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martes, 1 de septiembre de 2009

Mis Relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro, capítulo cinco

Cita a ciegas


“Por última vez, Mad. ¿Podrías hacerle un favor a la patria y decidirte? ¡Por todos los cielos! Envejezco aquí, mirando cómo te cambias de ropa”.


—Corrección: Tú no envejeces. Sal de mi cabeza por hoy. No tengo ganas de escucharte.


El doppelganger, desobedeciéndole, le miró desde el espejo de cuerpo completo de su cuarto con el ceño fruncido.


“Muy gracioso. Bien, yo no envejezco, pero tú sí. Y pasarán mil años si no decides pronto qué ponerte. ¡Mira cómo dejaste el piso!"


—¿Qué tiene el piso?


“Que parece una feria de ropa del centro, idiota”


Mad se había levantado muy temprano aquel día. Había pasado los últimos días trabajando en todas las fotos y en sus proyectos para tener el fin de semana completamente libre. Es que ese domingo iba a salir con Ariel, como había planeado desde el jueves cuando le invitó a través de una charla por el MSN y pese a su edad y experiencia previa, estaba la mar de nervioso. No sabía cómo debía vestirse para salir con él ya que, después de todo, no era en realidad una cita, ¿o sí? Quedaría mal estar demasiado emperifollado, pero quizás a su pequeño modelo le molestara verlo con ropa demasiado sport. ¿Se ponía unos jeans o pantalones de tela? ¿Playera o camisa? ¿Saco o chaqueta? ¿Qué colores? Si no se decidía pronto, terminaría allí encerrado el resto de sus días, y lo que menos quería era hacer esperar a Ariel.


Para eso se había levantado muy temprano, teniendo la oportunidad de darse un buen baño, acicalarse de forma obsesiva hasta la última pulgada de su cuerpo, perfumarse, y tomar un buen desayuno que le diera mucho combustible. Hasta retiró dinero del banco a través de Internet, una cosa que nunca había hecho antes y para la cual se vio obligado a preguntarle a su hermana por teléfono, ya que si Ariel se enteraba sospecharía.


Ahora estaba en su cuarto, mirando a su alrededor los montones de ropa que había desperdigado por el piso alfombrado, la cama, las sillas y el escritorio en su alocada cruzada por algo que ponerse. Mad tenía mucha de ropa, de varios diseñadores, con muchos cortes y estilos diferentes, por eso ahora no podía decidirse. Estaba nervioso, muy nervioso. Se sentía de nuevo en la secundaria, en su primera cita otra vez.


—La verdad que en eso tienes razón, pero no tengo idea de qué ponerme. Ayúdame, Mad. Te lo pido.


“Llámame Bad Mad”


—¿Por qué así, tan de golpe?


“Me gusta, y no quiero ser tan parecido a un tonto que no puede elegir qué ponerse”


—Touché. Ahora… ¡Ayúdame de una buena vez!


“Okay. ¿Ves como sin mí no eres nada? Veamos…Debes ponerte algo con lo que no te haya visto nunca puesto, sin que deje de ser elegante pero juvenil” pensó unos minutos el doppelganger que, en el espejo, miraba a su alrededor. “No hace mucho calor, puedes ponerte la playera de algodón de Phil Green. Esa con cuello.”


—¿La roja? —dijo en voz alta, buscándola con la mirada hasta hallarla y separarla del resto.


“Buena elección. Sumémosle la chaqueta de gamuza y el pantalón de gabardina”


—¿”Príncipe de Gales”? —leyó el nombre de la marca en voz alta, tomando dicha chaqueta que
de milagro era la única que no estaba desperdigada en el piso—. Bueno, a esto le sumo las botas de gamuza y estamos hechos. Tal vez lleve los anteojos, por si hay sol. Gracias Bad Mad.


“Lo que sea con tal de no pasar todo el día viéndote”


Ésos eran los momentos en los que deseaba poder arrancar a la criaturilla esa de su cabeza, arrepintiéndose tanto de haberle creado. Sin embargo, si no fuera por el Mad interno, que siempre decía lo que él en realidad sentía, quizás nunca se hubiera convertido en fotógrafo y nunca hubiera conocido a Ariel. Eso era algo que debía de agradecerle.


Respiró hondo y comenzó a matar el tiempo hasta que fuera la una. El reloj parecía estar en su contra porque pasaba demasiado lento. Cuando llegó la hora, corrió escaleras abajo a la cochera, sacó su reluciente auto que había enviado a lavar y encerar el día anterior, subió, se colocó el cinturón y puso primera en dirección a la estación de trenes Chiappe. No tardó ni media hora en llegar, por lo que aparcó el auto en uno de esos garajes de pago, yendo después a esperar a Ariel en el bar enfrente de la plaza, bebiendo un café fuerte y leyendo el periódico mientras esperaba.


El nerviosismo aumentaba con el paso de los minutos. ¿Y si llegaba tarde? ¿Y si no iba? ¿Y si iba pero no le gustaba como estaba vestido y se reía de él? ¿Y si se pensaba algo malo por haberlo invitado? Dudas como esas, e incluso peores, le iban taladrando la mente mientras el tiempo pasaba, sin importar cuanto esfuerzo pusiera en leer sobre el último terremoto de un estado mexicano o una cirugía de separación de siameses perfecta que se llevó a cabo. El café se acabó cuando dieron las dos menos diez, y se le ocurrió mirar por la vidriera a ver si Ariel había llegado, aunque lo dudaba.


Tragó saliva al ver que de verdad estaba ahí, aunque no podía verle la cara. Ese cuerpito pequeño cubierto de verde y ese pelo negro azulado eran imposibles de confundir, tenía que ser él. Pagó la cuenta sin tomar el cambio y luego de respirar hondo varias veces para calmarse, cruzó la calle que los separaba. Mientras se acercaba, aprovechando que el niño estaba demasiado ocupado mandando un mensaje de texto, observó sus ropas: llevaba puesta una playera verde oscuro de mangas cortas con ribetes, se enamoró perdidamente de los pantaloncitos cortos de Jean azul que dejaban sus piernas al descubierto, atado a la cintura con un cinturón blanco; en los pies, llevaba unos tenis de tela sencillos, pero al parecer cómodos , los cuales restregaba uno contra otro mientras bamboleaba las piernas de arriba abajo. No pudo sino sonreír ante tan tierna imagen. Ariel solía aparentar ser más grande de lo que en realidad era, pero en ese momento lucía tan común y tierno como cualquier chico de su edad.


No pudo evitar sentirse algo culpable por la clase de sentimientos que ese jovencito despertaba en él. Sonrió, quitándose los anteojos que al final sí había llevado, e carraspeó para llamar su atención. Ariel alzó la cabeza enseguida y su pelo, que estaba atado en una coleta alta, se movió de un lado al otro, incluyendo el flequillo que le cubría la frente. Al principio estaba contrariado, hasta que lo reconoció y le sonrió ampliamente yendo a su encuentro.


—¡Mad! —dijo, caminando ligero hacía él. Llevaba una mochila de cuero con muchos cerrojos, que Mad no había visto hasta que se levantó—. ¿Estabas aquí de antes? Lo siento, de seguro te hice esperar.


—Para nada, llegaste muy temprano. Un récord, considerando que yo suelo llegar dos horas tarde a todas las reuniones.


Una risa escapó de los labios ajenos, haciéndole sonreír.


—Vamos, no puede ser cierto —Mad enarcó las cejas, sonriéndose un poco más, y Ariel abrió bien grandes los ojos—. ¿Lo dices en serio?


—Pregúntale a Alex si no me crees. He llegado tarde al casamiento de mi mejor amigo y era el padrino.


—Bueno — respondió el menor, poniendo los brazos tras la espalda—, peor sería que fueras el novio y hubieses llegado tarde. ¿No te parece?


“Ahí si te agarró, Mad”


“¡Cállate!”


Pues sí, la verdad era que Mad había llegado tarde a una boda. Pero a la suya propia.

La boda de la que le hablaba a Ariel en realidad había sido su boda, la cual celebró a la bella edad de veinticinco, casándose con su novia de la facultad de arquitectura, Michelle, quién lo dejó a los dos años por ser un adicto al trabajo. Perfecto para él, pues se había casado con ella sólo para contentar a su padre, aunque en realidad, toda la relación fue para eso y no era feliz, por lo que se separaron en muy buenos términos. Ahora Michelle era su contadora. Estaba felizmente casada con alguien que la amaba de verdad y planeaban tener un hijo.


Ariel, notando a Mad medio perdido, ladeó un poco la cabeza y se estiró hacia él.


—¿Mad? —inquirió, mirándole con sus ojazos azules, que reflejaban confusión—. ¿Pasa algo?


—No… No, nada —dijo enseguida , sacudiendo un poco la cabeza—. Tuve un recuerdo de aquella maravillosa boda a la que llegué tarde, es todo.


—Ahh. ¿No será que querías conquistar a la novia, no?
Mad puso los ojos en blanco.


—Para nada.


“Aja. Para nada. A menos que esa novia sea él, no hay intenciones de ver algo así jamás”


Por primera vez, estaba de acuerdo con el Mad interno. Le preguntó a Ariel si ya había comido y el muchacho muy apenado le confesó que no. En realidad, había tenido una mañana muy ajetreada. Luego de salir del hospital había ido a ver a su tía, aunque ésta, como siempre, le había retrasado con tonterías, así que al final se había tenido que saltar el almuerzo para no llegar tarde. No se dijo más y, aunque el pequeño en un principio se negó, lo llevó a rastras a uno de esos locales de comida rápida para que ambos abastecieran el tanque de combustible con algo de carbohidratos.


—Yo invito —insistió el fotógrafo, sacando la tarjeta de crédito—. Así que pide lo que quieras, ¿okay? Y nada de pedir lo más barato para que no gaste, después puedes invitarme a un café o hacerme pastelitos cuando vaya a tu casa si quieres estar a mano.


—¡Uff! —rezongaba Ariel, inflando los cachetes en unos morritos encantadores que lo hacían ver

adorable y divino—. Tramposo, nunca puedo ganarte.

—Ni nunca lo vas a hacer, encanto. Ahora, cherr petit, pida lo que se le apetezca.


Mad por su parte se pidió un Whooper gigante, ésos que venían con cuatro medallas de carne, queso, salsa de tomate, cebolla, lechuga, y quién sabe cuantas cosas más, doble ración de papas, y una gaseosa tamaño familiar. El menor se le quedó mirando un poco sorprendido, aunque cuando Ariel abrió la boca, fue Mad quien se sorprendió por su apetito. Pidió dos hamburguesas con tomate, lechuga y mayonesa, deditos de pollo, papas grandes, gaseosa grande y nachos.


—Comes mucho para ser tan pequeño —no pudo evitar hacer ese comentario mientras se sentaban en una mesa junto a la ventana. Le quitó el envoltorio a su hamburguesa gigante y la mordió sin piedad—. ¿No engordas comiendo así?


A la gallega, Ariel respondió a la pregunta con otra pregunta.


—¿No te ensucias la ropa comiendo así?


Touché. La verdad es que no, como de esto siempre que puedo y ya he desarrollado un método para no ensuciarme.


—Bromeas.


—En serio. Es todo un arte —rió sin poder evitarlo ante sus propias palabras, bebiéndose un buen trago de gaseosa mientras el pequeño daba cuenta de la primera hamburguesa—. ¿Y tú? O comes mucho y no engordas, o aprovechas que no estás pagando, cosa que dudo.


Ariel tuvo que masticar y tragar antes de responder.


—Es que no engordo, sin importar cuanto coma —Mad arqueó una ceja—. ¡En serio! Me paso comiendo golosinas todo el día y no subo de peso. Mamá solía preocuparse por eso y porque aunque sea alto, mi cuerpo era tan delgado y menudo. Me llevó ante un doctor y después de que me estudiaron le dijeron que era normal, que nunca iba a engordar mucho.


—¿Eso es normal?


Ante esta pregunta, unas horribles letras volvieron a la mente del modelo junto con la imagen de su propio cuerpo desnudo. Se obligó a sí mismo a tragarse lo que le quedaba de hamburguesa y tomar un trago antes de responder.


—Depende de lo que se considera normal. En mí, eso sí es normal. Recuerdo que el doctor dijo que mi metabolismo o somatipo de cuerpo era ectomorfo. Y que las personas ectomorfas suelen ser muy altas, delgadas, e hiperactivas porque tienen el organismo acelerado. Para hacerlo simple, gasto energía y bajo de peso hasta cuando duermo.


El mayor soltó un silbido.


—Vaya, sabes mucho. Eso lo explica.


—No, no sé —dijo sonriendo, acostumbrado al error de toda la gente—. Sólo recuerdo lo que dijo el doctor y, como me dio curiosidad, lo busqué en el Internet para ver si era cierto. Tener memoria fotográfica no quiere decir que uno sepa mucho, sencillamente recuerdas.


—Entiendo, pero, de todas formas, es algo muy útil. Yo no logro recordar casi ninguna fecha, si no tuviera la alarma del celular estaría perdido. ¿Puedes creer que me no sé en qué día estamos?


Y Ariel se rió a carcajadas, justo lo que Mad buscaba. Oír su risa era una de las tantas cosas que le llenaban de alegría. Mientras comían y hablaban de cosas diferentes, el arquitecto miraba a Ariel con disimulo. Es que no podía apartar sus ojos de él, como si su presencia fuera un imán fortísimo que lo atrapaba, obligándole a contemplarlo. Se lo veía sumamente adorable con el cabello atado, pero aunque él lo prefería suelto y al viento, ondeando sobre su cuerpo, porque creaba un aura especial alrededor de suyo. El joven gesticulaba con sus manitos blancas al hablar, echaba la cabeza hacía atrás al reírse, cosa que a Mad le encantaba y por ello intentaba hacerle reír lo más que podía.


Se quedaba mirando fijo sus labios. Ariel parecía tener la manía de tocárselos o llevarse un dedo a la boca cuando pensaba, y sus ojos incapaces de no seguir los movimientos de aquellos dedos, mientras que su mandíbula trituraba las papas fritas cubiertas de salsa, miraban fijamente las partes del cuerpo que éstos tocaban. Cada vez que Ariel se pasaba las manos por los hombros o los brazos, sus ojos recorrían aquella piel pálida que estaba al descubierto y se imaginaba el contraste de esa blancura contra el azul de sus sábanas. Si el menor se acariciaba los dedos o se quedaba tomando gaseosa bebiendo del sorbete de forma ingenua, no le quitaba la vista de encima a esos labios tan rosados.


¿Qué textura tendrían? ¿Serían suaves? ¿Rugosos? ¿Ásperos? Parecían ser tan cálidos y llenos. Los comparaba siempre con una flor. Una hermosa flor a la que le gustaría besar, desgajar despacito con la boca, cuya miel deseaba beberse a baldazos, sin descanso.


Cuando vuelva a nacer, quiero ser un sorbete” pensó el doppelganger. Mad le respondió en voz alta:


—Amén.


—¿Mh? Perdón ¿Dijiste algo, Mad?


—No, nada. ¿Quieres algo más? —preguntó, al ver que Sólo le quedaba la gaseosa.


—No, gracias. Estoy satisfecho —de repente, dejó la gaseosa y le miró con una sonrisa pícara—. ¿O es que me crees un barril sin fondo?


Mad, que se había visto venir la broma, correspondió con una sonrisa de lado.


—¿Te digo la verdad o seguimos siendo amigos?—dijo, y Ariel le pegó un zape en el brazo.


—¡Malo!


Cuando terminaron de comer, decidieron dar un paseo alrededor de la estación para bajar la comida y de paso mirar las vidrieras de las tiendas cercanas. O eso intentaba Mad, porque la vista de aquellas piernas tan hermosas y desnudas bajo los rayos del sol, era demasiado para su buen juicio. Tampoco era de su agrado la forma en que otros hombres se daban la vuelta o se detenían para mirarle caminar pese a que estaba a su lado, seguramente porque pasaba por chica, ni que los autos le tocaran la bocina, ni ninguna otra muestra de atracción que hacían esos depravados.


“¿Qué diferencia hay entre ellos y tú? También tú lo deseas aunque es menor de edad. La diferencia es que ellos piensan que es una mujer.”


“No es lo mismo. ¡No lo es! Se le quedan mirando en plena calle, como unos babosos”


“El muerto se ríe del degollado” ironizó su otro yo, cruzándose de brazos en la pequeña habitación de su mente, donde él habitaba. “No creas que no me di cuenta cuando hace un momento lo veías usar el sorbete y te imaginabas que sus labios estaban rodeando algo muy diferente".


Como siempre, el doppelganger tenía razón. La única diferencia entre esos tipos y él era que ellos creían que Ariel era una mujer. Aparte de eso, todos estaban unidos por el mismo lazo y cortados por el mismo cuchillo. Aunque perdió el control cuando unos idiotas empezaron a sacarle fotos con el celular mientras Ariel estaba demasiado ocupado para darse, cuenta mirando unos escaparates. No podía soportar la idea de que alguien lo mirara con sus mismos ojos que él, por lo cual, mientras el menor miraba una tienda de ropa y zapatos, estiró la mano izquierda muy despacio hasta posarla en el hombro izquierdo del otro, marcando su territorio.


Una parte de él temía que Ariel se enfadara, y la otra rogaba por que no se ofendiera. Pero el pequeño no hizo caso, simplemente le sonrió y volvió la cabeza a las vidrieras. Le tocó un poco la moral que el chico no dijera nada pero no se quejó, después de todo ahora tenía la oportunidad de tocar su cuerpo y acercarlo más al suyo para sentir su calor.


Se enterneció por completo cuando llegaron a una tienda de mascotas que no sólo vendía comida y aditamentos para animales, sino animales también. Ariel se derritió por completo con los perritos, gatitos, conejitos y pajaritos que se exhibían en impecables jaulas de metal, junto con sus columpios, pelotas, ruedas, comederos y bebederos. Exclamó un “Aaaww” que Mad se hubiera esperado más en una chica, pero que igual le enterneció. Ariel, por su parte, pegaba la nariz contra el cristal que lo separaba de unos cachorritos de Cócker Spaniel a los que hacía morisquetas.


—¿Sabes algo, Mad? Siempre he querido tener una mascota. Mamá era alérgica a los gatos y la abuela les tenía terror a los perros, por lo que nunca me dejaron tener ninguno en casa.


—Pues consíguete uno ahora que vives solo. Así te darás el gusto y tendrás compañía. Matas dos pájaros de un tiro.


—No puedo tener perros en el departamento, pero supongo que no tendrían problemas con un gato —dijo, sacándole la lengua a un cachorro de gato siamés que trataba de golpear el vidrio con la patita—. ¡Míralo! Es tan adorable, y bonito, y chiquito y… ¡Agh, quiero uno! —exclamó, haciendo una pataleta tan tierna que Mad se sintió tentado por dos cosas: Abrazarlo o reírse a carcajadas de sus pucheros.


—¿Qué clase de gato quieres, mon petit ciel?


—Bueno —pensó un instante y luego contestó con una gran sonrisa, contando con los dedos—. Quiero un gato blanco, uno negro, uno atigrado de esos color marrón verdoso tan raro, uno anaranjado y uno gris. Esos son mis gatos favoritos —agregó, ruborizándose ante la repentina carcajada que brotó de los labios ajenos—. ¿Dije algo tan tonto?


—No, claro que no. Es solo que me sorprende…—ese niño lo fascinaba, no cabía lugar a duda. Le sonrió con cierto aire paternal, acariciándole la cabeza mientras se reponía del ataque de risa. Él prefería los perros, puesto que los gatos siempre tenían ese aire de superioridad y nunca obedecían órdenes o iban cuando se les llamaban, pero admiraba en secreto el porte majestuoso de animales tan pequeños. En cierto modo, le recordaban a Ariel, pues el chiquillo tenía cara como de gato, con forma de corazón—. ¿Qué harías con tantos gatos? Sería mucho trabajo para ti solo.


—Cuidarlos y mimarlos mucho. Después de los primeros meses los gatos se independizan y dejan de ser un problema, por eso son fáciles de tener en un apartamento. Les compraría uno de esos collares especiales que abren la mini puerta para mascotas, pondría la puerta especial, y así ellos saldrían y entrarían de casa como quisieran y no correría peligro alguno. Les dejaría comida y bebida suficiente para cuando yo no estuviera y los mimaría mucho, mucho, cuando volviera.


—Me suena a un buen plan.


—Lo es —respondió, haciendo un gesto orgulloso con la cabeza a propósito, imitando a Laura a la perfección. Tanto que a Mad le dio risa… Y algo de miedo—. Aunque, para ser honesto, me tranquilizaría más tener un perro guardián. Es peligroso estar solo en casa o dejarla vacía todo el día.


El mayor puso los ojos en blanco.


—No sé como diablos lo aguantas, eso de estar solo en casa. Yo estoy ahí nada más que para comer, dormir, trabajar y después trato de estar afuera el mayor tiempo posible.


—¿No te gusta estar en tu casa?


—No tengo quién me acompañe.


Era triste, pero era cierto. Desde su relación con Josh, ese guapo abogado que su amigo Macchi le había presentado, no se había vuelto a conectar con nadie, al menos no en el sentido convencional. Aunque Mad odiaba admitirlo, quizá fuera porque Josh había resultado ser un adicto a las “Fiestas de Llaves” y porque la palabra fidelidad no parecía estar en su diccionario, así que al final, la relación fue desastrosa. Tampoco es que se hubiera esforzado mucho, que digamos: ya no iba a bailar, ya que no iba más a bailar, ni a fiestas, evitaba cualquier reunión y solo se encontraba con sus amigos a solas en sus casas para no tener que hacer una celebración grupal. No se sentía preparado siquiera para conocer a alguien.


Y menos ahora. Estaba demasiado ensimismado con Ariel como para concebir siquiera la idea de salir y conocer a alguien que pudiera desviar toda su atención del pequeño. Y eso le hacía sentir idiota. Estaba perdiendo los mejores años de su vida por un niñito que no debía ni tener la más mínima idea de lo que provocaba en él o de sus sentimientos, un niño que de seguro crecería viéndole como un amigo o un tío y terminaría enamorándose de alguien más.


Eso sin contar el dilema moral al que se sometía de vez en cuando, en esas ocasiones en que su autoestima bajaba tanto que se sentía culpable por el amor que le prodigaba a ese niño.


—… Un perro, Mad.


—¿Disculpa? —no se había dado cuenta de que el menor le estaba hablando, ni le había entendido. Debía de ser algo relacionado con los animales por la forma en que señalaba las jaulas.


—Que quizás deberías tener un perro o dos. Me dijiste que tu casa es grande, ¿no? Entonces deberías tener perros guardianes. Te harían compañía y te cuidarían.

—Ariel —trató de esconder la sonrisa condescendiente que le bailoteaba en los labios, pero no pudo—, hay cosas que un perro no puede darte, es imposible remplazar la compañía humana por un perro —mas pensándolo bien, un perro o dos no serían una mala adquisición. Su casa estaba sola a diario y ninguna medida para proteger sus bienes personales estaba de más.


La idea de tener un perro le encantó cuando Ariel dijo que, si tuviera un perro, lo tendría a él clavado en su casa todos los días para poder jugar con él.


—¿Sabes qué? Creo que tienes razón. Debería tener un perro —trató de no verse muy obvio, cosa que no le costó porque ahora la idea comenzaba a agradarle de verdad, como cuando era chico y compraban una mascota nueva a espaldas de su padre, quien odiaba los animales—. Mi casa es enorme, tendría que tener unos perros bien grandes que me cuiden y me hagan compañía cuando esté solo.


—¡Qué buena idea! —exclamó Ariel, brillándole los ojos de emoción como si le fueran a comprar el perro a él—. Pero, ¿podrás cuidarlo, verdad?

Mad enseguida frunció el ceño, llevándose ambas manos al pecho teatralmente cual si le hubieran herido.


—¿Dudas de mi?


—Sí.


—¡Oh, desgracia! ¿Cómo osas decirme eso sin siquiera prepararme antes? ¿Qué no ves el daño que le causas a mi viejo corazón?


Y, como siempre que hacía eso, Ariel se retorcía de risa y le daba un beso para sanar su “herido corazón”. Mad sonreía, besándole la mejilla dando gracias en su interior por ese simple e inocente contacto entre sus pieles, que grababa a fuego en su memoria.
Entraron los dos a la tienda de mascotas, ambos excitados ante la idea de un perro y de gastar dinero. Ariel compró un collar rojo con imágenes de huesitos y se lo regaló a Mad, diciéndole que sería para la futura mascota, obligándole a aceptarlo.


—Si no lo aceptas voy a llorar —lo amenazó. Mad no dudó en aceptar, mientras le pedía a la encargada de la tienda que le recomiende los mejores perros para cuidar una casa grande, que también fueran de compañía.


—Los Rottwailer y los Gran Danés son los mejores —explicaba la mujer, que le había permitido a Ariel acercarse al acuario donde los pececitos de colores y un hipocampo solitario de color amarillo nadaban con suma lentitud. El menor le sacó una foto al caballito de mar quitándole el flash al celular en un descuido de la señorita—. La gente cree que los Rottwailer son perros carniceros, pero si se evita el entrenarlos para el ataque, se los alimenta bien, los ejercitan, y los retan como corresponde cuando hacen algo que no deben, son los mejores perros de compañía. Protegen la casa de cualquier extraño, no toleran la violencia y aman a los niños.


—Entonces, ¿no va a arrancarme un brazo si le pego por comerse la mitad de mi alfombra?


—Hay que disciplinarlos desde cachorros, golpeándoles en el hocico cuando hacen algo malo y premiándoles con comida cuando hacen algo bien. Eso sí, no sea demasiado rudo o el perro puede tener una explosión de ira, créase o no, son muy rencorosos. Lo mejor es tenerlo afuera, porque son muy inquietos. Y consígase una hembra, protegerá con su vida su hogar y la gente de la casa, aunque no crecen tanto como los machos.


—Eso suena bien. Tengo un jardín enorme donde tenerla y le compraré una casita para perros alfombrada por dentro para que no tenga frío en invierno y… ropa, mucha ropa. No puedo tener un perro sin ropa. ¡Juguetes! También la comida balanceada y…


Y como si fuera un niño en una juguetería, comenzó a emocionarse en exceso con la idea de comprarle cosas al perrito nuevo que aún no había conseguido al punto que terminó comprándole la casa más grande y bonita, ropa para invierno, tres collares diferentes (incluido el que Ariel le dio), una cama, huesos de hule, pelotas, y otras miles de chuchearías. Mad, muy a su pesar, adoraba gastar, siempre terminaba comprando montones de cosas que a veces nunca llegaba a usar, fueran para él o no.


Ariel observaba asombrado como llenaba el mostrador de cuarenta millones de cosas diferentes. Cada vez que le regañaba por comprar demasiado Mad le decía: “¡Es para estar preparado!” y compraba el doble, por lo que se rindió en el intento y se quedó mirando los cachorros de Rottwailer. Eran enormes, todos negritos y marrones, gorditos como bolas de pelo gigantes. Le dio un ataque de ternura y no pudo evitar el tocarlos, olvidándose por un instante de la cantidad exorbitante de cosas que Mad estaba comprando.


Cuando reaccionó, el mostrador tenía un Everest formado puramente de aditamentos para perro.


—Erm, ¿Mad?


—¿Dime? —canturreó el mayor, quien estaba muy ocupado tratando de decidirse entre las dos marcas de anti pulgas y repelente.


—¿Vas a comprar un Rottwailer? —no pudo evitar dudar de la mentalidad del fotógrafo cuando éste abrió la boca.


—En realidad, no me he decidido aún. ¿Tú que me recomiendas?


—Pero… ¿Entonces para qué compraste todo esto?


—Para el futuro perro que ahora voy a elegir, ¿no es obvio? —Dios, el niño hacía preguntas muy raras a veces. Lo vio suspirar, rindiéndose, e ir otra vez a acariciar a los cachorros.


Aprovechó el momento para mirarle, disfrutando de la hermosa vista de su espalda y su cuello que estaba al descubierto gracias a esa playerita preciosa. Si era honesto, el cincuenta por ciento de su deseo por obtener un perro provenía de la adorable idea de tener a Ariel más tiempo en su casa con él. No es que fuera a usar ese tiempo precioso para seducir al niño o hacerle cosas indecorosas, como cualquiera pensaría, sino que sentía una necesidad imperiosa de tenerlo a su lado más tiempo. No le alcanzaban las horas de trabajo, ni los mensajes, ni las llamadas o el Chat No le alcanzaban las pocas horas de charlas y té en la cocina del modelo, quería tenerlo cerca más tiempo, la cantidad que fuera necesaria para calmar la congoja en su pecho y ayudarle a sentirse aliviado.


Se conformaba con eso, con tenerlo cerca y hablarle, tocarle apenas y sentir su perfume. No necesitaba más que eso. Eso y sus sonrisas. Eso y sus miradas, sus carcajadas, sus besos. ¿Estaba volviéndose loco? Tal vez estaba obsesionándose. Si ése era el caso lo mejor sería alejarse de Ariel.


Pero no pudo evitar pensar todo lo contrario cuando le vio jugar con los cachorritos, riéndose como el niño de catorce años que en realidad era.


—¿Cuál era el otro perro del que me habló? —le preguntó a la encargada, que muy amablemente le repitió el nombre—. ¿Son buenos perros para el interior?


—Son perros muy grandes, pero como son tranquilos y mansos cuando no hay disturbios no será problemas.


—No, no. Quiero perros grandes pero no mastodontes. ¿Qué otros hay?


—¿Qué tal un Ovejero Alemán o un Siberiano? —dijo Ariel, sosteniendo un cachorro inquieto que le mordía la oreja. Mad sintió envidia de un perro por primera vez en toda su vida.


La encargada le felicitó, diciéndole al arquitecto que su “hija” sabía mucho de perros. Mad tuvo que contenerse la risa mientras Ariel se ruborizaba.
Al final, Jean Claude eligió una hembra de Rottwailer y un macho de Ovejero todo negro y peludo, parecido a un lobo, cuya raza no lograba recordar aunque la dependienta de la tienda se lo repitió ocho veces.

Luego de firmar un cheque de cualidades importantes, Jean Claude le dijo que volverían en dos horas a recoger a los perros ya vacunados junto con todos sus objetos, ahora multiplicados al haber un perro más. Ariel saltó y flipó durante treinta cuadras al salir de la tienda de mascotas preguntándole qué nombres les pondría, si los castraría o les dejaría tener cachorros, o cosas similares durante todo el camino antes de que el mayor le dijera que estaban cerca del barrio chino.


Fueron hasta allí, claro. Gastaron, obviamente, Mad quejándose de lo ahorrativo que era Ariel y Ariel quejándose de lo derrochador que era Jean Claude. Los dos se criticaron un buen rato, matándose de risa, mientras iban de tienda en tienda comprando estatuitas, palitos hashi, palillos para el cabello, que Ariel se puso muy orgulloso de lo bien que le quedaban, empanadas de carne, y demás. El muchacho se retorció a carcajadas cuando Jean Claude quiso comprarse un conjunto de ropa china echa en seda y los chinos de la tienda intentaron venderle un conjunto de dormir. Ambos sintieron un revoltijo en las tripas cuando pasaban cerca de los puestos callejeros que vendían unas bolitas rellenas con carne de procedencia desconocida o las calles que tenían olor a marisco podrido. Ariel se compró un conjunto de seda chino rojo y dorado, le quedaba tan divino que Mad se le hubiera echado encima ahí mismo si no se hubiese controlado por dentro.
Luego fueron a tomar un helado. Ocasión que el niño aprovechó para mostrarle su cuaderno de diseños y dibujos que había traído en la mochila. A Mad no le sorprendió encontrar, entre anillos, brazaletes, y gargantillas de piedras, retratos exactos de Alex y Claudia.


—Me encanta cómo dibujas a mi hermana —comentó en ese momento, mirando cómo Ariel degustaba su Sundae de chocolate cubierto con nueces—. La llenas de un brillo encantador.


—Yo no le pongo brillo. Ella brilla por su cuenta cuando diseña.


—Es cierto… Es como si tocara el cielo con las manos cuando esta creando algo nuevo. Me encanta verla en esos momentos, se la ve muy feliz.


A la par de sus palabras, acariciaba con sus dedos los finos trazos negros de carbonilla que formaban al rostro de su hermana en plena labor de la misma forma en que lo hubiera hecho de tenerla cerca. Él siempre la estaba molestando, pero amaba a su hermana con todo su corazón.


—Se nota que la quieres mucho aunque la molestes todo el tiempo —dijo Ariel, haciéndole pensar que quizás el nene era adivino. No dejó ver señal de sorpresa alguna, simplemente le sonrió bonachón y con una ceja arqueada, haciendo que cierto modelito de cabello negro azulado se ruborizara.


—¿Qué significa eso? ¿Qué soy muy obvio?


—¡No! —exclamó casi al instante, con la cara completamente roja. No sabía por qué, pero siempre que Mad hacía esas caras reaccionaba así—. Es que cuando hablas de ella se te ve muy feliz, pones una expresión muy distinta cuando Alex no está. Pareciera como si lo ocultaras a propósito.


Si lo hacía, pero no quería explicarle a Ariel el complicado y complejo sistema en el que se basaba para tratar a su hermana, por lo que se salió por la tangente y le sonrió a modo de respuesta, pasando las páginas hasta encontrar una vía de escape a semejantes palabras.


—Éste prendedor —dijo al fin, cuando encontró un hermoso diseño de un prendedor con forma de dragón alado, el cual sostenía un corazón de rubí entre sus patas—. Éste diseño es hermoso, querido. Tienes que prometerme que algún día lo harás para mí, no tienes idea del amor que siento por los dragones.


—¿Te gustaría tenerlo?


—Siempre que tú quieras.

De nuevo, se le escapó esa sonrisa deleitante que sólo usaba con sus conquistas. No era su intención, pero ambos estaban metidos en su burbuja personal rodeada de miel, hablando en tono bajo e íntimo mientras se inclinaban uno hacía el otro en el pequeño banco de la plaza donde tomaban el helado. Incluso usó todo el poder de sus ojos en el niño, extasiándose con el rubor que fue cubriéndole las mejillas poco a poco. Para lo que no se preparó, fue para la respuesta de Ariel.


—Ése fue… uno de mis primeros diseños. Aún no tengo como hacerlo pero, cuando lo haga, será la primera joya que voy a crear e iré a dártela en persona. Con una condición.


—¿Cuál?


Al responderle, Ariel se inclinó hacía él, mirándole fijo con aquellos ojos hermosos que tanto lo fascinaban. El cuerpo le tembló por completo, presa de un escalofrío como si su propio cuerpo no fuese suyo y ahora Ariel le manejase con el poder de sus ojos.


—Tienes que prometerme que cuidarás muy bien de él —le susurró, inclinándose hacia él de forma que pudo sentir el aliento del menor y su perfume a manzanilla mezclado con el olor a chocolate que desprendían sus labios. Esos labios carnosos, rosados… ¿Serían tan suaves como parecían? ¿Se sentiría bien besarlos? Asintió apenas con la cabeza, y esos labios se curvaron en una gran sonrisa—. Es todo tuyo, Mad.


Jean Claude no estaba ahí. Sus neuronas habían abandonado su cerebro y lo habían dejado en un coma por sobredosis de Ariel. Estaba embobado mirando esa boquita hermosa, deseando como nunca poder besarla, viendo como un delicado cabello negro quedaba atrapado entre esa carne sonrosada y, conteniendo el aliento, lo retiró suavemente con los dedos temblando ante la suavidad de esos labios contra sus dedos.


—Mío… —susurró, repitiendo en un suave eco la última palabra de Ariel, quien seguía sonriéndole. Podía sentir la humedad de su aliento chocándole con los dedos, tan atrayente como la suavidad que antes había sentido. Poco a poco, sus neuronas volvieron a su sitio e hicieron sinapsis, avisándole de la peligrosa situación. ¿Dónde estaba el doppelganger para avisarle que no metiera la pata? ¿Por qué no estaba ahí para aconsejarle? Siguió las órdenes de sus neuronas, y se alejó—. Te… ¿Te apetece ir al cine?


Se vieron la última película cómica que estrenaron, por insistencia de Mad ya que Ariel le dijo veinte veces que a él le daba igual cualquier película. Mientras que Ariel se reía, el otro intentaba reponerse de la última escena del día, pidiendo fuerzas a Dios, Alá, Buda, Jehová y todos los dioses que existieran para poder resistir la tentación. Quería hacer feliz a Ariel, no violarlo a la primer chance. Tal vez si debería asistir a fiestas y buscar gente nueva, aunque sólo fuera para descargar la frustración sexual a la que estaba sometido por desear a un menor de edad.


Pero los dioses se cagaban en Jean Claude Labadie. O cuando menos, eso le pareció al momento de salir del cine: Caía un terrible aguacero y ninguno de los dos se dio cuenta dentro de la sala.


“Me cago en todos ustedes, hijos de puta” pensó Jean Claude, corriendo con Ariel tomado de la mano hasta donde había dejado el auto, en un vano intento por no mojarse, ya que ambos terminaron calados de agua. Hubiera insultado y despotricado, de no ser porque el menor comenzó a reírse a carcajadas por la hilarante situación e inevitablemente, Mad terminó contagiándose.


—Parece que no andamos con suerte —dijo Ariel, como quien no quiere la cosa cuando Mad le abrió la puerta del coche tras haberlo retirado—. Nos agarró el aguacero cuando en la tarde el sol rajaba la tierra. ¡Es injusto!


—Si no me castañearan los dientes del frío te diría que es culpa del calentamiento global.


—¿Te castañean los dientes? —prorrumpió el niño, sorprendido—. ¡Y yo creí que te derretirías!


—¿Derretirme?


—Como las brujas de Salem.


Mad soltó una profunda carcajada liberadora, que le quitó cualquier tensión o preocupación, y se inclinó a besarle la frente a Ariel. Pasaron por la tienda de mascotas a retirar las cosas, que el fotógrafo metió en la cajuela usando mucha imaginación y los dos cachorritos pomposos y tibios que Ariel cargó con sumo gusto, apretujándolos contra su pecho.


—Bueno, no sólo esta lloviendo, sino que se está haciendo tarde —para confirmar sus palabras, Jean Claude miró su reloj. En efecto, ya casi iban a ser las ocho y estaba oscureciendo mucho.


Ariel se mordió el labio, poniendo una expresión culpable que le dio mala espina.


—Hay un pequeño problema.


—No me digas que te olvidaste las llaves.


—¡No! ¿Te piensas que puedo siquiera olvidarme las llaves? Es otra cosa, es la lluvia.


—¿Qué tiene?


—Que es muy fuerte —ante la expresión de incomprensión de Mad, no tuvo más remedio que explicarle—. Es que la calle de mi departamento está construida en una bajada, ¿recuerdas? —él asintió y creyó comprender incluso antes de que Ariel continuara—. Bueno, cuando llueve mucho se inunda y ni siquiera los autobuses pueden pasar. Hasta el día siguiente que la municipalidad retira el agua estancada, nada sale ni entra.


—Abreviando historia: Estás varado —el menor movió la cabeza asintiendo mientras, acariciaba los cachorritos que se movían en sueños. Sí, no cabía duda, los dioses se cagaban en él y en su moral, puesto que le servían a su objeto de deseo en bandeja.


Quiso morderse la lengua, arrancársela inclusive, pero su cuerpo le ganó a su cabeza y terminó pronunciando las palabras que no quería decir, rogando porque Ariel se negara.


—¿Quieres… venir a dormir a mi casa?


La sonrisa que se formó en el rostro más lindo del mundo, significó un sí. Mad quería apretarse las pelotas con un trailer, pero ya no tenía opción. Hizo el cambio, puso primera, y aceleró a toda máquina hasta su casa.


Link del siguiente capítulo.


Safe Creative #0908214261654

3 comentarios:

Lieblosem dijo...

Ostia.... '-' el blog como buena costumbre en cualquier maquina que toco me empezo a odiar, raxon por la que no podia dejar comentarios o en todo caso. ni sikiera me dejaba entrar a mis blogs predilectos ¬¬ PERO!! ya estoy aquí nuevamente y sabes??? WOW!! u_u veo que me he perdido varias cosas y ahora tengo que leer mucho pero al menos lo disfrutos. Sobre esta cap edbo decir que me perdi y no recuerdo donde me he quedado O.O lo se soy una pecadora inculta de tus relatos. Una cosa seguro no me mencionado es que amo la idea del doppel aunque te corrigo en algo...xD lleva diéresis, a mi también se me pasaba...pero con eso de que la palabra permanece al folklore alemán pues ya es común que escriba normal el idioma...la otra vez no pude despedirme de ti, ya vez que el MsN andaba fallando en la bulbo computadora de mi hermana. Lo siento...además por más que lo intenté no pude mandarte un documento que me gustaría que me dieras tu opinion...es una historia que escribí hace unos dos años (ultimamente estoy mirando al pasado y recordando lo que solía escribir), la razón de que la tuvieras es que personalmente creo que fue la primera historia meramente erótica que escribi con lujo de detalles...y porque a ti? a bueno...es sencillo...:3 porque también habla de un doppel...(me da weba escribir toda la palabra xD cuando llevo algo de prisa) No la considero mi mejor obra (de hecho mi mejor obra creo es el fanfic de loveless XD) pero cuando la leí me gusto mucho y dije Mayva tiene que leerla..no sé! solo pense en ti!!

bueno Espero que andes bien y de verdad disulpa el corton del otro dia D:

Nus vemos!

BesitoSs!!* -3- MuacKSs!!*

::*::De Mis Dulces Labios A Los Suyos::*::
••†••Blutige Küsee Von Lieblosem••†••

Nayra Ginory dijo...

Ahh! Me acabas de tocas la fibra sensible, ¡sabes que este es mi capítulo favorito! La escena del helado, me puede, de verdad.

Brian dijo...

Jooo me encanta.

Me he leído la segunda parte del 4, y no he podido resistir la tentación de pasar al 5.

Siempre te lo digo, pero escribes con un estilo tan bonito, no sé, como dulce y delicado. Y Ariel me encanta, ¡es una monada! (No puedo creer que yo, un chico de 17 te esté diciendo esto... Y_Y).

Vamos, que me tienes cautivado.

Y por cierto, gracias por lo que me dices siempre en tus comentarios, jajajaja, me algera de que disfrutes, aunque ya sabes, es mútuo.

P.D. Mad es un derrochadoooooor!!

I Love... (My stamps)


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