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viernes, 19 de junio de 2009

Mis relatos homoeróticos: Cuarto Oscuro Capítulo tres

Raíces:


El departamento de Ariel era muy lindo, pequeño y acogedor. Apenas ingresabas al recibidor lo primero que veías era la sala de estar color lila llena de bastantes muebles. En el centro se hallaba un sillón de tres color tierra con dos mesitas ratonas a su lado, una tenía un florero repleto de jazmines, lilas y rosas, y otra llevaba un lindo teléfono negro junto a una agenda pequeña, el sillón estaba justo delante de una mesa ratona y una tele común y corriente puesta contra la pared derecha sobre una mesa de televisor con puertas de vidrio (donde se guardaba un anticuado VHS junto con varios video casettes). En la pared de la izquierda podía verse un librero repleto de distintos tomos y volúmenes de diferente encuadernación y grosor, fotografías y unos cuantos cuadros paisajistas que parecían pintados a mano más unos ¿Mapas? Ah, no. Eran carpetas con ilustraciones algo vetustas de unas ciudades italianas que conocía sólo por haberlas oído nombrar en películas o en las noticias: Sicilia y Calabria. La primera, la conocía gracias a “El padrino” y el volcán Etna, y la segunda, gracias a que en ese lugar nevaba muchísimo y al bosque de la Scila.


La pared opuesta a donde estaba Mad –justo al ladito de la entrada limpiándose los zapatos- albergaba un lindo barguero con muchos cajones y puertas, repleto de fotografías, estatuitas con formas de gato, unas cuantas esferas de nieve, peluches, y la parte central con puertas de vidrio repleta con platos de lo que –juraba- era porcelana más un jarrón azul. Si bien a Mad no le gustaban los ambientes cargados, en esa casa se veía todo tan hogareño y perfecto que podría haberse quedado allí por horas; supuso que el departamento no sería mucho más grande que eso pero no pudo evitar preguntarse cómo sería el resto de la vivienda de su pequeño muso.


-Siéntete como en tu casa –dijo el niño cerrando la puerta con pestillo y llave. Nunca se sabe cuando puede pasar algo malo- ¿Quieres algo de té o café? También hay capuchino.


-¿Eh? –la verdad es que estaba tan embobado mirando la casa que apenas sí le había oído- Oh, un capuchino estaría bien, ¿te ayudo a prepararlo?
Ariel le dedicó una sonrisa, invitándole a sentarse en donde quisiera con un gesto de la mano antes de atarse el cabello en una coleta.


-Gracie, pero el invitado sólo debe sentarse y dejar que le sirvan. Así me enseñó mi mamá, así que te quedas sentadito mientras que yo sirvo, ¿D’accordo?Mad asintió con una sonrisa condescendiente, haciéndole una reverencia al dueño de casa, quien se rió al verlo- Ah, ¡no hagas eso! Si tratas de hacerme sentir culpable no lo lograrás ¿Lo quieres con cafeína o sin ella?


-Con cafeína estará bien, debo mantenerme despierto por muchas horas –cayó en la cuenta de que seguía parado ahí junto al recibidor y que el jovencito le miraba a medio paso de distancia con la vista hacía arriba. Demonios, se sentía algo atontado, como si ésa fuera la primera vez que estuviera en casa de alguien.


Carraspeó, a ver si pasaba el momento incómodo –o al menos, para él sí era incómodo- e inmediatamente trató de disimular yendo a zancadas hasta la pared más cercana, donde las fotos, cuadros, carpetas y pinturas se lucían en todo su esplendor. De reojo vio a Ariel irse por la pequeña puerta blanca junto al barguero, la cual daba a un pasillo de seis pasos de diámetro, e iba a una de las dos puertas de la izquierda; había una más opuesta a esas con un cartelito que recitaba “Baño” y, en el fondo, una más de color marrón con un cartel el cual llevaba escrito en cursiva y a pulso el nombre de Ariel. ¿Sería la puerta restante el cuarto de Angelo?


Ahora que estaba solo, aprovechó para cerrar los ojos e inspirar profundo por la boca. Calma, necesitaba calma. No era un adolescente revolucionado en hormonas, ni estaba en la casa de su primer noviecita de la secundaria en el día que “de casualidad” sus papás se habían ido a pasar el fin de semana al extranjero, por ende no tenía motivos para estar nervioso. Cuando se convenció a sí mismo de que todo estaba bien –y se tranquilizó, ya que el doppelganger no hizo acto de aparición- se concentró en las pequeñas obras de arte frente a sus ojos; todas estaban firmadas por el dibujo de una pequeña rosita con cinco espinas cada una y el apellido “D’cciano”, le dieron algo de envidia pues expresaban muy bien distintas emociones entremezcladas pese a ser sólo de paisajes y los óleos estaban hechos con trazos fuertes, firmes, que le recordaron un poco a Van Gog.
Inmensidad, soledad, la avaricia del hombre moderno, e incluso el antiguo amor por la naturaleza eran unas de las tantas impresiones que podía sacar de ésas pinturas. Giró los ojos hacía el librero atestado, parecía que cada tema estaba dividido en hileras, así que tenía una fila de libros de autoayuda, otra de metafísica, una de grandes autores, una de misterio, otra de clásicos. Así se encontraba con autores entremezclados como: Homero, Maquiavelo, Agatha Christie, Isabel Allende, Leslie Walter, Carlos Waisman, Anne Rice, Platón, Robin Cook, Paulo Coelho, Marx, y varios más. Si bien se había esperado libros, ya que Ariel era un chico bastante maduro para su edad, no se imaginó que encontraría tantos en un solo lugar ¿Se los habría leído todos? ¿Le gustarían? ¿O eran legados de sus padres? ¿Y dónde estaban sus padres que dejaban a un niño de catorce años sólo en casa?


Volvió la vista hacia la puerta cuando el sonido de los pasos de Ariel lo sacó de su ensimismamiento. El niño se apareció con una charola cubierta con dos tazas –una de té negro y otra de capuchino-, una bandeja con galletas de chocolate y otra con pastelitos de vainilla.


-Aquí esta, un capuchino cargado con mucha espuma para el señor fotógrafo –dijo, siempre con una sonrisa pintada en los labios al tiempo que dejaba la charola de madera rosa sobre la mesa ratona y se sentaba en el sillón- Oh, ¿te gustan los libros? Si hay alguno que te interesa puedo prestártelo.


-Merci, querido –respondió Mad, batallando mentalmente para ver adonde dirigía sus ojos ¿A los hermosos cuadros, libros y fotos o a la hermosa presencia magnética del niño?- Son muchos libros, y algunos tienen pinta de ser complicados ¿Ya te los leíste?


-La mayoría sí –abrió la pequeña azucarera que llevó consigo en la charola, echando en su té, para sorpresa de Jean Claude, cinco cucharadas llenas- Algunos aún no he podido mirarlos, especialmente los que no me gustan. Pero quiero leerlos todos, desafié a mi hermanito con que podía lograrlo en menos de un año.


-¿Y crees que podrás?


-No sé. Pero si pierdo, tendré que hacerle las tareas o comprarle helado por un año.


Mad no pudo sino reírse, yendo definitivamente a su lado en el sofá para poder tomar su dosis de cafeína acompañada por uno de los ricos pastelitos. Tenían un gustito casero indescriptible.


-¡Ces’t Magnifique! Esto esta delicioso, tienes que decirme dónde los compraste.


Por toda respuesta, Ariel se rió.


-No los compré, yo los hice. ¿Te gustan?


-¿Bromeas? ¿Los hiciste tú? ¡Están exquisitos! Dame la receta y me casaré contigo –el chico se volvió a reír y él también lo hizo, impresionado por haber tenido el valor para hacer esa broma- Es en serio, si de veras cocinas tan bien te propondré matrimonio.


-No digas eso o tendrás que proponérmelo de verdad, Mad. Cocino desde los ocho años, mi mamá y mi nonna me enseñaron. Una de las cosas que solíamos hacer los tres juntos era cocinar mucha comida desde muy temprano, especialmente en las fechas patrias y las celebraciones. Para navidad preparábamos mucha comida porque los amigos de mi madre y mis abuelos venían a cenar con nosotros, incluso se acercaban algunos vecinos, y para las fechas patrias en nuestro pueblo se hacen todavía fiestas que duran tres días en la plaza central. Todos los vecinos tienen que llevar mucha comida y bebida, por tradición.


-Eso suena encantador. Apuesto a que tu pueblo era la típica aldea histórica con tradiciones muy antiguas, ¿cierto?


-Sipi, bastante. Esta la fiesta de todos los santos, la tradición de Pascuas, la de navidad, las fiestas tradicionales que se hacen cuando se casa una pareja joven, hay muchas celebraciones. ¡Ah! Y también se celebran los nacimientos, claro. Por eso, y porque a mi mamá y a la abuela les gustaba mucho cocinar, me enseñaron también a mí.


-¿Y te gusta? Yo soy un desastre para cocinar nada fuera de lo normal, excepto comida japonesa. La última vez que intenté hacer algo muy complicado casi quemo la casa.


Ariel se rió a carcajadas ante la visión mental de Mad con el delantal y el gorro de cocina quemándolo todo a su alrededor. ¡Pobrecito! Alguien tendría que enseñarle a cocinar como debía ser o terminaría creando un holocausto más tarde o más temprano, y, ahora que lo pensaba, la idea de ser él mismo el maestro particular de Jean Claude no le parecía para nada desagradable. Solo que de momento, no diría nada.


-Amo cocinar –dijo, sorbiendo un poco de té antes de masticar con ganas una galletita de chocolate- No sé muy bien por qué, pero, es algo que me relaja mucho. Mamá decía que mezclar los ingredientes con sus diferentes combinaciones de sabores era un arte y, al mismo tiempo, una ciencia.


-Estoy de acuerdo con ella. No por nada para mí un libro de cocina es igual que uno de química cuántica- Ariel se echó a reír, dándole valor para continuar la charla- Y dime, ¿de quién son esas pinturas y las fotos? Son encantadoras, de veras.


-Oh, ¿esas? Son de mi mamá, las fotos las tomó de joven, antes de que yo naciera, y los óleos los pintó desde que yo tengo ocho años. Siempre le gustaron mucho las artes y tenía etapas en las que hacía una cosa o la otra.


-Son todas muy lindas, por cierto –ahora se sentía más envalentonado y tenía verdaderas ganas de preguntar. Echó azúcar en el café, tomando mientras tanto una galleta de chocolate para remojarla y masticarla- ¿Y cómo se llama tu mamá?


-Rosetta –respondió, observando fijamente las pinturas con un aire distinto. Su mamá… La extrañaba tanto- En mi lengua eso significa “pequeña y delicada rosa”.


-Ahora entiendo porqué firmaba con ese dibujo. Hasta le hizo las espinas y todo.


-Las espinas representan cada una de las personas que apreciaba y a las que le dedicaba su obra de arte. Éramos el abuelo, la abuela, mi hermano, mi madrina, mi primo y yo. Una espina por cada uno de nosotros, eso me dijo ella cuando se lo pregunté.


Y se lo había preguntado hacia ya mucho, mucho, mucho tiempo. Fue a los siete años, cuando Rosetta estaba pintando un retrato del paisaje del Belvedere, un hermoso paraje en Niscemi donde podía verse un largo llano que llevaba a los pueblos vecinos, y la vio firmar con aquella rosa. La había visto antes, en obras más antiguas, pero en aquella ocasión Ariel contó una espina más de las que solía tener, y su madre le explicó que esa espina extra lo representaba a él.


“Tu sei il mio tesoro, Ariel” le dijo su madre, abrazándolo “Nunca te alejes de mí. ¿Sí querido?”


“Nunca, mamá” –le respondió, acariciándole la cabeza. Sabía que su mamá lloraba por las noches y se sentía sola, también la escuchaba hablar por teléfono a alguien a quien ella llamaba “Caro Eros” y le decía que lo extrañaba pero, cada que cortaba el teléfono, lloraba más fuerte- “Yo siempre voy a estar contigo- Ti voglio bene, mamma.


Al final, fue ella quien terminó yéndose primero. Ariel tuvo que hacer grandes esfuerzos para salir de la bruma de sus memorias, tan exactas y reales que a veces lo asustaban, para recordarse a sí mismo que estaba tomando el té junto a Mad sentado en el sillón de su nueva casa, mirando los cuadros de su madre en un país completamente distinto al suyo.


Y a Mad, aunque le costó un poco notarlo, le causó un poco de aprensión la mirada de Ariel, ahora turbia e ida. Se le ocurrió pensar que sus ojos se veían como el mar cuando había tormentas, tal cual al mar que casi lo mató aquella vez que fue a pescar con su padre y los atrapó un tifón oscuro, con olas que rompían con fuerza amenazando con volcar la embarcación, rayos, truenos, y una lluvia tan fuerte que no le dejaba ver ni se distinguía arriba de abajo. ¿Qué cosas estaría pensando Ariel para que sus ojos, normalmente brillantes, se vieran de esa manera? Tal vez se sentía sólo en esa casa donde nadie lo esperaba, teniendo a su hermano en el hospital, y decidió preguntar lo primero que le vino a la mente para alejarlo de lo que fuera que viajara por esa cabecita.


-Tiene mucho talento. Apuesto a que lo has heredado y dibujas tan bien como ella.


Funcionó, porque Ariel le sonrió y desvió la vista de la pared para enfocarla en él, cosa que le complació, y bebió un poco más de té.


-Un poco, la verdad. No me gusta mucho pintar, solamente dibujo joyas. Sé hacerlo, porque ella me enseñó, pero si tengo que elegir me quedo con el diseño de joyas y la música. No tengo paciencia para pintar.


-¿En serio? ¡Pero si es tan divertido! ¿Y sacar fotos? –Preguntó, contento de verlo más alegre, terminándose el café de una buena vez- ¿No te gustaría ser fotógrafo, como yo?


-Eso no esta tan mal, me gusta –Ariel sonrió, y Mad se derritió por dentro- Pero me encanta sacar fotos a los paisajes, no a la gente. No sé por qué… ¿Seré más raro de lo que pensaba?


La cara pensativa del menor hizo que Jean Claude se riera mientras masticaba un pastelito, obligándolo a taparse la boca con una mano.


-¡Claro que no! –Exclamó, todavía riéndose- Eres un chico sensible que capta la hermosura de la madre naturaleza, es todo. Yo a tu edad pensaba más en los videojuegos que en esa clase de cosas, ¿te han dicho que eres muy pero muy maduro? Solo falta que sepas tocar algún instrumento súper complicado – el niño sonrió pícaramente, acariciando el borde de la taza con un dedo. Mad abrió mucho los ojos, deteniéndose antes de morder lo que le quedaba de pastelito y le habló demasiado sorprendido como para ocultarlo- ¿Lo sabes?


Ariel se rió con ganas, dejando la taza de té en la charola rosa de madera. Todo el mundo se ponía así cuando se enteraban de las cosas que él sabía hacer pero, si hubieran conocido a su madre y su abuela, estaba seguro de que no les sorprendería tanto. No por nada para su tía y su primo todo lo que él hacía, decía, o sabía hacer era perfectamente normal. ¿Cierto?


-Así es. Sé tocar el piano y el violín. Mi mamá y mi abuela me enseñaron desde que tengo uso de razón, aunque no tuvieron que insistir mucho para que yo aprendiera.


-¿Por que te gustaba mucho?


-Por eso, –dijo y tomó una galleta, comiéndosela- y porque tengo memoria fotográfica.


Bueno, si hasta ahora Ariel le parecía sorprendente, aquello lo dejó patitieso. ¿Es que había algo más que tuviera que saber de aquel joven tan encantador? Lo único que faltaba era que le dijera que sabía bailar can- can y juraba que se tiraba por la ventana del tercer piso, aunque –pensándolo bien- tampoco era tan raro si tomaba en cuenta de que el muchacho parecía haber sido criado en una casa de bohemios. Simplemente con ver los adornos y los libros que atestaban la casa era suficiente como para notarlo, pero no podía evitar preguntárselo.


-¿De verdad? ¿O sea que recuerdas cualquier cosa que hayas vivido?


-De hecho, cualquier cosa que haya visto u oído. Aunque sea por un instante chiquitito, yo recuerdo absolutamente todo. ¿No es genial?


-¿Bromeas? ¡C’est Magnifique! Ya daría yo mi brazo derecho por tener esa memoria. Entonces recuerdas todo lo que ves en la escuela, ¿no? Los exámenes deben ser una papa.


-Leo los manuales una sola vez, por eso no los compro –presumía, tratando de no verse demasiado orgulloso de su memoria fotográfica- y nunca tengo que estudiar. Si pudiera, daría los exámenes para saltearme varios cursos, pero no puedo hacerlo de momento así que estoy clavado en el horrendo primer año.


Como ya se habían acabado las galletas y todo lo demás, Ariel tomó la charola con todo lo que llevaba dentro y, luego de hacer un gesto de la cabeza, se puso de pie cargándola. Ahí Mad se dio cuenta de que habían estado usando tazas y azucareras de Sarah Kay, hechas en porcelana con dibujitos de gatitos, y rositas, y demás cositas de chicas.


-Bonitas tazas –pensó en voz alta. Demasiado alta, en realidad, porque Ariel le escuchó y se ruborizó de punta a punta.


-M-mamá las compró. Siempre fue fanática de Sarah Kay y llenó la casa con cosas parecidas. No me di cuenta que te había dado esa, perdón.


-No te preocupes, es linda. Ahora entiendo porqué la tienes.


Se quedó mirando la taza con la figura de una niña con un gatito antes de dársela a Ariel, y lo siguió en su camino a la cocina; el pasillo estaba a oscuras pero, por suerte, no iba a chocarse con nada porque la puerta de la cocina, que estaba a dos pasos, estaba abierta. La cocina no era ni muy amplia ni muy pequeña, tenía la lacena y el mesón con fregadero incluido –todo hecho en madera y mármol, como pudo apreciar- estaban justo colocados en la pared derecha frente a la puerta, debajo de una pequeña ventana con rejas y cortinas color ocre. Ahí también estaba el horno y el extractor, pero un poco más alejado -separado del mesón seguramente para evitar un incendio- y, en la pared opuesta a la puerta, estaba el refrigerador justo delante de una pequeña mesa redonda con sus sillas.


La mesita le cayó simpática, pues le recordó a la que su hermana mayor había puesto en el primer departamento que rentó junto con una amiga durante su curso en la escuela de diseño, esa mesita redonda que se tambaleaba en la que ella se sentaba para hablar con él horas y horas tomando café, contándole sobre sus diseños mientras le preguntaba por la salud de su padre y le ordenaba que comiera mejor o se volvería tan pálido como un cadáver. Mad no pudo evitar el sonreír, yendo a sentarse frente aquella mesita roja a cuadros blancos, viendo a Ariel lavar las tacitas con suma rapidez, mirando a su alrededor descubrió un par de plantas en una esquina, algunos platos colgados en las paredes, y una escoba por ahí junto a un pequeño mueble blanco, donde debían estar guardados los productos de limpieza.


No estaba tan cargada como la sala de estar, pero le gustaba. Cuando Ariel abrió la lacena superior en busca de vasos vio, además de comida, latas, galletas, y cereales, muchos frascos de conservas de todo tipo, también fue lo mismo cuando abrió el refrigerador, bastante lleno de comida, y en la puerta estaba lleno de más latas de conserva ya abiertas.


-¿Quieres agua, jugo o gaseosa? –preguntó Ariel, manteniendo la puerta abierta mientras buscaba.

-Agua esta bien –dijo, pero Ariel no parecía creerse que no quería nada más.


-Oh, vamos. Puedes pedirme lo que quieras, estás en confianza- para complacerlo, le pidió jugo- ¿Te gusta el jugo de naranja? –Mad asintió, todavía mirando la charola rosada sobre el mesón- ¡Bene! –tomó la botella de jugo, sirviendo los dos vasos de vidrio que había sacado, y los llevó a la mesa dándole el suyo a Mad- Toma, aquí tienes.


-Gracias, Ariel. Tu casa es realmente bonita, hasta la cocina me encanta.


-Jaja, no debe ser tan grande como la que hay en tu casa.


-Créeme, la uso tan poco que ya ni la recuerdo. Pero sé que la tuya es más bonita.


-Bueno, gracias –apenado, agachó la mirada un minuto mientras tomaba el jugo, sentándose frente a él- Antes había un lavarropas incluso, pero se rompió y el ruido molestaba a mi hermano, así que lo saqué. Ahora lavo la ropa en la tintorería o a mano.


-¿Lavas a mano?


-Aja. No es difícil, aprendí cuando mi abuela se enfermó en una ocasión y no había nadie que lavara la ropa. En Niscemi no había mucha tecnología por aquel entonces y no quedaba otra opción, porque mamá estaba embarazada de Angelo y estaba algo delicada, y el abuelo siempre estaba trabajando. Por eso, le pedí a la abuela que me enseñe.


Parecía muy orgulloso, pero Mad no podía imaginarse a sí mismo lavando los montones de ropa que solía usar a mano, por su cuenta. Cada vez, ese chico lo asombraba más.


-¿Y te encargas tu solito de las cosas de la casa?


-Antes nos turnábamos, ahora lo hago yo sólo. ¿Por qué? –Preguntó de golpe, aterrado de que algo estuviera sucio o fuera de lugar- ¿Esta todo muy desordenado?


-¡No, no! –exclamó al instante, negándole con la cabeza- Te juro que esta mucho más limpia que mi despacho pero ¡Es que me sorprende! Yo no vivo sin la tintorería, el lavavajillas, y la mucama que limpia mi casa todos los días por cuatro horas.


-Por eso te vas a convertir en un vago que no sabe hacer nada. Lo mejor es estar bien preparado para vivir solo, por eso siempre me enseñaron a hacer muchas cosas por mi cuenta. Como planchar, cocinar, limpiar… Y, aunque no supiera, no tengo otra opción porque vivo solo.


Eso sorprendió al empresario, que bebía jugo observando al niño con suma curiosidad y las orejas bien paraditas para no perderse nada. ¿Estaba solo de verdad? ¿O sea, que ahí, a esa casa, nunca llegarían sus papás del trabajo para preguntarle cómo le había ido en la escuela?


-¿Vives solo? O sea, ¿solo, solo, de verdad? –dijo y Ariel se preguntó si uno podía vivir solo de mentira.
-Sí, no hay nadie aquí más que mi hermano y ahora él está en el hospital. Vivo solo.


-Pero… pero, ¿qué hay de tus papás y tus abuelos?


Pudo ver cómo la expresión de Ariel cambiaba. Por un instante, ésta se turbó por algo que pudo definir como tristeza, pero se recupero tan rápido que no estaba seguro. Al instante, la comprensión y la condescendencia se hicieron notar en su cara, esbozando una débil sonrisa.


-Lo siento, –la voz del niño estaba cargada de arrepentimiento y pena- creí que Alex o Laura ya te lo habrían dicho. Estoy en esta ciudad porque mi mamá y mis abuelos fallecieron hace un tiempo y no tengo parientes cercanos que puedan cuidarme, mi madrina se encarga de mí ahora y ella me pagó esta casa. Soy huérfano.


Uno nunca se espera la verdad tan cruda en ninguna situación y Mad no fue la excepción, esa era una confesión que no se esperó en ningún momento y a la cual no sabía cómo reaccionar debidamente. Pese a su éxito, pese a su edad, Jean Claude no era un sabio de las psiquis humana y no tenía ni la más pálida idea de qué debía decirle. Todas esas palabras dichas tan naturalmente, le hicieron retroceder unos años atrás al día de la muerte de su único familiar además de su hermana: Su padre. Recordando lo vacío que se había sentido en esa ocasión, trató de figurarse cómo debía de sentirse el pequeño estando completamente solo en esa casa, con su único familiar en el hospital.


-Lo… -si quiera se sentía capaz de terminar la frase, que le costó tres intentos más el poder decirla- Lo siento mucho, Ariel. No lo sabía… y yo estaba preguntándote todas esas cosas sin pensar, de verdad lo lamento.


Si en algún momento de su vida tuvo ganas de tirarse debajo de un tren, ése se gano el premio por encima de todos los demás. O eso pensaba hasta que la mano de Ariel, tibia y pequeñita comparadas con las suyas, se posó sobre su mano derecha, apretándole de forma conciliadora. El niño le sonreía ¡Se veía tan grande con esa mirada! Mad se atrevió a posar su otra mano sobre la del pequeño, acariciándole el dorso con los dedos para consolarle y, de paso, comprobar lo suave que era su piel al tacto.


-No te disculpes, no sabías nada –y ahí estaba, no sólo actuaba como un adulto sino que se expresaba como tal. ¿Dónde estaban los catorce años? ¿En qué parte los tenía escondidos que nunca podía verlos?- No puedes disculparte por algo que desconocías, y a mi no me molesta. Al contrario, adoro hablar de mi familia, que me preguntes me hace sentir bien.


-¿En serio? ¿No te pone triste? –quiso saber, pues él había estado todo un año sin hablar de su padre luego de su muerte.


-Un poco, sí. –se atrevió a confesar Ariel, encogiéndose levemente de hombros- Pero es mejor hablar de ellos. Si nadie aparte de mí o mi hermano los recordara, cuando nosotros muramos no habrá nadie más que lo haga. Será como si nunca hubieran existido, por eso prefiero contarle a todo el que me lo pregunta… Pero Alex y Laura evitan decir nada respecto a ellos, creo que tienen miedo de que me deprima.


-¿Y no lo hace? –seguía acariciándole la mano, disfrutando de su apretón.


-No mucho. Me hace bien hablar un poco con alguien de los buenos viejos tiempos, aunque no todo en un solo día. Mamá solía decir que si uno no sabe de donde viene no puede saber adónde va, supongo que por eso estoy tan orgulloso de mi familia y mis raíces –e hizo un guiño para tranquilizar a Jean Claude. Él estaba tan nervioso que la sonrisa le salió torcida.


-Entonces… -carraspeó, y ahora pudo sonreír con más franqueza. Que el chico no estuviera deprimido estaba bien, pero algo le decía que en el fondo se sentía solo. Y quería hacer todo lo posible para que no fuera así- Si alguna vez necesitas alguien con quien hablar, no dudes en llamarme. ¿De acuerdo? Me encantaría hablar contigo, sin importar cuántas horas sean.


El menor le dejó oír su carcajada que fluía como una cascada de agua cristalina.


Permanecieron ahí sentados un rato hablando de diferentes cosas, algunas mundanas, otras no, y ambos se dieron cuenta de que gustaban de las películas antiguas, sentían cierto recelo por los libros de autoayuda y les gustaba caminar en silencio por lugares tranquilos. Aunque a Mad le encantaban los autos y Ariel prefería las motos, eso no evitaba que el pequeño tuviera su marca de auto predilecta. A Ariel le gustaban los juegos de vértigo, aunque padecía de claustrofobia –por eso no le gustaban los autos-, y Mad los detestaba porque le temía a las alturas, Mad prefería el calor y el menor el frío, pero a ambos les encantaba el otoño y la nieve. Así pasaron las horas hasta que se hizo más tarde de lo que ya era y, muy a pesar de los dos, ambos debían dormir para atender sus cosas al día siguiente.


-¿Seguro que no quieres quedarte a cenar? –dijo el menor, entregándole su saco a Jean Claude frente a la puerta- Tengo arroz ya hecho y traje carne de la carnicería ayer, puedo preparar rissotto de carne y mostaza, o cualquier condimento que quieras.


La verdad era que deseaba quedarse más que nada en el mundo, pero tenía una pila de formularios que ver y llenar antes de irse a dormir. Tuvo que repetirse aquel argumento en su mente un par de veces mientras se ponía el saco, para poder decírselo al jovencito sin sentirse culpable al ver su expresión decepcionada ni caer bajo el embrujo de sus ojitos.


-Me encantaría, mon cher, pero tengo mucho trabajo por hacer y tú tienes que ir a la escuela mañana. –miró un instante la casa. Ahora que se iba, el sitio se veía algo grande y solitario, demasiado peligroso para un pequeño solitario a esas horas de la noche. Perfecta para cualquier criminal desesperado, aunque la ventana tuviera rejas y la puerta cerrojo y pestillo- Cierra bien la puerta y las ventanas, no le abras a nadie. ¿Oui? Últimamente todo está muy peligroso.


-Quédate tranquilo, no le abro nunca a nadie –respondió Ariel tomando las llaves de su casa, haciéndole otro guiño que lo hizo reír- Me sé el número de la policía, el hospital, los bomberos, tu celular, el de Alex y el de Laura. Estaré bien.


-¡Per-fecto! –dividió la palabra en dos, como lo haría un adolescente, sintiéndose un poco más tranquilo pero… El gusanillo del miedo le picaneaba- ¿Tienes algo con qué anotar?


-Claro, aguarda un minuto –dirigiéndose a la mesita con el teléfono negro, tomó la agenda que se hallaba junto a este y se la entrego a Mad con lapicera y todo- Aquí tienes, ¿olvidaste algo?


-Una cosa –dijo, garabateando un número telefónico en una de las hojas antes de entregárselo- Toma, es el número de mi casa. No dudes en llamarme por cualquier cosa, aunque sea sólo para hablar. También puedes mandarme mensajes, así sé cómo estas.


-¿En serio? ¡Gracias! –hubiera podido dominar el mundo con el poder que le daba aquella sonrisa tan tierna.


-¿Para eso están los amigos, no? –le sonrió. Más sin embargo, Ariel miró medio segundo la hoja y luego anotó otra cosa, arrancando el papel en el que escribió para dárselo a Jean Claude y ponérselo en el bolsillo superior.


-Así es. Por eso, ahí tienes el número de mi casa. Tú también puedes llamarme cuando quieras, ¿d’accordo? Me encantaría que lo hicieras.


Únicamente después de jurarle que lo llamaría –y tras asegurarse de que el número de Ariel realmente estaba en su bolsillo y no lo había soñado- emprendió camino a su casa sintiéndose medio en el aire, feliz cual quinceañera enamorada que recibía el llamado de su primer noviecito y al mismo tiempo algo triste por el muchacho que ahora debía de estar cenando solo en esa casa. Tendría que haberse quedado con él. Si le hubiera dicho que sí, seguramente ahora no estaría tan solitario en el departamento, esperando a su hermanito menor. Mientras cruzaba las calles que lo llevarían a su casa, las cuales se sabía de memoria, permanecía ido en sus pensamientos ¿Cómo su hermana no le había dicho nada? ¿Por qué no se le ocurrió decirle nunca sobre la situación familiar de Ariel? Lo único que agradecía era no haberlo hecho enfardarse o llorar, porque ahí sí que se hubiera querido morir. También admiraba mucho la madurez del pequeño. En ningún momento dejó de sonreír y, pese a que tal vez el propio Ariel no lo sabía, siempre ponía una expresión risueña cuando hablaba de su familia y provocaba más deseos de preguntar en el mayor.


Él no podía hablar de su padre. Tampoco de su madre, porque no la recordaba. No sabía qué era lo que el resto del mundo conocía de sus padres ni de su familia en sí y, hasta ahora, nunca le había importado. Ahora sentía curiosidad.


“Si uno no sabe de dónde viene, no sabe adónde va” eso fue lo que dijo Ariel.


Apenas llegó a su casa –luego de guardar el auto en el garaje y ponerle el seguro- se echó en el sofá de su sala de estar y se quedó ahí mirando el techo. ¿Cómo demonios hacía para averiguar sobre su familia? Sintiendo como si el papel en el bolsillo de su pecho saltara, lo tomó y marcó el número en su celular rogando porque Ariel no estuviera dormido.


-¿Pronto qui parla? –se oyó la voz de Ariel del otro lado del tubo, acompañada por el sonido de la tele y el típico ruido de algo cocinándose. Mad se mordió el labio, imaginándose qué estarían cocinando esas lindas manos blanquitas.


-Ariel, soy Mad.


-¡Oh, Mad! –casi al instante el volumen de la tele bajó- Qué bueno que llamaste, estaba a punto de marcar tu número para ver si habías llegado bien a casa. ¿Pasa algo?


-Gracias, mon petit ange, eres todo un amor. Perdona que te llame a estas horas, pero tenía una consulta. ¿Eres un chico moderno, cierto?


-Lo soy y, no, no me molesta que me llames. Normalmente voy a dormir mucho más tarde.


-Eso no esta bien, Ariel. ¿Sabes? Te regañaría si no necesitara de tu consejo.


-Aguarda un segundo que tengo que servir el rissotto.
“¿Al final sí hizo rissotto?” pensó Mad, deseando haber comido algo. Él no tenía ganas de cocinar y si no había algo ya preparado en el refri, lo más probable era que pidiera algo por delivery.


-Ya, ¿me decías Mad?


-Quiero averiguar sobre una persona en particular, pero no sé cómo hacerlo. No soy muy dado para estas cosas, ¿sabes pequeño?


-Ohh… ¿Y sobre quién quieres averiguar?


-Un arquitecto famoso y su esposa. Es muy moderno, no creo que aparezca en los ficheros de la biblioteca.


-En ese caso, si tienes una computadora… Esto, ¿tienes una computadora, verdad?


-Casi ni la uso, pero sí la tengo. ¿Una laptop es lo mismo?
-Claro que sí. ¿Tiene Internet?


-Tampoco lo uso mucho, pero lo tengo.


-¿Para que lo tienes si no lo usas? Ah, ya quisiera yo tener todo ese dinero y no tener que languidecer cada que pago la línea –oyó el suspiro irritado del joven, no pudiendo evitar el imaginárselo enojado. Apostaba a que se veía adorable- Okay, toma la laptop y conéctate a Internet. Puedes Googlearlo desde ahí.


Jean Claude frunció la frente, pidiéndole que esperara mientras iba al despacho y se sentaba allí frente a la computadora que sólo usaba para enviar y recibir e-mails o imprimir archivos recibidos. Cada tanto usaba el Messenger o el Word para sus trabajos, pero la mayoría de las cosas las hacía por los medios clásicos, como su padre le enseñó.


-¿Googlearlo? –Preguntó, al instante de prender el aparato que estaba junto al fax y conectarse a Internet- ¿Cómo hago eso?


-¿Tienes Firefox o Internet Explorer, verdad? Si tienes Firefox, usa ése. Suele ser más rápido –y, suponiendo que Mad no sabía cómo usarlo, agregó- Tienes que clickearlo dos veces con el botón derecho del Mouse.


-O-okay –hizo lo que le pedía, viendo cómo la página se abría enseguida mostrando el famoso “Google”

-¿Ahora qué?


-¿Te apareció el buscador? –Mad asintió- Pues, pon el nombre de la persona que buscas en el buscador y luego das clic al botón de “Buscar en la Web”. Y ahí te aparecen las diferentes páginas web con la información que pides, recuerda que para que se vean tienes que clickear los vínculos dos veces.


-Okay, lo tengo. Muchas gracias, Ariel, eres un sol.
-Ni ende, Mad. No quiero ser malo pero, ¿de verdad no sabías cómo usar Internet?


-La verdad, no. Sólo uso la casilla de correo y el Messenger cada tanto, el resto de los programas que manejo son sólo los de Office.


El ruido que sonó en su oreja a través del tubo le indicó que Ariel estaba aguantándose la risa.
-Puedes reírte de mí si quieres, Ariel –al instante, esa carcajada que tanto le gustaba lleno su oído. No le importaba que estuviera riéndose de él.


-¿Lo dices en serio? ¿No sabes?


-Nop. Virgen y muy orgulloso de serlo.


-Eso es algo que de verdad no puedo creerte, Mad. Te aprecio mucho, pero todo tiene su límite.


-¡Epa! Yo estaba hablando de Internet, ¿qué andabas pensando, pequeño travieso? –no supo de dónde sacó valor para hacer esa clase de bromas, por un instante pensó que Ariel lo tomaría a mal, pero el otro simplemente se rió.


-Absolutamente nada de nada. Oye, si quieres yo puedo enseñarte a usar la computadora. Es un verdadero desperdicio que la tengas y no la utilices, en verdad.


Pegó un salto, pero para sus adentros, no fuera cosa que Ariel se diera cuenta de lo feliz que estaba. Tenía una excusa para verlo más seguido, no sólo en el trabajo, y de paso aprendía a usar la computadora. ¡Dos pájaros de un solo tiro! No obstante, fingió que lo pensaba un instante, escuchando el ruido de cajones y puertas abrirse y cerrarse del otro lado del aparato, sumado al sonido de cubiertos y el de una silla correrse. Mañana convendría pagar una factura tremenda por esa llamada y recargar el crédito del celular, pero no le importaba mucho.


-Hum… -rumió, escuchando cómo Ariel llenaba un vaso con líquido- Esta bien, sería genial. Pero áselo saber a tu madrina y a Alex, no sea cosa que piensen que andas con un loco.


-Tú estas loco, Mad.


-Eso no es nada nuevo, querido. Te agradezco por todo. ¿Qué te parece si otro día arreglamos las clases particulares de informática, vale?


-Vale. Por cierto, ¿dijiste que tienes Messenger, no?


-Aja, ¿por?


-¿Te gustaría agregarme? Lo tengo, pero no hablo con mucha gente salvo algunos conocidos de Niscemi o chicos que conocí por foros. Me gustaría tenerte agregado y poder chatear contigo, siempre que quieras.


-Por supuesto –no lo dudó ni un instante- ¿Cuál es tu correo?


-Promete que no te reirás cuando lo diga –lo prometió, y entonces Ariel suspiró, diciéndole- arielangel_jewerly@mail.com.


-Es bonito, te sienta bien. “Jewerly” es por las joyas.


-Sí. Me conecto todos los días a las siete, cuando vuelvo del trabajo, los viernes y sábados me conecto a partir de las diez de la noche y me quedo hasta tarde. Cualquier cosa, si quieres chatear conmigo puedes mandarme un mensaje primero.


-¿Para qué chatear si puedo hablarte por teléfono? –de nuevo, Ariel se rió de él.


-Cuando comiences a hacerlo vas a entenderlo. ¿Es todo lo que necesitabas?


-Oui. Muchas gracias, Ariel.


-De nada, espero haberte ayudado. Nos vemos, Mad. Bonna notte.


-Buenas noches, que duermas bien.


-Ciao. Ci vediamo presto.


Apenas Ariel colgó, lo primero que hizo fue agregarlo al Msn y después regresó a la página de Google donde clickeó los nombres que buscaba: Julian Labadie y Angelina McGregor.


No fue a dormir hasta terminar de leerse las primeras quince páginas.



Link del capítulo siguiente.


Safe Creative #0908214261654

3 comentarios:

Carrie H dijo...

Hola Mavya!! waaa me encanto cuarto oscuro, es una historia fantastica y me parece que vos sos genial escribiendo! duu casi lloro por k pense que no la ibas a continuar. En realidad donde te sigo es en amor yaoi. Estoy muy feliz de que la continuaras. Espero que actualizes nuevamente, me intriga saber lo que pasara con Mad y Ariel!!! saludos ^_^

Cristy dijo...

Quizas ni te acuerdes de mi, fui una de las tantas que te dejaron un post en Amor yaoi y que al saber que te divorciabas de no se quien para seguir el fuc por tu cuenta/pense/vaya, lo va a seguir. En verdad que no me esperaba que fuese tan tarde y de una forma un tanto modificada que al principio no capte pero ya le cogi el hilo.

Me gusta la trama, es refrescante/no porque uno de esos sea casi un pederasta/sino porque se sale de los patrones de amor a primera vista y felicidad eterna y sin complicasiones/vamos, eso solo se ve en novelas porque hasta las peliculas contienen su grado de amarga realidad/solo dire que me gusta como escribes.

Sayonara.

Brian dijo...

Hey!

Me gusta tu historia, Ariel es una monada... y Mad también me cae bien, me muero de ganas por saber como vas a resolver el pequeño problemilla de la edad jejeje. Por cierto, no encontré el capítulo 2 en tu blog, así que pasé directamente al 3... (la curiosidad, que es muy mala). No sé si me he perdido mucho...

En cuanto a tu comentario, jajajajaja, vaya, gracias, lo escribí porque necesitaba vivirlo otra vez, los buenos polvos es lo que tienen... Pero yo, ¿escribir una historia sobre mí? Venga ya... suena como muy prepotente/pedante, jejeje. Pero me hizo mucha gracia tu comentario, y la verdad es que alegro de que mis vivencias surrealistas te entretengan.

Que todo te vaya bien!

P.D. Lo que daría por estar en Argentina justo ahora... porque estáis en invierno, ¿no?

I Love... (My stamps)


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