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sábado, 18 de julio de 2009

Mis relatos Homoeróticos: "Cuarto Oscuro" capítulo cuatro

El juego de los besos. Primera Parte.


Solo, en la enorme casa donde vivía, vagaba por las habitaciones en busca de un escondite. De nuevo su padre estaba gritando a los cuatro vientos porque encontró a Alex vistiéndose y maquillándose como una mujer. Si sólo estaban jugando, ¿por qué gritaba de esa manera? Él también a veces jugaba con el maquillaje que les robaba a las sirvientas o a la novia de su papá. ¿Qué tenía de malo? Lo mejor era ir con Alex al ático y probarse los viejos trajes y sombreros de plumas de su abuela, ésos que estaban metidos en un enorme cofre de madera y que tenían un aroma a viejo y un perfume entremezclados, un aroma que a él le encantaba, porque le hacía recordar a su abuela. Ella había sido como su mamá…


Porque él no tenía mamá. Nunca la había conocido, ni la recordaba, por eso solamente lograba hacerse una imagen de ella cuando se metía a escondidas al cuarto de su padre y rebuscaba entre los cajones de la mesita de luz, encontrándose con las fotos viejas todavía puestas en sus marcos. Su mamá se parecía mucho a Alex y a la abuela: alta y delgada, con la piel tan blanca y de aspecto tan suave. Él se parecía a su papá y eso no le gustaba, pero no lo podía cambiar. Su mamá tuvo una sonrisa muy linda, le hubiera gustado recordarla sonriéndole así. Pero ella no estaba, y cuando le preguntaba a su padre por qué no tenían mamá, él se encerraba en el despacho con su vaso lleno de ese líquido amarillo tan raro, con un hielo enorme dentro. Le gustaba mirar esas fotos de su mamá y de su abuela, porque le hacían sentir como si ellas estuvieran ahí, abrazándole mientras pasaba miedo en las noches de tormenta. Pero las fotos se ponían viejas y se rompían o iban perdiendo su color y se desgastaban. Y si las fotos se desgastaban, lo mismo pasaba con sus recuerdos.


No quería olvidar los abrazos de la abuela, su perfume mezclado con olor a viejo, ni el leve recuerdo de la sonrisa de su madre que alzaba a ese bebé chiquitito en la foto. No quería olvidarse de que los ojos de esas dos mujeres eran verdes, que su piel blanca y sus cabellos de un color marrón muy bonito.


Fue ahí entonces, en ese preciso instante, cuando se dio cuenta de que con las fotos se perderían sus recuerdos más importantes, la gente a la que más quería y extrañaba, que apreció la importancia de las fotos. Las fotos guardan recuerdos, guardan momentos importantes, guardan los sentimientos de la gente fotografiada y crea otros nuevos en quienes las contemplan. Las fotografías somos nosotros.

Cuando creciera, se dedicaría a sacar fotos. Fotos perfectas que nunca iban a ponerse amarillas ni romperse, que guardaran bien los sentimientos y recuerdos de la gente, como un cofre del tesoro del cual el observador tendría la llave. Sería arquitecto como papá, pero mientras, se dedicaría a cazar sentimientos, recuerdos y emociones a través de las fotos. Pidió una cámara para su decimosegundo cumpleaños, que sería al día siguiente, a sabiendas de a quienes nunca les sacaría una foto: a las novias de papi.


Él y Alex no querían a las novias de su papá. Les robaban los cosméticos, les hacían bromas pesadas y les quitaban la ropa a propósito, para ponérselas y arruinárselas. Su papá se encerraba otra vez cuando las chicas se echaban a llorar en su cara y luego mandaba a las sirvientas a buscarlos por toda la casa. Pero nadie subía al ático. Pero nadie podía encontrarlos cuando subían al ático, porque ellos eran los únicos que tenían la llave. Se encerraban ahí todo el día, en caso de ser necesario, para no encontrarse con papá cuando bebía esa cosa que lo ponía enojado y le hacía gritar y pegar fuerte.
Volvió a encerrarse en el ático más tarde. Alex y su padre estaban discutiendo en el despacho. Él estaba enojado porque Alex le interrumpió mientras hacía unos planos para refaccionar el banco más importante de la ciudad. También estaba enojado porque Alex le dijo que le gustaba un chico. Jean Claude no le veía nada malo a eso, pero vaya a saber uno qué pensaban los grandes de esas cosas. Los adultos eran tan, pero tan raros. Sentado en el fondo del ático, escondido entre un viejo maniquí y un guardarropa antiguo, escuchaba los gritos y se sentía solo.


Papá siempre trabajaba, no tenía mamá, la abuela ya no estaba. En la escuela se sentía preso y no le gustaba hablar con nadie. Siempre estaba callado. No tenía muchas cosas que decir, la verdad.


“Estás solo, ¿ no?”


Al alzar la vista se encontró con lo que parecía ser un niño. Más bien, tenía forma de niño, pero era una sombra. Se fregó los ojos y descubrió que la sombra infantil seguía ahí, pero que ésta no le daba miedo. Se parecía a alguien que conocía.


“No te voy a hacer nada. Tú me creaste. Estoy dentro de ti, Jean Claude” ¿Cómo lo había creado? “Estabas solito y aparecí yo. Pero ya estaba de antes, cuando eras pequeño jugábamos juntos. ¿Te acuerdas?”


Sí que se acordaba, había tenido un amigo imaginario hasta los siete años cuando su padre le amenazó con meterlo en un loquero si no dejaba de hablar solo. Había extrañado a su compañero de aventuras solitarias y ahora volvía a aparecérsele.


Jean Claude es un nombre bastante feo. ¿A ti te gusta?” el niño negó con la cabeza. Ese nombre se sentía una prisión para él, como la casa, la escuela, y todo cuanto le rodeaba, menos su hermano mayor. “Entonces tenemos que buscar un nuevo nombre para los dos. A partir de ahora voy a estar contigo, ¿sí? No te voy a dejar solo”.
La sombra extendió su mano. Una mano que ya había tocado antes cuando era niño, pero ahora, aunque no le daba miedo, le daba desconfianza tomarla.


“Voy a ser tu doppelganger. Te ayudaré a sacar al verdadero ser que hay en ti, no te vas a sentir atrapado. Si quieres saber quién eres, sacar todo lo que escondes en tu interior, tomarás mi mano. Nunca más te sentirás preso”.


Tomó aquella mano. Lo que siguió fue todo muy confuso, la sombra se mezcló de golpe con su propia sombra, esa con la que a veces jugaba al contraste de la luz, y descubrió que la otra sombra, la que fue su amigo imaginario de pequeño, ya no estaba.


“Sí que estoy”. Sonó la voz en su cabeza. No supo por qué, pero tener esa voz le hizo sentir especial y seguro. “Así nadie me va a separar de ti otra vez. No tienes que hablar en voz alta para hablar conmigo. Nadie te va a llevar a un loquero”. Aseguró la voz en su cabeza, que tenía una voz idéntica a la suya propia, sólo que más calmada y seria.

Se quedó charlando con aquella voz mientras se paseaba por el ático. Charló de lo que sentía por las novias de su padre, por la fotografía, por armar edificios. Le contó que no le gustaban mucho las chicas, pero sí los chicos. Y la voz le propuso un par de bromas pesadas para hacerles a las novias de su padre que le parecieron perfectas. No le diría nunca a nadie sobre esa voz, no fuera que desapareciera. En un momento, se miró en el único espejo de cuerpo completo del ático y al verse, notó que estaba diferente.


“Porque a partir de ahora ya no estas preso. Vamos a liberar a tu verdadero yo, loco y excéntrico como es. Tenemos que buscar un buen nombre para ambos… ¿Recuerdas cómo me llamabas antes?”. Él asintió y repitió el nombre en su cabeza. “¡Ése mismo! ¿Te gusta?”.


Se miró al espejo, asintiendo con la cabeza. Junto a su reflejo había otro más de un niño idéntico a él, vestido de igual forma, el cual le sonreía y le abrazaba por la espalda. El niño que estaba en aquel reflejo, la voz en su cabeza y aquella sombra con la que jugaba de niño, le dio un beso en la mejilla en el preciso instante en el que él pronunció su nombre. El nombre con el que a partir de ese preciso instante se identificarían los dos.


Mad.


Y aquél sería su nombre verdadero.




Ariel despertó tras oír el Piip del despertador. Habían pasado dos días desde su último trabajo en Alchemy, con cuya paga se encargó de pagar la cuota de la escuela, la renta y comprar comida. Lo único bueno de estar solo era que no tenía que comprar mucha comida, o casi.


Podía oír el ruido de cacerolas chocando una contra otra proveniente de la cocina, así que imaginó que su tía o su primo estarían allí. Si bien Ariel vivía en completa soledad, buena parte del tiempo tenía que estar con un adulto o un guardián, una de las exigencias de los Servicios Sociales. Aunque en realidad, gracias a que su tía tenía conocidos allí, lograron convencer al trabajador social con que bastaba con que ella le tutelara cuatro días a la semana, y no todos los días. Obviamente, por el trabajo, la escuela, y distintas razones de la vida esos cuatro días no se cumplían, pero los del Servicio Social hacían la vista gorda.

A él, la verdad, poco le importaba quedarse solo. Tenía a los vecinos que siempre le llevaban comida, le ayudaban en cuanto podían y lo cuidaban. Además le bastaba con tener a su primo o a su tía con él unas cuantas horas durante cuatro días puesto que, gracias a cierto fotógrafo francés, ya no se sentía tan solo. Esbozó una sonrisa y se echó en la cama de con sólo recordar. Las últimas tres semanas habían sido la mar de divertidas en el trabajo. Antes, cuando sólo estaban Alex y Laura, iba, posaba, recibía el dinero y luego se quedaba unas horas, ayudando a las chicas a acomodar todo o a tomar el té, como era su costumbre. A veces, hasta solía quedarse haciendo la tarea mientras ellas se encargaban de sus deberes pero, ahora, era distinto.

Cada vez que iba a una nueva sesión de fotos, Mad estaba ahí, y a pesar de que estaba era conciente de que no era normal que un chico de catorce años tuviera a un hombre hecho y derecho, de casi treinta años, como a uno de sus mejores amigos, la sola presencia del mayor le causaba una alegría inexplicable. Él siempre estaba allí con una gran sonrisa, sacándole las mejores fotos, mientras le hablaba sin parar sobre libros, paisajes o de su trabajo. Cualquier tema de conversación era bueno para Ariel. Luego se quedaban mucho tiempo merendando todos juntos y a veces, Mad le ayudaba con las tareas, aunque poco lo necesitaba por su memoria fotográfica, pero le hacía sentir bien el hecho de que le ayudara. Otras veces, lo observaba dibujar y le corregía las fallas en sus dibujos, o simplemente se quedaban escuchando música. Todavía tenía sobre la mesita de noche el último CD de Nickelback que Mad le había regalado sin motivo alguno la semana pasada.


—Es un regalo por ser mi mejor modelo —le dijo en aquella ocasión. Y desde entonces no había dejado de escucharlo.


Era bueno tener un amigo. Quizás Mad no le viera como tal, pero para él bastaba el simple hecho de considerarlo un amigo importante y que estuviera allí. Tener a alguien más con quien hablar además de su primo, su tía, Alex y Laura era de lo más agradable. Suspirando, miró el reloj. Ya era hora de ir vistiéndose. Otra de las cosas buenas de tener a Jean Claude era que le hacía olvidar el garrón de la escuela. Se puso de pie de mala gana, encendiendo el reproductor de música para llenar el cuarto con la tercera canción del disco, mientras buscaba su uniforme en el armario y cantaba.



A ver, ¿dónde estaba el uniforme? Lo encontró detrás de un montón de perchas cubiertas de sacos, camisas y chaquetas, colgado en una percha especial de metal, para que ésta no se doblara y la ropa no se arrugara toda. El uniforme, compuesto de pantalones negros, camisa, corbata y un blazer azul, con el escudo de la escuela bordado en amarillo, nunca le quedaba del todo bien. O al menos a él no le gustaba, pues su primo le había dicho una y mil veces que le quedaba divino. Es que, como su cuerpo era tan menudito, siempre le quedaba holgado, suelto, y por eso tenían que hacerle muchos ajustes, dobladillos, y quién sabe qué otras cosas más para que quedara medianamente presentable. Los pantalones le ajustaban mucho la parte trasera y los muslos, no había con qué arreglar eso, la camisa siempre le quedaba como una bolsa de papas y, de una forma inexplicable, el blazer se le ajustaba muchísimo a la cintura pero era demasiado largo de mangas y corte.

Lamentablemente, no había otra opción que usarlo.

Era eso o recibir una amonestación y manchar su expediente perfecto. Mientras se lavaba la cara y los dientes, pensaba en que era el mejor alumno de su clase, en su historial perfecto y en su situación familiar. ¿No deberían darle una beca completa en vez de sólo darle media beca y cobrarle la mitad, esos malditos zánganos? Volvió a suspirar, llegándole el aroma a pan tostado desde la cocina. Ése debía de ser Gian Luca, su madrina jamás ingería pan durante el desayuno porque decía que hinchaba el estómago.

Le crujieron las tripas de hambre, por lo que se puso aceite de almendras en el cabello y lo peinó bien antes de hacerse una coleta y salir de su cuarto sin hacer la cama ni nada, sólo tomando la mochila.


Bonjorno, Luca —dijo apenas ingresó a la cocina. No había errado, era él. Alto, moreno, con esa piel color rojizo que siempre le había dado envidia y sus brillantes ojos miel mirándole con ese deje de picardía, su primo preparaba el desayuno con esa sonrisa de “pequeño diablo” tan suya. Por un instante, se vio a sí mismo tratando de ver quien era más alto si Mad o Luca—. ¿Y la tía?


Bonjorno, ragazzi —respondió Luca, con esa sonrisa bonachona que tanto le gustaba a todas sus novias. Su primo tenía suerte, él realmente se veía como un chico de verdad. A Ariel siempre le había gustado la voz de su primo, gruesa, firme, con ése cálido acento italiano. Siempre le decía que sería un gran locutor—. Lo siento, amore. Mamá no pudo venir hoy. Ya sabes, el trabajo y todo eso.


—Él no le dejó venir a verme, ¿verdad primo?


No le era ajeno el hecho de que para la nueva pareja de su tía, un idiota machista e insensible, él era no sólo una criatura rara y anormal sino también una pérdida de dinero. Claro, el tipo no escatimaba en hacerle las tarjetas de crédito de goma a su novia, ni en comprarse cuanto quisiera, pero cualquier gasto destinado para Ariel, a quien su pareja había prometido cuidar no sólo con palabras sino que también con papeles, era un desperdicio. Pero él no podía decirle a su tía que estaba enamorada de un idiota aprovechado, mal viviente, mantenido y que, además de todo eso, lo había visto varias veces espiándole mientras se duchaba cuando se quedaba a dormir en casa de Luca. El tipo luego fingía que había ido a buscar algo al baño o que estaba arreglando un desperfecto, pero Ariel cuidaba de no quedarse solo con él.


—Lo siento, Ari —su primo, que había estado haciendo pan tostado con manteca y café para los dos, llevó la comida a la mesa—. Sabes que no puedo hacer nada. Cada vez que me quejo, él sale con alguna tontería y mamá se queda en silencio. Ojala pudiera irme de ahí, así te vendrías a vivir conmigo.


Una gran sonrisa se extendió por su rostro. Luca siempre estaba pensando en él, cuidándole. Era casi como tener un hermano mayor. Le encantaba ir a verle al restaurante de su tía y pasar horas con él, salir cuando la escuela o el trabajo se lo permitía a ambos, o quedarse a dormir en su casa a ver películas de terror como todos los sábados. Estaba seguro que vivir con él sería sumamente agradable.


—No te preocupes, me gusta más que vengas tú. La tía solamente habla del negocio, los clientes, o el zángano… digo, Richard —hizo una mueca de asco al pronunciar el nombre del déspota con el que su tía estaba juntada, y Luca soltó una estertórea carcajada mientras le pasaba una taza de café—. Al menos tú me cuentas de cosas más divertidas. ¿Cómo va el ingreso a la universidad?


—¿Eso te parece divertido? —preguntó Luca asombrado, mientras Ariel arrugaba la frente.


—Puedes hablarme sobre el zángano, si te apetece. ¿Eso te parece divertido a ti?


—Bueno, bueno, ya entendí —riéndose, Gian Luca tomo una tostada y le untó una buena cantidad de manteca, pasándosela a su primo. Él siempre sonreía cuando estaba cerca de su primo, y eso a Ariel le hacía sentirse bien—. Todavía tengo que prepararme para el examen de ingreso. Tengo que estudiar mucho de matemáticas, sabes que siempre he sido un asco con esa materia. ¡Pero la odio tanto!


—Te acompaño el sentimiento.


—Sí, pero usted, señorito, tiene una grabadora en la cabeza. Una vez que lo ves puedes recordarlo sin importar qué pase, eso te será de mucha ayuda cuando tengas que rendir el examen de admisión.


Ariel se comió la tostada e inmediatamente se llevó otra a la boca sólo para no tener que responderle. Es que, a decir verdad, no podía decirle a Gian Luca, de nuevo, que no era lo mismo memorizar que entender algo. Ser un sabelotodo únicamente por recordar lo que los profesores dictaban, no significaba entenderlo bien y Ariel sufría cada vez que intentaba comprender los cálculos matemáticos que le enseñaban. Se sabía los procedimientos, pero no los comprendía. Tampoco entendía nada sobre “Derecho”, que era una de las materias de ése cuatrimestre, mas tratar de explicárselo a su primo por vigésimo quinta vez era una pérdida de aliento. Se limitó a comer y beberse el café.


—¿Y qué carrera querías seguir? —ya lo sabía, pero quería cambiar el tema.

—Psicología —parecía orgulloso por ello. No le sorprendía, Luca era el primero en su familia que terminaba siquiera el secundario—. Quiero ser el mejor psicólogo que la familia pueda tener.


—Serás el único psicólogo que la familia pueda tener, primo.


—¡Pues mejor! —exclamó con una gran sonrisa cubierta de moronitas de pan, a la cual Ariel correspondió con otra igual—. Así no tendré competencia. Cuando me gradúe y tenga mi propio consultorio te daré sesiones gratis.


Ariel fingió que se lo pensaba seriamente, asintiendo con la cabeza al contestar.


—Oh, molto gracie. Estoy seguro de que me vendrán como anillo al dedo. ¿Me recetarás buenos psicofármacos?


—Ariel, los que recetan ésas cosas son los psiquiatras.

—¡Lo que sea!


Cuando tenía esas visitas se sentía de nuevo como en casa. Era casi como volver el tiempo atrás y regresar a la vieja casita de Niscemi, donde su madre pintaba cuadros en pleno patio y su abuela cocinaba crustuli mientras pelaba hojas de aloe vera para hacer remedios caseros. Esa casa donde siempre le despedían con una sonrisa antes de ir a la escuela en bicicleta, acompañado por Gian Luca, y le recibían con otra cuando regresaba. Cada vez que su tía o su primo lo visitaban para contarle las novedades en su vida, le daba mucha alegría. Vivía esas cosas como si fueran parte suya y los animaba si era necesario.


Por lo general, Ariel no tenía mucho que contar. Sólo les hablaba de Alex y de Laura. Pero, y esto era importante, ahora podía agregar a Mad a la lista de gente sobre la cual contarle a sus únicos familiares. Después de todo, a él lo veía siempre en el trabajo, merendaban juntos, se quedaban charlando por horas, y chateaban o hablaban por teléfono dos o tres veces por semana. Eso era un amigo, ¿o no? Por ende, cuando su primo le preguntó si había alguna novedad en su vida, no pudo reprimir una gran sonrisa cuando pronunció el nombre de Mad.


Al cabo de media hora su primo tuvo que irse para ir a la escuela y se ofreció a llevarle en la moto. Ariel hizo una mueca. Por dentro, la idea de ir a la escuela antes de tiempo, pues él ingresaba un poco más tarde que Luca, y extender más horas de las necesarias aquel tormento, le era insoportable. Pero por otro lado, quería pasar más tiempo con una de las personas que más alegría y paz le daban. Necesitaba enmascarar su soledad y cubrirla con el calor que su primo despedía antes de ingresar al frío y horroroso mundo que para él era la escuela Por ello tomó sus cosas a toda máquina y luego de ponerse el casco se aferró a la cintura de Gian Luca con todas sus fuerzas.


Llegaron temprano, pero aún había estudiantes entrando. No le sorprendió en lo más mínimo que le miraran raro, especialmente después de que Gian Luca le diera un besito en los labios a modo de despedida, como era la costumbre en su pueblo natal. Ariel podía escuchar los susurros, sentir incluso el poder de sus miradas en la espalda, pero ignoró todo, se calzó la mochila, e ingresó a paso firme y con la cabeza erguida a clases. Seguramente alguna sorpresa desagradable le estaría esperando en el aula.


Nadie más que algunos profesores le saludaron. Los alumnos le ignoraban olímpicamente o murmuraban sobre él mientras pasaba. Normalmente, le hacían bromas de mal gusto, como escribirle insultos en el pizarrón o en el pupitre, robarle sus cosas y escondérselas, rompérselas inclusive. Si nada de esto servía, inventaban rumores que atentaban contra su reputación. Gracias a los cotilleos de unas chicas, que no se dieron cuenta que él estaba cerca, se enteró del último rumor que circulaba en la escuela: al parecer, sus notas altas se debían a que se acostaba con los profesores, aprovechándose de que se veía tan lindo y afeminado.


“Desde ése incidente las cosas han ido de mal en peor” pensaba, mientras entraba al aula. De nuevo, aunque saludó a todos cortésmente, nadie le devolvió el saludo y simplemente se le quedaron viendo con una sonrisa de mofa en la cara. Supo de qué se trataba cuando vio el pupitre.


Muere.


Asesino.


Puta del profesor.


Maricón.


Ésas eran solo algunas de las cosas que estaban escritas ahí con plumón permanente, palabras a las que normalmente veía en el pizarrón hechas con tizas de colores. También estaba acostumbrado a que le metieran profilácticos en los bolsillos de la mochila pero no a que se los dejaran ahí tirados en el pupitre y la silla, algunos abiertos, otros en sus cajitas, y algunos incluso parecían haber sido usados. En el asiento de la silla le dibujaron un pene con el mismo plumón negro permanente.


Sintió ganas de echarse a llorar, pero no lo hizo. Si les daba el gusto solamente confirmaría sus acusaciones de “maricón”. Desde ése incidente que todos le llamaban asesino… ese incidente.


Cuando el profesor de Literatura llegó y vio lo que habían hecho los demás alumnos ordenó inmediatamente que le buscaran un pupitre, de ésos que guardaban en la sala de actos, para él. Un chico obedeció de mala gana y le trajo uno que estaba todo escrito, desvencijado, y flojo. Ariel no se quejó y se sentó ahí sin decir nada, concentrándose pura y exclusivamente en las palabras del profesor que, luego de reprender a los estudiantes y ponerle una amonestación a todo el curso, comenzó a hablar sobre “Orgullo y Prejuicio”.

La vida en la escuela era un asco.

Solo y sin amigos, debía soportar aquello todos los días cada vez que entraba a clases. Oh, pero las bromas no se quedaban ahí, era normal que le molestaran en clase o al salir. Día tras día soportaba la carga de ser distinto, la carga de un profesor insensato, la carga de ser quien era. Había sabido desde siempre que no era normal, que su situación no era normal, que fuera del pequeño pueblo rural de Italia las cosas serían diferentes y que quizás le costara encajar en la gran ciudad… Pero nunca creyó que sería tan terrible. Allí en Niscemi había logrado llevarse bien con todos y hacer amigos, no sólo gracias a que la familia por parte de su abuelo era querida en el pueblo, porque su abuela había ayudado a mucha gente durante los períodos de guerra hacía años o porque su madre le leía el futuro a todo el pueblo, sino gracias a su propio esfuerzo.


Pero allí ni siquiera le dejaban intentarlo. En su ciudad natal hubo una vez en la que le llamaron “bastardo” y quedó olvidado con el tiempo, pero en ese lugar nadie parecía tolerar a un chico pequeño y de aspecto tan particular, no le perdonaban su inteligencia. ¡Que ni siquiera era inteligencia! Era pura memoria, nada más. Tampoco le perdonarían lo de aquel incidente. Estaba solo en un mundo cruel, donde la única manera en la que podía resaltar y superarse a sí mismo, el único método que tenía para aparentar que nada le afectaba y demostrar su valía ante los adultos que lo educaban, era obtener las mejores calificaciones y el mejor promedio del curso. Si quería ser tomado en cuenta, tenía que dar la imagen de chico perfecto, para ver si con eso podía pedirle perdón al mundo por haber nacido distinto.

Mientras el profesor de matemáticas, el Sr. Bennet, repetía nuevamente el concepto de las parábolas, Ariel pensaba en lo que su madre le dijo siendo niño:


“Eres diferente, figlio mio, pero no por eso tienes que sentirte mal. Tienes que tomarte tu tiempo para elegir por ti mismo qué y quién quieres ser. Y yo estaré aquí para apoyarte siempre”


Amaba a su madre y siempre lo haría, de hecho, jamás le había reprendido por no operarle y convertirle en mujer apenas nació, como hacía la mayoría de los padres con hijos XXY, hermafroditas, o con cualquier alteración de los cromosomas sexuales. Pero tenía que reconocer la verdad: En esta sociedad ser diferente no estaba permitido.


Gracias al cielo, las clases terminaron luego de un tiempo que le pareció eterno. Fue el primero en ponerse de pie y comenzar a juntar sus cosas a una velocidad vertiginosa, no sin antes revisar a fondo la mochila para asegurarse de que no le habían metido nada raro dentro. Salió del aula a toda máquina, mas se detuvo al ver un nuevo afiche en la cartelera de noticias de la escuela: Abrirían un nuevo club de música donde enseñarían piano, violín, tuba, y varios instrumentos más.


“Un club de música”.


Él no necesitaba estudiar más música, ya sabía mucho y dudaba que los profesores del colegio pudieran enseñarle algo más avanzado, pero de verdad extrañaba acariciar las teclas del piano con sus dedos y el peso del violín sobre el hombro. No había vuelto a tocar un instrumento desde la muerte de su madre. No tenía tiempo para quedarse dudando delante de la cartelera, menos a riesgo de ser atacado por los chicos, así que tomó la hoja de inscripción y se la metió en la mochila decidido a pensarlo cuando llegará a la casa. No había ido con su bicicleta roja, por ende salió corriendo a pie cual si se lo llevara el demonio para tomar el primer taxi que se cruzara en la avenida Lonville.


Sólo respiró tranquilo cuando llegó a Lonville, tomó un taxi que alcanzó de puro milagro y éste arrancó luego de darle la dirección de la tienda de ropa.


Link del capítulo siguiente.

Safe Creative #0908214261654

2 comentarios:

Nayra Ginory dijo...

Hola preciosa, te he dejado un premio en mi blog, pásate a recogerlo

Brian dijo...

Hola!

Jo, tus capítulos se me hacen mejores según los leo.

Me gusta mucho la idea de que Mad tenga un doppelganger, esas cosas siempre me han fascinado. Y el personaje de Ariel es tan dulce... Me he sentido un pelín identificado con él, cuando cuentas como le trataban en el colegio, porque a mí en el instituto me pasó algo parecido el año pasado. Yo tampoco soy muy normal, y aunque no tengo memoria fotográfica si me adelantaron de curso cuando estaba en el colegio (aunque luego perdí ese año cuando estuve en Irlanda sin ir a clase) y siempre he tenido mucha facilidad para recordar y relacionar conceptos. La gente es muy cruel, y por eso yo me solía llevar mejor con adultos que con niños, como le pasa a Ariel.

En fin, que está muy bien escrito y sigo leyéndote mañana...

Ah, y gracias por tu comentario, en serio. Oye, ¿por qué no me agregas al msn? Nayra hizo que me lo bajara ayer para charlar con ella, y sólo la tengo a ella agregada... jajaja, también me gustaría charlar contigo (y que de paso me mandases un poco de ese frío que hace en Argentina, anda).

Mi msn es: lightbreaks@gmail.com

P.D. Otro fallo tonto en el párrafo 4:

"Las fotos guardan recuerdos, guardan momentos importantes, guardan los sentimientos de la gente fotografiada y "crea" otros nuevos en quienes las contemplan."

I Love... (My stamps)


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