como es debido. Nada de doble sentido, no harás ningún comentario en mi contra y, lo más importante, manos quietas. ¿Está bien?


—Hai, hai. Ya entendí, comportarse, manos quietas, hablar bien de ti. Seré todo un señorito inglés, te lo aseguro, y ningún improperio saldrá de esta boca. Ahora, dime, ¿quién está ahí dentro?


Ya sabía que Macchi no iba a detenerse hasta sacarle toda la información. Lo más probable era que ya se hubiera dado cuenta de sus sentimientos para con Ariel por la forma en que se había puesto hacía un rato.


—Es uno de mis modelos —escuchó a Macchi jadear por la sorpresa, él jamás había sido serio con alguno de sus modelos—. La persona más hermosa, gentil e inocente que he conocido en toda mi vida. Siempre tiene una sonrisa en su rostro y actúa como si nada le molestara, aunque en el fondo es una persona muy solitaria. Es muy maduro para su edad —dijo, sonriendo sin darse cuenta al recordar todas las charlas que había entablado con Ariel—, y muy inteligente también. Trabaja como modelo para pagar sus gastos y no molestar a su tía, ella lo adoptó a él y a su hermano luego de que su madre muriera, ¿sabes? Y Ariel no quiere causarle ninguna molestia.


—Así que se llama Ariel. Pareciera demasiado bueno para andar en el mundo del modelaje, es bastante peligroso.


—Sí, pero mi hermana lo cuida. Y yo tampoco dejaría que nada le pasara… Es que no puedo dejar de pensar en él las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.


No se sorprendió al ver que Macchi le miraba fijo a los ojos, como si no le conociera. No era para menos, Mad nunca se había expresado así de nadie ante él, quien era el evaluador de todas y cada unas de sus conquistas. Pero Ariel no era oficialmente una conquista, ¿o sí? Fatigado, se dejó caer hacia el respaldo del sillón y se acarició el puente de la nariz con dos dedos, cerrando los ojos. Deseaba poder sacarse la tapa de los sesos y masajearse el órgano que habitaba dentro, haber si de esa manera pasaba la terrible jaqueca que sentía.


—¿Es lindo?


—Es hermoso. Es mi musa, mi musa inspiradora. La primera vez que lo vi pensé que se había caído un ángel del cielo.


Macchi arrugó la frente y sonrió al mismo tiempo.


—Pero tú no crees en los ángeles.


—Por eso luego lo convertí en un hada. Me lo imagino con una túnica y una corona de flores, tocando música y cantando en medio del bosque como las ninfas de los griegos —Macchi silbó al oírlo, mirándole como si no lo conociera—. ¿Qué pasa?


—O estoy delante de un clon bueno del verdadero Mad, o tú, mi querido amigo, estás demasiado enamorado para tu propio bien. ¿Adónde quedó la política de tener siempre el control para no ser vulnerables y no involucrarnos?


—Se perdió en un mar azul con perfume a manzanilla —espetó, suspirando a la remembranza del aroma de Ariel. Manzanilla… ¿habría perfumes así? Los dedos de la mano le temblaban cuando recordaba la suavidad de aquellos labios que había podido sentir ese mismo día, y se ruborizó de sólo pensar en ello—. Llega un momento en nuestras vidas en que nos cansamos del jugueteo, Macchi. Tú eres más joven que yo, así que quizás ahora no lo veas así. Pero ya me cansé. Quiero despertar con la misma persona todos los días, dormir con ella todas las noches, prepararle un rico desayuno y charlar sentados frente a la chimenea como una linda pareja monógama.


—Sí, de viejos.


Mad rodó los ojos, soltando un bufido. Para algunas cosas, Macchi era demasiado obtuso. Quizás se debía a la edad. Él, cuando tenía veintiocho años, también consideraba esa clase de cosas como “cosas de viejos” y pensaba que la vida de parrandero era lo mejor que cualquiera podría vivir. Sin compromisos, sin emociones, sin corazones rotos ni celos, ni dudas. Sólo sexo, bebidas, baile, y más sexo si es que estabas tan sobrio como para estar en pie. Y cuando no, también. Así fue como terminó despertando en un hotel a treinta kilómetros de su casa con dos desconocidos desnudos. Claro, los dos estaban más buenos que comer pizza con la mano, pero nunca pudo recordar lo que pasó aquella noche.


—Muchas gracias, Macchi. La próxima vez que trate de hablar de sentimientos recuérdame que no te llame, ¿okay? Necesito alguien que me escuche y me dé consejo, no alguien que me diga que soy un viejo.


—Okay, okay, mis disculpas. Eres asquerosamente joven todavía y me arrepiento de corazón por haber dicho lo contrario, ahora, por favor, ¿podrías decirme cómo es que, si estas tan… enamorado —hizo una mueca rara al decir esa palabra—, no estas encerrado en tu cuarto revolcándote con ésa nueva musa tuya?


¿Se lo decía o no se lo decía? Ése era el dilema. Al final, y luego de cinco minutos de silencio, soltó el bombazo:


—Es menor de edad. Mucho, muy menor de edad —el joven mitad asiático, mitad inglés abrió mucho los ojos, sin comprender—. Tiene catorce años.


Lo vio envejecer treinta años.


—Mientes.


—Ya quisiera.


La mandíbula de Macchi casi rozaba el piso de lo abierta que tenía la boca, su cara pasó del blanco lívido al azul, y después a un verde muy subido de tono. Por un instante, Mad se preparó para recibir toda clase de insultos y amenazas, para una escena terrible que alertaría al pequeño que aún estaba en la cocina de lo que en verdad le pasaba y se alejaría de él. En parte sería un alivio, ya no viviría con el temor constante de cometer alguna imprudencia, pero, por otro lado, volver a estar sin él…


Macchi seguía en la misma posición, sin moverse y, podría jurar, que casi sin respirar.


—Esto… ¿Estás bien?


—Estás enfermo.


“No, ¿eso crees?”
masculló la voz irónica de Bad Mad dentro de la cabeza del arquitecto.


—Chocolate por la noticia, Masaaru –respondió llamándolo por su primer nombre, que tanto le molestaba al otro. Y que agradeciera que no lo llamara por su segundo nombre inglés—. Eso ya lo sé. Sé perfectamente que estoy enfermo… Sólo que no puedo evitarlo.


—Pero… ¿Seguro? Es decir, te meterás en un gran lío si pierdes el control. ¿Y si el chico te usa para armar escándalo y quitarte tu dinero? Ir a la cárcel es lo menos que puede pasarte.


—Soy conciente de ello. Pero Ariel no es de ésos, ni siquiera sabe lo que siento por él. Es enfermizo y loco, repudiado por la sociedad e inmoral, pero cuando lo veo no puedo evitar que mi corazón palpite hasta sofocarme y su sonrisa… esa dulce sonrisa.


—¿Sabes que yo ahora debería denunciarte por pedófilo pervertido, verdad?


—Lo sé. Pero no lo harás porque me quieres —Macchi frunció los labios, había dado en el clavo. No pudo evitar reírse por lo bajo ante esa mueca tan infantil—. Puedes quedarte tranquilo, no tengo intenciones de propasarme con él. Tampoco pienso decirle nada. Solo seré su amigo todo el tiempo que pueda. Eso me basta, soy feliz con verlo sonreírme cada vez que lo veo, escuchando su voz en el teléfono, leyendo sus mensajes de texto.


“Masturbándote pensando en él antes de irte a dormir y cuando te vuelves a levantar”.


“¿Podrías cerrar la boca, maldición?”.


Si bien Macchi era el único ser humano en la faz de la tierra que tenía conocimiento sobre su doppelganger, nunca le comentaba cuando éste aparecía. La mayoría de las veces, el más joven se daba cuenta por sí solo, como en esa ocasión.


—¿Ya apareció tu otro yo?


—Sí —a veces Macchi le preguntaba cosas a Bad Mad, y Mad tenía que transmitirle su respuesta—. No dijo nada importante.


—Si tú lo dices. Pero, dime una cosa, si de verdad no planeas hacerle nada. ¿Para qué lo trajiste aquí?


—Me acompañó a una tienda de mascotas para elegirme un perro y mientras volvíamos comenzó a llover. Me dijo que la calle de su casa se inunda cuando llueve, por eso los autos no pueden pasar. Y por eso lo traje aquí.


—¿No hay nadie esperándolo en casa?


—Vive solo.


—¿Ves? —exclamó Macchi de golpe, alzando un poco la voz—. ¿Cómo quieres que me quede tranquilo cuando lo tienes tan servido en bandeja? Ni de chiste me voy hoy de aquí, tenlo por seguro.


—Si quieres quédate, no pensaba hacer otra cosa más que comer, dormir, y tal vez jugar con mis nuevos perros, es todo. Conozco a Ariel desde hace ya cuatro meses y nunca le he puesto un solo dedo encima.
Eso pareció descolocar un poco a su joven ex pareja, que volvió a abrir los ojos como platos y se sentó bien derecho en el sillón junto a él.


—¿Cuatro meses? Ah, pero seguro anduviste de juerga por ahí- Mad negó con la cabeza, y él entrecerró los ojos—. ¿En serio?


—No he salido a ningún lado ni he conocido a nadie desde Josh. Leigh —bien, ahí estaba, el nombre de pila de Macchi—, he pasado siete meses solo.


—¿Solo? Quieres decir, ¿solo? ¿Solo de verdad? ¿Sin sexo?


—Sin sexo.


—¿Nada de nada?


—Nada de nada.


“¿Acaso quiere que le pongamos un cartel de neón gigante que diga: No mojé el bizcocho en siete meses y la tengo más dura que un poste?”


—Vaya. Desde que te conozco no has podido pasar una sola semana sin sexo, y ahora me vienes con que no has tenido un polvo en… ¿Siete meses? ¿De veras? ¿Qué te ha pasado, Mad?


Las respuestas a esa pregunta eran varias, como por ejemplo que no dejaba de pensar en cierto niñito menor de edad, que había tenido mucho miedo de relacionarse con alguien luego de lo de Josh, que su vida giraba en torno a un par de ojos azules y una sonrisa esplendorosa. Eran muchas, la verdad, pero las resumió todas en dos simples palabras.


—Me enamoré. Me enamoré, Macchi. No puedo evitarlo, ni siquiera me importa si él me ama o no, soy feliz sólo con que este ahí. Tenerlo cerca, verlo contento. Su sola existencia me hace feliz. Nunca antes me había pasado algo tan lindo y aterrador al mismo tiempo.


Porque sí, eran los sentimientos más hermosos que hubiera tenido nunca, pero al mismo tiempo eran tan aterradores que lo pasmaban. El temor de entregarle su corazón a una sola persona y perderlo, para que éste sea pisoteado, aún estaba latente en su interior sumado con el temor al rechazo, los celos, la congoja de no verlo, la preocupación por que algo malo le pase. ¿El amor era tan complicado? Pero Macchi parecía no tolerar esa respuesta, por lo que lo sacudió y lo tomó fuerte de los hombros.


—Tú estás loco, a ti lo que te falta es alguien que te atienda como es debido.


Y entonces cubrió su boca con la de él. No se había estado esperando ese beso ni reaccionó al principio, demasiado contrariado como para empujarlo y salir corriendo. En otros tiempos ellos dos solían verse y “ayudarse” cuando no tenían nadie a su lado que los complaciera, por lo que ambos conocían muy bien qué era lo que al otro le gustaba. Y pronto la lengua de Macchi, suave y húmeda se coló entre sus labios para acariciar la propia e iniciar un baile candente y profundo. Mad no tardó en dejarse hacer, pues lo necesitaba mucho, tenía una terrible necesidad de que lo besaran y lo tocaran como a un amante, un deseo constante de que lo abrazaran, aunque no terminaran haciendo el amor. Por eso correspondió el beso con un gemido de rendición y sus manos subieron despacio para abrazarse de la espalda bien formada del otro.


No paró hasta escuchar el gemido de los cachorros.


Ariel había estado cortando las salchichas hervidas en trocitos mientras que, en una sartén previamente enmantecada, se calentaba la crema de leche mezclada con una buena cantidad de queso rallado, que revolvía a cada rato para que no se quemara.

Los fideos estaban ya al dente, por lo que los coló y les echó un poco de agua fría encima como le había enseñado la abuela para que no se pasaran y quedaran gomosos. Los metió en un bol grande, bien grande, y luego de mezclar bien la salsa de queso se la esparció encima junto a los pedacitos de salchicha, mezclándolo todo muy bien. Probó un poco, como buen cocinero no iba a dejar que alguien comiera lo que él preparaba sin haberlo probado él primero, y resultó que su experimento estaba muy rico y sabroso. Espolvoreó más queso arriba, dejando que se derritiera todo mientras que rebuscaba en la alacena a ver si encontraba los vasos y platos hondos.
Mientras ponía la mesa, tarareaba una canción.

Tenía las mejillas rojas de emoción, pues estaba contentísimo de haberle sido útil a Mad en algo, y no se le ocurría mejor modo de pagarle todo lo que hacía por él que con una cena rica y nutritiva. De sólo imaginar la cara feliz del mayor cuando probara su nueva creación el corazón le palpitó fuerte.


“Espero que le guste. Quizás debería prepararle un postre mañana… Podría llevarle un pastel de chocolate al trabajo o las galletitas que tanto le gustan”.


Abrió el refrigerador, mas no había nada de tomar salvo cerveza, cerveza, y cerveza. Había más de diez latas ahí dentro, y unas cuantas botellas de lo que parecía ser vino, aunque no entendía el idioma de la etiqueta. Con cara de contrariedad, cerró la puerta del aparato y salió disparado a la sala de estar para preguntarle al mayor si había algo de beber que fuera apto para menores, cuando se encontró con una escena muy particular: Mad, echado contra el brazo izquierdo del sillón medio de costado, agarrado a la espalda de un desconocido que lo abrazaba como si fuera de su propiedad y lo besaba como si no hubiera mañana. Parecían estar comiéndose las lenguas y respiraban muy fuerte.


Ariel jamás había visto a dos personas besarse con esa voracidad, al menos no fuera de la tele. Especialmente a dos hombres. Eso en su pueblito rural de Italia era casi impensable, ni siquiera entre una mujer y un hombre se tenía la costumbre de besarse así, cual si se quisieran arrancar los labios el uno al otro. Pasó saliva, sintiéndose enrojecer sin saber por qué. Por un instante, deseó que le besaran de esa forma también, deseó que alguien lo abrazara así, aunque él nunca había besado a nadie y no sabía ni siquiera cómo había que empezar. Ahora entendía por qué no había anillo, ni fotos de chicas. ¡Si Mad era homosexual!


Lo curioso era lo poco que eso le molestaba.


Se había quedado allí mirándolos, sin saber qué hacer. Quería irse para evitar la escena incómoda, pero también quería quedarse y ver lo que pasaría. Y lo hubiera hecho de no ser porque uno de los cachorros comenzó a sollozar en uno de los bolsillos de su bata, a lo que reaccionó tomándolo rápidamente entre sus brazos. Sin embargo, al alzar la vista, se encontró con el rostro de Mad. Decidió aparentar que recién los había visto, no fuera cosa que se enfadara por haberse quedado mirando, y pasó saliva antes de hablar.


—¿Mad? —para su horror, la voz le salió sin volumen.


Jean Claude se había separado de Macchi al instante de escuchar ese ruido que le advirtió de la presencia del menor en la sala. Nunca deseó tanto que la tierra se lo tragara y no lo dejara salir nunca, ni siquiera cuando su padre lo descubrió masturbándose en su habitación o cuando convenció a su primo Robert de pintarle una cara de muñeca inflable a un melón para usarlo y que descargara ahí su frustración sexual. Permaneció estático por unos minutos, alejándose de Leigh lo más que le fue posible, dado que estaban aún en el sillón, y carraspeó, sintiendo un fuerte dolor en el estómago producto de los nervios.


—A-ariel… No te oí entrar.


“¿No puedes decir algo más inteligente, joder?”


—Escusa, sólo quería preguntarte si tenías algo de tomar que no fuera cerveza. Yo —tosió también, pues la voz le temblaba al hablar—, estaba poniendo la mesa, la cena ya esta lista.


Antes de poder responder, Masaaru se levantó de donde estaba, se acomodó la ropa, y caminó hacia donde estaba Ariel con una sonrisa de oreja a oreja, mientras que lo examinaba con la mirada. Jean Claude conocía bien esa mirada, ya que con esos mismos ojos evaluaba a cada una de sus parejas.


—Así que tú eres el famoso Ariel. Mad no hace más que hablar maravillas de ti, querido, puras maravillas.

Ariel enrojeció con violencia, desviando la mirada.


—¿De verdad?


—Claro que sí, y no me sorprende —dijo, tomándole la cara por el mentón para obligarlo a alzar la mirada y ver su rostro fijamente. La idea de Macchi haciendo alguna idiotez hizo temblar a Mad, pero se limitó a mirar fijamente al menor—. Eres hermoso, no me sorprende que pase todo el tiempo hablando de ti.


—No es cierto.


—No seas modesto, encanto. Eres tan lindo que podría comerte a cucharadas —rió, volviéndose hacía Jean Claude con una expresión picarona—. Esto es tan ilegal.


—¡Masaaru! –gritó en respuesta, poniéndose rojo como tomate—. Disculpa, Ariel. Él es Masaaru Leigh, Macchi para todos nosotros. Es un gran amigo mío.


—¿Los amigos se besan?


“Knock Out, Mad. Ese fue un derechazo directo a las costillas”.


Pero Macchi se adelantó en responder.


—Es que fuimos pareja hace algún tiempo, bebé. No sé si Mad te lo dijo, pero a éste señor que ves ahí le gustan otros señores. A veces nos besamos porque todavía nos tenemos mucho afecto.


“Voy a matar a este hijo de puta”. ¿No podía decirlo con mayor delicadeza? Temía tanto que ahora Ariel le repudiara pero, como siempre, el pequeño le sonrió y respondió con lo que menos se hubiera esperado.


—Ah, está bien. ¿Va a quedarse a cenar, señor Macchi? Hice comida de sobra.


Por supuesto, Macchi no sólo dijo que se quedaría a cenar sino también a dormir. Dormiría en uno de los cuartos de huéspedes, junto con Ariel. Él sólo sonrió y los llevó hasta la cocina, pidiéndole a Maddy que pusiera algo de beber en la mesa mientras que él les servía leche y alimento balanceado a los perros en un tarro distinto a cada uno. Se encargó de servir la comida, mirando con cierta ansiedad a los adultos que la probaron y testearon para saber si era de su agrado.


—¡Delicioso! —exclamó Mad, con una sonrisa que le hizo dar un vuelco al corazón—. Siempre cocinas tan bien, Ariel. Ojala yo supiera cocinar así.


Macchi también le dio el visto bueno. De hecho, ambos comieron dos platos repletos regados con algo de vino mientras que Ariel comió tres, pero bebiendo gaseosa de cola. Mientras cenaban Macchi le hacía toda clase de preguntas como que en qué escuela estudiaba, cuáles eran sus materias favoritas, si salía a bailar, si tomaba alcohol o fumaba, si sabía hacer los quehaceres de la casa y qué quería ser de grande.


—Mis materias favoritas son ciencias naturales, historia, gimnasia y música. Odio las matemáticas —respondió en tono cortés, mientras bebía algo de gaseosa y Misha, la Rottwailer, le mordía la pantufla que le cubría el pie por debajo de la mesa—. No salgo a bailar, soy muy chico para eso todavía, y el olor del cigarrillo me da náuseas.


—¿De verdad? Igual que a Mad —el susodicho le pegó un codazo a Macchi, Ariel no entendió por qué. Sentía como si se estuviera perdiendo de algo, pero lo dejó pasar—. ¿Y qué quieres ser de grande?


Ante esa pregunta, una enorme sonrisa curvó sus labios hacía arriba y los ojos le brillaron tanto que parecía haberse ganado la lotería.


—¡Joyero! —exclamó, ya deseando poder crear su primer anillo. Macchi le miró tan sorprendido, que por un instante se preguntó si debería haberle mentido.


—¿Joyero? —lo vio mirar a Mad, quién le sonrió, y luego Macchi se volvió hacía él de nuevo, con una sonrisa más amplia que todas las que le había dejado ver hasta ese momento—. ¿Estas seguro de que quieres ser joyero?


—No sólo eso —intervino Mad, limpiándose la boca con la servilleta antes de alzar su copa en dirección a Ariel—. Ya tienen varios diseños en su haber, que él mismo creó. Y me prometió un hermoso prendedor de dragón, ¿verdad Ariel?


—Así es. Y estoy muy seguro, quiero ser joyero desde que mi abuelo me enseñó a fundir los metales. Él era herrero, el séptimo de su camada, y me mostraba cómo se hacía el oficio con la esperanza de que yo se lo enseñara a mi hermano menor algún día porque yo no tengo la fuerza para ejercerlo. Eso me va a ayudar mucho cuando vaya a la escuela de joyería.


El joven desconocido, que parecía ser menor que Mad y tenía un aire asiático que le caía simpático y extravagante, puso cara de estar pensando algo bastante serio mientras rumiaba para sí mismo. Miró a Jean Claude buscando una explicación para su comportamiento, pero él se limitó a sonreírle y a acariciarle el cabello. En definitiva, luego de que Ariel se terminara su tercer y último plato de comida, Macchi alzó la vista con una sonrisa.


—¿Sabes a qué me dedico yo, pequeño?


—No sé. ¿Eres modelo o actor? –eso fue lo primero que le vino a la mente.


—Ah, siempre tuve facilidad para ambas cosas y lo fui en su tiempo, pero no, no soy actor o modelo. Soy joyero. Trabajo para Tiffany's, Mexican Girls. ¿Conoces la joyeria "Wolfe's Forge"? —quién no, si era la joyería más famosa del mundo—. También trabajo allí.


Ariel casi se atraganta con la gaseosa que estaba tomando. Eso quería decir que estaba frente a frente con una eminencia de la joyería. Los dos adultos se sonrieron ante su expresión y Mad dio gracias al cielo de que a Macchi parecía estar cayéndole bien su pequeña musa. No sólo eso, dio gracias por haber conocido a un gran joyero que, si tomaba a Ariel como aprendiz, podía ayudarlo muchísimo a lograr sus sueños.


Sin embargo, Ariel estaba todavía shockeado por la impresión, tanto así que la repentina risa de Masaaru le hizo dar un brinco.


—Mírate, pareciera que estas delante del rey de Inglaterra.


—¿Tú has estado frente al rey de Inglaterra?


—Un par de veces, sí. No es la gran cosa cuando te acostumbras. Oye, te propongo algo: Muéstrame unos diseños tuyos. Si tienes talento y tiempo de ocio, puedes venir a mi joyería personal y ser mi asistente. ¿Qué te parece?


No faltó decir más para que el muchacho saliera corriendo en busca de su fiel mochila de cuero, donde había dejado su cuaderno de diseños al carbón, y volviera con el en mano a una velocidad casi inhumana. Macchi pasó cada página, obviando los retratos que se colaban entre diseño y diseño, los cuales miraba fijo, casi como buscándoles la falla. Les encontró un par, pero nada que no pudiera arreglarse con algo de educación y buena disciplina, según lo que dijo Macchi, mientras Mad ponía los platos en el lavavajillas y Ariel pelaba una manzana para cada uno de postre.


—¿Quiere decir que sí puedo ser tu aprendiz?


La expresión seria del joyero fue convirtiéndose poco a poco en una cordial sonrisa.


—Por supuesto. Mad, tráelo cuando tenga tiempo libre a la joyería. Siempre que no hayas olvidado dónde es claro.


—Qué gracioso, claro que no lo he olvidado. Cuando quiera ir, Ariel me llama y listo.


Y así la charla se desvió al uso de ciertos tipos de piedras preciosas y con qué pieles combinaban. Cuando se hizo bien tarde Jean Claude mandó a Ariel a dormir, llevándolo a la habitación de huéspedes para que se acostara en una de las camas. Le dio las buenas noches y se llevó a los cachorros, les puso sus collares anti- pulgas, y los dejó en su cunita. Mañana ordenaría todos los demás chiches.


—¿Sabes algo, Ma-chan? —dijo al fin Masaaru cuando Ariel se hubo ido—. Empiezo a dejar de culparte por haberte enamorado de ese niño.


Mad suspiró, algo le decía que en el fondo Macchi no entendía nada de nada.


Ariel durmió plácidamente... Al menos hasta que comenzaron a serruchar un tronco con una sierra a menos de medio metro de su oreja. Dioses, ¿qué demonios era ese ruido? No tuvo más opción que levantarse y encender la lámpara de la mesita de luz para ver qué diablos pasaba y encontrarse con que ese ruido infernal era Macchi roncando, quien dormía en la cama de junto. Intentó dormir con ruido y todo, pero era demasiado hasta para él. Para colmo, afuera llovía a cántaros y parecía que iban a caer rayos.

Ojalá que no, por favor. Odiaba los rayos. Se cubrió con la frazada de la cama y salió del cuarto, tal vez podía irse con Mad.


"Dormir con Maddy".


De sólo pensarlo se ruborizó, recordando la escena del sofá. Lo mejor era irse a la sala de estar, sí, y ahí se quedó un buen rato hasta que los rayos y truenos comenzaron a caer con tanta fuerza que le hacían pensar que el techo se rompería. No podía evitar el miedo por más que se tapara los oídos y se arrebujara en un rincón del sofá con los cachorros a su lado, la lluvia le traía muy malos recuerdos sobre cierto accidente, cierto coche en el que viajaba su madre. Se había ido una noche en el auto y estaba lloviendo, caían truenos, se veían rayos, había estado a pocas cuadras de volver a casa cuando un conductor ebrio que cruzó en rojo la embistió de frente al tratar de esquivar a un peatón. Le recordaba a la explosión del coche, a los ruidos de las ambulancias, le recordó al camino que él mismo recorrió para llegar al lugar al reconocer el auto... y lo que vio al llegar. Lo poco que vio, porque su abuelo lo había seguido y le había tapado los ojos.


Si seguía así, nunca iba a dormir. Por eso respiró hondo, sacó pecho, agarró a los cachorros llorosos, y subió las escaleras hasta el cuarto de Mad. Si tenía que ser franco, se lo carcomían los nervios por dentro. Tenía un dolor muy fuerte en la boca del estómago y, con cada escalera peldaño que subía, con cada paso que daba, el valor se le encogía al mismo ritmo que su corazón desbocado y palpitante. ¿Por qué se ponía tan nervioso? Era Mad, después de todo. Había estado a solas con Mad en su propia casa, había tomado el té con él, Mad lo había llevado a casa tantas veces que podría perder la cuenta si no tuviera memoria fotográfica y pasaban mucho tiempo juntos.


Entonces, ¿por qué tanta duda?


Los pies se convertían en pesas de plomo que los rayos aligeraban cada vez que caían, iluminando los pasillos de la casa y los muebles con sombras fantasmagóricas que le hacían recordar al cuco o al hombre de la bolsa. Él nunca había creído en esas cosas, quizás porque a la edad en que muchos niños se asustaban con historias del hombre que se los llevaría en una bolsa para comérselos si los encontraba fuera de la casa en la noche o se portaban mal, Ariel se la pasaba leyendo libros sobre médiums, poltergeists, y distintos tipos de gnomos y duendes. La casa de Mad había sido incendiada, ¿tendría algún fantasma escondido en un rincón de aquél complejo moderno, agazapado, vigilando en busca de la oportunidad perfecta para asustarlo o hacer que algo se cayera al piso? ¿Y si hacía aparecer manchas de sangre de colores, como el “Fantasma de Canterville”? Apretó al ovejero negro, a Eddie, contra su pecho y el pichicho aprovechó para encaramarse en su hombro y morderle la oreja. Misha seguía colgando se su bolsillo, tal vez demasiado calentita y cómoda como para salir de ahí. Luego de un tiempo que le pareció eterno, llegó a la puerta de la habitación de Mad… No tenía el valor de golpear, por lo que entró así como así y caminó muy lento hacia la cama del mayor.



Mad no se había podido dormir tampoco, pues las tormentas le traían ese horrible recuerdo del agua tragándoselo a los dieciséis años. Y no sólo eso, sino que Macchi se había pasado mucho rato preguntándole cosas sobre Ariel y opinando sobre un tema que, según él, estaba en todo su derecho de debatir.


“¿Fue él quién te pidió de venir aquí?” había dicho Masaaru, encendiendo su eterno acompañante llamado Lucky Strike. “Debe estar pensando en provocarte”.


Mad se había reído ante la idea. Era imposible que Ariel quisiera provocarle de alguna u otra manera, era un chico demasiado bueno e inocente como para siquiera pensar en eso. Pero Macchi se le rió en la cara y le dijo que de seguro el “niño” aprovecharía esa noche para seducirlo.


La sola idea le ponía de los nervios. ¿Qué tenía que hacer si eso pasaba? ¿Dejarlo? ¿Seguirle la corriente? ¿Detenerlo y decirle que estaba mal, que él era demasiado grande, que debía buscarse a alguien de su edad? Al darse cuenta las estupideces que había estado pensando sintió unas terribles ganas de reírse de sí mismo, y lo hubiera hecho, de no ser porque sintió una presencia en el cuarto. Casi al instante escuchó la voz que, muy en su fuero interno, había deseado oír.


—Maddy…


La voz sonaba cerca. Al abrir los ojos dio de lleno con una sombra delante de sí y el olor a manzanilla de Ariel. Por la sorpresa, se enderezó casi al instante y el niño, asustado, dio un salto hacía atrás con tanta mala suerte que trastabilló, cayendo sentado sobre el piso.


—¡Ay!


—¡Ariel! —jadeó, reconociéndolo ahora que se le acostumbraban los ojos. Un rayo cayó y pudo ver, al fin, la figura del menor en el piso con uno de los cachorros aferrado a su pecho en una de las imágenes más tiernas que hubiera visto nunca. Sin embargo, no era momento para ponerse blando—. ¿Qué haces acá?


—Yo… Yo… —otro rayo cayó, acompañado de un trueno terrible y soltó un grito, abrazándose a sí mismo. Misha, en su bolsillo, chillaba por la reciente caída—. Tengo miedo, Mad.


“Oh…”.


Encendió la lámpara de la mesita de luz. Ahí estaba Ariel, en el piso. Misha se había escapado de su bolsillo y ahora daba tumbos por la habitación con ese típico andar dudoso de los cachorros, mientras que Eddie le mordía un mechón de pelo al menor… Y él tenía los ojos rojos, arrasados por lágrimas. El ademán de abrazar más fuerte a Eddie y llorar conmovió hasta la última fibra del fotógrafo, que maldijo a Macchi por llenarle la cabeza con ideas estúpidas al tiempo que se levantaba de la cama y ayudaba a Ariel a ponerse de pie.


—¿Te dan miedo los rayos, mon ami?—Ariel asintió, temblando todo su cuerpecito que brillaba bajo la luz anaranjada de la lámpara. El mayor suspiró—. Puedes quedarte conmigo hasta que te duermas si eso te hace sentir mejor, a mi tampoco me gustan las tormentas. Ven.


Alzándolo como si fuera una bolsa de papel, lo tomó entre sus brazos y lo depositó en la cama con una suavidad casi exquisita, como si el muchacho no fuera de carne, sino de porcelana. Lo arropó con las sabanas de seda y el acolchado grueso también rojo, antes de meterse él mismo entre las sábanas. Ariel pasó saliva, sintiendo que le dolía el pecho de lo fuerte que palpitaba su corazón, y se dio cuenta de que estaba temblando.


Amour, ¿tienes frío? —inquirió Jean Claude, mirándole preocupado.


—N-n-no… Est-toy bien —demonios, hasta los dientes le castañeaban.


—Ya, quédate quieto y enseguida te dará calor. ¿Quieres que apague la luz?


No supo cómo, pero Ariel se atrevió a asentir con la cabeza, arrebujándose entre las sábanas. La cama era tan blanda que se hundía en ella, entre tanto Maddy tomaba a los cachorritos y los subía a la cama, diciéndoles que les dejaría dormir con él si se portaban como buenos perritos y dormían. Por su lado, Mad también estaba nervioso pero no podía darse el lujo de demostrarlo. Tapó a los cachorros con su bata, metiéndose dentro de la cama a la vez que apagaba la luz, y permaneció quieto con la vista clavada en el techo, teniendo demasiadas cosas en su cabeza. Ariel había ido porque estaba asustado, no porque quisiera seducirlo, Macchi era un idiota que decía estupideces, y él era un tarado por haberle creído en parte.


“Pobrecito, sigue temblando”. Pensó, y se puso de perfil, ahora capaz de distinguir el rostro crispado del jovencito. Su corazón había cambiado el lugar biológico de residencia y se había trasladado hasta su garganta, haciéndole sentir una presión muy, muy fuerte. No estaba excitado, cosa rara, sino… Nervioso. Demasiado nervioso. Ariel, en su cama, de noche, con tormenta.


“¿No quieres cambiar lugares conmigo? Te prometo que seré bueno con él”.


“No mientras yo respire, ¿oíste?”.


Decidió hablar para matar el rato.


—¿Estás mejor?


—Un… poco —por más que lo intentó, la voz le salió cortada.


—Ya, tranquilo. Sé lo que se siente, yo nunca puedo dormir cuando hay tormentas como éstas. A mi edad y siguen dándome miedo —notó que el rostro de Ariel se relajaba, al igual que sus hombros, y le sonrió—. Soy un viejo cobarde, ¿no te parece?


—Para nada. Tú lo enfrentas mejor que yo.


—Merci beaucoup.


—¿Por qué le tienes miedo a las tormentas?


—¿Por qué les temes tú?


Estaba haciendo tiempo, tratando de relajarse a sí mismo con una charla amena. También a Ariel, claro, que parecía estar muy nervioso. Y lo estaba, pero no sólo por la tormenta. Se sentía raro, sin saber por qué.


—Dímelo tú primero y yo te respondo.


“Ay, qué tierno. Acércate un poquito más y te cuento”.


“Cierra la boca, connard”.


—De acuerdo, te contaré. Cuando cumplí los diecisiete años mi padre me llevó a pescar a alta mar, era la típica iniciación a la adultez que sufríamos todos los miembros de la familia. Excepto a Julian, claro, porque a él le gustaba pescar.


—¿Julian? —parecía sorprendido de que le llamase por su nombre—. ¿Así se llamaba tu padre?


Oui. El caso es que, al principio, el día iba bien y habíamos pescado bastante. Papá siempre llevaba el barco muy mar adentro, confiando en que nada malo pasaría, pero el clima nos jugó en contra y, cuando nos preparábamos para volver, el clima cambió de repente. Hubo una tormenta muy fuerte. Las olas golpeaban el barco junto con la lluvia y el sonido del mar enfurecido me taladraba los oídos, sólo se sentía el sabor a sal, el viento cortándote el rostro… —Ariel estaba muy metido en el relato, pues lo miraba casi sin pestañear y se agarraba de las sabanas con fuerza—. Fue horrible, apenas si podía sostenerme. Julian trató de mantener a flote el barco pequeño en el que habíamos ido a navegar, pero en un momento hizo un giro muy brusco y, sumado al golpe de las olas, me resbalé y caí de lleno al agua.


—¡No!


—No podía salir, me estaba ahogando —cerró los ojos ante el recuerdo, la viva imagen del barco desde abajo y el agua turbia hundiéndole, empujándolo cada vez más—. El mar estaba tan embravecido que no me dejaba salir sin importar cuánto nadara, podía ver la parte baja del barco desde donde estaba. Lo último que recuerdo es el sonido de la tormenta, la presión del agua y la falta de aire mientras me ahogaba. Mi padre no se había dado cuenta aún de que yo no estaba sobre la proa, como debería haber sido. Siento que me ahogo cada vez que hay una de estas tormentas.


Ariel le miró consternado, perdiendo muy buena parte de sus nervios. Pobre Mad, estar apunto de morirse de una forma tan fea.


—¿Y cómo te salvaste?


—Como ese día habían salido unas cuantas embarcaciones a pescar, se enviaron varios buques de rescate y helicópteros a peinar la zona para ayudar a los pescadores. Al parecer, uno de los pilotos de un helicóptero nos vio y avisó a los rescatistas. Supongo que también me vio hundirme, porque lo primero que hicieron los del buque fue enviar a alguien a sacarme del agua. Me salvaron de milagro, tuvieron que hacerme el RCP.


—Qué horrible. Lo siento tanto, Mad —y lo sentía en verdad, o eso creía Mad al ver esa expresión tan compungida en su rostro.

No le cupo la menor duda cuando el pequeño estiró una de sus manos, acariciándole la mejilla de forma conciliadora.Jean Claude tomó esa mano y la apretó más contra su piel, dedicándole una sonrisa al niño.


—Gracias, mon cher.


El menor permaneció quieto, ruborizándose ante esa sonrisa. Nunca lo había notado antes, pero la sonrisa de Mad era muy… ¿Cuál era la palabra? ¿Atractiva? Pues sí, lo era. Tanto que le detuvo el corazón por un instante, haciéndolo respirar entrecortado.


—D-de nada.


—¿Me dirás ahora por qué le temes tú a las tormentas?


“¿Y por qué no?” pensó el chico. Ya que él le había contado de su experiencia cercana a la muerte, él bien podía hacer lo mismo.


—¿Alguna vez te he hablado de mi madre?


—No. Bien, no mucho —se corrigió, acercándosele un poco para oírle bien.


—Bueno, ella tuvo hijos siendo joven aunque ya era considerada algo “vieja” en nuestro pueblo. Ya sabes cómo son los pueblos rurales —Mad no sabía, pero asintió—. Yo nací cuando ella tenía los veintiuno y mi hermano nació cinco años después. Era una mujer muy liberal, muy bohemia. Estudiaba en la escuela bellas artes, su abuela, que era inglesa, le había enseñado a tocar el violín y el piano, tomaba clases de teatro, en fin, estaba siempre en movimiento aprendiendo algún nuevo arte. Casi todos sus familiares directos habían muerto de cáncer… Así que sólo quedó ella, su madre, su padre, y nosotros, que éramos sus hijos. Ella también se enfermó, ¿sabes? Pero sobrevivió. Estábamos celebrando su recuperación pero una persona la llamó por teléfono, pidiéndole que fuera a verle, ella se fue en el auto y estaba lloviendo.


Había dicho demasiada información. Podría haberlo resumido todo a un simple: “Había tormenta cuando mi mamá murió”. Pero, no. Él tenía que hacerlo todo tan largo y dar explicaciones que nadie le había pedido, en una verborrea casi imparable. Tenía una gran necesidad de contarle algo a alguien, lo que fuera. Quería deshacerse de la mochila que cargaba o, al menos, quitarle unas cuantas pesas de su interior para que fuera más fácil el caminar y así poder seguir. Había sido él quién la había llamado, todavía recordaba el brillo en los ojos de su madre al pronunciar su nombre.


“Eros…”.


Lo odiaba. Nunca iba a dejar de hacerlo. Y ese odio, esas emociones nunca expresadas se le mezclaban adentro formando una roca pesada e inmensa en el centro de su pecho, una roca que erosionaba despacio su interior, creando un enorme agujero negro.


—Estaba regresando en medio de la lluvia. Llevaba el cinturón de seguridad puesto e iba a cincuenta kilómetros por hora. Había parado en un semáforo en rojo cuando un conductor borracho se lo saltó y, tratando de esquivar a una mujer que cruzaba la calle, derrapó y chocó contra el auto de mamá. Según lo que le dijeron los testigos a la policía, ella se había distraído buscando algo en la guantera y no vio venir el auto.


Mad sentía cómo se le hacía un nudo en la garganta.


—Lo siento muchísimo.


—Yo estaba en la puerta de casa, esperándola. Era muy unido a mi mamá, a toda mi familia, porque eran los únicos que me podían comprender. Vi la explosión del auto y tuve un mal presentimiento, por lo que corrí hacía allá sin siquiera pensar y mi abuelo me siguió sin que yo me diera cuenta —cerró los ojos, acosado por el dolor de recordar—. Cuando llegué allí me di cuenta que el auto que explotó era el del conductor ebrio, que estaba en la banquina. El de mi mamá se había convertido en una masa de hierro compacta que rodó por la calle hasta quedar cabeza abajo… Y yo llegué a ver algo, pero mi abuelo me tapó los ojos en cuanto me alcanzó. Murió en el acto, había sido un golpe directo.


De golpe, se sentía tan azotado por la tristeza como cuando le contó lo de Angelo. ¿Por qué, por todos los cielos, si lo había soportado todo por su cuenta desde los doce años? Ahora estaba ahogándose en sus propios sollozos, sufriendo un ataque que no le dejaba ni respirar. Jean Claude, al darse cuenta de esto, reaccionó por puro instinto: Abrazó a Ariel con toda su fuerza y lo apretó contra su pecho, besándole la frente y los oídos. Desde lo más hondo de su ser habían nacido un deseo profundo de proteger a Ariel de cualquier cosa que le hiciera daño, de hacerle sonreír, viendo cómo de nuevo el cascarón de madurez que solía proteger al pequeño como a un cangrejo su coraza se desvanecía de nuevo, dejándole ver al Ariel frágil que se escondía detrás.


—Ya, ya… —intentaba calmarlo, besando su cabello sedoso mientras lo abrazaba y le acariciaba los brazos—. Ya pasó, mon petit Ariel. Tranquilo. Respira, respira hondo…


El chico intentaba respirar, pero le costaba con tantos sollozos e hipidos. Jean Claude tuvo que mostrarle cómo tenía que hacerlo, secando las lágrimas que se atrevieron a salir de sus ojos para pasearse por sus mejillas, mientras que el otro lloraba y lo abrazaba también.


—Mamma, mamma…


Je suis desolé, mon amour. Llora, llora todo lo que necesites. Todos necesitamos hacer catarsis de vez en cuando.


Ariel lloró y lloró, acurrucado contra el pecho de Maddy, arrugándole la ropa con sus manos que se sujetaban de ahí. Su fotógrafo, maestro y amigo se dedicaba a decirle tiernas palabras al oído, meciéndole suavemente sobre su pecho, acariciándole los hombros, los brazos, la espalda, el pelo. Con cada caricia, los sollozos disminuían junto con la presión en el pecho del joven modelo, que poco a poco iba calmándose. Sus llantos desesperados se convirtieron en leves hipidos, sin abrir los ojos y sin soltarse de Mad, que lo seguía consolando. Esas caricias, sumadas a esos abrazos, se sentían tan bien.


“Tan cálido” pensó Ariel, refugiándose en el pecho ajeno que olía a limón.


—Todo va a salir bien, encanto. Ya lo verás, yo haré lo imposible para que así sea.


“Tan tierno” pensó esta vez Mad, paseando ambas manos por la espalda ajena, aspirando el aroma de Ariel.


Permanecieron en silencio, sin oír nada más que sus propias respiraciones y el ruido de la lluvia golpeando sobre el tejado y los cristales. Ya no caían más truenos, ni rayos. En la habitación reinaba un suave solaz cómplice que, en sus mentes, los estaba uniendo más que antes. El jovencito se dio cuenta de que ahora estaba acostado contra Jean Claude, pero no le importó en lo más mínimo y siguió disfrutando del calor que emanaban los brazos fuertes que le envolvían. Brazos fuertes, grandes, que podrían protegerlo… Le gustaba la idea de alguien grande que lo protegiera y lo cuidara, así como lo hacía Mad. Algún día…


“Encontraré a alguien así para mí”.


Por otro lado, al más grande también le gustaba yacer en medio del calor y el perfume que se desprendía de los dos cuerpos juntos. Sus dedos se perdían entre las hebras de seda negra, tamborileaban en la columna vertebral del menor, presionaban un poco los hombros y los brazos sin que el niño diera signos de molestarse por esto.


—Gracias, Maddy —dijo Ariel luego de unos minutos de silencio—. Siempre estás ayudándome cuando estoy mal.


—Sabes que siempre estaré ahí para ti. Puedes venir y llorar cuando lo necesites aunque me inundes la casa.

Ariel no pudo evitarlo, se rió.


Molto gracie. Creo… creo que realmente lo necesitaba —se separó un instante, esbozando una sonrisa apenada. Los ojos le brillaban todavía—. Ya han pasado casi dos años, creí que lo había superado.


—Uno nunca termina de hacer su luto, Ariel. Cuando mi padre murió yo estuve unos cuantos meses sin salir de mi casa, sin querer ver a nadie. Cada cual tiene su tiempo para reponerse y sanar las heridas, tal vez a ti aún te falta un poco de tiempo más. Pero tienes que hablar, decir lo que te pasa. No puedes andar guardándolo todo adentro tuyo, porque se te pudre dentro y terminas haciéndote daño. O explotando de ira, lo que ocurra primero.


—Suelo tener explosiones de ira, sí —las manos de Mad seguían recorriéndole la espalda y eso, en vez de molestarle, le reconfortaba. Y el otro no podía dejar de hacerlo, deleitándose con aquella calidez. En especial porque el pijama se le había levantado un poco y podía sentirle la piel de las caderas—. Siempre creí que tenía que ser fuerte.


—Ser fuerte y ser un robot son dos cosas diferentes.


La carcajada pronta, alegre, que brotó de la garganta de Ariel hizo que se sonriera y, poco a poco, terminó por reírse también. Allí estaban ellos dos, riéndose como dos locos mientras se abrazaban hasta que ambos abrieron los ojos y se miraron. Fue como si se vieran por primera vez, pues un pálpito los aquejó a los dos, como si todo el universo tuviera sentido y cada cosa, por pequeña que fuera, tuviera que estar ahí.


Era obvio que Jean Claude estaba perdido otra vez en ese rostro hermoso que ahora acariciaba con los dedos de una mano pero no era el único. Ariel no podía apartar la vista de sus ojos oscuros, tan dulces cuando lo miraban, tan divertidos, tan… Recorría la piel de Mad, esa que tanto había envidiado, y ahora deseaba tocarla o tenerla cerca. Fue bajando con los ojos, al llegar a los labios de Jean Claude. La escena con Macchi en el sofá le volvió a la mente y sintió un retorcijón en el estómago que le hizo separar su atención del rostro adulto e ir a esconderse en su pecho. El olor de su piel le gustaba. No podía tocarla, porque quizás Mad malinterpretara y se enfadara porque, bueno, le habían enseñado que a los adultos había que respetarlos, pero se conformaba con tenerla cerca. Hundido en su pecho, cerró los ojos y se dejó hacer por las manos adultas, tan acostumbradas a manejar la Kodak y los planos de Arquitectura, que lo relajaban hasta casi dormirse.


—Mad…


—¿Dime? —estaba tan embebido en acariciarle que estaba más allá del bien y del mal. Hasta la voz le sonó ronca por la emoción.


—¿Macchi y tú son novios?


—No. Lo fuimos hace algún tiempo, pero ahora sólo somos amigos. Aunque a veces él tiene ataques de celos y le da por besarme. Créeme cuando te digo que es mejor seguirle el juego a decirle que no.


—Pero, ¿no tienes pareja? —oyó un ruido similar a una risa, las mejillas le ardieron con violencia—. ¿Qué?

—¿Estoy en un interrogatorio?

—¡No! —otra carcajada, esta vez más jovial que la anterior—. Tengo mucha curiosidad, es todo.

—Bueno, sólo he tenido tres parejas serias. Macchi, con quien viví cuatro años, pero luego quedamos como amigos. Luego me casé con Michelle para complacer a mi padre —escuchó un gritito de sorpresa—. Sí, lo sé. ¿Loco, no? Nos queríamos, pero no la amaba como ella se merecía. Como ya te habrás dado cuenta, no me gustan las mujeres.

—Eres gay.

—Sí. ¿Eso te molesta?

—No —esta vez sí, Ariel salió de su escondite y le miró con cierta contrariedad—. ¿Por qué me debería de molestar? Mamá me enseñó sobre esas cosas, me dijo que cada cual tiene sus preferencias y uno tiene que respetarlas. Ella decía que el amor no tiene género ni edad. Yo ni siquiera estoy decidido y tú me preguntas si me molesta que seas gay.

“Eso es un punto a favor ¡Podemos hacer que se incline para nuestro lado!”.

—Gracias —le sonrió gustoso, ignorando olímpicamente a Bad Mad—. Hace siete meses estuve en una relación seria, al menos para mí. Pero mi novio resultó ser un idiota, me rompió el corazón y me puso una ornamenta de buey en menos de lo que uno dice: “Infiel”. Por eso ahora estoy solo. Es difícil confiar en alguien luego de eso.

El menor, pese a que no compartía el sentimiento de la infidelidad, asintió. Nunca estuvo en pareja ni se había enamorado, así que no sabía bien que contestarle a Mad, quien estaba todavía entretenido con acariciar al menor. En un momento Ariel bostezó e inmediatamente el mayor rió por lo bajo.

—Parece que es hora de irse a dormir —le dijo, separándose un poco de él, pero Ariel no se soltó—. Será mejor que descanses, tesoro.

—Sí, pero… —mordiéndose el labio, se negaba a perder su fuente de calor y consuelo, por lo que se pegó al pecho de Mad como si fuera su única esperanza de vida—. ¿Puedes abrazarme? Solo hasta que me duerma.

No podía negarse a esa carita. En realidad, no se podía negar a nada que Ariel le pidiera, por ende rodeó el cuerpito suave y pequeño que le aferraba y lo acercó más, dándole tiernos besos en el oído mientras le cantaba una nana. El primero en dormirse, fatigado por las emociones del día, fue Ariel. Mad lo siguió poco después, luego de haberse quedado un buen rato admirando su rostro.

Ambos tenían una sonrisa en los labios.


Link del siguiente capítulo.

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