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martes, 22 de septiembre de 2015

Tiempo

Ha pasado mucho tiempo. Demasiado, desde que abrí el blog. Casi todo debe ser renovado... Dije esto muchas veces, ya no sé si hay alguien leyendo estas viejas entradas. La verdad, no me importa. Pasé por muchas situaciones estresantes, las sigo viviendo ahora, y pensé seriamente en dejar de escribir. No habia inspiración ni amor que bastara. Hace poco comencé a salir de este agujero y decidí finalizar éste bebé... Porque no sólo yo, sino mis personajes y mis lectores que me esperaron tanto tiempo merecen una conclusión. Espero no haberme oxidado tras más de un año de no haber vuelto a escribir...

Y espero poder reanimar este sitio muerto.

sábado, 12 de abril de 2014

Cuarto Oscuro; capítulo tres

                                                                    Raíces



El departamento de Ariel era lindo, pequeño y acogedor. Nada más entrar al recibidor lo primero que se veía era la sala de estar, pintada de lila y repleta de muebles. En el centro se hallaba un sillón de tres color tierra con dos taburetes a cada lado: uno tenía un florero con jazmines y en el otro había un teléfono negro junto a una pequeña agenda. El sillón estaba justo delante de una mesa ratona y en la pared opuesta había un mueble con puertas de vidrio, donde se guardaba un anticuado VHS y algunas cintas, sobre el cual había una televisión común y corriente. En la pared de la izquierda podía verse un librero repleto de distintos tomos y volúmenes de diferente encuadernación y grosor, fotografías y unos cuantos cuadros paisajísticos que parecían pintados a mano junto a unos a lo que en un principio creyó que eran mapas, pero no. Eran carpetas con ilustraciones algo vetustas de unas ciudades italianas que conocía sólo por haberlas oído nombrar en películas o en las noticias: Sicilia y Calabria. La primera, la conocía gracias a “El padrino” y el volcán Etna, la segunda, gracias a que en ese lugar solía ir su padre de vacaciones y al bosque de la Scila.
La pared opuesta a donde estaba Mad, justo al lado de la entrada, albergaba un lindo barguero con muchos cajones y puertas, repleto de fotografías, estatuillas con formas de gato, unas cuantas esferas de nieve, peluches, y una vitrina en la parte central repleta de platos de porcelana y un jarrón azul. Además, había macetas con flores o plantas en casi cualquier rincón del salón. Si bien a Mad no le gustaban los ambientes cargados, en esa casa se veía todo tan hogareño y agradable que podría haberse quedado allí por horas, tal vez porque era el total opuesto de la casa en la que había crecido: llena de colores oscuros, duros, fríos, con muebles toscos y nada de vida natural. Jean Claude supuso que el departamento no sería mucho más grande que eso pero no pudo evitar preguntarse cómo sería el resto de la vivienda de Ariel.

—Siéntete como en tu casa —dijo el chico cerrando la puerta con pestillo y llave—. ¿Quieres algo de té o café? También hay capuchino.

—¿Eh? —la verdad es que estaba tan embobado mirando la casa que apenas sí le había oído—. Oh, un capuchino estaría bien, ¿te ayudo a prepararlo?

Ariel le dedicó una sonrisa, invitándole a sentarse en donde quisiera con un gesto de la mano antes de atarse el cabello en una coleta.

Gracie, pero el invitado sólo debe sentarse y dejar que le sirvan. Así me educaron, así que te quedas sentado mientras que yo te sirvo, ¿d’accordo? —Mad asintió con una sonrisa condescendiente, haciéndole una reverencia al dueño de casa, quien se rio al verlo como si estuviera tratando con un loco—. Ah, ah, ah. No hagas eso. Si tratas de hacerme sentir culpable o algo así,  no lo lograrás. ¿Lo quieres con cafeína o sin ella?

—Con cafeína estará bien, debo mantenerme despierto por muchas horas —cayó en la cuenta de que seguía parado ahí junto al recibidor y que Ariel le miraba a medio paso de distancia con la vista hacia arriba.

Se sentía algo atontado, como si esa fuera la primera vez que estuviera en casa de alguien.

Carraspeó, a ver si pasaba el momento incómodo e inmediatamente trató de disimular yendo a zancadas hasta la pared más cercana, donde las fotos, cuadros, carpetas y pinturas se lucían en todo su esplendor. De reojo vio a Ariel irse por la pequeña puerta blanca que estaba junto al modular, la cual daba a un pasillo de seis pasos de anchura, e iba hacia una de las dos puertas de la izquierda, había una más opuesta a esas con un cartelito que recitaba “Baño” y, en el fondo, una más de color marrón con un cartel que llevaba escrito en cursiva y a pulso el nombre de Ariel. Asumiendo que la puerta restante era el cuarto del hermano menor, tuvo que hacer tripas corazón y encerrar a su curiosidad en lo más profundo de su mente para no terminar metiéndose en el cuarto de su anfitrión. Debía repetirse que la idea era conocerlo mejor, no invadir su vida privada. Ahora que estaba solo, aprovechó para cerrar los ojos e inspirar profundamente por la boca. Tenía que serenarse. No era un adolescente revolucionado por las hormonas, ni estaba en la casa de su primer noviecita de la secundaria en el día que “de casualidad” sus papás se habían ido a pasar el fin de semana al extranjero, por ende no tenía motivos para estar nervioso. Cuando se convenció a sí mismo de que todo estaba bien, se concentró en las pequeñas obras de arte frente a sus ojos. Todas estaban firmadas por el dibujo de una pequeña rosa con seis espinas cada una y el apellido “D’cciano”. Le dieron algo de envidia, pues expresaban muy bien distintas emociones entremezcladas pese a ser sólo paisajes y los óleos estaban hechos con trazos fuertes, firmes, que le recordaron un poco a Van Gogh. Inmensidad, soledad, la avaricia del hombre moderno, e incluso el antiguo amor por la naturaleza eran unas de las tantas impresiones que podía sacar de esas pinturas. Pero él no era ningún experto en esa clase de arte, asique se abstubo de hacer algún juicio y se limitó a empaparse con los bellos colores.

Giró los ojos hacía el  librero atestado, parecía que cada hilera estaba dividida por temas,, así que tenía una fila de libros de autoayuda, otra de metafísica, una de grandes autores, una de misterio, otra de clásicos. Así se encontraba con autores entremezclados como: Homero, Maquiavelo, Agatha Christie, Isabel Allende, Leslie Walter, Carlos Waisman, Anne Rice, Platón, Robin Cook, Paulo Coelho, Marx y varios más. Si bien se había esperado libros, ya que Ariel era un chico bastante maduro para su edad, no se imaginó que encontraría tantos en un solo lugar En su mente, miles de preguntas se formulaban y no encontraba la forma de preguntarlas sin lucir como un lunático acosador o alguien demasiado entrometido en la vida ajena. Moría por saber si los habría leído todos, si le gustaban o, quizás, eran de sus padres. Pensando en ello, también quería saber sobre sus padres. Si quería que Ariel fuera su modelo, necesitaba de su aprobación y llevarse bien con ellos. No creía que los padres del chico vieran con buenos ojos que se hiciera amigo de alguien mucho mayor, asique tal vez debería cambiar su forma de acercarse a él. Darse cuenta de lo que pensaba le hizo sacudir la cabeza, pues parecía estar armando una estrategia o algo así. Y él no era de ésos. No necesitaba estrategías.

"Sólo quiero un modelo", eso se repetía a sí mismo tratando de encontrar algo con qué distraerse.

Volvió la vista hacia la puerta cuando el sonido de los pasos de Ariel lo sacó de su ensimismamiento. Éste apareció con una charola cubierta con dos tazas, una de té negro y otra de capuchino, un plato con galletas de chocolate y otro con pastelitos de vainilla.

—Aquí está, un capuchino cargado con mucha espuma para el señor fotógrafo —dijo, siempre con una sonrisa pintada en los labios al tiempo que dejaba la charola de madera sobre la mesa ratona y se sentaba en el sillón—. ¿Te gustan los libros? Si hay alguno que te interese, puedo prestártelo.

Merci, querido —respondió Mad, batallando mentalmente para ver dónde dirigía sus ojos, a los hermosos cuadros, libros y fotos o a la presencia magnética de su "casi futuro" modelo—. Son muchos libros, y algunos tienen pinta de ser complicados. ¿Te los has leído todos?

—La mayoría sí —abrió la pequeña azucarera que llevó consigo en la charola, echando en su té, para sorpresa de Jean Claude, cinco cucharadas llenas—. Algunos aún no he podido mirarlos, especialmente los que no me gustan. Pero quiero leerlos todos, desafié a mi hermano con que podía lograrlo en menos de un año.

—¿Y crees que podrás?

Ariel se encogió de hombros.

—No sé. Pero si pierdo, tendré que hacerle las tareas o comprarle helado por un año.

Mad no pudo sino reírse, yendo definitivamente a su lado en el sofá para poder tomar su dosis de cafeína acompañada por uno de los ricos pastelitos. Tenían un gusto casero indescriptible.

Ces’t Magnifique. Esto está delicioso, tienes que decirme dónde los compraste.

Por toda respuesta, Ariel enarcó las cejas y se carcajeó con cierto aire de superioridad.

—No los compré, los hice yo. ¿Te gustan?

—¿Bromeas? ¿Los hiciste tú? Dame la receta y me casaré contigo —el chico soltó una carcajada y él también lo hizo, impresionado por haber tenido el valor para hacer esa broma—. Es en serio, si de veras cocinas tan bien te propondré matrimonio.

—No digas eso o tendrás que proponérmelo de verdad, Mad. Cocino desde los ocho años, mi mamá y mi nonna me enseñaron. Una de las cosas que solíamos hacer los tres juntos era cocinar desde muy temprano, especialmente en las fechas patrias y las celebraciones. Para Navidad preparábamos mucha comida porque los amigos de mi madre y mis abuelos venían a cenar con nosotros, incluso se acercaban algunos vecinos, y para las fechas patrias en nuestro pueblo se hacen todavía fiestas que duran tres días en la plaza central. Todos los vecinos tienen que llevar mucha comida y bebida, por tradición.

—Eso suena encantador. Apuesto a que tu pueblo era la típica aldea histórica con tradiciones muy antiguas, ¿cierto?

—Bastante. Está la fiesta de todos los santos, la tradición de Pascuas, la de Navidad, las fiestas tradicionales que se hacen cuando se casa una pareja joven… Hay muchas celebraciones. ¡Ah! Y también se celebran los nacimientos, claro. Por eso, y porque a mi mamá y a la abuela les gustaba mucho cocinar, me enseñaron también a mí. Angelo intentó aprender, pero no era muy bueno. En cuanto vuelva a casa trataré de enseñarle, le hará bien para cuando tenga que vivir solo.

—¿Y te gusta? Yo soy un desastre para cocinar nada fuera de lo normal, excepto comida japonesa. La última vez que intenté hacer algo muy complicado casi quemo la casa.

La imagen mental fue todo lo que Ariel necesitó para reírse en su fuero interno. Pero no quería que Mad se sintiera mal por su total ineptitud culinaria, asique intentó no demostrarlo demasiado.

-No te ofendas, pero por alguna razón eso no me extraña en la absoluto. Tienes pinta de no poder cocinar nada. En casa todos cocinabamos, hasta el abuelo. Hacía las mejores focaccias. Yo amo cocinar —dijo, sorbiendo un poco de té antes de masticar con ganas una galleta de chocolate—. No sé muy bien por qué, pero, es algo que me relaja mucho. Mamá decía que mezclar los ingredientes con sus diferentes combinaciones de sabores era un arte y al mismo tiempo una ciencia. Pero mamá a veces decía cosas un poco... Hippies. A mi simplemente me gusta cocinar, no importa si es una ciencia, un arte o lo que sea. Me gusta cuando la gente come lo que yo cocino, es todo.

—Estoy de acuerdo con ella. No por nada para mí un libro de cocina es igual que uno de química cuántica—Ariel no pudo contener más la risa y se carcajeó por lo bajo, dándole valor para continuar la charla—. Y dime, ¿de quién son esas pinturas y las fotos? Son encantadoras, de veras.

—Ah, ¿ésas? Son de mi mamá, las fotos las tomó de joven, antes de que yo naciera y empezó a pintar cuando yo tenía ocho años. Siempre le gustaron mucho las artes y tenía etapas en las que hacía una cosa o la otra. Era multitareas.

—Son todas muy lindas, por cierto —ahora se sentía más envalentonado y tenía verdaderas ganas de preguntar. Echó azúcar en el café, tomando mientras tanto una galleta de chocolate para remojarla y masticarla—. ¿Y cómo se llama tu mamá?

—Rosetta —respondió, observando fijamente las pinturas con un aire distinto—. En mi lengua eso significa “pequeña y delicada rosa”.

—Ahora entiendo por qué firmaba con ese dibujo. Hasta le hizo las espinas a la rosa y todo.

—Las espinas representan cada una de las personas que apreciaba y a las que le dedicaba su obra de arte. Éramos el abuelo, la abuela, mi hermano, mi madrina, mi primo y yo. Una espina por cada uno de nosotros, o eso me dijo ella cuando se lo pregunté. Ya te dije que mi madre era algo particular.

Y eso se lo había preguntado hacía ya mucho tiempo, Ariel lo recordaba perfectamente. Fue a los ocho años, cuando Rosetta estaba pintando un retrato del paisaje del Belvedere, un hermoso paraje en Niscemi donde podía verse un largo llano que llevaba a los pueblos vecinos y la vio firmar con aquella rosa. La había visto antes, en sus pinturas más antiguas, pero en aquella ocasión Ariel contó una espina más de las que solía tener, y su madre le explicó que esa espina extra lo representaba a él.
 
“Tu sei il mio tesoro, Ariel”. Le dijo su madre, abrazándolo. “Nunca te alejes de mí, ¿sí querido?”

“Nunca, mamá”, le respondió él, acariciándole la cabeza. Sabía que su mamá lloraba por las noches y se sentía sola, también la escuchaba hablar por teléfono con alguien a quien ella llamaba “Caro Eros” y le decía que lo extrañaba pero, cada vez que cortaba el teléfono, lloraba más fuerte. “Yo siempre voy a estar contigo. Ti voglio bene, mamma”.

Al final, fue ella quien terminó yéndose primero. Ariel tuvo que hacer grandes esfuerzos para salir de la bruma de sus memorias, tan exactas y reales que a veces lo asustaban, para recordarse a sí mismo que estaba tomando el té junto a Mad sentado en el sillón de su nueva casa, en otro tiempo, mirando los cuadros de su difunta madre en un país completamente distinto al suyo.

Y a Mad, aunque le costó notarlo, le causó un poco de aprensión la mirada de Ariel, ahora turbia e ida. Se le ocurrió pensar que sus ojos se veían como el mar cuando había tormenta, como el mar que casi lo mató aquella vez que fue a pescar con su padre y los atrapó una tormenta terrible, oscura, con olas que rompían con fuerza amenazando con volcar la embarcación, rayos, truenos y una lluvia tan fuerte que no se distinguía arriba de abajo. "

"¿Qué cosas estará pensando?"

 Tal vez se sentía solo en esa casa donde nadie lo esperaba, teniendo a su hermano en el hospital, y decidió preguntar lo primero que le vino a la mente para alejarlo de lo que fuera que viajara por esa cabeza.

—Tiene mucho talento. Apuesto a que lo has heredado y de ella y por eso dibujas tan bien.
Funcionó, porque Ariel le sonrió y desvió la vista de la pared para enfocarla en él, cosa que le complació, y bebió un poco más de té.

—Un poco, la verdad. No me gusta mucho pintar, solamente dibujo joyas. Sé hacerlo, porque ella me enseñó, pero si tengo que elegir me quedo con el diseño de joyas y la música. No tengo paciencia para pintar. Además, nunca me salen bien las proporciones, ni el sombreado, ni ninguna de esas técnicas que requieren de mucho tiempo. El carbón es más fácil.

—¿En serio? ¿Y sacar fotos? —preguntó, contento de verlo más alegre, terminándose el café de una vez—. ¿No te gustaría ser fotógrafo, como yo?

—Eso no está tan mal, me gusta —Ariel sonrió, y Mad se derritió por dentro—. Pero me encanta sacar fotos a los paisajes, no a la gente. No sé por qué… ¿Seré más raro de lo que pensaba?

—Nah —respondió, haciendo gestos con la mano para restarle importancia al asunto—. Eres un chico sensible que capta la hermosura de la madre naturaleza, es todo. Yo a tu edad pensaba más en los videojuegos que en esa clase de cosas, ¿te han dicho que eres muy, pero muy maduro? Solo falta que sepas tocar algún instrumento súper complicado —el niño sonrió pícaramente, acariciando el borde de la taza con un dedo. Mad abrió mucho los ojos, deteniéndose antes de morder lo que le quedaba de pastelito y le habló demasiado sorprendido como para ocultarlo—. ¿Lo haces?

Ariel asintió con la cabeza, dejando la taza de té en la charola de madera. Todo el mundo se ponía así cuando se enteraban de las cosas que él sabía hacer pero, si hubieran conocido a su madre y su abuela, estaba seguro de que no les sorprendería tanto. No por nada para su tía y su primo todo lo que él hacía, decía o sabía hacer era perfectamente normal.

—Así es. Sé tocar el piano. Mi mamá y mi abuela me enseñaron, aunque no tuvieron que insistir mucho para que yo aprendiera. Pero sólo puedo tocar ése, si intento con algun otro instrumento soy un desastre. Y no sé cantar. Canto horrible. Pero creo que es bastante con saber tocar el piano, ¿no? Mamá decía que a ella le había costado horrores aprender, que prefería la flauta. A mi no me costó tanto.

—¿Porque te gustaba mucho?

—Por eso —dijo y tomó una galleta, comiéndosela—, y porque tengo memoria fotográfica.

Si Ariel lo había sorprendido antes, ahora lo había dejado completamente tieso. Ése chico era una caja de sorpresas que parecía haber sido criada en una casa de artistas bohemios. Casi hasta le daba envidia.

—¿De verdad? ¿O sea que recuerdas cualquier cosa que hayas vivido?

— Vivido, visto, oído, leído, escuchado, probado, olfateado, saboreado. Sí. Aunque sea por un instante, yo recuerdo absolutamente todo. ¿No es genial?

—¿Bromeas? -rodó los ojos sólo de imaginar cuánto le ayudaría una memoria así-. Ya daría yo mi brazo derecho por tener esa memoria. Entonces recuerdas todo lo que ves en la escuela, ¿no? Los exámenes deben ser una papa.

—Leo los manuales una sola vez, por eso no los compro —presumía, orgulloso de su memoria fotográfica—, y nunca tengo que estudiar. Si pudiera, daría los exámenes para saltearme varios cursos, pero no puedo hacerlo de momento así que estoy clavado en el horrendo primer año.

Como ya se habían acabado las galletas y todo lo demás, Ariel tomó la charola con todo lo que llevaba dentro y, luego de hacer un gesto de la cabeza, se puso de pie cargándola. Ahí Mad se dio cuenta de que había estado usando una taza de Sarah Kay, hecha en porcelana con dibujos de gatitos, rositas y demás cosas de chicas.

—Bonita taza —pensó en voz alta. Demasiado alta, en realidad, porque Ariel le escuchó y se ruborizó de punta a punta.

—M-mamá la compró. Siempre fue fanática de Sarah Kay y compraba esas tonterías cuando podía. No me di cuenta que te había dado esa, perdón.

—No te preocupes, es linda. Ahora entiendo por qué la tienes.

Se quedó mirando la taza con la figura de una niña con un gatito antes de dársela a Ariel y seguirlo en su camino a la cocina. El pasillo estaba a oscuras pero por suerte no iba a chocarse con nada porque la puerta de la cocina, que estaba a dos pasos, estaba abierta. La cocina no era ni muy amplia ni muy pequeña, tenía una alacena y el mesón con fregadero incluido, hecho en madera y mármol, estaba colocado en la pared a la derecha de la entrada, debajo de una pequeña ventana con rejas y cortinas color ocre. Ahí también estaban el horno, la placa y el extractor, y en la pared opuesta a la puerta, estaba el refrigerador justo delante de una pequeña mesa redonda con sus sillas.

La mesita le cayó simpática, pues le recordó a la que su hermana mayor había puesto en el primer departamento que alquiló junto con una amiga durante su curso en la escuela de diseño, esa mesita redonda que se tambaleaba y en la que ella se sentaba para hablar con él horas y horas tomando café, contándole sobre sus diseños mientras le preguntaba por la salud de su padre y le ordenaba que comiera mejor o se volvería tan pálido como un cadáver. Mad no pudo evitar el sonreír, yendo a sentarse frente aquella mesa a cuadros rojos y blancos, viendo a Ariel lavar las tacitas con suma rapidez. Mirando a su alrededor descubrió un par de plantas en una esquina, algunos platos colgados en las paredes y una escoba junto a un pequeño mueble blanco, donde debían estar guardados los productos de limpieza.

No estaba tan cargada como la sala de estar, pero le gustaba. Cuando Ariel abrió la alacena superior en busca de vasos, vio además de latas, galletas y cereales, muchos frascos de conservas de todo tipo. Lo mismo vio cuando abrió el refrigerador, bastante lleno de comida y la puerta estaba llena de más latas de conserva ya abiertas.

—¿Quieres agua, jugo o gaseosa? —preguntó Ariel, manteniendo la puerta abierta mientras buscaba.

—Agua está bien —dijo, pero Ariel no parecía creerse que no quería nada más.

—Oh, vamos. Puedes pedirme lo que quieras, estás en confianza —para complacerlo, le pidió jugo—. ¿Te gusta el de naranja? —Mad asintió, todavía mirando la cantidad de cosas que rellenaban ése refrigerador y comparándolo con el suyo, casi vacío—. Bene —tomó la botella de jugo, sirviendo los dos vasos de vidrio que había sacado y los llevó a la mesa dándole el suyo a Mad—. Toma, aquí tienes.

—Gracias, Ariel. Tu casa es realmente bonita, hasta la cocina me encanta.

—No debe ser tan grande como la que hay en tu casa.

—Créeme, la uso tan poco que ya ni la recuerdo. Pero la tuya es más acogedora.

—Bueno, gracias —se sentó junto a Mad, dandole un tago ligero al jugo mientras intentaba imaginar cómo sería la casa de un arquitecto adinerado—. Antes había un lavarropas incluso, pero se rompió y el ruido molestaba a mi hermano, así que lo saqué. Ahora lavo la ropa en la tintorería o a mano.

—¿Lavas a mano?

—Ajá. No es difícil, aprendí cuando mi abuela se enfermó en una ocasión y no había nadie que lavara la ropa. No teníamos dinero para comprar un aparato  y no quedaba otra opción, porque mamá estaba embarazada de Angelo y estaba algo delicada y el abuelo siempre estaba trabajando. Por eso, le pedí a la abuela que me enseñara. De todos modos, lo odio. Así que solo lavo cosas pequeñas, nada que cueste demasiado.

Si bien Ariel hablaba como si no le diera importancia al asunto, Mad no podía imaginarse a sí mismo lavando los montones de ropa que solía usar a mano, por su cuenta.

—¿Y te encargas tú solo de las cosas de la casa?

—Antes nos turnábamos Angelo y yo, ahora lo hago yo sólo. ¿Por qué? —preguntó de golpe, aterrado de que algo estuviera sucio o fuera de lugar—. ¿Está todo muy desordenado?

—¡No, no! —exclamó al instante, negándole con la cabeza—. Te juro que está mucho más limpia que mi despacho. ¡Es que me sorprende! Yo no vivo sin la tintorería, el lavavajillas y la mucama que limpia mi casa todos los días por cuatro horas.

—Por eso te vas a convertir en un vago que no sabe hacer nada. Lo mejor es estar bien preparado para vivir solo, por eso siempre me enseñaron a hacer muchas cosas por mi cuenta. Como planchar, cocinar, limpiar… Y, aunque no supiera, no tienes más oociones cuando vives solo y no te da el cuero para pagarle a una mucama.

Si bien tendría que haberse ofendido un poco por ésas palabras a pesar de que no fueron dichas en tono hiriente, hubo algo mas que le llamó la atención. Y era el hecho de que Ariel decía estar viviendo solo.

—¿Vives solo? O sea, ¿solo, solo, de verdad? —dijo y Ariel se preguntó si uno podía vivir solo de mentira.

—Sí, no hay nadie aquí más que mi hermano y ahora él está en el hospital. Vivo solo.

—Pero… pero, ¿qué hay de tus papás y tus abuelos?

Pudo ver cómo la expresión de Ariel cambiaba. Por un instante, ésta se turbó por algo que pudo definir como tristeza, pero se recuperó tan rápido que no estaba seguro. Al instante, la comprensión y la condescendencia se hicieron notar en su cara, esbozando una débil sonrisa.

—Lo siento —su voz estaba cargada de arrepentimiento y pena—, creí que Alex o Laura ya te lo habrían dicho. Estoy en esta ciudad porque mi mamá y mis abuelos fallecieron hace un tiempo y no tengo parientes cercanos que puedan cuidarme. Mi madrina se encarga de mí ahora y ella me pagó esta casa. Soy huérfano.

Uno nunca se espera la verdad tan cruda en ninguna situación y Mad no fue la excepción, esa era una confesión que no se esperó en ningún momento y a la cual no sabía cómo reaccionar debidamente. Pese a su éxito, pese a su edad, Jean Claude no era un sabio de las psiquis humana y no tenía ni la más pálida idea de qué debía decirle. Todas esas palabras dichas tan naturalmente, le hicieron retroceder unos años atrás al día de la muerte de su único familiar además de su hermana: su padre. Recordando lo vacío que se había sentido en esa ocasión, trató de figurarse cómo debía de sentirse el pequeño estando completamente solo en esa casa, con su único familiar en el hospital.

—Lo… —siquiera se sentía capaz de terminar la frase, que le costó tres intentos más el poder decirla—. Lo siento mucho, Ariel. No lo sabía… y yo estaba preguntándote todas esas cosas sin pensar, de verdad lo lamento.

Si en algún momento de su vida tuvo ganas de tirarse debajo de un tren, ese se ganó el premio por encima de todos los demás. O eso pensaba hasta que la mano de Ariel, tibia y pequeña comparadas con las suyas, se posó sobre su mano derecha, apretándole de forma conciliadora. El joven le sonreía. Se veía tan grande con esa mirada, aunque en el fondo el leve dejo de tristeza que había en ella le indicaba que, en realidad, no lo era. No era tan grande. Era un adolescente que había pasado y pasaba por una mala situación. Mad se atrevió a posar su otra mano sobre la ajena, acariciándole el dorso con los dedos para consolarle. Ariel asintió con la cabeza, haciéndole saber que aceptaba sus disculpas.

—No te disculpes, no sabías nada —y ahí estaba, no sólo actuaba como un adulto sino que se expresaba como tal. Una parte de Mad se sintió dolida al pensar que, probablemente, todo eso era una fachada para poder mantenerse en pie. Seguía siendo un jovencito, por más maduro que fuera, todo debía estar afectándole de un modo u otro. Sólo que aún no podía verse-. No puedes disculparte por algo que desconocías, y a mí no me molesta. Al contrario, adoro hablar de mi familia, que me preguntes me hace sentir bien.

—¿En serio? ¿No te pone triste? —quiso saber, pues él había estado todo un año sin hablar de su padre luego de su muerte.

—Un poco, sí —se atrevió a confesar Ariel, encogiéndose levemente de hombros. Sí que lo entristecía y los primeros días no había dejado de llorar. Pero ahora ya había asumido que no podía hacer mucho por cambiarlo y, antes de llorar constantemente, prefería recordar las cosas buenas de su familia perdida—. Pero es mejor hablar de ellos. Si nadie aparte de mí o mi hermano los recordara, cuando nosotros estiremos la pata no habrá nadie más que lo haga. Será como si nunca hubieran existido, por eso prefiero contarle a todo el que me lo pregunta… Pero Alex y Laura evitan decir nada respecto a ellos, creo que tienen miedo de que me deprima.

—¿Y de verdad no te deprime? —seguía acariciándole la mano, disfrutando de su apretón.

—A veces. Pero me hace bien hablar un poco con alguien de los buenos viejos tiempos, aunque no todo en un solo día. Mamá solía decir que si uno no sabe de dónde viene no puede saber adónde va... Ella siempre decía cosas así. Creo que mamá preferiría que recuerde las cosas buenas aunque a veces me sienta tan mal que me dan ganas de llorar, pero la mayor parte del tiempo me ayuda hablar de ellos. Así que no te preocupes, ¿okay?—e hizo un guiño para tranquilizar a Jean Claude.

Él estaba tan nervioso que la sonrisa le salió torcida.

—Entonces… —carraspeó, y ahora pudo sonreír con más franqueza. Que el chico no estuviera deprimido estaba bien, pero algo le decía que en el fondo se sentía solo. Y quería hacer todo lo posible para que no fuera así—. Si alguna vez necesitas alguien con quien hablar, no dudes en llamarme, ¿de acuerdo? Me encantaría hablar contigo, sin importar cuántas horas sean.

El menor le dejó oír su carcajada que fluía como una cascada de agua cristalina.

-Muchas gracias, Mad. Lo tendré muy en cuenta -respondió Ariel, más agradecido de lo que dejaba ver.

Estaba feliz de tener alguien más con quien charlar. Amigos de su edad hubiera sido mejor, pero a caballo regalado no se le miran los dientes. Además, Jean Claude era un buen tipo y se le notaba lo afligido que estaba por su situación. Al menos no lo miraba como a un pobre niño desvalido y eso era más que suficiente para que Ariel quisiera pasar tiempo con él. Estaba, por supuesto, el tema del modelaje. Mad podía darle trabajo en un futuro, pero de momento prefirió no pensar en eso y concentrarse en su agradable compañía.

Permanecieron ahí sentados un rato hablando de diferentes cosas, algunas mundanas, otras no y ambos se dieron cuenta de que tenían mucho en común: A los dos les gustaban las películas antiguas, sentían cierto recelo por los libros de autoayuda y les gustaba caminar en silencio por lugares tranquilos. Aunque a Mad le encantaban los autos y Ariel prefería las motos, eso no evitaba que éste tuviera su marca de auto predilecta. A Ariel le gustaban los juegos de vértigo, aunque padecía de claustrofobia (razón por la cual no le gustaban los autos) y Mad los detestaba porque le temía a las alturas. Mad prefería el calor y el menor el frío, pero a ambos les encantaba el otoño y la nieve. Así pasaron las horas hasta que se hizo tarde y muy a su pesar, ambos debían dormir para atender sus asuntos al día siguiente.

—¿Seguro que no quieres quedarte a cenar? —preguntó Ariel, entregándole su saco a Jean Claude frente a la puerta—. Tengo arroz ya hecho y traje carne de la carnicería ayer, puedo preparar rissotto de carne y mostaza, o cualquier condimento que quieras.

La verdad era que Jean Claude deseaba quedarse más que nada en el mundo, pero tenía una pila de formularios que ver y llenar antes de irse a dormir. Tuvo que repetirse aquel argumento en su mente un par de veces mientras se ponía el saco, para poder decírselo al jovencito sin sentirse culpable. Si tenía que ser honesto, Mad no entendía por qué se sentía culpable. Ariel parecía muy capaz de arreglárselas solo. Pero eso era lo que sentía y escuchar las risas de su otro yo en lo más hondo de su cabeza cada vez que pensaba en eso, no era de gran ayuda. De todas maneras, aunque quería no podía.

—Me encantaría, mon cher, pero tengo mucho trabajo por hacer y tú tienes que ir a la escuela mañana —miró un instante más la casa. Ahora que se iba, el sitio se veía algo grande y solitario, demasiado peligroso para un pequeño a esas horas de la noche. Perfecta para cualquier criminal desesperado, aunque la ventana tuviera rejas y la puerta cerrojo y pestillo—. Cierra bien la puerta y las ventanas, no le abras a nadie. ¿Oui? Últimamente todo está muy peligroso.

—Quédate tranquilo, no le abro nunca a nadie —respondió Ariel tomando las llaves de su casa—. Me sé el número de la policía, el hospital, los bomberos, tu celular, el de Alex y el de Laura. Estaré bien.

—¡Per-fecto! —dividió la palabra en dos, como lo haría un adolescente, sintiéndose un poco más tranquilo pero, por alguna razón, el gusanillo del miedo le picaneaba—. ¿Tienes algo con qué anotar?

—Claro, aguarda un minuto —dirigiéndose a la mesita con el teléfono negro, tomó la agenda que se hallaba junto a este y se la entregó a Mad con lapicera y todo—. Aquí tienes, ¿olvidaste algo?

—Una cosa —dijo, garabateando un número telefónico en una de las hojas  antes de entregárselo—. Toma, es el número de mi casa. No dudes en llamarme por cualquier cosa, aunque sea sólo para hablar. También puedes mandarme mensajes, así sé cómo estás.

—¿En serio? ¿No es como mucho?

Se dio cuenta de que sí era mucho y pensó rápido en la primer excusa que se le ocurrió.

-Sí, ya sé, pero es que a veces olvido el móvil en cualquier lado. O no lo cargo. O simplemente no le atiendo porque puede ser alguna persona molesta. El número de mi casa sólo lo tienen personas cercanas y es para emergencias. Asique no te preocupes.

Por fortuna, Ariel se lo creyó.

-Ah, ya veo. Entonces, ¡gracias! —sonrió y Mad se sintió capaz de dominar el mundo con el poder que le daba aquella sonrisa.

—¿Para eso están los amigos, no?

 Ariel miró medio segundo la hoja y luego anotó otra cosa, arrancando el papel en el que escribió para dárselo a Jean Claude y ponérselo en el bolsillo superior.

—Así es. Por eso, ahí tienes tú el número de mi casa. Tú también puedes llamarme cuando quieras, ¿d’accordo?

Únicamente después de jurarle que lo llamaría, y tras asegurarse de que el número de Ariel realmente estaba en su bolsillo y que no lo había soñado todo, emprendió el camino a su casa sintiéndose medio en el aire, feliz cual quinceañera enamorada que recibía el llamado de su primer pretendiente y al mismo tiempo algo triste por el muchacho que ahora debía de estar cenando solo en esa casa. Tendría que haberse quedado con él. Si le hubiera dicho que sí, seguramente ahora no estaría tan solitario en el departamento, esperando a su hermano. Pero no podía hacer más, inmiscuírse demasiado podría traer problemas.. Mientras cruzaba las calles que lo llevarían a su casa permanecía ido en sus pensamientos. No entendía porqué su hermana no le había dicho nada. Es decir, era algo importante. Bien podía haber dicho algo que ofendiera a Ariel y terminar teniendo una pelea. Podrían haber pasado muchas cosas.

Más tarde intentaría hablarlo con su hermana, de momento agradecía  no haberlo hecho enfardarse o llorar, porque ahí se hubiera querido morir. No hubiera sabido qué hacer con un muchacho deprimido, llorando a los cuatro vientos. Del mismo modo que no hubiera sabido qué hacer con cualquier ser humano en un ataque de lágrimas e diez kilómetros a la redonda. Dejando de lado su total incapacidad para atender a la gente en medio del llanto, no podia negar que admiraba mucho la madurez de Ariel. En ningún momento dejó de sonreír y, pese a que tal vez el propio Ariel no lo sabía, siempre ponía una expresión risueña cuando hablaba de su familia. Era bastante agradable ver lo orgulloso que estaba de ellos, ver el amor que les profesaba e imaginárselos a todos juntos como una gran familia unida salida de una serie de televisión.

Hasta le daba ternura.

Por su parte, él no podía hablar de su padre, no desde que había fallecido. Tampoco de su madre, porque no la recordaba. No sabía qué era lo que el resto del mundo conocía de sus padres ni de su familia en sí y, hasta ahora, nunca le había importado. Ahora sentía una imperante curiosidad bullendo desde lo más hondo de su ser.

-Si uno no sabe de dónde viene, no sabe adónde va. Éso fue lo que dijo Ariel... -musitó en voz alta, rumeando miles de cosas en su interior.

Apenas llegó a su casa y luego de guardar el auto en el garaje, se echó en el sofá de su sala de estar y se quedó ahí mirando el techo. Tenía muchas cosas en la mente: Momentos, recuerdos, preguntas sin respuesta, viejas fotos que ya no estaban pero que aún perduraban en su memoria. Tal vez, pensaba Mad todavía algo trastocado, era hora de revolver el pasado y averiguar más de su famlia. Quizás no de su padre, pero sí de su madre. Siempre había querido saber cosas de ella, pero su papá jamás quizo hablarle ni darle ningún indicio de cómo había sido su mamá. Quizás era hora de visitar la vieja casa de su famlia y escarbar entre lo que allí quedaba. Aunque también era muy probable que tuviera que revisar páginas de internet, archivos en la librería. Iba a ser un trabajo tedioso. Y él apenas sí sabía usar la computadora a pesar de vivir en los tiempos modernos donde todo se hacía con máquinas, pues era uno de los pocos arquitectos que aún se manejaba con métodos de la vieja escuela. Y aunque nunca lo admitiera en voz alta, odiaba las computadoras. Así pues,  iba a necesitar ayuda.

Sintiendo como si el papel en el bolsillo de su pecho saltara, Mad lo tomó y marcó el número en su celular rogando porque Ariel no estuviera dormido.

—¿Pronto qui parla? —se oyó la voz de Ariel del otro lado del tubo, acompañada por el sonido de la tele y el típico ruido de algo cocinándose. Mad se mordió el labio, imaginándose qué estarían cocinando esas lindas manos.

—Ariel, soy Mad.

—¡Hola, Mad! —casi al instante el volumen de la tele bajó—. Qué bueno que llamaste, estaba a punto de marcar tu número para ver si habías llegado bien a casa. ¿Pasa algo?

—Gracias, mon petit ange, eres todo un amor. Perdona que te llame a estas horas, pero tenía una consulta. ¿Eres un chico moderno, cierto?

—Lo soy y no, no me molesta que me llames. Normalmente voy a dormir mucho más tarde.

—Eso no está bien, Ariel. ¿Sabes? Te regañaría si no necesitara de tu consejo.

—Aguarda un segundo que tengo que servir el rissotto.

“¿Al final sí hizo rissotto?” pensó Mad, deseando haber comido algo. Él no tenía ganas de cocinar y si no había algo ya preparado en el refri, lo más probable era que pidiera comida a domicilio.

—Ya, ¿me decías Mad?

—Quiero averiguar sobre una persona en particular, pero no sé cómo hacerlo. No soy muy dado para estas cosas, ¿sabes?

—Ohh… -el ruido de los cubiertos moviéndose y chocando entre ellos llegó al otro lado del teléfono-. ¿Y sobre quién quieres averiguar?

—Un arquitecto famoso y su esposa -no podía decirle que eran sus padres, no aún-. Es muy moderno, no creo que aparezca en los ficheros de la biblioteca.

—En ese caso, si tienes una computadora… -la voz le dudó por un momento, pensando bien en lo que iba a decir para no sonar ofensivo-. Esto, ¿tienes una computadora, verdad?

—Casi ni la uso, pero sí la tengo. ¿Una portátil es lo mismo?

—Claro que sí. ¿Tiene Internet?

—Tampoco lo uso mucho, pero lo tengo.

—¿Para qué lo tienes si no lo usas? Ah, ya quisiera yo tener todo ese dinero y no tener que languidecer cada vez que pago la línea —oyó el suspiro irritado del joven, no pudiendo evitar el imaginárselo enojado. Apostaba a que se veía adorable—. Okay, toma la laptop y conéctate a Internet. Puedes googlearlo desde ahí.

Jean Claude frunció la frente, pidiéndole que esperara mientras iba al despacho y se sentaba allí frente a la computadora que sólo usaba para enviar y recibir e-mails o imprimir archivos recibidos. Cada tanto usaba el Messenger o el Word para sus trabajos, pero la mayoría de las cosas las hacía por los medios clásicos, como su padre le enseñó.

—¿Googlearlo? —preguntó, al instante de prender el aparato que estaba junto al fax y conectarse a Internet—. ¿Cómo hago eso?

—¿Tienes Firefox o Internet Explorer, verdad? Si tienes Firefox, usa  ése. Suele ser más rápido —y suponiendo que Mad no sabía cómo usarlo, agregó—. Tienes que clickearlo dos veces con el botón derecho del Mouse.

—O-okay —hizo lo que le pedía, viendo cómo la página se abría enseguida mostrando el famoso “Google"—¿Ahora qué?

—¿Te apareció el buscador? —Mad respondió con un sonido de asentimiento—. Pues, pon el nombre de la persona que buscas en el buscador y luego das clic al botón de “Buscar en la Web”. Y ahí te aparecen las diferentes páginas web con la información que pides, recuerda que para que se vean tienes que clickear los vínculos dos veces.

—Bien, creo que lo tengo. Muchas gracias, Ariel, eres un sol.

Ni ende, Mad. No quiero ser malo pero, ¿de verdad no sabías cómo usar Internet?

—La verdad, no. Sólo uso la casilla de correo y el Messenger cada tanto, el resto de los programas que manejo son sólo los de Office.

El ruido que sonó en su oreja a través del tubo le indicó que Ariel estaba aguantándose la risa.

—Puedes reírte de mí si quieres, Ariel —al instante, esa carcajada que tanto le gustaba lleno su oído. No le importaba que estuviera riéndose de él.

—¿Lo dices en serio? ¿No sabes?

—No. Virgen y muy orgulloso de serlo.

—Eso es algo que de verdad no puedo creerte, Mad. Te aprecio, pero todo tiene su límite.

—¡Epa! Yo estaba hablando de Internet, ¿qué andabas pensando, pequeño travieso? —no supo de dónde sacó valor para hacer esa clase de bromas, por un instante pensó que Ariel lo tomaría a mal, pero el otro simplemente se rió.

—Absolutamente nada de nada. Oye, si quieres yo puedo enseñarte a usar la computadora. Es un verdadero desperdicio que la tengas y no la utilices, en verdad.

Pegó un salto, pero para sus adentros, no fuera cosa que Ariel se diera cuenta de lo feliz que estaba. Tenía una excusa para verlo más seguido, y de paso aprendía a usar la computadora. Dos pájaros de un solo tiro. No obstante, fingió que lo pensaba un instante, escuchando el ruido de cajones y puertas abrirse y cerrarse del otro lado del aparato, sumado al de una silla correrse. Al día siguiente tendría que pagar una enormidad para recargar el crédito del celular por esa llamada, pero ya le daba igual.

—Hum… —rumió, escuchando cómo Ariel llenaba un vaso con líquido—. Está bien, sería genial. Pero hácelo saber a tu madrina y a Alex, no sea que piensen que andas con un loco.

—Tú estás loco.

—Eso no es nada nuevo, petit. Te agradezco por todo. ¿Qué te parece si otro día arreglamos las clases particulares de informática?

—Bien.  Por cierto, ¿dijiste que tienes Messenger, no?

—Aja, ¿por?

—¿Te gustaría agregarme? Lo tengo, pero no hablo con mucha gente salvo algunos conocidos de Niscemi o chicos que conocí por foros. Me gustaría tenerte agregado y poder chatear contigo, siempre que quieras.

—Por supuesto —no lo dudó ni un instante—. ¿Cuál es tu correo?

—Promete que no te reirás cuando lo diga —lo prometió, y entonces Ariel suspiró diciéndole—: arielangel_jewelry@mail.com -aunque lo prometió, Jean Claude no pudo evitar reírse y terminó haciendo que Ariel soltara un sonido ofuscado-. ¡Oye, que lo hice cuando tenía trece años! ¡Es obvio que es un correo horrible!

— Ya, ya, perdón. Es bonito, te sienta bien. Se nota que tienes en claro tu futuro si a esa edad le pusiste "jewelry" a tu correo electrónico por las joyas.

—Si, sí, trata de arreglarlo... Mira, me conecto todos los días a las siete, cuando vuelvo del trabajo, los viernes y sábados me conecto a partir de las diez de la noche y me quedo hasta tarde. Cualquier cosa, si quieres chatear conmigo puedes mandarme un mensaje primero.

—¿Para qué chatear si puedo hablarte por teléfono? —de nuevo, Ariel se rió de él.

—Cuando comiences a hacerlo vas a entenderlo. ¿Es todo lo que necesitabas?

Oui. Muchas gracias, Ariel.

—De nada, espero haberte ayudado. Bonna notte, Mad.

—Buenas noches, que duermas bien.

Ciao. Ci vediamo presto.

Apenas Ariel colgó, lo primero que hizo fue agregarlo al Msn y después regresó a la página de Google donde clickeó los nombres que buscaba: Julian Labadie y Angelina McGregor.
No fue a dormir hasta terminar de leerse las primeras quince páginas.

viernes, 7 de marzo de 2014

Cuarto Oscuro; capítulo dos



Estamos invitados a tomar el té




Ariel despertó luego de haber tenido ese horrible sueño otra vez. El eco de su grito, segundos antes de despertar, aún resonaba entre las paredes de su pequeña y solitaria habitación, en su pequeño y solitario apartamento. Como todos los días desde que comenzó a tener esos sueños, Angelo no estaba ahí, cuando normalmente él siempre que le escuchaba gritar acudía desesperado a su cuarto para ver si estaba bien.

Pero Angelo no estaba, debía de hallarse en la cama del hospital con una intravenosa clavada en su brazo, agotado por la quimioterapia.

Suspirando, se sentó sobre su cama y se acarició la cabeza. Estaba empapado en sudor, todavía sentía el corazón golpearle contra el pecho de tal forma que hasta le dolía y hubiera ido a un médico de no estar acostumbrado. Al fijarse en el reloj, se dio cuenta de que eran las seis de la mañana y se maldijo por tener esos sueños detestables que lo atacaban casi todas las noches, y lo peor no era soñar, sino tener memoria fotográfica y recordar cada pulgada del maldito sueño: veía cómo se llevaban a Angelo sin poder hacer nada para evitarlo, luego de golpe se encontraba en un espacio vacío y negro.

Y en ese espacio donde solamente escuchaba el eco de su voz, toda esa profundidad comenzaba a tragárselo.

Mientras se daba la primer ducha del día se puso a pensar en porqué tenía ese sueño. Comenzó a pasarle cuando Angelo entró al hospital, por razones obvias y eso explicaba la primer parte del sueño pero no el resto, cosa que lo perturbaba. No podía dejar de preguntarse si era una advertencia o algo similar, pues su nonna le había enseñado que en los sueños siempre hay advertencias sobre el futuro. Le hubiera gustado que su abuela o su madre estuvieran allí con él, ellas hubieran podido decirle que significaba el sueño, pues siempre habían sido buenas para esas cosas y recordaba lo mucho que la gente de su pueblo respetaba cada una de sus palabras, aunque ellas fueran medio extranjeras.

Tras salir de la ducha no pudo evitar hacer lo de siempre y mirarse al espejo. La verdad que la madre naturaleza podría haber sido más justa con él, en vez de darle ese aspecto tan raro y esos genes anormales que formaban su pequeño cuerpo. Lo único que le gustaba era ser muy alto y con los rasgos de la familia de su madre, pero el resto, la verdad, que podrían habérselo ahorrado. Su piel, tan blanca que pasaba por albina y le hacía daño el sol, era como la de un bebé de cuatro meses, porque toda la familia por parte del abuelo materno, el querido y difunto nonno, sufrieron de falta de pigmentación en la piel y por eso a todos les salían manchas albinas que se ponían rojas bajo el sol o les coloreaba el pelo del cuerpo poniéndolo blanco. Gracias al cielo, ni Angelo ni él mismo heredaron eso.

“O es posible que toda mi piel este manchada desde que nací” Se preguntó Ariel. “Bah, eso no es posible”.

Si así fuera, su cabello, sus cejas, y el poco vello púbico que tenía deberían ser blancos o tener manchar blancas, aunque él no tenía mucho pelo en cualquier otra parte de su cuerpo que no fuera la cabeza, cosa número uno que lo distinguía de los chicos "normales".

Ariel era alto y muy delgado, a pesar de que comía por tres. Todo su cuerpo estaba recubierto de piel suave y tersa, sin rastro alguno de vello. Sus piernas, demasiado largas, eran torneadas y delicadas al igual que sus brazos. Cintura estrecha, de avispa, y rasgos bastante femeninos, a los ojos de cualquiera pasaba por una chica sin desarrollar del todo, tanto que Ariel estaba convencido que sólo le faltaba tener unos pechos para poder vivir cómodamente complaciendo a los hombres por la zona roja.

“Maldita sea” gruñía para sus adentros cada vez que contemplaba su cara. Y no podía dejar de maldecirse, no cuando parecía una mujer. “La puta naturaleza tuvo que hacerme así, más raro imposible”, se decía una y otra vez. Su rostro con forma de corazón, llamaba la atención y no le costaba saber por qué: era muy afeminado, y sus largas pestañas, negras cual carbón podían robarle el aliento a cualquiera. Pero eso no era nada comparado con sus ojos: eran muy grandes, de un azul muy profundo, más oscuro que el de su madre pero no tanto como el de su abuela. Por alguna razón no podía mirar fijamente al reflejo de sus ojos en el espejo por mucho tiempo, porque le embargaba una sensación extraña. Quizás eran imaginaciones suyas.

Tenía una nariz respingona y chiquita, labios carnosos y rosados. Así no era de extrañar que casi todo el mundo le confundiera con una mujer, todo por un problema genético que no se detectó al nacer. XXY. Esas letras le perseguían constantemente, la naturaleza, la genética de su cuerpo estaba marcada con esa cifra desde el momento en que se formaron los cromosomas. Más raro, imposible.

O más gay, así le decían sus compañeros del colegio. Cómo odiaba el Instituto. Si no fuera porque debía pagar para hacer los exámenes antes de tiempo, hubiera adelantado varios cursos, sabía bien que podía hacerlo gracias a su memoria fotográfica y a que era aplicado en los estudios, pero no tenía el dinero suficiente como para solventar los gastos. Bastante tenía ya con los impuestos, la cuota de la escuela, la comida, y pagar aunque fuera una parte de la hospitalización de Angelo, pese a que su madrina se había negado rotundamente a la idea de que él pusiera parte de su dinero. Comprendía que ella no quisiera que él pagara, pero bastante tenía ella con pagarle el alquiler del departamento y haberle permitido mudarse desde Niscemi hasta allí para dejarla gastar su dinero en Angelo.

Él era responsabilidad suya, de nadie más. Era él quien debía ayudarlo y lo haría mientras pudiera, antes que "ellos" se lo arrancaran de las manos.

Puso la tetera a hervir para prepararse un té, recordando que su abuela le había dicho que parecía un señorito inglés. Tenía afición por el té, lo tomaba siempre que podía y cada vez que iba a la tienda compraba una caja nueva. Un cuarto de la alacena estaba ocupado con distintas marcas de té en diferentes presentaciones y sabores, incluyendo el de hebras. El ruido de la tetera a medio hervir era uno de los pocos sonidos que se oían en su casa, además del tic-tac del reloj, el ruido pesado del yogurt caer contra el cuenco de cereales y del tostador calentando el pan, lo único que le hacía pensar que esa casa no era una tumba o que él no estaba muerto. Angelo no estaba ahí para llenar el hueco con sus pláticas y Ariel no podía hablar consigo mismo.

Decidió prender la radio en su estación predilecta. La M590 hablaba mucho de política pero tenía sketches interesantes de humor inteligente, a excepción de los programas deportivos. La R&R también era buena y además pasaba música entretenida, sumado a más dosis de humor. Se había levantado lo suficientemente temprano para escuchar las noticias mientras masticaba su tostada con manteca y escuchó su show preferido, conocido como "La siesta Inolvidable", tanto humor ácido le impidió comerse los cereales por un buen rato porque se reía sin parar.

Siguió matando el tiempo de diferentes maneras por lo que leyó parte "La Tercera Palabra", libro que ya se había leído cinco veces, hasta aburrirse. Empezaba a sospechar que los relojes confabulaban en su contra y funcionaban más lento de lo normal porque el tiempo pasaba cada vez más lento. Cuando prendió la tele e hizo algo de zapping, se convenció de que durante las mañanas la televisión era una mierda y decidió que lo mejor para mantener su salud mental era ir temprano a la escuela y encerrarse en la biblioteca. Era una de las ventajas de ser el delegado de la clase.



*



Al otro lado de la ciudad Mad sufría el mismo problema, se había acostado tan temprano y tuvo un sueño tan estrafalario que apenas eran las ocho de la mañana, pero ya estaba despierto y sin posibilidad alguna de volver a conciliar el sueño. Suponía que nadie iba a culparlo por despertarse de un sueño, pero no de ése sueño, especialmente cuando podía traerle problemas si alguien se enteraba de que soñaba con un bello par de ojos azules y situaciones sugerentes que, por alguna razón, involucraba vestidos con encajes a lo gothic lolita, medias de lycra, lencería y algunas otras cosas que no podía recordar sin ruborizarse.

"Jean Claude, basta", se reprendió a sí mismo, lavándose la cara para poder alejar esos pensamientos tan turbios. "No eres un pederasta, por todos los cielos".

Ya era la tercera vez que soñaba algo así desde que lo había visto. Si seguía así, tal vez terminara cometiendo alguna locura pero, por extrañas fuerzas de la naturaleza, no dejaba de pensar en él pese a que sólo se sabía su nombre y su edad. Su edad era el gran dilema, nunca se había creído tan degenerado como para fantasear con un chico joven. Demasiado joven.

Un baño bien frío y un café fuerte era lo que necesitaba para despejarse la cabeza y luego saldría a caminar por el centro. Abandonar la casa y respirar aire fresco mientras dejaba atrás las copias de todas las fotos del chico de los ojos azules, o de su elfo, como a él le gustaba llamarle ya que “hada” era algo afeminado, le ayudaría a recobrar la compostura. Estaba bien que le gustaran los hombres, de hecho siempre había tenido la fantasía de acostarse con un modelo, pensaba mientras se metía en la bañera medio tibia, y lo hizo en un par de ocasiones, por supuesto. Pero un adolescente era algo diferente. No lograba comprender por qué no podía dejar de pensar en esos ojos, en ese rostro, cuando se trataba de un púber. Quizás había algo malo en él, en su mente, tal vez estuviera mal de la cabeza porque aquellos sueños y cualquier sentimiento más allá del trabajo profesional o del afecto amistoso eran incorrectos. El problema era que no podía dejar de pensar en él.

Tomó la esponja naranja, esa que tenía unas protuberancias que supuestamente ayudaban a la piel y la relajación, y la frotó contra el jabón rojo de glicerina antes de pasársela por el cuerpo. Era muy meticuloso en el aseo. Mientras tallaba cada pulgada de su cuerpo seguía buscándole alguna explicación psicológica, física o quizás patológica al porqué de sus sueños eróticos en los que se había visto a sí mismo tocando a Ariel de formas no muy correctas.

 No entendía qué le ocurría. El chico le gustaba y le caía simpático, eso era todo. Trataba de convencerse a sí mismo de todo eso mientras se lavaba el cabello, una y otra vez. Seguramente debía de ser alguna tontería por la cual soñaba con Ariel. Tal vez su inconsciente trataba de decirle que había hallado a su musa inspiradora, porque todos los artistas tienen su musa inspiradora y tal vez Ariel era la suya.

“Sí, claro”, dijo el Mad interno, su Doppelgänger como él lo llamaba, que aparecía de nuevo con sus verdades. “Ningún artista sueña con su musa usando un conjunto negro de lencería o vestidos con holanes".

—Ya cállate, maldita sea. Eso no es cierto.

“Soñaste eso”.

—Debe ser el estrés. He estado pensando en muchas cosas últimamente.

“Sí, en él”.

—No, en los trabajos como fotógrafo. Guarda silencio, intento darme un baño. Sabes que quizás no le volvamos a ver.

“Mientes”, replicó su otro yo, dentro del oscuro y hondo espacio en su cabeza donde su voz hacía eco y sólo una silla donde se sentaba de piernas cruzadas le acompañaba. “Trabaja para tu hermana, sabes perfectamente que volverás a verlo. Alexandre te llama a ti cada vez que realiza fotos”.

—Es Alexandra, imbécil —bufó, quitándose el acondicionador del pelo mientras se echaba un poco hacia atrás, apoyándose en el frió respaldo de mármol de la bañera—. ¿Y qué si lo vuelvo a ver? Seré amable con él y volveré tranquilo a casa. De seguro se me pasa el interés cuando lo vea de nuevo, es sólo un niño.

“Deja ya de mentir, que sea joven no es impedimento para que te guste. Ni él ni nadie deben enterarse. ¿Te doy un ejemplo de que mientes? Tiemblas cuando recuerdas su acento”.

 Jean Claude pestañeo varias veces. No se había dado cuenta de ello.

Ah, no te esperabas eso, ¿verdad? D'accordo Mad”, el Mad interno imitó a la perfección las palabras de Ariel y Mad tembló de pies a cabeza como si el cuerpo no le perteneciera.

—Me cago en la...

“¿Lo ves?”.

—Eso no significa nada.

“¿Y los sueños?”.

Eso ya era otra cosa. Bien podía controlarse a sí mismo, negarle al Doppelgänger una y otra vez las cosas o intentar convencerse, pero nada podía hacer contra los sueños que venía teniendo desde el día en que le vio. Recordó a la perfección que esa noche se durmió mirando la foto que le había sacado junto al alfeizar de la ventana y que había hecho copias de todas las tomas que le había hecho. Esa vez soñó con que el muchacho se le aparecía del otro lado del sofá usando una de sus camisas.

Y solamente la camisa.

No recordaba bien haber visto el cuerpo de Ariel, la camisa era demasiado grande y holgada para eso, pero en medio del sueño y mientras él se le acercaba a gatas, mirándolo fijo, no pudo evitar fantasear con la idea de arrancársela con los dientes. Ariel se le había acercado hasta estar sobre él a cuatro patas, agachando lentamente la cabeza con una sonrisa tímida y rozaba su boca con los labios. Ahí comenzaba la locura de esos sueños en los que se imaginaba recorriendo con sus manos el cuerpo ajeno, sacándole jadeos y expresiones excitantes.

Antes de recordarse a sí mismo que lo que pensaba no estaba bien, se dio cuenta de que tenía una erección.

— ¡Pero la puta! —se indignó, saliendo del agua para cerciorarse de que estaba "así"—. ¿Y ahora qué hago yo con esto?

“Mira qué pregunta tan estúpida ¡Sabes perfectamente qué hay que hacer!”.

—No, no lo haré. No lo haré y es mi última palabra.

“Díselo a tu mano, me parece que no se ha enterado”.

En efecto, su mano derecha estaba acariciándole el interior de los muslos. Jadeó solo de sentir los leves roces cerca de su entrepierna. "Carajo", pensaba mientras se rendía a su propia calentura, y no tardó en tocar aquel macizo de carne dura en toda su extensión. Hacía tiempo que no se excitaba así por nadie. Empezó primero a acariciarse con las yemas de los dedos, maravillándose con su dureza, luego la apretó entre sus dedos y comenzó a mover la mano de arriba abajo. El agua chapoteaba, salpicándolo todo, y escuchaba perfectamente el sonido de la piel cada vez que subía y bajaba. Cerró los ojos, sintiéndose de maravilla, mientras se concentraba en las adorables imágenes de su cabeza que pasaban rápidamente, apretándose más duro.

—Ariel...

Siguió apretando, jalando, sin dejar de imaginar escenas y colores, sonidos provenientes de los labios carnosos que recordaba pero que nunca había tocado, hasta acabar en su propia mano manchando el agua clara de la tina. Tuvo que darse unos minutos para reponerse del calentón antes de lograr salir de la tina y limpiar la bañera con expresión culpable.

“¿Seguirás mintiendo después de esto?”.

—No significa nada, ¿oíste? Sal ya de mi cabeza.

“Soy parte de ti, no puedo irme. Y además, ahora sí que estás mintiendo”.

Dio gracias al cielo por que no tenía un arma de fuego o se hubiera pegado un tiro sólo para callar la maldita voz que nunca lo abandonaba. Dar vueltas en la casa no iba a solucionar nada, no estaba de ánimo para revisar "el paquete" (lugar donde guardaba todos sus futuros proyectos arquitectónicos o los que estaban sin terminar), y tampoco tenía muchos lugares a donde ir. Se vistió con unos típicos jeans gastados y una playera negra mientras pensaba qué podía hacer. Después de mucho pensarlo, decidió jugar con la suerte e ir a ver a su hermana.



*



Y en la escuela, donde Ariel era torturado con lecciones de Trigonometría, decidió hacer exactamente lo mismo, pues se sentía demasiado solo en aquel departamento vacío y su madrina no estaba en casa para ir a visitarla. No había mejor lugar donde pasar algunas horas que la tienda de Alex. Tal vez ella o Laura se apiadaran del pobre huérfano y les dejara ir a su casa sólo para hacerles compañía.

No le venía nada mal en realidad, estar en su propio apartamento vacío le provocaba un hueco en el centro de su pecho y le cerraba la garganta cada vez que quería respirar. Por eso, cuando sonó el timbre que indicaba el final de la jornada de clases, que para él era un bendito sonido de esperanza, huyó a toda máquina al depósito de bicicletas para no ser víctima de alguna broma pesada por parte de sus compañeros; tomó su pequeña bicicleta roja e inmediatamente comenzó a andar a toda máquina. Tuvo que esquivar bolas de papel y tapas de lapiceros mientras huía de los lindes de la escuela, rehusándose a mirar atrás hasta llegar a sitio seguro.

No tardó mucho en llegar, se sabía de memoria todos los atajos hasta Alchemy por lo que el viaje no le costaba más de veinte minutos y menos si iba a toda velocidad, pero luego de huir de la escuela aligeró el ritmo. La verdad es que pensaba bien si aparecer de golpe o avisarle por el celular, Alex nunca se quejaba pero quizás era una molestia y no quería decírselo. Después de todo, Alex era buena y sabía bien cómo él se sentía por todo lo que había pasado, pero eso no la obligaba a hacerse cargo de él todo el tiempo. Supuso que siempre podía preguntarle si le dejaba quedarse, caso contrario se volvería a su hogar. Al llegar dejó la bicicleta en la calle asegurándola bien e ingresó a la tienda saludando a las dependientas para luego subir las escaleritas marrones que le separaban del atelier.



Toc-toc.

 

No hubo respuesta pero tampoco la necesitaba, Ariel ingresó al salón encontrándose con una ocupada Alex que cosía y descosía un vestido muy sobrio, Laura ensimismada haciendo llamadas y a Mad sentado en la mesa mirándole.

Aquello último le llamó la atención, tanto que tuvo que pestañear un par de veces para asegurarse de que era cierto y se acercó a los tres en silencio, dedicándoles una sonrisa y dejó la mochila en la silla donde el fotógrafo no estaba apoyando los pies. A Mad esa sonrisa le cayó como el golpe de gracia luego de verlo ahí, de pie, frente al taller de su hermana. Sabía que había posibilidades de encontrarse con él pero no creyó que ocurriría todo en el mismo día. Enrojecieron sus mejillas de recordar los sucesos del baño e intentó corresponderle la sonrisa aunque le salió desviada.

"Mon Dieu, ¿es que los dioses están en mi contra?".

“Te lo dije”.


Ariel se sentó y sacó de su mochila un estuche y hojas artísticas para dibujar, a la vez que le preguntaba a Laura, la señorita "no-suelto-el-teléfono-ni-por-casualidad", si podía quedarse. Ella miró a Alex, quien deliberaba si agregarle mangas o no al vestido y tardó unos minutos en decir: "Claro que puedes, querido". Mad se dedicó a observar los movimientos que hacían esas manos suaves cual terciopelo, admirando la forma en que tomaban el estuche y lo abrían, esa manera en que movía las manos al hablar y el movimiento de su cabello cuando se agachó para dejar la mochila en el piso. Que alguien fuera tan lindo era, para él, casi inhumano.

Escuchó vagamente la conversación entre Ariel y las dos mujeres, sin dejar de taladrarle con la mirada para poder memorizar cada gesto intentando plasmarlo en una fotografía mental.

— ¿... sión de fotos hoy, Mad?

— ¿Perdón?

Se le había quedado mirando y cuando el chico le habló terminó por perderse la mitad de lo que le dijo. Se insultó en su propia mente por su estupidez, pero Ariel repitió educadamente palabra por palabra, sin mosquearse por la cara de tonto de Mad, a la vez que jugaba con uno de los tantos mechones de su cabello negro.

—Si has tenido una sesión de fotos hoy. ¿O viniste de visita?

—Lo segundo —esta vez pudo sonreírle como correspondía, pues un elfo se merecía una sonrisa de verdad—. Estaba muy aburrido y decidí ver que tal estaban las cosas por aquí.

—Entiendo —dijo, y parecía entenderlo de verdad—. Estamos iguales, yo vine por la misma razón. Y además quería saber cómo quedaron las fotos.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ignorar la mirada de pena que le dirigieron las mujeres. Les agradecía de corazón su preocupación pero él estaba bien. Solo, pero bien. Las miradas de pena no servían de ayuda. Decidió concentrarse en otra cosa, como la cámara que Mad llevaba y que antes no había notado, mientras las dos mujeres se concentraban en su tarea. Ariel no necesitaba que le prestaran atención, podía permanecer ahí quieto y en silencio por horas sin que le dirigieran la palabra, cosa que ellas ya sabían, y supuso que en cierta forma les agradaba. Le bastaba con sentir la presencia de otros seres humanos para sentirse feliz.

Mad notó el escrutinio hacia su pequeño aparato, que le acompañaba a todas partes, además del remolino que se gestaba debajo de esos ojazos azules. Unos ojos tan profundos que parecían no tener fondo, cual pozos de agua clara y sintió el deseo irrefrenable por conocer todos sus secretos por más estúpido que aquello sonara.

— ¿Siempre la llevas contigo? —le dijo el niño, lo que le obligó a tomar el aire que había retenido mientras miraba sus ojos disimuladamente y responderle.

—Sí, porque siempre hay algo que fotografiar.

— ¿Cómo qué? ¿Un paisaje, una pareja, niños jugando?

—Todo. Una mujer leyendo en el banco de una plaza, una pareja de ancianos, las hojas cayendo de los árboles… ¿Nunca has visto una escena así, que te hace ver cierta luz dentro de lo que fotografías? El brillo inexplicable que está ahí, que te da paz, tanto que quieres plasmarlo de alguna manera.

El modelo se le quedó mirando por unos minutos, esbozando una sonrisa comprensiva. Claro que entendía, a él le pasaba lo mismo. Abrió su block de hojas y pasó las páginas hasta hallar la que buscaba y se la mostró al mayor, sonriendo en todo momento.

— ¿Algo así?

Jean Claude tomó el cuaderno, acercándoselo a la cara. No podía ser verdad. Miró fijamente la hoja blanca interrumpida con líneas negras de carbonilla, allí frente a él se encontraba un dibujo precioso de una joven mujer, bastante bonita, con anteojos, rodete y traje, con una expresión risueña mientras escribía algo en papel. La verdad es que era una imagen muy linda, bastante luminosa, era la palabra más exacta. Una de esas escenas que a él le hubiera gustado fotografiar. El dibujo debía mejorar un poco, pero no estaba nada mal. En especial cuando se logra captar la esencia de lo que se dibuja a pesar de carecer de la técnica. Se notaba que aquél dibujo, aunque inexperto, estaba hecho con cariño.

—Es precioso. Tú... —su voz flaqueó y tuvo que aclararse la garganta—, ¿tú lo hiciste?

—Sí. Me gusta mucho dibujar, sé que no es como sacar fotos pero...

—No, no. Está perfecto. Es justo lo que estaba tratando de decir —fue pasando página por página descubriendo dibujos igual de preciosos e interesantes. Muchos de ellos eran medallones, anillos, diseños de varias joyas que se le antojaban encantadores. No sólo porque le agradaba el chico, sino que de verdad eran muy buenos, mejores incluso que los dibujos de flores o personas que encontraba entre hoja y hoja. Ése era el tipo de diseño de alguien que sabía moldear metal y tenía ojo artístico para ello—. Estos diseños son hermosos, ¿cómo se te ocurrieron? Oh, ¿sabes? Yo también dibujo. Y debo decirte que los tuyos son mejores que los míos.

El muchachito le dedicó una enorme sonrisa y una risa alegre que lo ruborizó.

— ¡No es para tanto!

Mad nunca creyó que podría alegrarse tanto de que esas otras dos estuvieran tan ocupadas en su propio mundo. Simplemente era demasiado perfecto, pudo sentarse junto al chico, que le mostraba cada uno de sus dibujos y le explicaba cómo o porqué los había hecho. Le contaba de la técnica que usaba, que llevaba ese cuaderno y el estuche con carbonilla a todos lados, y él escuchaba su voz melodiosa que fluía como miel tibia, maravillándose de lo agradable que era. Observaba cada uno de sus gestos, pues Ariel movía mucho las manos al hablar, saboreaba el acento tan tierno de su voz y se estremecía con cada "D'accordo" o "E questo è...". No pudo evitar inclinarse un poco cuando él le mostraba los bocetos de un anillo de diamantes y aspirar el perfume de las hebras negras tan largas que caían sobre su brazo.

"Manzanilla... Huele a manzanilla".

— ¿Por qué dibujas tantas joyas? –quiso saber, admirando un diseño de un anillo de plata que se cruzaba sobre el dedo, el cual engarzaba un aguamarina con forma de corazón rodeada por triángulos de cristal brillante que iban desde el mismo engarce hasta el resto del anillo, girando y siguiendo la forma de la plata.

—Quiero ser joyero. Mi abuelo era herrero y me enseñó todo lo que había que saber sobre el metal y cómo moldearlo, ya fuera plata, metal, oro, lo que fuera. Él era muy respetado en su campo, el mejor del pueblo. No había nada que no pudiera moldear —al hablar, sus ojos brillaban de orgullo. Se notaba que, a diferencia de la mayoría de los chicos de su edad, él tenía un gran respeto por los adultos, las tradiciones y por su familia, a la cual parecía admirar mucho. A Mad le asombró que aún hubiera chicos como él en el mundo y estaba convencido de que no podía haber nacido y crecido en esa ciudad—. Mi abuelo fue el séptimo de la camada de herreros que trajo al mundo mi familia —decía Ariel con orgullo, rememorando a su abuelo con una sonrisa. Siempre había sido un hombre dulce y tierno, severo cuando debía, muy responsable y muy profundo, a su manera campesina—. Aunque no terminó sus estudios era alguien muy sabio. Me enseñó muchas cosas sobre la profesión familiar para que las aplicara o se las enseñara a Angelo, pero como yo no tengo maña para ser herrero, decidí aplicar sus conocimientos en joyas. Un día simplemente apareció un diseño en mi cabeza y comencé a dibujar. ¿No es increíble?

—Sí que lo es, eres muy joven y ya tienes tantos diseños. Estoy seguro —le dijo en voz baja, sonriéndole—, que serás el mejor joyero —el modelo le devolvió la sonrisa—. ¿Quién es Angelo?

Esa pregunta hizo explotar la pequeña burbuja de alegría distractora en la que se había sumido el chico, sacándolo a patadas del mundo privado que se había creado al hablar con Mad sobre temas profundos alejados a las fibras sensibles de su alma. Tuvo que pestañear varias veces y hacer un esfuerzo por activar su memoria fotográfica, recordando así su vida dentro de las puertas de la casa junto con lo que debía responder.

—Mi hermano menor.

Eso ya despertaba la curiosidad del fotógrafo. Y como Alex y Laura estaban en su mundo,  pues a preguntar se ha dicho.

—Oh, ¿tienes muchos hermanos? ¿Se parecen a ti?

—No... —musitó, haciendo esfuerzos por no demostrar ni decir nada. Buscó su celular entre los rincones de la mochila y se lo mostró. De fondo de pantalla había una foto suya con un niño de pelo oscuro igual que él pero más regordete y de piel más oscura. Este niño, a diferencia de su hermano mayor, tenía sus rasgos masculinos y extranjeros muy bien definidos, cualquiera hubiera dudado de su parecido de no ser por el color idéntico de su pelo y ojos—. Es él, es mi hermano Angelo.

Mad sonrió al ver la foto.

—Es muy tierno, se le nota tanto que no es de aquí —rió, tomando la foto luego de pedirle permiso para poder mirarla más de cerca—. Se ven encantadores juntos. Ay, yo siempre quise tener un hermano menor y en lugar de eso me tocó ese adefesio de hermana mayor.

— ¡Ya te oí, Mad!

El gritó de Alex los tomó por sorpresa. Permanecieron en silencio, estáticos, mirándose fijamente por unos segundos antes de echarse a reír a carcajadas.

—Dios, ten, toma tu celular. Tu hermano Ángelo es adorable.

Ariel sonrió.

—No se pronuncia así. Es An-iie-llo, sin acento ni nada, es un nombre italiano.

—Oh... De acuerdo, Angelo —esta vez lo había pronunciado como correspondía—. ¿Y tu nombre es muy popular en tu país?

—No, mi nombre no existe allí. Mi madre era mestiza: mitad inglesa, mitad italiana, así que fue la primera y la única en llamar "Ariel" a un niño. Como si ya no tuvieran bastantes motivos para mirarme raro, ¿no crees?

A Mad se le había antojado un nombre precioso, pero supuso que, si apareciera frente a él alguien con un nombre que jamás había escuchado, quizás reaccionaria igual. No si ése alguien fuese Ariel, de eso estaba seguro. Él podía darle su nombre sin que se ofendiera.

Su nombre, su dirección, el teléfono de su casa, su ropa, y más cosas prohibidas para menores de 18, ¿verdad Mad?”.

Mad juró a todos los santos que si algún día no lograba callar a esa voz, compraría un arma y se pegaría un tiro en la sien. Pero por otra parte, si no se volaba la sesera tendría más ocasiones para preguntar y obtener información primordial. Tal vez no pudiera cumplir aquél juramento por un buen tiempo.

—No me lo puedo creer, ¿entonces de dónde eres? Ya sé que de Italia pero, ¿de qué parte?

—De Niscemi, en el campo —respondió como si nada y Mad rodó los ojos. Eso explicaba todo. Ahora era comprensible por qué Ariel parecía tan fuera de este mundo, tan extraño dentro de la ciudad—. Es un pequeño pueblo de Sicilia. La isla que está en la punta de la bota.

—Muy distinto a esta ciudad, ¿cómo te acostumbraste?

Debo admitirlo... No estás resultando tan obvio como me esperaba, Mad”.

“¡Que te calles, maldición!”.

—Bueno, io non sono ancora completamente abituato… Quiero decir, aún no me acostumbro del todo, estoy aquí desde hace un año ya, y aún me cuesta hacerme entender o mezclo las palabras. Pero mamá me enseñó castellano y estudié mucho para poder manejarme bien con el idioma.

—Y teniendo un trabajo con gente conocida aquí debe ser un poco más sencillo — Ariel sonrió, logrando que Mad se sintiera cada vez más a gusto.

Se pasaron la tarde hablando de distintas cosas: libros, política, las costumbres de Niscemi, los distintos lugares de la ciudad que ambos conocían y desconocían. Ariel le preguntó sobre su trabajo como fotógrafo y también como arquitecto, porque Alex le había contado cosas sobre él; a lo que Jean Claude respondió con sus vivencias, sus emociones, hablando más de una hora él solo, con el chico escuchándole atentamente. Era curioso, podía pasar mucho tiempo hablando con Ariel de cosas bastante adultas y algo le decía que él lo escuchaba sin perderse un solo detalle. Se sorprendió al ver lo maduro que era para su edad, era muy responsable al punto de parecer mayor de lo que en realidad era.

Y Ariel por su parte la pasó de maravilla charlando con alguien inteligente con quien debatir, alguien que parecía entenderlo bastante bien. En su escuela todos le evitaban y la verdad era que nunca se había llevado bien con la gente de su edad, exceptuando a su primo. Lo pasaba tan bien hablando con Mad, que albergó la posibilidad de convertirse en su amigo y hasta le pidió el celular para avisarle en caso de haber otra sesión de fotos y estuviese llegando tarde, cosa que nunca antes se habría animado a hacer por respeto a los adultos, pero es que estaba tan contento de estar hablando con alguien que no lo mirara como si fuera un monstruo salido de la tienda de fenómenos que no lo pensó bien. Al final, Alex y Laura se unieron a la charla y los cuatro se pasaron la tarde mezclando charlas, comiendo sándwiches y té hasta que se hizo demasiado de noche para volver en bicicleta.

Mad no dudó en ofrecerse a llevarlo a su casa, aprovechando que Alex se quedaba y que Laura tenía el coche casi repleto de maquetas, modelos y varios vestidos. Sin embargo, Ariel se negó.

—No es necesario, puedo irme solo.

—A estas horas de la noche, ¿estás loco? La calle es muy peligrosa, podría pasarte cualquier cosa.

No se esforzó en negar aquello, porque era imposible.

—Bueno, eso es verdad, pero no me gusta imponerme. Además, tarde o temprano tengo que andar solo por la calle, ¿no?

—Ve con él, no pasa nada —dijo Laura y, por primera vez desde que la conocía, Mad quiso besarla—. Nos llamas a Alex y a mí apenas llegas a casa, ¿qué te parece?

Jean Claude estaba tan feliz que podría bailar tap arriba de un mástil, pero no dijo ni dejó ver nada con tal de que nadie sospechara algo. Ni siquiera hizo mucho esfuerzo por persuadir al menor, solamente le sonrió e intentó darle confianza. Para ser honestos, quería pasar algo más de tiempo con Ariel y cualquier segundo contaba, pero eso no quitaba que le diera terror verlo irse de noche por las calles solitarias en una bicicleta. No habría podido volver a su propio hogar sin pensar constantemente en él, preocupado porque algo le hubiera pasado. Aún seguía siendo un chico solo en bicicleta en medio de la noche. Y teniendo en cuenta que hoy en día eran capaces de pegarte un tiro por una bicicleta vieja y maltrecha, prefería verlo llegar seguro a su casa.

Ariel era consciente de aquel peligro, además le daban miedo las calles oscuras. Y sí que tenía motivos para tenerles miedo, ya que era blanco de todas las bromas y el bullying de sus compañeros o los chicos del barrio, quienes aprovechaban las calles sin luz para hacerle "bromas". También estaban los pervertidos que daban vueltas por ahí. Le recorrió un escalofrío sólo de pensarlo. Al final, no le quedó más opción que soltar un largo suspiro de rendición, molesto por su propia necesidad del automóvil ajeno.

—Está bien, vamos en coche —y le dio la dirección.

Luego de jurarle a Alex que la llamaría apenas llegara a casa, se subió al auto, mientras Mad intentaba meter la bicicleta en la cajuela del coche, lo cual parecía tan difícil como encajar las piezas del tetris. Cuando ambos estuvieron sentados en el interior, Ariel se entretuvo admirando el coche en todo su esplendor, poniéndose a tientas el cinturón de seguridad. Nunca había visto un auto tan caro salvo el de su padre, y ese siempre lo observaba por fuera, porque a él no le dejaban acercarse. Al recordar aquello hizo una mueca con la boca y el ruido de los abrojos del cinturón engarzándose le pareció el mismo ruido que se escuchaba adentro suyo cada vez que su padre le quebraba el orgullo de esa manera.

Pero tenía que dejarlo pasar y hacer como si nada, de todas formas él decía que Ariel no era su hijo. Entonces para él, no sería su padre.

—¿Te molesta si pongo la radio?

— ¿Eh? —se dio cuenta de que estaba en su mundo cuando Mad lo despertó con esa simple pregunta. Miró sus manos mover los cambios, haciendo arrancar al auto y se asomó rápidamente por la ventanilla para despedirse de las chicas mientras abría el vidrio, no fuera cosa que se enojaran. Odiaba los lugares cerrados, así que intentó bajar las ventanillas sin éxito. Muy caballerosamente, Jean Claude las abrió por él tocando un botoncito que estaba por ahí cerca de la caja de cambio. Ariel le agradeció en silencio y se acomodó para recibir el viento directo a la cara—. No, no me molesta. Me encanta la radio, en casa me paso escuchándola todo el día. Especialmente la M590.

— ¡No! —negó el mayor, abriendo mucho los ojos de sorpresa mientras maniobraba por las calles. Esa emisora no solían escucharla los adolescentes— ¿Escuchas la M? ¿En serio? ¿Te gusta "La siesta Inolvidable"?

— ¡Sí! —exclamó el pequeño y Mad no pudo sino reír. Empezaba a gustarle verlo tan alegre y emocionado, comparado al aire de seriedad que parecía emanar a veces—. ¡Me encanta ese programa! ¿Lo has escuchado hoy? La crítica sobre los conflictos por las importaciones fue muy...

Ninguno de los dos deseó jamás con tanto fervor que el viaje en auto no terminara. Atrás quedaron las calles oscuras y sus peligros, volvían a estar en su mundo privado en el que habían estado metidos toda la tarde. Charlaron sobre los programas de la radio que les gustaba, las críticas que hacían en estos, se reían al recordar los chistes y luego comenzaron a hablar de la música.

Mad estaba convencido que no podía existir un chiquillo al que le gustara la música de los sesenta, ochenta y noventa, pero Ariel lo desbarató cuando le dijo que sí le gustaba y le nombró sus temas favoritos. Al llegar a la casa del niño ambos se sintieron un poco tristes. Uno porque tendría que volver a estar solo en su departamento y el otro porque tendría que esperar para poder volverlo a ver. Sin embargo, Ariel quería compañía, al menos por un rato más. Por ello, al desabrocharse el cinturón de seguridad y abrir la puerta del coche giró lentamente la cabeza y dijo:

— ¿Te gustaría tomar un poco de té?

— ¿Perdón? —creyó no haber oído bien.

—Digo si te gustaría tomar algo de té. O café, lo que gustes. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte luego de traerme hasta casa –aquello era una mezcla de verdad con mentira. Sí quería agradecerle, por supuesto. Pero no se le ocurría cómo y un té era una buena forma de poder charlar un rato más con alguien.


Normalmente no hacía eso. No solía invitar a gente que no conocía mucho a su hogar y menos de noche, pero habían congeniado bien y era el hermano de Alex. No creía que algo pudiera salir mal. El fotógrafo se debatía entre quedarse con él un rato más o irse para mantener su salud mental a raya. No es que fuera a saltar encima del chico ni nada similar, pues no era de ésos, pero no consideraba que fuera una buena idea pasar más tiempo del indicado con él. No quería que nadie tuviera la idea equivocada. Que alguien lo viera entrar y pensara cosas raras. Tal vez Alex se enterara de que Ariel le había invitado a entrar y entonces pudiera ver la clase de cosas que se pasaban por el interior de su mente y lo desterrara de por vida de su taller. Las posibilidades de que algo, por pequeño que fuera, saliera mal y terminara mordiéndole el trasero eran infinitas.

Deberías entrar”.

“Qué raro, tú ayudándome. ¿Por qué lo dices? ¿Vas a aprovechar la ocasión para hacer alguna maldad apenas cierre los ojos”.

No piensas hacer nada malo, ¿no? Entonces no veo cuál es el problema. Además, mírale la carita… ¿No te dan ganas de pasar un rato más con él? Anda. Sólo un rato. ¿Qué puede ser tan malo…? ”.

Mientras la voz del Döppel seguía hablándole, susurrándole cosas para que se animara a entrar, Mad apartó la vista del volante y sus manos muy lentamente, yendo a ver esa cara andrógina con la que soñaba por las noches. Y vio a un joven tierno y gentil que se sentía solo y buscaba compañía igual que él a su edad. Se le enterneció hasta la médula al ver sus ojos mirándole suplicantes y esa sonrisita apenada, como si le diera vergüenza pedirle que se quedara mientras su otro yo seguía susurrando hasta convencerlo.

No pensó mucho al contestar.

—Está bien.


 
I Love... (My stamps)


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