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martes, 9 de junio de 2009

Mis relatos homoeróticos: "Cuarto Oscuro" Capítulos Uno y Dos


Estamos invitados a tomar el té.


Ariel despertó luego de haber tenido ese horrible sueño otra vez. El eco de su grito, segundos antes de despertar, aún resonaba entre las paredes de su pequeña y solitaria habitación, en su pequeño y solitario apartamento. Angelo no ya estaba allí, para acudir a su cuarto a consolarle cuando le escuchaba gritar.


Pero Angelo no estaba, debía de hallarse en la cama del hospital con una intravenosa clavada en su brazo, agotado por la quimioterapia.

Suspirando, se sentó sobre su cama y se acarició la cabeza. Estaba empapado en sudor, todavía sentía el corazón golpearle contra el pecho de tal forma que hasta le dolía y hubiera ido a un médico de no estar acostumbrado. Al fijarse en el reloj, se dio cuenta de que eran las seis de la mañana y se maldijo por tener esos sueños detestables que lo atacaban casi todas las noches, y lo peor no era soñar, sino tener memoria fotográfica y recordar cada pulgada del maldito sueño: Veía cómo se llevaban a Angelo sin poder hacer nada para evitarlo, luego de golpe se encontraba en un espacio vacío y negro.

Y en ese espacio donde solamente escuchaba el eco de su voz, toda esa profundidad comenzaba a tragárselo.

Mientras se daba la primer ducha del día se puso a pensar en porqué tenía ese sueño. Comenzó a pasarle cuando Angelo entró al hospital, por razones obvias, y eso explicaba la primer parte del sueño pero, ¿por qué la oscuridad se lo tragaba luego? ¿Era acaso una advertencia? Le hubiera gustado que su abuela o su madre estuvieran allí con él, ellas hubieran podido decirle que significaba el sueño, pues siempre habían sido buenas para esas cosas y recordaba lo mucho que la gente de su pueblo respetaba cada una de sus palabras, aunque ellas fueran medio extranjeras.

Tras salir de la ducha no pudo evitar hacer lo de siempre y mirarse al espejo. La verdad que la madre naturaleza podría haber sido más justa, en vez de darle ese aspecto tan raro y esos genes anormales que formaban su pequeño cuerpo. Lo único que le gustaba era haber nacido muy alto y con los rasgos de la familia de su madre, pero el resto, la verdad, que podrían habérselo ahorrado. Su piel, tan blanca que pasaba por albina y le hacía daño el sol, era como la de un bebé de cuatro meses ¿Por qué? Simple, toda la familia por parte del abuelo materno, el querido y difunto Nonno, sufrieron de falta de pigmentación en la piel y por eso a todos les salían manchas albinas que se ponían rojas bajo el sol o les coloreaba el pelo del cuerpo poniéndolo blanco. Gracias al cielo, ni Angelo ni él mismo heredaron eso.

. “O es posible que toda mi piel este manchada desde que nací” Se preguntó Ariel. “Bah, eso no es posible” Si así fuera, su cabello, sus cejas, y el poco vello púbico que tenía debería ser blanco o tener manchar blancas, aunque él no tenía mucho pelo en cualquier otra parte de su cuerpo que no fuera la cabeza, cosa número uno que lo distinguía de los chicos "normales".

Ariel era alto y delgado, mucho a pesar de que comía por tres. Todo su cuerpo estaba recubierto de piel suave y tersa, como si fuera una chica, sin rastro alguno de tener pelo como los varones. Sus piernas, demasiado largas, eran torneadas y delicadas al igual que sus brazos. Cinturita estrecha, de avispa, y rasgos bastante femeninos, a los ojos de cualquiera pasaba por una chica sin desarrollar del todo, tanto que Ariel estaba convencido que sólo le faltaba tener unos pechos para poder vivir cómodamente complaciendo a los hombres por la zona roja.

Maledeta sea” gruñía para sus adentros cada vez que contemplaba su cara. Y cómo no iba a maldecirse, si parecía una mujer. “La puta naturaleza tuvo que hacerme así, más raro imposible”, se decía una y otra vez.

Su rostro con formita de corazón, llamaba la atención y no le costaba saber por qué: era muy afeminado, sus largas pestañas, negras cual carbón podían robarle el aliento a cualquiera. Pero eso era nada comparado con sus ojos: eran muy grandes, de un azul muy profundo, más oscuro que el de su madre pero no tanto como el de su abuela. Por alguna razón no podía mirar fijamente al reflejo de sus ojos en el espejo por mucho tiempo, porque le embargaba una sensación extraña. Quizás eran imaginaciones suyas.

Tenía una nariz respingona y chiquita, labios carnosos y rosados. Así no era de extrañar que medio mundo lo confundiera con una mujer, todo por un problema genético que no se detectó al nacer. XXY. Ésas letras le perseguían constantemente, la naturaleza, la genética de su cuerpo estaba marcada con esa cifra desde el momento en que se formaron los cromosomas. Otra vez, más raro imposible.

O más gay, así decían sus compañeros del colegio. Si no fuera porque debía pagar para dar los exámenes antes de tiempo hubiera adelantado varios cursos, sabía bien que podía hacerlo gracias a su memoria fotográfica y su inteligencia bien desarrollada, pero no tenía el dinero suficiente como para solventar los gastos. Bastante tenía ya con los impuestos, la cuota de la escuela, la comida, y pagar aunque sea una parte de la hospitalización de Angelo, pese a que su madrina se había negado rotundamente, comprendía que ella no quisiera que él pagara, pero bastante tenía ella con pagarle el alquiler del departamento y haberle permitido mudarse desde Niscemi hasta aquí para tener que gastar su dinero en Angelo.

Él era responsabilidad suya, de nadie más. Era él quien debía ayudarlo y lo haría mientras pudiera, antes que "ellos" se lo arrancaran de las manos.

Puso la tetera a hervir, recordando que su abuela le había dicho que parecía un señorito inglés. Tenía afición por el té, lo tomaba siempre que podía y cada vez que iba a la tienda compraba una caja nueva. Un cuarto de la alacena estaba ocupado con distintas marcas de té en diferentes presentaciones y sabores, incluyendo el de hebras. Era el único sonido en su casa, además del tic-tac del reloj, el ruido líquido de la leche caer contra el cuenco de cereales y del tostador calentando el pan, lo único que le hacía pensar que esa casa no era una tumba o que él no estaba muerto. Angelo no estaba ahí para llenar el hueco con sus pláticas y Ariel no podía hablar consigo mismo.

Decidió prender la radio en su estación predilecta. La M590 hablaba mucho de política pero tenía sketches interesantes de humor inteligente, a excepción de los programas deportivos. La R&R también era buena y además pasaba música entretenida, sumado a más dosis de humor. Se había levantado lo suficientemente temprano para escuchar las noticias mientras masticaba su tostada con manteca y escuchó todos sus shows preferidos, desde "La siesta Inolvidable" hasta "La cuarta pata", "El submundo" e "Indomables del espectáculo", tanto humor ácido le impidió comerse los cereales por un buen rato porque se reía sin parar.

Siguió matando el tiempo de diferentes maneras, ¿es que los relojes confabulaban en su contra y funcionaban más lento de lo normal? Tuvo que leerse todos sus manuales por trigésimo novena vez, leyó "La tercera palabra" por quinta vez, y acomodó todo en la casa. Cuando prendió la tele e hizo algo de zapping, se convenció de que durante las mañanas la televisión era una mierda y decidió que lo mejor para mantener su salud mental era ir temprano a la escuela y enterrarse en la biblioteca. Era una de las ventajas de ser el delegado de la clase.



Al otro lado de la ciudad Mad sufría el mismo problema, se había acostado tan temprano y tuvo un sueño tan estrafalario, que eran las ocho de la mañana y maldición, no tuvo más ocurrencia que despertarse. Bueno, nadie iba a culparlo por despertarse de un sueño. ¡Y qué sueño! ¿A quién carajo se le ocurría soñar con esos hermosos ojos azules que no veía desde hacía tres días? En especial mezclando vestidos con encajes a lo gothic lolita, medias de lycra, lencería y...

"Jean Claude, basta", se reprendió a sí mismo, lavándose la cara para poder alejar esos pensamientos tan turbios. "No eres un pederasta, por todos los cielos".

Ya era la tercera vez que soñaba algo así desde que lo había visto. Si seguía así, tal vez terminara cometiendo alguna locura pero, por extrañas fuerzas de la naturaleza, no dejaba de pensar en él, pese a que sólo se sabía su nombre y su edad. Su edad era el gran dilema, ¿cómo podía ser tan degenerado de soñar con un niño vestido de esa forma tan... tan...? Se limpió la baba.

Una ducha bien fría y un café fuerte era lo que necesitaba para despejarse la cabeza y luego saldría a caminar por el centro. Abandonar la casa y respirar aire fresco mientras dejaba atrás las copias de todas las fotos del niño de ojos azules o de su hada como a él le gustaba llamarle, le ayudaría a recobrar la compostura. Estaba bien que le gustaran los hombres, de hecho, siempre fantaseó con acostarse con un modelo, pensaba mientras se metía en la tina llena de agua medio tibia, medio fría, y lo hizo en un par de ocasiones, claro está. Pero un chiquillo era algo diferente, ni siquiera cumplía la edad suficiente como para que sus decisiones sean tomadas por consensuales en un juzgado, o sea, no llegaba ni a los diecisiete.

Tomó la esponja naranja, esa que tenía unas protuberancias que supuestamente ayudaban a la piel y la relajación, y la frotó contra el jabón rojo de glicerina antes de pasársela por el cuerpo. Era muy meticuloso en el aseo. Mientras tallaba cada pulgada de su cuerpo calculaba cuánto tiempo pasaría hasta que Ariel cumpliera los diecisiete, edad en la que las decisiones de un menor de edad eran tomadas como consensuales, ya que si un joven mantenía relaciones con un adulto siendo menor de dieciséis o diecisiete, incluso aunque fuera por voluntad propia, se consideraba violación. No le llevó mucho tiempo saber que serían tres o cuatro años.

Años. Doce meses por cada uno. ¿Porqué demonios calculaba algo así? El niño le gustaba y le caía simpático, eso era todo. Trataba de convencerse a sí mismo de todo eso mientras se enjuagaba el shampoo de cítricos y se pasaba el acondicionador, debía de ser alguna tontería por la cual soñaba con Ariel. Tal vez su inconciente trataba de decirle que había hallado a su musa inspiradora, porque todos los artistas tienen su musa inspiradora, ¿sería Ariel la suya?

“Sí, claro”, dijo el Mad interno, su Doppelganger como él lo llamaba, que aparecía de nuevo con sus verdades. “Ningún artista sueña con su musa usando un conjunto negro de lencería erótica o vestidos con volados”

—Ya cállate, maldita sea. Eso no es cierto.

“Soñaste eso”.


—Debe ser el estrés. He estado pensando en muchas cosas últimamente.

“Sí, en él”.

—No, en los trabajos como fotógrafo. Guarda silencio, intento ducharme. Sabes que quizás no le volvamos a ver.

“Mientes”, replicó su otro yo, dentro del oscuro y hondo espacio en su cabeza donde su voz hacía eco y sólo una silla donde se sentaba de piernas cruzadas le acompañaba. “Trabaja para tu hermana, sabes perfectamente que volverás a verlo. Alexandre te llama a ti cada vez que realiza fotos”.

—Es Alexandra, imbécil —bufó, quitándose el acondicionador del pelo mientras se echaba un poco hacia atrás, apoyándose en el frió respaldo de mármol de la bañera.—¿Qué si lo vuelvo a ver? Seré amable con él y volveré tranquilo a casa. De seguro se me pase el interés cuando lo vea, es sólo un niño.

“Deja ya de mentir, que sea un niño no es impedimento para que te guste. Ni él ni nadie deben enterarse. ¿Te doy un ejemplo de que mientes? Tiemblas cuando recuerdas su acento”.


Jean Claude pestañeo varias veces ¿Eso hacía?

Ah, no te esperabas eso ¿verdad? D'accordo Mad, el Mad interno imitó a la perfección las palabras de Ariel y, tal cual, Mad tembló de pies a cabeza como si el cuerpo no le perteneciera.

—Me cago en la...

“¿Lo ves?”

—Eso no significa nada.

“¿Y los sueños?”.

Bueno, eso ya era otra cosa. Bien podía controlarse a sí mismo, negarle al doppelganger una y otra vez las cosas o convencerse, pero nada podía hacer contra los sueños que venía teniendo desde el día en que le vio. Recordó a la perfección que esa noche se durmió mirando la foto que le había sacado junto al alféizar de la ventana y que había hecho copias de todas las tomas que le había hecho. Esa vez soñó con que el muchachito se le aparecía del otro lado del sofá usando una de sus camisas.

Y solamente la camisa.

No recordaba bien haber visto el cuerpo de Ariel, la camisa era demasiado grande y holgada para eso, pero en medio del sueño y mientras el chico se acercaba a él a gatas, mirándole fijamente, no podía evitar fantasear con la idea de arrancársela con los dientes. El niño se le acercaba hasta estar sobre él a cuatro patas, agachando lentamente la cabeza con una sonrisa tímida ( pobrecito, le daba pena) y rozaba su boca con los labios; ahí comenzaba la locura de esos sueños en los que se imaginaba recorriendo con sus manos aquel cuerpito ajeno, sacándole jadeos y expresiones sumamente excitantes.

Antes de recordarse a sí mismo que lo que pensaba no estaba bien, se dio cuenta de que tenía un pequeño problema entre las piernas.

—¡Pero la puta! —se indignó, saliendo del agua para cerciorarse de que estaba "así"—. ¿Y ahora que hago yo con esto?

“Mira qué pregunta tan estúpida ¡Sabes perfectamente qué hay que hacer!”.


—No, no lo haré. No lo haré y es mi última palabra.

Díselo a tu mano, me parece que no se ha enterado”.

En efecto, su mano derecha estaba acariciándole el interior de los muslos. Jadeó solo de sentir los leves roces cerca de su entrepierna. "Carajo", pensaba mientras se rendía a su propia calentura, y no tardó en tocar aquel macizo de carne dura, caliente, en toda su extensión. Hacía tiempo que no se excitaba así por nadie. Empezó primero a acariciarse con las yemas de los dedos, maravillándose con su dureza, luego la apretó entre sus dedos y comenzó a mover la mano de arriba a abajo; el agua chapoteaba, salpicándolo todo, y escuchaba perfectamente el sonido de la piel cada que subía y bajaba. Cerró los ojos, se sentía tan bien... se concentró en las adorables imágenes de su cabeza que pasaban rápidamente, apretándose más duro.

Ariel... Ariel, mnhg...

Siguió apretando, jalando, sin dejar de imaginar escenas y colores, sonidos provenientes de los labios carnosos que recordaba, pero nunca había tocado, hasta correrse en su propia mano manchando el agua clara de la tina. Tuvo que darse unos minutos para reponerse del calentón antes de lograr salir de la tina y limpiar la bañera con expresión culpable.

“¿Seguirás mintiendo después de esto?”.


—No significa nada, ¿oíste? Sal ya de mi cabeza.

“Soy parte de ti, no puedo irme. Y además, ahora sí que estás mintiendo”.


Menos mal que no tenía un arma de fuego o se pegaría un tiro sólo para callar esa maldita voz que nunca lo abandonaba. Dar vueltas en la casa no iba a solucionar nada, no estaba de ánimo para revisar "El Paquete", lugar donde guardaba todos sus futuros proyectos arquitectónicos o los que estaban sin terminar, y tampoco tenía muchos lugares a donde ir. Se vistió con unos típicos jeans gastados y una playera negra mientras pensaba qué demonios podía hacer. Después de mucho pensarlo, decidió jugar con la suerte e ir a ver a su hermana.


Y en la escuela, donde Ariel era torturado con lecciones de Trigonometría, decidió hacer exactamente lo mismo, pues estaba demasiado solitario en aquel departamento vacío y su madrina no estaba en casa. ¿Qué mejor lugar donde pasar algunas horas que la tienda de Alex? Tal vez ella o Laura se apiadaran del pobre niño huérfano y les dejara ir a su casa sólo para hacerles compañía.

No le venia nada mal en realidad, estar en su casa vacía le provocaba un hueco en el centro de su pecho y le cerraba la garganta cada vez que quería respirar. Por eso, cuando sonó el bendito timbre que indicaba el final de la jornada de clases, el cual era un sonido de esperanza para él, huyó a toda máquina al depósito de bicicletas para no ser víctima de alguna broma pesada por parte de los chicos, y las chicas que no se quedaban atrás, tomo su pequeña bicicleta roja e inmediatamente comenzó a andar a toda máquina. Tuvo que esquivar bolas de papel y tapas de bolígrafos mientras huía de los lindes de la escuela, rehusándose a mirar atrás hasta llegar a sitio seguro.

No tardó mucho en llegar, se sabía de memoria todos los atajos hasta Alchemy por lo que no le costaba más de veinte minutos llegar y menos si iba a toda velocidad, pero luego de huir de la escuela aligeró el ritmo. La verdad es que pensaba bien si aparecer de golpe o avisarle por el celular, Alex nunca se quejaba pero quizás era una molestia y por el otro lado ella bien sabía como se sentía. Supuso que podía preguntarle si le dejaba quedarse, caso contrario se volvería a la casa. Al llegar dejó la bicicleta en la calle, asegurándola bien aunque de todas formas allí no solían haber robos, ingresó a la tienda saludando a las dependientas y subió las escaleritas marrones que le separaban del atelier. Obviamente, primero revisó que su ropa estuviera bien o a la modista le daría un ataque y asintió contento de que sus desmontables negros combinaran con los zapatos y la playera verde.

Toc-toc.

No hubo respuesta pero tampoco la necesitaba, Ariel ingresó al atelier encontrándose con una ocupada Alex que cosía y descosía un vestido muy sobrio, Laura ensimismada haciendo llamadas y a Mad sentado en la mesa mirándole.

Un Momento, ¿que? Pestañeó un par de veces y se acercó a los tres en silencio, porque sí, Mad estaba ahí, les dedicó una tierna sonrisa y dejó la mochila en la silla donde el fotógrafo no apoyaba los pies. A Mad esa sonrisa le cayó como el golpe de gracia luego de verlo ahí, de pie, frente al atelier de su hermana. Es decir, sabía que había posibilidades de encontrarse con él pero, ¿justo ese día? Enrojecieron sus mejillas de recordar los sucesos del baño e intentó corresponderle la sonrisa aunque le salió desviada.

"Mon Dieu, ¿Es que los dioses están en mi contra?".

“Te lo dije”.

Ariel se sentó y sacó de su mochila un estuche y hojas artísticas para dibujar, a la vez que le preguntaba a Laura "no-suelto-el-teléfono-ni-por-casualidad" si podía quedarse. Ella miró a Alex, quien deliberaba si agregarle mangas o no al vestido y tardó diez minutos en decir: "Claro que puedes, querido". Mad se dedicó a observar los movimientos que hacían esas manos suaves cual terciopelo, admirando la forma en que tomaba el estuche y lo abría, esa manera en que movía las manos al hablar y el movimiento de su cabello cuando se agachó para dejar la mochila en el piso. No podía ser tan lindo, era inhumano.

Escuchó vagamente la conversación entre Ariel y las dos mujeres, sin dejar de taladrarle con la mirada para poder memorizarse cada gesto e intentaba plasmarlo mentalmente en una fotografía.

—¿... sión de fotos hoy, Mad?

—¿Perdón?

Se le había quedado mirando y cuando el chico le habló terminó por perderse la mitad de lo que le dijo. "¡Joder!" Pero Ariel repitió educadamente palabra por palabra, sin mosquearse por la cara de tonto de Mad, a la vez que jugaba con uno de los tantos mechones de su cabello negro.

—Si has tenido una sesión de fotos hoy. ¿O viniste de visita?

—Lo segundo —esta vez pudo sonreírle como correspondía, pues un hada se merecía una sonrisa de verdad—. Estaba muy aburrido y decidí ver que tal estaban las cosas por aquí.

—Entiendo —dijo, y parecía entenderlo de verdad—. Estamos iguales, yo vine por la misma razón. Y además quería saber cómo quedaron las fotos.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ignorar la mirada de pena que le dirigieron las mujeres. Les agradecía de corazón su preocupación pero él estaba bien. Solo, pero bien. Las miradas de pena no servían de ayuda. Decidió concentrarse en otra cosa como la cámara que Mad llevaba cerca y que antes no había notado, mientras las dos mujeres se concentraban en su tarea. Ariel no necesitaba que le prestaran atención, podía permanecer ahí quieto y en silencio por horas sin que le dirigieran la palabra, cosa que ellas ya sabían, y supuso que en cierta forma les agradaba. Le bastaba con sentir la presencia de otros seres humanos para sentirse feliz.

Mad notó el escrutinio hacia su pequeño aparato, que le acompañaba a todas partes, además del remolino que se gestaba debajo de esos ojazos azules. Unos ojos tan profundos que parecían no tener fondo, cual pozos de agua turbia y quiso conocer todos sus secretos. Dios, qué locuras que estaba pensando.

—¿Siempre la llevas contigo? —le dijo el niño, lo que le obligó a tomar el aire que había retenido mientras miraba sus ojos y responderle.

—Sí, porque siempre hay algo que fotografiar.

—¿Cómo qué? ¿Un paisaje, una pareja, niños jugando?

—Todo. Una mujer leyendo en el banco de una plaza, una pareja de ancianos, las hojas cayendo de los árboles…¿Nunca has visto una escena así, que te hace ver cierta luz dentro de lo que fotografías? El brillo inexplicable que esta ahí, que te da paz, tanto que quieres plasmarlo de alguna manera.

El modelo se le quedó mirando por unos minutos, esbozando una sonrisa comprensiva. Claro que entendía, a él le pasaba lo mismo. Abrió su block de hojas y pasó las páginas hasta hallar la que buscaba y se la mostró al mayor, sonriendo en todo momento.

—¿Algo así?

El fotógrafo tomo el cuaderno, acercándoselo a la cara. No podía ser verdad. Miró fijamente la hoja blanca interrumpida con líneas negras de carbonilla, allí frente a él se encontraba un dibujo precioso de una joven mujer con anteojos, rodete y traje, bastante bonita, con una expresión risueña mientras escribía algo en papel. La verdad es que era una imagen muy linda, bastante... luminosa, era la palabra más exacta. Una de esas escenas que a él le hubiera gustado fotografiar.

—Es precioso. Tú ... —su voz flaqueó y tuvo que aclararse la garganta—, ¿tú lo hiciste?

—Sí. Me gusta mucho dibujar, sé que no es como sacar fotos pero...

—No, no. Está perfecto. Es justo lo que estaba tratando de decir —fue pasando página por página descubriendo dibujos igual de preciosos e interesantes. Muchos de ellos eran medallones, anillos, diseños de variadas joyas que se le antojaban encantadores. No sólo porque le agradaba el chico, sino que de verdad eran muy buenos. Este era el diseño de alguien que sabía moldear metal y tenía ojo artístico para ello—. Estos diseños son hermosos, ¿Como se te ocurrieron? Oh, ¿sabes? Yo también dibujo. Y debo decirte que los tuyos son mejores que los míos.

El jovencito le dedicó una enorme sonrisa tintineante y una risita tierna que lo ruborizó.

—¡No es para tanto!

Mad nunca creyó que podría alegrarse tanto de que esas otras dos estuvieran tan ocupadas en su propio mundo. Simplemente era demasiado perfecto, pudo sentarse junto al chico, que le mostraba cada uno de sus dibujos y le explicaba cómo o porqué los había hecho. Le contaba de la técnica que usaba, que llevaba ese cuaderno y el estuche con carbonilla a todos lados, y él escuchaba su voz melodiosa que fluía como miel tibia, maravillándose de lo asexuada que era. Observaba cada uno de sus gestos, pues Ariel movía mucho las manos al hablar, saboreaba el acento tan tierno de su voz y se estremecía con cada "D'accordo" o "E questo è ...". No pudo evitar inclinarse un poco cuando él le mostraba los bocetos de un anillo de diamantes y aspirar el perfume de las hebras negras tan largas que caían sobre su brazo.

"Manzanilla... Huele a manzanilla".

—¿Por qué dibujas tantas joyas?

—Quiero ser joyero. Mi abuelo era herrero y me enseñó todo lo que había que saber sobre el metal y como moldearlo. Él era muy respetado en su campo, el mejor del pueblo —al hablar, sus ojos brillaban de orgullo. Se notaba que, a diferencia de la mayoría de los chicos de su edad, él tenía un gran respeto por los adultos y por su familia, a la cual parecía venerar y admirar. A Mad le asombró que aún hubiera chicos como él en el mundo y estaba convencido de que no podía haber nacido y crecido en esa ciudad—. Mi abuelo fue el séptimo de la camada de herreros que trajo al mundo mi familia —decía Ariel con orgullo, rememorando a su abuelo con una sonrisa. Siempre había sido un hombre dulce y tierno, severo cuando debía, muy responsable y muy profundo, a su manera campesina—. Aunque no terminó sus estudios era a su manera alguien muy sabio. Me enseñó muchas cosas sobre la profesión familiar para que las aplicara o se las enseñara a Angelo, pero como yo no tengo fuerza para ser herrero, decidí aplicar sus conocimientos en joyas. Un día simplemente apareció un diseño en mi cabeza y comencé a dibujar. ¿No es increíble?

—Sí que lo es, eres muy joven y ya tienes tantos diseños. Estoy seguro —le dijo en voz baja, sonriéndole—. Que serás el mejor joyero —el modelo le devolvió la sonrisa—. ¿Quién es Angelo?

Esa pregunta hizo explotar la pequeña burbuja de alegría distractora en la que se había sumido el chico, sacándolo a patadas del mundo privado que se había creado al hablar con Mad sobre temas profundos alejados a las fibras sensibles de su alma. Tuvo que pestañear varias veces y hacer un esfuerzo por activar su memoria fotográfica, recordando así su vida dentro de las puertas de la casa junto con lo que debía responder.

—Mi hermanito menor.

Eso ya despertaba la curiosidad del fotógrafo. Y como Alex y Laura estaban en su mundo, pues a preguntar se ha dicho.

—Oh, ¿tienes muchos hermanos? ¿Se parecen a ti?

—N-no... —balbuceaba, haciendo esfuerzos por no demostrar ni decir nada. Buscó entre los rincones de la mochila su celular y se lo mostró. De fondo de pantalla había una foto suya con un niño igual que él pero más regordete y de piel más oscura. Este niño, a diferencia de su hermano mayor, tenía sus rasgos masculinos y extranjeros muy bien definidos, cualquiera hubiera dudado de su parecido de no ser por el color idéntico de su pelo y ojos—. Es él, es mi hermanito pequeño.

Mad sonrió al ver la foto.

—Es muy tierno, se le nota que es italiano —rió, tomando la foto luego de pedirle permiso para poder mirarla más de cerca—. Se ven encantadores juntos. Aww, yo siempre quise tener un hermano menor y en lugar de eso me tocó esto de hermana mayor.

—¡Ya te oí, Mad! —el gritó de Alex los tomó por sorpresa, además de dejarlos sordos por varios minutos, claro, y luego los hizo reírse a carcajada limpia por un buen rato.

—Dios, ten, toma tu celular. Tu hermano Ángelo es adorable.

Ariel sonrió.

—No se pronuncia así. Es An-iie-llo, sin acento ni nada, es italiano.

—Oh... De acuerdo, Angelo —esta vez lo había pronunciado como correspondía—. ¿Y tu nombre es muy popular en tu país?

—No, mi nombre no existe allí. Mi madre era mestiza, mitad inglesa mitad italiana, así que fue la primera y la única en llamar "Ariel" a un niño. Como si ya no tuvieran bastantes motivos para mirarme raro, ¿no crees?

A Mad se le había antojado un nombre precioso, pero supuso que, si apareciera frente a él alguien con un nombre que jamás había escuchado, quizás reaccionaria igual. No si ese alguien fuese Ariel, claro, si fuera él podía darle su nombre sin que se ofendiera.

“Su nombre, su dirección, el teléfono de su casa, su ropa, y más cosas prohibidas para menores de 18, ¿verdad Mad?”.

Si algún día no lograba callar a esa voz, se pegaría un tiro en la sien. Pero por otra parte, tenía más oportunidades de preguntar y obtener información primordial.

—No me lo puedo creer, ¿entonces de dónde eres? Ya sé que de Italia pero, ¿De qué parte?

—De Niscemi, en el campo —respondió sin ver nada de malo en ello y Mad rodó los ojos. Eso explicaba todo—. Es un pequeño pueblo de Sicilia. La isla que esta en la punta de la bota.

—Muy distinto a esta ciudad, ¿cómo te acostumbraste?

“Debo admitirlo... No estás resultando tan obvio como me esperaba, Mad”.

“¡Que te calles, maldición!”.

—Bueno, io non sono ancora completamente abituato. Quiero decir, aún no me habitúo, estoy aquí desde hace un año ya, y aún me cuesta hacerme entender o mezclo las palabras. Pero mamá me enseñó español y estudié mucho para poder manejarme bien con el idioma.

—Y con tu memoria fotográfica debe ser más sencillo —el niño rió por lo bajo y Mad sonrió gustoso.

Se pasaron la tarde hablando de distintas cosas: libros, política, las costumbres de Niscemi, los distintos lugares de la ciudad que ambos conocían y desconocían. Ariel le preguntó sobre su trabajo como fotógrafo y también como arquitecto, porque Alex le había contado cosas sobre él, a lo que Jean Claude respondió con sus vivencias, sus emociones, hablando más de una hora él solo, con el pequeño escuchándole atentamente. Era curioso, podía pasar mucho tiempo hablando con ese niño de cosas bastante adultas y algo le decía que Ariel le escuchaba sin perderse un solo detalle. Se sorprendió al ver lo maduro que era para su edad, también que era muy responsable al punto de parecer mayor de lo que en realidad era.

Y Ariel por su parte la pasó de maravilla charlando con alguien inteligente que le comprendía. En su escuela todos le evitaban y la verdad era que nunca se había llevado bien con la gente de su edad, exceptuando a su primo. Lo pasaba tan bien hablando con el mayor, que albergó la posibilidad de convertirse en su amigo y hasta le pidió el celular para avisarle en caso de haber otra sesión de fotos y estuviese llegando tarde. Estaba tan contento de estar hablando con alguien que no le mirara como si fuera un monstruo salido de la tienda de fenómenos. Al final, los cuatro se la pasaron mezclando charlas y comiendo sándwiches con té hasta que se hizo demasiado de noche para volver en bicicleta.

Mad no dudó en ofrecerse a llevarlo a su casa. Sin embargó, Ariel se negó.

—No es necesario, puedo irme solo.

—¡Ni se diga! A estas horas de la noche, ¿estás loco? La calle es muy peligrosa, podría pasarte cualquier cosa.

No se esforzó en negar aquello, porque era imposible.

—Bueno, eso es verdad pero...

—Ve con él —dijo Laura y, por primera vez desde que la conocía, Mad quiso besarla—. Nos llamas a Alex y a mí apenas llegas a casa, ¿qué te parece?

Jean Claude estaba tan felíz que podría bailar can-can arriba de un mástil, pero no dijo ni dejó ver nada con tal de que su hermana no se opusiera. Ni siquiera hizo mucho esfuerzo por persuadir al pequeño o ella lo vería sospechoso, solamente le sonrió con ternura. Para ser honestos, quería pasar algo más de tiempo con Ariel y cualquier segundo contaba, pero eso no quitaba que le diera terror verlo irse de noche por las calles solitarias en una bicicleta. ¿Y si le pasaba algo? ¿Si le robaban? Hoy día eran capaces de pegarte un tiro por una bicicleta vieja y maltrecha.

Ariel era conciente de aquel peligro, además le daban miedo las calles oscuras. Y sí que tenía motivos para tenerles miedo, ya que era blanco de todas las bromas y el bullying de sus compañeros o los chicos del barrio quienes aprovechaban las calles sin luz para hacerle "bromas". También estaban los pervertidos que daban vueltas por ahí. Le recorrió un escalofrío sólo de pensarlo.

—Esta bien, vamos en coche —y le dio la dirección.

Luego de jurarle a Alex que la llamaría apenas llegara a casa, se subió al coche, mientras Mad intentaba meter la bicicleta en la cajuela del coche, lo cual parecía tan difícil como encajar las piezas del tetris. Cuando ambos estuvieron sentados en el interior, Ariel se entretuvo admirando el coche en todo su esplendor, poniéndose a tientas el cinturón de seguridad. Nunca había visto un auto tan caro desde dentro, salvo los de sus padres y siempre los observaba por fuera, porque a él no le dejaban acercarse. Al recordar aquello hizo una mueca con la boca y el ruido de los abrojos del cinturón engarzándose mutuamente le pareció el mismo ruido que se escuchaba adentro suyo cada que su padre le quebraba el orgullo de esa manera.

Daba igual, de todas formas él decía que Ariel no era su hijo. Entonces para él, no sería su padre.

—¿Te molesta si pongo la radio?

—¿Eh? —se dio cuenta de que estaba en su mundo cuando Mad lo despertó con esa simple pregunta. Miró sus manos mover los cambios, haciendo arrancar al auto y se asomó rápidamente por la ventanilla para despedirse de las chicas mientras abría el vidrio, no fuera cosa que se enojaran. Odiaba los lugares cerrados, así que ventanillas abajo. Muy caballerosamente, Jean Claude las abrió por él tocando un botoncito.

—No, no me molesta. Me encanta la radio, en casa me paso escuchándola todo el día. Especialmente la M590.

—¡No! —negó el mayor, abriendo mucho los ojos de sorpresa mientras maniobraba por las calles. Esa emisora no solían escucharla niños de catorce años— ¿Escuchas la M? ¿En serio? ¿Te gusta "La siesta Inolvidable"?

—¡Síii! —exclamó el pequeño y Mad no pudo sino reír. Sería muy maduro y serio, pero en el fondo no dejaba de ser un niño. Una hadita juguetona—. ¡Me encanta ese programa! ¿Lo has escuchado hoy? La crítica sobre los conflictos por las importaciones fue muy...

Ninguno de los dos deseó jamás con tanto fervor que el viaje en auto no terminara. Atrás quedaron las calles oscuras y sus peligros, volvían a estar en la pequeña burbujita privada y segura en la que habían estado metidos toda la tarde. Charlaron sobre los programas de la radio que les gustaba, las críticas que hacían en estos, se reían al recordar los chistes y luego comenzaron a hablar de la música.

Mad estaba convencido que no podía existir un chiquillo al que le gustara la música de los sesenta, ochenta y noventa, pero Ariel lo desbarató cuando le dijo que sí le gustaba y le nombró sus temas favoritos. Al llegar a la casa del niño ambos se sintieron un poco tristes. Uno porque tendría que volver a estar solo en su departamento y el otro porque tendría que esperar para poder volverlo a ver. Sin embargo, Ariel quería compañía, al menos por un rato más. Por ello, al desabrocharse el cinturón de seguridad y abrir la puerta del armatoste con ruedas giró lentamente la cabeza y dijo:

—¿Te gustaría tomar un poco de té

—¿Perdón? —creyó no haber oído bien ¿Ariel lo estaba invitando a pasar?

—Si te gustaría tomar algo de té. O café, lo que gustes. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte luego de traerme hasta casa.

Otra vez esa sonrisa que lo daba vuelta. El fotógrafo se debatía entre entrar y pasar más tiempo con él o entrar y cometer alguna locura ¿Sería seguro para el niño ingresar en su casa, donde estaría solo?

“Puedes entrar”.

“Qué raro, tú apoyándome. ¿Por qué lo dices?”.

“Porque eres incapaz de hacerle algo malo. Míralo y verás”.


Mad apartó la vista del volante y sus manos muy lentamente, yendo a ver esa carita andrógina con la que soñaba por las noches. Y vio a un niño tierno y gentil que se sentía solo y buscaba compañía. Se le enterneció hasta la médula al ver esos ojitos brillantes, mirándole suplicantes y esa sonrisita apenada, como si le diera vergüenza pedirle que se quedara.

Y no pensó mucho al contestar.

—Está bien.


Link del capítulo siguiente


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1 comentario:

Brian dijo...

Gracias por el capítulo dos!!

La verdad es que a mi no me suele gustar la Homoerótica (en ocasiones demasiado idealizada para mi guso, estereotipos varios y tal). Pero tu novela es interesante, porque cada capítulo me deja con ganas de seguir, y además está muy bien escrita, en serio. Lo narras todo de una manera muy dulce y delicada (no sé, pero a mí me lo parece) y el personaje de Ariel es sencillamente adorable, jaja, de hecho saca a relucir mi lado sensible. Y el personaje de Mad también mola (sobre todo su malvada vocecilla interior). Lo que más me gusta es eso de que los dos se lleven tan bien pese a la diferencia de edad, no sé, como ya te dije, tengo muchas ganas de ver como va avanzando su relación.

Por cierto, que te olvidaste poner interrogación aquí:

"—¿Te gustaría tomar un poco de té

—¿Perdón? —creyó no haber oído bien ¿Ariel lo estaba invitando a pasar?"

Es una tontada, pero lo digo por ayudar, nada más.

A mí también me gusta mucho escribir, pero nunca doy con la idea adecuada. Me dejas alucinado cuando dices que te has leído todas las entradas de mi blog, vaya, es un honor, y a la vez me hace sentir bien (aunque un pelín de vergüenza también). No sé, escribo para desahogarme.

Y lo de escribir algo inspirado en mí... bufff me da un poco de reparo, creo que cualquiera de vosotras lo haría mejor jajaja, porque cuando se trata de escribir sobre uno mismo muchas cosas salen a la luz, y no todas son buenas. Pero vamos, lo pensaré, porque quiero escribir algo de verdad y terminarlo, por una vez en mi vida, jeje.

¿Qué está helando por Argentina? ¡Allá voy! Me voy ahora mismo a sacar el billete...

I Love... (My stamps)


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