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viernes, 18 de septiembre de 2009

Mis relatos Homoeróticos: Cuarto Oscuro capítulo seis, parte 1

¿Nos calentamos?


Mientras el Sedán recorría las calles empapadas a través del turbio aguacero, Mad temblaba. No de frío, pues la calefacción estaba prendido y las ventanillas cerradas, muy a pesar de cierta criatura que se sentada en el asiento del copiloto. Tampoco era por estar empapado de pies a cabeza. Estaba muy cómodo y tibio en el asiento, sujeto por el cinturón de seguridad como exigían las leyes del tránsito, con ambas manos temblorosas en el volante y la vista puesta al frente. Era otra cosa lo que le hacía temblar.

A su lado, Ariel estaba dormido sobre el tapizado, en la posición más cómoda que el cinturón y los dos cachorros gigantes le permitían, sin soltarse de los canes un instante. Los perritos, ambos hechos unas lindas bolitas de pelo acurrucados sobre el menor, hacían ruiditos en sueños cada vez que el modelo se removía un poco. Mad tenía que admirar el empeño de Ariel en no despertarse e ignorar la creciente envidia que comenzaba a sentir por aquellos perros afortunados. No cualquiera podía estar dormido contra ese cuerpecito de ensueño.

Apenas arrancaron, Ariel prendió la radio en un tono suave, bajo, y se acomodó contra el tapizado, húmedo por el agua que chorreaba su propio cuerpo, a la vez que cerraba los ojos de cara a Jean Claude. No podían ir a su casa porque la calle se inundaba cuando llovía, por lo que estaban destinados a pasar esa noche de lluvia bajo el mismo techo: La casa de Mad.

Eso era lo que hacía temblar a Mad. Porque, ¿cómo podría resistir la tentación en su propia casa? ¿Cómo evitar el desviar la vista de la carretera para observar en cada semáforo esa cara cubierta apenas por mechones empapados de pelo negro? Cuando llegaran, ambos tomarían una ducha, Mad le prestaría ropa al menor para que se cambiara, comerían e irían a dormir. Tenía unas habitaciones extra en su casa pero… pero…

“No creo poder con esto” pensó, frenando ante un semáforo en rojo que le dio la oportunidad de mirar nuevamente a Ariel. De sólo imaginárselo tomando una ducha, poniéndose su ropa, caminando por la casa con algo suyo puesto, se le venían imágenes no muy santas a la cabeza y el esfuerzo que hacía para espantarlas era demasiado hasta para él.

“¿Y sí…? ¿Y si cometo alguna locura?”

“Culpa tuya por no haber follado con nadie en siete meses

“¿Ya van siete meses?”

“Hace cuatro meses que conoces a Ariel y tres meses antes te separaste del abogado ése que te presentó Macchi”

“Querrás decir: Nos presentó Macchi”

“Ah, no. A mi no me metas en eso. Yo te advertí ocho millones de veces que ese idiota era… Pues eso, un idiota. Y no uno cualquiera, sino un idiota a cuerda de tiempo completo. Te dije también que era un enfermo sexual. ¿Recuerdas cuando quiso hacer un menage a trois contigo y con Macchi? ¿Qué otra prueba querías aparte de esa? Y los videos porno en su celular, claro”

“¿Me lo vas a echar en cara siempre, maldita sea? Cometí un error, lo sé. Ahora necesito ayuda con esto”

“Hasta ahora te las arreglaste bien tú solito. Te has hecho tantas pajas que te crecerán pelos en las manos de un momento a otro”

“Sí, pero el caso es que hoy Ariel vendrá a casa. Se quedará a pasar la noche. Está empapado, así que le dejaré que se duche y le prestaré ropa. Mi ropa. No sé si podré soportar el verlo así en mi propia casa”

“Si tienes tantas ganas de follártelo, pues hazlo y deja de mariconear”

“Pero sólo tiene catorce… No, ni siquiera eso. Es un niñito”

“Si estas tan seguro de eso, cosa que no pondré en duda debido a la situación, ¿por qué te quejas tanto? Uno no pregunta cosas si sabe las respuestas”

La verdad era que el Mad interno tenía razón. Si estaba tan convencido de que Ariel era un niño pues a joderse y aguantarse las ganas, ya que no iba a hacerle nada. Si el caso era el contrario… A prepararse para las cámaras que le sacarían miles de fotos cuando en los periódicos saliera el titular: “CAE PRESUNTO ABUSADOR DE MENORES”. Pasó saliva, y volvió a mirar al pequeño que seguía acostado en el asiento de junto. Una gota de agua caía lentamente desde las raíces de su cabello, tan negro como la noche que envolvía al automóvil, recorriendo un camino desde su frente al puente de su nariz, deslizándose por ésta, tan chiquita y respingona, hasta desviarse e ir por la mejilla teñida de un suave color rosado. Mad se perdió en el brillo de esa gotita, que de alguna forma se las arregló para bajar hacia los labios entreabiertos del menor. Allí desapareció la gota de agua, entre esos labios húmedos, y a él le hubiera gustado ser esa gota de agua para poder colarse en esa boca hermosa e ingresar dentro de Ariel, llegar a su vientre y alojarse allí, viviendo con él, para que nunca jamás nadie le separase de su lado.
La idea de no volverle a ver lo abrumaba. Mientras barría las calles con el coche, tratando de no acelerar demasiado pese a su prisa por llegar, pensaba en lo que ocurriría si no se tenía la suficiente confianza y terminaba cometiendo alguna imprudencia. Ariel le odiaría, iría a la cárcel, sería repudiado socialmente.

Pero lo peor sería no ver su sonrisa nunca más. No, eso no iba a pasar. Se castraría a sí mismo antes que permitir algo así, tendría que hacer de tripas corazón esta noche, actuar como si no tuviera deseos ni sexo y mañana iría a ver a sus amigos, se encontraría con Macchi, con Robert, con Marixa, con todo el mundo, y a la noche saldría de cacería a alguna disco de la zona. Necesitaba descargar su deseo sexual a como diera lugar, distenderse un poco de toda la presión que tenía dentro y, tal vez, hasta alejarse un poco de Ariel.

Luego de otros quince minutos llegaron a su casa. Era una mansión antigua la cual él mismo había remodelado por dentro, la idea era que se viera anticuada por fuera, gótica, pero por dentro tuviera un aire moderno. Aunque, la verdad, la fachada del siglo XVII no combinaba bien con la reja última generación que se abría sola y el timbre con cámara, pero todo era por la seguridad propia y de todos los bienes de valor que tenía dentro de sus paredes. La casa misma, sin nada dentro, valía oro.

—Ariel —dijo con voz suave, sacando el mando a distancia de la reja que guardaba en la guantera para activarlo—. Ariel, encanto. Despierta, ya llegamos.
El menor arrugó la frente en sueños, fregándose los ojos con el puño. Era tan tierno, tan lindo.

—¿Qué…? —murmuró, sujetando a los perritos a la vez que despertaba y se erguía—. ¿Ya llegamos? —pestañeó varias veces, mirando a través del parabrisas y la lluvia torrencial la gran mansión—. E-esto es… ¿Es tu casa?

—¿Linda, eh? —la reja se abrió e hizo arrancar el coche, tras entrar, la reja comenzó a cerrarse sola—. No me costó mucho comprarla porque se había incendiado, ¿sabes? Lo que sí costó fue remodelarla por completo en el interior. No es tan grande como parece, al menos por dentro, pero tiene un gran jardín trasero.

“Y por delante no está nada mal” pensó el modelo, observando el frente. Sólo debían ser tres metros de jardín entre la reja y la entrada, pero era un jardín lleno de flores y con árboles pequeñitos. Era incluso mejor que el que él tenía en la azotea de su edificio, dos veces más ínfimo. Apretujó a los cachorros contra sí al momento en que, tras ingresar al garaje de Mad, se apagara la calefacción del auto y tuvieran que salir.

—No te preocupes —dijo Mad al verlo—, no volveremos a salir. Aquí dentro hay una puerta que conduce a la casa, ¿ves? —hizo un gesto con la mano, señalándosela, y Ariel asintió sin soltar a los perros.

Cerró las puertas del auto, puso el seguro, abrió la dichosa puerta e hizo un gesto galante con la mano para que el menor pasara primero. Ariel, que tiritaba de pies a cabeza por el repentino cambio de ambiente, no dudó en lanzarse al interior de la casa esperando a que estuviera más tibia que la congelante cochera. No lo estaba pero, al entrar, el frío se le olvidó de un plumazo: Debían de estar en la sala de estar puesto que, desde donde estaba, podía ver la entrada a la izquierda y al mirar a su costado se dio cuenta de que estaba junto a una chimenea. El piso era blanco, de un material que nunca había visto. Frente a la chimenea había un sofá enorme color ocre, rodeado por otros dos sillones de color verde con borlas. A cada lado del sofá había una mesa de luz con una lámpara y un teléfono inalámbrico, frente a ellos una mesa ratona de vidrio con varias figurillas de animalitos hechos en vidrio también. Miró más y notó que las paredes tenían algún que otro cuadro, pequeños y de colores fuertes, que contrastaban con el color pastel de la pared y el marrón del corlo de madera.

El menor dio un par de pasos hasta el centro de la sala, seguido por Mad que lo observaba atentamente. Cuando el mayor apretó ciertos botones de un control que estaba instalado en la pared, Ariel sintió que el piso se calentaba y, boquiabierto, miró a Jean Claude sin entender nada.

—Piso flotante —le explicó al niño. Aplaudió y las luces de la sala se prendieron—. Y lámparas de Industrias Clap-Clap.

—Es increíble… Podría dormir en el piso y no tendría frío.

Mad se rió sin poder evitarlo, mirando al niño con una sonrisa cálida y brillo en los ojos. Se quitó la chaqueta empapada, dejándola colgar sobre su hombro para inclinarse y presionar un botón junto a la chimenea, haciendo que ésta se encendiera al instante.

—Ésta es una estufa eléctrica especial, alimentada por el sistema de auto retribución de agua que apliqué en la casa. La calefacción, el piso flotante, el aire acondicionado, todo funciona mediante un sistema interno que reparte agua a toda la casa, la usa, la almacena y luego la reutiliza una y otra vez en un círculo sin fin. Incluso rediseñé algunas de las estructuras internas para asegurar una buena distribución de la temperatura para no gastar de más. Ésta es una de las tantas casas ecológicas que diseñé y construí yo mismo.

Para Ariel todo eso era demasiado. Nunca había estado en un lugar semejante, ni siquiera había sabido de la existencia del piso flotante hasta que Mad nombró la palabra. ¿Casa ecológica? ¿Sistema de auto retribución de qué? Por un instante se sintió sumamente pequeño, comparando esa enorme casa llena de lujos y botones que hacían todo por uno a su departamentito de cinco habitaciones. O a su casita de material en Niscemi. Mirando a su alrededor se encontró con una librería como la suya aunque con el doble de libros justo contra la pared opuesta a los sillones, otro mueble más con un equipo de música que era…

“De la san puta” pensó, sintiendo cómo el ambiente se calentaba muy rápido, olvidándose de que estaba empapado y chorreaba agua. Jean Claude le contó, mientras que lo guiaba a su cuarto para prestarle ropa, que la casa tenía dos pisos pero que el de abajo era el más grande: Tenía la cocina, la cual era tan grande que a la vez funcionaba como comedor, dos baños, sala de juegos, sala de lectura y, subiendo las escaleras que estaban junto a la cocina, se iba hacia las tres habitaciones. En realidad eran cuatro, pero una, la más grande, se había convertido en su despacho. Arriba había dos baños más con todos los chiches, pero el que estaba al fondo del pasillo que separaba los baños de los demás cuartos tenía un jacuzzi.

El menor se mareaba de sólo escucharlo, tratando de entenderle cuando comenzó a hablarle de cómo había remodelado toda la casa para convertirla en un lugar confortable y seguro para el medio ambiente. Lo único que entendió de todo eso es que los pisos de algunas habitaciones que no necesitaban demasiado calor eran de corcho, que había un enorme tanque de agua en alguna parte de la casa que bombeaba y almacenaba agua a través de tubos dentro de las paredes, que el tanque nunca se vaciaba gracias a las reservas y que así el consumo de agua disminuía en algún porcentaje. La verdad, no entendía ni jota, pero escuchar lo que Mad le decía se le antojaba placentero y, como al mayor le brillaban los ojos cada que le pedía una explicación, se dedicó a prestarle atención.

El cuarto de Mad era sumamente amplio. Tenía un fantástico alfombrado azul violáceo. El balcón con puertas corredizas de vidrio, la luz que llegaba a todos los rincones de la habitación y una puerta que daba al baño. El joven modelo se asombró al ver el tamaño de la cama de Jean Claude, cubierta con un acolchado muy grueso recubierto de seda roja, al lado de ésta había una mesa ratona con una lámpara y algunos cajones. Un ropero junto a la puerta del baño que estaba frente a la cama y el último mueble del cuarto era un modular con varios cajones grandes y un espejo en la parte superior. Comparado con su propio cuarto, que estaba lleno de cosas, éste se veía mucho más sobrio y práctico, típico de un hombre adulto como Mad que no quería perder el tiempo limpiando demasiadas cosas.

Así, empapado como estaba, Mad ingresó a la habitación y comenzó a rebuscar sin control en el guardarropa mientras que Ariel, quien sentía pena de arruinar el alfombrado, se limitó a seguirlo a pasos cortitos y lentos, apretujando a los cachorritos consigo. El mayor buscó y buscó, sacando ropa para él, una vieja camisa de franela gris con la que pensaba envolver a los perritos, y un pijama de invierno color púrpura para Ariel. Respiró hondo al ver el pijama. Ése era su pijama. Y sería su pijama, esas telas que él mismo se ponía encima cuando recordaba hacerlo, las que cubrirían a Ariel por toda esa noche.

“Nunca vuelvas a lavarlo, en serio”

“¡Por Dios, guarda silencio! ¿Qué soy? ¿Un acosador que duerme usando la ropa de su víctima, sintiendo su perfume y toqueteándose con ella?”

“No. Pero la idea te atrae, ¿no es cierto?”

Gruñendo de furia contra sí mismo, cerró la puerta del mueble con algo de brusquedad. ¡Qué insolencia! ¿Realmente le creía capaz de eso? Es decir, bueno, se había masturbado pensando en Ariel, había soñado con él, había imaginado las situaciones más locas del mundo y hasta deseó comerlo a besos en más de una ocasión, pero eso era otra cosa. ¿El doppelganger pensaba que iba a emocionarse por ver al menor vestido con su ropa? ¿Con el pijama que él mismo usaba… tocándole la piel durante toda esa noche… durmiendo sobre las mismas sábanas que él? Ese pijama que seguramente le quedaría enor…

“Jean Claude, basta ya” se regañó por dentro, sacudiendo la cabeza varias veces antes de darse la vuelta y enfrentarse a Ariel. Pensaba que, seguramente, el jovencito había notado todo su monólogo interno en alguna de sus expresiones, pero en vez de encontrarse con la cara sorprendida del menor se encontró con la imagen más hermosa que hubiera visto nunca.

Su musa, sentada en su propia cama empapada como estaba, levantándose el cabello con ambas manos como si fuera a hacerse un rodete con las mechas negras, de las cuales caían gotitas de agua. Podía deleitarse la vista con la hermosa piel blanca de su frágil cuello, bordeada por gotas que caían desde el cuero cabelludo húmedo y rodaban por la playera verde, tan mojada que se le pegaba al cuerpo de manera que se notaba hasta la última de sus formas. La estrechez de su cintura, la curva de sus costados, los huesos de los hombros… No debía existir ser humano más afortunado que él, capaz de embelesarse con semejante imagen ante sus ojos. Estaba seguro de ser el único observador de aquella hada tan hermosa que lo visitaba en sueños y le hacía sentir cosas que nunca experimentó antes.

Por otro lado, y viéndole como el artista que era, la pose se veía tan natural y perfecta que sería pecado no fotografiarla.

—Ariel, quédate quieto un instante— le dijo en un tono contenido, aguantando la respiración. El menor se tensó un minuto—. No te muevas, relájate.

Ese día no había llevado la cámara consigo, pero estaba guardada ahí en el cuarto. A una velocidad impactante corrió hasta el buró y tomó la cámara de adentro del primer cajón, la prendió sin siquiera prepararla como correspondía antes de tomar la foto, y disparó. Luego del leve ruidito electrónico, la pantalla del aparato decía: “Done”. La fotografía había sido tomada.

—Ya está, mon petit. Lo siento, pero estabas tan hermoso que el artista que vive en mí me dijo: “Fotografíalo”. Fue más fuerte que yo.

—Está bien, no me molesta. Pero me hubieras dicho que querías sacarme una foto. Por un instante, creí que había hecho algo malo e ibas a regañarme.
Mad no pudo sino reír ante la idea de él mismo regañando al niño.

—¡Claro que no! Aunque tienes razón, debería haberte dicho, lo siento. Es que no quería que posaras, quería que fuera natural. Las mejores fotos se obtienen cuando la persona no sabe que la están fotografiando.

—¿En serio? —Mad asintió—. Vaya, cada día contigo aprendo algo nuevo. ¿Y ese pijama?

Entre todo eso, el mayor se había olvidado del pijama, que había terminado sobre la cama y ahora el pequeño estaba señalándolo con un dedo. Las mejillas se le tiñeron de rojo antes de darse cuenta, tomando el pijama con sus manos y entregándoselo al menor mientras que, con la vieja camisa de franela, tomaba a los perritos y los envolvía en ella. Los cachorros se quejaron un poco, pero no se despertaron.

—Ve a darte una ducha tibia o te resfriarás —le contestó, señalándole el baño-. Puedes ponerte esto y ahora te traeré una bata y el secador de pelo, hace daño andar con el pelo mojado… Y subiré la calefacción.

—Gracias Mad— exclamó el otro, con una sonrisa tan destellante que le borró el nerviosismo. Al menos hasta que Ariel le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla, casi en la comisura de la boca, dejándole en mutis mientras que él tomaba la ropa y se metía en el baño.

Tardó en reaccionar ante el shock, por supuesto. Había podido sentir un poco la suavidad de esos labios infantiles rozándose apenas con los suyos, su aliento y el calor de su piel. El aroma a lluvia y manzanilla se le mezclaba todavía en la nariz y le traía a la mente pantallazos de la piel de Ariel, de su cabello mojado y las gotas de agua cayendo lentamente por toda esa superficie blanca. Dios, quería morderlo entero, quería tenerlo debajo suyo con toda esa piel al descubierto, roja y perlada de sudor. Deseaba poder recorrerlo con sus manos en vez de con sus ojos, haciéndole gemir de pasión por vez primera, profanarle en un principio suavemente, con ternura, y luego en estocadas duras y profundas para hacerlo rogar por más. Y sí, quería morderlo. Lo mordería, claro, lo mordería una y mil veces para marcarlo como suyo, desgarrar con los dientes esa piel tan delicada y fina, suave como el terciopelo.

Dios, cómo lo deseaba. Si Ariel fuera mayor de edad ya estaría entrando en ese baño en el que se escuchaba el ruido de la ducha, para arrastrarlo con él hacía la cama y revolcarse con él hasta romperlo. Sí, lo haría gritar, lo haría gemir y llorar, jadear de puro deseo mientras le corrompía hasta el límite su inocencia… su inocencia.

“Eres todo un pervertido Mad. Un adorable corruptor de menores, diría yo”

Y esas palabras, sumadas junto con la última que él mismo había pensado y la imagen mental de la sonrisa de Ariel, fueron como un baño de agua fría que disipó sus neuronas, permitiéndole pensar con claridad. ¿Qué había estado pensando? ¿Qué clase de cosas había querido hacerle a su pequeña hada? Esto no estaba bien, iba demasiado lejos, más allá de su control. Él quería a Ariel, deseaba más que nada hacerlo feliz y, sin embargo, la bestia lujuriosa que habitaba dentro suyo comenzaba a domarle con una fuerza estrepitosa.

Si seguía así, terminaría por convertirse en un monstruo.

Ariel se duchó lo más rápido que fue capaz, calentándose el cuerpo con el agua. Vaya, hasta el baño era increíble, todo de mármol blanco y grifería de plata. Se había esperando una casa especial viniendo de Mad, que era arquitecto y adinerado, pero todo eso había sobrepasado sus expectativas. Se preguntaba qué veía el mayor en su pequeño departamento, porque siempre le decía que le encantaba estar ahí y que le gustaba mucho. ¿Le gustaría por que era pequeño? Pensándolo bien, la casa de Mad era grande pero la sentía solitaria, vacía.

“Bueno, mi casa también está solitaria y vacía sin Angelo ahí”

Cerró el grifo, saliendo de la ducha rápidamente para no congelarse hasta la médula del frío, y se envolvió el cuerpo y la cabeza con unas toallas muy gruesas con aroma a primavera que estaban junto a la ducha. Era la primera vez en mucho tiempo que se bañaba en una casa ajena y que no se ponía crema al terminar. Le gustaba eso de ponerse crema en el cuerpo, era una manía que su abuela le había contagiado de pequeño. Ella solía ponerse crema en las manos y en el cuerpo a todo momento, fuera invierno o verano, y a él se le había pegado la misma manía. Hubiera sentido la piel reseca de no ser porque el pijama que se puso luego de secarse tenía una textura muy reconfortante, suavísima a la piel.

Respiró hondo, secándose con fruición el pelo antes de salir, y se encontró con Mad sentado en la cama frotando a los cachorros con esa camisa gris. Le miró un instante. El mayor estaba tan ensimismado en sus cosas que no se había dado cuenta de que él había salido de la ducha y se quedaba ahí, mirando a los pichichos con cara de trauma. ¿Qué cosas estaría pensando?

El modelo permaneció quieto, dedicándose a observarle. No lo había notado antes pero Jean Claude era muy atractivo. Es decir, tenía espaldas anchas y fuertes, típicas más de alguien que hacía ejercicio que de un fotógrafo, también tenía la piel de un tono cobrizo tan bonito que le daba envidia, ya que la suya era lechosa igual que la de Alex o peor. Se asombró al notar, debajo de la ropa húmeda que se pegaba al cuerpo del mayor, unos músculos bastante bien formados, y el cabello castaño que se pegaba a ese rostro de perfil tan varonil… Vaya, el agua hacía que se le formaran bucles. Era raro ver a Mad con bucles luego de acostumbrarse a su cabello lacio. No se había fijado en su mandíbula medio cuadrada, ni en su nariz recta, tampoco en las cejas tupidas, los labios carnosos, ni en sus ojos oscuros que siempre tenían ese brillo picarón que le arrancaba más de una sonrisa.

¿Cómo es que un hombre tan guapo estaba soltero? Porque no había anillo ni fotos de alguna chica, ni tampoco llamadas de nadie que no fuera conocido. Eso significaba que Mad estaba solo. Era guapo, adinerado, con un oficio, ¿a quién se le ocurría dejar pasar semejante partidazo? Eso estaba tratando de averiguar cuando cayó en la cuenta de que lo estaba mirando demasiado y, sonrojado, desvió la mirada.

—Mad… —dijo al fin, tratando de llamar su atención. El mayor alzó la vista y tuvo el impulso de hacer dos cosas: O tirarse encima de él o arrojarse debajo del tren de las doce. El verlo aparecer con su ropa de dormir era demasiado, hasta el pulso le tembló mientras apagaba la secadora y le miraba, pasando saliva—. Gracias por dejar que me bañara. ¿Por qué no entras tú y yo me encargo de los perros? De paso, intentaré secarme el cabello.

Ariel esbozó su mejor sonrisa para hacer pasar el momento incómodo en el que se hallaba y Mad, por su lado, repitió una y mil veces el mismo salmo:

“Sólo tiene catorce años, sólo tiene catorce años, sólo tiene catorce…”

“En realidad, aún no los ha cumplido. Pero, ¿qué importa? Está para comérselo…”

“¡Basta ya!” le gritó a su otro yo, pero éste no sólo no se calló, sino que comenzó a decir cosas más guarras.

“Cuando cumplas los catorce yo te daré catorce horas de sexo desenfrenado y placer, ¿te interesa la idea, cosita?” Mad gruñó. “Vamos, Mad, no seas así. Sé lo que sientes, no te culpo. Yo también haría desastres si pudiera poner mis manos en ese culito hermoso”.

“¡QUE TE CALLES!”

—¡Ahh! —gritó sin poder soportarlo, levantándose de un salto. ¡Maldito doppelganger! ¡Maldito él mismo! ¡Maldito todo! Ni siquiera miró al menor, que le observaba pasmado, y se internó en la ducha deseando no poder salir por el resto de su vida para no cometer ninguna locura.

El pequeño permaneció ahí, mirando la puerta cerrada sin entender. ¿Había hecho algo malo? Todavía pasmado fue hacía la cama, sentándose para seguir secando a los cachorros que seguían medio dormidos, y luego usar la secadora por su cuenta. Mad salió al poco rato del baño cubierto por un pijama y una bata con la misma mirada de siempre, a la que le respondió con una sonrisa, era como si el agua se hubiera llevado cualquier cosa que estuviera atormentando a su fotógrafo favorito. Y así era, claro está, porque Mad había aprovechado para sacarse las ganas con un “rapidito” ayudado por su mano amiga, pero eso era algo que se llevaría a la tumba y de lo que Ariel jamás se enteraría.

—¿Te estás secando el cabello, mon ami? —le preguntó al pequeño, yendo de nuevo al guardarropas para darle una bata al menor y que no sintiera frío. Por las dudas, encendería la calefacción.

—Estoy en el intento, pero no es fácil. Tengo el pelo tan largo que necesitaría brazos de dos metros para poder arreglármelas yo solo.

—¿Te ayudo?

Ariel sonrió tímidamente. No pensaba preguntarle por el grito de hacía un rato.

—No es necesario…

—Insisto. Si te duermes con el pelo mojado te resfriarás y luego, ¿quién te contratará para las fotos, ah? No, no, mi deber, como tu fotógrafo personal y maestro de matemáticas, es cuidar de tu salud. Anda, dame ése aparato.

Ariel hubiera preferido que le dijera “como tu amigo” en vez de “como tu fotógrafo” o “tu maestro” pero no dijo nada. Permaneció quietito en su sitio mientras que Jean Claude le pasaba la secadora por el cabello, dándole calor, y le desenredaba las finas hebras negras con sus dedos.

—¿Cómo piensas llamarlos? —preguntó de golpe, acariciando a los perros. Uno estaba profundamente dormido, el otro se había despertado con el ruido del aparato y ahora jugaba a las atrapadas con la mano de Ariel.

—¿A los perros? Pues, no sé —a decir verdad, ni siquiera se paró a pensar en eso. Ahora tenía que ponerles nombres y no se le ocurría ninguno—. ¿Me ayudas con los nombres?

—No puedo creerlo, ¿cómo no pensaste en sus nombres? —dijo, fingiendo estar molesto con él mientras que hacia gestos reprobatorios con la mano libre—. A ver, a ver. Un nombre, un nombre… Humm. Para ella se me ocurre Misha —contestó al fin, alzando a la Rottwiller que insistía en mordisquearle los dedos como si fueran huesos de hule—, y para él Zúccaro.

—¿Zúccaro? —repitió con una ceja arqueada. El pelo de Ariel ya estaba seco así que comenzó a trenzárselo. La vista de su cuello de cisne era casi perfecta—. ¿No me digas que como el cantante?

—¡No es por eso! Es que Zúccaro significa “azúcar” y, míralo. ¡Se lo ve tan lindo y tierno! Me parece que es el mejor nombre que puedes darle.

—¿No es demasiado nombre para un perro?

Ariel lo pensó bien. Quizás si lo fuera. Además, él quería ponerle ese nombre a su propia mascota el día que la tuviera.

—Entonces, ¿qué tal Eddie? —Mad terminó con su cabello y le dio una palmadita en la cabeza, para avisarle—. Es corto y fácil de recordar.

—¡Perfecto! Eddie me gusta, suena bien para un perro. ¿Cómo se te ocurrió tan fácil?

Sonriente, el modelo se puso al fin la bata que Mad le había pasado mientras que le miraba. Ésta le quedo enorme, al punto que los bolsillos de la bata casi colgaban y el dobladillo se arrastraba por el piso, pero era cálida.

—De una serie americana que me gusta mucho —tomó a los cachorros y puso a cada uno en un bolsillo. Se rió ante la imagen, pero los pichichos se acomodaron lo más campantes—. Se ve que están cansados, cuando despierten se encargaran de hacerte la vida imposible.

—No digas eso que comenzaré a arrepentirme —murmuró poniendo los ojos en blanco ante la repentina imagen de las tiernas criaturitas de Dios mordiéndole el diván de terciopelo rojo de su despacho—. Será muy duro convivir con estos dos hasta que crezcan y aprendan a comportarse, pero creo que va a gustarme esto de tener algo de lo que ocuparme y a alguien esperándome en casa.

“Oh, no”.

No había querido hablar tan de más pero la boca se le abrió sola. Siempre era así, cuando estaba cerca de Ariel su cuerpo actuaba más rápido que su cerebro y terminaba haciendo cosas que no haría estando en sus cabales. Pero, como siempre, el menor no reaccionó como cualquier otra persona y le dedicó su más hermosa sonrisa comprensiva, poniendo una expresión que no podía significar otra cosa más que un sentimiento compartido.

—Sé lo que se siente. Es difícil querer estar en tu casa cuando estás solo y no hay nadie que te acompañe. Se vuelve todo tan vacío que te das cuenta de cuán solo estas en realidad.

—A ti también te pasa —no fue una pregunta, sino una afirmación de un hecho.

—No es lo mismo estar en casa sin mi hermano allí. Estoy solo bastante tiempo.

—Pero… ¿Es legal que un niño de tu edad viva solo? —quiso saber, haciendo un gesto hacia la puerta para indicarle que le siguiera. Tenían que comer algo y, aparte, estar los dos en bata en su cuarto le daba ideas muy poco santas—. ¿Qué hay del servicio social o como se llame?

—Mi tía tiene un conocido ahí, por eso hicieron un trato. Ellos hacen la vista gorda mientras que ella o mi primo permanezcan un día completo conmigo ciertos días a la semana. Pero nunca se quedan el día completo, mi tía tiene que atender su restaurante y a su… pareja —pronunció la palabra con asco, haciendo una mueca al recordar al zángano—. Y mi primo tiene mucho que estudiar, así que solo viene cuando puede.

Haciendo el camino de regreso al piso de abajo, Mad escuchaba atentamente. En esos momentos Ariel lucía tan grande y maduro que cualquiera podría olvidar que era un adolescente. También pensó en que ambos eran bastante parecidos en cierto modo, pero había una diferencia bastante grande. Él tenía a su hermana, a sus amigos, e incluso al doppelganger, al que a veces decía odiar; en cambio Ariel estaba completamente solo en un mundo que no era el suyo.

—Eso no está bien, tu tía debería sacar tiempo para ti. No diré nada de tu primo porque es joven y está bien que estudie mucho, eso le ayudara a ser un gran hombre en el futuro. ¿Qué estudia?

—Es que no quiero causarles problemas —caminaba detrás del mayor, cuidando de no mover demasiado las piernas mientras bajaban las escaleras para no golpear a los cachorros—. Mi tía ya hizo bastante por mí trayéndome hasta aquí, adoptándome legalmente, pagándome un departamento para mí y mi hermano. ¡Hasta me ayuda con la mitad de mis gastos y los de mi hermano! No quiero pedirle más. Y mi primo esta esforzándose mucho con sus estudios… Estudia psicología, por cierto. Él trata de estar conmigo en cada minuto de tiempo libre pero no siempre puede estar pendiente de mí.

—¿Y por qué no vives con ellos? —llegaron a la cocina, haciéndole un gesto al menor para que se sentara mientras que activaba la tetera eléctrica y prepara té de vainilla—. ¿No sería más fácil?

—Ella está en pareja. Y está muy enamorada de él, pero él no me quiere. No, corrijo, no me tolera. Para evitar cualquier discusión, lo mejor es no cruzármelo nunca.

“En especial luego de verlo espiándome mientas me duchaba” pensó, haciendo una leve mueca al recordar ese fatídico día. No le cabía la menor duda de que su “tío postizo” se traía algo entre manos… La forma en que lo miraba le daba escalofríos y él no confiaba en nadie cuyos ojos le causaran duda o temor. Punto. Se sentó en la mesa de madera, tan diferente a la suya de plástico con colores a cuadros, y se quedó ahí mirando a Mad con la cabeza apoyada en sus palmas abiertas.

—Yo sé que ellos me quieren mucho. Hacen lo mejor que puede. Por eso mi deber es estudiar mucho y no causarles problemas. Cuando mi hermano mejore podremos estar juntos de nuevo y ya no me sentiré solo.

“Mentiroso” volvió a pensar, pero esta vez en un tono más solemne. Él sabía la verdad aunque se empeñaba en ocultárselo a otras personas y a veces a sí mismo. Angelo no volvería. Podía ser que se curara, ya que el cáncer no era letal. Pero no regresaría nunca. Ellos se lo llevarían para que heredara el imperio y Ariel se quedaría completamente solo en su apartamento, con viejas fotos y cosas de recuerdo, con los antiguos videos caseros. A veces se preguntaba por qué demonios se deslomaba tanto por su hermano a sabiendas de que él no ganaría y de otra cruda realidad: Su hermano ya no lo quería.

Desde que dejaron Niscemi, cuando comenzaron a ir a escuelas separadas las cosas entre ellos dos se volvieron peliagudas. Él no se había dado cuenta porque en casa todo estaba bien, pero pronto Angelo comenzó a quejarse de la ropa que usaba, de que trabajaba de modelo, de su cabello largo. Dejó de pedirle que lo fuera a buscar y regresaba él solito a casa o con sus amigos y, cuando ellos estaban ahí, Angelo se lo llevaba lejos para hablarle. Un día escuchó a los amigos de su hermano preguntándole que quién era el mariconazo que lo venía a buscar todos los días. Se le partió el corazón en dos cuando su propio hermano menor, a quién había cuidado con todo su ser, les respondió con un seco: “Es el que me cuida, es todo”.

“Sí que he caído bajo… Le doy vergüenza a mi propio hermano”.

Pero eso no era todo, claro que no. Porque apareció él, ese desgraciado que le había arruinado la vida a su madre, ese imbécil bueno para nada con su auto último modelo, su ropa perfecta, su empresa perfecta, su jodida esposa de tetas falsas perfectas que lo miraba como si fuera un trozo de mierda andante. Apareció para seducir a su hermanito con promesas de dinero, un buen futuro, ponis, un apellido de renombre y una casa enorme para él solo. Y el broche de oro: La promesa de ser hijo único. ¿Quién necesitaba un hermano mayor que daba vergüenza y lo dejaba mal parado delante de sus amigos cuando podía ser hijo único y tenerlo todo? Solamente tenía que llamar “madre” a una larguirucha asquerosa, con cara de estar oliendo estiércol todo el tiempo, y usar el apellido de un hijo de perra que lo había abandonado incluso antes de nacer y fue, en gran medida, el causante de la infelicidad de su madre. ¿Cómo podía competir Ariel contra esa oferta tan jugosa y los montones de dinero que tenía ese tipo? O peor, ¿cómo competir siquiera contra sus abogados cuando él dependía de su tía y su primo?

Ariel respiró hondo, y clavó la vista en la mesa para distraerse. No podía pensar así, tenía que serenarse y tomar fuerzas de donde fuera para poder seguir luchando. Prefería morirse antes que dejar ir a su hermano sin pelear, incluso aunque Angelo prefiriera irse.

“No me van a quitar a lo único que me queda”.

Mad, por su lado, se había quedado de espaldas preparando el té y, cuando estuvo listo, dio la vuelta con una gran sonrisa sólo para encontrarse con el rostro ensimismado del modelo. No supo por qué, pero le dio escalofríos observar aquellos ojos siempre tan brillantes llenarse de una bruma misteriosa, fea, triste. Le recordaba tanto a ese horrendo día de tormenta, que permaneció estático por unos instantes, viendo en su cabeza algunas imágenes recortadas de la primera y única vez en su vida que estuvo tan cerca de la muerte. Había ido a pescar con su padre como “iniciación” luego de cumplir los dieciséis, yendo mar adentro para obtener los mejores especimenes, pero el clima se les adelantó y lo que anteriormente había sido una brisa se convirtió en la más furiosa de las tormentas. Terminó por caerse al agua mientras que su padre intentaba enderezar el barco, el cual quedó inclinado a la derecha por la fuerza del agua y el viento.

Recordó cómo se veía el barco desde abajo, la fuerza del agua que le cubría. Todavía hoy, seguía sin saber cómo se había salvado de aquello. Empero, se obligó a sí mismo a volver a la realidad y carraspeó para llamar la atención del niño mientras dejaba las tazas en la mesa.

—Gracias —dijo el menor, sonriéndole apenas despertó de su ensimismamiento. Tomó la taza con ambas manos y sopló antes de tomar—. ¡Mmm, qué rico! ¿Qué clase de té es?

—Té de vainilla —dijo sonriéndole—. Creí que te gustaría, lo compré especialmente para ti.

—¿En serio?

—¿Me has visto tomar té alguna vez? —el chico negó con la cabeza—. ¿Entonces qué tanto preguntas? Supuse que te gustaría, después de ver todas las marcas y clases de té que tienes en casa me costó un poco decidirme por alguno. El señor de la tienda dijo que este era suave y dulce, de un sabor muy personal y otras cosas que no entendí en lo más mínimo, pero me bastaron las palabras suave y dulce para pensar en tí.

Ariel enrojeció de pena, sonriéndole mientras tomaba el té. El que Mad le hubiera comprado un té especial y tan caro solo para él se le antojo la cosa más dulce que alguien hubiera hecho.

—Muchas gracias, Mad. No sé bien qué decirte.

—Solamente no digas nada y encárgate de hacer desaparecer ese té lo más rápido posible —le hizo un guiño, contento de ver cómo las mejillas de Ariel enrojecían un poco más.

—¡Sí! Yo me voy a encargar. Ahora que tendremos las clases de informática y matemáticas será sencillo, vendré muy a diario.

—Claro que sí.

“Y yo, feliz de la vida de que tú vengas”.

Y yo, feliz de la vida de poder tenerte cerca de imaginarme miles de cosas pervertidas para hacerte”·

“Pero, ¿y a ti quién te dio vela en este entierro? Vete a algún rincón de mi cabeza, yo me quedo aquí con él”.

—¿Maddy? —Ariel dejó la taza medio segundo, al ver al fotógrafo algo así como perdida—. ¿Qué pasa?

—¿Mh? Oh, nada, sólo estaba pensando en lo que me falta por aprender y… ¿Maddy? —exclamó de golpe, pestañeando un par de veces.

Ariel se llevó una mano a la boca, sin darse cuenta le había dado otro mote al mayor.

—¡Uuuuuy! —se le quedó mirando con la cara roja, haciendo una mueca de pena. Siempre que hablaba de Mad consigo mismo lo llamaba así, pero nunca creyó que se le soltaría la lengua lo suficiente como para decirle de ese modo a la cara. Sentía una vergüenza casi imposible—. L-lo siento, no quise…

—No, no, no me molesta —al contrario, le encantaba. Pero si se lo decía, corría el riesgo de que se ofendiera—. Me gusta. Es un lindo apodo. Ya sé, a partir de ahora me llamarás así. ¿Qué te parece?

Por toda respuesta, con la cara todavía roja de vergüenza y alegría entremezcladas, Ariel le dedicó una sonrisota complacida a Mad. No tenía ningún problema en llamarlo así, especialmente porque era él quién le hacía reír y lo arrancaba de su monótona vida. Estaba convencido de que si Jean Claude tuviera un hermano como él no sentiría vergüenza como Angelo. No, claro que no, menos teniendo a Alex como hermana y quererla tanto. Ahora que lo pensaba, Alex y Mad solían hacerse bromas muy pesadas pero parecían quererse muchísimo y en eso se quedó pensando mientras bebía el té y se quedaba escuchando al mayor hablar de las nuevas fotografías que estaba planeando.

—Oye, Mad.

—¿Dime?

—¿Quieres mucho a Alex, verdad?

¿Qué clase de pregunta era aquella?

—Claro que sí, es mi hermana.

—Pero eso no es motivo suficiente para querer a alguien. Hay hermanos que se odian, que no se soportan, que sienten envidia y otros que les avergüenza su propia familia. ¿A ti nunca te pasó eso?

—La verdad, no —respondió sin siquiera dudarlo. Él jamás de los jamases había sentido algo que no fuera amor, respeto, y admiración por Alexandra—. Sé que siempre que voy le hago bromas pesadas como decirle que cada tanto su cerebro actúa bien y piensa como corresponde, pero yo la amo con todo mi corazón. ¿Sabes? —sonrió para sus adentros, apoyando el mentón en una de sus manos mientras que con la otra hacía dibujos sobre la mesa—. Siempre la he admirado en secreto. Ella fue tan valiente de aceptarse a sí misma a la temprana edad de catorce años… Ya desde muy chica sabía quién era y quién quería ser.
>>Yo nunca tuve el valor para hacerlo abiertamente hasta que mi padre falleció y no tuve que enfrentarme a sus críticas. En cambio Alex se atrevió a huir de casa a los dieciséis y trabajó en doble turno durante la mañana y la tarde para pagarse la matrícula en la escuela de diseño mientras que hacía vestidos a las noches. Competía contra niños mimados que podían pagar e iban al instituto a pasar el tiempo, y cada vez que iba a visitarla al pequeño apartamentito en el que vivía con una amiga me la encontraba trabajando.

Sonreía de sólo recordar. Alex sentada en aquella mesa redonda a cuadros rojos y blancos mientras hacía bocetos y revisaba las listas de tiendas que tenían los diferentes materiales para ver cuál era el que mejor iba con el vestido. En aquél entonces ella llevaba el pelo lacio y de color castaño con luces, no tenía el cuerpo “arreglado” del todo, y unas enormes ojeras le surcaban los ojos, tan negras que se parecían a los golpes que su padre les daba cuando se emborrachaba.

—Ella siempre trabajó muy duro para triunfar. Solía decirme que quería ser una gran diseñadora y que quería llegar a venderle a grandes artistas del exterior, por eso se esforzaba al máximo para obtener la beca de su institución que le permitiría estudiar en la escuela más importante del país y le financiaría su primer desfile de modas, auspiciado por la revista Mode. Dicho y hecho, al año de decirme eso ya había obtenido la beca y estaba preparándose para el primer gran desfile que la lanzó al estrellato. Hoy día su ropa es una de las más famosas del mercado y está comenzando a venderse en el exterior.

—Guau… Realmente Alex es muy admirable —estaba más que sorprendido. ¿Sólo en un año? ¿De verdad?-. Si ella se convirtió en diseñadora en un año entonces yo me convertiré en el mejor joyero del país en menos tiempo. ¡Ya van a ver!

—Estoy seguro que lo harás —dijo, y le acarició la cabeza con aire paternal.

—¡Sí!

Ariel se veía tan lindo en esos momentos, cuando se entusiasmaba. Le hubiera gustado grabar esa carita decidida a fuego en su mente, para nunca olvidar la forma en que apretaba sus puños alzados, ni sus labios fruncidos o el fuego de su mirada azul que ahora destilaba decisión. Sin embargo, había algo que le preocupaba.

—¿Y… a qué vino esa pregunta sobre Alex?

El jovencito, al verse de golpe acorralado con aquella respuesta, permaneció en blanco sin saber qué responder y se puso a balbucear, retorciéndose los dedos de una forma encantadora.

—Es que… bueno, como siempre están peleando.

—Es normal que los hermanos nos peleemos a veces y tengamos diferencias, pero yo nunca podría odiarla y mucho menos sentir vergüenza de ella. No lo hacía de niño, cuando iba a la escuela vestida de mujer, ¿por qué lo haría ahora?

Había algo detrás de esa pregunta, lo sabía, pero lo mejor era que Ariel se lo dijera por su cuenta y no forzarlo a nada. El niño dudó si decirle la verdad o no sólo un momento, quizás molestaría a Mad con esas cosas personales pero él siempre era tan bueno…

—Maddy —dijo muy suavemente, en medio de un suspiro. La falta de confianza le hizo tardar tres veces más en finalizar la frase—. Si yo fuera tu hermano, ¿sentirías vergüenza de mí?

“Así que es eso”.

La carita triste de Ariel lo decía todo. No necesito más para levantarse, saltear la mesa e ir a abrazarle con fuerza. Respiró hondamente su aroma, sintiendo el cuerpecito pequeño entre sus brazos y contra su pecho que pronto comenzó a hipar, pues el niño no soportó más la angustia y terminó sollozando sobre la bata del arquitecto.

-Claro que no, mon petit. Yo estaría sumamente orgulloso de tener un hermano tan bueno como tú, tan dulce y trabajador. Si yo tuviera un hermano que pensara en mi bienestar y se esforzara tanto, lo adoraría hasta el final.

—¿Seguro? ¿Y si tus amigos piensan que soy un… un “mariconazo”? ¿Y si se burlaran de ti o apareciera alguien que te ofreciera más y mejores cosas? ¿Te irías?

—No —su voz gruesa y contenida denotaba su emoción. Sentía tanta pena por él… Estaba tan solo en esa casa, tan solo incluso fuera de ella, y ahora se enteraba de que su propio hermano sentía vergüenza de su pequeña hada. ¿Cómo podía hacer eso luego de todo lo que Ariel sacrificaba por él?—. Jamás me iría de tu lado. Ariel, ¿somos amigos, no? ¿Sabes que estoy aquí para ti si me necesitas, sea lo que sea?

El muchacho asintió con la cabeza apretaba contra el pecho de Mad, sintiéndolo grande y cálido, como el de su primo Luca. Normalmente era Gian Luca quién le abrazaba de esa manera y lo apapachaba, anteriormente lo habían hecho su madre y sus abuelos, pero ya no podía contar con ellos. Luca estudiaba, los demás no estaban. Se sentía tan bien ser abrazado una vez más, que le consolaran como a un niño pequeño y dejaran de verle como un adulto hecho y derecho.

Él no era un adulto, actuaba como uno porque no tenía alternativa y sí que le costaba mantener la fachada. Y se le había roto, nomás, ahora la fachada se le había roto a pedacitos y Mad lo estaba consolando. Le acariciaba el cabello, palmeándole la espalda, y podía jurar que le había besado en las sienes; antes era su madre la que lo trataba así.

“Nunca me dejes, amore” le decía ella cuando estaba triste y lo abrazaba fuerte.

“Nunca, mamma”.

“No te preocupes, caro mio” le decía cuando era él quien estaba triste, porque la había visto llorar junto al teléfono de nuevo. Eros, siempre era por Eros. A veces temía que su madre se suicidara, como había hecho la mamá de Giacomo cuando su marido la abandonó por una extranjera más joven. “Yo nunca, nunca, nunca, voy a dejarte solo. Eres mi hijo y te amo”.

—No quiero ser una molestia —dijo al fin, tratando de aguantarse las lágrimas. Jean Claude lo abrazó más fuerte, incluso podía escuchar los latidos de su corazón, oler su perfume a limón y musk, y sentir sus suspiros justo al lado de su oído.

—No eres una molestia, Ariel. Si estás triste, quiero que vengas y me cuentes por qué. Si alguien te hace llorar, nomás dime qué tan grave quieres el accidente —el menor soltó una risita, lo que le sacó una sonrisa—. Pero no quiero que te sientas mal, ni que estés solo. Cuando sea así, pégame un tubazo y vente para mi casa. O si quieres, yo me voy para la tuya y tenemos una especie de pijamada o algo así mientras ahogamos las penas en helado de chocolate y crema —otra risa, aflojó un poco la presión de sus brazos y tomó a Ariel por los hombros para separarlo, obligándole a que le vea a los ojos—. Y si Angelo siente vergüenza de ti… Pues que se cague, porque tú eres el mejor hermano que ha existido nunca y jamás podrá conseguirse algo así sin importar cuantas cosas bonitas le den. ¿Okay?

Sonriendo, el modelo se secó las lágrimas y asintió con la cabeza, sintiendo un ligero calor en el pecho.

—Okay.

—Bien. Ahora deja de llorar que sino te vas a arrugar todito y, ¿quién te sacará fotos entonces? Vamos, ve a lavarte mientras que yo pido algo para comer.

D’accordo. Pero a estas horas y con ésta lluvia no creo que ningún servicio de comida a domicilio se atreva a hacer una entrega.

Eso era cierto. ¿Qué iban a comer entonces? Ariel pensó en la solución en medio segundo.

—¡Ya sé! Déjame cocinar la cena, por favor. Haré algo rico y rápido, como compensación por la salida de hoy y por dejarme dormir aquí.

—Oye, no tienes que compensarme por la salida. Me encantó estar contigo, no, me encanta estar contigo y no tienes que pagármelo, ¿comprende?

—Ya sé, ya sé. Pero quiero hacerlo, anda, déjame cocinar para ti. ¿Si? ¿Por favor?

Mientras decía estas palabras, Ariel fue apoyándose en el pecho de Jean Claude con ambas manos y se puso de puntitas para acercar su cara a la de él, haciéndole ojitos. Mad pudo sentir el aroma de su propio shampoo en los cabellos del pequeño, cosa que no había notado antes, y se dio cuenta de que ambos estaban a la misma altura ahora que él se había arrodillado a su lado para abrazarle. Estaba tan cerca que podía besarlo sólo con estirar un poco el cuello.

Sus dedos tamborilearon en la cintura ajena, sintiendo lo estrecha que era, y pasó saliva al enfocar sus ojos: estaban brillosos por el llanto, con pequeñas gotitas entremezcladas entre las pestañas que formaban sombras irregulares en los pómulos del menor, ahora sus ojos volvían a ser un pozo de agua dulce en el que le hubiera gustado ahogarse… Como los barcos que navegaban cerca de la isla de las sirenas y naufragaban cuando los marinos escuchaban la hermosa voz de aquellas criaturas que coleccionaban hombres y los mandaban al inframundo.

Podría estar así para siempre, abrazándolo sin importar nada. Se perdía en el rojo de sus mejillas y el rosa de sus labios, que le sonreían picarones como queriendo comprarle. Esos labios que seguramente sabían más dulce que el helado de chocolate y la crema.

—Es… Está bien. Cocina a tu gusto.

—¡Síiii! —y Ariel le volvió a abrazar, como siempre.

Con la alegría de sentirse útil, el crío salió corriendo a lavarse la cara en cuanto se soltó de Jean Claude, quién permaneció ahí en su sitio en estado de shock.

En el baño, un ruido en los bolsillos de su bata le sobresaltó y se dio cuenta de que los cachorros seguían en los bolsillos. ¡No los había dejado en su cunita! Seguro que los había mareado, corriendo tan rápido, por eso en cuanto terminó de lavarse la cara se los sacó para que corretearan un poco por el baño mientras los vigilaba y, mientras tanto, comenzó a pensar en Mad. Aquél abrazo se había sentido tan bien… Llevándose una mano al pecho, comprobó que el calor que había experimentado seguía ahí. Un calor similar al que sus amigos y su familia le causaban cuando lo abrazaban, pero en cierta medida diferente, era algo un poco más fuerte.

Y no sabía bien el por qué.

Tomó a los cachorros luego de un rato, poniéndoselos de nuevo en los bolsillos de la bata y regreso a la cocina encontrándose con que Mad no estaba ahí. Sonrió sólo de recordar su abrazo y su perfume. Pensando en qué le haría de comer para demostrarle su agradecimiento abrió la despensa, que estaba pobremente equipada.

“Auch… Se ve que él no come muy seguido en casa”. Mirando bien, encontró un paquete de fideos. “Bueno, supongo que es mejor que nada”.

Tomó el paquete y revisó el refrigerador. Estaba de suerte, encontró crema, queso y salchichas. Sería un experimento alocado que probaría por primera vez pero estaba convencido de que si cocinaba con amor, todo le saldría bien. Los cachorros ladraron, como asintiendo a sus pensamientos y, luego de tomar los ingredientes, puso manos a la obra.

Mad terminó por irse a la sala de estar, tirándose en el sofá como si fuera un muerto en vida. Esa noche iba a ser muy larga e iba a probar ante los ojos de Dios que se merecía una nube en el cielo porque solamente un santo sobreviviría con vida ante semejante tentación.

“¿No sientes ganas de arrancarle la ropa con los dientes? Mi vida por ponerme de nuevo esa pijama”.

—Claro que sí, pero hay que resistir. Bastante mal lo pasa ya como para que lo arruinemos por un calentón, ¿entiendes? No quiero perderlo. Prefiero morirme antes que perderlo.

“¿Y qué vamos a hacer?”.

—Lo principal es volver con los chicos y salir. Mañana mismo llamamos a Macchi para disculparnos por la ausencia y nos disculpamos. Luego le pedimos que junte a la banda, así salimos todos a bailar.

“Ya que estamos, nos conseguimos algún niño bonito y tenemos una fiesta. Apenas sí podemos aguantar esta abstinencia”.

—No eres tú quien la está aguantando.

“Puede ser, pero a mi manera también estoy sufriendo”.

—Tienes razón. Nos conseguiremos algún chico lindo por ahí, como en los viejos tiempos. ¿Recuerdas cuando íbamos de bar en bar y nos acostábamos con cualquiera? Ésas eran buenas épocas.

Sin contar el vacío que sentía luego por dentro, claro. Escuchó a lo lejos el ruido de cacerolas, seguramente Ariel estaría cocinándole algo rico y esa noche comerían juntos, uno frente al otro en el comedor, mientras charlaban animadamente como siempre. Mad tuvo que sacudir la cabeza ante la repentina imagen de ambos cenando bajo la luz de las velas que le azotó la mente. Como si algún ser superior le hubiera escuchado, el teléfono sonó y lo atendió con pereza.

-¿Oui?

—¿Se puede saber cómo se te rompieron los dedos que ya no has podido marcar mi número y llamarme? ¿O es que algún zorrito te está alejando de mí?
Sonrió al escuchar esa voz. Macchi, su mejor amigo y ex pareja, mitad inglés y mitad oriental, con el que siempre hablaba horas y horas acompañados por su gran amigo Cabernet Sauvignon. Macchi y él siempre fueron muy unidos, al punto en que sabían lo que pensaba el otro. Por eso todo su círculo de amigos se sorprendió cuando ambos decidieron cortar con su relación de pareja para ser sólo amigos… Aunque eso no significaba estar exento de sus ataques de celos.

—Justo estaba pensando en ti, mon amour. ¿Cómo has estado?

—¡Mal! —sí, Macchi seguía teniendo esa voz chillona cuando estaba enfadado. Lo había regañado miles de veces con ella, sin embargo su voz en los momentos de pasión se volvía tan ronca y contenida—. He estado trabajando como un burro fundiendo metales, buscando piedras preciosas, haciendo esmaltados para una niña rica que nunca estaba contenta durante meses y, cuando creo que puedo relajarme con mis amigos y beber un poco, me entero de que cierto señorito está “demasiado ocupado para perder el tiempo por ahí”. ¿Acaso ya nos has dejado de lado, cariño? ¿No nos quieres más?

Okay, esa excusa que había dado cuando Robert le llamó para ir de copas todos juntos fue mala, era normal que Macchi se enfadara.

—Lo siento, querido. ¡Pero de veras estaba ocupado! No te preocupes, a partir de ahora saldré día por medio con ustedes para compensar e iré a visitarte a tu trabajo, ¿qué te parece? Es más. ¡Vayamos de casería mañana mismo!

—Es una idea encantadora, Ma-chan —dijo el joven del otro lado del tubo—. Pero tengo una muuuucho mejor.

—¿Cuál?

—Pasar la noche en tu casa.

Y entonces, sonó el timbre.


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